El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Dunkerque


Dirección: Christopher Nolan.

Guión: Christopher Nolan.

Música: Hans Zimmer.

Fotografía: Hoyte van Hoytema.

Reparto: Fionn Whitehead, Tom Glynn-Carney, Jack Lowden, Harry Styles, Aneurin Barnard, James D'Arcy, Barry Keoghan, Kenneth Branagh, Cillian MurphyMark Rylance, Tom Hardy.

1940, el avance imparable del ejército alemán aísla en las playas de Dunkerque a miles de soldados británicos y franceses, que esperan angustiados que los rescaten antes de que los aniquile el enemigo.

El cine actual no deja de sorprenderme. El último ejemplo lo tenemos con Dukenque ((2017), que se mueve entre el aburrimiento y algunos destellos sorprendentes con una facilidad pasmosa.

Lo primero que destacaría de esta película es que carece de argumento, de ahí la impresión de que se acerca un poco a la idea de documental, pues Nolan nos introduce en la acción sin presentación previa de los protagonistas, casi como un invitado que llega cuando ya hace un rato que ha comenzado la función. Sin embargo, lo que aleja Dunkerque del documental es la impresión de que lo que se nos ofrece de aquel episodio de la Segunda Guerra Mundial es una especie de maqueta, una versión reducida de los hechos reales. Porque el escenario resulta muy pequeño, demasiado.

Esta falta de argumento, entendiendo por ello un desarrollo de la trama y los personajes basado en la presentación, nudo y desenlace clásicos, provoca una relación bastante fría con los acontecimientos y con las vicisitudes de los personajes, que nos deja indiferentes durante la mayor parte del metraje (salvo al final) y que provoca, durante las tres cuartas partes del film, cierto aburrimiento provocado también por la excesiva duración de algunas secuencias sin demasiado peso dramático. De ahí que a la mitad de la cinta decidiera dejar de verla, aburrido por un planteamiento tan básico y frío que solo me provocaba bostezos.

Cierta curiosidad, sin embargo, motivada por las extrañas alabanzas que había leído de sesudos críticos, me hizo reanudar el visionado y, sinceramente, el último tercio de Dunkerque me pareció que contiene algunas escenas realmente buenas, lo que finalmente la salva del suspenso. aunque la duda está en intentar comprender por qué Christopher Nolan no ha logrado darle la misma intensidad a toda la película. 

Creo que la pedantería de su planteamiento, buscando sin duda una originalidad en la manera de contar esta historia, acaba por pasar factura negativamente a la película. Todo está inventado ya y el cine tiene sus reglas, que se pueden alterar, pero siempre respetando lo fundamental: una película debe comunicar algo a un público muy diverso, de ahí que algunas cuestiones no se puedan obviar. La falta de profundidad en los personajes, la ausencia de un hilo dramático sólido, convierten a Dunkerque en algo frío, sin alma, lo que para una película de guerra resulta desconcertante y fatídico.

Con tres relatos simultáneos, unos centrado en la tierra (la playa de Dunkerque), otro en el mar (los barcos civiles que acuden a rescatar a los soldados) y un tercero en el aire (los Spitfire que intentan proteger a los barcos que escapan de Francia), Nolan intenta dinamizar el relato alternándolos, lo que no es una mala idea en sí misma, solo que penalizada por la frialdad general del tratamiento, que solamente cobra fuerza en algunos breves episodios del desenlace, donde la fuerza intrínseca de algunas secuencias logra por fin contagiar algo de emoción al espectador.

Definitivamente, a pesar de los méritos técnicos de la película, Dunquerke me pareció un experimento frustrado, dejando un film sin emoción y por momentos aburrido.

jueves, 29 de diciembre de 2022

El tiroteo



Dirección: Monte Hellman.

Guión: Adrien Joyce.

Música: Richard Markowitz.

Fotografía: Gregory Sandor.

Reparto: Will Hutchins, Millie Perkins, Jack Nicholson, Warren Oates, Charles Eastman, Guy El Tsosie, Brandon Carroll, B. J. Merholz, Wally Moon, William Mackleprang, James Campbell. 

Una misteriosa mujer (Millie Perkins) le pide dos mineros, Willett Gashade (Warren Oates) y Coley (Will Hutchins), que la ayuden a llegar a su destino cruzando el desierto. Durante el viaje, descubren que persigue a un hombre para matarlo.

El western clásico comenzó a transformarse en algo diferente en la década de los años cincuenta del siglo XX. Y los sesenta representan ya claramente el nuevo estilo del género, menos épico y más proclive a experimentos de todo tipo, cuadrasen o no con la esencia tradicional del cine del Oeste. Y El tiroteo (1966) viene a constituir un buen ejemplo, aunque llevado al extremo, de los experimentos a que fue sometido el western.

Producto de serie B, El tiroteo es un film minimalista: personajes, decorados, diálogos, dirección y argumento están esquematizados hasta las últimas consecuencias. Los protagonistas se reducen básicamente a cuatro, los decorados a un par de tiendas de campaña, un pequeño poblado y el desierto. Los diálogos son escuetos, secos, sorprendentes muchas veces, como si estuvieran cortados con un cuchillo; no tienen una función explicativa, sino más bien decorativa. 

Monte Hellman lleva la austeridad al límite incluso en la dirección, con algunas licencias de estilo, como subir la cámara al caballo, y poco más. Incluso el montaje resulta abrupto, dejando un relato que avanza a golpes para contarnos una persecución por el desierto en la que se nos oculta todo: a quién persigue la mujer y por qué, quién es Billy Spear (Jack Nicholson), el pistolero que se une al grupo, y qué relación le une con la mujer, de la que nunca sabremos ni su nombre. Es ese misterio finalmente el que nos mantiene en vilo, esperando el desenlace para satisfacer nuestra curiosidad. Esta es la gran baza de Hellman. Quizá, de desvelar antes el misterio, descubriríamos la pobreza del mismo o, mejor dicho, su escasa originalidad. Hellman juega el juego de la sorpresa, pero es necesario además un contenido interesante que rellene el espacio que media entre el comienzo de la historia y el final. Y creo es por aquí, por la ausencia de contenido (el argumento se puede resumir en dos líneas), por el carácter repetitivo de las secuencias, la falta de empatía con los protagonistas, el sentirnos perdidos durante todo el metraje, por donde se arruina el proyecto. Y por dejarnos, cuando descubrimos el misterio, con cierta sensación de fastidio, de que para ese final no valía la pena la dura travesía anterior. Incluso la manera de presentar ese final resulta torpe, por precipitada y confusa: ¿quién muere en el tiroteo: el hermano de Willett, también interpretado por Warren Oates, la mujer, Willet y su hermano, solamente Willett?. 

Tampoco el director parece demostrar su talento a la hora de dirigir a los actores. Jack Nicholson es uno de los mejores actores de finales del siglo XX y aquí resulta encorsetado y rígido. Will Hutchins está sobreactuando constantemente, haciendo que su personaje resulte ridículo, mientras que Millie Perkins se mueve como si no tuviera sangre en las venas. Solo Warren Oates resulta más convincente, pero dentro de un tono bastante normalito, acorde con la pobreza de su personaje.

Al final, tenemos la impresión de que estamos ante un ejercicio muy personal por parte del director, centrado en crear un relato que se saliera de los cánones tradicionales, dejando su impronta a base de una puesta en escena centrada sobre todo en la originalidad. Nada que objetar a ello, pero el afán de ser diferente no puede ser excusa para perdonar fallos básicos a la hora de construir a los personajes y el argumento. Y el recurso a la sorpresa, sino está acompañado de nada más, tampoco sirve para elevar el nivel del conjunto.

De manera que El tiroteo se me quedó reducido a muy poca cosa, con un predomino de la monotonía y el desencanto.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

El fin del romance



Dirección: Neil Jordan.

Guión: Neil Jordan (Novela: Graham Green).

Música: Michael Nyman.

Fotografía: Roger Pratt.

Reparto: Ralph Fiennes, Julianne Moore, Stephen Rea, Ian Hart, Jason Isaacs, James Bolam, Samuel Bould.

Nada más conocerse, Maurice (Ralph Fiennes) y Sarah (Julianne Moore) se enamoran perdidamente el uno del otro. Ese amor cambiará para siempre sus vidas. 

Aclamada por la crítica, El fin del romance (1999) es de esas películas con las que me siento como un bicho raro, pues no acabo de ver por ningún lado las virtudes que proclaman los entendidos, lo que me lleva a cuestionar si he visto la misma historia o si estaba aletargado en el momento de verla, de manera que se me escapó lo que para otros brillaba con fulgor.

Para comenzar el análisis, he de decir que lo que se espera de una historia de amor tan apasionada como la de El fin del romance es que te emocione hasta la médula, lo que me sucedió con El diario de Noa (Nick Cassavetes, 2004), Los puentes de Madison (Clint Eastwood, 1995) o la más lejana en el tiempo y maravillosa Breve encuentro (David Lean, 1945). Sin querer entrar en comparaciones, creo que la diferencia reside en que en El fin del romance los protagonistas carecen de la dimensión necesaria para que nos identifiquemos con sus problemas. Yo lo achaco en que, si nos fijamos bien, no asistimos al proceso de enamoramiento, no participamos de sus primeros pasos juntos, sus sueños compartidos, sus confidencias; no vemos nunca expuestas sus almas al desnudo, aunque sí sus cuerpos. Lo que me lleva a pensar que el trabajo de Neil Jordan se quedó más en un nivel estético que en otro más profundo.

Por ejemplo, visualmente la película es preciosa, con una fotografía delicada que crea escenas de una belleza formal innegable. La ambientación tampoco desmerece para nada. Las escenas de amor de Maurice y Sarah son hermosas, elegantes y sugerentes. Incluso la manera de contar la historia, con el uso del flash back, que personalmente no me pareció lo más idóneo para crear incertidumbre y emoción en el relato, denota un afán de crear una historia cuidada en cada detalle, en busca de una belleza formal incuestionable. Es decir, técnicamente, El fin del romance denota un trabajo meticuloso y de buen gusto.

Pero donde falla Neil Jordan es a la hora de transmitir emociones, de que nos conmovamos con la tormentosa relación Maurice y Sarah. De su amor apasionado solo participamos de los celos enfermizos de Maurice, que además no tienen justificación alguna, dada la devoción de Sarah, lo que lo convierte en un personaje desagradable, con el que resulta imposible empatizar. Tampoco la decisión de Sarah de abandonarlo por una promesa que suena a broma, sin darle la más mínima explicación a Maurice, me parece demasiado convincente. Y es que toda la relación amorosa de los protagonistas, incluida la extraña participación del marido de Sarah, Henry (Stephen Rea), me pareció forzada, artificialmente construida en busca de algo original, notorio, pero donde el director se olvidó de dotarla de vida.

En definitiva, la historia de amor la conocemos por sus problemas, no por su lado apasionante y tierno, con lo que me costaba empatizar con Maurice y Sarah.

Pero además, el desenlace, que se ve venir con mucha antelación, con lo que pierde emoción, resulta muy poco original y nos remite a los dramas del siglo XIX, de un romanticismo trágico un tanto trasnochado.

Pero la gota que colma el vaso son los diálogos, pomposos, artificiosos y vacíos que, lejos de adentrarnos en el alma de los protagonistas, parecen un intento de buscar una profundidad intelectual que no conduce a nada bueno, más que a cierta pedantería intrascendente.

Como resultado de todo esto, tenemos un film frío, técnicamente impecable, pero que no sabe crear emoción ni complicidad y que me mantuvo impasible ante una historia que supuestamente debería conmovernos hasta las entrañas.

Por cierto, si alguien quiere disfrutar de una excelente película sobre el tema de los celos, le recomiendo encarecidamente París, Texas (1984), de Win Wenders, profunda, sensible y maravillosa.

martes, 27 de diciembre de 2022

El plan de Maggie



Dirección: Rebbeca Miller.

Guión: Rebbeca Miller.

Música: Michael Rohatyn.

Fotografía: Sam Levy.

Reparto: Greta Gerwig, Ethan Hawke, Julianne Moore, Travis Fimmel, Bill Hader, Maya Rudolph, Wallace Shawn, Kathleen Hanna, Mina Sundwall.

Maggie Hardin (Greta Gerwig), convencida de su incapacidad para mantener relaciones sentimentales estables, decide ser madre soltera. Sin embargo, sus planes sufren un vuelco cuando conoce a John Harding (Ethan Hawke) y ambos se enamoran.

Las comedias románticas suelen moverse en unos parámetros bastante repetidos, de ahí que Rebbeca Miller busque caminos nuevos en la vieja fórmula con El plan de Maggie (2015), con un resultado sin embargo discutible.

Uno de los detalles a los que no termino de acostumbrarme en ciertas comedias, sobre todo modernas, es la tendencia a ridiculizar a los protagonistas, en una prueba de un concepto más que dudoso de la comicidad y de una cierta pobreza de recursos. Que se trate de una comedia no implica que los personajes carezcan de un perfil serio, realista y plausible. 

En El plan de Maggie es cierto que no se ahonda demasiado en esta caricaturización, pero el planteamiento inicial es un tanto burdo, de manera que parece que cuesta tomarse en serio los problemas de Maggie. Y ello se hace más evidente en algunas escenas en el que guión se vuelve serio; en esos breves momentos se comprueba que se puede seguir con cierto tono ligero pero ahondando en los dilemas de los protagonistas y logrando, de paso, una mayor emoción y complicidad del espectador con las vicisitudes de Maggie y John.

Esta diferencia entre las secuencias marcadamente cómicas y las más reflexivas, donde se logra un tono mucho mejor, vienen a confirmar lo complicado que resulta el universo de la comedia. Lograr un guión agudo, ingenioso y gracioso parece una tarea hercúlea en los tiempos actuales. Porque El plan de Maggie es un film que funciona, pero gracioso no lo es precisamente. Y de ahí que la valoración no pueda ser demasiado generosa, pues a una comedia hay que pedirle chispa y gracia, que es por donde más flaquea la propuesta de Rebbeca Miller.

Además, hay una elección un tanto discutible: Maggie y John comienzan su relación acostándose y la siguiente escena tiene lugar bastante tiempo después, cuando Maggie comienza a desenamorarse de John, de manera que nos perdemos los instantes iniciales de su relación. El guión prefiere centrarse en el proceso por el que Maggie y la ex mujer de John, Georgette (Julianne Moore), deciden empujar a éste de nuevo en brazos de Georgette. Es una opción tan válida como otra cualquiera, pero privándonos de los detalles del noviazgo de John y Maggie de manera tan abrupta creo que no se le hace ningún favor a la historia, que queda coja de una parte que podría haber resultado interesante para conocer mejor a los personajes.

Detalles al margen, el problema de la cinta es que se desperdicia en gran medida el juego que podía ofrecer este triángulo amoroso, al igual que la aportación de los amigos de Maggie, que ocupan un rol muy secundario y no muy bien hilvanado en el conjunto. Maggie, por ejemplo, ofrece un perfil de ingenua y bonachona que no acabé de entender del todo, pues me ofrecía más sombras que realidades, por lo que me costaba entenderla y sobre todo participar más profundamente de sus problemas. Puede que hubiera sido de gran ayuda conocer algo más de su pasado, del que solamente tenemos constancia de que siempre terminaba cansándose de las relaciones de pareja.

John, por el contrario, se define con una sola palabra: egoísta. Y parece que ya no hay nada más que saber acerca de él, con lo que también se nos queda su figura en un retrato difuminado. Y Georgette, con menos presencia en la historia, aún resulta mucho menos definida. 

Es decir, los protagonistas no resultan del todo cercanos y comprensibles, con lo que sus aventuras y desventuras tampoco cobran gran relieve, quedando sus avatares en algo curioso, pero nunca intenso y con ello todo el film parece perder consistencia.

El reparto es competente, especialmente Julianne Moore, aunque Greta Gerwig, sin deslumbrarme, me pareció muy adecuada para su personaje.

A nivel técnico, lamentar la pobre fotografía a cargo de Sam Levy. No creo que sea un mal técnico, más bien pienso que se trata de una cuestión de elección estética, tal vez buscando un estilo menos clásico o acercarse a una imagen de cine independiente. Sea como fuere, me acabé cansando de la fotografía.

La conclusión es que, partiendo de una idea interesante, Rebbeca Miller no supo desarrollar un guión que sacara todo el potencial de la historia, ni a nivel cómico ni en la construcción de personajes y su historia. Film curioso que puede aportar algún momento interesante pero que se queda un poco a medias en todos sus planteamientos.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Los implacables



Dirección: Raoul Walsh.

Guión: Sydney Boehm y Frank Nugent (Novela: Clay Fisher).

Música: Victor Young.

Fotografía: Leo Tover.

Reparto: Clark Gable, Jane Russell, Robert Ryan, Cameron Mitchell, Juan garcía, Harry Shannon, Emile Meyer, Stevan Darrell.

Los hermanos Ben (Clarke Gable) y Clint Allison (Cameron Mitchell), tras finalizar la Guerra de secesión, se marchan a Montana en busca de una nueva vida.

Western clásico, con todos los tópicos reconocibles del género, Los implacables (1955) es un sólido film con grandes luces y alguna que otra sombra.

La película empieza con fuerza: los hermanos Allison encuentran un hombre ahorcado en un árbol y Ben sentencia: "Al fin nos acercamos a la civilización." Es una muestra de lo que nos espera, un film repleto de unos diálogos brillantes, muy por encima de lo que viene siendo habitual en la mayoría de los westerns, salvo los de John Ford. Esta calidad y profundidad de los diálogos es el rasgo que más me impresionó de la película, pues con ellos se da forma a unos personajes que dejan de ser, bajo su apariencia típica, los protagonistas habituales del género y adquieren una dimensión más honda, lo que nos permite comprender sus deseos, sus frustraciones y el conflicto que preside la relación de Ben con Nella (Jane Russell) y que da forma a un intenso, apasionado y enconado romance que deja de lado los estereotipos, en especial el de la mujer sumisa, para crear una historia de amor profunda y auténtica. Las ambiciones de Nella chocan con las modestas aspiraciones de Ben, aunque el amor acabará triunfando, como era de esperar, superando cualquier obstáculo. Y atención al detalle de la manta de Nella, que cobrará un simbólico protagonismo, ejemplificando la meticulosidad y el cuidado con que fue elaborado el guión.

Este cuidado también se advierte en el largo pasaje del traslado del rebaño de Texas a Montana. No se trata solamente de ambientar el viaje, sino que el guión busca fidelidad y realismo, de manera que en muchos momentos sentimos que estamos presenciando algo que muy bien podría haber sucedido tal cual.

Pero también es verdad que no todo en Los implacables tiene el mismo nivel. El arreglo al que llega el señor Stark (Robert Ryan) con los hermanos Allison cuando lo atracan parece un tanto improbable y muy forzado. Y al igual que el film es denso en cuanto al retrato de los protagonistas, también es verdad que en la parte central, la que se ocupa del viaje con el ganado, el ritmo decae con fuerza en muchos momentos, tal vez por un exceso de detalles en la narración del mismo. Hubiera sido de agradecer una mayor simplificación de esta parte, lo que hubiera concentrado la acción y los momentos álgidos evitando ciertos tiempos muertos que acaban por penalizar el conjunto.

En cambio, el reparto me apreció otro acierto, especialmente al contar con Clark Gable, un tipo con un carisma fuera de toda duda y que encarna con maestría a Ben, empujado a la delincuencia por las circunstancias pero de corazón noble y espíritu justo; un vaquero que solo aspira a superar el trance de la guerra y llevar una vida tranquila y familiar. Jane Russell, por su parte, aporta fuerza y autenticidad a Nella, que deja de ser un personaje débil y sometido a los hombres para convertirse en una mujer con carácter y determinación, si bien el final feliz, donde cede a los sueños de Ben, parece contradecir en parte algunas de sus convicciones. Robert Ryan, siempre elegante, y Cameron Mitchell, algo sobre actuado, competan el elenco.

Raoul Walsh, a pesar de los altibajos en el ritmo, demuestra su oficio a la hora de filmar Los implacables, destacando algunas escenas de acción muy bien rodadas y el esmero en el cuidado de todos los detalles. 

Sin ser un western sobresaliente, Los implacables rebosa sentido y profundidad, especialmente a la hora de construir a los personajes principales, convirtiéndose en un film con muchas más virtudes que defectos.

Para terminar, una frase más, de labios del señor Stark refiriéndose a Ben, al final de la película, y que pone un broche de oro a la estimable calidad de los diálogos.

"Es el único hombre que he respetado en mi vida. Es lo que todo niño sueña que va a ser cuando crezca y lo que todo viejo siente no haber sido." 

martes, 20 de diciembre de 2022

Transsiberian



Dirección: Brad Anderson.

Guión: Brad Anderson y Will Conroy.

Música: Alfonso de Vilallonga.

Fotografía: Xavi Giménez.

Reparto: Woody Harrelson, Emily Mortimer, Kate Mara, Eduardo Noriega, Ben Kingsley, Thomas Kretschmann, Etienne Chicot, Mac McDonald.

Roy (Woody Harrelson) y su esposa Jessie (Emily Mortimer) deciden coger el Transiberiano en su viaje de Pekín a Moscú. En el viaje conocen a Carlos (Eduardo Noriega) y Abby (Kate Mara), su novia. 

La base argumental de Transsiberian (2008) no es demasiado original, por no decir que se ha visto en numerosas ocasiones: un encuentro fortuito de los protagonistas con personas que bajo una apariencia amable ocultan una personalidad peligrosa. Sin embargo, la novedad radica en que Jessie, que parece una víctima propicia para Carlos, acaba resultando mucho más peligrosa de lo que podríamos pensar. Sin duda, es el giro más original e interesante de Transsibeiran.

Otro punto a su favor es el clima de tensión e incertidumbre que recorre toda la historia, de manera que Brad Anderson consigue mantener nuestra atención a lo largo de toda la duración del thriller, que se desarrolla con bastante fluidez y no llega a cansar. Sin embargo, hemos de hacer dos pequeñas salvedades a este hecho: el comienzo del film, la parte en que Roy y Jessie conocen a Carlos y Abby se hace un poco insulsa, pues dura quizá demasiado sin alcanzar la tensión necesaria, con algunas conversaciones que en realidad no aportan gran cosa. Y en segundo lugar el desenlace, que vuelve a ser, como en muchas películas de este corte, la parte menos sólida, cuando debería ser el climax que corone la intriga. No es un mal desenlace, que conste, solamente que no tiene la fuerza que me hubiera gustado, en especial con esa tendencia a aclarar cada detalle, con cierta obsesión a no dejar un cabo suelto, y que no me terminó de convencer.

También es verdad que muchos acontecimientos se pueden anticipar con cierta facilidad, como el hecho de que Carlos vaya a ocultar la droga en la maleta de Jessie y es que, como apuntaba antes, la trama está muy vista, con lo que no es capaz de sorprendernos, salvo el detalle de Jessie y Carlos en las ruinas de la Iglesia, que sí que nos pilla por sorpresa, aún resultando un poco increíble.

También me gustó el clima de incertidumbre que se crea apoyándose en la brutalidad de las policías china y rusa, lo que crea una sensación de indefensión para los protagonistas que está presente a lo largo de la historia y suma enteros a la hora de "amueblar" la historia y añadir otro elemento de riesgo al viaje.

En lo que también acertó la producción fue con la elección del reparto. Woody Harrelson es un actor que siempre me gustó mucho y una vez más no defrauda en absoluto. Emily Mortimer también hace un gran trabajo, resultando totalmente convincente en las múltiples emociones a la que se ve sometido su personaje. Y la guinda la pone Ben Kingsley, un actor soberbio que siempre impone su presencia y que en papeles de malvado resulta especialmente aterrador. Eduardo Noriega, un tanto encasillado en un papel que ya le hemos visto, tampoco desentona y encaja perfectamente con su personaje.

En definitiva, un film muy bien elaborado en sus líneas principales que logra mantener nuestro interés a lo largo de casi todo el metraje. No es perfecto, algunos detalles tanto argumentales como de desarrollo podrían mejorarse, pero cumple como thriller y se disfruta fácilmente.

sábado, 17 de diciembre de 2022

El cuarto protocolo



Dirección: John Mackenzie.

Guión: Frederick Forsyth, George Axelrod y Richard Burridge (Novela: Frederick Forsyth).

Música: Lalo Schifrin.

Fotografía: Phil Meheux.

Reparto: Michael Caine, Pierce Brosnan, Ned Beatty, Joanna Cassidy, Julian Glover, Michael Gough, Ray McAnally, Ian Richardson, Anton Rodgers, Caroline Blakiston. 

Un general soviético pone en marcha un plan para destruir la OTAN haciendo estallar una bomba atómica en Inglaterra y que parezca que los Estados Unidos son los culpables.

No he leído la novela homónima en que se basa El cuarto protocolo (1987) pero es evidente que se trata de una obra densa con una trama compleja, por lo que no parece sencilla su adaptación al cine, pues entre nombres extranjeros y giros en el desarrollo uno puede perderse fácilmente. Sin embargo, el guión adaptado, en el colaboró el propio Frederick Forsyth, logra sortear más o menos hábilmente ese escollo; es cierto que algunos nombres a veces se me escapaban, pero el hilo principal queda bastante claro en todo momento, lo que es fundamental para que podamos seguir la intriga sin lagunas importantes.

Sin embargo, en lo que se queda algo coja la película es a la hora de transmitir emoción al espectador. La intriga es muy interesante y está planteada con visos de verosimilitud, a pesar de lo rebuscada que resulta. Pero el enfoque es un tanto frío. Sinceramente, seguí la historia con interés y curiosidad, esperando el desenlace con expectación, lo que es ya muy importante, pero en ningún momento sentí realmente emoción o sensación de peligro; los protagonistas, tanto el bueno como el malo, me resultaban en cierta medida indiferentes y ese es un gran problema, pues resulta imprescindible que nos identifiquemos con el héroe y temamos al villano para lograr que vivamos con intensidad la trama.

Tal vez, el hecho de abordar un argumento complejo motivase que el director se centrase más en los acontecimientos, pero resulta evidente que descuidó la parte más emotiva de la historia. También es verdad que en general el planteamiento se enfoca más hacia las sorpresas, lo que tampoco ayuda a favorecer la complicidad del espectador. Decía Hitchcock que él prefería crear tensión haciendo que el espectador se anticipase a los acontecimientos, de manera que participaba de la tensión en todo momento, en lugar de provocarle sorpresas que durasen solo un segundo. Esto se comprueba perfectamente en El cuarto protocolo, donde algunas muertes nos cogen por sorpresa pero, más allá del impacto del instante, se pierde todo el proceso de ser partícipes de lo que va a suceder, con la tensión correspondiente.

También la falta de empatía con los protagonistas viene motivada por que no se profundiza demasiado en sus personalidades. Valeri Petrofsky (Pierce Brosnan) es presentado casi como un autómata, lo que añade fuerza a su personaje, pero le quita toda profundidad. Brosnan, que venía de la comedia con la serie Remington Steele, demuestra su capacidad para interpretar un papel completamente opuesto y su trabajo es absolutamente convincente. Por su parte, John Preston (Michael Caine) está algo mejor dibujado, pero tampoco me sentí realmente vinculado con sus problemas ni sentí miedo por su suerte. El trabajo de Caine, por descontado, también resulta muy logrado.

Por tanto, si el argumento es intrigante y los actores cumplen con solvencia, achaco el resultado al trabajo de John Mackenzie, que no ha sabido insuflarle emoción a la atractiva intriga. Además, en las escasas escenas de acción, Mackenzie tampoco se muestra muy acertado y las resuelve con confusión y poca brillantez. Tal vez, en manos de otro director el resultado hubiera sido menos frío.

El desenlace también podría haberse resuelto algo mejor; en esencia, el final me ha gustado, a pesar de jugar de nuevo con la sorpresa, pero resultando convincente y ciertamente original. Lo único es que se resuelve de manera un tanto precipitada y con el futuro de Preston en el aire, aunque la última secuencia parece contradecir esa sensación, dejándome con la duda de cuál será realmente su futuro. Incluso podría pensarse, en base al último plano, que se impone un final feliz de manera forzada.

A pesar de todo, en comparación con la serie de James Bond, por ejemplo, estamos ante un film de espionaje con un guión coherente e ingenioso, capaz de mantener la intriga sin desfallecimientos por lo que es un film muy recomendable para los amantes de este tipo de propuestas. Queda la impresión, sin embargo, de que podría haberse resuelto todo mucho mejor con más medios y otro director.

martes, 13 de diciembre de 2022

Espíritu de conquista



Dirección: Fritz Lang. 

Guión: Robert Carson (Novela: Zane Grey).

Música: David Buttolph.

Fotografía: Edward Cronjager y Allen M. Davey.

Reparto: Robert Young, Randolph Scott, Dean Jagger, Virginia Gilmore, John Carradine, Slim Summerville, Chill Wills, Barton MacLane, Russell Hicks, Victor Kilian.

Vance Shaw (Randolph Scott), un forajido que huye de la justicia, ayuda a Edward Creighton (Dean Jagger), ingeniero de la Western Union, al que encuentra herido. Poco después, Edward lo contrata como vaquero en el tendido de la línea telegráfica entre Omaha y Salt Lake City. 

Segundo western de los tres dirigidos por Fritz Lang, Espíritu de conquista (1941) es un más que notable film por desgracia no demasiado conocido.

Con el telón de fondo de un hecho histórico, el tendido del telégrafo por tierras del Oeste americano, Lang construye un sólido drama centrado sobre todo en el personaje de Vance, un hombre de oscuro pasado del que solamente conocemos indicios, que gracias al trabajo que se le ofrece en la Western Union y su enamoramiento de Sue (Virginia Gilmore), la hermana de su jefe, busca la manera de redimirse y dejar atrás su pasado. 

El acierto del guión reside en la perfecta unión entre la parte histórica del tendido del telégrafo, los toques de humor, muy presentes a lo largo de toda la cinta, aunque a veces algo infantiles, y el retrato íntimo de Vance, sumido en un mar de dudas y el peso de su pasado. Vance enfrenta viejas lealtades, lazos muy íntimos, que se desvelan al final, y sus propias convicciones a su deber como empleado de la Western Union, su deseo de regeneración y su amor por Sue. Una lucha en la que parece no encontrar salida digna.

La inteligencia del guión nos oculta hasta el final el importante detalle de que el jefe de esa banda es en realidad Jack (Barton MacLane), el hermano de Vance. La revelación repentina de este hecho confiere de pronto a la historia un punto de dramatismo extra que refuerza todo el discurso anterior sobre el comportamiento de Vance al tiempo que añade un punto más de tensión al impresionante final.

De nuevo comprobamos como el partir de un guión bien trabajado es la clave para construir un film poderoso. Si además añadimos el buen hacer de Fritz Lang, con un uso muy hermoso y expresivo de primeros planos y un acierto evidente en las escenas de acción, con especial atención al incendio en el campamento de la Western Union y el magnífico duelo final, tenemos como resultado un western clásico de gran altura.

Randolph Scott, además, está impresionante en su papel. Con una estimable economía de gestos, Scott sabe transmitir las dudas de su personaje y cómo está atormentado por un pasado, que querría poder borrar para emprender una vida nueva al lado de Sue, al tiempo que ofrece una imagen pétrea de tipo duro perfecta.

Un buen western de su etapa clásica, muy recomendable no solamente para amantes del género, sino para todos aquellos enamorados del cine americano de su etapa dorada, cuando las películas eran como tenían que ser.

jueves, 8 de diciembre de 2022

Criaturas feroces



Dirección: Robert Young y Fred Schepisi. 

Guión: John Cleese, Iain Johnstone y William Goldman.

Música: Jerry Goldsmith.

Fotografía: Adrian Biddle e Ian Baker. 

Reparto: John Cleese, Jamie Lee Curtis, Kevin Kline, Michael Palin, Ronnie Corbett, Carey Lowell, Robert Lindsay, Bille Brown, Derek Griffiths, Cynthia Cleese, Richard Ridings, Maria Aitken.

Un magnate de las finanzas (Kevin Kline) compra un paquete de empresas entre las que se encuentra un zoo. Al frente coloca a Rollo Lee (John Cleese) con la misión de incrementar un 20% sus beneficios.

Gran parte del equipo de Criaturas feroces (1997), entre ellos muchos de los componentes de los míticos Monty Python, había sido responsable de la magnífica Un pez llamado Wanda (Charles Crichton, 1988), sin embargo, esta vez la magia de la antecesora no aparece.

Es evidente que era muy difícil repetir el éxito de Un pez llamado Wanda, una de las mejores comedias de finales del siglo XX gracias a un guión impecable que es precisamente por donde más cojea Criaturas feroces, pues éste carece de chispa y se limita a desarrollar un humor un tanto burdo que no proporciona ningún momento memorable.

Para empezar, los personajes carecen de verdadera entidad, limitándose a brochazos superficiales de manera que no resultan realmente ni entrañables ni cercanos, con lo que la comedia queda reducida a lo básico, pero sin alcanzar la emotividad que tenía en Un pez llamado Wanda cuya clave, además de un guión muy inteligente, era la profundidad de los protagonistas, que nos conmovían y nos divertían por igual.

Una buena comedia no puede ser solamente una sucesión de bromas, pero si además éstas no resultan especialmente inspiradas, el resultado es un montaje simpático pero plano. Y eso que el arranque del film no estaba tan mal, si bien se adivinaba cierta inclinación por un humor poco refinado. Lamentablemente, con el desarrollo de la historia se va ahondando en ese estilo basado en la brocha gorda y las situaciones cómicas comienzan a caer en el exceso sin demasiada gracia.

Además, la sombra de Un pez llamado Wanda parece pesar demasiado en el guión y se vuelve a repetir el romance fracasado entre Kevin Kline y Jamie Lee Curtis que termina enamorándose de John Cleese. Evidentemente, quienes no hayan disfrutado de Un pez llamado Wanda escapan de estas similitudes, pero encuentro que la influencia del film de Charles Crichton se hace evidente, lo que no beneficia a la película.

Criaturas feroces termina siendo un agradable pasatiempo sin demasiada inspiración y la demostración de que un buen guión tiene que ser siempre la base de una buena película.

martes, 6 de diciembre de 2022

The Artist



Dirección: Michel Hazanavicius.

Guión: Michel Hazanavicius.

Música: Ludovic Bource.

Fotografía: Guillaume Schiffman (B&W).

Reparto: Jean Dujardin, Bérénice Bejo, James Cromwell, Penelope Ann Miller, Malcom McDowell, Missi Pyle, Beth Grant, Ed Lauter, Joel Murray, Ken Davitian, John Goodman. 

1927, George Valentin (Jean Dujardin), una estrella del cine mudo, ayudará a la joven Peppy Miller (Bérénice Bejo) en sus comienzos como actriz. Con la llegada del sonoro, Valentin ve como declina su fama mientras Peppy va ascendiendo de manera imparable.

Con cinco Oscars (mejor película, director, actor para Jean Dujardin, banda sonora y vestuario) como carta de presentación y un aluvión de críticas elogiosas, The Artist (2011) parecía una de esas citas casi obligatorias. Una vez vista, me muevo entre la perplejidad y la desilusión.

Lo que provoca perplejidad son varias cosas. En primer lugar, la razón de que sea una película muda. Nada parece justificar dicha elección, más que una especie de esnobismo o un ardiente deseo de llamar la atención. Es más, hasta pienso que la historia hubiera ganado habiéndose filmado con sonido. La referencia de Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), de argumento parecido, podría haberle dado pistas a Hazanavivius sobre cómo afrontar la idea correctamente. Respetando la elección del director, no termino de entenderla.

Otro aspecto sorprendente es que argumentalmente es una película sin interés. La historia es simplona, predecible y sin garra. Hasta parece que se desperdician algunas de las escasas posibilidades que ofrecía, sin lograr un drama convincente y profundo ni plantear una historia de amor conmovedora. Al final, la relación entre George y Peppy se queda en una simple admiración desde la distancia, hasta el momento del desenlace, que no aporta demasiado al conjunto y la caída de George se vive con cierto distanciamiento, como si la ausencia de sonido y esa música repetitiva le dieran un aire irreal, sin verdadera profundidad.

Además, el ritmo se resiente en numerosas ocasiones, como cuando se repiten las tomas durante un rodaje, por ejemplo, de manera que el film, sin una duración excesiva, termina por hacerse demasiado largo. Tampoco los alardes de Hazanavicius con la cámara ni la omnipresente música, que llega a saturar, alivian la sensación de cansancio una vez alcanzada la mitad de la cinta y hasta el desenlace, que me pareció demasiado previsible y corona una historia sin la más mínima nota original.

Con una puesta en escena muy cuidada, donde destaca la fotografía preciosista y algo pretenciosa de Guillaume Schiffman, The Artist destaca casi exclusivamente por la pareja protagonista. Jean Dujardin me sorprendió por lo bien que encaja en el papel, con un rostro que nos remite sin duda a los actores de la etapa muda del cine y comienzos del sonoro. Pero además, su trabajo es sobrio y eficaz. Sin embargo, la gran sorpresa para mí fue Bérénice Bejo, especialmente al comienzo, con una gracia y una frescura que hipnotizaban. Realmente maravillosa. 

Por eso mi perplejidad ante tantos halagos y premios. La explicación que le encuentro me recuerda el dicho de "En el país de los ciegos el tuerto es el rey". Ante la banalidad del cine actual, plagado de cintas para adolescentes o refritos cuya única justificación es el negocio puro y duro, puede entenderse que una cinta en blanco y negro y muda, que desafía las normas comerciales, se convierta en un punto de interés inmediato; pero de ahí a confundir un film normalito con la última maravilla cinematográfica me resulta aterrador. 

Planteada, según su director, como un homenaje al cine y en concreto a Alfred Hitchcock, Fritz Lang, Ernst Lubitsch, John  Ford, Murnau o Billy Wilder, se queda tan lejos de esos maestros que no llego a entender en qué se basó para pretender construir homenaje alguno con tan poca cosa.

Al final, desilusión.

lunes, 5 de diciembre de 2022

El irlandés



Dirección: John Michael McDonagh.

Guión: John Michael McDonagh.

Música: Calexico.

Fotografía: Larry Smith.

Reparto: Brendan Gleeson, Don Cheadle, Mark Strong, Liam Cunningham, Fionnula Flanagan, David Wilmot, Katarina Cas, Rory Keenan, Dominique McElligott, Sarah Greene, Pat Shortt, Laurence Kinlan, Owen Sharpe, Gary Lydon, Darren Healy, Míchaél Óg Lane. 

Gerry Boyle (Brendan Gleeson), un sargento de policía irlandés muy peculiar, tendrá que colaborar con el agente del FBI Wendell Everett (Don Cheadle), que se desplaza a Irlanda siguiendo la pista de unos narcotraficantes.

Ópera prima del director donde demuestra su originalidad a la hora de escribir un guión irreverente y ácido. Sin duda, un descubrimiento.

El acierto del guión de El irlandés (2011) es saber dar un toque diferente a un esquema muy visto: dos policías totalmente diferentes obligados a entenderse en medio de una operación de drogas. Quizá el problema sea el desequilibrio en el dibujo de los dos protagonistas; mientras el personaje de Boyle es todo un acierto (policía de pueblo putero, bebedor, racista y de vuelta de todo), su compañero Everett se queda en un mero boceto, sin llegar a cobrar verdadera identidad.

Sin embargo, ello no impide que estemos ante una comedia negra muy interesante, donde algunas secuencias y la mayoría de los diálogos alcanzan cotas muy altas. Lógicamente, es muy complicado mantener ese nivel a lo largo de todo el film y algunos momentos, como la parte de Boyle con su madre enferma, no terminan de cuajar al mismo nivel, lo que provoca que el fluir de la historia tenga ligeros bajones.

Brendan Gleeson, eso sí, borda su papel y compone un personaje extraño, excesivo y con un punto desagradable que, sin embargo, nunca cae en lo vulgar o lo grotesco, a pesar de jugar con ciertos límites que nunca sobrepasa. Tal vez un ejemplo de humor irreverente pero sin perder elegancia y mesura, algo de lo que podría tomar nota Santiago Segura y el cine español en general. Culturas distintas, sin duda, pero el mal gusto no tiene porqué convertirse en norma.

Otra virtud de El irlandés es la magnífica coreografía de secundarios que completan este universo tan peculiar en que nos introduce John M. McDonagh, que no solamente arropan la trama principal, sino que aportan también su dosis de comicidad, incluso cuando algunos de estos personajes tan solo aparecen durante muy breves instantes, lo que habla muy bien de un guión que no ha dejado nada al azar.

Sin duda, una grata sorpresa dentro del cine actual. Le faltan algunos detalles para convertirse en una gran película pero, aún con sus límites, El irlandés es una experiencia muy gratificante.

viernes, 2 de diciembre de 2022

Los traductores



Dirección: Régis Roinsard.

Guión: Régis Roinsard, Daniel Presley y Romain Compingt.

Música: Jun Miyake.

Fotografía: Guillaume Schiffman.

Reparto: Lambert Wilson, Olga Kurylenko, Alex Lawther, Riccardo Scamarcio, Sidse Babett Knudsen, Eduardo Noriega, Anna Maria Sturm, Frédéric Chau, Maria Leite, Manolis Mavromatakis, Sara Giraudeau.

Con el fin de publicar el tercer y último libro de un best seller mundial simultáneamente en varios países, el editor (Lambert Wilson) reúne a nueve traductores de diferentes países en un búnker aislados del mundo.

Los traductores (2019) es una prueba más de esa tendencia a crear tramas imposibles, plagadas de giros tramposos donde la verosimilitud y la lógica son aparcadas sin remordimiento alguno en busca del espectáculo, cueste lo que cueste.

Si nos detenemos a analizar con un mínimo de lógica el argumento de Los traductores nos toparemos con un guión rocambolesco construido con pinzas donde la lógica no tiene cabida. La idea de encerrar a los traductores para salvaguardar el secreto del argumento del libro a traducir y lograr que su publicación se convierta en un acontecimiento que reporte millonarios beneficios a la editorial podría resultar aceptable sino fuera porque desde el principio los traductores parecen entrar en un campo de concentración y no en su lugar de trabajo. El comienzo resulta ya, por lo tanto, grotesco. 

Pero si pensábamos que las sorpresas terminaban ahí, el desarrollo de la cinta nos irá sacando de dudas a golpe de giros encadenados, especialmente en el último tercio, donde parece que los guionistas se creyeron autorizados a un más difícil todavía sin respeto ni al espectador ni al sentido común. El problema es que ha habido tantos films que han pecado del mismo defecto, donde el juego del engaño ha alcanzado cotas inusuales, que el espectador un poco avezado en estas lides ya no se sorprende fácilmente con estos juegos. Es más, uno acaba esperando lo inesperado y de este modo lo que debía ser el truco de magia definitivo que nos dejara boquiabiertos es, al menos para mí, una nueva prueba de talento desperdiciado por un afán de espectáculo a toda costa, sacrificando todo lo sacrificable en busca del desenfrenado desenlace.

Los personajes son, en su mayoría, de cartón piedra; no interesa profundizar en ellos, salvo unas pinceladas sobre la traductora danesa, en el único momento de la película con algo de sentimiento, por lo que tampoco nos implicaremos demasiado en sus problemas.

El relato se convierte en una especie de puzzle donde el director juega con el desarrollo, avanzando y retrocediendo en el tiempo a su antojo, creando un nuevo artificio que adorne aún más su juego de engaños, pues tal vez sea consciente de que el relato lineal desvelaría la simplicidad argumental del entramado. En todo caso, Los traductores es un juego donde la meta no es elaborar una trama coherente, sino una sorprendente, de manera que lo que se busca, la clave que los guionistas piensan que dará prestigio a su trabajo, es el despiste, el juego de las pistas falsas para concluir con un final lo más sorprendente posible.

Desde luego, casi lo consiguen, aunque el engaño no tiene en realidad mucho mérito, pues los autores juegan con cartas marcadas.

El reparto es una especie de Torre de Babel: tal vez para intentar dar credibilidad a la historia, se reúnen actores de la misma nacionalidad de los países que representan. Su trabajo resulta correcto, aunque tampoco asistimos a nada espectacular, solo a un trabajo que no pasa de rutinario.

Los traductores, desprovista de un guión profundo y de personajes con los que empatizar, se reduce a un pasatiempo tramposo donde solamente el descubrir quién y por qué es el malo de turno puede justificar su visionado, que aún con ese misterio en el horizonte resulta cansino y pesado.