El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Los que no perdonan



Dirección: John Huston.
Guión: Ben Maddow (Novela: Alan Le May).
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Franz Planer.
Reparto: Burt Lancaster, Audrey Hepburn, Audie Murphy, Charles Bickford, Lillian Gish, Doug McClure, John Saxon, Albert Salmi, Joseph Wiseman.

Un día, un misterioso anciano se presenta en la propiedad de la familia Zachary afirmando que la hermana menor, Rachel (Audrey Hepburn), es en realidad una india kiowa. Cuando el rumor se extiende y llega a oídos de los indios, éstos reclaman a la joven.

John Huston no fue un director que sintiera predilección por el western, en su larga carrera solo dirigió dos: el que nos ocupa ahora y El juez de la horca (1972). Y en ambas dejó su impronta personal.

Los que no perdonan (1960) podría ser el caso contrario a Centauros del desierto (John Ford, 1956). Si en la película de Ford son los blancos los que buscan a una niña raptada por los indios, aquí son los kiowas los que reclaman a los hombres blancos a una niña de su tribu. En ambos casos se trata de enfrentarse al tema del racismo.

La película de Huston me pareció un tanto excesiva, o teatral, como quiera decirse. En este sentido me recordó a Duelo al sol (King Vidor, 1946), donde el drama parecía reinar absolutamente sobre todo sin medida. En Los que no perdonan es excesivo tanto el drama como la comedia. La película arranca de un modo un tanto bucólico y amable, lo que se ve claramente en la comida de los Zachary con sus vecinos, los Rawlins, y el juego de pretendidos-pretendientes, que visto hoy en día roza lo ridículo.

Y cuando la película entra en materia y deja definitivamente, o casi, el tono ligero, el drama surge en toda su plenitud. Es el tono elegido por Huston para su relato, donde se constata claramente su ambición por ofrecernos un film intenso, que nos deje indiferentes.

Ben Zachary (Burt Lancaster) está dispuesto a matar al viejo Abe (Joseph Wiseman) por perturbar la paz familiar con rumores y sale a darle caza con su hermano Cash (Audie Murphy). La matriarca Mattilda Zachary (Lillian Gish) no duda en ahorcar a Abe para acallar de una vez por todas su verdad, porque la que ha mentido toda la vida es en realidad ella.

Por todo ello, es complicado que nos identifiquemos con los Zachary; produciéndose el caso curioso de que sentimos más afinidad con los indios, que finalmente reclaman, pacíficamente en un principio, a una miembro de su raza que con estos ganaderos un tanto radicales.

Si a este tratamiento tan extraño del tema principal unimos la relación entre Ben y Rachel, con insinuaciones de ella y el compromiso final de ambos en matrimonio, no podemos llegar a otra conclusión que estamos ante un western decididamente atípico y bastante polémico.

Quizá lo más destacable de todo sea finalmente el reparto, sobre todo por la presencia de Audrey Hepburn, con un magnetismo especial, y de Lillian Gish, veterana de los comienzos del cine y que aún era un regalo verla actuar. En el lado masculino, me quedaría con Charles Bickford, un secundario de lujo. Burt Lancaster, sin terminar de convencerme demasiado, en esta ocasión está más contenido que en otros trabajos suyos, lo cuál es de agradecer.

La película también sufrió ciertos problemas que han quedado para la historia. Por un lado, Audrey estaba embarazada cuando rodaba el film y una caída de un caballo le produjo un aborto. Por otra parte, John Huston se las tuvo con los productores y la película sufrió algunos retoques en la sala de montaje, no quedando la copia final como hubiera deseado el director.

En todo caso, estamos ante un film complejo, que va más allá de ser un mero western al uso, y es que en 1960 el western ya no era el western de su época clásica, sino un vehículo para expresar otros muchos problemas.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

La ola



Dirección: Dennis Gansel.
Guión: Dennis Gansel y Peter Thorwarth (Novela: Todd Strasser).
Música: Heiko Maile.
Fotografía: Torsten Breuer.
Reparto: Jürgen Vogel, Frederick Lau, Jennifer Ulrich, Max Riemelt, Christiane Paul, Elyas M'Barek, Jacob Matschenz, Cristina Do Rego, Maximilian Maus, Maximilian Vollmar.

En un instituto alemán, durante la semana de proyectos, el profesor Rainer Wenger (Jürgen Vogel) debe impartir una lección sobre la autarquía y se le ocurre poner en práctica un proyecto que explique a sus alumnos el funcionamiento de un régimen dictatorial.

Las películas que invitan a reflexionar son bastante raras, por regla general. En el cine, como industria que es, lo que prima son aquellos productos que buscan el beneficio económico como prioridad fundamental. La ola (2008) viene a ser, pues, una excepción al cine meramente comercial al exponer un tema que nos lleva a reflexionar en profundidad sobre asuntos tan importantes como la educación, la manipulación de los jóvenes, el poder, las dictaduras, el compromiso, la solidaridad, la política...

Basada en una novela de Todd Strasser, que a su vez se basó en hechos reales acaecidos en California en 1967, La ola cuenta cómo un profesor, Rainer Wenger, que tiene que dar un seminario a un grupo de adolescentes sobre la autarquía, decide poner en práctica un experimento que consistirá en poner en práctica el nacimiento de un movimiento autoritario. Para ello, él será el líder e irá explicando e imponiendo a la clase una serie de normas típicas de todo régimen dictatorial. Así, primero adoptarán algunas pautas de comportamiento básicas, como la manera de dirigirse al profesor y hasta de sentarse. Luego, irán creando una disciplina, una vestimenta igual para todos, un saludo y hasta un nombre y un lago para el grupo, que no parará de crecer hasta desbordar incluso los límites de la propia aula.

El problema es que el profesor Rainer no es consciente en ningún momento de la deriva que va tomando su experimento en manos de unos jóvenes a los que la idea de pertenecer a un grupo que los apoye, en el que sientan más fuertes, les va a llevar a creerse como algo real un simple experimento educativo. Los que un par de días antes veían impensable que se reprodujera el régimen nazi de nuevo en Alemania, en poco tiempo empiezan a repetir actitudes, dentro de su escala, dictatoriales.

La película logra explicar de manera bastante sencilla lo fácil que resulta manipular la mente de adolescentes que necesitan cierta disciplina y a los que la pertenencia a un grupo les da la identidad y la seguridad que necesitan. La ola identifica de modo sencillo, pero claro, diferentes tipos de alumnos, con necesidades, carencias y motivaciones propias, y que tienen todas cabida en el grupo uniformador. Grupo que excluirá sin remedio a los diferentes o a los críticos.

En cuanto a la parte meramente técnica, Dennis Gansel consigue crear un film bastante dinámico, sin perderse en detalles innecesarios, con lo que el desarrollo de la historia es siempre ágil. Consigue también representar con bastante acierto el universo adolescente, con sus gustos, sus necesidades, su variedad, sus carencias, inseguridades y necesidades.

Quizá donde no consigue o no se esfuerza lo suficiente es a la hora de mostrar la personalidad del profesor Rainer, que queda algo menos clara. Solamente al final, con los reproches de su pareja, podemos conocerlo algo mejor, pero aún así me parece insuficiente.

A nivel de interpretaciones, he de reconocer que el trabajo de todos los actores de la película, en especial los jóvenes, que suele ser el punto donde más se notan las carencias en general, me pareció excelente, con una naturalidad pasmosa.

La ola es una película sumamente interesante, más allá de sus meros aciertos como obra de ficción, que los tiene, pero cuyo verdadero valor reside en analizar con bastante lucidez los problemas de la educación, los peligros de manipulación de los adolescentes, la fuerza de un líder y, en general, lo sencillo que, en un contexto determinado, puede resultar manipular y adoctrinar a la gente, y cómo puede llegar a perder su identidad dentro de un grupo.

martes, 19 de diciembre de 2017

Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto



Dirección: Gary Fleder.
Guión: Scott Rosenberg.
Música: Michael Convertino.
Fotografía: Elliot Davis.
Reparto: Andy García, Christopher Walken, Christopher Lloyd, Gabrielle Anwar, Steve Buscemi, William Forsythe, Bill Nunn, Treat Williams, Jack Warden.

Jimmy "El Santo" (Andy García) es un antiguo gángster que se ha retirado de la profesión, regentando un negocio que no le va muy bien. Por eso, cuando su antiguo jefe (Christopher Walken) le pide que le haga un pequeño trabajo a cambio de sus deudas, a Jimmy no le queda más remedio que aceptar.

Entiendo que el cine contemporáneo ha de buscar fórmulas para reinvertirse. Contar lo mismo que ya han hechos títulos clásicos de manera perfecta podría ser inútil y hasta contraproducente. De ahí que en los últimos tiempos hayan aflorado directores como Tarantino que le han dado una vuelta de tuerca a géneros como el cine negro, buscando un punto de vista personal.

Dentro de esta tendencia estaría Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto (1995), título que, bien mirado, ya nos da alguna pista sobre qué buscan Gary Fleder y Scott Rosenberg. Se trata de intentar ser originales, hasta en el título, que resulta cuando menos llamativo.

Sin embargo, originalidad y modernidad no garantizan nada. A veces, la originalidad tiende a confundirse con calidad: es original, es moderna, por lo tanto es buena. Pero tras la sorpresa inicial que nos produce el envoltorio de Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto, descubrimos que hay más ruido que nueces, una historia sin demasiada sustancia que se mueve en el terreno de las apariencias, el humor escatológico y la anécdota.

Para empezar, el trabajo que le encarga "El hombre del plan" (Christopher Walken) a Jimmy es una completa estupidez, se mire por donde se mire. El encargo me pareció sencillamente absurdo: intentar que el retrasado hijo de "El hombre del plan" recupere a su novia asustando al novio de la chica; y tener que recurrir para eso a cuatro "ayudantes", me parece del todo desproporcionado. Sinceramente, una cosa es intentar ser original y otra caer en la sin razón directamente.

Y la originalidad no queda ahí. Al estilo de Reservoir Dogs (1992), la película busca otro elemento novedoso con los motes de los protagonistas. A Jimmy "El Santo" y "El hombre del plan" se unen "Mister Shhh", "Viento fácil", "Piezas", etc, etc. Y tampoco debemos olvidarnos al narrador, Joe (Jack Warden), que vendría a cumplir la función de voz en off, si bien en esta ocasión su papel no parece muy necesario, sino más bien otra idea con aires de originalidad. Como colofón, el ritual del saludo con la palma de la mano o la coletilla "Copas de yate". Como se ve, todo un derroche de imaginación a la hora de "amueblar" la historia.

Sin embargo, no todo es malo en esta película. Creo que el reparto es sin duda uno de los grandes aciertos. En una historia donde los personajes tienen tanto protagonismo, no por lo que hacen, sino por cómo lo hacen, por cómo son, es todo un acierto contar con Christopher Walken, William Forsythe o Steve Buscemi, un clásico del cine negro contemporáneo. Fleder, además, sabe sacar todo el encanto de Gabrielle Anwar. En cuanto a Andy García, quizá sea el actor que menos me ha convencido de todos. Y es verdad que resulta elegante, con cierto estilo... pero es un actor que no me resulta creíble; en cuanto se mueve o dice algo se nota la instante que está actuando. No es un actor natural.

Otro punto a favor del film es que es una historia con cierta tensión, sin demasiados tiempos muertos, salvo el inevitable romance de Jimmy con Dagney (Gabrielle Anwar), que no casa demasiado bien con el resto de la historia; y, aunque el desenlace resulte bastante previsible, hay cierta tensión dramática constante, lo que mantiene nuestra atención, en especial es espera del desenlace a tanta sucesión de situaciones surrealistas.

Sin embargo, la parte final de la película resulta un tanto larga y con escenas repetitivas. Hay en esta parte como una pérdida de coherencia, da la sensación de que el guión intenta alargar algo que ya está terminado, sin saber cómo cerrar la historia. Jimmy buscando a sus colegas, ofreciéndoles una vía de escape y con la misma respuesta siempre, Jimmy despidiéndose de Dagney, acudiendo repetidamente a ver a "El hombre con un plan"... resulta todo un tanto forzado, casi innecesario, componiendo la parte más floja de la historia, justo cuando debería ser la que tuviera más fuerza.

En definitiva, dentro de ese aire de originalidad y modernidad que sacudió el cine negro a la sombra del estilo de Tarantino, Cosas que hacer en Denver cuando está muerto es una de esas imitaciones que se quiso sumar al carro y que, con más sombras que luces, no pasa de ser un pequeño divertimiento, una propuesta donde priman las formas sobre el contenido, con una serie de elementos argumentares y visuales que dan forma a una idea demasiado simple, a unos personajes esquemáticos, y a una lógica casi ridícula de los acontecimientos. Es el cine sin sustancia, el cine escaparate que, paradójicamente, parece que es lo que funciona. Vivimos unos tiempos donde el envoltorio es lo que importa, lo que vende.

viernes, 15 de diciembre de 2017

The Salvation



Dirección: Kristian Levring.
Guión: Anders Thomas Jensen y Kristian Levring.
Música: Kasper Winding.
Fotografía: Jens Schlosser.
Reparto: Mads Mikkelsen, Eva Green, Jeffrey Dean Morgan, Michael Raymond-James, Sivan Raphaely, Douglas Henshall, Mikael Persbrandt, Jonathan Pryce, Eric Cantona, Nanna Øland Fabricius.

Jon Jensen (Mads Mikkelsen), un inmigrante danés, tras siete años en Estados Unidos, consigue traer a su lado a su mujer y a su hijo. Pero el mismo día de su llegada, son asesinados por un ex-presidiario, hermano de un matón local.

Que en 2014 vuelva a estrenarse un western es sin duda una gran sorpresa. Pero además, si este western es danés, la sorpresa es mayúscula. Y reuniendo estos dos detalles, más mi pasión por el género que alimentó mi infancia, está claro que había que darle una oportunidad a The Salvation.

Si somos estrictos, hemos de reconocer que The Salvation es una película más efectista que eficaz; una de esas propuestas un tanto manieristas que se centran más en los detalles técnicos y en imprimir cierto estilo visual y rítmico que en aportar un contenido elaborado. Y es que si resumimos el argumento, comprobamos que no hay nada realmente original. Es la típica historia de venganza: un hombre pierde a su mujer y a su hijo primero, y a su hermano después, y decide vengar su muerte. Decía que estaba resumiendo el argumento, pero en realidad esa es toda la historia. No hay más. Lo novedoso, que tampoco en exceso, será el tratamiento, la atmósfera que crea Kristian Levring.

Quizá lo que más llama la atención es la fotografía de Jens Schlosser, que le da un toque especial al film, a veces con apariencia que puede recordar a ciertas adaptaciones de cómics.

En relación al estilo, The Salvation parece beber del spaghetti western en cuanto a la parquedad de los diálogos, la esquemática descripción de los personajes y sus motivaciones (reducidos ambos a un mero esquematismo) e incluso la ambientación, que incide en lo pobre, lo desgastado, lo roto, con cierto gusto por el feísmo. A diferencia, eso sí, de las obras más representativas del spaghetti western, que se recreaban en escenas que parecían no tener fin, aquí el director es más conciso, omitiendo secuencias interminables centradas en un detalle, y tampoco siente una predilección morbosa por los detalles sangrientos; si bien la película no huye de la violencia, Levring tiene el buen gusto de dejar algunos momentos fuera del foco.

The Salvation, a pesar de lo simple de su argumento, además de no ofrecer en su desarrollo ni en su desenlace ninguna sorpresa, transcurriendo todo por caminos muy vistos y previsibles, logra mantener el interés del espectador, al menos de aquel que, como yo, se nutrió del género desde la infancia, gracias a un desarrollo sencillo pero sin desvíos, con lo que siempre está sucediendo algo en la pantalla o a punto de suceder. Es verdad que no aporta nada nuevo al género, sino que más bien repite fórmulas pasadas, pero con cierto estilo y, sobre todo, respetando las reglas del western, algo que agradecerán los más puristas.

Sin duda, un western menor, pero que los seguidores del cine del oeste agradecerán en esta época de sequía en el género.

lunes, 11 de diciembre de 2017

El joven Lincoln



Dirección: John Ford.
Guión: Lamar Trotti.
Música: Alfred Newman.
Fotografía: Bert Glennon.
Reparto: Henry Fonda, Alice Brady, Marjorie Weaver, Arleen Whelan, Eddie Colins, Pauline Moore, Richard Cromwell, Ward Bond.

1832. El joven Abraham Lincoln (Henry Fonda) tiene una pequeña tienda en New Salem, Illinois, aunque comienza ya a dar los primeros pasos en política, además de estar interesado en estudiar leyes. Cuando su novia Ann (Pauline Moore) muere, Abraham se va a Springfield, donde empieza a ejercer de abogado.

El joven Lincoln (1939) es un film un tanto olvidado de John Ford, puede que por coincidir el mismo año que La diligencia, una de sus obras maestras. Y si es evidente que El joven Lincoln no está a la altura de las grandes películas del director, aún así no merece caer en el olvido.

La película intenta hacer un relato de los inicios del futuro presidente en el mundo de la política y de la abogacía y el resultado es un film un tanto descompensado, muy marcado por la evidente admiración del director hacia la figura de Lincoln, quizá en exceso, no pudiendo evitar dar la sensación de que la narración de esos años de juventud está predeterminada por lo que representó el individuo para la historia de su país.

No sé si por cuestiones de duración, problemas del guión, que tal vez no supo condensar mejor el relato, o complicaciones del montaje, el caso es que la historia me pareció un tanto deslavazada. Algunos capítulos de la vida de Lincoln, como la muerte de Ann, no están narrados con la fuerza que merecían; cuenta con una bonita elipsis con la imagen del cauce del río, es cierto, pero pierde emoción y significado, quedando casi como una anécdota. Y, en general, sucede algo similar con el relato de la figura de Lincoln, que no adquiere entidad ni como individuo ni como político. Se queda su retrato un tanto difuminado, casi devorado por la necesidad de avanzar en la historia, pero a base de pequeños momentos un tanto intrascendentes y con una imagen del futuro presidente que me pareció presa de su propia leyenda.

Donde sí que la película gana en fuerza e intensidad es en la parte del juicio, quizá porque ya tenemos algo concreto a qué aferrarnos, sin divagar. Al ser una unidad dramática concreta y cerrada en sí misma, el director puede ceñirse a ella por completo, dando rienda suelta a su talento a la hora de ahondar en los sentimientos, reforzar el dramatismo, en especial con la figura de la medre de los acusados, y también desplegando el sentido del humor tan característico, contrapunto perfecto al drama del juicio, con unos diálogos realmente inspirados, de lo mejor de la película, y unos personajes que al fin parecen volverse reales, cercanos.

Lo que sí que podemos constatar es como los elementos clave de la obra de John Ford ya están plenamente presentes y desarrollados: su gusto por las imágenes cargadas de significado y con un componente muy teatral y poético; la importancia de los elementos de la naturaleza, de la tierra, que constituye las raíz de los hombres; el papel fundamental de las mujeres, la madre en este caso, como núcleo de la familia, el pilar de la civilización, la fuerza y la referencia vital. Y el humor, ya mencionado.

Fue la primera colaboración del director con Henry Fonda, que dudaba aceptar el papel, abrumado por el peso del personaje. Ford insiste en la caracterización de Lincoln, no solo en su vestuario, sino en sus gestos, sus posturas, sus momentos de ensimismamiento. Y Henry Fonda da la talla con su peculiar naturalidad, su actuación sin esfuerzos.

Sin ser una de las mejores películas del gran John Ford, El joven Lincoln es un film interesante, con algunos momentos especialmente hermosos (Abraham en la tumba de Ann es mi preferido) donde se puede disfrutar en pequeñas dosis de ese gran talento del director para contar historias, siempre con el ser humano como eje y justificación de las mismas.

La película recibió una nominación a lo que se llamaba entonces Mejor historia.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Big



Dirección: Penny Marshall.
Guión: Gary Ross y Anne Spielberg.
Música: Howard Shore.
Fotografía: Barry Sonnenfeld.
Reparto: Tom Hanks, Elizabeth Perkins, Robert Loggia, John Heard, Jared Rushton, Mercedes Ruehl,  Jon Lovitz, David Moscow.

Josh Baskin (David Moscow) tiene trece años y se siente atraído por una chica del colegio que, sin embargo, prefiere salir con chicos más mayores. Así que, cuando Josh encuentra en una feria una extraña máquina que concede deseos, no duda en pedirle que lo haga mayor.

Big (1988) es una curiosa película fantástica. Aunque quizá sería más correcto decir que es un sencillo cuento fantástico, optimista, sentimental y... gracioso, sobre todo gracioso. Y es que la historia, a pesar de contar con algunas reflexiones y momentos muy tiernos es, ante todo, una alocada comedia donde se fantasea con qué le pasaría a un niño si de repente se viera metido en un cuerpo de un hombre de treinta años y tuviera que vivir en el mundo adulto.

La base de la película es contraponer la mentalidad del chico de trece años a la de los adultos, en concreto en el competitivo mundo laboral de una empresa de juguetes. La mentalidad de Josh, su inocencia y, sobre todo, su cercanía al mundo del juego, algo que no tienen los otros compañeros de trabajo, hacen que progrese rápidamente en la empresa, ante el asombro de todos. Lo que da lugar a las envidias y los celos de algunos compañeros, poniéndose de manifiesto la diferencia entre la inocencia de Josh y la hipocresía del mundo adulto. Pero, por encima de cualquier reflexión, Big es sobre todo una comedia bastante bien construida, gracias a un guión no demasiado novedoso pero que sabe jugar sus cartas con acierto. Algunas bromas, no por obvias, dejan de estar muy bien traídas y algunas escenas, como la del piano de pie, han dejado huella y forman parte ya del la historia del cine reciente.

El humor del guión Big sabe sacar partido de la anómala situación del niño Josh, con una inteligente explotación de las situaciones de confrontación de su inocencia y miedos en el cuerpo de todo un hombre, pero sin caer nunca en la caricatura, la broma fácil o la parodia. Lo que consigue así el guión es un film simpático, ligero, pero no exento de cierta reflexión interesante, al tiempo que aporta una dosis de ternura que convierten a Josh en alguien muy entrañable.

Pero la película también se beneficia con la presencia de Tom Hanks, realmente el alma de Big. Su trabajo es excelente, lo que le valió una de las dos nominaciones de la cinta, junto con el guión co-escrito por la hermana de Steven Spileberg. Hanks derrocha frescura y naturalidad, consolidándose gracias a este film como uno de los jóvenes cómicos más prometedores. Más tarde demostraría su gran talento también en registros dramáticos.

Big nos hará pasar un rato sumamente entretenido, demostrando cómo un film sencillo, sin demasiadas pretensiones, pero hecho con inteligencia, puede resultar un pasatiempo muy gratificante.


domingo, 3 de diciembre de 2017

Pasaje a la India



Dirección: David Lean.
Guión: David Lean (Novela: E. M. Forster).
Música: Maurice Jarre.
Fotografía: Ernest Day.
Reparto: Judy Davis, Victor Banerjee, Peggy Ashcroft, James Fox, Alec Guinness, Nigel Havers, Richard Wilson, Antonia Pemberton, Michael Culver, Art Malik, Saeed Jaffrey, Clive Swift.

La India, años 20. La joven Adele Quested (Judy Davis), en compañía de su futura suegra (Peggy Ashcroft), viaja a la India para encontrarse con su novio (Nigel Havers), que ocupa el cargo de magistrado. Adele, libre de prejuicios raciales, desea conocer la verdadera India y el médico hindú Aziz (Victor Banerjee) será su guía.

Con Pasaje a la India (1984), adaptación de una novela de E. M. Forster, escritor cuya obra dio lugar a varias adaptaciones más, el gran David Lean se despide del cine. Sin duda, se trata de un adiós digno que muchos directores habrían querido para sí mismos. Sin embargo, quizá por la complejidad de la adaptación o por tema de edad, Pasaje a la India no alcanza la belleza y la grandiosidad de otros trabajos anteriores del director.

La película, eso sí, nos vuelve a mostrar el gusto de Lean por la belleza formal, con una recreación minuciosa de la India de principios del siglo XX y, sobre todo, un despliegue de hermosos paisajes apoyados en una fotografía que busca la belleza sin disimulo. Sin duda, una seña de identidad del director, que nos ha dejado algunas de las imágenes más fascinantes de la historia del cine, y estoy pensado por ejemplo en Lawrence de Arabia (1962).

Sin embargo, al contrario que en sus grandes obras maestras, encuentro aquí un montaje menos eficaz, más tosco, con algunos planos intercalados en la narración que no resultan naturales, al tiempo que la legendaria unidad entre grandiosidad y conflictos personales de los personajes pierde fuerza, tal vez porque el tema no termina de concretarse y no tiene un punto dramático fuerte que nos atrape, sino que es como si asistiéramos a la historia como espectadores un tanto distantes; tal vez por una falta de profundización, tanto en el tema, o los temas, como veremos, como en los personajes.

Pasaje a la India tiene dos temas principales, en torno a los que se articula toda la película. Por un lado, el colonialismo británico, con la rígida separación entre británicos y nativos, su aire de superioridad y su desprecio por la cultura local. David Lean critica sin ningún reparo las actitudes de los colonizadores, aunque sin terminar tampoco de ponerse del todo del lado hindú. De hecho, si parece algo exagerado alguno de los comportamientos de los ingleses, aunque del todo creíbles, también carga las tintas en la manera de presentar a los hindúes, que pueden rayar en la caricatura incluso, como es el caso del propio doctor Aziz, al menos al comienzo de la película,  o el profesor Godbole (Alec Guinness), aunque en este caso creo que se trata más bien de una especie de broma del director, que da rienda suelta a su humor británico con este curioso personaje, mezcla de sabio y de pasota. Aunque breve, es de agradecer la presencia de este actor, asiduo en la filmografía de David Lean, para mí entre los mejores de la historia del cine.

El otro eje de la película es el personaje de Adele, una mujer envuelta en cierto aire de indefinición y sin duda atormentada, tanto por sus propias dudas sobre sus sentimientos como desbordada por las circunstancias del viaje. Adele parece comprender, en contacto con la India, sus carencias, lo frustrante de su educación inglesa, sus deseos sexuales reprimidos... estallando al fin todas esas luchas internas en su visita a las cuevas de Marabar.

Aqui, en las cuevas, el relato adquiere un tono más folletinesco, con cierto aire de película de misterio. Sin embargo, dado el retrato hecho del doctor Aziz, nada puede llevarnos a creer que pudiera comportarse indignamente con la señorita Quested. No hay misterio alguno por lo tanto, solo la incertidumbre de si Adele seguirá adelante con su mentira o su locura pasajera o si recuperará el sentido común a tiempo.

Este personaje de Adele, atormentado, frágil, inseguro, con un trabajo notable a cargo de Judy Davis, nos remite a La hija de Ryan (1970), confirmando una especie de fijación del director por los personajes femeninos conflictivos, con el tema de la sexualidad reprimida como eje.

Lean, de todos modos, fiel a su estilo, logra aunar la perspectiva personal de su protagonista con el tema más general de la colonización, el choque de culturas y los conflictos históricos. En este sentido, nos recuerda a Doctor Zhivago (1965), pero sin su grandeza ni su perfección. Y es que estamos al final de la carrera de Lean y supongo que ni sus fuerzas ni su talento estaban ya en su mejor momento. Aún así, Pasaje a la India es una película interesante, imperfecta sí, pero muy sugerente y con algunos momentos de buen cine.

El film obtuvo hasta nueve nominaciones a los Oscar, obteniendo el premio a la mejor música y mejor actriz secundaria para Peggy Ashcroft.

lunes, 27 de noviembre de 2017

El cuarto hombre



Dirección: Phil Karlson.
Guión: Rowland Brown, George Bruce, Harry Essex, Phil Karlson y John Payne (Historia: Harold R. Greene).
Música: Paul Sawtell.
Fotografía: George E. Diskant.
Reparto: John Payne, Preston Foster, Lee Van Cleef, Coleen Gray, Neville Brand, Jack Elam, Dona Drake, Mario Siletti.

Timothy Foster (Preston Foster), un ex-policía, prepara un atraco a un banco. Para evitar que algo salga mal, ninguno de sus cómplices, tres delincuentes perseguidos por la justicia, debe conocerlo a él ni entre sí, por lo que todos llevan máscaras en el atraco. Todo parece salir como lo ha planeado Foster, salvo por la inculpación de un inocente, Joe (John Payne), un ex-convicto.

El cuarto hombre (1952) es una de esas películas que descubrimos por casualidad y que, de alguna manera, nos transporta a una época donde se hacía un cine sencillo, directo, e imperfecto en este caso, pero con cierto encanto. No deja de ser un film típico de serie B, pero quizá por comparación con algunos subproductos actuales, nos reconcilia con una manera de hacer cine que parece perdida para siempre.

Pero no nos confundamos. El cuarto hombre no es una gran película. Como típico producto de serie B es un film irregular, con evidentes defectos, lejos de lo que podríamos considerar una gran película. Quizá lo que más me llamó la atención en un primer momento es el detalle de las caretas, tal vez por lo casi ridículo que resultaba y, viendo después el desarrollo de la trama, lo innecesario de utilizarlas. Es un detalle que demuestra ciertamente la ingenuidad del planteamiento.

La trama es un tanto enrevesada, con dos historias de venganza paralelas, la de Preston, resentido por su expulsión del cuerpo de policía, y la de Joe, deseoso de limpiar su nombre. Sin embargo, a favor de Karlson, hay que reconocer que la expone con sencillez y claridad, con lo que no cuesta seguir el hilo de los acontecimientos, al contrario que en otras cintas de cine negro donde el argumento a menudo es casi un enigma.

Aún así, confieso que me costaba meterme en la historia, por lo rebuscada sí, pero también por un aire de película algo imperfecta, artificial quizá, a lo que contribuían unos diálogos que me parecían un tanto forzados, cuando no demasiado pueriles. Los diálogos quizá fueron el mayor defecto que he encontrado a la película, junto a esa división en escenarios, como piezas separadas de un puzzle, dando la sensación de que la historia no terminaba de funcionar como un todo, sino como la suma de esas piezas. Tampoco la consabida historia de amor, que suele ser un ingrediente casi obligatorio en cualquier película, terminaba de encajar con el resto de la trama, quedando como un añadido un tanto forzado.

El desenlace también peca de moralista y previsible, incluso con cierta precipitación a la hora de intentar dejar atado hasta el más pequeño detalle. Sin duda, un peaje obligado en los años cincuenta del siglo XX.

Como típica serie B, el reparto no es demasiado espectacular, con actores de segunda fila que, sin desentonar, sí que parecían algo teatrales en su manera de actuar. Si hay películas del género donde no cuesta nada dejarse llevar por el trabajo de los actores, en ésta es todo un poco forzado, artificial.

Como dato curioso, esta película inspiró a Tarantino su Reservoir Dogs.

El cuarto hombre es un film imperfecto, sin duda, pero seguro que los amantes del cine negro clásico, sencillo y directo disfrutarán con un film tan típico del género.

domingo, 26 de noviembre de 2017

En la línea de fuego



Dirección: Wolfgang Petersen.
Guión: Jeff Maguire.
Música: Ennio Morricone.
Fotografía: John Bailey.
Reparto: Clint Eastwood, John Malkovich, René Russo, Dylan McDermott, Gary Cole, Fred Dalton Thompson, John Mahoney.

Frank Horrigan (Clint Eastwood) lleva toda la vida en el servicio secreto. El era uno de los escoltas del presidente Kennedy el día de su asesinato, algo que aún no ha podido superar. Treinta años después, cuando un psicópata amenaza de muerte al actual presidente, Frank solicita que lo asignen a su escolta personal.

Sorprende saber que esta película obtuvo en su día tres nominaciones a los Oscars, en especial al mejor guión (las otras dos fueron para John Malkovich como actor secundario y al mejor montaje). Y es que, vista hoy en día, la cinta es todo menos original y emocionante. No se si es por culpa de una historia bastante previsible, pero la intriga brilla por su ausencia, con lo que la película carece realmente de gancho, a parte de estar repleta de tópicos.

La historia de un buen policía con un lastre del pasado que le ha condicionado la vida, tanto profesional como personalmente, y que puede tener una segunda oportunidad para resarcirse al final de su carrera es todo menos original. Lo mismo que recurrir a un psicópata como malvado de turno; personaje además perverso y despiadado. Y que este psicópata, muy bien interpretado por John Malkovich, aunque no para ganar el Oscar, la tome precisamente con el protagonista, convirtiendo en algo personal su propia paranoia, pues tampoco es demasiado novedoso. Es más, este tipo de personaje se repite en varios títulos más de Clint Eastwood, como Harry el sucio o Deuda de sangre, con lo que parece una especie de fijación hacia estos personajes.

Y si hablamos de la historia de amor... pues más de lo mismo. Y con el agravante de que encima la historia entre Frank y Lilly (René Russo) está metida con calzador, sin resultar nada convincente ni aportar en realidad absolutamente nada a la historia principal, apareciendo intermitentemente sin mucha convicción.

Por si el argumento en sí no fuera suficiente, el director alarga la historia hasta límites increíbles, sin que esa extensión ayude para nada en cuanto a emoción o intensidad, sino más bien al revés: es un lastre que convierte al film en una repetición constante de las mismas situaciones (las llamadas telefónicas del psicópata, los mítines del presidente, ...) y donde se adivinan fácilmente todos los momentos clave, con lo que la película se convierte en algo bastante plano al que un buen recorte de metraje no perjudicaría en absoluto. Porque, además, Petersen tampoco se manifiesta como un director solvente e imaginativo, limitándose a una puesta en escena lineal y poco imaginativa.

En definitiva, En la línea de fuego (1993) es un film hoy en día anticuado, sin nervio, previsible y muy poco atractivo, que abunda en tópicos y que parece filmado casi con cierto distanciamiento. La presencia de Clint Eastwood ayuda un poco a digerirla, pero no la salva de su escasa emoción.

martes, 14 de noviembre de 2017

Situación límite



Dirección: Aaron Harvey.
Guión: Aaron Harvey.
Fotografía: Jeff Cutter.
Reparto: Forest Whitaker, Bruce Willis, Malin Akerman, Nikki Reed, Deborah Ann Woll, Brad Dourif, Jill Stokesberry, Shea Whigham, Jimmy Lee Jr., Nikita Kahn, Ivory Dortch.

Tes (Malin Akerman), Kara (Nikki Reed) y Dawn (Deborah Ann Woll) trabajan para Mel (Bruce Willis), un traficante de drogas que les encarga una misión aparentemente sencilla para que se resarzan de su fracaso anterior.

El principal problema de Situación límite (2011) es que juega a copiar el estilo de Quentin Tarantino y, como toda copia, se expone a la comparación con el modelo. Y quien ama el estilo de Tarantino, imagino que preferirá el original. Es como quien hace una versión de The Beatles; por buena que sea, siempre será una imitación.

Aaron Harvey no disimula en absoluto en su imitación. Al igual que Tarantino, juega con los tiempos, haciendo avanzar y retroceder la historia a su antojo, repitiendo incluso una escena tres veces, cada vez contando un poco más, en lo que busca ser un modo original de presentar la historia. El problema es que ya no es original, con lo que falla el factor sorpresa. Aclarado este punto, queda ver la solidez del argumento, la fuerza de los personajes, el peso de la intriga... en resumen, qué hay detrás de los adornos narrativos.

Y la verdad es que Situación límite, sin ser un mal thriller, resulta demasiado esquemático. Por un lado, los protagonistas están definidos muy sucintamente, reduciéndolos a lo mínimo, incluso algunos ni eso, como es el caso de Kara y Dawn, por ejemplo. Harvey prefiere recrearse en las formas, dejando el contenido en lo más elemental. Y al estilo de Tarantino, se centra en diálogos un tanto intrascendentes, alarga las secuencias al límite, juega con la fotografía y la banda sonora, que adquieren un protagonismo destacado, y recurre también a la violencia, si bien en este caso menos explícita y algo más contenida que la de Tarantino.

El resultado es un film con cierta dosis de intriga, que se deja ver y hasta cierto punto nos atrapa en espera de poder desvelar todas las claves del guión, en espera del final, que en este caso, sin ser demasiado original, al menos concuerda con lo sombrío de la historia. No decepciona, aunque tampoco nos seduce, y ello se debe a la poca consistencia de la trama y a la escasa entidad de los personajes. Con todo ello, Situación límite queda reducido a un ejercicio de estilo, una copia de Tarantino, que puede gustar más o menos, pero que tiene poca sustancia, se mire como se mire.

Donde hay que reconocer que el director acierta es con el reparto, en especial con la presencia de Forest Whitaker, que realiza un buen trabajo, ayudado también por el hecho de que su personaje es el más atractivo e interesante de la historia. Bruce Willis tiene una presencia muy pequeña y creo que su personaje, en contraste con lo que me pareció el de Whitaker, es mucho menos interesante, rozando casi la caricatura. En cuanto a las protagonistas femeninas, parecen estar ahí con una función más bien estética, si bien su trabajo es correcto.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Los crímenes del museo de cera



Dirección: André De Toth.
Guión: Crane Wilbur.
Música: David Buttolph.
Fotografía: Bert Glennon.
Reparto: Vincent Price, Phyllis Kirk, Frank Lovejoy, Carolyn Jones, Paul Cavanagh, Paul Picerni, Roy Robets, Charles Bronson.

El profesor Henry Jarrod (Vicent Price) esculpe figuras de cera que expone en su modesto museo, del que se siente muy orgulloso. Pero no piensa así su socio Matthew Burke (Roy Roberts), cuyo interés principal es ganar dinero y desdeña la vertiente artística de las obras de Jarrod. Por ello, se le ocurre incendiar el museo para poder cobrar el seguro.

Estamos ante todo un clásico del cine de terror, si bien en la actualidad dudo que asuste a casi nadie, pues el cine ha ido superando sus límites hasta llegar a unos niveles en el género, en la actualidad, escalofriantes. Y sin embargo, a pesar de que puede que no nos cause un gran impacto, Los crímenes del museo de cera (1953) es una película más que recomendable.

Es cierto que su trama y su puesta en escena parecen hoy en día bastante elementales, si bien se hizo un esfuerzo remarcable a la hora de crear todo un repertorio de figuras de cera y con la caracterización de Vincent Price, que requería de horas de maquillaje. Pero el misterio de quién es el personaje que mata y roba los cuerpos de sus víctimas no resulta tal, pues en seguida adivinamos de quién se trata. Y de igual manera no es nada complicado anticiparnos al desarrollo y desenlace de la historia. Y, a pesar de todo esto, que podría debilitar la emoción y el interés por el argumento, la película se mantiene viva gracias precisamente a su sencillez y a un desarrollo donde se va a lo fundamental, sin perderse en detalles, ni siquiera a la hora de definir la personalidad de los personajes, reducidos a un esquematismo radical, y aumentando progresivamente la intensidad, apoyándose en una fotografía intensa y una banda sonora clásica que acompaña a la perfección los momentos más álgidos de la historia, hasta llegar al desenlace, no por previsible menos intenso y que culmina de manera brillante la historia.

Y además contamos con Vincent Price, todo un ícono del cine de terror clásico, con su impresionante presencia, elegante y amenazadora.

Como ocurre en algunos de los clásicos del género, Los crímenes del museo de cera se centra en un personaje que originalmente no era una mala persona, pero que, maltratado por el destino, sucumbe a sus obsesiones, convirtiéndose, quizá a su pesar, en un verdadero monstruo. Sin ser quizá su objetivo principal, al igual que otros grandes títulos del género, la película nos deja una pequeña reflexión sobre la naturaleza humana y los límites de la cordura.

Los crímenes del museo de cera además contaba con un atractivo añadido en la época, como era que se trataba de una de las primeras películas rodadas en 3D, lo que sin duda añadiría un punto más de intensidad sobre los espectadores.

La película de André De Toth es un remake del film homónimo de Michael Curtiz de 1933.

martes, 31 de octubre de 2017

Salt



Dirección: Phillip Noyce.
Guión: Kurt Wimmer Y Briand Helgeland (Historia: Kurt Wimmer).
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Robert Elswit.
Reparto: Angelina Jolie, Live Schreiber, Chiwetel Ejiofor, Marion McCorry, Daniel Olbrychski, August Diehl, Daniel Pearce, Hunt Block.

Evelyn Salt (Angelina Jolie) es una eficaz agente de la CIA. Sin embargo, su lealtad será puesta en duda cuando un desertor ruso afirme que ella no es sino un topo ruso.

Hay dos clases de películas de espías: las que se toman este tipo de argumentos en serio y las que se apoyan en sus intrigas para crear películas de acción pura y dura, dejando la historia en una mera excusa. Salt (2010) pertenece a este segundo grupo. Yo prefiero, sin embargo, las primeras, si bien ello no impide que a veces podamos disfrutar de films de acción de un gran nivel, como la serie de Bourne. De hecho, Evelyn Salt vendría a ser como una especie de versión femenina de Jason Bourne. Pero nada más lejos de la realidad. Donde la serie de Bourne ofrecía acción apoyada en una trama inteligente, rica y cautivadora, Salt parece más bien una especie de caricatura.

Para empezar, el argumento, si se analiza con cierto detalle, es un cúmulo de despropósitos, un absurdo en sí mismo, con lo que toda la supuesta intriga se desmigaja sin remedio. Y más aún cuando adivinamos que todo lo que se nos cuenta no es más que una gran mentira que descubrimos demasiado pronto. El guión, no obstante, se empeñará en seguir intentando engañarnos, con señuelos, falsas insinuaciones y todos los trucos baratos que se les ocurran a los guionistas. En vano. Hay un tufo a falsedad y a film tramposo desde el principio. Incluso la gran mentira final, el juego de mal prestidigitador que pretende dejarnos boquiabiertos se adivina sin demasiada dificultad.

Y si el argumento hace aguas y no logra despistarnos, las escenas de acción van subiendo de intensidad en un más difícil todavía hasta resultar sencillamente inverosímiles. Y no es que Angelina Jolie no ponga de su parte, con algunos momentos que nos recuerdan a su Lara Croft, pero a mí me sigue pareciendo un tanto increíble ver a una mujer como ella a mamporro limpio.

Como es habitual hoy en día, y más en este tipo de películas, los efectos especiales y la generosidad de medios empleados para lograr la mayor espectacularidad posible están a un gran nivel. Pero como suele ser también habitual, parecen más fuegos de artificio sin una sólida historia que los sustente.

Es evidente que los guionistas se decantaron por lo fácil, con lo que la película termina pareciéndose más a la saga de Misión imposible o un James Bond en femenino que a un film serio de espionaje o tan siquiera a la saga Bourne, también centrada en la acción pero mucho más elaborada, con mucha más calidad e infinitamente más trabajada.

Salt, que en su escena final ya nos anuncia nuevas entregas para estirar el cuento y exprimir la taquilla, no deja de ser un producto de mero consumo, sin demasiado interés, como no sea dejarse llevar en una montaña de rusa de peleas, persecuciones y disparos sin tregua.

lunes, 30 de octubre de 2017

Las dos caras de enero



Dirección: Hossein Amini.
Guión: Hossein Amini (Novela: Patricia Highsmith).
Música: Alberto Iglesias.
Fotografía: Marcel Zyskind.
Reparto: Viggo Mortensen, Oscar Isaac, Kristen Dunst, David Warshofsky, Nikos Mavrakis, Daisy Bevan, Aleifer Prometheus.

Chester (Viggo Mortensen) y Colette (Kristen Dunst) son un elegante matrimonio norteamericano que está de vacaciones en Atenas. Allí conocen por casualidad a Rydal (Oscar Isaac), también americano, que trabaja como guía turístico. Sin querer, Rydal se verá involucrado en un turbio asunto de Chester.

Nueva adaptación al cine de una novela de Patricia Highsmith, que supone además el debut como director del guionista iraní Hossein Amini, que nos ofrece un film impecable en su puesta en escena pero algo decepcionante en cuanto a thriller.

Como decía, Hossein Amini nos presenta una película bastante clásica en sus formas, elegante y pausada. Su estilo es un tanto impersonal, lo cuál no lo digo como crítica, sino para resaltar su ortodoxia. Además, se apoya en una buena fotografía y logra captar bien la atmósfera de Grecia, primero, y de Creta y Turquía después. A nivel técnico, Las dos caras de enero resulta un film más que correcto.

Sin embargo, donde la película no logra destacar es a nivel de la intriga y los personajes. Las novelas de Patricia Highsmith suelen contar con protagonistas de personalidades complejas, inquietantes, inteligentes y amorales; y es en este aspecto donde Las dos caras de enero no termina de convencerme. Parece que el director y guionista no logra ahondar convenientemente en los personajes, dejando sus personalidades y motivaciones con más sombras que luces. Sabemos que Rydal se fija, en un primer momento en Chester, no en Colette. Hemos de adivinar que es porque le recuerda a su padre, con quién mantuvo una extraña relación en vida; pues el guión se queda más bien en tinieblas sobre ese punto, sin que termine de profundizar en la personalidad de Rydal. Luego, de pronto, la historia gira y aparece la atracción de Rydal hacia Colette, aunque tampoco el relato llega a adentrarse en ese terreno, quedándose en meras insinuaciones. Y tampoco Chester, el otro eje sobre el que gira la historia, está dibujado de manera precisa, más allá de saber que es un estafador que está en Europa huyendo de sus víctimas. Y en cuanto a Colette, de los tres protagonistas es la más olvidada, quedando su personaje en una mera comparsa.

El guión de Amini, definitivamente, se limita a breves pinceladas sobre los protagonistas, lo que debilita terriblemente la emoción y la intriga, que no llega a adquirir la entidad suficiente como para llenar el relato, que se vuelve una crónica de los viajes de Chester y Rydal sin que nos apasione realmente, habiendo momentos un tanto pesados, como si a la historia le costase avanzar.

En cuanto al reparto, destacaría sobre todo a Viggo Mortensen, impecable dando vida a este estafador amante de la buena vida. Y también me gustó mucho Kristen Dunst, perfecta en su papel. A Oscar Isaac, sin embargo, lo encontré algo gris al lado de ellos dos, sin mucho carisma.

Una lástima, pues las novelas de Patricia Highsmith han dado lugar a películas muy inquietantes e interesantes y ésta podría haber sido una de ellas, pero le ha faltado algo de concreción y profundidad para que así fuera. Aún así, es un film interesante, con un punto de suspense por lo incierto del desenlace y con una puesta en escena elegante y cuidada.

martes, 24 de octubre de 2017

Mensaje en una botella



Dirección: Luis Mandoki.
Guión: Gerald DiPego (Novela: Nicholas Sparks).
Música: Gabriel Yared.
Fotografía: Caleb Deschanel.
Reparto: Kevin Costner, Robin Wright Penn, Paul Newman, John Savage, Illeana Douglas, Robbie Coltrane, Jesse James, Tom Aldredge, Bethel Leslie.

Durante un paseo por una playa, Theresa Osborne (Robin Wright Penn), periodista del Chicago Tribune, encuentra un mensaje en una botella. Es una desgarradora carta de amor que la conmueve profundamente. Por medio de su periódico, iniciará la búsqueda del autor.

Parece que Nicholas Sparks es la versión romántica de Stephen King. Otras novelas suyas adaptadas al cine son Un paseo para recordar (2002) o Diario de Noa (2004). Con Mensaje en una botella (1999) volvemos al drama romántico con mayúsculas, del estilo de Love Story (1970), para hacernos una idea.

Pare ser justos, la película cuenta con una cuidada puesta en escena que demuestra sin duda la ambición de Luis Mandoki por ofrecer una película de peso. Sin embargo, el resultado quizá no está a la altura de sus deseos.

Lo que me sorprendió gratamente es la calidad literaria de algunos pasajes, como las primeras cartas de Garret (Kevin Costner) o algunos de los diálogos, que están muy encima de la media de lo que suele ofrecernos el cine en la actualidad. También se aprecia un buen gusto en el cuidado de la fotografía, con hermosos paisajes, decorados preciosistas, luces cálidas... el problema es que todo ello lleva a un edulcoramiento un tanto excesivo, lo mismo que algunas escenas románticas que podrían resultar un tanto artificiales, aunque nunca se cae en lo cursi, al menos desde mi punto de vista.

Pero quizá lo peor de Mensaje en una botella sea que, en líneas generales, evitando el desenlace, la historia transcurre sin mucho nervio, como si al director le costara arrancar, lo que unido a su larga duración hace que la película transcurra de un modo algo pesado, sin implicarnos de lleno, como si hubiera algo que nos impidiera vivir de lleno la historia. No sé si es cierta indefinición de los protagonistas o el hecho de que la parte central de la película es un tanto estereotipada, sin verdaderas sorpresas, con situaciones y reacciones que resulta sencillo anticipar. El caso es que había momentos en que sentía que la historia encallaba y me costaba mantener el interés.

El final, sin embargo, es como una sacudida brutal, por sorpresa, que te despierta de golpe. No por lo atinado del desenlace, sino por la avalancha de emociones en un breve espacio de tiempo. Es imposible no emocionarse, si bien tenemos la sensación de que todo es demasiado fatalista, al estilo de una tragedia clásica. Y aún así, creo que otro director también hubiera podido afrontar ese final con mucho más acierto. El colmo es la última carta que le escribe Garret a su esposa muerta, cuyo nivel es infinitamente inferior a las primeras, además de ser una explicación un tanto tosca sus sentimientos por Theresa. Es un momento que resulta forzado, metido casi a la fuerza para arrancarnos un último suspiro de dolor.

En lo que no puedo poner ningún pero es en el reparto. Creo que Kevin Costner es un actor muy apropiado para encarnar al protagonista masculino, con un atractivo de hombre maduro innegable. Robin Wright, a parte de ser una mujer muy hermosa, resulta conmovedora y muy convincente en aquellas escenas en que debe mostrar sus sentimientos. Y Paul Newman... pues que es un placer disfrutar de un actor de su talento, aunque sea en un papel secundario.

Mensaje en una botella es, en resumen, un film ambicioso, pero un tanto fallido. Le sobran minutos y le falta profundidad. Lo recomendaría a los románticos empedernidos, que sabrán perdonar los defectos para disfrutar con una historia de amor desgarradora.

lunes, 23 de octubre de 2017

Non-Stop (Sin escalas)



Dirección: Jaume Collet-Serra.
Guión: Christopher Roach, John W. Richardson y Ryan Engle.
Música: John Ottman.
Fotografía: Flavio Martínez Labiano.
Reparto: Liam Neeson, Julianne Moore, Scoot McNairy, Michelle Dockery, Lupita Nyong'o, Nate Parker, Corey Stoll, Linus Roache, Omar Metwally.

Bill Marks (Liam Neeson), un agente del servicio aéreo con serios problemas personales, se embarca en un vuelo de Nueva York a Londres como un día de servicio más. Sin embargo, poco después de despegar, empieza a recibir mensajes en su móvil en los que le exigen un rescate millonario o los pasajeros irán muriendo cada veinte minutos.

De nuevo una película de acción e intriga que promete mucho más de lo que ofrece. De nuevo un cine sin sustancia, con gran presupuesto y pocas ideas. Y es que Non-Stop (2014) es de esas propuestas plagadas de pequeñas trampas para jugar al despiste con el espectador, único recurso que encuentran los guionistas para hacer que la historia se mantenga en pie.

Y es que jugar con la intriga es interesante y puede funcionar muy bien para atrapar al espectador si ésta, la intriga, es mínimamente coherente. Sin embargo, en esta ocasión nos encontramos con un argumento llevado al límite, tramposo y muy poco creíble.

Nos damos cuenta muy pronto que todo parece cogido con alfileres, como el hecho de que el malvado de turno, por ejemplo, conozca la vida de Bill Marks con pelos y señales o que la cuenta donde ha de ingresarse el dinero que solicita el asesino esté precisamente a nombre de Bill.

Al situar la acción en un avión, es evidente que nadie puede escapar, lo que añade un toque claustrofóbico y algo morboso al asunto. Pero también parece simplificar la tarea del policía, de ahí que los guionistas recurran al juego del engaño, insinuando que cualquiera podría ser el malo, desde el copiloto a la amable pasajera (Julianne Moore) con quién ha trabado conversación Bill. Incluso se retuerce el guión de manera sorprendente, poniendo en duda la integridad de Bill. Y es que si hay que crear confusión, que ésta sea total, parecen decirse los creadores de la historia.

Así, cada rostro, cada gesto da pie a una nueva sospecha, en un juego un tanto infantil que pronto resulta aburrido. Además, este juego nos hace sospechar que el malo puede ser al final cualquiera, en uno de esos desenlaces sorpresa tan habituales en películas malas. Y por desgracia eso es más o menos lo que sucede: un desenlace banal, increíble, atropellado y casi cómico donde la intriga, lo poco que queda de ella, deja paso al cine de palomitas, con explosiones, peleas, amenazas, tensión, aterrizaje forzoso y hasta un comienzo de romance. Vamos, un cúmulo de tópicos no demasiado convincentes apoyados en una dirección nerviosa y un despliegue de efectos especiales apabullante.

Si he de salvar algo de esta historia, sería el trabajo de Liam Neeson, un actor con una presencia rotunda y un talento a prueba de bombas, si bien me sigue costando mucho verlo en este tipo de papeles.

En resumen, una película bastante normal, mero cine de entretenimiento, lastrada sin duda por un guión muy flojo y un tanto absurdo, donde prima lo efectista y donde el sentido común brilla por su ausencia.

domingo, 22 de octubre de 2017

El encargo



Dirección: David Grovic.
Guión: Paul Conway y David Grovic.
Música: Tony Morales y Edward Rogers.
Fotografía: Steve Mason.
Reparto: John Cusack, Rebecca da Costa, Robert De Niro, Crispin Glover, Dominic Purcell, Martin Klebba, Sticky Fingaz.

Jack (John Cusack) es un matón a las órdenes de Dragna (Robert De Niro), un mafioso medio sádico, medio filósofo. Para ponerlo a prueba, Dragna le encarga un trabajo tan sencillo como misterioso: recoger una bolsa y aguardar en un motel a que vaya a buscarla;  pero bajo ningún concepto debe mirar lo que guarda en su interior.

El encargo (2014), primer film como director de David Grovic, es una película interesante en muchos aspectos, pero también con ciertos detalles que impiden que se convierta en un thriller redondo. Según cómo lleguemos a preciar sus virtudes y a sopesar sus defectos, la balanza se inclinará hacia un lado u otro.

Para empezar, es evidente que Grovic no quiere hacer un thriller convencional, con lo que la trama arranca con el encargo de Dragna y, de golpe, da un salto para situarnos justo en el instante después de que Jack consiga la misteriosa bolsa. Este detalle ya nos da una pista de las intenciones del director, deseoso de marcar la historia con un sello personal.

Y esta personalidad se plasma sobre todo en la atmósfera que envuelve casi toda la película, con el sórdido motel, la noche, las sombras, los diferentes personajes que van surgiendo de la nada, cada uno con un sello peculiar... Y digo que surgen de la nada porque el guión no se preocupa de presentarlos ni de aclarar quienes son ni que hacen ahí. Y ello añade misterio, incertidumbre y cierta tensión, que es lo que pretende conseguir Grovic desde el primer minuto, con la misteriosa bolsa que no debe ser abierta bajo ningún concepto. Y es que el misterio, la incertidumbre, es la clave de El encargo, lo que hace que permanezcamos anclados a la butaca. Es algo tan elemental como eficaz: crea un misterio y la curiosidad hará el resto.

Por desgracia, a veces el misterio no es suficiente y se necesita una tensión constante, un ritmo, un engranaje que alimente y mantenga el interés. Y hay algunos momentos en que la espera en el motel se hace demasiado larga, con situaciones que no parecen aportar demasiado a la intriga y que alargan sin necesidad el ansiado desenlace. Es quizá uno de los mayores defectos del trabajo de David Grovic, perder a veces el hilo, la tensión, y dejar que la historia tenga algunos bajones.

Afortunadamente, la película cuenta con bastantes situaciones curiosas y giros inesperados, con brotes repentinos de intensidad y algún que otro toque casi surrealista, de manera que siempre estamos atentos, porque cuando menos se espera surge algún personaje o situación que provocan un pequeño cataclismo en la trama.

Sin embargo, como suele suceder con demasiada frecuencia, es el desenlace lo menos conseguido. Y es que cuando la intriga es demasiado alta, las expectativas de un final a la altura también lo son. Y el desenlace de El encargo me pareció algo chapucero, muy poco creíble y demasiado preocupado por aclarar detalles de la trama que no exigían ser aclarados. Al final le hubiera venido mejor un poco de esa dosis de misterio que contiene el film, por coherencia con el argumento y por mero sentido común. Lástima que Grovic decidiera ser demasiado explícito y no muy convincente.

En cuanto al reparto, destacar una vez más a John Cusack como un actor magnífico. Lástima que a veces los papeles no estén a la misma altura que su talento. En cuanto a De Niro, pues está ya al final de su carrera, sin nada que demostrar, haciendo aquello que quiere. Pero no cabe duda que conserva una presencia magnética y en esta ocasión, su trabajo, al comienzo y al final de la película, es más que correcto.

El encargo no es un thriller perfecto, pero consigue mantenernos en vilo, sin saber qué nos deparará la siguiente secuencia, y eso es ya un punto a su favor, pues logra meternos de lleno en su misteriosa trama.

sábado, 7 de octubre de 2017

Planeta prohibido



Dirección: Fred M. Wilcox.
Guión: Cyril Hume (Historia: Irving Block y Allen Adler).
Música: Bebe Barron y Louis Barron.
Fotografía: George J. Folsey.
Reparto: Walter Pidgeon, Anne Francis, Leslie Nielsen, Wareen Stevens, Jack Kelly, Richard Anderson, Earl Holliman, George Wallace.

Una nave espacial sale de la tierra en el siglo XXIII con destino a Altair IV, un remoto planeta a dieciséis años luz, para investigar cómo se encuentra la expedición científica enviada allí veinte años antes. Al llegar a Altair IV descubren que solo han sobrevivido el profesor Morbius (Walter Pidgeon) y su hija Altaira (Anne Francis).

Planeta prohibido (1956) es uno de esos títulos míticos de la historia del cine, más en concreto del cine de ciencia-ficción que, visto hoy en día, no deja de sacarnos unas cuantas carcajadas fruto de una pretendida seriedad en el planteamiento al que el paso del tiempo ha dejado en poca cosa. Al menos en el plano visual.

La película intenta ser un reflexión seria sobre los peligros de la ambición humana en cuanto a desarrollo tecnológico y mental, con lo que no dista demasiado del espíritu que impregnaba otras películas como las de Frankestein. Y es que el cine de ciencia-ficción siempre se ha caracterizado por encarnar una especie de advertencia casi bíblica, en la línea del castigo divido contra Adán y Eva, contra los peligros y maldades de la raza humana. Pero a día de hoy, estas buenas intenciones pierden gran parte de su fuerza por la evidente ingenuidad del planteamiento de Irving Block y Allen Adler, que basaron su guión en La tempestad, de William Shakespeare.

Y si el guión parece en la actualidad algo ingenuo, también se debe a las limitaciones técnicas de la película, con unos efectos especiales muy superados, una puesta en escena tan artificiosa como cutre y un reparto de serie B con evidentes carencias. Si a ello le añadimos una banda sonora electrónica un tanto machacona y una dirección bastante pobre, el resultado es un film muy limitado que nos engancha más por lo curioso y anticuado que por auténticas virtudes objetivas.

Y sin embargo, por encima de todo ello, Planeta prohibido es un film único por lo que ha aportado al género de la ciencia-ficción. Por ejemplo, su banda sonora es, para la época, sin duda muy novedosa y aportaba un aire moderno que ha dejado su huella en sucesivas películas del género. Lo mismo que la curiosa presencia del robot Robby, aún a día de hoy entrañable, y que ha aparecido en otras películas y series posteriores además de inspirar versiones más modernas del mismo, como en la mítica Guerra de las Galaxias. Además, la película ha servido de inspiración a sagas como Star Trek o la serie Perdidos en el espacio.

En consecuencia, Planeta prohibido es de esas películas que trascienden su propia entidad y pasan a formar parte de la evolución de un género siempre innovador que, con más o menos acierto, ha intentado adivinar y adelantar el futuro de la humanidad, generalmente con premoniciones catastrofistas y advertencias terribles.

jueves, 14 de septiembre de 2017

El increíble hombre menguante



Dirección: Jack Arnold.
Guión: Richard Matheson (Novela : Richard Matheson).
Música: Joseph Gershenson.
Fotografía: Ellis W. Carter.
Reparto: Grant Williams, Randy Stuart, April Kent, Paul Langton, Raymond Bailey, William Schallert, Billy Curtis.

Durante unas vacaciones, Scott Carey (Grant Williams) se ve envuelto por una extraña nube. Seis meses después empieza a notar que su cuerpo pierde tamaño progresivamente.

Lo maravilloso del cine es que siempre puede sorprenderte. Se asemeja a un baúl enorme donde nunca llegas a ver todo lo que encierra y, de repente, un día encuentras una pequeña joya, una rareza o algo entrañable. El increíble hombre menguante (1957) entraría en esa categoría de films imperfectos, demasiado simples y anticuados que, sin embargo, tienen un cierto poder de seducción indeterminado.

Es cierto que es un film de serie B que denota su modesto nacimiento y sus limitadas pretensiones desde el primer minuto, pero quizá por su ingenuidad, por el paso del tiempo y por lo limitado de sus recursos, uno tiende a valorar más sus virtudes, dejando de lado sus carencias, que las hay.

Quizá lo que más llama la atención es un guión que se queda un poco en la superficie de las cosas y que no termina de resultar homogéneo. En un primer momento, la película parece que se va a centrar en el matrimonio protagonista y cómo van a tener que hacer frente al drama de Scott. Pero, de pronto, la historia toma un giro inesperado, cuando Carey sale de casa y conoce a gente de su tamaño. Empieza una relación de amistad con una mujer enana y el argumento parece insinuar un giro bastante prometedor. Sin embargo, de nuevo el guión cambia de manera radical para presentarnos en el tramo final un film más de acción, con el protagonista teniendo que hacer frente en solitario a los numerosos y nuevos peligros a los que su tamaño cada vez más diminuto le enfrenta. Son tres historias que se superponen y que no terminan de desarrollarse del todo, sino que se suceden de una manera un tanto extraña, quedando las anteriores con cortadas antes de ofrecer todo su potencial. Esto hace que la película resulte un tanto desigual y que nos quedemos con la sensación de que, de haber tenido una mayor duración, podría habernos ofrecido mucho más.

Aún así, el argumento esboza algunos temas interesantes, como son la importancia de la normalidad en la sociedad, los problemas de adaptación de las personas diferentes, los peligros  de lo cotidiano, cómo nuestra personalidad está muy influida por nuestra condición y circunstancias... Es decir, estamos ante una historia fantástica pero que no se limita a lo evidente, sino que podemos sacar muchas reflexiones sobre la naturaleza humana, además del mero pasatiempo inocente. De todos modos, son unos apuntes muy superficiales, pues la modestia de la producción no da tampoco para mucho más.

Señalar que el director, Jack Arnold, fue uno de esos artesanos que se especializó, en los años cincuenta, en el cine fantástico de serie B y que entre sus películas más destacadas están Llegó del más allá (1953), La mujer y el monstruo (1954) o Tarántula (1955). Su trabajo es sencillo, al servicio de la historia, sin demasiados alardes, pero con cierto oficio, como se demuestra con los efectos especiales de la película que, si bien son modestos y muy evidentes hoy en día, revelan una cierta maestría y aún ahora resultan bastante convenientes.

Choca un poco el final, con el discurso del protagonista sobre Dios y la eternidad. Suena a componenda, a forzado final feliz estilo Hollywood y parece no casar demasiado bien con el resto de la trama. Y, efectivamente, es un añadido al relato original de Richard Matheson. Aún así, no enturbia en exceso.

En definitiva, una película curiosa, simpática, bastante bien hecha para su época y con el encanto de sus carencias. Una pequeña y agradable sorpresa.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El vuelo



Dirección: Robert Zemeckis.
Guión: John Gatins.
Música: Alan Silvestri.
Fotografía: Don Burgess.
Reparto: Denzel Washington, Kelly Reilly, Don Cheadle, Bruce Greenwood, John Goodman, James Badge Dale, Melissa Leo, Nadine Velázquez.

Durante un vuelo comercial, un avión sufre una avería que provoca una caída en picado del avión. El comandante del mismo, Whip Whitaker (Denzel Washington), consigue realizar un aterrizaje forzoso que logra salvar la vida de casi todos los pasajeros. Sin embargo, el comandante pilotaba bajo los efectos del alcohol y las drogas, por lo que corre el peligro de ser considerado responsable del accidente.

A veces sucede que leo una sinopsis de una película y decido al instante que no quiero verla. Algo me dice que me va a defraudar. Esto mismo me pasó con El vuelo (2012), título que no me trasmitía buenas sensaciones, a pesar de contar con Denzel Washington al frente del mismo, un actor del que me gusta casi todo lo que ha hecho.

Pero al final me he decidido a darle una oportunidad y, sinceramente, me ha sorprendido gratamente, al menos porque no es el tipo de historia que me esperaba: un relato de un héroe puesto en la picota que al final sale airoso. El vuelo no es eso, lo cuál es de agradecer. O al menos, no es exactamente cómo me la imaginaba, porque de alguna manera, el personaje del comandante en cierto sentido sale airoso a fin de cuentas.

El vuelo no es un relato más sobre el conocido héroe americano. Incluso el argumento deja de lado todo el tema de la investigación sobre el accidente, el juicio, etc, etc... es decir, lo que uno podría imaginar que sería el tema principal de la película. El vuelo es, al contrario, un film sobre la naturaleza humana, un relato de un hombre en caída libre. No el avión, sino él. Porque el comandante Whitaker es un hombre divorciado, sin una buena relación con su ex mujer y su hijo, un tipo que vive solo, sin arraigo, y que ha encontrado en la bebida y las drogas un aliado para seguir tirando, un medio para no mirar de frente la realidad. Así que El vuelo es, en realidad, una película sobre el alcoholismo, sobre la autodestrucción, sobre las mentiras que se pueden levantar para no huir de una situación que no nos gusta. El accidente es en realidad el decorado, que ayuda a dar cierto dramatismo a la historia, ayuda a comprender mejor al protagonista y nos brinda algunos momentos de acción. Pero el eje de la la historia son las personas débiles que han sucumbido a sus pesadillas, perdedores a los que la realidad se les ha hecho insoportable, solitarios sin refugio. Y por eso, El vuelo me ha sorprendido gratamente, como una propuesta diferente a lo que imaginaba, una reflexión más o menos sincera sobre la condición humana.

Quizá el final pueda resultar algo teatral, algo forzado. Habrá quien piense que es una especie de arreglo un tanto peliculero para ofrecer un bonito desenlace donde se ponen en valor la decencia, la honradez y la sinceridad cuando alguien ha tocado fondo. Y es verdad que suena un poco a final "made in Hollywood". Ahora bien, tampoco es un desenlace descabellado y además, Denzel Washington, nominado al Oscar como mejor actor, consigue hacerlo creíble. Y es que este actor sigue siendo toda una garantía para cualquier historia en la que se embarque.

Sin embargo, El vuelo no me pareció una gran película. Le noto algunas carencias. Creo que le falta fuerza, le falta convicción. Hay un cierto equilibrio entre lo comercial y la reflexión sobre el protagonista que no termina de funcionar del todo. No es un film comercial al cien por cien, pero tampoco tiene la fuerza de otras historias sobre el alcoholismo. Zemeckis huye de lo melodramático, intenta hacer un film personal pero sin renunciar a lo correcto, a un tono que resulte "para todos los públicos". En resumen, es un film correcto intentando hablar de temas nada correctos.

domingo, 27 de agosto de 2017

Un puente lejano



Dirección: Richard Attenborough.
Guión: William Goldman (Novela: Cornelius Ryan).
Música: John Addison.
Fotografía: Geoffrey Unsworth.
Reparto: Sean Connery, Edward Fox, James Caan, Dirk Bogarde, Michael Caine, Robert Redford, Anthony Hopkins, Liv Ullmann, Maximilian Schell, Gene Hackman, Ryan O'Neal, Lawrence Olivier, Elliott Gould, Hardy Krüger.

En septiembre de 1944, los aliados planean una invasión de Alemania a través de Holanda que, de tener éxito, podría acortar la guerra un año. Denominan a esa operación "Market Garden".

Dentro de los films sobre la Segunda Guerra Mundial, que son muy abundantes, casi siempre nos encontramos con actos heroicos que dan lugar a gloriosas victorias de los aliados contra los nazis o los japoneses. La historia, como es bien sabido, la escriben los vencedores. Por eso, la primera sorpresa de Un puente lejano (1977) es que cuenta una derrota aliada, una de las más sonadas de aquel conflicto. Sin embargo, a pesar de la derrota, los verdaderos héroes de esta historia son los derrotados, pues la película está vista desde su punto de vista y, a pesar de reconocer los numerosos errores cometidos en la operación "Market Garden", el esfuerzo y el valor de los aliados queda fuera de toda duda. Si no lograron culminar con éxito la misión, fue por causas ajenas a su voluntad, un cúmulo de desgracias y errores que no pudieron subsanar. Eso sí, otro detalle que hay que agradecer es que los alemanes no son presentados como uno despiadados sin corazón. Salvo algún alto mando un tanto inútil, el resto son soldados que defienden su causa, pero también saben ser magnánimos y compasivos con los vencidos.

Quizá lo más destacable de la película, a parte de ese reparto plagado de estrellas, recurso muy al uso en la época para garantizar un buen tirón en taquilla, sea lo fiel que sigue el guión el magnífico libro de Cornelius Ryan, con lo que la película refleja con bastante exactitud y una magnífica puesta en escena, cuidada en cada pequeño detalle, los hechos históricos que describe. Y si eso es una de las virtudes de la película, también es la causa de uno de sus mayores defectos: el film intenta abarcar demasiado y además con la máxima fidelidad posible, por lo que resulta demasiado largo y se pierde dramatismo. La búsqueda de fidelidad hace que la película sea un tanto fría, no da tiempo de profundizar en los personajes ni los detalles y a veces incluso puede resultar algo confusa. Incluso se perciben algunos saltos en el montaje, buscando concentrar la acción a los hechos fundamentales y teniendo que despreciar sin duda mucho metraje.

Sin embargo, hay que reconocer que algunas escenas de lucha están filmadas con gran acierto por Richard Attenborough, un director muy correcto, amante del cine espectáculo, pero un tanto frío, que aceptó el encargo de dirigir esta historia a cambio de garantizarse el dinero necesario para rodar Gandhi (1982). A pesar de su encomiable trabajo, buscando un cierto equilibrio entre la fidelidad histórica y el dramatismo necesario, Attenborough no es David Lean, y su grandiosidad es muy ortodoxa pero sin la genialidad del segundo.

En cuanto al reparto, creo que sobra aclarar que muchas de las estrellas tienen apariciones bastante breves, lo que viene a reforzar la idea de que un reparto así está justificado solamente a efectos de taquilla.

En definitiva, un intento bastante serio de contar un momento crucial de la Segunda Guerra Mundial, con algunos momentos muy logrados, pero que no alcanza a ser un film redondo. Se deja ver, pero no emociona.

jueves, 17 de agosto de 2017

Caminando entre las tumbas



Dirección: Scott Frank.
Guión: Scott Frank (Novela: Lawrence Block).
Música: Carlos Rafael Rivera.
Fotografía: Mihai Malaimare Jr.
Reparto: Liam Neeson, Brian "Astro" Bradley, Dan Stevens, Boyd Holbrook, David Harbour, Adam David Thompson, Sebastian Roché, Laura Birn.

Matt Scudder (Liam Neeson), un ex policía que trabaja por su cuenta como detective privado, sin licencia, acepta investigar el secuestro y asesinato de la esposa de un traficante de drogas. Pronto descubre que los culpables ya han cometido antes crímenes parecidos.

Parece que la carrera de Liam Neeson se va orientando hacia los papeles de tipo duro. Tras el éxito de Venganza (Pierre Morel, 2008), ahora encarna al detective Matt Scudder, personaje creado por Lawrence Block y protagonista de unas cuantas novelas de detectives, al estilo del famoso Sam Spade.

Sin embargo, Caminando entre las tumbas (2014) está más orientada hacia las investigaciones del protagonista que en convertirse en un film de acción pura y dura, como era el caso de Venganza. Por lo tanto, tenemos un film más pausado, donde Scott Frank se recrea más en los tiempos, en dotar a la historia del ritmo adecuado y, sobre todo, en adentrarse en la personalidad de los protagonistas, lo que le confiere una dimensión más humana a la película, con lo que es mucho más interesante.

Así, al tiempo que acompañamos a Scudder en sus investigaciones, vamos conociéndolo mejor y descubrimos a un hombre con una pesada carga que le llevó a abandonar la policía y a intentar reconducir su vida, dejando la bebida. Scudder es un hombre atormentado que de alguna manera intenta sobrevivir y redimirse de su pasado. Por eso su interés por ayudar a TJ (Brian "Astro" Bradley), el niño sin hogar que encuentra en la biblioteca.

La primera parte de la película, centrada en las investigaciones del detective, es sin duda la más lograda, tanto por la tensión y la intriga como por la carga emocional que acompaña a Strudder y a TJ, pero sin caer en lo sensiblero, siempre con una cierta distancia. Sin embargo, el desenlace, que es cuando la película se vuelve más violenta, aunque sin caer nunca en lo morboso o el mal gusto, resulta en comparación mucho más rutinario, sin demasiada imaginación, con detalles incluso un poco estereotipados. Es el punto menos convincente de la película y nos deja con un pequeño aire de desencanto.

En cuanto al reparto, parece que la elección de Liam Neeson para el papel del atormentado detective es todo un acierto. A la solvencia del actor se suma un físico que le va al pelo a su personaje. También hay que destacar el buen trabajo del joven "Astro", sin duda muy convincente en todo momento.

Caminando entre las tumbas, sin ser una película especialmente interesante, sí que tiene algunos detalles que elevan el nivel de lo que habitualmente suelen ofrecer este tipo de historias, más centradas en la acción y la violencia y menos proclives a ahondar en la psicología de los personajes.


miércoles, 16 de agosto de 2017

M, el vampiro de Düsseldorf



Dirección: Fritz Lang.
Guión: Thea von Harbou y Fritz Lang.
Música: Edvard Grieg.
Fotografía: Fritz Arno Wagner.
Reparto: Peter Lorre, Otto Wernicke, Gustav Gründgens, Theo Lingen, Theodor Loos, Georg John, Ellen Widman, Inge Landgut.

Un asesino de niñas tiene atemorizada a toda la ciudad de Düsseldorf. La policía está desesperada, pues no tiene ninguna pista sobre su identidad. Hasta el crimen organizado, agobiado por la presión policial, decide intentar capturarlo.

M, el asesino de Düsseldorf (1931) es la primera película sonora de Fritz Lang, que buscaba resarcirse de sus anteriores fracasos comerciales con Metrópolis (1927) y La mujer en la luna (1928). Lang escribió el guión junto a su esposa Thea y, a pesar de que se suele interpretar que la película es una especie de recreación de los crímenes de un famoso asesino en serie de la época, Peter Kürten, conocido como el vampiro de Düsseldorf, el propio director afirmó que se había inspirado en varios asesinos, entre ellos el propio Kürten, que no sólo asesinaba a niñas, como es el caso del protagonista del film. También se ha afirmado que el cambio del título inicialmente previsto para la película, M. Asesino entre nosotros, por el definitivo fue motivado para evitar que se interpretara como alusivo al partido nazi, algo que no parece del todo cierto.

Dejando de lado estas suposiciones, lo que es evidente es que con este film Fritz Lang consigue uno de sus mayores logros en su etapa europea, consiguiendo que la película haya pasado a formar parte de cualquier historia del cine como uno de sus hitos.

Técnicamente, Lang se muestra deudor del expresionismo alemán, con una importancia crucial de la fotografía en toda la película, jugando con las luces y las sombras, de manera que se crea un clima claustrofóbico y peligroso, además de servir el uso de las sombras como un elemento narrativo más, como cuando aparece la sombra del asesino sobre el cartel que anuncia la recompensa ofrecida por capturarle, antes de asesinar a una nueva niña.

Paralelamente al uso expresivo de la iluminación, Lang juega con los ángulos forzados de la cámara, con picados y contrapicados extremos, algunos más eficaces que otros, y un montaje que utiliza las imágenes como apoyo narrativo, recurso claramente proveniente del cine mudo, del cuál la película es claramente deudora, como no podía ser de otra manera.

Pero si el uso de la fotografía no era en sí una novedad, sí que lo era el uso del sonido y aquí Lang vuelve a tener un toque de genialidad cuando asocia la figura del asesino con la melodía que silba obsesivamente y por la que además será identificado por el ciego, lo que provocará su detención. Por cierto, la melodía es "En el salón del rey de la montaña" de la obra de Grieg Peer Gynt. No solo este recurso resulta tremendamente eficaz y con una gran carga dramática, sino que es la única pieza musical que se escucha en toda la película, lo que resalta aún más su trascendencia.

Eso sí, fiel al estilo elíptico de la época, amén de responder también a criterios morales, el director utiliza las señales indirectas en los momentos claves. Así, nunca vemos ningún asesinato de una niña, sino que en su lugar vemos rodar una pelota o perderse en el aire un globo sin dueño. Es sin duda un estilo mucho más expresivo, rico y respetuoso que la tendencia actual de mostrarlo todo, recreándose incluso muchas veces en los detalles más escabrosos.

Sin embargo, el interés de M, el vampiro de Düsseldorf no se limita a estos aspectos técnicos. La fuerza de la película reside también en la denuncia social evidente, con la policía y el crimen organizado compartiendo un mismo objetivo, en una secuencia realmente lograda, con el montaje paralelo de las deliberaciones policiales y las del hampa; o las presiones políticas sobre la labor policial o también el peligro del clima de histeria colectiva que se genera, capaz de comprometer a cualquier ciudadano inocente por culpa de la paranoia de sus vecinos.

Y por último, está el momento final, cuando los delincuentes que han apresado a Hans Beckert (Peter Lorre) lo juzgan. En realidad, está condenado de antemano y aquello no es ni un simulacro de juicio, sino un linchamiento en toda regla. En vano, el defensor asignado a Beckert intenta convencer a sus camaradas que tiene que ser el Estado el que se ocupe de él, un perturbado mental. En una escena desgarradora, un genial Peter Lorre clama clemencia y explica el tormento que sufre en su interior, con una voz que le grita constantemente y que solo logra aplacar asesinando a niñas. Se plantea así un intenso dilema: ¿qué se debe hacer para proteger la vida de niños inocentes?, ¿es lícito matar al enfermo para impedir que reincida?, ¿debe el Estado cuidar a un asesino así?. Más allá de interpretaciones políticas, debido a la situación de Alemania en esa época, de dudosa credibilidad, el dilema planteado en sí mismo en torno a la figura de enfermos peligrosos es ya de por sí suficientemente interesante.

La película tampoco nos ofrecerá respuestas, más allá de la inquietante advertencia de una de las madres que han pedido a su hija: debemos vigilar a nuestros hijos. Cada cuál interpretará este final según sus convicciones.

Queda para la historia la soberbia interpretación de todo el reparto, deudor también de la expresividad gesticulante del cine mudo, naturalmente. Pero por encima de todos, destacar a un espectacular Peter Lorre, quizá en el papel de su vida, realmente soberbio y hasta conmovedor en su papel de enfermo mental, atormentado y frágil, desesperado, que termina por resultar hasta digno de lástima. a pesar de la repulsión que producen sus actos.

Sin duda, un film clave en la historia del cine, ejemplo y modelo para muchos directores y donde Fritz Lang consigue crear una pequeña obra de arte que sigue vigente después de más de ochenta años.

martes, 15 de agosto de 2017

La mujer del cuadro



Dirección: Fritz Lang.
Guión: Nunnally Johnson (Novela: J.H. Wallis).
Música: Arthur Lange.
Fotografía: Milton Krasner.
Reparto: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Raymond Massey, Edmund Breon, Dan Duryea, Thomas E. Jackson, Dorothy Peterson, Arthur Loft, Frank Dawson.

El profesor Wanley (Edward G. Robinson) regresa a casa tras una cena con sus amigos. Pero antes se detiene a admirar una vez más el cuadro de una hermosa mujer que le ha fascinado. En ese momento, la modelo se detiene junto a él. Comienza así una noche que traerá nefastas consecuencias para el profesor.

La década de los años cuarenta de Hollywood del siglo pasado nos ha dejado algunas de las mejores películas de cine negro de la historia. Y La mujer del cuadro (1944) es un magnífico ejemplo de la calidad de las películas de entonces.

La historia nos cuenta como una persona honrada, de clase media, con una vida tranquila y sencilla, se va a ver envuelto, quizá por un capricho del destino, en una terrible pesadilla que le arruinará la vida. Y todo por culpa de una mujer, una mujer hermosa; pero también por una vida aburrida que, de repente, parece ofrecerle la oportunidad de pasar una noche diferente. Como vaticinaba el fiscal Calor (Raymond Massey), el amigo del profesor: una tragedia puede estar originada por cualquier descuido, como una aventurilla o una copa de más, pero también por una tendencia latente. Esta es la advertencia de La mujer del cuadro: todo puede pasar cuando menos se espera, no solo por el destino, sino porque queremos que algo suceda, porque forzamos de alguna manera ese destino.

Y la tragedia en que se ve envuelto el profesor parece prevenirnos de cualquier intento de buscar alguna emoción nueva en nuestra vida, sobre todo si somos respetables miembros de la sociedad, casados y de mediana edad. La moraleja del film es un tanto conservadora y mojigata, es cierto, pero estamos ante una película de 1944 y encima norteamericana.

Sin embargo, el principal problema de La mujer del cuadro es el final, un desenlace que resulta un tanto forzado, una especie de arreglo un tanto tramposo para resolver el drama del profesor y ofrecernos el típico final feliz. Y es que según la moral de Hollywood, alguien que cometa un crimen debe pagar por ello y así sería imposible salvar al profesor, cuyos actos lo condenan de inmediato, a pesar de que la muerte del magnate Mazard (Arthur Loft) fuera en defensa propia. La única solución posible para la moral de la época parece ser esa componenda final que, más que otra cosa, estropea un tanto la película.

Hay que señalar que, desde el principio, el espectador se solidariza con Wanley, a pesar de su crimen, pues comprendemos que fue un acto instintivo para salvar su vida pero que, por encima de todo, es una buena persona, víctima de la mala suerte. Quizá por eso, el guión busca una salida para él, consciente de que no merece un desenlace fatal.

A pesar de ello, lo importante de La mujer del cuadro es el clima de intriga que desarrolla, como nos vamos contagiando del miedo del profesor, sintiendo su angustia al ver como las cosas se van torciendo poco a poco. Es importante destacar como Fritz Lang consigue crear ese clima de tensión con unos pocos elementos: jugando con los tiempos, la noche, las luces de un coche o una pequeña herida en la muñeca. Pequeños detalles que el director y el magnífico guión de Nunnally Johnson saben explotar al máximo para contagiarnos la tensión que padece el profesor, interpretado con maestría por el genial E. G. Robinson, todo un gigante del cine negro.

El reparto, uno de los grandes aciertos del film, lo completan Joan Bennett, Raymond Massey o el inquietante Dan Duryea. Como curiosidad, señalar que al año siguiente, Lang dirige otro film negro, Perversidad, contando de nuevo con Edward G. Robinson, Joan Bennett y Dan Duryea.

La mujer del cuadro puede que no sea la película perfecta, pero aún así reúne cualidades más que suficientes para poder considerarla todo un clásico del género. Un film con un poderoso encanto que crece con el paso del tiempo.