El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 1 de septiembre de 2015

Equipo Marshall



Dirección: McG.
Guión: Jamie Linden (Historia: Jamie Linden, Cory Helms).
Música: Christophe Beck.
Fotografía: Shane Hurlbut.
Reparto: Matthew McConaughey, Matthew Fox, David Strathairn, Ian McShane, Anthony Mackie, Kate Mara, January Jones, Brian Geraghty.

En noviembre de 1970, cuando regresaba de jugar un partido, el equipo de fútbol americano de la Universidad de Marshall sufre un accidente de avión. Mueren setenta y cinco miembros del mismo, entre jugadores, cuerpo técnico y aficionados.

Basada en hechos reales, Equipo Marshall (2006) es una película en recuerdo y para honrar la memoria del equipo de fútbol de Marshall, víctima de un trágico accidente. Era pues de esperar un film con algunos pasajes verdaderamente emocionantes y conmovedores, aunque también hay que reconocer que el director no se recrea especialmente en los momentos más susceptibles de cargar las tintas; un rasgo que debemos reconocerle. Sin embargo, lo que no logra evitar es lo previsible de la historia, con la apoteosis final incluida, algo que sin duda resta un poco de interés a la película. Pero vayamos por partes.

El film arranca con un rápida y algo confusa presentación del equipo de fútbol, con sus entrenadores, seguidores y animadoras, presidente y aficionados para, sin mucho preámbulo, meternos de lleno en el drama del accidente. Éste y cómo afecta al pueblo de Marshall es sin duda la parte más emotiva y más interesante de la película. Tras este clímax emocional, resultaba sin duda complicado mantener el nivel y de hecho, la historia comienza a decaer a partir del momento en que se decide reconstruir el equipo de la universidad. Por un lado es lógico pensar que no se puede mantener un punto de tensión tan elevado como el del accidente, pero el principal problema es que la película se mete en un terreno que resulta bastante predecible, como es el de los problemas para formar un nuevo equipo, las reticencias de muchos, la imposible elección de jugadores de nivel y la consiguiente derrota en el primer partido de liga. El desarrollo está tan claro que el interés por la historia sufre un bajón tremendo. Y más cuando, en escenas clave de la película, descubrimos una falta total de inspiración en los diálogos que nos deja con la miel en los labios: cuando esperamos una frase mágica o una reacción interesante, el personaje de turno se limita a decir una banalidad que nos deja fríos. Sin duda, una gran debilidad de un guión muy poco original y nada brillante. Y donde más notamos esa falta de originalidad y talento es con un final demasiado empalagoso y largo en exceso donde cierto tratamiento como de héroes hacia algunos personajes resulta a todas luces excesivo.

Otro punto flaco de Equipo Marshall es su exagerada duración. Si la historia se vuelve previsible, si la emoción decae desde el arranque de manera evidente y si el final carece de sorpresa alguna, prolongar la historia con escenas del todo prescindibles resulta un error evidente.

Quizá lo mejor sea un reparto bastante atractivo y con unos secundarios que están a un muy gran nivel. Hay que reconocer que consiguen que en muchos momentos te olvides que es una película. No tan bien parado sale el director, que muestra una clara predisposición por cierta belleza formal un tanto forzada y que recurre en las escenas de fútbol a ese molesto recurso de la cámara epiléptica. Tampoco acierta con la tensión argumental y se pasa un poco alargando la emoción artificialmente en un final un tanto largo y poco original.

Equipo Marshall te puede servir como mero entretenimiento en una tarde de invierno y poco más. No es una película que deje huella, si bien es un producto correcto, de buen factura, pero sin nervio.

sábado, 29 de agosto de 2015

Wanted (Se busca)



Dirección: Timur Bekmambetov.
Guión: Michael Brandt, Chris Morgan, Derek Haas, Dean Georgaris (Cómic: J.G. Jones, Mark Millar).
Música: Danny Elfman.
Fotografía: Mitchell Amundsen.
Reparto: James McAvoy, Angelina Jolie, Morgan Freeman, Terence Stamp, Thomas Kretschmann, Common, Kristen Hager, Marc Warren, David O'Hara, Dato Bakhtadze, Chris Pratt.

Wesley Gibson (James McAvoy) es un vulgar contable cuya vida carece de interés ni de alicientes. Sin embargo, un día conocerá a una atractiva mujer, Fox (Angelina Jolie), que le informa que han asesinado a su padre, que le había abandonado recién nacido, y que ahora su vida corre peligro también.

Que el cine de acción ha entrado en una especie de punto muerto me parece cada día más evidente. Los argumentos se debaten entre los típicos vengadores cachas o las consabidas adaptaciones del mundo del cómic, con superhéroes por todas partes o aventuras más o menos delirantes, cargadas de acción y efectos especiales, al estilo de Sin City (Robert Rodriguez, Quentin Tarantino y Frank Miller, 2005). Wanted (2008) se mueve dentro de esta última tendencia, con efectos visuales que nos recordarán a Matrix (Andy Wachowski, Lana Wachowski, Hermanos Wachowski, 1999). Como se ve, un dechado de originalidad.

Para empezar, sorprende la alegría con la que el cine actual, y los espectadores, aceptan con tanta naturalidad la violencia en las pantallas. En Wanted asistimos a un despliegue tal de violencia, con un delirante gusto por la cámara lenta, para que podamos recrearnos en la muerte con todo detalle, que uno llega a preguntarse dónde está el límite de lo humanamente tolerable. No quiero parecer un moralista miope, pero creo que se ha llegado a un punto en que deberíamos reflexionar con cautela si tanta muestra de desnaturalización es realmente necesaria. Para más colmo, no sólo asistimos a escenas del todo gratuitas de violencia extrema, sino que se justifican abiertamente, como el paso del protagonista de una vida anodina y gris a la excelencia como asesino en serie. El mensaje no solo es repugnante, sino que denota una falta absoluta de cualquier principio moral o ético. Parapetarnos en que se trata de una obra inspirada en un cómic tampoco es excusa. La vida humana, el infligir torturas extremas, el recrearse en la sangre, el banalizar la vida y la muerte no tiene justificación alguna. Y más cuando Wanted dista muchísimo de poder considerarse una obra de arte. Ni tan siquiera es un producto ligeramente artístico. Wanted es una mera recopilación de escenas de golpes, muertes y explosiones sustentadas en un argumento pueril y estúpido que es casi una ofensa a nuestro sentido común: una Hermandad milenaria dedicada a ejecutar las órdenes de un telar del destino (han leído bien) que decide quién debe morir para mantener una especie de limpieza o equilibrio en el mundo. Y nuestro protagonista es reclutado por la Hermandad para que ejecute las misiones que el telar dicte, sin preguntarse el por qué de esas órdenes. La justificación que recibe por parte de Fox, su adiestradora, es más falsa que los duros de a seis.

La película, con esa justificación mínima e infantil de su argumento, es un mero despliegue de efectos especiales sorprendentes que ni siquiera necesitan ser convincentes (los disparos con efecto son la guinda de un pastel ridículo); lo único que se pretende es sumergirnos en una espiral de acción, muertes y peleas como base para que permanezcamos sentados al asiento durante la totalidad del film. Y cuanto más acción, más difícil será que nos planteemos cualquier cuestión acerca de lo verosímil o atinado de la propuesta. Se trata de hipnotizarnos. Nada más.

Lo único salvarle de tal cúmulo de despropósitos argumentales y visuales fue el trabajo de James McAvoy, al que descubrí como un actor versátil y muy convincente. Angelina Jolie se limita a lucir su cuerpo, excesivamente delgado, y Morgan Freeman hace uno de esos papeles en los que no necesita ni despeinarse.

He de reconocer que estuve a punto de apagar el televisor ante el denigrante despliegue de estupideces y crueldad que desplegaba el bueno de Bekmambetov. Solamente aguanté para poder escribir esta crónica. Ojalá sirva para evitar que perdáis el tiempo viendo tal basura; si es así, mi esfuerzo habrá servido para algo.


miércoles, 26 de agosto de 2015

Frankie & Johnny



Dirección: Garry Marshall.
Guión: Terrence McNally (Obra: Terrence McNally).
Música: Marvin Hamlisch.
Fotografía: Dante Spinotti.
Reparto: Al Pacino, Michelle Pfeiffer, Hector Elizondo, Kate Nelligan, Nathan Lane, Jane Morris, Greg Lewis, Glenn Plummer.

Johnny (Al Pacino) acaba de salir de la cárcel tras una condena de dieciocho meses por falsificación. En prisión ha aprendido a cocinar, por eso va en busca de trabajo como cocinero a una cafetería en Nueva York. Allí conocerá y se enamorará de Frankie (Michelle Pfeiffer), camarera en el mismo local.

Frankie & Johnny (1991) tiene un origen teatral y eso, por desgracia en este caso, se nota desde el comienzo: la cafetería, sus empleados, el jefe, su clientela, todos estos elementos tienen un aspecto teatral; forman un conjunto artificioso, deliberadamente estudiado y colocado ahí con una finalidad muy evidente. Es por ello que, desde el principio, me sentí algo distante del drama romántico que se desplegaba, algo torpemente, en la pantalla. Y ese distanciamiento se vio favorecido también por un desarrollo de los acontecimientos un tanto previsible, algo plano, con una carencia alarmante de chispa en los diálogos, con algunos personajes tan forzados que se asemejaban a meras caricaturas. Es evidente que el tono de comedia que salpica la trama en muchos momentos de la misma es sin duda lo menos logrado de la película: chistes sin gracia, personajes patéticos y bromas aburridas.

Tampoco la historia de amor entre Frankie y Johnny está del todo bien construida. El enamoramiento de Johnny no resulta demasiado convincente, sin duda por lo precipitado del mismo. Hubiera sido necesario un desarrollo más pausado, algunas escenas de acercamiento y complicidad entre ambos y no, como sucede en la película, un breve intercambio de miradas como único preludio a su primer encuentro amoroso. Si en lugar de perder el tiempo en banalidades como la ausencia de un preservativo, McNally se hubiera centrado en desarrollar a conciencia el período en que los enamorados se van conociendo, la cosa habría sido diferente.

En cambio, la historia se pierde en escenas demasiado largas para lo poco que ofrecen, personajes secundarios que aportan bastante poco al desarrollo de la historia y se quedan como meros adornos y secuencias un tanto empantanadas en las que parece que el guionista no sabe demasiado bien cómo terminar.

Hasta los protagonistas me resultaron un poco antipáticos, especialmente Johnny, un tipo un tanto empalagoso y que se pasa de vueltas en muchos momentos. Uno comprende que Frankie dude de él y que le pida que se marche en más de una ocasión. Ella, sin tener ese rasgo antipático de Johnny, tampoco se hace muy encantadora. Al final, solo al final, se desvelará el motivo de su ceño fruncido y su carácter arisco y tristón.

Afortunadamente, no todo son momentos fallidos. Mentiría si dijera que Frankie & Johnny carece de algunas buenas escenas, en especial el final. El problema es que son momentos muy escasos, tal vez un par de secuencias tan solo, cuando la historia se torna seria, donde se dejan a un lado las bromas tontas y donde se nos deja ver a Frankie y a Johnny como seres humanos de carne y hueso, no como simples personajes teatrales. En esos dos momentos comprendemos lo maravillosa que hubiera podido ser esta película si el guionista se hubiera centrado en lo verdaderamente importante del relato, dejando de lado los decorados, las bromas y los rodeos.

Por suerte también para nosotros contamos con Michelle Pfeiffer: su interpretación es casi perfecta. Hay momentos, hay miradas que nos dejan realmente conmovidos; es tal la fuerza de su trabajo que nos contagia dolorosamente los miedos de su personaje. Al Pacino está sin duda entre los grandes actores norteamericanos, no seré yo quién le quite méritos; pero me parece que es un actor al que lo han encasillado (o se encasilló él mismo) y muchos de sus trabajos me parecen una copia unos de otros. En esta ocasión no se muestra tan histriónico como en otros papeles parecidos, aunque, como digo, siempre tengo la sensación de que en cualquier instante puede montar un numerito. Por ello, sus trabajos los miro desde otro punto de vista y siempre con cierta sensación de que está actuando, siempre. Aún así, en esta ocasión está comedido y convincente, dentro de un guión que no borda su personaje.

Frankie & Johnny es, resumiendo, un film que habría podido dar mucho más de sí, por lo que, aún reconociendo sus méritos, uno se queda un tanto triste al ver como no se ha aprovechado todo el potencial de la historia.


domingo, 23 de agosto de 2015

Los violentos años veinte



Dirección: Raoul Walsh.
Guión: Jerry Wald, Richard Macaulay, Robert Rossen.
Música: Heinz Roemheld.
Fotografía: Ernest Haller.
Reparto: James Cagney, Priscilla Lane, Humphrey Bogart, Gladys George, Jeffrey Lynn, Frank McHugh, Paul Kelly, Elisabeth Risdon, Edward Keane, Joe Sawyer, Joseph Crehan.

Eddie Bartlett (James Cagney) regresa a Norteamérica tras el final de la Primera Guerra Mundial para descubrir lo difícil que resulta integrase en la vida civil. Cansado de buscar trabajo sin éxito, encontrará una oportunidad para salir adelante de la mano de una mujer de mundo, Panama Smith (Gladys George), y de la recién instaurada Ley Seca.

Tras el éxito de Ángeles con caras sucias (Michael Curtiz, 1938), la Warner decide apostar de nuevo por Cagney y Bogart en este film sobre el mundo del hampa en la década de los años veinte.

Con mano firme, y apoyado en un guión excepcional, Raoul Walsh demuestra su innegable talento como director con uno de los hitos del género de gangsters.

Los violentos años veinte (1939) está centrada en el regreso a la vida civil de tres soldados, Eddie (James Cagney), Lloyd (Jeffrey Lynn) y George (Humphrey Bogart), que se hacen amigos en las trincheras de Francia. Los tres con caracteres muy diferentes. Mientras que Eddie es un tipo decidido, pero noble, Lloyd, abogado de profesión, es honrado y tímido mientras que George es un desalmado ambicioso y sin escrúpulos. Tres personalidades que se describen en un par de secuencias con una precisión portentosa, merced a uno de esos guiones casi perfectos donde nada falta y donde nada sobra.

La película se centra preferentemente en la figura de Eddie y en cómo va corrompiéndose a medida que gana fuerza en el mundo de los bajos fondos, traficando con licores que primero compra, luego fabrica y finalmente roba. A pesar de su innegable buen corazón, Eddie irá cayendo en una espiral de ambición y lucha contra mafiosos rivales hasta el punto de no detenerse ante nada. Y esa es la grandeza y la belleza de Los violentos años veinte, en que no es una película que se limite a describir el mundo del hampa y sus luchas, o la corrupción de un sistema hipócrita y cínico; el guión no olvida el lado humano, el énfasis en la lucha de los protagonistas por el éxito, el amor y la felicidad. Y el personaje de Eddie resultará especialmente conmovedor en su pasión por Jean Sherman (Priscilla Lane) y su irremediable fracaso. Y es que Jean pertenece a otro mundo, aunque Eddie parezca no darse cuenta. Y ese mundo es el mundo de las buenas personas, sencillas y honradas. Al final, a la fuerza, Eddie tendrá que reconocer su equivocación. Como tendrá también que asumir, arruinado por el Crac del 29, que su futuro es negro como la noche.

Estamos en 1939 y el criminal, aunque nos caiga hasta bien, ha de pagar por sus pecados, según la moral de la época. Por ello sabemos que nada bueno le espera a Eddie ni a nadie como él. Por ello no nos sorprende ese aire de tragedia, de destino inevitable que se irá cerniendo sobre Eddie y sus amigos. No hay salida. Eddie lo sabe, nosotros también. De ahí que aceptemos resignados el final escrito. Con pena, claro. Porque en Los violentos años veinte Raoul Walsh nos pone del lado del mafioso y aceptamos gustosos el envite. La escena final, con Eddie rodando por las escaleras nevadas es conmovedora, poética y trágica.

Si afirmaba antes que uno de los pilares de la película era el portentoso guión del mismo, no lo es menos un reparto excepcional encabezado por el genial James Cagney. El talento de este actor era asombroso. Basta verlo moverse por la pantalla, enérgico, con esa mirada dura, para dejarnos rendidos ante un talento único. Cagney llena la pantalla y dota a su personaje de una fuerza y una ternura absolutas. A su lado, la hermosa y delicada Priscilla Lane, toda dulzura. Y, como no, Bogart, en una época en que aún era un secundario al que le asignaban papeles de malo, a todas luces muy acordes con su figura.

Los violentos años veinte es, sin ninguna duda, una de las obras de arte del género, una película redonda donde todo está en su sitio y que nos hace disfrutar una vez más de aquel cine en blanco y negro sencillo pero poderoso, donde los guiones se escribían con la cabeza y donde los diálogos eran rotundos y hermosos. Un clásico eterno.

viernes, 14 de agosto de 2015

El valle de la violencia



Dirección: Andrew V. McLaglen.
Guión: James Lee Barrett.
Música: Frank Skinner.
Fotografía: William Clothier.
Reparto: James Stewart, Doug McClure, Glenn Corbett, Patrick Wayne, Katharine Ross, Rosemary Forsyth, Phillip Alford, Paul Fix, James Best, George Kennedy.

Charlie Anderson (James Stewart) es un granjero virginiano, viudo y padre de siete hijos, que ha decidido mantenerse al margen de la Guerra de Secesión. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, será inevitable que se vea involucrado en ella cuando los yankies tomen como prisionero a su hijo más pequeño.

Western tardío, El valle de la violencia (1965) es un digno film de Andrew V. McLaglen, un director correcto y modesto especializado es westerns.

La película se inscribe dentro de la línea de westerns pacifistas, cuyo mejor exponente sería La gran prueba (William Wyler, 1956); si bien en este caso no se trata de un problema de convicciones religiosas, como era el caso de Gary Cooper en el film del Wyler, sino que Charlie Anderson se mantiene al margen de la la guerra porque siente que no le debe nada a nadie: todo lo que tiene se lo ha ganado con su trabajo, sin pedir ni recibir ayuda de nadie. En todo caso, de nuevo lo que se plantea es si es razonable que un individuo reclame su derecho a oponerse a lo que podría considerarse un deber, como es luchar por su país o por su estado. La película no resuelve el dilema, si bien parece decantarse por la necesidad de apoyar a la comunidad, en contra de los deseos de independencia extrema de Anderson. Sin embargo, al mismo tiempo, El valle de la violencia es claramente un film pacifista, mostrando los sinsentidos, la crueldad y el dolor que inevitablemente conllevan las guerras. McLaglen no duda, llegado el momento, en cargar las tintas del lado del sentimentalismo para reforzar su mensaje.

El valle de la violencia no puede evitar ser hija se época, lo que lleva a que algunos pasajes y ciertos diálogos denoten el paso de los años, con un evidente cambio en la mentalidad. A pesar de ello, la película posee buenas cualidades que la hacen merecedora de nuestro aplauso. Por una parte, el guión es bastante sólido y coherente con lo que nos quiere trasmitir. No cae en patriotismos baratos ni arengas, manteniendo en todo momento una línea clara pero exenta de adoctrinamientos simplistas.

Quizá donde se le pueda hacer algún reproche más serio es en el gusto, a veces algo forzado, por cierto sentimentalismo algo blandengue que recorre la película de principio a fin. Para algunos quizá aporte un plus de dramatismo, necesario y conveniente; pero seguramente muchos lo consideren algo exagerado. Será cuestión de gustos.

Además, el director se decanta por una narración concisa y ágil que logra mantener un ritmo interesante donde no hay tiempos muertos, lo que hace que la película se disfrute de un tirón, pareciendo siempre más breve de lo que en realidad es. McLaglen sabe jugar con los tiempos y utiliza con acierto algunos toques de comedia que aligeran el relato, si bien termina imponiéndose el tono dramático conforme entramos en acción. El principal acierto del director estriba en no perderse en nimiedades y, al mismo tiempo, ofrecer un retrato conciso pero preciso de los principales protagonistas, siendo el eje central la figura del patriarca encarnado por el excelente James Stewart. El actor, ya en la recta final de su carrera, tiene aquí un papel perfecto para su edad y nos demuestra de nuevo su talento exento de artificio. A su lado, un plantel de secundarios no de primera fila pero que en general cumplen con solvencia.

Seguramente, para muchos aficionados al género, El valle de la violencia sea un western algo menor, tardío y un tanto descafeinado. Es cierto que se aproxima más a un serie B que a uno de los clásicos de los años cuarenta. Pero aún así, dentro de su modestia, me parece un film honesto, bien realizado y con un mensaje interesante, amén de algunos momentos bastante logrados. Estamos ante un western menor pero muy digno.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Seis días y siete noches



Dirección: Ivan Reitman.
Guión: Michael Browning.
Música: Randy Edelman.
Fotografía: Michael Chapman.
Reparto: Harrison Ford, Anne Heche, David Schwimmer, Temuera Morrison, Allison Janney, Jacqueline Obradors, Douglas Weston, Cliff Curtis, Danny Trejo, Ben Bode, Amy Sedaris.

Invitada por su novio, una atareada editora de una revista de moda, Robin Monroe (Anne Heche), pasa unos días de descanso en una paradisíaca isla del Pacífico. Pero sus vacaciones serán interrumpidas por una sesión de fotos que provocará un cambio radical en la vida de Robin.

Parece que la inspiración no estaba del lado del guionista Michael Browning a la hora de escribir el argumento de Seis días y siete noches (1998). Y no basta con la presencia de Harrison Ford para mantener en pie un guión tan lamentable.

La película quiere navegar entre la historia romántica y la comedia, sin embargo, al final no termina de funcionar en ninguno de los dos sentidos por culpa, como decía, de un guión sin energía, previsible y simple a más no poder.

La historia se podría resumir en cómo un accidente de avión va a cambiar por completo las vidas de una pareja de novios neoyorkinos y la de un veterano y desengañado piloto de avión. La clave está, o eso parece ser que era lo que pretendía Browning, en dotar a esta historia de un atractivo toque de aventura y comedia que nos hiciera disfrutar de unos paisajes maravillosos y el nacimiento del amor entre dos seres en principio totalmente opuestos.

El problema es que nada funciona como debería en esta historia. Para empezar, los personajes de Heche y Ford no terminan de gustarme, con lo que en ningún instante sientes la más mínima complicidad con ellos. Tal vez porque no parecen personas de verdad y se acercan más a personajes de cartón piedra, artificiosos y previsibles. Y lo mismo sucede con los personajes secundarios, como el novio de Robin, interpretado por un poco afortunado David Schimmer, o la pareja de Quinn, una excesiva mujer objeto encarnada por la explosiva Jacqueline Obradors, ambos también reducidos a estereotipos, caricaturas forzadas y poco creíbles.

Y si los personajes no terminan de engancharnos a la trama, la historia mucho menos. Además de previsible en cada punto de su desarrollo, incluida la forzada "pimienta" de los piratas asesinos, la supuesta aventura de los náufragos carece de originalidad y, sobre todo, de gracia y de emoción. Cada pasaje en la isla carece de inventiva e imaginación. No solo no nos sorprende ninguno de los acontecimientos, sino que hasta llegan a aburrirnos por su escasa originalidad y poca gracia. Pero además, las situaciones resultan del todo forzadas, como la huída de los piratas o la increíble construcción de las bases del hidroavión. El desenlace del encuentro con los piratas pertenece por méritos propios a la antología del disparate.

Además, las escenas del novio de Robin desesperado mientras se organiza la búsqueda de los náufragos, que se intercalan con las de los protagonistas en la isla desierta, me parecieron toscas, metidas en la historia de un modo un tanto mecánico, pareciendo en algún momento como pegotes mal engranados en la historia.

Por supuesto, el romance cruzado de las parejas protagonistas viene a ser la gota que colma el vaso en cuanto a originalidad y elaboración del guión se refiere. Puestos a forzar la situación podrían haber inventado algo menos forzado y absurdo.

Es verdad que la presencia de Harrison Ford le da cierta calidad a la película, bien acompañado por una atractiva Anne Heche, pero ni con esas la película logra ni un simple aprobado. No me quiero imaginar lo que habría salido de aquí con otros protagonistas de menor nivel.

En definitiva, una película vulgar de principio a fin, con la mediocridad instalada a fuego en su guión. Conviene huir de ella como de la peste.

jueves, 16 de julio de 2015

Atraco perfecto



Dirección: Stanley Kubrick.
Guión: Stanley Kubrick (Historia: Lionel White).
Música: Gerald Fried.
Fotografía: Lucien Ballard.
Reparto: Sterling Hayden, Coleen Gray, Vince Edwards, Jay C. Flippen, Marie Windsor, Ted DeCorsia, Elisha Cook Jr., Joe Sawyer, Timothy Carey, Jay Adler, Joe Turkel, Kola Kwariani, James Edwards, Tito Vuolo, Cecil Elliott, Dorothy Adams, Herbert Ellis, Mary Carroll.

Tras pasar cinco años en la cárcel, Johnny Clay (Sterling Hayden) planea dar el golpe definitivo: un robo en un hipódromo el día de una importante carrera.

Atraco perfecto (1956) es el primer gran film de Stanley Kubrick. Sin lograr un gran éxito de taquilla, la película sí que recibió buenas críticas y afianzó al director que, a partir de esta obra, comenzaría una carrera espectacular.

Dentro de la mejor tradición del cine negro, Atraco perfecto relata la planificación y ejecución de un robo meticulosamente pensado por un ex-convicto deseoso de dar un golpe que lo saque de la miseria. Sus cómplices, ninguno profesional del crimen, son personas también perdedoras, atrapadas en unas vidas rutinarias y tristes que ven en el éxito de ese golpe su ansiada felicidad. Sin embargo, Kubrick es un pesimista o, al menos, un fatalista. En sus películas siempre sale algo mal y el causante no es otro que el ser humano en su infinita estupidez o falibilidad. En Atraco perfecto adivinamos desde el principio que el plan no puede salir bien: los ladrones no son más que un grupo de perdedores. Alguien va a cometer un error, algo va a salir mal, se presiente. Y ese presentimiento comienza a concretarse cuando la pareja del pusilánime George (Elisha Cook Jr.), la manipuladora Cherry (Marie Windsor), decide traicionarlo contándole el plan del robo a su amante, Val (Vince Edwards), un granuja que la chulea. A partir de aquí tan solo queda esperar la sucesión de pequeños fallos que provocarán el desastre final: desde una herradura al citado Val y terminando con una maleta usada que no cierra bien. Y es que parece que el director no confiaba mucho en el ser humano.

A nivel técnico, Atraco perfecto destaca por su original puesta en escena, con un relato en el que Kubrick juega con una maestría absoluta con los saltos en el tiempo. Con la ayuda de una magnífica y todopoderosa voz en off, el director crea un puzzle perfecto con saltos en el tiempo y repeticiones que le dan al film un ritmo cautivador. A pesar de los saltos hacia adelante y hacia atrás, jamás perdemos el hilo de la acción. Un prodigio de relato que demuestra un talento único a la hora de contar una historia sencilla, pero dotándola de un ritmo asombroso y perfecto.

Si la exposición es genial, lo mismo podemos decir de la maravillosa fotografía en blanco y negro de Lucien Ballard, los fabulosos encuadres o de los agudos y precisos diálogos, todo un arte en vías de extinción en el cine actual.

Y otro de los puntos fuertes de Atraco perfecto es el excelente plantel de actores que logra reunir Kubrick: ninguna primera figura, pero todos excelentes en sus interpretaciones; empezando por Sterling Hayden, sin duda un muy buen actor, especialmente apto para el cine negro, con una presencia poderosa, y al que Kubrick sabía dirigir a la perfección. Junto a él, grandes rostros del género como Elish Cook Jr. o el magnífico Jay C. Flippen, el casero discretamente homosexual.

Atraco perfecto es, desde mi punto de vista, un título imprescindible no sólo dentro de la filmografía del director, sino también en la historia del cine negro. Un prodigio de planificación y puesta en escena, con una intriga perfectamente dosificada, un ritmo impecable y unos actores excelentes. Imprescindible, sí o sí.