El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 31 de enero de 2016

Super 8



Dirección: J. J. Abrams.
Guión: J. J. Abrams.
Música: Michael Giacchino.
Fotografía: Larry Fong.
Reparto: Joel Courtney, Riley Griffiths, Elle Fanning, Ryan Lee, Gabriel Basso, Zach Mills, Kyle Chandler, Ron Eldard, Noah Emmerich, David Gallagher, Glynn Turman, Amanda Michalka.

1979, Lillian (Ohio): tras perder a su madre en un accidente laboral, el joven Joe Lamb (Joel Courtney) está filmando con su pandilla de amigos una película de zombies cuando son testigos de un terrible accidente de un tren militar. Es el comienzo de una serie de extraños sucesos que tendrán lugar en el pueblo.

Super 8 (2011) está producida nada menos que por Steven Spielberg y su productora Amblin. Sirva esta aclaración como explicación y justificación de la vertiginosa y fantástica sucesión de explosiones, carreras, desapariciones misteriosas, huídas en la noche, detenciones, extraños cubos, misteriosas criaturas y amores juveniles que desfilan ante nuestros ojos en un espectáculo desbocado e inigualable, marca de la factoría Spielberg.

El guión y la dirección son, sin embargo, obra de J. J. Abrams, que demuestra una soltura a la hora de llevar esta aventura que es para quitarse el sombrero.

Super 8 cuenta como un grupo de amigos, intentando filmar una película casera para un festival de cine amateur, se ven envueltos en una misteriosa historia donde los militares parecen tener mucho que ver. A base de una acción que va en aumento progresivamente, vamos descubriendo, a la vez que nuestros protagonistas, la presencia de algo o alguien misterioso y amenazador, capaz de provocar cortes de luz, la huída de los perros del pueblo y la desaparición de muchas personas. La intriga, muy bien aderezada con insinuaciones que nunca desvelan del todo el misterio, no nos va a dejar respirar tranquilos hasta el mismo desenlace final, pegándonos a la butaca sin remedio, incapaces de levantarnos ni para tomar un vaso de agua.

Sin embargo, lo que hace de esta película algo mucho más entrañable que un fascinante e intrigante film de aventuras es la capacidad de la historia de conmovernos a través de los sentimientos de los jóvenes protagonistas. Y es que al tiempo que viven esta fascinante aventura exterior, son también víctimas y protagonistas de otras muchas aventuras interiores. En primer lugar, la muerte de la madre de Joe, que marca la relación con su padre Jack (Kyle Chandler) y le hace madurar de pronto. Pero Joe también descubrirá el amor al conocer más estrechamente a la hermosa Alice (Elle Fanning), lo que provocará los celos de su mejor amigo, Charles (Riley Griffiths). Son estas relaciones la base real de la película, quedando la aventura propiamente dicha en un segundo plano, al menos desde mi punto de vista. Y es que películas de aventuras hay muchas, pero el acierto del guión de Abrams es haber sabido dar forma a las relaciones de los protagonistas, más allá de limitarse a dibujarlos más o menos convincentemente. Así, asistimos a su madurez, al descubrimiento de nuevas sensaciones, a cómo van tomando las riendas de sus vidas, como se enfrentan a unos padres que no tienen tiempo de entenderlos y de escucharlos. Sin duda, es lo más sincero y lo más conmovedor de toda la película, dejándonos algunas escenas entre Joe y Alice para enmarcar, por su sinceridad y su emoción a flor de piel.

La parte fantástica no deja de ser un poco surrealista. Incluso el desenlace final necesita de nuestra benevolencia para que obviemos muchas lagunas argumentales. Pero quizá todo eso sea lo de menos. La película nos ha permitido disfrutar, como niños, de un espectáculo maravilloso, de un cine de palomitas de muchos quilates, un espectáculo que inevitablemente nos recordará a E.T. (1982), algo que el propio Spielberg reconoció al admitir que esta historia contenía ideas no filmadas en su película, y naturalmente a Los Goonies (1985) y ese cine juvenil tan encantador de los años ochenta.

Los jóvenes protagonistas además están muy bien interpretados por unos actores que consiguen hacer del todo creíbles a sus personajes, con actuaciones más que destacadas, en especial por parte de Joel Courtney y Elle Fanning, realmente conmovedores ambos.

Una película sin duda muy recomendable, entretenida, bien filmada, llena de energía y emoción y, además, con personajes de carne y hueso que nos conquistarán muy sinceramente.

sábado, 30 de enero de 2016

Náufragos



Dirección: Alfred Hitchcock.
Guión: Jo Swerling (Historia: John Steinbeck).
Música: Hugo Friedhofer.
Fotografía: Glen MacWilliams.
Reparto: Tallulah Bankhead, John Hodiak, William Bendix, Hume Cronyn, Mary Anderson, Walter Slezak, Henry Hull, Canada Lee, Heather Angel.

Durante la Segunda Guerra Mundial, un barco aliado es torpedeado por un submarino alemán. En un bote salvavidas, se reúnen ocho supervivientes del barco a los que se une, de pronto, un alemán procedente del submarino que los hundió.

Bien conocido es el interés de Hitchcock por los desafíos técnicos o los retos a la hora de filmar sus películas. Si La soga (1948) está rodada como un solo plano, en Náufragos (1943) el desafío fue rodar toda la película dentro del bote salvavidas, sin ningún plano rodado desde fuera. El reto se correspondía con la teoría del director de que, de manera instintiva, los filmes de corte psicológico se rodaban siempre a base de primeros o medios planos. Y en efecto, este es el formato que domina toda la película.

Así pues, Náufragos es más un film psicológico que la típica historia de intriga que tan famoso hizo al director. Pero además, según confiesa Hitchcock, la intención primordial de la película era mostrar las diferencias existentes entre los dos bandos de la Segunda Guerra Mundial: mientras los países democráticos estaban en completo desorden, con diferentes puntos de vista y sin una dirección firme, los nazis eran el ejemplo perfecto de orden, disciplina y eficacia. Así, mientras los náufragos aliados se enfrentan en cada decisión importante, el capitán alemán tiene claro desde el principio lo que tiene que hacer y consigue manipularlos y engañarlos a su antojo. Esta superioridad del enemigo no gustó demasiado a la crítica norteamericana, aunque fuera del todo lógica y asumible. Pero con la guerra de por medio, la lógica nunca triunfa.

Junto al mensaje principal, lo que vemos a lo largo de la historia son diferentes personalidades enfrentadas a una lucha por la supervivencia, que termina por igualarlos a todos: soldados, industriales millonarios, comunistas, etc; en el bote, nadie es más que nadie, de nada valen ni el dinero ni las pieles. Es más, los principios morales, la ética, terminan por desmoronarse cuando se descubre el engaño del enemigo y, todos, sin excepción, se entregan a la reacción más primitiva, la venganza.

Como decíamos, el reto era rodar toda la película dentro del bote. Ello acarreaba, además de problemas técnicos, el inconveniente de que la película pudiera resultar pesada o aburrida. Hitchcock resuelve ambos problemas con gran maestría. La película se desarrolla a base de pequeños episodios, cada uno con su temática y rematando siempre con un punto de tensión. De esta manera, a pesar de la unidad de espacio y la sobredosis de diálogos, el director mantiene un interés siempre nuevo y el ritmo no decae en ningún instante. Es verdad que hoy en día algunas escenas y algunos diálogos denotan el cambio de comportamientos y costumbres, pero la película se mantiene viva y continúa viéndose de un tirón de manera ágil y entretenida.

El reparto, como solía ser habitual, no era uno de los puntos fuertes del director, que muchas veces no pudo contar con actores de primera fila, como sucede en este caso. Aún así, los actores están muy convincentes, sin sobractuaciones, destacando quizá por encima de todos Walter Slezak encarnado a Willy, el frío y astuto capitán nazi.

Náufragos es un film sin duda curioso dentro de la obra de Hitchcock que sigue conservando gran parte de su fuerza. A pesar de no ser de las películas más celebradas del director, no desentona para nada en su filmografía.

Fue nominada en los apartados de mejor director, fotografía (blanco y negro) e historia.

miércoles, 27 de enero de 2016

Zelig




Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Música: Dick Hyman.
Fotografía: Gordon Willis.
Reparto: Woody Allen, Mia Farrow, Gale Hansen, Stephanie Farrow, Garret Brown, Mary Louise Wilson, Sol Lomita, John Rothman, Susan Sontag.

Estados Unidos, años veinte: un hombre llamado Leonard Zelig (Woody Allen) empieza a llamar la atención pública con sus repetidas apariciones en diferentes lugares adoptando el aspecto de otras personas. Pronto, su caso será objeto de estudios médicos.

Zelig (1983) es una de las películas más singulares y originales de Woody Allen, además de ser de las primeras en las que trabajó con Mia Farrow. La película está rodada como si se tratara de un documental, falso claro, sobre un supuesto personaje famoso de principios del siglo XX: Leonard Zelig; un tipo corriente que, para caer bien a los demás y sentirse seguro, adoptaba las opiniones de sus semejantes, llegando a conseguir también parecerse a ellos, cambiando su fisonomía como si de un camaleón se tratase. Este recurso de documental ya lo había utilizado Woody Allen en Toma el dinero y corre (1969), aunque era solo en pequeños incisos dentro de la acción, no como aquí, que toda la película se construye como un documental.

Para conseguir este aspecto de documental antiguo, Allen contrata a excelente Gordon Willis, que había trabajado como director de fotografía nada menos que en El Padrino y El Padrino II. Para lograr ese aire antiguo, Willis utilizó equipos de la época, lo mismo que las técnicas de iluminación de entonces. Incluso, llegó al extremo de arrugar y pisotear los rollos de película para lograr un aspecto ajado y sucio. Gracias a este maravilloso trabajo, Willis fue nominado al Oscar.

Además, Allen introduce a su personaje en verdaderas secuencias de la época, al lado de personajes conocidos como Josephine Baker, el papa Pío XI o el mismísimo Adolph Hitler, siendo un claro precedente de lo que haría años más tarde Robert Zemeckis en Forrest Gump.

El resultado es un film visualmente perfecto, donde cuesta a veces creer que estamos ante un film rodado en 1983 y no en la época en que transcurre.

En cuanto al argumento, Woody Allen vuelve a enfrentarse a sus demonios una vez más. Utilizando como vehículo a este personaje inventado, el director no deja títere con cabeza. El blanco de sus bromas es de nuevo la familia (Zelig desarrolla este medio de defensa a raíz de una infancia difícil, con unos padres muy severos), la profesión médica, la religión, la política, etc. Sin embargo, el núcleo central de Zelig es la pérdida de la personalidad del individuo enfrentado a la sociedad. Zelig renuncia a su punto de vista para ser aceptado por los demás, para sentirse uno más entre sus vecinos y sentirse así seguro. Ello, siempre en clave de humor, lleva a interesante reflexiones y conclusiones. El mismo Allen decía que la película era un aviso sobre los peligros de perder la propia identidad, de plegarse a los dictados de la voz dominante. En este sentido, se entiende la escena de Zelig en medio de los nazis, como uno más. Si perdemos nuestra propia identidad, podemos ser manipulados y cometer cualquier tipo de actos que se nos impongan.

Sin duda, una muy buena película de Woody Allen, quizá algo lastrada por el tono de documental, que puede desconcertar o cansar en algunos momentos, pero que el director consigue hacer bastante fluida gracias a una duración contenida y a ese humor tan peculiar y genuino que nos sorprende siempre. Uno de loa films más originales de un autor irrepetible.

lunes, 25 de enero de 2016

Appaloosa



Dirección: Ed Harris.
Guión: Ed Harris, Robert Knott (Novela: Robert B. Parker).
Música: Jeff Beal.
Fotografía: Dean Semler.
Reparto: Viggo Mortensen, Ed Harris, Renée Zellweger, Jeremy Irons, Timothy Spall, Ariadna Gil, James Gammon, Cerris Morgan-Moyer, Tom Bower.

Virgil Cole (Ed Harris) y Everett Hitch (Viggo Mortensen) se ganan la vida como agentes de la ley. Un día sus pasos les llevan hasta Appaloosa, un pequeño pueblo en Nuevo México sometido a la tiranía de Randall Bragg (Jeremy Irons), un ranchero despiadado. Ambos convencen a las autoridades de Appaloosa para que les nombres shérifs con plenos poderes para combatir a Bragg.

Cada cierto tiempo aparece un nuevo acercamiento al western que, si bien no termina de resucitar un género que parece haberse quedado en la mitad del siglo XX, al menos da ciertas esperanzas a los amantes del mismo, al tiempo que, gracias a películas como Sin Perdón (Clint Eastwood, 1992), nos reconciliamos con los mejores films de siempre del género.

Appaloosa (2008) no alcanza las cotas del western de Eastwood, pero es un magnífico ejemplo de cómo aún es posible realizar un buen film del oeste en nuestros días.

El argumento de la película no es muy original: la lucha de dos representantes de la ley por imponer el orden en un pueblo sometido a la ley del más fuerte, a la tiranía del revolver. Las líneas argumentales son muy clásicas, como se ve, y es algo que además agradezco. A veces el afán de innovar lleva a experimentos un tanto absurdos que se retratan a sí mismos con vergonzosa claridad.

Sin embargo, Appaloosa no pretende ser un mero film de acción donde la clave resida en resolver el conflicto entre ley y vandalismo. Lo más interesante de la película, lo que le otorga sus señas de identidad y lo que le confiere su esencia es el retrato de los protagonistas de la misma. Cole, por ejemplo, es un excelente pistolero, uno de los mejores en su trabajo. Sin embargo, parece dispuesto a dejarlo todo cuando una mujer, Allie (Renée Zellweger), se cruza en su camino. Y a pesar de que descubre que no es de fiar, Cole se aferra a una vida de hombre casado que parece presentarse ante él como un paraíso en la tierra. Allie es otro de los personajes sorprendentes. Acostumbrados a la figura clásica de la mujer en el western, aquí nos descoloca completamente al mostrarse como una mujer promiscua y oportunista, dispuesta a irse siempre con el ganador. Más clásicos parecen los personajes encarnados por Viggo Mortensen, un amigo leal hasta las últimas consecuencias, y Jeremy Irons, como el típico terrateniente sanguinario y cruel que sólo persigue el dinero y el poder, a costa de lo que sea.

Ni que decir tiene que los actores realizan, todos, un trabajo excelente, como no podía ser de otra manera contando con estos nombres.

Con estos mimbres, Ed Harris realiza un trabajo en la dirección impecable. Sobrio, con un estilo claro y sin florituras, una ambientación cuidada, diálogos con peso y un ritmo muy logrado, crea un western que parece funcionar casi solo, de un modo natural, sin estridencias ni adornos innecesarios.

Quizá lo que se echa en falta sea una mayor definición de los protagonistas, que al fin de cuentas son la clave de Appaloosa. O tal vez no sea definición, sino pasión lo que se echa de menos. Hay cierto distanciamiento entre los personajes y nosotros, cierta frialdad en su comportamiento que hace que sus historias no nos lleguen con la intensidad necesaria. O tal vez sea solo una apreciación personal, pero a veces tenía la impresión de que en toda la película faltaba algo de vida, de alma, de garra.

En todo caso Appaloosa en un western moderno tremendamente interesante. Incluso creo que ganará con el paso del tiempo. Agradezco a Ed Harris el amor que demuestra por el género y que no lo haya convertido en una payasada, como hemos visto no hace mucho con algunas películas recientes. Estamos ante un western clásico con toques de modernidad que le sientan muy bien.

domingo, 24 de enero de 2016

Mr. Holmes



Dirección: Bill Condon.
Guión: Jeffrey Hatcher (Novela: Mitch Culln).
Música: Carter Burwell.
Fotografía: Tobias A. Schliessler.
Reparto: Ian McKellen, Milo Parker, Laura Linney, Hattie Morahan, Hiroyuki Sanada, Patrick Kennedy, Roger Allan, Frances de la Tour, Nicholas Rowe.

Con 93 años, Sherlock Holmes vive retirado en una casa en Sussex. Viendo como sus capacidades se van deteriorando, intenta rememorar su último caso, acaecido treinta años antes, del que comienza a tener importantes lagunas.

Y se cierra el ciclo. Tras haber disfrutado con los libros y las películas clásicas de Sherlock Holmes, en 1985 llegó la entrañable El secreto de la pirámide (Barry Levinson), que inventaba un posible primer caso del Holmes siendo éste aún adolescente. Ahora, Mr. Holmes (2015) nos muestra los últimos días de la vida del detective, ya mermado en sus facultades, tanto físicas como mentales. Está claro que la figura creada por Conan Doyle sigue resultando tremendamente atractiva y los diversos autores no han podido resistir la tentación de inventarle más aventuras más allá de las relatadas por su creador.

Sin embargo, Mr. Holmes, a pesar de contar el último caso de Sherlock, aborda principalmente la soledad de un hombre anciano que encara los últimos años de su vida. Inevitablemente, repasa sus errores, se lamenta de las pérdidas y, especialmente, intenta recuperar del pozo oscuro de su memoria algo que le atormenta: un error que cometió por egoísmo y que le persigue treinta años después. Lo importante de la película es, por lo tanto, esa visión de un Holmes enfermo y solo, refugiado en el campo, en compañía de sus abejas, y que lucha desesperadamente contra su pérdida de memoria.

En esa soledad, Holmes encontrará la ayuda y el estímulo que representa el joven Roger (Milo Parker), el hijo de su ama de llaves (Laura Linney), un muchacho inteligente con el que Holmes entablará una relación de gran complicidad.

Las dos tramas paralelas al retrato del detective son sin duda menos interesantes, aunque son el contrapunto necesario y la justificación de la historia. Es cierto que de haber sido más apasionantes, la película habría ganado enteros en cuanto a film policíaco. Pero me temo que no era esa la intención del director. Está claro que lo que centraba sus deseos era el retrato de un Sherlock Holmes anciano, enfrentado a sus últimos días, haciendo memoria y recapitulando lo que fue su vida. Y aquí vemos la amargura del hombre, no del personaje, una vez perdidos para siempre sus amigos, su hermano y abandonada su profesión. Ahora está solo frente al espejo, y ve a un hombre solitario y triste, sin afectos.

Está claro que el tono de la historia es bastante sentimental. Sin embargo, no llega a abusar de ello Bill Condon, lo cuál es uno de sus aciertos. Otro, una puesta en escena muy cuidada, con una ambientación exquisita y una fotografía preciosa. Visualmente, Mr. Holmes es un regalo para los sentidos.

Pero lo mejor de todo sin duda es el trío protagonista: Ian McKellen, que da vida a Holmes en diversos momentos de su vida, con lo que sus registro cambia de la madurez a la vejez, realiza un trabajo muy convincente, sin duda brillante a veces. Su Holmes es totalmente creíble y absolutamente humano. Laura Linney está también perfecta, con una expresividad maravillosa. Pero la grata sorpresa fue el magnífico trabajo del joven Milo Parker, si sigue así le auguro un brillante porvenir.

Como curiosidad, mencionar la breve aparición de Nicholas Rowe dando vida a un Sherlock Holmes cinematográfico, pequeño homenaje a su papel del detective en la citada El secreto de la pirámide.

Mr. Holmes es pues un film honesto, serio, con grandes momentos y una cuidada puesta en escena que nos ofrece una visión muy enternecedora y conmovedora del detective más famoso de la literatura, pero centrándose más en su lado humano, en lo que queda cuando todo lo demás parece perderse, cuando ya no hay tiempo para nada más que para poner las cosas en orden y hacer balance. Un film meritorio.

martes, 19 de enero de 2016

Escalofrío en la noche



Dirección: Clint Eastwood.
Guión: Jo Heims, Dean Riesner (Historia: Jo Heims).
Música: Dee Barton.
Fotografía: Bruce Surtees.
Reparto: Clint Eastwood, Jessica Walter, Donna Mills, John Larch, Jack Ging, Irene Hervey, James McEachin, Clarice Taylor, Don Siegel, Duke Everts, George Fargo.

Dave Garland (Clint Eastwood) es un conocido locutor de una emisora de radio de Carmel, California. Dirige un programa musical nocturno al que llaman los oyentes para pedir canciones. Evelyn (Jessica Walter) es la fan número uno de Dave, llamando casi cada noche para pedirle siempre la misma melodía: Misty.

Escalofrío en la noche (1971) supuso el debut como director de Clint Eastwood, cuya carrera detrás de la cámara nos ha dejado recientemente obras maestras indiscutibles. Y como todo en la vida, los primeros pasos como director demuestran que Eastwood ha ido creciendo con el paso del tiempo, ganando experiencia y acierto tanto delante como detrás de la cámara.

Escalofrío en la noche se presenta, dentro de su filmografía, como una curiosidad y denota tanto su poca experiencia como director como el innegable paso del tiempo. Es un film muy pegado a la época en que se rodó, tanto por el estilo como por muchos detalles de la puesta en escena.

La película tiene mucho de Hitchcock, en cuanto que se trata de un film de suspense y también por el hecho de que alguna escena, me refiero a Evelyn cuchillo en mano, nos recordará sin duda a Psicosis. Y la verdad es que, a pesar de contar con un argumento bastante simple y predecible, el mérito de Clint Eastwood reside en el buen tratamiento que hace de la tensión, que va creciendo lentamente hasta un final angustioso, y sobre todo el excelente retrato que hace de la psicópata protagonista. También hemos de reconocer que gran parte del mérito de que el personaje de Evelyn resulte tan aterrador lo debemos al excelente trabajo de Jessica Walter, realmente imprevisible e intimidadora. Menos convincente se muestra el propio Eastwood como actor, al que la madurez le ha sentado de maravilla.

Como director, Eastwood se mantiene dentro de los cánones clásicos, con un relato lineal bien expuesto y con una tensión gradual que va creciendo hasta el clímax final. Logra mantener muy bien el interés de los espectadores y aunque personalmente no me seducen mucho algunos movimientos de cámara o lo artificial de algunos planos con sangre, creo que para ser su debut realiza un trabajo bastante aceptable. Tal vez algunos momentos no sean del todo convincentes y es verdad que, desde mi punto de vista, se excede un poco con el interludio amoroso con Tobie (Donna Mills), un tanto largo y pecando de cursi, y las escenas del Festival de Monterrey, que denotan su afición al jazz, no aportan nada a la historia.

Como curiosidad, su amigo Don Siegel hace una pequeña aparición como camarero, una deferencia hacia su actor fetiche y muestra de la complicidad que había entre ambos. Años más tarde, Adrian Lyne retomaría la figura de la amante psicópata en el exitoso Atracción fatal (1987), deudora sin duda de la película de Eastwood.

Sin ser un film especialmente destacable, Escalofrío en la noche resulta un debut meritorio por parte de Clint Eastwood y aunque hoy en día ha perdido gran parte de su posible impacto visual, no deja de ser un film de intriga interesante y que funciona correctamente.

viernes, 15 de enero de 2016

Enemigos públicos



Dirección: Michael Mann.
Guión: Ronan Bennett, Michael Mann, Ann Biderman (Libro: Bryan BBurrough).
Música: Elliot Goldenthal.
Fotografía: Dante Spinotti.
Reparto: Johnny Depp, Christian Bale, Marion Cotillard, Billy Crudup, Stephen Dorff, Stephen Lang, James Russo, David Wenham, Christian Stolte, Jason Clarke, Branka Katic, Wesley Walker, Leelee Sobieski.

Estados Unidos, años treinta. El país está pasando la Gran Depresión del 29. Mientras, John Dillinger (Johnny Depp) se dedica a atracar bancos, convirtiéndose en el enemigo público número uno. El incipiente FBI de J. Edgar Hoover (Billy Crudup) se lanza a darle caza cueste lo que cueste.

Enemigos públicos (2009) sigue a rajatabla las normas básicas que rigen el cine actual a la hora de afrontar un proyecto que nace siendo muy ambicioso. No hay magia, no hay novedades. Todo está trazado desde el principio con mano firme. Las claves: un reparto lleno de nombres, una ambientación espectacular, una fotografía preciosista, acción y un metraje más que generoso. ¿Es todo ello suficiente?, ¿es garantía de calidad? Desde mi punto de vista, no.

Cuando recuerdo los grandes clásicos del género de gánsters, las míticas películas de James Cagney, Bogard o Edward G. Robinson, lo primero que me viene a la cabeza no es la espectacularidad de la puesta en escena o un metraje de más de dos horas, o la música, o el vestuario; lo primero que recuerdo es el alma de aquellas películas, el retrato preciso del protagonista, la fuerza de las imágenes, el carisma que desprendían. Y eso es lo que le falta a Enemigos públicos. La película es técnicamente impecable, se adivina la cantidad de medios empleados, el cuidado en la preparación, la documentación meticulosa... todo es perfecto, salvo que es un film frío, sin alma. La película busca recrear la vida de Dillinger, pero no es más que una sucesión de momentos, como los atracos, la huída de la cárcel, emboscadas, etc. Es una sucesión de escenas con afán de recreación histórica, pero una buena película, una gran película, es mucho más que eso. Y aún así, hay que aclarar que el guión se toma bastantes licencias, modificando muchos de los hechos históricos reales, con lo que la recreación de la vida del ladrón de bancos tampoco es muy fidedigna.

Eché en falta, especialmente, una mayor profundización en la figura de Dillinger. La frase con la que se presenta a Billie (Marion Cotillard), la mujer a la que quiere conquistar, resumiendo su vida en diez segundos, es la imagen perfecta de cómo está narrada la película, más centrada en contar cosas que en buscar el alma de las personas. Lo que nos queda es un film estéticamente cuidado pero muy poco vibrante, rutinario, sin imaginación. La figura del policía implacable obsesionado con su presa carece de originalidad y más cómo está tratada aquí la figura de Melvin Purvis (Christian Bale), hierático e inexpresivo como una esfinge. Y no es culpa del trabajo de Bale, sino de la simplificación emocional de la película, centrada solo en hechos, datos, en dejar constancia de que los guionistas estudiaron a fondo a Dillinger y sus amigos y enemigos. Una recreación meticulosa, pero terriblemente fría y carente de alma.

El trabajo de los actores, por contra, es impecable. Johnny Depp, más contenido que otras veces, es un gánster con un atractivo innegable, al tiempo que desprende carisma y magnetismo. Un gran actor en un trabajo perfecto. Bale, como decía, está más sujeto a un personaje dibujado con trazos demasiado gruesos y del que no conoceremos nada a nivel personal. Lo mismo que de la mayoría del resto de protagonistas. Marion Cotillard aporta las escenas más conmovedoras de la película, logrando trasmitirnos su dolor y su resignación admirablemente.

En definitiva, Enemigos públicos es el ejemplo perfecto del cine actual ambicioso: un despliegue apabullante de medios que logran una perfección formal absoluta, pero que narran historias sin carisma, sin vida,  frías, impersonales. Qué lejos queda el Hollywood de los treinta y los cuarenta, donde con mucho menos lograban obras eternas que aún sonrojan a productos como el que nos ocupa.

martes, 12 de enero de 2016

Alfie



Dirección: Lewis Gilbert.
Guión: Bill Naughton.
Música: Sonny Rollins.
Fotografía: Otto Heller.
Reparto: Michael Caine, Shelley Winters, Millicent Martin, Julia Foster, Jane Asher, Shirley Anne Field, Vivien Merchant, Denholm Elliott, Alfie Bass.

Alfie (Michael Caine) es un joven soltero cuya única pasión son las mujeres. Atractivo y seductor, no tiene problema a la hora de seducirlas. Sin embargo, no quiere comprometerse con ninguna; acérrimo defensor de su soltería e independencia, no tolera que quieran controlarlo o atarlo.

Alfie (1966) es una comedia inglesa que procede de la adaptación de una obra de teatro de Bill Laughton, que escribe el guión de la película, realizando un trabajo impecable. Nunca diríamos que la película procede de una obra teatral, mérito también de una dirección muy meritoria de Lewis Gilbert. La única deuda con su origen está en los momentos en que Alfie se dirige directamente al espectador, narrando los acontecimientos y desvelando sus pensamientos. Un recurso un tanto artificioso pero que, finalmente, no solo funciona muy bien, sino que resulta también esencial para entender mejor la mentalidad del protagonista.

Decía al principio que se trata de una comedia. En realidad, yo tuve la impresión de que se aproximaba mucho más a un drama, especialmente durante la segunda mitad de la cinta.

Es verdad que Alfie tiene un tono ligero, despreocupado, como la personalidad del protagonista: un viva la vida, ligón empedernido pero tremendamente egoísta, incapaz de pensar en nadie más que en sí mismo y su felicidad. Hoy en día, incluso podríamos decir que Alfie es un consagrado machista. Sin embargo, recordemos que la película es de 1966 y la mentalidad entonces era muy diferente, con lo que algunas escenas que hoy nos chocan no eran tan sorprendentes en su momento. Pero dejaré a un lado esta vertiente de la historia, pues no creo que lleve a ningún lugar, más que a estériles debates que creo que no afectan a lo fundamental de la película. Lo que queda claro es que en algunos aspectos se acusa el paso de tantos años desde su estreno.

Porque lo importante, de lo que trata Alfie en definitiva es de la búsqueda de la felicidad. Nuestro protagonista la busca en las mujeres, en el placer de seducirlas y disfrutar con ellas. Y nada más. Su vida no tiene un horizonte claro, ninguna meta más allá de disfrutar el momento. El problema, es que Alfie es tremendamente egoísta y hace sufrir a cuanta mujer se cruza por su camino, pues las utiliza sin pensar en sus sentimientos. Alfie no es una buena persona. Pero ni siquiera lo sabe.

Sin embargo, algunos acontecimientos comienzan a cuestionar su mundo. Primero, es padre. Y descubre que por primera vez hay una persona que le importa realmente. Aún así, será incapaz de renunciar a su independencia. También tendrá que someterse a una cura por un problema en los pulmones, lo que hará que valore, brevemente, la posibilidad de estar cerca de la muerte. Un aborto más tarde y una amante que elige a alguien más joven que él terminan por poner su mundo patas arriba. Alfie se encuentra de pronto solo y empieza a pensar que con el tiempo su vida tendrá que cambiar. No será joven y apuesto para siempre. Tal vez acabe como un perro callejero, vagando sin dueño en busca de una caricia afectuosa. Y es que nadie puede pasar por la vida sin afectos, sin coger cariño a alguien, sin necesitar ser querido.

Lo que comenzara con visos de comedia, termina siendo una amiga reflexión sobre la vida, la juventud efímera, el egoísmo, la necesidad de afectos y el peligro de la soledad. Sin duda, una reflexión nada amable sobre la vida y sus peajes, de los que nadie está exento.

Michael Caine realiza un trabajo espectacular. Elegante, seductor, despreciable pero también tierno y frágil, demuestra sin lugar a dudas su gran talento, siendo el alma de la película.

Sin duda, un film muy interesante y sorprendente que nos dejará un buen puñado de cosas en qué pensar.

Alfie fue nominada como mejor película, actor principal (Caine), actriz secundaria (Vivien Merchant), canción y guión adaptado. En 2004, Charles Shyer dirigió un remake de la misma protagonizado por Jude Law.

domingo, 10 de enero de 2016

Tras la línea enemiga



Dirección: John Moore.
Guión: David Veloz y Zak Penn (Historia: James Thomas y John Thomas).
Música: Don Davis.
Fotografía: Brendan Galvin.
Reparto: Owen Wilson, Gene Hackman, Joaquim de Almeida, David Keith, Olek Krupa, Gabriel Macht, Geoffrey Pierson, Vladimir Mashkov.

Al final de la guerra en los Balcanes, en 1995, un avión de reconocimiento norteamericano realiza un vuelo rutinario sobre Bosnia. Durante el mismo, los pilotos deciden realizar una fotos del terreno al observar cierta actividad sospechosa en la zona. Poco después, el avión es derribado.

Uno de los defectos más evidentes de cierto tipo de cine norteamericano, pasado y presente, es la torpe y machacona propaganda con están infectadas muchas de sus películas, especialmente las bélicas. Basta que haya un conflicto donde participen los norteamericanos para que sus enemigos sean presentados como bestias depravadas y ellos, los buenos, como un dechado de virtudes, tales como valor, honor, compañerismo y lealtad. Si esta propaganda en algunas ocasiones se presenta de un modo más o menos sutil, en Tras la línea enemiga (2001) es tan descarada como burda, llegando a producir hasta vergüenza ajena. No solamente los serbios, enemigos de nuestros héroes, son unos desalmados, sino que hasta los propios aliados de los norteamericanos, las fuerzas de la OTAN, les impiden rescatar a su piloto caído en tierra enemiga por oscuros intereses políticos. Como vemos, los buenos de los yankees se encuentran solos contra el mundo.

No es necesario aclarar que ni esos obstáculos, ni otros que hubiera, impedirán al almirante Leslie McMahon (Gene Hackman) hacer lo que debe para rescatar a su piloto. Eso sí, al final de todo, tras más de hora y media de tiras y aflojas y algún que otro susto mortal.

Sin embargo, si somos capaces de dejar a un lado la manipulación propagandística de la cinta y su torpeza argumental en favor de los americanos, tenemos una película bastante entretenida sobre la lucha del piloto Chris Burnett (Owen Wilson) por sobrevivir al acoso de las tropas serbias que intentan acabar por todos los medios con su vida. Es verdad que la línea argumental no es muy novedosa: el piloto las va a pasar canutas durante toda la película y sólo conseguirá salvarse en el último minuto, tras mil peripecias. Incluso el desenlace carece de cualquier misterio: sabemos desde el principio que la película tendrá un final feliz y heroico. Sin embargo, el mérito de la película es lograr, a pesar de todos sus defectos y de su previsibilidad, que pasemos un buen rato sufriendo al lado de Burnett. ¿La clave?, pues son varias.

En primer lugar, la ambientación de la historia es perfecta y lo mismo tenemos que decir de las espectaculares escenas de lucha, muy bien filmadas y que nos meten en la acción casi como si estuviéramos allí. Es verdad que ayuda y mucho el alto presupuesto de la cinta, pero no debemos quitarle méritos a John Moore a la hora de una puesta en escena impecable y un ritmo perfecto que mantiene la tensión en todo instante. Además, está el acierto de que logra evitar tiempos muertos o caer en el aburrimiento, manteniendo el interés por una historia que gira sobre sí misma, alargando el rescate hasta el oportuno tramo final.

También hay que reconocer el acierto de dibujar a unos enemigos realmente repugnantes y odiosos, lo que añade sin duda unas cotas de dramatismo mayores. Además, por las noticias que tenemos de aquel conflicto, sabemos de las atrocidades cometidas por los contendientes, con lo que tampoco extrañan los comportamientos de las tropas serbias, los malos en este caso.

Tanto Owen Wilson como Gene Hackman cumplen con solvencia, lo mismo que los secundarios, como el francotirador Sasa (Vladimir Mashkov) o Olek Krupa, dando vida al cruel general serbio Miroslav Lokar.

Tras la línea enemiga, sin ofrecer nada realmente novedoso para el género, y a pesar de su tufo propagandístico un tanto pueril, está bien realizada y consigue lo que pretendía: hacernos pasar un buen rato entre la tensión y la expectación. No es nada del otro mundo, pero entretiene.

sábado, 9 de enero de 2016

Venganza



Dirección: Pierre Morel.
Guión: Luc Besson, Robert Mark Kamen.
Música: Nathaniel Mechaly.
Fotografía: Michel Abramowicz.
Reparto: Liam Neeson, Maggie Grace, Famke Janssen, Leland Orser, Holly Valance, Goran Kostic, Katie Cassidy, Olivier Rabourdin, Xander Berkeley, David Warshofsky.

Bryan Mills (Liam Neeson) es un agente especial retirado al que su mujer ha abandonado hace tiempo cansada de sus constantes ausencias. Tienen una hija en común, Kim (Maggie Grace), que acaba de cumplir diecisiete años y desea irse de viaje a París con una amiga. Aunque al principio Bryan es reticente a dejarla ir, al final decide ceder a los deseos de su hija.

Vaya por delante que Venganza (2008) es una de esas películas que podrían estar interpretadas por Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone o lo que es peor aún, Jean-Claude Van Damme. Quiero decir con esto que es un film de acción pura y dura, una de esas películas con un argumento raquítico que es solamente un pretexto para un despliegue de violencia sin pausa.

Es más, el argumento de Venganza está cogido con alfileres. Es todo tan casual, tan poco creíble, tan azaroso, que haremos mejor olvidándolo, dejándolo de lado, y nos centremos exclusivamente en lo único que parece importarle a Luc Besson, co-guionista de la historia: las escenas de acción, cuanto más violentas y moviditas mejor. Y es que si nos paramos a pensar que por una descripción de un hombre alto y con tatuaje en la mano y un "buena suerte" debemos creernos que nuestro héroe consiga localizar en menos de dos días a los secuestradores de su hija, podemos creernos cualquier barbaridad.

Pero lo dicho, nada tiene importancia realmente salvo servir un film de acción trepidante donde sabemos de antemano el final. Y hemos de admitir que la realización de Pierre Morel es bastante eficiente. Mantiene un ritmo electrizante, consigue escenas de persecuciones espectaculares y las peleas están orquestadas con mucha maestría. El resultado es un espectáculo muy logrado, muy entretenido y que nos brinda una buena hora y media de peleas espectaculares. Si no somos demasiado sensibles a las muertes violentas, el entretenimiento está garantizado.

Lo que me costó un poco fue encajar a Liam Neeson en un papel de agente mortal al estilo de Jason Bourne. La verdad es que su interpretación es bastante convincente, pero durante toda la película me costaba identificarlo con su papel.

La película tuvo una muy buena acogida en taquilla, algo que no deja de sorprenderme, y dio lugar a dos secuelas más. Está claro que Luc Besson, productor además de guionista, ha sabido explotar el filón.

La huída



Dirección: Sam Peckinpah.
Guión: Walter Hill (Novela: Jim Thompson).
Música: Quincy Jones.
Fotografía: Lucien Ballard.
Reparto: Steve McQueen, Ali MacGraw, Ben Johnson, Sally Struthers, Al Lettieri, Slim Pickens, Bo Hopkins.

Doc McCoy (Steve McQueen) lleva cuatro años en la cárcel por asalto a mano armada. Cuando le es denegada la libertad condicional, le pide a su esposa Carol (Ali McGraw) que hable con un influyente personaje, Jack Beynon (Ben Johnson), para que éste lo saque de prisión. Una vez libre, Beynon le exige a Doc que atraque un banco para él.

Una de las más recordadas películas de Peckinpah, gracias a la cuál obtuvo finalmente el reconocimiento de la industria y el público, La huida (1972), adaptación de una novela de Jim Thompson, fue posible gracias al empeño del propio Steve McQueen que gracias al éxito de la cinta se resarció de anteriores fracasos.

La película cuenta con unos ingredientes muy del gusto del director, como son unos personajes al margen de la ley, perdedores, que han de luchar por sobrevivir en un entorno donde la mentira, el engaño y la traición son el pan nuestro de cada día.

Y Peckinpah tampoco renunciará a otra de sus señas de identidad: la extrema violencia de sus películas, con su peculiar tratamiento de las escenas de acción y su célebre cámara lenta, lo que le valió el ser tildado de hacer apología de la misma. Si buscamos una equivalencia en el cine actual podríamos citar el cine de Tarantino, aunque éste último es mucho más superficial.

Sin embargo, La huída es mucho más que un mero thriller o un film de acción. Y ahí reside el mérito de un guión excelente escrito por Walter Hill, que luego se pasaría a la dirección y nos dejaría películas como Forajidos de leyenda (1980) o Calles de fuego (1984). Sam Peckinpah se adentra en el matrimonio McCoy y sus frustraciones, miedos y los celos de Doc. La huída de ambos no es sólo física, sino también los implica en una lucha entre el amor y la desconfianza, la necesidad o la resignación. Doc es un hombre amargado por su estancia en la cárcel y por no haber podido brindarle a su mujer una vida mejor. Cuando parece que por fin podrá hacerlo, la desconfianza y los celos parecen una barrera más insalvable que su mala suerte.

Peckinpah, además, nos ofrece una huída llena de acontecimientos imprevistos, giros inesperados y sorpresas que no nos dan ni un segundo de respiro. Con ello, el director evita caer en escenas repetitivas o pasajes sin interés, algo bastante frecuente en películas del mismo corte. Aquí no falta ni sobra nada. Y todo encadenado con mano firme y con un sentido del ritmo excelente. Con un guión muy sencillo, el director consigue una película llena de matices, de escenas formidables, de tensión y siempre impredecible que culmina en la violencia extrema del enfrentamiento en el hotel, culmen de toda la tensión acumulada.

Steve McQueen, además, ofrece una interpretación llena de fuerza, en uno de esos papeles que parecían hechos a su medida. Su compenetración con Ali MacGraw es total, de hecho se enamoraron durante el rodaje y terminaron casándose.

Para mí, La huída está a la altura de los grandes clásicos de Sam Peckinpah, ganando incluso a esos films gracias a un toque ligero de romanticismo casi poético, con esa nota de esperanza final que convierte a esta película en una obra un tanto especial dentro de la filmografía del director.

Como curiosidad, mencionar que en la España de la dictadura la censura añadió una voz en off al final de la película para que los protagonistas no se salieran con la suya, pues para la moral de aquellos tristes años los ladrones no podían quedar impunes.

En 1994, Roger Donaldson realizó un remake con Alec Baldwin y Kim Basinger.

jueves, 7 de enero de 2016

La mujer y el monstruo



Dirección: Jack Arnold.
Guión: Harry Essex y Arthur A. Ross.
Música: Joseph Gershenson.
Fotografía: William Snyder.
Reparto: Richard Carlson, Julie Adams, Ricard Denning, Nestor Paiva, Antonio Moreno, Whit Bissell, Bernie Gozier, Henry Escalante.

Un científico encuentra en el Amazonas una mano fosilizada muy extraña, de un ser desconocido que data del período devónico. Entusiasmado con el descubrimiento, decide organizar una expedición en busca de más restos.

La mujer y el monstruo (1954), terrible título en castellano para Creature from the Black Lagoon,  es uno de esos títulos míticos del cine de terror y ciencia-ficción del Hollywood clásico. Una historia sencilla que hoy nos provoca alguna que otra sonrisa, pero que conserva un encanto único.

Jack Arnold, que filmaría la maravillosa El increíble hombre menguante (1957), nos ofrece un típico film de serie B de la época que, en su momento, imagino que paralizaría de miedo al público en las salas oscuras. A día de hoy, la película ha perdido gran parte de su impacto y se ve más como una curiosidad que como un film de terror. Es evidente que en este género la evolución del cine ha sido brutal, lo que no quiere decir que las películas actuales sean mejores, pero sí mucho más truculentas, algo que es lo que produce el miedo y el asco en la actualidad.

Sin embargo, a pesar de haber perdido su vertiente más terrorífica, la película sigue siendo un más que aceptable film, una vez que aceptamos que no va a asustar a casi nadie en la actualidad.

La historia es muy sencilla: en busca de restos de seres prehistóricos, unos científicos se encuentran con una extraña criatura que vive en un remoto lago en el Amazonas y que no ha evolucionado desde hace millones de años. El monstruo, acosado por quién desea llevarlo como trofeo, atacará a los miembros de la expedición, matando a varios de ellos hasta que, finalmente, es cazado.

Tanto el argumento como la puesta en escena de Jack Arnold son muy sencillas, y ahí reside precisamente el acierto y el encanto de la película: el director no se anda con rodeos y no pierde el tiempo en nada que no sea fundamental para la historia. La narración es directa, la trama simplificada al máximo, el metraje el justo y necesario. Incluso los personajes son bastantes sencillos, centrándose las relaciones en el típico el enfrentamiento entre el científico sensato y el empresario ambicioso, lo que recuerda también a otros clásicos como King Kong, por ejemplo.

Con este esquema tan simple lo que se consigue es una película muy ágil, sin tiempos muertos, donde la tensión está muy bien dosificada y donde las escenas submarinas están muy bien filmadas, remarcando con la música los momentos de máxima tensión, como haría muchos años más tarde Steven Spielberg en otro clásico del género, Tiburón (1975). Y es que cuando algo funciona, lo mejor es explotarlo con inteligencia y sin complicar demasiado las cosas.

Como es habitual en los series B, el reparto no tiene nombres conocidos, pero el elenco resulta bastante aceptable, con la hermosa Julie Adams aportando la típica y clásica nota de glamour y belleza.

Es evidente que el esquema argumental está muy visto hoy en día, de ahí que la película, además de no asustarnos, también resulta un tanto predecible. No es un film que podamos ver con las mismas expectativas que una obra actual, sino con cierta perspectiva, como quién ve una obra clásica. Es así como disfrutaremos sin duda más de un cine sencillo y directo que aún conserva un encanto que justifica que siga siendo un entretenimiento muy recomendable.

martes, 5 de enero de 2016

Ronin



Dirección: John Frankenheimer.
Guión: Richard Weisz (seudónimo de David Mamet), J. D. Zeik (Historia: J. D. Zeik).
Música: Elia Cmiral.
Fotografía: Robert Fraisse.
Reparto: Robert De Niro, Jean Reno, Natascha McElhone, Stellan Skarsgard, Skipp Sudduth, Jonathan Pryce, Sean Bean, Michael Lonsdale, Ron Perkins, Katarina Witt.

Un grupo de mercenarios es contratado con la misión de robar una valiosa maleta. No saben para quién trabajan, no saben qué contiene la maleta y van recibiendo las instrucciones sobre la marcha. Cuando por fin consiguen hacerse con la maleta, uno de ellos los traiciona.

Ronin (1998) es un film de acción del buen artesano John Frankenheimer que quizá podría haber dado algo más de sí puliendo algunos detalles.

El título se refiere a los samuráis que, habiendo perdido a su señor, se dedicaban a vagar vendiéndose al mejor postor como mercenarios; como les sucede a los protagonistas de la historia.

El comienzo de la película es bastante prometedor: una misión llena de misterios y de riesgos y, por encima de todo, un director que juega con maestría con el misterio, las sospechas, el miedo en la magnífica escena inicial en el bistro parisino. Sin embargo, conforme avanza la trama, la película va perdiendo misterio y tensión y deriva un poco tristemente en un film de acción pura y dura, con una trama llena de giros, sorpresas, tiroteos, persecuciones en coche, cambios de escenarios... Y la verdad, el resultado no es del todo malo: la película tiene un ritmo elevado, a veces trepidante, disfrutamos de algunas de las mejores persecuciones de coches que he visto y no hay casi ni un segundo de respiro. El problema reside en que el argumento se va complicando de manera espectacular con tantos giros y traiciones, personajes que aparecen y desaparecen, o se mueren, para dejar, al final, una historia un tanto vacía de contenido que nadie se toma la molestia en explicar. Todo se reduce a un espectáculo pirotécnico muy bien orquestado por Frankenheimer, pero que nos sabe a poco. Y es que con los mimbres que tenía y visto el buen comienzo de la película, uno esperaba una historia con más intriga, con unos personajes mejor desarrollados, con una trama más plausible, sin tantos cabos sueltos, sin tantos momentos prendidos con alfileres y, sobre todo, sin un giro tan descarado hacia la acción sin más, hacia la nada, casi.

Señalar que las espectaculares persecuciones de coches se rodaron sin recurrir a los efectos especiales, un mérito pues añadido a la espectacularidad de esas secuencias.

En el reparto, destacar a un buen Robert De Niro, antes de caer en su faceta más comercial de sus últimas películas y un eficaz Jean Reno. El resto del reparto, cumplidor sin más.

Para los que le gusten las películas así, trepidantes y llenas de acción, seguro que la disfrutarán; pero pudiendo dar mucho más, al resto nos queda un sabor de boca algo amargo. Y aún así, hay que reconocer el buen pulso de Frankenheimer, que no duda en alargar la película hasta límites increíbles y sin perder el ritmo ni cansarnos en ningún momento. Con un argumento más trabajado estaríamos hablando de una gran película. Se nos queda finalmente en un buen pasatiempo.

lunes, 4 de enero de 2016

¡Qué verde era mi valle!



Dirección: John Ford.
Guión: Philip Dune (Novela: Richard Llewellyn).
Música: Alfred Newman.
Fotografía: Arthur Miller (B&N).
Reparto: Walter Pidgeon, Maureen O´Hara, Roddy McDowall, Donald Crisp, John Loder, Anna Lee, Arthur Shields, Barry Fitzgerald, Patric Knowles.

Los Morgan son una familia de mineros en un valle de Gales, orgullosos de su pueblo y sus tradiciones. Sin embargo, la crisis económica llevará a una bajada de sueldos y despidos que cambiarán para siempre a la familia y al propio valle.

Con ¡Qué verde era mi valle! (1941) estamos ante una de las obras cumbres de John Ford, lo que equivale a decir del cine clásico norteamericano. Esta época, finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta, son unos años muy productivos de Ford. Recordemos que en 1939 revoluciona el western con La diligencia y el 1940 gana un Oscar con Las uvas de la ira, otra obra maestra ineludible.

La película, adaptación del best-seller de Richard Llewellyn, está contada en flash-back por Huw Morgan, el benjamín de la familia, cuando, ya adulto, debe abandonar el pueblo en el que creció. A pesar de los años transcurridos, Huw mantiene vivo el recuerdo de sus padres, sus hermanos y el hermoso valle en el que creció. Este recurso narrativo, cargado de nostalgia, y que ya nos advierte del tono poético y un tanto idílico que envuelven los recuerdos de Huw, sirve a John Ford para desplegar todo su talento a la hora de describir a la familia protagonista, las costumbres de un pueblo y una época dorada que se ha perdido para siempre por culpa del progreso.

En este dibujo del Gales profundo y minero, Ford vuelca una mirada llena de ternura hacia unas gentes sencillas, nobles, orgullosas y aferradas a sus tradiciones y encarnadas en la familia Morgan. El padre, el cabeza de familia, sensato y algo testarudo, con profundas convicciones personales y respeto por la autoridad, deberá hacer frente a una realidad que no parece comprender: el abuso del capital, lo que lo lleva a enfrentarse con sus hijos, quienes comprenden que nadie les va a dar nada que no peleen. Y si el padre (Donald Crisp), como se dice en la película, es el cabeza de familia, la madre es el corazón. Y aquí volvemos a disfrutar de esa visión tan tierna, tan llena de admiración de Ford hacia las mujeres, verdaderas almas de la familia, llenas de coraje, entrega y abnegación.  El personaje de Bronwen Morgan (Anna Lee) condensa toda la ternura de una madre que ve como su familia se descompone, por accidentes mortales y por necesidades económicas.

Lo maravilloso de ¡Qué verde era mi valle! es que un relato tan cargado de sentimientos, tan conmovedor, jamás cae en lo banal, en la cursilería, en el melodrama. John Ford mantiene un discurso lleno de belleza y emoción dentro de la contención, del buen gusto y del sentido común. Y eso que hay innumerables momentos en que se nos encaje el alma ante la maestría y sencillez con que  cuenta las miserias y las penurias de la familia Morgan. Pero la maestría del director lleva la historia con pulso firme, manteniendo siempre un tono perfecto y una contención admirables, dentro de una narración sencilla, hermosa y con algunos encuadres de una belleza formal admirable.

Pero no todo en la película es bucólico y perfecto. El retrato de Ford no es miope. Y así, no se reprime a la hora de criticar la hipocresía de muchos habitantes del pueblo, moralistas de pacotilla que juzgan y condenan con severidad cualquier acto que consideren inmoral o que se dedican a calumniar a sus vecinos sin ningún motivo, solo por envidia, maldad y mezquindad.

Aún así, se impone una mirada romántica y nostálgica de una época más pura e inocente, antes de que la industrialización brutal arruinara la belleza del valle y llevara a sus gentes a la muerte en la mina o a la emigración para no morirse de hambre.

Y como siempre en el caso de Ford, los actores a sus órdenes dan lo mejor de sí mismos para componer un trabajo impecable. Empezando por el patriarca, encarnado por un soberbio Donald Crisp, ganador del Oscar como mejor secundario, y siguiendo por el jovencito Roddy McDowall, en el papel de su vida, la maravillosa Maureen O'Hara o la conmovedora Anna Lee.

Sin duda, una verdadera obra maestra del cine, una película inigualable del mejor director que ha dado el cine. Imprescindible.

¡Qué verde era mi valle! ganó cinco Oscars: mejor película, desbancando nada menos que a Ciudadano Kane (Orson Welles), mejor director, repitiendo Ford por segundo año consecutivo, mejor actor secundario (D. Crisp), mejor fotografía y mejor dirección artística.

sábado, 2 de enero de 2016

Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio



Dirección: Steven Spielberg.
Guión: Steven Moffat, Edgar Wright, Joe Cornish (Cómic: Hergé).
Música: John Williams.
Fotografía: Animación.
Reparto: Jamie Bell, Andy Serkis, Daniel Craig, Simon Pegg, Nick Frost, Daniel Mays, Toby Jones, Enn Reitel, Joe Starr, Mackenzie Crook.

El joven periodista Tintín (Jamie Bell) compra en un mercadillo una hermosa maqueta de un barco, El Unicornio. Nada más adquirirla, dos desconocidos le hacen generosas ofertas por el barco, que Tintín rechaza. Poco después, alguien entra en su apartamento y roba la maqueta.

Vaya por delante una pequeña aclaración: Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio (2011) no se basa exclusivamente en el álbum homónimo de Hergé, que quizá no daría para un largometraje completo. De ahí que los guionistas de la película realicen una mezcla de los cómics El cangrejo de las pinzas de oro, El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo, con algunos añadidos de su propia cosecha, para montar una historia nueva. Puede que para algunos puristas ésto sea algo así como una herejía. Sin embargo, si nos atenemos al resultado final, no cabe duda de que la historia funciona y es apasionante.

La película de Spielberg es su primera incursión en el mundo de la animación, pues la película está rodada con la técnica de captura del movimiento de los actores, y en 3D. Y la verdad es que el director de la saga de Indiana Jones nos demuestra una vez más, por si quedaba alguna duda, que sigue siendo un maestro a la hora de dirigir films de aventuras, sean éstos reales o animados.

Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio es un espectáculo maravilloso y fantástico que no sólo recoge el espíritu aventurero de los cómics de Hergé, sino que les da una nueva dimensión al convertimos en un espectáculo en movimiento. Nunca es fácil adaptar un cómic a la pantalla, pues son lenguajes diferentes y requieren tratamientos diferentes, algo que a veces se olvida a los que se muestran demasiado apegados al original. Spielberg consigue, siendo fiel al espíritu de los personajes de Hergé, crear una verdadera película de aventuras con vida y personalidad propias, con ritmo, magia, emoción, humor y grandiosidad. Sublime.

La primera parte de la película es más fiel a los cómics en que se basa, y también es más pausada. Conforme avanza la historia, la intensidad y la libertad creativa se van desbocando hasta una explosión de acción que nos deja asombrados y casi sin aliento. Es verdad que algunas escenas son demasiado exageradas, pero recordemos tres detalles: se trata de una adaptación de un cómic, de una película de aventuras y de un film de animación. Spielberg deja de lado la verosimilitud y nos brinda un espectáculo visual único, lleno de fuerza y desbordante de acción y energía. Quizá algunos lo consideren excesivo, pero creo que es todo un acierto.

A pesar de ser un film de animación, la mano de Steven Spielberg está más que presente con ese ritmo endiablado y ese sentido tan suyo y único del espectáculo. Dudo que en manos de otros director hubiéramos disfrutado de un film tan maravilloso.

Así que solo me queda recomendar encarecidamente esta película, tanto a los más leales seguidores de Hergé (su cameo al comienzo de la película es un detalle maravilloso) como a todo aquel amante de las viejas películas de aventuras clásicas. A ninguno de ellos debería decepcionar. Porque es cine en estado puro y es Hergé en movimiento.