El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 31 de diciembre de 2013

Cartas a Julieta



Dirección: Gary Winick.
Guión: José Rivera, Tim Sullivan.
Música: Andrea Guerra.
Fotografía: Marco Pontecorvo.
Reparto: Amanda Seyfried, Christopher Egan, Vanessa Redgrave, Gael García Bernal, Franco Nero, Marcia DeBonis, Giordano Formenti, Fabio Testi, Oliver Platt.

Sophie (Amanda Syfried) y su novio Víctor (Gael García Bernal), antes de casarse, se van de vacaciones a Verona. Para Víctor es la ocasión de conocer a diversos proveedores para su futuro restaurante de Nueva York. Sophie, sin embargo, cansada de los planes de su novio, decide hacer turismo por su cuenta. Así descubre la casa de Julieta en Verona, donde la gente deja sus cartas de amores perdidos o no correspondidos en un muro del patio. Por casualidad, Sophie encuentra una carta escrita cincuenta años atrás y que se había quedado perdida en el muro.

Cartas a Julieta (2010) nos lleva de nuevo al universo de los films decididamente románticos, y lo hace sin rubor ni disimulo, consciente de que es un género que, a pesar de contar casi siempre lo mismo, tiene una buena acogida entre el público.

La clave de este tipo de producciones es contar con un reparto atractivo y una presentación dulce y cuidada, preciosista si es posible. Todo ello lo cumple Cartas a Julieta que, en conjunto, parece un producto sin tacha pero que, sin embargo, no termina de cuajar como el gran film que pretende ser.

Quizá el problema básico de la película es que cuenta una historia que uno no termina de creerse. Por un lado, un amor juvenil de cincuenta años atrás que sigue igual de vivo entre los amantes que, gracias a un pequeño milagro, están ambos viudos (he de reconocer que un amor puede durar cincuenta años y más, así que rectifico en parte ese comentario) y deseando retomar el romance como si aún fueran quinceañeros. Por otro lado, todo es tan perfecto, tan idílico y tan romántico en la película que más que una historia que podría ser real parece un sencillo cuento de hadas. Y es que el guión opta por una historia tan rematadamente romántica que a veces resulta algo exagerada. A ello hay que añadir un acaramelamiento de las imágenes que no llegan a ser cursis pero se quedan cerquita.

Además, el guión vuelve a mostrarnos una Italia llena de tópicos, edulcorada al máximo, llena de señores dispuestos a enamorarse de cualquier mujer, aunque tenga casi setenta años, siempre alegres y bajo un clima perfecto y en un paisaje idílico. Tanta perfección y tanta belleza de postal acaban por darle un marco incomparable a la historia, pero del todo artificioso y un tanto infantil.

Si a todo ello le sumamos un guión absolutamente previsible y que no es capaz de depararnos ni una mínima sorpresa, comprendemos que Cartas a Julieta transcurra sin llegar realmente a emocionarnos en ningún momento. Los protagonistas tampoco terminan de adquirir peso dramático dentro de un retrato que nos ofrece unas personalidades bastante esquemáticas y exclusivamente centradas en las historias de amor que se van dibujando. La parte central de la película es del todo anodina, alternado las secuencias de la improbable búsqueda de Lorenzo (Franco Nero) con los encuentros entre Sophie y Charlie (Christopher Egan), que ya se sabe cómo van a terminar.

Aunque también es cierto que la película va de menos a más, partiendo de un arranque un tanto insulso para ir ganando algo de emoción a medida que los sentimientos de los protagonistas van cobrando forma.

Aún así, y ésto es una idea muy personal, me hubiera gustado un final no tan redondo como el que nos ofrece Gary Winick. Y es que tanta perfección y el que todo termine encajando de un modo tan maravilloso termina por aburrir. Me hubiera gustado que Claire (Vanessa Redgrave) hubiera fallado en su búsqueda y que el final perfecto no fuera el premio, sino el camino en sí. En fin, cosa de gustos.

Gary Winick no nos demuestra nada tampoco en la dirección. Su trabajo es rutinario y directo. No se complica para nada y se limita a hacer que todo fluya de manera natural y a sacar partido de la fotografía y los paisajes para crear un cuento estéticamente hermoso y correcto. Lo que se le olvidó fue dotarlo de vitalidad y de personajes reales que nos lleguen a emocionar.

En cuanto al reparto, la verdad es está en la línea de la belleza formal de la película. Amanda Seyfried, sin ser una belleza rotunda, sí que resulta tremendamente atractiva con esa mirada dulce y la impecable melena rubia perfecta. Christopher Egan es un actor guaperas, pero un tanto soso y no terminó de convencerme. Para completar el elenco, el film cuenta con notables veteranos como Vanessa Redgrave, Fraco Nero o FabioTesti, todos correctos sin más.

Cartas a Julieta es un film especialmente recomendado para los románticos empedernidos que jamás se cansan de los finales felices y los romances de ensueño. Para el resto, véanla con precaución, pues es un film que estéticamente nos gustará pero que no tiene gran cosa que aportar, salvo una exaltación incondicional del amor sin mácula.

Hollywood: Departamento de homicidios



Dirección: Ron Shelton.
Guión: Ron Shelton y Robert Souza.
Música: Alex Wurman.
Fotografía: Barry Peterson.
Reparto: Harrison Ford, Josh Hartnett, Lena Olin, Keith David, Lolita Davidovich, Bruce Greenwood, Martin Landau, Isaiah Washington, Lou Diamond Phillips, Dr Dre, Robert Wagner, Smokey Robinson.

Joe Gavilan (Harrison Ford) y su compañero K.C. Calden (Josh Hartnett), policías del departamento de homicidios de Los Ángeles, han de investigar un asesinato múltiple de un grupo de raperos mientras compaginan el trabajo con sus otras ocupaciones: Joe está metido en el negocio inmobiliario, mientras que Calden desea ser actor.

A veces uno se queda perplejo, sin palabras ante lo que está viendo. Más o menos es lo que me sucedió mientras veía esta película. No consigo adivinar qué es lo que puede llevar a un actor como Harrison Ford a meterse en semejante tontería de película.

Hollywood: Departamento de homicidios pretende ser una mezcla entre un film policial y una comedia. La fórmula ya se utilizó con más o menos acierto anteriormente. Personalmente, este tipo de mezclas de géneros no suelen entusiasmarme, salvo contadas excepciones. Si el engranaje no está perfectamente engrasado el resultado suele ser una mezcolanza que no termina de funcionar en ninguno de los registros. Pues bien, en este caso estamos ante un ejemplo meridiano de intento fracasado. La película no funciona ni como film policíaco ni como comedia, sencillamente porque el guión es una completa estupidez.

Por un lado, la supuesta investigación policial no tiene realmente lugar. Desde el principio vemos que se queda en un segundo plano porque lo que parece importarle a Ron Shelton es centrarse en la parte cómica de la historia, basándose en las personalidades de la pareja protagonista y sus ocupaciones paralelas. Sin embargo, la supuesta comicidad se basa en situaciones tan ridículas y en chistes tan patéticos que más que risa provocan vergüenza ajena. Es imposible reirse con cualquiera de las absurdas ocurrencias que salpican el guión. Solamente al final, cuando ya hemos perdido la esperanza de sacar algo en limpio de la película, Shelton nos sorprende con algún gag que eleva un poco el nivel de lo visto anteriormente. Aún así, ni eso ni las bien filmadas persecuciones finales, que parece no obstante que se estiran un tanto artificialmente para alegar el metraje de la cinta, llega para maquillar un espectáculo tan pobre como el que hemos sufrido desde el comienzo.

Por si este guión desastroso no bastara y quizá con la intención de decorar un poco la historia, Shelton recurre también a la presencia de mujeres bonitas y alguna que otra escena amorosa, pero con el mismo resultado que sus chistes malos. Y es que nada parece estar pensado mínimamente en esta película.

Finalmente, cuando es necesario retomar la investigación policial para que el film avance, la trama se llena de casualidades y tópicos tales que parece sacada de un mal folletín. Es tal el cúmulo de tonterías que casi resultan éstas más graciosas que la supuesta parte cómica de la historia. Y siguiendo con el despropósito argumental, la resolución final es burda, previsible y precipitada. La guinda del pastel.

Harrison Ford tampoco parece demostrar especial entusiasmo y su interpretación es bastante simple, limitándose a sus gestos habituales y alguna carrera final que demuestra que ya no está para esos trotes. En cuanto a Josh Hartnett, va de guaperas, pero sin demostrar mucha personalidad. Incluso entre ambos actores no llega a haber una buena química, no sé si por culpa del guión o porque se trata de un trabajo rutinario sin más. Como detalle, señalar la presencia testimonial de Martin Landau y Robert Wagner.

Definitivamente, Hollywood: Departamento de homicidios es una de las peores películas que he visto en mucho tiempo. Trabajo me costó no levantarme y apagar el televisor. No pierdan el tiempo con ella.

lunes, 30 de diciembre de 2013

El discurso del rey



Dirección: Tom Hooper.
Guión: David Seidler.
Música: Alexandre Desplat.
Fotografía: Danny Cohen.
Reparto: Colin Firth, Geoffrey Rush, Helena Bonham Carter, Michael Gambon, Guy Pearce, Timothy Spall, Derek Jacobi, Eve Best, Jennifer Ehle, Claire Bloom.

El duque de York (Colin Firth), segundo en la línea sucesora al trono de Inglaterra, tiene desde niño una marcada tartamudez que le impide desempeñar sus funciones con normalidad, especialmente cuando se trata de pronunciar discursos en público. Tras intentar solucionar su problema recurriendo a diversos especialistas, finalmente el duque se da por vencido. Sin embargo, su esposa (Helena Bonham Carter) no se da por vencida y decide recurrir a un experto en problemas de dicción que le han recomendado, un australiano de nombre Lionel Logue (Geoffrey Rush), cuyos métodos de trabajo son un tanto originales.

Parece que en los últimos tiempos se ha puesto de moda en el cine británico hacer films sobre su monarquía. Primero fue The Queen (La reina) (Stephen Frears, 2006) y poco después nos encontramos con El discurso del rey (2010). Veremos si estas películas inauguran una nueva moda, como antaño pasó los films de catástrofes, por poner un ejemplo.

Normalmente, desconfío de las películas históricas. Suelo albergar, en principio, esperanzas de un buen trabajo y lamentablemente me suelen decepcionar. Y es que parece que el cine, con su servidumbre al espectáculo, está reñido con cierta honestidad argumental. De ahí que no me hiciera demasiadas ilusiones con El discurso del rey. Simplemente viendo algunas imágenes uno se puede hacer una pequeña idea de lo que le espera. Sin embargo, el número de nominaciones a los Oscars, nada menos que doce, y las cuatro recompensas finales (mejor película, dirección, actor principal (Colin Firth) y guión original) parecían otorgarle un plus de confianza.

Como era de esperar, técnicamente la película es impecable. La ambientación está cuidada hasta en el mínimo detalle y tanto la fotografía, con algunas imágenes relamen hermosas, como la puesta en escena resultan perfectas. Ello es algo que, de todos modos, no debería sorprendernos. Cualquier producción que cuente con los medios suficientes y un poco de buen gusto es capaz de alcanzar un buen nivel en estos aspectos. Aún así, la impecable belleza formal de El discurso del rey merece todos mis elogios.

El problema viene a la hora de analizar el argumento de la película y cómo desarrolla unos acontecimientos con base real pero que, sinceramente, me ha costado asimilar como auténticos. Y es que sospecho que las licencias que se ha tomado el guionista son más que ocasionales. No estamos, es verdad, ante una crónica histórica. Se trata de un film comercial además, por lo que es de esperar sin duda cierta dramatización que confiera interés al relato, además de emoción. El problema es que en el guión de El discurso de rey veo una total falta de originalidad. La historia que nos cuentan se podría aplicar indistintamente a una pareja de enamorados en un film romántico al uso o a cualquier otra situación dramática que se nos pueda ocurrir. Y es que el esquema argumental de la cinta, con el primer encuentro problemático del duque y Logue, así como sus previsibles desavenencias, reconciliaciones y éxito final resultan demasiado elementales y siguen un patrón que se ha explotado hasta la saciedad en el cine. La absoluta falta de originalidad del guión, su previsibilidad y el tono tan plano de la historia no me resultaron en absoluto convincentes.

Es más, si me paro a pensar, sólo he sentido un mínimo de emoción en la escena final, cuando el rey es felicitado por su esposa una vez terminado el discurso. Muy poca cosa que viene a demostrar la frialdad y el distanciamiento con el que está contada una historia que termina por imponer su pesada dignidad real a la manera en que Hooper nos cuenta este curioso relato. Ni las referencias a la desgraciada infancia del duque ni el dramatismo del momento histórico que le toca vivir llegan a insuflar emoción a un relato muy frío.

La "inevitable" inclusión de personajes históricos del momento, especialmente la figura de Winston Churchill (Timothy Spall), dio lugar a escenas que no terminaban de parecerme naturales. Es una impresión personal, pero daba la sensación de que estos personajes tenían que estar ahí para dar autenticidad histórica a determinadas escenas, y debían hacerlo como el público se esperaría que lo hicieran, con el puro característico en el caso de Churchill, aunque no viniera a cuento. Es decir, todo tenía que estar en su sitio, aunque el resultado final fuera algo forzado.

Afortunadamente, la película cuenta con un reparto poderoso que logra añadir un plus de calidad a la película. Colin Firth está impecable en su composición y su tartamudez, eje central del relato, resulta absolutamente natural. Pero si tuviera que elegir a un actor por encima del resto, me quedo con Geoffrey Rush, que ya me había encantado en El sastre de Panamá (John Boorman, 2001), y que me vuelve a sorprender con su naturalidad y una presencia llena de carácter. Tampoco quiero dejar pasar la ocasión para alabar el trabajo de Helena Bonham Carter, excelente en su interpretación y que además encarna a uno de los personajes más frescos y más vitales de un film donde prima cierto acartonamiento en las interpretaciones, sujetas a esa supuesta dignidad cortesana tan británica.

Resumiendo, una película de esas que suelen encandilarnos con un impresionante despliegue técnico y de buen gusto, preciosista y ambiciosa, pero que no termina de explotar por culpa de un guión poco original, excesivamente previsible en su desarrollo y al que le falta sentimiento, profundidad y fuerza.




domingo, 29 de diciembre de 2013

Camino a la perdición



Dirección: Sam Mendes.
Guión: David Self (Cómic: Max Allan Collins, Richard Piers Rayner).
Música: Thomas Newman.
Fotografía: Conrad L. Hall.
Reparto: Tom Hanks, Paul Newman, Jude Law, Tyler Hoechlin, Daniel Craig, Jennifer Jason Leigh, Stanley Tucci, Dylan Baker, Liam Aiken, Ciarán Hinds, Doug Spinuzza, David Darlow.

Michael Sullivan (Tom Hanks) es la mano de derecha de un temido gángster, John Rooney (Paul Newman), que lo considera casi como un hijo.  Pero un día, el hijo de Sullivan, Michael Jr (Tyler Hoechlin), decide seguir a su padre para ver en qué consiste su trabajo, siendo testigo de cómo su padre y el hijo de Rooney, Connor (Daniel Craig), ajustan cuentas con otro mafioso. A pesar de que Michael responde por su hijo, Connor decide actuar por su cuenta para silenciar al testigo de ese asesinato.

Tras el éxito obtenido por Sam Mendes en su debut con American Beauty (1999), se esperaba mucho de su segundo largometraje. Y de nuevo Mendes dejó claro que sabe cómo hacer una gran película. Camino a la perdición (2002) es un más que notable film de cine negro que recupera la estética de los años treinta y el mundo de la mafia y las lealtades familiares.

El buen cine, ese que nos deja con un gesto de admiración tras finalizar una película, es siempre una mezcla de estética y contenido; un equilibrio entre la forma y el fondo. Y quizá sea ésto lo que mejor termina definiendo a Camino a la perdición.

Por un lado, la película tiene una factura impecable. Tanto la ambientación, el vestuario o la cuidada fotografía de Conrad L. Hall nos permiten disfrutar de un film realmente hermoso visualmente. Pero además, Sam Mendes logra que esa belleza formal cobre vida gracias a una dirección perfecta donde la historia se desarrolla con un ritmo pausado, casi ceremonioso a veces, pero de una precisión matemática y un nervio que permiten una fluidez total de las escenas, de manera que pocas veces últimamente hemos tenido la posibilidad de disfrutar con una película que avanza con tal perfecta sincronización.

Sam Mendes, además de demostrar su dominio del lenguaje, nos ofrece algunas escenas especialmente memorables que se quedan en la retina como instantes de una calidad especial. Por ejemplo, toda la escena de la cafetería, con Michael y Maguire (Jude Law) cara a cara, está realmente conseguida. También es excelente la secuencia en que Michael liquida a John Rooney, bajo una lluvia implacable; Mendes decide eliminar el sonido, logrando un momento de curiosa belleza y contundencia. Finalmente, la escena del desenlace, en la casa de la playa, vuelve a demostrarnos la elegancia y el dominio de un director que nos vuelve a dejar claro su talento natural en su segundo largometraje.

Pero toda esta perfección técnica sería insuficiente sin un contenido igualmente interesante que completara y dignificara esa belleza formal. Y Camino a la perdición no nos defrauda tampoco en ese apartado, porque la historia no se limita a describir una venganza sin más, sino que es una profunda y honesta reflexión sobre ese extraño universo de la mafia y sus códigos del honor y las lealtades debidas.

Básicamente, la película se centra en la relaciones padre-hijo y sus implicaciones y consecuencias dentro de un universo tan peculiar como el de la mafia. Michael se lo debe todo a su jefe John Rooney, por lo que su lealtad hacia él es incuestionable. Y también John ve a Michael casi como otro hijo suyo. Sin embargo, cuando llega la hora de la verdad, cuando Michael pierda a su mujer y a su hijo menor y deba proteger la vida del mayor, será cuando se rebelen las verdaderas lealtades y aflore la fuerza de la sangre como la mayor fuente de lealtad posible. Y eso tanto en Michael como en John, pues éste, a pesar de reconocer la culpa y la incompetencia de su hijo Connor, desencadenante de todos loa acontecimientos, no podrá dejar de protegerlo y enfrentarse a Michael, muy a su pesar.

Y todo este mundo de lealtades, de miedos, de vergüenza, venganza y odio está retratado con una elegancia y una sobriedad admirables. Mendes nos muestra el universo más íntimo de los personajes pero con una contención admirable. No hay lugar a sentimentalismos baratos, y menos en el universo de la mafia, pero a la vez el director es capaz de retratar con maestría las encrucijadas en que se mueven los personajes y cómo han de seguir adelante por encima de todo.

Y para coronar todo este espléndido trabajo, Camino a la perdición nos regala un reparto casi perfecto. Tom Hanks nos vuelve a demostrar que es un actor impresionante. Si en sus comienzos se movía con soltura en el mundo de la comedia, hace ya tiempo que dejó claro que puede con cualquier papel. A Paul Newman no lo vamos a descubrir a estas alturas; su trabajo es sólido, directo y rotundo. Una vieja estrella demostrando que aún conoce su oficio, siendo nominado al Oscar como mejor secundario. Y además tenemos al asesino psicópata perfecto con un Jude Law genial. Su rostro aniñado, coronado por una mirada de hielo propia de un perturbado, componen un personaje que impone con su presencia inquietante desde su primera aparición. Tal vez el más flojo sea Tyler Hoechlin, al que se puede disculpar por su juventud.

Camino a la perdición va camino de convertirse en un clásico del género de gángsters. Sin duda es un film que irá ganando con el paso de los años gracias a su elegancia y un nivel tanto formal como argumental que no es ya muy habitual en estos días.

Con seis nominaciones, la película se llevó solamente un Oscar por la fotografía.


sábado, 28 de diciembre de 2013

El quinto hombre


Dirección: Yves Simoneau.
Guión: William Davies.
Música: Richard Gregoire y François Lamoureux.
Fotografía: Jonathan Freeman.
Reparto: Bill Pullman, Lena Olin, Colm Feore, Nicholas Lea, Peter Kent, Barbara Eve Harris, Michael Ironside.

Conor Gallagher (Bill Pullman), ex piloto de helicópteros del ejército, ha entrado en barrena, tanto a nivel profesional como personal. Tras resultar herido en una operación y lograr rehabilitarse, Conor recibe una nueva misión: deberá ser el guardaespaldas de una juez cuya vida está en peligro.

El quinto hombre (2001) es un thriller centrado en las fuerzas armadas pero que termina degenerando en un mero film de acción. Y no es que tenga algo en contra de los films de acción. Algunos son realmente buenos o, al menos, pueden ser un aceptable pasatiempo. El problema es cuando nos topamos con una mala película de acción. El resultado es entonces casi infumable. Y eso es lo que es El quinto hombre.

La película arranca con cierto interés, con una estética peculiar que al menos nos mantiene atentos en espera de ver por dónde va a evolucionar la película. Sin embargo, en cuanto se insinúa la trama de conspiración de los malos, descubrimos que la historia no es más que un camino de tópicos sin demasiada originalidad ni interés. Pero aún no termina ahí la cosa. Lo que era una trama de corrupción económica manejada por un perverso militar, acaba convirtiéndose en algo aún más rocambolesco: todo un rebuscado plan que incluye incluso el asesinato nada menos que del presidente de los Estados Unidos.

Llegados a este punto, el film ya es cualquier cosa menos interesante. Con un argumento tan absurdo ya no queda más que asistir a las típicas escenas de acción con los malos de turno persiguiendo a nuestro héroe y su chica, una atractiva pero increíble juez que no duda en meterse en todos los líos posibles en contra del más mínimo sentido común. Y como suele pasar en este tipo de films de serie B, el argumento se dedica a acumular tópicos en forma de situaciones previsibles y actuaciones de lo más absurdas por parte de los malos, que cuando pueden cargarse a Conor o a la juez se dedican a dejarlos con vida de un modo totalmente ridículo.

Como es de esperar, no nos tragamos en ningún momento el supuesto peligro que corren los protagonistas. Es del todo previsible que van a salir airosos, tras cargarse a cualquier villano que se les cruce por delante, tras las lógicas peripecias de turno, claro.

Si la historia es vulgar hasta la saciedad, el reparto tampoco es que consiga elevar el listón. Los malos resultan de cartón piedra: tipos mal encarados con cara de pocos amigos y mucho músculo y nada más, interpretaciones planas y sin interés. Pero lo peor es que uno tampoco termina de creerse a Bill Pullman en el papel de tipo duro. No es un papel para él, aunque se esfuerza en hacerlo bien, pero resulta del todo inverosímil. Lena Olin resulta atractiva, aunque también cueste un poco imaginarla como juez. Su labor es la de la típica mujer guapa que decore un poco la historia entre tanto rostro de matón y al tiempo aporte algo de romanticismo a la película, aunque incluso en ésto, en la historia de amor entre Conor y la juez, la película vuelva a abusar de tópicos y momentos sin brillantez. 

Así pues, El quinto hombre es una película definitivamente fallida. Se trata de una sucesión de momentos estereotipados, personajes vacíos y una intriga que no convence en absoluto. Un film tan pobre que en los Estados Unidos ni llegó a estrenarse en los cines, pasando directamente al mercado del vídeo.

Sin motivo aparente


Dirección: Bob Rafelson.
Guión: Christopher Canaan, Steve Barancik (Historia: Dashiell Hammett).
Música: Jeff Beal.
Fotografía: Juan Ruiz Anchia.
Reparto: Samuel L. Jackson, Milla Jovovich, Stellan Skarsgard, Doug Hutchinson, Joss Ackland, Grace Zabriskie.

A punto de tomarse unas vacaciones, el policía Jack Friar (Samuel L. Jackson) recibe la petición de una vecina de que busque a su hija de quince años, que al parecer se ha fugado con su novio. La mala suerte hace que Jack se tope de narices con una banda de ladrones que está a punto de robar un banco.

Sin motivo aparente (2002) es un thriller cuando menos curioso. Su interés reside en una historia de mala suerte, la de un policía que ayuda a la persona equivocada y se ve retenido como rehén por una banda de atracadores bastante peculiar. Sin embargo, el problema con el que nos encontramos en seguida es que el guión resulta bastante increíble, con lo que la historia no termina de engancharnos.

Y es que, para empezar, el argumento acumula una serie de acontecimientos del todo increíbles, como que una de las atracadoras libere al policía para que toque con ella una pieza musical. A partir de aquí, todo es un cúmulo de situaciones un tanto forzadas que vemos con cierto distanciamiento, pues es casi imposible que nos tomemos la película demasiado en serio.

Además, una vez que Friar es capturado, sabemos que el principal interés será esperar a ver como termina salvándose, pues es evidente que los malos no van a salirse con la suya. Así que casi todo se resume a ver si el guión es tan inteligente como para permitir un desenlace más o menos verosímil. Y de nuevo nos encontramos con una sucesión de amenazas que sabemos de antemano que no pasarán de ahí; Jack Friar no puede morir, así que tampoco nos asustan lo más mínimo. Cuando termina finalmente por salirse con la suya, la verdad es casi es indiferente si el guión hace que resulte plausible o no. Todo ha degenerado de tal manera que poco importa. Tal vez lo único que nos interesa ya es que la historia no se prolongue demasiado.

Por el contrario, la puesta en escena y la fotografía están bastante conseguidas. En este aspecto, la película tiene una factura muy bien cuidada. Del mismo modo que el reparto también es un elemento que se salva de la quema. Samuel L. Jackson es un buen actor y aporta una solidez a su personaje que le confiere carácter. Lástima que esté al servicio de una historia tan floja. Pero sin duda la sorpresa es Milla Jovovich, al menos para el público masculino, imagino. Que era una mujer muy guapa ya lo sabíamos, no hace falta más que mirarle a los ojos, pero aquí además despliega una sensualidad hipnotizadora. La escena en que el policía de enseña a tocar el violonchelo es dinamita pura. Lástima que los límites de la moralidad americana suelan impedir una relación demasiado íntima entre un negro y un blanco. Pero al menos queda ese juego de erotismo contenido en el que Milla demuestra que es una mujer de armas tomar. Y es que Erin, su personaje, es sin duda el más interesante de todos, dentro de un grupo de atracadores demasiado plano en cuanto a sus personalidades. Pero Erin es astuta y sabe explotar su indudable atractivo para manejarse en un peligroso laberinto de promesas e insinuaciones. Una mujer fatal realmente atractiva. De nuevo se echa de menos una historia de mayor calado en la que este personaje hubiera podido desarrollar todo su talento. El resto de actores cumplen con eficacia, cada uno en su registro, destacando la curiosa presencia de los dos ancianos, encarnados por Joss Ackland y Grace Zabriskie, si bien su personajes, como en general todos los del film, nunca terminan de estar del todo definidos.

Sin motivo aparente finalmente resulta demasiado previsible y sin una historia verdaderamente sólida como para funcionar convenientemente. Hacer un buen thriller requiere indudablemente contar con un guión sólido, sin ello nada se sostiene de un modo medianamente convincente. Y por aquí es precisamente por donde hace aguas esta historia.


miércoles, 25 de diciembre de 2013

Relaciones confidenciales


Dirección: Daniel Algrant.
Guión: Jon Robin Baitz.
Música: Terence Blanchard.
Fotografía: Peter Deming.
Reparto: Al Pacino, Kim Basinger, Téa Leoni, Ryan O'Neal, Richard Schiff, Sophie Dahl, Bill Nunn, Robert Klein, Mark Webber, Paulina Porizkova.

Eli Wurman (Al Pacino) es un maduro relaciones públicas que no está pasando por la mejor racha de su vida. Una noche, su único cliente, Cary Launer (Ryan O'Neal), un famoso actor de Hollywood, le pide que vaya a sacar de comisaría a una joven actriz de televisión. Lo que no sabe Eli es que ese sencillo trabajo se va a complicar cuando esa actriz sea asesinada en su habitación de hotel, siendo él el único testigo de ello.

No resulta sencillo hacer un balance de Relaciones confidenciales (2002). Por un lado, tiene el empaque y la solidez de un film serio, casi de autor. De hecho, el clima de la película así como la personal puesta en escena resultan muy expresivos y hasta agobiantes por momentos. Pero por otro lado, al final uno tiene la sensación de que todo este montaje se ha quedado en tierra de nadie, a medio camino de cualquier punto final.

Lo primero que llama la atención es el propio Al Pacino, que de nuevo parece repetir personaje, pues su Eli Wurman falto de sueño y alimentado con cóctel de pastillas y drogas resulta bastante familiar. Uno recuerda su papel en Insomnio (Christopher Nolan, 2002), por ejemplo, y termina llegando a la conclusión de que Pacino ha terminado encasillado en un mismo personaje o en una variación del mismo. Aún así, su trabajo es muy bueno. Resulta tan perfecto en su decrepitud que hasta llega a resultar agobiante. Lo mejor de todo es que no abusa de su caracterización, manteniéndose dentro de una contención que se agradece.

Sin embargo, la esencia de un thriller es su intriga, la trama y cómo evoluciona o afecta a la historia. Pero en Relaciones confidenciales la intriga no toma protagonismo en ningún instante, a pesar de que desde que aparece en escena uno no deja de esperar ver cómo se desarrolla este nuevo elemento argumental. Pero el guión la usa como simple marco, un decorado que está ahí pero que llega a desarrollarse convenientemente. Y es que lo que parece importar casi exclusivamente a Daniel Algrant es el retrato de Eli Wurman, su decadencia y cómo intenta sobrevivir en un mundo que por momentos lo supera. Es el retrato de un ocaso, del declive de alguien en su momento importante y que ahora se aferra a un pasado del todo caducado, cada vez con menos convicción y energía.

Si el trabajo de Al Pacino es muy bueno, tampoco se queda atrás Téa Leoni, muy convincente en su papel de joven actriz enganchada a las drogas y cuya presencia resulta muy atractiva. También Kim Basinger cumple con solvencia y demuestra que aún es una mujer sumamente atractiva. La película nos permite también volver a ver a Ryan O'Neal, un actor con una carrera no demasiado brillante.

A pesar del buen trabajo de Daniel Algrant, que crea una atmósfera muy lograda, la película termina perdiendo fuerza progresivamente, tal vez por no desarrollar ni el thriller ni el romance (la relación entre Eli y su cuñada (Kim Basinger) no pasa de un mero esbozo), y terminar repitiendo escenas de la decadencia y torpeza de Wurman que parecen no llevar a ninguna parte.

Cuando llega finalmente la hora del desenlace, la película se decanta por un final un tanto precipitado que, por otra parte, se adivina en cuanto Eli se decide a abandonar su triste decadencia por una vida tranquila con su cuñada en el sur; y es que esa esperanza contradice el tono pesimista de la historia y uno anticipa que el final feliz no va a ser parte de la función esta vez. En consonancia con el pobre protagonismo de la intriga en la película, el desenlace no resuelve nada sobre los manejos oscuros en que se ha visto metido Eli. Todo ello se quedará en el terreno de las suposiciones.



La Cenicienta



Dirección: Clyde Geronimi, Hamilton Luske, Wilfred Jackson.
Guión: William Peed, Ted Sears, Homer Brightman, Kenneth Anderson, Erdman Penner, Winston Hibler, Harry Reeves, Joe Rinaldi.
Música: Mack David, Jerry Livingston, Al Hoffman.

Cenicienta es una hermosa joven a la que su cruel madrastra obliga a ocuparse de todas las tareas de la casa, tratándola además tanto ella como sus dos hermanastras con absoluto desprecio.

La Cenicienta (1950) es uno más de la larga lista de films de animación de Walt Disney que tanto prestigio y tantos premios le reportaron. Siguiendo la línea de los largometrajes precedentes, la película aúna brillantemente unos dibujos rebosantes de calidad y de encanto con un argumento plagado de moralejas y adornado con una colección de números musicales maravillosos.

El argumento de La Cenicienta se basa en un cuento de homónimo de 1697 de Charles Perrault, que había recogido una de las muchas formas en que se había trasmitido un cuento cuyo origen se remonta a épocas muy anteriores.

La historia es bastante sencilla y viene a ensalzar el triunfo del amor y la recompensa a la bondad y la dulzura, en contraposición a la envidia, la maldad y la crueldad, personificadas en la madrastra y sus caprichosas hijas. Evidentemente, el argumento es demasiado esquemático e identifica de un modo excesivamente simplista la bondad con la belleza y el premio que obtiene Cenicienta no es nada menos que la mano de un apuesto príncipe. Todo demasiado perfecto tal vez. Sin embargo, no debemos olvidar que se trata de un cuento y además bastante antiguo, de la misma manera que el film data nada menos que de 1950, donde la pediatría y algunos críticos un tanto retorcidos aún no habían venido a satanizar los cuentos tradicionales.

Pero, por encima de estas consideraciones a cerca del mensaje y sus posibles consecuencias, está la impresionante genialidad de Disney a la hora de dar forma al cuento. Y es que los dibujos son de una belleza innegable, la animación es perfecta y el ritmo de la historia es fluido y mezcla con acierto los momentos graciosos con los más sombríos y amenazadores, amén de salpicar la historia con unos cuantos números musicales realmente espectaculares. El resultado es un film ameno, vivo, alegre, tierno y lleno de peligros también, lo que mantiene al público de cualquier edad entregado al espectáculo, debatiéndose entre el asombro, el miedo y la risa franca, sin un minuto de descanso.

Los personajes que pueblan la historia están perfectamente dibujados, nunca mejor dicho, a base de breves y precisas pinceladas que los definen de un solo golpe. No caben medias tintas ni complicaciones inútiles, todo es directo y preciso. Pero quizá los personajes que más se quedan en la memoria y por los que sentimos un afecto especial de inmediato, sean los ratones, verdaderas estrellas de la cinta. En general, uno de los grandes aciertos de rata película, y en general de los films de Disney, es la gran fuerza y encanto que ha sabido dar a los animales, con una humanización que aporta mucho juego a la historia. Al lado de los animales, los humanos son menos atractivos, sin duda.

La Cenicienta es uno de los mejores largometrajes Disney. El encanto y la belleza de la película ha resistido el paso del tiempo sin problema y aún hoy en día es un pequeño regalo que podemos darnos. Eso sí, hay que tener mirada de niño para poder disfrutarla sin prejuicios y sin miedos.

Sin control (Derailed)


Dirección: Mikael Hafström.
Guión: Stuart Beattie (Novela: James Siegel).
Música: Edward Shearmur.
Fotografía: Peter Biziou.
Reparto: Clive Owen, Jennifer Aniston, Vincent Cassel, RZA, Melissa George, Addison Timlin, Xzibit, Tom Conti, Giancarlo Esposito, David Morrissey, Georgina Chapman.

Charles Shine (Clive Owen) coge el tren de cercanías para ir a la ciudad a trabajar todos los días. Una mañana en que no tiene dinero para el billete, otra viajera, Lucinda Harris (Jennifer Aniston), una atractiva mujer, se lo paga. Al día siguiente se sientan juntos en el tren, lo que pronto es ya algo habitual. Charles no puede evitar sentirse atraído por Lucinda.

Sin control (2005) se apunta a la corriente de thrillers resultones que, aunque uno ha de confesar que no pasan de mero entretenimiento, funcionan correctamente y tienen un público bastante fiel que no suele cansarse de este tipo de propuestas, sabiendo que lo único que nos prometen es hacernos pasar un rato de tensión y emoción.

La verdad es que en este tipo de películas está casi todo dicho. Las historias suelen ser variaciones más o menos originales de un punto de partida común. En esta ocasión volvemos a encontrarnos con un hombre corriente que, por pura mala suerte, termina envuelto en un asunto que puede costarle todo lo que tiene. Lo acertado de Sin control es que se toma su tiempo para dibujarnos correctamente al protagonista, de modo que en seguida nos involucramos con él en toda la serie de desgracias que comienzan a sucederle y que parece que no van a tener fin. Además, Mikael Hafström sabe crear también un clima y una intensidad en el desarrollo de la película que nos mantienen en tensión durante la mayor parte de la misma.

Sin embargo, el problema principal de Sin control es que no se contenta con una historia más o menos ingeniosa (para otros será un argumento tramposo desde el principio), sino que al final intenta rizar el rizo y es ahí donde arruina todo el buen quehacer anterior, con un desenlace a todas luces inverosímil y tan rebuscado que nos deja con un mal sabor de boca, precisamente cuando más necesario resultaba rematar con elegancia un thriller que hasta entonces había llegado a convencernos. Es evidente, no obstante, que el guión juega un poco al escondite con el espectador, pero aceptamos de buen grado los trucos iniciales porque la historia resulta entretenida y nos mantiene en tensión con acierto.

Pero de nuevo asistimos a esos juegos extraños, trucos forzados y nada convincentes que parecen ser la norma últimamente. Como si la simplicidad fuera un pecado, como si no fuera suficiente con una intriga honesta y hubiera que buscar siempre algo más impactante, por retorcido, torpe y hasta previsible que resulte.

Clive Owen me parece un actor con una buena presencia y en esta ocasión su trabajo me parece del todo acertado, tanto cuando se ve superado por los acontecimientos como cuando, al final, decide tomar las riendas y resolver personalmente el conflicto. En ambos registros resulta más que convincente. Jennifer Aniston cambia al fin de registro, dejando la comedia para dar vida a una mujer fatal con un indudable atractivo y una variedad de registros que confirman que detrás de un hermoso rostro hay una sólida actriz. Completan el reparto un brutal y cínico Vincent Cassel, impresionante en su papel, y los raperos RZA y Xzibit, ambos desenvolviéndose con total soltura.

En definitiva, Sin control tiene sus luces y sus sombras. Funciona correctamente el noventa por ciento del tiempo, con un argumento que sabe sacar rendimiento de su intriga y un director que juega con acierto sus bazas; pero al final se deja llevar por el efectismo barato y retuerce el final hasta el absurdo. A pesar de todo, el resultado final, si disculpamos esos defectos que por desgracia parecen ser ya demasiado habituales, es un thriller entretenido.

Eva al desnudo


Dirección: Joseph L. Mankiewicz.
Guión: Joseph L. Mankiewicz.
Música: Alfred Newman.
Fotografía: Milton Krasner (B&N).
Reparto: Bette Davis, Anne Baxter, George Sanders, Celeste Holm, Gary Merrill, Hugh Marlowe, Gregory Ratoff, Barbara Bates, Marilyn Monroe, Thelma Ritter.

Eve Harrington (Anne Baxter) se apresta a recoger un prestigioso premio a la mejor interpretación teatral de la temporada. Sin embargo, hace unos pocos meses atrás, Eve no era más que una joven admiradora de la gran estrella del teatro Margo Channing (Bette Davis), de quién no se perdía una sola representación.

Eva al desnudo (1950) es uno de los títulos míticos del cine. Para muchos, es la mejor película de todos los tiempos. Lo que no cabe duda es que es la mejor a la hora de retratar el arribismo y la ambición desmesurada, escrita y dirigida por uno de los grandes del cine clásico, Joseph L. Mankiewicz, un genio de ese cine analítico dominado por una puesta en escena elegante, sobria y unos diálogos excepcionales.

Escrita por Mankiewicz a partir de un relato de Mary Orr titulado "The wisdom of Eve", la película está narrada utilizando el muy teatral recurso del flashback y la voz en off, recursos muy queridos por el director y que maneja aquí con una eficacia prodigiosa.

Mankiewicz despliega un guión poderoso y perfecto en el que irá desvelando poco a poco, con sutil destreza e inteligencia, la verdadera personalidad de una ambiciosa joven que aspira a hacerse un hueco en el mundo del teatro y que no duda en utilizar su inteligencia y sus engaños para conseguirlo, ocultándose en una falsa modestia y servilismo que en un primer momento logran engañar a casi todo su entorno. Este es sin duda uno de los pilares en que asienta esta sólida y ácida película, un guión soberbio que oculta la personalidad de Eve, engañando al espectador igual que a Eve engaña a Margo. Como ella, nosotros iremos conociendo la cara oculta de la servicial Eve lenta y dolorosamente.

La radiografía de la maldad de Eve es colosal, pero Mankiewicz aprovecha también para hacer un precioso retrato de los bastidores del mundo del teatro, con sus egos desmedidos y sus divas caprichosas, presas de histerias y miedos variados, como el miedo al fracaso, a envejecer o al olvido.

Y la magia de toda esta puesta en escena reside en gran parte en unos diálogos prodigiosos, precisos y certeros y de un nivel al que ya no estamos acostumbrados a disfrutar actualmente, por desgracia.

El otro pilar de este portentoso film es un reparto de lujo. De Bette Davis ya poco se puede decir. Esa mujer tenía un talento tal que su sola mirada era ya suficiente para trasmitirnos todo un mundo interior. Segura y carismática, su trabajo es de una riqueza asombrosa. Anne Baxter, su temible rival, está también perfecta, con sus dos caras totalmente convincentes; cuando ejerce de humilde y servicial es imposible no apiadarse de ella y ayudarla y cuando revela su verdadera cara, su mirada da miedo realmente. Completan el reparto actores de la talla de George Sanders, impecable como cínico y calculador crítico teatral; Celeste Holm, la refinada e ingenua esposa del escritor teatral, víctima también de las mentiras de Eve, y que aporta a su personaje ese glamour típico de la alta sociedad; o Thelma Ritter, encarnando a Birdie, la asistenta personal de Margo y la única que ve venir a Eve. Mencionar la breve aparición de Marilyn Monroe, en unos de sus primeros trabajos en el cine.

Eva al desnudo obtuvo nada menos que catorce nominaciones a los Oscars, un récord absoluto que aún no ha sido superado. Llevándose finalmente seis premios: mejor película, director (Joseph L. Mankiewicz), guión adaptado (Joseph L. Mankiewicz), vestuario, sonido y mejor actor secundario (George Sanders).

Sin duda, una de las cimas de ese cine clásico que se ha perdido para siempre, donde el drama se servía con elegancia e inteligencia y en donde asistimos a un análisis de la naturaleza humana sutil, profundo y muy acertado. Para disfrutar en silencio, como una ceremonia íntima y privada.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Valor de ley (True grit)


Dirección: Joel Coen y Ethan Coen.
Guión: Joel Coen y Ethan Coen (Novela: Charles Portis).
Música: Carter Burwell.
Fotografía: Roger Deakins.
Reparto: Jeff Bridges, Hailee Steinfeld, Matt Damon, Josh Brolin, Barry Pepper, Paul Rae, Ed Corbin, Domhnall Gleeson.

Tras el asesinato de su padre, la joven Mattie Ross (Hailee Steinfeld), de catorce años, acude a Fort Smith en busca de venganza. Allí le informan que el asesino de su padre, Tom Chaney (Josh Brolin), ha huido a territorio indio, por lo que decide contratar a un duro alguacil,  Rooster Cogburn (Jeff Bridges), para que capture a Chaney.

A primera vista, me resultaba sorprendente ver a los hermanos Coen haciendo un remake de un clásico del western. Y más sorprendido se queda uno al ver que esta versión apenas aporta nada a la de Henry Hathaway de 1969. Y es que este Valor de ley (2010) de los Coen calca hasta los diálogos más significativos del film con John Wayne. Aún así, los directores afirman que lo que querían era hacer una versión más fiel a la novela que inspira los dos largometrajes.

Y la verdad es que ya sin estas similitudes las comparaciones eran casi inevitables, es el problema de los remakes. Y la sombra de John Wayne y de Kim Darby es demasiado alargada además. Y es que puestos a comparar las actuaciones de Jeff Bridges y de la joven Hailee Steinfeld, ninguna resiste lo más mínimo el embate. Wayne llevaba a sus espaldas toda una carrera de duro vaquero, de manera que su trabajo en Valor de ley (1969) lo percibíamos como una evolución natural de su personaje. Su rudeza, su chulería, incluso su afición a la bebida resultaban del todo naturales. Jeff Bridges, sin hacer un mal trabajo, me daba la impresión de estar actuando constantemente con la imagen de Wayne en la mente; sus gestos, sus muecas y la manera de escupir sus diálogos parecían estar marcados por el modelo de The Duke. Kim Darby, a su vez, aportaba una determinación y una soltura a su personaje realmente perfectos; su Mattie resultaba encantadora y conectaba con fuerza con el espectador. No es el caso de Hailee, mucho menos carismática y más encorsetada. El único que sale beneficiado en la comparación es Matt Damon, un actor con mucha más fuerza que el La Boeuf de Hathaway, Glen Campbell. También los secundarios de la versión de 1969, donde destacaban Robert Duvall y Dennis Hopper, sacan mejor nota que los de este Valor de ley.

A nivel argumental, ambos films siguen un esquema similar, con pequeñas variaciones puntuales y con cierto aligeramiento de algunas escenas de transición en esta versión, lo que aporta a la película un ritmo ágil y una ausencia casi total de tiempos muertos. Sin embargo, ello tiene el inconveniente de que algunas escenas resultan algo precipitadas, lo mismo que algunos diálogos. También difieren ambas versiones en el desenlace, siendo mucho más sombrío en el caso de los Coen, a pesar de que en ésta La Boeuf sale con vida.

Pero la mayor diferencia entre ambos films reside quizá en que la versión de Hathaway apostaba más por aportar un tono de comedia a la historia. Curiosamente, los Coen, famosos por su fino sentido del humor, se decantan por un enfoque mucho más dramático, sin apenas concesiones.

Siguiendo también con lo que parece una costumbre en los films actuales, los Coen apuestan por llenar la película de pequeños detalles que intentan aportar verosimilitud a la puesta en escena, algo que se percibe claramente en algunos detalles algo escabrosos en alguna escena violenta. Aunque, de todos modos, comparado con otros trabajos de los directores, esta película resulta bastante blandita en este sentido.

Lo que no podemos negar es una puesta en escena muy cuidada, un buen ritmo y una fotografía espléndida. La banda sonora no me convenció tanto, sin embargo, pues detesto esas partituras un tanto empalagosas que están ahí, descaradamente, para intentar insuflar una grandeza artificial a algunas secuencias.

Si bien siempre es de agradecer la aparición en las pantallas de algún western que mantenga vivo un género para mí muy querido, hay que reconocer que este Valor de ley no va a dejar una huella imborrable en la historia del cine del Oeste. No es una mala película, ni mucho menos. Pero su corrección técnica no logra ocultar que en general es una película a la que le falta algo por dentro, llámesele inspiración o genio o sencillamente alma. Y es que uno termina de ver la película y reconoce que ha pasado un buen rato, pero en ningún momento se ha sentido conmovido por los personajes ni por la historia, y eso al final es lo que marca las diferencias.

Lo curioso del caso es que, tras ver el Valor de ley de los Coen, he aprendido a valorar mejor la versión de Henry Hathaway.

La película recibió nada menos que diez nominaciones a los Oscars.


domingo, 22 de diciembre de 2013

Flecha rota


Dirección: Delmer Daves.
Guión: Michael Blankfort (Novela: Elliott Arnold).
Música: Hugo Friedhofer.
Fotografía: Ernest Palmer.
Reparto: James Stewart, Jeff Chandler, Debra Paget, Will Geer, Jay Silverheels, Arthur Hunnicutt, Basil Ruysdael, Joyce Mackenzie, Chris Willow Bird, Argentina Brunetti.

Estamos en 1870, en Arizona. Los hombres blancos están en guerra contra los apaches, capitaneados por Cochise (Jeff Chandler), que defiende con uñas y dientes su territorio. Un día, mientras viajaba por territorio indio, Tom Jeffords (James Stewart), un ex capitán del ejército, encuentra a un joven indio herido y le salva la vida, siendo a su vez perdonado después por los apaches en virtud de esa acción. Tom comprende entonces que muchas de las ideas que los blancos tienen sobre los indios son falsas, fruto del odio de tantos años de lucha. Tom decide interceder ante Cochise en busca de paz.

Flecha rota es un western de 1950. En esa década el western clásico comienza a evolucionar hacia formas de expresión diferentes, enfoques novedosos y un tratamiento de los protagonistas también distinto. Y estos cambios son ya evidentes en este film. Hoy en día no nos sorprende la visión que se da en la película de los indios, su cultura y su nobleza. Pero en aquellos años era toda una novedad y hasta un atrevimiento romper una lanza por una raza que, hasta entonces, había sido la mala de la película. Y es que la historia, como sabemos, la escriben los vencedores.

Pero Michael Blankfort, partiendo de personajes y hechos históricos, aunque añadiendo las lógicas licencias creativas, empieza a mostrarnos las cosas desde una perspectiva más realista. Ni los indios eran los demonios sanguinarios que nos habían dibujado anteriormente, ni tampoco el hombre blanco estaba libre de pecado. De hecho, en Flecha rota queda claro que por parte de los indios el deseo de paz es real, pero el peligro a dicho anhelo reside en el hombre blanco, que ya ha engañado a los indios con anterioridad y también intenta en esta ocasión traicionar a Cochise. Para equilibrar un tanto la balanza, seguramente, el guión nos presenta a la facción apache liderada por Jerónimo como otros peligro para la paz.

Sin embargo, a pesar de la nobleza de su argumento, Flecha rota tiene también sus debilidades. Por un lado, y ésto es algo muy común de ciertos films que pretenden recrear un suceso histórico, el argumento de la película resulta demasiado impersonal y un tanto frío, además de terminar por alargar en exceso el metraje. Las idas y venidas de Tom al campamento indio, el relato de los avances en la consecución de la paz hacen que el guión se quede en un nivel más descriptivo que analítico, con lo que el relato pierde proximidad, emoción, dramatismo. Tal vez por ello es por lo que se incluye la historia de amor entre Tom y Sonseeahray (Debra Paget), completamente ficticia, pero que intenta aportar un poco de cercanía y emoción a la historia. Y es cierto que lo logra, y gracias a este romance tenemos algunos de los mejores momentos de la película, aún cuando uno adivina pronto que tendrá un final amargo. Las propias advertencias de Cochise sobre las dificultades de la futura pareja parecen anunciar el drama. Y es que por muy moderna que sea la visión que la película nos da de los apaches, es más saludable terminar pronto con el matrimonio mixto y utilizar ese drama personal, además, para incrementar la carga dramática del film, que dejar al matrimonio en la incertidumbre de un futuro lleno de dificultades.

Delmer Daves demuestra su oficio y resuelve el film con dinamismo y un ritmo adecuado. Sin embargo, a su trabajo le falta genio, instinto, fuerza. Tenemos una puesta en escena que funciona correctamente, pero que en ningún momento, ni en las escenas de acción, nos llega a impactar verdaderamente. Incluso a los diálogos, si bien están trabajados correctamente, les falta brillantez, ese punto que los eleva a una categoría superior.

En cuanto al reparto, sin duda lo mejor es la presencia de James Stewart, siempre una garantía de naturalidad y sencillez. También es gratificante contar con un rostro tan hermoso como el de Debra Paget, aunque cueste imaginar a una apache tan hermosa y tan cuidada. En cuanto a Jeff Chandler, el otro pilar de la película junto a Stewart, y a pesar de la nominación al Oscar por su trabajo, la verdad es que a mí no terminó de convencerme. Su hieratismo y sus buenos modales no me hacían verlo como un Cochise creíble y mucho menos como un indio temible. En cuanto al resto del reparto, la verdad es que carece de empaque: rostros absolutamente desconocidos, creando un conjunto un tanto inexpresivo.

La verdad es que, vista hoy en día, debemos valorar a Flecha rota por el novedoso y moderno enfoque sobre la nación india y la ocupación americana de sus tierras. Sin embargo, tanto a nivel argumental como de intensidad, la película se queda en un nivel intermedio, sin llegar a alcanzar la grandeza de otros westerns clásico o modernos. Es un film correcto, sin más.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Alta fidelidad


Dirección: Stephen Frears.
Guión: D.V. DeVicentis, Steve Pink, John Cusack, Scott Rosenberg (Novela: Nick Hornby).
Música: Howard Shore.
Fotografía: Seamus McGarvey.
Reparto: John Cusack, Jack Black, Iben Hjejle, Todd Louiso, Tim Robbins, Joan Cusack, Lili Taylor, Lisa Bonet, Sara Gilbert, Natasha Gregson Wagner, Catherine Zeta-Jones, Joelle Carter.

A Rob Gordon (John Cusack) lo acaba de dejar su novia Laura (Iben Hjejle). Una vez más. Y es que, según recuerda Rob, la historia de sus relaciones siempre termina de la misma manera. Pero esta ruptura parece afectarle más profundamente, llevándole a reflexionar sobre su vida amorosa desde su primer amor de la escuela hasta su situación actual.

Alta fidelidad (2000) es una comedia más sobre las relaciones amorosas. En el cine, el tema da muchísimo juego y las variantes sobre el mismo son casi infinitas. En este caso, a partir de la novela homónima de Nick Hornby, Alta fidelidad toma la forma de unas confesiones íntimas del protagonista en busca de sus propias señas de identidad con las mujeres. Este enfoque, con el protagonista confesándose directamente con los espectadores, nos remite directamente a Woody Allen y sus geniales comedias sentimentales, como Annie Hall (1977). Sin embargo, no vayamos más allá en las comparaciones.

La idea en la que se basa el argumento no es mala. Es más, la película arranca de una manera muy ágil, entrando directamente en materia, y con una frescura y unos toques de humor que nos sorprenden agradablemente. A medida que vamos conociendo a Rob (John Cusack), el treintañero protagonista de esta comedia, nos damos cuenta de que sus problemas con las mujeres, sus pifias, su egoísmo y su sensación total de despiste resultan del todo comprensibles y, en muchos casos, los espectadores podrán identificarse con algunas de sus interrogantes.  Desde este punto de vista, uno de los aciertos de Alta fidelidad es que trata las relaciones personales con bastante acierto, de manera que los problemas de Rob resultan del todo creíbles y cercanos.

Además, la película ofrece una selección impresionante de canciones y referencias musicales que si bien, para mí, muchas de ellas resultan bastante desconocidas, imagino que para los melómanos serán un plus muy apreciado.

Pero el problema principal de Alta fidelidad es que no consigue mantener las gratas perspectivas que anunciaban sus primeros veinte o treinta minutos. Una vez conocidos los personajes principales y planteadas las premisas argumentales, la historia comienza a perder frescura y empezamos a ver que no todas las expectativas se ven cumplidas. Para empezar, uno esperaba un análisis más serio de la relación de Rob y Laura (Iben Hjejle), que finalmente se queda en un enfoque un tanto superficial, donde no llegamos a entrar realmente en materia, lo que desperdicia un elemento que habría dado muchísimo juego y habría servido para dar más profundidad a la historia. Pero es que esta superficialidad, finalmente, se extiende a casi todas las situaciones y todos los personajes de Alta fidelidad. Cuando Rob intenta indagar en sus relaciones pasadas para entender lo que ha fallado, el resultado es totalmente banal y decepcionante. Se resuelven los encuentros con sus ex novias de una manera brusca y absurda. Pero es que en realidad, el guión no se detiene en analizar a ningún personaje con cierto rigor. Incluso el propio Rob se queda con tantas sombras como luces, y eso que es el personaje que ocupa el 100% de la historia.

Y esta superficialidad no está determinada por la falta de tiempo. Porque si algo tiene esta película es un extenso metraje. De hecho, creo que un poco menos de duración no le habría sentado mal a la película, teniendo en cuenta que desaprovecha gran parte del tiempo sin profundizar en los personajes  y sin lograr mantener tampoco el nivel de comicidad y frescura con la que había comenzado.

John Cusack es la estrella absoluta de la película. Él es el centro de un universo que se mueve a su alrededor. La verdad es que Cusack es un actor que me gusta. Me parece un prodigio de naturalidad y también un actor capaz de mostrar con absoluta credibilidad la más variada serie de registros. Sin ser uno de los mejores trabajos suyos, es verdad que Cusack confiere una gran dosis de verosimilitud a su personaje. Pero también deberíamos hacer un hueco aquí para destacar el trabajo de Jack Black, un actor un tanto encasillado pero con un talento innegable y que acapara la atención en cuanto aparece por la pantalla. En relación al elenco femenino, contamos aquí con la grata presencia de Iben Hjejle, actriz danesa del movimiento Dogma, y que realiza una muy convincente actuación. A su lado, rostros tan atractivos como los de Catherine Zeta-Jones o Joelle Carter, pero meramente decorativas. Tim Robbins aporta su granito de arena, sin bien su presencia tampoco pasa de la mera anécdota.

Finalmente, la conclusión a la que se llega es que Alta fidelidad es una comedia bastante original y con un potencial tremendo pero que, incomprensiblemente, se ha desaprovechado. La idea de analizar  su vida amorosa por parte del protagonista era la ocasión perfecta para ahondar en las relaciones humanas, para realizar un estudio introspectivo del personaje y para intentar comprender qué es lo que nos separa a hombres y mujeres a la hora de enfrentarnos a una relación sentimental seria. Todo un universo por explorar y por el que finalmente el guión pasa de puntillas. Una lástima, sin duda.




jueves, 19 de diciembre de 2013

Valor de ley



Dirección: Henry Hathaway.
Guión: Marguerite Roberts (Novela: Charles Portis).
Música: Elmer Bernstein.
Fotografía: Lucien Ballard.
Reparto: John Wayne, Glen Campbell, Kim Darby, Jeremy Slate, Jeff Corey, Robert Duvall, Dennis Hopper, Strother Martin.

Cuando su padre es asesinado a sangre fría, su joven hija Mattie Ross (Kim Darby) acude a Fort Smith en busca del asesino. Cuando le dicen que huyó a territorio indio, Mattie busca a quién pueda ir allí a apresarlo.

En 1969, cuando se rodó Valor de ley, el western era ya cosa del pasado. Quedaban algunos románticos, como Peckinpah, o aprovechados como Sergio Leone, intentando mantener viva la llama del género por diferentes caminos. Hathaway parece comprender los cambios que se están produciendo y nos ofrece un western que rompe con algunas normas de la época clásica.

La historia de Valor de ley, adaptación de una novela de éxito de los años sesenta de Charles Portis, es bastante sencilla: una jovencita bastante decidida y obstinada busca vengar la muerte de su padre y formará un curioso grupo con un agente de la ley borracho y tuerto, Rooster Cogburn (John Wayne) y un ranger de Texas, La Boeuf (Glen Campbell), que también persigue al hombre que mató al padre de Mattie por un asesinato cometido en Texas.

Quizá el principal defecto que le encuentro al film venga de este extraño e improbable argumento. Vale que la niña sea una cabezota, pero no resulta del todo creíble que un veterano y rudo marshall ceda a sus exigencias y acepte ir a capturar a un asesino y sus compinches con una niña de dieciseis años. Es un planteamiento bastante forzado y que Hathaway, muy hábilmente, intenta hacerlo pasar a base de humor. Y es que una de las características de Valor de ley es que, a pesar de plantear una historia seria, con no pocos cadáveres en el camino, incluído un ahorcamiento triple, el tono general que intenta dar a la historia el director es ligero, llenando la película de pequeños detalles cómicos que amueblen el devenir de la historia. No es una mala idea, teniendo en cuenta que sabemos desde el principio que entre el comienzo del film y su desenlace, cuando se ajusten todas las cuentas, no va a suceder gran cosa, salvo ver la evolución de la relación entre la chica y el viejo marshall. De ahí que unos toques de humor ayuden a hacer más llevadera esa parte central un tanto de transición, donde sabemos que nada trascendental va a suceder, y que, en manos de un director menos experimentado, corría el riesgo de hacerse interminable. Afotunadamente, Hathaway tiene tablas suficientes para salpicar la historia de detalles interesantes, algunas escenas de acción y un ritmo que mide con precisión los tiempos para que no de tiempo a que nos invada el aburrimiento.

Aún así, sigo pensando que el mayor lastre de Valor de ley es el guión. Algo que echo de menos, por ejemplo, es una mayor concreción de los malos de turno. Éstos tienen muy poca importancia en la trama, son una referencia que está ahí pero de un modo un tanto confuso y sin adquirir la entidad necesaria para que los valoremos como una amenaza a tener en cuenta. Incluso Tom Chaney (Jeff Corey), el asesino del padre de Mattie, es un personaje que más que odio despierta compasión, por su edad y decrepitud.

En cuanto a los protagonistas, podemos vislumbrar algunos signos de modernidad en el hecho de que Rooster Cogburn  tenga muy poco del héroe del western clásico. El personaje de John Wayne es un borracho maloliente y no parece un tipo muy de fiar. Tampoco el papel de Mattie cuadra muy bien con el que venía siendo el rol de las mujeres en la etapa dorada del género. En todo caso, otro detalle que no terminó de convencerme es que tanto el personaje de Wayne como el de Kim Darby están dibujados con un trazo demasiado grueso, rozando por momentos la caricatura.

John Wayne, a quién la industria nunca llegó a considerar como un gran actor, ganaría el Oscar por este trabajo. No quiero entrar a valorar si su interpretación aquí se merecía el premio o no, en todo caso, creo que sí merecía un reconocimiento por su dilatada carrera. Famosa fue la frase que dijo cuando supo que había ganado el Oscar: "si lo llego a saber hubiera interpretado a un personaje cojo, mudo o con el parche en el ojo mucho antes". Pero la que nos soprende para bien es también Kim Darby, con un trabajo lleno de convicción y hasta de encanto. Y eso que su personaje es un poco difícil y podría terminar llegando a caernos mal, pero el guión se cuida mucho de evitarlo y Kim también pone su grano de arena para hacer que Mattie termine por resultarnos simpática. Kim Darby, que había comenzado en el mundo de la televisión, no tuvo una exitosa carrera en el cine, a pesar de que su trabajo aquí recibió buenas críticas. Tras algunas apariciones más en el cine, terminó volviendo a la televisión, trabajando en numerosas series. Del resto del reparto, poco podemos decir. Ni Glen Campbell ni Jeff Corey me parecieron demasiado atinados para sus papeles. Y es verdad que contamos con la presencia de Robert Duvall y Dennis Hopper, pero con una aportación a la historia es bastente breve y no se les saca todo el partido que podría.

Valor de ley no figura entre mis westerns preferidos ni de lejos. Puede que sea víctima de la época en que fue rodada, cuando el género estaba un tanto perdido en busca de nuevas señas de identidad, lo que siempre casaba muy bien con un género donde siempre existieron unos conceptos muy marcados y que era dón de se movía con soltura. Queda para la historia por el detalle del Oscar de John Wayne.

La caza del Octubre Rojo



Dirección: John McTiernan.
Guión: Donald E. Stewart (Novela: Tom Clancy).
Música: Basil Poledouris.
Fotografía: Jan De Bont.
Reparto: Sean Connery, Alec Baldwin, Scott Glenn, Sam Neill, Tim Curry, Peter Firth, Stellan Skarsgård, Richard Jordan, Fred Dalton Thompson, Tomas Arana, James Earl Jones.

El Octubre Rojo es el último y más sofisticado submarino nuclear soviético, capaz de utilizar un sistema de propulsión que lo hace prácticamente indetectable. En el curso de unas maniobras, el Octubre Rojo cambia su rumbo hacia el Océano Atlántico. Los norteamericanos temen un ataque nuclear sorpresa.

Primera adaptación al cine de una novela de Tom Clancy, autor de best sellers ambientados en el mundo del espionaje, La caza del Octubre Rojo (1990) es un film tan ambicioso como fallido desde mi punto de vista.

En primer lugar, para que un film de intriga, como es el caso aquí, funcione, ha de contar con un buen argumento y eso es precisamente de lo carece La caza del Octubre Rojo. Por una parte, su propio reparto, con Sean Connery de estrella principal en la piel de Marko Ramius, el capitán desertor, ya nos da una ligera pista de que su empresa va a salir bien, algo que desmonta desde el principio la posible incertidumbre que pudiéramos tener sobre el desenlace de su plan.

Pero es que además, resulta bastante complidado aceptar el cúmulo de acontecimientos que plantea la película. Si ya cuesta creer que una tripulación planee una deserción en masa, aún más increíble es el supuesto juego del gato y el ratón que nos plantea Donald E. Stewart, con un submarino indetectable pero al que no pierden la pista ni los norteamericanos ni los rusos. Es más, cuando los americanos sospechan que puede tratarse de una deserción, uno no acaba de entender que no se pongan en contacto lo antes posible con el capitán ruso y aclaren todo de una vez. En su lugar, el guión sigue queriendo alargar la intriga de un modo absolutamente artificial e increíble, con cruces de mensajes morse y amenazas veladas que no engañan ni a un niño de diez años. Por si eso no fuera suficiente, el guión da entrada a un saboteador misterioso en el propio Octubre Rojo, a un capitán soviético paranóico, a unos ataques con misiles que no lo son, a una carrera suicida del submarino en el fondo del océano, etc, etc. Toda una acumulación de trucos, amagos y amenazas que sólo tienen la función de engañarnos, de intentar prolongar la intriga artificialmente, pues la premisa del principio que originaba la aventura del Octubre Rojo en realidad no daba para los más de ciento treinta minutos que dura esta estupidez.

Pero es que incluso los guionistas no son capaces de resistirse a la tentación de adornar la película con un par de americanadas; como poner a Jack Ryan (Alec Baldwin), un científico que no tiene ni idea de pilotar un submarino, manejando el Octubre Rojo bajo las atentas instrucciones de su astuto capitán. Y si astuto es el capitán Marko Ramius, no puede quedar duda alguna sobre la pericia de su colega americano, Bart Mancuso (Scott Glenn), que tendrá su oportunidad para demostrar sus habilidades también con el Octubre Rojo. Aquí, todos héroes.

Ahora sí, se trata de un film norteamericano, con lo que los medios están ahí para adornar el regalo con todas las cintas de colores imaginables.

Para empezar, tenemos a John McTiernan al frente del proyecto. McTiernan venía de lograr dos éxitos importantes, primero con Depredador (1987) y acto seguido con la exitosa La jungla de cristal (1988), lo que parecía augurar un nuevo bombazo de taquilla. Y McTiernan no defraudó, al menos en cuanto a recaudación. Su trabajo como director es eficaz, contando con lo que tiene entre manos. Busca crear un clima de tensión a lo largo de toda la película, sabe sacar partido de la tecnología con unas imágenes bajo el agua realmente buenas y consigue mantener cierta emoción a pesar de que el film es demasiado largo para lo que tiene que contarnos. McTiernan sabe qué es lo que debe hacer, y centra todo en la acción. De ahí que los personajes estén esbozados solamente con un par de pinceladas. De algunos no sabemos absolutamente nada, pero es que lo que importa es la intriga, la acción y el suspense, y en ello se centra el director. En el debe del director, el no ser capaz de resistirse a las típicas trampas para aumentar artificialmente la tensión o el tan manido recurso a pequeños detalles o frases que volver a utilizar en el momento oportuno como guiños al espectador (el miedo a volar de Ryan, el osito de peluche, la afición a la pesca de Ramius,....).

Además del director, La caza del Octubre Rojo cuenta con un reparto excelente. Para empezar, contamos con Sean Connery, cuya sola presencia ya es sinónimo de eficacia. Su personaje es un tanto plano, pero él sabe dotarlo de autoridad y fuerza, a la vez que su presencia garantiza el tirón en taquilla. A su lado, nombres como James Earl Jones, Sam Neill y un felizmente rescatado para la causa Richard Jordan, más conocido por sus papeles en televisión, y que moriría prematuramente en 1993. El personaje de Jack Ryan, el protagonista de las novelas de Clancy, está interpretado con solvencia por Alec Baldwin, entonces no muy popular aún y que con este trabajo vería como se hacía con un nombre en Hollywood.

Ejemplo de film ambicioso pero un tanto vacío, La caza del Octubre Rojo despertó una pequeña moda de films de submarinos, amén de conseguir recaudaciones suculentas. Además de todo lo dicho, como premio adicional, citar que como en todo film norteamericano con los rusos de por medio, la película no pierde la oportunidad de burlarse de los soviéticos, especialmente ejemplarizado con la figura de su embajador en Estados Unidos. Y es que nunca está de más dejar claro quienes son los buenos.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Déjà Vu



Dirección: Tony Scott.
Guión: Terry Rossio, Bill Marsilii.
Música: Harry Gregson-Williams.
Fotografía: Paul Cameron.
Reparto: Denzel Washington, Val Kilmer, Jim Caviezel, Paula Patton, Bruce Greenwood, Adam Goldberg, Elden Henson, Erika Alexander, Matt Craven.

Un ferry repleto de militares y sus familias estalla por los aires en  Nueva Orleans. El agente Doug Carlin (Denzel Washington) llega al lugar y empieza a realizar las primeras investigaciones, descubriendo que se trata de un atentado terrorista.

Recuerdo cuando era niño a un conocido de mi misma edad, sobre once años más o menos, que cuando veía algo que no le cuadraba, por exagerado, decía siempre "mucha película". Precisamente fue esta expresión la que me vino de pronto a la cabeza viendo Déjà Vu (2006). Ya tenía ciertas reticencias a la hora de ver la película una vez leído el resumen del argumento. Aunque, siendo sincero, no es tan mala como me temía, aunque la historia se las trae.

Déjà Vu arranca como un thriller más al uso: un terrible atentado, más de quinientas víctimas, contando inocentes niños rubitos y alegres madres, y una investigación que comienza en busca de respuestas. La introducción, salvando los tintes sentimentalistas, tiene ritmo y fuerza y pronto nos sentimos atrapados por la intriga y la presencia, una vez más poderosa y convincente, de Denzel Washington, una garantía en este tipo de papeles.

Sin embargo, pronto entramos en el meollo del asunto, cuando el agente Carlin pasa a formar parte de un equipo de investigación que recurre a un sofisticado sistema que les permite, según ellos, repasar lo que ha sucedido cuatro días atrás a partir de las filmaciones de los satélites. Si ya éste detalle sonaba a cuento chino, eso no es nada comparado con lo que se nos viene encima: Carlin descubre que no es exactamente eso lo que consigue hacer ese equipo de investigación; ha ido más allá y han logrado viajar en el tiempo. Entramos pues, y nunca mejor dicho, en una nueva dimensión de la película. El thriller se convierte en un film de ciencia-ficción y hemos de hacer acopio de toda nuestra capacidad de fantasía para seguir en el ajo sin partirnos de risa. Además, en Regreso al futuro (Robert Zemeckis, 1985), por ejemplo, la cuestión se planteaba más en broma que otra cosa, así que podíamos reirnos a gusto con una pelicula más o menos ingeniosa. Sin embargo, aquí se pretende convercernos de que ese invento es real. Lo más divertido de todo es escuchar las explicaciones, supuestamente científicas y serias, para convencernos de que es posible tamaño disparate. Cuanto más explican el procedimiento, más tenemos la sensación de que nos toman el pelo, a parte de que no nos enteramos de nada, claro está.

Y la verdad es que es una pena, proque sin recurrir a tanta complicación, el argumento podía ser interesante y, de hecho, hasta entonces nos había logrado mantener en vilo. Pero claro, sin esa trampa argumental no podríamos participar del delirante final que nos brinda Tont Scott, donde juega con nosotros como le da la gana con la libertad que le otorga el supuesto viaje al pasado del agente Carlin. Si ya en Hollywood suelen abusar de los finales trampa, con sorpresas de todos los colores, aquí lo tienen realmente fácil para hacer lo que les de la gana. Y es que si ya habíamos tragado con el viaje en el tiempo, primero de un papel y luego del polícia, es de preveer que los padres de esta cosa cuentan con que aceptemos cualquier final que nos propongan, feliz, eso sí.

Y como decía, es triste desperdiciar una intriga más o menos atractiva y, sobre todo, una muy buena puesta en escena con unas trampas argumentales tan idiotas. Y es que la película tiene buen ritmo; las escenas de acción son espectaculares, si bien ello no es sustento de nada, aunque ayuda en este tipo de films; la intriga es correcta, al menos hasta que la estropean; hay una dosis de ternura que funciona correctamente cuando Carlin se va enamorando progresivamente de la difunta Claire Kuchever (Paula Patton), en la línea de clásicos como Laura (Otto Preminger, 1944), salvando todas las distancias, claro está; el reparto funciona muy bien... Y es que, sinceramente, cualquiera que se trague el argumento, la verdad es que pasará un rato entretenido. El problema es tener que recurrir a todo este rollo espacio-temporal para poder hacer un thriller. La ciencia-ficción no debería ser un cajón de satre donde se meta cualquier tontería.

Corredor de fondo



Dirección: David Schwimmer.
Guión: Michael Ian Black, Simon Pegg.
Música: Alex Wurman.
Fotografía: Richard Greatrex.
Reparto: Simon Pegg, Thandie Newton, Hank Azaria, Dylan Moran, Harish Patel, India de Beaufort, Matthew Fenton, Simon Day, Ruth Sheen, Tyrone Huggins.

Dennis (Simon Pegg) sufre un ataque de pánico el día de su boda que le lleva a salir corriendo dejando plantada a su novia Libby (Thandie Newton), que además estaba embarazada. Cinco años después, Dennis aún se arrepiente de aquello y tiene esperanzas de poder volver con Libby y su hijo Jake (Matthew Fenton). Sin embargo, hay un problema: Whit (Hank Azaria), el nuevo novio de Libby, todo un triunfador.

Las comedias británicas se han ido ganando una buena reputación a pesar de la modestia con la que suelen estar realizadas. O quizá precisamente por esa modestia, que las hace más creíbles, más cercanas y hasta más entrañables. Corredor de fondo (2007) se inscribe dentro de estos films que no suelen armar mucho ruido de crítica ni en taquilla y que uno descubre por casualidad. Y al final uno agradece el descubrimiento, no por ser algo excepcional, sino por funcionar con pocos elementos y por su honesta falta de ambiciones.

Y es que nada en Corredor de fondo parece especialmente interesante. La historia de una pareja separada, con la aparición de un tercero en discordia, está muy vista. Tampoco en el desarrollo del argumento aparecen detalles novedosos que nos sorprendan o que nos hagan temer un cambio de rumbo a la hora del desenlace. Todo está previsto y se desarrolla como era de esperar. El final se anticipa casi desde el minuto uno. Y aquí reside el principal reproche que podemos hacerle a la película: todo transcurre dentro de la más estricta normalidad, no hay sorpresas, de ahí que anticipemos en todo momento el desarrollo argumental sin el mínimo tropiezo.

Y aún así, Corredor de fondo resulta más o menos agradable de ver por algunos pequeños detalles que se imponen a la normalidad argumental y salpican la historia. Por una parte, la película nos sorprende desde el principio con un humor muy fresco y que, salvo contadas excepciones, se mantiene dentro de unos límites aceptables, sin caer en chabacanerías o salidas de tono. Precisamente, cuando el director pretende ponerse serio es cuando, paradógicamente, la película pierde fuerza. Y es que, al contrario que en otras comedias, aquí es el tono ligero del comienzo, la burla sana y el hábil retrato de los personajes lo que nos sorprende y nos engancha. Pero cuando David Schwimmer, debutante con esta película, quiere ponerse más dramático es cuando la cosa deja de funcionar tan bien. Y lo hace porque el personaje de Dennis no necesita regenerarse, es así de patoso y así nos gusta; y además, la parte seria de la historia es la más previsible y trillada, cuando se puede adivinar en todo momento cómo va a terminar la historia.

También los diálogos resultan agradables y con un nivel de elaboración bastante considerable. No es que nos dejen maravillados, pero contribuyen a crear un buen ritmo y resultan de un nivel superior a lo que estamos acostumbrados.

El tercer pilar de Corredor de fondo es su protagonista, Simon Pegg, un actor que derrocha simpatía y naturalidad y con el que empatizamos desde el primer instante. Pegg logra resultarnos simpático a pesar de sus torpezas y defectos, que nunca llegan al punto de descalificarlo como persona. La única pega es contraponer a Pegg a Thandie Newton, una mujer que derrocha glamour y a la que nos cuesta ver como su pareja. Y el hecho de que Dennis tenga que competir con todo un triunfador como Whit también es complicado de creer. Pero por encima de estas consideraciones, lo cierto es que el reparto de la película es magnífico, con cada actor, por secundario que sea, ayudando a crear un universo muy convincente y con una actuaciones notables.

El desenlace, como anticipaba antes, así como la épica de la carrera de superación personal del protagonista, es lo menos destable de la película. Aquí el argumento entra en terrenos demasiado vistos y no aporta absolutamente nada, cayendo incluso en una ligera exageración que llega a resultar un tanto sonrojante. Incluso el momento cumbre de la llegada a la meta de Dennis, donde lo esperan su mujer y su hijo, es tan trivial que no llega ni a emocionarnos.

Recordándome en algunos detalles a la notable Full Monty (Peter Cattaneo, 1997), en cuanto al afán de superación y a la nulidad del protagonista, Corredor de fondo se queda no obstante un par de peldaños por debajo de aquella. La culpa, sin duda, por dejarse llevar por la normalidad más absoluta en cuanto a desarrollo de la historia, que hubiera ganado mucho si David Schwimmer se hubiera decantada más abiertamente por la vertiente cómica, dejando más de lado el dichoso final feliz, que condiciona el desarrollo de la película para mal.

martes, 17 de diciembre de 2013

Los impostores



Dirección: Ridley Scott.
Guión: Nicholas Griffin & Ted Griffin (Libro: Eric Garcia).
Música: Hans Zimmer.
Fotografía: John Mathieson.
Reparto: Nicolas Cage, Sam Rockwell, Alison Lohman, Bruce McGill, Bruce Altman, Melora Walters, Jenny O'Hara, Steve Eastin, Sheila Kelley, Tim Kelleher.

Roy (Nicolas Cage) es un experto en el arte de timar. Con su socio Frank (Sam Rockwell), se dedica a rentables timos telefónicos que le dejan importantes beneficios. Sin embargo, a nivel personal, su vida es un desastre: maniático compulsivo, vive completamente solo, sin relaciones personales, agoniado por los espacios abiertos, lleno de tics nerviosos y totalmente dependiente de su medicación.

Siendo el director Ridley Scott, uno se anima de inmediato a ver Los impostores (2003) en recuerdo de aquella maravillosa Alien, el octavo pasajero (1979), un hito dentro del cine de ciencia-ficción y de terror, además de otros buenos trabajos del señor Scott. Sin embargo, Los impostores no deja de ser un film menor, un pequeño divertimiento con su mensaje moral incluído.

El argumento gira en torno a un par de timadores pero, en contra de lo que podíamos suponer, la historia no se centra en el ejercicio de su profesión, sino en el personaje de Roy y sus problemas mentales: sus paranoias y sus miedos, y en cómo empezará a superarlos gracias al descubrimiento de que tiene una hija de catorce años, Angela (Alison Lohman), y al cambio que experimentará a medida que establezca vínculos afectivos con ella. Roy comenzará a superar sus manías en cuanto deja de centrarse en sí mismo y empieza a ocuparse de Angela. A su vez, el contacto con ella hace que se plantee sinceramente en qué se ha convertido su vida.

A pesar del buen tratamiento que hace Ridley Scott de los personjes, de su dominio de los tiempos, del cuidado de la puesta en escena y de una agradable banda sonora, a pesar también del buen reparto, Los impostores no terminó de convencerme.

Por un lado, el personaje de Nicolas Cage, aún estando tratado con elegancia y seriedad, es decir, sin hacer chistes fáciles con sus manías, me resultó excesivamente exagerado, con lo que me costaba bastante tomármelo en serio. Y como el argumento se centra en exclusiva en él y su relación con su hija, tenía la impresión de estar ante una historia sin demasiado interés y además un tanto presivible, pues se adivina la regeneración de Roy. Y entonces, de pronto, Scott le da un giro radical a la tortilla y nos sumerge en un final casi surrealista, en donde se descubre que nada era lo que parecía y que en realidad Roy había sido víctima de un timo colosal.

Por un lado, esa sorpresa final resulta del todo increíble, además de tramposa. Es cierto que no lo esperábamos, pero ello no quiere decir que el truco sea válido o que encaje con todo lo visto anteriormente. Y además, tampoco crea un valor añadido al desarrollo de la película. Se trata sencillamente de un vulgar truco. ¿Hubiera sido mejor hacernos partícipes del engaño mucho antes? Tal vez. De ese modo hubiéramos tenido un interés mayor por la historia y quizá el film hubiera ganado intensidad, más allá de las múltiples secuencias del padre con la un tanto cargante niña. Y es que uno de los defectos de Los impostores es que los protagonistas no terminan de caerme simpáticos. Él es un chiflado cargante que pude llegar a desesperarnos; ella, una sabidilla manipuladora que no se hace precisamente encantadora. Así que, personalmente, la historia de la relación de Angela y Roy no terminó de engancharme. Era como un barco que no iba a ningún puerto. Hasta el giro final, claro. El as en la manga del director. Un as que más que admiración me dejó un tanto estupefacto y un bastante decepcionado.

En cuanto a los actores, decir que el personaje de Roy le va como anillo al dedo a Nicolas Cage, un actor que tiende a la exageración a veces y que, en este caso, tiene un papel que agradece esos excesos. Su actuación es muy buena. Como también lo es la de Alison Lohman; independientemente de que su personaje me caiga mal, ella realiza un trabajo admirable, incluída su transformación en una atractiva mujer al final de la película.

Para rematar la historia, Scott cierra la película con un hermoso y conveniente final, cargado de buenas intenciones y donde vemos que Roy ha alcanzado la curación a sus manías gracias a un trabajo honrado que, además, le ha permitido formar una hermosa familia. Suena algo cursi, pero es que lo es.

domingo, 15 de diciembre de 2013

The Matador



Dirección: Richard Shepard.
Guión: Richard Shepard.
Música: Rolfe Kent.
Fotografía: David Tattersall.
Reparto: Pierce Brosnan, Greg Kinnear, Hope Davis, Phillip Baker Hall, Adam Scott, Dylan Baker.

Danny Wright (Greg Kinnear), un empresario de Denver, viaja a Ciudad de México para intentar cerrar un negocio que termine con una mala racha que dura ya tres años, justo el tiempo que hace que perdió a su hijo único en un accidente. La casualidad hace que conozca en el bar del hotel a Julian Noble (Pierce Brosnan), un curioso personaje que dice ser un asesino a sueldo.

The Matador (2005) es, cuando menos, un film curioso. En cuanto conocemos que uno de los protagonistas es un asesino a sueldo, nos esperamos un film dramático, sino un thriller. Sin embargo, pronto comprendemos que los tiros no van por ahí. Richard Shepard, que además de dirigir la película es también su guionista, nos va a llevar por otros derroteros. Y es que The Matador es, finalmente, una curiosa comedia de humor negro donde se analiza qué pasa cuando un asesino empieza a tener problemas personales que le impiden hacer bien su trabajo. La idea no es del todo mala y la manera de afrontarla, a base de tomarse la historia un poco de broma, resulta también bastante correcta. Quizá, bien mirado, es la única manera de intentar sacar adelante una trama que no resulta del todo creíble. Y es que el hecho que un asesino a sueldo confiese a un perfecto desconocido cuál es su profesión es de entrada algo bastante increíble.

Aún así, Shepard se empeña en hacernos lo más creíble posible tamaña premisa. A partir de ahí, y recurriendo a un pequeño truco argumental que añade algo de intriga al encuentro entre los protagonistas y que en realidad está bastante bien llevado, Shepard intenta hacer avanzar lo mejor posible la historia, aunque hay que reconocer que el argumento en realidad no da para mucho. De hecho, el film tiene una duración más bien escasa, lo cuál también es de agradecer, pues alargar en exceso esta historia no hubiera sido del todo inteligente.

El gran acierto del director es haber contado con la inestimable ayuda de Pierce Brosnan y Greg Kinnear para mantener a flote el film. Ambos establecen una buena relación en pantalla y dotan a su personajes de la credibilidad y el encanto necesarios para permitir que la broma funcione. Brosnan está bastante bien, bordeando a veces la sobreactuacìón, pero con ese carisma especial que le otorga su atractivo personal y sus tablas para la comedia. Kinnear, a su vez, consigue componer al típico americano medio un tanto bobalicón pero honrado y sensato, personaje con el que en seguida empatizamos. La química entre ambos y con los espectadores permite que la historia se mantenga con dignidad a pesar de lo absurdo de muchas situaciones.

Al final, el argumento da un giro un tanto curioso que, aunque un tanto improbable, terminamos por aceptar con agrado; giro que además logra componer un final bastante decente que nos deja con una buena sensación; todos los problemas se solucionan: Julian salva el tipo y Danny, una vez conservada su integridad en México, devuelve el favor salvándole la vida a su amigo.

Si el film se sustenta principalmente por la labor de sus dos protagonistas, tampoco sería justo olvidarnos del buen trabajo de Richard Shepard en la dirección. La verdad es que sabe lidiar con el argumento y le saca bastante partido con un trabajo tras la cámara sencillo pero eficaz, ofreciendo algunos planos bastante buenos y logrando que el ritmo se mantenga en todo instante. Especialmente lograda es la escena en la plaza de toros, cuando Julian intenta demostrarle a su amigo Danny cómo realiza su trabajo.

The Matador no tuvo demasiado éxito en taquilla, lo cuál es del todo comprensible. Y es que a pesar de resultar un film curioso y entretenido, uno no puede dejar de tener la impresión que se trata de una historia menor, con personajes un tanto inverosímiles y que no pasa de ser una modesta comedia que no dejará en nosotros mucha huella.

Spencer Tracy



Descubrir a Spencer Tracy es descubrir a un actor especial, dotado con un talento único. A primera vista puede que no llame la atención y en eso reside precisamente su gran talento: Spencer Tracy es la naturalidad personificada. Es capaz de permanecer impasible delante de la cámara, en un primer plano de varios segundos y al mismo tiempo nos está expresando algo. ¿Como lo consigue?

Spencer Tracy nació el cinco de abril de 1900 en Milwaukee y era el segundo hijo de un matrimonio católico de origen irlandés. El hecho de ser educado y pertener a la iglesia católica será un elemento fundamental en la vida de Spencer.

Fue un niño travieso al que expulsaron de varios colegios hasta que, decidido a ser sacerdote, comenzó a reconducir su comportamiento. A los diecisiete años, junto a su amigo Pat O'Brien, también de Milwaukee, de origen irlandés y futuro actor, se alista en la Marina con la intención de participar en la Primera Guerra Mundial, aunque la guerra se acabará antes de que puedan entrar en combate.

De regreso a su casa, comienza a hacer sus pinitos como actor teatral mientras estudia en la universidad, hasta que decide marcharse a Nueva York, de nuevo en compañía de O'Brien, para seguir estudios de interpretación en la Academia de Arte Dramático de la ciudad. En Nueva York también, en el año 1923, se casará con Luise Treadwell.

Poco a poco, Tracy se va abriendo camino en Broadway, donde logra triunfar y donde es descubierto por John Ford mientras interpretaba la obra de teatro The last mile. Comienza así a trabajar en el cine, debutando con Ford en 1930 con el film Río arriba. Será en 1935 cuando firme un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer, compañía en la permanecerá durante casi toda su carrera.

En estos primeros años, Spencer Tracy va cimentando su reputación con participaciones en films dirigidos por los mejores directores de la época, como Mi chica y yo (Raoul Walsh, 1932), Veinte mil años en Sing Sing (Michael Curtiz, 1932) o Furia (Fritz Lang, 1936), donde Tracy de muestra su gran versatilidad interpretando a un hombre que pasa de ser la bondad personificada a convertirse en un hombre lleno de odio que busca desesperadamente vengarse de aquellos que lo quisieron linchar. De 1936 también es la película San Francisco (W.S. Van Dyke), por la que recibirá la primera candidatura como mejor actor.

Pero, a pesar de esa gran interpretación, la cumbre la alcanzará al año siguiente con su papel del entrañable Manuel, un pescador portugués que cuidará y educará a un caprichoso niño rico en Capitanes intrépidos (Victor Fleming), papel por el que se llevó su primer Oscar. Por si quedara alguna duda de su talento, Tracy repitió premio al año siguiente con Forja de hombres (Norman Taurog), donde interpreta al famoso padre Flanagan, el creador de la Ciudad de los Muchachos. Fueron los dos únicos Oscars que ganó durante su larga carrera de un total de nueve nominaciones.

Serán estos papeles los que crearán esa imagen de hombre bueno y sencillo con la que identificamos a Spencer Tracy y por los que ha pasado sin duda a la historia del cine. Pero Tracy era mucho más que eso. Lo demostró, como decíamos antes, en Furia y lo hará en otros muchos papeles, pues en su dilatada carrera llegó a encarnar desde un gánster a un alcalde o un sacerdote.

Si los años treinta fueron vertiginosos en cuanto a trabajo y cimentó en ellos su reputación de gran actor, en los cuarenta Tracy siguió en la cresta de la ola con trabajos como Edison, el hombre (Clarence Brown, 1940), Paso al noroeste (Henry King, 1940) o El extraño caso del Dr. Jeckyll (Victor Fleming, 1941). Pero esta década también marcó su vida y su carrera al conocer en 1942 al gran amor de su vida, la actriz Katharine Hepburn, en el rodaje de La mujer del año (George Stevens, 1942), una comedia centrada en la lucha de sexos. Será la primera de las nueve que películas que ruedan juntos y el comienzo de una larga y un tanto agitada relación. Es célebre el hecho de que ambos jamás llegaron a consolidar su relación por medio del matrimonio a causa de las firmes creencias religiosas de Tracy, que le impieron divorciarse de su esposa a pesar de estar profundamente enamorado de Katharine.

En esta década repitió con la actriz en Llama sagrada (George Cukor, 1942), Sin amor (Harold S. Bucquet, 1945), Mar de hierba (Elia Kazan, 1947), El estado de la Unión (Frank Capra, 1948) y La costilla de Adán (George Cukor, 1949), famosa comedia de tintes feministas en la que se vuelve al tema de la lucha de sexos entre un matrimonio de abogados.

Tracy comienza la nueva década con un gran éxito de crítica y de público: El padre de la novia (Vincente Minnelli, 1950), comedia blandita sobre las tribulaciones de un padre ante la boda de su hija, interpretada por una hermosa Elizabeth Taylor. Spencer Tracy recibió por su interpretación una nominación al Oscar. La buena acogida de la película lleva a filmar al año siguiente El padre es abuelo (Vicente Minnelli), donde repiten los protagonistas esta vez con el nacimiento de un nieto como núcleo de la historia.

Tras rodar en 1954 el western Lanza rota a las órdenes de Edward Dmytryk, Tracy es de nuevo nominado como mejor actor por Conspiración de silencio (John Sturges, 1955), un intenso drama rural donde Tracy vuelve a brillar con luz propia. En 1958, Tracy vuelve a trabajar con John Ford en El último hurra, un buen drama político con el actor en la piel de un veterano y honrado alcalde que ha de hacer frente a los manejos de las fuerzas vivas de la ciudad. También de este año es la adaptación de la novela de Ernest Hemingway El viejo y el mar (John Sturges), por la que vuelve a ser nominado al Oscar.

La década de los años sesenta será la de sus últimos trabajos. Son sus cinco últimas películas, cuatro de las cuales las rueda a las órdenes de Stanley Kramer: La herencia del viento (1960), basada en un caso real sobre el juicio a un profesor por enseñar la teoría de la evolución de las especies, ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg) (1961), por la que volvería a ser nominado al Oscar, El mundo está loco, loco, loco (1963), una alocada comedia, y Adivina quién viene esta noche (1967), sobre los prejuicios raciales y por la que de nuevo el actor sería nominado al Oscar.

En medio de estos trabajos con Kramer, Tracy trabajaría con Mervyn LeRoy en El diablo a las cuatro (1961), film de aventuras que anuncia el subgénero de catástrofes que invadirá las pantallas en los setenta.

Poco después de terminar el rodaje de Adivina quién viene esta noche, Spencer Tracy moriría de un ataque al corazón. Era el diez de junio de 1967 y tenía sesenta y siete años de edad.

Spencer Tracy no tenía un carácter fácil. Además de sus firmes convicciones católicas, que hicieron que permaneciera casado toda su vida con Louise Treadwell, con quién tuvo dos hijos, a pesar de su que estaba profundamente enamorado de Katharine Hepburn, Tracy también era alcohólico. Sin embargo, la imagen que nos ha trasmitido a lo largo de su carrera es la de un hombre honrado y de firmes principios. Siempre le hemos visto defender causas justas, como la de la igualdad de sexos (La mujer del año) o de razas (Adivina quién viene esta noche), o encarnar a personas esencialmente buenas, como su Manuel de Capitanes intrépidos o el alcalde de El último hurra. Spencer Tracy siempre estaba del lado de la verdad y del sentido común (¿Vencedores o vencidos?, La herencia del viento), pero también supo encarnar con absoluta credibilidad al americano medio, fiel esposo y honrado ciudadano, preocupado por los asuntos domésticos de la misma manera que millones de hombres en todo el mundo, como demostró en El padre de la novia o en El padre es abuelo.

Con el paso de los años, conforme se iba haciendo mayor, su pelo blanco y sus arrugas nos daban la imagen de un abuelo cariñoso y comprensivo, o de un luchador que se niega a rendirse a pesar de que sus fuerzas flaqueen.

Spencer Tracy se queda lejos de la imagen de glamour y fuerza que desprendían otros actores del Hollywood clásico, del famoso star system, término que no parece cuadrarle muy bien, a pesar de ser uno de los actores de más talento de la historia del cine. Su fuerza provenía de su interior, de los valores que supo encarnar como nadie y trasmitir con absoluta naturalidad. Su fuerza es la de alguien cercano, pero excepcional, la de un luchador inquebrantable pero con sus flaquezas y sus limitaciones de ciudadano corriente, de persona con sus miedos y sus dudas.

Si tuviera que quedarme con una sola escena de su extensa carrera, algo que resumiera su talento y lo que representó para millones de espectadores, me quedaría con el discurso con el que se cierra Adivina quién viene esta noche, todo una demostración de su talento y su naturalidad, de la fuerza de unas convicciones y del intenso amor de toda una vida; un discurso capaz de emocionarnos desde la sencillez más absoluta. Esa sola escena resume y justifica toda una carrera de un actor excepcional.