El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 14 de noviembre de 2017

Situación límite



Dirección: Aaron Harvey.
Guión: Aaron Harvey.
Fotografía: Jeff Cutter.
Reparto: Forest Whitaker, Bruce Willis, Malin Akerman, Nikki Reed, Deborah Ann Woll, Brad Dourif, Jill Stokesberry, Shea Whigham, Jimmy Lee Jr., Nikita Kahn, Ivory Dortch.

Tes (Malin Akerman), Kara (Nikki Reed) y Dawn (Deborah Ann Woll) trabajan para Mel (Bruce Willis), un traficante de drogas que les encarga una misión aparentemente sencilla para que se resarzan de su fracaso anterior.

El principal problema de Situación límite (2011) es que juega a copiar el estilo de Quentin Tarantino y, como toda copia, se expone a la comparación con el modelo. Y quien ama el estilo de Tarantino, imagino que preferirá el original. Es como quien hace una versión de The Beatles; por buena que sea, siempre será una imitación.

Aaron Harvey no disimula en absoluto en su imitación. Al igual que Tarantino, juega con los tiempos, haciendo avanzar y retroceder la historia a su antojo, repitiendo incluso una escena tres veces, cada vez contando un poco más, en lo que busca ser un modo original de presentar la historia. El problema es que ya no es original, con lo que falla el factor sorpresa. Aclarado este punto, queda ver la solidez del argumento, la fuerza de los personajes, el peso de la intriga... en resumen, qué hay detrás de los adornos narrativos.

Y la verdad es que Situación límite, sin ser un mal thriller, resulta demasiado esquemático. Por un lado, los protagonistas están definidos muy sucintamente, reduciéndolos a lo mínimo, incluso algunos ni eso, como es el caso de Kara y Dawn, por ejemplo. Harvey prefiere recrearse en las formas, dejando el contenido en lo más elemental. Y al estilo de Tarantino, se centra en diálogos un tanto intrascendentes, alarga las secuencias al límite, juega con la fotografía y la banda sonora, que adquieren un protagonismo destacado, y recurre también a la violencia, si bien en este caso menos explícita y algo más contenida que la de Tarantino.

El resultado es un film con cierta dosis de intriga, que se deja ver y hasta cierto punto nos atrapa en espera de poder desvelar todas las claves del guión, en espera del final, que en este caso, sin ser demasiado original, al menos concuerda con lo sombrío de la historia. No decepciona, aunque tampoco nos seduce, y ello se debe a la poca consistencia de la trama y a la escasa entidad de los personajes. Con todo ello, Situación límite queda reducido a un ejercicio de estilo, una copia de Tarantino, que puede gustar más o menos, pero que tiene poca sustancia, se mire como se mire.

Donde hay que reconocer que el director acierta es con el reparto, en especial con la presencia de Forest Whitaker, que realiza un buen trabajo, ayudado también por el hecho de que su personaje es el más atractivo e interesante de la historia. Bruce Willis tiene una presencia muy pequeña y creo que su personaje, en contraste con lo que me pareció el de Whitaker, es mucho menos interesante, rozando casi la caricatura. En cuanto a las protagonistas femeninas, parecen estar ahí con una función más bien estética, si bien su trabajo es correcto.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Los crímenes del museo de cera



Dirección: André De Toth.
Guión: Crane Wilbur.
Música: David Buttolph.
Fotografía: Bert Glennon.
Reparto: Vincent Price, Phyllis Kirk, Frank Lovejoy, Carolyn Jones, Paul Cavanagh, Paul Picerni, Roy Robets, Charles Bronson.

El profesor Henry Jarrod (Vicent Price) esculpe figuras de cera que expone en su modesto museo, del que se siente muy orgulloso. Pero no piensa así su socio Matthew Burke (Roy Roberts), cuyo interés principal es ganar dinero y desdeña la vertiente artística de las obras de Jarrod. Por ello, se le ocurre incendiar el museo para poder cobrar el seguro.

Estamos ante todo un clásico del cine de terror, si bien en la actualidad dudo que asuste a casi nadie, pues el cine ha ido superando sus límites hasta llegar a unos niveles en el género, en la actualidad, escalofriantes. Y sin embargo, a pesar de que puede que no nos cause un gran impacto, Los crímenes del museo de cera (1953) es una película más que recomendable.

Es cierto que su trama y su puesta en escena parecen hoy en día bastante elementales, si bien se hizo un esfuerzo remarcable a la hora de crear todo un repertorio de figuras de cera y con la caracterización de Vincent Price, que requería de horas de maquillaje. Pero el misterio de quién es el personaje que mata y roba los cuerpos de sus víctimas no resulta tal, pues en seguida adivinamos de quién se trata. Y de igual manera no es nada complicado anticiparnos al desarrollo y desenlace de la historia. Y, a pesar de todo esto, que podría debilitar la emoción y el interés por el argumento, la película se mantiene viva gracias precisamente a su sencillez y a un desarrollo donde se va a lo fundamental, sin perderse en detalles, ni siquiera a la hora de definir la personalidad de los personajes, reducidos a un esquematismo radical, y aumentando progresivamente la intensidad, apoyándose en una fotografía intensa y una banda sonora clásica que acompaña a la perfección los momentos más álgidos de la historia, hasta llegar al desenlace, no por previsible menos intenso y que culmina de manera brillante la historia.

Y además contamos con Vincent Price, todo un ícono del cine de terror clásico, con su impresionante presencia, elegante y amenazadora.

Como ocurre en algunos de los clásicos del género, Los crímenes del museo de cera se centra en un personaje que originalmente no era una mala persona, pero que, maltratado por el destino, sucumbe a sus obsesiones, convirtiéndose, quizá a su pesar, en un verdadero monstruo. Sin ser quizá su objetivo principal, al igual que otros grandes títulos del género, la película nos deja una pequeña reflexión sobre la naturaleza humana y los límites de la cordura.

Los crímenes del museo de cera además contaba con un atractivo añadido en la época, como era que se trataba de una de las primeras películas rodadas en 3D, lo que sin duda añadiría un punto más de intensidad sobre los espectadores.

La película de André De Toth es un remake del film homónimo de Michael Curtiz de 1933.

martes, 31 de octubre de 2017

Salt



Dirección: Phillip Noyce.
Guión: Kurt Wimmer Y Briand Helgeland (Historia: Kurt Wimmer).
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Robert Elswit.
Reparto: Angelina Jolie, Live Schreiber, Chiwetel Ejiofor, Marion McCorry, Daniel Olbrychski, August Diehl, Daniel Pearce, Hunt Block.

Evelyn Salt (Angelina Jolie) es una eficaz agente de la CIA. Sin embargo, su lealtad será puesta en duda cuando un desertor ruso afirme que ella no es sino un topo ruso.

Hay dos clases de películas de espías: las que se toman este tipo de argumentos en serio y las que se apoyan en sus intrigas para crear películas de acción pura y dura, dejando la historia en una mera excusa. Salt (2010) pertenece a este segundo grupo. Yo prefiero, sin embargo, las primeras, si bien ello no impide que a veces podamos disfrutar de films de acción de un gran nivel, como la serie de Bourne. De hecho, Evelyn Salt vendría a ser como una especie de versión femenina de Jason Bourne. Pero nada más lejos de la realidad. Donde la serie de Bourne ofrecía acción apoyada en una trama inteligente, rica y cautivadora, Salt parece más bien una especie de caricatura.

Para empezar, el argumento, si se analiza con cierto detalle, es un cúmulo de despropósitos, un absurdo en sí mismo, con lo que toda la supuesta intriga se desmigaja sin remedio. Y más aún cuando adivinamos que todo lo que se nos cuenta no es más que una gran mentira que descubrimos demasiado pronto. El guión, no obstante, se empeñará en seguir intentando engañarnos, con señuelos, falsas insinuaciones y todos los trucos baratos que se les ocurran a los guionistas. En vano. Hay un tufo a falsedad y a film tramposo desde el principio. Incluso la gran mentira final, el juego de mal prestidigitador que pretende dejarnos boquiabiertos se adivina sin demasiada dificultad.

Y si el argumento hace aguas y no logra despistarnos, las escenas de acción van subiendo de intensidad en un más difícil todavía hasta resultar sencillamente inverosímiles. Y no es que Angelina Jolie no ponga de su parte, con algunos momentos que nos recuerdan a su Lara Croft, pero a mí me sigue pareciendo un tanto increíble ver a una mujer como ella a mamporro limpio.

Como es habitual hoy en día, y más en este tipo de películas, los efectos especiales y la generosidad de medios empleados para lograr la mayor espectacularidad posible están a un gran nivel. Pero como suele ser también habitual, parecen más fuegos de artificio sin una sólida historia que los sustente.

Es evidente que los guionistas se decantaron por lo fácil, con lo que la película termina pareciéndose más a la saga de Misión imposible o un James Bond en femenino que a un film serio de espionaje o tan siquiera a la saga Bourne, también centrada en la acción pero mucho más elaborada, con mucha más calidad e infinitamente más trabajada.

Salt, que en su escena final ya nos anuncia nuevas entregas para estirar el cuento y exprimir la taquilla, no deja de ser un producto de mero consumo, sin demasiado interés, como no sea dejarse llevar en una montaña de rusa de peleas, persecuciones y disparos sin tregua.

lunes, 30 de octubre de 2017

Las dos caras de enero



Dirección: Hossein Amini.
Guión: Hossein Amini (Novela: Patricia Highsmith).
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía: Marcel Zyskind.
Reparto: Viggo Mortensen, Oscar Isaac, Kristen Dunst, David Warshofsky, Nikos Mavrakis, Daisy Bevan, Aleifer Prometheus.

Chester (Viggo Mortensen) y Colette (Kristen Dunst) son un elegante matrimonio norteamericano que está de vacaciones en Atenas. Allí conocen por casualidad a Rydal (Oscar Isaac), también americano, que trabaja como guía turístico. Sin querer, Rydal se verá involucrado en un turbio asunto de Chester.

Nueva adaptación al cine de una novela de Patricia Highsmith, que supone además el debut como director del guionista iraní Hossein Amini, que nos ofrece un film impecable en su puesta en escena pero algo decepcionante en cuanto a thriller.

Como decía, Hossein Amini nos presenta una película bastante clásica en sus formas, elegante y pausada. Su estilo es un tanto impersonal, lo cuál no lo digo como crítica, sino para resaltar su ortodoxia. Además, se apoya en una buena fotografía y logra captar bien la atmósfera de Grecia, primero, y de Creta y Turquía después. A nivel técnico, Las dos caras de enero resulta un film más que correcto.

Sin embargo, donde la película no logra destacar es a nivel de la intriga y los personajes. Las novelas de Patricia Highsmith suelen contar con protagonistas de personalidades complejas, inquietantes, inteligentes y amorales; y es en este aspecto donde Las dos caras de enero no termina de convencerme. Parece que el director y guionista no logra ahondar convenientemente en los personajes, dejando sus personalidades y motivaciones con más sombras que luces. Sabemos que Rydal se fija, en un primer momento en Chester, no en Colette. Hemos de adivinar que es porque le recuerda a su padre, con quién mantuvo una extraña relación en vida; pues el guión se queda más bien en tinieblas sobre ese punto, sin que termine de profundizar en la personalidad de Rydal. Luego, de pronto, la historia gira y aparece la atracción de Rydal hacia Colette, aunque tampoco el relato llega a adentrarse en ese terreno, quedándose en meras insinuaciones. Y tampoco Chester, el otro eje sobre el que gira la historia, está dibujado de manera precisa, más allá de saber que es un estafador que está en Europa huyendo de sus víctimas. Y en cuanto a Colette, de los tres protagonistas es la más olvidada, quedando su personaje en una mera comparsa.

El guión de Amini, definitivamente, se limita a breves pinceladas sobre los protagonistas, lo que debilita terriblemente la emoción y la intriga, que no llega a adquirir la entidad suficiente como para llenar el relato, que se vuelve una crónica de los viajes de Chester y Rydal sin que nos apasione realmente, habiendo momentos un tanto pesados, como si a la historia le costase avanzar.

En cuanto al reparto, destacaría sobre todo a Viggo Mortensen, impecable dando vida a este estafador amante de la buena vida. Y también me gustó mucho Kristen Dunst, perfecta en su papel. A Oscar Isaac, sin embargo, lo encontré algo gris al lado de ellos dos, sin mucho carisma.

Una lástima, pues las novelas de Patricia Highsmith han dado lugar a películas muy inquietantes e interesantes y ésta podría haber sido una de ellas, pero le ha faltado algo de concreción y profundidad para que así fuera. Aún así, es un film interesante, con un punto de suspense por lo incierto del desenlace y con una puesta en escena elegante y cuidada.

martes, 24 de octubre de 2017

Mensaje en una botella



Dirección: Luis Mandoki.
Guión: Gerald DiPego (Novela: Nicholas Sparks).
Música: Gabriel Yared.
Fotografía: Caleb Deschanel.
Reparto: Kevin Costner, Robin Wright Penn, Paul Newman, John Savage, Illeana Douglas, Robbie Coltrane, Jesse James, Tom Aldredge, Bethel Leslie.

Durante un paseo por una playa, Theresa Osborne (Robin Wright Penn), periodista del Chicago Tribune, encuentra un mensaje en una botella. Es una desgarradora carta de amor que la conmueve profundamente. Por medio de su periódico, iniciará la búsqueda del autor.

Parece que Nicholas Sparks es la versión romántica de Stephen King. Otras novelas suyas adaptadas al cine son Un paseo para recordar (2002) o Diario de Noa (2004). Con Mensaje en una botella (1999) volvemos al drama romántico con mayúsculas, del estilo de Love Story (1970), para hacernos una idea.

Pare ser justos, la película cuenta con una cuidada puesta en escena que demuestra sin duda la ambición de Luis Mandoki por ofrecer una película de peso. Sin embargo, el resultado quizá no está a la altura de sus deseos.

Lo que me sorprendió gratamente es la calidad literaria de algunos pasajes, como las primeras cartas de Garret (Kevin Costner) o algunos de los diálogos, que están muy encima de la media de lo que suele ofrecernos el cine en la actualidad. También se aprecia un buen gusto en el cuidado de la fotografía, con hermosos paisajes, decorados preciosistas, luces cálidas... el problema es que todo ello lleva a un edulcoramiento un tanto excesivo, lo mismo que algunas escenas románticas que podrían resultar un tanto artificiales, aunque nunca se cae en lo cursi, al menos desde mi punto de vista.

Pero quizá lo peor de Mensaje en una botella sea que, en líneas generales, evitando el desenlace, la historia transcurre sin mucho nervio, como si al director le costara arrancar, lo que unido a su larga duración hace que la película transcurra de un modo algo pesado, sin implicarnos de lleno, como si hubiera algo que nos impidiera vivir de lleno la historia. No sé si es cierta indefinición de los protagonistas o el hecho de que la parte central de la película es un tanto estereotipada, sin verdaderas sorpresas, con situaciones y reacciones que resulta sencillo anticipar. El caso es que había momentos en que sentía que la historia encallaba y me costaba mantener el interés.

El final, sin embargo, es como una sacudida brutal, por sorpresa, que te despierta de golpe. No por lo atinado del desenlace, sino por la avalancha de emociones en un breve espacio de tiempo. Es imposible no emocionarse, si bien tenemos la sensación de que todo es demasiado fatalista, al estilo de una tragedia clásica. Y aún así, creo que otro director también hubiera podido afrontar ese final con mucho más acierto. El colmo es la última carta que le escribe Garret a su esposa muerta, cuyo nivel es infinitamente inferior a las primeras, además de ser una explicación un tanto tosca sus sentimientos por Theresa. Es un momento que resulta forzado, metido casi a la fuerza para arrancarnos un último suspiro de dolor.

En lo que no puedo poner ningún pero es en el reparto. Creo que Kevin Costner es un actor muy apropiado para encarnar al protagonista masculino, con un atractivo de hombre maduro innegable. Robin Wright, a parte de ser una mujer muy hermosa, resulta conmovedora y muy convincente en aquellas escenas en que debe mostrar sus sentimientos. Y Paul Newman... pues que es un placer disfrutar de un actor de su talento, aunque sea en un papel secundario.

Mensaje en una botella es, en resumen, un film ambicioso, pero un tanto fallido. Le sobran minutos y le falta profundidad. Lo recomendaría a los románticos empedernidos, que sabrán perdonar los defectos para disfrutar con una historia de amor desgarradora.

lunes, 23 de octubre de 2017

Non-Stop (Sin escalas)



Dirección: Jaume Collet-Serra.
Guión: Christopher Roach, John W. Richardson y Ryan Engle.
Música: John Ottman.
Fotografía: Flavio Martínez Labiano.
Reparto: Liam Neeson, Julianne Moore, Scoot McNairy, Michelle Dockery, Lupita Nyong'o, Nate Parker, Corey Stoll, Linus Roache, Omar Metwally.

Bill Marks (Liam Neeson), un agente del servicio aéreo con serios problemas personales, se embarca en un vuelo de Nueva York a Londres como un día de servicio más. Sin embargo, poco después de despegar, empieza a recibir mensajes en su móvil en los que le exigen un rescate millonario o los pasajeros irán muriendo cada veinte minutos.

De nuevo una película de acción e intriga que promete mucho más de lo que ofrece. De nuevo un cine sin sustancia, con gran presupuesto y pocas ideas. Y es que Non-Stop (2014) es de esas propuestas plagadas de pequeñas trampas para jugar al despiste con el espectador, único recurso que encuentran los guionistas para hacer que la historia se mantenga en pie.

Y es que jugar con la intriga es interesante y puede funcionar muy bien para atrapar al espectador si ésta, la intriga, es mínimamente coherente. Sin embargo, en esta ocasión nos encontramos con un argumento llevado al límite, tramposo y muy poco creíble.

Nos damos cuenta muy pronto que todo parece cogido con alfileres, como el hecho de que el malvado de turno, por ejemplo, conozca la vida de Bill Marks con pelos y señales o que la cuenta donde ha de ingresarse el dinero que solicita el asesino esté precisamente a nombre de Bill.

Al situar la acción en un avión, es evidente que nadie puede escapar, lo que añade un toque claustrofóbico y algo morboso al asunto. Pero también parece simplificar la tarea del policía, de ahí que los guionistas recurran al juego del engaño, insinuando que cualquiera podría ser el malo, desde el copiloto a la amable pasajera (Julianne Moore) con quién ha trabado conversación Bill. Incluso se retuerce el guión de manera sorprendente, poniendo en duda la integridad de Bill. Y es que si hay que crear confusión, que ésta sea total, parecen decirse los creadores de la historia.

Así, cada rostro, cada gesto da pie a una nueva sospecha, en un juego un tanto infantil que pronto resulta aburrido. Además, este juego nos hace sospechar que el malo puede ser al final cualquiera, en uno de esos desenlaces sorpresa tan habituales en películas malas. Y por desgracia eso es más o menos lo que sucede: un desenlace banal, increíble, atropellado y casi cómico donde la intriga, lo poco que queda de ella, deja paso al cine de palomitas, con explosiones, peleas, amenazas, tensión, aterrizaje forzoso y hasta un comienzo de romance. Vamos, un cúmulo de tópicos no demasiado convincentes apoyados en una dirección nerviosa y un despliegue de efectos especiales apabullante.

Si he de salvar algo de esta historia, sería el trabajo de Liam Neeson, un actor con una presencia rotunda y un talento a prueba de bombas, si bien me sigue costando mucho verlo en este tipo de papeles.

En resumen, una película bastante normal, mero cine de entretenimiento, lastrada sin duda por un guión muy flojo y un tanto absurdo, donde prima lo efectista y donde el sentido común brilla por su ausencia.

domingo, 22 de octubre de 2017

El encargo



Dirección: David Grovic.
Guión: Paul Conway y David Grovic.
Música: Tony Morales y Edward Rogers.
Fotografía: Steve Mason.
Reparto: John Cusack, Rebecca da Costa, Robert De Niro, Crispin Glover, Dominic Purcell, Martin Klebba, Sticky Fingaz.

Jack (John Cusack) es un matón a las órdenes de Dragna (Robert De Niro), un mafioso medio sádico, medio filósofo. Para ponerlo a prueba, Dragna le encarga un trabajo tan sencillo como misterioso: recoger una bolsa y aguardar en un motel a que vaya a buscarla;  pero bajo ningún concepto debe mirar lo que guarda en su interior.

El encargo (2014), primer film como director de David Grovic, es una película interesante en muchos aspectos, pero también con ciertos detalles que impiden que se convierta en un thriller redondo. Según cómo lleguemos a preciar sus virtudes y a sopesar sus defectos, la balanza se inclinará hacia un lado u otro.

Para empezar, es evidente que Grovic no quiere hacer un thriller convencional, con lo que la trama arranca con el encargo de Dragna y, de golpe, da un salto para situarnos justo en el instante después de que Jack consiga la misteriosa bolsa. Este detalle ya nos da una pista de las intenciones del director, deseoso de marcar la historia con un sello personal.

Y esta personalidad se plasma sobre todo en la atmósfera que envuelve casi toda la película, con el sórdido motel, la noche, las sombras, los diferentes personajes que van surgiendo de la nada, cada uno con un sello peculiar... Y digo que surgen de la nada porque el guión no se preocupa de presentarlos ni de aclarar quienes son ni que hacen ahí. Y ello añade misterio, incertidumbre y cierta tensión, que es lo que pretende conseguir Grovic desde el primer minuto, con la misteriosa bolsa que no debe ser abierta bajo ningún concepto. Y es que el misterio, la incertidumbre, es la clave de El encargo, lo que hace que permanezcamos anclados a la butaca. Es algo tan elemental como eficaz: crea un misterio y la curiosidad hará el resto.

Por desgracia, a veces el misterio no es suficiente y se necesita una tensión constante, un ritmo, un engranaje que alimente y mantenga el interés. Y hay algunos momentos en que la espera en el motel se hace demasiado larga, con situaciones que no parecen aportar demasiado a la intriga y que alargan sin necesidad el ansiado desenlace. Es quizá uno de los mayores defectos del trabajo de David Grovic, perder a veces el hilo, la tensión, y dejar que la historia tenga algunos bajones.

Afortunadamente, la película cuenta con bastantes situaciones curiosas y giros inesperados, con brotes repentinos de intensidad y algún que otro toque casi surrealista, de manera que siempre estamos atentos, porque cuando menos se espera surge algún personaje o situación que provocan un pequeño cataclismo en la trama.

Sin embargo, como suele suceder con demasiada frecuencia, es el desenlace lo menos conseguido. Y es que cuando la intriga es demasiado alta, las expectativas de un final a la altura también lo son. Y el desenlace de El encargo me pareció algo chapucero, muy poco creíble y demasiado preocupado por aclarar detalles de la trama que no exigían ser aclarados. Al final le hubiera venido mejor un poco de esa dosis de misterio que contiene el film, por coherencia con el argumento y por mero sentido común. Lástima que Grovic decidiera ser demasiado explícito y no muy convincente.

En cuanto al reparto, destacar una vez más a John Cusack como un actor magnífico. Lástima que a veces los papeles no estén a la misma altura que su talento. En cuanto a De Niro, pues está ya al final de su carrera, sin nada que demostrar, haciendo aquello que quiere. Pero no cabe duda que conserva una presencia magnética y en esta ocasión, su trabajo, al comienzo y al final de la película, es más que correcto.

El encargo no es un thriller perfecto, pero consigue mantenernos en vilo, sin saber qué nos deparará la siguiente secuencia, y eso es ya un punto a su favor, pues logra meternos de lleno en su misteriosa trama.

sábado, 7 de octubre de 2017

Planeta prohibido



Dirección: Fred M. Wilcox.
Guión: Cyril Hume (Historia: Irving Block y Allen Adler).
Música: Bebe Barron y Louis Barron.
Fotografía: George J. Folsey.
Reparto: Walter Pidgeon, Anne Francis, Leslie Nielsen, Wareen Stevens, Jack Kelly, Richard Anderson, Earl Holliman, George Wallace.

Una nave espacial sale de la tierra en el siglo XXIII con destino a Altair IV, un remoto planeta a dieciséis años luz, para investigar cómo se encuentra la expedición científica enviada allí veinte años antes. Al llegar a Altair IV descubren que solo han sobrevivido el profesor Morbius (Walter Pidgeon) y su hija Altaira (Anne Francis).

Planeta prohibido (1956) es uno de esos títulos míticos de la historia del cine, más en concreto del cine de ciencia-ficción que, visto hoy en día, no deja de sacarnos unas cuantas carcajadas fruto de una pretendida seriedad en el planteamiento al que el paso del tiempo ha dejado en poca cosa. Al menos en el plano visual.

La película intenta ser un reflexión seria sobre los peligros de la ambición humana en cuanto a desarrollo tecnológico y mental, con lo que no dista demasiado del espíritu que impregnaba otras películas como las de Frankestein. Y es que el cine de ciencia-ficción siempre se ha caracterizado por encarnar una especie de advertencia casi bíblica, en la línea del castigo divido contra Adán y Eva, contra los peligros y maldades de la raza humana. Pero a día de hoy, estas buenas intenciones pierden gran parte de su fuerza por la evidente ingenuidad del planteamiento de Irving Block y Allen Adler, que basaron su guión en La tempestad, de William Shakespeare.

Y si el guión parece en la actualidad algo ingenuo, también se debe a las limitaciones técnicas de la película, con unos efectos especiales muy superados, una puesta en escena tan artificiosa como cutre y un reparto de serie B con evidentes carencias. Si a ello le añadimos una banda sonora electrónica un tanto machacona y una dirección bastante pobre, el resultado es un film muy limitado que nos engancha más por lo curioso y anticuado que por auténticas virtudes objetivas.

Y sin embargo, por encima de todo ello, Planeta prohibido es un film único por lo que ha aportado al género de la ciencia-ficción. Por ejemplo, su banda sonora es, para la época, sin duda muy novedosa y aportaba un aire moderno que ha dejado su huella en sucesivas películas del género. Lo mismo que la curiosa presencia del robot Robby, aún a día de hoy entrañable, y que ha aparecido en otras películas y series posteriores además de inspirar versiones más modernas del mismo, como en la mítica Guerra de las Galaxias. Además, la película ha servido de inspiración a sagas como Star Trek o la serie Perdidos en el espacio.

En consecuencia, Planeta prohibido es de esas películas que trascienden su propia entidad y pasan a formar parte de la evolución de un género siempre innovador que, con más o menos acierto, ha intentado adivinar y adelantar el futuro de la humanidad, generalmente con premoniciones catastrofistas y advertencias terribles.

jueves, 14 de septiembre de 2017

El increíble hombre menguante



Dirección: Jack Arnold.
Guión: Richard Matheson (Novela : Richard Matheson).
Música: Joseph Gershenson.
Fotografía: Ellis W. Carter.
Reparto: Grant Williams, Randy Stuart, April Kent, Paul Langton, Raymond Bailey, William Schallert, Billy Curtis.

Durante unas vacaciones, Scott Carey (Grant Williams) se ve envuelto por una extraña nube. Seis meses después empieza a notar que su cuerpo pierde tamaño progresivamente.

Lo maravilloso del cine es que siempre puede sorprenderte. Se asemeja a un baúl enorme donde nunca llegas a ver todo lo que encierra y, de repente, un día encuentras una pequeña joya, una rareza o algo entrañable. El increíble hombre menguante (1957) entraría en esa categoría de films imperfectos, demasiado simples y anticuados que, sin embargo, tienen un cierto poder de seducción indeterminado.

Es cierto que es un film de serie B que denota su modesto nacimiento y sus limitadas pretensiones desde el primer minuto, pero quizá por su ingenuidad, por el paso del tiempo y por lo limitado de sus recursos, uno tiende a valorar más sus virtudes, dejando de lado sus carencias, que las hay.

Quizá lo que más llama la atención es un guión que se queda un poco en la superficie de las cosas y que no termina de resultar homogéneo. En un primer momento, la película parece que se va a centrar en el matrimonio protagonista y cómo van a tener que hacer frente al drama de Scott. Pero, de pronto, la historia toma un giro inesperado, cuando Carey sale de casa y conoce a gente de su tamaño. Empieza una relación de amistad con una mujer enana y el argumento parece insinuar un giro bastante prometedor. Sin embargo, de nuevo el guión cambia de manera radical para presentarnos en el tramo final un film más de acción, con el protagonista teniendo que hacer frente en solitario a los numerosos y nuevos peligros a los que su tamaño cada vez más diminuto le enfrenta. Son tres historias que se superponen y que no terminan de desarrollarse del todo, sino que se suceden de una manera un tanto extraña, quedando las anteriores con cortadas antes de ofrecer todo su potencial. Esto hace que la película resulte un tanto desigual y que nos quedemos con la sensación de que, de haber tenido una mayor duración, podría habernos ofrecido mucho más.

Aún así, el argumento esboza algunos temas interesantes, como son la importancia de la normalidad en la sociedad, los problemas de adaptación de las personas diferentes, los peligros  de lo cotidiano, cómo nuestra personalidad está muy influida por nuestra condición y circunstancias... Es decir, estamos ante una historia fantástica pero que no se limita a lo evidente, sino que podemos sacar muchas reflexiones sobre la naturaleza humana, además del mero pasatiempo inocente. De todos modos, son unos apuntes muy superficiales, pues la modestia de la producción no da tampoco para mucho más.

Señalar que el director, Jack Arnold, fue uno de esos artesanos que se especializó, en los años cincuenta, en el cine fantástico de serie B y que entre sus películas más destacadas están Llegó del más allá (1953), La mujer y el monstruo (1954) o Tarántula (1955). Su trabajo es sencillo, al servicio de la historia, sin demasiados alardes, pero con cierto oficio, como se demuestra con los efectos especiales de la película que, si bien son modestos y muy evidentes hoy en día, revelan una cierta maestría y aún ahora resultan bastante convenientes.

Choca un poco el final, con el discurso del protagonista sobre Dios y la eternidad. Suena a componenda, a forzado final feliz estilo Hollywood y parece no casar demasiado bien con el resto de la trama. Y, efectivamente, es un añadido al relato original de Richard Matheson. Aún así, no enturbia en exceso.

En definitiva, una película curiosa, simpática, bastante bien hecha para su época y con el encanto de sus carencias. Una pequeña y agradable sorpresa.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El vuelo



Dirección: Robert Zemeckis.
Guión: John Gatins.
Música: Alan Silvestri.
Fotografía: Don Burgess.
Reparto: Denzel Washington, Kelly Reilly, Don Cheadle, Bruce Greenwood, John Goodman, James Badge Dale, Melissa Leo, Nadine Velázquez.

Durante un vuelo comercial, un avión sufre una avería que provoca una caída en picado del avión. El comandante del mismo, Whip Whitaker (Denzel Washington), consigue realizar un aterrizaje forzoso que logra salvar la vida de casi todos los pasajeros. Sin embargo, el comandante pilotaba bajo los efectos del alcohol y las drogas, por lo que corre el peligro de ser considerado responsable del accidente.

A veces sucede que leo una sinopsis de una película y decido al instante que no quiero verla. Algo me dice que me va a defraudar. Esto mismo me pasó con El vuelo (2012), título que no me trasmitía buenas sensaciones, a pesar de contar con Denzel Washington al frente del mismo, un actor del que me gusta casi todo lo que ha hecho.

Pero al final me he decidido a darle una oportunidad y, sinceramente, me ha sorprendido gratamente, al menos porque no es el tipo de historia que me esperaba: un relato de un héroe puesto en la picota que al final sale airoso. El vuelo no es eso, lo cuál es de agradecer. O al menos, no es exactamente cómo me la imaginaba, porque de alguna manera, el personaje del comandante en cierto sentido sale airoso a fin de cuentas.

El vuelo no es un relato más sobre el conocido héroe americano. Incluso el argumento deja de lado todo el tema de la investigación sobre el accidente, el juicio, etc, etc... es decir, lo que uno podría imaginar que sería el tema principal de la película. El vuelo es, al contrario, un film sobre la naturaleza humana, un relato de un hombre en caída libre. No el avión, sino él. Porque el comandante Whitaker es un hombre divorciado, sin una buena relación con su ex mujer y su hijo, un tipo que vive solo, sin arraigo, y que ha encontrado en la bebida y las drogas un aliado para seguir tirando, un medio para no mirar de frente la realidad. Así que El vuelo es, en realidad, una película sobre el alcoholismo, sobre la autodestrucción, sobre las mentiras que se pueden levantar para no huir de una situación que no nos gusta. El accidente es en realidad el decorado, que ayuda a dar cierto dramatismo a la historia, ayuda a comprender mejor al protagonista y nos brinda algunos momentos de acción. Pero el eje de la la historia son las personas débiles que han sucumbido a sus pesadillas, perdedores a los que la realidad se les ha hecho insoportable, solitarios sin refugio. Y por eso, El vuelo me ha sorprendido gratamente, como una propuesta diferente a lo que imaginaba, una reflexión más o menos sincera sobre la condición humana.

Quizá el final pueda resultar algo teatral, algo forzado. Habrá quien piense que es una especie de arreglo un tanto peliculero para ofrecer un bonito desenlace donde se ponen en valor la decencia, la honradez y la sinceridad cuando alguien ha tocado fondo. Y es verdad que suena un poco a final "made in Hollywood". Ahora bien, tampoco es un desenlace descabellado y además, Denzel Washington, nominado al Oscar como mejor actor, consigue hacerlo creíble. Y es que este actor sigue siendo toda una garantía para cualquier historia en la que se embarque.

Sin embargo, El vuelo no me pareció una gran película. Le noto algunas carencias. Creo que le falta fuerza, le falta convicción. Hay un cierto equilibrio entre lo comercial y la reflexión sobre el protagonista que no termina de funcionar del todo. No es un film comercial al cien por cien, pero tampoco tiene la fuerza de otras historias sobre el alcoholismo. Zemeckis huye de lo melodramático, intenta hacer un film personal pero sin renunciar a lo correcto, a un tono que resulte "para todos los públicos". En resumen, es un film correcto intentando hablar de temas nada correctos.

domingo, 27 de agosto de 2017

Un puente lejano



Dirección: Richard Attenborough.
Guión: William Goldman (Novela: Cornelius Ryan).
Música: John Addison.
Fotografía: Geoffrey Unsworth.
Reparto: Sean Connery, Edward Fox, James Caan, Dirk Bogarde, Michael Caine, Robert Redford, Anthony Hopkins, Liv Ullmann, Maximilian Schell, Gene Hackman, Ryan O'Neal, Lawrence Olivier, Elliott Gould, Hardy Krüger.

En septiembre de 1944, los aliados planean una invasión de Alemania a través de Holanda que, de tener éxito, podría acortar la guerra un año. Denominan a esa operación "Market Garden".

Dentro de los films sobre la Segunda Guerra Mundial, que son muy abundantes, casi siempre nos encontramos con actos heroicos que dan lugar a gloriosas victorias de los aliados contra los nazis o los japoneses. La historia, como es bien sabido, la escriben los vencedores. Por eso, la primera sorpresa de Un puente lejano (1977) es que cuenta una derrota aliada, una de las más sonadas de aquel conflicto. Sin embargo, a pesar de la derrota, los verdaderos héroes de esta historia son los derrotados, pues la película está vista desde su punto de vista y, a pesar de reconocer los numerosos errores cometidos en la operación "Market Garden", el esfuerzo y el valor de los aliados queda fuera de toda duda. Si no lograron culminar con éxito la misión, fue por causas ajenas a su voluntad, un cúmulo de desgracias y errores que no pudieron subsanar. Eso sí, otro detalle que hay que agradecer es que los alemanes no son presentados como uno despiadados sin corazón. Salvo algún alto mando un tanto inútil, el resto son soldados que defienden su causa, pero también saben ser magnánimos y compasivos con los vencidos.

Quizá lo más destacable de la película, a parte de ese reparto plagado de estrellas, recurso muy al uso en la época para garantizar un buen tirón en taquilla, sea lo fiel que sigue el guión el magnífico libro de Cornelius Ryan, con lo que la película refleja con bastante exactitud y una magnífica puesta en escena, cuidada en cada pequeño detalle, los hechos históricos que describe. Y si eso es una de las virtudes de la película, también es la causa de uno de sus mayores defectos: el film intenta abarcar demasiado y además con la máxima fidelidad posible, por lo que resulta demasiado largo y se pierde dramatismo. La búsqueda de fidelidad hace que la película sea un tanto fría, no da tiempo de profundizar en los personajes ni los detalles y a veces incluso puede resultar algo confusa. Incluso se perciben algunos saltos en el montaje, buscando concentrar la acción a los hechos fundamentales y teniendo que despreciar sin duda mucho metraje.

Sin embargo, hay que reconocer que algunas escenas de lucha están filmadas con gran acierto por Richard Attenborough, un director muy correcto, amante del cine espectáculo, pero un tanto frío, que aceptó el encargo de dirigir esta historia a cambio de garantizarse el dinero necesario para rodar Gandhi (1982). A pesar de su encomiable trabajo, buscando un cierto equilibrio entre la fidelidad histórica y el dramatismo necesario, Attenborough no es David Lean, y su grandiosidad es muy ortodoxa pero sin la genialidad del segundo.

En cuanto al reparto, creo que sobra aclarar que muchas de las estrellas tienen apariciones bastante breves, lo que viene a reforzar la idea de que un reparto así está justificado solamente a efectos de taquilla.

En definitiva, un intento bastante serio de contar un momento crucial de la Segunda Guerra Mundial, con algunos momentos muy logrados, pero que no alcanza a ser un film redondo. Se deja ver, pero no emociona.

jueves, 17 de agosto de 2017

Caminando entre las tumbas



Dirección: Scott Frank.
Guión: Scott Frank (Novela: Lawrence Block).
Música: Carlos Rafael Rivera.
Fotografía: Mihai Malaimare Jr.
Reparto: Liam Neeson, Brian "Astro" Bradley, Dan Stevens, Boyd Holbrook, David Harbour, Adam David Thompson, Sebastian Roché, Laura Birn.

Matt Scudder (Liam Neeson), un ex policía que trabaja por su cuenta como detective privado, sin licencia, acepta investigar el secuestro y asesinato de la esposa de un traficante de drogas. Pronto descubre que los culpables ya han cometido antes crímenes parecidos.

Parece que la carrera de Liam Neeson se va orientando hacia los papeles de tipo duro. Tras el éxito de Venganza (Pierre Morel, 2008), ahora encarna al detective Matt Scudder, personaje creado por Lawrence Block y protagonista de unas cuantas novelas de detectives, al estilo del famoso Sam Spade.

Sin embargo, Caminando entre las tumbas (2014) está más orientada hacia las investigaciones del protagonista que en convertirse en un film de acción pura y dura, como era el caso de Venganza. Por lo tanto, tenemos un film más pausado, donde Scott Frank se recrea más en los tiempos, en dotar a la historia del ritmo adecuado y, sobre todo, en adentrarse en la personalidad de los protagonistas, lo que le confiere una dimensión más humana a la película, con lo que es mucho más interesante.

Así, al tiempo que acompañamos a Scudder en sus investigaciones, vamos conociéndolo mejor y descubrimos a un hombre con una pesada carga que le llevó a abandonar la policía y a intentar reconducir su vida, dejando la bebida. Scudder es un hombre atormentado que de alguna manera intenta sobrevivir y redimirse de su pasado. Por eso su interés por ayudar a TJ (Brian "Astro" Bradley), el niño sin hogar que encuentra en la biblioteca.

La primera parte de la película, centrada en las investigaciones del detective, es sin duda la más lograda, tanto por la tensión y la intriga como por la carga emocional que acompaña a Strudder y a TJ, pero sin caer en lo sensiblero, siempre con una cierta distancia. Sin embargo, el desenlace, que es cuando la película se vuelve más violenta, aunque sin caer nunca en lo morboso o el mal gusto, resulta en comparación mucho más rutinario, sin demasiada imaginación, con detalles incluso un poco estereotipados. Es el punto menos convincente de la película y nos deja con un pequeño aire de desencanto.

En cuanto al reparto, parece que la elección de Liam Neeson para el papel del atormentado detective es todo un acierto. A la solvencia del actor se suma un físico que le va al pelo a su personaje. También hay que destacar el buen trabajo del joven "Astro", sin duda muy convincente en todo momento.

Caminando entre las tumbas, sin ser una película especialmente interesante, sí que tiene algunos detalles que elevan el nivel de lo que habitualmente suelen ofrecer este tipo de historias, más centradas en la acción y la violencia y menos proclives a ahondar en la psicología de los personajes.


miércoles, 16 de agosto de 2017

M, el vampiro de Düsseldorf



Dirección: Fritz Lang.
Guión: Thea von Harbou y Fritz Lang.
Música: Edvard Grieg.
Fotografía: Fritz Arno Wagner.
Reparto: Peter Lorre, Otto Wernicke, Gustav Gründgens, Theo Lingen, Theodor Loos, Georg John, Ellen Widman, Inge Landgut.

Un asesino de niñas tiene atemorizada a toda la ciudad de Düsseldorf. La policía está desesperada, pues no tiene ninguna pista sobre su identidad. Hasta el crimen organizado, agobiado por la presión policial, decide intentar capturarlo.

M, el asesino de Düsseldorf (1931) es la primera película sonora de Fritz Lang, que buscaba resarcirse de sus anteriores fracasos comerciales con Metrópolis (1927) y La mujer en la luna (1928). Lang escribió el guión junto a su esposa Thea y, a pesar de que se suele interpretar que la película es una especie de recreación de los crímenes de un famoso asesino en serie de la época, Peter Kürten, conocido como el vampiro de Düsseldorf, el propio director afirmó que se había inspirado en varios asesinos, entre ellos el propio Kürten, que no sólo asesinaba a niñas, como es el caso del protagonista del film. También se ha afirmado que el cambio del título inicialmente previsto para la película, M. Asesino entre nosotros, por el definitivo fue motivado para evitar que se interpretara como alusivo al partido nazi, algo que no parece del todo cierto.

Dejando de lado estas suposiciones, lo que es evidente es que con este film Fritz Lang consigue uno de sus mayores logros en su etapa europea, consiguiendo que la película haya pasado a formar parte de cualquier historia del cine como uno de sus hitos.

Técnicamente, Lang se muestra deudor del expresionismo alemán, con una importancia crucial de la fotografía en toda la película, jugando con las luces y las sombras, de manera que se crea un clima claustrofóbico y peligroso, además de servir el uso de las sombras como un elemento narrativo más, como cuando aparece la sombra del asesino sobre el cartel que anuncia la recompensa ofrecida por capturarle, antes de asesinar a una nueva niña.

Paralelamente al uso expresivo de la iluminación, Lang juega con los ángulos forzados de la cámara, con picados y contrapicados extremos, algunos más eficaces que otros, y un montaje que utiliza las imágenes como apoyo narrativo, recurso claramente proveniente del cine mudo, del cuál la película es claramente deudora, como no podía ser de otra manera.

Pero si el uso de la fotografía no era en sí una novedad, sí que lo era el uso del sonido y aquí Lang vuelve a tener un toque de genialidad cuando asocia la figura del asesino con la melodía que silba obsesivamente y por la que además será identificado por el ciego, lo que provocará su detención. Por cierto, la melodía es "En el salón del rey de la montaña" de la obra de Grieg Peer Gynt. No solo este recurso resulta tremendamente eficaz y con una gran carga dramática, sino que es la única pieza musical que se escucha en toda la película, lo que resalta aún más su trascendencia.

Eso sí, fiel al estilo elíptico de la época, amén de responder también a criterios morales, el director utiliza las señales indirectas en los momentos claves. Así, nunca vemos ningún asesinato de una niña, sino que en su lugar vemos rodar una pelota o perderse en el aire un globo sin dueño. Es sin duda un estilo mucho más expresivo, rico y respetuoso que la tendencia actual de mostrarlo todo, recreándose incluso muchas veces en los detalles más escabrosos.

Sin embargo, el interés de M, el vampiro de Düsseldorf no se limita a estos aspectos técnicos. La fuerza de la película reside también en la denuncia social evidente, con la policía y el crimen organizado compartiendo un mismo objetivo, en una secuencia realmente lograda, con el montaje paralelo de las deliberaciones policiales y las del hampa; o las presiones políticas sobre la labor policial o también el peligro del clima de histeria colectiva que se genera, capaz de comprometer a cualquier ciudadano inocente por culpa de la paranoia de sus vecinos.

Y por último, está el momento final, cuando los delincuentes que han apresado a Hans Beckert (Peter Lorre) lo juzgan. En realidad, está condenado de antemano y aquello no es ni un simulacro de juicio, sino un linchamiento en toda regla. En vano, el defensor asignado a Beckert intenta convencer a sus camaradas que tiene que ser el Estado el que se ocupe de él, un perturbado mental. En una escena desgarradora, un genial Peter Lorre clama clemencia y explica el tormento que sufre en su interior, con una voz que le grita constantemente y que solo logra aplacar asesinando a niñas. Se plantea así un intenso dilema: ¿qué se debe hacer para proteger la vida de niños inocentes?, ¿es lícito matar al enfermo para impedir que reincida?, ¿debe el Estado cuidar a un asesino así?. Más allá de interpretaciones políticas, debido a la situación de Alemania en esa época, de dudosa credibilidad, el dilema planteado en sí mismo en torno a la figura de enfermos peligrosos es ya de por sí suficientemente interesante.

La película tampoco nos ofrecerá respuestas, más allá de la inquietante advertencia de una de las madres que han pedido a su hija: debemos vigilar a nuestros hijos. Cada cuál interpretará este final según sus convicciones.

Queda para la historia la soberbia interpretación de todo el reparto, deudor también de la expresividad gesticulante del cine mudo, naturalmente. Pero por encima de todos, destacar a un espectacular Peter Lorre, quizá en el papel de su vida, realmente soberbio y hasta conmovedor en su papel de enfermo mental, atormentado y frágil, desesperado, que termina por resultar hasta digno de lástima. a pesar de la repulsión que producen sus actos.

Sin duda, un film clave en la historia del cine, ejemplo y modelo para muchos directores y donde Fritz Lang consigue crear una pequeña obra de arte que sigue vigente después de más de ochenta años.

martes, 15 de agosto de 2017

La mujer del cuadro



Dirección: Fritz Lang.
Guión: Nunnally Johnson (Novela: J.H. Wallis).
Música: Arthur Lange.
Fotografía: Milton Krasner.
Reparto: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Raymond Massey, Edmund Breon, Dan Duryea, Thomas E. Jackson, Dorothy Peterson, Arthur Loft, Frank Dawson.

El profesor Wanley (Edward G. Robinson) regresa a casa tras una cena con sus amigos. Pero antes se detiene a admirar una vez más el cuadro de una hermosa mujer que le ha fascinado. En ese momento, la modelo se detiene junto a él. Comienza así una noche que traerá nefastas consecuencias para el profesor.

La década de los años cuarenta de Hollywood del siglo pasado nos ha dejado algunas de las mejores películas de cine negro de la historia. Y La mujer del cuadro (1944) es un magnífico ejemplo de la calidad de las películas de entonces.

La historia nos cuenta como una persona honrada, de clase media, con una vida tranquila y sencilla, se va a ver envuelto, quizá por un capricho del destino, en una terrible pesadilla que le arruinará la vida. Y todo por culpa de una mujer, una mujer hermosa; pero también por una vida aburrida que, de repente, parece ofrecerle la oportunidad de pasar una noche diferente. Como vaticinaba el fiscal Calor (Raymond Massey), el amigo del profesor: una tragedia puede estar originada por cualquier descuido, como una aventurilla o una copa de más, pero también por una tendencia latente. Esta es la advertencia de La mujer del cuadro: todo puede pasar cuando menos se espera, no solo por el destino, sino porque queremos que algo suceda, porque forzamos de alguna manera ese destino.

Y la tragedia en que se ve envuelto el profesor parece prevenirnos de cualquier intento de buscar alguna emoción nueva en nuestra vida, sobre todo si somos respetables miembros de la sociedad, casados y de mediana edad. La moraleja del film es un tanto conservadora y mojigata, es cierto, pero estamos ante una película de 1944 y encima norteamericana.

Sin embargo, el principal problema de La mujer del cuadro es el final, un desenlace que resulta un tanto forzado, una especie de arreglo un tanto tramposo para resolver el drama del profesor y ofrecernos el típico final feliz. Y es que según la moral de Hollywood, alguien que cometa un crimen debe pagar por ello y así sería imposible salvar al profesor, cuyos actos lo condenan de inmediato, a pesar de que la muerte del magnate Mazard (Arthur Loft) fuera en defensa propia. La única solución posible para la moral de la época parece ser esa componenda final que, más que otra cosa, estropea un tanto la película.

Hay que señalar que, desde el principio, el espectador se solidariza con Wanley, a pesar de su crimen, pues comprendemos que fue un acto instintivo para salvar su vida pero que, por encima de todo, es una buena persona, víctima de la mala suerte. Quizá por eso, el guión busca una salida para él, consciente de que no merece un desenlace fatal.

A pesar de ello, lo importante de La mujer del cuadro es el clima de intriga que desarrolla, como nos vamos contagiando del miedo del profesor, sintiendo su angustia al ver como las cosas se van torciendo poco a poco. Es importante destacar como Fritz Lang consigue crear ese clima de tensión con unos pocos elementos: jugando con los tiempos, la noche, las luces de un coche o una pequeña herida en la muñeca. Pequeños detalles que el director y el magnífico guión de Nunnally Johnson saben explotar al máximo para contagiarnos la tensión que padece el profesor, interpretado con maestría por el genial E. G. Robinson, todo un gigante del cine negro.

El reparto, uno de los grandes aciertos del film, lo completan Joan Bennett, Raymond Massey o el inquietante Dan Duryea. Como curiosidad, señalar que al año siguiente, Lang dirige otro film negro, Perversidad, contando de nuevo con Edward G. Robinson, Joan Bennett y Dan Duryea.

La mujer del cuadro puede que no sea la película perfecta, pero aún así reúne cualidades más que suficientes para poder considerarla todo un clásico del género. Un film con un poderoso encanto que crece con el paso del tiempo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Laura



Dirección: Otto Preminger.
Guión: Jay Dratler, Samuel Hoffenstein y Betty Reinhardt (Novela: Vera Caspary).
Música: David Raksin.
Fotografía: Joseph LaShelle.
Reparto: Gene Tierney, Dana Andrews, Clifton Webb, Judith Anderson, Vincent Price, Dorothy Adams.

Laura Hunt (Gene Tierney), una exitosa publicista, es asesinada en su apartamento. El detective Mark McPherson (Dana Andrews) es el encargado de dirigir la investigación, para lo cuál contacta con los amigos más íntimos de la difunta.

Laura (1944) es una de las grandes cimas del cine negro americano, lo que equivale a decir del cine negro, a secas. Y, sin embargo, es un film un tanto atípico, de ahí quizá su grandeza y su belleza.

Para empezar, Laura nos habla de un crimen que no se cometió. Ha habido una víctima, una mujer joven, pero no es quién todos piensan. A pesar de esta argucia, el espectador no se siente engañado. No es un mero juego argumental, sino la base de una historia fascinante por la que vamos conociendo a Laura Hunt a través del relato de Waldo Lydecker (Clifton Webb), su más ferviente admirador, enamorado incondicional de Laura, su descubridor, el gran escritor y periodista que vio en ella algo único que despierta en este hombre pagado de sí mismo un fervor casi impropio de su edad y su condición.

Y Laura va tomando cuerpo ante nuestros ojos y ante los de McPherson, que poco a poco se va enamorando de ella, de una muerta, embelesado por su personalidad y cegado por la belleza de su retrato.

Y así tenemos la clave última de Laura que, con la disculpa de una investigación criminal, se va transformando en una historia de amores, de pasiones irrefrenables, de deseos, de celos... en definitiva, un relato sobre el amor, la pasión y la obsesión. Esta es la belleza de Laura, lo que hace de esta historia algo mucho más grande y más profundo que el mero film negro típico, que el relato policíaco. Y es que la película se convierte en un estudio del alma humana, de lo que puede provocar un amor desenfrenado y donde no hay malos, sino ejemplos de la debilidad de la condición humana y, por lo tanto, personajes dignos de compasión. Y tampoco Laura es una mujer fatal, sino alguien tan encantador que provoca la admiración y el enamoramiento de cuantos se acercan a ella.

Y como no es un film negro al uso, tampoco la puesta en escena es la típica del género. No estamos en los típicos ambientes lúgubres, entre los desheredados y perdedores del mundo. Al contrario, los personajes pertenecen a la alta sociedad, viven en hermosos apartamentos, rodeados de arte y de lujo. Y la fotografía, ganadora de un Oscar, es diáfana, clara, sin recurrir a los grandes contrastes del género. Lo mismo que la dirección de Preminger, que afortunadamente consiguió que despidieran a Rouben Mamoulian, primer director del film, cuyas ideas sobre la película no eran las mejores. Dirección elegante, clara y fluida, recreándose en la belleza fascinante de Gene Tierney, una Laura delicada y fuerte a la vez, lejos de la mera belleza decorativa.

Sin embargo, a pesar del título, creo que quizá el personaje clave de la historia es Waldo, interpretado con maestría por Clifton Webb. El personaje que lleva las riendas del relato, a través de cuya mirada descubrimos un dibujo subjetivo y fascinante de Laura, que es en parte culpable del enamoramiento de McPherson, y cuya personalidad resulta tan fascinante o más que la de la propia Laura.

Laura es un film prodigioso, complejo, cautivador y hermoso. Sin duda, una de las obras claves del cine clásico. Imprescindible.

lunes, 7 de agosto de 2017

Ocho sentencias de muerte



Dirección: Robert Hamer.
Guión: Robert Hamer y John Dighton (Novela: Roy Horniman).
Música: W.A. Mozart.
Fotografía: Douglas Slocombe.
Reparto: Dennis Price, Valerie Hobson, Joan Greenwood, Alec Guinness, Audrey Fildes, Miles Malleson, Clive Morton, John Penrose, Cecil Ramage, Hugh Griffith.

El joven Louis Mazzini (Dennis Price) decide vengar a su madre el día de su muerte, tras haber sufrido toda su vida el desprecio de su noble familia por haberse casado por amor en contra de sus deseos. Uno tras otro, Louis se irá deshaciendo de todos los que le preceden en la línea sucesoria del título ducal.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el cine británico renació de la mano de grandes cineastas (Carol Reed y David Lean) y también con las producciones de los estudios Ealing, nombre legendario en la historia del cine. De estos estudios saldría esta comedia negra, Ocho sentencias de muerte (1949), que podemos situar sin ninguna duda entre las mejores de todo el cine británico.

Ocho sentencias de muerte es un film tremendamente irreverente, amoral y muy divertido, con unos diálogos impagables y donde se hace un análisis implacable de la sociedad de principios del siglo XX, poniendo en evidencia sus míseras reglas sociales, con sus graves consecuencias para el individuo, especialmente para la mujer, referentes a todos los aspectos de la vida: matrimonio, posición social, trabajo, aspiraciones, herencia, religión y hasta la muerte. Nada se escapa al agudo análisis y precisa crítica de un guión cargado de maldad y también de lucidez a la hora de analizar las lacras sociales. Y lo mejor de todo es que la historia derrocha un humor sumamente inteligente y muy, muy negro que nos sorprende a cada instante.

A través de sus memorias, escritas mientras espera ser ejecutado, Louis Mazzini, genialmente interpretado por Dennis Price, nos cuenta en flashback la historia de su vida, narrando en primera persona los principales acontecimientos y el porqué se encuentra a punto de morir. Lejos de ser un inconveniente, esta elección narrativa aporta sin duda un punto elegante y un toque pedante que cuadran perfectamente con la historia. Además, nos sirve también para conocer de primera mano la curiosa personalidad de Louis, un tipo egoísta y sin escrúpulos que asume su tarea como algo casi noble, justificado y obligatorio.

A destacar la presencia de Alec Guinness que da vida, en un prodigio de caracterizaciones, a los ocho primos de Louis que irán muriendo en su macabro plan para heredar el título nobiliario familiar. Ocho personajes grotescos todo ellos a los que da vida con su maravilloso talento.

Sin duda alguna, estamos ante una pequeña obra de arte, la cumbre del humor negro. Un film maravilloso que se mantiene a lo largo del tiempo como una de las mejores comedias del cine británico de todos los tiempos.

viernes, 4 de agosto de 2017

El fantasma y la señora Muir



Dirección: Joseph L. Mankiewicz.
Guión: Philip Dunne (Novela: R.A. Dick).
Música: Bernard Herrmann.
Fotografía: Charles Lang Jr.
Reparto: Gene Tierney, Rex Harrison, George Sanders, Edna Best, Vanessa Brown, Anna Lee, Robert Coote, Natalie Wood.

Lucy Muir (Gene Tierney), una joven viuda, decide marcharse del hogar de su difunto marido, escapando de su suegra y su cuñada, y buscar una casa cerca del mar. Cuando encuentra la casa de su sueños, decide alquilarla, a pesar de las advertencias de la presencia en ella del fantasma de su antiguo dueño.

Cuando tengo el placer de disfrutar de una película como El fantasma y la señora Muir (1947) siento algo de pena al ver en qué se ha convertido en la actualidad la industria del cine. Afortunadamente, el cine clásico nos permite poder disfrutar de un cine ya perdido para siempre, pero  que aún posee la fuerza y la belleza del trabajo bien hecho.

La película es una hermosa historia de amor imposible, un cuento enternecedor, terriblemente romántico, que nos habla del destino, de la ilusión, del poder de los sueños y de la inmortalidad del alma. Casi nada.

Lucy, viuda y con una hija pequeña a su cargo (Natalie Wood), es una mujer valiente y decidida, que quiere tomar las riendas de su vida sin depender de nada ni de nadie. Y cuando busca un lugar en el que vivir, cerca del mar, se enamorará de "La Gaviota", a pesar de ser una casa encantada. Aquí comienza la parte mágica de la película, pues Lucy siente que, de alguna extraña manera, debía vivir en esa casa, como si "La Gaviota" le pidiera que la salvara de su soledad. Y su obstinación por permanecer ahí la lleva a enfrentarse al fantasma del capitán Gregg (Rex Harrison), empeñado en ahuyentarla. Lo que mal empieza, sin embargo, deriva pronto en una curiosa amistad entre esa mujer solitaria y el fantasma.

Lo maravilloso es que la historia está contada con tal inteligencia y elegancia que se acepta lo irreal del argumento con total naturalidad. Y de la amistad al amor; no declarado, íntimo, en una de las historias románticas más maravillosas, originales y sencillas que se puedan contemplar.

Mankiewicz, apoyado en un guión excelente, plagado de diálogos memorables y escenas para enmarcar, demuestra su elegancia, su estilo directo, sencillo, donde todo fluye con naturalidad, aún cuando lo que veamos sea un cuento fantástico. Pero en el fondo, se trata de una historia de amor, aunque sea con una persona que ha fallecido. Se trata, por lo tanto, de un amor imposible. Y Gregg así lo siente cuando Lucy se enamora al fin de alguien de verdad. Entonces Gregg se marcha de su vida, renunciando a algo que, por el momento, no puede ser.  Por ahora..., nada más. Porque el amor verdadero es eterno. Así que cuando Lucy muere, ya anciana, el capitán regresa para, al fin, vivir ese amor por toda la eternidad.

Para dar vida a los protagonistas de esta maravillosa historia, Mankiewicz cuenta con la hermosa Gene Tierney, para muchos el rostro más bello que ha aparecido en la pantalla, y un genial Rex Harrison, un excelente actor sin grandes logros en el cine y que quizá aquí tiene su papel más bonito, junto al del profesor Higgins de My Fair Lady (George Cukor, 1964).

El fantasma y la señora Muir es una película deliciosa, poética incluso, que nos reconcilia con el cine romántico de calidad y con el placer de disfrutar de una historia bien contada, cuidada y maravillosamente fantástica.

viernes, 21 de julio de 2017

Perversidad



Dirección: Fritz Lang.
Guión: Dudley Nichols (Novela: Georges de La Fouchardière y André Mouézy-Éon).
Música: Hans J. Salter.
Fotografía: Milton Krasner.
Reparto: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Dan Duryea, Jess Baker, Margaret Lindsay, Rosalind Ivan, Samuel S. Hinds, Vladimir Sokoloff.

Después de recibir un homenaje de su jefe por sus leales servicios durante veinticinco años en la empresa, Christopher Cross (Edward G. Robinson) regresa a su domicilio y observa a un hombre pegando a una mujer. Se trata de una hermosa joven, Kitty (Joan Bennett),  por la que Cross se sentirá inmediatamente atraído.

Tras el éxito de la magnífica La mujer del cuadro (1944), Fritz Lang filma esta película con el equipo de ese film y los mismos tres protagonistas. Sin embargo, Perversidad (1945) es una obra mucho más sombría y pesimista, con un final terrible que no salva a nadie.

En esencia, Perversidad es el relato de la caída a los infiernos de un buen hombre, el apocado y humilde Chris Cross, empleado ejemplar y pintor aficionado, por culpa del amor por una mujer manipuladora y mentirosa. Cross, que confiesa a un amigo que nunca ha sido amado por una hermosa mujer, cree haber encontrado su redención al conocer a Kitty, sin saber que el interés de ella por él está motivado tan solo por el deseo de aprovecharse de su ingenuidad para conseguir dinero para su novio Johnny (Dan Duryea), un chulo que vive de lo que ella pueda conseguir.

Cross, seducido por las mentiras de Kitty, creyendo que ella lo ama sinceramente, no duda en ir corrompiéndose progresivamente, robando dinero en su empresa, a su mujer y llegando incluso a fantasear con librarse de ella para poder casarse con Kitty. La película es una despiadada visión de la corrupción del alma humana víctima del deseo. Es terrible comprobar como un corazón noble se va pudriendo por un sueño, una ilusión de felicidad por la que no duda en traicionarse a sí mismo.

El motor del drama que termina con los tres protagonistas será la mentira. Cross finge ser un famoso pintor, temiendo desilusionar a Kitty, que niega tener novio y finge quererlo para poder sacarle el dinero que le exige Johnny, que se hace pasar por el novio de una amiga de Kitty para poder mantener el engaño en pie.

Fritz Lang se apoya en la poderosa fotografía de Milton Krasner para expresar la progresiva ruina de Cross, fotografía que se va oscureciendo hasta las demoledoras escenas finales, donde los contrastes acusados, las sombras amenazadoras recuerdan los orígenes expresionistas del director, construyendo un universo lúgubre que parece devorar al protagonista, atormentado sin remedio por la culpa y el dolor.

Perversidad es cine negro, sí, pero un tanto original. Y es que Kitty, la mujer fatal de la historia, no es una malvada típica. Su engaño está motivado por su amor incondicional por Johnny. Y Johnny tampoco parece ser más que un caradura que intenta vivir sin dar golpe. Su castigo, a todas luces es injusto, como excesivo parece el destino de Kitty. Sin embargo, es como si una fuerza superior los arrastrara al desastre. Parece, salvando las distancias, una tragedia clásica, donde los personajes no logran dominar sus impulsos, sus vicios, sus mentiras, que crecen hasta que son imposibles de parar.

En el debe de la película, quizá una duración excesiva, con algunas secuencias que podrían haberse acortado. Quizá ello penalice un tanto el ritmo. Aún así, estamos ante una película única, con el sello de ese cine de la edad de oro de Hollywood que aún pervive con toda su fuerza, a pesar de los años y las modas.

La película es en realidad un remake de La golfa, film de Jean Renoir de 1931.

Alarma en el expreso



Dirección: Alfred Hitchcock.
Guión: Sidney Gilliat y Frank Launder (Novela: Ethel Lina White).
Música: Louis Levy.
Fotografía: Jack Cox.
Reparto: Margaret Lockwood, Michael Redgrave, Dame May Whitty, Paul Lukas, Basil Radford, Naunton Wayne, Cecil Parker.

Durante un viaje, la joven Iris Henderson (Margaret Lockwood) conoce a una simpática anciana, la señorita Froy (May Whitty), que la ayuda a recuperarse de un golpe en la cabeza. Sin embargo, después de despertar de un breve sueño, Iris comprueba que la señorita Froy ha desaparecido y cuando pregunta por ella todos los viajeros y personal del tren insisten en que no han visto a esa mujer.

Alarma en el expreso (1938) es una de las últimas películas de la etapa inglesa de Hitchcock, que gracias al éxito de este film, entre otros, partiría poco después a Estados Unidos, donde filmaría lo mejor de su filmografía.

Sin embargo, su etapa inglesa, si bien limitada en el aspecto técnico y más pobre en líneas generales que la americana, contiene algunas pequeñas joyas, entre las que está Alarma en el expreso, una película que es verdad que acusa no solo el paso del tiempo, sino que también posee un argumento que es difícil tomarse en serio, en especial en cuanto al desenlace. Aún así, Hitchcock demuestra un buen dominio de todos los elementos del film, lidiando con mano firme con las incongruencias del guión y, sobre todo, sabiendo darle un empaque a la historia, más allá del tema principal del espionaje que, eso sí, aporta una interesante intriga con la negación por parte de todos de la existencia de la señorita Froy. Por cierto, la acción transcurre en un país centro europeo imaginario (Vandrika), pero las similitudes con la Alemania nazi parecen notables.

El guión también posee una notable carga cómica, con un sin fin de detalles simpáticos, donde juega con los malos entendidos de corte sexual o se ríe abiertamente de la flema británica, encarnada en dos curiosos personajes secundarios, y llevándola al límite con la secuencia del asalto al vagón del tren al final de la película.

No falta tampoco la historia de amor, que transcurre de un modo fluido al tiempo que los protagonistas intentan aclarar el misterio de la mujer desaparecida, con momentos muy originales, como la pelea en el vagón de equipajes rodeados del atrezzo de un mago.

Alarma en el expreso cuenta también con un buen elenco de actores, de lo mejor de la época en Inglaterra, con una destacada May Whitty y el galán Michael Redgrave, padre de la famosa actriz Vanessa Redgrave.

Estamos por tanto ante un film algo envejecido por el paso del tiempo, es cierto, pero con un encanto innegable que precisamente le aporta su sencillez.

domingo, 16 de julio de 2017

El cabo del miedo


Dirección: Martin Scorsese.
Guión: Wesley Strick (Novela: John D. MacDonald).
Música: Elmer Bernstein y Bernard Herrmann.
Fotografía: Freddie Francis.
Reparto: Robert De Niro, Nick Nolte, Jessica Lange, Juliette Lewis, Robert Mitchum, Gregory Peck, Joe Don Baker, Illeana Douglas.

Max Cady (Robert De Niro) es puesto en libertad tras cumplir catorce años de condena por agresión sexual. Y su única idea es vengarse de su abogado defensor (Nick Nolte), pues mientras estuvo en prisión descubrió que su defensa no había sido todo lo eficaz posible, ocultando pruebas que le podrían haber reducido la condena.

El cabo del miedo (1991) es un remake de la película El cabo del terror (J. Lee Thompson, 1962) y viene a demostrar una vez más el dicho de que segundas versiones nunca fueron buenas, salvo algunas contadas excepciones. Y es que a veces sencillamente no se entiende muy bien el motivo de volver sobre una buena película para ofrecer una versión actualizada que no aporta nada nuevo, además de tener que sufrir la terrible comparación. La única explicación que se me ocurre es un interés monetario además de una falta de ideas.

Y eso que en esta ocasión al frente de la película tenemos nada menos que a Martin Scorsese, que además se rodeó de un elenco de actores de lo mejor de la época, empezando por Robert De Niro, cuando éste aún se tomaba en serio su trabajo, que está soberbio en la piel del villano de turno, componiendo un malvado de los que te pone los pelos de punta. Su trabajo mereció una nominación al Oscar. La otra nominación que recibió la película fue para Juliette Lewis, sin duda la gran sorpresa, con un trabajo impecable a pesar de su juventud. Como guiño a la película de 1962, aparecen también  brevemente Robert Mitchum y Gregory Peck, que encarnaban al criminal y al abogado, respectivamente, en la película de J. Lee Thompson.

Y en realidad, el reparto es lo único destacable de El cabo del miedo, pues todo lo demás es de un nivel bastante elemental, empezando por un guión de lo más previsible y que además no cuida especialmente los diálogos, que resultan bastante vulgares. No es nada complicado ir anticipándonos a los acontecimientos, con lo que la emoción pierde puntos de forma evidente. El único interés, por lo tanto, residirá en disfrutar del buen trabajo de De Niro y Juliette Lewis, un regalo para el espectador.

Incluso el trabajo de Scorsese me pareció de un nivel bastante pobre, ya desde el comienzo, con la presentación de los protagonistas, que se desarrolla de un modo tan rutinario como desganado, con situaciones del todo carentes de interés y conversaciones banales, como si se tratara de un mero trámite que hay que pasar para llegar a lo que realmente parece que le interesa al director: las escenas más dramáticas, donde Scorsese no duda en cargar las tintas intentando que en ellas recaiga todo el peso del drama. Sin embargo, tampoco aquí encuentro que dé en el clavo, pareciéndome en algunas ocasiones que exagera demasiado, como en el disparatado final, una secuencia cargada de excesos donde Scorsese no duda en alargar una intriga inexistente con el fin, imagino, de poner un broche de oro a la historia. ¿El resultado? un final forzado y con algunos detalles incomprensibles.

Y esto me sirve para hacer una pequeña crítica hacia un director que si en los años setenta del siglo pasado nos brindó algunas películas excepcionales, como Taxi Driver o Toro salvaje, luego fue jalonando su carrera con títulos mucho menos interesantes, apoyado en la reputación ganada anteriormente pero que muchas veces resultaban decepcionantes, como es el caso que nos ocupa. Y es que El cabo del miedo no deja de ser un film menor, muy bien arropado en cuanto a actores, pero sin la brillantez que hubiera sido deseable.

domingo, 2 de julio de 2017

La novia de mis sueños



Dirección: Stephen Belber.
Guión: Stephen Belber.
Música: Mychael Danna y Rob Simonsen.
Fotografía: Eric Edwards.
Reparto: Jennifer Aniston, Steve Zahn, Woody Harrelson, Margo Martindale, Fred Ward, Tzi Ma, Katie O'Grady.

Sue (Jennifer Aniston), una vendedora de cuadros baratos, llega al motel que regenta Mike (Steve Zahn) con sus padres para pasar una noche. Inmediatamente, Mike se siente atraído por ella y, contra todo pronóstico, tienen una breve aventura. Cuando Sue se va, Mike no podrá quitársela de la cabeza.

Resultan curiosas algunas vueltas argumentales de las comedias románticas. Puede que se trate de no ser repetitivos, o de darle un toque original a las historias, pero a veces me cuesta tomarme en serio algunas películas. Es lo que me sucede con La novia de mis sueños (2008), que parte de una premisa inicial tan forzada que toda la historia termina resintiéndose de ese comienzo. Y es que Mike no es que sea un tipo tan atractivo como para explicarnos que Sue tenga de pronto un calentón y decida darse un revolcón con un completo desconocido del que debería tener cierto recelo, dada la manera en que se presenta ante ella.

El caso es que tanto en el arranque de la película como en las dos terceras partes de la misma, la historia parece querer recrearse más en lo anecdótico y en la comedia que el romance en sí entre Sue y Mike, que avanza sin mucho sentido entre idas y venidas de un sitio a otro, sin que uno termine de comprender qué puede ver la guapa protagonista en un tipo que roza la figura de un acosador,  además de no aparecer tampoco demasiado inteligente.

Y tampoco los detalles cómicos me resultaron especialmente inspirados. En general, son una mezcla de excesos sin pizca de gracia y, además, con algunos momentos en que parece que se rompe el ritmo fluido y las escenas avanzan con cierta dificultad. He de confesar que no me reí en ningún momento a lo largo de la película.

Solamente al final, y de manera un tanto precipitada, la historia parece tomar un camino más serio y los personajes dejan de comportarse de una manera un tanto extraña para cobrar al fin algo de sentido y afrontar sus sentimientos con cierta coherencia. Es el final feliz tan esperado, tras algunos de los típicos desencuentros de este tipo de películas, que logra en cierta manera dejarnos al final un cierto buen sabor de boca, si bien tampoco logra borrar de todo el limitado calado de una historia que, mejor enfocada, hubiera dado mucho más de sí.

En cuanto al reparto, Jennifer Aniston sigue resultando una actriz bastante idónea para este tipo de comedias, con encanto y muchas tablas. Steve Zahn no terminó de convencerme, tal vez por culpa de su personaje: un tipo sin encanto, incluso con un aire de cierta estupidez. Si ese era el punto que tenía que dar a su personaje, he de reconocer que su trabajo es impecable. Woody Harrelson se limita a una breve aparición que no explota del todo su potencial como actor de comedia.

En definitiva, una película sin demasiado interés, que ni tiene su punto fuerte en la historia de amor ni en la parte de comedia, desarrollándose en un tono bastante normalito y sin brillantez.

lunes, 19 de junio de 2017

The Purge: La noche de las bestias



Dirección: James DeMonaco.
Guión: James DeMonaco.
Música: Nathan Whitehead.
Fotografía: Jacques Jouffret.
Reparto: Ethan Hawke, Lena Headey, Max Burkholder, Adelaide Kane, Rhys Wakefield, Edwin Hodge, Tony Oller, Tom Yi, Tyler Jays, Alicia Vela-Bailey.

Año 2022: Estados Unidos ha superado un período de caos y se ha refundado la nación. Ahora reina la prosperidad, casi no hay paro y la violencia se ha reducido al mínimo. Y todo gracias a una disposición legal que permite que, una vez al año, durante toda una noche, la población pueda cometer cualquier crimen sin tener que responder ante la justicia. Es la conocida como "purga anual".

La ciencia-ficción, sea real o sea una mera conjetura política, como es el caso aquí, da lugar a las más disparatadas hipótesis. Guionistas imaginativos se lanzan febriles a proponer escenarios de lo más apocalípticos. El problema es cuando se los toman en serio y pretenden que nosotros los secundemos en sus elucubraciones. La idea de una sociedad donde se permite una noche de crímenes sin límite ni control es, en esencia, un disparate. Podría haberse planteado algo parecido pero sin tanta radicalidad como medio de advertir de la deriva violenta de la sociedad actual y, seguramente, podría funcionar, al estilo de La naranja mecánica, por ejemplo. Y es que dentro de lo excesivo del planteamiento, la idea daba para algo más que para un thriller violento. Porque es verdad que se podría incidir algo más en el dilema entre caer en la espiral de violencia que las autoridades permiten o mantener los principios éticos que se opongan a ese disparate. Algo que se apunta en la película, pero sin detenerse demasiado en ello, quedando el apunte casi como mera anécdota.

Uno tiene la sospecha de que el argumento de The Purge (2013) no es más que una mera excusa para poder dar rienda suelta a un film cargado de violencia y de muertes sin mucho sentido. Es la contradicción de este tipo de propuestas: pretenden alertar sobre los peligros de la violencia y en realidad solo son un repertorio de muertes y asesinatos gratuitos, en una especie de glorificación o canalización de la violencia extrema.

Pero dejando a un lado lo que podría haber sido y no fue en cuanto a reflexión moral sobre la sociedad actual y futura, The Purge es un mala película en sí misma. Se puede hace buen cine con una mala idea. En este caso, si bien la idea no es ninguna maravilla, creo que podría haber dado pie a un film mucho más decente que el que nos ofrece James DeMonaco. El film, por ejemplo, cuenta con unos personajes que no acabamos de comprender, con reacciones absurdas, como la del novio de Zoey (Adelaide Kane) o la de los vecinos de la familia Sandin, verdaderos majaderos sin mucha explicación, más allá de que la noche en cuestión los convirtiera de pronto en histéricos flipados.

Pero si los personajes resultan un tanto incomprensibles, lo mismo se puede decir con el desarrollo de la trama, donde se desaprovecha claramente la tensión que podría generar el asalto a la casa de los Sandin con una puesta en escena un tanto precipitada, casi cómica por momentos y sin el nervio que debería tener para mantenernos sin aliento. Todo en realidad es bastante chapucero en líneas generales, desde la dirección hasta algunos detalles del argumento un tanto absurdos, salvo lo sucedido con James (Ethan Hawke), único detalle que rompe la absoluta previsibilidad de los acontecimientos, incluida la consabida sorpresa de última hora, de nuevo chapucera, forzada, increíble y absurda.

En cuanto al reparto, la verdad es que ningún actor se salva del desastre general, quizá tan despistados por lo absurdo del planteamiento como nosotros. Quizá Ethan Hawke sea el único que mantiene algo el tipo, dentro de unos trabajos extraños y bastante artificiales de sus compañeros.

En definitiva, un film que busca solamente dar rienda suelta a ese tipo de violencia un tanto gratuita tan habitual en el cine actual, pero lo hace sin talento y sin nervio.

Curiosamente, la película fue un éxito de taquilla, lo que dio lugar, naturalmente, a dos secuelas más, de manera que ya tenemos una trilogía que viene a confirmar que en la actualidad solo el resultado en taquilla parece ser el único juez válido para las productoras.

domingo, 11 de junio de 2017

La ciudad de las estrellas (La La Land)



Dirección: Damien Chazelle.
Guión: Damien Chazelle.
Música: Justin Hurwitz.
Fotografía: Linus Sandgren.
Reparto: Emma Stone, Ryan Gosling, John Legend, Rosemarie DeWitt, J.K. Simmons, Finn Wittrock, Sonoya Mizuno, Jessica Rothe, Jason Fuchs.

Los Angeles: Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz que no ha tenido mucha suerte, se tropieza por primera vez con Sebastian (Ryan Gosling), un pianista de jazz, en medio de un atasco. Luego, se vuelven a encontrar por casualidad un par de veces más, surgiendo de pronto una atracción mutua.

La La Land (2016) representa la vuelta gloriosa del musical al primer plano de Hollywood y, por lo tanto, del mundo del cine. El musical no es un género que me guste demasiado. La interrupción de la acción con los consabidos números musicales me resulta, en general, artificial y cansina. Sin embargo, los premios obtenidos por esta película y una recomendación especial me animaron a darle una oportunidad. ¿El veredicto?

Analizar La La Land requiere enfocarla desde diferentes puntos de vista, pues quizá con uno solo no podría abarcar todo su contenido.

Como musical, la verdad es que la película fue de menos a más. Tal vez porque al principio me costaba meterme en los interludios musicales, que me parecían algo artificiosos. Sin embargo, poco a poco te vas dejando llevar, gracias a una banda sonora muy buena que te va ganando y también porque la película es, en esencia, una obra que se asienta fundamentalmente en la música, hasta el punto que la historia de Mia y Sebastian se ciñe, al menos en el 80% de la película, a los detalles más básicos, casi como una mera excusa para desplegar los números musicales. Por cierto, sea como homenaje a los musicales clásicos o por gusto personal del director, el recurso a los colores me resultar un tanto excesivos, quizá porque no resultaba nada sutil. Puede que estéticamente queden bien, pero le dan a la película un toque un tanto artificial y pretencioso.

En cuanto al reparto, aquí la película merece un sobresaliente. Y es que Emma Stone nos gana en seguida merced a su espontaneidad y a una gracia especial, casi hipnótica. Es el alma de la película y además cuenta con Ryan Gosling que, sin resultar tan fascinante como ella, consigue darle la réplica perfectamente. En ellos recae todo el peso de La La Land y el mérito de que su historia de amor nos enganche es gracias a ellos.

Pero sin duda, lo mejor de la historia estaba reservado para el final. Para unos diez o quince minutos maravillosos que justifican ellos solos el ver la película. Es cuando la historia de Mia y Sebastian por fin cobra forma, deja de ser un mero soporte de la parte musical y se convierte en la esencia y la clave de la película. Son quince minutos donde, sin palabras, en la mejor tradición de cine mudo, se muestra lo que fue y lo que pudo ser en la vida de la pareja. Cómo un viaje por trabajo a Francia separa a los amantes sin remedio, cambiando el curso de sus vidas. Pero la magia del cine crea una segunda oportunidad, al menos durante los breves segundos que dura un sueño, el tiempo que dura una canción al piano. Y entonces todo encaja de nuevo y es hermoso, perfecto y conmovedor. Son unos minutos de buen cine, donde por fin hay una cohesión perfecta entre la música y la historia, sin imposturas, sin artificios, con sinceridad. Lástima que no sea así durante todo el metraje, porque estaríamos hablando de una obra maestra.

Aún así, a pesar de sus defectos, La La Land es un film notable, cuidado, ambicioso y por momentos casi mágico.

La película recibió catorce nominaciones a los Oscar (récord absoluto junto a Eva al desnudo y Titanic), ganando finalmente seis: mejor director, actriz (Emma Stone), diseño de producción, fotografía, canción original y banda sonora.

martes, 6 de junio de 2017

De 5 a 7



Dirección: Victor Levin.
Guión: Victor Levin.
Música: Danny Bensi y Saunder Jurriaans.
Fotografía: Arnaud Potier.
Reparto: Anton Yelchin, Bérénice Marlohe, Olivia Thirlby, Lambert Wilson, Frank Langella, Glenn Close, Eric Stoltz, Dov Tiefenbach, Joe D'Onofrio.

Brian (Anton Yelchin) es un joven escritor al que le han rechazado la publicación de cuanto ha escrito. Un día se encuentra en la calle con una hermosa mujer y la atracción es tal que siente el impulso de cruzar la calle para conocerla. Será el comienzo de una increíble historia de amor.

Lo que más choca al principio en De 5 a 7 (2014) es sin duda el argumento. Cuesta entender que el matrimonio de Arielle (Bérénice Marlowe) y Valéry Pierpont (Lambert Wilson) tengan una concepción tan abierta de su relación, donde se acepta con normalidad absoluta que tu cónyuge tenga un amante, hasta el punto de oficializarse incluso la relación. Pero debemos aclarar que la historia se basa en un caso real que conoció el director en Francia, precisamente. Y el argumento de la película incidirá repetidamente en las diferencias culturales de Estados Unidos y Francia, quizá en un deseo de justificar esa peculiar manera de entender el matrimonio y hacerla más aceptable para el público.

En todo caso, es la premisa básica. Pero la película es mucho más. Es una comedia romántica que nos permite seguir el descubrimiento del amor, en mayúsculas, por parte de Brian, un joven que aspira a ser escritor pero que, como vamos descubriendo poco a poco, aún no ha desembarcado plenamente en el río de la vida. Su contacto permanente con su padres, de quienes parece depender económicamente, mantienen a Brian aún en un estado de juventud casi idílica, sin responsabilidades, dedicado a lo que más le gusta. Sin embargo, su encuentro con Arielle, una mujer mayor que él, mucho más madura, le descubrirá un universo nuevo, lo hará madurar y también lo dejará marcado de por vida.

No sé si uno puede tener varios amores perfectos a lo largo de la vida. Puede que así sea. Pero el mensaje de De 5 a 7 es que solo hay un amor auténtico, arrebatador, poderoso como un ejército invencible. Y ese amor nos llega, a menudo, en nuestra juventud, en los años en que despertamos a la vida, en que somos moldeables, dúctiles y ardemos en deseos de conocer, de experimentar y de saber. Esa etapa única marcará nuestra vida sin remedio, como a Brian, enamorado para siempre de una sirena perfecta, tierna y hermosa como un espejismo.

Puede que el amor verdadero tenga que durar poco y romperse sin remedio. Tal vez por eso es eterno. Lo dice Brian, más o menos, y es que así lo siente y así será.

Sin embargo, el mensaje tan poderoso de la película no siempre se ve acompañado por la misma perfección e intensidad en el relato. Creo que la película, en general, se pierde a veces en pequeñas anécdotas, potenciando la parte de comedia de la historia, y se deja quizá en el camino el adentrarse con más decisión y contundencia en la parte romántica de la historia de amor de Arielle y Brian, dos personajes que me hubiera gustado conocer mejor; pues sus muestras de cariño, sus declaraciones de ese amor único e incombustible se resumen en un par de frases susurradas al oído y poco más. Quizá el gusto por la belleza de la puesta en escena, evidente en todo momento, en marcar los tiempos y las atmósferas, se haya comido parte de la intensidad que se le presupone a un amor tan arrollador como el de los protagonistas. Puede que también la cierta pasividad de Anton Yelchin contribuya a ese tono un tanto frío que trasmite el actor, de igual manera que la rotunda belleza de Bérénice Marlowe es tan perfecta como distante.

Aún así, De 5 a 7 es un film que transmite honestidad. La historia que cuenta es tan cierta como que existe la muerte. A pesar del tono de comedia, la historia impone su rotundidad sin paliativos. Y cuando la vida obliga a aceptar su terrible dictado, es imposible no temblar y sentir la oscuridad invadiéndote el cuerpo.

Puede que algunas cosas, siempre las más importantes, las escriba uno para un único lector.