El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

sábado, 11 de abril de 2015

El último hombre... vivo



Dirección: Boris Sagal.
Guión: John William Corrington (Novela: Richard Matheson).
Música: Ron Grainer.
Fotografía: Russell Metty.
Reparto: Charlton Heston, Anthony Zerbe, Rosalind Cash, Paul Koslo, Lincoln Kilpatrick, Eric Laneuville.

A raíz de una terrible guerra bateriológica entre Rusia y China, la población mundial muere o enferma gravemente, convirtiéndose en enfermos crónicos de aspecto terrible. El coronel Neville (Charlton Heston), que estudiaba una vacuna contra la epidemia, logra sobrevivir al inyectarse una dosis aún experimental.

El último hombre... vivo (1971) es un film de ciencia-ficción apocalíptico que uno adivina que hubiera podido dar mucho más de sí. Sin embargo, un guión terrible, un director malísimo y un apego a las modas de los años setenta convierten esta película en algo cuando menos risible.

La película se basa en la novela Soy leyenda de Richard Matheson, que ya había dado origen a un par de films anteriormente, como El último hombre en la tierra (Sindey Salkow y Urbaldo Ragona, 1964) y La noche de los muertes vivientes (George A. Romero, 1968). Sin embargo, John William Corrington se toma aquí algunas licencias, la más notable es la de convertir a los vampiros de la novela en una extraña secta de enfermos descoloridos que no soportan la luz del sol.

El último hombre... vivo destaca ya desde el comienzo como un film extraño. Que en una ciudad debastada, poblada de cadáveres y de extrañas criaturas enfermas, como veremos enseguida, el protagonista se dedique a deambular como un idiota con su descapotable soltando frases estúpidas es, al menos, desconcertante. Pero la cosa no va a mejorar con el paso de los minutos, sino que seguirá de mal en peor. ¿La culpa?, básicamente de un guión absurdo y estúpido que arruina las posibilidades de una idea no demasiado mala. Pero entre unos diálogos absurdos, unos personajes que no terminan de convencernos, un desarrollo cutre y torpe, con situaciones casi incomprensibles cuando no absurdas (Neville prefiere jugar al ajedrez mientras los infectados sitian su casa en lugar de hacerles frente), unos villanos que son una especie de secta anti-progreso que causan más pena que miedo y un héroe que no termina de caernos bien... al final tenemos un film surrealista que nos entretiene en parte por risible y en parte por intentar ver en qué desemboca tanta estupidez.

Además, tenemos que añadirle una escasez de recursos alarmante, de manera que más que un holocausto mundial, parece que asistimos a una crisis de barrio cutre y mal montada. Y como guinda, una banda sonora ridícula que no cuadra con las imágines y termina por crear un espectáculo visual bastante pobre.

De parte del reparto, poco que reseñar. Contamos con la presencia de Charlton Heston como principal aliciente. Pero Heston, no nos engañemos, no es un gran actor; sin embargo, tenía su cartel como tipo duro forjado en películas de la talla de Ben-Hur (William Wyler, 1959) o El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), lo que parecía hacerlo bastante recomendable en cierto tipo de proyectos; pero ni era un gran actor ni sabía elegir bien sus películas, como demuestra el ejemplo que nos ocupa. Su trabajo aquí se reduce a poner poses atormentadas y a lucir físico. El resto de actores no dan la talla mínimamente, con trabajos mecánicos muy poco convincentes.

Film por lo tanto de escaso mérito, tanto argumental como de puesta en escena, que además ha envejecido pésimamente. El supuesto miedo que debía provocarnos se convierte en risas y extrañeza ante un espectáculo bastante pobre e incoherente. Sólo para curiosos en busca de rarezas.

Dos hombres contra el Oeste



Dirección: Blake Edwards.
Guión: Blake Edwards.
Música: Jerry Goldsmith.
Fotografía: Philip Lathrop.
Reparto: William Holden, Ryan O'Neal, Karl Malden, Lynn Carlin, Tom Skerritt, Joe Don Baker, Moses Gunn, Rachel Roberts, James Olson, Leora Dana, Victor French.

Ross Bodine (William Holden) y Frank Post (Ryan O'Neal), cansados de trabajar como vaqueros y seguir viviendo en la miseria, deciden un día atracar el banco del pueblo y huir a México con el botín. No cuentan con que su patrón, Walter Buckman (Karl Malden), decida que dicho robo no puede quedar impune.

Primera y última incursión de Blake Edwards en el mundo del western, donde además escribe también el guión. Es resultado es un film irregular, curioso al menos.

Lejos del mundo de la comedia, tenemos la impresión de que el director se mueve en un terreno que no le resulta muy familiar. De hecho, Dos hombres contra el Oeste (1971) recurre en no pocos momentos y con su planteamiento general a un enfoque muy próximo a la comedia, en especial con los personajes principales: vaqueros amables, juerguistas y, en el caso del personaje de O'Neal, un tanto infantíl. En este sentido, la película puede recordarnos a El club social de Cheyenne (1970), curiosamente obra de otro director ajeno al género como era Gene Kelly. Sólo cuando llega la hora de pasar a la acción, Edwards se muestra más dramático, aunque sobrevuela siempre un tono amable en toda la cinta.

Y el caso es que los parecidos con otros westerns no terminan ahí. Si el tono recuerda a la película de Gene Kelly, las formas nos remiten directamente a Sam Peckinpah, con el recurso a la cámara lenta en las escenas de acción y la abundancia de sangre. Por si ello no fuera bastante, el tema de dos fugitivos perseguidos sin descanso nos hará acordarnos inevitablemente de Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969).

En todas estas comparaciones, Edwards lleva las de peder.

Pero quizá el principal problema de la película sea su tremenda falta de ritmo. Las escenas se alargan interminablemente sin motivo, los diálogos a veces resultan cansinos, algunas secuencias parecen estar ahí casi de relleno y en otras uno espera que terminen ya y, por el contrario, el autor las estira sin que ello aporte nada especial a la historia. Si a ésto le añadimos que la película se alarga hasta los ciento nueve minutos, entenderemos que en algunos pasajes se nos haga cuesta arriba mantener en interés por las aventuras de los protagonistas.

Como pasa en muchas películas de tono parecido, el querer tratar de un modo ligero los acontecimientos, con cierta amabilidad, resta intensidad al drama y hace que veamos la película de un modo excesivamente relajado. Incluso cuando la tensión se hace patente, nos cuesta meternos en el drama y vivirlo con intensidad. Tampoco se logra librar Edwards de ciertos tópicos del género, con lo que muchas secuencias resultan demasiado previsibles y planas, al redundar en clichés algo forzados. El caso más evidente es el del personaje de O'Neal, al que, al ser joven, se le carga con un tono infantíl y que roza la caricatura.

Pero además, Edwards quiere nutrir la trama principal con otras secundarias, en principio para enriquecer a la primera y al film en general, se supone, pero lo único que hace es aumentar el metraje sin que esas tramas secundarias (pienso en la oposición de ganaderos con pastores de ovejas) lleguen a integrarse convenientemente con la principal.

Aún así, algunos instantes merecen la pena, si bien son pequeños detalles en un conjunto que no termina de resultar ni coherente del todo ni apasionante. Lo mejor, el reparto, con un soberbio William Holden acompañado por un Ryan O'Neal en la cima de su carrera. También podemos disfrutar de la presencia del gran Karl Malden, si bien resulta un tanto desaprovechado, limitándose a un rol muy secundario.

Dos hombres contra el Oeste (título castellano bastante ridículo) no deja de ser un film menor que poco aporta al género. Una incursión no muy exitosa en el western del irregular Blake Edwards.

jueves, 9 de abril de 2015

Black Hawk derribado



Dirección: Ridley Scott.
Guión: Ken Nolan (Historia: Mark Bowden).
Música: Hans Zimmer.
Fotografía: Slawomir Idziak.
Reparto: Josh Hartnett, Eric Bana, Ewan McGregor, Tom Sizemore, William Fichtner, Sam Shepard, Brendan Sexton III, Jeremy Piven, Brian Van Holt, Carmine Giovinazzo, Ewen Bremner, Ron Eldard, Kim Coates, Hugh Dancy, Jason Isaacs, Orlando Bloom, Tom Guiry, Tom Hardy, Matthew Marsden, Nikolaj Coster-Waldau, Enrique Murciano.

Somalia, 1993. Con el fin de terminar con la guerra civil que sufre el país, soldados de élite norteamericanos son enviados a Mogadiscio con la misión de capturar al caudillo Aidid.

La historia siempre cambia según el bando del cronista. Y en el caso del cine bélico americano, ya sabemos dónde están los héroes, dónde la razón y dónde la verdad. Hollywood, desde siempre, se ha servido del género de guerra para hacer propaganda de sus tropas, de su ideología y de sus principios, aún a costa de falsear la verdad, mentir y manipular. Lo que pasa es que a veces el resultado era tan bueno que uno tendía a perdonar ciertas "licencias" como parte del espectáculo. Sin embargo, en muchas otras ocasiones, nada parece justificar ciertos ejercicios de glorificación de la labor del ejército americano, como es el caso de Black Hawk derribado (2001), un film impecable técnicamente pero muy criticable ideológicamente.

El film se basa en unos hechos reales ocurridos en Somalia durante las guerras civiles que asolaron el país a principios de los años noventa. Con la excusa de proteger a la población civil (según se nos cuenta en el prólogo de la película), el ejército americano intervino en el conflicto, lo que le sirve a Ridley Scott para montar un festival de cine bélico de nueva generación donde prima el tono documental, una puesta en escena de lo más cuidada y mucha violencia filmada con un virtuosismo que nos recuerda al mejor Spielberg de Salvar al soldado Ryan (1998). Desde el punto de vista visual, la película es casi perfecta, logrando que sintamos la guerra como si estuviéramos en ella.

El problema viene cuando se tiene que dar un sentido a tanta violencia, cuando hay que construir una historia que aguante el despliegue técnico y visual. Y por aquí es por donde Black Hawk derribado hace aguas miserablemente. Toda la modernidad de la puesta en escena se pierde con un planteamiento argumental anclado en los clichés más burdos y trillados del género, con redundancia en el valor más allá del deber, la camaradería entre las tropas (salvando pequeños desencuentros iniciales), el sacrificio, el honor y, lo peor de todo, una justificación de tanta barbarie y tanta matanza en la simple idea de ayudar al compañero. Y, claro está, esas escenas dramáticas, de dolor y valor sin límites se ven edulcoradas con una banda sonora un tanto empalagosa y cursi a cargo de Hans Zimmer. En el fondo, un film propagandístico más, de una torpeza ideológica manifiesta, que se revela en toda su crudeza y vulgaridad en la escena del general limpiando la sangre de un soldado vertida en el suelo. Una imagen, aquí sí, que vale más que mil palabras.

Por cierto, dentro de la tónica habitual en este tipo de películas, el enemigo es simple carne de cañón, cuando no una masa despiadada, sin alma ni conciencia. El dolor, el valor y el honor descansan sólo en un bando.

Pero además de un hilo argumental tan delgado como frágil, otro de los problemas de la película reside en su excesiva duración. Si visualmente la película es impactante en las escenas de acción, el hecho de que ésta se extienda durante la mayor parte de los ciento cuarenta minutos que dura la película termina por resultar un ejercicio agotador. Es verdad que Scott nos ofrece algunas escenas de calma, para que nos repongamos de tanta violencia, pero son a todas luces insuficientes, de manera que hacia la mitad de la película yo sufría ya una sobredosis de disparos y sangre, sintiéndome agotado y desesperado al no vislumbrar el final de tanta sacudida.

Película ambiciosa, con un reparto bien nutrido, Black Hawk derribado consiguió llevarse dos Oscars de sus cuatro nominaciones: mejor montaje y mejor sonido.

Para amantes de la acción pura y dura, muy bien filmada, es cierto, pero un tanto excesiva. Si eres de los que buscan algo más detrás de la acción, esta película te defraudará.

domingo, 29 de marzo de 2015

Templario



Dirección: Jonathan English.
Guión: Jonathan English, Erick Kastel.
Música: Lorne Balfe.
Fotografía: David Eggby.
Reparto: James Purefoy, Brian Cox, Kate Mara, Paul Giamatti, Jason Flemyng, Derek Jacobi, Charles Dance, Aneurin Barnard, Bree Condon, Mackenzie Crook, Jamie Foreman, Rhys Parry Jones, Vladimir Kulich, John Pierce Jones, Daniel O'Meara.

Inglaterra, siglo XIII: El rey Juan I de Inglaterra (Paul Giamatti) es obligado por parte de la nobleza a firmar la Carta Magna, por la que se limitaba su poder. Sin embargo, una vez terminadas las disputas con los nobles, Juan I decide no aceptar el documento y recluta un ejército con el fin de reconquistar su poder absoluto.

Uno de los pecados que más me duele ver es como el cine manipula la historia, convirtiéndola en algo esquemático, cuando no ridículo, que se pliega a los intereses de la película en cuestión. Es lo que sucede en Templario (2011), que toma como telón de fondo las disputas entre la nobleza y Juan sin Tierra para servirnos un film de acción pura y dura en la más estricta ortodoxia.

Sin embargo, la manipulación histórica puede hacerse con cierta inteligencia o desde la más absoluta torpeza, y Jonathan English opta por la segunda de las opciones; puede que por lo limitado del presupuesto, no lo sé, pero el resultado es una guerra que parece de amigos, con un ejército ridículo que se enfrenta a un grupo de mercenarios y parias al mejor estilo de esos films de serie B de venganzas chapuceras. Cuesta, y mucho, creer que estamos ante un conflicto de estado y no ante una riña de dos bandas callejeras.

Una vez salvado este escollo argumental, ¿qué es lo que tenemos? Pues como decía antes, un film de acción, sin más. El género de acción tiene la virtud de poder desarrollarse donde queramos: desde la época de las cavernas hasta el futuro, ambientado en oriente o en el Nueva York del siglo XIX. Y como no, en la Inglaterra medieval, que sirvió de escenario a gloriosos capítulos, como Robin de los Bosques (Michael Curtiz, 1938) o Ivanhoe (Richard Thorpe, 1952), por ejemplo. Pero Templario no va a pasar a la historia del cine de acción (o de aventuras) ni mucho menos. A pesar de la notable ambientación, sin duda lo mejor de la película, Templario se acerca mucho más a un serie B decente que a una buena película.

Por un lado, English se deja llevar por el gusto por la acción pura y dura y deja el argumento reducido a una mínima expresión, recurriendo a la voz en off para explicar y condensar aún más la historia, con lo que le queda más tiempo para desarrollar su espectáculo visual de luchas sin piedad, trufadas de desmembramientos, sangre a raudales y una violencia que podríamos catalogar de terrorífica, al estilo de los más repugnantes films de terror. Para edulcorar algo tanta violencia, English recurre a movimientos nerviosos y mareantes de la cámara, que amortiguan algo el impacto de algunas escenas realmente macabras.

Hemos pasado de la aventura clásica, elegante y épica, al realismo truculento y macabro del cine actual, que busca más golpear al espectador que entretenerlo con inteligencia. Y aún así, uno agradece estas escenas de acción pues, quitando el gusto excesivo por la sangre, el director demuestra un sentido del espectáculo bastante aceptable. Sin embargo, cuando hay que darle una pausa a la historia y llegan los momentos relajados, la película pierde bastante, con escenas que quedan como mero relleno o donde los necesarios acercamientos a la psicología de los personajes demuestran la corta profundidad del guión. Ninguno de los protagonistas adquiere la fuerza y la entidad necesarias para emocionarnos o cautivarnos. Al final, la preferencia descarada por la acción pura y dura termina por comerse cualquier otro aspecto de la película. Y eso que el guión nos regala un par de frases para reflexionar, aunque en general se quedan en algo un tanto forzado, artificial, que no encaja para nada con el tono predominante en la cinta, de mamporros sin tregua y sangre.

Y para colmo, la película se alarga en exceso, sin más justificación que prolongar una incertidumbre poco convincente sobre el futuro de los protagonistas y seguir regalándonos más escenas sangrientas. Dada la escasa originalidad del guión, hubiera sido mejor aligerar un tanto el metraje, con lo que la cinta hubiera gozado de un ritmo mejor.

El reparto tampoco termina de brillar, y eso que contamos con nombres tan reconocibles como el de Paul Giamatti, sin duda el mejor, con una composición del rey Juan de los más lograda, o Brian Cox o Derek Jacobi. El protagonista principal es James Purefoy, un tipo apuesto pero al que le falta carisma y que se ve acosado por la bella Kate Mara, que no termina de encajar en su papel. Pero ésto es por culpa principalmente de un guión demasiado centrado en la parte de las peleas y que deja todo lo demás un tanto de lado.

Templario puede resultar entretenido si lo que pretendemos es pasar un rato sin pensar demasiado, dejándonos llevar por una historia un tanto trillada y que no nos deparará ninguna sorpresa a nivel argumental, pues tanto el planteamiento como el desarrollo se han llevado a la pantalla, con las pertinentes variaciones, en  miles de películas. Pero como seamos sensibles a las escenas sangrientas y macabras o busquemos algo más que un repertorio de peleas y muertes, mejor que pasemos de largo, pues la película nos dejará bastante mal sabor de boca.

sábado, 14 de marzo de 2015

Destino oculto



Dirección: George Nolfi.
Guión: George Nolfi (Historia: Philip K. Dick).
Música: Thomas Newman.
Fotografía: John Toll.
Reparto: Matt Damon, Emily Blunt, Anthony Mackie, John Slattery, Michael Kelly, Terence Stamp, Anthony Ruivivar, Gregory Lay, Jennifer Ehle, Pedro Pascal.

El día de su derrota electoral, David Norris (Matt Damon) conoce a Elise (Emily Blunt), una atractiva mujer de la que se enamora al instante. Sin embargo, algunas personas no ven bien esa relación.

George Nolfi, co-guionista de El ultimatum de Bourne (Paul Greengrass, 2007), debuta como director con esta curiosa y un tanto surrealista película, mezcla de thriller, comedia romántica y film de ciencia ficción. Un coctel que no termina de consolidarse a pesar del esfuerzo y los medios que se adivinan detrás.

El guión del propio Nolfi es una adaptación de un relato corto de Philip K. Dick, cuyo nombre nos dirá algo más si añadimos que otros relatos suyos sirvieron base a películas como Blade Runner (Ridley Scott, 1982), Desafío total (Paul Verhoeven, 1990) o Minority report (Steven Spielberg, 2002). Como se ve, un escritor amante de rizar el rizo dejando volar una imaginación desbordante.

Sin embargo, no todo en este tipo de relatos es bueno o coherente o interesante. En el caso de Destino oculto (2011) lo que falla básicamente es la historia original. Y es que resulta cuando menos chocante todo el montaje del dios director del mundo y su organización secreta de "ángeles" que han de velar por cumplir su plan. El hecho de que éste plan prohiba el amor entre dos personas y que sus ángeles actúen casi como matones no termina de encajar bien con la idea de un director que, en teoría, debería velar por la felicidad de la gente. Esta premisa es ya un punto en contra de la historia, algo que no terminamos de aceptar, por el simple hecho de que carece de toda lógica.

Pero es que, cuando comprendemos que los ángeles no pueden, en el fondo, hacerle daño al protagonista, ni siquiera parecen poder obligare a cambiar sus decisiones, la posible amenaza que podrían suponer, el peligro que temíamos representaban para David se desmorona de raíz. Y si no hay peligro, ¿dónde está el interés?, ya no tememos por David ni por su amor. Es más, sabemos casi desde el principio que, pase lo que pase, David y Elise van a terminar juntos. Porque Destino oculto, en el fondo, sigue a rajatabla el esquema ya conocido de las típicas historias de amor: la pareja se encuentra, se separa (esta vez por la intervención de fuerzas superiores) pero el amor hace que terminen superando los obstáculos, reuniéndose en el esperado final feliz. Sólo la originalidad del guión, la química entre los protagonistas o la gracia de las situaciones establecen diferencias entre las muchas películas que han seguidos estos pasos.

Y de nuevo tenemos que convenir que en Destino oculto el romance carece de verdadera fuerza, lo mismo que las fuerzas que intentan separar a los amantes, que jamás llegamos a percibir como una amenaza creíble. Ni el desarrollo de las distintas etapas del argumento tampoco es especialmente memorable. Hubiera sido mucho mejor dotar a los ángeles de la bondad que se les supone, como demostró el gran Frank Capra con su eterna Qué bello es vivir (1946), donde la presencia de lo sobrenatural encajaba en el argumento con una precisión maravillosa, no como aquí.

Y a pesar de todo, la película se deja ver con cierto interés. Y más que nada es por el buen hacer de Matt Damon y de Emily Blunt, una pareja que funciona de maravilla: él demuestra que tiene tablas de sobra tanto para el thriller o el film romántico, todo lo hace bien; ella porque es creíble, auténtica y muy guapa. Y además están acompañados de unos secundarios perfectos. y como añadido imprescindible, George Nolfi consigue sacar petróleo del guión gracias a una dirección muy sensata, que mantiene el ritmo constante. Lástima que la historia no termine de cuajar y que la intriga no resista ni cinco minutos, de haber tenido una historia mejor el resultado habría sido de nota.

Así que nos tendremos que contentar con un film ameno, con cierto toque original, pero que falla desde la base, con lo que no podemos sacar mucho más que un pasatiempo inocente y sin mucha sustancia.

martes, 10 de marzo de 2015

La profecía



Dirección: Richard Donner.
Guión: David Seltzer.
Música: Jerry Goldsmith.
Fotografía: Gilbert Taylor.
Reparto: Gregory Peck, Lee Remick, David Warner, Billie Whitelaw, Harvey Stephens, Leo McKern, Patrick Troughton, Robert Rietty, Martin Benson.

Kathy Thorn (Lee Remick) da a luz a un bebé que muere al poco de nacer. El padre Spiletto (Martin Benson) convence a su esposo Robert (Gregory Peck) para que adopte a un niño huérfano que reemplace la pérdida, ocultándole la verdad a Kathy. Todo transcurre con normalidad hasta el día en que el pequeño cumple cinco años.

Hay películas que, por alguna curiosa razón, adquieren una relevancia especial, quedando como hitos en la historia del cine. Dentro del cine de terror, hay tres títulos significativos relacionados, los tres, con el subgénero de la religión: La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), El exorcista (William Friedkin, 1973) y La profecía (1976). De las tres, quizá ésta última sea la más floja, pero aún así obtuvo un gran éxito de público en su estreno y ha dado lugar a tres secuelas y un remake, todo un logro.

Nacida como consecuencia del intento de la Fox de repetir el éxito de El exorcistaLa profecía juega con la posibilidad de la llegada de un anticristo, predicho por las Escrituras Sagradas, cuya misión será controlar el mundo sembrando un reinado del mal. Literatura aparte, la base de la película, como lo había sido ya en La semilla del diablo y El exorcista, es crear un relato terrorífico centrado en la figura de un niño, lo cuál resulta mucho más inquietante y terrible. Lo más puro, lo más inocente como fuente del mal. ¿Cómo hacerle daño a tu propio hijo?, ¿cómo admitir que es la encarnación del mal?

Hay que admitir que el guión no es ningún prodigio. Partiendo de la base de que debemos, los no creyentes, hacer un esfuerzo para meternos dentro de la premisa principal del argumento, la historia en sí no resulta del todo coherente y en muchos casos el director va directo a lo que le interesa pasando por algunas escenas un tanto de puntillas.

Aún con las limitaciones y objeciones que podamos ponerle a la historia, Richard Donner juega sus cartas con bastante maestría. Con un ritmo pausado, el film arranca de una manera tranquila, casi bucólica en algunos momentos, no dando ninguna pista de por dónde van a girar los acontecimientos. Y cuando el mal comienza a hacer acto de presencia, será de una manera aparentemente accidental. Poco a poco, Donner va cerrando la trama, encerrando a los padres de Damien (Harvey Stephens), y a nosotros, en un ambiente amenazador, opresivo, peligroso, del que no saben muy bien cómo salir. Donner consigue, a base, eso sí, de algunas escenas un tanto macabras y que no reparan en detalles espeluznantes, ir aumentando la intensidad hasta momentos realmente sobrecogedores. Y todo ello admitiendo que, con el paso de los años, algunos efectos visuales han perdido la fuerza del día del estreno. Imaginemos el impacto de algunas secuencias en el público de 1976.

Pero quizá lo más impactante de todo sea el final, contraviniendo la fórmula del final feliz, algo bastante habitual en el cine de terror, y dejando un desenlace fatídico para los protagonistas que permite que la amenaza de un reino del mal quede suspendida en el aire como algo más que una posibilidad.

Para llevar adelante la película, Donner recurre a un ya maduro Gregory Peck y a Lee Remick como cabezas de cartel. Peck, sin estar brillante, cumple con solvencia en el quizá sea su último trabajo recordable; Lee Remick hace un buen trabajo, al igual que el secundario David Warner. Harvey Stephens, sin diálogos en casi todo el film, aporta su grano de arena con su rostro angelical y su inquietante sonrisa.

Un título clásico del cine de terror que, aunque hoy en día no asuste como antaño, sigue manteniendo una fuerza especial que hará que, salvando algunos detalles, pasemos un buen rato de miedo y sobresaltos.

Ganó el Oscar a la mejor banda sonora original.

sábado, 28 de febrero de 2015

Vinieron del Espacio (Llegó del más allá)



Dirección: Jack Arnold.
Guión: Harry Essex (Historia: Ray Bradbury).
Música: Irving Gertz y Henry Mancini.
Fotografía: Clifford Stine.
Reparto: Richard Carlson, Barbara Rush, Charles Drake, Joe Sawyer, Russell Johnson, Kathleen Hughes.

John Putnam (Richard Carlson), un astrónomo aficionado, y su novia Eilen (Barbara Rush) están contemplando las estrellas cuando, de repente, ven cruzando el cielo algo que parece un meteorito. Sin embargo, cuando John inspecciona el lugar donde impactó el objeto, descubrirá que se trata de una extraña nave extraterrestre.

Vinieron del Espacio (1953) es una de esas curiosas cintas de serie B que hoy en día miramos con una gran sonrisa en los labios. Intentamos no reírnos abiertamente de su argumento, fingimos sentir algo de miedo, pero en el fondo, nuestra mirada no es ni más que menos que la de cualquiera que se reencuentra con un viejo juguete de la infancia.

La ciencia ficción es un género que nos ha dejado auténticas joyas a lo largo de la historia. Pero por lo general, son películas que no han resistido demasiado bien el paso de los años. Al jugar con teorías futuristas y mensajes amenazantes sobre el destino de la humanidad, el paso del tiempo ha dejado muchas veces en evidencia sus lúgubres ensoñaciones. Y si nos remontamos a la época clásica del cine americano, nos podemos encontrar con rarezas como esta Vinieron del Espacio, pioneras del género y clásicas muestras de un pasado lleno de ingenuidad y simpleza.

Porque ingenuo y simple a más no poder es el argumento de esta película. Una raza extraterrestre que, camino de otro planeta, debe hacer un alto en la tierra por culpa de una avería. Y una vez aquí, mientras reparan la nave, secuestran a unos cuantos humanos como supuesta advertencia para que no se metan en sus asuntos. La verdad, es que, lo mires como lo mires, el argumento es increíble y un tanto absurdo. Pero imagino que en aquellos momentos y en películas de presupuestos más que limitados, la historia no daba para mucho más. De los diálogos se podrían decir muchas cosas, pero lo mejor será no hacer demasiada sangre con ellos; solo constataremos que, como todo en esta cinta, van directo al grano, sin sutilezas ni adornos. Solamente un par de frases (la alusión a la araña y la llamada al extraterrestre en el desierto) parecen destacar un poco en medio de un desierto de conversaciones un tanto rudimentarias. Y lo mismo pasa con los decorados, la música, la ambientación.... todo en esta película roza lo ridículo, pero siempre, y esto es importante, con un aire de seriedad, de dignidad. Es un film de escasos medios pero que se lo toma en serio. Incluso estaba dotado de tecnología 3D, una moda que parece volver a visitarnos de tanto en tanto.

Otra cosa es que el paso del tiempo le haya jugado una mala pasada, más casi que la escasez de recursos. Los efectos especiales son de lo más limitados y el monstruo extraterrestre es patético. Hemos de ser de los más benevolentes para intentar no partirnos de risa y seguir la historia con cierto interés. Historia que contiene, como suele ser habitual en el género, cierta moraleja, tan sencilla como la película misma, y es que la humanidad aún no está preparada para recibir cierto tipo de visitas.

En cuanto al reparto, más serie B: rostros poco conocidos con actuaciones un tanto acartonadas.

Y aún así, a pesar de todas las limitaciones y defectos de la película, uno termina reconociendo que ha pasado un buen rato, fruto sobre todo de la sonrisa de complicidad que nos despierta tanta ingenuidad, tanta sencillez. Es un film artesanal, rudimentario, y ahí radica su gracia. Hoy en día ya no lo vemos con la mirada de miedo y sorpresa que quería provocar en el espectador de su época, pero ha ganado cierto peso fruto precisamente de lo vulgar y ridícula que resulta hoy en día su antigua modernidad y sus modestas pretensiones.

Una curiosidad.