El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

jueves, 25 de julio de 2013

Vivir para gozar



Dirección: George Cukor.
Guión: Sidney Buchman (Teatro: Philip Barry).
Música: Sidney Cutner.
Fotografía: Franz Planner (B&W).
Reparto: Cary Grant, Katharine Hepburn, Lew Ayres, Doris Dolan, Edward Everett Horton, Henry Daniell, Henry Kolker, Binnie Barnes.

Johnny Case (Cary Grant) y Julia Seton (Doris Nolan) se enamoran durante unas vacaciones. Es un auténtico flechazo y deciden casarse lo antes posible. Sin embargo, no saben nada el uno del otro y mientras Johnny es un joven con unas ideas muy peculiares, Julia es una chica de buena familia que desea que su marido triunfe en los negocios, como su padre.

Vivir para gozar (1938) es una comedia romántica que en muchos aspectos nos recordará sin duda a Vive como quieras (Frank Capra), curiosamente también de 1938. Ambas transmiten un mensaje optimista y se asemejan a un hermoso cuento de hadas donde todo es posible y donde la vida puede vivirse al margen de metas más materialistas. Claro que el film de Capra es mucho más alocado y rico en personajes y situaciones, pero ambos comparten un mismo mensaje y una misma filosofía.

Y el mensaje es que la vida es algo mucho más grande e importante como para desperdiciarla trabajando como un loco con la meta de ganar dinero sin parar. El mensaje es, ni más ni menos, que todo un ataque contra el sueño americano. Johnny Case quiere disfrutar de la vida, buscarle un significado, ser dueño de sus decisiones. Y para ello necesita liberarse de las ataduras del trabajo, de las obligaciones, de las cargas que uno se va poniendo en la espalda casi sin querer (familia, trabajo, relaciones sociales, hipotecas,...). El conflicto, como tiene que suceder en toda comedia, vendrá cuando descubra que su prometida piensa de manera totalmente opuesta a él mientras que, por el contrario, la hermana de ésta, Linda (Katharine Hepburn), no sólo comparte sus ilusiones, sino que termina enamorándose de él. Es fácil anticipar el desenlace, claro está.

Sin embargo, lo importante en este caso ya no es el final feliz que todos adivinamos desde el principio, sino el desarrollo de las situaciones, los diálogos y el retrato de los protagonistas. Y aquí de nuevo podemos admirar el cuidado exquisito que se le daba en aquellos años al guión. Lejos de contentarse con plantear la situación y darle curso alegremente, las historias se trabajaban convenientemente, con rigor y con buen gusto. Y el resultado son unos personajes complejos, tanto los protagonistas como los secundarios, lo que le da sin duda solidez a la historia, unos diálogos notables y una comedia que además de resultar muy entretenida añade ese plus de incorformismo, de crítica social y de utopía que convierten a una película sencilla en algo mucho más rico y profundo.

Es cierto que al tratarse de una comedia las críticas aparecen enmarcadas en un envoltorio suave, amable incluso. Pero no por ello son menos directas: el culto al dinero, la hipocresía, el clasismo, el lujo desmesurado, el fin de los sueños, que en el caso de Ned (Lew Ayres), el hermano de Linda, le lleva al alcoholismo, o misma la traición a los propios orígenes, como le sucede a la familia Seton una vez alcanzada la riqueza. Sólo la infancia, representada por el cuarto de los juegos, se salva de las críticas y aparece como el tiempo feliz en que todo era posible y la inocencia y la felicidad reinaban a sus anchas.

Es cierto, sin embargo, que se nota en algunos momentos el origen teatral de la película. Puede que ahí resida también el hecho de en algunas escenas flojee un poco el ritmo. Y es que a veces parece como si en medio de una secuencia los personajes se quedaran parados o no hubiera la fluidez precisa en los diálogos. En todo caso, se trata de detalles menores que no afectan a lo fundamental.

En cuanto a los actores, he de reconocer que Cary Grant siempre me ha parecido el galán perfecto para este tipo de películas y además, en este caso concreto, su trabajo es excelente, mucho más convincente que en otras películas suyas donde a veces gesticula en exceso. Tal vez se pueda achacar ésto a la presencia de George Cukor, de igual manera que podría explicar que una gran actriz como Katharine Hepburn esté en esta película mucho más natural que en otros trabajos. El resto de actores cumplen sólidamente con su cometido, componiendo un perfecto universo de personajes que complementan a la perfección a la pareja protagonista.

Sin duda, una buena comedia clásica, con un muy interesante toque subversivo y de crítica social que, sin ser tan reconocida como otras comedias clásicas, contiene suficientes alicientes como para hacerle un hueco en nuestra filmoteca.

lunes, 15 de julio de 2013

Asesinato en la Casa Blanca



Dirección: Dwight H. Little.
Guión: Wayne Beach y David Hodgin.
Música: Christopher Young.
Fotografía: Steven Bernstein.
Reparto: Wesley Snipes, Diane Lane, Alan Alda, Daniel Benzali, Ronny Cox, Dennis Miller, Tate Donovan, Diane Baker, Tom Wright, Charles Rocket.

Una joven funcionaria aparece asesinada dentro de la mismísima Casa Blanca. El detective de homicidios de Washington D.C. Harlan Regis (Wesley Snipes) es encargado de llevar la investigación. Pronto se encontrará con que el propio servicio de seguridad de la Casa Blanca no está por la labor de facilitarle el trabajo.

Hacer un thriller más o menos resultón se ha convertido en algo relativamente sencillo. Basta con seguir unas reglas conocidas y tenemos un producto comercial que se digiere fácilmente. Por ello, buscando un punto de originalidad, en este caso se decidió llevar el crimen nada menos que a la Casa Blanca. Un plus, pensarían los guionistas. El resultado no deja de ser un thriller bastante convencional con esa curiosa localización.

Asesinato en la Casa Blanca (1997) no es un buen thriller, ni mucho menos. La culpa de todo reside en que se trata de una historia tratada con muy poca originalidad y un guión bastante tramposo. Resulta entretenida, eso sí, pero ello es algo que suele pasar con cualquier historia que esconda un secreto. Ese mero detalle hará que sigamos la película con un cierto interés sólo por llegar a descubrir ese secreto. Sin embargo, el resultado final, el buen o mal sabor de boca que nos quede, dependerá mucho de la honestidad y coherencia del desenlace. En este caso, tenemos el típico guión tramposo que oculta intencionadamente sus bazas para intentar sorprendernos con un asesino que nadie esperaba. La cosa no tiene mérito ninguno. El asesino, el malo de turno, aparece brevemente al comienzo de la película y luego el guión lo oculta hasta llegar al desenlace. Aparece entonces como el conejo en la chistera y los guionistas pretenden con ello que nos rindamos presos de admiración y sorpresa. No sólo no sucede eso, sino que me pareció un desenlace bastante chapucero, poco o nada convincente, precipitado y que abusa de lo melodramático con un tiroteo absurdo que resulta del todo increible. Y ésto es lo peor de todo, que una historia más o menos entretenida termine de una manera tan chapucera. Porque al final nos quedamos con un sabor de boca bastante malo.

Y eso que la película, como decía, resulta en general entretenida. Básicamente por la intriga de conocer al culpable, que en un primer momento apunta hacia el hijo del presidente e incluso hacia el presidente mismo. Es el típico juego de engañarnos para que no demos nada por hecho. Y en cierto modo va funcionando. Al menos hace que sigamos las peripecias del detective Regis, con constantes y misteriosas amenazas sobre su persona que resultan, estas sí, creíbles toda vez que andan mezclados los servicios secretos norteamericanos.

Wesley Snipes, esta vez en un papel donde no ha de lucir tanto sus dotes para la lucha, resulta un policía con una buena presencia y su trabajo me pareció muy convincente. Tiene como compañera de reparto a la siempre atractiva Diane Lane, un bonito rostro que cumple correctamente. El problema es que, siendo él negro y ella blanca, desde el comienzo tenía serias dudas de cómo se resolvería la típica historia de amor entre los protagonistas que suele aderezar este tipo de películas. El resultado es que no hay historia de amor. Puede que estemos en un momento de gran tolerancia y avances en derechos sociales, pero en algunos detalles se percibe que hay cosas que es mejor no tocar. Ni un casto beso se puede ver entre ellos. La sensación que uno tiene viendo la película es que son como agua y aceite.

Los secundarios, cumplidores y poco más.  Resaltar la presencia de Daniel Benzali, conocido más por sus apariciones en series de televisión, presta aquí su peculiar fisonomía a uno de los sopechosos de turno, en un trabajo un tanto hierático que no resulta del todo natural. A su lado, un buen Alan Alda cuya presencia es más breve de lo que sería deseable.

Asesinato en la Casa Blanca no va a aportar nada que no se haya visto en innumerables films anteriormente, salvo el detalle de implicar a la familia del presidente. Es una película para pasar el rato, sencilla, muy clásica en su plateamiento, con un guión tramposillo, que es el recurso fácil cuando no se cuenta con una historia sólida y que nos mantendrá más o menos entretenidos hasta que el final chapucero nos venga a demostrar lo que el film es en realidad: una pequeña tontería, un producto de consumo para olvidar en poco tiempo.

domingo, 14 de julio de 2013

Dodge, ciudad sin ley



Dirección: Michael Curtiz.
Guión: Robert Buckner.
Música: Max Steiner.
Fotografía: Sol Polito.
Reparto: Errol Flynn, Olivia de Havilland, Ann Sheridan, Bruce Cabot, Frank McHugh, Alan Hale, Henry Travers.

Wade Hatton (Errol Flynn), un antiguo militar de origen irlandés que trabaja ahora conduciendo ganado, llega con un rebaño a Dodge City, una ciudad sin ley dominada por Jeff Surrett (Bruce Cabot), un cacique sin escrúpulos que impone su autoridad por la fuerza.

Dodge, ciudad sin ley (1939) pertenece a una época en que el western aún era un film menor, de serie B, donde la acción era predominante y la línea que separaba a buenos y malos era de una nitidez meridiana. Recordemos que en este mismo año Ford dirige La diligencia, que será la que marque el paso del western a género adulto.

Sin embargo, Dodge, ciudad sin ley es todo menos un film menor. Tanto por su duración, por los medios con los que cuenta Curtiz y por el reparto, con Errol Flynn, el galán por excelencia, al frente, comprendemos que estamos ante un proyecto de cierta embergadura.

La base de la película es sencilla: el progreso de la colonización del oeste, el avance del ferrocarril y la necesidad de llevar la ley y el orden a los nuevos territorios ganados a la civilización. Sobre esta base argumental, Curtiz desarrolla la base dramática de la película, el enfrentamiento entre el héroe Hatton y el corrupto cacique local, Surrett. Y como acompañamiento indispensable, la historia de amor de turno. Como se ve, nada nuevo bajo el sol y con un enfoque además del todo clásico: Errol Flynn encarna a un héroe sin mácula, valiente, apuesto y honrado. Sus enemigos, lógicamente, no tienen ni una sola virtud, son traidores, cobardes y mentirosos. No hay sitio para las medias tintas. Y la verdad es que tampoco se echan en falta. La clara división de buenos y malos simplifica el planteamiento y funciona de maravilla en un western donde lo que prima es un ritmo ágil donde se imponen las escenas de acción, donde Michael Curtiz demuestra su soltura con la cámara brindándonos un espectáculo sin tacha. Memorable es la pelea en el saloon o el duelo final en el tren con el vagón en llamas. Sin duda, la esencia de los westerns en estado puro y filmada con una brillantez encomiable.

La ambientación es otro elemento que merece destacarse. La recreación de la ciudad de Dodge está especialmente lograda con unos planos que no dejan ningún espacio libre. Son encuadres llenos, densos, que contribuyen a crear un ambiente de ciudad bulliciosa, abarrotada, viva. Al tiempo, Curtiz consigue marcar un ritmo intenso que hace que la acción transcurra con absoluta fluidez, con un control absoluto de la alternancia de escenas de acción y de transición y también dosificando perfectamente los momentos dramáticos con otros con un tono más de comedia, que consiguen que la historia fluya de una manera ágil.

Y al frente de todo, la gran pareja de la década: Errol Flynn y Olivia de Havilland, quizá la pareja más inmortal del cine, compitiendo con la también célebre de Fred Astaire y Ginger Rogers. La química entre ambos es sensacional y sin duda, Flynn era la personificación más perfecta del héroe por excelencia. A su lado, secundarios de lujo como Bruce Cabot, Alan Hale o Henry Travers.

En definitiva, un western sencillo, con un ritmo infernal, sin complicaciones argumentales, directo y eficaz. Un buen ejemplo de cine clásico bien hecho que busca exclusivamente el espectáculo y lo consigue admirablemente. Nada más, y nada menos.

El extraño



Dirección: Orson Welles.
Guión: Anthony Veiller (Novela: Victor Trivas).
Música: Bronislau Kaper.
Fotografía: Russell Metty (B&W).
Reparto: Edward G. Robinson, Loretta Young, Orson Welles, Philip Merivale, Richard Long, Konstantin Shayne, Billy House.

Wilson (Edward G. Robinson) es un agente de la Comisión de Crímenes de Guerra que anda tras la pista de Franz Kindler (Orson Welles), uno de los cerebros de los campos de exterminio nazis. No hay ningún dato ni fotografía que permita identificar a Kindler, por eso Wilson decide poner en libertad a un antiguo camarada de Kindler con la esperanza que lo lleve hasta él.

Orson Welles tiene el mérito de haber dejado una profunda huelle en el mundo del cine. Antes de ser desterrado de Hollywood, y después también, Welles demostró su gran talento, rozando la genialidad. El extraño (1946), con ser un film en apariencia menor dentro de su filmografía, nos demuestra una vez más el dominio que tenía Orson Welles del lenguaje cinematográfico.

El extraño fue una película de encargo de la RKO que Orson Welles decidió realizar para demostrar a los estudios que era capaz de ceñirse a un presupuesto y hacer una buena película. Sin embargo, parece ser que el film sufrió bastantes cortes que no gustaron a Welles, que terminó renegando de la película tal y como salió de la sala de montaje. Fue ésta la primera y última película que dirigió en estas condiciones. Más adelante, cuando necesitaba dinero para financiar sus proyectos, Welles trabajaba en films ajenos pero sólo como actor.

El extraño es un film de intriga política con un argumento perfectamente hilvanado que nos engancha desde el principio y cuya tensión crece sin parar hasta el climax final. Y ello con muy pocos elementos: una trama sencilla, escasos personajes y un escenario único, el pueblo de Harper, donde transcurre casi toda la película. Y es precisamente en el dominio de estos pocos elementos y en cómo Welles sabe sacarles todo el partido posible donde podemos comprobar la genialidad del director. Y es que Orson Welles demuestra de nuevo, como había hecho ya en su debut cinematográfico con Ciudadano Kane (1941), su comprensión de las claves del lenguaje cinematográfico y su explotación al máximo como recurso narrativo. La película está repleta de pequeños detalles visuales que actúan como un narrador silencioso (el detalle de la pipa rota, por ejemplo), al tiempo que Welles incide en el uso de la fotografía para crear una atmósfera amenazadora y tétrica a base de claroscuros y se sirve de la cámara, con planos forzados o contrapicados, como un recurso expresivo más. Con todo ello, consigue crear un ambiente único en la película y que es una de las claves que hacen que de El extraño una pequeña maravilla a nivel narrativo y visual.

Con ello, Welles consigue insuflar de vida, de carácter, a una historia bastante sencilla que quizá en manos de otro hubiera dado lugar a un film menor y sin demasiado interés. Pero Welles saca petróleo del guión y consigue crear una atmósfera amenazante que va creciendo lentamente con una graduación medida al milímetro. El control de los tiempos, el ritmo perfecto que le da al relato son otra de las claves de El extraño.

A menudo se reconoce a Welles como uno de los más grandes directores de la historia del cine. Sin embargo, para mí se trata también de uno de los mejores actores y ello queda más que patente en este caso. Si bien la película cuenta con la sólida presencia de Edward G. Robinson y muy buen trabajo de Loretta Young, sin duda es el propio Orson Welles el que nos hipnotiza con su poderosa presencia. En cada secuencia en que aparece, roba por completo el protagonismo a cualquiera que se le acerque.

Al final, El extraño termina imponiéndose como un apasionate film de intriga dominado por una atmósfera sobrecogedora, un ritmo perfecto y un control total por parte del director de todo lo que implica el lenguaje cinematográfico. Algo al alcance de muy pocos directores a lo largo de la historia del cine. 

viernes, 12 de julio de 2013

Un final made in Hollywood



Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Música: Varios.
Fotografía: Wedigo Von Schultzendorff.
Reparto: Woody Allen, Téa Leoni, Treat Williams, George Hamilton, Mark Rydell, Debra Messing, Tiffani Thiessen, Barney Cheng, Isaac Mizrahi, Greg Mottola.

Val Waxman (Woody Allen) es un director de cine que tras haber ganado dos Oscars ha caído en el olvido. Los únicos trabajos que le encargan son en publicidad, pero él desea poder volver a rodar una buena película. La oportunidad le llegará de la mano de su exmujer (Téa Leoni), que convence a su novio, el productor de la película (Treat Williams), de que Val Waxman es el director perfecto para la misma.

Podríamos comenzar diciendo que Un final made in Hollywood (2002) es una película más en esa carrera de Woody Allen por dirigir un film por año, lo que le ha llevado a filmar algunas películas que distan mucho de poder incluirse entre lo mejor de su carrera. El caso de Un final made in Hollywood es bastante similar al de muchas películas suyas recientes: tiene el sello inconfundible de Allen pero da la impresión que el director se contenta ahora con menos.

A pesar de ello, la película cuenta con un importante aliciente, y es que se trata de una película que nos habla de la manera de hacer una película. Allen, en un papel con muchos elementos autobiográficos, sin duda, encarna a un director al que después de diez años le ofrecen al fin la oportunidad de volver dirigir una película. De esta manera,  nos introduce entre bambalinas y podemos disfrutar viendo los entresijos de una producción de Hollywood, aún contando con que muchos aspectos estén tratados de un modo altamente paródico. Y este argumento también le ofrece a Allen la oportunidad de ironizar sobre el mundo del celuloide y también sobre sí mismo y su carrera como director. Y es que, como decíamos antes, se pueden intuir muchos elementos autobiográficos en la película, como el hecho de que Waxman busque operadores y directores de fotografía extranjeros, su alusión a la acogida de su cine en Europa (con una curiosa carga de profundidad a su vez hacia algunos críticos que tachan de genio la obra de un ciego), etc. Como curiosidad, por ejemplo, señalar que la ropa que viste Woody Allen en la película es la suya propia.

Las críticas al mundo de Hollywood son evidentes, empezando en cómo un director con dos Oscars puede haber sido desterrado por culpa de sus manías. Y es que la imagen que obtenemos es la de una industria en la que el talento o la originalidad han de supeditarse a los deseos de los productores y, en última instancia, al dictado de la taquilla. Pero también Allen ridiculiza las manías de los directores, técnicos y actores, llevándolas al absurdo. A pesar de todo, el tono ligero que emplea el director hace que esos dardos se perciban más bien como leves reprimendas. Y es que parece que Woody Allen ha optado por darle un enfoque a la película decididamente de comedia, dejando las críticas más ácidas para otra ocasión. De hecho, el final feliz en que todo termina encajando (el director recupera la vista y a su esposa, la película termina siendo valorada como una genialidad en Francia) está más en la línea dulce y complaciente de las comedias más inocentes.

En cuanto a la película en sí, la verdad es que Allen no ofrece demasiadas novedades. Volvemos a tenerlo interpretando a un personaje paranóico al que las cosas no le van bien, al que su mujer ha abandonado cansada de sus manías y que se encuentra en un punto muerto de su carrera. Es el Woody Allen histriónico que hemos visto en tantas y tantas películas. Y a pesar de ello, es el Allen que uno espera y desea. Quizá resida aquí el mérito de este director, ha creado un personaje único y muy personal y no queremos que lo abandone. A pesar de poder resultar repetitivo, que lo es, nos encantan sus manías y sus torpezas.

Pero también es cierto que Un final made in Hollywood no tiene la inspiración de otros films de Allen. El tono es correcto, el ritmo adecuado, la historia es bastante interesante (el detalle de un director que debe rodar su película habiéndose quedado ciego me pareció genial), pero en realidad carece de la chispa y la gracia de otras películas de Allen. Es cierto que hay pequeños detalles aquí y allá soberbios, pero en conjunto se nota que la película transcurre por terrenos que el director domina pero sin la genialidad que esperamos de este hombre. Culpa suya, pues nos ha acostumbrado a momentos tan maravillosos que ahora una buena película suya ya nos sabe a poco.

En el reparto, tenemos esta vez a un grupo de actores menos habituales pero que de nuevo cumplen sin problemas a las órdenes de Allen. El papel femenino principal recae esta vez en la atractiva Téa Leoni. El único pero que se puede poner es que me pareció demasiado joven para admitir con naturalidad que estuviera casada con el personaje de Allen. Sorprende también la presencia de actores como Treat Williams, un actor con una no muy amplia carrera en el cine, aunque sí en televisión y teatro, o George Hamilton, un actor de segunda fila al que Allen da un papel secundario. Fiel, eso sí, a la presencia de una actriz espectacular en sus últimos films, Allen cuanta aquí con las atractivas Tiffani Thiessen y Debra Messing. Pero como viene siendo costumbre en él, el verdadero protagonista de la película es el propio Woody Allen, en un papel sin sorpresas y claramente reconocible.

Un final made in Hollywood sin duda alguna que no defraudará a los incondicionales de Woody Allen, porque la película contiene la esencia de su humor y su personaje más reconocible, el propio Allen. Sin embargo, que nadie espere una obra maestra o una comedia hilarante. Es un film ameno, con muy buenos momentos, con el gran acierto de la idea de que un director ciego pueda hacer una gran película (buena crítica a la industria cinematográfica y a los críticos), pero que no deja de ser una comedia amable y sencilla. ¿Parece poco?, puede ser. Sin duda, de Woody Allen esperamos siempre algo más, pues nos ha demostrado de lo que es capaz. Pero tampoco podemos pedirle que haga siempre obras maestras, y menos con el ritmo anual con que trabaja. Un final made en Hollywood es una buena película, una comedia que se ve de un tirón y con una sonrisa en los labios. Para muchos directores actuales, el súmmum al que podrían aspirar.

miércoles, 10 de julio de 2013

Antes del amanecer



Dirección: Richard Linklater.
Guión: Richard Linklater & Kim Krizan.
Música: Fred Frith.
Fotografía: Lee Daniel.
Reparto: Ethan Hawke, Julie Delpy.

Jesse (Ethan Hawke) es un joven norteamericano que va camino de Viena, donde debe tomar el avión que le lleve de vuelta a Estados Unidos tras un período de tiempo por Europa. En el tren en el que viaja conoce a Céline (Julie Delpy), una muchacha francesa que regresa a París tras visitar a su abuela.

Película modesta, con solo dos personajes y una cámara siguiéndolos por Viena. Esto es Antes del amanecer (1995), una película sin demasiadas pretensiones que sin embargo caló entre el público y dio lugar a una curiosa saga de films que van desarrollando esta relación amorosa entre Jesse y Céline a lo largo de los años en Antes del atardecer (Richard Linklater, 2004) y Antes del anochecer (Richard Linklater, 2013).

En Antes del amanecer asistimos al nacimiento de todo, por casualidad, durante un viaje en tren. Los dos jóvenes se sientes atraídos y comienzan a hablar, a contarse cosas, a buscarse, a intentar descubrirse. Es el juego del amor, la seducción a veces torpe, la atracción que puede más que la lógica o la razón. Jesse y Céline tienen que seguir juntos, lo necesitan. Por ello ambos deciden pasar la noche que precede el regreso de Jesse a Estados Unidos en Viena.

Básicamente, Antes del amanecer es un film romántico, la historia de amor que nace entre sus dos protagonistas, su lucha por hacer de su encuentro algo especial, aún sabiendo que puede ser la única noche que pasen juntos en su vida. El acierto del guión es presentarnos ese encuentro sin caer en el romanticismo facilón y lacrimógeno. El riesgo era evidente y hay muchos momentos en que el guión podría decantarse por lo sensiblero. Pero no es así. Linklater prefiere contarnos una sencilla historia de un modo más distante, más moderno quizá, más realista. De aquí nace un film sincero, directo y un tanto frío también. Por ello, este tratamiento algo distante, con algún abuso de los tintes intelectuales, demasiado repetitivo en muchos momentos, lleva al tiempo que su acierto su penitencia. Y es que a veces las conversaciones de los dos enamorados se vuelven intrascendentes o confusas o repetitivas y es entonces cuando el ritmo decae y el film parece entrar en una vía muerta. Se echa de menos un poco más de vida, un cambio de decorado, un poco más de sentimiento y mucha menos conversación. Y es que mantener la emoción y la tensión a base dos personajes que se pasan el noventa por ciento del film charlando no es nada sencillo y Richard Linklater pierde el pulso por momentos.

No obstante, en lo esencial, Antes de amanecer permanece como un film sincero, como una propuesta honesta de contar una historia real, que podría pasarle a cualquiera. Y aquí está gran parte del éxito del film, en el hecho de que muchos espectadores se han sentido identificados con los que se cuenta, bien por haber vivido algo semejante o por haber deseado vivirlo alguna vez. Y es que el amor tiene un mensaje universal fácilmente reconocible. De ahí que cuando se cuenta una buena historia, directa, verosímil y sincera, el resultado es una buena acogida general.

Además, Antes del amanecer cuenta con dos protagonistas que quedan perfectos en la pantalla y transmiten mucha química. Son dos actores bastante guapos, pero sin ser empalagosos. Resultan además completamente creíbles y es relativamente sencillo ponernos en su piel y sentir la emoción de un encuentro tan mágico como furtivo, lleno de promesas y de sueños. ¿Cómo no dejarse llevar por el encanto?

El desenlace abierto me pareció además una bonita manera de rematar la historia. Puede que algo brusca, pero dejando libertad absoluta al espectador para buscar el final que más le gustase. Sin embargo, el hecho de continuar la historia nueve años después en Antes del atardecer parece poner ciertas dudas sobre la verdadera utilidad o sentido de semejante desenlace. A pesar de ello, las pélículas de esta serie admiten verse de una manera exclusiva, al menos las dos primeras, sin necesidad de tener que completar el cliclo que nos propone el director.

En todo caso, sin ser un film completamente redondo, Antes del amanecer nos ofrece un nuevo y moderno tratamiento del romanticismo en el cine, menos apasionado, más actual, pero sin duda bastante acertado, porque trata el encuentro romántico de una manera certera y convincente.

martes, 9 de julio de 2013

El sastre de Panamá



Dirección: John Boorman.
Guión: Andrew Davies, John Le Carré, John Boorman (Novela: John Le Carré).
Música: Shaun Davey.
Fotografía: Philippe Rousselot.
Reparto: Pierce Brosnan, Geoffrey Rush, Jamie Lee Curtis, Brendan Gleeson, Catherine McCormack, Leonor Varela, Harold Pinter, Daniel Radcliffe.

Andy Osnard (Pierce Brosnan), un espía británico, ha sido enviado a Panamá a modo de castigo debido a sus múltiples irregularidades en sus métodos de trabajo. Sin embargo, Andy no se lo toma del todo mal y su intención es lograr redimirse ante sus superiores con un buen trabajo en Panamá. Buscando posibles informadores, Osnard descubre a un sastre inglés muy bien relacionado con las autoridades locales.

El sastre de Panamá (2001) es una adaptación de una novela del célebre John Le Carré, conocido por sus apasionantes relatos de espías. Sin embargo, mientras las primeras novelas de Le Carré estaban ambientadas en la Guerra Fría y aportaban por lo tanto un plus de interés y verosimilitud, el paso del tiempo ha hecho que el escritor intentara adaptar sus argumentos a conflictos más actuales. El resultado, como vemos en El sastre de Panamá, es una intriga mucho menos apasionante y con muchos menos visos de verosimilitud. Y es que el principal defecto que le encontré a la historia es que no resulta del todo creíble: uno se pregunta qué papel juegan realmente los británicos en Panamá y si sería posible que implicaran militarmente a los norteamericanos con una serie de insinuaciones y sin una sola prueba.

Afortunadamente, El sastre de Panamá es mucho más que esa intriga política que, si bien es el telón de fondo de todo lo que sucede en la pantalla, se queda en segundo plano ante el verdadero significado de la historia: el juego entre dos personajes opuestos que luchan, cada uno a su manera, por sobrevivir. Lo apasionante de la historia no es la realidad política, que personalmente me resultaba bastante indiferente, sino la lucha de Harry Pendel (Geoffrey Rush) por salir a flote a base de su especialidad, las mentiras. Y es que Pendel aprendió a escapar de la realidad construyéndose un universo paralelo mucho más amable y gratificante y es esa habilidad para fabular la que le sirve para satisfacer las crecientes exigencias de Andy Osnard. El problema es que Pendel se va metiendo en la boca del lobo sin darse cuenta y va metiendo también en ella a sus amigos con la buena intención de ayudarles. Y es ésto precisamente lo que constituye el verdadero interés de El sastre de Panamá, su riqueza, lo que la define y la diferencia de tantos films de espías al uso como hemos visto. La película se construye en base a un cúmulo de mentiras. Pendel cree que mantiene el interés de Osnard gracias a su ingenio en idearse tramas y opositores al régimen, pero Osnard engaña al sastre haciéndole creer que se traga sus fabulaciones cuando, en realidad, las fomenta a sabiendas que no valen nada, salvo para que Osnard pueda sacar su propio beneficio a costa de quién sea.

La auténtica intriga de El sastre de Panamá no está en las implicaciones políticas de las mentiras de Pendel, que además resultan inverosímiles, sino en asistir a este juego de engaños en el que nos vamos también implicando y del que no podemos preveer las consecuencias. Y es que en realidad nos empezamos a compadecer de Harry Pendel, que es un buen hombre a pesar de ese mundo de mentiras que ha tejido para huir de su pasado. Y empezamos a temer por su vida y por su familia y por sus amigos porque, al contrario que él, Andy Osnard es un ser perverso, el diablo en palabras de Marta (Leonor Varela), la empleada de Pendel en la sastrería.

Así que El sastre de Panamá es fundamentalmente, el choque entre dos personajes, ambos mentirosos, ambos embaucadores profesionales, pero mientras que uno lo hace de manera más o menos noble, incluso pagando las deudas de su amigo, el otro es un hombre amoral que no siente nada por nadie, que sólo busca su propio beneficio sin importarle las consecuencias ni a quién pueda llevarse por delante.

Y de esta manera tenemos que la película es, básicamente, un enfrentamiento entre Osnard y Pendel o, visto de otra manera, entre Pierce Brosnan y Geoffrey Rush. Y es que el trabajo de ambos resulta básico para el buen funcionamiento de la película. Brosnan encarna una especie de malvado James Bond. Andy Osnard es atractivo, manipulador, cínico y la verdad es que Brosnan da el tipo de maravilla. Su atractivo es indudable y a ello añade una pose chulesca, unos aires de suficiencia, una arrogancia que parecen brotar con absoluta naturalidad. Un trabajo impecable completamente creíble. A su lado, o enfrente,  Geoffrey Rush, un actor de teatro que hace un trabajo realmente admirable; Pendel es un buen hombre atrapado en su propia red de mentiras, pero debajo de ellas percibimos a una persona honesta, un perdedor que ha intentado redimirse del único modo que ha sabido y Rush da forma a esa compleja personalidad de manera brillante.

Junto a ellos, una variedad de secundarios realmente eficaces, empezando por Jamie Lee Curtis, que aprovecha perfectamente sus escasos momentos en pantalla, o Leonor Varela, Brendan Gleeson y el resto de actores que componen un elenco muy bien aprovechado.

El gran mérito de John Boorman consiste en hacer que las casi dos horas de película, donde la acción brilla por su ausencia, resulten muy amenas y donde no perdemos el interés por la historia en ningún instante. A base de buenos diálogos, de escenas variadas y sobre todo del buen trabajo de los dos protagonistas, Boorman logra mantener el ritmo y el interés a lo largo de toda la cinta. Puede que el desenlace sea algo precipitado y confuso, en contrapartida con un relato más sosegado y claro, amén de ser más o menos creíble, pero ya poco importa porque todo lo bueno que había que contar y que ver ya lo hemos disfrutado antes.

El sastre de Panamá es un film de espionaje realmente original, donde los personajes cobran mucho más peso que la mera intriga política. Un film donde se termina por imponer el componente humano, el retrato de las personas, de sus debilidades, sus miedos, sus miserias. Y es aquí donde reside el verdadero interés y la belleza de la película.

viernes, 5 de julio de 2013

El hombre que nunca estuvo allí



Dirección: Joel Coen.
Guión: Joel Coen, Ethan Coen.
Música: Carter Burwell.
Fotografía: Roger Deakins (B&W).
Reparto: Billy Bob Thornton, Frances McDormand, Tony Shalhoub, James Gandolfini, Jon Polito, Michael Badalucco, Scarlett Johansson, Katherine Borowitz, Richard Jenkins.

Ed Crane (Billy Bob Thornton) es un hombre mediocre con una vida mediocre. Ejerce de barbero con su cuñado, pero ni el trabajo ni la vida que lleva le hacen feliz. Un día, surge la oportunidad de invertir en el que parece ser un buen negocio y Ed aprovecha la infidelidad de su mujer con su jefe para chantajear a éste y obtener así los diez mil dólares que necesita para invertir en el negocio.

Los films de los hermanos Coen tienen ese toque personal del cine de autor que los caracteriza y los distingue. Buscan dejar su impronta, al estilo de Woody Allen, por ejemplo. Y El hombre que nunca estuvo allí (2001) es un film muy personal y como tal, tendrá sus admiradores incondicionales mientras que a otros los dejará un tanto fríos.

Para empezar, la elección del blanco y negro para este thriller, así como el situarlo en los años cuarenta, parece señalar el deseo de los Coen de rendir un homenaje al cine negro americano clásico. El detalle de Ed Crane fumando constantemente nos recuerda directamente a los personajes de Humphrey Bogart.

Visualmente, la película es impecable. Tanto la fotografía, preciosista por momentos, como el vestuario y los decorados ofrecen un envoltorio elegante a la historia. El ritmo elegido es lento, parsimonioso, con muchas escenas que parecen transcurrir a cámara lenta y que nos cuentan una historia en apariencia sencilla pero que se va complicando progresivamente hasta límites insospechados. Cuando parece que ha llegado a su fin, de pronto toma un nuevo giro que nos lleva un poco más allá. El problema es que de tanto retorcer las cosas y siempre con ese ritmo pausado, la película se alarga tanto que llega a cansar un poco. Cuando creemos haber llegado al final, los Coen siguen estirando la historia, como si no desearan terminar nunca, como si disfrutaran con ese juego de rizar el rizo en un más difícil todavía. Personalmente, creo que el resultado de tanta prolongación no es del todo satisfactorio, más que nada porque al final, el envoltotio, las formas, el toque intelectual del film acaban teniendo más relevancia que la historia en sí y no dejan mucho margen para que los personajes y las situacione cobren toda la fuerza que hubieran necesitado tener.

Y es que el ritmo tan lento como esa obsesión por las formas terminan por pasar factura al contenido. Los protagonistas se quedan más bien en esbozos de personas, no tenemos la sensación de que sean seres reales, tal vez por tanta estilización o por cargar tanto las tintas en algunos, como la señora Brewster (Katherine Borowitz) o el abogado Freddy Riedenschneider (Tony Shalhoub) por ejemplo, que terminan adoptando tintes caricaturescos. Las situaciones se quedan en apariencias un tanto frías, el film se pierde en historias secundarias que no aportan gran cosa (la fiesta italiana, el tema de los ovnis). Al final, sencillamente, la película se percibe como algo demasiado frío, sin alma, que nos deja en realidad indiferentes. Puede que esa fuera la intención de los hermanos Coen, no lo sé, pero creo que no beneficia para nada a la historia que se nos cuenta.

Billy Bob Thornton, siguiendo la línea de la película, compone un personaje frío, parado, un hombre que parece que no tuviera sangre en la venas. En todo caso, es un perdedor. Y el hecho de que lo sepamos hace también bastante previsible el desenlace, otro punto que no favorece demasiado a la película. Su historia, el salirse con la suya en el crimen que comete para luego pagar por aquel en que nada tuvo que ver nos recuerda inevitablemente a El cartero siempre llama dos veces (Tay Garnett, 1946). En todo caso, Thorton hace una interpretación muy buena. Lo mismo que Frances McDormand, una gran actriz que de nuevo demuestra su versatilidad, si bien en algunas escenas es víctima ella también de la aparatosidad formal de la película, con algunos momentos que rozan la caricatura. Tony Shalhoub, James Gandolfini, Jon Polito y una jovencita Scarlett Johansson completan un reparto sin fallos que termina por ser lo mejor de la película.

El hombre que nunca estuvo allí se termina revelando como un personal ejercicio de estilo de los hermanos Coen, formalmente impecable, de hecho la fotografía fue nominada al Oscar, que sin embargo pierde fuerza a la hora de profundizar en los personajes y acaba resultando demasiado fría y demasiado larga, lastrada por una historia que se alarga innecesariamente y un ritmo tan pausado que puede llegar a resultar muy pesado. No obstante, contiene momentos muy buenos y en general es una apuesta personal que merece todo mi respeto. Puede gustar más o menos, pero se sale de esas producciones comerciales que tan poco aportan a la gloria del cine.

jueves, 4 de julio de 2013

Hondo



Dirección: John Farrow.
Guión: James Edward Grant (Historia: Louis L'Amour).
Música: Hugo Friedhofer.
Fotografía: Robert Burks, Archie Stout.
Reparto: John Wayne, Geraldine Page, Ward Bond, Michael Pate, James Arness, Rodolfo Acosta, Lee Aaker, Leo Gordon, Tom Irish.

Hondo Lane (John Wayne), un correo de la caballería, llega un día a un rancho solitario en medio de territorio apache. Allí viven Angie Lowe (Geraldine Page) y su hijo de seis años Johnny (Lee Aaker) a los que previene de la inminencia de una guerra con los indios. A pesar de la advertencia, Angie decide no abandonar su rancho.

Dirigida por el padre de la actriz Mia Farrow, Hondo (1953) es un western sin duda menor que contiene, eso sí, algunos elementos interesantes que conviene destacar.

Para empezar, estamos en la década de los años cincuenta y el tratamiento del western empezaba a cambiar. Aquí podemos percibirlo en la visión que se da de los indios, en todo momento respetuosa y sin faltar evidentes halagos, como la frase final de Hondo cuando lamenta la inevitable desaparación del modo de vida de los indios a manos del hombre blanco. La guerra que desatan los indios está provocada por las mentiras de los blancos y a pesar que atacan a los colonos, en el film se evita en todo momento mostrar un comportamiento cruel de los apaches. Eso sí, estamos ante un film norteamericano, así que aunque se ensalce la nobleza del pueblo indio no se puede dejar pasar la ocasión de alabar al ejército nacional, a pesar de ser víctimas de una astuta emboscada apache. El honor de la caballería norteamericana queda en todo caso convenientemente a salvo.

Otra curiosidad de la película es que se rodó para ser vista en tres dimensiones, en un intento de la industria de hacer frente a la compretencia incipiente de la televisión. De ahí algunos planos que resultan un tanto forzados a veces y llamativos la mayoría de las ocasiones en se fuerza la perspectiva y se nos muestran lanzas o disparos de frente. A pesar de esta técnica, el film se puede ver perfectamente sin las gafas especiales necesarias para disfrutar de los efectos tridimensionales.

En cuanto a la historia en sí, la verdad es no aporta ninguna novedad destacable. Es un típico western con casi todos los elementos y clichés del género. Empezando por el protagonista fuerte, valiente y noble y la mujer abnegada y luchadora. El romance ente Hondo y Angie es inevitable como lo es también que el marido de ésta sea dibujado como un mentiroso y un traidor, único modo de hacer posible que el amor verdadero triunfe y sea aceptable. En este conflicto el guión se muestra bastante melodramático, llegando a rozar descaradamente lo folletinesco. Y sin embargo, la historia carece realmente de emoción. No sé bien el motivo, puede que porque el desenlace sea demasiado previsible o los personajes sean muy convencionales, pero el resultado es que la historia de amor de Hondo y Angie se queda en un tono bastante frío, como pasa en general con toda la película. Puede también que parte de culpa la tenga el hecho de querer quedar bien con todos: con los indios, con la caballería... de manera que no tenemos un malo claramente definido, lo que termina por pasar factura a la hora de aportar dramatismo. Aquí reside la mayor debilidad de la propuesta de Farrow, y es que nos ofrece una historia bien contada pero sin verdadera fuerza interior. Todo resulta muy correcto, pero sin brillo ni fuerza.

Quizá donde sale mejor parado John Farrow es en las escenas de lucha, donde se muestra brillante con algunos planos muy logrados y una buena tensión dramática, especialmente en la escena final.

En cuanto al reparto, poco nombre de verdadera talla si exceptuamos a John Wayne, a Ward Bond y a Geraldine Page. Wayne se muestra en su línea habitual, dando una presencia poderosa a su personaje y poco más. Y es que no le recuerdo actuaciones verdaderamente memorables salvo cuando estaba a la órdenes de John Ford. Geraldine Page, por su parte, recibió una nominación como mejor actriz por su papel. Hondo, además de esta nominación, también recibió otra por la historia original de Louis L'Amour.

A pesar de ello, la película no pasa de ser un western del montón, sin méritos especiales. Se deja ver sin problemas, pues resulta bastante entretenido y con una duración ajustada a lo que tiene que contar. Para incondicionales del western.

miércoles, 3 de julio de 2013

Barton Fink



Dirección: Joel Coen.
Guión: Joel Coen, Ethan Coen.
Música: Carter Burwell.
Fotografía: Roger Deakins.
Reparto: John Turturro, John Goodman, Judy Davis, Michael Lerner, John Mahoney, Steve Buscemi, Tony Shalhoub, Jon Polito, Richard Portnow.

1941. Barton Fink (John Turturro) es un dramaturgo de éxito de Nueva York. Gracias a ello, recibe una propuesta de un gran estudio de Hollywood para que trabaje para ellos como guionista.

Barton Fink (1991) nació durante la elaboración del guión de Muerte entre las flores (Joel Coen, 1990), cuando los hermanos Coen sufrieron un bloqueo que les impedía avanzar. Fue entonces cuando se les ocurrió la historia que daría lugar a Barton Fink, film cuyo rodaje emprenderían nada más terminar Muerte entre las flores.

Barton Fink no es un film sencillo. La película, tras un comienzo convencional, se va volviendo más claustrofóbica a medida que la soledad y el bloqueo del escritor protagonista empiezan a traspasar la pantalla y a sentarse a nuestro lado en el sofá. Sin duda se trata de una obra muy personal de los Coen que por culpa de ello puede resultar un tanto confusa. Y es que el film está lleno de referencias, guiños y metáforas que no siempre son fáciles de explicar o identificar. Y de ahí que Barton Fink pueda resultar una obra algo fría y difícil de interpretar. Pero puede que ahí resida precisamente su encanto, pues deja tantas posiblidades abiertas que cada uno le dará su particular interpretación.

El centro de la historia es el bloqueo creativo del protagonista. Fink es un escritor ambicioso, su meta es crear obras que ayuden a la gente, que sean innovadoras y útiles a la gente corriente. Pero al llegar a Hollywood se encuentra con un mundo que no entiende donde le piden que escriba guiones absurdos sobre luchadores. Perdido, Fink se siente cada vez más agobiado, frustrado por no poder salir de su bloqueo mental, confinado entre las cuatro paredes de su habitación donde todo parece ahogarlo: el calor, los ruidos, los mosquitos, la podredumbre del hotel...

Aprovechan los Coen la estancia en Hollywood del protagonista para hacer una sátira del mundo del cine, ridiculizando la figura del magnate de los estudios, Jack Lipnick (Michael Lerner), que representa al mítico Louis B. Mayer, presentado como un auténtico dictador y un majadero. Pero los dardos se extienden también a los guionistas, personalizándose el ataque en la figura de  W. P. Mayhew (John Mahoney), que viene a ser un sosias de William Faulkner, de quién llegan a dudar hasta de la autoría de sus últimos trabajos, atribuyéndolos a su secretaria. Una vez lanzados, como se ve, los Coen no dejan títere con cabeza. Hasta el propio Barton Fink queda como un presuntuoso cuando le larga sesudas explicaciones intelectuales a su vecino del hotel, Charlie Meadows (John Goodman), que es incapaz de entender ni una palabra. Alcohol, fama, dinero, vanidad... todo pasa por la criba de los Coen. Y muchos detalles más que seguramente se nos escapan.

En cuanto a la historia de los crímenes de Meadows, ya entra dentro de cada uno el tomárselo también como metáfora, recordemos que a cada víctima el asesino le arranca la cabeza, o como algo real. Personalmente, basándome en la secuencia del incendio del hotel, tiendo a ver esta historia de asesinatos como una metáfora más. En todo caso, es algo que no queda del todo claro, como tampoco sabremos qué contiene la caja que Meadows le deja a Fink. El propio Fink dice no saber siquiera si es suya. Y el film termina con ese misterio y también con el de la joven en la playa en la misma postura que el cuadro que parecía hipnotizar al escritor en su habitación.

Y es que Barton Fink es un film que plantea dudas, preguntas, pero que no da soluciones. Como decía, ahí reside parte de su encanto, pero también en ello lleva su penitencia, pues no es una película sencilla. Es un film extraño, con una atmósfera irreal, agobiante, amenazadora, que parece llevarnos a un extraño universo de soledad y miedos, como le sucede al escritor en la habitación del hotel.

Sin duda, estamos metidos de lleno en el personal universo de los hermanos Coen, fascinante para muchos, para otros quizá no tanto.

Lo que no se puede negar es una impecable puesta en escena, apoyada en la fotografía extrañamente hermosa de Roger Deakins, que logra crear ese ambiente tan peculiar que envuelve al film y que le da un toque misterioso y muy personal. Un sello de identidad propio.

En lo que sin duda tienen un talento especial los Coen es a la hora de elegir al reparto. Sus films cuentan con algunos rostros que se repiten y que no dejan de sorprendernos gratamente. En este caso son John Turturro y John Goodman los que nos dejan sin palabras. El primero es un actor magistral, tanto en comedias como aquí, en un papel dramático que borda de principio a fin. John Goodman está impresionante también, desprendiendo talento por los cuatro costados. Ambos llevan todo el peso de la película, pero es que los secundarios no se quedan atrás tampoco: Michael Lerner está prodigioso en la piel del magnate delirante, recibiendo una nominación como mejor secundario, John Mahoney compone un escritor alcohólico perfecto. Steve Buscemi, otro de los fijos de los hermanos Coen, tiene aquí un papel muy breve, pero aún así nos quedamos con su buen hacer.

Barton Fink es, en definitiva, un film extraño, complejo, barroco y misterioso donde los Coen nos introducen en su mundo personal, con sus miedos, sus críticas, su agudo humor negro y sus fantasías. Tal grado de complejidad le resta seguramente el aplauso incondicional del público y puede hacer que se quede como una historia demasiado personal.

martes, 2 de julio de 2013

La batalla de las colinas del whisky



Dirección: John Sturges.
Guión: John Gay (Novela: Bill Gulick).
Música: Elmer Bernstein.
Fotografía: Robert Surtees.
Reparto: Burt Lancaster, Lee Remick, Jim Hutton, Pamela Tiffin, Brian Keith, Martin Landau, Donald Pleasence, Tom Stern, John Anderson.

En el otoño de 1867, en la ciudad de Denver se plantea un grave problema: no les queda whisky para poder pasar el largo y crudo invierno que se avecina. Deciden entonces encargar un gran cargamento de whisky en el este. Pero la caravana que transportará la precida mercancía deberá hacer frente a diferentes amenazas.

La batalla de las colinas del whisky (1965) representó la vuelta de John Sturges al género del western, que tantas alegrías le había proporcionado con títulos como Fort Bravo (1953), Duelo de titanes (1957) o Los siete magníficos (1960), pero esta vez abordando el género con tono de comedia.

Y para ser sinceros, esta mezcla de western y comedia no resulta tan mala como uno pudiera temerse, pero también es cierto que no estamos ante una buena película, ni mucho menos.

Para empezar, uno de los lastres de La batalla de las colinas del whisky es su duración excesiva. Ni la historia del cargamento de whisky da para tanto metraje ni las situaciones propuestas justifican esa duración. Es más, en muchas escenas nos damos cuenta que le vendría de perlas un buen corte, pero inexplicablemente Sturges las alarga como si fueran de goma hasta límites insopechables. Al final, lo único que consigue es llenar la película de momentos muertos que rompen el ritmo, cansan, resultan repetitivos y hasta lograron que llegara a plantearme el apagar el televisor en algunos momentos en que me dominaba el aburrimiento.

El otro lastre viene de un concepto de la comicidad bastante elemental y que ahonda en un humor muy simplón, a base de repetir frases y situaciones, de caricaturizar a los personajes y de llevar algunas escenas al absurdo. Puede que muchos espectadores disfruten de un humor tan sencillo, pero ese no es mi caso, lo cuál hace que seguir la película se convirtiera muchas veces para mí en una dura tarea.

Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho anteriormente, La batalla de las colinas del whisky contiene aquí y allá pequeños momentos o simplemente algunas sorpresas que de pronto te sacan una sonrisa y terminan por animarte a seguir esta absurda caravana de whisky hasta al final. Para empezar, la voz en off que va guiando el relato resulta muy apropiada y aporta frescura y ciertos buenos momentos a la película. También hay algunos personajes bastante logrados, como el Oráculo (Donald Pleasence) o el indio que encarna Martin Landau. Y algunas secuencias, como la batalla en medio de la tormenta de arena, resultan muy interesantes.

En cuanto al reparto, sin duda destaca la presencia de Burt Lancaster, cuyo trabajo dando vida a un coronel bastante irascible es notable. También me gustó Lee Remick, tan atractiva como siempre. Y, como no, Martin Landau y Donald Pleasence, con apariciones más escasas pero a las que saben sacar todo su jugo y que terminan por resultar de lo mejor de la película. Como curiosidad, mencionar que Jim Hutton, que interpreta al capitán Slater, es el padre del actor Timothy Hutton.

Así pues, una comedia no demasiado brillante ni especialmente inspirada pero que al final se va dejando ver por su sencillez y sus pequeños toques de humor. Sin embargo, ganaría muchísimo si no fuera tan excesivamente larga, que es el mayor defecto que se le puede achacar.