El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Las normas de la casa de la sidra



Dirección: Lasse Hallström.
Guión: John Irving (Novela: John Irving).
Música: Rachel Portman.
Fotografía: Oliver Stapleton.
Reparto: Tobey Maguire, Charlize Theron, Michael Caine, Delroy Lindo, Paul Rudd, Jane Alexander, Kathy Baker, Kieran Culkin, Heavy D, Kate Nelligan, Erykah Badu, Paz de la Huerta.

Homer Wells (Tobey Maguire) se ha criado en el orfanato de St. Cloud. Para el doctor Larch (Michael Caine) siempre ha sido un niño especial y lo ha educado enseñándole lo que sabe de la medicina, con la esperanza de que algún día sea su sustituto.

Basada en una novela de John Irving y con guión del mismo escritor, Las normas de la casa de la sidra (1999) es una de esas películas que apuntan directamente al corazón. Es un film sensible y hermoso pero que no alcanza toda la plenitud que hubiéramos deseado. Vayamos por partes.

Es innegable que Las normas de la casa de la sidra, cuyo título denota cierta pedantería, es un film impecable en muchos aspectos. Por un lado, Lasse Wallström realiza una puesta en escena excelente, apoyado en una fotografía delicada y hermosa, un ritmo lento pero sólido y una historia muy humana y llena de personajes entrañables, especialmente los niños huérfanos, con los que es difícil no sentir empatía. Además, el director tiene el suficiente tacto y elegancia para manejar las numerosas escenas emotivas con buen gusto, evitando cargar las tintas y caer en la sensiblería barata. Esa delicadeza es muy de agradecer.

Sin embargo, uno tiene la sensación, especialmente en algunos pasajes de la película y al final de la misma, de que al relato le falta algo. Todo en Las normas de la casa de la sidra es demasiado correcto, pero falta emoción, falta tensión en los personajes, profundidad, nervio. Es como si el éter que adormecía al buen doctor Larch hubiera empapado también al guión y lo dejara sin la fuerza necesaria para abordar los múltiples aspectos que toca con más seriedad o convicción. El problema del aborto, del racismo, el amor, la sexualidad, la guerra, la infidelidad, el incesto... aparecen de pasada, pero sin que sean abordados con todo el rigor que merecen. Incluso el personaje de Homer es demasiado plano, sin la entidad requerida al conductor de la historia. Así, la película se queda en un relato amable, placentero, donde hasta la violencia parece de un nivel menor. Es como si tuviéramos la sensación de que nada realmente malo pudiera pasar, de que las desgracias son como momentos felices más pequeñitos. En fin, que todo queda un tanto edulcorado.

Pero cuidado, ello no impide que estemos ante un film muy hermoso, lleno de momentos preciosos, en especial durante la primera parte del mismo, antes de que Homer decida irse a conocer mundo. Y es que esta segunda parte del relato resulta un poco menos convincente, menos "real" que la primera. La historia pierde algo de nervio y aunque las experiencias de Homer más allá de St. Cloud tengan su interés, parece que el relato de Irving pierde un poco la sencilla belleza y emotividad de la vida en el orfanato, sin duda lo mejor del film.

En relación al reparto, sería imperdonable no mencionar el buen trabajo de los niños, algo siempre destacable; aunque, si somos sinceros, debemos quedarnos por encima de todo con la gran interpretación de Michael Caine, sin duda colosal, que le valió ganar un merecido Oscar como mejor actor secundario. Tobey Maguire tampoco anda nada mal, si bien no logra alcanzar la plenitud interpretativa lograda por Caine. Y en cuanto a Charlize Theron, su presencia es ya de por sí un regalo.

Las normas de la casa de la sidra es el típico film candidato a bañarse en premios. Reúne no pocas virtudes para ello, aunque la mayoría son en el apartado técnico. Es por ello que, aún reconociendo sus grandes méritos, pienso que se queda a un paso de lograr la perfección. Y no es poco, claro.

Además del Oscar de Michael Caine, la cinta recibió otro al mejor guión adaptado, de un total de siete nominaciones.

lunes, 20 de octubre de 2014

El número 23



Dirección: Joel Schumacher.
Guión: Fernley Phillips.
Música: Harry Gregson-Williams.
Fotografía: Matthew Libatique.
Reparto: Jim Carrey, Virginia Madsen, Logan Lerman, Danny Huston, Rhona Mitra, Lynn Collins, Michelle Arthur, Mark Pellegrino, Paul Butcher.

Cuando Walter Sparrow (Jim Carrey) comienza a leer con cierta desgana un libro que le ha regalado su esposa Agatha (Virginia Madsen), no se imagina hasta qué punto llegará a obsesionarle su lectura.

Cuando uno no tiene una buena historia que contar, cuando el punto de partida (el guión) es bastante pobre, todo lo que se puede intentar es salir más o menos airoso del embite. Y eso es lo que aparentemente intenta Joel Schumacher. Pretender vendernos El número 23 (2007) como una gran película no sólo es pretencioso, sino que es falso también.

La película tiene uno de esos guiones enrevesados que huelen a falsos desde un kilómetro. Es por ello que, a pesar de contar con una primera parte ciertamente intrigante, El número 23 nos suena a petardada desde el principio. De ahí que una parte de mí permanecía alerta, pendiente de trampas argumentales, giros rebuscados o cualquier artimaña que el guionista puediera habernos preparado para el desenlace. Y por ello es por lo que la intriga inicial, que la hay, no me llegara a absorber por completo, pendiente como estaba del despeñamiento final.

La historia de las coincidencias entre el argumento de un libro y el pasado de su lector permite un cierto punto de interés al comienzo, conforme la lectura va atrapando a Walter. Pero mantener esa tensión, desarrollar el argumento con inteligencia es algo que no sucede en esta ocasión. Poco a poco, la intriga va decayendo y hacia mitad de la cinta, cuando Walter comienza a obsesionarse con el número 23 (un truco del guión que no llega a funcionar y donde la acumulación de coincidencias de todo tipo de cualquier número con el 23 termina por aburrir, por forzadas y repetitivas), comenzamos a darnos cuenta de que la historia se sustenta en muy poquita cosa.

Pero donde la película pierde ya casi todo interés es con el desenlace. Y eso que debemos admitir que en esta ocasión no se trata de un final artificioso que nadie se llegue a creer. Dentro de lo que cabe, dentro de lo rebuscado de la historia, el final es plausible y creible. El problema es la torpeza con la que está expuesto, el largo proceso explicativo que parece querer demostrar que el argumento es honesto y que el guionista no se ha reído de nosotros. Pero, sinceramente, una historia tan retorcida y con contínuos amagos de lo que podría suceder y no sucede, es ya de por sí lo bastante falsa y arbitraria para que tanta justificación resulte igualmente absurda.

Donde Schumacher logra salir más airoso es en la puesta en escena, donde se esfuerza en crear una atmósfera original, especialmente cuando se adentra en la historia contada por el libro, y que contiene no pocas escenas que nos remiten al mundo onírico del cómic, especialmente a algunas adaptaciones cinematográficas más o menos originales, como Sin City (Ciudad del pecado) (Frank Miller, 2005). Aquí sí que logra hacer un trabajo novedoso, original e impactante.

En cuanto al reparto, destacar el buen hacer de Jim Carrey, por fin superando el encasillamiento en sus insoportables muecas (aunque al principio amaga peligrosamente con ofrecernos alguna de ellas), demostrando que puede componer personajes muy interesantes siempre y cuando busque registros más auténticos.

En resumen, El número 23 no pasa de ser un film pasablemente entretenido, pero donde se demuestra de nuevo que la falta de talento creativo, suplido con confusión y aparatosidad, no suele permitir más que resultados apañaditos, cine para pasar el rato y poco más.

sábado, 11 de octubre de 2014

Michael Clayton



Dirección: Tony Gilroy.
Guión: Tony Gilroy.
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Robert Elswit.
Reparto: George Clooney, Tom Wilkinson, Tilda Swinton, Sydney Pollack, Michael O'Keefe, Ken Howard, Denis O'Hare, Robert Prescott, Austin Williams, Sean Cullen, Merritt Wever, David Lansbury, Terry Serpico, David Zayas, Douglas McGrath.

Michael Clayton (George Clooney) trabaja para un importante bufete de Nueva York, aunque no ejerce de abogado. Su trabajo consiste en solucionar problemas de la manera más rápida, limpia y eficaz posible. Sin embargo, un día Michael deberá hacer frente a un problema inesperado: Arthur Edens (Tom Wilkinson), un magnífico abogado de su bufete, parece haber perdido la razón.

Michael Clayton (2007) supone el debut en la dirección de Tony Gilroy, guionista de la famosa saga Bourne, y responsable también del guión de este thriller bastante bien recibido por la crítica.

Lo primero que debemos mencionar es la soltura que demuestra Gilroy tras la cámara, con un trabajo elegante y seguro que no parece el de un principiante. Gilroy, al contrario que en la trilogía de Bourne, opta por un estilo tranquilo, una puesta en escena pausada, fría incluso, que sin embargo funciona bastante bien; lo mismo que la estructura narrativa, con la película partiendo de un punto intermedio de la historia para, en un momento crucial, retroceder en el tiempo hasta volver a alcanzar el instante inicial y, a partir de ahí, brindarnos el desenlace. Una manera interesante de contar la historia, evitando la linealidad, y que aporta una dosis de intriga que ayuda al relato.

En lo que ya tengo más dudas es en la manera de planificar y desarrollar el argumento en sí. Gilroy prefiere mantener las claves de la historia ocultas desde el principio; va dando algunas pistas, mostrando su juego lentamente, pero sin desvelar la esencia del thriller hasta bien entrado en metraje. Sinceramente, no creo que sea la mejor manera de contar la historia. Hasta la mitad de la película, uno no sabe bien a qué atenerse y eso puede jugar como un elemento de interés a favor de la intriga pero también puede tener el resultado contrario: aburrirnos ante una alternancia de situaciones, personajes y momentos que parece que no llevan a ninguna parte. Yo sigo defendiendo la claridad narrativa como la mejor manera de contar algo. A veces, no sé si por inseguridad o pedantería, algunos autores parecen pensar que cuanto más confusión, mejor...pero creo que se equivocan. Cuando la confusión termina por desvelar la vacuidad del relato, la decepción puede ser terrible. En este caso, a pesar de que la historia no es realmente novedosa, cuando se revelan las claves del relato, no nos sentimos engañados, lo que sin duda salva la película.

Es cierto que cuando las piezas comienzan a encajar y la historia gana en intensidad, el relato resulta a cada minuto más interesante y Gilroy demuestra un gran talento a la hora de rematar la historia, de una manera concisa, directa y muy elegante.

Otro de los puntos fuertes de Michael Clayton es contar con un reparto magnífico, encabezado por George Clooney, sobre el que recae todo el peso de la película y cuyo personaje le va como anillo al dedo. Su trabajo, sobrio y directo, es uno de los mejores alicientes de la película. A su lado, el siempre convincente Sydney Pollack y el genial Tom Wilkinson como rostros más reconocibles, pero sin desmerecer en absoluto el resto de actores.

Michael Clayton en un thriller interesante, con un planteamiento ambicioso y que nos enseña que Tony Gilroy sabe manejarse tan bien como director que como guionista. Lástima que el director no se decidiera por una narración más directa y menos fría, lo que habría elevado el nivel de la película.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La verdad oculta (Proof)



Dirección: John Madden.
Guión: David Auburn (Obra: David Auburn).
Música: Stephen Warbeck.
Fotografía: Alwin Kuchler.
Reparto: Gwyneth Paltrow, Anthony Hopkins, Hope Davis, Jake Gyllenhaal, Gary Houston, Roshan Seth.

Catherine (Gwyneth Paltrow) ha pasado los últimos años cuidando de su padre (Anthony Hopkins), un genio de las matemáticas que había perdido el juicio. Catherine teme que ella pueda llegar a sufrir la misma enfermedad.

Basada en una obra de teatro ganadora de un Pulitzer, La verdad oculta (Proof) (2005) viene a demostrar que no siempre una buena fuente de partida da lugar a una gran película.

No se si consciente o no de lo limitado del argumento que tenía entre manos, John Madden (Shakespeare in love , 1998) recurre a una estudiada puesta en escena en la que mezcla presente con pasado, conversaciones imaginarias de Catherine con el padre difunto junto a otras reales y flash-backs, logrando una puesta en escena un tanto enigmática, aunque no confusa, que logra, al menos, mantener cierta tensión en el relato, con lo que podemos decir que nuestro interés no decae demasiado; si bien es verdad que conforme avanza la película vamos sospechando que su historia encierra menos de lo que prometía. Ya con el desenlace, los temores o sospechas se tornan en dura y triste realidad.

Y es que la lucha de Catherine entre su amor por su padre, su propio talento y sus dudas acerca de su propia salud mental no son tan apasionantes ni tan complejas ni tan cautivadoras como habría sido de esperar. Puede que parte del fallo resida en que no llegamos a conocer a Catherine realmente a lo largo de la película. Madden lleva la confusión de su puesta en escena al retrato de los protagonistas, de manera que tanto Catherine como su padre no se presentan jamás de una manera clara, que nos permita comprenderlos y, por consiguiente, meternos en su piel y en su mente. Así, Catherine se pasa casi toda la película casi como una desconocida para nosotros. La primera impresión que da es la de una joven triste y deprimida por la muerte de su padre. No conocemos su talento ni tampoco su trabajo. Y cuando finalmente descubrimos que ella también es una brillante matemática, el guión decide de nuevo jugar a la confusión, dando a entender que Catherine se ha querido apropiar de los descubrimientos de su padre, algo que parece incomprensible. Pero es que de nuevo Madden quiere jugar al despieste con nosotros, buscando la manera de dotar de interés y emoción a un relato un tanto plano y frío que en ningún instante logra emocionarnos.

Ni la presencia de Claire (Hope Davis), hermana de Catherine, ni la de Hal (Jake Gyllenhaal), enamorado de Catherine, logran aportar nada nuevo a la historia. Claire se percibe como una presencia confusa, entre la compasión y la presión sobre Catherine; mientras, la presencia de Hal, que podría dar un toque pasional a la historia, tampoco es el bálsamo que de algo de vida al relato, quedando el posible romance en un amago triste.

Solamente el gran trabajo de Gwyneth Paltrow, sorprendentemente auténtica y convincente en su depresión y ensimismamiento, consigue despertar nuestra admiración por algo de La verdad oculta (Proof). Sus compañeros de reparto tampoco están nada mal en sus trabajos, pero se quedan algo empequeñecidos ante la solidez de Paltrow.

En definitiva, un film que partía de una buena materia prima pero que traspasado a la pantalla se queda en casi nada. La historia no funciona, no entendemos del todo a los personajes, sus problemas no nos conmueven lo más mínimo y al final estamos deseando que se termine esta historia un tanto absurda y sin sentido que, para remate, nos brinda un forzado final feliz que no se entiende más que por la necesidad de dejarnos con una pequeña esperanza, aunque a esas alturas nos importe ya todo un pimiento.

martes, 7 de octubre de 2014

La vida privada de Elizabeth y Essex



Dirección: Michael Curtiz.
Guión: Norman Reilly Raine & Aeneas MacKenzie (Obra: Maxwell Anderson).
Música: Erich Wolfgang Korngold.
Fotografía: Sol Polito & W. Howard Green.
Reparto: Bette Davis, Errol Flynn, Olivia de Havilland, Donald Crisp, Vincent Price, Henry Daniell, Alan Hale, Leo G. Carroll, Robert Warwick, Nanette Fabray.

Año 1596, el Conde de Essex (Errol Flynn) llega victorioso a Londres tras derrotar a los españoles en Cádiz, siendo aclamado por la población como un héroe. Sin embargo, para la reina Elizabeth I su ansia de gloria ha causado un grave quebranto a las arcas públicas. A pesar de amarlo, Elizabeth no duda en humillarlo en público.

La vida privada de Elizabeth y Essex (1939) se corresponde a la época dorada de Hollywood, donde este tipo de films, entre grandiosos y pretenciosos, estaban a la orden del día. Fue la Warner la encargada de hacer esta supuesta recreación histórica de los amoríos de la magnífica Isabel I y uno de sus nobles. Como corresponde al tema y a los personajes, el film pretendía ser un acontecimiento impresionante.

Básicamente, la película es un film romántico, un drama romántico más bien. Eso sí, con el añadido de retratar personajes históricos. Está claro que las licencias argumentales han de ser numerosas, por lo que la historia ha de analizarse como ficción más que como recreación histórica. Eso sí, todo con la aparatosidad y grandilocuencia de los personajes históricos de la cinta y el sentido del espectáculo de la época. Los amores reales han de ser presentados con la fuerza arrolladora de una pasión desmedida, casi incontrolable.

Es evidente que la película acusa el paso de los años, sobre todo en cuanto a decorados y transparencias. Pero salvando esas limitaciones técnicas, La vida privada de Elizabeth y Essex aún conserva cierto encanto y una grandeza incuestionable.

Grandeza que se percibe en primer lugar en el reparto. Bette Davis y Errol Flynn eran, en aquellos años, dos de las máximas estrellas del cine americano. Reunirlos bajo la supervisión de Michael Curtiz nos habla de lo ambicioso del proyecto. La pareja protagonista no desprende, eso sí, mucha química, algo que queda más en evidencia en las escasas escenas de Flynn con Olivia de Havilland, donde sí que se nota una mayor compenetración entre ambos. Aún así, es un pacer disfrutar del trabajo de Bette Davis y su aparatoso y maravilloso maquillaje, sin duda genial. A su lado, un Errol Flynn con todo el encanto y la fuerza de uno de los galanes más atractivos del cine. Completan el ambicioso reparto nombres como Donald Crisp o Vincent Price. Sin embargo, la película es enteramente de la pareja protagonista.

En cuanto al tratamiento argumental, una de las pegas que se le puede hacer a la película es que abusa de los diálogos y una escasez de variaciones en los decorados. Con ello, el ritmo es cansino, con una sobredosis de diálogos ampulosos y aparatosos. Pero es que la historia, como decíamos, es el romance entre la reina y su caballero, con lo que no tenemos escenas de acción ni casi ningún otro detalle que aligere el tema principal. Y por ahí es por donde La vida privada de Elizabeth y Essex hace aguas. El romance de la reina y Essex no termina de cuajar, con comportamientos un tanto infantiles en algunos instantes. Resulta difícil escuchar algunas conversaciones sin que nos aparezca una sonrisa de incredulidad en los labios. También algunos detalles de su comportamiento rebelan una ingenuidad que no casa muy bien con su posición. Incluso el desenlace parece algo precipitado y un tanto radical, al menos tal y cómo se desarrolla ante nuestros ojos. Sin embargo, al final de la película se muestran más claramente las ambiciones y los miedos de los amantes, con lo que queda mejor explicado su agitado romance, aunque quizá sea ya demasiado tarde.

Además, en general, uno tiene la impresión que el guión se centró en exceso en la historia de amor de los protagonistas, descuidando quizá el resto de personajes e intrigas palaciegas, que se quedan en meros decorados sin un desarrollo pleno.

La fotografía y la música, muy del estilo de aquella época, refuerzan esa impresión de grandiosidad del proyecto, que refuerzan el vestuario y los decorados.

La vida privada de Elizabeth y Essex no alcanza el grandísimo nivel de otros films históricos de la época. Aún así, tiene el encanto de una manera de hacer cine que hoy resulta algo ingénua, pero que aún nos deja con la boca abierta en cuanto a aparatosidad y encanto. Además, disfrutar de Bette Davis y Errol Flynn ya justifica ver esta película.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Harry Brown



Dirección: Daniel Barber.
Guión: Gary Young.
Música: Ruth Barrett, Martin Phipps.
Fotografía: Martin Ruhe.
Reparto: Michael Caine, Emily Mortimer, Iain Glen, Jack O'Connell, Liam Cunningham, Sean Harris, Amy Steel, Ben Drew, David Bradley, Raza Jaffrey, Joseph Gilgun, Charlie Creed-Miles, Chris Wilson.

Harry Brown (Michael Caine) es un militar retirado que vive en un barrio peligroso, dominado por la droga y la violencia. Cuando su mejor amigo es asesinado por una banda de jóvenes delincuentes, Harry decide tomarse la justicia por su mano.

Harry Brown (2009) cuenta una historia harto conocida. De hecho, la mayor parte de los films de acción se basan en el justiciero solitario que ha de vengar a uno o varios seres queridos. Y sino, que se lo pregunten a los forofos de Van Damme o, retrocediendo algo más, de Charles Bronson.

Sin embargo, Harry Brown es un film británico, no norteamericano. Este pequeño detalle es suficiente para hacernos comprender que no estamos ante el consabido y típico film americano de acción. Hay una historia de venganza, cierto, pero con ese tratamiento inglés tan peculiar.

Harry Brown no pretende sumergirnos en una espiral de violencia sin más, frágilmente justificada con el dolor por la pérdida de un ser querido y amparada en las limitaciones de la justicia. Hechos que están en la base de la reacción de Harry, pero no es lo que Daniel Barber pretende contarnos. La película es, más que nada, una historia de soledad, un retrato de la vejez como un camino sin salida, triste, decadente y marginal. Aquí reside el sentido de la historia. Harry decide vengar a su amigo ya no solo por el dolor de su muerte, sino también por el dolor de ver cómo su existencia le ha conducido a una soledad dolorosa, mientras a su alrededor los jóvenes del barrio desprecian la vida de todos y se recrean en el dolor ajeno sin piedad. Harry no va a cambiar el mundo, pero sí su barrio si puede.

El ritmo de la película es otra de sus señas de identidad. Frente a la agitación y el frenesí de similares propuestas realizadas al otro lado del Atlántico, Harry Brown se recrea en un ritmo pausado, propio de la vejez. La violencia no tiene por qué ir acompañada de movimientos bruscos de cámara o carreras desenfrenadas o palizas interminables. Y aún así, Harry Brown es un film tremendamente duro y violento. La violencia se percibe en cada gesto, en cada palabra. Los delincuentes asustan sólo con verlos o con que te miren. Y cuando estalla la violencia, lo hace de una manera descarnada, sin exageraciones, pero también sin disimulos. Como una patada en la cara. La verdad, visualmente, Harry Brown es un film impactante. Podría recordarnos un poco a la estética y la crudeza de Taxi Driver (1976), aunque sin llegar a aquellos extremos del film de Martin Scorsese. Pero en ambos realizamos un viaje por los suburbios que no nos dejará indiferentes.

En cuanto a Michael Caine, sobre el que recae todo el peso de la película, decir que su trabajo es sencillamente perfecto. Aunque el resto de compañeros tampoco se quedan atrás, logrando que el film tenga unas dosis de realismo más que notables. Los actores que interpretan a los delincuentes y yonquis son absolutamente convincentes.

En resumen, una buena película, cruda, directa y muy eficaz, acerca de la sociedad actual, de la vejez, de la soledad, de la violencia, de la marginalidad e incluso del destino trágico de la vida. Un pequeño descubrimiento.

sábado, 27 de septiembre de 2014

El paciente inglés



Dirección: Anthony Minghella.
Guión: Anthony Minghella (Novela: Michael Ondaatje).
Música: Gabriel Yared.
Fotografía: John Seale.
Reparto: Ralph Fiennes, Kristin Scott Thomas, Juliette Binoche, Willem Dafoe, Naveen Andrews, Colin Firth, Julian Wadham, Kevin Whately, Clive Merrison.

Un hombre (Ralph Fiennes) es abatido cuando pilotaba un avión en el norte de África, durante la Segunda Guerra Mundial. Gravemente herido, con quemaduras en todo su cuerpo, es enviado a Italia, donde quedará bajo los cuidados de Hana (Juliette Binoche), una enfermera canadiense que poco a poco irá descubriendo su pasado.

Nada menos que nueve Oscars se llevó El paciente inglés (1996), después de haber sido nominada en hasta doce apartados. Un éxito sin duda memorable que le ha reservado un lugar en la historia del cine.

La película es ambiciosa y no lo disimula. Como si ambición y metraje fueran un matrimonio indisoluble, El paciente inglés se extiende nada menos que durante ciento sesenta y dos minutos llenos de una música romántica machacona, una cuidada fotografía de John Seale y una profusión de planos preciosistas del desierto, el sol y la arena. Algunos han encontrado paralelismos entre estas cuidadas imágenes de Anthony Minghella y las grandes y memorables películas de David Lean. Puede que las formas lleguen a parecerse, pero aquí deberíamos detener las comparaciones. David Lean fue único en aunar contenido y continente, un maestro de la narración y la emoción, del buen gusto y la belleza con sentido. Minghella, si bien lo intenta, no pasa, a mi juicio, de ser un modesto aprendiz. Y es que la crítica más notable que le he de hacer a El paciente inglés es que me pareció un espectáculo muy cuidado pero que en ningún instante llegó a emocionarme. Tácheseme de insensible, pero no lo creo que lo sea. Lo que pienso es que al relato le falta vida, profundidad; incluso convicción.

El paciente inglés recupera el cine romántico con mayúsculas. Aquellos dramas terribles, casi tragedias, donde el amor termina siendo una fuerza poderosa que no redime, sino que destruye. A base de constantes flash-backs, algo que a veces no ayuda demasiado al ritmo de la narración, vamos conociendo el pasado de un noble húngaro que se enamorará perdidamente de una mujer inglesa casada. Paralelamente a esta historia, la película no brinda otro romance, menos apasionado, pero también marcado por la guerra. Unas historias especialmente indicadas para románticos empedernidos, dispuestos a sacar el pañuelo para disfrutar con tanto sufrimiento y un destino implacable que se cierne sobre los protagonistas, como si un dios justiciero quisiera castigar su pecado. Suena melodramático, pero al final tampoco lo es tanto, o al menos para mí.

El principal defecto que le encuentro a la cinta es una defectuosa definición de los protagonistas. De Laszlo de Almásy (Fiennes) desconocemos casi todo. Su pasión por Katharine Clifton (Kristin Scott Thomas) es tan fogosa como superficial, al menos a la hora de mostrarnos las motivaciones de los amantes, dibujados como dos alocados adolescentes, presa de la pasión y unos celos un tanto infantiles. Puede que parte de la culpa resida también en unos diálogos un tanto pretenciosos pero que me dejaban permanentemente una sensación de pobreza, de no estar todo lo bien construidos que deberían. No es que las formas se coman al contenido, algo que a veces suele pasar en este tipo de apuestas; pero para mí es evidente que las ambiciones del proyecto no lograron plasmarse en un producto de la calidad que parecían anunciar sus nueve estatuillas.

Lo mejor, con gran diferencia, es el reparto. Ralph Fiennes me parece un actor enorme y más allá de lo aparatoso e impresionante maquillaje que luce, su talento se impone en cada uno de los planos. Juliette Binoche está también perfecta, aportando talento y sensibilidad a su personaje. Y Kristin Scott Thomas nunca ha estado más hermosa que en esta película.

No se trata de ser crítico por serlo, de parecer snob frente a tantas críticas elogiosas que ha recibido la película. Sencillamente es que no me ha emocionado, y creo que es lo peor que se puede decir de esta historia. Tampoco es que tenga minutos de más, pienso que el argumento es interesante y la intriga inicial sobre el personaje de Laszlo mantienen ciertamente el interés; pero en lo fundamental, El paciente inglés se queda en un encomiable intento, pero sin cuajar en la obra maestra que prometía.