El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

sábado, 29 de mayo de 2010

Encuentros en la tercera fase


Una noche, Roy Neary (Richard Dreyfuss) es testigo de la presencia de ovnis. Intrigado y emocionado, corre a casa para despertar a su familia y contarles lo que le acaba de suceder. Es el comienzo de una obsesión que le irá enfrentando a su esposa, asustada por el cada vez más extraño comportamiento de Roy.

Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) vino a demostrar, por si quedaban dudas, el gran talento de su director y que un film como Tiburón (1975) no había sido fruto de la casualidad. Spielberg se sale de lo que venía siendo habitual en los films de ciencia ficción y nos presenta unos extraterrestres civilizados y pacíficos. En este sentido, la película muestra algunos aspectos que Spielberg desarrollará en E.T., el extraterreste en 1982, lo que nos habla del gusto del director por este tema y más si tenemos en cuenta que Encuentros en la tercera fase viene a ser una nueva versión de Firelight, película amateur que Spielberg hizo siendo adolescente. Pero en esta ocasión, a diferencia de E.T., el extraterrestre, el interés del director es presentar una película con aspecto de algo serio y hasta posible, remarcando los aspectos de ciencia en detrimento de la ficción.

La película es una demostración del dominio del medio por parte de un director que sólo contaba con 28 años cuando la dirigió, lo que habla a las claras del enorme talento de Spielberg. El sentido dramático, la manera de filmar, el ritmo, la puesta en escena, Spielberg domina todos estos recursos como si fuera un veterano y saca adelante una historia no demasiado vistosa, incluso se puede achacar una excesiva duración que lastra un poco la película, pero que en sus manos cobra vida y nos seduce con algunas escenas soberbias. Entre ellas, destacar el encuentro con las naves extraterrestres en lo alto de la montaña con el hipnótico sonido a modo de saludo creado por un inspirado John Williams. 

El film cuenta con la presencia del director francés François Truffaut en la piel de un científico que investiga los contactos con los extraterrestres. Destacar dentro del reparto el magnífico trabajo de Richard Dreyfuss, un buen actor con el aire de tipo de la calle y que ya había trabajo en Tiburón con Spielberg.

La película obtuvo ocho nominaciones a los Oscars, pero solamente se llevó el de la mejor fotografía.

viernes, 28 de mayo de 2010

El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey



El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey (2003) es la tercera y última entrega de esta saga de Peter Jackson.

Tras las dos magníficas películas precedentes, esta debía responder a la expectativas creadas y poner fin dignamente a tanto trabajo. Y la verdad es que lo logra recurriendo a las claves que reinan en toda la historia: espectáculo absoluto (fotografía, música, localizaciones, movimientos de cámara, efectos especiales, caracterizaciones), historia cautivadora, ritmo perfecto, batallas espectaculares y la dosis de reflexión sobre los grandes valores universales capaces de redimir al hombre.

El argumento sigue dividido, como en El Señor de los Anillos: Las dos torres, entre el camino de Frodo (Elijah Wood), Sam (Sean Astin) y Sméagol (Andy Serkis) hacia el Monte del Destino y el del resto de los compañeros, encabezados por Gandalf (Ian McKellen) y Aragorn (Viggo Mortensen), en la defensa de Gondor, hacia donde ha enviado sus ejércitos Sauron, el señor oscuro.

Para la posteridad quedará el sitio de Gondor, la bellísima fortaleza blanca, y el espectáculo grandioso de las catapultas, los elefantes y los Nazgûl y el fastuoso despligue de los ejércitos de ambos bandos. Al igual que en la entrega anterior, Jackson sacrifica la verosimilitud y nos ofrece algunas escenas absolutamente imposibles que, desde mi punto de vista, eran del todo innecesarias. También se aparta del relato de Tolkien en un momento dado, cuando Frodo despide enfadado a Sam. Si bien no desentona del todo, es algo que no termina de entenderse y que tampoco añade nada importante al desenlace, por lo que me parece que hubiera sido mejor ceñirse al relato original. De hecho, los pocos defectos que se le pueden encontrar a esta trilogía son en esos detalles en que el director se deja seducir por el espectáculo y se aparta del tono más profundo y más reflexivo de la obra de Tolkien. Y es que finalmente, la obra de Peter Jackson, espectacular y maravillosa, se orienta más hacia un cine de aventuras para todos los públicos y salvo pequeñas pinceladas, deja un tanto de lado la parte más profunda de la lucha entre el bien y el mal, mucho más presente en el libro.

A pesar de ello, el cierre de esta colosal empresa no defrauda y pone el broche de oro a uno de los proyectos más ambiciosos y más logrados de la historia del cine. Un hito que va a costar superar y que se equipara a films míticos como Ben-Hur o Lo que el viento se llevó.

La recompensa fue colosal: once Oscars de once nominaciones, que supusieron el reconocimiento absoluto a un trabajo impresionante y que sólo han conseguido en la historia Ben-Hur (1959) y Titanic (1997). Los Oscars fueron: mejor película, director, dirección artística, vestuario, montaje, maquillaje, banda sonora, canción ("Into de West" de Annie Lennox), sonido, efectos especiales y guión adaptado.

jueves, 27 de mayo de 2010

El Señor de los Anillos: Las dos torres


Segunda entrega de la trilogía de Jackson basada en el libro de Tolkien y que prosigue la historia donde la había dejado la primera entrega, El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo (2001), este film debe verse como una parte de un solo film cuya gran duración recomendaba su entrega en tres partes.

En El señor de los Anillos: Las dos torres (2002) la Compañía del Anillo se ha disuelto y debe seguir distintos derroteros y así el argumento se reparte entre Frodo (Elijah Wood) y su inseparable Sam (Sean Astin) que prosiguen el camino para destruir el Anillo y el resto de compañeros, salvo el desaparecido Gandalf (Ian McKellen), que van en busca de Merry (Dominic Monaghan) y Pippin (Billy Boyd), en poder de los orcos.

Esta segunda entrega es tal vez la más floja de la trilogía, al menos en el plano argumental, al encontrarse un poco en tierra de nadie: ni nos presenta a los personajes y la historia, con el efecto sorpresa que supone, ni nos ofrece el desenlace; por ello la emoción no es tan intensa como en las otras entregas. Sin embargo, Jackson lo compensa con alguna batalla asombrosa, como la del Abismo de Helm, quizá lo mejor de esta segunda parte, donde los efectos especiales brillan poderosamente. Además, el director consigue ir creando una tensión en aumento conforme se acerca la batalla hasta que, cuando las tropas de Sauron (un siempre inquietante Christopher Lee) sitian la fortaleza la emoción alcanza un nivel incontenible.

Dentro de la fidelidad al relato escrito con que el director había afrontado el proyecto, es una pena que se aparte por momentos y se deje llevar por el efectismo un tanto absurdo, planteado sin duda para aligerar la tensión pero que echa por tierra la verosimilitud que envuelve este relato fantástico. Algunos ejemplos de ésto los encontramos precisamente en la magnífica secuencia de la batalla en el Abismo de Helm, donde Jackson se permite algunos numeritos circenses poco afortunados (Legolas bajando las escaleras como si hiciera surf, saltos descomunales, disparos increíbles, ...).

Por suerte, son detalles mínimos. El tono general sigue con la grandiosidad de la primera entrega: paisajes bellísimos, una historia que no da tregua y de nuevo la lucha por la libertad, la camadería sin límites, el valor, la entereza y el sacrificio ensalzados al máximo y una aventura que sigue su marcha imparable hasta dejarnos a las puertas de la última entrega con el corazón en un puño.

En esta ocasión, la película obtuvo solamente dos Oscars (mejores efectos sonoros y visuales) de seis nominaciones en total. Pero quedaba la tercera parte y Peter Jackson se desquitaría sobradamente.

El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo


Primera entrega del ambicioso proyecto de Peter Jackson de llevar al cine la colosal novela de J.R.R. Tolkien; uno de los proyectos más grandes jamás llevados al cine. Rodada en Nueva Zelanda junto con las otras dos partes de la trilogía, con un presupuesto conjunto de trescientos millones de dólares, un equipo técnico impresionante y efectos especiales de lo más avanzados generados por ordenador, la tarea de Jackson era colosal: por un lado, una adaptación de una novela tan densa y llena de elfos, enanos, hobbits y toda otra suerte de criaturas fantásticas no era nada sencillo. Además, la legión de seguidores de Tolkien no habrían perdonado una adaptación mediocre. Pero Peter Jackson consiguió encandilar a todos los públicos con una obra absolutamente grandiosa.

El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo (2001) nos cuenta como un hobbit llamado Frodo Bolson (Elijah Wood) recibe un anillo de parte de su tío Bilbo Bolsón (Ian Holm). Pero no se trata de un anillo cualquiera, es nada menos que el Anillo Único, creado por el Señor Oscuro, Sauron, para dominar a todos los seres de la Tierra Media. Ayudado por el mago Gandalf (Ian McKellen) y otros hobbits de la Comarca, Frodo parte con la misión de destruir el Anillo.

Lo primero que hay que destacar es la estupenda puesta en escena de Peter Jackson. Aquellos que leyeron el libro de Tolkien pudieron disfrutar con unos personajes que sin duda eran tal cual se los podía haber imaginado. Por otro lado, el director ha sabido captar la épica de la novela y realiza una adaptación brillante en cuanto a ritmo, ambientación, intensidad y vistosidad. En este sentido, la película es realmente perfecta.

Es cierto que la base de la que parte Jackson es colosal, con una historia muy rica de la típica lucha entre el bien y el mal, con un reflexión muy acertada sobre la fuerza corrosiva del poder. Pero a Peter Jackson hay que reconocerle el mérito de haber sabido combinar de manera perfecta el tono de aventura (que nos acerca a aquellos soberbios films clásicos, como Ivanhoe o El halcón y la flecha) con la reflexión sobre la corrupción.

Tanto el reparto, realmente uno de los grandes aciertos del film, como la dirección, con unas escenas de lucha magníficas, paisajes sobrecogedores y un ritmo que no decae durante los 178 minutos que dura el film, como la excepcional banda sonora (Howard Shore) completan un espectáculo maravilloso.

La película fue nominada al Oscar en trece apartados, ganando finalmente cuatro estatuillas: mejor fotografía, banda sonora original, maquillaje y efectos visuales.

Si bien la trilogía de Peter Jackson debe verse como un todo, esta primera entrega es mi preferida. Por la novedad de descubrir el universo de Tolkien en imágenes por primera vez; por la parte de la historia que trata, cuando todo comienza: las alianzas, los encuentros, los peligros y no se vislumbra el final del camino y todo está aún por descubrir y por ser la parte más fiel a la novela y al espíritu de la misma.

miércoles, 26 de mayo de 2010

39 escalones



Dirección: Alfred Hitchcock.
Guión:Charles Bennett, Ian Hay, Alma Reville (Novela: John Buchan).
Música: Hubert Bath, Jack Beaver, Charles Williams.
Fotografía: Bernard Knowles (B&W).
Reparto: Robert Donat, Madeleine Carroll, Lucie Mannheim, Godfrey Tearle, Peggy Ashcroft, John Laurie, Helen Haye, Wylie Watson.

39 escalones (1935) supuso el culmen de toda la etapa británica de Alfred Hitchcock y a la vez inauguraba algunos elementos que desarrollaría en otras obras posteriores, como el inocente falsamente acusado de un crimen que no cometió (tema que repetirá en Falso culpable).

Richard Hannay (Robert Donat), un canadiense de vacaciones en Inglaterra, conoce por casualidad a una misteriosa mujer que le dice ser una espía a la que persiguen dos hombres y que será asesinada esa misma noche en su apartamento. Así, de manera involuntaria y fortuita, Hannay se verá perseguido por la policía, acusado de un crimen que no cometió, y en medio de una trama de espionaje que pretende robar un importante secreto militar.

Si bien la intriga, aún con algunos puntos un tanto inverosímiles, está tratada de manera muy eficaz y proyecta su sombra de peligro y misterio a lo largo de toda la película (el detalle del jefe de los espías sin una parte del dedo meñique es estupenda, así como el personaje de Mister Memory), lo que le da la verdadera categoría a 39 escalones es la historia de amor entre los protagonistas y como Hitchcock la complementa a la perfección con todo un entramado se situaciones y personajes secundarios. Tanto Robert Donat como Madeleine Carroll resultan tremendamente simpáticos. La actitud de ella al principio, denunciándolo, no sólo resulta lógica (a menudo, la chica se pone de inmediato del lado del desconocido, lo que no tiene demasiado sentido), sino que da más fuerza a la parte en que ambos deben compartir esposas. A la vez, el director, como él mismo reconocía, se esforzó en diseñar cada escena de la película lo mejor posible. Y el resultado se puede ver en algunos personajes ocasionales que acaban cumpliendo un papel fundamental para que 39 escalones resulte una film entrañable, divertido y apasionante. Por un lado, está el granjero desconfiado y avaro y su infeliz esposa; la escena en la casa, cuando la esposa descubre quién es Hannay al verle leer el periódico (mientras que el marido deduce una atracción entre ambos), es magnífica y demuestra el poder expresivo de la cámara sin necesidad de utilizar palabras. Otros personajes entrañables son también los dueños de la posada donde se alojan los protagonistas y como los toman por una pareja de enamorados a los que hay que ayudar.

Del mismo modo, el detalle del libro que salva la vida de Hannay al detener la bala que le disparan o el personaje antes citado de Mister Memory, que por un estricto deber profesional debe responder a la pregunta sobre los "39 escalones" aunque le cueste la vida, son ideas fantásticas que amueblan el argumento de forma muy eficaz y acaban por construir una historia que funciona de maravilla, tanto en el plano de la intriga como en de sentirnos muy próximos a los personajes y sus vicisitudes. Alfred Hitchcock utiliza lo que en inglés se llama "understatement", que consistente en tratar de manera ligera temas muy dramáticos, y que es lo que le gustaba a Hitchcock de John Buchan, en cuya obra se inspiró para escribir el guión.

Técnicamente, el film recuerda mucho la estética y el estilo del cine mudo, con muchas escenas de primeros planos, persecuciones o la ya citada de la granja, donde se prescinde del diálogo para dejar que sean las imágenes las que cuenten la escena.

El resultado de todo lo dicho es un magnífico film, que combina a la perfección la intriga, el humor y el romance. Una obra que merece situarla entre las cinco mejores del director.

martes, 25 de mayo de 2010

El seductor


John McBurney (Clint Eastwood) es un soldado yanki que ha sido herido en una escaramuza durante la Guerra de Secesión. Una niña (Pamelyn Ferdin) lo encuentra y lo lleva a la escuela para señoritas donde habita. Obligada en principio a entregarlo a los confederados como prisionero de guerra, pronto empiezan a nacer las dudas en la directora de la escuela (Geraldine Page) sobre si debería entregarlo o no.

A pesar de estar ambientada en los años de la Guerra Civil Americana, El seductor (Don Siegel, 1971) no es un western en el sentido estricto del término. Podría enmarcarse dentro de los dramas psicológicos con algunas dosis de cine de terror. En todo caso, se trata de una obra muy personal del director, inquietante y que nos cala hondo, dejándonos una extraña sensación de desasosiego al final.

Quizá uno de los rasgos más característicos es que en la película no hay ni un sólo personaje que pudiéramos decir que es bueno. La visión que se ofrece del ser humano es bastante sombría, de ahí ese malestar que nos invade al final de la cinta. Siegel, además, sabe muy bien como manejar nuestros sentimientos y va llevándonos en un recorrido por el alma humana que nos desconcierta a cada paso. Primero, sentimos compasión por el soldado herido y una tremenda simpatía y afecto por la niña que lo salva y se enamora de él. Pero pronto el soldado empieza a mostrarnos su verdadero rostro: mentiroso, manipulador y falso. Nuestras simpatías se van ahora al lado de las mujeres que lo acogen, a pesar de la frialdad de la directora. Sin embargo, un nuevo giro y se empiezan a desatar los celos, las pasiones reprimidas, las manipulaciones de las mujeres alteradas por la presencia de un hombre en su casa.

Un gran acierto también es el perfecto reparto encabezado por Clint Eastwood, habitual en los films del director, y que hace un papel perfecto de embaucador cínico que, sin embargo, será devorado por quién menos espera. Las mujeres, empezando por Geraldine Page, con una mirada que asusta, y siguiendo por la temerosa profesora (Elizabeth Hartman) o la ardiente adolescente Jo Ann Harris, hasta llegar a la pequeña Pamelyn Ferdin, quizá el más inquietante de los personajes de la película, con esa mezcla de inocencia, maldad e irresponsabilidad, están todas ellas geniales en su papel.

El seductor no está exenta de fallos, quizá el más notable sea una puesta en escena algo artificiosa y con ciertos detalles muy del gusto de aquella época, que no son del todo necesarios o eficaces. Pero salvando estos detalles, es un film muy denso, con múltiples lecturas y un acercamiento muy directo a las miserias del alma humana, arrastrada por las más elementales pasiones y necesidades en situaciones extremas. Otro de los aciertos del director es como envuelve toda la maldad del mundo bajo un manto de cortesía, buenos modales y refinamiento que nos hiela la sangre. La escena final es el mejor ejemplo de ello, con la charla insustancial de esas bellas y educadas señoritas del Sur mientras dan pasaporte al cuerpo del seductor, una escena filmada con maestría y que nos pone los pelos de punta. Es el punto y final de una de las películas más inquietantes que he visto.

Despierto



Despierto (Joby Harold, 2007) es un film mentiroso, una trampa desde el mismo comienzo. Hay dos maneras de hacer un thriller, o una película en general, una es la más complicada, la que obliga a estrujarse los sesos; la otra es la que Joby Harold utiliza aquí.

Parece ser que la idea del film se le ocurrió al director durante un cólico nefrítico. De su puño y letra es pues este guión un tanto macabro y bastante enrevesado. Clay Beresford (Hayden Christensen) es un joven millonario con un problema de corazón que le obliga a someterse a un trasplante. Antes de ello, decide casarse con su novia Sam (Jessica Alba), pese a la firme oposición de su madre (Lena Olin), una mujer muy protectora de su hijo. Durante la operación, Clay experimentará un fenómeno extraño, que le hace ser consciente de todo lo que le está pasando en el quirófano.

Como apuntaba antes, el principal problema de Despierto es que juega al engaño desde el principio de una manera escandalosa, sin disimulo. Nos presenta a los malos de la película como una especie de ángeles celestiales y, a la inversa, la que a la postre es la buena (la madre de Clay) comienza la película sombrando serias dudas sobre ella. Después, urdido el engaño, no queda más que ir alargando la historia hasta que se revela el pastel en el tramo final. Se espera, claro, que ello nos provoque una sacudida y nos quedemos perplejos ante nuestra propia ingenuidad. La verdad, lo único que se consigue es un film un tanto ramplón en sus tres cuartas partes que intenta levantar el vuelo en un final precipitado y sorprendente. Pero lo que sucede es que uno me siente engañado, eso es todo.

Hubiera sido mucho más eficaz, además de más honesto, desvelarlo todo desde el comienzo. Así, hubiéramos sufrido al ver como el protagonista se va metiendo en la boca del lobo y, al igual que en los cuentos de marionetas (esos sí que saben como implicar al público), hubiéramos deseado gritar advirtiéndole del peligro. Pero no, se opta por lo menos complicado y, también, por lo menos efectivo: la sorpresa final, el conejo saliendo de la chistera. Eso no es jugar limpio ni tampoco es muy inteligente.

Si a ello le añadimos unos actores sin demasiado carisma; unos personajes sin desarrollar lo más mínimo, lo cuál es un tremendo error, pues no conocemos a los personajes, no nos sentimos cercanos a ellos y como consecuencia de ello, no sentimos simpatía por Clay, por ejemplo, y por tanto, lo que le está sucediendo en el quirófano nos deja bastante indiferentes; seguimos con un argumento demasiado enrevesado por una parte y con un desenlace narrado con una frialdad absoluta y tenemos, al final, un film sin vida, distante y mentiroso que pasará sin pena ni gloria y se olvidará tan pronto se apague la pantalla.

lunes, 24 de mayo de 2010

Siete novias para siete hermanos


Parece ser que esta fue la primera película que vi en mi vida. Yo no lo recuerdo, claro está. Así que he tenido que verla de nuevo y en cierto modo, no me arrepiento. Siete novias para siete hermanos (Stanley Donen, 1954) es un film de otra época, casi podríamos decir que es de otra dimensión y, a pesar de todos sus defectos, hay que reconocerle sus innegables aciertos, por lo que ha quedado como uno de los musicales más conocidos de la historia del género.

El argumento es bastante sencillo. Adam Pontipee (Howard Keel) es un rudo leñador de las montañas orgulloso y arrogante que presume de lograr siempre lo que se propone. Un día, baja al pueblo dispuesto a encontrar esposa, lo que consigue en un tiempo récord. Lo que no le dice a su mujer Milly (Jane Powell) es que en su nuevo hogar tendrá que ocuparse de los seis hermanos solteros que viven allí.

Hoy en día, el argumento de Siete novias para siete hermanos podría ser causa de encarcelamiento para sus guionistas, que se basaron en la obra "The Sobbin' Women" de Stephen Vincent Benet, sobre el legendario episodio del rapto de las sabinas para entretejer el argumento. El tono general es de un machismo caduco y hasta ridículo, tanto que hasta a veces podemos pensar que en realidad se trata de una crítica de esa mentalidad cavernícola. El argumento es de una sencillez absoluta y resulta del todo predecible. Pero es que tampoco es algo que importe demasiado o, al menos, no reside en él la fuerza ni el interés de la película. Siete novias para siete hermanos es algo por el espectáculo visual y musical, un espectáculo de primer orden.

Los números musicales, algunos realmente formidables, son el punto fuerte de la película, que ganó su único Oscar por su banda sonora. Es verdad que las letras no son muy profundas ni demasiado trabajadas, pero la puesta en escena es asombrosa; algunas coreografías son sencillamente grandiosas y el ritmo de la película no decae jamás, algo curioso pues un problema con los musicales es que los números de baile y canto suelen cortar el desarrollo de la historia. Pero aquí ésto no sucede. Stanley Donen consigue que las interrupciones musicales tengan tanta fuerza que no suponen un estorbo al desarrollo del argumento, más bien le aportan una vitalidad contagiosa.

Quizá el mayor elogio que se le puede hacer al film es que, a pesar de su argumento, de sus ideas trasnochadas, de retratarnos un escenario a todas luces irrisorio, al poco de sentarnos a verla nos engancha de tal modo que nos quedamos hasta el final sin pestañear.

Qué bello es vivir


Obra cumbre del cine de Capra y su película favorita, así como de James Stewart, Qué bello es vivir (1946) es un maravilloso cuento navideño lleno de magia, de amor y de fe ciega en la bondad del ser humano que aún hoy en día no ha sido superado.

George Bailey (James Stewart) ha crecido en el pequeño pueblo de Bedford Falls soñando siempre con poder salir a ver mundo. Sin embargo, siempre ha habido algún imprevisto que le ha impedido cumplir su sueño. George es un buen hombre que ha intentado ayudar a sus vecinos oponiéndose siempre al avaro banquero local, señor Potter (Lionel Barrymore). Pero un día, en plenas fiestas navideñas, la pérdida de una importante suma de dinero deja a George a las puertas de la ruina y a merced de Potter. Desesperado, George decide que lo mejor para todos es que él se quite la vida y decide suicidarse tirándose de un puente.

El cine de Frank Capra es muy parecido en cuanto a planteamientos y mensaje. La idea suele ser la del triunfo de la bondad, la generosidad, la honradez y el amor frente a las fuerzas que pretenden destruirlos. Sus films son hermosos cuentos plenos de optimismo y de una ingenuidad asombrosa. Y a pesar de todo, son películas entrañables y conmovedoras, capaces como ninguna de ablandar el corazón más duro y sacar de nosotros los mejores sentimientos y deseos. Y en la cima de todas estas obras se encuentra Qué bello es vivir.

Se trata de uno de esos casos en que todo sale a pedir de boca, un film redondo de principio a fin. De entrada, la historia es sencilla pero tremendamente cercana a todos. ¿Quién no se preguntó alguna vez que habría pasado si en lugar de esto ...? Partiendo de esta pregunta, Capra alcanza la gloria con un cuento especialmente hermoso y unos personajes, absolutamente todos, perfectamente bien definidos. El talento de Capra está aquí en toda su plenitud, con pequeños detalles llenos de significado, con escenas cargadas de poesía y de ternura, con una sencillez a la hora de desarrollar el argumento que nos deja asombrados. Recuerdo especialmente la escena en que George recibe una bofetada por no haber cursado correctamente un pedido de su jefe o cuando su futura esposa se le declara hablándole por el oído dañado, ejemplos de la maestría de Capra para conmovernos con apenas un gesto. La película va creciendo en intensidad de manera prodigiosa hasta que, creyendo ya que no se puede llegar más alto, Capra nos brinda un final apoteósico que nos deja con el corazón rebosando de lágrimas y de felicidad al mismo tiempo.

Para ello, además de ese talento que poseía el director para contarnos una historia de manera que nos atara a la butaca como con pegamento, Capra reúne un reparto soberbio. James Stewart, en la tercera colaboración con Capra tras Vive como quieras (1938) y Caballero sin espada (1939), hace quizá el papel de su vida, aquél por el que será recordado para siempre y que le dejará el sello de hombre honrado y bueno por excelencia. Donna Reed encarna a la perfección a la esposa que todo hombre desearía tener: hermosa, dulce, comprensiva y enamorada hasta el fondo del alma de su esposo. Thomas Mitchel, un secundario de lujo, tiene una vez más una interpretación asombrosa, lo mismo que Lionel Barrymore, esta vez en un papel de malvado realmente odioso. Y no podemos imaginarnos a nadie mejor como ángel bondadoso y torpón que Henry Travers.

Qué bello es vivir obtuvo cinco nominaciones al Oscar (mejor película, director, actor principal para James Stewart, montaje y sonido. Sorprendentemente, se fue de vacío. La triunfadora fue Los mejores años de nuestra vida de William Wyler, una gran película también, pero que no ha logrado el reconocimiento general de Qué bello es vivir, una película que ha alcanzado la categoría de mito del cine. Un film clave en la historia y referencia incontestable.

domingo, 23 de mayo de 2010

Hard Rain


Interesante mezcla de cine de catástrofes y policíaco, Hard Rain (Mikael Salomon, 1997) es una de esas películas sin demasiadas pretensiones, tan sólo la de hacer pasar un rato entretenido y algo de tensión, dentro de unos cauces bastante normales. El argumento no depara demasiadas sorpresas: un robo que se complica a causa de unas inundaciones, un ladrón que no es tan malo como parecía y un policía corrupto que decide quedarse con el botín de tres millones de dólares en juego.

Sin embargo, Mikael Salomon consigue aportar algunos detalles que hacen que la película no caiga en lo banal y, a pesar de no presentar muchas novedades respecto a lo que suelen ofrecer este tipo de películas, el film resulta vistoso, entretenido y con algunos momentos interesantes.

En primer lugar, el unir el tema de unas colosales inundaciones con un robo aporta un plus a la historia y, sobre todo, un ambiente muy interesante: la lluvia constante, la falta de luz, los peligros del agua unidos a los de los ladrones crean una atmósfera muy particular e inquietante.

Por otra parte, Salomon se preocupa de ir desvelando detalles de algunos de los personajes que enriquece sin duda la trama al tiempo que la humaniza, con lo que se hace mucho más intensa al sentirnos más próximos a los protagonistas. A ello se une un reparto brillante, encabezado por Morgan Freeman, sobrio y creíble como siempre, Christian Slater y el magnífico Randy Quaid, un actor que me parece estupendo y que tiene algunos detalles que me hacen pensar en Orson Welles y sus malvados con ese toque tan suyo que los hacía en cierto modo simpáticos.

Otro de los aciertos del film es un ritmo trepidante, lleno de acción y que no da un minuto de respiro y, además, el guión no se limita a la típica sucesión de muertes más o menos predecibles de los malos. Aquí las muertes se suceden, claro está, pero de no de un modo sistemático o rutinario, incluso algunas de manera un tanto original. Tal vez es en el final donde el guión se muestra menos original y se recurre a un desenlace bastante típico, con sorpresita incluida del malo que parecía muerto y no lo estaba aún, que no se merecía la película. Además, las escenas de acción están muy bien filmadas, con lo el espectáculo resulta muy efectivo. Técnicamente es un film irreprochable.

Así pues, si no le pedimos mucho, Hard Rain es una película bien hecha, con ritmo y emoción suficientes para lograr hacernos pasar un buen momento. 

Jezabel


Julie Marsen (Betre Davis) es una joven de la alta sociedad sureña un tanto caprichosa y orgullosa. Está prometida con un banquero, Preston Dillard (Henry Fonda), que está muy enamorado de ella, si bien chocan contínuamente por los caprichos de ella. El colmo de los cuales es cuando Julie obliga a Preston a que la lleve a un reputado baile vestida de rojo, algo impensable para una señorita decente, que debía ir vestida de blanco. Preston la lleva al baile, pero acto seguido rompe con ella y se marcha al Norte. Cuando finalmente regrese al Sur, un año después, lo hará casado con una hermosa joven de Nueva York.

 Jezabel (William Wyler, 1938) es un drama de los antes, intenso y apasionado, trágico y exquisito. Recuerda inevitablemente a Lo que el viento se llevó, pues ambos se desarrollan en el Sur con el tema de la Guerra de Secesión en el aire. Naturalmente, Wyler no consigue la grandiosidad ni la épica de la película de Victor Fleming, algo realmente imposible de lograr. Pero sí que realiza un retrato muy interesante de una mujer de carácter, terriblemente manipuladora, y al tiempo que no resigna al papel sumiso que una sociedad anquilosada en las tradiciones le impone, interpretada de manera colosal por Bette Davis, que borda el papel y obtiene un merecido Oscar por su excelente trabajo. El otro premio de la película fue para Fay Bainter como mejor actriz secundaria.

Wyler también ofrece una visión muy crítica de la sociedad sureña, con unos códigos del honor desfasados y absurdos y que ha perdido el tren de la modernidad, como se pone de manifiesto con la inútil manera de combatir una epidemia a base de cañonazos.

Quizá el film peca de no desarrollar demasiado los personajes secundarios, que quedan en un muy segundo plano. Incluso el personaje de Henry Fonda palidece un poco al compararlo con el de Bette Davis, que éste sí que está elaborado a conciencia. En cambio, la puesta en escena es espectacular, en especial el vestuario.

Wyler, eso sí, maneja la historia con maestría y nos sitúa un paso por delante de los acontecimientos, de manera que estamos expectantes esperando para ver cómo reaccionarán los protagonistas cuando descubran lo que nosotros ya sabemos. Esto es patente cuando Preston regresa del norte casado y Wyler tensa la situación hasta que Julie descubre la verdad. La escena, desde luego, es uno de los momentos cumbres de la cinta, con una interpretación genial de Bette Davis. Y el director también consigue rematar la película a lo grande, con un final abierto en que se deja a nuestra imaginación el desenlace definitivo.

sábado, 22 de mayo de 2010

Matar a un ruiseñor


Atticus Finch (Gregory Peck) es un abogado viudo de Alabama, padre de dos niños pequeños, que se encarga de la defensa de un negro acusado de violar a una joven blanca. Estamos en la época de la Gran Depresión y en el Sur racista e ignorante, por lo que la defensa de un hombre negro es una tarea complicada y muy mal vista por la comunidad blanca.

Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962) se basa en la novela de Harper Lee, ganadora del premio Pulitzer en 1961. Con esos mimbres, una parte importante del trabajo ya estaba hecha. Pero lograr una adaptación tan sobresaliente y conmovedora es mérito indiscutible de Robert Mulligan y del soberbio guión de Horton Foote, ganador del Oscar.

La historia se ve a través de los ojos de una niña, la hija pequeña de Atticus Finch, que ya de mayor recuerda una época de su infancia especialmente intensa. El personaje central de esos años es la figura de su padre, ejemplo de un hombre honrado e íntegro que trasmitirá esos valores a sus hijos.

La verdad es que Matar a un ruiseñor es una obra maravillosa, donde se tratan con delicadeza muchos temas cruciales, como la dignidad, el respeto, la crueldad, la mentira, el racismo, la ignorancia, ... Pero, sobre todo, el despertar a la vida de unos niños que tienen en su padre un modelo de persona íntegra y al que admiran con esa sencillez maravillosa de los niños.

El guión es un prodigio de trabajo bien hecho, con frases admirables y con una ternura y una sensibilidad realmente poéticas. Y se complementa a la perfección con una dirección magistral de Robert Mulligan, precisa, vigorosa y muy sobria. Una manera de dirigir bastante curiosa además, como en el caso del juicio y, en especial, cuando Atticus pronuncia el discurso final y donde Mulligan no muestra en ningún momento la reacción del jurado, sólo enfoca al abogado. Además, contamos también con una soberbia fotografía y una banda sonora maravillosa. Si a todo ésto le añadimos un excelente reparto, en especial Gregory Peck en estado de gracia, con un trabajo impresionante que le valió un merecido Oscar, y los niños, con unas interpretaciones de lo más naturales (Mary Badham fue nominada al Oscar), tenemos forzosamente que concluir que estamos ante un film grandioso dentro de su apariencia sencilla. La película también supuso el debut de Robert Duvall.

El film ganó un tercer Oscar por la dirección artística. Además, como curiosidad, añadir que el pequeño amigo de los hijos de Finch está inspirado en el mismísimo Truman Capote, amigo de Harper Lee, a la que contaba anécdotas de su infancia.

viernes, 21 de mayo de 2010

El nombre de la rosa



A una abadía benedictina italiana llega un monje franciscano, Guillermo de Baskerville (Sean Connery), acompañado por su joven discípulo Adso de Melk (Christian Slater), para participar en un encuentro que va a tener lugar entre miembros de esa orden y una delegación papal. Pero su llegada coincide con una muerte misteriosa en la abadía, por lo que el abad decide pedir ayuda a fray Guillermo, famoso por su inteligencia y perspicacia.

Adaptación de la famosísima novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa (Jean-Jacques Annaud, 1986) se beneficia del éxito de la novela y de su ingeniosa y muy bien elaborada intriga, que no sólo nos ofrece una serie de misteriosas muertes, al estilo de las novelas de Agatha Christie o de Arthur Conan Doyle (el protagonista parece rendir homenaje a Sherlock Holmes con su apellido Baskerville), sino que nos brinda una imagen bastante plausible de la vida en la Edad Media. Sin embargo, los problemas a los que se enfrentaba Jean-Jacques Annaud eran importantes.

Por un lado, plasmar en imágenes la novela no era sencillo. Esta tiene una riqueza asombrosa, con pasajes preciosos donde brilla la magnífica prosa de Eco y eso no es fácil de transformar en imágenes. Pero Annaud logra una puesta en escena casi perfecta, donde se recrea maravillosamente el ambiente de la novela. No sólo la abadía es perfecta, sino los monjes que la pueblan (prodigiosa la caracterización de los actores, sus ropas, sus imperfecciones, que logran un realismo absoluto), la puesta en escena, la fotografía, ... Sentimos hasta el frío que debía reinar en esos lugares. En este sentido, la atmósfera que Eco creaba en su novela está muy bien reflejada en imágenes.

Sin embargo, no todo es perfecto en la película. Por ejemplo, el tratamiento que se da aquí a las disputas teológicas (parte muy importante en la novela y uno de los aspectos más interesantes del relato) es muy superficial y hasta humorístico, sin que tenga mucha lógica, salvo la de aligerar un poco la trama meramente "policíaca". Algunos personajes tampoco son tratados con el rigor que merecen y la parte final, el desenlace, se aleja del todo de la novela para encaminarse a algo más peliculero y, por tanto, más endeble.

Estas críticas se deben, en gran parte, al hecho de haber leído la novela antes de ver el film. Entonces, me resulta inevitable la comparación y el decantarme por la primera. Y no por el hecho de que sea una obra escrita una y la otra una película, pues visualmente el film es soberbio, pero se toma algunas licencias argumentales que no le benefician y que tampoco aportan nada ni tienen una verdadera base sólida que las justifique.

El trabajo de los actores es perfecto, desde el primero al último. Sean Connery tiene un papel maravilloso y lo interpreta de manera sobresaliente. Lo mismo Slater o F. Murray Abraham o la inquietante interpretación de Michael Lonsdale en la piel del abad.

El nombre de la rosa es una película, por tanto, que sin alcanzar la excelencia de la novela de Umberto Eco, reúne una buena cantidad de aciertos (puesta en escena, fotografía, intriga, reparto, ...) que la convierten en un film que engancha desde el principio y no nos defrauda en ningún momento.

Julio César


Un grupo de conspiradores, encabezados por Bruto (James Mason) y Casio (John Gielgud), asesinan a Julio César (Louis Calhern) para evitar que su ambición acabe con la República. Una vez cometido el crimen, intentan convencer a Marco Antonio (Marlon Brando), fiel a César, para que se una a su causa.

Adaptación de la obra de William Shakespeare llevada a cabo por el propio director, Julio César (Joseph Leo Mankiewicz, 1953) no esconde su origen teatral, pero ello no es obstáculo para que Mankiewicz consiga una película llena de fuerza.

Por un lado, la adaptación es muy fiel al texto original y eso se plasma en una riqueza de los diálogos deslumbrante, barroca y certera. Hoy en día sería complicado construir un film sobre esta base, pero sin duda es  uno de los grandes aciertos de la película. Pero un elemento indispensable para que la riqueza expresiva del texto alcance todo su esplendor reside en el reparto que le de vida. Y aquí Mankiewicz vuelve a acertar de lleno. A sólidos actores de la talla de Gielgug o Calhern se unen James Mason, un prodigio de eficacia, y el colosal Marlon Brando, impresionante y poderosa presencia que llena la pantalla de una manera asombrosa.

Y si hay un momento cumbre en el film es precisamente el de los discursos de ambos, Bruto y Marco Antonio, ante el pueblo tras la muerte de César. Ejemplo de retórica, de manipulación y de cómo es relativamente sencillo embaucar al pueblo llano, ambos discursos son un prodigio y una muestra de la maestría de Shakespeare con la palabra. Pero el mejor de los dos es, naturalmente, el de Marlon Brando, ya no sólo por lo bien hilvanado del mismo y su retorcida manera de manipular a las gentes en su favor, sino por el despliegue interpretativo de Brando en una escena que por sí misma justifica el ver la película.

Por contra, las escenas de lucha no están tan bien filmadas. Mankiewicz era un maestro en los diálogos y en mostrarnos el alma humana a través de los mismos. Por ello esta película le va como anillo al dedo, salvo cuando tiene que filmar las batallas, donde procura ser lo más conciso posible.

Julio César es una de las mejores adaptaciones de Shakespeare llevadas al cine, porque consigue condensar el talento de los textos del dramaturgo con una sobria pero eficaz puesta en escena, donde el protagonismo recae de lleno en las interpretaciones de los actores y en la densidad de los problemas planteados (honor, ambición, lealtad, traición, ...).

Cadena perpetua



Dirección: Frank Darabont.
Guión: Frank Darabont (Relato: Stephen King).
Música: Thomas Newman.
Fotografía: Roger Deakins.
Reparto: Tim Robins, Morgan Freeman, Bob Gunton, James Whitmore, Gil Bellows, William Sadler, Mark Rolston, Clancy Brown, David Proval, Jeffrey DeMunn, Jude Ciccolella, Don McManus, Alfonso Freeman.

De nuevo estamos ante otra adaptación de una obra de Stephen King. Han sido muchas de ellas las que se han llevado al cine, sobre todo de terror. Pero este no es el caso ahora. Cadena perpetua (Frank Darabont, 1994) es una adaptación de otro tipo de relato, en concreto de uno titulado "Rita Hayworth y la redención de Shawshank", que nos cuenta como un empleado de banca, Andy Dufresne (Tim Robbins), es acusado y condenado por el asesinato de su esposa y su amante y encerrado en la prisión Shawshank de por vida. Allí conoce y se hace amigo de Red (Morgan Freeman), otro condenado que le ayudará a integrarse en la prisión. Pero será el talento de Andy en el terreno de las finanzas el que le haga ganarse el respeto de los guardias y hasta del director de la cárcel.

Cadena perpetua sorprendió el año de su estreno al conseguir siete nominaciones al Oscar. Al final, la vencedora ese año fue Forrest Gump y Cadena perpetua se fue de vació. Pero el paso de los años no ha hecho sino poner de relieve las grandes cualidades de esta obra, escrita y dirigida por un novato entonces, que se ha ido haciendo con un lugar de honor en el cine contemporáneo.

Sin duda, la historia representa una dura y certera crítica al sistema carcelario: a su crueldad, a la impunidad que reina entre sus muros, a la humillación constante. Está claro que los presos no son, habitualmente, como se presenta aquí a algunos. Pero tampoco resulta demasiado importante. Porque el verdadero tema de Cadena perpetua es la amistad y también la esperanza; es un cuento sobre la lucha por la vida del ser humano sometido a las más duras adversidades. De cómo siempre una persona puede conservar ciertos valores y ciertas aspiraciones y convertirlas en su tabla de salvación, frente al derrotista que parece rendirse antes de tiempo.

Un bonito mensaje, pero lo que le da a esta película sus galones, lo que la hace realmente hermosa y conmovedora son otras cosas. Por un lado, y esto es evidente, la magnífica interpretación de Tim Robbins, absolutamente colosal. A su lado, Morgan Freeman, sobresaliente como siempre y que es quién relata la historia con una voz en off que realza el relato y logra momentos verdaderamente emotivos. Junto al buen hacer de los actores, Frank Darabont dirige la película de una manera prodigiosa, a base de un ritmo lento, solemne, que nos permite recrearnos sin prisas en los diálogos (prodigiosos muchos de ellos), las miradas, los encuadres. Y, de pronto, nos regala además algunas escenas sorprendentes y muy hermosas. En especial, me gustaría recordar aquella en que Andy pone en el tocadiscos "Las bodas de Fígaro" para disfrute de todo el personal de la prisión. Es uno de los momentos más expresivos y hermosos de la película.

Sin duda, Cadena perpetua es una gran película, con un guión muy bien trabajado, que nos reconcilia con el buen cine de siempre, ese que intenta contarnos algo y que logra conmovernos en el intento.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Love Actually


Debut como director del guionista Richard Curtis, responsable de Cuatro bodas y un funeral o Notting Hill, por lo que la comedia romántica es un terreno en el que se maneja bien. En Love Actually (2003) también el guión es suyo. En este caso, no se trata de una historia, sino de diez, que se entremezclan, se cruzan o se rozan en los días previos a Navidad. El denominador común a todas: el amor como algo que está en todas partes y que puede surgir cuando uno menos lo piensa. Y lo curioso es que la película, con todos sus defectos y con todas las trivialidades que cuenta, consigue engancharnos y nos hace disfrutar. Estamos viéndola y nos resulta a veces cursi o irreal o poco original, pero hay algo que se impone a todo eso y nos agarra al asiento. Y al final, no lo lamentamos.

Para componer estas historias, diez en total, que forman Love Actually, Curtis dispone de un reparto absolutamente impresionante. Por la pantalla desfilan Hugh Grant, Liam Neeson, Colin Firth, Laura Linney, Emma Thompson, Keira Knightley, Rowan Atkinson (el director también trabajó en la serie de televisión Mr. Bean), etc. Hasta Claudia Schiffer tiene un pequeño papel.

Es evidente que ni todas las historias ni todos los actores resultan igual de eficaces. Algunas de las situaciones son bastante increíbles, como la interpretada por Hugh Grant, del todo imposible, y que se despacha con la bofetada a los norteamericanos, ridiculizados por un presidente mujeriego bastante impresentable. También resulta del todo improbable la aventura del ligón inglés en Estados Unidos. Sin embargo, esta historia nos da un poco la medida de la película: Curtis no trata de hacer un film coherente o lógico; tampoco de hacer un tratado sobre las relaciones sociales. La película sólo pretende sorprender y hacernos reír, aunque sea por medio de situaciones tan increíbles como la anteriormente citada. Y la gracia de esa historia reside, precisamente, en que es un sueño absurdo hecho realidad, como si pudiésemos encontrarnos en la calle una lámpara maravillosa con genio y todo.

En cuanto a los actores, en general todos están bastante bien, con algunos, como Emma Thompson, sobresalientes. Por contra, Keira Knightley me resultó bastante artificial en su manera de actuar, por ejemplo. Tampoco me gustaron las muecas de Alan Rickman (el marido de Emma Thompson en el film).

Pero para mí, el principal acierto de Curtis es lograr introducir aquí y allá, a lo largo de la película, pequeños dramas realmente conmovedores que rompen el tono de la cinta y nos llevan, por unos instantes, al terreno del drama y de la reflexión de manera magistral, sin exagerar las tintas, pero sin renunciar a mostrarnos el dolor del desamor o la soledad sin velos. La soledad de la estrella de la música y el reconocimiento a su amigo de siempre o la infidelidad que sufre Emma Thompson (la escena de la habitación con la maravillosa voz de Joni Mitchell es lo mejor de todo el film) nos muestran el lado más triste de toda historia de amor.

Y la alusión a Joni Mitchell nos lleva a mencionar la estupenda banda sonora, decididamente comercial y resultona, que acompaña maravillosamente el devenir del entramado de encuentros y desencuentros de la película.

Love Actually debe ser vista con cierta benevolencia, intentando dejar afuera nuestra más crítica actitud, para poder apreciar sin vergüenza las múltiples cualidades de una película divertida, tierna y que no pretende mucho más de lo que ofrece. Si conseguimos despojarnos de nuestras capas de cinismo, de recelo y de lógica, tendremos el placer de pasar un rato muy entretenido y de ofrecernos una pequeña dosis de optimismo.

martes, 18 de mayo de 2010

Los pájaros


Melanie (Tippi Hendren), una joven de la alta sociedad de San Francisco, conoce en una pajarería a un apuesto abogado, Mitch Brenner (Rod Taylor), que ha ido allí para comprar una pareja de periquitos para su hermana pequeña. Atraida por Mitch, Melanie decide comprar esos pájaros y llevarlos personalmente a Bodega Bay, un pequeño pueblo en la costa donde Brenner tiene una casa.

Los pájaros (1963) es un film original dentro de la filmografía de Alfred Hitchcock, ya que se trata de un film de terror, en cierto modo emparentado con Psicosis (1960). Parece que a partir de los años sesenta, el cine del director británico se hace más duro y algunas escenas de la película son bastante explícitas. Más tarde, por ejemplo en Frenesí (1972), seguirá con esa tendencia a mostrar imágenes bastante crudas.

Dentro de que se trata de un film particular, quizá lo mejor de Los pájaros se centre en dos aspectos: por un lado, no sabemos el porqué del comportamiento agresivo de los pájaros, no se da ninguna explicación y el film termina de manera inquietante, pues no parece que los pájaros vayan a deponer su actitud. El hecho de omitir dar una explicación a la violencia de las aves añade un plus de inquietud, el misterio incrementa el miedo, pues el no tener una explicación sobre un hecho hace que la imaginación se desborde.

El segundo gran acierto reside en la manera de ir graduando la amenaza de las aves, desde la escena de la pajarería, donde vemos a unos pájaros inofensivos y preciosos, hasta ir aumentando lentamente la presencia y la amenaza de los pájaros hasta los ataques más feroces: en la gasolinera del pueblo, a la salida de la escuela y a la casa de los Brenner. Hitchcock sabe como dosificar la tensión y crea algunas escenas memorables, como aquella en que los cuervos van posándose en el parque, al lado de la escuela.

También la banda sonora, con los sonidos y chirridos de los pájaros, es digna de mención, pues contribuye de manera admirable a crear angustia y miedo por medio de esos sonidos insistentes y frenéticos.

En el debe del film, el reparto. Tippi Hedren resulta bastante inexpresiva por momentos y la manía de filmarla con filtros, para suavizar el rostro, no es demasiado brillante, por el contraste que se establece con el resto de actores. Uno de los problemas del director en estos años era que ya no podía contar con los grandes actores clásicos, como James Stewart o Cary Grant. Y si bien Rod Taylor no está mal, carece del carisma de los anteriores.

De todos modos, Los Pájaros es una buena película; quizá no esté entre lo mejor del director, pero consigue su propósito con creces y ha marcado el camino para muchos films de terror posteriores.

Caballero sin espada


Jefferson Smith (James Stewart), un joven honrado e idealista, es propuesto para el cargo de senador por las gentes que dominan la política y la economía del estado, liderados por un implacable hombre de negocios, Jim Taylor (Edward Arnold). Estos hombres, aprovechándose de la ignorancia y la ingenuidad de Smith en asuntos políticos, planean sacar adelante con su apoyo un proyecto que en realidad esconde una estafa millonaria.

Caballero sin espada (1939) es un nuevo ejemplo del maravilloso talento de Frank Capra para crear una especie de cuento o fábula capaz de emocionarnos a pesar de todos los tópicos y simplicidades que puedan contener sus películas.

En este caso, los dardos van dirigidos en contra de la clase política corrupta, alejada de los sagrados principios que erigieron los padres fundadores de los Estados Unidos, y contra la manipulación de la verdad a manos de la prensa. Y de nuevo el defensor de las causas perdidas es un hombre sencillo, del campo, aún sin la contaminación de la vida urbana. Capra parece identificar la gran cuidad con todos los males al alejar al hombre de los valores que encarna la vida en contacto con la naturaleza.

El acierto del director es su gran talento para conseguir personalizar sus denuncias en un individuo concreto, logrando así implicarnos y conmovernos en la historia, que se aleja de lo abstracto y se vuelve cercana e intensa. Sabemos que lo que nos cuenta nos es más que una quimera; que el protagonista, por mucho que se tuerzan las cosas, acabará triunfando; que la realidad jamás es como sus películas. Y sin embargo, nos da lo mismo y nos creemos el cuento y lo vivimos y lo sufrimos al compás de los sudores y desfallecimientos de un colosal James Stewart, quizá el actor idóneo para este tipo de papeles. A su lado, algunos de los habituales de Capra, como el genial Edward Arnold, habitual villano de muchas de sus películas. Jean Arthur, Claude Rains y Thomas Mitchell, entre otros, completan un reparto soberbio.

Es verdad que Capra recarga las tintas en muchos aspectos, como la constante utilización de los niños a lo largo de la película y también de los ancianos, como en una escena muy emotiva a los pies de la estatua de Lincoln. También es verdad se nota el paso del tiempo. Pero por encima de cualquier defecto, lo maravilloso es que el cine de Capra posee tanta sinceridad y tanta convicción en su interior que no sabemos ni podemos resistirnos a permanecer bajo su encanto.  

lunes, 17 de mayo de 2010

Otoño en Nueva York



Otoño en Nueva York (Joan Chen, 2000) nos cuenta la relación entre un hombre maduro y mujeriego empedernido, Will Keane (Richard Gere), dueño de un restaurante de éxito en Nueva York, y una joven de 22 años, Charlotte Fielding (Winona Ryder). La atracción entre ambos es inmediata aunque Will, como es habitual en él, no desee implicarse demasiado y se tome al principio la relación como una más. Sin embargo, la pasión de Charlotte, su entrega y su sinceridad harán que Will sienta como se tambalean su manera de afrontar la relación y termine enamorándose de Charlotte.

Sin duda lo mejor de la película es una fotografía realmente soberbia que saca la mejor de las caras de la ciudad de Nueva York, en especial las imágenes de los parques y los árboles en otoño, con un colorido impresionante. La cámara de Joan Chen se recrea en el aspecto visual y el resultado es de una belleza deslumbrante.

En cambio, a nivel de argumento, la película no alcanza ni de lejos la belleza de las imágenes. El problema, a mi entender, reside en que el guión y los diálogos no alcanzan un nivel adecuado. Falta engranar mejor la historia, implicarse algo más para que los protagonistas nos calen algo más hondo. En parte, el problema es de unos diálogos de los que esperamos que nos sorprendan y nos seduzcan al igual que la fotografía y, sin embargo, vamos de decepción en decepción, salvo muy contadas ocasiones, y no terminan de conmovernos como pretende el drama que se relata. La historia transcurre sin sorpresas, demasiado previsible y con algunos momentos en que flojea la intensidad y el interés.

El otro inconveniente en que la película nos recuerda demasiado a Love Story (Arthur Hiller, 1970), con lo que ni la historia es muy original ni resiste un mínimo análisis comparativo. Donde en una había realmente emoción a raudales, en ésta nos quedamos con una factura impecable, una música sin el carisma de la de Love Story y un tratamiento demasiado frío y previsible.

Los protagonistas, si bien Richard Gere no termina de gustarme, están correctos, dentro del tono general de la película.

Una historia de amor, resumiendo, con ciertas pretensiones pero que no termina de convencer por los fallos de un guión superficial, sin sorpresas y muy limitado en cuanto a talento e ingenio.

jueves, 13 de mayo de 2010

Cautivo del deseo


Philip (Leslie Howard) es un estudiante de medicina que conocerá casualmente a una camarera llamada Mildred (Bette Davis), de la que se enamora perdidamente. Mildred, conocedora del poder que tiene sobre él, no dudará en aprovecharse de ello, pero sin dejar en ningún momento de tratarlo con desprecio. A pesar de intentar olvidarla varias veces, Philip seguirá atado a Mildred.

Cautivo del deseo (John Cromwell, 1934) está basada en la novela de Somerset Maugham "Servidumbre humana". Parece ser que Bette Davis, por entonces en los inicios de su carrera, peleó de lo lindo para hacerse con el papel de Mildred, por el que fue nominada al Oscar y que sería el empujón que necesitaba para lanzar su carrera. Su interpretación es muy buena y consigue expresarlo todo con unos primeros planos en que destaca su poderosa mirada y una media sonrisa entre pícara y malvada. A su lado, Leslie Howard, que por entonces ya era una estrella, parece más inexpresivo y por tanto menos convincente.

La película narra el drama de un amor no correspondido, a lo que se añade la maldad de la mujer para con el hombre que la adora. El tema es apasionante, pero el problema es que la película se muestra narrativamente deudora del cine mudo. El desarrollo no es fluido del todo y se producen transiciones de una escena a otra muy del estilo del cine mudo, que hacen avanzar la historia a veces a saltos y se pierden las escenas de transición que en teoría tendrían que descifrarnos las claves internas de los personajes; la cámara, como en el cine mudo, juega un papel fundamental a la hora de describir situaciones o sencillamente de narrar parte de la historia. Pero se echa de menos un mayor desarrollo de las situaciones clave de la película; lo mismo que de los propios personajes, que se muestran por sus actos, pero sin la suficiente profundización. El resultado es un film algo frío. El personaje de Philip se muestra demasiado pasivo y cuesta convencernos que una pasión abrasadora lo consume por dentro. Aquí juegan a partes iguales la interpretación tan comedida y ensimismada de Leslie Howard y que el guión no termina de descubrirnos del todo el alma de los personajes.

Con todo, se trata de un film interesante con algunos grandes momentos, y con el añadido de ver los comienzos de una grandísima actriz que ya demostraba entonces su gran capacidad interpretativa.

miércoles, 12 de mayo de 2010

American crime


Una joven aparece muerta en un lago. Para la policía local se trata de una muerte accidental. Sin embargo, la aparición de una cinta de vídeo en que la mujer muerta parece haber sido espiada, hace sospechar a unos periodistas de la televisión local que puede tratarse de un asesinato. Pronto aparecerán nuevas cintas y nuevas mujeres muertas.

American crime (Dan Mintz, 2004) es un curioso thriller donde el director intenta que una historia de crímenes cometidos, aparentemente, por un asesino en serie, es decir, un argumento no demasiado novedoso, cobre vida gracias a una manera original y personal de filmarla. Y el resultado es interesante y creo que acertado.

En primer lugar, Mintz escapa del relato lineal, sobre todo en la primera mitad de la película. Así, tenemos pequeños saltos en el tiempo y, lo que es más original, la historia de los crímenes la conocemos a través de lo que parece ser un programa de televisión llamado precisamente "American crime". Es como si estuviéramos viendo una emisión del programa dedicada a un psicópata que filma a sus víctimas en video. La ficción dentro de la ficción y el espectador obligado a hacer un pequeño esfuerzo extra para seguir el hilo de la historia. Pero el argumento, una vez que nos centramos en la original manera de estar contada la historia, se sigue bastante bien. La cámara, además, no permanece ajena y se muestra nerviosa, con primeros planos, desencuadres, al estilo del reportero de campo que filma sobre la marcha, como el cámara de la televisión privada que participa en la investigación. Sin embargo, los movimientos no resultan cansinos ni son excesivos; aportan dinamismo a la historia pero sin resultar mareantes.

El argumento está muy bien hilvanado y resulta en todo momento creíble. La tensión va creciendo de manera progresiva hasta el final que, sin resultar muy original, no defrauda en absoluto y culmina de manera acertada la historia.

También los actores resultan pieza fundamental para que la historia resulte creíble y nos enganche. Sin ser primeras figuras, consiguen dar una dosis muy grande de credibilidad a sus personajes.

Un film, en resumen, que sin contarnos nada nuevo, sí que ha sabido hacerlo de un modo original y eficaz, de manera que nos sintamos intrigados y participemos con intensidad de la historia y, además, sin recurrir para nada a lo macabro y a lo sangriento, lo cuál es también de agradecer.

El bar Coyote



Una joven, Violet Sanford (Piper Perabo), llega a Nueva York con la esperanza de triunfar en el mundo de la música. Para ganarse la vida, comienza a trabajar como camarera en el bar Coyote, local de moda dirigido con mano firme por Lil (María Bello) y atendido por hermosas chicas.

La verdad es que El bar Coyote (David McNally, 2000), como película, es una auténtica tontería. El guión es una mera disculpa para lo que de verdad importa: hacer un film resultón, enfocado sobre todo al público adolescente, al que se intenta seducir a base de una banda sonora tan pegadiza como superficial, unas chicas muy atractivas y unas coreografías tan espectaculares como falsas. Para que no falte de nada, se añade la típica historia de amor y ya tenemos montada la película y a esperar que la recaudación haga el resto.

El bar Coyote no tiene en realidad nada decente, salvo la puesta en escena, típica de videoclips, y sin embargo logró ponerse en el número 1 de taquilla en Estados Unidos. Lo cuál viene a demostrar que la fórmula de chicas ligeritas de ropa y rock and roll sigue funcionando.

No son buenos tiempos para el cine de autor, lo que se impone es el sexo, dentro de unos límites decentes, y la violencia. Para vender, no hay nada más seguro.

Los increíbles


Bob Parr, Mr Increíble, era uno de los mejores superhéroes. Sin embargo, presionados por la opinión pública, los superhéroes han tenido que cambiar de vida. Ahora trabaja como agente de seguros y lleva una vida normal al lado de su esposa (antigua superheroina también) y sus tres hijos. Sin embargo, Bob no es feliz con la vida que lleva y está deseando poder volver a la acción.

Nuevo éxito de la factoría Pixar, la empresa más dinámica y con más éxito en Hollywood. Tras Toy story, Bichos o Buscando a Nemo, decidieron probar algo nuevo y le dieron cancha a Brad Bird para que desarrollara su proyecto. El resultado es un film sorprendente y maravilloso, lleno de ritmo y con unos dibujos geniales pero que no se contenta con eso solamente, Los increíbles (2004) plantea también algunas reflexiones acerca del ser humano muy interesantes.

El éxito del film es saber contentar a todos los públicos. Bajo la apariencia de un producto para niños, la animación moderna ha sabido encontrar la manera de contentar al público adulto. Hoy en día, cualquier estreno de una película de dibujos ya no se ve como algo limitado a los niños. Y Los increíbles es quizá más un film de adultos que de niños. Éstos se divertirán, naturalmente, pues la historia rebosa acción y los dibujos son excelentes; pero la película, un homenaje a los años 50 con un delicioso estilo retro, está más enfocada al público adulto, con una reflexión sobre la crisis de los cuarenta, sobre lo aburrido de una vida rutinaria y gris y el deseo de evasión y de sentirse vivo del ser humano.

Un film, por lo tanto, altamente recomendable, muy divertido, lleno de alicientes y que nos hará pasar un gran rato.

martes, 11 de mayo de 2010

Frenesí

 


Dirección: Alfred Hitchcock.
Guión: Anthony Shaffer (Novela: Arthur La Bern).
Música: Ron Goodwin.
Fotografía: Gilbert Taylor.
Reparto: Jon Finch, Barry Foster, Alec McCowen, Anna Massey, Barbara Leigh-Hunt, Billie Whitelaw, Bernard Cribbins, Vivien Merchant, Jean Marsh, Michael Bates, Clive Swift.

Frenesí (1972) es la penúltima película de Hitchcock, rodada en Gran Bretaña veinte años después de haberse embarcado para Hollywood, donde alcanzaría la mayor popularidad de su carrera y filmaría sus mejores trabajos (con la excepción de 39 escalones, desde mi punto de vista una excelente película, mejor que muchas de las estadounidenses). 

Frenesí es la adaptación de una novela de Arthur La Bern, con el extraño título "Goodbye Piccadilly, Farewell Leicester Square", realizada por Anthony Shaffer, autor teatral. La intriga se simplifica bastante y la historia se centra en un maníaco sexual, Robert Rusk (Barry Foster), que se dedica a asesinar mujeres estrangulándolas con una corbata. Desgraciadamente para él, las sospechas van a recaer en el ex-marido de una de las mujeres estranguladas, Richard Blaney (Jon Finch), un hombre que se encuentra en horas bajas, al ser despedido del trabajo.

Hitchcock realiza en este film algunas modificaciones respecto a sus trabajos anteriores. Por un lado está el rodaje en Inglaterra, como señalaba al principio. Pero los más importantes son otros. En este caso, el director prescinde de estrellas y de sus típicas mujeres elegantes y refinadas. Los personajes de la película son gente de lo más normal, sin ningún refinamiento. Son camareros, vendedores del mercado, empleados de pequeños negocios. Y después, en la trama combina dos de los argumentos clásicos de sus obras: aquel en que seguimos los pasos del asesino (La sombra de una duda o Psicosis, por ejemplo) y el otro en que un inocente es acusado erróneamente (39 escalones o Con la muerte en los talones). Y uno de los grandes aciertos del guión es como combina ambas historias con mucha maestría. Al tiempo que tememos por el hombre inocente al que se le van cerrando las salidas, Hitchcock nos hace cómplices del asesino y con cierta dosis de mala uva. La larga secuencia del asesino en busca del alfiler de corbata consigue ponernos de su parte y estamos deseando, sin poder evitarlo, que consiga recuperarlo.

También el estilo del director ha cambiado. Liberado de la estricta censura de años pasado, Hitchcock se permite algunas escenas más explícitas y, decididamente, más sórdidas, como el estrangulamiento de la ex-esposa de Richard (Barbara Leigh-Hunt). Afortunadamente, Hitchcock no ha perdido el olfato y el siguiente asesinato ya no lo vemos, sino que adivinamos lo que está sucediendo mientras se aleja la cámara hacia la calle.

Lo que no faltan son los toques de humor tan típicos del director. En este caso, sus dardos se dirigen hacia la pedante y rebuscada cocina francesa, satirizada sin piedad y con tremendo sentido del humor, consiguiendo momentos memorables, como cuando la esposa del inspector de policía (aprendiz de cocina de altos vuelos) sugiere que éste invite al erróneamente acusado señor Blaney a una deliciosa comida que repare en parte la injusticia cometida con él. La respuesta del sufrido esposo viene a decir que después de lo que comió en la cárcel, podrá comer su comida.

Tal vez el único fallo de la película esté, como en muchos casos en la carrera de Hitchcock, en un reparto sin mucha garra. Los actores están más o menos correctos, pero carecen de carisma para emocionarnos verdaderamente.

Frenesí es una muy buena película, no al nivel de las grandes obras de Hitchcock, no tan conocida como sus películas clásicas, pero sí con suficientes buenas cualidades para ocupar un lugar más que respetable en la larga filmografía del director. 

Fargo


Fargo (1996) es una curiosa mezcla de comedia y cine policíaco con bastantes dosis de humor negro. Dirigida por los hermanos Coen (Joel y Ethan) nos cuenta el drama de un vendedor de coches que, acuciado por las deudas, decide planear el secuestro de su propia esposa para sacarle el dinero a su rico y antipático suegro. Para ello, contacta con dos delincuentes que llevarán a cabo el secuestro sin violencia. Sin embargo, las cosas van a torcerse de manera terrible.
La idea de partida no resulta, pues, muy original, pero sí la manera de ponerla en escena por los Coen. Procurando hacer de este guión una historia lo más real posible, nos dibujan unos personajes lo más cercanos a nosotros. Nada que ver los policias, por ejemplo, con lo que estamos acostumbrados a ver en el cine americano tradicional; nada hay en ellos que los haga atractivos, que sean un modelo a imitar, ni siquiera se nos presentan como un prodigio de inteligencia. La película muestra gente corriente, con sus miserias cotidianas, sus problemas iguales a los de cualquier mortal. 
Y ese vernos reflejados en parte en esos personajes es lo que da su fuerza a la historia, hace que nos sintamos más involucrados en ella, pues podría pasarle al vecino, al compañero de trabajo, ¡a nosotros mismos!.
Otro punto genial y sorprendente es reproducir el acento regional de manera totalmente intencionada para crear un hilarante y macabro contraste entre una manera de hablar cómica y la crueldad de los acontecimientos.
La fuerza y gran originalidad del guión le hizo merecedor del Oscar.
Para reforzar aún más todo ésto, los Coen recurren a actores poco conocidos, pero que están soberbios en sus papeles,con lo que la sensación de realismo es total. Patético resulta el vendedor de coches (William H. Macy, con una más que notable interpretación), un infeliz aplastado por la figura arrogante y triunfadora del suegro. La policía (Frances McDormand, esposa de Joel Coen) que llevará a cabo la investigación nos deja sorprendidos por su aparente patosidad y vulgaridad, del todo alejadas a lo que estábamos acostumbrados a ver. Su gran interpretación sería recompensada con un Oscar. Los dos matones son , para mí, los personajes más logrados de la película: de una crueldad sin escrúpulos, resultan tan repugnantes como patéticos (Peter Stormare y Steve Buscemi).

Por fin una película original, una historia sorprendente, a medio camino entre la comedia disparatada y el thriller más descarnado, que reconforta, divierte y sorprende. De lo mejorcito que han hecho los hermanos Coen.

La ventana indiscreta


Un fotógrafo (James Stewart) que se ha roto una pierna y debe permanecer en su apartamento hasta recuperarse. Por aburrimiento, se dedica a observar a sus vecinos. De pronto, comienza a sospechar que uno de ellos ha matado a su esposa y aunque nada parece confirmar sus sospechas, él insiste en su teoría y buscará la manera de demostrar que está en lo cierto.
La ventana indiscreta (1954), una de las obras cumbres de Hitchcock, es el retrato de un mirón, un curioso que se divierte fisgoneando la vida de los demás. ¡Como todos!, todos somos "voyeurs", es la naturaleza humana. Por eso entendemos tan bien al protagonista, nunca llegamos a censurarlo, pues inconscientemente nos damos cuenta que haríamos lo mismo. Por eso nos gusta la película, porque podemos espiar a través de los ojos de otra persona, sin remordimientos; porque James Stewart está representando al espectador. Lo que vemos del vecindario lo vemos a través de sus ojos.
Pero a parte de este retrato, Hitchcock nos cuenta otras muchas historias: una por cada ventana del patio, además de la propia historia que se desarrolla en el apartamento entre Jeff y su novia Lisa, un romance también cargado de tensión e incertidumbre. Y cada una va desarrollándose paralelamente a la central, lo que da una dimensión completa a la película. Sin estas pequeñas historias la película estaría vacía. Ya que sin duda, el punto fuerte de la película es un guión preciso, bien construido y muy rico en detalles y frases. Es un trabajo soberbio que da una base firme para que la habilidad narrativa de Hitchcock viaje sobre un terreno sólido.
Quizá una de las secuencias más hermosas y que explica perfectamente lo que Hitchcock quería que fuera el cine, su cine, es la del comienzo, cuando la cámara nos presenta al protagonista y su estado: se ve el patio, luego el rostro sudoroso de James Stewart, la pierna escayolada, una cámara de fotos rota y una foto de un accidente de coches de carreras. Sin una sola palabra ya sabemos que Stewart es fotógrafo, tuvo un accidente fotografiando una carrera de coches fruto del cuál se rompió una pierna; ¡ah! y estamos en verano. ¡Soberbio!. Se trata de usar las herramientas que el cine pone a su disposición, como es la imagen, para explicar la mayor cantidad posible de cosas sin tener que recurrir constantemente a la palabra. Lo que se ve se recuerda mejor que lo que se escucha en una película. Esto es cine es estado puro, que la imagen sea la que "cuente" por encima de todo, algo que se había logrado con el cine mudo pero que la aparición del sonido había atrofiado.
La ventana indiscreta tiene a su favor además un magnífico reparto. James Stewart es siempre una garantía. A su lado tenemos a una encantadora Grace Kelly, que llena la pantalla con su presencia de una manera portentosa. Su elegancia natural, su belleza, su glamour son del todo naturales, lo que cuadra a la perfección con su personaje. Tanto James Stewart como Grace Kelly desprenden un encanto especial. Es difícil imaginar el film con otros protagonistas. No me gustaría olvidarme de Thelma Ritter, la enfermera, que también está perfecta en su papel. 
Una película maravillosa, una lección de cine llena de intriga y de emoción. Pocas veces le quedó a Hitchcock un film tan redondo. Una obra de arte.

lunes, 10 de mayo de 2010

Amadeus


Amadeus (Milos Forman, 1984) es una de esas grandes películas que se han hecho un hueco en la historia del cine. Adaptación de una obra teatral de Peter Shafer, que hace el guión de la película, el film es un prodigio de ambientación, de puesta en escena, decorados suntuosos y el ejemplo de cómo debe hacerse una biografía original y poderosa de uno de los mayores artistas de la historia.
La película cuenta como un compositor, Salieri (F. Murray Abraham), que ha alcanzado cierto prestigio como músico en Viena, se ve desplazado por el talento de un jóven genio, Mozart (Tom Hulce). Salieri no podrá evitar sentir unos celos y una envidia hacia él cada vez más devastadores.
Quizá lo primero que tendríamos que resaltar es la meticulosa e impresionante recreación de la época, con un derroche de medios y un cuidado por los detalles exquisito. Algunas recreaciones de las representaciones de las óperas de Mozart son realmente impresionantes. Amadeus es, estéticamente, una obra grandiosa y sorprendente, de una belleza eexcepcional.

Pero el acierto de Milos Forman es que no se queda en la superficie. Si se hubiera limitado a una puesta en escena espectacular, hablaríamos quizá de una buena película simplemente. El acierto reside en que cuidado en las formas los sigue también con los personajes, que son retratados con meticulosidad y profundidad.
A pesar de la larga duración de la película (158 minutos en la versión original de 1984 y 180
en la versión de 2002 y DVD), Milos Forman consigue un ritmo preciso y una puesta en escena deslumbrante que nos permite disfrutar sin fatiga de esta maravillosa historia.
La banda sonora, compuesta por obras de Mozart principalmente, aunque también encontraremos en ella a Bach y Salieri, es deliciosa, como no podía ser de otra manera. Las escenas de Amadeus componiendo su "Requiem", enfermo, con "Lacrimosa" de fondo, son de una belleza sobrecogedora.

El reparto es soberbio. Tom Hulce nos trasmite toda la frivolidad, alegría de vivir e inconsciencia de su personaje, componiendo un Mozart infantil e insolente que llena de vida la pantalla; mientras que F. Murray Abraham, en el papel de su vida, está perfecto en su interpretación de un ser mediocre, amargado y corroído por los celos, aunque al mismo tiempo rendido al prodigioso talento de su rival, lo que lo sume en un mar de sentimientos encontrados. Al final, es Salieri, con su maldad tan cercana, tan humana, quién acaba siendo quizá mucho más protagonista que Amadeus.
Pero hay algo más en esta película. Un sutil juego que nos engaña. ¿De verdad estamos viendo la biografía de Mozart?, ¿era así realmente el compositor? Recordemos que Mozart nos es presentado por Salieri, un Salieri loco. Surge entonces, inevitable, la pregunta: ¿no estaremos conociendo a Mozart tal y como lo veía Salieri?, los celos de éste ¿no nos ofrecen una imagen deformada de su rival?, si así fuera es evidente que no sabríamos nada del verdadero Mozart.
Ahí queda la duda. 
La película ganó 8 Oscars de 11 nominaciones: película, director, vestuario, maquillaje, actor (F. Murray Abraham), decorados, sonido y guión. 

Los siete magníficos

Un pueblo mexicano de campesinos se encuentra a merced de una banda de forajidos. Sus habitantes no saben defenderse, por lo que deciden pedir ayuda a unos pistoleros profesionales.
Los siete magníficos (John Sturges, 1960), es un remake de Los siete samurais de Akira Kurosawa, que es infinitamente mejor que esta secuela. Con la conocida mentalidad mercantilista de los americanos, se trata de coger una soberbia película y convertirla en un éxito de taquilla. La fórmula para ello es sencilla, se buscan unos actores con gancho, un director con oficio, al blanco y negro de la original se lo remplaza por el color y se añade una banda sonora pegadiza (decir que la música de Elmer Berstein es lo más original de la película y ha contribuido a su fama). 

A poco que la analicemos, descubrimos unos personajes huecos, puros estereotipos totalmente prefabricados. Y ésto es el gran fallo de la película, pues el mismo argumento pero con seres de "carne y hueso" hacía de
Los siete samurais una obra entrañable y hermosa. Pero aquí se apuesta más por la acción, las frases y gestos para la galería (algunos ciertamente empalagosos) y el film se vuelve ramplón y previsible. Hasta en las muertes de los héroes se percibe una teatralidad exagerada. 

La elección de los actores, por otra parte, no deja de sorprenderme. Yul Brynner hasta puede llegar a despertar antipatía, de lo soso que es y lo pobre de su interpretación: acartonado y pedante, de pose en pose. Ni Robert Vaughn, ni Charles Bronson y ni Horst Buchholz resultan convincentes, con unas actuaciones  de lo más artificiosas. Sólo Eli Wallach parece estar algo inspirado en su papel de villano. 


En fin, quién no la viera puede prescindir de ella sin temor alguno. El western tiene, afortunadamente, otras películas que lo ennoblecen. 

El juego de Ripley




Película dirigida por Liliana Cavani en 2002, que saltó a la fama por Portero de noche (1974), basada en el personaje creado por Patricia Highsmith: Tom Ripley. En concreto es una adaptación de la tercera novela de la escritora con Ripley de protagonista.
Tom Ripley se dedica a la venta de obras de arte falsas cuando, para no ser descubierto, mata a un cliente y escapa a Italia. Pero el peligro aún no ha desaparecido. Entonces, Ripley decide involucrar a su vecino, enfermo de cáncer, a cambio de dinero, en el asesinato de dos personas más.
Contada de manera elegante, pero fríamente, por Liliana Cavani, El juego de Ripley falla a mi entender en el desarrollo de los personajes. Nos quedamos en la superficie, en sentimientos apenas esbozados, motivaciones adivinadas pero nunca bien explicadas.
Malkovich, un actor sobrio y eficaz, interpreta correctamente a un asesino refinado, culto e inteligente (quizá sea el actor perfecto para el papel), pero no es culpa suya la falta de profundidad del guión en la caracterización de los protagonistas. Poco entendemos de la compleja personalidad de Ripley, que queda tan escuetamente definido que lo percibimos incompleto.
Y este tratamiento superficial resta emoción al film, pues impide una mayor implicación en la historia; asistimos al drama como meros espectadores; algo indiferentes incluso a lo que les sucede a los protagonistas. Una lástima, pues el argumento y la propia personalidad del personaje creado por Patricia Highsmith daban para mucho más.
Nos quedamos así con las ganas, con la decepción de lo que podía haber sido y que se queda en una película formal, pero hueca.