El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 23 de marzo de 2012

De aquí a la eternidad



Junto a Solo ante el peligro (1952), De aquí a la eternidad (1953) representa sin duda la cumbre como director del solvente artesano Fred Zinnemann.

En 1941, el soldado Prewitt (Montgomery Clift) llega destinado a la división G del acuartelamiento de Schofield, en Pearl Harbor, gracias a los manejos del capitán Holmes (Philip Ober), apasionado del boxeo y conocedor de la calidad de Prewitt como púgil. Holmes desea incorporar a Prewitt su equipo para ganar un campeonato del ejército; con lo que cuenta es con la negativa de Prewitt a boxear, lo que le traerá no pocos problemas en su compañía.

De aquí a la eternidad, basada en el best seller de James Jones "From Here To Eternity", si bien suaviza mucho el tono más escabroso del libro, contaba en su momento con todos los elementos del mundo para triunfar: el retrato de las vidas de unos militares en los días previos al ataque japonés a Pearl Harbor reunía suficientes alicientes para resultar una historia apasionante.

En la base, los conflictos de unos soldados enfrentados a situaciones límite en defensa de sus principios y de su honor en medio de una institución que precisamente se basa en reprimir y uniformar a los soldados. Como bien se menciona en la película, el ejército es más importante que el individuo. El drama se completa con amores prohibidos, venganzas, humillaciones, deseos imposibles y sueños rotos. Un drama en toda regla que se tachó como una locura el intentar llevarlo a la pantalla dada la crudeza de la novela de Jones, pero que, de la mano de Zinnemann, se muestra de un modo bastante más comedido, sin exageraciones ni apasionamientos y dulcificando bastante las cosas. Es verdad que el paso de los años ha suavizado el contenido más escabroso de la historia, de manera que hoy en día nadie se escandaliza por la aventura extra matrimonial de la esposa del capitán Holmes (Deborah Kerr) con el sargento Warden (Burt Lancaster) y la maldad del sargento Fatso (Ernest Borgnine) carece ya de los tintes odiosos que tuvo en su día, llegando el público a odiar al actor por haber matado al bueno de Frank Sinatra, en una curiosa identificación de los roles cinematográficos con la realidad.

También es cierto que la censura del momento imponía ciertas limitaciones. Así, en la película, las numerosas aventuras fuera del matrimonio de la señora Holmes, con tintes de ninfomanía, quedan en cierta medida justificadas por un marido infiel; el prostíbulo de la novela es un club donde no se bebe alcohol, de manera que el personaje de Donna Reed no es una puta en la película; las humillaciones que sufre Prewitt son un tanto blandas para nuestra mentalidad actual. El caso es que, entre la censura y el paso del tiempo,  De aquí a la eternidad  ha perdido bastante de su vertiente más escandalosa.

Y además, al final de la película, lo que eran críticas a la crueldad del ejército se quedan en casos concretos motivados por la maldad de unas malas personas concretas que son eliminadas o degradadas como merecen; los amores ilícitos no fructifican y el soldado rebelde paga por haber matado al odioso Fatso porque, aunque justificado, un crimen no podía quedar impune en esa época. Todo ésto afea un tanto el cuadro en su conjunto. Es un peaje inevitable pero no demasiado favorecedor para el discurso general del relato.

Pero solamente por la maravillosa escena de Burt Lancaster y Deborah Kerr en la playa, con el mítico beso, ya habría merecido la pena ver esta película. También es verdad que no abundan a lo largo de las casi dos horas de film momentos de tanta intensidad como ese, porque Zinnemann es un buen narrador, pero tal vez si ese toque de genialidad capaz de imbuir a la cinta de mayores cotas de excelencia.

Burt Lancaster (en uno de los mejores trabajos de su carrera, desde mi punto de vista), Deborah Kerr, Montgomery Clift, Donna Reed, Frank Sinatra, Ernest Borgnine: con estos nombres poco más se puede añadir. Hoy en día el reparto es, sin duda, lo mejor de esta película. Lancaster derrocha poderío físico, masculinidad, fuerza y Montgomery Clift, como siempre, borda su papel hasta conseguir que escenas que podrían resultar casi ridículas hoy en día (el toque de trompeta en el patio) sigan resultando conmovedoras.

Nominada para trece Oscars, la película se hizo nada menos que con ocho: mejor película, director, guión (Daniel Taradash), actor de reparto (Frank Sinatra), actriz de reparto (Donna Reed), fotografía, montaje y sonido.

Una película legendaria, una parte de la historia gloriosa de Hollywood. Perfecto ejemplo de cómo la industria norteamericana podía convertir una historia escabrosa en un drama moralizante y heróico.

Como curiosidad, comentar que Frank Sinatra estaba en su punto de popularidad más bajo antes de rodar la película. Se comentó que utilizó ciertas conexiones con la mafia para hacerse con este papel que le supuso un Oscar. A todo ésto se alude de manera indirecta en El padrino (Francis Ford Coppola, 1972) con el personaje de Johnny Fontane.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Solo ante el peligro



Título mítico dentro de la historia del western, Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952) se ha convertido en el ejemplo del western psicológico y ha dado lugar a menudo a más debates y comentarios por lo que significaba a nivel político que por su propio valor cinematográfico.

Will Kane (Gary Cooper), sheriff de un pequeño pueblo, acaba de casarse y está a punto de partir con su esposa Amy (Grace Kelly) para iniciar una vida cuando llega la noticia al pueblo de que Frank Miller (Ian MacDonald), un asesino al que Will había enviado a prisión años atrás, ha sido indultado y se viene camino de Hadleyville para vengarse de Kane. A pesar de los consejos para que se vaya, el sheriff decide que debe quedarse y enfrentarse a Miller y su banda.

La primera versión de Solo ante el peligro no funcionó. Carente de ritmo, el film se hacía pesado y no avanzaba como debía. Así pues, fue necesario un segundo montaje y, sobre todo, la inclusión de los primeros planos de varios relojes para ir marcando el paso de los minutos y, de este modo, dosificar correctamente la tensión de la espera del sheriff y transmitir esa emoción a los espectadores.

La película está escrita por Carl Foreman a partir de un relato breve de John W. Cunningham titulado The Tin Star (1947) y es, entre otras cosas, una alegoría al clima de terror instaurado en Hollywood a raíz de la famosa caza de brujas desencadenada por el senador McCarthy. De hecho, Carl Foreman fue citado a declarar por el Comité sobre Actividades Antiamericanas y la película expresa la soledad y el abandono al que el guionista se vio sometido.

Pero principalmente, la película es un canto al deber, al valor, a la necesidad de mantener los principios a pesar de que todo se ponga en contra. Desde este punto de vista, a pesar del planteamiento novedoso en relación a la tradición del género, Solo ante el peligro no se aleja un centímetro de los valores genuinos del western. Sin embargo, en un aspecto la película se adentra en un terreno novedoso: el protagonista nos muestra su miedo abiertamente y la soledad y desesperación de ver que todos, incluida su esposa, le fallan en el momento crítico. Precisamente por ver a Gary Cooper pidiendo ayuda desesperado, Howard Hawks mostraba su rechazo al film, de igual manera que John Wayne, para quién era inconcebible esa actitud en un sheriff. En respuesta a esta propuesta, Hawks realizaría Río Bravo (1959), con John Wayne al frente, para demostrar que un sheriff no pide ayuda a nadie para cumplir con su deber.

Mencionaba antes cómo Zinnemann recurrió a los relojes para aumentar la tensión de la historia. Al hilo de ésto, mencionar que la película transcurre en tiempo real, de manera que la espera del sheriff coincide con la duración del film. Sin duda, una novedad que resulta también un gran acierto. El problema de este tipo de planteamientos, en que toda la acción se concentra en los instantes finales y el resto de la película es una preparación para esos instantes, reside en que la espera puede resultar tediosa. Zinnemann resuelve el tema dosificando bien la intensidad, alternando la búsqueda del sheriff de ayuda con otras historias paralelas, como la de su esposa o la antigua amante de Kane, y también no alargando el argumento innecesariamente, de manera que la película dura exactamente lo adecuado para no perder el ritmo.

A la vez, otro de los aciertos del director es el uso inteligente de primeros planos que resumen en cada situación la esencia de lo que está sucediendo. Recurre también, cuando lo necesita, a pequeños discursos, pero siempre de manera breve, concisa, dejando que sean las imágenes, y esos primeros planos especialmente, los que lleven el peso del relato.

Pero hay otros elementos que también ayudaron bastante al éxito de la película. Por un lado, es innegable la belleza del tema principal, "High Noon" (Do Not Forsake Me, Oh My Darling), de Dimitri Tiomkin y Ned Washington, pero sobre todo la película cuenta con la presencia de Gary Cooper para encarnar a la perfección al sheriff honesto, valiente, consecuente consigo mismo y, a la vez, temeroso. Su interpretación es magistral y parece difícil encontrar a otro actor capaz de tan eficaz interpretación.

Solo ante el peligro recibió siete nominaciones, entre ellas la de mejor película y director, pero finalmente se hizo con cuatro Oscars: mejor actor (Gary Cooper), mejor montaje, mejor banda sonora y mejor canción.

domingo, 18 de marzo de 2012

El padre es abuelo



Tras el éxito cosechado con El padre de la novia (Vicente Minnelli, 1950), la productora se embarca sin demora en El padre es abuelo (Vicente Minnelli, 1951) con el fin de aprovechar el tirón de la primera. Mismo equipo para una más que meritoria continuación de los problemas familiares del señor Banks.

Tras casar a su hija Kay (Elizabeth Taylor), la vida de Stanley Banks (Spencer Tracy) va volviendo a la normalidad. Con la hipoteca pagada y sus hijos ya mayores, Stanley se siente libre para poder disfrutar con su esposa de un merecido viaje. Sus planes, sin embargo, se vendrán de pronto abajo cuando Kay les anuncia que espera un hijo.

El padre es abuelo siguen fielmente la línea argumental de El padre de la novia y continua también con el tono de comedia sencilla y bien intencionada de ésta. Si la primera entrega había funcionado, parecía lógico no desviarse de la línea marcada.

Sin embargo, si bien en la primera entrega me parecía que la trama estaba un poco cogida con alfileres y además el paso del tiempo la había envejido notablemente, con El padre es abuelo siento que la cosa funciona bastante mejor.

Por un lado, resulta más comprensible la crisis de un hombre al recibir la noticia de que va a ser abuelo, con lo que ello supone para su autoestima, al recibir de pronto, como una bofetada, la constatación irrefutable del paso del tiempo. Pero como no se trata de una película para hacernos reflexionar demasiado, el planteamiento se queda en la superficie. Aunque, de todos modos, también es verdad que muchas de las situaciones planteadas rozan lo absurdo, en especial esa especie de rechazo del abuelo por su nieto, muy poco convincente se mire como se mire. Supongo que es lo que tienen las comedias, han de tomarse ciertas licencias, aunque en este caso algunas se lleven un poco lejos.

Aún así, en general, creo que tanto las situaciones planteadas como el tono de la película superan para mi gusto a los de la primera entrega. Las reacciones y reflexiones de Stanley me resultan más logradas, más razonables si se quiere. E incluso la comicidad, sin resultar para nada sobresaliente, sí que cuenta con pequeñas pinceladas de cierta inspiración. Hay incluso un tono de ternura presente en toda la historia del que carecía El padre de la novia y que le va como anillo al dedo a la comedia.

Si en El padre de la novia Spencer Tracy y Elizabeth Taylor eran los protagonistas absolutos, en este caso esa tarea recae casi por entero en Tracy. Y de nuevo tengo que mostrar mi admiración por el talento de este actor, que resulta protentoso dentro de una naturalidad tan sencilla que nunca da la impresión de estar actuando. De hecho, su presencia es el motivo principal que me llevó a animarme a contemplar esta película. Elizabeth Taylor sigue estando bien, pero su papel se ve reducido y cobran algo más de protagonismo los personajes de Joan Bennet (la señora Ellie Banks) o Don Taylor (el esposo de Kay).

Vicente Minnelli sigue también con su amable crítica de las costumbres y los vicios de la clase media americana de la época, al igual que en la primera parte, pero siempre con un tono amable típico de este estilo de planteamientos donde, pese a la crítica, se transmite el buen nivel de vida norteamericano que termina por contagiarnos cierta envidia.

No es que sea una película inovidable, pero en general resulta agradable de ver, el ritmo es bueno y la película se pasa en un vuelo. Hay que anotar, claro está, el inevitable paso del tiempo, que resulta más dañino en este tipo de películas. Para pasar un rato entretenido sin más.

sábado, 17 de marzo de 2012

Esencia de mujer



Esencia de mujer (Martin Brest, 1992) es el remake de la película italiana Perfume de mujer (Dino Risi, 1974), aunque tomándose bastantes licencias respecto a la original, por lo que cada una merece un tratamiento diferenciado.

Frank Slade (Al Pacino) es un malhumorado teniente coronel retirado por culpa de su ceguera. Cuando su sobrina, con quién vive, decide irse de viaje durante el fin de semana del Día de Acción de Gracias, contrata a un joven estudiante, Charlie Simms (Chris O'Donnell), para que lo cuide. Pero Frank tiene otros planes: irse a Nueva York para disfrutar de un fin de semana de lujo y se lleva a Charlie con él.

Sin duda se trata de una película para el lucimiento y mayor gloria de Al Pacino, que tiene que dar vida a un militar alcoholizado, amargado y obsesionado con las mujeres. Su actuación se hizo merecedora de un Oscar al mejor actor y es verdad que su trabajo está a una gran altura, pero aún así no termina de maravillarme. Es verdad que está más comedido que en otros trabajos suyos, pero uno tiene la sensación de estar viendo al actor haciendo de ciego y no a un ciego de verdad. En todo caso, su actuación sostiene en pie toda la película y es de esos trabajos que tanto impresionan y que llevan el Oscar grabado a fuego.

Siguiendo con el reparto, Chris O'Donnell es el otro pie en que se apoya la historia y a decir verdad su trabajo me pareció más natural que el de Pacino. Más creíble, más sincero. En algunas escenas resulta verdaderamente conmovedor. El resto de actores no tienen en realidad demasiado juego en la historia. Destacar, eso sí, la presencia de un jovencito Philip Seymour Hofffman, con sus tics habituales ya presentes, y el siempre interesante James Rebhorn, tan natural y convincente como de costumbre.

Centrándonos en la película, la verdad es que un film engañoso. Por un lado, la historia tiene mucha miga y está llena de posibilidades. La dirección es correcta y no se anda por las ramas. Pero por alguna razón, la película no me termina de convencer.

Por un lado, creo que es excesivamente larga. Pienso que le sobran bastantes minutos en su parte central, y no es que pueda decir que secuencias sobran, es sólo que terminé un tanto cansado de las peripecias del coronel y su acompañante por Nueva York. Quizá por previsibles, quizá por carecer realmente de intensidad, emoción y verosimilitud. Y es que la situación, desde el comienzo, cuando Charlie conoce a Frank y éste lo trata con absoluto desprecio, no resulta creíble. Cualquiera hubiera rechazado el trabajo, no tiene sentido que Charlie acepte. No es creíble.

Pero es que, además, los diálogos tampoco terminan de cuajar. Me sucedía que en algunas situaciones estaba esperando una conversación sorprendente o una réplica con fuerza y me encontraba con frases banales y tópicos un tanto forzados, además cierta obscenidad gratuita. Y esa gratuidad tal vez venga motivada por el hecho de que la supuesta pasión de Frank por las mujeres y el sexo no está acompañada en realidad por ninguna imagen que la justifique o la sostenga. De hecho, la única escena en que ello podría suceder, cuando se acuesta con una puta de lujo, nos es escamoteada muy puritanamente.

El colmo de la incredulidad llega, además, en las escenas claves de la película. Una es cuando Frank intenta suicidarse (vaya decisión la del suicidio, anunciada a un desconocido a la primera ocasión, por cierto) y termina amenazando a Charlie. La escena pierde toda la fuerza al no resultar convincente ni plausible en ningún momento. El que quieras terminar con tu vida no justifica que te vuelvas un asesino. La escena del Ferrari resulta también increíble, así como que un policía no descubra la ceguera del conductor. Y, como colofón, el desenlace en el colegio de Charlie: es tan previsible, resulta tan "americano" en el peor sentido de la palabra... y eso que contiene quizá lo mejor en diálogos de la película, pero de nuevo es excesivo y demasiado simplista. 

No sé si por tener que abreviar, pues el film ya duraba demasiado, pero toda la parte final resulta precipitada, sensiblera y suena a componenda barata. Frank encuentra el amor de golpe, se reconcilia con los hijos de su sobrina, vuelve a tener ganas de vivir... todo muy bonito, muy correcto y muy poco convincente. El típico final feliz, pero muy mal planteado.

Tal vez, parte del problema de Esencia de mujer es que no llega a traspasar la superficie. Tanto el planteamiento como el acercamiento a la figura de Frank e incluso a la de Charlie me resultan muy superficiales. El director se queda con lo efectista, lo evidente (el malhumor, las frases obscenas de Frank) y no es capaz de llegar al alma de los personajes. De ahí que resulten algo fríos y que nos emocionen más que en muy contadas ocasiones.

Eso sí, la escena del tango es para disfrutarla, saborearla con pasión. Tal vez porque parece un oasis en medio del resto de la cinta, por el precioso tango, por la belleza de Gabrielle Anwar, por lo que sea, pero es una escena que se te queda grabada y con la que disfruté verdaderamente.

Además del Oscar a Al Pacino, la película obtuvo tres nominaciones más (película director y guión), si bien no ganó ninguno de ellos.

martes, 13 de marzo de 2012

El padre de la novia



Dejando por un momento su género predilecto, Vicente Minnelli nos ofrece con El padre de la novia (1950) una sencilla comedia, de gran éxito en su momento, con la que el director logró recuperarse de sus dos fracasos anteriores, Yolanda y el ladrón (1945) y El pirata (1948), y que abriría el camino a su época dorada como director.

Stanley T. Banks (Spencer Tracy), un abogado de mediana edad, casado y padre de tres hijos, recibe un día una noticia que cambiará en cierto modo su apacible vida: su hija Kay (Elizabeth Taylor) va a contraer matrimonio.

El padre de la novia es, en esencia, una comedia sencilla sobre los preparativos de la boda de la hija de un burgués en la América de los años cincuenta. La base de la historia es mostrar las tribulaciones de un padre cuando tiene que enfrentarse al hecho de que su pequeña se ha hecho mayor y va a dejar el hogar paterno. Tribulaciones que incluyen los costosos y un tanto absurdos gastos que conlleva organizar una boda sencilla. Al tiempo, esta base sirve para dibujar un pequeño boceto de las costumbres de la clase media de la época, con sus ataduras sociales, su necesidad de cuidar las apariencias, etc.

Pero el problema de la película, vista hoy en día, es doble. Por un lado, como comedia no funciona del todo bien. La culpa es de un guión muy simplón y limitado que ni resulta gracioso (los momentos realmente inspirados se cuentan con los dedos de una mano) ni resulta original. Así, la historia es bastante previsible, está plagada de tópicos, de situaciones un tanto estereotipadas, diálogos planos y hasta en algunos momentos de situaciones que resultan un tanto ridículas e increíbles. En este sentido, la historia cae en cierta contradicción: pretende mostrar con cierta fidelidad una situación por la que cualquier familia puede pasar pero, al remarcar en exceso las tintas en algunos momentos, termina por parecer más una mala caricatura que otra cosa. Quizá parte del problema pueda achacarse al paso irremediable del tiempo, que ha convertido en pueriles muchas de las situaciones, pero la esencia de que la película flojee está fundamentalmente en un mal guión.

El otro fallo de la cinta es que no termina de plasmar con acierto el supuesto drama del señor Banks al ver como se casa su hija. Minnelli enfoca la historia decididamente por la comedia y deja un tanto de lado la vertiente sentimental de la historia. Y es, precisamente, en las escasas escenas en que se muestra con ternura el cariño del padre por su hija y su pena por verla marcharse de casa donde la película logra los mejores registros y consigue trasmitirnos un poquito de emoción. Una pena que el director no dejara que esos instantes tuvieran más peso.

En cuanto al reparto, la película es evidentemente de Spencer Tracy, protagonista absoluto. Y la verdad es que Tracy es un actor soberbio, un prodigio de naturalidad. Su trabajo es impecable y es el que nos hace disfrutar en verdad de los pocos momentos buenos de la película. La otra estrella es Elizabeth Taylor, hermosa y muy convincente también. Y ahí se termina la cosa, porque el resto de actores están tan en segundo plano que apenas cuentan. En este sentido, se nota cierto desequilibrio en el reparto: ni Joan Bennett (la esposa de Tracy en la película) ni Don Taylor (el novio) están a la altura de Tracy y Elizabeth Taylor.

El padre de la novia fue un gran éxito en su momento, tanto que recibió tres nominaciones al Oscar (mejor película, actor - Spencer Tracy- y guión) y obligó a hacer una continuación al año siguiente, El padre es abuelo (Vicente Minnelli, 1951), con los mismos protagonistas principales que en ésta. Sin embargo, como decía anteriormente, vista hoy en día resulta un tanto pueril, previsible y sin mucha gracia.

En 1991, Charles Shyer filmó un remake bajo idéntico título con Steve Martin y Diane Keaton como protagonistas.

viernes, 9 de marzo de 2012

Imitación a la vida



Imitación a la vida (Douglas Sirk, 1959) está considerada hoy en día como una obra maestra del melodrama, del que su director, sin duda alguna, era el maestro entre los maestros. Es la obra cumbre de Douglas Sirk quién, una vez terminada, se marchó a Europa, abandonando el cine de manera repentina e inexplicable.

Lora Meredith (Lana Turner) es una joven viuda que se ha mudado a Nueva York para intentar abrirse camino como actriz, aunque las cosas no le van demasiado bien. Un día, en una playa, conoce a Annie (Juanita Moore), una mujer negra con una hija pequeña, Sarah Jane (Karin Dicker), que no tiene trabajo ni  hogar, y se las lleva a su apartamento.

Basada en la novela del mismo nombre de Fannie Hurst, ésta es en realidad la segunda versión cinematográfica de la mencionada novela, pues hay una primera adaptación, también con el mismo título, de 1934 a cargo de John M. Stahl, que mereció una nominación a los Oscars en 1935 como mejor película. Douglas Sirk, en todo caso, decía no haber visto la película de Stahl y, al parecer, su versión difiere bastante de la de ese director como para establecer comparaciones.

Imitación a la vida es, a primera vista, un melodrama más. Reune todos los elementos característicos del género y, para ser sincero, uno empieza a verla con cierta distancia, como cuando se acude a un museo y sabemos que lo que encontraremos allí serán objetos de otra época, rarezas sin duda. Sin embargo, bien mirada, la película es algo más, contiene mucho más que un simple drama donde las protagonistas absolutas, y exclusivas, son cuatro mujeres. Porque Imitación a la vida nos está ofreciendo en realidad un retrato de la sociedad americana de finales de los cincuenta y es un retrato amargo y crudo, pero servido bajo un manto de lujo que puede llegar a despistarnos.

De entrada, la película nos muestra la difícil situación de dos madres, con una hija a su cargo cada una, que apenas tienen para comer. En la primera sociedad del planeta, la pobreza está muy presente. Pero también tenemos el problema del racismo, que encasilla a las personas y les marca su futuro, de ahí la lucha de Sarah Jane para escapar de su destino negando su color de piel. Y tenemos además el mundo del espectáculo, con los representantes aprovechados, las ofertas indecentes, las apariencias, las mentiras. Y por si no fuera suficiente, Douglas Sirk también nos habla de las ambiciones que pueden llevar a romper con lo que más se quiere o sacrificar la atención a una hija por una carrera, y nos habla también de los problemas entre padres e hijos, el salto generacional, etc, etc.

Como vemos, Imitación a la vida es mucho más complejo que el simple melodrama. Y es que incluso este género, que a priori me resulta muy poco atractivo, es capaz de ofrecernos grandes relatos si se cuenta con un buen material y si el director tiene talento. Y Douglas Sirk tenía talento y tenía el buen gusto para hacer un film brillante sin renunciar a la esencia y razón de ser del melodrama.

Y el talento de Sirk se revela de manera genial en que, como decía antes, uno comienza a ver la película con cierto distanciamiento, como una curiosidad histórica, pero poco a poco se va viendo inmerso en la historia hasta el punto que, llegados al último tercio, ya no podemos mantenernos neutrales y sentimos en carne propia el drama ajeno. Porque Sirk consigue dosificar el drama con una maestría soberbia, conduce la historia sin titubeos y va aumentando la intensidad lentamente, pero siempre de manera ejemplar, sin trampas, hasta lograr un final pletórico, cargado de emoción, sin que nos resulte recarcado o excesivo, a pesar de la intensidad y lo previsible del mismo.

En cuanto al reparto, nada que decir. Tanto Lana Turner como John Gavin, un actor que no me gusta demasiado por cierto, o Sandra Dee, Juanita Moore o la bella Susan Kohner están perfectos. Es verdad que responden a un estilo muy propio de la época y hoy en día parecen un tanto desfasados, pero su trabajo sigue siendo muy bueno. Tanto Susan Kohner como Juanita Moore, por cierto, fueron nominadas por su trabajo.

Bajo un revestimiento de un lujo grandioso, tanto en vestuario como peinados o joyas o decorados, Douglas Sirk nos ofrece una de las obras cumbres de su carrera que será, como señalaba al comienzo, su despedida de Hollywood. En la cima de su carrera, Sirk se marcha. Quizá previendo el fin de una época, ante la llegada de los sesenta con todos sus cambios y sus revoluciones. El mundo de las superproducciones terminaría con los cincuenta. Puede que el director pensara que lo que estaba a punto de llegar no fuera ya con él. En todo caso, Imitación a la vida es una película muy digna para despedirse de una profesión y una época.

Douglas Sirk solo volvería al cine como co-director de Bourbon Street Blues (1979).

lunes, 5 de marzo de 2012

Falso culpable



Con Falso culpable (1956) estamos ante un film sin duda particular en la filmografía de Alfred Hitchcock, pues se trata de una historia basada en hechos reales y en donde el director decidió alejarse de su estilo para intentar hacer una película lo más fiel posible a los hechos en los que estaba basada.

Manny (Henry Fonda), un músico de un club de Nueva York, casado, con dos hijos y una vida tranquila y anodina, es detenido una tarde por la policía bajo la sospecha de haber cometido una serie de atracos. Identificado erróneamente por alguna de sus supuestas víctimas, Manny es encarcelado y deberá someterse a juicio. Fruto de toda esa tensión, su esposa Rosa (Vera Miles) termina en un psiquiátrico.

Hitchcock se basó en una historia que había leído en "Life Magazine" acerca de un hombre inocente que era confundido con un ladrón. El tema del inocente en apuros parecía irle como anillo al dedo al director, que puso todo el empeño en ser lo más fiel posible a los hechos reales. De hecho, llevado por ese afán de exactitud, muchos de los personajes que pueblan el film son algunas de las personas que vivieron esos hechos, como el doctor y enfermera del psiquiátrico en que recluyen a Rosa. También se rodó en los mismos lugares en que ocurrió la historia real y Hitchcock utilizó además actores poco conocidos, salvo los principales protagonistas, para darle a su film la mayor sensación de realismo posible. Pero si bien es verdad que Falso culpable está rodado evitando falsear o dramatizar demasiado la historia, no deja de estar rodado siguiendo los cánones de un film comercial.

Y aquí reside quizá el mayor inconveniente de la película: se busca la mayor verosimilitud, pero sin renunciar a lo comercial. De ahí que exista alguna escena que choca un poco con el tratamiento austero que domina la puesta en escena, y me refiero por ejemplo la escena en que Hitchcock hace girar la cámara cuando Henry Fonda está en la celda o a la aparición del verdadero ladrón, con el recurso a la superposición de los rostros de ambos actores. Por otro lado, en algunos momentos el ritmo pierde intensidad; en especial se produce un bajón importante en cuanto la historia se adentra en los prolegómenos del juicio. Para el director, el problema residía en que hay un momento en que el relato pasa a centrarse en los problemas mentales de Rosa, con lo que al llegar a la parte del juicio la intriga ha perdido su fuerza.

Junto a ese detalle, otro de los problemas de la historia es que, al ser fiel Hitchcock a lo sucedido, nos encontramos con que faltan quizá momentos álgidos. En caso del juicio es el mejor ejemplo: si el director se hubiese decantado por un tratamiento más dramático de la historia, ese sería sin duda uno de los momentos claves de la película. Pero Alfred Hitchcock se mantiene firme en su idea inicial y reproduce lo sucedido realmente con fidelidad absoluta: el juicio es anulado por un comentario inapropiado de uno de los jurados.

A pesar de estos detalles, Falso culpable es una película que me gusta: su historia es irreprochable, pues es verídica, el guión es sólido, la actuación de Henry Fonda es magnífica y, además, tenemos los sucesos vistos desde el punto de vista de inocente, un enfoque elegido expresamente así por Hitchcock en contra de lo que habría sido la elección más habitual, tratar el tema desde el punto de vista del policía que buscaría la manera de probar la inocencia del músico. Pero ese planteamiento no interesaba a Hitchcock, quería que viéramos y sintiéramos, en la medida de lo posible, el desconcierto y la frustración del inocente en primera persona. En ese sentido, creo que acierta plenamente y consigue su propósito.

Un film pues especial, lejos quizá de las propuestas más comerciales y más efectistas del director británico, pero un trabajo con bastantes puntos de interés como para que merezca ser valorada por sus evidentes virtudes.