El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

lunes, 23 de agosto de 2010

Marnie, la ladrona


Marnie Edgar (Tippi Hedren) es una joven solitaria y extraña que se dedica a robar dinero en las empresas en que trabaja como secretaria, cambiando luego de identidad y de ciudad. Mark Rutland (Sean Connery), dueño de una empresa, la reconoce y la contrata como secretaria, esperando el momento en que Marnie intente robarle.

Marnie, la ladrona (Alfred Hitchcock, 1964) es un film que no ha envejecido demasiado bien. Tal vez en su momento pudiera resultar turbador y extraño, con sus continuas alusiones a la aversión de la protagonista por los hombres y esa extraña tensión que nace del deseo del marido y la negativa constante de la esposa. Pero hoy en día la película me resulta, cuando menos, cómica.

Tal vez el problema nazca de dos limitaciones que tuvo que afrontar el director. Por un lado, deseaba contar con Grace Kelly para el papel de Marnie, pero ésta estaba retirada ya del cine y tuvo que recurrir a Tippi Hedren. Y  no es que lo haga mal, en algunas secuencias creo que está bastante convincente, a pesar de ese acartonamiento general de su figura. El problema es que es una actriz que no me dice nada, no la veo ni hermosa. Cualquiera de las otras actrices jóvenes que aparecen en el film, Diane Baker (la cuñada de Mark) y Mariette Hartley (secretaria de Rutland), me parecen mucho más atractivas que Hedren. Me cuesta, por lo tanto, ponerme en la piel del marido loco de pasión por una mujer tan poco interesante y encima llena de problemas psicológicos.

La otra limitación del film es que Hitchcock no logra trasmitir lo que verdaderamente le atraía de la historia: el amor fetichista que siente Mark por una ladrona. La atracción de Mark hacia Marnie es por el deseo de acostarse con una ladrona, como otros se sienten atraídos por las rubias o las mujeres delgadas. Pero plantear la película desde ese punto de vista, según el director, hubiera puesto a los espectadores en contra. El resultado es que percibimos a Mark como una especie de protector y no terminamos realmente de comprender su deseo de casarse con Marnie, además de que ella lo rechaza; por lo que el matrimonio se presenta realmente como un chantaje, o ella se casa con él o la denuncia a la policía. Solución muy poco elegante.

Por otro lado, otro de los fallos de la historia es que en ningún momento llegamos a temer por Marnie. En ningún momento pensamos que pueda acabar en la cárcel, con lo que la historia pierde de golpe gran parte de la tensión. ¿Qué es lo que la mantiene en pie? conocer el origen de los traumas de Marnie. Afortunadamente, esta parte de la película está bastante bien resuelta, con lo que no terminamos con la sensación de haber sido engañados.

No sé cómo habría resultado este film en manos de otro director, pero Hitchcock, a pesar de los problemas señalados, consigue mantener el interés por la historia, incluso en muchos momentos en que el film parece no avanzar demasiado bien. Al mismo tiempo, hay que destacar la banda sonora de Bernard Herrman, también responsable de la de Psicosis (1960), que contribuye a crear un clima un tanto misterioso y opresivo.

Lo que no termina de gustarme es la manía que existía en la época de filmar a las primeras actrices por medio de transparencias. El resultado ni es bonito ni natural y resulta artificioso en exceso. Tampoco los diálogos resultan, en general, demasiado brillantes. Me dio la sensación de que eran demasiado explicativos y forzados, como queriendo reafirmar una historia que no terminaba de resultar demasiado creíble.

Un film, en resumen, que ha envejecido mal y que si bien es cierto que posee el sello de Hitchcock, no lo encuentro a la altura de sus mejores trabajos. Es, sin embargo, uno de los mejores ejemplos de las rarezas y manías del director en el ámbito sexual.

domingo, 22 de agosto de 2010

Todos los hombres del presidente


En el año 1972, dos periodistas de The Washington Post, Bob Woodward (Robert Redford) y Carl Bernstein (Dustin Hoffman), comienzan a investigar el allanamiento de la sede del Partido Demócrata en un hotel de la capital. Poco a poco, sus investigaciones irán descubriendo una oscura trama que parece llegar hasta personas muy influyentes en la misma Casa Blanca.

Basada el el libro homónimo de Woodward y Bernstein, ganador del premio Pulitzer, Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) reconstruye la labor de investigación de esos dos periodistas que, con el tiempo, motivó la dimisión del presidente Nixon por el llamado caso Watergate. Se trata, por tanto, de hechos muy recientes y de gran repercusión y Pakula, hábilmente, deja que sean los mismo hechos los que le den la fuerza y el interés suficientes a su película buscando un enfoque lo más verosímil posible, huyendo de concesiones efectistas. De hecho, sólo una vez en toda la película Woodward parece temer que lo estén siguiendo y Pakula juega un poco con el tema creando un mínimo instante de tensión. Pero lo habitual es un tono directo, centrado sobre todo en las entrevistas a diferentes personajes implicados en la trama y en las reacciones de los superiores del periódico ante los avances y problemas de la investigación.

Y es de este tono y de este afán por filmar una historia lo más cercana a la realidad posible de donde nacen los únicos problemas del film. Y no son otros que la profusión de nombres y datos que pueden resultar excesivos y pueden llegar a confundir al espectador. De hecho, se abarcan tantos hechos y tantas personas que a veces la historia parece dar saltos un tanto difíciles de seguir. Pero la clave está en, obviando ésto, centrarnos en la esencia del film y en como se ejemplifica, de manera un tanto sorprendente para nuestras costumbres y mentalidad, el gran poder y el tremendo respeto que tenía la prensa en los Estados Unidos en aquella época. No sé si seguirá gozando hoy en día de esa seriedad que se muestra en la película, pero sería de desear que así fuera y cundiera el ejemplo aquí.

Sorprende también como los políticos colaboran con los periodistas más o menos abiertamente y como parece existir una ética que les impide mentir descaradamente; la opción es callar, pero no faltar a la verdad. Es otro aspecto que, visto desde nuestro país y desde la época actual, nos parece más cercano a la ficción que a la verdad.

El reparto está a la altura, sobre todo Robert Redford, un actor que no suele gustarme especialmente pero que en este caso hasta me resulta más convincente que Dustin Hoffman. También los secundarios cumplen con creces, en especial Robards, un gran actor.

Todos los hombres del presidente ganó cuatro Oscars de ocho nominaciones: uno para Jason Robards como mejor secundario, otro para el guión adaptado, un tercero a la dirección artística y finalmente uno al mejor sonido.  

viernes, 20 de agosto de 2010

El sargento de hierro



El sargento de hierro (Clint Eastwood, 1986) está lejos de ser un gran film, como los últimos dirigidos por Eastwood, en los que nos ha acostumbrado a disfrutar casi una obra maestra tras otra. La película que nos ocupa parece pertenecer a otra persona, tan lejos se queda del buen nivel de los films más recientes del director.

Tom Highway (Clint Eastwood) es un sargento veterano de varias guerras lleno de condecoraciones al valor. Sin embargo, su indisciplina le ha impedido ascender más en el escalafón. Al mismo tiempo que su dedicación al cuerpo le ha costado el matrimonio. Ahora, cerca ya de la jubilación, lo destinan al frente de un grupo de reclutas sin mucho amor a la disciplina y el sacrificio.

El sargento de hierro es un film bastante mediocre. Duele decir esto de una película de Clint Eastwood, pero es evidente que aún no había desarrollado el talento que muestra ahora. La película es una suma de tópicos y no llega a concretarse en ninguna dirección. Comienza con el tono ligero de la comedia, pero resulta demasiado incongruente y muy poco original para sorprendernos y para gustarnos. Después va derivando hacia el drama personal de un hombre desplazado, aparentemente con méritos más que suficientes para ser respetado y admirado por todos pero que, al contrario, parece crearse enemigos y problemas por donde quiera que vaya. Una ex-mujer especialmente hostil parece poner la guinda al pastel. Todo un tanto manido y narrado con una asombrosa falta de convicción, a base de escenas un tanto inconexas y con ciertas transiciones un tanto bruscas, como si el montaje no se hubiera pulido convenientemente.

Al final, se añade un poco de épica a base de una mini guerra con el desembarco en Granada y tampoco esta parte consigue engancharnos de veras. Las escenas de lucha carecen de intensidad, de credibilidad y hasta de gloria. El desembarco sirve también para resolver pequeños conflictos planteados a lo largo de la película, para darle más sustancia se supone al argumento, como el enfrentamiento que el sargento Highway ha tenido durante todo el film con un superior estúpido (de nuevo caemos en el tópico más elemental), que se salda finalmente, como no podía ser de otra manera, a favor del protagonista; también el sargento terminará felizmente reconciliado con su ex-mujer en un final un tanto soso.

Los diálogos son soeces y de una simplicidad que asusta; en otros momentos resultan hasta forzados y ridículos. Incluso cuando la cosa se quiere poner seria y se cuentan algunas de las hazañas del sargento, tenemos la impresión que la situación no tiene ni la fuerza ni el interés que hubiera necesitado para emocionarnos o implicarnos más.

Al final, nos queda una película un tanto descafeinada, sin fuerza, aburrida por momentos, larga, más que nada por el poco interés que despierta, y con un tufillo poco saludable hacia la grandeza de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. El sargento de hierro no tiene, en resumen, demasiado interés, salvo el conocer la obra menos lograda del director.

jueves, 19 de agosto de 2010

Rebelión a bordo


Basada en la novela "El motín de la Bounty" (1932) de Charles Nordhoff y James Norman Hall, que narra hechos reales ocurridos en 1789, Rebelión a bordo (Lewis Milestone, 1962) es la segunda película sobre el tema. La primera se rodó en 1935, con el mismo título, dirigida por Frank Lloyd y con Charles Laughton y Clark Gable en los papeles principales. Una tercera versión, Motín a bordo (Roger Donaldson, 1984) estaría interpretada por Mel Gibson y Anthony Hopkins. El tema, como se ve, resulta bastante atractivo.

Tradicionalmente, la primera entrega de 1935 es considerada la mejor. En ello resulta fundamental la presencia de Charles Laughton, un actor colosal. Sin embargo, el film de Milestone cuenta con la presencia también de otro gran actor, Marlon Brando, y a su lado debemos resaltar el magnífico trabajo de Trevor Howard, un actor quizá no demasiado carismático pero de un grandísimo nivel y su actuación como el odioso capitán Bligh es perfecta.

Para quién no conozca la historia, la película narra el viaje del navío inglés Bounty desde Portsmouth hasta Tahití en busca del árbol del pan, en 1787. Capitaneado con mano de hierro por el capitán Bligh (Trevor Howard), cuya única obsesión es cumplir con la misión encomendada lo mejor y lo antes posible, la vida a bordo del barco se va haciendo más difícil y no tardan en surgir los enfrentamientos más o menos velados entre Bligh y su primer oficial de a bordo, Fletcher Christian (Marlon Brando).

Rebelión a bordo cuenta con grandes puntos a su favor para poder considerarla desde algunos puntos de vista como la mejor versión del motín de la Bounty. Además del buen reparto antes mencionado, donde habría que destacar, junto a la magnífica interpretación de los dos actores principales, la presencia de Richard Harris, uno de los aciertos del film reside en lo magníficamente que están filmadas las secuencias del barco, sobre todo en la tormenta intentando cruzar el Cabo de Hornos, secuencias resueltas con gran brillantez. Al lado, también hay que mencionar la excelente fotografía de Robert Surtees.

En el lado del debe pondría la larga duración de la cinta, 178 minutos. Por un lado, la historia necesita tal vez de esa extensión y no se puede decir que la película contenga escenas de relleno. Todo lo que se ve es pertinente y hasta necesario. Pero el efecto es que castiga el ritmo del film y hay momentos en que se puede hacer un tanto largo. En particular, las largas secuencias de los bailes nativos o la pesca. Quizá si se hubieran acortado algo no habría pasado nada. Por otra parte, la película mantiene todo el interés y tensión mientras tiene lugar el enfrentamiento en el barco del capitán y Christian. Una vez que termina el mismo, el climax decae, por loo que la parte final quizá hubiera salido ganando con menos metraje.

Pero a pesar de lo dicho, Rebelión a bordo es una gran película y plantea sabiamente el dilema entre la obediencia debidas a un superior o la necesidad de obedecer los dictados de la propia conciencia y del sentido de lo que es justo o no. Además, Milestone evita caer en lo melodramático y se mantiene siempre en un tono elegante y contenido. La película obtendría siete nominaciones al Oscar, entre ellas la de mejor película.

Como curiosidad, señalar que Brando se casaría con la actriz que hace de su pareja en el film, Tarita, que sería su tercera esposa y madre de dos hijos del actor.

domingo, 15 de agosto de 2010

Cayo Largo


Nada más terminar El tesoro de Sierra Madre (1948), John Huston se embarcó en  el rodaje de Cayo Largo (1948). La película está basada en una pieza teatral de Maxwell Anderson y eso se nota en la película, si bien John Huston dota a las escenas de dinamismo y suficiente tensión para que ello no sea un lastre en el desarrollo de la historia. Historia que se desarrolla en un hotel en los Cayos de Florida, a donde llega Frank McCloud (Humphrey Bogart) para visitar al padre y a la viuda de un camarada muerto en Italia durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su llegada coincide con la de Johnny Rocco (Edward G. Robinson), un gangster venido a menos, y su banda.

La historia que cuenta Cayo Largo es bastante sencilla: un grupo de personas retenidas contra su voluntad por un grupo de mafiosos y las tensiones que se producen entre ellos al verse forzados a convivir en un espacio cerrado. El tema, en principio, no me suele gustar pues da lugar, frecuentemente, a películas demasiado paradas, lentas, previsibles y donde se nota en exceso el esfuerzo sobrehumano para alargar la situación más allá de lo razonable. Sin embargo, ésto no sucede aquí. John Huston sabe dosificar la trama y los diálogos para evitar la monotonía. Crea una primera parte bastante larga, donde esconde un tanto las cartas y va presentando a los personajes y sólo la parte central de la película se ocupa del drama, con los personajes encerrados en el hotel y cercados por la tormenta. Y aquí, Huston se muestra hábil para aligerar la película a base de situaciones más o menos variadas, con momentos de tensión, drama, miedo y, en especial, el momento en que la novia de Rocco, Gaye Dawn (Claire Trevor), canta una cancioncilla para poder beber un trago, en una de las escenas más tristes y más logradas de la película y que justifican el Oscar a la mejor actriz secundaria ganado por Claire.

Pero en esencia, Cayo Largo es un film de actores. El reparto es asombroso, con lo mejor del cine negro representado por Borgart y Edward G. Robinson. Pero en este caso, Bogart no me resulta tan convincente como en otros trabajos. Tampoco Lauren Bacall termina de gustarme, la veo un tanto acartonada, sin fuerza. Pero no pasa lo mismo con el gran Lionel Barrymore, un gran actor que, incluso en silla de ruedas, siempre resulta convincente. El mejor del reparto, junto a la ya mencionada Claire Trevor, es Edward G. Robinson, un actor con una presencia rotunda que llena toda la pantalla en cuanto aparece y que compone un personaje despreciable, lleno de matices (miedo, desprecio, arrogancia, asco, ira), y que carga con la mayor parte del peso de la película como si nada.

También me gustaría destacar la preciosa y claustrofóbica fotografía en blanco y negro de Karl Freund, responsable también de este apartado en Perversidad (Fritz Lang, 1945).

Cayo Largo no es un film redondo. Le falta tal vez algo de fuerza, diálogos más brillantes, definir quizá mejor algunos personajes, como el de Lauren Bacall, y el final tampoco es demasiado brillante. Pero aún así, es un muy buen film de cine negro, con la atmósfera y los personajes, la tensión y el drama y ese toque romántico de unos personajes abocados al fracaso. Fue la última vez que Bogart y Lauren Bacall trabajaron juntos.

martes, 10 de agosto de 2010

Tarzán de los monos



Tanzán de los monos (Woody Strong Van Dyke, 1932) es la primera película sonora de Tarzán. Aunque en los créditos se dice que es una adaptación de la célebre obra de Edgar Rice Burroughs, en realidad no es una película que siga fielmente el modelo original. Diríamos, para ser más precisos, que la película se inspira muy libremente en el personaje creado por Burroughs, centrándose en el encuentro de Tarzán con la civilización y con la hermosa Jane.

James Parker (C. Aubrey Smith) y su socio Harry Holt (Neil Hamilton) llevan años buscando el cementerio de los elefantes en busca del marfíl que los haga ricos. De manera inesperada, la hija de Parker, Jane (Maureen O'Sullivan) se une a ellos en la expedición. Sin embargo, lejos de encontrar el cementerio deseado, se toparán con un extraño hombre mono llamado Tarzán (Johnny Weissmuller).

Tanzán de los monos es un film clave dentro del cine de aventuras en general y, en especial, en la larga serie de películas dedicadas a Tarzán. Por un lado, es la primera vez que Johnny Weissmuller interpreta el papel de Tarzán (seguirán once películas más explotando el filón, que encasillarán al actor en este rol hasta el punto de dejarlo trastornado en su vejez) y será ya para siempre el mejor Tarzán de todos los tiempos. Campeón olímpico en París en 1924, Weissmuller se impuso a más de una centena de aspirantes y su porte atlético y sus rasgos fuertes dejarán para la posteridad una imagen legendaria del cine de aventuras.

En esta película aparece a su lado también la mejor Jane de todos los tiempos, una bella y muy atractiva Maureen O'Sullivan, la pareja perfecta para Weissmuller, protagonista de varias películas posteriores hasta que deje la serie en busca de otros retos.

Es cierto que el film, visto hoy en día, no deja de resultar un tanto de museo. La selva en blanco y negro oliendo a decorado a un kilómetro, las aguas tranquilas que intentan representar ríos caudalosos, las transparencias, los elefantes indios con orejas pegadas de elefantes africanos, los trapecios en los árboles,... es evidente que técnicamente la película acusa en exceso el paso del tiempo. Pero así todo, la épica, el ritmo, cierto romanticismo ingenuo mantienen el encanto de los films bien hechos de antaño, donde se buscaba más la esencia que el mero espectáculo y, la verdad, es que éste tampoco falta. Algunas escenas de lucha de Tarzán con leones siguen resultando admirables. Es cierto que cuenta con un buen director al frente: W. S. Van Dyke, ayudante de Griffith en Intolerancia (1916) que cosecharía sus mayores éxitos con el cine sonoro con obras como La cena de los acusados (1934) o El enemigo público número uno (1934).

En el debe de la película, además de los ya mencionados pobres efectos especiales, producto de las posibilidades de la época, y no exentos de un cierto encanto por su sencillez y su torpeza, estaría el tratamiento dado a los nativos que, hoy en día, resultaría del todo censurable. Sin embargo, no olvidemos que estamos hablando de una película de 1932. También el argumento resulta un tanto elemental, pudiendo haberse profundizado algo más. Pero es que, en realidad, estamos ante un film bastante modesto que, de todos modos, causó furor en su momento, impresionando al público de aquellos años.

Lo importante es que con Tarzán de los monos nace un personaje grandioso, un mito de la infancia, un clásico del cine de la sesión de las cuatro y lo consiguen con una sencillez de medios asombrosa pero con un respeto total a lo que debe ser y lo que debe ofrecer un film de aventuras que se precie: entretenimiento y diversión. Y no olvidemos un detalle muy importante: en este film nace el legendario grito de Tarzán y el no menos legendario "Jane, Tarzán" a golpe de mano. Sólo por ello ya merece un lugar en nuestra memoria.

domingo, 8 de agosto de 2010

El hotel de los líos



El hotel de los líos (William A. Seiter, 1938) es un film peculiar dentro de la filmografía de los Hermanos Marx. Se trata de una fiel adaptación a una obra que había triunfado en Broadway, Room service,  y no aparecen los consabidos números al piano y al arpa de Chico y Harpo, lo cuál es de agradecer. Por otro lado, la película se rueda con la RKO en medio de la serie de películas que hicieron los Marx para la Metro, entre 1935 y 1941.

Gordon Miller (Groucho Marx) es un empresario teatral sin un duro en el bolsillo que pretende representar la obra de un joven autor teatral con la ayuda de un hipotético socio capitalista. Alojado con su compañía teatral en el hotel que regenta su cuñado y con deuda acumulada de 1200 dólares, la llegada de Wagner (Donald MacBride), inspector de la cadena hotelera, pone en peligro la subsistencia misma de la compañía de Miller.

Para muchos, El hotel de los líos es un film menor dentro de la obra de los Marx. El motivo es que se trata de una obra no tan caótica como las que solían hacer, especialmente en su primera etapa con la Paramount, y apegada a una trama más convencional. Sin embargo, la comedia cuenta con un argumento tan absurdo como alocado, lo que hace que el humor de los Marx encaje de manera eficaz en esta estructura.

Por otra lado, la comicidad ya no se ciñe exclusivamente a los Marx, que no pierden su humor surrealista y demoledor, si bien más enfocado dentro de la trama, y aparecen al fin otros personajes que contribuyen decisivamente al ritmo y la chispa de la historia. Me gustaría destacar a la mayoría de ellos: el camarero ruso, el  financiero asustadizo, el "porfiador", el autor de Salve y usted lo pase bien y, sobre todo, el personaje del inspector Wagner, realmente genial, inmenso, protagonista de algunas situaciones soberbias, desquiciado en su lucha contra los elementos y siempre al borde del histerismo.

La parte romántica de la historia, una constante en los films de los Marx, si bien está presente, adquiere mucha menos relevancia en este caso y casi asistimos a ella de oídas. Por no aparecer, no aparece ni la entrañable Margaret Dumont, pero otra cosa buena de la película es que consigue que no la echemos de menos.

Y en cuanto a las frases legendarias de los Marx, éstas no faltan a su cita: "El amor verdadero sólo se presenta una vez en la vida", dice el autor teatral, "Sí, y luego ya no hay quién se lo quite de encima" (Groucho).

Para mí, El hotel de los líos es una grandísima película de los Marx y la sitúo a la altura de las mejores, como Sopa de ganso o Una noche en la ópera. Sin responder al esquema más típico de sus trabajos, mantiene un gran nivel, con algunos momentos a la altura de los mejores de los Marx.

Reflejos en un ojo dorado



Reflejos en un ojo dorado (John Huston, 1967) es uno de esos films "profundos" que suelen volver locos a los críticos más sesudos y dejar bastante indiferentes, cuando no decepcionados, al común de los mortales. Basada en la novela del mismo título de Carson McCullers y con un guión en el que participó Francis Coppola, Reflejos en un ojo dorado es una obra típica de su época, de una corriente transgresora que se atrevía a tratar temas escabrosos más o menos abiertamente y, fruto de los cuál, estuvo censurada en nuestro país.

En un cuartel del sur de los Estados Unidos, el matrimonio del comandante Penderton (Marlon Brando) y Leonor (Elizabeth Taylor) hace aguas ante las apetencias sexuales de la esposa que Penderton no puede saciar. Por ello, Leonor mantiene una aventura con el coronel Morris Langdon (Brian Keith), infelizmente casado con Alison (Julie Harris), una mujer depresiva y sensible a la que su esposo no comprende.

La película recuerda, por temática, algunas adaptaciones cinematográficas de las obras de Tennesse Williams. Sin ser un cine que me guste especialmente, hay que reconocer que la obra de Carson McCullers no tiene la fuerza, por poner sólo un ejemplo, de Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951).

A los diez minutos, la película ya me había cansado: ritmo lento, escenas repetitivas y la promesa velada de una obra que se me iba a hacer eterna. Tal vez en su momento la película pudiera haber resultado transgresora y en ello residiera su fuerza o su interés. Hoy en día, despojada de su supuesto atrevimiento, la película no deja de ser un film a medias, con una alarmante parsimonia en su desarrollo que nos va adormeciendo lentamente. Puede mantenernos en vilo simplemente el ver como se resuelven los múltiples conflictos que se plantean: Penderton atraído cada vez más por el soldado Williams (Robert Forsters) en su debut en pantalla) y prisionero de su profesión (hay una escena muy significativa en la que el uniforme parece aprisionarlo y ahogarlo); Alison, cada vez más harta de la infidelidad de su esposo, dispuesta a divorciarse; la actitud cada vez más escandalosa de  Leonor, cansada de su aburrido matrimonio o hasta dónde puede llegar el fetichismo de Williams hacia Leonor.

Todos estos dilemas, sin embargo, no están tratados de manera acertada. Tal vez la novela no daba mucho más de sí o el guión se quedó corto. Pero el caso es que los personajes se nos presentan estáticos, fríos, casi como si vida y nos cuesta vivir sus dramas. No es defecto del reparto, magnífico sobre el papel, pero es que la historia seudoprofunda, seudointelectual, carece realmente de la fuerza necesaria para implicarnos intensamente en las vidas de los personajes. Tampoco la dirección de Huston está a un gran nivel. Algunas escenas, supuestamente las más intensas, como cuando Brando golpea al caballo o cuando Elizabeth Taylor le pega a Brando, no logran captar todo el drama que encierran; otras, fruto de las modas de los sesenta, resultan algo forzadas cuando no ridículas, como el movimiento repetitivo de la cámara en la escena final, un triste broche para una película un tanto fallida.

sábado, 7 de agosto de 2010

La dama en cuestión


La joven Natalie (Rita Hayworth), una chica sin familia ni hogar, comparece en un juicio acusada de haber asesinado a su novio. Uno de los miembros del jurado, André (Brian Aherne), está convencido de su inocencia y logra convencer a los otros miembros del jurado, con lo que Natalie es absuelta. Deseando ayudarla, André le ofrece trabajo y la aloja en su casa, pero ocultando a su familia la verdadera identidad de la chica.

La dama en cuestión (Charles Vidor, 1940) no es una gran película. Es, sencillamente, una comedia ligera, un tanto ingenua y caricaturesca en su planteamiento y que, a mi entender, hubiera ganado más con un tratamiento más serio, potenciando la intriga sobre la verdadera inocencia o no de la chica. Porque, una vez orientada la trama hacia la comedia, desaparece cualquier atisbo de intriga, y más con el aire angelical de una hermosísima Rita Hayworth, y nos queda solamente un pequeño enredo llevado con cierto ritmo por Vidor pero carente en realidad de un gran interés. Nadie puede llegar a dudar de la inocencia de Natalie, y en realidad no creo que el interés del directo resida ahí, sino tan sólo en crear cierto enredo para dar algo de vida a una trama un tanto limitada. El final, feliz como no podía ser de otro modo, resulta un tanto precipitado para mi gusto, pero es que en el fondo sería un error buscar profundidad en los personajes o coherencia en sus acciones. La película es un mero pasatiempo ligero y nada más.

Sorprende ver a Rita como una buena chica, casta, inocente y humilde y choca un poco ese rol con la tremenda fuerza de su rostro, con alguna escena realmente sensual al compás del balanceo de su melena. A su lado aparece un jovencito Glenn Ford. Ambos muy alejados de lo que sería Gilda (1946), donde de nuevo a las órdenes de Charles Vidor harían correr ríos de tinta.

La dama en cuestión, por el contrario, no es una película de la que guardaremos un recuerdo especial. Se ve con cierto agrado, pero carece de tensión y de nervio y solamente se trata de una pequeña comedia con la única finalidad de hacernos pasar un rato entretenido.

jueves, 5 de agosto de 2010

El mago de Oz



El mago de Oz (Victor Fleming, 1939) es uno de esos títulos que arrastran tanta fama detrás de ellos que uno se siente obligado a verlos, aunque con cierto temor a que tantas expectativas creadas se vean defraudadas.

La película, basada en "El maravilloso mago de Oz", novela de L. Frank Baum, es un brillante musical desarrollado sobre un cuento infantil bastante simplón y un tanto decepcionante. La pequeña Dorothy (Judy Garland) es arrancada de su hogar en Kansas, junto a su perro Toto, por un tornado que la lleva al País de Oz. Ayudada por el Hada Buena del Norte (Billie Burke), Dorothy echa a andar hacia la Ciudad Esmeralda en busca del mago de Oz, para que la ayude a volver a su hogar. Por el camino irá haciendo amigos: un espantapájaros (Ray Bolger), un hombre de hojalata (Jack Haley) y un león cobarde (Bert Lahr). En realidad, todo ello no es sino un sueño de Dorothy en el que transforma a las personas de su entorno en personajes de ese extraño universo soñado.

La fuerza de El mago de Oz reside evidentemente en los números musicales, con temas tan brillantes e inolvidables como "Over the Rainbow", ganadora del Oscar a la mejor canción, "If I only had a Brain" o "Off to see the Wizard". El otro Oscar que ganó la película se debe precisamente a la banda sonora. El tema de las coreografías y el uso del color, así como la fantástica ambientación en un país imaginario ya es harina de otro costal. Es cierto que sobre gustos no se puede decir nada, así que ésto es sólo mi opinión personal y que consiste en que en general detesto el tono chillón del País de Oz y lo que ya no soporto en absoluto son esos seres escalofriantes llamados Munchkins.

Como decía, bajo esas brillantes canciones se desarrolla un cuento un tanto ingenuo y no demasiado brillante y con un desenlace decepcionante. Se nota en exceso el efecto demoledor del paso del tiempo y la historia peca de una simpleza que no está a la altura de la música.

Sobrevuela la película, además, un aroma a cursilería bastante repelente, que se refleja a su vez en unas interpretaciones asentadas en la exageración y la gesticulación desproporcionada.

La película catapultó a la fama a la talentosa Judy Garland.  El rodaje no fue sencillo y parece ser que, además de Victor Fleming, acreditado como director de la cinta, participaron también Richard Thorpe, George Cukor y King Vidor. Finalmente será el pase por televisión, a partir de la década de los 50, lo que serviría para asentar su fama y convertir a esta cinta en un clásico del musical.

Una tarde en el circo


Tercera película de los Hermanos Marx con la Metro-Goldwyn-Mayer, Una tarde en el circo (1939) es la primera que hacen a las órdenes de Edward Buzzell, con quién repetirían en Los Hermanos Marx en el Oeste (1940), donde contarán también con el mismo guionista que aquí, Irving Brecher.

Jeff Wilson (Kenny Baker II) ha invertido todo su dinero en la compra del circo donde trabaja su novia, Julia Randall (Florence Rice). Para ello incluso ha tenido que contraer una deuda de 10.000 dólares con el antiguo propietario, John Carter (James Burke) que lo que pretende en realidad es quedarse con el circo de nuevo, para lo que no duda en robarle a Jeff la recaudación con la que pretendía pagarle la deuda.

Una tarde en el circo no escapa a la rígida planificación que la MGM había impuesto a los argumentos de las películas de los Marx. Así, en esta ocasión volvemos a contar con la mezcla de números musicales, historia de amor y las locuras habituales de los cómicos. Y de nuevo, el mayor o menor éxito de la fórmula vuelve a recaer en la mayor o menor inspiración de los números cómicos. En este sentido, si bien el film está un poco por debajo de los dos precedentes con la MGM, Una noche en la ópera (Sam Wood, 1935) y Un día en las carreras (Sam Wood, 1937), cuenta con algunas escenas bastante buenas, como la de Groucho intentando subir al tren en pleno diluvio o la del mismo Groucho en su primer encuentro con Margaret Dumont. El mundo del circo se presta también a algunas escenas totalmente surrealistas y alocadas, como la de la entrevista con el enano en su diminuta casa o la del gorila en el trapecio, columpiándose con Harpo, Groucho, Margaret Dumont y James Burke y que supone el brillante broche final a tantos despropósitos.

De nuevo abundan los números musicales, algunos un tanto largos, como el de los negros, que recuerda inevitablemente el acertado número musical de Un día en las carreras, cuyo éxito parece que intentan repetir. Algunos temas son divertidos, como la canción de Groucho Lydia, la dama tatuada, la mejor de todo el film. Pero sigo pensando que estos números están de más y no aportan, en general, más que metraje a la película.

Para aquellos incondicionales de los Marx, entre los que me incluyo, Una tarde en el circo, salvando el esquema argumental tan repetitivo de sus film con la Metro, es una buena comedia, brillante por momentos y un genuino ejemplo de un humor irrepetible.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Río Bravo


Howard Hawks ha logrado obras maestras en muy diferentes géneros cinematográficos y el western, género cinematográfico por excelencia, no quedaría sin el sello de Hawks. Su talento sencillo se muestra en Río Bravo (1959) en todo su esplendor.

El sheriff John T. Chance (John Wayne) detiene a un matón por asesinar a sangre fría a un hombre. El problema es que es el hermano de un poderoso terrateniente. Sólo, con la ayuda de un borracho (Dean Martin), un viejo lisiado (Walter Brennan) y un joven pistolero (Ricky Nelson), Chance deberá evitar que liberen al preso antes de llevarlo a juicio.

Una de las claves de Río Bravo reside en la sencillez de su planteamiento y en la manera en que Hawks sabe alternar y dosificar acción, romance, comedia y tensión en una mezcla casi perfecta que, a pesar de la larga duración de la cinta, consigue mantenernos en vilo a lo largo de todo el film.

En parte, Río Bravo es una respuesta a Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952), donde un sheriff pedía ayuda a sus conciudadanos. Para Hawks, como muestra en este film, un sheriff debe afrontar los riesgos de su oficio sin implicar a ciudadanos sin preparación ni oficio. Para John Wayne, la actitud de Gary Cooper en el film de Zinnemann era impropia de un sheriff.

Río Bravo es tal vez uno de los últimos westerns clásicos, sin dobleces, sin segundas lecturas, alejado de las corrientes revisionistas y de los westerns psicológicos. Aquí volvemos a los valores de siempre: el valor, la amistad, la nobleza, la rectitud y el deber. Hay algo de machismo también, pero sin menospreciar a las mujeres, como se demuestra con la figura de Feathers (Angie Dickinson). Tampoco se evitan ciertos estereotipos, como pintar a los mexicanos como torpes, ingenuos y algo simples. También la separación entre buenos y malos es nítida y no admite discusiones. Sin embargo, todo ello no empaña una película enorme, con unas interpretaciones prodigiosas de Dean Martin, Angie Dickinson y, naturalmente, Walter Brennan, siempre perfecto. En cuanto a John Wayne, su papel y sus maneras están en esa línea que ha ido haciendo de su figura un ícono del western.

Como curiosidad, mencionar la participación de Ricky Nelson en el film. Nelson era un joven cantante de rock and roll, cumpliría los dieciocho años en pleno rodaje, que llegó a alcanzar cierto éxito a finales de los cincuenta y en los sesenta. Su presencia al lado de Dean Martin explican el precioso número musical que interpretan ambos.
Me gustaría destacar también los diálogos, en especial entre Angie Dickinson y John Wayne, brillantes, irónicos y precisos. La música, de Dimitri Tiomkin, es otro elemento dramático más, perfecta en la intensificación de un drama que, bien dosificado, va creciendo lentamente hasta un final pletórico. Hawks demuestra su dominio del tiempo, su dosificiación de la tensión, sabiendo en todo momento cómo se ha de mantener el interés del espectador.

Hawks, contento del tema y de la película, rodaría sus dos siguientes y últimos westerns, El Dorado (1966) y Río Lobo (1970), como variantes de esta película, un clásico del género que, sin ser perfecto, logra parecerse mucho a la perfección.

lunes, 2 de agosto de 2010

Kramer contra Kramer


El mismo día que Ted Kramer (Dustin Hoffman) logra el mayor éxito profesional en su trabajo, su mujer Joanna (Meryl Streep) lo abandona a él y a su único hijo Billy (Justin Henry). A partir de entonces, Ted deberá ganarse el cariño de Billy, mientras intenta afrontar la nueva situación de compaginar su trabajo con el cuidado de su hijo.

De vez en cuando el cine aparca la ficción y se centra en ciertos dramas cotidianos. Esto es más patente en el mundo de los telefilmes, pero no exclusivo de ellos. Enfermedades, adicciones, dramas como el del divorcio... Es un tipo de cine que suele jugar en el filo de la navaja y a menudo los resultados de afrontar temas tan delicados y con tanta carga emocional suelen ser desastrosos. Pero este no es el caso de esta película. El mérito de Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979) es que se intenta dar una versión del tema lo más realista posible, sin evitar algunos aspectos evidentemente dramáticos, sobre todo al existir el tema de la custodia de un hijo por medio, pero sin caer en lo lacrimógeno. No está exento el film de algunas situaciones un tanto estereotipadas y no hay excesivas sorpresas en cuanto al éxito de Dustin Hoffman como padre; el desarrollo de la película es bastante previsible. Lo que sorprende un tanto es el desenlace, aunque dadas las buenas intenciones de la película en general no deja de resultar lo más apropiado. Por desgracia, aquí la historia parece alejarse un tanto de la realidad.

Aún así, Benton consigue un film equilibrado, con una sabia dosificación de los momentos dramáticos con otros más gratificantes y hace que la historia pase por verídica y al tiempo no canse ni resulte demasiado empalagosa. Cuenta, es verdad, con la inestimable ayuda de unos muy buenos actores, en especial Hoffman, pues Meryl Streep tiene mucho menos papel. Y, naturalmente, me descubro ante el pequeño Justin. Un niño pocas veces resulta natural, pero Justin no sólo nos convence, sino que logra conmovernos simplemente con una mirada. Su trabajo es admirable y fue nominado a un Oscar como mejor secundario.

Kramer contra Kramer fue un gran éxito en su estreno y logró llevarse los cinco Oscars principales de ese año: mejor película, director, actor principal (Hoffman), actriz secundaria (Meryl Streep) y guión adaptado. No es cuestión de negarle méritos, pero parece una excesiva recompensa para esta película y más teniendo en cuenta que competía con Apocalypse Now de Coppola. Cosas de Hollywood.

domingo, 1 de agosto de 2010

Persiguiendo a Betty



Dirección: Neil LaBute.
Guión:John C. Richards & James Flamberg (Historia: John C. Richards).
Música:Rolfe Kent.
Fotografía: Jean-Yves Escoffier.
Reparto: Renée Zellweger, Greg Kinnear, Morgan Freeman, Chris Rock, Aaron Eckhart, Crispin Glover, Pruitt Taylor Vince.
  
Persiguiendo a Betty (Neil LaBute, 2000) es una comedia que, de entrada, desconcierta y descoloca. Tiene mucho de absurdo, tiene alguna escena ciertamente cruel y otras muchas de un marcado romanticismo y posee una buena dosis de incertidumbre acerca del desenlace. Se trata de la tercera película de Neil LaBute y puede presumir de haberse llevado el premio al mejor guión en el festival de Cannes del 2000.

Una camarera de Kansas City, Betty (Renée Zellweger), está enganchada a un culebrón televisivo. Cuando su marido es asesinado por un asunto de drogas, crimen que ella presencia desde otra habitación, sufre un trauma que la lleva a confundir la ficción de su serie con la realidad.

Persiguiendo a Betty es, en esencia, una dura crítica hacia los culebrones televisivos y cómo logran atrapar a la gente corriente, que llega a vivirlos de una manera tan intensa como la misma realidad y que se convierten en una vía de escape de sus vidas corrientes; llegando en el caso de Betty a un límite extremo. Desde este punto de vista, este argumento nos recuerda un poco a Don Quijote y su locura con los libros de caballerías. Pero aquí terminan las similitudes entre ambas obras. Pero, paralelamente a la locura de Betty, vamos a asistir a otra obsesión, más disimulada pero igual de fantasiosa, de su perseguidor Charlie (Morgan Freeman) hacia Betty, idealizándola sin conocerla y terminando por enamorarse de ella.

La película se presenta pues como una especie de fábula, un cuento doloroso con mensaje, un film bienintencionado que pretende ponernos en guardia contra la alienación de los medios, contra la huida de la realidad en busca de cualquier paraíso que nos alivie la rutina y la mediocridad pero, al fin y al cabo, huida que jamás podrá darnos la felicidad ni la salvación.

Sin embargo, Persiguiendo a Betty, a pesar de sus méritos, no deja de ser un film menor, con algunas escenas interesantes pero que, en general, falla un tanto en el ritmo y, si bien algunos personajes son realmente encantadores y añaden una nota de comprensión y ternura muy bonita (como la dueña del bar de Arizona donde para Betty camino de California), otros me parecen un tanto caricaturescos, exagerada y burdamente dibujados, como es el caso por ejemplo de Roy Ostery (Crispin Glover).


Con lo que sí cuenta es con un gran reparto. No vamos a descubrir ahora a Morgan Freeman y también me gusta mucho Greg Kinnear, del que guardo un muy grato recuerdo por su papel en Pequeña Miss Sunshine, pero la gran protagonista de la película es, invetitablemente, Renée Zellweger. Su interpretación es deliciosa, a la vez frágil y decidida, con una mirada de lo más cándida, logrando convencernos y emocionarnos con sus fantasías.


Comedia original, más tierna y reflexiva que divertida, Persiguiendo a Betty consigue hacernos reflexionar sobre la realidad y la alienación y, a ratos, nos puede hacer soltar alguna que otra sonrisa. Si no le pedimos demasiado, resulta un film entretenido.

Nuestro hombre en La Habana



Dirección: Carol Reed.
Guión: Graham Greene (Novela: Graham Greene).
Fotografía: Oswald Morris (B&N).
Reparto: Alec Guinness, Burl Ives, Maureen O'Hara, Ernie Kovacs, Noël Coward, Ralph Richardson, Jo Morrow, Grégoire Aslan, Paul Rogers, Raymond Huntley.

Basada en la novela del mismo título de Graham Greene y guión del propio escritor, Nuestro hombre en La Habana (Carol Reed, 1959) es la tercera colaboración entre Carol Reed y Graham Greene y es una obra que anda a medio camino entre la comedia y la película de espías seria, en lo que quizá no sea del todo un acierto.

Jim Wormald (Alec Guinness) es un inglés residente en La Habana que se gana la vida vendiendo aspiradoras. Un día, es reclutado como agente por el servicio secreto británico, lo que acepta por la necesidad de un dinero extra para poder pagar los estudios a su hija Milly (Jo Morrow). Sin embargo, Wormald no tiene madera de espía, por lo que termina por crear una serie de informes falsos para contentar a sus superiores.

Nuestro hombre en La Habana es una película que va de menos a más, al menos en cuanto a intensidad se refiere. Comienza con un tono ligero, de comedia, en el que incluso el agente inglés Hawthorne (Noel Coward), que recluta a Jim, resulta un tanto ridículo con su vestimenta europea y su paraguas, llamando la atención exageradamente, lo que no parece cuadrar demasiado bien con su misión. Cuesta, por lo tanto, tomarse en serio a los personajes en estos primeros minutos de película. Puede que para algunos sea una buena manera de presentarlos y dejar claro la poca profesionalidad de Jim. En mi opinión, este tratamiento inicial no termina de convencerme. Tal vez porque la ligereza con que se encara el comienzo de la historia lleva pareja una falta de verosimilitud que me desconcierta un poco.

Pero conforme avanza la historia y los enredos de Jim empiezan a tener serias repercusiones, Nuestro hombre en La Habana gana en intensidad. Las amenazas comienzan a tomar forma, las mentiras de Jim han crecido como una bola de nieve y nada bueno parece vislumbrarse en el horizonte. Son pues, estos minutos centrales, lo mejor de la película, con intentos de asesinato, muertes, temores y la incertidumbre como nota predominante a cerca del destino de Jim y su fabuloso castillo de naipes. Tememos, ciertamente, por la vida de un personaje que parece encontrarse tremendamente desvalido en medio de unas intrigas y unos enemigos que lo superan.

El desenlace, gratificante, es algo precipitado y un tanto increíble, pero se acepta de buena gana por las simpatías que Jim ha despertado en el espectador.

Quizá lo mejor de todo sea el acierto en el reparto, en especial con la presencia de Alec Guinness, un actor soberbio que encarna a la perfección al inconsciente e inocente Jim Wormald y que sin su presencia dudo que la película tuviera la misma consistencia. A su lado, soberbios también Burl Ives y una hermosa Maureen O'Hara.

En cambio, en el debe de la película debemos colocar algunos momentos no del todo muy bien resueltos, como por ejemplo el tirotero en que Jim mata al agente enemigo que había intentado envenenarle. A pesar de ello, Reed consigue mantener el interés sin que el ritmo flojee demasiado, mérito indiscutible ante un film ciertamente largo.

Nuestro hombre en La Habana no es un film brillante, pero posee el innegable atractivo de las películas de intriga y su director consigue salir bastante airoso, si bien uno tiene la impresión que la historia, en otras manos o con otro enfoque, daba para algo más.