El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 21 de julio de 2017

Perversidad



Dirección: Fritz Lang.
Guión: Dudley Nichols (Novela: Georges de La Fouchardière y André Mouézy-Éon).
Música: Hans J. Salter.
Fotografía: Milton Krasner.
Reparto: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Dan Duryea, Jess Baker, Margaret Lindsay, Rosalind Ivan, Samuel S. Hinds, Vladimir Sokoloff.

Después de recibir un homenaje de su jefe por sus leales servicios durante veinticinco años en la empresa, Christopher Cross (Edward G. Robinson) regresa a su domicilio y observa a un hombre pegando a una mujer. Se trata de una hermosa joven, Kitty (Joan Bennett),  por la que Cross se sentirá inmediatamente atraído.

Tras el éxito de la magnífica La mujer del cuadro (1944), Fritz Lang filma esta película con el equipo de ese film y los mismos tres protagonistas. Sin embargo, Perversidad (1945) es una obra mucho más sombría y pesimista, con un final terrible que no salva a nadie.

En esencia, Perversidad es el relato de la caída a los infiernos de un buen hombre, el apocado y humilde Chris Cross, empleado ejemplar y pintor aficionado, por culpa del amor por una mujer manipuladora y mentirosa. Cross, que confiesa a un amigo que nunca ha sido amado por una hermosa mujer, cree haber encontrado su redención al conocer a Kitty, sin saber que el interés de ella por él está motivado tan solo por el deseo de aprovecharse de su ingenuidad para conseguir dinero para su novio Johnny (Dan Duryea), un chulo que vive de lo que ella pueda conseguir.

Cross, seducido por las mentiras de Kitty, creyendo que ella lo ama sinceramente, no duda en ir corrompiéndose progresivamente, robando dinero en su empresa, a su mujer y llegando incluso a fantasear con librarse de ella para poder casarse con Kitty. La película es una despiadada visión de la corrupción del alma humana víctima del deseo. Es terrible comprobar como un corazón noble se va pudriendo por un sueño, una ilusión de felicidad por la que no duda en traicionarse a sí mismo.

El motor del drama que termina con los tres protagonistas será la mentira. Cross finge ser un famoso pintor, temiendo desilusionar a Kitty, que niega tener novio y finge quererlo para poder sacarle el dinero que le exige Johnny, que se hace pasar por el novio de una amiga de Kitty para poder mantener el engaño en pie.

Fritz Lang se apoya en la poderosa fotografía de Milton Krasner para expresar la progresiva ruina de Cross, fotografía que se va oscureciendo hasta las demoledoras escenas finales, donde los contrastes acusados, las sombras amenazadoras recuerdan los orígenes expresionistas del director, construyendo un universo lúgubre que parece devorar al protagonista, atormentado sin remedio por la culpa y el dolor.

Perversidad es cine negro, sí, pero un tanto original. Y es que Kitty, la mujer fatal de la historia, no es una malvada típica. Su engaño está motivado por su amor incondicional por Johnny. Y Johnny tampoco parece ser más que un caradura que intenta vivir sin dar golpe. Su castigo, a todas luces es injusto, como excesivo parece el destino de Kitty. Sin embargo, es como si una fuerza superior los arrastrara al desastre. Parece, salvando las distancias, una tragedia clásica, donde los personajes no logran dominar sus impulsos, sus vicios, sus mentiras, que crecen hasta que son imposibles de parar.

En el debe de la película, quizá una duración excesiva, con algunas secuencias que podrían haberse acortado. Quizá ello penalice un tanto el ritmo. Aún así, estamos ante una película única, con el sello de ese cine de la edad de oro de Hollywood que aún pervive con toda su fuerza, a pesar de los años y las modas.

La película es en realidad un remake de La golfa, film de Jean Renoir de 1931.

Alarma en el expreso



Dirección: Alfred Hitchcock.
Guión: Sidney Gilliat y Frank Launder (Novela: Ethel Lina White).
Música: Louis Levy.
Fotografía: Jack Cox.
Reparto: Margaret Lockwood, Michael Redgrave, Dame May Whitty, Paul Lukas, Basil Radford, Naunton Wayne, Cecil Parker.

Durante un viaje, la joven Iris Henderson (Margaret Lockwood) conoce a una simpática anciana, la señorita Froy (May Whitty), que la ayuda a recuperarse de un golpe en la cabeza. Sin embargo, después de despertar de un breve sueño, Iris comprueba que la señorita Froy ha desaparecido y cuando pregunta por ella todos los viajeros y personal del tren insisten en que no han visto a esa mujer.

Alarma en el expreso (1938) es una de las últimas películas de la etapa inglesa de Hitchcock, que gracias al éxito de este film, entre otros, partiría poco después a Estados Unidos, donde filmaría lo mejor de su filmografía.

Sin embargo, su etapa inglesa, si bien limitada en el aspecto técnico y más pobre en líneas generales que la americana, contiene algunas pequeñas joyas, entre las que está Alarma en el expreso, una película que es verdad que acusa no solo el paso del tiempo, sino que también posee un argumento que es difícil tomarse en serio, en especial en cuanto al desenlace. Aún así, Hitchcock demuestra un buen dominio de todos los elementos del film, lidiando con mano firme con las incongruencias del guión y, sobre todo, sabiendo darle un empaque a la historia, más allá del tema principal del espionaje que, eso sí, aporta una interesante intriga con la negación por parte de todos de la existencia de la señorita Froy. Por cierto, la acción transcurre en un país centro europeo imaginario (Vandrika), pero las similitudes con la Alemania nazi parecen notables.

El guión también posee una notable carga cómica, con un sin fin de detalles simpáticos, donde juega con los malos entendidos de corte sexual o se ríe abiertamente de la flema británica, encarnada en dos curiosos personajes secundarios, y llevándola al límite con la secuencia del asalto al vagón del tren al final de la película.

No falta tampoco la historia de amor, que transcurre de un modo fluido al tiempo que los protagonistas intentan aclarar el misterio de la mujer desaparecida, con momentos muy originales, como la pelea en el vagón de equipajes rodeados del atrezzo de un mago.

Alarma en el expreso cuenta también con un buen elenco de actores, de lo mejor de la época en Inglaterra, con una destacada May Whitty y el galán Michael Redgrave, padre de la famosa actriz Vanessa Redgrave.

Estamos por tanto ante un film algo envejecido por el paso del tiempo, es cierto, pero con un encanto innegable que precisamente le aporta su sencillez.

domingo, 16 de julio de 2017

El cabo del miedo


Dirección: Martin Scorsese.
Guión: Wesley Strick (Novela: John D. MacDonald).
Música: Elmer Bernstein y Bernard Herrmann.
Fotografía: Freddie Francis.
Reparto: Robert De Niro, Nick Nolte, Jessica Lange, Juliette Lewis, Robert Mitchum, Gregory Peck, Joe Don Baker, Illeana Douglas.

Max Cady (Robert De Niro) es puesto en libertad tras cumplir catorce años de condena por agresión sexual. Y su única idea es vengarse de su abogado defensor (Nick Nolte), pues mientras estuvo en prisión descubrió que su defensa no había sido todo lo eficaz posible, ocultando pruebas que le podrían haber reducido la condena.

El cabo del miedo (1991) es un remake de la película El cabo del terror (J. Lee Thompson, 1962) y viene a demostrar una vez más el dicho de que segundas versiones nunca fueron buenas, salvo algunas contadas excepciones. Y es que a veces sencillamente no se entiende muy bien el motivo de volver sobre una buena película para ofrecer una versión actualizada que no aporta nada nuevo, además de tener que sufrir la terrible comparación. La única explicación que se me ocurre es un interés monetario además de una falta de ideas.

Y eso que en esta ocasión al frente de la película tenemos nada menos que a Martin Scorsese, que además se rodeó de un elenco de actores de lo mejor de la época, empezando por Robert De Niro, cuando éste aún se tomaba en serio su trabajo, que está soberbio en la piel del villano de turno, componiendo un malvado de los que te pone los pelos de punta. Su trabajo mereció una nominación al Oscar. La otra nominación que recibió la película fue para Juliette Lewis, sin duda la gran sorpresa, con un trabajo impecable a pesar de su juventud. Como guiño a la película de 1962, aparecen también  brevemente Robert Mitchum y Gregory Peck, que encarnaban al criminal y al abogado, respectivamente, en la película de J. Lee Thompson.

Y en realidad, el reparto es lo único destacable de El cabo del miedo, pues todo lo demás es de un nivel bastante elemental, empezando por un guión de lo más previsible y que además no cuida especialmente los diálogos, que resultan bastante vulgares. No es nada complicado ir anticipándonos a los acontecimientos, con lo que la emoción pierde puntos de forma evidente. El único interés, por lo tanto, residirá en disfrutar del buen trabajo de De Niro y Juliette Lewis, un regalo para el espectador.

Incluso el trabajo de Scorsese me pareció de un nivel bastante pobre, ya desde el comienzo, con la presentación de los protagonistas, que se desarrolla de un modo tan rutinario como desganado, con situaciones del todo carentes de interés y conversaciones banales, como si se tratara de un mero trámite que hay que pasar para llegar a lo que realmente parece que le interesa al director: las escenas más dramáticas, donde Scorsese no duda en cargar las tintas intentando que en ellas recaiga todo el peso del drama. Sin embargo, tampoco aquí encuentro que dé en el clavo, pareciéndome en algunas ocasiones que exagera demasiado, como en el disparatado final, una secuencia cargada de excesos donde Scorsese no duda en alargar una intriga inexistente con el fin, imagino, de poner un broche de oro a la historia. ¿El resultado? un final forzado y con algunos detalles incomprensibles.

Y esto me sirve para hacer una pequeña crítica hacia un director que si en los años setenta del siglo pasado nos brindó algunas películas excepcionales, como Taxi Driver o Toro salvaje, luego fue jalonando su carrera con títulos mucho menos interesantes, apoyado en la reputación ganada anteriormente pero que muchas veces resultaban decepcionantes, como es el caso que nos ocupa. Y es que El cabo del miedo no deja de ser un film menor, muy bien arropado en cuanto a actores, pero sin la brillantez que hubiera sido deseable.

domingo, 2 de julio de 2017

La novia de mis sueños



Dirección: Stephen Belber.
Guión: Stephen Belber.
Música: Mychael Danna y Rob Simonsen.
Fotografía: Eric Edwards.
Reparto: Jennifer Aniston, Steve Zahn, Woody Harrelson, Margo Martindale, Fred Ward, Tzi Ma, Katie O'Grady.

Sue (Jennifer Aniston), una vendedora de cuadros baratos, llega al motel que regenta Mike (Steve Zahn) con sus padres para pasar una noche. Inmediatamente, Mike se siente atraído por ella y, contra todo pronóstico, tienen una breve aventura. Cuando Sue se va, Mike no podrá quitársela de la cabeza.

Resultan curiosas algunas vueltas argumentales de las comedias románticas. Puede que se trate de no ser repetitivos, o de darle un toque original a las historias, pero a veces me cuesta tomarme en serio algunas películas. Es lo que me sucede con La novia de mis sueños (2008), que parte de una premisa inicial tan forzada que toda la historia termina resintiéndose de ese comienzo. Y es que Mike no es que sea un tipo tan atractivo como para explicarnos que Sue tenga de pronto un calentón y decida darse un revolcón con un completo desconocido del que debería tener cierto recelo, dada la manera en que se presenta ante ella.

El caso es que tanto en el arranque de la película como en las dos terceras partes de la misma, la historia parece querer recrearse más en lo anecdótico y en la comedia que el romance en sí entre Sue y Mike, que avanza sin mucho sentido entre idas y venidas de un sitio a otro, sin que uno termine de comprender qué puede ver la guapa protagonista en un tipo que roza la figura de un acosador,  además de no aparecer tampoco demasiado inteligente.

Y tampoco los detalles cómicos me resultaron especialmente inspirados. En general, son una mezcla de excesos sin pizca de gracia y, además, con algunos momentos en que parece que se rompe el ritmo fluido y las escenas avanzan con cierta dificultad. He de confesar que no me reí en ningún momento a lo largo de la película.

Solamente al final, y de manera un tanto precipitada, la historia parece tomar un camino más serio y los personajes dejan de comportarse de una manera un tanto extraña para cobrar al fin algo de sentido y afrontar sus sentimientos con cierta coherencia. Es el final feliz tan esperado, tras algunos de los típicos desencuentros de este tipo de películas, que logra en cierta manera dejarnos al final un cierto buen sabor de boca, si bien tampoco logra borrar de todo el limitado calado de una historia que, mejor enfocada, hubiera dado mucho más de sí.

En cuanto al reparto, Jennifer Aniston sigue resultando una actriz bastante idónea para este tipo de comedias, con encanto y muchas tablas. Steve Zahn no terminó de convencerme, tal vez por culpa de su personaje: un tipo sin encanto, incluso con un aire de cierta estupidez. Si ese era el punto que tenía que dar a su personaje, he de reconocer que su trabajo es impecable. Woody Harrelson se limita a una breve aparición que no explota del todo su potencial como actor de comedia.

En definitiva, una película sin demasiado interés, que ni tiene su punto fuerte en la historia de amor ni en la parte de comedia, desarrollándose en un tono bastante normalito y sin brillantez.

lunes, 19 de junio de 2017

The Purge: La noche de las bestias



Dirección: James DeMonaco.
Guión: James DeMonaco.
Música: Nathan Whitehead.
Fotografía: Jacques Jouffret.
Reparto: Ethan Hawke, Lena Headey, Max Burkholder, Adelaide Kane, Rhys Wakefield, Edwin Hodge, Tony Oller, Tom Yi, Tyler Jays, Alicia Vela-Bailey.

Año 2022: Estados Unidos ha superado un período de caos y se ha refundado la nación. Ahora reina la prosperidad, casi no hay paro y la violencia se ha reducido al mínimo. Y todo gracias a una disposición legal que permite que, una vez al año, durante toda una noche, la población pueda cometer cualquier crimen sin tener que responder ante la justicia. Es la conocida como "purga anual".

La ciencia-ficción, sea real o sea una mera conjetura política, como es el caso aquí, da lugar a las más disparatadas hipótesis. Guionistas imaginativos se lanzan febriles a proponer escenarios de lo más apocalípticos. El problema es cuando se los toman en serio y pretenden que nosotros los secundemos en sus elucubraciones. La idea de una sociedad donde se permite una noche de crímenes sin límite ni control es, en esencia, un disparate. Podría haberse planteado algo parecido pero sin tanta radicalidad como medio de advertir de la deriva violenta de la sociedad actual y, seguramente, podría funcionar, al estilo de La naranja mecánica, por ejemplo. Y es que dentro de lo excesivo del planteamiento, la idea daba para algo más que para un thriller violento. Porque es verdad que se podría incidir algo más en el dilema entre caer en la espiral de violencia que las autoridades permiten o mantener los principios éticos que se opongan a ese disparate. Algo que se apunta en la película, pero sin detenerse demasiado en ello, quedando el apunte casi como mera anécdota.

Uno tiene la sospecha de que el argumento de The Purge (2013) no es más que una mera excusa para poder dar rienda suelta a un film cargado de violencia y de muertes sin mucho sentido. Es la contradicción de este tipo de propuestas: pretenden alertar sobre los peligros de la violencia y en realidad solo son un repertorio de muertes y asesinatos gratuitos, en una especie de glorificación o canalización de la violencia extrema.

Pero dejando a un lado lo que podría haber sido y no fue en cuanto a reflexión moral sobre la sociedad actual y futura, The Purge es un mala película en sí misma. Se puede hace buen cine con una mala idea. En este caso, si bien la idea no es ninguna maravilla, creo que podría haber dado pie a un film mucho más decente que el que nos ofrece James DeMonaco. El film, por ejemplo, cuenta con unos personajes que no acabamos de comprender, con reacciones absurdas, como la del novio de Zoey (Adelaide Kane) o la de los vecinos de la familia Sandin, verdaderos majaderos sin mucha explicación, más allá de que la noche en cuestión los convirtiera de pronto en histéricos flipados.

Pero si los personajes resultan un tanto incomprensibles, lo mismo se puede decir con el desarrollo de la trama, donde se desaprovecha claramente la tensión que podría generar el asalto a la casa de los Sandin con una puesta en escena un tanto precipitada, casi cómica por momentos y sin el nervio que debería tener para mantenernos sin aliento. Todo en realidad es bastante chapucero en líneas generales, desde la dirección hasta algunos detalles del argumento un tanto absurdos, salvo lo sucedido con James (Ethan Hawke), único detalle que rompe la absoluta previsibilidad de los acontecimientos, incluida la consabida sorpresa de última hora, de nuevo chapucera, forzada, increíble y absurda.

En cuanto al reparto, la verdad es que ningún actor se salva del desastre general, quizá tan despistados por lo absurdo del planteamiento como nosotros. Quizá Ethan Hawke sea el único que mantiene algo el tipo, dentro de unos trabajos extraños y bastante artificiales de sus compañeros.

En definitiva, un film que busca solamente dar rienda suelta a ese tipo de violencia un tanto gratuita tan habitual en el cine actual, pero lo hace sin talento y sin nervio.

Curiosamente, la película fue un éxito de taquilla, lo que dio lugar, naturalmente, a dos secuelas más, de manera que ya tenemos una trilogía que viene a confirmar que en la actualidad solo el resultado en taquilla parece ser el único juez válido para las productoras.

domingo, 11 de junio de 2017

La ciudad de las estrellas (La La Land)



Dirección: Damien Chazelle.
Guión: Damien Chazelle.
Música: Justin Hurwitz.
Fotografía: Linus Sandgren.
Reparto: Emma Stone, Ryan Gosling, John Legend, Rosemarie DeWitt, J.K. Simmons, Finn Wittrock, Sonoya Mizuno, Jessica Rothe, Jason Fuchs.

Los Angeles: Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz que no ha tenido mucha suerte, se tropieza por primera vez con Sebastian (Ryan Gosling), un pianista de jazz, en medio de un atasco. Luego, se vuelven a encontrar por casualidad un par de veces más, surgiendo de pronto una atracción mutua.

La La Land (2016) representa la vuelta gloriosa del musical al primer plano de Hollywood y, por lo tanto, del mundo del cine. El musical no es un género que me guste demasiado. La interrupción de la acción con los consabidos números musicales me resulta, en general, artificial y cansina. Sin embargo, los premios obtenidos por esta película y una recomendación especial me animaron a darle una oportunidad. ¿El veredicto?

Analizar La La Land requiere enfocarla desde diferentes puntos de vista, pues quizá con uno solo no podría abarcar todo su contenido.

Como musical, la verdad es que la película fue de menos a más. Tal vez porque al principio me costaba meterme en los interludios musicales, que me parecían algo artificiosos. Sin embargo, poco a poco te vas dejando llevar, gracias a una banda sonora muy buena que te va ganando y también porque la película es, en esencia, una obra que se asienta fundamentalmente en la música, hasta el punto que la historia de Mia y Sebastian se ciñe, al menos en el 80% de la película, a los detalles más básicos, casi como una mera excusa para desplegar los números musicales. Por cierto, sea como homenaje a los musicales clásicos o por gusto personal del director, el recurso a los colores me resultar un tanto excesivos, quizá porque no resultaba nada sutil. Puede que estéticamente queden bien, pero le dan a la película un toque un tanto artificial y pretencioso.

En cuanto al reparto, aquí la película merece un sobresaliente. Y es que Emma Stone nos gana en seguida merced a su espontaneidad y a una gracia especial, casi hipnótica. Es el alma de la película y además cuenta con Ryan Gosling que, sin resultar tan fascinante como ella, consigue darle la réplica perfectamente. En ellos recae todo el peso de La La Land y el mérito de que su historia de amor nos enganche es gracias a ellos.

Pero sin duda, lo mejor de la historia estaba reservado para el final. Para unos diez o quince minutos maravillosos que justifican ellos solos el ver la película. Es cuando la historia de Mia y Sebastian por fin cobra forma, deja de ser un mero soporte de la parte musical y se convierte en la esencia y la clave de la película. Son quince minutos donde, sin palabras, en la mejor tradición de cine mudo, se muestra lo que fue y lo que pudo ser en la vida de la pareja. Cómo un viaje por trabajo a Francia separa a los amantes sin remedio, cambiando el curso de sus vidas. Pero la magia del cine crea una segunda oportunidad, al menos durante los breves segundos que dura un sueño, el tiempo que dura una canción al piano. Y entonces todo encaja de nuevo y es hermoso, perfecto y conmovedor. Son unos minutos de buen cine, donde por fin hay una cohesión perfecta entre la música y la historia, sin imposturas, sin artificios, con sinceridad. Lástima que no sea así durante todo el metraje, porque estaríamos hablando de una obra maestra.

Aún así, a pesar de sus defectos, La La Land es un film notable, cuidado, ambicioso y por momentos casi mágico.

La película recibió catorce nominaciones a los Oscar (récord absoluto junto a Eva al desnudo y Titanic), ganando finalmente seis: mejor director, actriz (Emma Stone), diseño de producción, fotografía, canción original y banda sonora.

martes, 6 de junio de 2017

De 5 a 7



Dirección: Victor Levin.
Guión: Victor Levin.
Música: Danny Bensi y Saunder Jurriaans.
Fotografía: Arnaud Potier.
Reparto: Anton Yelchin, Bérénice Marlohe, Olivia Thirlby, Lambert Wilson, Frank Langella, Glenn Close, Eric Stoltz, Dov Tiefenbach, Joe D'Onofrio.

Brian (Anton Yelchin) es un joven escritor al que le han rechazado la publicación de cuanto ha escrito. Un día se encuentra en la calle con una hermosa mujer y la atracción es tal que siente el impulso de cruzar la calle para conocerla. Será el comienzo de una increíble historia de amor.

Lo que más choca al principio en De 5 a 7 (2014) es sin duda el argumento. Cuesta entender que el matrimonio de Arielle (Bérénice Marlowe) y Valéry Pierpont (Lambert Wilson) tengan una concepción tan abierta de su relación, donde se acepta con normalidad absoluta que tu cónyuge tenga un amante, hasta el punto de oficializarse incluso la relación. Pero debemos aclarar que la historia se basa en un caso real que conoció el director en Francia, precisamente. Y el argumento de la película incidirá repetidamente en las diferencias culturales de Estados Unidos y Francia, quizá en un deseo de justificar esa peculiar manera de entender el matrimonio y hacerla más aceptable para el público.

En todo caso, es la premisa básica. Pero la película es mucho más. Es una comedia romántica que nos permite seguir el descubrimiento del amor, en mayúsculas, por parte de Brian, un joven que aspira a ser escritor pero que, como vamos descubriendo poco a poco, aún no ha desembarcado plenamente en el río de la vida. Su contacto permanente con su padres, de quienes parece depender económicamente, mantienen a Brian aún en un estado de juventud casi idílica, sin responsabilidades, dedicado a lo que más le gusta. Sin embargo, su encuentro con Arielle, una mujer mayor que él, mucho más madura, le descubrirá un universo nuevo, lo hará madurar y también lo dejará marcado de por vida.

No sé si uno puede tener varios amores perfectos a lo largo de la vida. Puede que así sea. Pero el mensaje de De 5 a 7 es que solo hay un amor auténtico, arrebatador, poderoso como un ejército invencible. Y ese amor nos llega, a menudo, en nuestra juventud, en los años en que despertamos a la vida, en que somos moldeables, dúctiles y ardemos en deseos de conocer, de experimentar y de saber. Esa etapa única marcará nuestra vida sin remedio, como a Brian, enamorado para siempre de una sirena perfecta, tierna y hermosa como un espejismo.

Puede que el amor verdadero tenga que durar poco y romperse sin remedio. Tal vez por eso es eterno. Lo dice Brian, más o menos, y es que así lo siente y así será.

Sin embargo, el mensaje tan poderoso de la película no siempre se ve acompañado por la misma perfección e intensidad en el relato. Creo que la película, en general, se pierde a veces en pequeñas anécdotas, potenciando la parte de comedia de la historia, y se deja quizá en el camino el adentrarse con más decisión y contundencia en la parte romántica de la historia de amor de Arielle y Brian, dos personajes que me hubiera gustado conocer mejor; pues sus muestras de cariño, sus declaraciones de ese amor único e incombustible se resumen en un par de frases susurradas al oído y poco más. Quizá el gusto por la belleza de la puesta en escena, evidente en todo momento, en marcar los tiempos y las atmósferas, se haya comido parte de la intensidad que se le presupone a un amor tan arrollador como el de los protagonistas. Puede que también la cierta pasividad de Anton Yelchin contribuya a ese tono un tanto frío que trasmite el actor, de igual manera que la rotunda belleza de Bérénice Marlowe es tan perfecta como distante.

Aún así, De 5 a 7 es un film que transmite honestidad. La historia que cuenta es tan cierta como que existe la muerte. A pesar del tono de comedia, la historia impone su rotundidad sin paliativos. Y cuando la vida obliga a aceptar su terrible dictado, es imposible no temblar y sentir la oscuridad invadiéndote el cuerpo.

Puede que algunas cosas, siempre las más importantes, las escriba uno para un único lector.

lunes, 5 de junio de 2017

El fraude



Dirección: Nicholas Jarecki.
Guión: Nicholas Jarecki.
Música: Cliff Martinez.
Fotografía: Yorick Le Saux.
Reparto: Richard Gere, Susan Sarandon, Tim Roth, Brit Marling, Laetitia Casta, Nate Parker, Larry Pine, Stuart Margolin, Chris Eigeman, Bruce Altman, Monica Raymund.

Robert Miller (Richard Gere) es un magnate de los negocios que parece estar en la cima de su carrera a sus sesenta años. Pero en realidad, necesita rematar urgentemente la venta de su empresa para evitar la quiebra, ocultando así un enorme fraude contable que ha urdido para tapar unas cuantiosas pérdidas.

Me parece que los que encasillan a El fraude (2012) como un thriller cometen una pequeña injusticia. Al menos si nos atenemos a la idea habitual de thriller. El fraude es mucho más que eso. Es más, me atrevería a definirla como el drama de un hombre de negocios que, además, se ve envuelto en un lamentable accidente. Y esa trama del accidente, si bien es fundamental, desde mi punto de vista personal es un componente más de la historia de Robert Miller, un magnate en serios apuros que lucha como gato panza arriba contra un cúmulo de problemas que parecen insalvables. Aquí reside la esencia de la película: la lucha de Miller por la supervivencia.

Y esto nos lleva a una segunda reflexión: al contrario que en otras películas, el guión parece huir de emitir juicios de valor. No es una película de buenos y malos, ni de triunfadores y fracasados. Nicholas Jarecki, un escritor que debuta aquí como director, nos cuenta una historia con muchos visos de parecer y ser auténtica, como la vida misma. No emite un juicio sobre Miller, sobre si lo que hace es lo correcto o no. Sabemos que ha cometido un fraude contable, pero Miller no aparece como un villano, como alguien que hace el mal porque sí. Su justificación es salvar a su familia y a sus inversores. Sabemos que ha mentido, pero ¿quién no lo ha hecho?. Incluso Jarecki parece disculparlo, en cierta medida, cuando el comprador de la empresa de Miller, al conocer los amaños contables, parece restarles importancia. Y es que reconocerlos, implicaría pérdidas para él y una lacra en su prestigio, por haberse dejado engañar. En ese universo, nada es lo que parece y todos conocen las reglas del juego.

Y los intentos de Miller por no verse implicado en el trágico accidente de coche, ¿son comprensibles?, ¿demuestran que es una mala persona? En el fondo, su comportamiento no es el correcto, pero tampoco es el de un criminal. A su manera, salvaguardando sus intereses, intenta hacer lo correcto. Nada de lo que haga podrá cambiar lo sucedido, ¿verdad? No hace lo correcto, pero lo entendemos. Y es que en El fraude nadie está libre de culpa. Nadie es perfecto. La propia policía, en su afán por apuntarse un tanto, miente y falsifica pruebas.

Y la mujer de Miller lleva años mintiendo y engañándose, fingiendo que las cosas no son como en realidad sabe que son. Y la hija de ambos también tendrá que tomar una decisión difícil cuando conozca el fraude de su padre.

En realidad, todos tienen algo que ocultar o que callar. Nada en El fraude es blanco o negro. Y ahí está el acierto del guión: no simplificar las cosas, no presentarnos una historia con una moraleja clara y diáfana. Seremos cada uno de nosotros los que deberemos hacer nuestros propios juicios de valor, sacar conclusiones y atrevernos a poner etiquetas. Si somos capaces. He ahí la riqueza de El fraude, lo que la diferencia de los thrilles al uso y la convierte en una grata sorpresa, donde destacaría la elegancia de Jarecki en su debut como director, contando la historia con muy buen gusto y una agilidad narrativa encomiable, sin perder tiempo en excesivas explicaciones, dejando que la historia fluya y se vayan acomodando las piezas por sí solas.

En cuanto al reparto, señalar que Richard Gere nunca fue santo de mi devoción. Me parece un mal actor, lleno de tics cargantes. Pero en esta ocasión, sin librarse del todo de sus gestos tan estudiados, resulta algo más natural que otras veces, lo cuál es de agradecer. Susan Sarandon está impecable, como siempre, y la pequeña decepción viene de la mano de Tim Roth, un actor que me gusta pero que aquí quizá exagera en exceso sus poses de pasota.

El fraude me pareció por lo tanto una película muy interesante, de la que se pueden hacer muchas lecturas y donde lo más destacable es que no nos intenta dar lecciones morales de nada, simplemente expone unos hechos y que cada cuál extraiga sus propias conclusiones.

domingo, 4 de junio de 2017

Imparable



Dirección: Tony Scott.
Guión: Mark Bomback.
Música: Harry Gregson-Williams.
Fotografía: Ben Seresin.
Intérpretes: Denzel Washington, Chris Pine, Rosario Dawson, Ethan Suplee, Elizabeth Mathis, Kevin Dunn, Jessy Schram, Meagan Tandy, Kevin Chapman.

Por culpa de un fallo humano, un tren cargado con material inflamable circula a gran velocidad sin control en dirección a zonas densamente pobladas. Tras fallar los intentos de pararlo, será un veterano maquinista junto a un novato jefe de tren quienes intentarán detenerlo.

Imparable (2010) es cine de palomitas, de esos de un sábado por la tarde. Y sé cuando se aplica esta denominación se suele pensar en un cine de mero consumo, quizá incluso de mala calidad. Pero nos equivocaríamos si metemos a esta película en ese cajón sin más. Y es que cualquier género, si se trata con respeto, puede dar lugar a grandes películas. Imparable no es una obra maestra, no nos engañemos, pero es una película muy bien hecha y consigue con creces cumplir con su cometido de entretener.

La historia es de una sencillez meridiana: un tren descontrolado, a gran velocidad, y poniendo en peligro a la población de las ciudades por donde pasa. Para añadir algo más de pimienta a la historia, el tren lleva material altamente inflamable, con lo que un descarrilamiento causaría una catástrofe de dimensiones colosales, como muy hábilmente nos va a recordar el director gracias a la inclusión de constantes boletines de noticias que advierten del drama que se avecina.

Para que no falte nada, el guión se cuida de ir añadiendo todos los ingredientes habituales en este tipo de películas para condimentar el palto al gusto de Hollywood: los protagonistas no empiezan con muy bien pie su relación, añadiendo además dos detalles imprescindibles: uno es un veterano a punto de jubilarse y el otro un novato sin experiencia. Se añaden problemas personales en la vida de los dos; los directivos de la compañía resultan bastante obtusos; la misión de frenar el tren es a todas luces casi imposible y, como guinda del pastel, otro tren cargado de inocentes niños circula en dirección opuesta al terrible convoy descontrolado.

Como se ve, una historia cargada de tópicos y de una simplicidad absoluta. Pero Tony Scott no necesita de nada más para montar un espectáculo alucinante. Con un ritmo frenético, apoyándose precisamente en que la historia se explica por sí misma, sin enfatizar demasiado en los dramas personales, el director puede concentrar todo su esfuerzo en poner en pie un espectáculo visual brillante, donde la tensión va ganando puntos con cada minuto que pasa hasta llegar a la escena clave de la curva en Stanton, una secuencia increíble e imposible que supone el no va más de tensión y de espectáculo puro y duro. Lo curioso es que Scott logra que todo funcione como un reloj suizo y que nos entreguemos sin reproches a su juego.

Y no hace falta mucho más. La película es un mero pasatiempo, una historia para pegarnos al sillón y ponernos los nervios a flor de piel. Y Scott lo consigue con un trabajo impecable. Da justo lo que promete.

Denzel Washington está tan sólido como es habitual en él, lo que no es ninguna sorpresa, y su compañero de aventuras, Chris Pine, da sin problema el tipo de guaperas, que es lo que imagino que se esperaba.

Como dato adicional, señalar que fue la última película dirigida por Tony Scott, que se quitaría la vida dos años después.

viernes, 2 de junio de 2017

Perseguido



Dirección: Paul Michael Glaser.
Guión: Steven E. de Souza (Historia: Stephen King).
Música: Harold Faltermeyer.
Fotografía: Thomas del Ruth.
Reparto: Arnold Schwarzenegger, María Concita Alonso, Yaphet Kotto, Jim Brown, Jesse Ventura, Erland Van Lidth, Marvin J. McIntyre, Richard Dawson, Toru Tanaka.

En el 2017 la sociedad ha entrado en crisis y un estado totalitario lo controla todo. La televisión se ha convertido en un medio para tener a la población bajo control, entretenida y adoctrinada, y el programa de más audiencia es "Perseguido", donde delincuentes escogidos han de intentar escapar de sus perseguidores, en una lucha a muerte.

Estamos ante una película de acción pura y dura para mayor lucimiento de su estrella: Arnold Schwarzenegger, en plena forma física en aquellos años y asentando su carrera, si bien este título es de los más prescindibles de su curriculum. En realidad, Perseguido (1987) no deja de ser un producto de serie B bastante cutre en muchos aspectos y que además ha envejecido bastante mal.

Para empezar, la historia no está muy bien desarrollada, y eso que un futuro donde la televisión sirve productos basura y miente con descaro para manipular y adoctrinar a la gente es algo mucho más cercano hoy en día que un concepto de ciencia-ficción, como se planteaba en la película. Pero si la idea puede tener cierto interés, su desarrollo es bastante patético, con un guión que se limita a lo más elemental, unos diálogos muy poco elaborados y una trama tan burda que no resulta creíble en absoluto, así como la simpleza de los espectadores, que casi parecen discapacitados. Es el problema de no tomarse en serio lo que se tiene entre manos y enfocar la película en el plano meramente de la acción, donde Paul Michael Glaser (famoso por encarnar al detective Starsky en la serie Starsky y Hutch de los años setenta del siglo pasado) no duda en mezclar el humor con una violencia algo excesiva, si bien sin caer, afortunadamente, en el mal gusto por los detalles excesivamente sangrientos.

Junto a esta simplicidad de la historia tenemos un reparto con unos actores muy poco brillantes. Es cierto que de Schwarnegger no se esperaba un trabajo de actor meritorio, más allá del lucimiento físico, pero es que sus compañeros de reparto son también bastante limitados, salvo Yaphet Kotto y, especialmente, un inspirado Richard Dawson en el papel del manipulador presentador del concurso de televisión.

Si la puesta en escena resulta muy pobre y ha envejecido pésimamente, otro tanto podemos decir de la música de Harold Faltermeyer, repetitiva y cansina y que entorpece muchas veces más que resaltar las escenas de acción.

En definitiva, una película bastante floja, totalmente prescindible salvo para los fans del Arnold Schwarzenegger. Su presencia es lo único que ha hecho que esta película no termine en el olvido absoluto.

miércoles, 31 de mayo de 2017

3 días para matar



Dirección: McG.
Guión: Adi Hasak y Luc Besson.
Música: Guillaume Roussel.
Fotografía: Thierry Arbogast.
Reparto: Kevin Costner, Amber Heard, Hailee Steinfeld, Connie Nielsen, Richard Sammel, Eriq Ebouaney, Tómas Lemarquis, Big John, Rupert Wynne-James, Peter J. Chaffey.

Ethan Renner (Kevin Costner), un veterano agente de la CIA, descubre que padece una enfermedad terminal y que le quedan unos pocos meses de vida. Decide entonces pasarlos con su hija, a la que apenas conoce al haber pasado la mayor parte del tiempo de misión en misión. Sin embargo, sus planes se verán alterados cuando una agente de la agencia contacte con él y le pida un último servicio.

3 días para matar (2014) es una de esas películas en la que nada destaca especialmente. Como thriller, sin duda los hay mucho mejores, ya no solo por el argumento o la tensión, sino también en cuanto a escenas de acción o calidad de los malos. Sabido es que para que una intriga funcione bien, la figura del malo ha de ser de un gran nivel. Y aquí el principal fallo es que de los malos no sabemos apenas nada durante toda la historia, de ahí que la tensión se resienta inevitablemente. Y todo ésto porque 3 días para matar es un thriller, pero a la vez tampoco lo es al 100%. En realidad, la película pretender ser una especie de mezcla entre thriller, comedia y drama familiar; resultando que no se adentra con decisión en ninguno de los tres géneros, sino que los amalgama con más o menos fortuna, según la secuencia, de manera que muchas veces se queda a medio camino y uno no sabe si reír, dejarse llevar por la emoción o sumergirse en la intriga y las escenas violentas sin más.

Es el peligro de querer jugar a varias cartas a la vez: que la cosa se queda un poco a medias. El thriller carece de verdadero nervio; el drama familiar es muy poco original, si bien para mí proporciona los pocos momentos intensos de la historia, y la comedia es demasiado burda para que nos saque alguna que otra risa.

Quizá lo más positivo es recuperar a Kevin Costner y la verdad es que realiza un buen trabajo, además de resultar totalmente convincente en su papel gracias a los signos inevitables del paso del tiempo en su rostro.

De todas maneras, y a pesar de lo expuesto anteriormente, 3 días para matar es una película correcta, bien realizada y que resulta, después de todo, un aceptable pasatiempo. No destaca en nada concreto, pero tampoco tiene graves fallos y lo curioso es que, a pesar de su larga duración, se ve de un tirón sin resultar pesada o cansina.

martes, 30 de mayo de 2017

Senderos de gloria



Dirección: Stanley Kubrick.
Guión: Stanley Kubrick, Calder Willingham, Jim Thompson (Novela: Humphrey Cobb).
Música: Gerald Fried.
Fotografía: Georg Krause.
Reparto: Kirk Douglas, George Macready, Adolphe Menjou, Ralph Meeker, Wayne Morris, Joe Turkel, Richard Anderson, Timothy Carey.

Durante la Primera Guerra Mundial, el general George Boulard (Adolphe Menjou) ordena al ambicioso general Paul Mireau (George Macready) una misión imposible: asaltar una colina fuertemente defendida por los alemanes. Al fracasar el asalto, un furioso general Mireau convoca un consejo de guerra para castigar lo que considera un comportamiento cobarde de sus tropas.

El éxito cosechado por Kubrick con Atraco perfecto (1956) llamó la atención de Kirk Douglas, cuya intervención al apoyar decididamente el proyecto de Senderos de gloria (1957) inició su colaboración con el director, impulsando su carrera.

Senderos de gloria es un proyecto ya más ambicioso, donde Kubrick puede dar rienda suelta a su talento, confirmando la buena impresión que había causado con Atraco perfecto. Sin la desmesura de otras obras posteriores y con un planteamiento más modesto y menos preciosista, Senderos de gloria es una de las obras más directas y acertadas de Kubrick, con un mensaje claro y una exposición rotunda.

El film es un tremendo alegato contra la guerra, ejemplarizado en la estupidez de los altos mandos franceses durante la Primera Guerra Mundial (la novela en que se basa el film se inspira en hechos reales), obsesionados con complacer a los políticos y en conseguir ascensos a costa incluso de sus tropas. La misión de asaltar un puesto alemán, a pesar de saber de antemano que era tarea imposible y despreciando la segura masacre de sus hombres, es una de las críticas más feroces contra la guerra que se han filmado. Y aún hoy en día la película sigue conservando toda su fuerza y la validez absoluta de su planteamiento.

Kubrick pudo contar con un buen reparto, encabezado por un colosal Kirk Douglas, el coronel que se enfrenta a los mandos para defender a sus hombres, y secundado por Adolphe Menjou y George Macready, encarnado a dos generales crueles, ambiciosos y manipuladores. El resto del reparto, mucho menos conocido, sin llegar a la altura de estos tres actores, compone un elenco muy cercano y bastante auténtico.

Además de las magníficas secuencias del avance de las tropas francesas durante el asalto a la colina, Kubrick destaca por los travellings de una cámara siempre ágil y la perfecta coreografía de las diferentes escenas, bien con movimientos de cámara o de los propios actores. Pero si tuviera que quedarme con un momento del film, éste sería la escena en la tasca, con la chica alemana cantando ante un grupo de exaltados soldados que, al oír la canción, se sienten invadidos por la nostalgia de sus hogares. Sin duda, un momento con una terrible carga emocional dentro de una sencillez absoluta.

La polémica de Senderos de gloria era claramente predecible, en especial en Francia, donde no se estrenó hasta 1975, además de ser prohibida en algunos países, como en la España franquista, por su marcado carácter anti belicista. Sin duda, una obra maestra que asentó a Kubrick como un gran cineasta y dio el impulso decisivo a su carrera.

jueves, 25 de mayo de 2017

Comanchería



Dirección: David Mackenzie.
Guión: Taylor Sheridan.
Música: Nick Cave y Warren Ellis.
Fotografía: Giles Nuttgens.
Reparto: Jeff Bridges, Chris Pine, Ben Foster, Gil Birmingham, Katy Mixon, Dale Dickey, Kevin Rankin, Melanie Papalia, Lora Martinez-Cunningham, Amber Midthunder, Dylan Kenin.

Toby (Chris Pine) y su hermano Tanner (Ben Foster), ex presidiario, tras la muerte de su madre, deciden atracar las sucursales del banco que tenía la hipoteca de la propiedad familiar con el fin de salvarla de un inminente embargo.

Comanchería (2016) viene a demostrar cómo no es necesario contar con una historia rebuscada para hacer un buen film. De hecho, la película arranca con los protagonistas asaltando una sucursal bancaria y, en seguida, otra más. No sabemos el motivo y, aunque más adelante se nos dará una explicación, la verdad es que ésta carece casi de importancia. Y es que Comanchería no necesita ni busca justificarse. Es de esas historias secas, concisas, que se explican por sí mismas. Son como son, como la vida misma.

La película, una mezcla interesante de géneros (western moderno, thriller, drama social), nos muestra el reverso del sueño americano, un retrato de la América rural, recogida sobre sí misma, como si no existiera nada más allá; un universo cerrado, miserable y polvoriento donde la gente se pelea por unos dólares con los ir tirando, donde el futuro parece no existir, más allá del día a día, repetitivo y gris. Y donde Toby no encuentra otra salida, no para sí mismo, resignado con su mala suerte, sino para sus hijos, que robar a quienes les han estado robando desde hace años. Y se alía con el único que lo comprende y lo quiere lo suficiente para embarcarse en una aventura sin futuro: su hermano Tanner, maleado por la vida hasta convertirlo en una persona sin esperanza y sin bondad, salvo hacia su hermano.

El acierto de Comanchería reside en su simplicidad: argumental y descriptiva. Dos atracadores de bancos y dos rangers tras ellos. Y cada personaje que se define con dos palabras. Y no hace falta más. Basta para entender toda una vida. Y un paisaje vacío, inmenso y a la vez limitado, cerrado en sí mismo. La vida reducida a lo mínimo y tan compleja a la vez.

Y David Mackenzie dibuja esa simplicidad también con una puesta en escena limpia, directa, pausada, recreándose en los tiempos, en los silencios, enfatizando el vacío que lo envuelve todo, apoyado en una fantástica fotografía, de una gran belleza plástica, y la música country que se convierte casi en una voz en off, el relato de perdedores sin esperanza.

Lástima que el guión no pueda o no sepa escapar de un par de tópicos sin los cuáles, desde mi punto de vista, la historia ganaría aún más. El primero: la figura del agente a punto de jubilarse. Algo innecesario y superfluo, un cliché demasiado visto ya y prescindible. Salvo para justificar la escena final. El otro: uno de los hermanos es un descerebrado violento, mientras que el otro es una buena persona empujado por las circunstancias. El primero, como no puede ser de otra manera, ha de pagar con su vida por su maldad. El segundo, según la moral de este tipo de películas, puede ser salvado. Me hubiera gustado que, esta vez, se hubieran saltado esta moralidad de tres al cuarto. La vida no es siempre justa ni guarda la ética que nos gustaría.

Acorde con el buen nivel de la historia, un reparto de caras no muy conocidas, salvo el veterano Jeff Bridges, que destaca por su naturalidad. Ni un solo pero al trabajo de todos, hasta el último secundario.

Comanchería obtuvo cuatro nominaciones a los Oscar: mejor película, actor (Jeff Bridges), guión original y montaje. No se llevó ninguno.

domingo, 21 de mayo de 2017

Esta casa es una ruina



Dirección: Richard Benjamin.
Guión: David Giler.
Música: Michel Colombier.
Fotografía: Gordon Willis.
Reparto: Tom Hanks, Shelley Long, Alexander Godunov, Maureen Stapleton, Joe Mantegna, Philip Bosco, Josh Mostel.

Anna (Shelley Long) y su novio Walter (Tom Hanks) viven de prestado en el piso de Max (Alexander Godunov), el exmarido de Anna, un famoso director de orquesta. Cuando éste regresa a Nueva York inesperadamente, la joven pareja se ve obligada a buscar alojamiento a toda prisa. Y cuando encuentran una preciosa casa a un precio de risa, no dudan en comprarla.

Es curioso comprobar como los resortes de la risa siguen una de pautas que, básicamente, no han variado con el paso del tiempo. Y una prueba de ello lo tenemos con Esta casa es una ruina (1986), comedia cuya base son los golpes y caídas propias de las primeras comedias del cine mudo. Y es que el humor de esta comedia es fundamentalmente visual, utilizando el ruinoso estado de una mansión como base de los gags de la película. La historia de amor de los protagonistas, con un muy básico trío amoroso para añadir cierta tensión dramática, parece un simple decorado, pues la verdadera protagonista de la película no es otra que la casa, que parece tener vida propia por momentos, llevando a sus desafortunados propietarios a situaciones límite.

No es un film brillante, es cierto, en parte por culpa de una dirección no demasiado buena; pero a pesar de todo resulta una película entretenida, con algunas situaciones bastante bien llevadas y con un sencillo recurso a las caídas y golpes que, aunque sean básicos y a veces predecibles, resultan siempre graciosos. Además, se nutre también de la maravillosa interpretación de Tom Hanks, un actor tremendamente expresivo y muy natural sufriendo con cierta estoica resignación todas las sorpresas que le depara la casa.

Recordar un precedente que puede haber servido de inspiración para David Giler y que es la película de H. C. Potter Los Blandings ya tienen casa (1948), protagonizada por Cary Grant.

Esta casa es una ruina tiene el mérito de haber asentado los comienzos en el cine de Tom Hanks. Producida por Steven Spielberg, se trata de una comedia ligera, sin demasiadas pretensiones, pero que consigue sacarnos unas cuantas risas y cumple con soltura con su cometido de proporcionar un pasatiempo amable y simpático.

sábado, 13 de mayo de 2017

Mi primo Vinny



Dirección: Jonathan Lynn.
Guión: Dale Launer.
Música: Randy Edelman.
Fotografía: Peter Deming.
Reparto: Joe Pesci, Marisa Tomei, Ralph Macchio, Mitchell Whitfield, Fred Gwynne, Lane Smith, Austin Pendleton, Maury Chaykin, Bruce McGill.

Durante un viaje en coche por el Sur de los Estados Unidos, dos jóvenes amigos son detenidos acusados de un asesinato que no cometieron. Sin recursos económicos para contratar un buen abogado, recurren a un familiar de uno de ellos, el primo Vinny (Joe Pesci), sin saber que carece de la más mínima experiencia.

La comedia en el cine actual suele ser, por lo general, un género bastante maltratado. Es habitual recurrir al chiste fácil, a un humor bastante tosco y con un planteamiento encaminado a un público poco exigente. Salvo raras excepciones, es cierto. De ahí que me animara a ver Mi primo Vinny (1992) con bastantes recelos y sin esperarme gran cosa de ella. Y por eso mi satisfacción, después de verla, es mayor de lo esperado, pues me ha parecido una comedia muy divertida y muy por encima de la media que viene siendo habitual.

Son muchos los elementos que hay que cuidar a la hora de afrontar la realización de una película, pero considero que una de las piezas fundamentales es el guión. Sin una buena base argumental, todo el edificio se viene abajo irremediablemente. Y la gran sorpresa con Mi primo Vinny es que cuenta con un guión inteligente y muy bien elaborado, con lo que la mitad del trabajo ya está hecho.

La historia es sencilla: dos inocentes que por mala suerte se ven acusados de un crimen que no cometieron y que les puede costar la pena de muerte. Además, para complicar aún más el asunto, recurren para su defensa a un abogado que aún no ha llevado ningún caso serio y que tiene toda la pinta de ser un incompetente. La clave está en que Dale Launer consigue ensamblar todos los elementos de la historia de manera coherente, astuta y divertida gracias a un planteamiento serio. Y es que a veces se toma a broma la tarea de escribir una comedia y no nos engañemos: en la comedia se ha de hacer reír al público y eso requiere tomarse el trabajo muy en serio. Y así lo hace Launer, con un guión que huye del chiste fácil, de la caricatura de los personajes, que elabora los diálogos con inteligencia, que sabe utilizar con habilidad las casualidades, la repetición de situaciones, que capta la esencia del Sur sin caer en tópicos banales... En definitiva, crea una historia amena, bien trabajada, creíble dentro de la parodia, con personajes bien construidos y que en su medida aportan su grano de arena cada uno al buen devenir de la una historia que va ganando fuerza conforme avanza la película, hasta culminar en un final perfecto, rebosante de ingenio y que pone el broche de oro a la historia.

Además, Jonathan Lynn tuvo la suerte de contar con un Joe Pesci magnífico, bastante comedido en sus gestos y que lleva sobre sus hombros el peso de la película con pasmosa efectividad. Y perfectamente secundado además por una atractiva y muy simpática Marisa Tomei, que se llevó el Oscar a la mejor actriz de reparto. Y tampoco quiero olvidarme de Fred Gwynne, fabuloso dando vida al sorprendido y estricto juez Haller, un papel fundamental en la historia que borda con un trabajo impecable.

Cuidado, tampoco quiero decir que estemos ante una obra maestra. Mi primo Vinny es un film sencillo, sin demasiadas pretensiones. Pero es quizá su sencillez una de sus virtudes: no parece pretender ser nada más de lo que es, una comedia de enredo sencilla, pero muy bien elaborada, que respeta sobre todo el género de la comedia y que funciona correctamente, sacándote muchas sonrisas y alguna que otra carcajada. Sin duda, un trabajo bien hecho.

- Creí que pensabas que lo espontáneo es romántico.
- ¡Un eructo es espontáneo y no es romántico!

miércoles, 10 de mayo de 2017

Daño colateral



Dirección: Andrew Davis.
Guión: David Griffiths y Peter Griffiths (Historia: Ronald Rose, David Griffiths y Peter Griffiths).
Música: Graeme Revell.
Fotografía: Adam Greenberg.
Reparto: Arnold Schwarzenegger, Elias Koteas, Francesca Neri, Cliff Curtis, John Leguizamo, Miguel Sandoval, Harry Lennix, John Turturro.

Tras ver morir a su mujer y a su hijo en un atentado terrorista, Gordy Brewer (Arnold Schwarzenegger) decide tomarse la justicia por su mano al comprobar que las autoridades no parecen dispuestas a hacer todo cuanto pueden para atrapar al culpable.

Visto el resumen del guión de Daño colateral (2002), cualquiera puede anticipar mínimamente de qué va la película: un film de acción pura y dura que vuelve a recurrir al tema de la venganza personal como justificación de la violencia desatada. Un recurso demasiado fácil, demasiado simple y muy peligroso. Pero en Hollywood han de justificar el espectáculo de muertes al que se abonan este tipo de películas con alguna justificación que resulte aceptable, aunque todos sepamos que no es más que una excusa. En este caso, además del tema personal del protagonista, el guión intenta hacer una crítica hacia la guerrilla colombiana, que se enriquece y financia con el tráfico de drogas, y también contra las políticas intervencionistas norteamericanas, si bien en este punto suavizan un tanto la crítica personalizando los errores y abusos en un agente sin escrúpulos. Aún así, seguimos teniendo la impresión, muy acertada, de que todo ello no es más que un leve envoltorio para adornar lo que de verdad es la esencia y la justificación de la película: acción y violencia, explosiones y muertes en la manida historia de dolor y venganza. Y para disimular un poco más el mensaje de muerte y de que el protagonista decida tomarse la justicia por su mano, Gordy Brewer es presentado como un hombre íntegro, honesto, que no desea hace daño prácticamente a nadie, salvo al asesino de su familia. De nuevo vemos como los guionistas buscan edulcorar el producto con falsas pretensiones de moralidad. Y el resultado es que en algunos momentos, el comportamiento de Brewer no deja de resultar bastante curioso y algunas de las muertes que provoca solo son por casualidad, casi sin querer.

Solamente cabría destacar un pequeño giro argumental (que no desvelaré para conservar la sorpresa a quién no haya visto la película) que diferencia Daño colateral del resto de producciones similares, por cuanto añade un toque inesperado bastante bien llevado y que, sin ser tampoco nada excepcional, al menos muestra un detalle que intenta aportar algo diferente a un desarrollo por lo demás bastante previsible.

En cuanto a los méritos de la cinta en sí, hemos de convenir que hay películas de acción mucho mejor filmadas y con una dinámica más conseguida. Daño colateral no consigue destacar en realidad ni por la historia, poco original, ni por el desarrollo. Hay explosiones, es cierto, hay peleas, pero todo ello filmado de una manera un tanto rutinaria y sin llegar a sorprendernos ni a emocionarnos realmente. También es verdad que es un film demasiado largo para lo que tiene que contarnos, con numerosos pasajes en que no prima la acción, lo que penaliza sin duda el ritmo que podría esperarse de un film así. Y al final, en la escena clave, cuando el director decide jugarse la baza del espectáculo, la escena me parece un tanto circense y muy poco convincente, amén de volver a jugar con la ya aburrida sorpresa de último minuto, con lo que el desenlace tampoco me resultó muy convincente.

Además, si bien la presencia de Schwarzenegger suele ser sinónimo de buena taquilla, hemos de reconocer que como actor es un hombre muy limitado y en un film donde tiene bastantes momentos dramáticos, sin recurrir a la acción, su pobre actuación penaliza gravemente la tensión emocional. Además, un actor que me encanta, como es John Turturro, tiene una participación meramente anecdótica y con un personaje histriónico que casi está de más.

La película tuvo la mala suerte de coincidir en su esperado estreno con los atentados del 11 de Septiembre de 2001 de Nueva York, por lo que se retrasó finalmente su estreno debido al argumento de la cinta. Aún así, la película no tuvo una gran acogida de público, pues Estados Unidos no estaba en esos momentos para películas sobre atentados terroristas.

Daño colateral, en definitiva, no aporta nada nuevo al género y se limita a seguir las pautas de este tipo de films de un modo bastante rutinario, sin destacar ni en el plano de las escenas de acción ni en el argumento. Solo los incondicionales del género podrán disfrutar realmente de una película del montón.

lunes, 8 de mayo de 2017

El jurado



Dirección: Gary Fleder.
Guión: Brian Koppelman, Matthew Chapman, David Levien, Rick Cleveland (Novela: John Grisham).
Música: Christopher Young.
Fotografía: Robert Elswit.
Reparto: John Cusack, Gene Hackman, Dustin Hoffman, Rachel Weisz, Bruce Davison, Bruce McGill, Jeremy Piven, Jennifer Beals, Joanna Going, Nick Searcy.

Al perder a su marido asesinado por un hombre fuera de sí, la viuda decide demandar a la empresa que fabricó el arma. El juicio podría sentar un precedente en caso de que el jurado condene a la empresa armamentística, por lo que ésta recurre a los oficios de un despiadado especialista en elegir jurados y que no tiene inconveniente en corromperlos si es necesario para ganar. Sin embargo, pronto se da cuenta de que un miembro del jurado tampoco está dispuesto a jugar limpio.

John Grisham es, como todo el mundo sabe, un novelista de éxito, un fabricante de best-sellers ambientados en el mundo de la abogacía y claro, Hollywood no suele dejar pasar la ocasión de llevar a la gran pantalla cualquier proyecto que huela a dinero. De ahí las numerosas películas, creo que ocho en total, que se basan en tantos otros éxitos del escritor.

El jurado (2003) aborda una vez más el tema de los juicios, si bien en este caso el interés no reside en el juicio en sí, en los interrogatorios de los testigos o el enfrentamiento de los abogados. Si algo caracteriza a los argumentos de Grisham es que suele buscar un enfoque original para la intriga, en busca de la sorpresa, en busca de salir de los caminos más trillados. Siguiendo esa premisa, el interés ahora está en la figura del jurado y en como éste puede ser manipulado por abogados sin escrúpulos y grandes compañías para lograr un resultado favorable a sus intereses.

Eso sí, no debemos buscar una crítica al sistema, una denuncia contra los juicios con jurado o algo parecido, si bien algo de ello hay en la historia. Y es verdad también que la película plantea una crítica hacia la venta indiscriminada de armas en Estados Unidos y el gran poder económico de los grandes fabricantes. Pero ese no es el objetivo final de El jurado. Es decir, no es un film pensado como denuncia, sino como thriller que consiga mantener al espectador pegado a la pantalla y, al final, sorprenderlo con el típico giro de última hora, que parece que es lo que realmente interesa: la sorpresa final, jugar con el espectador, engañarlo. Dudo de la eficacia de esta especie de moda, pues generalmente provoca más rechazo que otra cosa, sobre todo cuando el engaño es tan tramposo que ofende. Aunque en defensa de El jurado hay que reconocer que el engaño final está bastante bien llevado y se acepta como parte de un guión bastante ingenioso. Si bien también es cierto que, para que la trama funcione, hemos de poner de nuestra parte no siendo demasiado estrictos a la hora de analizar los detalles del guión, pues encontraríamos no pocas inconsistencias o elementos traídos por los pelos. La clave está en dejarse llevar por la historia y disfrutarla a pesar de sus imperfecciones. Sin embargo, he de reconocer que el desenlace me defraudó. Es demasiado bien intencionado, con todas las piezas encajando tan perfectamente que resulta muy poco convincente. Sin duda, es el punto más flojo de la película.

Quizá lo mejor de El jurado sea el magnífico reparto con que cuenta. Gene Hackman encarna a un especialista en jurados especialmente odioso con la solvencia de un actor todo terreno como él. Y a su lado, otro veterano con un gran talento: Dustin Hoffman, si bien en este caso me parece que su trabajo es algo más rutinario. Pero quiero destacar también a John Cusack, sin duda un actor excepcional que mantiene el nivel de sus dos grandes compañeros de reparto.

A favor del director, Gary Fleder, lo mejor que se puede decir es que las dos horas de película se nos pasan volando, merced a un trabajo bastante serio por su parte, respetando el ritmo y dejando que sea la intriga la verdadera protagonista de la película.

El jurado puede que no sea una gran película, pues desde luego que no lo es, pero sí que cuenta con un guión interesante, un reparto excelente y una cuidada factura que lo convierten en un film bastante digno, aunque no exento de pequeñas imperfecciones, que sin duda nos hará pasar un rato bastante entretenido. Resumiendo, tiene todo lo bueno y todo lo malo de un best-seller.


jueves, 4 de mayo de 2017

Basic



Dirección: John McTiernan.
Guión: James Vanderbilt.
Música: Klaus Badelt.
Fotografía: Steve Mason.
Reparto: John Travolta, Samuel L. Jackson, Connie Nielsen, Giovanni Ribisi, Brian Van Holt, Taye Diggs, Cristian de la Fuente, Dash Mihok, Roselyn Sanchez, Harry Connick Jr., Tim Daly.

Un entrenamiento de un grupo de soldados de las Fuerzas Especiales en Panamá sufre un desenlace inesperado: solo dos soldados son rescatados con vida. En busca de respuestas, el coronel Bill Styles (Tim Daly) decide recurrir a su viejo amigo Hardy (John Travolta), un experto en interrogatorios, para que le ayude a desvelar lo sucedido en la selva.

Al igual que le sucedió seguramente a muchos, fue el intrigante comienzo de Basic (2003) lo que me enganchó irremediablemente al sofá, animándome a ver este film de intriga militar. Eso y que John McTiernan es sinónimo, sin duda, de entretenimiento, como dejó bien patente con films como Depredador (1987) y La jungla de cristal (1988). Es cierto que no es el suyo un cine de gran calidad, pero cumple con creces en general a la hora de ofrecer emociones y espectáculo.

Y, como decía, el comienzo de Basic es de lo más prometedor: solo dos soldados salen con vida de un entrenamiento más o menos rutinario y ninguno de ellos puede o quiere aclarar lo sucedido. El problema es que en el cine actual parece que los guionistas no se contentan con crear una trama más o menos interesante, sino que parece que se sienten en la obligación de darle un algo más, añadirle cierta dosis de un más difícil todavía, como si quedarse en un nivel normal fuera algo inconcebible. Así que se deja de lado cualquier aspecto de realidad o credibilidad y se lanzan, como es el caso de James Vanderbilt, a retorcer el argumento hasta convertirlo en un absurdo infumable. Y el caso es que no era necesario. Si el guionista hubiera prescindido de los últimos minutos de la historia, la película hubiera resultado bastante interesante. Es verdad que a veces la cosa se enreda en exceso, con la proliferación de nombres, las idas y venidas de las diferentes versiones de lo sucedido y un extraño y prescindible baile de identidades que no aporta nada más que un poco más de confusión a la ya de por sí liosa trama. Y es que el último giro, el truco final de Vanderbilt es innecesario, inútil y estúpido. Pero es que parece que si no se retuerce la historia un poco más, uno no se queda satisfecho. En este caso, mejor hubiera sido contener la imaginación o el engaño y todos hubiéramos salido ganando.

Porque la historia, sin esos absurdos engaños, era bastante atractiva, además de contar con un John Travolta magnífico. John McTiernan también demuestra que conoce el oficio a la perfección y recurriendo a una lluvia constante, algo no muy original pero eficaz, consigue crear una atmósfera claustrofobia y amenazante que refuerza la intriga y añade un clima de lo más agobiante. Es decir, director y actores ponen todo cuanto pueden por hacer un film entretenido e intrigante. Pero es que con un guión así, todo se viene abajo irremediablemente al final.

Lástima pues de ese guión tramposo y tan poco creíble que termina por arruinarnos la experiencia. A veces es mejor pecar por defecto que intentar apuntarse un tanto a toda costa. Una pena.

domingo, 23 de abril de 2017

Malas Influencias



Dirección: Curtis Hanson.
Guión: David Koepp.
Música: Trevor Jones.
Fotografía: Robert Elswit.
Reparto: Rob Lowe, James Spader, Lisa Zane, Marcia Cross, Tony Maggio, Christina Clemenson, Kathleen Wilhoite, Sachi Parker.

Michael Boll (James Spader) es un joven ejecutivo con un carácter débil que hace que no sea capaz de enfrentarse a nada ni a nadie, llevando una vida que no le satisface. Una noche, por casualidad, conocerá a Alex (Rob Lowe), un vividor que le enseñará un mundo completamente nuevo para él, convirtiéndose en su amigo y mentor.

Para aquellos a los que les haya gustado L.A. Confidential (1997), sin duda la mejor película de Curtis Hanson, pueden ver en  Malas influencias (1990) uno de sus primeros thrillers, donde el director parece que aún no le ha cogido el pulso al que fue su género preferido. Y es que Malas influencias es una película bastante floja, en gran parte pro culpa de un guión que demuestra una clara falta de originalidad en todos sus elementos.

La relación entre el apocado Michael y el vividor Alex nos recuerda demasiado, en especial cuando Alex decide echarle una mano a su nuevo amigo para que se cumplan sus deseos, al argumento de Extraños en un tren (1951). Y es que, en efecto, el hilo argumental de Malas influencias parece una copia del clásico de Hitchcock, con una puesta al día que añade ciertas dosis de sexo y drogas, más acorde con la época actual. Sin embargo, Hanson se queda lejos de su modelo y su película resulta un poco desangelada, tanto por unos diálogos sin mucha fuerza como por la impresión general de que a la puesta en escena le falta algo, pues todo, desde los decorados hasta las actuaciones de los protagonistas, resulta un tanto pobre, sin lograr en ningún momento un resultado redondo, convincente.

Y si la puesta en escena no resulta demasiado lograda, el final es lo que termina por desmoronarlo todo, por previsible, por poco original y por la sensación de chapucero, sin que resulte para nada creíble. Es un punto y final un tanto tosco para un film que se queda en un quiero y no puedo y donde la supuesta transgresión de las normas por parte de Michael se queda en casi nada, primando por encima de todo un mensaje final demasiado moralista, tramposo y que huele a componenda.

Así pues, Malas influencias no deja de ser un film menor, mero entretenimiento de serie B, que sin duda no nos dejará un muy buen sabor si somos de los que no nos contentamos con cualquier cosa.

sábado, 15 de abril de 2017

El honor de los Prizzi



Dirección: John Huston.
Guión: Richard Condon y Janet Roach (Novela: Richard Condon).
Música: Alex North.
Fotografía: Andrzej Bartkowiak.
Reparto: Jack Nicholson, Kathleen Turner, Anjelica Huston, Robert Loggia, John Randolph, William Hickey, Lawrence Tierney, Lee Richardson.

Charley Partanna (Jack Nicholson) es el brazo ejecutor de la familia mafiosa Prizzi y ha estado comprometido con la misma nieta del Don (William Hickey), Maerose (Anjelica Huston). Sin embargo, CHarley acabará enamorándose perdidamente de una misteriosa mujer que conoce en una boda. Lo que no sabe es que es una asesina profesional que ha trabajado para la propia familia Prizzi.

Para cualquiera que afronte el proyecto de realizar un film sobre la mafia sabe que la sombra de El padrino es demasiado imponente como para despreciarla. No sé si por eso, un veterano John Huston, rondando los ochenta años, decidió hacer con El honor de los Prizzi (1985) una parodia del cine de gánsters antes de abordarlo de un modo más clásico. El caso es que la película está dominada por un tono cómico y es evidente la parodia de la sublime obra de Coppola, aludida en múltiples referencias. Sea como fuere, el caso es que es ese tono cómico el principal problema con el que me encuentro a la hora de valorar la película. Y es que, aunque es cierto que se puede y se debe reír uno de cualquier cosa, lo cuál es muy sano, no sé si este tono ligero casa muy bien con el argumento de El honor de los Prizzi, o tal vez sea que no he apreciado del todo los guiños humorísticos, algunos de los cuales no me hicieron ni pizca de gracia. El caso es que me cuesta mucho adentrarme en la trama de un modo serio, tomarme la película como una verdadera historia de mafiosos y me quedo algo distante del espectáculo, con media sonrisa en los labios, a veces, pensando que estoy ante algo artificial, una especie de broma que, para algunos, será muy divertida pero a la que me cuesta tomar en serio, valga la paradoja.

Pero más allá de que el tratamiento guste más o menos, creo que la película de Huston flaquea en otros puntos, lo que hace que en conjunto me parezca un mero pasatiempo menor, sin que llegue a entender lo que la hizo meritoria de nada menos que ocho nominaciones a los Oscars.

Por un lado, creo que los personajes están tratados de un modo bastante superficial, tanto Charley como Irene (Kathleen Turner), que sufren un golpe de enamoramiento tan repentino como increíble, como el resto de secundarios. Y con ello, se refuerza el tono casi irreal de la película, pues cuesta involucrarse con unos personajes que no terminan de concretarse. Quizá sea el personaje de Anjelica Huston, ganadora del único Oscar (mejor actriz secundaria) que finalmente se llevó la película, el único que se libra de esa simpleza, pues encarna a una astuta y fría mujer fatal, precisa y calculadora, en la sombra, pero sabiendo mover los hilos necesarios cuando hace falta. Tampoco escapa al tono paródico, algo excesivo y teatral, pero al menos la figura de la actriz dota de fuerza y verdadera entidad a su inquietante personaje, sobreponiéndose a la caricatura.

Y esa sensación de superficialidad me sucede con otros aspectos de la película, como algunas secuencias que se terminan de un modo un tanto brusco, como si las cortaran a propósito, con esa sensación de prisa, de enlazar sin más una secuencia con la siguiente de manera algo precipitada. Es posible que se trate de un problema de montaje, aunque no lo creo, pues incluso algunos diálogos parecen algo abruptos y te quedas con la sensación de que muchos detalles de la película se han quedado a medias.

Con sus defectos a cuestas, El honor de los Prizzi es un film entretenido, un pasatiempo con algunos buenos momentos que te puede gustar más si no te lo tomas demasiado en serio. Puede que ahí está la clave para disfrutarla más plenamente: olvidarse de las nominaciones, del apellido del director y del reparto para verla6 como lo que pienso que realmente es: una pequeña broma sobre el género de la mafia, un pasatiempo inocente, un vehículo para parodiar el cine negro sin demasiadas pretensiones, tan solo entretener.

domingo, 9 de abril de 2017

Café Society



Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Música: Varios.
Fotografía: Vittorio Storaro.
Reparto: Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carrell, Blake Lively, Parker Posey, Corey Stoll, Jeannie Berlin, Ken Stott, Anna Camp.

Los Ángeles en los años treinta: el joven Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg) llega a Hollywood en busca de trabajo y acude a ver a su tío Phill (Steve Carrell), un influyente productor y agente de grandes estrellas del cine, para que le ayude a abrirse paso en la ciudad.

Tal vez sería injusto pedirle a estas alturas a Woody Allen que nos regalara una nueva obra maestra con cada nuevo estreno de una película suya. A su edad y con el ritmo que las produce, es del todo improbable que tal cosa suceda. Y sin embargo... con Café Society (2016) tengo la impresión que roza ese calificativo. Al menos para mí. Tal vez esté siendo generoso con un director al que sigo desde hace muchos, muchos años, hasta el punto que uno le coge cariño, como a todo lo que resulta familiar y amable, entrañable incluso. Conservo algunos recuerdos muy bonitos vinculados a salas a oscuras donde se proyectaba algún estreno de Allen.

Pero etiquetas al margen, Café Society es una de esas comedias ligeras, muy sencillas, que parecen rodadas casi sin esfuerzo. Como si Allen se paseara por la calle con una cámara en mano y nos mostrara un trozo de vida, una parte de la historia de una familia judía cualquiera, casi sin querer. Y es que la primera impresión que me deja esta película es la de sencillez. No se trata de contar nada importante o trascendente (o sí, según se mire); es solo la historia de un joven que se abre paso en la vida, con todo lo que eso conlleva de éxitos y fracasos, esperanzas y realidades, sueños y despertares. Y ese joven, una vez más, parece ser el propio Allen, o su personaje de siempre: ese judío algo patoso, enredado siempre con las mismas obsesiones: la religión, la familia, la muerte y el amor. La vida, en definitiva. Pero Allen es demasiado mayor ya para ciertos papeles. Y escoge a Jesse Eisenberg para que encarne a su personaje. Un Eisenberg sólido y preciso, conmovedor a veces, lo justo, es cierto. Quizá sin el carisma del propio director cuando interpretaba; o tal vez es que resulta imposible establecer comparaciones entre ambos, porque el Woody Allen actor siempre saldrá ganando, por supuesto.

La historia es, como decía, sencilla. Un fragmento de una vida. La del joven Bobby llegando a Hollywood en busca de un porvenir, dispuesto a todo. Hasta a enamorarse. Pero la vida a veces es caprichosa, o injusta. Y el amor llega, pero no para acompañarte en el camino. Porque en la vida no todo es romanticismo y poesía. En la vida hay que elegir. Y ella, Vonnie (Kristen Stewart), elige la seguridad material. Aunque con ello venda su alma al diablo. Aunque no logre olvidar nunca a Bobby. Ni él a ella. Porque lo que nos cuenta Allen es un relato sobre el amor verdadero, irrepetible. Irremplazable. Y entonces, la comedia se vuelve triste, porque cuando los dos enamorados, separados durante años, con sus vidas encauzadas, casi con la necesidad de olvidarse de su pasado, se vuelven a ver cara a cara, comprueban lo terrible de su error, lo irremediable de sus vidas y la certeza de que han dejado escapar la felicidad, casi sin querer.

Y todo narrado con una sencillez maravillosa. Con esa facilidad de los grandes artistas para contar historias. Con ese talento de Woody Allen para llevarnos de la mano, al ritmo de su voz en off, por las vidas de unos personajes normales, para mostrarnos retazos de vidas sin mucho que decir, en apariencia, salvo que él sabe dónde mirar, qué desvelar; y de la mano de una puesta en escena elegante, impecable, con una fotografía que es casi una caricia y al ritmo de ese jazz de siempre, suave y fascinante, que invita a una copa y a un baile. Y todo, casi sin esfuerzo. Con una naturalidad asombrosa. Y con esa genialidad de un director que sigue haciendo su cine, fuera de modas, de tendencias o de necesidades de taquilla. Porque se ha ganado el derecho a no rendir cuentas a nadie. Y si gusta, más o menos, creo que ya le es indiferente. A mí, en todo caso, me sigue pareciendo imprescindible. E irrepetible.

sábado, 25 de marzo de 2017

Red Rock West



Dirección: John Dahl.
Guión: John Dahl y Rick Dahl.
Música: William Olvis.
Fotografía: Marc Reshovsky.
Reparto: Nicolas Cage, Dennis Hopper, Lara Flynn Boyle, J.T. Walsh, Timothy Carhart, Dan Shor, Dwight Yoakam.

Michael Williams (Nicolas Cage) llega a Wyoming desde Texas en busca un trabajo que le ha encontrado un amigo, pero no es contratado por culpa de una lesión de rodilla. Entonces sigue camino hasta Red Rock, un pequeño pueblo donde parece que puede encontrar un trabajo en la construcción. Pero al llegar será confundido con un tal Lyle, de Texas, al que se le espera para ocuparse de un asunto muy diferente.

Red Rock West (1992) es un interesante thriller del poco prolífico, al menos en el cine, director John Dahl, que realiza una trilogía sobre cine negro con este título y La muerte golpea dos veces (1989) y La última seducción (1994).

Quizá el mayor mérito de Red Rock West sea que Dahl consigue engancharnos a la historia prácticamente desde el principio, con una trama que no nos da un respiro. El film parece ir sobre raíles, con un ritmo constante, sin tiempos muertos, siempre con algún giro inesperado, con pequeños detalles de humor y cierta incertidumbre sobre el desenlace de una historia que se va complicando poco a poco pero sin llegar a perder, lo cuál es importante, credibilidad.

Es cierto también que la película va perdiendo fuerza conforme avanza, pues parte de un comienzo bastante potente y al guión a veces le cuesta mantener el pulso, especialmente con el desenlace que, si bien no defrauda, no es todo lo original que nos hubiera gustado.

El personaje de Nicolas Cage es el eje en torno al cuál gira todo. Michael es un perdedor, como mandan los cánones del cine negro. Pero, sobre todo, es una persona honesta que tiene un momento de debilidad y será precisamente por ser honrado, por tener conciencia, por lo que se verá mezclado sin remedio en una trama que amenaza con devorarlo. La lucha de Michael por salir indemne de todo es quizá el elemento más interesante de la historia.

Otro gran acierto de la película es el reparto, donde brillan con luz propia Nicolas Cage, con un trabajo impecable, y el veterano Dennis Hopper, un villano que derrocha personalidad. Lara Flynn Boyle encarna a una hermosa y aterradora mujer fatal, tan seductora como venenosa.

Sorprende que un film tan bien realizado, y además con medios limitados, haya caído en el olvido. Y es que, sin ser una obra de arte, Red Rock West es una de esas películas que, por inesperadas, nos dejan un buen sabor de boca a cine directo, eficaz y bien hecho.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Enamorarse



Dirección: Ulu Grosbard.
Guión: Michael Cristofer.
Música: David Grusin.
Fotografía: Peter Suschitzky.
Reparto: Robert De Niro, Meryl Streep, Harvey Keitel, Jane Kaczmarek, Dianne Wiest, David Clennon, George Martin, Victor Argo.

Molly (Meryl Streep) y Frank (Robert De Niro) no se conocen, aunque cogen el mismo tren para ir a la ciudad. Haciendo las compras de Navidad, la casualidad hace que se tropiecen y, por error, intercambien dos libros, lo que será el comienzo de una serie de encuentros en los que, casi sin darse cuenta, ambos comenzarán a sentirse atraídos mútuamente.

Con el reclamo de dos de los mejores actores de las últimas décadas, Ulu Grosbard , director de origen belga no muy prolífico, nos presenta una sencilla historia de amor entre dos personas casadas, adultas, que, sin embargo, se sienten irremediablemente atraídas por un amor sincero y profundo, lo que les lleva a plantearse seriamente su futuro. No se trata de una película escabrosa. En realidad, no es un film sobre infidelidades, sino más bien sobre el amor, como fuerza redentora, como un sentimiento que, cuando te llega, eres incapaz de domesticar. Ni Molly ni Frank desean hacer daño a sus respectivas parejas, tampoco se sienten a gusto con el sentimiento que ha surgido entre ambos, que les llena de remordimientos, pero no pueden hacer nada por remediarlo. Solo les queda aceptarlo y tomar la decisión que crean más justa, pero que, en todo caso, acarreará dolor, tanto a sus familias como a ellos mismos.

Sin embargo, a pesar de lo interesante del tema y de contar con dos actores excepcionales, Enamorarse (1984) es una película mediocre. Es verdad que Meryl Streep y Robert De Niro hacen un trabajo remarcable, en especial por la naturalidad y autenticidad de sus interpretaciones. Pero su sola presencia no es suficiente para enmendar un film que hace aguas casi por todas partes.

Por un lado, el director no consigue darle a la historia un ritmo interesante. Así, el comienzo de la película se hace un tanto lento, con algunas escenas que parecen no aportar demasiado y hasta da la impresión que algunas son casi de mero relleno. Si a eso le añadimos unos diálogos bastante planos, tenemos una película demasiado fría, inexpresiva.

Y ni siquiera en los momentos más intensos, cuando la pasión de los enamorados debería llenar la pantalla, Grosbard es capaz de trasmitir emoción, tensión, drama. Puede que sea una elección consciente, de querer presentar una historia de amor del modo más natural posible, desprovista de artificios o sentimientos desbordados. No lo sé. En todo caso, el resultado es un film sin demasiado nervio, sin alma, algo que lastra en exceso la intensidad con la que debería vivirse una historia semejante.

Estéticamente, tampoco Grosbard consigue dar en el clavo, con una fotografía del montón, una puesta en escena sin grandes aciertos y una música un tanto machacona, muy deudora de los gustos del momento y que denota lo mal que ha envejecido la cinta en este apartado.

Pienso en Breve encuentro (David Lean, 1945), pues Enamorarse recuerda inevitablemente a esa película, tanto por la situación de sus protagonistas como por los encuentros en la estación de tren, y es evidente la distancia que separa ambas películas, tratándose además de propuestas bastante similares en cuanto a planteamiento y sencillez de la historia. Es la diferencia entre un guión y una dirección geniales y un film mediocre que no logra captar ni trasmitir la esencia de lo que pretende contarnos.

En definitiva, una película cuya bonita historia merecía una puesta en escena mucho mejor. Al final me quedo con el reparto, lo mejor sin duda de un film que no consigue emocionarnos.

martes, 7 de marzo de 2017

El beso del asesino



Dirección: Stanley Kubrick.
Guión: Stanley Kubrick.
Música: Gerald Fried.
Fotografía: Stanley Kubrick.
Reparto: Frank Silvera, Irene Kane, Jamie Smith, Ruth Sobotka, Jerry Jarret, Mike Dana, Felice Orlandi, Ralph Roberts.

Davey (Jamie Smith), boxeador en la cuesta abajo de su carrera, acude en ayuda de Gloria (Irene Kane), su vecina, acosada por su jefe (Frank Silvera), un mafioso que dirige un club de baile y que se ha encaprichado de ella. Davey no tarda en enamorarse de Gloria, que decide acompañarlo cuando le propone que abandonen la ciudad.

El beso del asesino (1955) es la segunda película de Kubrick, un joven cineasta que daba sus primeros y dubitativos pasos en el mundo del cine. Es un film de muy bajo presupuesto donde el director se encarga prácticamente de todo: escribe el guión, se ocupa de la fotografía (recordemos que Kubrick destacó también como fotógrafo), del montaje,  es también el productor y, naturalmente, el director.  El resultado, un fracaso, como su primera película. Sin embargo, el director estaba sentando las bases de su carrera.

La verdad es que la película, que pretende ser un film de cine negro, hace aguas por todos lados. Para empezar, el guión es demasiado básico, planteando una trama muy elemental y cuya puesta en imágenes también peca de poco consistente, con un recurso constante a la voz en off para completar un relato que el director parece que no puede mostrar, tal vez por lo limitado de los recursos. Pero incluso los diálogos tampoco están a un buen nivel, quizá porque el escribir guiones no fuera el punto más fuerte de Kubrick que, a partir de esta película, utilizará adaptaciones de sólidas novelas como base de sus películas.

Fruto de esta debilidad argumental, contamos también con unos personajes sin peso específico, muy elementales en cuanto a sus rasgos característicos, cuando no algo confusos, como en el caso de Gloria, un ensayo de mujer fatal que se mueve entre cierta dulzura y una crueldad asombrosa. Tampoco los actores ayudan mucho al director, pues se trata de artistas de muy limitado talento.

En cambio, ya podemos vislumbrar algunos detalles positivos en la faceta de director que anticipan las ambiciones de Kubrick y que están entre lo poco que se puede salvar de esta película. Por ejemplo, algunos movimientos de cámara y encuadres revelan a un director que busca constantemente expresarse a través de las imágenes, dejando de lado la rutina y buscando puntos de vista expresivos.  La fotografía también me resultó muy convincente, así como la habilidad para crear unos ambientes tristes, claustrofóbicos, que expresan la precaria situación de Davey y de Gloria; al tiempo que algún detalle suelto, como el primer plano de la muñeca en la habitación de Gloria, aporta una nota muy fuerte de nostalgia y ternura. Son recursos expresivos que demuestran el deseo de Kubrick de buscar un lenguaje personal, su intento de crear un universo visual fuerte.

El beso del asesino no deja de ser, por lo tanto, un film fallido del director, que se queda más que nada como una curiosidad para los fans de Kubrick, una curiosidad para conocer sus comienzos, pero que está a mucha distancia de lo que será su obra posterior, en la que ya se aprecia un gran salto de calidad, muy palpable ya en su siguiente película, Atraco perfecto (1956).