El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

lunes, 21 de julio de 2014

Soldados de Salamina



Dirección: David Trueba.
Guión: David Trueba (Novela: Javier Cercas).
Música: Varios.
Fotografía: Javier Aguirresarobe.
Reparto: Ariadna Gil, Ramón Fontserè, Joan Dalmau, María Botto, Diego Luna, Alberto Ferreiro, Luis Cuenca, Vahina Giocante.

Una periodista, escritora frustrada, empieza a recomponer un extraño suceso ocurrido en la Guerra Civil española: el fusilamiento de cincuenta prisioneros del bando nacional, entre los que se encontraba uno de los ideólogos de la Falange: Rafael Sánchez Mazas, que logró huir con vida.

La Guerra Civil es un tema recurrente de la cinematografía española, que a menudo ha acudido a ella en tono de comedia, tal vez en un intento de restañar heridas y de quitar hierro a una de las páginas más negras de nuestra historia. Pero en Soldados de Salamina (2003), David Trueba, que adapta la novela de Javier Cercas, hace una aproximación más dramática que incluso, en algunos pasajes, recuerda más a un documental que a una simple película de ficción. Puede que este tratamiento sea, finalmente, lo más interesante de una película que no consigue evitar caer en ciertos errores de bulto que terminan por pasarle factura.

Es cierto que la película posee una acertada dosis de intriga que engancha a la historia. También es verdad que Trueba logra compaginar con gran acierto imágenes de la guerra con las reconstrucciones históricas, de manera que el viaje al pasado de la protagonista se funde con eficacia con el presente, sin altibajos ni bruquedades. Y, naturalmente, está el tema de la guerra fratricida, tratada con rigor y seriedad, lo que proporciona algunos pasajes notables que nos recuerdan el drama humano de una contienda terrible de la que aún se están pagando las consecuencias en la actualidad.

Sin embargo, Trueba no logra sortear todos los problemas con elegancia y la película tiene algunos detalles que bajan el listón y nos dejan un sabor amargo por lo que podría haber sido Soldados de Salamina y finalmente no es.

Por un lado, y quizá sea la mayor pega que le encuentro a la película, está la relación entre la protagonista, Lola (Ariadna Gil), y Conchi (María Botto). En la novela, el protagonista es un hombre. No cuestiono el cambio de sexo del periodista, es más, la presencia de una mujer llevando a cabo al investigación añade algo de fragilidad e intriga al relato, desde mi punto de vista. Pero el tener que recurrir a una relación lésbica, algo que parece ser una curiosa moda en la ficción nacional, no deja de ser un truco comercial barato que, además, se queda en nada y encima no termina de enganchar del todo con la trama principal. Tenemos la impresión de que no es sino un pegote del que se hubiera podido prescindir perfectamente.

El segundo detalle que no terminó de convencerme es precisamente la actuación de Ariadna Gil. Convertida en el eje de la película y la principal protagonista, su interpretación es seca, aburrida, sin fuerza y hasta sin convicción. Justo al contrario que otros personajes secundarios de la película, que dan un aire de autenticidad a la historia que se pierde con Ariadna. Trueba opta por un rostro hermoso  para añadir cierto atractivo a la película pero, por desgracia, es uno de los puntos más flojos de la película.

El desenlace, con la visita de Lola a Miralles (Joan Dalmau), también es de los detalles que no terminaron de gustarme. Lo encuentro demasiado peliculero, algo forzado y no muy creíble. Entiendo que enfocar la película desde un punto de vista demasiado documentalista no hubiera funcionado tal vez en taquilla, pero esta serie de concesiones terminan por casar mal con el tono general de la película.

Aún así, David Trueba da muestras de su buen gusto y nos regala algunas escenas muy buenas. Lástima que no logre mantener un buen nivel a lo largo de la historia y, sobre todo, que se deje llevar por los recursos fáciles, especialmente la relación amorosa de Lola, que echan por tierra otros logros para dejar al final a Soldados de Salamina como un film interesante pero que no logra hacer realidad todas las posibilidades que encerraba la historia.

viernes, 18 de julio de 2014

Parking 2



Dirección: Frank Khalfoun.
Guión: Frank Khalfoun, Alexandre Aja, Grégory Levasseur.
Música: Tomandandy.
Fotografía: Maxime Alexandre.
Reparto: Rachel Nichols, Wes Bentley, Grace Lynn Kung, Philip Akin, Stephanie Moore, Miranda Edwards.

Es el día de Nochebuena. Angela (Rachel Nichols) se marcha a casa tras una larga jornada en el trabajo. Pero su coche no arranca y cuando quiere salir del parking del edificio descubre que las puertas están cerradas.

¿Qué pasa cuando una película carece de argumento y la historia resulta de lo más predecible? Pues que tenemos entre las manos un film como Parking 2 (2007); un producto simplista y sin originalidad que recurre a todo lo más vulgar y trillado del género.

¿Cuantas veces hemos sufrido la presencia de un degenerado chiflado?, ¿en cuántas películas hemos visto a una joven hermosa en peligro? Pues Parking 2 nos propone más de lo mismo, sin nada nuevo y sin ningún disimulo.

La película, cuyo título no hace referencia a ninguna segunda parte de nada, sino sólo a una planta de parking, basa toda su supuesta fuerza en una premisa tan manida como torpemente desarrollada: un maníaco enamorado de una joven que la retiene a la fuerza para poder pasar una velada íntima con ella. A partir de ahí, las lógicas escenas de tensión, peleas, alguna muerte truculenta, tensión de bajo nivel y un desenlace de lo más previsible.

La única manera de darle realmente interés a una historia tan manida es buscarle puntos de originalidad, giros inesperados, diálogos con fuerza, personajes interesantes. Y nada de ello tiene lugar aquí. Thomas (Wes Bentley), el psicópata, es un personaje plano, sin nada que lo diferencie de tanto pirado suelto que pulula por otros films similares. La trama es totalmente previsible, las escenas sangrientas son todo lo desagradables que deben ser para forzarnos a dar un respingo y el ritmo se mantiene en un nivel aceptable, pero nada más.

Fran Khalfoun se limita a dirigir con ese estilo impersonal que se centra en preparar las escenas de tensión y a jugar con los tempos con cierta solvencia, pero sin nada que nos permita disfrutar de un trabajo singular.

Definitivamente, una película de esas que te permiten pasar el rato, con algún susto que otro, pero que no deja la más mínima huella una vez que se ha terminado. Un producto de consumo fácil y escasos méritos. Sólo para auténticos incondicionales del género.

domingo, 29 de junio de 2014

Pretty Woman



Dirección: Garry Marshal.
Guión: J.F. Lawton.
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Charles Minsky.
Reparto: Richard Gere, Julia Roberts, Hector Elizondo, Jason Alexander, Ralph Bellamy, Laura San Giacomo, Hank Azaria.

Edward Lewis (Richard Gere) es un agresivo hombre de negocios que basa su fortuna en la compra de empresas en dificultades para venderlas después con grandes beneficios. Durante una estancia por negocios en Los Ángeles, conocerá a Vivian Ward (Julia Roberts), una joven prostituta a la que Lewis contrata para pasar la noche con él.

Pretty Woman (1990) es uno de esos casos en que un film no demasiado brillante le cae en gracia al público de medio mundo, y más, y termina convirtiéndose en todo un fenómeno de taquilla y en un clásico incuestionable del cine moderno. Es cierto que el argumento no resiste una mínima crítica inteligente, pero da igual, el éxito de esta comedia fue tal que barrió de un plumazo cualquier intento de análisis objetivo.

Pretty Woman es un cuento de hadas moderno, el sueño de una chica de pueblo hecho realidad, como le cuenta la ingenua Vivian a su príncipe Lewis. El problema es que estábamos en los noventa y los valores clásicos (valor, generosidad, romanticismo...) se cambian por otros más materialistas. Lo que parece rendir a Vivian a los pies de su príncipe azul es el lujo, el dinero, los coches caros, la ropa de marca. Y es que Lewis, en realidad, es una mala persona, un tiburón de los negocios al que las personas le importan un pimiento. Al menos, así se presenta la historia. Sin embargo, la moralidad hará el milagro. Ni Vivian es una puta como debe ser, pues no sería demasiado recomendable, por lo que nos la presentan como una jovencita tierna, ingenua y muy inocente, ni Lewis puede ser tan malo como lo pintaban. La magia de la historia, si la miramos con ojos infantiles, descubrirá el gran corazón que anida en el pecho de Lewis y que la dulce Vivian hará latir de nuevo. Así que mientras ella alcanza el sueño de tenerlo todo en la vida, saliendo de la pobreza y de la calle, él tendrá la recompensa de dejar atrás su lado oscuro y convertirse en una buena persona y un amante perfecto, con clase, atractivo y dinero.

Como se ve. el argumento es bastante infantil y no muy resiste del todo un ligero ataque de coherencia. Pero... la cosa funcionó. Y aún funciona. ¿El motivo? Supongo que es toda una conjunción de elementos, de pequeños detalles que encajan lo suficientemente bien para atraer a todo el mundo, a unos por un detalle, a otros por otro. La clave está en gustar al público masculino y femenino por igual. Y eso lo logró Pretty Woman.

En primer lugar está la pareja protagonista. Richard Gere, a pesar de sus limitaciones como actor y sus cargantes tics, tenía el porte y la elegancia suficientes para encajar como un guante en su papel. Era atractivo y lucía como nadie los trajes caros. Imagino que a las jovencitas de medio mundo no le resultaría complicado imaginarlo como su príncipe azul. En cuanto a Julia Roberts, tenía la belleza fresca y la gracia natural para caer bien a hombres y mujeres por igual. Era atractiva, pero sin resultar cargante, y llevaba esa ingenuidad de su personaje con tal naturalidad que resultaba muy convincente. Le sentaban igual de bien las ropas de prostituta como los vestidos de alta costura. Pero, sobre todo, caía bien, le cogías cariño casi de inmediato, lo que resultaba básico para que el cuento de hadas calara inmediatamente en el público.

Personalmente, el personaje que más me gustó fue el de Barney Thompson, el director del hotel, interpretado por Hector Elizondo. Ya ven, no es difícil que cada uno encuentre algo que le guste en esta historia.

Al atractivo de los protagonistas se unía también una banda sonora perfecta, con un par de temas magistrales que daban ese encanto especial a algunas de las escenas más logradas de la película.

Y si unimos a todo esa dosis de recompensa moral, donde una mujer de la calle termina convertida en la novia de un millonario, donde el amor parece triunfar sobre la mezquindad, donde la ingenuidad es capaz de ablandar al corazón de piedra del hombre de negocios, donde la vida se convierte en algo maravilloso... el resultado final es un film que funciona de maravilla aún cuando todos podamos encontrarle mil defectos. Y es que uno termina por pensar que si critica tal dechado de buenas intenciones podría acabar por pensar que no es buena persona.

A nadie le amarga un dulce, por muy artificial que sepamos que es.




sábado, 28 de junio de 2014

Pánico nuclear



Dirección: Phil Alden Robinson.
Guión: Paul Attanasio y Daniel Pyne (Novela: Tom Clancy).
Música: Jerry Goldsmith.
Fotografía: John Lindley.
Reparto: Ben Affleck, Morgan Freeman, James Cromwell, Liev Schreiber, Bridget Moynahan, Alan Bates, Ciaran Hinds.

En el año 2002, un árabe encuentra una bomba enterrada en la arena, sin saber exactamente su naturaleza y su valor. Se trata nada menos que una bomba nuclear procedente de un avión israelí que caerá en manos de un fanático nazi dispuesto a provocar un conflicto militar entre Estados Unidos y Rusia.

El tema de la guerra fría y la posibilidad de un conflicto nuclear entre Estados y Rusia ha dado mucho juego, tanto en literatura como en el cine. Pánico nuclear (2002) es una nueva aproximación a un tema que puede dar mucho juego pero aquí se queda en un planteamiento bastante esquemático, dando como resultado una película entretenida pero sin demasiado interés.

De nuevo tenemos en acción a Jack Ryan, el personaje más reconocible de Tom Clancy, encarnado en anteriores adaptaciones de sus novelas por Harrison Ford y Alec Baldwin. En esta ocasión es el atractivo pero frío Ben Affleck el encargado de encarnar al protagonista, y hay que reconocer que su trabajo está bastante mejor que en otros trabajos de este actor. Morgan Freeman le da la réplica con su habitual acierto, si bien su papel no es todo lo importante que hubiéramos deseado.

Pero no es en el reparto en donde encontramos los principales problemas de Pánico nuclear, que falla principalmente por culpa de su argumento.

Para empezar, la trama no resulta demasiado creíble. La figura del sádico nazi dispuesto a provocar un conflicto mundial se acerca más a los malos de la serie de James Bond que a un villano auténtico y convincente. A pesar del intento de verosimilitud con que es presentado, uno no puede dejar de ver lo aparatoso del planteamiento y su escasa solvencia. Por si ello fuera poco, la escalada que está a punto de provocar una guerra abierta entre Rusia y Estado Unidos tampoco termina de resultar convincente. A uno se le ocurren varias alternativas que un presidente sensato podría tomar antes de decidirse por desencadenar un ataque nuclear masivo.

Si la trama política no termina de funcionar, el resto del entramado tampoco. Ni la relación de Jack Ryan con sus superiores está bien desarrollada ni su relación sentimental tiene la entidad necesaria para tener un peso específico en la historia. Parece más bien un detalle de cara a la galería, imprescindible por cuestiones de taquilla, que algo que encaje y aporte algo a la historia.

Y para rematarlo todo, el desenlace de la trama resulta precipitado y tosco, sin interés, sin tensión, sin emoción y absolutamente previsible. Bueno, salvo la conversación de Ryan con el presidente ruso, un giro del todo increíble y hasta absurdo que es la mala guinda a un pastel bastante pobre.

Da la impresión que la adaptación de la novela de Clancy no se hizo con el acierto necesario, limitándose los guionistas a ofrecernos una mezcolanza de intriga, romance y relaciones personales bastante banales y sin mucha imaginación.

En definitiva, un film para pasar el rato pero que se queda muy lejos de ser un film inteligente y mucho más lejos de la excelencia.

miércoles, 4 de junio de 2014

Paycheck



Dirección: John Woo.
Guión: Dean Georgaris (Relato: Philip K. Dick).
Música: John Powell.
Fotografía: Jeffrey L. Kimball.
Reparto: Ben Affleck, Uma Thurman, Aaron Eckhart, Colm Feore, Paul Giamatti, Joe Morton, Michael C. Hall, Emily Holmes, Krista Allen, John Cassini, Fulvio Cecere, Joe Coyle, Richard Cummins.

Michael Jennings (Ben Affleck) es un brillante ingeniero que realiza importantes trabajos para empresas de alta tecnología. Para que no rebele secretos de su trabajo, a Jennings le borran la memoria de sus investigaciones una vez terminadas. Pero ahora, Jennings recibe el encargo de su vida: tres años de trabajo y una recompensa millonaria con la que podrá retirarse para siempre.

El cine actual parece volver con cierta asiduidad a viejas fórmulas, antaño exitosas, pero con el toque tecnológico de la modernidad. Es como si Hollywood se rindiese a ese dicho de que "nada hay nuevo bajo el sol" y se dedicase a una meticulosa y rentable labor de diseñar máquinas tragaperras a todo color y pantalla panorámica. Al menos es la impresión que uno tiene al ver películas como esta Paycheck (2003), un entretenimiento tan espectacular como absurdo.

La ciencia ficción ha dejado notables trabajos, obras maestras del cine, pero también algunas otras películas que llegan a rozar lo ridículo o la tomadura de pelo. Paycheck bordea este terreno peligrosamente y, si bien se puede salvar por los pelos por lo entretenida de la propuesta, también es verdad que el argumento, a poco que se pare uno a pensar, cosa que el ritmo trepidante del film no lo permite, resulta tan idiota como increíble. Que al protagonista le borren selectivamente recuerdos como quién pincha globos, por mucho que se intente adornar con máquinas más o menos sofisticadas, roza lo idiota. Salvo muy buena voluntad por nuestra parte, la reacción más lógica sería la carcajada.

Normalmente, este tipo de  películas, con hipótesis tan retorcidas como la citada o en que el protagonista puede ver el futuro, ya parten con una gran desventaja, pues ni el más incauto termina por tragarse tal premisa. Pero es que Woo tampoco parece mostrar demasiado interés en convencernos de la plausibilidad de su planteamiento; éste es solo una simple excusa para un derroche de acción y clichés que ya no engañan a nadie. Uno empieza ya a cansarse de esos guiones trufados de pequeños detalles que más tarde sirven para guiños simpáticos o medias justificaciones. Esta manera de escribir la historia resulta ya cansina. Y ya el recurrir al truco de platearnos un final desgraciado para el héroe, insistiendo en ello repetidas veces, tampoco resulta del todo creíble; y cuando, al final, se demuestra que no era más una trampa más, uno no sabe si reir alegrándose de su perspicacia al anticipar el engaño o maldecir al torpe guionista que no tiene otra cosa más sutíl que ofrecernos.

Y es que el cine actual parece dejar a un lado sin miramientos el argumento, olvidándose que es parte básica de toda buena película que se precie. El mero juego de efectos especiales, peleas, escenas de acción y persecuciones no dan como resultado más que un entretenimiento muy básico que no puede contentar demasiado a un espectador un poquito exigente. Y el director se ha limitado a eso, olvidándose de la lógica y el sentido común. Que un simple ingeniero tenga que luchar por su vida puede resultar interesante, pero nunca se puede convertir a ese hombre en una especie de Rambo y pensar que nos lo vamos a tragar sin rechistar. No es que sea un fanático de la verosimilitud, pero al menos espero algo de coherencia en las historias.

Así que lo que tenemos no es más que un andamiaje futurista de escasa consistencia que da lugar a una historia bastante predecible en la que el protagonista tiene que cumplir su misión con la ayuda de una serie de objetos cuya presencia, una vez asimilidado su significado, pasa a convertirse en una repetición de momentos en los que Michael Jennings se sirve de esos objetos para ir avanzando en su tarea, lo que termina por resultar un tanto repetitivo y que en muchos casos roza lo absurdo directamente. En seguida, el argumento deja de tener importancia y la película se queda reducida a peleas y persecuciones sin más.

Paycheck recuerda, supongo que intencionadamente, a Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), como en la escena en que  Michael Jennings escapa del metro que lo persigue, como escapaba Cary Grant de la avioneta. En cierto sentido, Affleck tiene un parecido con Grant, salvando las distancias. La diferencia es que Hitchcock nos regaló un film de suspense interesante, con humor y con ingenio, mientras que John Woo se dedica a desarrollar un argumento absurdo al servicio de una historia predecible, sin imaginación y donde el recurso a la acción se rebela como el arma más eficaz que ha encontrado el director, decidido a hacer un cine de palomitas, sin duda el camino más fácil.

Ben Affleck no es un actor que me diga gran cosa, más bien lo contrario, y su presencia en Paycheck me parecía todo un punto negativo antes de ver el film. Sin haber cambiado mi opinión acerca de su talento, es cierto que su trabajo me pareció algo menos soso que en otras películas suyas. Uma Thurman tiene finalmente un papel bastante secundario, lo que es una pena. Y el resto del reparto, un tanto encasillados en unos roles muy básicos, donde el malo (Aaron Eckhart) ha de parecerlo desde el primer plano, lo mismo que sus secuaces, y donde Paul Giamatti tampoco tiene demasiados momentos para lucirse. El resto, cumplidores.

En definitiva, una película sin pretensiones, salvo la espectacularidad de algunas escenas, y sin brillo. Uno de esos productos para consumo de masas que no dejan demasiada huella. Se deja ver y punto.

sábado, 31 de mayo de 2014

El cuarto mandamiento



Dirección: Orson Welles.
Guión: Orson Welles (Novela: Booth Tarkington).
Música: Bernard Herrmann.
Fotografía: Stanley Cortez (B&W).
Reparto: Joseph Cotten, Dolores Costello, Tim Holt, Agnes Moorehead, Anne Baxter, Richard Bennett, Ray Collins.

A finales del siglo XIX, los Amberson son la familia más rica de Indianápolis y su casa la más grande de la ciudad. En ella vive la hermosa Isabel Amberson (Dolores Costello), pretendida por un alocado joven, Eugene Morgan (Joseph Cotten), quién, por una torpeza, se verá rechazado por ella. Muchos años después, Eugene es un próspero hombre de negocios viudo y regresa a la ciudad, volviendo a visitar a Isabel, a la que nunca dejó de querer.

El cuarto mandamiento (1942) es la segunda película de Orson Welles para la RKO, tras la genial Cuidadano Kane (1941), fruto de aquel famoso acuerdo sin precedentes por el que un novato como él iba a tener libertad absoluta de creación. De nuevo, Welles demostrará a todos su innegable talento y también la absoluta incompatibilidad de ese talento con las normas y costumbres de la industria del cine, más fiel a los dólares que a la creatividad.

El cuarto mandamiento tiene, parece ser, bastantes notas autobiográficas, si bien Welles decidió no actuar en la película, dejando a un actor no muy conocido el papel de George, que nos recuerda al propio Welles en cuanto a genio, arrogancia e incluso nombre, pues Orson Welles también se llamaba George. Asímismo, el padre de Orson Welles fue inventor, como Eugene Morgan, y los padres del director conocieron personalmente a Booth Tarkington, el autor del best seller en que se basa la película. Se trata, por lo tanto, de un proyecto bastante personal de Welles que, desgraciadamente, como veremos, no tuvo el final esperado.

Anécdotas aparte, la película es un acertado retrato del final de una época, representado por el declive progresivo de la familia Amberson, incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos, lo que ejemplifica perfectamente la actitud de George, negándose a trabajar en cualquier cosa, por considerarlo inaceptable a su clase y posición; mientras, en contraposición, el auge del automóvil representa la llegada de un nuevo orden social que transformará por completo usos, costumbres y hasta maneras de pensar.

Orson Welles dibuja con precisión a una familia orgullosa y elitista, aislada en una burbuja irreal, apegada a unos usos que se han vuelto caducos, y cuya descendencia ha heredado lo peor de su soberbia. Los Amberson cavan su propia tumba sin saberlo, como hace la bella Isabel, que arruina su vida rechazando a su gran amor por un absurdo sentido del honor y el ridículo.

Con una fotografía en blanco y negro muy expresiva, Welles crea un mundo opresivo y oscuro, ejemplificado en el interior de la mansión de los Amberson, al que contrapone unos exteriores luminosos y alegres, un mundo que no les pertenece y dónde no pueden vivir.

Las relaciones familiares, las tensiones sociales, el qué dirán, todo está reflejado con meticulosidad y precisión por un guión sin fisuras y en el que notamos el talento en los diálogos y un trasfondo en las relaciones de los protagonistas que se insinúa constantemente, con elegancia e inteligencia.

Pero quizá la fuerza de El cuarto mandamiento resida en su apariencia formal. Y es que, como ya había demostrado en Ciudadano Kane y confirmará posteriormente Welles, el director cuidará especialmente sus puestas en escena, algo que le viene ya de sus primeros años en el mundo del teatro. Welles es un ferviente defensor de la artificiosidad en la puesta en escena, del virtuosismo, la invención y lo barroco. Todo ello está aquí: en los planos forzados; en la profundidad de campo; en la cámara, bien en movimiento bien estática, pero siempre muy expresiva; en el juego de luces y sombras; en la arquitectura de la casa... El cuarto mandamiento es un espectáculo visual único y fascinante, hipnotizador incluso, como en la fabulosa escena del baile, con los personajes pasando ante la cámara en una coreografía perfecta donde se mezclan conversaciones, personajes, gestos y miradas. Sin duda, todo el talento de Orson Welles al servicio de una idea.

Para el reparto, Welles echó mano de los actores del Mercury Theatre, la compañía que él mismo había creado junto con John Houseman, y donde trabajaba su amigo Joseph Cotten o Agnes Moorehead, realmente impresionante en su papel de solterona atormentada que se debate entre lo correcto y sus celos hacia Isabel. Pero el resto de actores también realizan un gran trabajo, desde el joven Tim Holt (George), pasando por Anne Baxter, y rematando con Ray Collins.

La película tenía una duración excesiva para los gustos de la RKO, además de no gustar demasiado en el preestreno anterior a su comercialización. Por ello y aprovechando la ausencia de Orson Welles, que trabaja en un documental en Brasil, la productora encargó a Robert Wise un nuevo montaje, descartando rollos enteros de lo filmado por Welles, lo que se nota en algunos detalles de la narración, y encargándole un final feliz, del que renegó Orson Welles, que parece no casar del todo con el tono anterior de la historia. A pesar de estas mutilaciones y cambios, la película sigue siendo una gran obra de arte, ejemplo del talento peculiar y el genio de un hombre al que su grandeza no le permitió triunfar en el mundo mercantilista de Hollywood.

jueves, 22 de mayo de 2014

¡Hatari!



Dirección: Howard Hawks.
Guión: Leigh Brackett.
Música: Henry Mancini.
Fotografía: Russell Harlan.
Reparto: John Wayne, Hardy Krüger, Elsa Martinelli, Red Buttons, Bruce Cabot, Gérard Blain, Michèle Girardon, Valentin de Vargas.

Sean Mercer (John Wayne) y su equipo se dedican a cazar animales salvajes en las llanuras de Tanganica para venderlos a los zoos de todo el mundo.

¡Hatari! (1962) pasará a la historia del cine como uno de los mejores films, sino el mejor, sobre safaris en África. Cuando uno ve la película tiene la impresión que tanto la planificación como el rodaje de la misma debió ser toda una aventura en sí misma, a parte de una gran diversión para el equipo. Y es que ¡Hatari! desprende alegría de vivir.

Lo primero que habría que destacar es el realismo con el que Hawks filma las abundantes escenas de caza que pueblan el film. Uno no puede dejar de maravillarse de la proximidad de la cámara y el peligro evidente que se respira al ver la persecución del rinoceronte, por ejemplo. Hawks recurre, es cierto, a algunos trucos, como el uso de transparencias, pero el tono general de esas escenas se aproxima mucho al de un documental.

Si el tema de la caza de animales está omnipresente en ¡Hatari!, ello parece ser, además de una afición personal del director, la excusa perfecta para presentarnos el meollo de la cuestión: las relaciones de camaradería de un grupo de hombres unidos por una profesión de riesgo y donde la honestidad, la amistad y el respeto rigen sus relaciones. Un tema recurrente en la filmografía de Howard Hawks, así como la perturbadora presencia femenina que viene a creae una tensión y un punto de vista diferente entre las relaciones masculinas.

El tercer elemento del cóctel es el humor. Hawks, para que no quede ninguna duda de lo bien que se lo debió pasar, le da un constante tono de comedia al film, ya sea por el carácter de los personajes, especialmente Pockets (Red Buttons), o la participación de los animales, en especial las crías de elefante que cuida "Dallas" (Elsa Martinelli). Ahora bien, si las escenas de acción aún conservan la frescura y el tono verídico de un documental, la comedia se ha visto un poco afectada por el paso de los años. Algunos personajes o situaciones resultan demasiado ingenuos y ciertos chistes ya no provocan demasiada gracia. Eso sí, la escena final sigue siendo una delicia.

En cuanto al reparto, John Wayne, como no podía ser de otra manera, es la figura central, con ese porte monolítico, aunque el peso de la edad comenzaba a notarse, en especial al intentar pretender convencernos el guión de que la bella Elsa Martinelli, veintiocho años más joven, se iba a colar de inmediato por él. Es un detalle que chirría un poco y exige de nosotros un pequeño esfuerzo de credulidad. Wayne realiza, no obstante, un muy buen trabajo, lo mismo que Elsa Martinelli, plena de encanto y frescura. Red Buttons, sin embargo, me pareció demasiado exagerado, con un papel además que no ayuda demasiado, pues es el bufón del grupo y a veces roza el ridículo, con lo que el enamoramiento de Brandy (Michèle Girardon) por él tampoco termina de resultar demasiado convincente. Aunque, bien mirado, no es precisamente un film que pretenda centrarse en el romanticismo de la historia, sino que más bien éste es un elemento decorativo más, al servicio de la aventura y buen humor de la película.

No debemos olvidarnos tampoco de la partitura de Henry Mancini, con uno de sus temas más famosos.

En conclusión, ¡Hatari! es una película original, diferente. Parece más un film para disfrute íntimo del equipo de rodaje. Puede que sea un poco largo de más, aunque el ritmo es bastante ágil, lo que hace que la película no se haga demasiado pesada. Para disfrutar en familia.