El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 21 de junio de 2015

Tiempo de matar



Dirección: Joel Schumacher.
Guión: Akiva Goldsman (Novela: John Grisham).
Música: Elliot Goldenthal.
Fotografía: Peter Menzies Jr.
Reparto: Matthew McConaughey, Sandra Bullock, Samuel L. Jackson, Kevin Spacey, Brenda Fricker, Oliver Platt, Charles S. Dutton, Ashley Judd, Patrick McGoohan, Donald Sutherland, Kiefer Sutherland.

En un pequeño pueblo de Mississippi, dos jóvenes blancos, borrachos, violan a una niña negra de diez años. Los jóvenes son detenidos poco después y, cuando se dirigen a la vista previa del juicio, el padre de la niña, tomándose la justicia por su cuenta, los mata.

John Grisham debutó como novelista con un libro sobre el racismo en el profundo Sur norteamericano que dio pie, años más tarde, a esta película de Joel Schumacher. Tiempo de matar (1996) es un film bastante atractivo sobre el papel, al reunir en un solo argumento temas tan peliculeros como la segregación racial o el subgénero de los juicios. Además, Schumacher se rodea de un atractivo elenco, con nombres tan conocidos como los de Sandra Bullock, Samuel L. Jackson, Kevin Spacey o Donald Sutherland, además del atractivo Matthew McConaughey en la piel del abogado Jake Brigance.

Y la verdad es que Tiempo de matar arranca de una manera brillante, sin rodeos, metiéndonos en el argumento de golpe, de manera que sin apenas tiempo para acomodarnos ya asistimos a la violenta y salvaje violación de la niña (afortunadamente filmada con suma inteligencia por parte del director, que evita todo detalle macabro y cruel innecesarios), la detención de los degenerados que la violaron y su muerte a manos del padre de la niña (Samuel L. Jackson). Una explosión de violencia en apenas unos minutos. El problema es que las buenas expectativas que genera este comienzo pronto comienzan a diluirse lentamente en un desarrollo con muy poco nervio y menos originalidad.

Para empezar, una vez pasado el bombazo inicial, el argumento comienza a perderse en caminos muy vistos y pierde la fuerza inicial para adentrarse en terrenos menos originales. La trama se vuelve bastante previsible, llena de tópicos y situaciones que no aportan demasiado; los diálogos carecen de fuerza y el argumento se recrea en situaciones muy poco originales. Incluso las relaciones entre los personajes principales carecen de un buen planteamiento y se quedan en temas comunes, no demasiado desarrollados y que carecen realmente de fuerza. Así, la relación entre el abogado y la joven Ellen Roark (Sandra Bullock), que prometía cierta tensión sexual, se queda en una especie de tonteo adolescente sin trascendencia alguna para la trama, por lo que llegamos a plantearnos la necesidad de incluir a ese personaje en la historia. Da la sensación de que una especie de código moral ultra conservador velara por que ninguno de los protagonistas cometiese cualquier acto indigno, como una supuesta infidelidad. Tampoco cuaja del todo la relación entre el joven Brigance y su mentor Lucien Wilbanks (Donald Sutherland), dibujada de un modo tan esquemático que no aporta tampoco nada a la historia. Este personaje de Wilbanks me recordó un poco al de Arthur O'Connell en Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959) y viendo su consistencia comprendemos lo fallido del personaje del abogado fracasado encarnado por Donald Sutherland en Tiempo de matar. Incluso los villanos de turno, pese a la fiereza radical con son dibujados, terminan por resultar bastante inocentes a la hora de ejecutar sus amenazas, quedando todo en más ruido que nueces, sin duda motivado esto por la obsesión en darle a la película un final feliz.

Y es que, como decimos, ni los personajes ni tampoco la trama están todo lo bien desarrollados que debieran. Y eso que la película aborda temas muy interesantes y con muchas posibilidades, como son la segregación racial en el Sur, la violencia, la falta de justicia para los negros, el Ku Klux Klan, etc. pero los aborda de manera un tanto superficial y efectista, al servicio de dotar a la historia de los necesarios climax emocionales, pero dejando de lado una mayor profundización en los mismos. La película toma el camino más comercial en detrimento de cualquier otra consideración.

Incluso el momento cumbre del film, el juicio, que suele ser un tema que resulta siempre lleno de posibilidades dramáticas en su puesto en escena, cae aquí en una sucesión de secuencias breves y un algo insustanciales que nos dejan un tanto desencantados. Sólo el alegato final de Jake Brigance tiene cierta fuerza y logra cerrar la película con un poco de tensión. Pero, cuando la película hubiera debido acabar en ese instante, el director prefiere alargar el final innecesariamente, rompiendo el encanto del discurso con unas detenciones finales del todo precipitadas y poco creíbles con la única finalidad de servirnos un final casi perfecto. La última secuencia de la fiesta es del todo prescindible.

La conclusión que saco es que tanto empeño en crear ese final feliz, sin duda más gratificante moralmente, no deja de resultar un tanto irreal y menos creíble que un veredicto de culpabilidad para Carl Lee (Samuel L. Jackson), resultando un tanto perjudicial para la película.

Tampoco el trabajo del director terminó de convencerme. Es verdad que mantiene un tono bastante constante y logra hacer que el film transcurra de manera ágil, salvando con nota la larga duración de la cinta, que nunca llega a cansarnos. Pero también es cierto que en algunos momentos Schumacher no consigue filmar algunas secuencias con el talento necesario, en especial las de lucha entre blancos y negros, quedando dichas secuencias un tanto desdibujadas y sin fuerza. En todo momento notaba que estábamos ante unas secuencias orquestadas, sin la dosis de verosimilitud necesarias para tomarlas en serio.

En cuanto al reparto, destacaría a Sandra Bullock, que llena la pantalla cada vez que aparece en escena. Por contra, Matthew McConaughey no terminó de convencerme. Muy bien los Sutherland, padre e hijo, a pesar de que el guión explota poco sus personajes. El resto, con Kevin Spacey al frente, cumplen con solvencia.

En definitiva, una película interesante, bastante entretenida en su conjunto, pero con algunos fallos importantes como para convertirla en un entretenimiento sin más, y al que le debemos achacar que no explotara todo lo bien que hubiésemos querido las múltiples posibilidades del argumento.

sábado, 13 de junio de 2015

Poltergeist



Dirección: Tobe Hooper.
Guión: Steven Spielberg, Michael Grais y Mark Victor.
Música: Jerry Goldsmith.
Fotografía: Matthew F. Leonetti.
Reparto: JoBeth Williams, Craig T. Nelson, Beatrice Straight, Dominique Dunne, Oliver Robins, Heather O'Rourke, Michael McManus, Virginia Kiser, Martin Casella, Richard Lawson, Zelda Rubinstein, Lou Perry.

La tranquila y rutinaria vida de una familia americana se verá truncada cuando comienzan a sufrir extraños fenómenos paranormales en su casa, que culminan con la desaparición su hija pequeña Carol Anne (Heather O'Rourke).

Poltergeist (1982) es, sin ningún género de dudas, uno de esos títulos míticos del género de terror. Una referencia y seña de un estilo en que se mezclan lo sobrenatural con elementos clásicos del género, componiendo un espectáculo que aún hoy en día ofrece algunos momentos espectaculares e impactantes.

La historia parte de una idea de Steven Spielberg, que co-escribe también el guión. Es esta autoría la que está sin duda en la base del éxito de esta película. Fiel a sus ideas, Spielberg construye una historia plagada de preguntas y muy pocas respuestas, basando en el misterio gran parte del poder de atracción de la película sobre el espectador. Sin duda, este hecho nos hará acordarnos de su enigmático debut: El diablo sobre ruedas (1971). La explicación que se ofrece a los extraños sucesos en la casa no deja de ser una pobre y un tanto vulgar aclaración final para contentar el inevitable afán de respuestas del público.

Así pues, la base del miedo que puede provocarnos Poltergeist, bien aderezado por unos muy buenos (para la época) efectos especiales, está en sumirnos desde el principio en una serie de sucesos para los que no tenemos explicación. Es ese desconcierto, unido a un ritmo cada vez más acelerado de acontecimientos, lo que nos llevará a una espiral de tensión y sobresaltos muy bien explotada por Tobe Hooper, a quién Spielberg encargó la dirección de la película tras haber visto lo bien que se manejaba en el género, pues suya fue la puesta en escena de La matanza de Texas (1974) y La casa de los horrores (1981).

Amigo de jugar con el espectador, Spielberg nos ofrece una reacción inicial de la familia a los extraños sucesos de la casa entre divertida y curiosa, con lo que se acentúa así la explosión de miedo que le asaltará cuando comiencen a adivinar la verdadera naturaleza de lo que tienen en su hogar.

Resulta muy interesante ver como Spielberg, que parece que co-dirigió también la película, vuelve de nuevo a causarnos miedo con elementos comunes de la vida diaria. Si en El diablo sobre ruedas era un camión, aquí el terror cobra vida a través del televisor y la amenaza no está lejos, sino que habita en pleno corazón del hogar.  Steven Spielberg juega pues con lo cotidiano como fuente para aterrarnos. Seguro que muchos espectadores no volverían a dejar el televisor encendido por la noche.

Es cierto también que la película acusa un tanto el paso de los años y algunas secuencias no dejan de causarnos cierta hilaridad. Es el problema que suelen tener este tipo de películas, pues el terror es un género que necesita ir cada vez un poco más lejos para lograr su finalidad. Lo que asustaba a nuestros abuelos nos hace reír ahora sin disimulo.

Pero quitando este detalle, inevitable además, Poltergeist se mantiene aún como una buena propuesta que, si bien no nos causará el pánico que pudo provocar en su momento, sigue logrando mantenernos pegados a la pantalla, disfrutando de un ritmo muy logrado y una atmósfera que aún tiene mucho de misteriosa y opresiva.

El reparto, sin contar con ninguna primera figura, funciona bastante bien, destacando JoBeth Williams y también los niños: Oliver Robins y la desafortunada Heather O'Rourke.

En 2015 se hizo un remake del esta película, dirigido por Gil Kenan.

martes, 26 de mayo de 2015

Así es el amor



Dirección: Tommy O'Haver.
Guión: R. Lee Fleming Jr.
Música: Steve Bartek.
Fotografía: Maryse Alberti.
Reparto: Kirsten Dunst, Ben Foster, Sisqó, Martin Short, Melissa Sagemiller, Shane West, Colin Hanks, Swoosie Kurtz, Carmen Electra, Ed Begley Jr., Zoe Saldana, Mila Kunis, Christopher Jacot.

Berke Landers (Ben Foster) está profundamente enamorado de Allison (Melissa Sagemiller), su primer y único amor. Sin embargo, la vida perfecta de Berke cambia radicalmente cuando Allison decide cortar con él.

Así es el amor (2001), a primera vista, no parece prometer gran cosa. Se trata, en apariencia, de la típica comedia romántica juvenil, con lo que me esperaba un film un tanto empalagoso, sin demasiada originalidad y algo bobalicón. Pero bueno, sin llegar a brillar de un modo especial, he de reconocer que la impresión final fue bastante más positiva de lo que me esperaba.

En principio, el argumento de Así es el amor no parece ser muy novedoso: un joven enamorado sufre el dolor de comprobar cómo su amada decide dejarlo plantado de repente. Él, convencido de la fuerza de su amor, decide que tiene que hacer todo lo que pueda para recuperarla, aunque ello le lleve a apuntarse a una comedia musical del instituto, a pesar de sus nulas cualidades como cantante y actor.

Todo podría haber transcurrido dentro de una línea más o menos convencional sino fuera porque pronto descubrimos que el guión prefiere tomarse todo a la ligera, con muchos toques transgresores e incluso surrealistas. Es este punto de vista tan irreverente el que le da a la comedia un tono alegre, desenfadado y un tanto irreal, de manera que de repente dejamos de interesarnos realmente por el devenir amoroso de los protagonistas (es muy fácil adivinar el desenlace amoroso de la historia) para disfrutar sencillamente con una serie de situaciones bastante logradas y, sobre todo, con unos cuantos personajes secundarios verdaderamente originales. En especial, cabría destacar al Dr. Desmod Forrest-Oates, el estrafalario director de la comedia musical, genialmente encarnado por un delirante Martin Short; su personaje, que podría convertirse en cargante casi sin querer, en sus manos es un maravilloso chiflado que bascula entre el divismo y cierta ternura un tanto disimulada. Otra pareja brillante, por lo surrealista de su liberalismo, son los padres de Berke, muy convincentemente interpretados por Swoosie Kurtz y Ed Begley Jr.

A estos personajes tenemos que añadir algunos detalles curiosos, sorprendentes, bastante cómicos en algún momento, que dejan aquí y allá momentos muy originales que son los que sacan a Así es el amor de los caminos más previsibles, haciéndonos disfrutar de alguna que otra grata sorpresa.

Entre los protagonistas, quizá Ben Foster esté un punto por debajo de lo esperable. Es un actor sin un carisma especial y queda algo apagado al lado de una encantadora Kirsten Dunst, especialmente brillante en su numerito musical. Como curiosidad, mencionar que Felix, el amigo de Berke y hermano de Kelly (Kirsten Dunst) no es otro que el hijo de Tom Hanks, Colin Hanks, aceptable en su papel.

Es verdad que el guión no logra evitar caer en algunos chistes un tanto burdos y que podrían haberse evitado fácilmente. Pero es que Así es el amor da la impresión de que iba para comedia más o menos al uso pero que, por algún extraño motivo, se fueron colando en el guión algunos detalles y algunos personajes que terminan por crear un film un tanto sorprendente, alegre y desenfadado que me dejó con una grata sensación de felicidad. Al menos, tuvo la virtud de desligarme completamente de la realidad y llevarme a una fantasía intrascendente muy gratificante. Sin ser una maravilla, resultó un entretenido pasatiempo.

lunes, 18 de mayo de 2015

Caravana de paz



Dirección: John Ford.
Guión: Frank S. Nugent y Patrick Ford.
Música: Richard Hageman.
Fotografía: Bert Glennon (B/N).
Reparto: Ben Johnson, Joanne Dru, Harry Carey Jr., Ward Bond, Alan Mowbray, Jane Darwell, Charles Kemper, Russell Simpson, James Arness.

Travis (Ben Johnson) y Sandy (Harry Carey Jr.), dos tratantes de caballos, aceptarán servir de guías de una caravana de mormones que se dirigen al Oeste, al valle del río San Juan, para comenzar una vida.

Caravana de paz (1950) no figura entre los títulos más conocidos y populares de John Ford. Podríamos pensar con ello que estamos ante un western menor dentro de su filmografía. Y tal vez para muchos lo sea; sin embargo, viniendo de Ford, no es de extrañar que nos llevemos una grata sorpresa.

En algunos aspectos, Caravana de paz guarda algunas similitudes con La diligencia (1939). En ambas, Ford analiza a un grupo de gentes de muy diversa condición que por el azar y la necesidad se ven obligadas a compartir viaje. Y no es un análisis amable, ni mucho menos. Lejos de estereotipos o miradas complacientes, el director muestra la grandeza y también la vileza del alma humana, juntas muchas veces, siempre tal vez, dentro de una misma persona. Así, los mormones, fervientes puritanos, expulsados de la civilización por ser diferentes, han de marcharse al Oeste en busca de una tierra virgen en la que poder asentarse y vivir en paz. Pero esos mismos mormones no dudan en despreciar al feriante y sus dos acompañantes por impuros y borrachos. La secuencia en la que el mormón prefiere tirar el agua que quería utilizar el feriante antes que reutilizarla es suficientemente explícita. Nadie está pues libre de prejuicios.

Quizá la mirada más amable sea la que hace de los indios quienes, a pesar de haber sigo engañados repetidas veces por el hombre blanco, se muestran hospitalarios con la caravana.

Uno de los grandes aciertos de la película es la magnífica caracterización de los principales protagonistas de la historia, algo muy típico del director y que sin duda contribuye de manera muy importante al buen funcionamiento de la película, ya que nos sentimos mucho más cercanos a unos personajes que comprendemos bastante bien. Y todo ello merced a unos sencillas y precisas pinceladas que en un instante caracterizan con precisión a los actores de este viaje.

Es cierto que la película carece de la épica o el ritmo de otras obras de Ford. En ésta, el director parece más comedido y prefiere una narración más pausada, sin grandes momentos de tensión. El viaje de la caravana transcurre con cierta placidez. Incluso la aparición de los Clegg, la familia de ladrones y asesinos, se presenta con cierto aire de tranquilidad. Es la nota predominante de la película, que sólo estalla en un arrebato de violencia en el tramo final, tan sorprendente que casi nos pilla por sorpresa.

Con un reparto sin grandes estrellas, sí que reconocemos a algunos de los secundarios habituales del director y su magnífica dirección de actores, con un toque especial en cuanto se refiere a la figura femenina, aunque en este caso su rol es mucho más secundario que en otros títulos del director.

Caravana de paz es, en definitiva, un genuino western de John Ford. Con ello queremos decir que no defraudará en absoluto a los seguidores del genial director, y para aquellos que lo descubran con esta película, seguro que les anima a ahondar en la extensa filmografía fordiana.

domingo, 17 de mayo de 2015

Step Up. Bailando



Dirección: Anne Fletcher.
Guión: Duane Adler, Melissa Rosenberg (Historia: Duane Adler).
Música: Aaron Zigman.
Fotografía: Michael Seresin.
Reparto: Channing Tatum, Jenna Dewan, Rachel Griffiths, Mario, Drew Sidora, Heavy D, Damaine Radcliff, De'Shawn Washington, Josh Henderson, Deirdre Lovejoy, Alyson Stoner.

Tyler Gage (Channing Tatum), un huérfano de los bajos fondos, que se gana unos dólares robando coches con un par de amigos, es arrestado un día en que los tres compinches entran en la Escuela de Artes y destrozan parte del decorado del salón de actos. El juez le sentencia a doscientas horas de servicios sociales en dicha escuela.

No se puede decir que Step Up. Bailando (2006) destaque especialmente por su guión. En realidad, la historia que nos cuenta no es en absoluto novedosa: un joven rico y una hermosa chica de buena familia que se conocen gracias a su amor por el baile y que, desde dos mundos opuestos, terminan enamorándose. Y es que se podría resumir el guión como una sencilla historia de amor. Y como en toda historia de amor que se precie, los enamorados deberán superar varios escollos y decisiones erróneas hasta el esperado final feliz, donde triunfará su amor.

Como se ve, en apariencia un film bastante previsible que adorna el romance con un trasfondo de baile, lo que siempre funciona bastante bien para dar un buen decorado a la historia central.

Pero nos equivocamos si sólo vemos lo obvio en esta película. Y aquí está la valía de Step Up, que sabe dotar a un argumento bastante visto algunos detalles que le dan entidad e interés.

En primer lugar, Fletcher decide darle los papeles protagonistas a dos bailarines, lo que hace que las escenas de baile resulten realmente espectaculares. Ello, eso sí, hace que en algunas escenas se note que no estamos ante actores profesionales. Aún así, es un mal menor que se lleva bastante bien.

Otro de los aciertos, desde mi punto de vista, es no abusar de los números de baile, que no abundan y son sólo una parte de la historia, complementándola. De esta manera, tenemos una película que no necesita recurrir a vistosas coreografías para tapar otras carencias argumentales. En este caso, el argumento no necesita ayudas externas, pues tiene la entidad suficiente, merced a un buen guión que cuida los detalles, el diseño de los personajes, el entorno en que se mueven. Así, no tenemos como protagonistas a meros guaperas que nos encandilen con sus bailes y sus besos; son personajes complejos, con su pasado, sus aspiraciones y sus luchas contra el entorno, mucho más allá de meros clichés. Step Up nos quiere contar algo, si bien no de un modo demasiado profundo, pero sí que se percibe el interés por trascender el mero romance entre jovencitos y contar algo más.

Así, la película nos habla de los bajos fondos, de los problemas de los barrios marginales, que meten a sus jóvenes en una espiral de rutinas vacías, trapicheos y ninguna esperanza en el futuro. También se tratan los problemas familiares, las ambiciones, las traiciones, el sentido de la lealtad, etc. En resumen, el gran acierto de Step Up es haber sabido arropar convenientemente una historia sencilla, buscando ofrecer algo más que la fórmula más evidente y trillada de un relato del amor juvenil.

Estamos ante una película amena, con buen ritmo, bien contada, sin excesos pero intensa por momentos y que nos deja unas muy buenas sensaciones y la certidumbre de que se puede dignificar cualquier temática siempre y cuando se apliquen el sentido común y un respeto por este arte que es el cine.

sábado, 16 de mayo de 2015

The Code



Dirección: Mimi Leder.
Guión: Ted Humphrey.
Música: Atli Örvarsson.
Fotografía: Julio Macat.
Reparto: Morgan Freeman, Antonio Banderas, Radha Mitchell, Rade Serbedzija, Robert Forster, Tom Hardy.

Keith Ripley (Morgan Freeman), un veterano ladrón de obras de arte, necesita un compañero para su próximo golpe y se fija en el joven Gabriel Martín (Antonio Banderas), un delincuente callejero.

Las películas de atracos giran en torno a unos parámetros un tanto limitados y que se han visto expuestos en infinidad de films: la aparente imposibilidad para cometer el atraco, debido a fuertes y sofisticadas medidas de seguridad y la sorprendente capacidad de los ladrones para salirse con la suya a pesar de todas las dificultades. La clave está pues, no en buscarle tres pies al gato, sino en crear unos personajes y un ritmo lo suficientemente atractivos para que los lugares comunes del argumento pierdan relevancia y se centre nuestra atención en otras cosas. Recientemente hemos visto propuestas no demasiado originales pero que salvan los muebles por una impecable y atractiva puesta en escena. Eso, o jugar con el espectador a base trampas y engaños, que suele ser el recurso más sencillo pero también el menos brillante. Y es por esta segunda alternativa que opta The Code (2009), un film con un argumento tramposo y falso a más no poder. Lo bueno es que es algo que nos olemos desde el principio, con lo que no nos va a defraudar por mentiroso, ya que lo sospechábamos. Lo malo, su única baza: la sorpresa final, el truco de magia que debía dejarnos con la boca abierta mientras se encienden las luces, no causa el mínimo efecto por haberlo anticipado ya. Sólo sentimos cierta confusión por la proliferación de nombres, engaños y personajes en un desenlace algo chapucero y muy poco vistoso.

¿Que nos queda entonces, si nos olvidamos de las mentiras y trampas del guión? pues muy poquita cosa. Y es que el argumento no solo es falso, sino que carece de originalidad. Los personajes protagonistas son rutinarios, estereotipados; la chica es un mero elemento decorativo para alternar el ritmo del robo con algo de romance y sexo light; el desarrollo es bastante previsible y sin mordiente; los momentos de auténtica emoción no existen, en ningún instante sentimos preocupación por el futuro de los protagonistas, ni siquiera cuando la mafia rusa y un poli resentido aumentan sus amenazas... en definitiva, una película bastante plana y sin demasiado talento. Todo se limita a acumular momentos previos al robo, ver el desarrollo del mismo y cómo los ladrones sortean las medidas de seguridad y esperar el final feliz, que se adivina desde el minuto uno.

Lo único que nos puede interesar en The Code es la presencia de Morgan Freeman, un actor que en sí mismo es una garantía de buen hacer, y de un acertado Antonio Banderas, algo encasillado en el rol latino, pero convincente. Incluso los actores secundarios son otro ejemplo de una película que no cuidó mucho los detalles.

Hasta tal punto se trata de film menor que salió directamente en los Estados Unidos en el circuito del DVD, sin pasar por las salas. Con ésto está dicho todo.


viernes, 15 de mayo de 2015

París, Texas



Dirección: Win Wenders.
Guión: Sam Shepard.
Música: Ry Cooder.
Fotografía: Robby Müller.
Reparto: Harry Dean Stanton, Nastassja Kinski, Dean Stockwell, Aurore Clément, Hunter Carson, Bernhard Wicki.

Un hombre vaga solo por el desierto sin rumbo fijo, sin alimentos, sin agua. Al llegar a un miserable bar, toma un poco de hielo y se desmaya.

París, Texas (1984) es una película única, asombrosa. Es un relato que entra por los ojos, por los oídos, por la piel, y ya no te abandona.

Pocas películas cuentan tantas cosas de un modo tan sobrio, tan escueto. Pocas películas son tan sencillas en estructura y tan complejas a la vez. Con una lucidez especial, Win Wenders, gracias a un guión soberbio de Sam Shepard, nos brinda uno de los más íntimos y conmovedores relatos del amor imposible, del poder destructivo de un amor desmesurado, de la soledad y la locura, de la necesidad de amar y ser amado y de la renuncia, finalmente, en un ataque de cordura.

París, Texas es un viaje a las entrañas de Travis (Harry Dean Stanton), un hombre marcado por su familia y, especialmente, por el amor desatado por una hermosa mujer (Jane-Nastassja Kinski), mucho más joven que él, que termina por provocar su separación. Travis, fruto de su fracaso con Jane, termina vagando por el desierto, huyendo de la sociedad y de sí mismo, perdido para siempre en medio de la nada, caminando con la obsesión de un loco que no tiene a dónde ir. Con esta imagen poderosa, hipnótica, de Travis perdido en medio del polvo y el sol, arranca esta precioso relato, cargado de ternura, de cariño, de comprensión, que nos lleva a visitar regiones del alma realmente tenebrosas. Porque es difícil explicar el por qué el ser humano puede destruir lo que más quiere. Por qué tenemos que complicar a veces lo que debería ser muy sencillo. Pero así es la naturaleza humana y así la retrata Wenders, lejos de dramatismos, con una sencillez abrumadora, con una sensibilidad exquisita.

Y es que París, Texas es un deleite para los sentidos: el ritmo pausado, pero cautivador de la narración; la banda sonora tan poderosa y tan sugerente de Ry Cooder; la fascinante utilización del color gracias a una fotografía fantástica de Robby Müller... todo en esta película es delicado y maravilloso, lo que se explica en parte por ser Wenders un director europeo, con un lenguaje y un estilo muy alejados de prototipo americano.

Y este talento peculiar del director parece contagiar al reparto, un tanto atípico, pero que ofrece un trabajo espectacular. Harry Dean Stanton, encumbrado al papel protagonista, realiza aquí uno de sus mejores trabajos, sin duda alguna, rebosando naturalidad y una sensibilidad que se contagia al público. Nastassja Kinski nunca ha estado tan arrebatadamente hermosa, dejándonos sin palabras ante el suave resbalar de las lágrimas por su rostro. Y la misma naturalidad apabullante de Stanton la encontramos en Dean Stockwell, Aurore Clément y hasta en el pequeño Hunter Carson. Un prodigio de reparto al servicio de un film especial.

Sin duda una obra diferente, que invita a la reflexión, a la introspección y a disfrutar de un cine como pocas veces seremos invitados a contemplar. Imprescindible y única.

París, Texas ganó muchos premios europeos, entre ellos la Palma de Oro de Cannes.