El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 29 de octubre de 2010

Tootsie


Michael Dorsey (Dustin Hoffman) es un actor en paro. Su problema es que es un tipo muy quisquilloso y se ha ganado una reputación de actor problemático, por lo que nadie desea trabajar con él. Ante tal panorama, decide arriesgarse y si no puede trabajar como Michael Dorsey, intentará que lo contraten como Dorothy Michaels.

Tootsie (Sydney Pollack, 1982) no arranca demasiado bien. Los primeros minutos parecen repetir el esquema de diálogos rápidos, atropellados y un tanto estereotipados que hemos visto repetidas veces, por ejemplo, en las comedias de Woody Allen. Sin embargo, en cuanto Hoffman se disfraza de Dorothy, la película comienza a ganar puntos y no deja de subir el nivel impecablemente hasta un final soberbio. Y el tema no es sencillo. Hacer una comedia sobre un hombre que se disfraza de mujer es tarea complicada. Primero, hay que conseguir que el espectador se crea el disfraz. En este caso, nos los creemos por completo. Mérito de un maquillaje soberbio y, sobre todo, de una interpretación de Dustin Hoffman más que notable. Encarna a una mujer absolutamente creíble, sin caer en los excesos a los que a veces parece imposible escapar; Hoffman convence dentro de una afectación contenida y llega un punto en que, a pesar de que somos conscientes de que está disfrazado, aceptamos como naturales sus pautas de comportamiento.

Otra dificultad de la historia reside en no caer en lo vulgar y lo evidente. La amenaza del chiste fácil y del camino trillado están al acecho constantemente. Sin embargo, Pollack cuenta con un guión soberbio que evita esos peligros y construye una comedia elegante, inteligente, con algunas buenas reflexiones sobre el papel de la mujer en determinados ámbitos, y sobre todo con algunos chispazos de humor, sorprendentes unos, esperados pero muy bien logrados otros y, por supuesto, un ritmo que no flojea en ningún instante. A medida que la trama se va complicando y Dorothy empieza a luchar en demasiados frentes que la superan, el guión se mantiene siempre en el buen camino y sale airoso en cada una de las situaciones, siempre a base de buen gusto, coherencia y pequeños detalles de un humor eficaz y desenfadado, que nos arrancan las carcajadas de manera natural y maravillosa.

El otro gran acierto de la película es un reparto cuajado de actores increíbles, desde el primero al último. Jessica Lange está perfecta y de ahí el Oscar como mejor actriz secundaria. Pero es que, además de ella y la ya citada maravillosa interpretación de Hoffman, está el propio Sydney Pollack, en uno de sus pinitos como actor, muy logrado por cierto, está Charles Durning, perfecto como padre de Jessica Lange. Bill Murray, bastante comedido y en uno de los papeles que más me han gustado de él; George Gaynes, como actor mediocre y torpe es uno de los personajes más geniales de la película y, finalmente, una jovencísima Geena Davis en su primer papel en el cine.

Tootsie es una gran comedia. Y hacer una buena comedia es tarea complicada. Se basa en algo utilizado hasta la saciedad: el enredo. Y el gran mérito de la película es no parecerse a ninguna otra, en salir siempre adelante a base de buen humor, fresco, sorprendente y natural. Tootsie sabe jugar sus bazas: la lucha de sexos, el machismo, el mundillo del espectáculo, con los actores fracasados que no se cansan de intentarlo una y otra vez, la fama, el triunfo y el fracaso, el amor, el deseo, las mentiras y las medias verdades, todo está ahí entremezclado con muy buen arte, con un saber hacer envidiable y mucho sentido común.

lunes, 25 de octubre de 2010

Fallen




Dirección: Gregory Hoblit.
Guión: Nicholas Kazan.
Música: Tan Dun.
Fotografía: Newton Thomas Sigel.
Reparto: Denzel Washington, John Goodman, Donald Sutherland, James Gandolfini, Embeth Davidtz, Elias Koteas, Robert Joy, Barry Shabaka Henley, Aida Turturro.

Enganchado a la tendencia en vigor, al film fácil y resultón, Fallen (Gregory Hoblit, 1998) se une a la moda del thriller de psicópatas y crímenes misteriosos. Pero buscando un algo más, enredando el ovillo hasta límites increíbles, Hoblit se adentra sin sonrojo en el más allá.

El detective John Hobbes (Denzel Washington) ha conseguido detener a un peligroso asesino en serie que es ajusticiado en la cámara de gas. Todo parece haber terminado cuando, de repente, comienzan a aparecer nuevos hombres asesinados con el mismo método que utilizaba el asesino ejecutado. Pronto, Hobbes comprende que no se enfrenta a un caso más, sino que tiene que luchar contra un extraño ser y sobrenatural.

Un poco en la estela de Seven (David Fincher, 1995) o al menos buscando un buen resultado como aquella, Fallen obtuvo un buen respaldo en taquilla, lo que demostró que la fórmula funciona a nivel de gran público. Otra cosa son los méritos reales de la película.

La verdad es la primera parte de Fallen funciona bastante bien. Mientras estamos en ascuas, sin conocer realmente que es lo que esconde el argumento, la intriga nos atrapa y nos mantiene alerta, en busca de pistas y explicaciones. En este sentido, el comienzo con el flash-back de un Hobbes en peligro de muerte, aunque luego entenderemos que no era lo que creíamos, es un punto de partida magnífico para engancharnos desde el primer minuto. Pero el problema en estos casos suele aparecer cuando llega la hora de las explicaciones. Y Fallen no se libra. Los excesivos y nunca convincentes argumentos tendentes a aclararnos quién es el malo de la película, una especie de ángel caído ansioso de venganza, arruinan en parte la buena primera parte de la película. Cuando la clave del misterio es sobrenatural, pura invención artificiosa e irreal, está demás intentar racionalizarla para que nos resulte digerible. Los intentos resultan infantiles y hasta patéticos. Incluso en ese momento, en la parte central del film, el ritmo cae bastante, pasando la película por momentos un poco anodinos.

Nos queda, al menos, pensamos, ver el desenlace. Si éste resulta imaginativo y poderoso, podremos perdonar algunas licencias de la trama. Pero el desenlace, si bien no es una chapuza, no termina tampoco de funcionar y en parte es porque se basa en un engaño que ha estado ahí desde el principio: el citado arranque en flash-back. Y es que el problema de no tener un buen guión hace que el interés se mantenga con alfileres, a base de trampas, ocultaciones y a veces incluso conejos saliendo de la chistera. Es lo malo de fiarlo todo a los efectos, sean visuales o argumentales.

Para que este tipo de propuestas funcionen a nivel general y atraigan al público es necesaria una buena factura, que Fallen la tiene, aunque sin brillantez, y un buen reparto, que también está presente. Tanto Denzel Washington, con su registro habitual, como Donald Sutherland, siempre con ese punto de maldad o cinismo que tan bien le sientan, o el maravilloso John Goodman están convincentes y sostienen el tinglado acertadamente.

En resumen, una película para pasar el rato, pero sin que llegue a alcanzar ninguna cota de buena calidad en ningún apartado. Incluso, hilando un poco fino, podríamos achacarle un cierto tufillo peligroso cuando, al comienzo de la película y sin venir realmente a cuanto, se defiende a los polis corruptos como una especie de mal menor. Un detalle sin duda bastante desafortunado.

domingo, 24 de octubre de 2010

Causa justa



Dirección: Arne Glimcher.
Guión: Jeb Stuart & Peter Stone (Novela: John Katzenbach).
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Lajos Koltai.
Reparto: Sean Connery, Laurence Fishburne, Ed Harris, Kate Capshaw, Blair Underwood, Ruby Dee, Kevin McCarthy, George Plimpton, Hope Lange, Chris Sarandon, Ned Beatty, Daniel J. Travanti, Taral Hicks, Scarlett Johansson.

Bobby Earl (Blair Underwood), un joven negro, es acusado de la violación y asesinato de una niña blanca. En un juicio un tanto extraño y con la prueba de una confesión obtenida bajo tortura, Earl es condenado a muerte. Como último recurso, Earl le pide a su abuela que contacte con Paul Armstrong (Sean Connery), un eminente profesor de leyes, para que éste intente demostrar su inocencia.

Causa justa (1995) comienza de manera un tanto prometedora, con lo que parece ser un film contra la pena de muerte y de denuncia del racismo sureño. Al menos, eso es lo que parece en un primer momento. Pero poco a poco la película va sembrando dudas, comienzan a surgir casualidades un tanto curiosas y lentamente nos damos cuenta que no estamos más que ante uno de esos thrillers rebuscados, pretenciosos y tramposos que tan de moda se pusieron en los años noventa. Pocos de estos productos para el consumo fácil se han salvado de la quema, quizá el único que merece mis respetos es Seven (David Fincher, 1995), macabro y tramposo, pero tremendamente original y subyugante; pero Causa justa no se libra, ciertamente.

La historia es mediocre y se construye a base de engaños, mentiras, falsedades y pequeños trucos sin demasiado ingenio, que lo único que consiguen es enredarlo todo, desprestigiar el supuesto talento del flamante abogado y hacer que nos sintamos estafados por un guión que sólo busca el golpe de efecto, sacrificando lo plausible en aras de no sé que supuesta sorpresa, porque el final, además de ser totalmente previsible, resulta de lo más vulgar y trillado, sin pizca de imaginación.

El reparto es, tal vez, de lo poco que se salva de la película. Pero aún así, Sean Connery no resulta del todo creíble como marido de la estupenda Kate Capshaw. Vale que es sin duda el gancho para atraer al público, vale que es el productor ejecutivo, pero no puede seguir haciendo de guaperas con más de sesenta años y aparecer como padre de una niña de diez, interpretada por una jovencita Scarlett Johansson. Es posible, pero no convence. El que sí convence es Ed Harris, tremendo actor que en los pocos minutos que tiene borda realmente su papel de perturbado agresivo. También me ha gustado el trabajo de Laurence Fishburne, un gran actor que me ha convencido siempre que lo he visto actuar.

Definitivamente, Causa justa es una de esas películas pensadas y creadas con mero interés recaudatorio. Carece de un trabajo digno de elaboración y solamente resultará entretenida para aquellos espectadores amantes de los thrillers un tanto morbosos y que se contentan con pasar el rato sin pedir demasiado. Para el resto, mejor huir de cosas semejantes.

Un hombre para la eternidad



Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966) ganó el Oscar a la mejor película en 1966, amén de otros cinco más (mejor director, mejor actor, Paul Scofield, mejor guión adaptado, mejor fotografía y mejor vestuario). Con tales recompensas podríamos pensar que estamos ante una obra maestra y, sin embargo, a pesar de contar con innegables méritos, Un hombre para la eternidad no es la gran obra que podíamos esperar.

Enrique VIII (Robert Shaw), rey de Inglaterra, no tiene descendencia con su actual esposa, Catalina de Aragón. Encaprichado con Ana Bolena (Vanessa Redgrave), desea obtener el divorcio para poder casarse con ella. Pero quiere el apoyo de toda la corte, algo que parece que no tendrá problemas en obtener salvo por una persona, Thomas Moro (Paul Scofield), ferviente católico y hombre de una recta moral que, a pesar de su amistad con el rey, no puede ir contra sus principios.

Un hombre para la eternidad es una buena película. En primer lugar, por la reconstrucción histórica bastante aceptable y alejada de excentricidades, lo que le aporta a la historia un plus de veracidad y seriedad. Es cierto que al tratarse de una obra de ficción, el guión se toma algunas licencias o, más bien, simplifica las cosas en favor de una narración más breve y concisa (no se mencionan los dos matrimonios de Thomas Moro y sólo vemos que tiene una hija, cuando en realidad fue padre de dos hijas más y un varón). También es verdad que con el paso del tiempo vemos que la puesta en escena y la ambientación resultan un tanto teatrales y no del todo perfectas. Pero en conjunto, la aproximación al siglo XVI es más que correcta.

También, en general, el reparto es acertado. Paul Scofield, aclamado actor de teatro inglés, está soberbio y compone un personaje absolutamente creíble y digno hasta el final, sin excesos, convincente y comedido. Lástima de la breve presencia de Orson Welles, al que considero uno de los mejores actores de todos los tiempos y que siempre ofrecía unas interpretaciones colosales. Los pocos minutos que está en escena logra llenar la pantalla, no sólo por su tamaño, con evidente sobrepeso, sino por la fuerza de su rostro y de su mirada. Robert Shaw tampoco tiene mucho papel, pero compone a un Enrique VIII excesivo y colérico perfecto. No todos los actores, sin embargo, están al mismo nivel e incluso algunas escenas resultan un tanto fallidas, no sé si por precipitación o por descuido del director. Pero en general, el reparto saca buena nota y me ha gustado ver especialmente a un joven John Hurt en sus primeros pasos en el cine.

La otra gran baza de la película es un guión excelente, inteligente, brillante en muchos momentos y con algunas de las frases más agudas y oportunas que pueden escucharse. Un trabajo impecable en este aspecto y que dignifica la película y le añade una categoría que raras veces tenemos ocasión de disfrutar en el cine.

Pero, como decía al principio, Un hombre para la eternidad no da de sí todo lo que podríamos esperar. En parte, el problema puede que resida en una alarmante falta de ritmo que lastra la película desde el principio. La primera parte de la historia se me hizo especialmente larga, lenta e insustancial. Tal vez porque la película arranca sin meternos en la historia, sin prepararnos. Se elige un momento en la vida de Moro para el comienzo de la narración pero sin explicaciones ni preámbulos. Luego, la historia no parece avanzar, no se presiente el peligro y hay momentos que hasta parecen superfluos. Afortunadamente, hacia la mitad de la película, la historia comienza a ganar interés, empezamos a comprender las trampas y las amenazas que se ciernen sobre Moro y, además, es ahora cuando el guión empieza a destacar con diálogos prodigiosos que van dando una categoría moral e intelectual a la figura de Thomas Moro hasta convertirlo en un extraño héroe que, a base de utilizar siempre la razón y de defender sus convicciones con firmeza, consigue ridiculizar y humillar a sus enemigos y, por extensión, a todo aquel que, por ambición o avaricia, no duda en venderse al mejor postor. En este caso, Moro no puede ceder a las presiones de un rey caprichoso y autoritario aunque en ello le vaya la vida; y acosado también por los envidiosos y los corruptos de turno que ven en su figura un enemigo y una amenaza. La figura de Moro emerge así como una persona de una excepcional rectitud y una inquebrantable lealtad a sus convicciones.

A pesar del interés de la historia en esa parte final, la película tampoco es un prodigio en cuanto al montaje, con escenas narradas de modo brusco, cambios un tanto repentinos de escena, movimientos de cámara no demasiado afortunados, etc. Creo que Fred Zinnemann no era, tal vez, el director ideal para este proyecto. Recuerdo Solo ante el peligro (1952) y sus problemas de ritmo y de montaje y veo que, en parte, es ahí donde cojea esta cinta.

Un hombre para la eternidad es, en definitiva, una buena película histórica, centrada en un personaje que adivinamos fascinante y del que tenemos un pequeño esbozo en esta obra, pero que vista hoy en día no parece merecer la lluvia de premios que consiguió en su momento. Pero no deja de ser un film muy interesante y, sobre todo, recomendable por su excelente guión.

miércoles, 20 de octubre de 2010

El ángel exterminador



El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962) es, para muchos, la obra maestra de este peculiar cineasta, ejemplo perfecto del surrealismo cinematográfico. No soy un experto en cine, tan sólo un mero aficionado. Pero reivindico mi derecho a opinar en función de si una película me gusta o no, me dice algo, me entretiene o me sacude. Y El ángel exterminador me aburrió bastante, por lo que mi punto de vista será bastante menos complaciente que lo solemos encontrar a propósito de Buñuel y su obra.

Al término de una cena en la mansión de los Nóbile, un grupo de elegantes burgueses descubre que por alguna extraña razón son incapaces de abandonar el salón en donde acaban de escuchar un recital de piano. El tiempo pasa y la tensión comienza a aumentar y la falta de comida y de agua hará que empiecen a aflorar los más primitivos instintos de supervivencia.

El ángel exterminador puede interpretarse como una crítica hacia la burguesía, con su elitismo, su cerrazón a las clases inferiores, su gusto por el lujo y la etiqueta, su refinamiento y sus poses pero que, en el fondo, está sujeta a las mismas pasiones y los mismos instintos que cualquiera. Sin duda, esta la lectura más evidente del film. Sin embargo, Buñuel evitaba racionalizarlo todo. La película sería diferente en función de quién la viera y, de todos modos, nunca podría quedar explicada del todo. La intención del cineasta no era darnos todas las claves, sino más bien sembrar dudas.

Personalmente, me parece un crítica de las clases altas bastante certera pero, a la vez, anticuada. Se nota cierta ingenuidad en el planteamiento que, más de cuarenta años después de su estreno, resulta un tanto desfasado. Cualquier persona, sea burgués o no, perdería seguramente su refinamiento si se viera empujado a una situación límite donde su propia vida corriera peligro. Pero no es este el principal problema de la película.

La limitación de la acción a unos personajes concretos y un espacio único termina por ser un lastre insalvable. Quizá faltó más tensión, más variedad de situaciones o, sencillamente, acortar un poco la historia; quizá el trabajo de los actores, algunos muy poco convincentes, no ayude a que nos impliquemos más en su drama, que queda bastante frío. Así, por momentos la película resulta aburrida y se hace demasiado larga; pierde ritmo y por momentos deseamos que avance hacia el desenlace en busca de algo novedoso que nos sacuda un poco en la butaca. Pero tampoco la solución final resulta del todo brillante; es tan absurda, eso sí, como el origen del problema, lo cuál no es una crítica necesariamente, pero tampoco ayuda a cerrar la historia de manera brillante. Y el epílogo de la iglesia, además de previsible, tampoco aporta nada nuevo.

Es indudable el mérito de la propuesta de Buñuel por un cine diferente y atípico, irracional y surrealista. Ha quedado como un hito en la historia de este arte. Pero ello no implica que, en pleno siglo XXI, no resulte una propuesta un tanto desfasada y de una cierta ingenuidad que, por suerte o por desgracia, el cine actual se ha encargado de poner en evidencia con historias mucho más perturbadoras o impactantes.

El ángel exterminador seguramente fascinará a un nutrido grupo de críticos y estudiosos que valorarán aspectos muy particulares de la película. Pero yo, como mero aficionado, aprecio la propuesta en lo que de novedosa tiene, pero reconozco su caducidad y no puedo dejar de señalar los defectos que a día de hoy me parecen evidentes.

domingo, 17 de octubre de 2010

¿Quién era esa chica?



¿Quién era esa chica? (George Sidney, 1960) es una comedia bastante mediocre, con muy poquito que ofrecer y que termina haciéndose interminable, si bien la historia no dura más que 115 minutos, pero es que cuando el tema no da más de sí y la supuesta comicidad brilla por su ausencia, los minutos parecen multiplicarse.

Cuando su celosa esposa Ann (Janet Leigh) lo sorprende besándose con una alumna, el catedrático de química David Wilson (Tony Curtis) pide ayuda a su amigo Michael Haney (Dean Martin), guionista de televisión, para que le ayude a lograr que su mujer le perdone el desliz; para ello, Michael se inventa la pertenencia de David al FBI.

Basada en una obra teatral, la película es el típico ejemplo de ese estilo de comedia americana un tanto disparatada y muy poco creíble, con un humor bastante infantil, donde la base del humor reside en situaciones más bien grotescas donde los actores no paran de hacer el ridículo. En toda la película no recuerdo más que un par de momentos en que me provocó alguna sonrisa, pues ni la historia, absurda y forzada, ni las interpretaciones, un tanto exageradas, ni los diálogos, planos y sin brillantez, logran despertar el más mínimo interés. Los personajes no están más que sugeridos, pero sin que alcancen entidad propia. Y el planteamiento inicial ya de por sí es demasiado rebuscado como para crear complicidad con el espectador. Y todo ello rematado por una puesta en escena carente de inspiración.

Durante la primera parte de la historia me dio la impresión que había tan pocos mimbres que las escenas se alargaban artificialmente, pero sin que fuera posible lograr nada más de ellas. Hacia la parte final, la historia parece recobrarse cuando entran en acción verdaderos agentes del FBI, la CIA y hasta unos agentes comunistas que parecen tomarse en serio la suplantación de Michael y David. Pero no es más que un breve momento que pronto se revela estéril. La comedia vuelve de nuevo al humor fácil, a las situaciones forzadas y, como remate, culmina con una escena acaramelada de un machismo bastante trasnochado y con una especie de moraleja bastante chirriante, en la que se nos dice que cualquier crápula puede encontrar el perdón si es sincero y si su esposa es un tanto tonta.

En cuanto el reparto, decir que no estamos ante unos grandes actores. Tony Curtis, salvo por su físico, no tiene demasiado que ofrecer. Janet Leigh y Dean Martin están correctos sin más. Quizá me quedo con los actores secundarios, como John McIntire o James Whitmore, bastante más creíbles que los protagonistas.

En definitiva, una película demasiado simple, demasiado facilona y con un humor no demasiado elaborado y que a base de situaciones absurdas no logra más que aburrirnos y cansarnos irremediablemente. Es verdad que no es nada sencillo hacer comedia, pero es imposible si se parte de tan flojo material como en este caso.

sábado, 16 de octubre de 2010

Atraco a las tres



Atraco a las tres (José María Forqué, 1962) es un título mítico del cine patrio. Es una de esas películas que siempre se citan cuando se repasa lo mejor de nuestro cine. No es una película exenta de fallos y en algunos momentos se roza lo grotesco, pero en conjunto es una buena comedia, muy por encima de la media nacional.

En una sucursal bancaria, el director (José Orjas), un hombre ya mayor y de gran corazón, va a ser relevado de su cargo por su ligereza a la hora de conceder préstamos. Su marcha es la ocasión perfecta para que Galindo (José Luís López Vázquez) decida poner en marcha su plan de robar la sucursal. Y aunque en un primer momento sus compañeros se escandalizan ante semejante idea, poco a poco empiezan a vislumbrar las ventajas de participar en la empresa.

Quizá lo mejor que se puede decir de Atraco a las tres es que, dentro de la línea de humor típicamente española, consigue contenerse bastante bien y sólo en contadas ocasiones de peca un poco por exceso. Es cierto que el argumento no está libre de ciertos tópicos, pero predomina un humor más elaborado, a base de situaciones que, aunque previsibles, están bastante bien llevadas, y con chispazos de humor aquí y allá que nos mantienen despiertos y nos arrancan más de una carcajada por sorpresa.

La película es una parodia, una comedia castiza, un film que nos retrata como chapuceros, machistas, reprimidos, avariciosos y manazas. No hay nada nuevo desde este punto de vista, pero sí un cierto estilo, un guión bastante trabajado y con momentos muy logrados y un reparto sobresaliente en líneas generales.

Es verdad que algunas escenas son realmente malas, como la del baile de Katia Loritz, pésima actriz que no debiera haber formado parte de la película, o algunos momentos en que se roza el ridículo por querer estirar de más la comicidad de una situación. Y tampoco es que Agustín González lo borde. Puede que sea el más flojo del reparto, tras la citada Katia, anunciando ya lo que serán sus actuaciones futuras: un cúmulo de gestos repetidos y sobreactuación casi sistemática. Alfredo Landa, en los comienzos de su carrera, tampoco está brillante. El peso de la película recae en López Vázquez, genial a pesar de sobreactuar un poco, en Gracita Morales, realmente encantadora en su papel de vampiresa, en Manuel Alexandre, un botarate genial, y en Cassen, que me parece de lo mejorcito del reparto, un tipo gracioso por naturaleza y que realiza un estupendo trabajo. Tampoco me gustaría olvidarme de Manuel Díaz González, Prudencio en la película, actor menos conocido pero que está realmente perfecto en el papel de odioso interventor, un personaje que desgraciadamente es bastante habitual entre los empleados de banca e imagino que en otras profesiones.

Sin embargo, a pesar de sus pequeños fallos, Atraco a las tres es una buena comedia. No es un film genial, pero sigue vigente a pesar de los años transcurridos y muy pocas obras nacionales pueden hacerle sombra. Es un film que nos hace pasar un buen rato y sabiendo lo difícil que es hacer una buena comedia, y más con el estilo un tanto chabacano de nuestro humor, el mérito de Atraco a las tres es enorme.

Como curiosidad, decir que el nombre del banco de la película, Banco de los Previsores del Mañana, se inspira ciertamente en el nombre que tenía en su época el Banco Popular Español, originariamente: Banco Popular Español y de los Previsores del Porvenir.

jueves, 14 de octubre de 2010

La conquista del Oeste



La conquista del Oeste (John Ford, Henry Hathaway y George Marshall, 1962) fue un proyecto ciertamente ambicioso en una época en el que el western había dejado atrás sus años de gloria. Corresponde a esos años en que el cine buscaba innovaciones técnicas con las que competir con la cada vez más influyente televisión.

Los Estados Unidos son una nación joven e inmensa que ve crecer sus territorios hacia el Oeste. Muchos colonos se lanzarán a la aventura de busca de nuevas tierras en las que comenzar de nuevo y hacer fortuna. No pocos perecerán en el camino.

La conquista del Oeste es, por encima de todo, una superproducción, con lo de bueno y malo que este tipo de películas lleva consigo, salvo en las obras maestras de David Lean. Es por tanto un film perfecto en las formas, donde destacaremos el novedoso Cinerama, rodando con tres cámaras y uniendo los planos de manera que se lograban espectaculares imágenes panorámicas, aunque con el problema de que se notaban las uniones de los tres planos, aspecto éste solventado recientemente, con lo que podemos disfrutar de este novedoso sistema en todo su esplendor. Tampoco podemos olvidarnos de la preciosa banda sonora de Alfred Newman y, especialmente, del soberbio reparto, casi interminable, con nombres legendarios como John Wayne, Henry Fonda, Carroll Baker, James Stewart, Gregory Peck, Karl Malden, Richard Widmark, George Peppard, Eli Wallach, Walter Brennan y un largo etc.

Sin embargo, intentar contar la historia de la conquista del Oeste en 155 minutos, usando como hilo conductor la historia de una familia de pioneros y sus descendientes, no llegó a cuajar. No es que sea una mala película, pero con el paso de los minutos las historias van perdiendo profundidad, se producen demasiados saltos en el tiempo, los hechos se han de contar de manera concisa y, por tanto, sin demasiada profundidad, no todos los capítulos consiguen mantener el interés por igual, ...

El resultado es un film que se hace excesivamente largo y, al tiempo, echamos de menos que se dedique más tiempo a ciertos momentos. Hay secuencias brillantes, como por el ejemplo el arranque del film, con el descenso por los rápidos, quizá lo mejor de todo, en parte también porque aún no nos sentimos saturados como lo estaremos en la parte final de la película. También está realmente conseguida la escena de la estampida de los búfalos. Ya decía antes que técnicamente la película es muy buena.

La Guerra Civil, parte dirigida por Ford, también resulta interesante, gracias al cuidado que solía poner Ford en el tratamiento de los personajes, con ese cariño hacia la figura de las mujeres, con esa delicadeza y ternura a la hora de adentrarse en los sentimientos de los personajes.

Pero el conjunto, repito, no termina de encajar. Hay algo de artificioso que sobrevuela toda la película, como si el intento de sorprendernos e impactarnos estuviera demasiado patente, fuese tan evidente que le resta autenticidad al conjunto. El final, en el tono patriotero típico de Hollywood, cuando se salta a la época actual, resulta para mi gusto innecesario y un tanto cargante.

La conquista del Oeste ha de verse como un film especial, un ambicioso intento de resumir la historia de un país en expansión a base del más puro y clásico cine grandioso. Sin llegar a alcanzar todas las metas que perseguía, merece verse como una curiosidad singular e irrepetible y como una ocasión única de ver juntos en un mismo film a algunas de las mejores estrellas del cine americano.

domingo, 10 de octubre de 2010

Recuerda



Dirección: Alfred Hitchcock.
Guión: Ben Hecht.
Música: Miklós Rózsa.
Fotografía: George Barnes (B&N).
Reparto: Ingrid Bergman, Gregory Peck, Michael Chekhov, Leo G. Carroll, Rhonda Fleming, John Emery, Norman Lloyd, Bill Goodwin, Steven Geray, Donald Curtis.

Recuerda (1945) es un film un tanto extraño en el que el director pretende rodar la primera obra centrada en las modernas, en su época, teorías del psicoanálisis. El resultado, sin embargo, no dejó muy satisfecho ni a Hitchcock ni a la crítica.

Constance (Ingrid Bergman) es médico en una clínica psiquiátrica. Su vida está totalmente centrada en su trabajo y no parece haber lugar en ella para nada más. Sin embargo, cuando llega el sustituto del doctor Marchison (Leo G. Carroll), director de la clínica que va a jubilarse, el doctor Edwards (Gregory Peck), Constance se enamora de él al instante. Sin embargo, pronto empieza a notar un comportamiento extraño en Edwards, hasta que comprende que no es en realidad el doctor, sino alguien que parece haber usurpado su identidad.

Quizá el principal escollo de Recuerda, como también sucedió con Sospecha (1941), es que el espectador en ningún momento cree en la culpabilidad de Gregory Peck, con lo que el suspense se viene abajo sin remedio. Los intentos de crearlo a base de algunas secuencias un tanto equívocas y amenazadoras, como aquella en que Peck parece algo trastornado y se hace con una navaja de afeitar, resultan inútiles. Perdida gran parte de su fuerza, la historia se mantiene solamente en espera de que descubramos lo que realmente ha sucedido al verdadero doctor Edwards.

El otro punto donde la película hace aguas es, precisamente, por la insistencia en el tema del psicoanálisis: no termina de encajar en la trama, parece como forzado, obligado a encajar a base de empujones. Demasiadas explicaciones y un tratamiento bastante ligero del tema lo convierten en un recurso que suena a forzado y que no termina de resultar del todo convincente. La interpretación del sueño del protagonista no resulta demasiado creíble, es todo demasiado evidente, las piezas encajan con una asombrosa precisión. No convence, vamos, ni de lejos. Tampoco la explicación final, donde se resuelve definitivamente el misterio, me resulta creíble. Es precipitada, un tanto ilógica y excesivamente teatral.

Me gustaron, por el contrario, los actores. Ingrid Bergman, por supuesto. Su mirada es intensa y cautivadora y siempre me pareció una mujer fascinante. Y en contra de los que critican a Gregory Peck, me parece que está bastante bien. Su aparición, con el flechazo inmediato de la doctora, es impresionante, y su porte y su belleza explican de sobra la atracción instantánea de Constance. También los secundarios resultan bastante convincentes. Si en otros casos el reparto era el punto más débil en las obras del director, en este caso me parece que es de lo que se salva, junto a la música de Miklós Rózsa, realmente inspirada y de un gran lirismo y ganadora del Oscar de ese año.

El film fue famoso también por la participación de Salvador Dalí en la secuencia del sueño del protagonista. Sin embargo, Hitchcock no tuvo la libertad que hubiera deseado a la hora de filmar esa secuencia. Por cuestiones de presupuesto hubo de rodarla en interiores cuando él deseaba hacerlo en exteriores, y de los 20 minutos que filmó, David O'Selznick, el productor, los redujo a dos en la película (pienso que 20 minutos hubieran sido excesivos realmente).

A pesar de todo, de no tener una buena trama, de algunas secuencias no muy afortunadas y de ser bastante previsible, Recuerda tiene el sello de Hitchcock, lo que quiere decir que es un film bastante entretenido en general, con un ritmo aceptable, pequeños detalles muy buenos y que sin ser realmente un film redondo, que en manos de otros directores hubiera sido infumable, logra hacernos pasar un rato agradable. Nada más y nada menos.

viernes, 8 de octubre de 2010

Elígeme



Dirección: Alan Rudolph.
Guión: Alan Rudolph.
Música: Luther Vandross.
Fotografía: Jan Kiesser.
Reparto: Geneviève Bujold, Keith Carradine, Lesley Ann Warren, Patrick Bauchau, Rae Dawn Chong, John Larroquette. 

Elígeme (Alan Rudolph, 1984) es una película muy circunscrita a su época, los años ochenta, y eso lo acaba pagando con el paso del tiempo. Típico producto de cine independiente, tiene en ello sus mejores virtudes y sus mayores defectos.

Nancy Love (Geneviève Bujold) conduce un programa radiofónico en el que aconseja a los oyentes sobre temas relacionados con el amor, el sexo y el desamor. Sin embargo, en su vida personal es una mujer solitaria que nunca se ha enamorado de un hombre. Por casualidad, su vida se va a ver alterada cuando se va a vivir con Eve (Lesley Ann Warren) , la dueña de un local de copas con no pocos problemas con los hombres y que parece haber encontrado en Mickey (Keith Carradine) al que podría ser el hombre de su vida.

Elígeme, con guión del propio Rudolph, plantea algo tan universal e interesante como las relaciones de pareja, con todas sus complicaciones y posibilidades. El punto de partida es, pues, excelente. El problema es que la película no termina de concretarse. Por una u otra causa estamos esperando más de ella y en contadas escenas nos sentimos recompensados.

Lo primero que me choca es que los personajes principales son todos demasiado raros. No digo que sean gente con problemas, sino que son raros, en especial Mickey, recién salido de un manicomio, aunque evidentemente no está loco. Es una opción tan válida como otra, pero no deja de sorprenderme. Como no deja de sorprenderme que al final, los seis personajes principales terminen estrechamente relacionados en un  cúmulo de casualidades un tanto increíbles.

Pero el principal escollo de Elígeme es que las situaciones, los personajes y hasta los decorados no terminan de resultar convincentes. Tenía la sensación, en todo momento, de ser consciente de que estaba ante una historia filmada. No conseguí meterme de lleno en la trama. Puede que sea por la escasez de presupuesto o la falta de rodaje del director, que se dio a conocer precisamente con esta película, pero el caso es que hay una cierta artificiosidad planeando por toda la película. Tampoco es que los diálogos ayuden demasiado; salvo en contadas ocasiones, uno siente que no se han trabajado como es debido.

Al final, los problemas relacionales de los personajes, sus frustraciones y sus sueños, que hubieran podido dar mucho juego, se quedan a medias, como bocetos, y tenemos la impresión, al igual que con el tema de los diálogos, de que no se profundizó en ello lo suficiente. También el mensaje final, sobre lo sagrado del matrimonio, resulta un tanto incongruente con el resto de la película. ¿Tanta modernidad para terminar con esa frase? La película se merecía otro final.

El reparto, por el contrario, me gustó bastante. En especial Keith Carradine, como una presencia magnética y poderosa que le va como anillo al dedo a su Mickey, un hombre atractivo, seguro de sí mismo y capaz de salir adelante por sus propios medios. Bujold y Lesley Ann Warren creo que están también más que acertadas en sus respectivos papeles. Y no quiero dejar de mencionar a una joven y muy hermosa Rae Dawn Chong en uno de sus primeros trabajos en el cine.

Ojo a la banda sonora, es de lo mejorcito de la película.

A pesar de los defectos señalados, creo que Elígeme es un film interesante, sorprendente en el momento de su estreno y que, a pesar de haber perdido la frescura que pudo tener entonces, sigue siendo una película diferente, con algunos buenos detalles y en general agradable de ver.

miércoles, 6 de octubre de 2010

María Estuardo


Película poco conocida de John Ford, María Estuardo (1936) es, a pesar del año de su realización, un film bastante maduro y desligado ya en gran manera de las formas del cine mudo. Quizá se deba, en parte, a su origen teatral (la película se basa en la obra de Maxwell Anderson) que hace que los diálogos acaparen toda la acción, al tiempo que la acción transcurre practicamente en su totalidad en interiores.

María Estuardo (Katharine Hepburn), a los dieciocho años de edad y siendo ya viuda del rey de Francia Francisco, decide regresar a Escocia y tomar posesión del trono. Sin embargo, desde el principio la situación no será nada fácil para ella. Los nobles, capitaneados por su medio hermano, el conde de Moray, le son hostiles y desean convertirla en un pelele en sus manos. Pero María se muestra firme en sus convicciones, entre ellas la de mantener a ultranza su fe católica. Pero los enemigos no sólo están en Escocia, su prima Isabel I (Florence Eldridge), reina de Inglaterra, teme que María pueda reclamar el trono inglés, al que tiene derecho. Sólo encuentra apoyo en el conde Bothwell (Fredic March), de quién se enamora.

Evidentemente, María Estuardo es un film que se toma bastantes licencias históricas, porque lo importante no es la fidelidad a ciertos hechos, sino crear una hermoso y conmovedor drama en torno a una figura apasionante, protagonista de una de la páginas más trágicas de la historia escocesa.

Apoyándose en unos brillantes diálogos, Ford construye un film intenso donde se nota ya su maestría para mantener el ritmo y dosificar hábilmente los momentos de tensión hasta un final soberbio. A pesar de su duración de algo más de dos horas, la película no decae en ningún instante, lo que es muy meritorio teniendo en cuenta los medios de la época, bastante modestos como se comprueba en los decorados, y las pocas escenas de acción o la monotonía de los escenarios. Pero es que además de los diálogos, el reparto es otro de las grandes bazas de Ford. En especial con la espléndida Katharine Hepburn, impresionante y conmovedora, traspasando la pantalla en cada primer plano suyo. Fredic March le da una más que correcta réplica, pero me gustaría destacar al siempre genial John Carradine, enigmático y poderoso desde su aparente fragilidad física, pero con una mirada profunda y turbadora.

Y después está también la soberbia fotografía de Joseph H. August, con un recurso que sí que nos recuerda la cine mudo, como es el oscurecimiento de algunas escenas dejando un punto de luz para resaltar el dramatismo o la intensidad del momento, y que está aquí muy sabiamente empleado. Ésta, junto a la sensibilidad de Ford, nos regalan algunos planos realmente bellos.

María Estuardo es, en definitiva, un intenso drama, sin estridencias, pero apasionante y que, a pesar de los años transcurridos, y salvando algunos aspectos, sigue siendo una buena película que no ha perdido demasiado con el paso del tiempo. En muchos aspectos podría servir aún de ejemplo a muchos directores sobre lo que debería potenciarse siempre en toda película: los diálogos, los actores y el buen gusto.

martes, 5 de octubre de 2010

La costilla de Adán



La costilla de Adán (George Cukor, 1949) pasa por ser la más conocida de las nueve películas que rodaron juntos la pareja protagonista: Spencer Tracy y Katharine Hepburn. Se trata de una comedia sobre la lucha de sexos que parte de un guión del matrimonio formado por Garson Kanin y Ruth Gordon, ganadora de un Oscar en La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968). Ambos se basaron en una historia real de un matrimonio de abogados que defendían cada uno al miembro de un matrimonio en su proceso de divorcio y que terminaron, los abogados, divorciándose a su vez para casarse con sus defendidos.

Amanda (Katharine Hepburn) y Adam Bonner (Spencer Tracy) son un feliz matrimonio de abogados. Su vida conyugal es perfecta y sólo discrepan en cuanto a la defensa de Amanda de la igualdad de ambos sexos. Sin embargo, su tranquilidad y paz se verán afectadas seriamente el día en que Amanda decide ocuparse de la defensa de una mujer que ha intentado matar a su esposo adúltero, caso en el que Adam va a ejercer como fiscal.

La costilla de Adán, vista hoy en día, resulta un film entre anticuado y exagerado. Bien es verdad que se trata de una comedia, por lo que no podemos exigirle seriedad o verosimilitud en sus planteamientos como si se tratase de un drama. Sin embargo, algunos chistes resultan demasiado exagerados, muchas situaciones directamente ridículas y, en general, me ha parecido una comedia no demasiado inspirada.

Lo mejor de la película es el duelo interpretativo de los protagonistas, dos soberbios actores sobre los que recae enteramente el peso de la obra. El talento de ambos es evidente y mantienen el interés sobre la trama a pesar de que en todo momento podemos adivinar más o menos una solución de compromiso sobre el resultado final de sus disputas y que, irremediablemente, terminarán de nuevo juntos y felices.

Cukor mantiene con nervio el hilo de la historia y consigue sostener la trama con una puesta en escena sencilla pero muy eficaz, a pesar de los estragos del paso del tiempo sobre los planteamientos iniciales y de que algunos personajes o secuencias están cargados de más, rozando, más que la comicidad, el ridículo.

Por otra parte, los alegatos en defensa de la igualdad de ambos sexos resultan también, a tono con el resto de la película, bastante tópicos y exagerados. Hay una manera más sutil de hacer comedia, pero en este caso se optó por cargar las tintas, a mi juicio en exceso.

Es difícil, desde el momento presente, hacer una valoración más equilibrada de esta cinta. Tal vez en su época resultara más impactante, novedosa y sarcástica de lo que resulta en pleno siglo XXI. Con todo, queda como un ejemplo de las inquietudes de una época; es la primera película que aborda esta temática y, por tanto, fuente de inspiración de las que vinieron detrás y es una buena ocasión para disfrutar de una pareja de actores sobresalientes, pareja también en la vida real, lo que añade un poco más de pimienta a la historia.

lunes, 4 de octubre de 2010

El último hurra



Dirección: John Ford.
Guión: Frank S. Nugent.
Música: Miklós Rozsa.
Fotografía: Charles Lawton Jr. (B&W).
Reparto: Spencer Tracy, Jeffrey Hunter, Dianne Foster, Basil Rathbone, Pat O'Brien, Donald Crisp, James Gleason, John Carradine, Edward Brophy, Ricardo Cortez, Jane Darwell.

Seguramente El último hurra (1958) no es la mejor película de John Ford. Ni siquiera creo que esté entre las cinco mejores suyas. Muchos le señalarán algunos defectos, o bastantes, porque no es un film perfecto ni mucho menos. Pero El último hurra es un film de John Ford y lleva su sello grabado a fuego, lo quiere decir que es una gran película.

Frank Skeffington (Spencer Tracy) es el veterano alcalde de una ciudad de Nueva Inglaterra. Ha salido elegido en varias ocasiones y afronta, esta vez, la que será su última campaña electoral. A pesar de ser un buen hombre, sus años de alcalde le han granjeado no pocos enemigos que parecen decididos a impedir que salga de nuevo elegido una vez más.

El último hurra, como se ve por el argumento, es en principio un film sobre la política; pero, como suele pasar con John Ford,  la política termina siendo el marco en que se desarrolla lo verdaderamente importante de la película: el retrato de un hombre bueno.

Naturalmente que se habla de política y Ford no se arruga a la hora de tomar posiciones; no deja de criticar las artimañas, no siempre impulsadas por fines nobles, de los poderes a la sombra (banqueros, eclesiásticos, periodistas, etc.) para lograr seguir manejando los hilos, manipulando, haciéndose más ricos y poderosos. Prefiere la vieja manera de hacer política, representada por el populismo del alcalde Skeffington, cuya figura está basada en James Michael Curley, alcalde de Boston en cuatro mandatos diferentes entre los años 1914 y 1950, que los métodos modernos de grandes medios y de crear una imagen pública que venda aunque sea falsa. Pero pronto el interés principal acaba por centrarse en las personas y en este caso, con el argumento centrado exclusivamente en la figura del alcalde, ésto es aún más evidente que nunca.

John Ford tenía una habilidad especial en humanizar sus historias hasta límites insospechados y, casi siempre, bordeando lo empalagoso pero sin llegar a traspasar nunca la línea. ¿Cómo lo lograba? Es difícil de decir. Pero el resultado era, y es en este caso, emotivo, intenso, humano y muy entrañable. La figura del alcalde se presenta como una especie de abuelo afectuoso y tozudo, un político populista a la antigua usanza, cercano al pueblo y correoso contra quién quiera que intente ponerle zancadillas. Pero la grandeza de Ford reside en lograr conmovernos casi sin querer, o sin que nos demos cuenta.

Con un estilo casi invisible, centrando el interés en lo que cuenta y no en cómo lo cuenta, la película es de una sencillez sorprendente, pero con una fuerza y una intensidad que no dejan de crecer a medida que nos adentramos en el presente y el pasado del alcalde. Y todo se cuida con esmero. Es legendario ya el gran papel que tenían los personajes secundarios en los films de Ford. Y una vez más aquí se pone de manifiesto con cada una de las personas que aparecen en la película. Todas tienen una historia que vamos conociendo o adivinando, todos van aportando su pequeña contribución a la historia y, al final, en uno de los finales más emotivos del director, todos van a demostrar que no estaban ahí por nada.

Y además, está el talento fabuloso de Ford para la puesta en escena, con los encuadres perfectos, el ritmo preciso, los pequeños detalles de humor aquí y allá, la profundidad de los diálogos, la ternura evocadora del pasado y esa manera de contar que era, en muchas ocasiones, pura poesía.

Que Spencer Tracy es un prodigioso actor no es nada nuevo. Su elección para el papel del alcalde Skeffington es perfecta. Borda su papel de principio a fin y no deja de resultar convincente en ningún instante. A su lado, el típico despliegue de secundarios de Ford, muchos ya habituales en múltiples películas del director, siempre eficaces, como Donald Crisp, Pat O'Brien, Basil Rathbone, James Gleason, John Carradine, Ricardo Cortez, Jane Darwell, la madre en Las uvas de la ira (1940), o Jeffrey Hunter, aquí bastante inspirado.

Es cierto que tal vez peque la película de ser un poco larga de más. Hubiera tenido quizá el ritmo perfecto recortando un poco los 121 minutos de duración. Pero el resultado final se sobrepone a este pequeño pero y Ford deja constancia de nuevo de que no hubo nadie en la historia del cine que supiera crear historias tan densas y tan sencillas a la vez, tan tiernas y tan humanas sin, aparentemente, el menor esfuerzo. 

domingo, 3 de octubre de 2010

Buenas noches, y buena suerte



Buenas noches, y buena suerte (George Clooney, 2005) iba a ser, en principio, un telefime. Sin embargo, acabó en los cines y cosechó una buena dosis de éxito, con hasta seis nominaciones a los Oscars y bastantes buenas críticas.

La película cuenta el enfrentamiento que tuvo lugar entre el periodista de la CBS Edward R. Murrow (David Strathairn) y su productor Fred Friendly (George Clooney) contra el senador Joseph McCarthy, a raíz de la famosa "caza de brujas" desatada por dicho senador contra cualquiera que se sospechara que tenía simpatías con el Partido Comunista.

Buenas noches, y buena suerte está enfocado desde el punto de vista de un documental. Filmado en blanco y negro, con una hermosa fotografía a cargo de Robert Elswit, de manera que encajen perfectamente las grabaciones de la época incluidas a lo largo en la historia, parece que la idea de Clooney era presentarnos una visión lo más cercana a la realidad posible, dejando de lado cualquier elemento que no estuviera directamente relacionado con los hechos centrales. Sin embargo, el resultado final dista de ser brillante y la película nos fatiga y, por momentos, nos aburre y confunde. El origen de todo ello radica en una discutible elección artística de Clooney. El director, tal vez celoso de dejar una huella visible en su creación (Clooney es co-autor del guión junto a Grant Heslov), opta por un estilo demasiado artificioso que termina lastrando y castigando al conjunto.

El abuso de primeros planos, la limitación de los decorados, el excesivo recurso a los claroscuros son elementos que terminan cansando y aburriendo. La clave de un buen estilo detrás de la cámara es que no éste se note. Clooney parece querer todo lo contrario: que sepamos en todo momento que el hijo es suyo. El resultado, repito, no me convence en absoluto.

Junto a ello, tal vez en busca de un mayor realismo, las conversaciones se atropellan, las frases cabalgan unas encima de otras y se pierde a menudo el hilo. Los personajes tampoco se perfilan con precisión. Todo está enfocado a presentar la historia de manera que se asemeje lo más posible a un documental (planos desenfocados, movimientos de cámara, etc.), pero al final, no es un documental e incluso un documental no tiene porque resultar aburrido.

El mensaje de la lucha por las libertades queda claro, pero no tanto el verdadero daño causado por el senador McCarthy en esos años. Clooney se centra en un mínimo escenario y se pierde un poco la visión global del conflicto. Es verdad que tal vez no era lo que pretendía la cinta, pero también lo es que, si bien la defensa de la libertad parece quedar bien expuesta, muchos de los detalles se pierden en la maraña de conversaciones y de imágenes que nos ofrece el director.

Lo mejor de todo, para mí, las interpretaciones de un reparto perfecto, con un David Strathairn margnífico a la cabeza, pero sin desmerecer el trabajo del propio Clooney o de Robert Downey Jr, Patricia Clarkson, Jeff Daniels y el resto.

También es brillante la banda sonora de jazz y, en general, todo el apartado técnico de la película, salvo ese abuso de los primeros planos y ese estilo tan artificioso de Clooney en la dirección. Pero el problema es que ante esa brillantez formal, Clooney parece que se descompensó a la hora de darle un alma a la historia, que resulta un tanto fría e impersonal y que es difícil que llegue a engancharnos o a emocionarnos sinceramente.

Paseando a Miss Daisy


Cuando la señorita Daisy (Jessica Tandy), una maestra de escuela jubilada, tiene un accidente de coche, su hijo (Dan Aykroyd) decide que ya no puede conducir más, por lo que le contrata un chofer (Morgan Freeman) a pesar de la negativa de su madre.

El punto fuerte de Paseando a Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989) reside sin duda en el magnífico guión de Alfred Uhry a partir de su propia obra de teatro, premiada con el Pulitzer, por cierto. Es un guión sencillo que recoge un momento en la vida de dos personas ya mayores y se centra exclusivamente en como el roce diario acaba por convertir a dos extraños, y dos personas opuestas por clase social, educación y raza, en íntimos amigos. Quizá lo original de la historia es que parece carecer de pretensiones; no se trata de crear un film sensiblero o un drama conmovedor, sino de recrear unos años en la vida de dos personas y contar de la mejor manera posible su día a día, sin aspavientos ni concesiones. Es un film que nos habla de gente normal y de lo que suele pasarle a la gente así: el miedo a envejecer, el miedo a la falta de cariño, el miedo a la soledad.

Paseando a Miss Daisy es un film tranquilo, contado con cierta pausa. En ese sentido nos ofrece una acertada oposición al ritmo frenético que parece sacudir gran parte de las películas actuales. Y es un ritmo que le va perfectamente no sólo a la historia, sino a la época en que se desarrolla, mediados del siglo XX. A parte de esa calma con la que Beresford relata la historia, otro de los puntos fuertes es la cuidada puesta en escena, con una recreación meticulosa de la época, plasmada principalmente en los coches, pero también en objetos cotidianos. A ello hemos de añadir una delicada fotografía a cargo de Peter James y tenemos así un marco precioso para lo que de verdad cuenta: la hermosa historia de amistad y respeto entre una anciana terca y su amable y paciente chófer.

Si la base para que la película funcione es, como dije, el estupendo guión que la sustenta, no hemos de dejar de lado el excelente reparto, sin el cuál la historia no hubiera podido impactarnos de la manera en que lo hace. Jessica Tandy está sencillamente genial. No abusa de tics, como lamentablemente suele suceder cuando se interpretan papeles de gente mayor, sino que limita a actuar con una naturalidad absoluta. Su lento deterioro, hasta las últimas escenas en que pierde ya la cabeza, es sencillamente perfecto y ahí reside la fuerza de su interpretación, en que es tan real que cualquiera de nosotros puede identificarla con algún pariente anciano nuestro. Para Morgan Freeman esta película supuso su salto al primer rango de actores, cogiendo su carrera el impulso definitivo. Su interpretación resulta sencilla, pero absolutamente creíble y sabe estar a la altura de Jessica Tandy y darle la réplica perfecta para ofrecernos, juntos, algunos de los momentos más maravillosos de la película, y siempre dentro de una sencillez y una naturalidad maravillosas. Dan Aykroyd, el tercero en discordia, con un papel secundario, también consigue brillar a gran altura en la que, tal vez, sea su mejor interpretación en la pantalla.

La película, además, nos muestra de pasada cómo era la vida en el sur de los Estados Unidos en aquellos años, con un racismo y una segregación muy acusados, y los comienzos de la minoría negra para intentar cambiar la situación. Sin embargo, que no se piense que ello es importante o juega realmente un papel principal en la historia. El tema central es la relación entre los dos protagonistas. Lo demás es el marco en que transcurre esa historia y es importante y necesario definir ese marco, la época, las costumbres, pero sin dejar que traspasen ese punto, porque lo que de verdad importa poco tiene que ver con política o ideología y la película sabe muy bien en qué tiene que centrarse.

Hay escenas preciosas, algunas sencillamente bellas, como aquella en que con la música de fondo contemplamos la belleza de unas flores; otras son muy tiernas, como cuando la anciana le coge la mano al chofer y le confiesa que es su mejor amigo o la última escena, con Morgan Freeman dándole la tarta. Aunque la fuerza de Paseando a Miss Daisy resida, sencillamente, en que nos resulta una historia absolutamente creíble y cotidiana, que da como resultado una película hermosa que se debe saborear muy despacio, sin pasar de los 30 Kms por hora.

Paseando a Mis Daisy se hizo merecedora de hasta nueve nominaciones a los Oscars, ganando al final cuatro: mejor película, mejor actriz (Jessica Tandy), mejor guión adaptado y mejor maquillaje. Y resulta gratificante comprobar como aún hay cabida en el cine actual para historias como esta, tan alejada de lo espectacular que hasta resulta una tanto anacrónica, pero de una honestidad que nos coge por sorpresa y nos fascina.