domingo, 18 de abril de 2010
Sólo amigos
Chris (Ryan Reynolds) es un buen chico, algo bobalicón y gordito que está enamorado en secreto de su mejor amiga, Jamie (Amy Smart). El día de la graduación, Chris decide armarse de valor para declararle su amor, pero la cosa no sale como el quisiera: todo el mundo se ríe de él y Jamie le dice que para ella sólo es un buen amigo. En ese momento decide irse del pueblo con la firme intención de cambiar su vida.
Sólo amigos (Roger Kumble, 2005) padece el mismo mal que otros muchos productos similares: intenta suplir la falta de buenas ideas a base del chiste fácil y las payasadas en serie y cuanto más ridículo se consiga hacer por minuto se supone que mejor funcionará la historia y será más graciosa. Supongo que el público al que va dirigido este tipo de películas debe ser bastante infantil, no me imagino a nadie más que pueda gustarle un film así.
La trama carece de interés pues, además de ser del todo previsible desde el primer minuto de película, incide en todos los tópicos de la comedia romántica, solamente que aquí se llevan al límite en un supuesto intento de resultar más divertida. Los personajes, salvo la bella protagonista, son retratados de manera burda, grotesca incluso, como en el caso de la madre de Chris, que roza la subnormalidad.
Puestos a buscarle una moraleja oculta, ésta podría ser que lo más importante es ser fiel a uno mismo. Chris, en busca del éxito y de cambiar su imagen de adolescente, acaba transformado en un pedante insoportable. Sólo cuando comprenda que lo importante es ser como realmente es, sin aparentar otra cosa, podrá hacerse perdonar y hacerse querer de nuevo por Jamie.
Otro punto que juega en contra de la película es su excesiva duración, que parece aún mayor al no contar con una historia bien trabajada. Al final se alarga el desenlace en pequeños desvíos que no añaden más que las mismas bromas exageradas, próximas a la payasada más básica del cine mudo de tartas y bofetadas, pero que no aportan nada realmente interesante a la trama; sólo prolongan más la tontería hacia un final que conocemos de antemano, a pesar de los trucos del guión que intentan despistarnos sin éxito.
Apenas tiene un par de detalles con cierta chispa y parecen más que nada fruto de la casualidad que de un intento meditado. Es una pena que se desperdicie una historia que, algo mejor llevada, hubiera dado para un film agradable. Sin embargo, uno tiene la impresión que nadie se tomó la molestia de hacer algo con un poco de sentido y buen gusto.
Quizá lo mejor de todo sea el reparto. La pareja protagonista funciona bastante bien y tienen suficientes tablas para mantener un nivel aceptable. Pero quizá la mejor de todos sea Anna Faris encarnando a la caprichosa cantante Samantha James, con una interpretación alocada y exagerada pero estupenda y que a mí me hacía pensar inevitablemente en Britney Spears.
Una película que pasará sin pena ni gloria y por la que no merece la pena gastar ni dinero ni tiempo.

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