El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

sábado, 27 de noviembre de 2010

El club de los emperadores


Ya desde el título mismo esta película nos remite a El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989). Grave error. Salvo el hecho de desarrollarse la acción en sendos colegios de élite, ambos films poco tienen en común y El club de los emperadores (Michael Hoffman, 2002) sale perdiendo ante cualquier mínima comparación.

William Hundert (Kevin Kline) es un profesor ya maduro que ha sido invitado a un lujoso hotel donde tendrá lugar una reunión de antiguos alumnos suyos del colegio St. Benedict. Allí va a encontrarse de nuevo con Sedgewick Bell (Emile Hirsch), alumno suyo en los años setenta, hijo de un senador, al que no había podido inculcar el sentido del deber y del honor mientras fue su pupilo.

El club de los emperadores comienza de manera prometedora, con el tono nostálgico de quién evoca tiempos pasados y una puesta en escena impecable en cuanto a fotografía, ambientación y vestuario. La referencia, en el primer día de clase, a un antiguo caudillo olvidado por los libros de historia parece prometer una película exquisita, culta y apasionante. Pero pronto comienzan a pasar los minutos sin que nada verdaderamente interesante suceda. En ningún instante he podido, al menos durante la primera hora larga de película, meterme de lleno en la historia, que pasaba de largo como con una alarmante falta de fuerza. Hasta la interpretación de Kline parecía demasiado estudiada, sin naturalidad. Era la forma devorando el contenido.

El guión es bastante previsible, con lo que no tenemos sorpresas que nos mantengan alerta, a lo que se suma un repertorio de personajes demasiado vistos; desde el buen profesor desvelado por inculcar algo más que conocimientos a sus alumnos hasta el niño mimado rebelde y su influyente padre, senador por Virginia (Harris Yulin), prepotente y que no tiene tiempo para ocuparse de su hijo; lo que les da más el carácter de prototipos más que de personajes realmente profundos y trabajados.

Tampoco la duración un tanto excesiva para lo que realmente se cuenta, 107 minutos, ayuda a sobrellevar la película. Afortunadamente, la parte final de la historia consigue despertar algo más nuestro interés. Por un lado, gracias a que el alumno díscolo sigue siéndolo de mayor, con lo que se evita caer en el mensaje edificante y empalagoso de turno (algo de lo que no nos libramos finalmente del todo, pero que queda en parte compensado con el buen criterio realista de ver al poderoso comportarse como pensamos que se comportan habitualmente). Por otra parte, el final encierra los momentos más emotivos, con lo no es difícil que la historia gane en intensidad. Es verdad, también, que el tono es un tanto empalagoso y quizá se alarga en exceso el desenlace, un poco en la tónica cansina de toda la película.

Quizá en manos de otro director, El club de los emperadores hubiera tenido algo más de sangre en sus venas, quizá. Pero creo que el problema principal reside en el guión, que se queda en la superficie de las cosas, se remite siempre a estereotipos y prefiere agarrarse a lo sencillo antes de arriesgar. El resultado es un film correcto pero sin garra, previsible y que no dejará realmente una huella profunda en nosotros, a pesar de sus innegables buenas intenciones.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Los jueves, milagro



Los jueves, milagro (Luis García Berlanga, 1957) es una película bastante sorprendente; y la sorpresa proviene en que, más que una obra unitaria, se trata de dos argumentos unidos toscamente y de los que sale un film extraño y hasta cierto punto contradictorio.

Fuentecilla es un pequeño pueblo que ha vivido, años atrás, una cierta prosperidad merced a su balneario de aguas curativas. Pero en la actualidad ya casi nadie acude allí y el pueblo se hunde sin visitantes. Entonces, el alcalde, el médico, el maestro, el farmaceútico, el dueño del balneario y un terrateniente, las fuerzas vivas del pueblo, deciden organizar un milagro que vuelva a traer gente al pueblo y, con ello, dinero y prosperidad para sus vidas.

La película arranca con el sello inconfundible del cine de Berlanga de la época: una comedia a base de trazos más bien gruesos y un humor directo y disparatado, donde el director vuelve a la carga con su temática habitual, como es un desolador retrato de la España de la época, miserable, ignorante, atrasada y apegada a unas costumbres y tradiciones que la anclan en el pasado. Al tiempo, hace una crítica de los poderosos, presentándolos como manipuladores del pueblo en busca de su propio beneficio, sin reparar en nada, ni siquiera en lo más sagrado, con tal de salirse con la suya.

Con un reparto clásico del cine de Berlanga, donde destacan Pepe Isbert, José Luis López Vázquez y el genial Manuel Alexandre, para mi el mejor con diferencia, y algunas aportaciones extranjeras, como Richard Basehart o Paolo Stoppa, Los jueves, milagro repite el estilo de Bienvenido Mister Marshall (1952), pero aquí el guión ya no es tan brillante y el argumento se queda un peldaño por debajo y con un aire de repetición de la fórmula anterior que no le beneficia demasiado.

Pero el verdadero problema de la película viene a partir de la mitad de la misma, cuando entra en escena el personaje interpretado por Basehart. De pronto, desaparece la crítica y la ironía y la película comienza a oler a algo muy distinto. El cuento sarcástico pasa a ser una obra moralizante, con aparición incluida, que choca abiertamente con el arranque de la película. El final es, como mínimo, ridículo. La explicación parece estar en que en medio del proyecto se hace cargo del mismo una productora vinculada al Opus Dei que se dedica a reorientar el mensaje del film de acuerdo con sus particulares creencias. De esta manera, Los jueves, milagro termina siendo una obra extraña, sin unidad argumental y carente de la personalidad con que Berlanga dotaba a sus films por aquel entonces.

Así pues, la película se encuentra bastante lejos de las mejores obras del director. Contiene algunos de sus toques característicos, pero es complicado poder valorarla en su conjunto y, además, en este caso el peso de la censura es tremendo. Aún así, la primera parte de la película tampoco es sobresaliente: un humor demasiado grueso, clichés ya muy vistos, personajes estereotipados, diálogos flojos y un desarrollo sin nervio la mantienen a un nivel no muy alto.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El apartamento


C.C. Baxter (Jack Lemmon) es un gris empleado de una gran compañía de seguros al que sus jefes, so pretexto de un ascenso, le tienen acaparado el apartamento donde vive para utilizarlo en sus citas extraconyugales. Atrapado en esta situación, que le molesta pero al tiempo le conviene profesionalmente, para Baxter el asunto se complica un poco más cuando uno de los jefazos de la compañía, Sheldrake (Fred MacMurray), se entera del "préstamo" del apartamento y decide entrar él también en el asunto. El problema es que la amante de Sheldrake es la señorita Fran Kubelik (Shirley MacLaine), ascensorista de la compañía de quién está enamorado en secreto el bueno de Baxter.

El apartamento (1960) es, para muchos, la obra maestra de Billy Wilder. Si bien es complicado quedarse con una sola de las muchas obras maestras del director, no cabe duda que ésta es una de sus obras más perfectas, tal vez por abarcar varios géneros bajo la apariencia sencilla de una comedia y por mostrar una ácida crítica del capitalismo y de la sociedad americana. Y todo ello sin perder la ternura y una gran dosis de romanticismo como telón de fondo.

Wilder se inspiró en un detalle de la maravillosa Breve encuentro (1945) de David Lean para dar forma a El apartamento. El problema era el tema que trataba, un tanto escabroso para la época, por lo que la película tuvo que aguardar unos años hasta que la historia de continuos adulterios que está en la base del argumento pudiera rodarse libremente, sin la amenaza de la censura. Junto a este delicado asunto, Wilder también pasa revista a las relaciones laborales, poniendo en tela de juicio algunos métodos de ascenso profesional. La inmoralidad del progreso de Baxter en la empresa es palpable, como bien se remarca en la propia película cuando el compañero de Baxter le recuerda que lleva el doble de años en la compañía que él y no lo han ascendido. Sin embargo, Baxter no se nos presenta como un aprovechado, sino como una víctima, una buena persona atrapada en una situación de la que no sabe escapar, aún deseándolo.

Pero lo genial de esta película es que Wilder, en colaboración con su inseparable I. A. L. Diamond en el guión, logra dar profundidad a cada uno de los temas que aborda en ella. De esta manera, El apartamento sobrepasa el marco de la comedia, en que indudablemente se inscribe, para adentrarse a la vez en el drama, la crítica social y en la comedia romántica. Y a la vez que divertida, por momentos, es una obra cargada de una profunda amargura que nos va calando lentamente hasta ponernos un nudo en la garganta. Ni siquiera el final feliz, que suena un poco forzado y hasta parece como si el director lo pusiera ahí sin desplegarlo plenamente (la pareja no se besa ni se promete amor eterno, tan sólo se limitan a retomar una partida de cartas), nos llega realmente a consolar de la tremenda soledad de Baxter, enamorado sin ser correspondido, y tomado siempre por quién no es, como si su vida auténtica sólo pudiera ser la falsa.

Por otra parte, el reparto es otro de los grandes aciertos de la película. Jack Lemmon está perfecto realmente en su papel de pobre hombre gris sin carácter y Shirley MacLaine, tal vez en el mejor papel de su carrera, está verdaderamente sobresaliente, con un encanto natural fascinante. El resto del reparto tampoco se queda atrás, desde el crápula encarnado por un convincente MacMurray hasta el simpático y moralista doctor interpretado por Jack Kruschen.

Con una espléndida fotografía en blanco y negro y una deliciosa partitura, El apartamento fue nominada a diez Oscars, logrando el premio finalmente en cinco categorías: mejor película, mejor director, mejor guión, mejor dirección artística y mejor montaje.

El apartamento nos puede recordar a La tentación vive arriba (Billy Wilder, 1955), pero mucho más triste, y también, porque no, a La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925), que era uno de los films predilectos de Wilder. En todo caso, es una obra maestra difícil de encuadrar en un género concreto, una película llena de detalles sorprendentes, indispensables, como la baraja, el sombrero, una raqueta de tenis o un fideo, y una llave, naturalmente; una película rebosante de ternura y de amargura a la vez, es decir, de vida, que nos atrapa primero por el lado gracioso y ligero y nos seduce después, al girar al drama y a la amargura, sin que podamos resistirnos. Y disfrutamos casi por igual de la risa que del llanto. Increíble.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Annie Hall



Annie Hall (1977) es, a pesar del tiempo transcurrido y de la prodigiosa producción del director, la mejor película de Woody Allen con diferencia. Supuso el reconocimiento de Allen como un gran talento, no sólo para la comedia, sino también como autor capaz de abordar temas más profundos en lo que fue un cambio notable en el estilo de películas del artista.

Alvy Singer (Woody Allen) es un cómico que, a sus cuarenta años, hace un repaso de su vida y, en especial, de su relación con Annie Hall (Diane Keaton), su gran amor con el que, desgraciadamente, a roto ya hace un tiempo.

Pensada en un primer momento como una película al estilo de las protagonizadas por Katharine Hepburn y Spencer Tracy, el guión de Annie Hall (escrito por Allen y por Marshall Brickman, pareja que repetiría en Manhattan) se fue puliendo progresivamente hasta quedar centrado en las relaciones de pareja. La película, con un enfoque decididamente cómico, rompe sin embargo con la línea anterior del director (Toma el dinero y corre, Bananas, El dormilón) y da paso a una etapa que irá haciéndose más seria y más intimista. Pero Annie Hall es, para mí, la cumbre en la carrera de Allen, el equilibrio perfecto entre un film divertido, plagado de chistes brillantes y diálogos ingeniosos, y las reflexiones más trascendentes sobre la vida, el amor, las relaciones humanas, la religión y la muerte. 


Lo primero que llama la atención y sorprende es el estilo tan original que tiene Woody Allen de contarnos una historia de amor como tantas otras que se han filmado a lo largo de la historia del cine. Allen parte de un esquema totalmente libre donde todo es posible y hace que los retrocesos en el tiempo, los monólogos, los paréntesis en el relato, los dibujos animados, las historias dentro de la misma historia, etc encuentren su sitio perfecto y enriquezcan el relato y dinamicen el desarrollo de manera prodigiosa y genial.

Por otro lado, el humor está presente en cada momento de la película con frases ingeniosas y es siempre fresco, agudo y muy oportuno. Hay escenas que se han quedado en mi memoria y son ya parte de esa colección de recuerdos cinematográficos maravillosos que todos vamos atesorando con el tiempo. A diferencia de otras películas, también del propio Woody Allen, los chistes y las ironías que pueblan la película no resultan jamás excesivas o forzadas; están ahí de manera natural, son una parte necesaria para el todo, aligeran el dramatismo que encierra el argumento y nos ayudan a relativizar los malos momentos que nos pueda deparar la existencia.

Parece evidente, aún sin que conozcamos la biografía del director, que se trata de una obra con muchos elementos autobiográficos, término éste que Allen negó repetidas veces. Sin embargo, hay muchos elementos del personaje de Alvy que veremos repetirse en otras películas del director. Además, el título de la película era el nombre de Diane Keaton de joven: se llamaba Diane Hall y la apodaban Annie. También Allen y ella mantuvieron en su día un romance. Demasiados elementos como para pensar en la casualidad. Pero además, cuando una película es tan perfecta tiene que llevar detrás una buena proporción de realidad.

Annie Hall es una obra temprana en la carrera de Allen y, sin embargo, representa un punto de madurez indiscutible. Es precisa, es ingeniosa, es inteligente, sorprendente y contiene escenas que por si solas merecen estar en cualquier antología del cine. Nominada a cinco Oscars, Annie Hall logró hacerse con las principales recompensas de ese año: mejor película, director, guión original y actriz (Diane Keaton).

Como curiosidad, decir que entre el reparto de la película podemos encontrar al cantante Paul Simon, al filósofo y educador Marshall McLuhan y las primeras apariciones en pantalla de Christopher Walken o Jeff Goldblum y hasta Sigourney Weaver en una de las escenas finales.

Annie Hall es una pequeña maravilla, un film entrañable. Una de esas películas aparentemente sencillas que son, en realidad, un tesoro y un regalo.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Manhattan


Tras unos comienzos plenamente humorísticos, en 1977 Allen cambia de registro hacia proyectos más serios con la magnífica Annie Hall, a la que sigue Interiores (1878). Manhattan (1979) confirma y continúa esa tendencia y ofrece otra muestra de esa manera de hacer cine tan personal y, al tiempo, tan universal del director.

Isaac Davis (Woody Allen) es un escritor de gags cómicos para televisión que ha pasado ya de los cuarenta y que mantiene un romance con una joven de tan sólo diecisiete años (Mariel Hemingway). Su segunda esposa (Meryl Streep), que lo ha dejado por otra mujer, está escribiendo un libro donde cuenta las intimidades de su matrimonio y su mejor amigo, Yale (Michael Murphy), engaña a su esposa con una atractiva mujer (Diane Keaton) que encuentra a Isaac muy interesante.

Manhattan es, sin duda, una de las cumbres del cine de Woody Allen. Fresca, personal, íntima y a la vez genérica, es una película que condensa como quizá ninguna otra el universo de este director; y es alegre, a la par que no deja de ser ácida y un tanto pesimista.

Lo que seduce de la película, escrita por el propio Woody Allen junto con Marshall Brickman, es su frescura y esa manera tan personal del director de burlarse de todas las cosas que tenemos por importantes y serias. Porque en Manhattan se desmontan el éxito profesional, el matrimonio, la intelectualidad, la cultura, el psicoanálisis y, en general, todo lo que se identifica con progreso y modernidad. El propio Isaac confiesa que lo verdaderamente importante no le llega a la persona a través del intelecto, sino por otro orificio.

Los personajes supuestamente en la cima de sus vidas, Isaac, su amigo Yale, la inteligente y hermosa Mary Wilke (Diane Keaton), son precisamente los más patéticos, perdidos en unos trabajos que no les llenan, planeando siempre hacer algo brillante que no termina de llegar y con un vacío afectivo inmenso que pretenden llenar buscando donde no deben. En medio de este desierto aparece Tracy (Mariel Hemigway), una estudiante de bachillerato que es la única realmente equilibrada, centrada y que sabe lo que quiere. Su personaje se va ganando nuestro afecto y al final, es ella la tabla de salvación de nuestro simpático naufrago Isaac.

Es cierto que no podemos decir que las interpretaciones sean magistrales, en especial la de Mariel. Pero tampoco son la clave de la película. Manhattan se sostiene en su retrato de una sociedad, la neoyorkina en concreto, pero extrapolable a muchas otras latitudes, en la brillantez de los diálogos y hasta en la fotografía en blanco y negro, porque es así como a Allen le gusta ver Nueva York.

El tema de la dirección es ya harina de otro costal. Para mi gusto la veo demasiado manierista, poco natural, forzada. Para otros, sin embargo, es brillante ese enfoque parcial, el uso de grandes planos fijos o el recurso al fuera de campo. Lo que se nota, desde el comienzo mismo, con la descripción de Nueva York bajo los acordes de "Rapsody in blue" de Gershwin, es el intento de Woody Allen de hacer poesía con un film muy personal. Pero la poesía de Allen no va ser académica, salvo el pequeño lujo que se concede con la imagen de Isaac y Mary sentados en un banco bajo el puente de la calle Cincuenta y Dos, que sirve como imagen del cartel del film. La poesía que presenciamos aquí es menos refinada, más de andar por casa, pero igualmente válida y conmovedora. Como conmovedor es el monólogo de Isaac mencionando varias razones por las que vale la pena vivir y, especialmente, su súplica a la dulce Tracy para que no se vaya a Londres y, en su defecto, que no se deje cambiar. Al final, un hermoso canto a la inocencia y la pureza de la juventud contado, eso sí, con otro tipo de versos.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Becket


Con Becket (Peter Glenville, 1964) estamos ante un magnífico ejemplo de como un film un tanto teatral, lleno de diálogos y nula acción y de una duración más bien larga (148 minutos) puede resultar muy interesante y terminar siendo una obra sobresaliente, a poco que se cuiden los elementos indispensables de todo buen film.

Enrique II de Inglaterra (Peter O'Toole) tiene en el sajón Thomas Becket (Richard Burton) a su mejor amigo, compañero de correrías y astuto asesor. Enfrentado a la Iglesia, que se opone a que el rey le imponga tributos, Enrique II parece encontrar la solución a sus problemas cuando, a la muerte del Arzobispo de Canterbury, cabeza de la Iglesia de Inglaterra, nombra como nuevo prelado a su amigo Becket, con el que cuenta para tener bajo su control por fin al estamento religioso.

Becket está basada en una obra teatral del francés Jean Anouilh, adaptada para la ocasión por Edward Anhalt. Este origen teatral sobrevuela la película de principio a fin y, sin embargo, no constituye un verdadero lastre para el buen funcionamiento de la película. Es verdad que Becket no cuenta con un ritmo especialmente ágil y que, en algunos momentos puntuales, éste decae bastante y nos hace pensar que hubiera quedado más redondo con algunos minutos menos en su haber. Pero en general, la película, una vez que nos acostumbramos a ella y asumimos que es un film a degustar con pausa, mantiene un buen nivel y alcanza momentos realmente brillantes de la mano de dos elementos sobresalientes: el guión y el reparto.

El primero se hizo, merecidamente, con el Oscar al mejor guión adaptado de ese año. Fue el único premio de esta película, nominada también en once apartados más (entre los que destacan las nominaciones de los dos actores principales y a la mejor película y director) pero sin lograr ninguna otra recompensa. El trabajo de Edward Anhalt es soberbio. Sin duda, es evidente que un film de estas características se tomará algunas licencias históricas, pero la impresión que tenemos viendo la película es que parece ser bastante fiel a lo que pudo suceder, sin maquillajes ni concesiones innecesarias. El mérito principal es el excelente retrato de los protagonistas, ahondando lo necesario en sus motivaciones e intereses, algo fundamental no sólo para entender ese capítulo de la historia que narra, sino para darle una verdadera y profunda dimensión al argumento. La lucha interna de Becket entre su lealtad y amistad hacia el rey y los deberes y lealtades que le impone su cargo de arzobispo, que logra trasformarlo de persona fría y calculadora a fiel creyente y defensor de Dios, está plasmada magníficamente. Y, superando ya el mero relato de un hecho histórico, esa lucha nos plantea a otro nivel el verdadero significado y alcance de la amistad y el honor de una persona enfrentada a dos deberes antagónicos. Si en otras películas históricas me suelen molestar ciertas licencias que desvirtúan los hechos en aras de un argumento más "cinematográfico", en este caso el equilibrio logrado entre la parte histórica y la parte meramente personal y afectiva del tema es admirable. Por otro lado, el guión nos regala también unos diálogos excelentes, llenos de inteligencia, de fuerza e incluso de poesía en algunos momentos.

El segundo pilar de Becket es el reparto. Por un lado, Richard Burton, un muy buen actor que aquí se muestra bastante contenido y cuya simple presencia física dota ya de una gran personalidad y fuerza a su personaje. A su lado, un soberbio Peter O'Toole, en lo alto de su carrera, tras su soberbia interpretación en Lawrence de Arabia (David Lean, 1962). O'Toole, con una fuerza brutal que puede hacerle parecer un tanto sobreactuado a veces, está realmente genial en su papel atormentado, solitario y un tanto débil de Enrique II. A su lado, todos los demás actores, y la película cuenta con un elenco de secundarios muy bueno, parecen estar en un escalón más bajo.

Con estos elementos, Peter Glenville se limita a filmar la historia sin estridencias, dejando el protagonismo a lo que verdaderamente cuenta y limitándose a ciertos primeros planos para resaltar algunos de los momentos claves del drama.

En cuanto a la puesta en escena y los decorados, de nuevo sentimos el origen teatral de la película. Y si bien es verdad que se nota bastante que se trata de decorados, algo lógico también si pensamos en el año de realización del film, éstos logran centrarnos bastante acertadamente en el siglo XII, y tenemos la sensación de que se trata de una ambientación más que correcta en cuanto a vestuario, costumbres y hasta alimentación. Y viene aquí al caso recordar el estupendo diálogo a propósito del invento florentino del tenedor entre Becket y el rey: "Sirve para llevarse las viandas a la boca sin mancharse los dedos"; "Pero entonces se mancha el tenedor"; "Pero se puede lavar"; "También los dedos, no veo su utilidad".

Becket es, en definitiva, un buen film histórico por un lado, y un buen relato sobre la amistad y sus deberes y el honor por otro que tiene la virtud de no caer en excesos innecesarios, de resultar una buena recreación histórica y de contar con un reparto y un guión irrepetibles. Un ejemplo especialmente válido del buen hacer del cine inglés en el género histórico.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Misterioso asesinato en Manhattan


Con Misterioso asesinato en Manhattan estamos ante una nueva película de Woody Allen junto a Diane Keaton (puede que la última), con la que había trabajado años atrás en grandes títulos como Annie Hall (1977) o Manhattan (1979), y que acepta trabajar junto a su antiguo compañero sentimental cuando este está en pleno proceso de ruptura con Mia Farrow. Allen intenta renovar la comedia con un toque de misterio, un toque que nos hace pensar en La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954), pero con el punto de vista personal del cómico judío.

Carol (Diane Keaton) sospecha que su vecino Paul House (Jerry Adler) ha asesinado a su mujer, haciendo pasar el crimen por un ataque al corazón. Mientras su marido Larry (Woody Allen) no la toma en serio, un amigo de ambos, Ted (Alan Alda), secretamente enamorado de Carol, sí que la cree e intenta ayudarla mientras busca alguna prueba que demuestre su arriesgada teoría.

Misterioso asesinato en Manhattan no es un film redondo, ni mucho menos. La fórmula, a base de repetirse, llega a hacerse previsible y en parte este es uno de los lastres que arrastra la película y que le impiden cuajar del todo. El personaje que interpreta Woody Allen está demasiado visto y, para colmo, los chistes carecen en general de la agudeza y la oportunidad de otras ocasiones. Incluso, en algunos momentos, suenan demasiado vulgares. La fuerza de las películas de Allen reside precisamente en la agudeza de sus ocurrencias y en los diálogos vivos y llenos de talento. Pero aquí son los diálogos y las ocurrencias del personaje de Woody Allen los que no terminan de estar al nivel que nos tenía acostumbrados en sus inicios. Así, la película transcurre sin demasiada brillantez, al menos en sus tres cuartas partes. Porque hacia el final, al hilo de la trama, que se complica y aumenta de intensidad conforme nos acercamos al desenlace, el film parece cobrar algo más de fuerza y hay algunas escenas que elevan el nivel, como el tiroteo con La dama de Shanghai (Orson Welles, 1947) de telón de fondo, o la escena en el hotel con el cadáver que aparece, desaparece y vuelve a aparecer.

Otro detalle que no termina de gustarme y que me fatiga en exceso es la manera de rodar la película, con esa cámara nerviosa, en continuo movimiento; me resulta un recurso demasiado artificioso y que no aporta nada positivo. Al lado de este recurso, Allen también recurre a los diálogos atropellados, otro punto que no termina de convencerme y a lo que se suma que, muchas veces, las conversaciones en sí no son demasiado interesantes, por no decir que resultan a menudo un tanto forzadas.

Lo que sí que me gustó es el reparto. Allen en su línea, puede gustar o no, repite su personaje de hombre débil, inseguro, miedoso y algo paranoico. A su lado, un buen reparto, con la ya citada Diane Keaton, Alan Alda, Jerry Adler y Angelica Huston, que me hubiera gustado que tuviera más papel.

Como es habitual en los films de Woody Allen, hay continuas referencias a grandes clásicos, como Perdición (Billy Wilder, 1944) o la ya citada La dama de Shanghai, además de citas de actores como Bop Hope o Fred Astaire. También, como suele suceder en su obra, Allen cuida especialmente la banda sonora, en este caso con temas de Cole Porter o Benny Goodman.

Misterioso asesinato en Manhattan es, como no, una película inequívocamente de Woody Allen. Los fieles del director la adorarán, aquellos que no se sienten demasiado atraídos por el estilo del director es posible que se aburran. Para mí se trata de una obra menor dentro de la filmografía de Allen. Recuerda sus grandes títulos de los setenta, como los antes citados Annie Hall y Manhattan, pero se queda un tanto por debajo de aquellas primeras obras, más frescas, más naturales y más logradas.