El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

lunes, 21 de abril de 2014

Tiempos modernos



Dirección: Charles Chaplin.
Guión: Charles Chaplin.
Música: Charles Chaplin.
Fotografía: Rollie Totheroh & Ira Morgan (B&W).
Reparto: Charles Chaplin, Paulette Goddard, Henry Bergman, Chester Conklin, Stanley Stanford, Hank Mann, Louis Natheaux, Allan Garcia.

Un obrero de una fábrica (Charles Chaplin) acaba perdiendo la razón a causa del frenético ritmo de trabajo, por lo que debe pasar una temporada en un hospital mientras se recupera. Una vez curado, será detenido al creer la policía, erróneamente, que es el cabecilla de una manifestación de obreros.

Tiempos modernos (1936) está considerada como una de las obras maestras de Charles Chaplin y, aunque es evidente que el paso del tiempo ha dejado su huella en el film, no cabe duda que es una obra con grandes momentos de cine, mudo aún; y es que Chaplin siempre tuvo sus dudas sobre el cine sonoro y en este caso, a pesar de plantease hacer una versión sonora, finalmente el director decidió dejarla como una película muda, si bien añadió efectos de sonido, algunas voces que salen de altavoces e incluso oímos cantar al propio Chaplin, si bien en un idioma inventado y sin sentido. A pesar de estas concesiones al sonido, Tiempos modernos ha de considerarse un film mudo.

Parece ser que el origen de la película se encuentra en una gira que hizo Charles Chaplin a comienzos de los años treinta. Ahí pudo conocer las consecuencias del Crac de 1929, así como el auge de los movimientos totalitarios.

Por eso, Tiempos modernos es una crítica del capitalismo feroz y la automatización de los procesos productivos, que obligan a los hombres a ritmos de trabajo frenéticos bajo la tiranía de máquinas absurdas que aumentan el rendimiento a costa de la salud de las personas. Pero también se puede ver una advertencia sobre el peligro de las drogas e incluso lo que se puede interpretar como una especie de autodefensa, pues Chaplin tuvo problemas en los Estados Unidos por culpa de quién lo consideraba demasiado afín a las ideas comunistas; y precisamente, en la película, su personaje es confundido con el cabecilla de la manifestación por portar un trapo rojo que era, en realidad, la señal de peligro de un camión que se había caído del mismo.

La primera imagen de la película, un rebaño de ovejas que se reemplaza de pronto por los obreros saliendo del metro, es ya una evidente declaración de intenciones. Sin embargo, Chaplin sigue fiel a su estilo y decide tratar el tema desde el prisma del humor. Y su humor es, todavía (y siempre), básicamente el típico del cine mudo: gags visuales, parodias, persecuciones, pantomimas, caídas, etc... y dentro de este estilo, Chaplin no tenía rival. Su presencia en la pantalla es mágica: Chaplin domina todos los recursos cómicos con una gracia, una agilidad y una expresividad inimitables. Su trabajo en la fábrica, apretando tuercas, su pelea en la cárcel, la escena en la que patina en los grandes almacenes y, finalmente, su canción en el restaurante son algunos de los momentos más memorables de la película, todos ellos con el sello de un actor sorprendente.

Tiempos modernos es también la despedida de Charlot, el vagabundo. Chaplin nunca más volverá a llevar a la pantalla al personaje que había creado en 1914 y que le había catapultado al estrellato.

Tiempos modernos, en sus críticas, demostró la clarividencia de Chaplin a la hora de predecir las consecuencias de un capitalismo despiadado e inhumano. Y como película, a pesar del paso de los años, sigue teniendo momentos muy inspirados de uno de los cómicos más grandes de la historia del cine.

domingo, 13 de abril de 2014

Candilejas



Dirección: Charles Chaplin.
Guión: Charles Chaplin.
Música: Charles Chaplin.
Fotografía: Karl Struss (B&W).
Reparto: Charles Chaplin, Claire Bloom, Nigel Bruce, Sydney Chaplin, Norman Lloyd, Buster Keaton, Melissa Hayden.

Cuando, una tarde, Calvero (Charles Chaplin), un viejo payaso sin trabajo, llega borracho a la casa donde se hospeda, descubre que una de las inquilinas, Thereza (Claire Bloom), ha intentado suicidarse. Calvero le salva la vida y cuidará de ella mientras se recupera.

Última película de Chaplin en Estados Unidos, Candilejas (1952) fue estrenada en Londres, a dónde acudió el artista, prohibiéndole el gobierno norteamericano regresar a Estados Unidos por estar considerado demasiado progresista, dentro de la gran paranoia anticomunista que sacudió aquel país en los años cuarenta y cincuenta.

Candilejas es una obra de madurez de Chaplin, donde el director parece aprovechar la oportunidad para hacer una especie de sentido homenaje al mundo del espectáculo, a la vez que parece anticipar su adiós al mismo. Chaplin encarna aquí a un viejo payaso en sus horas más bajas, sin dinero y cuyos años de éxito poco a poco no son que más que un borroso recuerdo. Como en su trayectoria profesional, la época dorada de Chaplin queda ya un tanto lejana.

Y es cierto que Candilejas, a pesar de sus innegables buenos momentos, no deja de ser film antiguo ya en 1952. Y es que en el fondo, tanto el argumento como el desarrollo del film recuerdan más a las historias que poblaban los cines en la época del cine mudo que a las películas que otros directores estaban filmando en esos años. Uno no puede dejar de tener la impresión de que el genio de Chaplin pertenece a otra época.

El argumento de Candilejas, con el drama de la bailarina que no encuentra sentido a la vida y que sólo tiene el consuelo de un viejo fracasado, contiene todos los elementos de los viejos folletines del cine mudo. La historia es muy simple, los personajes y los escenarios limitados. Incluso algunas escenas no llegan a desarrollarse con toda la intensidad o el sentido necesarios. El ritmo a veces flojea. La base de la comicidad sigue residiendo en las pantomimas y los gags visuales. El drama resulta un tanto previsible y la relación entre Thereza y Calvero no termina de convencer. Solamente los diálogos, con algunas frases magistrales, parecen estar a la altura del cine de mitad del siglo XX.

Los diálogos... y la banda sonora, que logró el Oscar nada menos que en 1972, pues no fue hasta ese año que Candilejas se estrenó al fin en Los Ángeles, superándose así los viejos problemas de aquella nefasta caza de brujas.

Es evidente que Charles Chaplin quería seguir contando historias en sus años de madurez, pero está claro que sus mejores películas no son las de esos años. Chaplin nació como artista en el cine mudo y fue un genio dentro de las reglas de ese arte. Cuando llegó el sonoro, le sucedió en parte lo que a muchos otros, le costó adaptarse a los nuevos tiempos. Chaplin continuó haciendo cine mudo, esencialmente, durante la etapa sonora y es algo que se refleja en su estilo y sus argumentos.

Aún así, Candilejas es un film hermoso y sincero, donde el gran Chaplin hace una intensa reflexión sobre el mundo del teatro, el éxito, la fama, la esperanza, la alegría de vivir... y además nos permite poder despedirnos de otro gran actor del cine mudo, Buster Keaton, al que Chaplin brindó un pequeño papel en el film. Su hijo, Sydney, interpreta al músico Neville y Claire Bloom, actriz inglesa de teatro, debutaba en el cine, con un trabajo más que aceptable. En cuanto a Chaplin, reconocemos sus viejos trucos cómicos, si bien su personaje está perseguido por la sombra de la tragedia, siendo su interpretación una de las pequeñas perlas de este título. Geraldine Chaplin, una niña entonces, también aparece en la primera secuencia de la película.

Sin ser una de las muchas obras maestras que nos dejó Charles Chaplin, Candilejas sigue teniendo gran parte del arte y la emoción que este gran artista supo dar a sus obras. Sin duda, para nostálgicos y amantes del genio inglés.

jueves, 10 de abril de 2014

Vidas ajenas



Dirección: D.J. Caruso.
Guión: Jon Bokenkamp (Novela: Michael Pye).
Música: Philip Glass.
Fotografía: Amir M. Mokri.
Reparto: Angelina Jolie, Ethan Hawke, Kiefer Sutherland, Olivier Martinez, Jean-Hugues Anglade, Tcheky Karyo, Gena Rowlands, Paul Dano, Justin Chatwin, André Lacoste.

La agente especial del FBI Illeana Scott (Angelina Jolie), especialista en estudiar el perfíl psicológico de asesinos psicópatas, se traslada a Montreal para ayudar a la policía local en una serie de asesinatos que parecen ser obra de una misma persona.

A la sombra de éxitos de taquilla como El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) o Seven (David Fincher, 1995), vieron la luz una gran variedad de producciones cortadas por el mismo patrón y ávidas de emular el éxito de aquellos títulos. El problema es que no basta con seguir la moda de los asesinos en serie, de crear rebuscados argumentos con toques macabros y de reclutar a atractivas protagonistas para conseguir alcanzar la meta. Si a todo ello no le añades algo de talento, el resultado suele ser un mero pasatiempo decepcionante y vacío, cuando no una mera tomadura de pelo, y Vidas ajenas (2004) se acerca más a la tomadura de pelo que a otra cosa.

Para empezar, yo no sé que es lo que tienen en la cabeza algunos guionistas. Parece difícil de entender que alguien pueda escribir una historia tan absurda como ésta. La película está repleta de estupideces, situaciones y personajes rebuscados al límite, una simplicidad absoluta a la hora de dibujar a los protagonistas, tópicos a mansalva y trucos y mentiras argumentales tan previsibles y tan poco ingeniosas que hasta dan vergüenza ajena. Partiendo de semejantes mimbres es evidente que la historia de Vidas ajenas es cualquier cosa menos interesante.

Cuesta creerse al personaje de Angelina Jolie, que además sufre un espectacular cambio cuando se descubre el engaño a la que se ha visto sometida, pasando de ser una profesional inteligente y capacitada a convertirse en una especiel de adolescente aplatanada y atontada. Pero es que el resto de personajes tampoco resultan mínimamente creíbles. El asesino en serie no deja de ser un cúmulo de rasgos anómalos, como una especie de Frankenstein moderno al que se le añade todo lo que sirva para justificar su comportamiento y sus crímenes; aún que en el fondo todo ello parezca un montaje forzado y absurdo. Los policías canadienses se debaten en un mar de tópicos, como el policía duro, forzada e incomprensiblemente hostíl hacia Illeana, o el jefe que está ahí un poco de relleno.

En cuanto al trabajo de los actores, pues en la línea de todo este montaje idiota. Anjelina Jolie, muy guapa, es cierto, parece que más que actuando está posando. Su trabajo es frío, sin alma, desangelado. Se limita a mostrar sus lindos ojos, a posar para la foto y a recrearse en dibujar miradas lánguidas como quién parece concedernos el regalo de su presencia. Olivier Martínez, Tcheky Karyo o Gena Rowlands pasan por la pantalla creando estereotipos sin demasiada inspiración. Quizá Ethan Hawke y Kiefer Sutherland sean los únicos que podríamos salvar, si bien sus personajes en verdad que no les ayudan mucho. Kiefer solo tiene un par de escenas, pero cumple con su trabajo. Hawke, el malo de turno, se limita a adoptar los tics del psicópata de turno, aunque hemos de reconocer que al menos le pone empeño al asunto, no como la fría Angelina.

 D.J. Caruso busca la manera de dinamizar el argumento, así que recurre a los ya habituales movimientos de cámara, encuadres forzados, sorpresas, algún detalle truculento... todo para intentar crear una atmósfera visual dinámica y ágil. No es que no haya que valorar el esfuerzo, pero el resultado final poco aporta en realidad. Es un poco más de lo visto, ese estilo nervioso al que ya estamos más que habituados y que ya no resulta demasiado novedoso. En todo caso, la dirección no es de los aspectos más flojos de la película.

Como todo thriller vulgar que se precie, Vida ajenas nos reserva la sorpresa final. En realidad son dos, que mejor no desvelar aquí, si bien de sorpresas tienen poco; más bien habría que catalogarlas de meras mentiras, de engaños un poco infantiles que pretenden dejarnos atónitos y, con ello, brindarnos un final espectacular. Nada más lejos de la realidad. El primer engaño se adivina sin problemas y el segundo, que nos regala Angelina Jolie, más que sorpresa me dio risa; es un giro tan estúpido, increíble y peliculero que nadie puede tomarlo en serio. Y es que un buen guión no se apoya en esta clase de engaños, si no tiene nada más en sus entrañas... todos esos juegos resultan hasta ofensivos.

En resumen, un thriller que borda lo absurdo, desganado, sin originalidad y con el principal atractivo comercial, su estrella femenina, deambulando como un cuerpo sin alma por la pantalla. De ahí que Angelina recibiera, muy merecidamente, el premio Razzie a la peor actriz del año.

martes, 8 de abril de 2014

Cotton Club



Dirección: Francis Coppola.
Guión: Francis Coppola, William Kennedy (Novela: Jim Haskins).
Música: John Barry.
Fotografía: Stephen Goldblatt.
Reparto: Richard Gere, Diane Lane, Gregory Hines, Nicolas Cage, Bruce McVittie, Lonette McKee, Bob Hoskins, James Remar, Allen Garfield, Gwen Verdon, Tom Waits, Jennifer Grey, Laurence Fishburne, Fred Gwynne, Lisa Jane Persky, Joe Dallesandro, Gregory Rozakis, Sofia Coppola, Mario Van Peebles.

Nueva York, durante los alegres años veinte. Dixie Dwyer (Richard Gere) es un trompetista de talento que un día salva la vida de un gángster, Dutch Schultz (James Remar), quién en agradecimiento lo toma a su servicio. Sin embargo, ambos se sienten atraídos por la misma mujer, la atractiva Vera Cicero (Diane Lane), lo que generará fuertes tensiones entre ambos. Todos ellos y muchos más se encuentran o trabajan en el Cotton Club, el club de jazz más famoso de Harlem.

Partiendo de una novela de Jim Haskins, que contaba los años gloriosos del más famoso local de jazz de Nueva York, Coppola, que pasaba entonces por dificultades económicas, acepta el encargo de dirigir Cotton Club (1984). La productora encargó el guión a Mario Puzo, guionista de El Padrino (1972), pero a Coppola no le gustó el trabajo de Puzo y rehizo el guión junto con William Kennedy.

El resultado es un film coral donde el director juega con varias historia paralelas donde entremezcla la vida de algunos artistas del Cotton Club con la historia de la mafia que dominaba el mundo del espectáculo y el juego. El resultado, a nivel argumental, es una película quizá un poco larga de más, aunque bien resuelta por Coppola, que sabe dosificar los tiempos y mantener un ajustado equilibrio entre los números musicales que acompañan la acción y la base argumental que aborda el mundo del hampa y el drama romántico.

Sin embargo, a pesar de los buenos momentos y algunas secuencias de buen cine, resulta inevitable que nos surja la tentación de realizar algunos paralelismos con El Padrino, y este nuevo acercamiento al mundo de la mafia por parte de Coppola resulta mucho menos poderoso. Mientras en la obra maestra de Coppola, la mafia se nos presentaba con una visión de realismo absoluto, en Cotton Club los mafiosos parecen de opereta. Incluso Coppola se atreve a introducir algunos detalles cómicos que no terminan de cuajar del todo, dando una imagen un tanto ligera del mundo del crimen organizado.

Por otro lado, la sensación que uno tiene es que el guión pretende abarcar demasiado, con lo que parece que fue necesario simplificar y acortar algunos pasajes, dejando algunas historias un tanto cojas o no del todo bien desarrolladas. Habría sido necesario o un mayor metraje o una mayor simplificación de la historia para no tener a veces la impresión de que Coppola no ha podido terminar de contar la historia como hubiera querido.

Tampoco me terminó de convencer Richard Gere en el papel protagonista. Gere, que estaba consolidando entonces como el nuevo galán de Hollywood, si bien es verdad que tiene una presencia impecable, no es menos cierto que su trabajo deja mucho que desear, abusando ya de sus famosos tics interpretativos, bastante artificiosos. Coppola había querido poder contar con otro actor para ese papel, pero tuvo que contentarse con Richard Gere. Diane Lane, con una belleza deslumbrante, está mucho más inspirada que su compañero. Sin embargo, son los secundarios los que de verdad destacan en la película: desde Bob Hoskins, como propietario del Cotton Club, hasta Fred Gwynne, que encarna a su fiel amigo Frenchy Demange, o Gregory Hines, perfecto en la piel de un bailarín de claqué. También podemos ver a un joven Nicolas Cage, sobrino de Coppola, en una notable actuación como el hermano mafioso de Dixie.

Pero lo realmente interesante de Cotton Club es, desde mi punto de vista, la magnífica parte musical de la película, repleta de momentos geniales, números musicales fascinantes y preciosas coreografías, y todo ello filmado de manera perfecta. La película no abusa de estos números musicales, sino que los dosifica con inteligencia y los utiliza en los momentos justos, como en la lograda secuencia final, donde Coppola realiza uno de esos montajes paralelos entre el baile de Hines y el asesinato de Dutch Schultz, muy bien resuelto.

Sin una gran acogida en su momento, Cotton Club se puede apreciar hoy en día como un brillante film a medio camino entre el musical y el cine de gángsters. No llega a ser una crónica social de los años veinte y la época de la ley seca, pero aún así es una buena reconstrucción de parte de aquellos años.

La película fue nominada en los apartados de mejor dirección artística y mejor mantaje.

lunes, 7 de abril de 2014

El gran dictador



Dirección: Charles Chaplin.
Guión: Charles Chaplin.
Música: Charles Chaplin y Meredith Willson.
Fotografía: Rollie Totheroh & Karl Struss (B&W).
Reparto: Charles Chaplin, Paulette Goddard, Jack Oakie, Reginald Gardiner, Henry Daniell, Carter De Haven, Grace Hayle, Maurice Moscovitch, Billy Gilbert.

Durante la Primera Guerra Mundial, un barbero judío (Charles Chaplin), natural de Tomania y no muy hábil como soldado, salva la vida de un aviador (Reginald Gardiner) compatriota suyo, pero sufre un accidente que le hace perder la memoria. No la recuperará hasta muchos años después, cuando en su país gobierna con mano de hierro el dictador Adenoid Hynkel (Charles Chaplin), que ha encerrado a los judíos en un ghetto.

Charles Chaplin se había mostrado reacio a abandonar el cine mudo, negando la validez artística del cine sonoro, y no es hasta este año de 1940, con El gran dictador, cuando el director inglés decide rodar su primera película verdaderamente sonora. Anteriormente, en Luces de la ciudad (1931) o Tiempos modernos (1936), Chaplin había incluído efectos de sonido y música, pero se consideran a todos los efectos films mudos.

Chaplin empezó a rodar la película tan solo ocho días después de que Hitler invadiera Polonia, lo que quiere decir que tenía ya el guión de El gran dictador bastante antes de que estallara la guerra. En esos momentos, Estados Unidos era políticamente neutral, por lo que no se veía con buenos ojos que Chaplin emprendiera este proyecto. A pesar de las presiones de la productora, Chaplin siguió adelante con la película, que sería un durísimo ataque a Hitler, a Mussollini, al racismo, a las dictaduras y a cualquier totalitarismo. El gran dictador es, como refleja el famoso discurso final del barbero judío, una crítica a cualquier civilización que se olvide del hombre, que sacrifique su felicidad bajo cualquier pretexto, sea éste político, económico o religioso. Charles Chaplin sería perseguido por el Comité de Actividades Antiamericanas y tendría que abandonar los Estados Unidos.

En cuanto a la película en sí misma, vista desde un punto de vista artístico, parece claro que el paso de los años no le ha sentado todo lo bien que quisiéramos. Tanto en el planteamiento como en su desarrollo, Chaplin muestra una ingenuidad que ya no es propia de los años cuarenta. De hecho, esta película, a pesar de la gran acogida y éxito popular en su estreno, está un peldaño por debajo de las obras mudas del director. Incluso su personaje, el barbero judío, parece haber perdido la fuerza y el genio de su famoso vagabundo de la época muda. Chaplin no se muestra especialmente ingenioso en los diálogos, salvando el discurso final, y sigue basando la comicidad principalmente en gags visuales, aunque algunas bromas se antojan un tanto anticuadas ya.

Incluso técnicamente, la película abusa de los decorados y las transparencias, perdiendo la frescura que podría haber tenido de no recurrir a ellos. En muchos aspectos, Chaplin sigue apegado a su forma de trabajar de la época del cine mudo.

Aún así, El gran dictador sigue teniendo algunos momentos inolvidables, como cuando Hynkel juega con el globo terráqueo o en sus alardes frente a un colosal Jack Oakie encarnando al dictador Napaloni (parodia de Benito Mussollini), con la famosa secuencia en la barbería. Claro está que el momento más recordado y más logrado de la película es el ya nombrado discurso final, un alegato contra la barbarie y en defensa del ser humano que aún hoy en día sigue teniendo todo el sentido y resulta completamente actual y oportuno.

Chaplin acusa en su rostro el paso del tiempo y ya no es el alegre y conmovedor personaje de su época dorada. Incluso, el barbero judío carece de la chispa, la alegría y el ingenio del Chaplin anterior. En cambio, en su ridiculización de Hitler, Chaplin parece recobrar el carácter y hace una composición de un dictador enfermizo y patético memorable. Jack Oakie, como dijimos, está realmente sublime en la piel de Napaloni. El personaje femenino está interpretado por Paulette Goddard, por entonces casada con el director.

Aunque El gran dictador no iguala las grandes obras maestras de Charles Chaplin, su gran repercusión y el valiente ataque contra las dictaduras de Hitler y Mussollini, en un momento en que aún estaba comenzando la Segunda Guerra Mundial, hacen de esta película un obra indispensable en la filmografía del director.

El film recibió nada menos que cinco nominaciones (mejor película, mejor actor (Charles Chaplin), mejor secundario (Jack Oakie), banda sonora y guión original), si bien no logró hacerse con ningún Oscar.

domingo, 6 de abril de 2014

La quimera del oro



Dirección: Charles Chapiln.
Guión: Charles Chaplin.
Música: Max Terr en la versión de 1942.
Fotografía: Rollie Totheroh y Jack Wilson (B&W).
Reparto: Charles Chaplin, Mack Swain, Georgia Hale, Tom Murray, Malcom Waite, Henry Bergman, Betty Morrisey.

Un vagabundo (Charles Chaplin), sin hogar ni dinero, llega a Alaska guiado por la fiebre del oro. En medio del desierto nevado, durante una tormenta, buscará refugio en una cabaña, sin saber que está ocupada por el bandido Black Larsen (Tom Murray).

La quimera del oro (1925) surge a raíz de las imágenes que había visto Chaplin sobre las penurias de los buscadores de oro en Alaska y del famoso desastre de la expedición de Donner, donde un grupo de inmigrantes, en su marcha hacia California, tuvieron que terminar comiendo sus mocasines primero y los cadáveres de sus compañeros después al verse aislados por la nieve, a finales del siglo XIX.

A partir de estas premisas, Charles Chaplin crea el guión de la película, donde sabrá compaginar magistralmente el tono de comedia con el trasfondo dramático que subyace bajo los gags geniales que pueblan la cinta. Una de las señas de identidad de Charles Chaplin es el haber sabido conjugar como nadie el cine cómico con los sentimientos más profundos y nobles de su personaje. De ahí la grandeza de su vagabundo, Charlot, que fue el primer ser humano, no una mera caricatura, que apareció en las películas de cine mudo.

La realización del film no fue sencilla, si bien gran parte de las secuencias se filmaron en estudio, aunque en otras el equipo se desplazó a exteriores, como al famoso Chilkoot Pass, contratándose a numerosos extras para recrear el paso de las montañas. Pero fue necesario construir minuciosos decorados, además de los trucos de cámara en la secuencia del pollo o en la de la cabaña al borde del precipicio, con un resultado sobresaliente para los medios de la época.

La quimera del oro vuelve a centrarse en el personaje del vagabundo creado por Chaplin. Esta vez embarcado en la busca de oro; pero sus rasgos de identidad son los de siempre: un hombrecillo pobre, pero de gran corazón. El vagabundo de Chaplin es un canto a los mejores sentimientos, a la honestidad, el amor incondicional, la nobleza, la inocencia incluso, pero también a la picardía para buscarse la vida en medio de las penurias. Un personaje entrañable al que el público amaba irremediablemente.

La quimera del oro es un film bastante sencillo y con un argumento muy básico que no es, decididamente, lo mejor de la película. Sin embargo, en manos del director, la sencilla historia del buscador de oro se llena de momentos irrepetibles y gags legendarios, que han quedado en la historia como momentos únicos. Ineludible mencionar la escena de la bota, con el vagabundo convertido en un chef experimentado; o la secuencia en que Big Jim McKay (Mack Swain), delirando, se imagina que su comapañero es un pollo gigante; o esa otra de la cabaña oscilando al borde del precipicio y, cómo no, el legendario baile de los panecillos... la genialidad aunada a la sencillez en manos de un artista único como Chaplin.

Si el personaje creado por Chaplin es genial, no menos habría que decir de la actuación del propio Charles Chaplin. Su trabajo es asombroso: fresco, intenso, contagioso, tanto en la alegría como en el drama. Chaplin supo expresar como pocos, sin el recurso de la palabra, una gran variedad de sentimientos con una claridad y una eficacia sorprendentes. Le acompañan en el film Mack Swain, un actor de reparto de la Keystone, habitual en otros films del director, Tom Murray y Georgia Hale, actriz que no logró sobrevivir al cine sonoro y cuyo principal trabajo en el cine fue éste. Hale sustituyó a Lita Grey cuando ésta se quedó embarazada y contrajo matrimonio con Charles Chaplin.

Convertida ya en un clásico ineludible, La quimera del oro era una de las películas que más amaba el propio Chaplin. Sin duda es una pequeña obra maestra llena de momentos geniales, gasgs históricos y esa ternura tan genuina con la que Charles Chaplin impregnaba toda su obra.

La quimera del oro recibió dos nominaciones a los Oscar: mejor sonido y mejor banda sonora. La película se estrenó en versión muda, si bien en 1942 se reeditó en una versión sonora, con narración en off del propio Charplin.

miércoles, 2 de abril de 2014

Náufrago


Dirección: Robert Zemeckis.
Guión: William Broyles Jr.
Música: Alan Silvestri.
Fotografía: Don Burgess.
Reparto: Tom Hanks, Helen Hunt, Nick Searcy, Chris Noth, Lari White, Geoffrey Blake, Jennifer Lewis, David Allen Brooks.

Chuck Noland (Tom Hanks) es un ejecutivo de una empresa de mensajería entregado a su profesión y obsesionado con el control del tiempo y la eficacia en el funcionamiento de la empresa. Sin embargo, su vida sufrirá un gira radical cuando, tras un accidente de avión, se encuentre solo en una pequeña isla en medio de la nada.

Poco a poco me ido haciendo fan de Tom Hanks. Es cierto que sus films de juventud no pasarán a la historia del cine precisamente, pero Hanks ha sabido madurar y sobre todo ha crecido en talento y autenticidad, hasta convertirse en uno de los mejores actores del cine actual. Y esta película es una demostración más del talento de este hombre, capaz de echarse sobre los hombros una historia de ciento cuarenta y tres minutos y salir con una más que merecida nominación al Oscar, si bien finalmente el premio fue a parar a Russell Crowe por su Gladiator (Ridley Scott, 2000).

Náufrago (2000) puede asustar un poco de entrada debido a su larga duración. Y es que una película que gira en torno a los cuatro años que pasa el protagonista en una isla desierta puede dar un poco de miedo. Nada más lejos de la realidad. Náufrago es un film que se pasa en un abrir y cerrar de ojos y gran parte de la culpa la tiene Robert Zemeckis, que nos da una lección de cómo dirigir un film desde la coherencia y la eficacia. Porque lo primero que llama la atención cuando vemos Náufrago es el control exquisito del tiempo de Zemeckis. El director, primero, no enfoca el film como la típica película de aventuras sobre la lucha por la supervivencia y cómo un hombre ha de ingeniárselas para buscarse la vida partiendo de cero, algo a lo que también asistimos, pero sin que constituya el eje ni el sentido de la historia. Lo importante, como queda claro desde el principio, es la historia del protagonista, el cambio que va a experimentar en su vida, cómo una situación extrema le hace replantearse sus prioridades, el sentido de la vida, la lucha por mantenerse en pie. No se trata de contarnos una historia edificante o de una crítica más de la sociedad industrial estresante. La moraleja es más simple, pero también más directa: al compartir la experiencia del protagonista y vivirla con él, todos experiementamos el cambio de valores que sufre Chuck. No se trata de conceptos, se trata de que comprendemos la importancia del agua, del alimento, del fuego, de la compañía, del amor y la esperanza.

De ahí que Zemeckis se tome su tiempo a la hora de contarnos esta historia. Desde el comienzo mismo, deteniéndose para explicarnos cómo es la vida se Chuck, su relación con su novia Kelly (Helen Hunt) y su entrega casi total a su trabajo, que le hace abandonar la cena familiar de Navidad en cuanto recibe un mensaje de la empresa. Y también el director va a tomarse su tiempo a la hora de contarnos la vida de Chuck en la isla, con el riesgo de alargar la película en exceso, de servirnos un film aburrido o monótono. Pero el buen guión y el mejor hacer del director hacen que la película jamás canse, ni aburra, ni pierda interés. Y todo por un manejo del ritmo preciso, donde cada secuencia dura exactamente lo que debe durar, donde cada incidente en la isla tiene sentido, es educativo, interesante y, por encima de todo, nos hace partícipes del sufrimiento y la desesperación del protagonista. La parte del film que transcurre en la isla es intensa, sobria y emotiva. Y a pesar de su duración, al final somos conscientes que no sobra ni falta nada.

Y además, para rematar la faena, Náufrago termina de una manera sencillemente perfecta. El desenlace es como tiene que ser, a pesar de que creo que todos hubiéramos deseado otro final. Pero la vida es así, las cosas suceden y tienen consecuencias, por triste que sean. Zemeckis nos brida un final elegante, emotivo, intenso y verdadero. Sólo el guiño final parece un poco peliculero, aunque he de reconocer que yo lo agradezco. Es una gota de optimismo en medio de un dolor que también nos ha llegado a través del de Chuck. Y aunque parezca algo forzado, es lo suficientemente ambigüo para que cada uno lo interprete como quiera.

Queda dicho ya el gran trabajo de Tom Hanks, rebosando de naturalidad y sobriedad. Si Robert Zemeckis nos ofrece un ritmo perfecto, Hanks hace uno de los mejores trabajos de su carrera y él solito da carácter y entidad a su personaje, eje de toda la historia.

Además de la nominación al Oscar para Tom Hanks, la película también fue nominada al mejor sonido.

Náufrago es cine a lo grande. No sólo está perfectamente realizada, no sólo contiene momentos espectaculares junto a otros terriblemente expresivos. Es una de esas películas completas, donde la forma y el fondo van de la mano y que logran contarnos algo que sentimos como verdadero y que puede llegar a enriquecernos un poco más como personas.