El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

El quinteto de la muerte


Estamos ante la última película del director, Alexander Mackendrick, para los estudios Ealing, ya que tras El quinteto de la muerte (1955) se marcharía a Hollywood. También los estudios pasarían a manos de la BBC en ese mismo año y este hecho marcaría su declive.

Una banda de ladrones, que se hacen pasar por un quinteto de músicos, alquila un par de habitaciones en la casa de una confiada anciana, la señora Wilberforce (Katie Johnson). La casa será su base de operaciones para perpetrar un robo en el implican, sin saberlo ella, a la viejecita. Pero el asunto se complica cuando la señora Wilberforce descubre el dinero y se empeña en que hay que devolverlo. Parece que no queda más remedio que deshacerse de ella, algo que no parece muy complicado.

El quinteto de la muerte, junto a Ocho sentencias de muerte (Robert Hamer, 1949) y Oro en barras (Charles Crichton, 1951), todas protagonizadas por Alec Guinness, forma el trío de obras maestras de la Ealing.

Se trata de una divertida comedia de humor negro típicamente británica. La película es bastante sencilla, casi artesanal, pero funciona bastante bien gracias a un magnífico guión de William Rose, nominado al Oscar, y a un reparto de lujo, con Alec Guinness a la cabeza y donde está presente también Peter Sellers, aunque su papel es un tanto secundario. Quizá uno de los peros que se pueden hacer a la película es que, así como el papel de la anciana está perfectamente definido, los ladrones no lo están tanto. Hubiera sido interesante marcar algo más sus personalidades, aunque quizá ello hubiera alargado en exceso la duración de la cinta. Y digo ésto porque en el remake que hicieron los hermanos Cohen en el 2004, definen mucho mejor a los integrantes de la banda y en ese aspecto la trama gana bastante. Junto al de la anciana, el personaje del profesor Marcus (Alec Guinness) es el que está mejor dibujado, componiendo una figura entre grotesca y ridícula a la que el gran actor pone su sello inconfundible.

Otro de los punto fuertes de El quinteto de la muerte es la estética misma de la película, gracias a unos decorados perfectos, donde la curiosa casa donde se alojan los ladrones adquiere la presencia de un actor más, y una fotografía espléndida que juega con las sombras de manera prodigiosa, creando un clima tenebroso y opresivo.

Si bien es cierto que en algunos momentos el ritmo falla un poco, en general la película discurre de manera bastante ágil y, sobre todo en la parte final, la acción es precisa y no deja ya ni un segundo de respiro. La clave reside en oponer a una ancianita indefensa a cinco despiadados ladrones y hacer que, contra toda lógica, triunfe el bien. Aunque es cierto que, por extraño que parezca, en ningún momento sentimos animadversión hacia los delincuentes, llegando a felicitarnos por el éxito inicial de su empresa.

He de reconocer que El quinteto de la muerte, dentro de su modestia y su sencillez, es una película que gana cuanto más se ve. Es una obra con ese encanto inconfundible de las cosas bien hechas, modestamente y sin más pretensiones que crear una historia que nos entretenga y nos divierta. No es un film hilarante, pero sí inteligente y lleno de buenos detalles. Pero también he de reconocer que el remake de los Cohen, The Ladykillers, me parece que en muchos aspectos supera al original.

jueves, 23 de septiembre de 2010

T3rcera identidad

Sally Tyler (Sharon Stone) es una mujer infelizmente casada que conoce a un apuesto periodista inglés, Leo Cauffield (Rupert Everett), del que no tarda en enamorarse. Sally terminará por contarle a su esposo la verdad y poco después se divorciará para poder casarse con Paul. Su vida parece ir sobre ruedas hasta que un día, de repente, Leo desaparece sin dejar rastro.

Tercera identidad (Marek Kanievska, 2004) está basada en hechos reales. Parece como si este detalle fuera a ofrecer un plus al film, un extra de credibilidad o de autenticidad. Pero el caso es que Tercera identidad es una mala película, se base en lo que se base.

El principal problema del film es que la historia avanza a base de saltos un tanto bruscos, algunos incluso repentinos, lo que le da a la historia una inconsistencia tremenda. No terminamos de conocer bien a los personajes y sus relaciones personales y profesionales y ya estamos en otro punto de la historia que, por culpa de esa manera tan imperfecta de estar contada, termina por desconcertarnos, al no saber jamás hacia dónde camina realmente. Así, los personajes nos son extraños y no llegamos a sentir una cierta afinidad o identificación con sus problemas. Tampoco el director logra trasmitirnos el peligro o la tensión que se supone deben rodear a la gente que vive en un mundo plagado de espías. Todo resulta un tanto impersonal y bastante distante. El uso de flash backs tampoco aporta nada e incluso algunos parecen innecesarios y, sobre todo, da la impresión que llegan demasiado tarde, cuando ya la historia ha avanzado demasiado sin apenas fuerza dramática.

Quizá parte del problema es que la película no termina de decantarse hacia la parte política ni hacia la parte romántica. El hecho de que el personaje principal sea el de la esposa abandonada parece orientar la película hacia los aspectos más personales e íntimos, pero al dejar a los personajes en bocetos y no ahondar en sus motivaciones, la historia no termina de llenarnos. En cuanto a la vertiente de intriga y espionaje, está algo dejada de lado durante casi todo el metraje, siendo como era la que podía dar más juego en términos de tensión. Solamente en una breve escena, cuando Paul explica el origen de su conversión al comunismo, podemos sentir un poco lo que hubiera podido ser, y no fue, un tema bastante rico que, por desgracia, sentimos que se ha desaprovechado en su totalidad.

Tampoco la elección de los dos protagonistas ayuda demasiado. Ni Sharon Stone ni Rupert Everett están demasiado inspirados. Él por frío y ella porque verdaderamente no es una una buena actriz y cuando debe contagiarnos sus miedos y su sufrimiento no lo consigue, en parte también por esa narración tan pobre a la que me refería anteriormente.

En resumen, una película bastante floja que no dejará más que la impresión de haber sido mal hecha de principio a fin.

martes, 14 de septiembre de 2010

Los viajes de Sullivan


Considerada por muchos como la obra maestra de Preston Sturges, Los viajes de Sullivan (1941) es una película cuyo argumento sorprende a cada nuevo giro que da. Es un film curioso, profundo por momentos, con algunos diálogos que no suelen escucharse a menudo en el cine ("Pobreza no es la falta de riqueza. Es una peste, violenta en sí misma y contagiosa como el cólera. Miseria, criminalidad, vicio y desesperación son sus síntomas"), y que resulta una extraña mezcla de comedia, drama, romance y film social que te desconcierta bastante en un primer momento.

John L. Sullivan (Joel McCrea) es un director de éxito en Hollywood, especializado en comedias y películas intrascendentes. Un día, decide dar un giro a su carrera y hacer una película social que refleje las penurias que está atravesando el país, sumido en la crisis. Como no tiene realmente conocimientos directos del tema, decide hacerse pasar por vagabundo y recorrer el país sin dinero para conocer de primera mano el mundo de la gente desfavorecida.

Comienza la película con un tono desenfadado de comedia, con recursos que nos llevan directamente al humor del cine mudo (la persecución del autobús al coche del niño por los campos es el mejor ejemplo). La intención del director de fama de hacerse pasar por un mendigo comienza de manera absurda y desemboca, un tanto forzadamente, en el comienzo de un romance de Sullivan con una joven aspirante a actriz desengañada, interpretada por una bellísima Verónica Lake. El argumento se va volviendo más serio al compás de las peripecias de la pareja de falsos mendigos. Toma también un marcado carácter de denuncia social al reflejar de manera bastante detallada las míseras condiciones de los desheredados de la tierra, recordando algunos planos a Las uvas de la ira (John Ford, 1940). Sin embargo, Los viajes de Sullivan no es un film de denuncia social sino que, por encima de todo, es una comedia.

Hacia el final, nuevo giro del guión que se vuelve oscuro con el robo que sufre el protagonista, la muerte del mendigo en las vías y la condena a seis años de trabajos del director. Esta parte final, un tanto desigual con el resto del film, encierra la moraleja de la historia que nos ha contado Sturges, autor también del guión de la película, y que parece no ser otra que, por un lado, defender el cine de humor, sin demasiadas pretensiones, como el más útil socialmente y el que mejor conecta con el público, lo que implica defender su manera de entender el cine y una crítica hacia aquellos directores más serios y con pretensiones. En un plano más general, la conclusión también vendría a ser que una persona debe hacer aquello para lo que está dotada y lo que mejor sabe hacer, de esa manera es como hará realmente su contribución más valiosa a la sociedad.

En el debe de la película habría que poner un ritmo un tanto desigual, con algunos momentos que se hacen un tanto pesados, al igual que desigual el nivel de los diálogos que, en general, son sobresalientes por momentos, pero no mantienen el mismo nivel a lo largo de todo el film.

Como curiosidad, mencionar que la película seria y comprometida que Sullivan quería hacer se titularía "O Brother, Where Art Thou? Los hermanos Cohen, en el año 2000, tomarían prestado ese título en claro homenaje a Preston Sturges. 

sábado, 11 de septiembre de 2010

Un día de furia


Unas obras en la carretera provocan un monumental atasco en un día especialmente caluroso. Bill Foster (Michael Douglas), atrapado en medio del atasco, comienza a perder la paciencia y decide bajarse del coche y emprender el camino a pie: va a ver a su hija en el día de su cumpleaños; el problema es que está divorciado y tiene una orden judicial de alejamiento. Es solamente el principio de una jornada que se irá complicando cada vez más para Bill, que decidirá no resignarse ante los abusos e injusticias con las que se irá topando.

El planteamiento inicial que parece proponer Un día de furia (Joel Schumacher, 1992) me parecía de lo más interesante: un tipo normal que, por efecto de pequeños detalles (un atasco, un calor insoportable, ruidos, ...), acaba por no resignarse más y comienza a hacer frente a todo aquello con lo que no está de acuerdo. Fue por eso que sentí deseos de ver la película. Sin embargo, pronto empecé a darme cuenta que las cosas no iban por donde yo había imaginado.

Lo interesante habría sido que el protagonista fuera un tipo normal que, de repente, decide no seguir aguantando las tonterías que a menudo nos vamos encontrando y un día cualquiera, simplemente, algo dentro de él se detiene y le empuja a hacer de justiciero o, sencillamente, a no poner la otra mejilla ante las injusticias. Ahí es donde el film hubiera tenido todo su sentido y su razón de ser. Sin embargo, Schumacher decide no seguir del todo esa idea y poco a poco vamos comprendiendo que el personaje de Michael Douglas no es un tipo normal con los problemas que tenemos más o menos todos. El señor Foster es un tipo extraño o, mejor, un enfermo mental con brotes de violencia al que el juez prohibió acercarse a su ex-mujer, que le tiene pánico; un hombre que vive con su madre, que también le teme, a la que ocultó que fue despedido del trabajo, y a pesar de lo cuál sigue saliendo todas las mañanas de casa como si fuera a trabajar.

Se trata, por tanto, de un tipo ya desquiciado, por lo que todo el planteamiento y el mensaje que podía tener la película se vienen abajo. Ya no es una especie de Don Quijote deshaciendo entuertos, luchando contra una sociedad fría, materialista y sin sentido. Es solamente un tarado que necesita que lo encierren.

Por si esto no fuera suficiente, la tonta moralidad que suelen encerrar muchas de las películas norteamericanas se pone de manifiesto una vez más. Tenía la certeza que si Foster terminaba matando a alguien, al final él tendría que morir, por esa ley no escrita que obliga a presentar finales moralmente edificantes. Tras una par de peleas en las que se limita a lesionar a sus agresores, finalmente mata a un comerciante nazi y aquí tenemos la moral mojigata en acción: la víctima tenía que ser alguien absolutamente despreciable para que nuestras simpatías siguieran al lado de Foster y, sin embargo, ese crimen lo había sentenciado, por lo que el final estaba ya escrito desde ese mismo momento.

Sin embargo, me pareció interesante el personaje interpretado por Robert Duvall: un policía que por amor a su especial esposa, y cuyo matrimonio está marcado por la muerte repentina de su hija de 2 años, ha arruinado su carrera, ganándose la reputación de policía cobarde. Su personaje es un modelo de persona honesta, con unos altos principios y un sentido del deber admirables; un hombre que hace las cosas por convicción y sin preocuparse por lo que los demás puedan pensar; un hombre íntegro y justo. Hacía años que no veía un personaje así en las películas. Me recordó gratamente al Gregory Peck de Horizontes de grandeza (William Wyler, 1958).

Michael Douglas no me gusta como actor, en general me resulta un tanto cargante y sus interpretaciones me suelen resultar poco convincentes, forzadas. Sin embargo, en este caso me parece que borda su papel. Un tanto inexpresivo, de rostro serio y con una mirada de hielo, Douglas encarna a la perfección a un hombre corriente que, sin embargo, ha perdido los papeles. Robert Duvall es un actor que desde siempre me ha gustado. Entre los dos llevan el peso de la película y hacen que funcione bastante bien. No pueden evitar algunos problemas de ritmo, que quizá hubieran tenido solución con otro director, y que acaban por hacer de Un día de furia una película un poco larga de más.

Tiene, eso sí, algunos momentos hermosos y emocionantes, la mayoría concernientes a Prendergast (Robert Duvall) y su pasado, como cuando le confiesa a su compañera Sandra (Rachel Ticotin) los miedos de su esposa, que para mí son lo mejor de la película.

jueves, 9 de septiembre de 2010

La intérprete


Dirección: Sydney Pollack.
Guión: Steven Zaillian, Charles Randolph, Scott Frank (Historia: Martin Stellman, Brian Ward).
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Darius Khondji.
Reparto: Nicole Kidman, Sean Penn, Catherine Keener, Sydney Pollack, Jesper Christensen, Yvan Attal, Earl Cameron, George Harris, Michael Wright.

Seguramente Sydney Pollack es recordado especialmente por Memorias de África (1985), un film espléndido y hermoso que sobresale como un faro entre su amplia filmografía. Pero hay un género que intuyo le era grato a Pollack y en el que dirigió alguno de los mejores films de su carrera. Me refiero al cine de intriga, donde nos dejó películas tan geniales como Los tres días del Cóndor (1975) o La tapadera (1993), y en el que podemos incluir esta película que, por desgracia, no está al mismo nivel que las anteriores.
Una de las normas más elementales del arte cinematográfico consiste en mostrar las cosas antes que narrarlas. Estamos ante una forma de expresión gráfica y la palabra, si bien necesaria, debe ceder el peso de la narración a las imágenes. Lo mejor es, siempre, la sencillez. Cuanto más compliquemos el mensaje o la forma de contarlo, más tenderemos a confundir y distraer.
Y no es que Sydney Pollack sea un narrador confuso. Dentro de una historia como la presente, el buen hacer del director evita sin duda lo farragoso y presenta la acción del modo más clásico y lineal. Pero el problema no está en la manera de contar la película, sino en una trama demasiado enrevesada y que se alarga demasiado en la parte central con algunos momentos en que uno se pierde un poco o se relaja en exceso ante minutos que se antojan intrascendentes. Así, cuando la trama vuelve con fuerza hacia el desenlace, tal vez por previsible o por llegar muy tarde, nos pilla algo cansados.
La intérprete, film del año 2005, nos cuenta como Silvia Broome (Nicole Kidman), una intérprete que trabaja en la sede de las Naciones Unidas, escucha accidentalmente una conversación en la que se planea asesinar a Edmond Zuwanie, presidente de la república africana donde nació Silvia, el día en que acuda a dicha sede para pronunciar un importante discurso.
La trama, que arranca con esta prometedora perspectiva, recuerda inevitablemente a El hombre que sabía demasiado (1956) o incluso a Con la muerte en los talones (1959) por la presencia en ambos del edificio de las Naciones Unidas de Nueva York. En esta ocasión, no como el caso del director inglés, Pollack pudo rodar en el interior del edificio de la ONU. La tensión está, por lo tanto, presente desde el principio y parece prometernos un film intenso y cautivador, máxime cuando este director, como decía más arriba, ha realizado un par de films de intriga de lo mejorcito de las últimas décadas.
Sin embargo, la historia de la intriga va dejando paso a la de las relaciones personales que se crean entre la intérprete y el agente de la policía que investigará el caso, Tobin Keller (Sean Penn), en un declinar de la emoción y las promesas del arranque del film hacia un juego de desconfianzas y atracciones que se vuelve ya demasiado clásico y que desvía por demasiado tiempo la atención de lo que debería ser el eje central de la historia. Esta parte de la historia es demasiado convencional, en especial la parte que atañe a Keller y por lo tanto no termina de cuajar del todo. Es algo que se antoja necesario pero que ni emociona ni aporta demasiado y resulta demasiado típico y tópico.
Además, la intriga se enfocaba hacia el tema de la conspiración política y ahí residían las espectativas de tensión; pero Pollack aparca todo el tema para basar la intriga en la investigación de las supuestas intenciones de la intérprete, algo que no acaba de resultar del toco creíble, no sé si por el aspecto angelical de Nicole Kidman (de nuevo su presencia nos remite a Hitchcock y su predilección por las mujeres rubias y hermosas) o porque no es bueno abrir demasiados frentes sin dedicarles el tiempo y la profundidad necesaria.
Cuando Pollack retoma la parte de la conspiración contra el jefe de estado ya es un poco tarde. La parte central se ha prolongado excesivamente con lo que nos hemos descentrado tanto que el desenlace nos pilla fríos, a lo que tampoco ayuda demasiado que éste sea del todo previsible e incluso bastante improvable. La escena de Nicole Kidman en su cara a cara con Zuwanie resulta del todo increíble. ¿Como se puede dejar completamente solo a un dirigente contra el que acaban de atentar? Pero es que, además, el comportamiento de ella no casa demasiado bien con la imagen que nos han dado durante todo el film. Encima, sabemos demasiado bien que no será capaz de llevar a término su amenaza, con lo esa escena (por lo demás demasiado larga para mi gusto) termina siendo un añadido absurdo que culmina un desenlace bastante tosco y resuelto, al contrario que el resto de la película, de manera precipitada.
Y no es que La intérprete sea una mala película. Pollack tiene tablas suficientes para hacer un film decente. El problema es que, por su pasado, sabemos que este director es capaz de muchísimo más, de ahí las espectativas creadas y la tristeza al ver que se queda todo a medio cocinar.

Curiosidades.
Si bien el país africano de la película (República Democrática de Matobo) como su presidente (Edmond Zuwanie) son ficticios, muchas de sus características apuntan al Zimbabwe de Robert Mugabe, un político que, como el del film, llegó a la presidencia aclamado por su pueblo para terminar convirtiéndose en un cáncer para su país y vinculándosele con limpiezas étnicas, corrupción y fraude.
Matobo, el nombre del país imaginario de la película, es también el nombre de un parque natural de Zimbabwe.
El Ku, idioma de Matobo en el film, es un idioma inventado expresamente para la película.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Presunto inocente




Presunto inocente (Alan J. Pakula, 1990) es la adaptación del best-seller homónimo de Scott Turow, guión en el que participa el propio director. No he leído la novela de Turow, pero el film me parece un tanto flojo y, sobre todo, con la típica sorpresa final que no deja de resultar tremendamente tramposa y falsa.

Una atractiva abogada, Carolyn Polhemus (Greta Scacchi), del equipo del fiscal del distrito aparece brutalmente asesinada. Lo que parece obra de un violador pronto empieza a tomar otro matiz y las sospechas caerán en Rusty Sabich (Harrison Ford), compañero de trabajo y antiguo amante de Carolyn.

Presunto inocente es un film sin mucha alma. Es la típica película de intriga que basa absolutamente toda su efectividad en mantener la duda sobre quién mató a la víctima. Y el problema de tal clase de planteamiento es que se suele descuidar todo lo demás y eso (personajes, relaciones entre ellos, diálogos) es a veces incluso más importante que la intriga en sí para construir una historia sólida y que nos atrape.

Pakula nos plantea un problema y se dedica a ir sembrando dudas, a no aclarar la inocencia de Harrison Ford del todo, como si en verdad alguien que no sea un niño de siete años pudiera dudar de su inocencia, y a ir desarrollando la historia dentro de los cánones más clásicos, pero sin nervio y sin brillantez. Se sabe que los films con un juicio por el medio suelen resultar atractivos para el público, y ahí se apoya el director para sostener durante un poco más de tiempo la incertidumbre, en espera de lo que en realidad cuenta: el desenlace final. Y lo malo de este tipo de películas que lo basan todo en el final es que si éste no resulta convincente y con fuerza, todo el castillo se viene abajo. Pero para salvar esta película ni un final portentoso dudo que hubiera bastado y, encima, el que nos ofrece Pakula es casi, casi ridículo. Prefiero no desvelarlo, pero tanto el descubrimiento del verdadero asesino como el discursito final resultan del todo artificiales.

¿El reparto? En líneas generales correcto. Recurrir a un actor de prestigio como cabeza de cartel es básico para la taquilla y Harrison Ford era en los noventa, y algo menos ahora, un seguro de vida. Sin embargo, su actuación se limita a lo de siempre en este actor: un aire más que honesto y la mirada empañada de quién se lleva el chasco de su vida. Nada que nos conquiste especialmente. Bonnie Bedelia, la esposa de Harrison Ford en el film, tampoco termina de enamorarme: su pasividad, su resignación, más que conmover resultan a veces cansinas. Ni Brian Dennehy ni Greta Scacchi están del todo aprovechados y parecen meros personajes de relleno. Por contra, Raúl Juliá sí que me ha gustado, con ese aire distinguido, culto y astuto.

Presunto inocente es un film meramente comercial, sin nervio. Correctamente filmado, con un buen envoltorio y muy poco más. Puede entretenernos un día lluvioso, pero creo que con algo más de ambición por parte del director, o más talento quizá, hubiera podido dar bastante más de sí.

martes, 7 de septiembre de 2010

Fiebre del sábado noche


Tony Manero (John Travolta) lleva una vida gris: tras dejar los estudios, trabaja como empleado de una droguería por un sueldo escaso; en su casa, sus padres no dejan de compararlo con su hermano mayor, el hijo perfecto que se ha ordenado sacerdote. Solamente hay un lugar en el que Tony es feliz: la discoteca. Allí, la noche del sábado, Tony es el rey.

Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977) supuso el salto al estrellato de un joven y casi debutante John Travolta. También lanzó la carrera de los Bee Gees, autores de la banda sonora de la película con temas tan pegadizos como "Stayin' Alive", y puso de moda en todo el mundo el look un tanto hortera de Manero y lanzó a las pistas de baile a los adolescentes de todas partes.

Basada en un artículo publicado en una revista que resultó ser una mera invención de su autor, Fiebre del sábado noche es un film que, con la perspectiva del tiempo pasado, podemos valorar más justamente como una película que encierra mucho más que un puñado de estupendos números de baile.

Lo primero que sucede cuando empiezas a ver la película es que te contagia la alegría y ritmo que corren por las venas de Tony Manero en cuanto pisa la discoteca. El comienzo de Fiebre del sábado noche, ya con la primera escena con los andares de Travolta por Brooklyn, es contagioso, optimista y pegadizo. Sin embargo, la película tiene el acierto de no quedarse encorsetada en su parte más brillante y, sin duda, más famosa. Además de la música y las luces y las camisas de colores, Fiebre del sábado noche es un emotivo y sincero retrato de una parte desfavorecida de la juventud. Tony y sus amigos son, realmente, unos perdedores. Fracasados en los estudios, viviendo en un barrio marginal, con un futuro patético del que son ejemplo sus padres, escapan de la realidad a base de alcohol, sexo y baile. Por esto es por lo que la película no ha envejecido, porque trata de unos problemas universales (el amor, las drogas, el sexo, el racismo, la búsqueda de uno mismo) repetidos por todas partes, de unos adolescentes perdidos que van dando tumbos en busca de una felicidad frágil y con fecha de caducidad.

Hay escenas realmente conmovedoras, pero sin abusar de los tópicos ni del melodrama. Las cosas suceden de manera natural y así es como las percibimos. Por ello, una de las grandes virtudes de la película es que trasmite autenticidad. Llegamos a creernos lo que vemos en la pantalla porque los personajes son absolutamente normales y creíbles. Y en ellos también tiene mucho que ver el excelente trabajo de unos actores desconocidos y que, salvo Travolta, no han alcanzado el estrellato. La interpretación de Travolta es perfecta. No solamente resulta ser un excelente bailarín, sino que su trabajo resulta totalmente convincente. Fruto de ello fue nominado al Óscar al mejor actor.

Con unos medios limitados, la película consigue engancharnos a su historia, a las vidas grises de unos personajes bastante bien definidos en general y que no se limitan a ser meros acompañantes de la figura central, Tony. Cada chico de la pandilla, y las chicas también, aparecen bastante bien dibujados y quién más y quién menos se sentirá más o menos identificado con alguno de ellos. En el fondo, son personas de carne y hueso, algo que otras películas de corte similar olvidaron en el guión y, al verlas, sentimos que son obras vacías, para olvidar sin más.

Pero no debemos olvidarnos que Fiebre del sábado noche, además de lo que cuenta, es un film que alcanza el punto álgido con las escenas de baile. Las luces, la ropa, el piso de la discoteca y John Travolta en medio de la pista, bailando, trasmitiendo esa pasión por la música, son los momentos por los que la película ha pasado a la historia como un punto y aparte. Parece ser que el propio Travolta convenció al director para que no filmara demasiados primeros planos y alejara la cámara. El resultado es perfecto y resulta imposible quedarse con los pies quietos cuando Travolta se mueve al ritmo de los Bee Gees.

Adivinando el filón, la industria se puso manos a la obra y así nació Grease (Randal Kleiser, 1978), con más lujo, más dinero, más Bee Gees y más Travolta. La fórmula funcionó a la perfección pero yo me quedo con la sencillez, la modestia y, naturalmente, la mayor sinceridad de Fiebre del sábado noche.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El precio del poder



El precio del poder (Brian De Palma, 1983), con guión de Oliver Stone, es un remake del clásico de 1932 Scarface, el terror del hampa. Lo dice el propio De Palma al final: la película se la dedica a Howard Hawks y a Ben Hecht, director y guionista del mencionado film. La película de De Palma, en el momento de su estreno, fue un fracaso. Despreciada por la crítica, supuso un paso atrás en la carrera de Al Pacino, que no volvió al cine hasta 1989.

Tony Montana (Al Pacino) y su amigo Manny Rivera (Steven Bauer) escapan de Cuba y se instalan en Florida con la intención de hacerse un hueco en el mundo de la mafia local. La ambición de Montana le hará prosperar rápidamente, hasta convertirse en el brazo derecho de un jefe del crimen organizado de Miami, Frank López (Robert Loggia).

La verdad es que la sensación que me quedó tras ver El precio del poder es que se trata de una película desaprovechada. Por una lado, la historia del joven ambicioso que, partiendo de la nada, logra llegar a la cima del poder y, una vez allí, descubrir el vacío y la soledad para terminar siendo eliminado está demasiado vista. Y la moraleja que encierra resulta un tanto pueril a estas alturas. Otro de los problemas de la película es su excesiva duración para lo que tiene que contarnos. Pero tal vez ambos defectos se resuman o provengan de único origen: una dirección lamentable de Brian De Palma. Hay bastantes escenas rodadas con tal torpeza que sorprenden. Por momentos nos salimos del film y me he encontrado mirando alguna secuencia como si estuviera viendo un ensayo de aficionados. En otras ocasiones es el encuadre o el ritmo o los diálogos los que resultan tan forzados que uno está tentado de levantarse y a otra cosa.

Lo que salva en parte a la película es el reparto. Al Pacino, sin ser esta la mejor actuación que le recuerdo, consigue meternos en la piel de su personaje, un tipo vulgar, agresivo, impulsivo y desquiciado. Parece ser que para apreciar su actuación como se merece sería necesario ver el film en versión original. Me gusta también Steven Bauer y, sobre todo, Michelle Pfeiffer, en los inicios de su carrera, y con un trabajo exquisito, además de estar realmente guapa. No me convenció, sin embargo, Robert Loggia y aunque Mary Elizabeth Mastrantonio no es una actriz que me diga nada, en este caso su interpretación es bastante buena.

Se le achaca al film la extrema violencia. Es, en efecto, un film violento, pero no veo en ello ningún defecto, sobre todo tratando el tema que trata. Incluso en algunas escenas, De Palma nos evita los peores detalles. Por otro lado, visto el grado al que se ha llegado en producciones más recientes, a día de hoy El precio del poder no creo que llegue a escandalizar a casi nadie. La última secuencia sí que puede considerarse algo excesiva y, hasta cierto punto, gratuita. Imagino que es la idea que tenían director y guionista de lo que debía ser el broche de oro a la historia de ambición y poder de Tony Montana. Creo que es una secuencia poco creíble y ciertamente en la línea del resto de la película, si bien es de las pocas escenas que consiguen meterte dentro de la historia.

El problema de El precio del poder es que es una película que carece de genio, de talento, de inspiración. De Palma es ambicioso, eso se nota, pero no tiene talento. Es un director normalito tirando a malo y sus esfuerzos de crear algo que deje huella se quedan en un quiero y no puedo bastante triste. Al final, uno se queda con la impresión de haber asistido a un trabajo que ha desaprovechado lo bueno que hubiera podido salir de la historia.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Charada


Sin duda el principal atractivo de Charada (Stanley Donen, 1963) reside en el reparto: Audrey Hepburn, un maduro pero siempre perfecto y apuesto Cary Grant y unos secundarios de lujo, como Walter Matthau, James Coburn, George Kennedy y Ned Glass.

Una mujer, Regina Lampert (Audrey Hepburn), regresa de unas vacaciones en la nieve y recibe la noticia que su marido ha aparecido muerto. Al parecer, poseía una importante cantidad de dinero que varias personas andan buscando y, lógicamente, sospechan que pueda tenerlo ella.

Charada es una película que nos recuerda, irremediablemente, a Alfred Hitchcock por su argumento palagado de intriga, falsas apariencias, crímenes y una inocente envuelta en una peligrosa búsqueda de 250.000 dólares. Sin embargo, Stanley Donen, famoso sobre todo por sus musicales, como Un día en Nueva York (1949), Cantando bajo la lluvia (1952) o Siete novias para siete hermanos (1954), se inclina por darle un tratamiento ligero, de comedia, a la trama. ¿El resultado?: la intriga pierde gran parte de su fuerza y desde el comienzo estamos convencidos que nada malo puede sucederle a la protagonista. Es una opción válida, tan válida como cualquier otra, pero me hubiera gustado un enfoque más dramático, creo que la película hubiera ganado. En la línea con ese tono de comedia, los personajes parecen un tanto caricaturescos, en especial los tres cómplices del difunto señor Lampert, interpretados por Coburn, Kennedy y Glass, personajes trazados con un pincel demasiado grueso para mi gusto.  

Otra debilidad del argumento de Charada la encuentro en un argumento que se sostiene con alfileres. Es verdad que la intriga resulta bastante ingeniosa y no dejan de sorprendernos los cambios que se van sucediendo en cuanto a la verdadera identidad de Cary Grant. Y el final es del todo inesperado. Pero una vez que se nos pasa la sorpresa, vemos que la historia es un tanto tramposa y poco creíble. Que Audrey Hepburn descubra en varias ocasiones que la persona en quién confiaba le ha mentido y a pesar de todo siga poniendo su vida en sus manos no deja de resultar bastante incongruente. Sin embargo, todo se supedita a la historia de amor y al encanto de los protagonistas, indiscutible, es verdad.

Situaciones extrañas a parte, la película es un tanto desigual. Junto a momentos muy logrados se suceden otros un tanto absurdos y si bien algunas frases están muy inspiradas, otros diálogos son bastante pobres.

Al final, lo que realmente queda de un film como Charada es el encanto de Audrey Hepburn y la gran clase de Cary Grant. Sin la presencia de ambos, no sé que hubiera sido de este film. Quizá el problema es que es una película muy de su tiempo, cuando se puso de moda rodar en Europa, cuando el glamour resultaba atractivo. Hoy en día, para mi gusto, le pesan demasiado los años y, si bien hay escenas memorables, el conjunto es un tanto desigual y me quedo con la sensación de que es una película a la que le falta nervio, tensión o carácter.