El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 28 de febrero de 2012

El jinete pálido



Dirección: Clint Eastwood.
Guión: Michael Butler, Dennis Shryack.
Música: Lennie Niehaus.
Fotografía: Bruce Surtees.
Reparto: Clint Eastwood, Sydney Penny, Michael Moriarty, Elisha Cook, Chris Penn, Carrie Snodgress, Richard Dysart, John Russell, Richard Kiel, Billy Drago.

En un tiempo en que el western agonizaba como género sin futuro aparente, Clint Eastwood nos ofrece con El jinete pálido (1985) la prueba de que el cine del oeste aún tiene mucho que decir y nos anticipa su obra maestra del género, Sin perdón (1992).

Un grupo de mineros resiste el acoso del magnate del lugar, Coy Lahood (Richard Dysart), que quiere expulsarlos para quedarse con todas las explotaciones de oro del lugar. Después de un ataque bastante violento por parte de los matones de Lahood, la joven Megan (Sydney Penny), mientras entierra a su perro, pide a Dios un milagro para no caer derrotados a manos de Lahood.

El jinete pálido no es sino un hermoso homenaje de Clint Eastwood a un film mítico: Raíces profundas (George Stevens, 1953). Se reemplazan los agricultores por mineros, pero el esquema es el mismo en ambos films y numerosos detalles revelan la fuente de la que bebe el director. No es cuestión de comparar ambas películas, cada una posee atributos de sobra para convencernos y maravillarnos. La versión de Clint Eastwood es, por supuesto, mucho más cruda, más directa y más violenta. Y también mucho más misteriosa: el personaje del Predicador (Clint Eastwood) es mucho más enigmático que Shane, jugando incluso el guión con el tema de la muerte del propio personaje.

El mérito, en todo caso, de Clint Eastwood es que, partiendo de una obra maestra incuestionable, sabe crear una historia con su propia personalidad. Las similitudes entre ambas películas no son un obstáculo, porque el director no se limita al plagio sin más, sino que sabe enmarcarlas en su propio contexto, darles una nueva visión y al final, la historia que nos cuenta tiene los alicientes necesarios, el ritmo y la emoción propias, sin deudas, más allá de la admiración por el modelo.

Resultan admirables esos detalles que recuerdan constantemente a Raíces profundas, con pequeños matices enriquecedores o diferenciadores. El famoso tronco de árbol se convierte aquí en una roca enorme, la admiración del niño es ahora el amor juvenil de Megan, que corre tras el predicador al final como hacía el pequeño Joey tras Shane; y la famosa secuencia con Jack Palance es reinterpretada aquí con el pistolero Stockburn (John Russell) y sus seis ayudantes de manera también muy intensa y mucho más violenta, eso sí.

También consigue el director dotar a El jinete pálido de una mayor tensión, en especial en la prodigiosa secuencia final, donde el Predicador se enfrenta solo a Stockburn y sus ayudantes en duelo fantástico. El ritmo preciso, el suspense del desenlace convierten esos minutos finales en los más intensos y en los más logrados de la película.

Eastwood también se muestra más explícito en cuanto a la fascinación que despierta el pistolero en la mujer de su amigo. Mientras que en Raíces profundas el supuesto enamoramiento de la señora Starrett podía pasar por simple admiración, en este caso el amor de Sarah (Carrie Snodgress) es palpable, sin rodeos. Adaptación sin duda a la época actual, donde la figura de Joey es reemplazada por la de una hermosa adolescente con el añadido de la tensión que nace al rivalizar con su madre en el amor por el Predicador.

Tal vez sea en el reparto donde podemos decantarnos más claramente a favor de Raíces profundas. Sin contar con un mal plantel de actores, quizá El jinete pálido carezca de figuras carismáticas como Jack Palance, Van Heflin o incluso la fascinante mirada de Brandon De Wilde. Eso sí, tenemos a un rotundo Clint Eastwood, soberbio en su papel, y a la hermosísima Sydney Penny, uno de los rostros más perfectos y bellos que he visto en la gran pantalla.

Y también rotundo se muestra Eastwood detrás de la cámara, con un montaje admirable en que destacaría, además de la secuencia final antes citada, la presentación de los personajes: la llegada a caballo de los hombres de Lahood alternando con la vida cotidiana y despreocupada por lo que se avecina de los mineros o la propia presentación del personaje del Predicador, como respondiendo a la plegaria de Megan y embestido del mal presagio de que su descripción concuerda con un pasaje de libro del Apocalipsis, lo que anuncia la ola de violencia que tendrá lugar.

Título brillante, El jinete pálido, sin alcanzar la excelencia de Sin perdón, sí que venía a poner al género del western en el lugar que le correspondía y nos mostraba todo el amor y admiración que siente el director por el género cinematográfico por excelencia. Un título imprescindible.

lunes, 27 de febrero de 2012

La rosa púrpura de El Cairo



La rosa púrpura de El Cairo (1985) se sale del guión habitual de los films de Woody Allen para adentrarnos en un mundo de fantasía que tiene como eje central uno de los grandes amores del director: el cine.

Cecilia (Mia Farrow) es una infeliz camarera en el New Jersey de la Gran Depresión. Casada con un vago que se aprovecha de ella y la maltrata, la única vía de escape que tiene es su amor por el cine. Y cuando en el cine de su barrio proyectan un film romántico, "La rosa púrpura de El Cairo", Cecilia encuentra en ese mundo lujoso y perfecto de la película el lugar ideal en el que olvidarse de su triste existencia. Inesperadamente, Tom Baxter (Jeff Daniels), uno de los personajes de la cinta, abandona la pantalla para conocerla.

Si alguien tenía alguna duda sobre el amor que Woody Allen siente por el cine, en especial por el clásico, este film está aquí para disiparla por completo. La rosa púrpura de El Cairo es un homenaje constante al cine, a su magia y a su poder de fascinación. Arranca (y termina) ya con la maravillosa melodía de "Dancing cheek to cheek" de la película Sombrero de Copa (Mark Sandrich, 1935), rindiéndose al encanto de aquel cine maravilloso, tan irreal como imposible, pero fascinante. A partir de ahí, Allen nos va metiendo lentamente en una fantasía que es una hermosa metáfora de la magia maravillosa del cine.

Cecilia solo encuentra alivio a su penosa existencia dejándose trasportar en la oscuridad del cine a un mundo perfecto de lujo y amor; y en esa ensoñación, su mente le lleva a confundir la ficción con la realidad. Esta podría ser una interpretación de la película. Sin embargo, yo prefiero otra:  todo lo que le sucede a Cecilia es real, por increíble que parezca, y el personaje de la película sale de la pantalla realmente. El problema es que Woody Allen parece no querer llevar la historia hasta sus últimas consecuencias y da un giro final realista y muy triste: Cecilia escoge a la persona equivocada y termina de nuevo donde empezó, en el cine viendo Sombrero de copa. Personalmente, hubiera preferido el final feliz en que ella y el personaje de ficción, Tom Baxter, terminaran juntos. Puestos a contar un sueño, llevarlo hasta el fin. Al igual que en Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959), con la que comparte una frase muy similar (Es imaginario pero ¿qué importa? No se puede tener todo), me hubiera gustado que Woody Allen se dejara llevar por lo imposible. Además, la escena en que ella se va con el actor y deja al personaje me pareció de una frialdad tremenda, rompiendose de golpe toda la ternura y la pasión anteriores. Supongo que sería una decisión meditada, pero creo que es una escena desaprovechada y que perjudica terriblemente el clima general de la historia.

Por contra, nada que reprochar al ritmo general de la película y en especial a como Allen sabe dar vida a una situación que, en principio, dudamos que pueda tener una continuidad aceptable. Pero el guión está perfectamente hilvanado y hace encajar las piezas de una manera asombrosa, evitando caer en exageraciones o escenas demasiado forzadas, lo que hubiera arruinado la historia. Consciente de lo difícil de creer lo que está contando, Allen se centra en los sentimientos de los protagonistas hasta lograr que lo irreal de la situación deje de preocuparnos para centrarnos en las personas, en su felicidad, su amor y sus planes de futuro.

El reparto, perfecto. Sorprendente Mia Farrow, no tanto por encarnar tan bien a esa esposa infeliz y a la vez soñadora, sino porque consigue diferenciarse de manera prodigiosa de los personajes de "La rosa púrpura de El Cairo", de modo que cuando está junto a ellos, en el film, notamos que ella es real, frente a la irrealidad del resto. Perfecto también Jeff Daniels en su doble papel de personaje y actor, es convincente en ambos y encantadoramente seductor en ambos también. Y me encantó Danny Aiello en la piel del marido aprovechado y vago, con un punto de ternura que los roles sociales del momento le obligaban a enmascarar.

Sin duda una película sumamente original, en una línea de mezcla de fantasía y realidad en la que Allen se adentrará con acierto, Alice (1990) por ejemplo, y que supone un soplo de aire fresco con respecto a la temática de sus primeros films. Excelente el cálido homenaje al mundo del cine y su papel fundamental como vía de escape y alivio. Algunos momentos de la película, no todos por desgracia, alcazan cotas de perfección maravillosas. Quizá no logra mantener ese nivel de una manera constante, pero aún así Woody Allen consigue hacer una película cargada de muy buenos momentos.

lunes, 20 de febrero de 2012

Fiebre de venganza



Fiebre de venganza (1953) no está sin duda entre los mejores títulos de Raoul Walsh. Ni la historia ni el planteamiento ofrecen nada que no se haya visto en numerosos westerns de serie B.

Jennifer (Donna Reed), una elegante joven sureña, viaja en una diligencia para reunirse con su novio Ben Warren (Rock Hudson), con quién va a casarse y a vivir en California. Pero en la diligencia viajan también dos bandidos que desean hacerse con el oro que transporta. Una vez robado el oro, huyen camino de México llevándose consigo a Jennifer después de dar por muerto a su novio.

Película de encargo que Raoul Walsh intente llevar a buen puerto sin demasiado éxito. El problema fundamental reside en un guión demasiado flojo que no ofrece realmente ninguna posibilidad al director. La historia se reduce a la persecución de Ben para salvar a su novia, así de sencilla y así de limitada. Se intenta aderezar con el posicionamiento pacifista e individualista de Ben que, pronto, se verá demolido por la fuerza de la realidad: deberá luchar si quiere recuperar a su novia y su vida. En el western no había mucho lugar para el pacifismo. A parte este detalle sobre la figura de Ben, los protagonistas son personajes planos del todo. La película prescinde de complicaciones y se centra en la acción, sin matices ni rodeos.

A partir de esa premisa inicial, la película no ofrece ninguna sorpresa. Sabemos que toda la historia va a transcurrir con la huída de los bandidos y la persecución. Walsh adereza esta elemental estructura con pequeñas sorpresas, como intentos de fuga, deserciones frustradas, una novia celosa... pero en realidad el argumento se mueve en tierra de nadie y no aporta demasiado interés ni emoción. Es el inconveniente de este tipo de historias: solamente suelen tener dos puntos interesantes, el comienzo y el desenlace; la parte central se limita a dilatar un poco la incertidumbre del final, pero hasta éste es del todo previsible. Afortunadamente, Walsh no alarga demasiado la historia, que dura apenas ochenta y tres minutos.

Disfrutamos, eso sí, de unos bonitos exteriores y ciertos efectos sorprendentes producto de que la historia está rodada en tres dimensiones, de ahí algunas escenas en que se arrojan objetos directamente a la cámara y que, sin la aclaración del rodaje en 3D, quedan un tanto extrañas.

Raoul Walsh, eso sí, se muestra muy ágil en las escenas de acción e intenta mantener el ritmo lo mejor posible, limitando al mínimo los tiempos muertos y las necesarias escenas de enlace entre las de acción. En este sentido se nota su oficio y logra evitar que la película se vuelva tediosa o lenta innecesariamente. Es todo cuanto puede hacer con tan pocos mimbres.

Tampoco el reparto ofrece demasiado. Rock Hudson, en esos momentos con veintiocho años, tenía muy buena presencia, pero le faltaba carisma sin duda. A su lado, actores sin demasiado nombre por entonces, salvo Donna Reed, que ese mismo año ganaría un Oscar como actriz secundaria en De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann, 1953). Podemos reseñar la presencia de Lee Marvin en un pequeño papel secundario, donde ya apuntaba maneras.

Fiebre de venganza se deja ver como mero pasatiempo, pero sin duda es una de esas películas que podemos pasar por alto sin miedo. Solamente la presencia de Raoul Walsh puede justificar su visión, más como una curiosidad de su filmografía que por el valor intrínseco de ella misma.

domingo, 19 de febrero de 2012

El juramento



El juramento (Sean Penn, 2001) es una nueva adaptación al cine de la novela de Friedrich Dürrenmatt, que ya había servido a Ladislao Vajda para hacer El cebo en 1958. Con un tratamiento muy personal por parte de Penn, la película se queda, desgraciadamente, en tierra de nadie.

El día de su jubilación, Jerry Black (Jack Nicholson), un detective de homicidios de Nevada, decide participar en la investigación de un terrible asesinato de una niña de ocho años. Cuando acude a comunicarle a los padres la noticia, Jerry, conmovido por el dolor de ambos, jura que no dejará el caso hasta dar con el asesino.

Puede que se trate de una manía mía, pero no me suelen gustar nada esas películas en las que el director parece empeñado en que su trabajo no pase desapercibido por nada del mundo. Y Sean Penn parece pretender algo así en este caso. Puede que en busca de originalidad ante un argumento que ya había sido llevado a la pantalla, o por otras razones, el caso es que si algo destaca a primera vista en El juramento es el trabajo tan personal de Penn a los mandos. Y el problema final es que la forma acaba por pesar más que el contenido y no solo no está a su servicio, sino que termina comiéndose el argumento. Tal vez no sea solamente culpa de este detallismo exagerado y esta personalización a ultranza de su labor de dirección, puede que también sea culpa de que el argumento se aleja de lo importante y no desvela las claves imprescindibles de la historia y los personajes, pero el caso es que el resultado final es una película fría que no termina de conquistarnos. Añadamos algunas caídas importantes en el ritmo y la sensación, muy a menudo, de que la película cuenta con demasiados momentos que parecen mero relleno.

Para empezar, el argumento en sí está cargado de elementos demasiado vistos con anterioridad: el policía soltero a punto de retirarse, los compañeros de Jerry negligentes en su trabajo, la camarera que compartirá soledad y cama con él, el caso de los asesinatos de niñas que termina siendo un asunto personal..., y en realidad es que ese planteamiento no resulta muy convincente, sobre todo la típica historia de amor, que ni es creíble ni tampoco parece encajar con el resto del film y que parece más bien una concesión innecesaria.

En segundo lugar, la película, que arranca como un thriller más o menos interesante, se va encaminando lentamente hacia el drama personal de los protagonistas, pero sin terminar de centrarse verdaderamente en ello. Así, fracasa como thriller, porque la investigación se queda pronto en un segundo plano y, cuando se vuelve al tema, Penn lo hace a base de trampas y medias verdades que lo único que parece es que sean trucos baratos para estirar un argumento al que no se le ha prestado demasiada importancia. Y fracasa también como drama porque el director se olvida de ahondar en el alma del protagonista de modo que, al final, nos sentimos casi tan perdidos como Jerry Black, pues no hemos podido conocerlo verdaderamente a lo largo de toda la película. Podemos pensar que es un viejo amargado, un borracho, un fracasado... pero el caso es que sentimos que Sean Penn no ha sabido adentrarse en la mente y el corazón del protagonista.

Lo mejor de El juramento sin duda es el reparto y eso que Jack Nicholson no termina de convencerme. Es cierto que está realmente comedido en su actuación y se deja en casa los tics habituales, pero no consigo empatizar con él y no todo el problema reside en la vaguedad con que está dibujado su personaje. Por contra, la película está salpicada de breves pero muy buenas apariciones de actores semi olvidados que, sin embargo, demuestran todo lo que valen, como Benicio del Toro, Harry Dean Stanton, Mickey Rourke, perfecto, o Vanessa Redgrave, verdaderamente soberbia en su brevísima aparición.

Sin duda, el planteamiento inicial de El juramento podía ser acertado: un tratamiento especial y personal de un argumento muy visto ya. Pero el caso es que Penn se deja llevar en exceso por las formas y termina por desfigurar la historia hasta dejarla en algo meramente superficial y sin vida propia. En este tipo de historias es básico llegar al fondo, enganchar al espectador. Por desgracia, todo eso se ha quedado en el tintero.

lunes, 13 de febrero de 2012

El enemigo público



James Cagney prefería los papeles de bailarín, que era su sueño de juventud. Sin embargo, para la mayoría del público, siempre será recordado por sus papeles de gangster, donde creó un personaje inimitable a lo largo de sus muchas películas dentro del género. En El enemigo público (William A. Wellman, 1931) tenemos una de sus primeras grandes encarnaciones de un rufián duro y desalmado.

Tom Powers (James Cagney) ha sido desde siempre un niño travieso. En compañía de su inseparable amigo Matt Doyle (Edward Woods), Tom ha ido de fechoría en fechoría hasta convertirse en un delicuente en plena adolescencia. Pero será con la entrada en vigor de la Ley Seca cuando Tom y Matt empiecen a prosperar en el mundo del crimen.

El enemigo público forma, junto a Hampa dorada (Mervyn LeRoy, 1931) y Scarface, el terror del hampa (Howard Hawks y Richard Rosson, 1932), la trilogía mítica de los años treinta del género, fuente en la que beberían los grandes títulos posteriores. En realidad, bien mirada, se trata de una cinta de corte social, pues lo que se cuenta era lo que estaba pasando en esos momentos en la sociedad americana de la época. De hecho, la película cuenta en realidad la historia de Dean O´Bannon y Jimmie Weiss, dos gangsters de origen irlandés a los que liquidó Al Capone en su lucha por el poder. La Warner Brothers obligó a que los nombres se cambiaran para evitar referencias directas a esos sucesos contemporáneos.

Es cierto que el film no ha envejecido muy bien, en parte por su mensaje moral, patente en la advertencia del comienzo y en la sentencia final. Se debe a la norma del momento, que prohibía mostrar a los gangsters como si fuesen héroes y obligaba, por contra, a un final ejemplarizante. Otra de las imposiciones de la moral de ese momento es que no se podían mostrar abiertamente los asesinatos en la pantalla. Ello, no obstante, creo que no perjudica para nada a la película. Al contrario, pienso que ello obligaba a unas elipsis de lo más elegantes y mucho más sugerentes que lo que se hizo posteriormente, hasta llegar al mal gusto actual por recrearse en lo morboso y lo sangriento, a menudo de manera gratuita.

Pero si algo hay que destacar por encima de todo en El enemigo público es la interpretación de James Cagney en el papel que lo lanzaría al estrellato. Puede que en otro actor sus gestos exagerados y su chulería remarcada no habrían resultado convincentes. Pero Cagney consigue que esos tics y esos desplantes resulten cautivadores y le den el toque definitivo a su personaje. James Cagney llena la pantalla, ensombrece al resto de actores, salvo a la maravillosa Jean Harlow por supuesto, y consigue que su personaje trascienda el papel para convertirlo en un ícono que queda ya como prototipo del mafioso sin escrúpulos. Es, en cierto modo, comparable a lo que supuso la interpretación de Marlon Brando dando vida a un poderoso Vito Corleone en El Padrino (Francis Ford Copolla, 1972).

Solo Jean Harlow parece estar a la altura de James Cagney. En principio, el papel de Gwen iba a interpretarlo Louise Brooks, pero lo rechazó. Ello supuso el comienzo de su declive mientras que la Harlow empezaba su ascenso al estrellato. Jean Harlow demuestra aquí su poderoso atractivo. Su presencia está cargada de erotismo y explica el porqué de su encumbramiento como uno de los más poderosos mitos eróticos del cine, equiparable a la mismísima Marilyn Monroe.

Pero El enemigo público es también una historia vigorosa, muy bien dirigida por Williams A. Wellman. Éste se centra en lo básico y no se entretiene en nada que no ayude a la acción y al desarrollo de la historia. Cuenta también con muy buenos encuadres, un ritmo sin fallos y algunas secuencias memorables, que se han convertido en clásicas, como cuando Cagney estampa un pomelo en el rostro de Mae Clark, lo cuál no gustó demasiado a algunos sectores del público femenino de la época; la escena en que Tom y Matt son tiroteados o cuando ambos esperan a Putty Nose (Murray Kinnell) para ajustarle las cuentas o también la escena final, realmente soberbia.

Es cierto que en algunas escenas los decorados no están muy logrados, pecando de demasiado austeros. También es verdad que el discurso narrativo sufre algunos saltos no del todo bien conseguidos, fruto del momento en que se rodó; pero ello no quita para que estemos ante un  film con una muy fuerte personalidad, tremendamente violento para los canones de aquellos años y que ha servido de modelo a toda una serie de films posteriores.

miércoles, 8 de febrero de 2012

El fantasma de Canterville



Me sucede que la sola presencia de Charles Laughton es más que suficiente para que me interese por una película, aunque esta sea El fantasma de Canterville (Jules Dassin, 1944), una comedia entretenida pero a la que el paso del tiempo le ha sentado un poco mal.

En 1644, Lord Caterville (Reginald Owen) empareda a su hijo Simon (Charles Laughton) por haber desonrado el apellido de la familia con un acto de cobardía y lo condena además a vagar por el castillo como un fantasma hasta que un miembro de la familia realice en su nombre un acto heróico. Trescientos años después, durante la Segunda Guerra Mundial, una compañía de soldados norteamericanos se instala en el castillo.

Basada libremente en la obra de Oscar Wilde, El fantasma de Canterville no pasa de ser un pequeño divertimento, un cuento si se quiere, bastante sencillito, tanto en cuanto a argumento como a desarrollo y comicidad. Además, no está libre de cierta noñería, tal vez por el desgaste que suponen los años transcurridos, que no le hacen nigún favor a un relato ya de por sí bastante esterotipado y algo cursi.  El problema no es de Jules Dassin, que resuelve su trabajo con cierta eficacia, sino de un guión muy cortito y que no da lugar para demasiadas florituras.

Pero, como decíamos al principio, cuenta con la presencia de Charles Laughton y ello es más que suficiente. Laughton es, desde mi punto de vista, uno de los mejores actores de la historia y, haga el papel que haga, aunque sea, como en este caso, un personaje algo ridículo, su actuación termina por eclipsar todos los defectos del personaje. Además, cuenta con dos compañeros de reparto maravillosos. Por un lado tenemos a Robert Young como Cuffy Williams, el descentiente americano de la familia Canterville, y pienso que el papel se va como anillo al dedo. Apuesto y bien plantado, irradia sin embargo encanto y ternura en sus escenas con la pequeña Lady Jessica Canterville, interpretada por la hermosa y dulce Margaret O´Brien, una de las mejores actrices infantiles de la historia, ganadora del Premio Juvenil de la Academia por su papel en Cita en San Luis (Vicente Minnelli, 1944) e inovidable como Beth March en Mujercitas (Mervyn LeRoy, 1949).  Es verdad que su personaje es algo repipi, pero pensemos que encarna a una niña de la nobleza inglesa de mediados del siglo XX, lo cuál justifica en parte su papel. Pero salvando ese detalle, Margaret O´Brien demuestra sus enormes dotes de actriz a tan corta edad, tenía siete años cuando rodó la película, y le da a su personaje muchísima simpatía y dulzura.

La película no está exenta de algunos toques de americanismo un tanto empalagosos, como la exaltación de sus bailes, su supuesta modernidad y que tenga que ser un Canterville nacido en Estados Unidos el que salve el honor de la familia. Tampoco es un dechado de comicidad. La mayor parte de las bromas resultan demasiado infantiles y bastante predecibles, así como algunos personajes secundarios que rozan niveles muy elementales de inteligencia.

A pesar de estos defectos, en general es una película entretenida, con algunos momentos ciertamente logrados, como la conversacion de la pequeña Jessica cuando conoce al fantasma y le pierde el miedo, por ejemplo. Se trata pues de una de esas pequeñas obras amables, para disfrutar en familia y sin buscarle demasiadas vueltas, porque no las tiene.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Marathon Man



Con guión del mismísimo William Goldman, el autor de la novela homónima en que está inspirada la película, Marathon Man (John Schlesinger, 1976) es un apasionante thriller con una muy interesante intriga y un reparto de auténtico lujo. Gran éxito en su momento, sigue siendo un film muy sólido que no ha perdido nada de su encanto ni de su fuerza.

Thomas "Babe" Levy (Dustin Hoffman) es un universitario que está preparando el doctorado en la universidad de Columbia y en su tiempo libre entrena para correr maratones. Un día conoce Elsa (Marthe Keller), una hermosa chica con la que inicia un romance. Sin embargo, el hermano mayor de Thomas, Doc (Roy Scheider), dedicado según dice al negocio del petróleo, descubre que Elsa le ha contado una sarta de mentiras a Thomas acerca de si misma.

Siete años después de la maravillosa Cowboy de medianoche (1969), John Schlesinger vuelve a contar de nuevo con Dustin Hoffman para esta apasionante película. Marathon Man nos sumerge en una intriga ciertamente oscura, y de la que apenas sabemos nada durante más de una hora de metraje, que tiene que ver con los nazis refugiados en Sudamérica y el Holocasto judío. Pero en realidad la trama casi carece de interés, y no porque no sea importante o no esté bien planificada, sino porque Schlesinger consigue crear un ambiente de tensión y de misterio tan subyugante que, en cuanto comienza la acción nos sumergimos en una sucesión de escenas cargadas de peligros y amenazas, sencillamente nos olvidamos de los porqués para sucumbir a una realidad que nos corta el aliento.

El mérito del director es tremendo, pues algo que siempre analizamos con lupa en este tipo de planteamientos es la verosimilitud de la historia. Pero aquí, como decía, se queda en un segundo plano ante la tensión que Schlesinger sabe crear desde los primeros minutos. Luego, cuando vamos descubriendo los misterios y las claves de la intriga comprobamos que encajan de manera lógica, pero seguimos valorándola como algo de relativa importancia, porque lo que de verdad cuenta es la maravillosa historia de engaños, muertes y torturas en que se ve mezclado un inocente estudiante engañado por todos.

Uno de los grandes aciertos de la película es que, aún tratando unos hechos excepcionales, tenemos la sensación de que estamos asistiendo a algo verídico. Y ello es así porque no se nos cuenta una historia típicamente cinematográfica, con su introducción, un desarrollo más o menos al uso y el desenlace felíz. La película cuenta con un guión sumamente rico, original y sobre todo nada predecible. El argumento puebla la historia de detalles, como el pasado del protagonista, de modo que tenemos un escenario completo, sin limitarse a lo evidente. Los giros de la trama, además, nos sorprenden contínuamente, pero sin que nos sintamos engañados como es demasiado habitual en muchas películas del género, que deben recurrir a la torpe manipulación a falta de un buen guión.  En este caso, el guión no nos miente, porque es muy bueno y no lo necesita; sólo nos va revelando las cosas a su debido tiempo y dejándonos por el camino completamente desconcertados, como con la muerte de Doc o el doble juego de Janeway (William Devane), hasta que sentimos casi la misma indefensión que Thomas.

John Schlesinger tiene además otro mérito indiscutible: maneja la cámara de un modo prodigioso, al servicio absoluto de la historia: utiliza muy hábilmente los primeros planos de objetos y rostros o la música para potenciar la tensión; sabe construir las escenas con pasmosa perfección y eficacia, como la de la lucha de Doc con el oriental en el hotel, enriquecida con el vecino que la observa impotente, o la escena de la mujer que reconoce al asesino nazi sin que nadie le haga caso; además, utiliza la cámara como un instrumento narrativo más, una cualidad que por desgracia no suele darse muy a menudo. También encuentra el momento para recrearse estéticamente, pero sin resultar supérfluo o pedante, en escenas de una gran belleza, como la escena del pasillo del aeropuerto, con el rojo y el blanco dominantes, de manera muy pictórica, o la maravillosa escena dentro de la ópera e incluso de nuevo con el rojo y el blanco en la fuente en que hieren a Doc. Mérito también sin duda de la fotografía de Conrad Hall, responsable también de la misma en Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969), por ejemplo.

Frente a otros directores acaparadores de mayor protagonismo, el trabajo aquí de Schlesinger, a pesar de ser muy personal, está siempre al servicio de la historia, sin desviar la atención de lo que verdaderamente importa.

Y después tenemos un reparto excelente además. Dustin Hoffman es un actor que desborda naturalidad y resulta completamente creíble. La química con la hermosa Marthe Keller es total. Pero es que tenemos a un soberbio Laurence Olivier, nominado como mejor actor secundario, encarnando a un verdadero monstruo de manera perfecta. Olivier es un perfecto nazi, absolutamente creíble, frío, sin escrúpulos, avaricioso y también lleno de temores. Un malo de carne y hueso, sorprendente en todos los matices y con una interpretación asombrosamente perfecta. William Devane y Roy Scheider completan el reparto con dos muy buenos trabajos también.

Con el broche central de la tortura dental, que nos hace daño a todos los espectadores sólo con imaginarla, Marathon Man es una excelente película que consigue que la tensión traspase la pantalla y nos invadan los mismos miedos y los mismos sufrimientos que a su sorprendido protagonista. Imprescindible.