El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Dos semanas en otra ciudad



Dirección: Vicente Minnelli.
Guión: Charles Schnee (Novela: Irwin Shaw).
Música: David Raksin.
Fotografía: Milton Krasner.
Reparto: Kirk Douglas, Edward G. Robinson, Cyd Charisse, Daliah Lavi, George Hamilton, Claire Trevor, Rosanna Schiaffino, George Macready, James Gregory.

Después de haber pasado tres años en un centro psiquiátrico, Jack Andrus (Kirk Douglas), un actor acabado, vuela a Roma invitado por Maurice Kruger (Edward G. Robinson), un director amigo suyo, que le ofrece cinco mil dólares y un pequeño papel en una película que está rodando en los estudios de Cinecittà. Andrus acepta la oferta con la esperanza de recuperar la fama. Lo malo es que en Roma se encuentra con su ex mujer Carlotta (Cyd Charisse), la responsable de su crisis artística y personal.

Diez años después de Cautivos del mal (1952), Vicente Minnelli vuelve a rodar un film basado en el mundo del cine y otra vez con Kirk Douglas al frente del reparto. Pero Dos semanas en otra ciudad (1962) dista mucho de lograr el nivel de Cautivos del mal, quedándose en un intento un tanto frustrado y algo excesivo.

Puede que gran parte del problema de este film resida en que, según parece, Minnelli no pudo realizar el montaje final como le hubiera gustado y el film sufrió algunas mutilaciones importantes. Y el caso es que, bien mirado, el argumento de Dos semanas en otra ciudad me pareció incompleto, con personajes muy poco definidos, especialmente Carlotta, que se queda bastante en penumbra; un tanto abrupto incluso en algunos momentos, como por ejemplo el desenlace, que me resultó demasiado simplista y muy precipitado. Y es que hay muchos elementos en esta película que no terminaron de convencerme.

La historia de un actor venido a menos y con graves problemas personales es un buen punto de partida, pero creo que la película empieza a contar la historia de Jack donde no debe. Lo conocemos rehabilitado, más o menos preparado para rehacer su vida pero con la amenaza de su encuentro con su viejo amigo Kruger y, aún peor, la presencia de una misteriosa mujer llamada Carlotta. El problema es que no conocemos a ninguno de estos personajes, no hemos vivido su relación pasada y nos sentimos un tanto perdidos en el arranque del film. Ello nos deja un tanto fríos, no podemos más que hacer especulaciones y no llegamos a implicarnos del todo con los problemas de Jack. Pienso que este enfoque no es demasiado acertado y lastra ya el film desde el comienzo. Hubiera sido mucho más efectivo el haber conocido más del pasado de Jack para poder anticiparnos a los hechos, con lo que hubiéramos vivido la historia con más intesidad.

Pero es que además, la visión que se ofrece del mundo del cine me resultó demasiado estereotipada: actores con un ego desorbitado, fracasados egoistas, divas caprichosas, líos amorosos, problemas económicos... todo muy poco original y encima tratado con una evidente falta de profundización. La mayor parte de los personajes me parecían meros clichés con muy poco que ofrecer.

La impresión que saqué de todo ello es que quizá se intentó contar más de lo que se podía o que los cortes impuestos en la sala de montaje fueron demasiados, dejando gran parte del argumento y de los personajes sin terminar del todo.

Aún así, Minnelli nos brinda una puesta en escena elegante y vuelve a recurrir a un uso del color muy expresivo, con abundancia de rojos. Sin embargo, no es capaz de mantener el equilibrio y se deja llevar por lo melodramático de la historia y nos brinda un final especialmente excesivo, con la que parece una recaída en toda regla de Jack a los infiernos de la mano de Carlotta. El momento clave llega, sin embargo, con la secuencia de Jack y Carlotta en el coche, resuelta de un modo tan melodramático que resulta a todas luces excesiva y muy poco convincente. Incluso un gran actor como Kirk Douglas termina dejándose llevar en esta escena y termina sobreactuando de manera clamorosa.

Y sin embargo, lo mejor de Dos semanas en otra cuidad termina siendo el reparto, gracias a la presencia de Kirk Douglas y Edward G. Robinson. También podemos disfrutar de una hermosa Cyd Chasisse convertida en una terrible mujer fatal y asistimos a los comienzos George Hamilton cuando aún no se había convertido en un estirado y acartonado galán de medio pelo.

Dos semanas en otra ciudad es pues un film un tanto fallido, falto de profundidad y sobrado de dramatismo. Tiene el encanto de contarnos una historia del propio mundo del cine, pero creo que se hubiera podido sacar mucho más de lo que finalmente nos ofrece Vicente Minnelli: un dramón excesivo y un tanto vacío.

domingo, 18 de noviembre de 2012

La conspiración del pánico



Dirección: D. J. Caruso.
Guión: Eli Attie, John Glenn, Dan McDermott, Hillary Seitz, Travis Wright (Idea: Steven Spielberg).
Música: Brian Tyler.
Fotografía: Dariusz Wolski.
Reparto: Shia LaBeouf, Michelle Monaghan, Rosario Dawson, Billy Bob Thornton, Ethan Embry, Michael Chiklis, Anthony Mackie, Cameron Boyce, William Sadler, Eric Christian Olsen, Anthony Azizi, Matt DeCaro.

Jerry Shaw (Shia LaBeouf), un joven inteligente pero inadaptado, cuyo hermano gemelo acaba de morir, y Rachel Holloman ( Michelle Monaghan), una joven madre divorciada, son dos desconocidos que se encuentran de repente por culpa de una extraña llamada telefónica que les amenaza con arruinar su vida si no obedecen sus instrucciones.

La conspiración del pánico nace de una idea de Steven Spielberg sobre el control que ejerce la tecnología sobre las personas, pero llevada a sus últimas consecuencias. Y si bien el propio Spielberg iba a dirigir este proyecto, finalmente optó por dejárselo a otro director. No podemos saber qué habría dado de sí esta idea en manos de Spielberg, pero es evidente que D. J. Caruso no ha sabido llevar a buen puerto este complicado barco.

El principal problema de La conspiración del pánico es que creo que traiciona sus propias intenciones de prevenirnos contra el posible riesgo de un control excesivo de la tecnología sobre nuestras vidas porque el guión es tan absurdo, tan exagerado y tan poco creíble que sus intenciones se convierten casi en un chiste. No es que se trate ya de ciencia ficción más o menos plausible, es que el planteamiento es un cúmulo de exageraciones tal que rozan la tomadura de pelo.

La primera parte de la película juega con la intriga para intentar engancharnos a la acción. Sin embargo, comete un error fundamental: como el guión no se ha tomado el tiempo necesario para presentarnos mínimamente a los protagonistas, todo lo que les empieza a suceder nos deja bastante indiferentes; al desconocimiento total de lo que pasa y de porqué pasa se une el que no sabemos tampoco quién es Jerry ni de qué parte está. Así que la intriga y la emoción se transforman en mera curiosidad. Y cuando al fin empezamos a entender algo más sobre la conspiración que está en el origen de todo, algo que llega un poco tarde para mi gusto, pasamos de la curiosidad a la incredulidad.

Pero es que encima, la película es un cúmulo de plagios resueltos del modo más chapucero.Y es que La conspiración del pánico nos recuerda inevitablemente, por un lado, a Enemigo público (Tony Scott, 1998), pero lo que en ésta llegaba a parecernos posible y constituía una trama apasionante, en La conspiración del pánico desemboca en un cúmulo de exageradas chorradas que llevan a la idea original a la categoría de cuento infumable.

Pero las similitudes no se quedan ahí, lamentablemente. El super ordenador capaz de tomar sus propias decisiones y volverse en contra de sus creadores ya lo habíamos visto en 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). En la película de Kubrick esta situación daba pie a una seria reflexión sobre la posible capacidad de las máquinas a controlar nuestras vidas y tomar sus propias decisiones. Y ello, aún hablando de 1968, nos parecía posible y aterrador. Aquí, en cambio, la idea resulta casi utópica. El ordenador de La conspiración del pánico recuerda mucho a aquel Hal 9000 en su ojo inquisidor, en todo lo demás es una versión discotequera de aquél.

Y tampoco podían faltar las referencias a Alfred Hitchcock. Por un lado, tenemos al pobre inocente metido en un buen lío, lo que nos recuerda claro está a Con la muerte en los talones (1959). Pero la referencia más evidente a Hitchcock es el concierto donde una nota de música será la clave para el atentado mortal, lo que veíamos en El hombre que sabía demasiado (1934 y 1956). Y una vez más la versión que hace D. J. Caruso de esa escena es infinitamente más mala. Y lo es por uno de los defectos más llamativos de esta película: la confusión.

Decíamos que el guión se mostraba confuso al comienzo del film como una manera de intrigarnos para que nos engancháramos a la historia. Recurso fallido, desde mi punto de vista no porque se trate de una mala idea, sino porque está mal llevada a término. Pero la confusión también es el recurso del director a la hora de filmar las escenas de acción, el otro pilar en que se asienta este thriller imposible. El recurso a la cámara nerviosa es una moda que empieza a cansar y más cuando se lleva al extremo y lo único que consigue es levantarnos dolor de cabeza. Es como todo, bien hecho, el recurso a la movilidad de la cámara puede aportar dinamismo y tensión a una escena; abusar de este truco hasta convertirlo en el protagonista absoluto lleva a una locura visual que confunde y marea.

Lo único que salvaría yo de este disparate es a los protagonistas. El reparto de La conspiración del pánico no parece ser, a primera vista, lo más llamativo del film y, sin embargo, al final resulta lo más gratificante del mismo. Tanto Shia LaBeouf como Michelle Monaghan me parecieron bastante convincentes y, sin duda, lo único creíble de la trama. Y también los secundarios están a un muy buen nivel en general.

En cuanto a D. J. Caruso, pues poco que decir. Me parece un director sin personalidad, al servicio de la tecnología puesta a su disposición, que no es poca, pero incapaz de hacer un film coherente, no ya por el guión surrealista con que cuenta, sino porque se centra preferentemente en todo lo más efectivo y llamativo de la puesta en escena, dejando que las formas se impongan sobre el fondo.

Pocas veces he visto un film tan malo. La conspiración del pánico es un cúmulo total de despropósitos y exageraciones. Un mero juego de fuegos artificiales tan absurdo que acaba por enfadarnos. A evitar a toda costa.

El amor es lo que tiene



Dirección: Nigel Cole.
Guión: Colin Patrick Lynch.
Música: Alex Wurman.
Fotografía: John de Borman.
Reparto: Ashton Kutcher, Amanda Peet, Taryn Manning, Ali Larter, Jeremy Sisto, Aimee Garcia, Gabriel Mann, Kathryn Hahn, Moon Bloodgood, Ty Giordano, Melissa Van der Schyff, Molly Cheek, Kal Penn, Robert Peters.

Oliver (Ashton Kutcher) y Emily (Amanda Peet), dos jóvenes de Los Ángeles, se conocen durante un viaje a Nueva York. Oliver, recién salido de la Universidad, tiene planes muy concretos para su vida, que parece haber planificado con cierta exactitud. Emily, en cambio, es una mujer mucho más espontánea y se siente atraída por las situaciones más extremas. Representan dos formas incompatibles de ver y encarar la vida.

La verdad es que El amor es lo que tiene (2005) se parece, en principio, a muchas comedias románticas al uso. En cuanto arranca el film es casi inevitable pensar que va a ser una comedia más con dos guaperas de protagonistas que deberán vencer ciertas dificultades para lograr que su amor triunfe. Y, si bien es ésto en esencia lo que nos ofrece la película, la realidad es que lo hace desde un enfoque novedoso y, sobre todo, con el acierto de lograr que nos enganchemos muy pronto a las aventuras amorosas de los protagonistas.

Lo primero que me gustaría descatacar del guión es que arranca de un modo valiente, descarado y sorprendente que nos deja un tanto descolocados. Me refiero a la escena en los lavabos del avión. Sin duda es un buen golpe de efecto que marca ya un punto de no retorno. Porque desde ese instante el film ya ha captado nuestra atención y nos sentimos intrigados de buenas a primeras, expentantes hacia dónde puede derivar el argumento. Y el segundo acierto de Colin P. Lynch, en su primer guión cinematográfico por cierto, es que no deja que el interés decaiga al hacernos cómplices de las vidas de ambos jóvenes; vidas que siguen caminos diferentes, por lo que se mantiene la intriga inicial si bien la historia se vuelve en este punto más convecional y también, lógicamente, más previsible. Pero Lynch alarga el distanciamiento de Oliver y Emily una vez, dos veces,... y la verdad es que lo hace de una manera bastante lógica, de modo que ese juego de encuentros y desencuentros de los protagonistas se convierte en algo entretenido, gracioso, triste, prometedor, desencantado... y para nosotros es un pequeño laberinto de pasiones y despedidas que no nos deja ni un minuto de respiro. He aquí, una vez más, la prueba de cómo un guión bien escrito, con una historia sencilla pero inteligente, es la base para que una comedia no especialmente novedosa funcione de maravilla.

Pero también influyen, y mucho, los dos protagonistas. La verdad es tanto Ashton Kutcher como  Amanda Peet tienen un magnetismo especial, y eso es fundamental en este tipo de películas. Ella tiene una belleza deslumbrante, con unos ojos que parece que te hiptonizan. Pero no resulta pedante ni cargante; derrocha naturalidad, gracia y cae inmediatamente bien. Es fácil comprenderla y te pones de su lado al instante. Kutcher es un tipo que también cae bien. No es el típico guaperas arrogante o un don perfecto que parezca mirarnos por encima del hombro. Y es esa naturalidad de ambos lo que permite que nos encariñemos con ellos, que participemos encantados de sus peripecias mientras esperamos el inevitable desenlace feliz. Pero mientras que en otros films, ese desenlace parece ser la única meta, aquí se nos presenta como una consecuencia lógica que pone la guinda al pastel pero éste, el pastel, ha sido tan delicioso y divertido que no hemos tenido que depender de la guinda para disfrutar y sentirnos recompensados; la recompensa o la diversión ha sido la película entera.

Hay además muy buenos momentos puntuales, situaciones alegres, frescas, que nos sacan una risa cuando menos lo esperamos; y además es un humor inteligente, natural, sin recurrir a lo grotesco o la broma tonta. No es fácil mantener esa frescura a lo largo de todo el film y es ese el único pero que podemos ponerle, pero es que una historia romántica ya se sabe lo que tiene: hay ciertos momentos inevitables por los que hemos de pasar. Aunque es verdad también que yo hubiera prescindido de la escena en que Oliver le canta a Emily guitarra en mano y con los vecinos de testigos. Me pareció que ese momento estaba fuera de lugar y resultaba demasiado idiota en comparación con el resto del argumento. Pero esa especie de manía americana de que los novios han de declararse delante de testigos ocasionales pudo más que la lógica y el buen gusto del resto del argumento. Aún así, es un breve error en medio de una historia que funciona realmente bien. Y lo hace porque plantea la relación de Oliver y Emily desde el punto de vista de la amistad, con lo que el guionista tiene más libertad de movimientos para orquestar sus encuentros y sus alejamientos sin tener que forzar las situaciones. Y además, la historia se mantiene dentro de un tono ligero, siempre más cerca de la comedia que del drama sensiblero, lo cuál es de agradecer. Y cuando al fin toca ponerse dramáticos, la cosa tampoco se desboca mucho: el guión mantiene el equilibrio y el sentido del humor hasta el final.

Así que puedo decir que El amor es lo que tiene me ha parecido una buena película. Creo que es una comedia muy entretenida, con unas dosis de originalidad bien aprovechada, tierna sin ser cursi, que nos narra una hermosa amistad y un gran amor con muy buen gusto, con pequeños destellos de buen humor y que cuenta con una pareja de protagonistas con un encanto esencial para que nos impliquemos en sus vidas abiertamente.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Hotel del Norte



Dirección: Marcel Carné.
Guión: Jacques Prévert, Jean Aurenche, Henri Jeanson (Novela: Eugène Dabit).
Música: Maurice Jaubert.
Fotografía: Armand Thirard (B&W).
Reparto: Annabella, Jean-Pierre Aumont, Louis Jouvet, Arletty, Paulette Dubost, Andrex, André Brunot, Henri Bosc, Marcel André, Bernard Blier, François Périer.

Renée (Annabella) y Pierre (Jean-Pierre Aumont), una joven pareja de enamorados a los que nada ha salido bien en la vida, alquilan una habitación para una sola noche en el Hotel del Norte, un modesto establecimiento en un barrio humilde de París. Ambos jóvenes tiene intención de suicidarse: Pierre matará a Renée de un tiro, y luego disparará contra sí mismo. Pero el plan no sale como tenían planeado...

Hotel del Norte (1938) es una de las obras clave en la filmografía de Marcel Carné junto a El muelle de las brumas (1938) o Los niños del paraíso (1945), elegida ésta última mejor película francesa del siglo XX por críticos y profesionales del cine francés a finales de los noventa. Pero también es uno de los mejores ejemplos de esa corriente denominada realismo poético y que debe mucho al poeta Jacques Prévert, que colaboró con el director durante doce años.

Lo primero que nos llama la atención en Hotel del Norte es sin duda su puesta en escena. La atmósfera, las sombras, la excelente fotografía de Armand Thirard nos meten de lleno en el ambiente popular del París más desfavorecido. Es una ambientación sencilla pero que nos brinda imágenes poderosas, hermosas, llenas de un encanto especial. Y es que este mundo de gente humilde, de prostitutas y chulos, de perdedores, está dibujado desde el romanticismo. No es real, lo sabemos, porque es producto de una mirada poética, idealizadora, nostálgica. Prévert nos está vendiendo una estampa edulcorada de los bajos fondos y la clase trabajadora. Y es difícil no encariñarse con los personajes que pueblan la historia, desde la prostituta Raymonde (Arletty) que se somete a los caprichos y desprecios de Edmond (Louis Jouvet), su chulo, al joven homosexual o al matrimonio que regenta el hotel, una pareja compasiva y generosa.

Y es que si bien la historia principal es la de la pareja de enamorados Renée y Pierre, Hotel del Norte juega un poco a film coral, donde las vidas de los habitantes del hotel se entremezclan unas con las otras en una hermosa confusión y una telaraña de deseos, esperanzas y fracasos. Y al final hay que reconocer que son las historias secundarias las que otorgan categoría a la película. El romance de Renée y Pierre termina siendo la historia menos interesante y menos convincente de todas. Tal vez porque no casa bien con el resto, especialmente por ser una historia llena de esperanza en medio de un universo de perdedores. Y también porque Annabella y Jean-Pierre Aumont flojean un tanto como actores, lo que resta fuerza a algunas escenas en que no llegan a la altura de sus personajes. Y es que tienen además el inconveniente de compartir planos con  Louis Jouvet y Arletty, que llenan la pantalla con su presencia. Pero además, es que la historia de Raymonde y Edmond es mucho más rica y más intensa que la de la pareja de enamorados, que resulta demasiado acaramelada. Ambos son perdedores natos, sobrevivientes, duros y, sin embargo, capaces de darlo todo por la persona a la que aman. El personaje de Louis Jouvet es especialmente interesante: en la primera parte de la película, cuando está con Raymonde por simple interés, tiene un rostro cínico que se transforma por completo al enamorarse de Renée. Aquí vemos otra faceta completamente nueva, un hombre capaz de redimirse por amor y al que, fatalmente, la suerte le vuelve la espalda en el último momento. Lo suyo también es un suicidio.

Sin embargo, a la película le cuesta un poco arrancar. Tal vez porque no conocemos a los personajes y mientras ese desconocimiento perdura, la historia no tiene la fuerza necesaria. Sin embargo, una vez pasada la primera parte, el film coge impulso y ya no nos deja. La última parte, desde que Renée y Edmond planean su viaje, es sin duda la mejor de todas, porque está repleta de sueños, de vida, de ilusiones y porque sentimos que a pesar de ellos mismos no puede salir bien.

Hotel del Norte está lleno de buenos diálogos. Se nota aquí la mano de Prévert que además hace un retrato compasivo y hermoso de las clases humildes donde se recrea en su pequeñas diversiones, banales y simples como ellos, creando también una visión nostálgica y cariñosa de la Francia profunda.

En definitiva, una película muy agradable de ver, llena de pequeños buenos momentos y que ofrece una visión del mejor cine francés, alejado de las pompas y la pedantería; un cine más cercano, más directo e incluso más sincero.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El club social de Cheyenne



Dirección: Gene Kelly.
Guión: James Lee Barrett.
Música: Walter Scharf.
Fotografía: William H. Clothier.
Reparto: James Stewart, Henry Fonda, Shirley Jones, Sue Ane Langdon, Elaine Devry, Robert Middleton, Arch Johnson.

John O'Hanlan (James Stewart), un vaquero de Texas, recibe un día una carta en la que se le informa que su difunto hermano le ha dejado en herencia El club social de Cheyenne. John parte entonces hacia Cheyenne acompañado de su inseparable amigo Harley Sullivan (Henry Fonda) para tomar posesión de su nueva propiedad.

El club social de Cheyenne (1970) no es la primera película que dirigía Gene Kelly, sino la octava, pero sí que se trata de su primer western. Aunque en realidad no es un western al uso, sino una mezcla de ese género con la comedia o, quizá, una comedia ambientada en el mundo del western.

Sea como fuere, El club social de Cheyenne es un film particular por varias razones. Por un lado, confirmaba una especie de vuelta de Gene Kelly al mundo del cine tras un tiempo apartado del mismo. Su regreso fue como director y Hello, Dolly! (1969) y esta película serían sus títulos más notables de ese efímero regreso. También supuso el primer film en que trabajaron juntos en toda su carrera James Stewart y Henry Fonda, dos buenos amigos que comenzaron precisamente juntos su carrera de actores y mantuvieron su amistad a lo largo de toda su vida. Y también es El club social de Cheyenne una pequeña rareza en la década de los setenta, cuando el western se mete definitivamente en su cuesta abajo, una vez muertos o retirados los grandes directores del género.

De todos modos, El club social de Cheyenne no es una gran western ni tampoco una gran comedia. Es cierto que tiene un tono ligero agradable y algunos diálogos están relamente conseguidos. Pero no dejan de ser momentos puntuales. El problema principal de la película es que es demasiado blanda, demasiado bienintencionada, llena de clichés (como el de las prostitutas buenas, dulces y cariñosas) y llena de ingenuidades demasiado infantiles. Nos ofrece una imagen artificial y falsa del oeste americano, demasiado edulcorada. Se puede achacar a que se trata de una comedia y de ahí que no se ciña demasiado a la realidad. Pero es una comedia no muy original, repleta de tópicos sobre la hombría, la amistad, el matrimonio, etc. Si bien esos tópicos podían funcionar en su momento, creo que para un film de los años setenta no son lo más adecuado; hacen que la película nazca ya anticuada. Si a ello le unimos un argumento bastante pobre en cuanto a planteamiento y desarrollo, donde es fácil anticiparse a cuanto va a suceder, tenemos que la película cojea en uno de los elementos esenciales de todo film que se precie.

Sin duda, lo mejor de El club social de Cheyenne es la presencia de James Stewart y Henry Fonda. Es cierto que ambos me parecen un tanto mayores para sus papeles, pero aún así es un placer disfrutar de su presencia, con una pequeña broma personal por el medio como es el diálogo sobre demócratas y republicanos, pues en la vida real James Stewart era un republicano convencido mientras que Henry Fonda era demócrata. Y también el resto del reparto me pareció bastante acertado, con muy buenos secundarios, incluidas las prostitutas, entre las que habría que destacar a  Shirley Jones, que se ganó cierta fama posteriormente al trabajar en la serie de televisión Mamá y sus increibles hijos.

Sin embargo, a pesar de sus defectos, la película funciona de manera bastante correcta. A la presencia del dúo protagonista debemos sumar la labor de Gene Kelly tras la cámara, que hace que la cinta transcurra con soltura, sin bajones, de manera que se hace bastante corta y amena. Lástima que no se le saque todo el jugo posible por culpa, como decíamos, de un guión bastante flojo. No pasará a la historia del western, pero nos hará pasar un rato entretenido con cierto aire de nostalgia.

lunes, 5 de noviembre de 2012

El precio de la verdad



Dirección: Billy Ray.
Guión: Billy Ray.
Música: Mychael Danna.
Fotografía:Mandy Walker.
Reparto: Hayden Christensen, Peter Sarsgaard, Chloë Sevigny, Steve Zahn, Melanie Lynskey, Hank Azaria, Rosario Dawson, Luke Kirby, Jamie Elman, Mark Blum, Chad Donella, Russell Yuen, Cas Anvar, Linda E. Smith, Ted Kotcheff.

Stephen Glass (Hayden Christensen) es un joven y prometedor periodista de Washington que trabaja para la revista The New Republic. Sin embargo, a raíz de la publicación de un interesante artículo suyo sobre un joven hacker, su director comienza a sospechar que Glass ha podido haber inventado gran parte de los datos del mismo.

El precio de la verdad (2003) está basado en hechos reales. Stephen Glass fue un periodista real que se inventó bastantes de sus artículos, hecho que causó un gran revuelo cuando salió a la luz pública a finales del pasado siglo. Y el tema de la verdad en los medios de comunicación es algo que me interesa especialmente. En pleno siglo XXI, en la era de la información, cuando más fácil y más accesible es estar informado, resulta que es cuando menos me fio de los periodistas. Por ello El precio de la verdad era un film que me resultó, a priori, de lo más interesante. Y si bien es cierto que la película cumple en cierta medida con lo esperado, también lo es que no termina de llegar al fondo del tema, quizá porque no lo pretendía; el caso es que se centra por entero en la figura de Glass, con lo que la posible crítica hacia el papel de los medios de comunicación se queda en apenas nada, en un caso particular que finalmente parece responder más al perfíl de un hombre enfermo que al de un trepa al uso. Es más, al final uno tiene la sensación de que, con el despido de Glass y las disculpas de la revista The New Republic a sus lectores queda salvaguardada de nuevo la honestidad de la profesión. Y me temo que nada está más lejos de la realidad.

Sin embargo, El precio de la verdad es película correcta, agradable de ver, al menos dentro de su modestia y sencillez que recuerda a veces el tono de un documental. Billy Ray, quizá por estar tratando un tema real muy cercano en el tiempo, adopta cierto distanciamiento en relación a los protagonistas, evitando cargar las tintas y dejando que sean los hechos los que hablen por sí mismos. Y en esta postura reside la clave de que el film guste a unos o disguste a otros. Porque si bien es verdad que se agradece el tono objetivo con está enfocado el guión, también es verdad que el resultado es una obra un tanto fría, impersonal incluso, donde podemos echar en falta una mayor profundización en los personajes de manera que la historia gane en intensidad.

Personalmente, creo que El precio de la verdad es un film correcto pero demasiado formal, rígido, quizá por estar tan apegado a los hechos acaecidos que no deja lugar para la libertad creativa. La película me resultó amena, el ritmo es correcto y el director deja a la cámara en un segundo plano para ceder todo el protagonismo a los hechos narrados. En este sentido, no hay nada que reprocharle. Pero insisto que el resultado es algo frío de más. Y tampoco me convenció demasiado el recurso narrativo de mezclar el orden cronológico de los acontecimientos con la charla de Glass en su antiguo colegio, que me parece que enturbia un poco el relato. Sólo al final, cuando se desvela que eso es también fruto de la imaginación del periodista, comprendemos más su utilidad, pues ofrece un punto interesante al desenlace.

En cuanto al reparto, he de decir que el trabajo de Hayden Christensen me gustó bastante. Lo veo muy convincente durante todo el film y, especialmente, cuando es descubierto en toda la hondura de sus mentiras y ofrece su rostro más desesperado. La escena en que reconoce, al permanecer callado, los artículos en que mintió me parece un ejemplo perfecto de su expresividad y buen hacer. Sin embargo, Peter Sarsgaard, en su papel de director de la revista y la persona que desenmascara a Glass, no terminó de gustarme; lo encontré bastante inexpresivo, casi como trabajando con desgana, tal vez por esa mirada caída suya.

Al final, me parece que El precio de la verdad es un título interesante y que al menos es de esas películas que invitan a la reflexión. Si bien el argumento gira por completo en torno a Glass, podemos sacar nuestras propias consclusiones o reflexionar a cerca de los límites de la ambición y la ética profesional.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Descalzos por el parque





Dirección: Gene Saks.
Guión: Neil Simon (Teatro: Neil Simon).
Música: Neal Hefti.
Fotografía: Joseph LaShelle.
Reparto: Robert Redford, Jane Fonda, Charles Boyer, Mildred Natwick, Herb Edelman.

Paul (Robert Redford) y Corie (Jane Fonda) acaban de contraer matrimonio y están locamente enamorados el uno del otro. Pero mientras que Paul es un joven abogado responsable y serio, Corie es un tanto alocada. A pesar del cariño mutuo, la dura realidad cortidiana hará que las diferencias de carácter entre ellos les pasen factura.

Descalzos por el parque (1967) es la adaptación de una comedia teatral de Neil Simon que había triunfado en Broadway, interpretada también por Robert Redford, que él mismo se encarga de adaptar para el cine. Ese origen teatral es más que evidente y condiciona decididamente el devenir de la película. Y no es que esa procedencia sea un lastre, pues el director supo hacer una adaptación bastante correcta, dotando a la comedia de cierto ritmo y sabiendo conjugar el caracter teatral de la historia con un enfoque cinematográfico. El problema de Descalzos por el parque es otro y tiene que ver más con el guión que con cualquier otra cosa.

Y es que el argumento de Neil Simon resulta bastante soso. Al principio, uno no sabe qué rumbo va a tomar la película, pero pronto se ve que la historia del joven matrimonio no va a dar mucho de sí. La parte del hotel transcurre con cierta gracia, si bien nos anticipamos a todos los gags con bastante facilidad, lo que arruina el deseado efecto sorpresa de los mismos. Pero cuando la historia pasa al apartamento de los recién casados es cuando comprendemos que estamos ante una de esas comedias pequeñas, nimias e insustanciales que abundan en tópicos, histrionismos varios y que se dedican a estirar una situación sin importancia hasta que ya no da más de sí. Es lo que me sucedió con la escena del apartamento sin amueblar, donde van llegando personajes de un modo repetitivo y sin demasiada gracia. La secuencia se alarga casi eternamente sin avanzar en realidad hacia ninguna parte, dando vueltas al mismo chiste (la fatiga de subir las empinadas escaleras) hasta agotarnos. Y es que la supuesta comicidad de Descalzos por el parque es bastante limitada; es cierto que hay un par de chistes bastante buenos, pero se cuentan con los dedos de una mano. El resto de situaciones resultan bastante evidentes y predecibles y con una gracia un tanto simple.

La película nos presenta a un matrimonio de dos jóvenes enamorados pero infantiles, inconscientes y caprichosos. Su amor parece un puro espejismo, casi un capricho que al mínimo contratiempo se rompe en pedazos de un modo tan ridículo como increible. En el fondo, se trata de un enfoque que hemos visto en numerosos filmes anteriormente, donde se presenta a los jovenes enamorados como dos inmaduros alocados, de una manera bastante simple. Al final, lógicamente, la crisis matrimonial pasará sola y descubrirán que su amor es más fuerte que todo y que la esposa, si sabe llevar a su marido, podrá arreglar las cosas por el bien de ambos. Sí, el enfoque es de un machismo evidente, disculpable por la época en que se rodó la película.

Por suerte, Descalzos en el parque cuenta con una segunda trama bastante más interesante y es la protagonizada por Charles Boyer, que encarna maravillosamente a Víctor Velasco, un Don Juan entrado en años, encantador y divertido. Es este personaje, junto al de Ethel Banks, la madre de Corie, genialmente interpretada por una secundaria de lujo como fue Mildred Natwick, lo mejor y más refrescante de Descalzos por el parque. Y la clave está en que mientras los personajes de Paul y Corie parecen de cartón piedra, estereotipados y falsos, Víctor Velasco y Ethel me parecieron auténticos y hasta conmovedores en su soledad mal llevada y en su búsqueda de la felicidad. Son los únicos que aportan algo de interés y humanidad a la trama.

Robert Redford y Jane Fonda, en un momento dulce de sus carreras, vuelven a coincidir tras la maravillosa La jauría humana (Arthur Penn, 1966) y llevan el peso de la historia. La verdad es que, sin ser dos actores geniales, cumplen de sobra y forman una pareja realmente atractiva que supongo que era lo que se buscaba de cara a la taquilla. Sin embargo, para mí son Charles Boyer, con una interpretación memorable, y Mildred Natwic, nominada al Oscar precisamente por este trabajo, los dos mejores actores de un reparto que, decididamente, es lo mejor de la película.

Furia



Dirección: Fritz Lang.
Guión: Barlett Cormack & Fritz Lang (Historia: Norman Krasna).
Música: Franz Waxman.
Fotografía: Joseph Ruttenberg (B&W).
Reparto: Spencer Tracy, Sylvia Sidney, Walter Abel, Bruce Cabot, Edward Ellis, Walter Brennan, Frank Albertson, George Walcott, Arthur Stone.

Durante el viaje en el que Joe Wilson (Spencer Tracy) va a reunirse con su prometida para casarse es detenido como sospechoso del secuestro de una niña. Por mera casualidad, algunos indicios parecen incriminarle, por lo que es encarcelado en espera de que el fiscal aclare la situación. Pero en el pueblo corre el rumor de que es uno de los secuestradores y la masa, ciega de rabia, decide tomarse la justicia por su mano.

Furia (1936) es la primera película norteamericana del director alemán Fritz Lang, tras dos años en los que la Metro-Goldwyn-Mayer rechazaba todos sus proyectos, y supone todo un alegato contra la venganza ciega que aún sigue pleno de vigencia a día de hoy.

La película analiza con inteligencia y dureza el fenómeno de la venganza desde dos puntos de vista: la de la muchedumbre enfervorizada y ciega que actúa como un solo cuerpo sin cerebro, dejándose llevar por las suposiciones, las mentiras, la ignorancia, la xenofobia, el odio irracional y hasta el deseo de diversión irresponsable, y la venganza individual de la persona que desea devolver ojo por ojo, aunque ello le arruine la vida. Pero además, el tema del linchamiento sirve también para realizar una dura crítica a la sociedad norteamericana, aún deudora de las leyes del viejo oeste en que a menudo los propios individuos se convertían en jueces, jurados y verdugos. Y de ahí no hay más que un paso para que el film sirva a su vez para denunciar la pena de muerte, presente aún hoy en día en la sociedad más democrática del planeta. Y crítica social también presente en el tema de la xenofobia, que se manifiesta claramente en el linchamiento de un forastero y en la defensa del sheriff en el juicio, aludiendo que la masa que asaltó la cárcel estaba formada por forasteros. Hilando algo más fino, podemos ver también una crítica y una advertencia a lo que puede llevar la manipulación de las masas por un lider exaltado, encarnado aquí por el personaje de Bruce Cabot, algo que ya había conocido el director en Alemania con la llegada del nazismo.

Lang se apoya en un relato de Norman Krasna basado en un hecho real, un linchamiento ocurrido en California em 1933, y divide la historia en tres partes claramente diferenciadas. Durante la primera de ellas nos presenta al protagonista, Joe, y a su novia Katherine (Sylvia Sidney); son una pareja normal, con sus sueños y proyectos de futuro. Lang incide aquí en mostrarnos la naturaleza bondadosa de Joe, profundamente enamorado de Katherine y deseoso de que sus hermanos no se mezclen con maleantes. Es una imagen un tanto bucólica e idealizada, pero que funciona brillantemente como prólogo al drama que sobreviene a continuación. Y es que el pobre de Joe es encarlado injustamente cuando iba camino de reunirse con su novia para poder hacer realidad su sueño de casarse. Pero, para colmo de males, va a parar a un pequeño pueblo donde, juzgado y condenado por la masa exaltada, ve como ésta asalta y prende fuego a la cárcel con la intención de lincharlo. Arranca entonces la tercera parte del film, donde vemos que Joe, que se ha salvado milagrosamente, se ha convertido en otro hombre, un ser amargado y ciego de dolor que sólo aspira a vengarse de los que intentaron lincharlo, para lo que decide hacerse pasar por muerto y lograr así que juzguen y condenen a los ciudadanos que quemaron la cárcel.

El argumento, es cierto, suena un tanto rocambolesco pero, a pesar de ello, Fritz Lang consigue componer una historia que funciona a la perfección gracias a una soberbia fotografía, a un muy buen guión, a una puesta en escena sobria pero muy eficaz y, especialmente, a su manejo de la cámara y a la presencia de un soberbio Spencer Tracy.

La labor de Lang es claramente deudora del cine mudo, sin que ello represente en absoluto el mínimo inconveniente. Lang recurre con frecuencia a los primeros planos para mostrarnos los sentimientos de los personajes, se sirve siempre de imágenes muy claras para contarnos la historia y de metáforas visuales, como la de las gallinas, muy fáciles de interpretar. El resultado es una película muy clara, muy expresiva, lo que se explica por la procedencia del director del expresionismo alemán, donde todo se concentra en la acción y donde la imagen es la base explicativa y narrativa de la historia.

El otro pilar de Furia es, sin duda, contar con Spencer Tracy en el papel protagonista. Su trabajo es absolutamente convincente en los dos registros extremos que interpreta: Joe es, al comienzo del film, la perfecta imagen de un hombre bondadoso y noble para convertirse en una persona totalmente diferente luego, un hombre corroído por el dolor y el deseo de venganza. Y en ambos casos, Tracy resulta conmovedor y convincente al cien por cien. También Sylvia Sidney hace un gran trabajo, aunque su personaje está más visto y es menos agradecido que el de Joe. Destacar la presencia de Walter Brennan, si bien en un papel bastante secundario y de un reparto sin muchos nombres pero que funciona bastante bien.

Si bien se explica al comienzo del film que se trata de una mera obra de ficción, esta propia explicación delata el sustrato real que inspiró la historia. Una historia a la que Lang decide dar un final feliz en el que Joe Wilson se redime finalmente, si bien la escena en que se presenta ante el juez no es todo lo brillante que me hubiera gustado. Final inevitable, por otra parte, pues representa el triunfo de la razón frente a la barbarie.

Furia, que recibió una nominación al mejor guión original, es una gran película, imprescindible aún hoy, ejemplo de una manera de hacer cine que se ha perdido, un cine comprometido, directo, ingenuo en muchos aspectos, pero maravilloso siempre.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Conspiración de silencio



Dirección: John Sturges.
Guión: Millard Kaufman.
Música: André Previn.
Fotografía: William C. Mellor.
Reparto: Spencer Tracy, Robert Ryan, Lee Marvin, Anne Francis, Dean Jagger, Ernest Borgnine, Walter Brennan, John Ericson, Walter Sande.

A un pequeño pueblo aislado del suroeste de los Estados Unidos llamado Black Rock llega un forastero en tren tras cuatro años en que nadie había llegado hasta allí. El visitante, un hombre manco llamado John J. MacReedy (Spencer Tracy) llega en busca a un granjero japonés llamado Komoko. Ante su sorpresa, todos en el pueblo se muestran hostiles hacia él.

Conspiración de silencio (1955) es una interesante película de John Sturges que basa su eficacia en dos sólidos pilares: una intriga que el director sabe administrar perfectamente y un reparto excelente.

El film es, en esencia, bastante sencillo: un forastero llega a una pequeña comunidad y su presencia provoca el rechazo de casi todo el pueblo, que se afana por hacerle la vida imposible para que se vaya de allí. En seguida, el visitante comprende que hay un terrible secreto que todos intentan mantener oculto. Sturges se vale de ese misterio, que no nos revelará hasta bien entrada la película, para sostener la intriga y, de ese modo, tenernos atrapados mientras intentamos averiguar, a la par que el personaje principal, qué es lo que se oculta en ese mísero pueblo perdido en ninguna parte. Es cierto que no es un misterio demasiado difícil de intuir, pero el mérito del guión es que consigue tenernos en vilo durante buena parte del film. Luego, una vez descubierto el misterio, el interés pasa a centrarse en saber cómo podrá MacReedy salir con vida del lugar.

El peligro inherente de este tipo de argumentos es que son demasiado sencillos y han de manejarse con mucho cuidado y habilidad para poder estirarlos lo suficiente sin caer en tiempos muertos que arruinarían el ritmo y el interés de la película. Son muchos los ejemplos de propuestas parecidas que terminaron en el fracaso por no poder mantener la tensión o abusar de amagos y trampas para alargar un guión mal construido.

La ventaja de Conspiración de silencio es que cuenta con un buen guión y además el director sabe administar con inteligencia la intriga, llevándola hasta donde puede y sabiendo crear un clima asfixiante de odio y de amenazas ante el que la figura de MacReedy, manco, parece demasiado frágil e indefensa, lo que aumenta la tensión sobremanera. Con muy poco, Sturges consigue sacar adelante admirablemente la película. Y en ello tiene un gran peso el soberbio reparto del film. Para empezar, el protagonista es un genial Spencer Tracy, siempre perfecto, siempre natural y cercano. A su lado, Robert Ryan, Lee Marvin, Ernest Borgnine y el magnífico Walter Brennan, todo un lujo de actores a los que Sturges sabe aprovechar convenientemente.

Pero además, la película cuenta con unos admirables diálogos, llenos de intención y muy inteligentes, en especial los del personaje interpretado por Spencer Tracy, un hombre digno, prudente y sobre todo tremendamente astuto, jugando las escasas bazas de que dispone de manera muy inteligente. Este personaje es, sin duda, el mejor de todos. Puede que el resto no estén tan bien dibujados y por ahí es por donde el film hace un poco de agua. Como también podemos sentirnos algo fríos con el desenlace de la película, que me parece que está un peldaño más abajo que el resto del film; pienso que Sturges no le sacó todo el jugo: se me antoja demasiado breve y sin mucha energía.

Pero además de ser una película con una buena dosis de intriga, Conspiración de silencio es también un alegato contra la xenofobia y el racismo ciegos que llevan a cometer no sólo una injusticia, sino también un crimen cobarde.

En definitiva, se trata de una buena propuesta, sencilla, pero entretenida. Un  buen ejemplo de cómo, con muy pocos elementos, se puede hacer una buena película si se cuenta con un buen guión y un director inteligente que sabe como plasmarlo en imágenes.

Conspiración de silencio recibió las nominaciones a mejor director, actor principal (Spencer Tracy) y mejor guión.