El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Harry Brown



Dirección: Daniel Barber.
Guión: Gary Young.
Música: Ruth Barrett, Martin Phipps.
Fotografía: Martin Ruhe.
Reparto: Michael Caine, Emily Mortimer, Iain Glen, Jack O'Connell, Liam Cunningham, Sean Harris, Amy Steel, Ben Drew, David Bradley, Raza Jaffrey, Joseph Gilgun, Charlie Creed-Miles, Chris Wilson.

Harry Brown (Michael Caine) es un militar retirado que vive en un barrio peligroso, dominado por la droga y la violencia. Cuando su mejor amigo es asesinado por una banda de jóvenes delincuentes, Harry decide tomarse la justicia por su mano.

Harry Brown (2009) cuenta una historia harto conocida. De hecho, la mayor parte de los films de acción se basan en el justiciero solitario que ha de vengar a uno o varios seres queridos. Y sino, que se lo pregunten a los forofos de Van Damme o, retrocediendo algo más, de Charles Bronson.

Sin embargo, Harry Brown es un film británico, no norteamericano. Este pequeño detalle es suficiente para hacernos comprender que no estamos ante el consabido y típico film americano de acción. Hay una historia de venganza, cierto, pero con ese tratamiento inglés tan peculiar.

Harry Brown no pretende sumergirnos en una espiral de violencia sin más, frágilmente justificada con el dolor por la pérdida de un ser querido y amparada en las limitaciones de la justicia. Hechos que están en la base de la reacción de Harry, pero no es lo que Daniel Barber pretende contarnos. La película es, más que nada, una historia de soledad, un retrato de la vejez como un camino sin salida, triste, decadente y marginal. Aquí reside el sentido de la historia. Harry decide vengar a su amigo ya no solo por el dolor de su muerte, sino también por el dolor de ver cómo su existencia le ha conducido a una soledad dolorosa, mientras a su alrededor los jóvenes del barrio desprecian la vida de todos y se recrean en el dolor ajeno sin piedad. Harry no va a cambiar el mundo, pero sí su barrio si puede.

El ritmo de la película es otra de sus señas de identidad. Frente a la agitación y el frenesí de similares propuestas realizadas al otro lado del Atlántico, Harry Brown se recrea en un ritmo pausado, propio de la vejez. La violencia no tiene por qué ir acompañada de movimientos bruscos de cámara o carreras desenfrenadas o palizas interminables. Y aún así, Harry Brown es un film tremendamente duro y violento. La violencia se percibe en cada gesto, en cada palabra. Los delincuentes asustan sólo con verlos o con que te miren. Y cuando estalla la violencia, lo hace de una manera descarnada, sin exageraciones, pero también sin disimulos. Como una patada en la cara. La verdad, visualmente, Harry Brown es un film impactante. Podría recordarnos un poco a la estética y la crudeza de Taxi Driver (1976), aunque sin llegar a aquellos extremos del film de Martin Scorsese. Pero en ambos realizamos un viaje por los suburbios que no nos dejará indiferentes.

En cuanto a Michael Caine, sobre el que recae todo el peso de la película, decir que su trabajo es sencillamente perfecto. Aunque el resto de compañeros tampoco se quedan atrás, logrando que el film tenga unas dosis de realismo más que notables. Los actores que interpretan a los delincuentes y yonquis son absolutamente convincentes.

En resumen, una buena película, cruda, directa y muy eficaz, acerca de la sociedad actual, de la vejez, de la soledad, de la violencia, de la marginalidad e incluso del destino trágico de la vida. Un pequeño descubrimiento.

sábado, 27 de septiembre de 2014

El paciente inglés



Dirección: Anthony Minghella.
Guión: Anthony Minghella (Novela: Michael Ondaatje).
Música: Gabriel Yared.
Fotografía: John Seale.
Reparto: Ralph Fiennes, Kristin Scott Thomas, Juliette Binoche, Willem Dafoe, Naveen Andrews, Colin Firth, Julian Wadham, Kevin Whately, Clive Merrison.

Un hombre (Ralph Fiennes) es abatido cuando pilotaba un avión en el norte de África, durante la Segunda Guerra Mundial. Gravemente herido, con quemaduras en todo su cuerpo, es enviado a Italia, donde quedará bajo los cuidados de Hana (Juliette Binoche), una enfermera canadiense que poco a poco irá descubriendo su pasado.

Nada menos que nueve Oscars se llevó El paciente inglés (1996), después de haber sido nominada en hasta doce apartados. Un éxito sin duda memorable que le ha reservado un lugar en la historia del cine.

La película es ambiciosa y no lo disimula. Como si ambición y metraje fueran un matrimonio indisoluble, El paciente inglés se extiende nada menos que durante ciento sesenta y dos minutos llenos de una música romántica machacona, una cuidada fotografía de John Seale y una profusión de planos preciosistas del desierto, el sol y la arena. Algunos han encontrado paralelismos entre estas cuidadas imágenes de Anthony Minghella y las grandes y memorables películas de David Lean. Puede que las formas lleguen a parecerse, pero aquí deberíamos detener las comparaciones. David Lean fue único en aunar contenido y continente, un maestro de la narración y la emoción, del buen gusto y la belleza con sentido. Minghella, si bien lo intenta, no pasa, a mi juicio, de ser un modesto aprendiz. Y es que la crítica más notable que le he de hacer a El paciente inglés es que me pareció un espectáculo muy cuidado pero que en ningún instante llegó a emocionarme. Tácheseme de insensible, pero no lo creo que lo sea. Lo que pienso es que al relato le falta vida, profundidad; incluso convicción.

El paciente inglés recupera el cine romántico con mayúsculas. Aquellos dramas terribles, casi tragedias, donde el amor termina siendo una fuerza poderosa que no redime, sino que destruye. A base de constantes flash-backs, algo que a veces no ayuda demasiado al ritmo de la narración, vamos conociendo el pasado de un noble húngaro que se enamorará perdidamente de una mujer inglesa casada. Paralelamente a esta historia, la película no brinda otro romance, menos apasionado, pero también marcado por la guerra. Unas historias especialmente indicadas para románticos empedernidos, dispuestos a sacar el pañuelo para disfrutar con tanto sufrimiento y un destino implacable que se cierne sobre los protagonistas, como si un dios justiciero quisiera castigar su pecado. Suena melodramático, pero al final tampoco lo es tanto, o al menos para mí.

El principal defecto que le encuentro a la cinta es una defectuosa definición de los protagonistas. De Laszlo de Almásy (Fiennes) desconocemos casi todo. Su pasión por Katharine Clifton (Kristin Scott Thomas) es tan fogosa como superficial, al menos a la hora de mostrarnos las motivaciones de los amantes, dibujados como dos alocados adolescentes, presa de la pasión y unos celos un tanto infantiles. Puede que parte de la culpa resida también en unos diálogos un tanto pretenciosos pero que me dejaban permanentemente una sensación de pobreza, de no estar todo lo bien construidos que deberían. No es que las formas se coman al contenido, algo que a veces suele pasar en este tipo de apuestas; pero para mí es evidente que las ambiciones del proyecto no lograron plasmarse en un producto de la calidad que parecían anunciar sus nueve estatuillas.

Lo mejor, con gran diferencia, es el reparto. Ralph Fiennes me parece un actor enorme y más allá de lo aparatoso e impresionante maquillaje que luce, su talento se impone en cada uno de los planos. Juliette Binoche está también perfecta, aportando talento y sensibilidad a su personaje. Y Kristin Scott Thomas nunca ha estado más hermosa que en esta película.

No se trata de ser crítico por serlo, de parecer snob frente a tantas críticas elogiosas que ha recibido la película. Sencillamente es que no me ha emocionado, y creo que es lo peor que se puede decir de esta historia. Tampoco es que tenga minutos de más, pienso que el argumento es interesante y la intriga inicial sobre el personaje de Laszlo mantienen ciertamente el interés; pero en lo fundamental, El paciente inglés se queda en un encomiable intento, pero sin cuajar en la obra maestra que prometía.


lunes, 15 de septiembre de 2014

London Boulevard



Dirección: William Monahan.
Guión: William Monahan (Novela: Ken Bruen).
Música: Sergio Pizzorno.
Fotografía: Chris Menges.
Reparto: Colin Farrell, Keira Knightley, Ray Winstone, Anna Friel, Jamie Campbell Bower, David Thewlis, Stephen Graham, Eddie Marsan, Ben Chaplin.

Mitchel (Colin Farrell) vuelve a la calle tras una temporada en la cárcel. Al salir, le espera su viejo colega Billy Norton (Ben Chaplin), que le ofrece trabajo en el mundo del hampa local. Pero Mitchel en realidad quiere cambiar de vida, algo que pronto descubrirá que no será del todo sencillo.

London Boulevard (2010) supone el debut como director del guionista William Monahan, que no renuncia a su viejo oficio y escribe el guión también, famoso en su momento por hacerse con el Oscar al mejor guión por Infiltrados (2006), para mí una excesivamente sobrevalorada película de Martin Scorsese.

La historia de London Boulevard no es demasiado novedosa: un tipo duro que quiere cambiar de vida y al que las circunstancias se lo ponen muy difícil. La trama seguro que suena bastante familiar para un thriller. Incluso nos podría llevar a algún western clásico.

Sin embargo, estamos en el siglo XXI. Algo hay que hacer para que la película no se parezca demasiado a viejos thrillers del siglo pasado. Y es en el tratamiento de los personajes, el clima, los diálogos y hasta las incongruencias que podemos encontrar en el guión por donde Monahan intenta darle aires nuevos a un relato un tanto clásico.

Para empezar, Monahan busca crear una atmófera especial, a base de una poderosa banda sonora y un estilo de dirección personal, a veces algo brusco, pero que no te deja indiferente. Lo mismo sucede con los diálogos: secos, concisos a veces, llenos de frases lapidarias que, sin embargo, creo que funcionan correctamente. Al final, con todo ello, Monahan logra dibujar un universo de los bajos fondos de Londres bastante coherente y creíble. No hay glamour, claro, pero tampoco carga las tintas en la podredumbre.

Al compás de todo ello, los personajes están perfilados de una manera concisa, sin rodeos. No se trata de hacer perfiles psicológicos profundos. No hace falta que entendamos del todo sus motivaciones o sus porqués. Lo principal es que están ahí. Todos con sus miedos, con sus taras, rodeados de violencia, miseria y esperanzas rotas. Un mundo de perdedores, de débiles, donde el más fuerte en realidad es también un don nadie rodeado de inútiles.

El resultado de todo ello es un film negro, de perdedores. Hasta la estrella de cine (Keira Knightley) es casi patética en su fragilidad y sus miedos. En lo que la historia no cambia es en destino que parece cernirse sobre todos. Como si de una tragedia clásica se tratara, la historia es inmisericorde y cruel. Para mi gusto, en exceso. Todo se precipita en un final sin esperanzas y que te deja bastante mal sabor de boca. Si era lo que pretendía el director, felicidades. Aún así, me hubiera gustado otro desenlace, contra la lógica incluso de la película.

En cuanto al reparto, Colin Farrel me parece perfecto en su papel. Da la talla de tipo violento que intenta contenerse, que no quiere dejarse llevar por el odio, auqnue su naturaleza explota a la mínima provocación. Curiosamente, esos buenos sentimientos serán su perdición. Su interpretación, sin adornos, le va como anillo al dedo al personaje. Keira Knightley, sin embargo, me pareció menos intensa y, por lo tanto, mucho menos convincente. Es un rostro agradable, pero apático. David Thewlis compone al personaje más surrealista de la historia y lo hace con una naturalidad exquisita. El papel del villano es para Ray Winstone, convincente sin más, aunque no llega a asustar tanto como hubiera sido deseable. Completa el reparto Ben Chaplin, con el papel más histriónico de todos, pero sin excederse.

En definitiva, una historia conocida pero tratrada con aires de modernidad. El resultado creo que no defrauda, pues London Boulevard posee nervio y atmósfera suficientes para permitirnos pasar un buen rato de cine negro con cierta calidad.

domingo, 31 de agosto de 2014

Reacción en cadena



Dirección: Andrew Davis.
Guión: J.F. Lawton y Michael Bortman (Historia: Arne L. Schmidt, Rick Seaman, Josh Friedman).
Música: Jerry Goldsmith.
Fotografía: Frank Tidy.
Reparto: Keanu Reeves, Morgan Freeman, Rachel Weisz, Fred Ward, Kevin Dunn, Brian Cox, Joanna Cassidy, Chelcie Ross, Tzi Ma, Krzysztof Pieczynski.

Eddie Kasalivich (Keanu Reeves) es un mecánico que forma parte de un equipo de investigación que busca la manera de obtener energía a partir del agua. El mismo día en que por fin tienen éxito con su trabajo, el jefe del proyecto es asesinado y el laboratorio salta por los aires.

Es evidente que para hacer un buen thriller hay que contar con un buen argumento. Parece algo de mero sentido común. Pues bien, en Reacción en cadena (1996) está claro que se olvidaron de esta premisa.

La película pretende aunar acción e intriga en torno a un descubrimiento científico revolucionario que abaratará la obtención de energía, con el consiguiente beneficio para la población mundial. El problema es que el argumento está mal planteado y al final resulta un tanto absurdo, no queda del todo bien explicada la trama y todo el tinglado queda reducido a un pobre espectáculo de acción repetitiva con Keanu Reeves y Raquel Weisz escapando de la policía el FBI y cuanto matón les salga al paso.

El hecho de carecer de un argumento mínimamente inteligente y coherente hace que la película no alcance a interesarnos, ni a intrigarnos, lo más mínimo. Los personajes están dibujados a base de brochazos toscos y un tanto superficiales, la intriga no se entiende porque nada parece tener mucho sentido y el personaje de Morgan Freeman, básico en el entramado, se debate entre un villano sin escrúpulos y un hombre honesto atrapado en una situación que no le agrada; vamos, otro despropósito más del argumento, que ni con los villanos es capaz de hacer un buen trabajo.

Como es lógico, la historia resulta bastante predecible, con lo que en ningún momento nos llegamos a creer que Eddie y su amiga Lily (Rachel Weisz) vayan a sufrir mal alguno. Eso sí, el desenlace, precipitado y sin imaginación, demuestra una vez más la escasa coherencia de la historia, resolviendo el dilema de qué hacer con el personaje de Freeman de una manera un tanto ilógica para cómo se las suelen gastar los moralistas americanos.

Por si el desastre argumental no fuera suficiente, el reparto deja también bastante que desear. Keanu Reeves es, sin duda, el más flojo de todos, algo dramático cuando se trata del actor principal. Pero el pobre de Reeves hace una de sus peores interpretaciones, falto de garra y más preocupado de salir bien en los planos que de su trabajo. Raquel Weisz, en uno de sus primeros trabajos, tampoco destaca especialmente, limitándose a poner cara de sorpresa durante casi toda la película. Morgan Freeman es el único que se salva, si bien su trabajo resulta un tanto rutinario. El resto, al mismo nivel general que la historia.

Si Andrew Davis había resuelto con acierto El fugitivo (1993), film muy parecido en cuanto a premisas a éste que nos ocupa, en esta ocasión no consigue sacar nada bueno de esta historia. Algunas escenas de acción pueden gustarnos más o menos, pero en general su trabajo resulta bastante pobre, sin originalidad y repetitivo.

En resumen, una mala película que cojea ya desde sus raíces y que acumula tópicos y errores en cadena. Puede resultar entretenida para un público escasamente exigente, pero dentro del género hay muchas mejores opciones, y más inteligentes, para pasar un buen rato.

martes, 19 de agosto de 2014

Jumanji



Dirección: Joe Johnston.
Guión: Jonathan Hensleigh, Greg Taylor, Jim Strain (Novela: Chris Van Allsburg).
Música: James Horner.
Fotografía: Thomas Ackerman.
Reparto: Robin Williams, Kirsten Dunst, David Alan Grier, Bonnie Hunt, Jonathan Hyde, Bradley Pierce, Bebe Neuwirth, Adam Hann-Byrd, Patricia Clarkson.

Alan Parris (Robin Williams), un niño de unos doce años, encuentra un extraño juego de mesa. Cuando comienza una partida con una compañera de clase, Alan quedará atrapado en el juego durante veinticinco años.

Basada en una novela para niños de 1981 de Chris Van Allsburg, Jumanji (1995) es una película para ver en familia cualquier tarde de invierno. Pertenece a esa categoría de cine de aventuras con toques de comedia pero, sobre todo, con un argumento rebosante de imaginación donde cualquier cosa puede pasar.

La base reside en un curioso juego de mesa con "vida propia" que se las arregla para atraer a posibles jugadores con el sonido de un tambor que sólo ellos pueden oír. Pero una vez que comienzan a jugar, han de terminar la partida so pena de quedar atrapados en las garras del juego; juego además lleno de aterradoras sorpresas. De hecho, de no mediar el tono de comedia ni la decidida vocación familiar de la película, Jumanji contiene suficientes elementos para poder convertirla en un film de terror.

Con un argumento original donde los haya, Joe Johnston sabe sacar partido a la historia con un ritmo trepidante y unos efectos especiales que, a pesar de acusar algo el paso del tiempo, aún resultan convincentes.

Tampoco podemos quejarnos del reparto, encabezado por un excelente Robin Williams, un actor especialmente dotado para comedia y que no se excede en lo más mínimo, al contrario de otros colegas de su generación, y donde podemos disfrutar de una jovencita Kirsten Dunst muy acertada también en su interpretación. Como dato curioso, destacar el doble papel que interpreta Jonathan Hyde, que encarna al padre de Alan y al cazador que sale del juego.

En el debe de Jumanji quizá podemos poner que la película se centra en exclusiva en la vertiente cómica, dejando un tanto coja la parte más emotiva, de dónde sin duda se podría haber sacado más partido, con un mejor tratamiento de los personajes. Pero quizá tampoco era lo que se pretendía.

En definitiva, cine de palomitas en el buen sentido de la palabra. Jumanji es una entretenida comedia con toques fantásticos apoyada en unos espectaculares efectos especiales y un ritmo trepidante que nos ofrece un rato de sana diversión. Nada más, pero nada menos tampoco.

lunes, 4 de agosto de 2014

D-Tox: Ojo asesino




Dirección: Jim Gillespie.
Guión: Ron L. Brinkerhoff (Argumento: Ron L. Brinkerhoff).
Música: John Powell.
Fotografía: Dean Semler.
Reparto: Sylvester Stallone, Tom Berenger, Charles Dutton, Kris Kristofferson, Sean Patrick Flanery, Dina Meyer, Robert Patrick, Robert Prosky, Courtney B. Vance, Polly Walker, Jeffrey Wright.

Un asesino en serie se dedica a asesinar policías. Su trabajo es impecable, frío y eficiente. Jack Malloy (Sylvester Stallone), el agente de FBI que lleva el caso, no puede más que esperar a que cometa algún error que le permita dar con él. Pero todo cambia cuando el picópata decide matar a la novia de Malloy.

Vaya por delante que me gusta Sylvester Stallone, lo que puede hacer que mi crítica de esta película no sea del todo imparcial. Lo digo porque puede que muchos de los que vean o hayan visto esta película quizá no estén de acuerdo con mi valoración de la misma. Para mí, Stallone tiene algo de frágil (ya sé que suena algo raro) que hace que me sea simpático. Es como si bajo esa capa de músculos uno adivinara un ser débil, casi tierno. No sé, también el hecho de que su carrera se viniera abajo tras los éxitos de Rocky y Rambo, con secuelas infumables y una elección de roles nada afortunada, hizo que me sintiera más comprensivo hacia él, en contraposición al exitoso y arrollador Arnold Schwarzenegger. Si tuviera que elegir entre ambos, me quedaría con Stallone.

Disgresiones personales al margen, D-Tox: Ojo asesino (2002) tiene un giro argumental curioso que transforma lo que parecía ser el típico film de venganza personal en una historia diferente. Al comienzo, todo parece indicar que el argumento va a discurrir por la conocida senda del poli herido en lo más hondo que se lanza a la caza del criminal desalmado. Hemos visto ya muchas películas cortadas por este patrón. Pero hete aquí que de pronto todo cambia: Malloy se viene abajo con el asesinato de su novia (Dina Meyer), lo cuál además tiene todo el sentido del mundo. Comienza a beber, nada tiene ya sentido en su vida e incluso intenta suicidarse. Para sacarlo de esa situación, su mejor amigo, otro policía, Chuck Hendricks (Charles Dutton), decide llevarlo a un centro de tratamiento de policías con problemas. Y aquí es donde la película da un giro y se convierte en un film de intriga, donde una serie de personajes, aislados del mundo, empiezan a ser cazados por un asesino invisible, uno de ellos.

La situación resulta altamente interesante, aunque sólo sea por conocer quién y por qué se dedica a matar a los pacientes y personal del centro. Es cierto, hay que reconocerlo, que esta parte de la película resulta por momentos un tanto confusa, con proliferación de nombres de personas que es difícil de seguir. El tratamiento no es todo lo brillante que hubiera podido ser, pero la intriga, la buena ambientación, con los personajes aislados por una intensa tormenta, el ambiente de miedo y desconfianza entre los protagonistas y un ritmo ágil hacen que la película resulte lo suficientemente interesante como para que se nos pase en un suspiro y nos mantenga pegados a la pantalla.

Lo que ya no resulta tan original es descubrir quién es realmente el asesino. Aquí, es verdad, los guionistas se fueron por el camino más trillado y, abusando de las trampas que suelen utilizar tan tristemente, jugaron un poco con el espectador, para rizar demasiado el rizo en un desenlace no muy original.

Stallone no es un gran actor, pero creo que hace un trabajo bastante correcto y si además el tipo te cae simpático, pues disfrutas un poco más con su caída y redención final. Y es que, no nos engañemos, el punto débil de la intriga es que desde el comienzo podemos predecir el desenlace sin ningún problema. Ello, lógicamente, resta algo de emoción a la película, pero aún así resulta atractiva y engancha.

Acompañan a Stallone nombres de cierta solvencia, como Tom Berenger o Kris Kristofferson, y otros rostros menos conocidos pero que cumplen también con nota, como Robert Prosky o Robert Patrick.

La película no sirvió para recomponer la carrera de Stallone, pero sería injusto no reconocerle sus méritos, como son ese giro argumental original y el ambiente claustrofóbico y amenazante que nos hacen pasar unos buenos momentos de miedo e intriga.

jueves, 31 de julio de 2014

Estado de sitio




Dirección: Edward Zwick.
Guión: Menno Meyjes, Edward Zwick, Lawrence Wright (Historia: Lawrence Wright).
Música: Graeme Revell.
Fotografía: Roger Deakins.
Reparto: Denzel Washington, Annette Bening, Bruce Willis, Tony Shalhoub, Sami Bouajila, David Proval.

Cuando el ejército norteamericano detiene a un lider musulmán, instigador de atentados terroritas, Nueva York pasa a convertirse en el foco de nuevos atentados, cada vez más sangrientos.

Estado de sitio (1998) es, por encima de todo, un film de acción. Es verdad, también, que el guión pretende darle cierto aire de reflexión a cerca de las libertades, pero el mensaje queda algo ensombrecido por el mero espectáculo.

La película tiene un comienzo ciertamente prometedor, con una serie de atentados que ponen en jaque al FBI. Zwick muestra nervio y un pulso firme y la acción pronto se gana nuestro interés. El problema es que en seguida comprendemos que la historia va a trascurrir por caminos demasiado vistos. Primero, tenemos el enfrentamiento entre el agente del FBI que lleva la investigación sobre los atentados en Nueva York, Anthony Hubbard (Denzel Washington), y una colega algo entrometida de la CIA, Elise Kraft (Annette Bening), lo cuál no es más que un recurso dramático que sabemos que solo conducirá a la estrecha colaboración de ambos; es decir, es la manera de crear argumentalmente a la pareja protagonista, con un conflicto que de algo de sal a su relación.

A partir de ahí, más lugares comunes: la investigación se personaliza en exceso en los protagonistas, de manera que una historia de conflictos globales termina por ser una disputa casi doméstica. Para no perder dramatismo, los consabidos y efectistas giros de la historia se agolparán en un final lleno de acción, sentimientos encontrados y dramas personales que buscan dejarnos con un nudo en la garganta. Sinceramente, al lado de un autobús repleto de inocentes que salta por los aires, que al hijo de un miembro del FBI lo detengan junto a otros árabes me parece casi de risa. Pero por ahí parece que la película intenta conmovernos en el desenlace. Pues bien.

Lo mejor de Estado de sitio es, sin duda, el dilema que plantea entre la necesidad de imponer un control militar, sacrificando libertades personales, para acabar con los atentados salvajes, o la salvaguarda por encima de todo de los derechos y libertades del pueblo. Bien argumentado este dilema, la pena es que se vuelve a personalizar en exceso entre la postura de Hubbard y la del general Devereaux (Bruce Willis), con el consabido toque peliculero tan del gusto de estos films comerciales.

Lo curioso es como, años después, los terroristas islámicos lograron llevar en efecto la guerra a suelo norteamericano con el ataque a las Torres Gemelas, un atentado salvaje como los que planteaba el propio film.

Con un reparto aceptable y una dirección atinada, Estado de sitio no pasará sin duda a la historia del cine, pero es un más que correcto pasatiempo con algunas pinceladas de reflexión política que lo diferencian un poco de otros films de corte parecido.