El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 8 de junio de 2012

Un cadáver a los postres



Dirección: Robert Moore.
Guión: Neil Simon (Teatro: Neil Simon).
Música: Dave Grusin.
Fotografía: David M. Walsh.
Reparto: Alec Guinness, David Niven, Peter Sellers, Peter Falk, Eileen Brennan, Maggie Smith, Truman Capote, James Coco, Elsa Lanchester, Nancy Walker, Estelle Winwood, James Cromwell.

Comedia en la que el dramaturgo Neil Simon, autor del guión del film, se burla de las novelas de detectives, Un cadáver a los postres (Robert Moore, 1976), sin ser especialmente brillante, sí que resulta un pasatiempo entretenido, divertido y con un reparto espectacular.
El excéntrico millonario Lionel Twain (Truman Capote) invita a cenar a su castillo a los cinco detectives más famosos del mundo, el chino Sidney Wang (Peter Sellers), Dick Charleston (David Niven), Jessica Marbles (Elsa Lanchester), Sam Diamond (Peter Falk) y Milo Perrier (James Coco), para desafiarlos a que intenten resolver un misterioso crimen que tendrá lugar exactamente a medianoche.

Un cadáver a los postres no es otra cosa que una gran broma cuya finalidad final es reirse de las novelas de detectives, al estilo de Agatha Christie, y de hecho la historia del film recuerda mucho al planteamiento de Los diez negritos, en las que los escritores escamoteaban información a propósito y, en última instancia, engañaban a los curiosos lectores que jamás llegaban a descubrir la identidad del asesino, fin y aliciente principal de este tipo de novelas. Como se explica al final del film, estos autores son tramposos profesionales y sus personajes, los mejores detectives del mundo, terminan siendo puestos en evidencia en el desenlace de la historia. Este es el fin último de la película, pero la verdad es que tampoco importa demasiado. Si en la base de la historia está la crítica, la verdad es que al final ésta nos parece una disculpa o, al menos, un motivo al que no damos ya demasiada importancia. Lo realmente interesante es la comedia en sí misma, el juego constante, las bromas, el humor negro, la parodia, los diálogos, las relaciones entre los personajes, las exageraciones y el fabuloso reparto.

Porque Un cadáver a los postres nos engancha desde el comienzo con un humor absurdo, a veces algo previsible, a veces tosco, pero que no deja de sorprendernos gratamente y que no da un respiro en ningún instante. Es evidente que mantener el nivel cómico a lo largo de toda la película no es sencillo, pero en general  la comicidad se mantiene a un nivel más que aceptable, con algunos momentos realmente logrados, especialmente al comienzo de la película, con la llegada de los invitados a la mansión, y ese es el primer gran acierto de la película, que se nos pasa volando y donde no paramos de sonreir en ningún instante.

Por otro lado, en seguida el argumento deja de tener importancia y nos dejamos llevar por un planteamiento tan absurdo como interesante. La historia deja de tener sentido muy pronto y nunca sabemos realmente lo que nos espera al segundo siguiente. La película se vuelve caótica, ilógica, ridícula. Pero ese es su encanto, precisamente. Y además, no podemos dejar de sentirnos intrigados y fascinados por ver interactuar a los detectives que tantas veces hemos seguido en novelas o películas y hasta en series de televisión. Recordemos las identidades que están "camufladas" bajo nombres ficticios: Wang no es otro que Charlie Chan, de Biggers; el detective belga Perrier es, claro está, Hercule Poirot y Jessica Marbles es la señorita Marple, los dos personajes más famosos de Agatha Christie. Después tenemos a Dick y Dora Charleston, que no son otros que Dick y Nora Charles de Dashiell Hammett. Sam Diamond es el famoso Sam Spade, también de Hammett. Todos son caricaturas de sí mismos, grotescos, torpes, a veces estúpidos y la verdad es que es un placer verlos haciendo deducciones absurdas, discutiendo entre sí o presumiendo torpemente. Cada detective, además, cuenta con un acompañante que, al final, resulta ser mucho más sensato, cuando no perspicaz, que el mismo detective.

Pero gran parte del éxito de la película y de su comicidad reside en unos diálogos ingeniosos, bastante surrealistas, disparatados y donde lo absurdo, los juegos de palabras y los brochazos gruesos son la característica principal.

Y a todo ello debemos de añadir el reparto, un verdadero acierto a la vez que un lujo. David Niven, Peter Sellers (genial en su caracterización de chino), Peter Falk, un genial Alec Guinness con varios papeles, pero especialmente memorable como mayordomo ciego, y el resto (Eileen Brennan, James Coco, Elsa Lanchester, Maggie Smith, James Cromwell, ...), actores con menos nombre pero que realizan aquí un trabajo impecable. Y como guinda del pastel, Truman Capote. Maravilloso.

Un cadáver a los postres no es un film genial, ni mucho menos, pero sí que es una buena parodia que sabe sacar partido de los tópicos del género, se sabe reir de todo y de todos, incluso de sí misma y no se ruboriza recurriendo a fórmulas y recursos muy vistos, pero sabe ubicarlos adecuadamente en un disparate tan simple como eficaz. Moore aprovecha los recursos de los que dispone y termina componiendo un divertimento que, por su propia simplicidad y su disparate, acabó por convertirse en un film de culto.

jueves, 7 de junio de 2012

Duelo al sol



Duelo al sol (King Vidor, 1946) es un western, pero podría haber sido una tragedia griega o un melodrama clásico más. Intensa, excesiva y algo pretenciosa, hace pensar lejanamente en Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood, 1939), no por la temática, pero sí por la estética y el tono. Algo que no debería extrañarnos pues, al fin y al cabo, ambas son hijas de David O. Selznick.

Tras perder a sus padres trágicamente, Perla Chávez (Jennifer Jones), una joven y hermosa mestiza, va a vivir con una pariente lejana de su padre, la señora Laura Belle McCanles (Lillian Gish), casada con un autoritario y testarudo terrateniente, el senador McCanles (Lionel Barrymore). Allí conocerá también a sus dos hijos, el educado y culto Jesse (Joseph Cotten) y el caprichoso Lewton (Gregory Peck). Ambos se sentirán atraidos por Perla, pero de un modo muy diferente.

Duelo al sol se hizo para mayor gloria y lucimiento de Jennifer Jones, por aquel entonces novia del productor O. Selznick. Tanto fue el empeño de este señor que hasta participó en la elaboración del guión, que se basaba en la obra homónima de Niven Busch, y donde también participaron Ben Hecht y Oliver H. P. Garrett. Y por el guión es por donde comienzan a aflorar los problemas o debilidades de la película. Para empezar, me parece una historia excesiva desde el mismo comienzo, con el padre de Perla matando a su esposa y a su amante y pagando con su vida por ello. Y en cuanto Perla llega a Pequeña España, el rancho de los McCanles, la tragedia cobra nuevos bríos para ofrecernos un romance apasionado, cargado de erotismo y marcado por un destino trágico, en la línea de los clásicos griegos. Lo que sucede es que tanto dramatismo, tanta debilidad de la carne, tanta lucha interior de Perla entre su intención de hacerse respetar o sus pasiones más bajas, dejándose llevar por la lujuria, no termino de creérmelo. Y no es que no pueda suceder algo como lo que relata Duelo al sol, aunque cueste creerlo, lo que pasa es que mis gustos van por otros derroteros. Y además, creo que el guión peca de simplista, algo superficial y los personajes no terminan de estar del todo bien dibujados. El tema de las interpretaciones lo dejo para más adelante.

Duelo al sol, como decía, me parece que peca de presentar las cosas de un modo demasiado esquemático: el hermano bueno y el malo, sin matices. Un padre de familia despótico y una esposa mojigata. Y tanta simplicidad, tanto boceto de grandes rasgos, no permite las sutilezas ni los detalles. Por eso, los personajes se quedan un tanto indefinidos y no terminamos de comprenderlos del todo. La relación entre el senador y su esposa se nos pierde por completo y sólo adivinamos un poco de su drama personal cuando muere Laura Belle. Y creo que ese drama del matrimonio hubiera debido desarrollarse más. Pero el film se centra en la relación entre Lewton y Perla, lo cuál es lógico, pero al final deja algo coja al resto de la trama secundaria, además de que me hubiera gustado disfrutar más de Lionel Barrymore y Lillian Gish. Su presencia es un regalo, a pesar de ese tono grandilocuente un tanto exagerado, patente por ejemplo en la escena en que Laura Belle muere tras hacer las paces con su marido y que es un ejemplo perfecto del gusto desmesurado por adornar las escenas hasta llevarlas a cotas a todas luces imposibles.

Y esa falta de profundización en los personajes lleva a que nos sorprenda el cambio radical de Lewton tras matar al capataz enamorado de Perla. Me parece que su giro hacia la maldad absoluta no se entiende del todo. Lewton pasa de ser un guaperas malcriado e irresponsable a ser un asesino que no duda en intentar matar a su propio hermano, desarmado además. El personaje de Perla quizá se entienda mejor: es una chiquilla sin mucha educación, apasionada, que no puede reprimir sus apetitos y su pasión por Lewton, que le abre las puertas a un mundo nuevo para ella. El único problema es que cuesta ver a Jennifer Jones en el papel. En ningún momento la veo como una adolescente, sino más bien como una mujer hecha y derecha, sedienta de sexo y sin control sobre sí misma. En todo momento me tenía que convencer que representaba a una muchacha para poder entender bien su drama. Y lo que ya es otro cantar es su interpretación. Cuesta creer que la nominaran para el Oscar a la mejor actriz sin pensar que su novio movería algunos hilos para ello. Porque Jennifer Jones sobreactúa de una manera exagerada. A veces recuerda a una actriz del cine mudo, gesticulando, componiendo unas miradas y unos gestos que hoy en día casi parecen ridículos. No sé cómo habría resultado este film con otra actriz, pero Jennifer Jones no me ha parecido en ningún momento irresistible ni tentadora, y eso a pesar del espléndido uso del color para resaltar sus ojos, su piel y sus dientes.

En cambio, tanto Gregory Peck como Joseph Cotten me han parecido perfectos en sus papeles. Es mucho más lucido el personaje de Peck, claro está, pero Joseph Cotten siempre resulta convincente y ese papel de hermano bueno creo que le va a la perfección. En cuanto a Lionel Barrymore y Lillian Gish, pues decir que es un regalo tenerlos en el reparto. Lástima que su papel sea bastante secundario, pero en las escenas en que ellos están presentes, tanto juntos como por separado, la película cobra otro tono. Lillian Gish recibió una nominación como mejor actriz secundaria.

Duelo al sol creo que se ve un tanto perjudicada por la sombra de Lo que el viento se llevó. Da la sensación que David O. Selznick quiso repetir la grandeza de ese film y buscó la dramatización excesiva, las pasiones desatadas, la maldad absoluta para intentar hacer otro espectáculo inolvidable. Al final, creo que se quedó en intento. Hay detalles conseguidos, escenas para el recuerdo, como cuando el senador monta a caballo para impedir el paso del ferrocarril por sus tierras o la muerte de su esposa, pero en general el recuerdo que perdura es el de una historia forzada, más intensa que verosímil y más pretenciosa que emotiva.

lunes, 4 de junio de 2012

El último tren de Gun Hill



Cuando regresaba a su hogar en compañía de su hijo, Catherine (Ziva Rodann), la esposa india del sheriff Matt Morgan (Kirk Douglas), es atacada por dos vaqueros que abusan de ella y la matan. Siguiendo la pista de los asesinos, Matt llega a Gun Hill, una población dominada por el poderoso terrateniente Craig Belden (Anthony Quinn), antiguo camarada de Matt. Allí descubre que uno de los asesinos no es otro que el hijo único de Craig, Rick Belden (Earl Holliman).

Si los años cincuenta fueron especialmente fructíferos para el western, con algunos de los mejores títulos del género, John Sturges contribuyó también a ello con títulos como Fort Bravo (1953) o Duelo de titanes (1957), la mejor versión del duelo de O.K. Corral tras la magnífica e insuperable Pasión de los fuertes (1946) de John Ford. Sturges cerrará la década con este brillante western, El último tren de Gun Hill (1959) que, aunque mucho menos famoso que su western más festejado, Los siete magníficos (1960), me parece una obra mucho más rica.

El último tren de Gun Hill retoma un argumento que ya habíamos visto, con las lógicas variantes, en films como El tren de las 3:10 (Delmer Daves, 1957) o Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952), por ejemplo; es decir, un hombre que debe enfrentarse solo a un enemigo superior y que no duda en hacerlo siguiendo sus principios, su amor al deber y a la justicia, aunque sea a costa de poner en peligro su propia vida. Y en el caso del film de John Sturges, Kirk Douglas ha de enfrentarse además a su mejor amigo. La postura del sheriff es de un heroismo absoluto, pero también comprendemos la de Anthony Quinn, mucho menos defendible desde el punto de vista de la justicia, pero no desde el amor de un padre por su hijo, aunque éste sea un estúpido malcriado.

El reto de Sturges es rellenar la parte central de la historia, donde asistimos a la espera del sheriff y su detenido durante seis horas a la llegada del tren que los sacará de Gun Hill, mientras los hombres de Craig lo tienen sitiado. Normalmente este es un reto en el que suelen naufragar muchas películas con similar estructura. De ahí que sienta cierto recelo ante este tipo de propuestas. Pero en este caso vemos con agrado como John Sturges sale con brillantez del reto. Y lo hace sabiendo alternar las secuencias con mano firme, sin intentar alargarlas artificialmente. Además, recurre a ciertos personajes secundarios que, lejos de ser un mero relleno, aportan un plus a la historia, como es el caso de Linda (Carolyn Jones), la amiga de Craig, que sirve para oxigenar la trama principal además de aportar una visión diferente del drama, admirando el valor del sheriff, lo que la llevará a vencer sus miedos y sus servidumbres para hacer lo que cree que es justo. Y ésto nos lleva a otro elemento importante de El último tren de Gun Hill, y es que Sturges se toma su tiempo a la hora de describir y profundizar en los protagonistas, y con ello consigue darle a la historia una hondura especial. Los comportamientos de uno y otros no los percibimos como algo vacío de contenido, sino que tienen una justificación, un motivo, lo que agranda el drama y crea el conflicto ético en el que se apoya la historia.

Pero la película también supone una absoluta y firme defensa de la ley y, en consecuencia, de la civilización. Sturges nos está hablando de un mundo que se termina: el del salvaje oeste. El pueblo de Matt es pacífico, civilizado, moderno; hasta los indios entán integrados con el resto de la población. Gun Hill, sin embargo, es aún un reducto del pasado, donde un cacique impone su ley y tiene sometidos a sus dictados a sus conciudadanos. Pero ese mundo se acaba. Matt defiende la legalidad por encima de todo. Como afirma en un momento dado, él no quiere que se juzgue a los asesinos de su mujer por venganza, sino por justicia, y haría lo mismo que está haciendo aunque la víctima no fuera su esposa. La muerte de Craig es la muerte de una época caduca que ya no tiene su lugar con la llegada de los nuevos tiempos.

Finalmente, Sturges consigue hacerse fuerte en lo que en apariencia eran las mayores debilidades de la historia: un western pausado, sin prácticamente acción hasta el último rollo, con presominancia de los diálogos y del retrato psicológico de los personajes.

Pero gran parte del mérito de esta película reside en el excelente reparto del mismo. Kirk Douglas es un actor fascinante y siempre me transmite mucho. Y de Anthony Quinn sólo se pueden decir alabanzas. Es uno de esos actores que llenan la pantalla de un modo único. Carolyn Jones también me pareció excelente, con un trabajo lleno de fuerza, especialmente con esa mirada que lo expresaba todo. Menos sólido me pareció el trabajo de Earl Holliman, pero tampoco es que desentone excesivamente, simplemente no tiene la fuerza de Douglas o Quinn.

Así pues, El último tren de Gun Hill me parece un buen ejemplo del western psicológico de los cincuenta. Menos conocido que otras obras maestras de la década, no deja de ser una gran película de un director sin el nombre de los grandes, pero muy sólido y sabiendo en todo momento cómo construir una buena historia.

domingo, 3 de junio de 2012

A la hora señalada



Dirección: John Badham.
Guión: Patrick Sheane Duncan.
Música: Arthur B. Rubinstein.
Fotografía: Roy H. Wagner.
Reparto: Johnny Depp, Christopher Walken, Charles S. Dutton, Peter Strauss, Roma Maffia, Marsha Mason, Gloria Reuben, Courtney Chase, Yul Vazquez.

Un inocente implicado en un intento de asesinato político. Así podríamos resumir A la hora señalada (John Badham, 1995), un thriller que apunta maneras al estilo de Alfred Hitchcock, pero donde pronto nos damos cuenta de la distancia existente entre Badham y el cineasta inglés.

Gene Watson (Johnny Depp) viaja con su hija pequeña Lynn (Courtney Chase) a Los Ángeles por cuestión de negocios. Nada más llegar a la estación, un hombre (Christopher Walken) y una mujer (Roma Maffia) que se hacen pasar por policías los llevan a un coche donde le explican a Gene la situación: este deberá matar a quién le digan o, sino, su hija morirá.

Cuesta pensar que Johnny Depp y Christopher Walken se hayan prestado a trabajar en semejante película. A la hora señalada es uno de esos films que nunca hubieran debido rodarse. Es tan malo, tan cutre, predecible y tonto que casi ofende al sentido común.

Para empezar, la idea de unos conspiradores de coger a la primera persona que ven para implicarlo en un asesinato resulta a todas luces un disparate. Sin embargo, en un ejercicio de buena voluntad, vamos a admitir que tal majadería es posible. Tenemos entonces a un hombre inocente empujado a cometer un crimen para poder salvar la vida de su hija. ¿Y que sucede a partir de ahora? Pues que la película debe rellenar el resto de metraje a base de alargar la situación, procurando mantener cierto suspense e intentando convencernos de que el señor Watson podría disparar a su víctima, nada menos que una gobernadora (Marsha Mason) en plena campaña electoral. Pero no sólo sabemos desde el principio que Watson no va a disparar, sino que la propia película nos aclara el porqué no lo hará, pues Watson le dice a Smith (Christopher Walken) lo que cae de cajón: en cuanto mate a la gobernadora, tú me matarás a mí y seguramente también a mi hija. El plan no tiene sentido, por lo tanto, a parte que sabemos que el héroe saldrá victorioso.

Asi que tenemos un comienzo nada muy brillante y una parte central de la película que intentará mantener la intriga todo lo que pueda hasta el final. Y sólo los argumentos realmente buenos y los directores de cierto nivel pueden hacer que no decaiga el interés durante más de una hora en que sabemos que no van a pasar grandes cosas, pues todo se concentrará en el final. Entonces, ¿dónde reside ya el interés de la película? Pues lo único que puede mantenernos atentos es intentar saber la manera en que los guionistas van a solucionar la papeleta, ver si tienen una salida brillante o, al menos, interesante a un planteamiento tan poco creíble. Y la respuesta es que no tienen nada, absolutamente nada.

Si podíamos sentir algo de intriga al comienzo del film, con una buena dosis de buena voluntad por nuestra parte ante lo absurdo de la historia, la película se va encargando poco a poco de desilusionarnos a base de una tensión inexistente, situaciones repetidas una y otra vez, diálogos absurdos y el cansino recurso a mostrarnos el paso del tiempo con la intención de aumentar la incertidumbre. Porque la película transcurre en tiempo real, es decir, el tiempo límite que le dan a Gene Watson para cometer el crimen es la duración efectiva de la cinta. Pero este recurso no aporta en realidad nada a la historia. Como todo en este film, está tan mal llevado que resulta repetitivo y cansino. Como cansino resulta Smith intentando empujar a un angustiado Gene Watson a cometer el asesinato, cansino y absurdo. Es imposible que lleguemos a creernos un planteamiento tan forzado y una insistencia tan inútil.

Conforme nos acercamos al desenlace, cuando la historia debería cobrar más fuerza, sucede todo lo contrario. El director recurre a trucos torpes, como la escena en que vemos a Gene matando a Smith y otro miembro de la seguridad de la gobernadora y resulta que no es más que una especie de ensoñación de Gene Watson. O cuando asistimos a una serie de diálogos patéticos, que más que interés producen vergüenza ajena. En concreto, recuerdo la escena en que Smith le pregunta a Gene si no olvida algo, mientras están en los servicios del hotel y un botones que ha ayudado a Gene permanece oculto; entonces Smith le suelta: lavarse las manos. Y este es solo un pequeño ejemplo de lo poco trabajada que está la historia, filmada sin emoción, sin talento. Un producto vulgar de pies a cabeza.

En cuanto al reparto, decir que es brillante en cuanto a los dos protagonistas, al menos por su nombre. Pero ello no es suficiente para salvar un producto tan malo. Como decía al comienzo, duele ver a Depp y Walken en semejante película. El resto de actores, pues cumplen sin más. Tal vez lo mejor que se puede decir del reparto es que es lo más decente de la película.

A la hora señalada es, definitivamente, una película espantosa. No vale cualquier cosa con tal de hacer taquilla. Los espectadores nos merecemos cierto respeto. La única manera de ver un film semejante es tomándolo a broma. Y aún eso... cuesta.

sábado, 2 de junio de 2012

Atrapa a un ladrón



Dirección: Alfred Hitchcock.
Guión: John Michael Hayes.
Música: Lyn Murray.
Fotografía: Robert Burks.
Reparto: Cary Grant, Grace Kelly, Brigitte Auber, Jessie Royce Landis, John Williams, Charles Vanel.

Atrapa a un ladrón (1955) puede situarse entre los films más flojos de Alfred Hitchcock. Tal vez porque se trata de una película ligera, con la intriga en un segundo plano. Y si bien Hitchcock demostró ser muy hábil dosificando sus intrigas con pinceladas de buen humor, no lo es tanto rodando comedias salpicadas de intriga.

John Robie (Cary Grant), alias el Gato, es un ex ladrón de guante blanco que vive retirado en una elegante casa en la Costa Azul. Cuando una serie de robos de joyas, con su sello personal impreso, tengan lugar en hoteles y villas de la zona, la policía pensará que son obra suya. A Robie no le quedará más solución que intentar desenmascarar el mismo al ladrón que suplanta su identidad para demostrar su inocencia.

La verdad es que el primer problema de Atrapa a un ladrón es que su argumento parece un poco cogido por los pelos y al poco tiempo de empezar la película comprendemos que no puede dar mucho de sí. No sólo es bastante inverosímil, sino que depende demasiado de la casualidad para que funcione. De ahí que la historia tenga que enriquecerse a base del romance entre Cary Grant y Grace Kelly, que pasa a centrar toda nuestra atención en la parte central de la película, con lo que el tema de los robos se queda en un segundo plano. Entramos entonces en lo que podríamos llamar comedia romántica, con los consabidos juegos amorosos entre los protagonistas, sus desencuentros, sus juegos de palabras y la seducción, representada de un modo no demasiado original por la escena de los fuegos artificiales, para mi gusto un tanto fallida y que, vista hoy en día, no contiene demasiada carga erótica, a pesar de la gran belleza de Grace Kelly.

Y es que Grace Kelly es, finalmente, lo único interesante de la película. Puede que sea en este film donde esté más hermosa y más radiante que nunca, con unos vestidos fastuosos y con el señor Hichcock empeñado en mostrarla distante, exquisita y absolutamente cautivadora. Para Hichcock era un juego cargado de morbo, de erotismo, y es verdad que viendo este film comprendemos su obsesión por las mujeres de apariencia fría y distante pero capaces, en la intimidad, de derretir el hielo con un simple beso. Por eso a Hitchcock no le atraían demasiado las bellezas latinas, con el erotismo a flor de piel, sino este tipo de mujeres que podían ser mucho más impredecibles, más sorprendentes y, por lo tanto, mucho más sugestivas y tentadoras.

El problema de la pareja protagonista puede ser, para algunos, que Cary Grant estaba ya un tanto mayor para su papel. Es verdad que seguía teniendo un porte elegante y un gran atractivo, pero era evidente la diferencia de edad con Grace Kelly. A pesar de ello, pienso que si la historia de amor entre ambos no es demasiado interesante se debe, desde mi punto de vista, a la escasa definición de ambos personajes, ceñidos a meros estereotipos a los que se le olvidó dotar de una verdadera personalidad. Y tampoco es que los diálogos aporten demasiado. La mayor parte de ellos me parecieron frívolos e insustanciales, con lo que la película entra en una dinámica plana a la que tampoco ayuda una duración excesiva para lo que tiene que contarnos el director. Así, a mitad de la película, noto un bajón tremendo del ritmo; algunas escenas me parecen demasiado largas, rodadas un tanto por mera inercia, como la larga secuencia del baile de disfraces de época, con lo que la historia pierde de pronto gran parte del interés. Sólo queda esperar un final que, además, resulta bastante predecible; la identidad del ladrón que suplanta a el Gato se adivina sin problemas desde el instante de la muerte del camarero e incluso el desenlace, cuando Robie obliga a confesar al verdadero culpable, me pareció muy poco interesante, precipitado y algo chapucero, impropio de Hitchcock.

Lo que sí me pareció más propio del director es la pequeña broma final, cuando Frances (Grace Kelly) le dice a John que a su madre le gustará su casa. Es la manera de Hitchcock de arruinar el final feliz de la historia.

Es evidente que el protagonismo absoluto de la película es para Cary Grant y Grace Kelly, que aportan un glamour especial al film. Pero no por ello debemos olvidarnos de dos secundarios de lujo, como Jessie Royce Landis, en el papel de la madre de Grace Kelly, y que años más tarde será la madre de Cary Grant en Con la muerte en los talones (1959), y John Williams, el agente de la aseguradora, que había trabajado también con Hitchcock en Crimen perfecto (1954). Ambos me parecieron perfectos en sus papeles, muy por encima del resto de secundarios, bastante menos inspirados, con la excepción de Brigitte Auber (Danielle Foussard), escogida por el director tras verla en Bajo el cielo de París (Julien Duvivier, 1951).

Pero difinitivamente, Atrapa a un ladrón me pareció un film fallido desde todos los puntos de vista. No sé si influyó algo el rodar directamente en Francia, pero hasta parece respirarse cierta desgana, como si el director decidiera contar la historia sin implicarse demasiado, como para salir del paso. Si se perdieran el resto de películas de Alfred Hitchcock y sólo quedara ésta, es evidente que se desvirtuaría su aportación al Séptimo Arte.