El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

lunes, 29 de agosto de 2016

Un plan sencillo



Dirección: Sam Raimi.
Guión: Scott B. Smith (Novela: Scott B. Smith).
Música: Danny Elfman.
Fotografía: Alar Kivilo.
Reparto: Bill Paxton, Bridget Fonda, Billy Bob Thornton, Brent Briscoe, Jack Walsh, Chelcie Ross, Becky Ann Baker, Gary Cole, Bob Davis.

Hank (Bill Paxton), su hermano Jacob (Billy Bob Thornton) y el amigo de éste, Lou (Brent Briscoe), encuentran más de cuatro millones de dólares en una avioneta accidentada en el bosque. A pesar de las dudas iniciales de Hank, deciden guardar el dinero y, si nadie lo reclama, repartirlo a partes iguales.

Está claro que muchas veces no hace falta gran cosa para conseguir un film que funcione. Es cuestión de contar con una buena historia, un guión inteligente y cierta habilidad a la hora de juntarlo todo. Un plan sencillo (1998) sería el ejemplo perfecto de lo dicho.

La idea en torno a la que gira el argumento es muy simple: tres personas corrientes encuentran una fortuna y su avaricia les lleva a justificar que deban quedarse con el dinero, aún sabiendo en su fuero interno que se trata simple y llanamente de un robo. A partir de ahí, la historia se irá complicando lenta e inexorablemente, como fruto de un destino implacable que va cercando a los protagonistas sin remedio. En realidad, no es más que una sucesión de errores fruto de las pocas luces de los tres ladrones, superados por su propia avaricia y, en el caso de Hank, manipulado por su esposa Sarah (Bridget Fonda), la inevitable mujer fatal de todo film negro y que en este caso es una aparentemente inocente esposa que, sin embargo, es dueña de una ambición y un cerebro intrigante libre de remordimientos y que no se detiene ante nada.

Sin embargo, el mérito del guión es que nunca se aleja de lo esencial: se trata de personas normales, sin una inteligencia superior, sin una maldad crónica, sin nada que los diferencie de sus vecinos, de nosotros mismos. Y aquí reside la fuerza del planteamiento: cualquiera puede caer en esa situación, cualquiera puede sucumbir al deseo de cambiar su vida, de vivir sin estrecheces, de creer que con el dinero será feliz. Lo que se le escapa a los protagonistas, una vez embarcados en esa red de mentiras y ambición, es que irán perdiendo el control sobre la situación, que un error llevará a otro, un fallo al siguiente, la desconfianza al temor, el temor a la mentira, la mentira al autoengaño... e incluso al asesinato. Como una marioneta, sin control. Y es que una vez que entran en la espiral de engaños, de autoengaños, nada podrá detenerlos.

Y todo este material, oro puro, procede de la novela de Scott B. Smith, que él mismo adapta de manera perfecta escribiendo un guión soberbio donde no falta ni sobra ni una coma. Pero hacía falta que el director estuviera a la altura de esa historia y la verdad es que Sam Raimi hace un trabajo perfecto. Con una puesta en escena sencilla, sin alardes innecesarios, Raimi se centra en lo esencial, condensa la acción, es directo y elegante a la vez y el resultado es un thriller que va ganando en intensidad progresivamente y que nos atrapa sin remedio, pegándonos al asiento mientras contenemos el aliento. Y a pesar de que anticipamos que la suerte no va a sonreír a los protagonistas, eso no impide que no podamos respirar tranquilos nunca y que los acontecimientos vayan superando con creces lo que hubiéramos podido adivinar. Y es que, por encima de todo, estamos ante un guión perfecto, rebosante de ingenio y al mismo tiempo plausible. Una rareza maravillosa que nos reconcilia con el cine negro con mayúsculas.

El trabajo de los actores tampoco desentona en absoluto, siendo complicado poner a uno u otro por encima. Me encantó el trabajo de Bridget Fonda, con el personaje quizá más sorprendente de todos: una mujer decidida a cambiar su suerte, fría e inteligente bajo una apariencia angelical. Billy Bob Thornton es otro de los protagonistas que brillan con luz propia: el Jacob algo retrasado que, sin embargo, sorprenderá en no pocas ocasiones al hermano listo con revelaciones y comportamientos que nos harán dudar de sus verdaderas limitaciones. Y Bill Paxton, finalmente, está también realmente perfecto donde vida a Hank, que va pasando de ser el más honesto y la persona quizá con las cosas más claras a reflejar en su mirada atónita cómo se verá finalmente superado por las circunstancias y por su propia familia.

Un plan sencillo es un thriller con nervio, con tensión, una historia de gente corriente que, casi sin querer, va perdiendo el norte en una espiral de decisiones estúpidas. Contada con inteligencia, sobriedad y eficacia es sin duda una muy grata sorpresa, una de esas rarezas que se disfrutan de principio a fin. Recomendada al 100%.

La película recibido dos nominaciones: al mejor guión adaptado y mejor secundario (Billy Bob Thornton), sin conseguir ninguno de los dos Oscars.

viernes, 26 de agosto de 2016

El hombre lobo



Dirección: George Waggner.
Guión: Curt Siodmak.
Música: Charles Previn, Hans J. Salter y Frank Skinner.
Fotografía: Joseph A. Valentine.
Reparto: Lon Chaney Jr., Claude Rains, Warren William, Ralph Bellamy, Patric Knowles, Bela Lugosi, Maria Ouspenskaya, Evelyn Ankers, J.M. Kerrigan, Fay Helm.

Larry Talbot (Lon Chaney Jr.) vuelve tras una larga ausencia al castillo familiar, en un pueblo de Gales. Allí conoce a Gwen (Evelyn Ankers), una bella joven de la que se enamora, la cuál le habla de una leyenda relativa a la existencia de hombres lobo. Precisamente, esa noche, un lobo atacará y matará a una amiga de Gwen y herirá al propio Larry, que sin embargo logrará matar al animal.

Tras las primeras películas de terror de los años treinta, donde destacaron las centradas en Drácula o Frankenstein, los cuarenta dieron lugar a otra serie de films de menor empaque, entre ellos este El hombre lobo (1941), que daba vida a un nuevo monstruo para nuestro repertorio de terrores íntimos. En realidad, ya había un primer precedente de esa figura con El lobo humano (Stuart Walker, 1935), si bien será esta película de Waggner la que asentará el mito en el imaginario popular.

El hombro lobo es un film que, visto en la actualidad, resulta más una curiosidad casi arqueológica que otra cosa. Para empezar, es evidente que lo que podía resultar más o menos aterrador en el momento del estreno del film, hoy en día está más que superado. No digo que para bien, pero el terror ha evolucionado de una manera muy notable, a veces sobrepasando ciertas límites para llegar a un todo vale que nos ha dejado películas donde prima más lo explícito, hasta límites muy desagradables, que lo psicológico, con guiones sin profundidad ni el más mínimo interés intelectual. En este sentido, a favor de El hombre lobo podemos decir que, si bien de una manera un tanto superficial, muestra los miedos de Larry, un hombre culto y buena persona, al verse arrastrado a un estado en el que no es dueño de sus actos. Se trata, por tanto, de un cine de terror que no deja de lado el aspecto humano de los personajes, como sucedía ya en la mítica El doctor Frankenstein (James Whale, 1931), con un monstruo atormentado por su propia naturaleza.

Lo que sí que hay que criticar al film de George Waggner es la simpleza del guión, que pasa de puntillas sobre casi todos los elementos, personajes incluidos, dejando la impresión de que, o bien no se terminó de afinar del todo o bien el presupuesto produjo recortes notables en la historia. El caso es que el argumento está simplificado al máximo, con lo que los personajes no terminan de tener profundidad ni el drama se plantea en toda su extensión. Y fruto de un guión tan básico, los diálogos tampoco alcanzan un nivel mínimo, dando lugar a conversaciones un tanto pueriles cuando no ridículas, llegando al colmo con la vieja zíngara y su repetido sermón crepuscular.

A la par con esta sencillez argumental está la muy elemental y esquemática puesta en escena, con la sucesión de pequeños cuadros que nos remiten más al mundo del teatro filmado o al del cine mudo, por su simplicidad y una cierta discontinuidad. Ambos elementos (el guión tan básico y la puesta en escena) hacen que la película se vea hoy en día como una obra demasiado elemental, sin el peso y la profundidad necesarias. Y como el miedo que puede producirnos hoy en día es mínimo, se queda como una mera curiosidad histórica con poco valor intrínseco.

Y tampoco ayuda nada el reparto, no sé si mal dirigidos o no. El caso es que Lon Chaney Jr. resulta demasiado artificial en su interpretación, con unos gestos demasiado exagerados, lo que nos vuelve a recordar a ese estilo tan teatral del cine mudo y que resta credibilidad a su personaje. Y lo mismo sucede con todo el reparto, donde no se explota convenientemente a los actores, que parecen demasiado acartonados, con un trabajo muy poco natural.

Todo ello me lleva a dudar seriamente de la calidad del director, un hombre sin ningún título respetable en una filmografía no muy abundante y que, al menos aquí, realiza un trabajo un tanto tosco, desaprovechando gran parte de las posibilidades dramáticas de la historia.

En definitiva, una curiosidad que hay que observar desde un punto de vista más histórico en cuanto al inicio del género que otra cosa, puesto que a nivel artístico la película me parece un tanto limitada.

lunes, 15 de agosto de 2016

Balas sobre Broadway



Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen y Douglas McGrath.
Música: George Gershwin.
Fotografía: Carlo Di Palma.
Reparto: John Cusack, Dianne Wiest, Chazz Palminteri, Jim Broadbent, Rob Reiner, Harvey Fierstein, Mary-Louise Parker, Jennifer Tilly, Tracey Ullman, Joe Viterelli, Jack Werden, Debi Mazar.

David Shayne (John Cusack) tiene una obra de teatro lista para estrenar, pero no encuentra financiación hasta el día en que su agente le anuncia que ha encontrado al ansiado mecenas; pero hay un pequeño problema, se trata de Nick Valenti (Joe Viterelli), un gángster despiadado que acepta invertir en la obra para complacer los deseos artísticos de su amante Olive (Jennifer Tilly).

Girando en torno al mundo del teatro y sus entresijos, Balas sobre Broadway (1994) le permitió a Woody Allen realizar de nuevo una comedia centrada en el mundo del espectáculo. Ambientada con perfección en los años veinte, la intriga mezcla los problemas de un escritor mediocre para estrenar su obra con una subtrama centrada en el mundo del hampa, lo que nos recuerda inevitablemente a Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959). Sin embargo, la comedia de Allen no termina de cuajar del todo, quedándose finalmente en una pequeña diversión sin mucha sustancia.

El principal problema de Balas sobre Broadway reside en un guión un tanto superficial que no termina de ahondar convincentemente en la intriga ni en los personajes. Puede que por culpa de una historia trufada de tópicos, como la aspirante a actriz sin talento o el histerismo de los actores teatrales, cada uno con sus manías, egos y caprichos. Todo ello ya muy visto anteriormente y que no nos proporciona ninguna sorpresa. Además, tanto los personajes como la trama parecen escritos de manera un tanto precipitada, sin profundidad, casi dando la sensación de que ni el autor se ha tomado demasiado en serio su propia historia, que termina de dar esa sensación con un final un tanto precipitado donde de un plumazo se resuelven todos los enredos con la misma precipitación y superficialidad reinantes en toda la película. Más ingenioso parece el personaje de Cheech (Chazz Palminteri), que aporta los mejores momentos a la historia.

Aún con todos estos pequeños defectos, la película contiene pequeños destellos del talento de Woody Allen, que en esta ocasión deja el papel protagonista en manos de John Cusack, un actor que no terminó de convencerme en esta ocasión. En cambio, Chazz Palminteri me resultó mucho más convincente en un papel que parece irle como anillo al dedo. Sin embargo, la gran triunfadora fue Dianne Wiest, premiada con el Oscar por su encarnación de una actriz engreída y un tanto histérica que, sinceramente, tampoco creo que justifique el galardón. Fue la única recompensa de una película que había recibido nada menos que siete nominaciones.

Definitivamente, Balas sobre Broadway no va a pasar a la historia como una de las mejores películas de Woody Allen. A veces, el querer estrenar un film al año termina por pasar factura, que es la impresión que uno saca de esta película que parece un tanto precipitada y superficial, quizá porque siempre parece que se puede pedir algo más a un cineasta como Allen.