El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 27 de julio de 2010

Un día en las carreras


En realidad, como es habitual en cualquier película de los Marx, el argumento de Un día en las carreras (Sam Wood, 1937) carece en sí de importancia y es un mero marco donde desatar las locuras de estos originales cómicos.

Esta vez, es a la directora de un sanatorio al borde de la ruina, Julia (Maureen O'Sullivan), a quienes prestan su ayuda los Hermanos Marx para intentar conseguir el dinero necesario con el que hacer frente a las deudas y evitar que un odioso hombre de negocios, Mr. Morgan (Douglas Dumbille), se haga con el sanatorio y lo transforme en un casino.

Un día en las carreras contiene algunos de los momentos más graciosos que han dado las películas de los Marx. En su línea del absurdo y el caos, secuencias como el reconocimiento de la señorita Emily Upjohn (Margaret Dumont), el timo de las guías para apostar a los caballos o el sabotaje de la conferencia a Florida por parte de Groucho son de lo mejorcito del film. También abundan las frases geniales, siempre absurdas, en su mayoría obra del Doctor Hackenbush (Groucho): "Si me acerco más a usted voy a salir por la espalda", "Por usted le haría el amor a un cocodrilo" o "En realidad soy veterinario, pero cásate conmigo y no miraré a otro animal".

Como en casi todas las películas de los Hermanos Marx, no faltan los números musicales. En este caso son bastantes y de una duración considerable. Algunos, como el número acuático, acusa el paso del tiempo, si bien se salva la parte final en que Groucho baila alternativamente con la señorita Emily y la rubia peligrosa, en otro gran momento del film. Otros son más originales, como la transformación del piano en arpa y el de los negros, el mejor, lo que motivó que la película fuera nominada a un Oscar por la coreografía. Habrá quienes disfruten de estos momentos, pero en mi opinión suponen un corte demasiado brusco en el desarrollo de la historia y para mí son un lastre para el ritmo de la película.

Salvando este detalle, Un día en las carreras es una muy buena comedia, de lo mejorcito de los Marx y de nuevo, como en Una noche en la ópera (1935), a las órdenes de Sam Wood, lo que viene a demostrar la importancia de contar con un buen director, independientemente de la comicidad de los Marx.

Llamada para un muerto



Llamada para un muerto (Sidney Lumet, 1966) está basada en la novela del mismo título de John le Carré y nos acerca al mundo de los servicios secretos, que tan bien conocía le Carré, por haber sido él mismo un espía.

Samuel Fennan (Robert Flemyng) es un empleado del Foreing Office del que se recibe una carta anónima en la que se le acusa de haber pertenecido al Partido Comunista. Charles Dobbs (James Mason), miembro del Servicio Secreto, es encargado de entrevistarlo y no encuentra nada alarmante en Fennan. Sin embargo, horas después de la entrevista, Fennan se suicida.

Para aquellos que hayan leído la novela de le Carré, Llamada para un muerto resultará un film decepcionante. No se entiende, de entrada, que Lumet cambie el nombre al protagonista y el famoso y entrañable George Smiley se transforme en Charles Dobbs. Tal vez se deba a que Lumet no sólo cambió el nombre del protagonista, sino también su personalidad; puede que por distanciarse del original, discutible opción, aunque legítima. A partir de aquí, el desarrollo de la película no alcanza el nivel de la novela.

Sin embargo, sería injusto analizar la película comparándola con el libro. Lo mejor es olvidarnos de los orígenes del film y centrarnos en sus méritos, o deméritos, intrínsecos.

Lo primero que llama la atención es que parece una obra sin rematar, como si faltara pulir algunos detalles o si algunos cortes la hubieran dejado algo incompleta. No se si fue un fallo en el montaje, pero en algunos momentos tenemos la impresión de que nos quedamos a medias. Desgraciadamente, ello afecta tanto a la intriga como a los personajes.

La trama de la película es perfecta y nos atrapa desde el principio, al adivinar que algo no encaja en el supuesto suicidio de Fennan. Pero Lumet no logra sacarle todo el jugo. Es más, la enmaraña sin motivo, deja que la intensidad se vaya diluyendo, alterna las fases de la investigación con el problema matrimonial de Dobbs, pero sin darle la necesaria profundidad a ninguna de las dos. Y con ello, la película pierde fuerza y si bien, al tratarse de un film de intriga, la historia y el posible desenlace nos mantienen en vilo, uno acaba convencido que tal historia merecía otro tratamiento.

Y lo mismo sucede con los personajes, que se nos quedan a medias, un tanto indefinidos, como si se hubiera pasado de largo sobre muchos detalles. Y es además un tanto triste cuando vemos el buen reparto con el que contaba el director (James Mason, Simone Signoret, Harry Andrews, Maximilian Schell, ...) Pero hasta James Mason, un actor estupendo, está aquí sobreactuado y muy poco convincente.

La dirección de Lumet tampoco es brillante. De nuevo da la impresión de que el film se quedó a medio hacer y en algunas secuencias el tratamiento es bastante frío, como distante. Y el desenlace, en el muelle, tampoco me terminó de convencer, tal vez porque conociendo la personalidad del Smiley de John le Carré, esa agresividad suya me resultase del todo artificial.

En resumen, Llamada para un muerto es una de esas películas de las que uno piensa que hubieran podido dar muchísimo más de sí y terminas con la frustración de ver como con tan buena materia prima se alcanza tan poquito.

Sucedió una noche



Dirección: Frank Capra.
Guión: Robert Riskin (Historia: Samuel Hopkins Adams).
Música: Louis Silvers.
Fotografía: Joseph Walker (B&W).
Reparto: Clark Gable, Claudette Colbert, Walter Connolly, Roscoe Karns, Jameson Thomas, Ward Bond, Eddy Chandler, Arthur Hoyt, Alan Hale.

Ellen Andrews (Claudette Colbert) es la caprichosa hija de un millonario que, enfrentada a su padre por su reciente matrimonio con un cazafortunas, huye de casa para reunirse en Nueva York con su marido mientras su padre se lanza a su búsqueda. En el autobús que la lleva a Nueva York conocerá a Peter Warne (Clark Gable), un periodista que acaba de ser despedido de su periódico y que verá en "Ellie" Andrews la ocasión de hacer un gran reportaje.

Con Sucedió una noche (1934), no estamos con el Frank Capra moralizante, sino que se trata esta vez de una sencilla la comedia romántica; y la hace de un modo tan brillante que sentará las bases de las futuras comedias románticas. La película se basa en el relato corto "Night bus" (1933) de Samuel H. Adams, publicado en la revista Cosmopolitan.

Dos son los pilares que hacen de Sucedió una noche un film redondo. El primero, el guión. Escrito por Robert Riskin, es un prodigio de sentido común, coherencia y buen humor. En la comedia, tener un buen guión es básico para que la historia funcione y enganche y divierta. Acostumbrados como estamos a comedias donde se fuerzan las situaciones de manera bastante torpe, sorprende y reconforta ver un trabajo tan bien hecho, donde las cosas suceden de manera plausible. Por ejemplo, el malentendido que propicia que Ellen vaya a casarse por la iglesia con su marido, renunciando a Peter, se presenta del modo más natural del mundo, con lo que no nos cuesta nada participar del desengaño de los enamorados. También resulta natural el modo en que se conocen y como la conveniencia los hace ayudarse mutuamente. O la manera como Peter logra librarse del chantajista haciéndose pasar por un gangster. Al lado de esta historia tan bien hilvanada, los diálogos resultan siempre acertados, sorprendentes y muy agudos.

El segundo pilar es la pareja protagonista. Realmente Clark Gable está genial en su papel, lo mismo que Claudette Colbert como niña mimada y un tanto inocente.

Y encima, tenemos a Capra dirigiendo la orquesta, con ese estilo sencillo pero tan eficaz que logra mantener el interés y el ritmo sin dejar que haya momentos muertos o escenas de relleno. Dosifica muy bien los tiempos, sabe jugar con los detalles, en especial con la famosa "muralla de Jericó", para hacernos cómplices de la historia, y logran tensar la situación de enfrentamiento entre Peter y Ellen hasta el máximo posible, jugando con el clímax de manera prodigiosa.

Como detalle anecdótico, señalar la caída de ventas de la camiseta interior masculina al constatar el público que Clark Gable no la usaba. Años después, sería Marlon Brandon quién la pusiera de nuevo de moda al pasearse con ella ceñida al cuerpo en Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951).

Sucedió una noche fue la primera película de la historia en ganar los cinco Oscars principales: mejor película, dirección, actor principal, actriz principal y guión y aún hoy en día es un film maravilloso y una gran comedia que sigue funcionando como el primer día.

sábado, 24 de julio de 2010

9 semanas y media




Dirección: Adrian Lyne.
Guión:Patricia Knop, Zalman King, Sarah Kernochan (Novela: Elizabeth McNeil).
Música: Jack Nitzsche.
Fotografía: Peter Biziou.
Reparto: Kim Basinger, Mickey Rourke, Margaret Whitton, Christine Baranski, Karen Young, Dan Lauria.
 
9 semanas y media (1986) sigue siendo, a pesar del tiempo pasado, una referencia dentro del cine erótico, en parte quizá por no poseer este género un número muy abundante de títulos de cierta repercusión y calidad.

Elizabeth (Kim Basinger) es una mujer divorciada empleada en una galería de arte. Un día conoce a John (Mickey Rourke), un atractivo hombre de negocios, y comienza entonces una extraña y apasionada relación en la que Elizabeth irá cediendo a los caprichos de un insaciable John.

Impecable en todo lo referente al apartado visual, con una pareja protagonista sumamente atractiva, un cuidado extremo de la fotografía y la estética, muy próxima al vídeo clip, éste es a la vez uno de los defectos que se le pueden achacar a la obra de Lyne: cuidar tanto las formas que se olvida del fondo. Aunque personalmente creo que el fondo tampoco es que le interesara demasiado al director.

En efecto, la película parece perseguir un solo propósito: crear un mosaico sensual de escenas más o menos sugerentes a base una planificación perfecta y poniendo en juego tanto la fotogenia de los actores, como la elección de una pegadiza banda sonora o el cuidado de la composición y la iluminación. El resultado son escenas brillantes, estéticamente irreprochables, que es lo que se busca y en lo que Lyne basa la eficacia y el éxito de su propuesta, como el famoso striptease al ritmo de "You can leave your hat on" de Joe Cocker, que se ha perpetuado en el tiempo como una de esas secuencias que perduran por encima incluso del film.

Sin embargo, a nivel argumental, 9 semanas y media no ofrece gran cosa. En muchos puntos, la historia permanece coja y los protagonistas se quedan a medio dibujar, en especial la figura de John. Se puede ver la película como una especie de descenso a los infiernos por causa del placer de una mujer insegura, lo que no deja de manifestar una moralidad un tanto arcaica, en parte en contradicción con la "osadía" de algunas escenas (que no dejan de ser bastante lights en realidad) y, en todo caso, la lectura final resulta bastante machista.

Cuando vi esta película por primera vez pensé inmediatamente en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972) y la conclusión que saqué es que Adrian Lyne optó por la versión más comercial y superficial del tema tratado en el film de Bertolucci, más comprometido, más profundo y hasta mucho más osado a pesar de estar filmado catorce años antes.   

En todo caso, 9 semanas y media fue un rotundo éxito de taquilla y lanzó al estrellato a Mickey Rourke y convirtió a Kim Basinger en un símbolo sexual durante años, hasta la aparición de Sharon Stone en Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992).

viernes, 23 de julio de 2010

Forajidos



Dirección: Robert Siodmak.
Guión: Anthony Veiller (Relato: Ernest Hemingway).
Música: Miklós Rózsa.
Fotografía: Elwood Bredell (ByN).
Reparto: Burt Lancaster, Ava Gardner, Edmond O'Brien, Albert Dekker, Sam Levene, Vince Barnett, Virginia Christine, Charles D. Brown, Jack Lambert, Donald MacBride, Charles McGraw, William Conrad, Phil Brown, Queenie Smith, Jeff Corey, Harry Hayden, Bill Walker.

Forajidos (1946) parte de un relato breve de Ernest Hemingway de 1927, "Los asesinos", y que cubriría la primera parte de la película, hasta el asesinato del Sueco (Burt Lancaster). Luego, Anthony Veiller, el guionista, desarrolla el pasado del Sueco al hilo de la investigación que lleva a cabo el empleado de una compañía de seguros a base de flashbacks. Este procedimiento narrativo nos lleva de inmediato a Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941), cuya estructura se adapta aquí al cine negro. El resultado es magnífico: partiendo de un asesinato, seguimos las pesquisas del agente de seguros para poder esclarecer lo que llevó a dos matones a acribillar a un aparentemente sencillo empleado de una gasolinera que ni intentó escapar. La intriga es pues el motor que tira del relato y que nos mantiene en vilo a lo largo de los ciento cinco minutos que dura la película.

Lo único que recordaba de la primera y lejana vez que vi Forajidos es una escena sin mucha importancia en la que el agente de seguros Riordan (Edmond O'Brien) charla con un policía (Sam Levene), antiguo amigo del Sueco, en el jardín de su casa. Supongo que la recuerdo porque es la única escena luminosa de la película. El resto transcurre casi siempre entre penumbras, de noche o en habitaciones sombrías, creando un ambiente soberbio gracias a una fotografía impecable de Elwood Bredell.

También habría que destacar la maestría de Robert Siodmak a la hora de hilvanar los flashbacks de manera precisa, logrando mantener intacta la emoción del principio y resolviendo maravillosamente un complicado engranaje de personajes y sucesos, traiciones y mentiras sin que lleguemos a perder el hilo de los sucesos.

Capítulo aparte merece el reparto. Si bien Burt Lancaster no es un actor que me guste demasiado, en este caso es la imagen perfecta de un ex-boxeador metido a delincuente y a quién la mujer fatal de turno ha dejado KO desde el primer encuentro. Ella es Ava Gardner, bellísima como nunca, distante y fría, altiva como un felino. No sólo comprendemos al pobre Sueco, sino que desearíamos estar en su piel y poder abrazar y besar a la hermosa Ava, una de la más sensuales y terribles mujeres fatales del cine.

Forajidos es una de las cimas del cine negro, una película que nos atrapa desde el primer minuto y ya no nos deja libres hasta mucho más allá del final. El film sirvió para lanzar al estrellato tanto a Burt Lancaster como a Ava Gardner, hasta entonces una actriz de reparto más.

jueves, 22 de julio de 2010

Esta tierra es mía


Primera película de Jean Renoir tras exiliarse en los Estados Unidos en 1940, Esta tierra es mía (1943) se inscribe en una época muy concreta y en esa militancia de Hollywood por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, lo que explica el discurso político de la película.

Durante la ocupación nazi de un país europeo, la vida de un pueblo se ve lógicamente alterada por la presencia de las tropas alemanas. Algunos, como el alcalde, se prestan voluntarios a colaborar con el enemigo; otros se dedican a resistir y al sabotaje; otros, como el profesor Arthur (Charles Laughton), un cobarde consumado, intentan sobrevivir como buenamente pueden.

Esta tierra es mía es, en esencia, un film político con una defensa vigorosa de la libertad y los valores que encarna la Constitución de los Estados Unidos y un ataque frontal al nazismo y, por extensión, a cualquier régimen totalitario que usurpe la libertad y el poder al pueblo. Hay que entenderlo por el momento histórico en que se filma. Pero aún tratándose de una película con una finalidad muy clara, hay maneras y maneras de afrontar un tema así y Renoir lo hace sin renunciar a su humanismo y a esa manera sencilla y tan tierna que tiene de contar una historia.

Así, a parte de su enérgico mensaje, claro, conciso y hermoso (la colosal interpretación de Laughton es fundamental para conseguir conmover y convencer al espectador), Renoir nos presenta una maravillosa historia de amor platónico, enternecedora y bella, con algunos momentos sublimes, como cuando Charles Laughton declara finalmente su amor a una sorprendida y agradecida Maureen O'Hara. También asistimos a la evolución de un hombre cobarde que consigue, al fin, sobreponerse a sus miedos y aceptar su destino con dignidad, ganándose el respeto y la admiración de todos, en especial de sus alumnos, en una preciosa escena final en el aula.

Además, Jean Renoir evita descalificar a los nazis describiéndolos como monstruos crueles y casi irracionales, algo en que se suele caer a menudo. Renoir nos muestra al oficial alemán al mando, interpretado de manera soberbia por Walter Slezak, como un hombre astuto, paciente, hábil y cínico que sabe mover los hilos con cautela para obtener lo que desea. Ésto lo hace mucho más creíble, y más temible, y estoy convencido que los alemanes eran en general más parecidos a lo que vemos en el film que a la imagen un tanto exagerada de presentarlos de otras películas.

Rodada sin demasiado medios, lo que se nota en una puesta en escena muy parca, la película se apoya en un guión muy bueno del propio Renoir y de Dudley Nichols y, especialmente, en un reparto asombroso donde se lleva la palma, como apuntaba anteriormente, un magnífico Charles Laughton. Cada escena en que aparece es sólo suya y el discurso en el juicio es el momento álgido de un trabajo sobresaliente. Pero además, me encanta la actuación de Maureen O'Hara, el ya citado Walter Slezak, George Sanders y, por supuesto, Una O'Connor, secundaria de lujo y portentosa como madre posesiva y sobreprotectora del miedoso profesor.

En resumen, un film muy interesante, comprometido con unas ideas, pero sin renunciar a contarnos también una bonita historia sobre las debilidades y grandezas del ser humano con una sensibilidad maravillosa, algo en lo que Renoir era una maestro. 

martes, 20 de julio de 2010

Sleepers


Hell's Kitchen, en Nueva York, es un barrio de inmigrantes donde la vida no es fácil. Cuatro muchachos de la misma edad, Lorenzo, John, Michael y Tommy, intentan sobrevivir como pueden a los problemas familiares y del barrio. El cura de la parroquia, Robert Carillo (Robert De Niro), intenta ayudarlos en lo que puede para que no se aparten del buen camino. Desgraciadamente, una simple travesura de los chicos termina en un grave accidente y los cuatro amigos terminan confinados en un reformatorio, lo que cambiará sus vidas para siempre.

Sleepers (Barry Levinson, 1996) está basada en el best seller autobiográfico del mismo título de Lorenzo Carcaterra, con guión del propio Levinson, y cuenta una historia terrible sobre abusos a menores y una crítica feroz, como no podía ser de otra manera, del mundo de los reformatorios.

Sin duda, uno de los puntos fuertes de Sleepers reside en un guión impecable, con ritmo, con momentos de gran intensidad, pero sin caer en dramatismos excesivos, y sobre todo en el que se evita muy acertadamente mostrar los momentos más escabrosos de manera explícita. Levinson se limita a insinuarlos y es nuestra imaginación la que debe completar la escena y no sólo es un detalle elegante, sino que resulta quizá mucho más eficaz, al modo del cine clásico. En este sentido, hay que valorar como se merece la manera de Levinson para contarnos la historia: siempre elegante, sencilla y muy eficaz a la hora de trasmitirnos el drama que han vivido esos muchachos y siempre dentro de unos límites aceptables, evitando cargar las tintas en una historia que sin duda se podría prestar a ello.

También se plantea un interesante dilema sobre si está justificada una mentira para dejar libres a dos asesinos cuando el asesinado es la persona que los torturó de niños. La respuesta, en este caso, la dicta nuestro corazón, que se alegra sinceramente cuando el padre Carillo miente en el estrado. Pero hay muchos otros momentos maravillosos, tristes y conmovedores en Sleepers, como cuando Lorenzo "Shakes" (Jason Patric) confiesa al cura lo que realmente tuvieron que soportar en el reformatorio o cuando el mismo Lorenzo reza con el rosario en la mano mientras se le vienen a la memoria tristes recuerdos del reformatorio.

Otro de los punto fuertes reside en un reparto espectacular encabezado por un sobresaliente Robert De Niro, en la línea de sus mejores trabajos, y el genial Dustin Hoffman, un actor por el que siento debilidad. Pero es que también tenemos a un convincente Vittorio Gassman junto a los actores jóvenes, como Brad Pitt o Kevin Bacon, que están también sobresalientes.

Sleepers es un film notable y conmovedor, con la fuerza de una historia realmente espeluznante contada de manera muy delicada y eficaz. Merece la pena.

domingo, 18 de julio de 2010

La gran ilusión


Título mítico del cineasta francés, autor también del guión junto con Charles Spaak, y que procede de las experiencias de Renoir y sus compañeros de aviación en la Gran Guerra y donde se hace una seria denuncia de los conflictos bélicos, junto a una mirada un tanto nostálgica al fin de toda una época.

Dos oficiales de la aviación francesa, el teniente Maréchal (Jean Gabin) y el capitán De Boeldieu (Pierre Fresnay), son hechos prisioneros por los alemanes al derribar el capitán von Rauffenstein (Erich von Stroheim) el avión de reconocimiento que pilotaban durante la Primera Guerra Mundial. A partir de ese momento pasarán dieciocho meses en diferentes campos de prisioneros buscando la manera de escapar.

A través de las relaciones que se establecen en los campos de prisioneros entre los guardianes y los presos, de diferentes nacionalidades, Renoir plantea en La gran ilusión (1937) la posibilidad de un mundo en paz en uno de los mejores y más sentidos films antibelicistas de la historia. En realidad, en la película no hay malos, ni entre los reclusos ni entre los alemanes; el trato entre todos es cortés y el tiempo que pasan juntos acaba creando verdaderos lazos de amistad entre unos y otros. Algunas escenas, como cuando un centinela intenta consolar a Maréchal, incluso llegan a sorprendernos por la ternura que reflejan entre dos enemigos.

El caso más curioso es el que se da entre von Rauffenstein y el capitán De Boeldieu, aristócratas que parecen estar, al menos por parte del alemán, unidos por el vínculo de pertenencia a una clase social superior. Esto le sirve también a Renoir para mostrarnos el fin de una época y el ocaso de la nobleza, barrida por los nuevos tiempos, que acabarán con sus costumbres y sus modales exquisitos. Es el ocaso de unos valores superiores y que parecen estar por encima incluso a la pertenencia a uno u otro país.

Es cierto que el paso del tiempo se nota en algunas escenas, pero por encima de este detalle, la película destaca por la ternura y cierto romanticismo que la recorre de arriba abajo y es especialmente hermoso en la parte final de la película, cuando los presos fugados son acogidos por la viuda alemana. Aquí también tenemos la más estremecedora denuncia de la guerra, pues los hombres de la familia resulta que han muerto todos en diferentes batallas que, como dice la viuda, fueron paradójicamente grandes victorias alemanas.

En cuanto a los actores, salvando una cierta tendencia no demasiado grave de los franceses a la sobreactuación, patente por ejemplo en Jean Gabin, hay que destacar el buen hacer de todos, pero en especial siento debilidad por Erich von Stroheim, impecable en su papel de aristócrata refinado y ceremonioso.

La gran ilusión sigue siendo a día de hoy un film perfectamente válido, donde se defiende el pacifismo no a base de discursos grandiosos, sino mostrando y defendiendo la bondad de que puede ser capaz el ser humano si se para a ver el mundo con otra mirada.

El invisible Harvey



Dirección: Henry Koster.
Guión: Mary Chase, Oscar Brodney (Novela: Mary Chase).
Música: Frank Skinner.
Fotografía: William Daniels (B&W).
Reparto: James Stewart, Josephine Hull, Peggy Dow, Charles Drake, Cecil Kellaway, Jesse White, Victoria Horne, Wallace Ford.

El invisible Harvey (Henry Koster, 1950) es una extravagante comedia que nos lleva a pensar inevitablemente en Capra y alguno de sus films más alocados y surrealistas como, por ejemplo, Arsénico por compasión (1944), que también cuenta con James Stewart y con Josephine Hull en el reparto. No tiene la magia de las película de éste, pero Koster consigue realizar un buen trabajo y ofrecernos una obra sumamente original y con no pocos alicientes.

Elwood P. Dowd (James Stewart) es un hombre amable y generoso con todo el mundo. Pero tiene un problema que está volviendo loca a su familia y es que afirma tener por amigo a un tal Harvey, un conejo imaginario de más de dos metros de altura que lo acompaña a todas partes. Su hermana Veta Louise (Josephine Hull) decide finalmente internarlo en un psiquiátrico.

El invisible Harvey es una adaptación de una obra teatral de Mary Chase, ganadora del Premio Pulitzer en 1945, y en cuyo guión trabajó la propia autora. Se trata de una comedia un tanto surrealista y que no deja de plantearnos algunos interrogantes a cerca de la supuesta locura del protagonista. A primera vista, parece que la figura de Harvey podría tener su origen en la adicción de Elwood P. Dowd a la bebida y en ese sentido se podría llegar a pensar que la película viene a ser una especie de oda a la dipsomanía. Es verdad que en algunos momentos es lo que el film nos hace pensar. Pero luego se van aclarando más detalles sobre el señor Dowd y Harvey y entramos en otras veredas. Harvey sería un pooka, un duende algo travieso según el folklore celta, y el bueno de Dowd habría decidido seguir un viejo consejo: en la vida hay que ser o muy listo o muy bueno; y tras probar a ser muy listo, decidió al final ser muy bueno. Así pues, se desmonta la idea de la locura o el alcoholismo y pasamos sencillamente a vérnoslas con un hombre sencillo cuya meta es ser feliz y hacer felices a cuantos se cruzan en su camino. Tampoco falta, al final de la película, una nueva vuelta de tuerca, cuando el conejo imaginario empieza a "manifestarse" de manera más palpable.

En todo caso, el mensaje parece claro: lo importante en esta vida es ser feliz, por encima de convenciones sociales y, sobre todo, por encima de la razón, que parece ser la causa de la mayor parte de los verdaderos problemas. Así se pone manifiesto cuando la hermana de Dowd comprende en qué se convertiría su hermano si permitiera que lo "curaran" con un suero. Al final, no es la imaginación la que nos puede volver locos, sino la razón.

Y a parte del mensaje de la película, hemos de reconocer el excelente trabajo de todos los actores, pero sobre todo de James Stewart, siempre perfecto y que fue nominado al Oscar por su trabajo, y de Josephine Hull, que ya había interpretado el mismo papel en Broadway y que se llevó el Oscar a la mejor actriz secundaria.

jueves, 15 de julio de 2010

Bienvenido Mr. Chance


Última gran interpretación de Peter Sellers, que moriría solamente un año después, Bienvenido Mr. Chance (Hal Ashby, 1979) se basa en la novela del mismo nombre de Jerzy Kosinski, autor también del guión de la película. Dicha novela le había gustado tanto a Sellers que se puso en contacto con Kosinski y terminó por llevarla al cine.

Chance Gardiner (Peter Sellers) es un hombre con una inteligencia muy limitada y analfabeto que ha pasado toda su vida como jardinero al servicio de un hombre adinerado. Su único conocimiento de la vida y el mundo proceden de la televisión, que ve continuamente. Cuando este muere, Gardiner debe abandonar la casa y salir al mundo exterior por primera vez en su vida. A causa de un pequeño accidente, Chance termina en la casa de un millonario (Melvyn Douglas) que pronto le coge mucho afecto.

La historia de Chance, de como un personaje ciertamente retrasado es tomado por un sabio y algo más, pues la ausencia de cualquier dato sobre su pasado despierta las más extrañas conjeturas, por las altas esferas políticas y económicas del país no deja de resultar del todo irreal. Y más aún con un final extraño que no viene sino a subrayar el carácter atípico y surrealista del argumento. Podríamos tomarlo como una especie de cuento y nos deja, eso sí, la puerta abierta a múltiples interpretaciones. Lo que parece evidente es la crítica hacia el mundo de la política y sus retorcidos caminos, que se ve incapaz de ver lo evidente y toma a un hombre insignificante e ignorante por un sabio al que terminan por atribuirle un par de carreras y el conocimiento de no sé cuantos idiomas.

La película mantiene un perfecto equilibrio entre el drama y la comedia, con algunas situaciones realmente logradas basadas en malos entendidos, sobre todo verbales, que consigue llevar la historia de manera ágil y siempre sorprendiéndonos, bien con la risa o con la reflexión.

A destacar la asombrosa interpretación de Peter Sellers, pausado, sencillo, con la mirada de un niño y su misma ingenuidad ante la vida, por la que fue nominado al Oscar. Parece ser que a la hora de componer el personaje Sellers se inspiró en otro cómico legendario: Stan Laurel. Junto a él, también hay que destacar el gran trabajo de Shirley MacLaine, absolutamente maravillosa en su papel de mujer resignada a cuidar a su marido enfermo que parece descubrir una nueva vitalidad al lado de Chance. Melvyn Douglas se llevó el Oscar al mejor actor secundario, único premio que obtuvo la película.

También me gustaría destacar la dirección de Ashby, elegante, con encuadres hermosos donde siempre busca la simetría perfecta, pausada y suave y que le confiere una hermosa estética a la película. 

Un film sin duda original y tierno, curioso y sorprendente y que encierra una bonita historia sobre la vida.

El Dorado


Howard Hawks ya había contado esta historia años antes en Río Bravo (1959). Sin embargo, el tema debió de gustarle lo suficiente como para volver al mismo con El dorado (1966) y con Río Lobo (1970), si bien con algunas variaciones, aunque la esencia de la intriga es básicamente la misma: una lucha desigual entre un sheriff y un poderoso ranchero que recluta a un grupo de matones para imponer su voluntad.

Cole Thornton (John Wayne), un afamado pistolero, es contratado por un ganadero, Bart Jason, para que le ayude en su lucha con una familia rival. Al llegar a El Dorado, el sheriff Jean Paul Harrah (Robert Mitchum) le informa de las verdaderas intenciones de Jason, por lo que Cole decide rechazar el empleo. Meses más tarde, Jason se hace con los servicios de otro matón que pretende aprovecharse del alcoholismo en que cayó el sheriff Jean Paul en beneficio de su jefe.

El Dorado es la penúltima película de Hawks y aunque veíamos que repetía la estructura de Río Bravo, no por ello es un film sin interés. Es más, el argumento abarca más que en la anterior, con una historia que ya no se ciñe por entero a un pueblo y desarrolla más a los personajes. Eso sí, Hawks mantiene un tono ligero, casi de comedia por momentos, que resulta muy acertado y que sin restar intensidad al drama, aligera la historia, tal y como había hecho también en Rio Bravo.

La base de la historia es de nuevo la amistad y la lucha contra la injusticia. El Dorado es, en esencia, un western clásico, una vuelta atrás a las raíces del género, superando o pasando por alto las complicaciones argumentales de los films del oeste de los cincuenta o sesenta. El Dorado es una historia sencilla, de buenos y malos, de valores por los que vale la pena luchar y morir, de heroísmos y sacrificios. Intenta transmitir una filosofía de la vida basada en la rectitud y la lealtad y para ello Hawks no se complica la vida y nos sirve un film ameno, con las justas dosis de acción, humor, amistad y romance. La manera de narrar la historia es eficaz y directa y ahí reside uno de los mayores valores de la cinta.

El otro, sin duda, reside en la pareja de actores: John Wayne y Robert Mitchum, sobre todo este último, son el alma de la película, sin olvidarnos de James Caan o Arthur Hunnicutt; si bien es inevitable comparar el trabajo de este actor con el similar de Walter Brennan en Río Bravo y constatar que Hunnicutt carece del carisma de Brennan.

Así pues, El Dorado no es un film que nos aporte nada nuevo u original en el western, pero sí que es una historia con fuerza y buen ritmo y que mantiene el interés sin desfallecer en ningún momento. Una película para disfrutar de un buen rato de cine bien hecho, sin más.

martes, 13 de julio de 2010

El sueño eterno




El sueño eterno (Howard Hawks, 1946) es uno de esos momentos irrepetibles del cine en que se reúnen en un mismo proyecto una serie de grandes talentos dando lugar a un film único.

Un anciano general millonario contrata a un detective privado, Philip Marlowe (Humphrey Bogart), para que investigue lo que parece ser un caso de chantaje hacia una de sus dos hijas. Un caso en apariencia sencillo pero que se irá enredando más y más conforme Marlowe se adentre en él.

El sueño eterno parte de la novela del mismo nombre de Raymond Chandler de 1939, con un guión en el que trabajó el mismo William Faulkner. Y la verdad es que la intriga es absolutamente confusa, hasta el punto que se dice que el director le preguntó a Chandler que le aclarase los detalles de la misma y éste le respondió con un "No tengo ni idea". Lo más juicioso, en este caso, es renunciar a desenredar la madeja argumental y disfrutar sencillamente de la pareja protagonista y algunas otras virtudes de la película.

Bogart y Bacall ya habían protagonizado Tener y no tener (Howard Hawks, 1944) con notable éxito, por lo que  Hawks los reúne de nuevo aprovechando la gran química que había entre ellos; de hecho, se casarían al poco de terminar el rodaje. Para ser sincero, la película pierde bastante en aquellas escenas en que no están los dos juntos. Los diálogos entre ambos son de lo mejorcito de la película, con constantes insinuaciones de índole sexual, ya que la rígida moralidad reinante impedía ser demasiado explícitos a los guionistas. La presencia de escenas llenas de erotismo es en realidad una constante de El sueño eterno. Marlowe es acosado por cada mujer que se cruza con el y todas bastante hermosas e insinuantes. Baste recordar una de las escenas más logradas en este sentido: la de Marlowe con la dependienta de una librería, encarnada por la bellísima Dorothy Malone, repleta de frases con doble sentido y rebosante de sensualidad.

Con algunas licencias respecto a ciertas normas del género (no hay una, sino dos mujeres fatales, no hay flashbacks ni voz en off y el protagonista no es un perdedor), El sueño eterno recorre los bajos fondos de la sociedad insinuando, más que mostrando abiertamente, un submundo de drogas, homosexualidad, pornografía, apuestas y crímenes, ante los que Marlowe se muestra impasible y cínico, por encima de todos salvo, tal vez, una mujer bonita.

Junto a los diálogos maravillosos ya mencionados, habría que mencionar la espléndida fotografía en blanco y negro de Sidney Hickox y la música de Max Steiner como otros de los aciertos del film. Pero, por encima de todo, me quedaré con la presencia de Bogart y Lauren Bacall; solamente con ellos dos da la impresión de que nos basta y cada vez que se juntan en la pantalla terminamos por olvidarnos del argumento de la película, que no deja de ser interesante a pesar, como decía, de su confusión poco menos que indescifrable.

jueves, 8 de julio de 2010

Vestida para matar


Hay que advertir, antes de nada, que est film, Vestida para matar (Roy William Neill, 1946), nada tiene que ver con la película del mismo título de Brian DePalma. Estamos, en el caso que nos ocupa, en la última película de las muchas que en la década de los cuarenta dirigió Roy William Neil con Basil Rathbone en la piel de Sherlock Holmes.

La intriga, en este caso, viene servida por tres caja de música idénticas y sin valor aparente pero que encierran, en sus melodías, un código secreto que es la clave para encontrar unas planchas robadas para fabricar billetes de cinco libras.

No debemos hacernos demasiadas ilusiones: Vestida para matar es un film de serie B, sin pretensiones y un tanto achacoso por el paso del tiempo. Sin embargo,conserva ese saber hacer, sin alardes, pero con sentido común y respeto a la figura del detective, que la convierte en un pasatiempo amable y hasta con cierto encanto, que sabremos disfrutar si somos capaces de contentarnos con una historia sencilla narrada con corrección. Tampoco los actores son primeras figuras y la puesta en escena es austera. Pero todo ello es en realidad lo le da al film un cierto encanto.

La intriga, bien llevada pero muy bastante elemental, no ofrece demasiadas sopresas. Sabemos de antemano que Sherlock Holmes resolverá el caso, por muy difícil que parezca. Por lo tanto, no es aquí donde la película va a sorprendernos, pero sí en el respeto hacia la figura de Holmes y de su amigo Watson, ajustados a lo que se espera de ellos e incluso, y para mí es un acierto, cayendo Holmes en una normalidad casi absoluta; lejos pues de otras versiones en que se cargan un tanto las tintas para mi gusto.

Así pues, estamos ante un mero film para pasar el rato, amable, discreto y sin complicaciones, pero con el encanto de esas cosas modestas hechas casi artesanalmente que destilan honradez y sentido común.