El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

miércoles, 31 de marzo de 2010

El tercer hombre



Dirección: Carol Reed.
Guión: Graham Greene (Novela: Graham Greene).
Música: Anton Karas.
Fotografía: Robert Krasker (B&W).
Reparto: Joseph Cotten, Alida Valli, Trevor Howard, Orson Welles, Bernard Lee, Paul Hörbiger, Ernst Deutsch, Siegfried Breuer, Erich Ponto, Wilfrid Hyde-White, Hedwig Bleibtreu.

El tercer hombre (Carol Reed, 1949) es uno de los films británicos míticos (fue elegida mejor película británica de todos los timepos en 1999) y un hito dentro del cine negro capaz de competir con los mejores ejemplos norteamericanos.

Holly Martin (Joseph Cotten), novelista de novelas baratas del oeste, llega a la Viena ocupada por los aliados tras la Segunda Guerra Mundial llamado por su amigo de la infancia, Harry Lime (Orson Welles) que se ha ofrecido a ayudarle. Pero nada más llegar, Holly recibe la noticia que su amigo ha muerto atropellado.

Se trata de una historia escrita por Graham Greene para la pantalla que capta maravillosamente el sórdido ambiente de la postguerra, con las penurias de la escasez y el miedo entre la población. Con una fotografía en blanco y negro acertadísima de Robert Krasker, ganadora del Oscar, el clima de la película resulta opresivo y amenazador.

El tercer hombre posee algo especial, difícil de precisar con palabras. Es un encanto misterioso, una fuerza cautivadora de sus imágenes, con planos de una belleza y una perfección increibles. Dentro de su pesimismo, de la miseria de una Viena desolada y hambrienta, el film es pura poesía. Llega un momento en que las escenas trascienden la propia historia, cobran vida como pequeños momentos mágicos y perfectos. Pocas veces me he visto atrapado de un modo tan absoluto y pocas veces he disfrutado tanto de cada nota, de cada mirada y cada palabra.

Mucho se ha escrito sobre la participación de Orson Welles en la elaboración de la película, afirmándose que muchas escenas, en especial la asombrosa persecución por las alcantarillas, se debían a él. En todo caso, es cierto que se aprecian algunos rasgos típicos de su manera de dirigir, como los contrapicados y las angulaciones extremas de la cámara. Lo que sí que parece confirmada es su aportación con la famosa frase sobre la democracia suiza y los Borgia. Aportación también desde su ya mítica aparición con el gato a sus pies, una escena mágica y genial. Y es que la película cobra una nueva dimensión con la presencia de Welles, que da vida a un villano con una personalidad arrolladora y es que Orson Welles parecía tener predilección por este tipo de personajes, poderosos y oscuros, que escapan a las normas convencionales y parecen situarse más allá del bien y del mal.

Si es verdad que la presencia de Orson es hipnótica, no podemos olvidar al resto del reparto, en especial la hermosa Alida Valli, en el papel de Anna, la novia de Harry Lime, o el ingenuo amigo al que da vida un siempre correcto Joseph Cotten, enternecedor en su torpe e inútil enamoramiento de Anna; Trevor Howard encarna al policía del ejército Calloway, a quién siempre burló el escurridizo Lime.

Prodigiosa en diálogos y en ambientación, la película no sería la misma sin la fabulosa música de Anton Karas, complemento idóneo a lo largo de toda la película.

Sin duda, una de las mejores películas del género, cautivadora, tierna, romántica e inquietante. Un film perfecto.

Grupo salvaje


Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969) lleva las señas de identidad de su director marcadas a fuego y que alcanzan una extrema crudeza en este western duro y tierno a la vez.

Pike Bishop (William Holden) y su banda escapan a México tras un sangriento asalto a un banco para robar el dinero del ferrocarril. Tras ellos, una grupo de cazadores de recompensas liderados por Deke Thorton (Robert Ryan), antiguo compinche de Pike que ahora intenta apresarlo.

Ya desde el principio, Peckinpah juega al engaño con nosotros: los militares son, en realidad, los ladrones disfrazados para inspirar confianza en el pueblo. Los harapientos son los que están del lado de la ley, si bien serán los que inicien una matanza sin sentido de civiles y se comporten como buitres despojando a los muertos de sus objetos de valor. Nada es como estábamos acostumbrados a ver, no hay buenos y malos o, al menos, no como solían presentárnoslos.

Peckinpah nos ofrece por tanto una nueva visión del western con este Grupo salvaje, que guarda cierto parecido con el spaghetti western, pero solo en algunos aspectos formales, porque el cine de Peckinpah no es mera fachada, sino que es un cine con alma; un cine que cuenta historias de perdedores en un mundo en el que ya no hay sitio para ellos. Y ésto es Grupo salvaje: la historia de unos forajidos en el ocaso de su carrera y en un mundo que ya no los reconoce ni respeta las viejas normas del honor y la lealtad.

El film es un derroche exagerado de violencia, presente ya desde el comienzo con la famosa secuencia de los niños jugando con el escorpión y las hormigas, y rematado por la excesiva y rotunda secuencia final con otra de las señas de identidad de Peckinpah: la filmación a cámara lenta de los tiroteos, con una especie de recreación en el horror de la sangre y la muerte.

Hay continúas referencias a la infancia, desde la escena inicial de los niños en la calle hasta el niño que admira al general mexicano y que toma el arma para vengarlo, pasando por múltiples planos de niños que retratan una infancia que imita el mundo de los mayores, un mundo absurdo de codicia y maldad.

Grupo salvaje es un film con un aire caduco, sincero y, por lo tanto, imbuido de un romanticismo triste y terminal, donde no quedan ya héroes y donde la amistad y el honor no llevan más que a la muerte. Sin duda, un film desolador y sincero.

martes, 30 de marzo de 2010

¿Qué fue de Baby Jane?


¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962) es, sobre todo, un vehículo para el lucimiento de las dos protagonistas absolutas: Bette Davis y Joan Crawford, ambas ya en la cuesta abajo de sus carreras.

Baby Jane (Bette Davies) fue una niña prodigio que alcanzó gran fama en su niñez. Pero pronto se apagó su estrella y fue entonces cuando brilló la de su hermana Blanche (Joan Crawford), con una brillante carrera como actriz. Pero un accidente la postró en una silla de ruedas de por vida. Baby Jane, culpable del accidente, es ahora quién la cuida.

Bajo un argumento un tanto rebuscado, Aldrich hace un sombrío retrato del reverso de la moneda de la fama. La historia es siniestra, el ambiente opresivo y hay momentos de tensión bastante logrados. Pero el mérito del film recae ante todo en el trabajo de las actrices. Ambas, por cierto, se odiaban en la vida real, lo que puede haber añadido un plus de tensión y veracidad en la tormentosa relación que se recrea en el film.

Bette Davies estaba convencida que el Oscar sería para ella y la verdad es que su trabajo es soberbio. Pero, sorprendentemente, el premio fue para Anne Bancroft por su papel en El milagro de Ana Sullivan. Curiosamente, fue Joan Crawford la que fue a recogerlo en lugar de la premiada, algo que no debió resultar muy grato para Bette Davies.

Sería injusto no citar a Victor Buono, el pianista que contrata Baby Jane para preparar su regreso a los escenarios, y que ofrece una interpretación sobresaliente.

El final, sorprendente, pone el broche a una historia bien narrada pero que ha acusado un tanto el paso de los años y que hoy en día no resulta quizá tan tenebrosa e inquietante como debió serlo en su estreno.

Lawrence de Arabia


Lawrence de Arabia (David Lean, 1962) es uno de los films más grandiosos y bellos de la historia del cine; una obra de arte colosal e irrepetible.

Durante la Gran Guerra, los ingleses envían a Arabia a un oficial, T. E. Lawrence (Peter O'Toole), para que ayude al príncipe Feisal (Alec Guiness) en su lucha contra los turcos. Pero Lawrence irá más allá de su papel de asesor militar y se implicará de tal modo en la lucha del pueblo árabe que se convertirá en un lider para ellos y casi en uno más, adoptando su vestimenta y sus costumbres.

Sin duda estamos ante una verdadera maravilla de la que todo lo que pueda decirse resultará insuficiente para dar una idea de todo lo que encierra esta película. Basada libremente en la vida de T.E. Lawrence, David Lean consiguió sobrepasar la aventura y la epopeya para darle a esta biografía una dimensión tan inmensa, hermosa y aterradora como el mismo desierto. David Lean no se queda en lo espectacular de las batallas o en la belleza de una fotografía preciosa para ver en grandes pantallas de salas oscuras, sino que profundiza en la naturaleza de los personajes, sus ambiciones y sus miedos; en especial los de Lawrence, un héroe tan atípico como inquietante, capaz de lo mejor y de lo peor, contradictorio, humilde, culto y al tiempo endiosado y cruel y al que vemos evolucionar a lo largo de la película al compás de unos sucesos que muchas veces lo superan. Vemos la sinrazón de las guerras, el desprecio de los ingleses hacia los árabes, los abusos del colonialismo, la barbarie de las tribus del desierto...

Parece imposible imaginarse a otros Lawrence que no fuera Peter O'Toole (y eso que el papel se lo ofrecieron a Marlon Brando, pero lo rechazó): su interpretación es asombrosa, llena de fuerza, de ternura, de fragilidad y de locura, con esa mirada azul intensa y terrible. Es una interpretación que traspasa la pantalla, pocas veces se ha visto algo parecido en el la historia del cine. Y al lado de O'Toole, un reparto soberbio: Omar Sharif en su mejor papel, tal vez incluso superando al del Doctor Zhivago; Alec Guiness, en un papel breve como Feisal; Anthony Quinn con una caracterización y una actuación colosales; José Ferrer, Anthony Quayle, Claude Rains, etc, etc.

Y al lado de todos ellos, el desierto. Porque uno de los mayores logros de Lean es hacer del desierto un personaje más de la película con algunas de las escenas más hermosas que recuerdo, como los planos inmensos y sobrecogedores, las figuras humanas diminutas y frágiles en medio de un hermoso mar de arena, los amaneceres, el polvo, el color de la tierra... Resulta imposible no enamorarse del desierto tras ver esta película.

Hay también que destacar los hermosos diálogos, a veces rotundos, a veces poéticos y siempre acertados. No podemos olvidarnos de la banda sonora sublime de Maurice Jarre que acompaña en los momentos precisos el devenir de la historia.

La película obtuvo 7 oscars, pero sin duda es este tan solo un detalle. La grandeza de este film va más allá de los premios o las críticas. Es, sencillamente, una obra de arte única e inmortal.

lunes, 29 de marzo de 2010

Los hombres que miraban fijamente a las cabras


Los hombres que miraban fijamente a las cabras (Grant Heslov, 2009) es sin duda una propuesta muy original que sorprenderá por su argumento disparatado y que cuenta con un reparto de lujo como una de sus mejores cartas de presentación.

Bob Wilton (Ewan McGregor) es un periodista en crisis al que acaba de abandonar su mujer. Decidido a dar un cambio a su vida, parte hacia Irak como reportero de guerra. En el camino, tropieza con Lyn Cassady (George Clooney), un antiguo militar que formó parte de un grupo especial del ejército norteamericano, El Ejército de la Nueva Tierra, que ensayaba con la fuerza de los poderes mentales como arma de combate.

La película se basa, aunque nadie lo diría, en hechos reales recogidos en un best seller de Jon Ronson. De tintes casi surrealistas, el argumento no deja de sorprender a cada paso que da y nos mete de lleno en una historia casi ridícula que, sin embargo, está sembrada de algunos destellos brillantes. Con simpáticas alusiones a la filosofía hippie (el personaje que interpreta Jeff Bridges, el lider del Ejército de la Nueva Tierra, nos recuerda en muchos detalles a su Lebowski del film de los Coen), a los caballeros Jedi de la Guerra de las Galaxias y una constante crítica de la inteligencia militar, el film posee un humor absurdo y un punto de locura maravilloso pero sin dejarse llevar por los excesos.

Lástima que el director parezca no haber sabido sacar todo el jugo a la trama que, por momentos, decae un poco en cuanto ritmo. Menos mal que el reparto es soberbio y gracias a George Clooney, Jeff Bridges, Ewan McGregor y Kevin Spacey la película se sobrepone a sus pequeños defectos. Sobre todo, Clooney está pletórico y muy convincente dando vida a un personaje ciertamente cómico pero que, con su presencia, adquiere tintes quijotescos.

Una película cuando menos original que, sin ser del todo redonda, resulta bastante amena y, por momentos, genial.

domingo, 28 de marzo de 2010

Gran Torino


Gran Torino (Clint Eastwood, 2008) supone el adiós del veterano actor a la interpretación. Y hubiera debido tratarse de un film grandioso para coronar una carrera brillante en el mundo del cine del director. Sin embargo, el film se queda por debajo de lo esperado.

Walt Kowalski (Clint Eastwood), antiguo empleado de Ford ya jubilado, acaba de perder a su esposa y afronta los últimos años de vida solo y enfrentado a todos: a sus hijos, a los que no entiende; a sus vecinos asiáticos, a los que desprecia profundamente; a la religión y a sus propios recuerdos.

No es esta una película digna de la trayectoria como director de Clint Eastwood. Tal vez la culpa resida en que nos habíamos acostumbrado a disfrutar de algunas de las mejores películas de los últimos tiempos de la mano de un director sensible que ha sabido llegar al espectador con títulos memorables (Sin perdón, Million Dolar Baby, etc.). Pero con Gran Torino parece que Eastwood ha agotado las buenas ideas.

De hecho, el film recuerda en exceso a Million Dollar Baby. Como en esta, se repiten los problemas de relación con la familia; aparece de nuevo la figura de un sacerdote que representa una especie de conciencia recurrente y el desenlace es otra vez terriblemente dramático. Pero si en el film anterior el planteamiento y el desarrollo eran brillantes, con unos diálogos y unos personajes maravillosos, aquí el guión se muestra muy predecible y sin brillo, cayendo en las repeticiones y sin ahondar demasiado en los personajes, cuyas interpretaciones (es especial la de Bee Vang, que encarna a Thao) dejan bastante que desear. Tal vez hubiera sido deseable no recurrir a actores no profesionales.

Los pequeños guiños del guión, como la tozudez del sacerdote para que Kowalski se confiese o el supuesto odio a todo y a todos del protagonista, son demasiado predecibles. Sabemos de antemano lo que va a suceder y ello porque el film cae en lo trillado y no ofrece nada realmente nuevo.

Falta ritmo, falta profundidad en la mayor parte de los personajes. Esperamos a cada instante que el film nos ofrezca algo especial y sin embargo es la monotonía lo que se instala en la pantalla. Da la impresión de ser un film sin pulir, sin afinar, un boceto tosco al que se les olvidó dar forma.

Con todo, no se trata de una mala película, pero sí que no está a la altura de lo que Clint Eastwood ha sido capaz de hacer.

sábado, 20 de marzo de 2010

Toma el dinero y corre


Toma el dinero y corre (Woody Allen, 1969) es el primer film de Allen y ya toma las riendas por entero: dirige, escribe el guión y actúa, en lo que será una constante en su cine posterior.

Virgil Starkwell (Woody Allen) fue un niño pequeño y enclenque del que todo el mundo abusaba. Tras fracasar en sus aspiraciones a ser músico, Virgil termina por convertirse en ladrón, aunque sin demasiado éxito.

Woody Allen realiza su debut con una comedia absurda y genial donde lo único que se busca es provocar la risa del espectador a base de situaciones ridículas y con un humor que debe mucho a clásicos de la comedia norteamericana como los Hermanos Marx. De hecho, los padres de Virgil, para no ser reconocidos, se camuflan bajo unas grotescas gafas con bigote que recuerdan a Groucho Marx.

Comienzan a vislumbrarse temas que serán constantes en la posterior filmografía del cómico, como las relaciones con los padres y la infancia o la religión. Pero en este caso se trata tan solo de hacer reír y lo consigue sobradamente gracias a un excelente guión plagado de gags sorprendentes y con el genial recurso de contar la historia como si se tratase de un documental sobre alguien importante, cuando se trata de un personaje ridículo y torpe hasta la exageración.

Hay algunos momentos geniales, como la fuga de la cárcel con la pistola de jabón o el asalto al banco, genial también la discusión con su esposa delante de los otros reclusos o las opiniones de los padres, uno acusando y la otra exculpando al hijo delincuente.

Más adelante, Woody Allen irá derivando hacia films más serios, aunque siempre con esa ironía tan personal y el reírse de todo como base de sus historias y, sin embargo, este film aparentemente menor y sin demasiadas pretensiones se rebela como uno de los más frescos y gratificantes de todos.

viernes, 19 de marzo de 2010

Peggy Sue se casó


Peggy Sue se casó (Francis F. Coppola, 1986) aparece en la filmografía del genial director como una obra menor, lo cual resulta comprensible al lado de obras maestras como la trilogía del El Padrino, por ejemplo. Sin embargo, es un trabajo que ofrece más de lo que aparenta.

Peggy Sue (Kathleen Turner) es una mujer cuarentona a punto de divorciarse de su marido, su antiguo novio del instituto (Nicolas Cage). Precisamente, durante una fiesta que conmemora el último año de instituto, Peggy sufre un infarto y, al recuperarse del mismo, despierta convertida de nuevo en adolescente, pero con su personalidad y conocimientos actuales.

Una comedia ligera de encargo sirve a Coppola para ofrecernos un film que consigue sobreponerse a lo típico de este tipo de enredos, basados en saltos en el tiempo, y realizar una tierna reflexión sobre las segundas oportunidades y lo poco que se valora lo que uno tiene. Y esta es la parte más interesante y hermosa de la película, cuando Peggy se reencuentra, en ese salto hacia su adolescencia, con su familia y descubre lo importantes que habían sido para ella y como no había sabido valorarlos en su justa medida.

Hay escenas preciosas, como cuando Peggy, alucinada, se reencuentra con su antigua habitación de adolescente o cuando habla con la abuela por teléfono o como cambia la relación con los compañeros de instituto al ser ella mucho más madura. Peggy puede hacer aquello que en su momento se le escapó, como tontear con el chico rebelde que siempre le gustó en secreto; conocer mejor al empollón de la clase, al que todos despreciaban y, sobre todo, descubrir realmente como era su novio y futuro marido entonces, en un intento de evitar su fracasado matrimonio.

Y lo bueno es que Coppola realiza un tratamiento de todo ello cargado de sensibilidad y sin ceder nunca a lo cursi o lo tópico.

Hay que destacar la brillante interpretación de Kathleen Turner, si bien se le ve algo mayor para su papel de adolescente, aunque este detalle termina por olvidarse. A su lado, un joven Nicolas Cage con una interpretación muy buena y, como curiosidad, señalar la presencia de un principiante Jim Carrey o de Sofia Coppola en papel de la hermana pequeña de Peggy Sue. Mauren O'Sullivan interpreta a la abuela.

Así pues, Peggy Sue se casó es algo más que una comedia para pasar el rato. Sin dejar de ser un film ligero, tiene muchos momentos realmente logrados que merecen ser descubiertos y apreciados en su justa medida.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El delator


Primer Oscar para el director John Ford gracias a este film ambientado en su bien amada Irlanda.

Gypo Nolan (Victor McLaglen), ex miembro del I.R.A., es un pobre diablo sin oficio ni dinero. Para intentar contentar a su novia y aliviar la miseria en que viven, delatará a un miembro del I.R.A. amigo suyo y así poder hacerse con las 20 libras de la recompensa.

Con el tema de la sublevación irlandesa a la ocupación inglesa, John Ford realiza un emotivo retrato de un hombre básicamente bueno, pero al que su poca inteligencia y el deseo de complacer a su chica le llevan a realizar un acto despreciable. Antes que en la vertiente política del tema, Ford prefiere centrarse en el alma de este hombretón, encarnado de manera prodigiosa por uno de los asiduos secundarios del director y que logrará el Oscar al mejor actor por su conmovedora interpretación. A pesar de que su traición provocará la muerte de su amigo, la mirada comprensiva de Ford hace que nos apiademos de este ser simple y, en el fondo, con deseos de nobleza, al que no es posible hacer del todo responsable de sus actos. La inflexibilidad del I.R.A. respecto a él, si bien se comprende, no deja de parecernos fría y mecánica, injusta al fin y al cabo con una persona inferior y no muy inteligente.

La película, de 1935, se resiente un poco de su edad en los decorados y algunos detalles que nos remiten aún a la estética del cine mudo. Aún no es el Ford de los encuadres poéticos y de obras grandiosas posteriores, pero en esencia ya tenemos los elementos que harán de este director unos de los más grandes, en especial esa ternura hacia sus personajes, esa mirada comprensiva y redentora que se plasma manifiestamente en un final un tanto excesivo y quizá algo pasado ya, con la necesidad del perdón redentor para que el delator pueda partir en paz.

Una pequeña obra maestra con la mirada sabia de un director excepcional.

Bajo sospecha


Bajo sospecha (Stephen Hopkins, 2000) es un drama cuya fuerza recae en el duelo interpretativo de los dos protagonistas masculinos. Lástima que el guión no esté a la altura de los actores.

En Puerto Rico, el día en que debe acudir a una gala benéfica, Henry Hearst (Gene Hackman), uno de los prohombres de la isla, es llamado al despacho del capitán de la polícia, Victor Benezet (Morgan Freeman), que desea interrogarlo a cerca de la muerte de dos niñas.

El gran atractivo de la película es ver cara a cara a dos estupendos actores que acaparan la mayor parte del film y, en este punto, la película no defrauda pues ambos tienen unas interpretaciones sobresalientes que constituyen lo mejor de la cinta. La presencia de Monica Bellucci resulta bastante anecdótica.

La pena es que el guión no resulta del todo convincente. Por un lado, en una historia que se ciñe al interrogatorio de Hearst en un espacio cerrado es imprescindible un guión ágil que compense la monotonía de espacio y tiempo. Pero no sucede así y hay momentos en que el ritmo decae e incluso algunos momentos resultan algo forzados. Está claro que no es sencillo mantener el listón alto durante tanto tiempo, pero ahí es donde el director debe mostrar su buen hacer para que la tensión siga siempre creciendo.

En un momento dado, el interrogatorio se desvía de lo principal para centrarse en la vida personal de Hearst y esta segunda trama paralela se revela un tanto floja y, en el detalle de la sobrina de Hearst, incluso llega a resultar algo incongruente.

Por otra parte, sobre todo cuando se produce el desenlace del film, podemos tener la sensación de haber sido engañados. Cuando se crean unas expectativas, como en este caso, en que aguardamos al final para que se despejen las dudas que se han ido acumulando durante toda la historia, la resolución debe ser consecuente y rotunda. Pero aquí, como culmen a un guión no demasiado sólido, se termina el film de manera imprecisa y nada convincente, tirando por la borda toda la tensión que se había generado.

En resumen, una película de buena factura, con una pareja de protagonistas de altura, pero que no termina de convencer por culpa de un guión efectista pero fallido.

martes, 16 de marzo de 2010

Retorno al pasado


Con Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947) estamos ante un buen ejemplo del cine negro clásico, con todos los elementos típicos del género en un film denso y hermoso.

Jeff Markham (Robert Mitchum), antiguo detective privado, se ha cambiado el apellido y regenta ahora una gasolinera en un pequeño pueblo, intentando olvidar su pasado. Sin embargo, la casualidad hará que alguien lo encuentre y a partir de ese momento tendrá que saldar viejas cuentas pendientes.

El argumento es mucho más complejo que este breve resumen. En realidad, la historia, con retrocesos en el tiempo, es bastante más enrevesada, llegando a un punto en que la intriga se puede hacer algo confusa, alargando por momentos el film de manera innecesaria, lo que puede hacer que pierda el brío de los mejores momentos. Quizá algunos elementos de la intriga hubieran podido aligerarse un poco, pero ésto no deja de ser un punto de vista personal.

Pero aún así, estamos ante un film muy interesante (para algunos, la obra maestra del género) donde habría que destacar la atmósfera creada gracias, especialmente, a una fotografía en blanco y negro perfecta. Junto a ella, unos estupendos diálogos y algunas escenas geniales, como la aparición de Kathy en Acapulco, cautivadora con un reluciente vestido blanco. Al final, en contraste con esta primera aparición, Kathy (Jane Greer) irá vestida de negro de pies a cabeza en la escena de la huida. Destacaría la abrumadora presencia de los cigarrillos a lo largo del film, con el humo flotando en las estancias.

El reparto es soberbio, en especial la presencia turbadora de una hermosísima Jane Greer, que da vida a uno de los personajes femeninos más pérfidos del cine, ejemplo perfecto de ese tipo de mujer dura, astuta y mentirosa que tantas veces hemos visto en el cine negro. Robert Mitchum no es un actor que me fascine, pero aquí encarna bien al tipo duro que, sin embargo, se ve enredado por los encantos de una mujer fatal terriblemente calculadora. Kirk Douglas está maravilloso, como siempre, con esa presencia que llena la pantalla en cada plano.

Es una película que, tal vez, no se abarque del todo en una primera vez. La complejidad de los personajes, la belleza de algunos diálogos invitan a verla de nuevo.

domingo, 14 de marzo de 2010

Centauros del desierto


Con Centauros del desierto (John Ford, 1956) estamos ante una de las mayores cotas del western, un film grandioso y complejo como pocos y un ejemplo de todo el inmenso talento de John Ford como narrador de historias.

Tres años después de haber terminado la Guerra de Secesión, Ethan Edwards (John Wayne) regresa a Texas, al rancho de su hermano. Al poco de llegar, los indios atacan el rancho y matan a la familia de Ethan, salvo a sus dos sobrinas, por lo que Ethan comienza una persecución implacable de sus secuestradores.

La historia de una búsqueda sin descanso es, en realidad, el retrato de un hombre marcado por el odio hacia los indios, un odio que no llegamos a comprender del todo, pues se manifiesta anterior a la masacre de los indios a su familia y aquí está una de las claves y las grandezas del film: la historia que se cuenta en la película no se ciñe a la duración de ésta; como es habitual con Ford, sus historias son abiertas, comienzan antes del primer fotograma y no terminan con el The End; lo cuál enriquece a los personajes, de los que intentamos conocer algo más de lo que se nos muestra y no podemos evitar hacer conjeturas sobre su vida anterior. La narración cobra así unas dimensiones nuevas que la hacen más grande que lo que podemos adivinar.

Al frente de todo y como eje central de la historia está John Wayne, en la que algunos consideran su mejor interpretación, un ser solitario que arrastra un pasado lleno de sombras del que apenas adivinamos alguna y da vida a un veterano de guerra amargado, obsesivo y racista que parece luchar contra unos demonios que nacen de lo más profundo de su alma.

La historia avanza de manera firme gracias a ese talento del director para construir historias perfectas, con los inevitables detalles de humor para aligerar el relato; con la exaltación de los valores que tanto amaba el director: el apego a la tierra, a la familia, al valor y la verdad; con esa genialidad para contar o plasmar los sentimientos sin más recurso que el uso de la cámara y que nos regala algunas de las escenas más emotivas y conmovedoras del cine, junto a otras de una intensidad sobrecogedora; con ese amor del director por Monumental Valley que termina haciendo del paisaje un actor más del drama.

El siempre rico y variado elenco de personajes secundarios, con los habituales actores fetiches de Ford, acaba de dar forma a una aventura hermosa y triste a la vez, donde los límites entre lo correcto y lo que no lo es nunca terminan de definirse del todo.

Al final, nos quedamos con la última secuencia, unos de los finales más hermosos y expresivos de la historia del cine, con un Ethan para el que parece no haber sitio dentro del hogar y siempre con esa cámara muda de Ford capaz de crear poesía con una pasmosa naturalidad.

El turista accidental


El turista accidental (Lawrence Kasdan, 1988) es un film único y especial por muchos detalles. Impone un ritmo pausado desde el principio que nos va envolviendo disimuladamente sin remedio, como si degustásemos un buen licor, sin prisas.

Macon Leary (William Hurt), escritor de guías de viajes para hombres de negocios, sufre la pérdida de su único hijo de manera dramática. Fruto de lo cuál, su matrimonio se viene abajo y él se ve sumido en una profunda apatía y tristeza. Un día, por casualidad, conocerá a Muriel (Geena Davis, que obtuvo el Oscar por su interpretación), adiestradora de perros, que poco a poco se irá colando en su vida.

Es muy difícil no cogerle cariño a esta película. Aunque solo sea por disfrutar de la presencia de un genial William Hurt, ya merecería la pena ver este hermoso film. Lo primero que engancha es la voz en off del protagonista, que va dando consejos a la hora de preparar el viaje a los lectores de sus guías. Esos consejos, se verá más adelante, van señalando la pauta por donde trascurre la historia, a modo de breves resúmenes del capítulo que comienza. Es una manera sumamente original de ir punteando el relato, y la cálida y lenta voz tiene un efecto acogedor que ayuda a que nos adentremos con cierta solemnidad en la película.

Es este ritmo parsimonioso el que mejor le cuadra a este relato sobre el abandono absoluto de un hombre acabado. Macon no tiene ningún motivo para vivir o, al menos, porque no se trata de un dramón sobre alguien autodestructivo ni mucho menos, no tiene nada que le ilumine el camino. Se deja arrastrar por la cotidianidad casi sin voluntad propia, con la inercia de alguien que se ha apeado de toda lucha.

Será gracias a su perro, último vínculo vivo que le queda a Macon con su hijo, que conocerá a Muriel, alguien decididamente opuesta a él y que, no sabemos bien el porqué, se sentirá atraída por este hombre gris y sin fuerza.

Quizá la parte menos interesante del film, al menos desde mi punto de vista, sean los personajes que secundan a Macon: su extrafalaria familia y su editor, que componen un grupo que roza lo absurdo y que no acabo de comprender del todo su utilidad o conveniencia.

Sin duda, El turista accidental es una maravillosa película perfectamente narrada y que se aleja gratificantemente de los registros más extremos para llevarnos en un viaje íntimo y discreto a esos rincones más tristes del alma humana para los que, a pesar de todo, se puede encontrar cura.

sábado, 13 de marzo de 2010

Casablanca


Si hay un título mítico en la historia del cine, una película que resume por si sola el glamour y la magia del Hollywood clásico, esta es sin duda Casablanca (Michael Curtiz, 1942).

Durante la II Guerra Mundial, llega a Casablanca el líder de la resistencia checa frente a los nazis, Victor Laszlo (Paul Henreid) acompañado de su esposa Ilsa Lund (Ingrid Bergman), en busca de dos salvoconductos que les permitan huir hacia Estados Unidos. Por una extraña coincidencia, los pases se encuentran en manos de Rick (Humphrey Bogart), dueño del café más famoso de la ciudad y antiguo amor en París de Ilsa, que lo abandonó sin explicaciones rompiéndole el corazón.

A estas alturas se hace difícil hablar de este film del que se han escrito miles de crónicas. Sin embargo, sería inconcebible escribir de cine y no citar una obra tan grandiosa. Es un clásico que jamás envejece, un film intenso e inmenso que, por encima de gustos personales u otras valoraciones, está en lo más alto de la historia del cine. Un film de difícil gestación y guión titubeante que logró sin embargo una extraña y fascinante perfección en todos los aspectos.

En la base de todo está el brillante reparto encabezado por un Bogart insuperable. Imposible pensar en otro actor para el papel del desencantado Rick, capaz a pesar de todo del gesto más altruista posible. Junto a él, una Ingrid Bergman radiante, hermosa y frágil, conmovedora como nunca. La química entre ambos es asombrosa. El resto de actores, comenzando por Claude Rains en el papel del cínico y pragmático jefe de la policía francesa, y pasando por la práctica totalidad de unos secundarios de lujo (Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, Peter Lorre,...), componen un universo irrepetible y rotundo.

Pero al lado tenemos algunas de las frases más acertadas de la historia del cine, míticas muchísimas de ellas, geniales la mayoría, componiendo un guión con una fuerza y un dramatismo soberbios. La clave de dicha historia es la acertada combinación de intriga política e historia de amor imposible de los protagonistas; una mezcla perfectamente dosificada y entrelazada que nos engancha sin remedio. Añadamos la música de Max Steiner y especialmente la ya célebre canción "As time goes by" que se dan la mano con una fotografía en claroscuros que crea una atmósfera irrepetible y perfecta.

Pocos films han logrado aunar tantos aciertos hasta lograr una historia tan conmovedora como esta. Se sufre con los protagonistas, se comparten sus miedos y sus recuerdos, se desea con todo el alma la reconciliación de los amantes y, finalmente, terminamos viendo partir el avión como si cada uno de nosotros fuera el noble Rick, que hace un más difícil todavía que ennoblece a la raza humana. Aquí reside gran parte de la fuerza de Casablanca, en ese final no feliz que, sin embargo, se antoja el mejor de los finales posibles, en esa carga dramática, dolorosa pero de una generosidad que nos conmueve. Toda la historia es conmovedora y el desenlace no hace más que culminar un guión especialmente logrado.

Casablanca tuvo una muy buena acogida en el momento de su estreno, pero no fue más que con el paso de los años cuando pasó a convertirse en un film legendario. Con ocho nominaciones, la película logró imponerse en tres apartados: mejor película, mejor director y mejor guión adaptado. Con Casablanca estamos ante una obra de arte irrepetible y fascinante.

viernes, 12 de marzo de 2010

Los amigos de Peter


Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992) es uno de esos films que se prenden de uno casi sin querer; es de esas películas que, si sintonizan contigo, se convierten en tu compañera allá por donde vayas.

Peter decide reunir a sus antiguos compañeros con motivo de la fiesta de fin de año diez años después de su último momento juntos. Sus vidas, durante ese período de tiempo, los han llevado por caminos dispares y la reunión, entrañable en un principio, les hará enfrentarse a cada uno con su propio destino. Pero al final de todo espera aún una nueva sorpresa.

El tema de los amigos de juventud que tienen de pronto la ocasión de reencontrarse de nuevo sirve a Kenneth Branagh para hacer una entrañable, y a veces ácida, reflexión sobre lo que la vida nos puede llegar a deparar o sobre en que terminan de convertirse las expectativas de futuro. Cada uno de los amigos tendrá que enfrentarse a sus propios demonios en una cinta con ese maravilloso toque británico en que la comedia ligera se tiñe de repente con un tinte de drama que, sin embargo, no pierde nunca la perspectiva ni la mesura. También es el marco para tratar de otro tema bastante en boga en aquellos años y que es mejor no revelar para poder disfrutar, aquellos que no la hayan visto aún, plenamente de la película.

Apoyándose en una pegadiza banda sonora llena de temas bastante conocidos, el film destaca también por un reparto brillante donde los más conocidos para el gran público serían el propio Kenneth Branagh, Emma Thompson, siempre soberbia, y Hugh Laurie (famoso años después gracias a la serie House).

El resultado es un film elegante, lleno de pequeños instantes para enmarcar, de reflexiones que abren la puerta a espacios a veces olvidados del alma. No es apto para todos los públicos pero, como decía al empezar, si eres de los afortunados que te dejas atrapar por esta película, sin duda te sentirás gratamente recompensado cuando se baje el telón.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Philadelphia


Ha habido diferentes maneras de afrontar el tema del sida en el cine. Algunas pecaban por exceso, otras tocaban el tema aunque en realidad trataran de muchas más cosas (Los amigos de Peter), pero el mérito de Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) reside en que se trata de una gran película, por encima del tema que aborda.

Un brillante abogado, Andrew Beckett ( Tom Hanks), es despedido por el bufete de abogados para el que trabaja al descubrir sus jefes que padece el sida. Sin embargo, recurren a un despido por incompetencia profesional para encubrir sus verdaderos motivos. Beckett decide entonces demandarlos pro despido improcedente.

Lo primero que habría que destacar de esta película es el brillante reparto encabezado por un convincente y emotivo Tom Hanks que vio recompensada su asombrosa interpretación con el Oscar al mejor actor. A su lado, Denzel Washington, siempre eficaz, en el papel de su abogado y un Antonio Banderas en el papel de novio de Hanks muy acertado. Jason Robards es el jefe del despacho de abogados que despide a Beckett. El resto del reparto está al nivel de las primeras figuras y consigue unos niveles excelentes de convicción y realismo.

Pero lo más gratificante de la película es la elegancia con que se trata el tema, más en un momento, principios de los noventa, en que el sida era aún una enfermedad mortal en imparable desarrollo. El ritmo es pausado y los diálogos precisos, sin alardes ni excesos, buscando dar una imagen del tema veraz y sin estridencias. Se ofrece una visión muy humana del dolor y la decandencia del enfermo, al tiempo que se hace referencia a otro de los problemas serios al que se enfrentaban los pacientes y sus familias: el rechazo de la sociedad que los convertía en una especie de apestados.

Algunas escenas son estremecedoras y consiguen cotas de gran intensidad, siempre desde una postura respetuosa y contenida logrando mostrarnos al enfermo del sida en toda su conmovedora fragilidad, transformando el miedo natural que se siente hacia esa enfermedad en un sentimiento de compasión y comprensión.