El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 30 de septiembre de 2012

In & Out (Dentro o Fuera)



Dirección: Frank Oz.
Guión: Paul Rudnick.
Música: Marc Shaiman.
Fotografía: Rob Hahn.
Reparto: Kevin Kline, Matt Dillon, Joan Cusack, Tom Selleck, Debbie Reynolds, Wilford Brimley, Bob Newhart, Shawn Hatosy, Lauren Ambrose, Alexandra Holden, Glenn Close, Whoopi Goldberg.

Howard Brackett (Kevin Kline), profesor de literatura inglesa, está a punto de casarse con la señorita Emily (Joan Cusack), pero surgen complicaciones cuando un antiguo alumno (Matt Dillon) gana un Oscar y se lo dedica a "su antiguo profesor homosexual de literatura". A partir de ese momento y mientras se obstina en negar ante todos su homoxesualidad, Howard empieza a dudar de su orientación sexual.

In & Out (1997) es la prueba de que se puede hacer una buena comedia, cualquiera que sea el tema tratado, si se hace de manera inteligente. La película se inspira en el discurso de Tom Hanks al recoger su Oscar por su interpretación en Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) y cuenta con un magnífico guión de Paul Rudnick que es la clave para que el film fuera un gran éxito, llegando a ser la película más taquillera en los Estados Unidos en su momento.

La clave es haber sabido tratar un tema ciertamente delicado a base de un sano sentido del humor que quita hierro al tema de la homosexualidad y predica la acertada idea que no hay nada más sano que ser sincero con uno mismo. Porque el profesor Brackett no sabe que es gay debido a su tradicional educación conservadora y a vivir en una pequeña comunidad de sólidas tradiciones norteamericanas. Cuando se plantea la posibilidad de que pueda ser homosexual, Brackett va a negarlo ante todos y, especialmente, ante sí mismo. No hay posibilidad de admitir tal cosa, no sabría cómo enfrentarse a esa noticia ni a su entorno. Poco a poco, sin embargo, y gracias a la influencia de un reportero de televisión, Peter Malloy (Tom Selleck), Howard se va reconociendo a sí mismo, hasta darse cuenta de que realmente siempre ha sido homosexual sin ni siquiera saberlo.

Y el gran acierto de In & Out es plantear este descubrimiento en clave de humor y además aprovechar la ocasión para criticar sin tapujos el mundo de la televisión, de la moda, del cine o de la educación. Y tampoco se libran la familia, los convencionalismos ni el qué dirán. Finalmente, la película se convierte en un sencillo e ingenuo canto a la libertad y la tolerancia. El mensaje es claro: somos como somos y no es nada malo. Lo malo es engañarnos, mentirnos, ser infelices por no aceptarnos como somos, por intentar que nos acepte la sociedad que, en realidad, también es infeliz en cuanto no sea sincera.

No es una mensaje demasiado original ni novedoso. Pero la idea funciona de maravilla porque el film está plagado de momentos genuinamente graciosos, de chistes muy oportunos que no caen en el exceso o el ridículo. Se explota la parte cómica de la historia de una manera inteligente y comedida. Algunos momentos son especialmente buenos, dentro de un tono general muy elevado, como la escena del baile de Howard, cuando las madres se confiesan pequeños secretos íntimos o la fiesta de graduación en el instituto, una pequeña concesión a la emoción que es un digno broche final a la historia. Incluso el recurrir a Tom Selleck para el papel de homosexual me parece un gran acierto. Y ello nos lleva a otro de los puntos fuertes de la cinta: el reparto. Todos los actores brillan a gran nivel y es un placer volver a disfrutar por ejemplo de la presencia de Debbie Reynolds. Pero sin duda la película es de Kevin Kline, genial de principio a fin con un papel donde brilla su talento especial para la comedia, con esa mezcla de expresividad y contención que funciona de maravilla. La escena del beso con Tom Selleck es memorable.

In & Out me ha parecido una muy buena comedia, sencilla, valiente y muy graciosa. Es gratificante encontrarnos en estos tiempos con un producto así que, sin grandes alardes, logra con creces hacernos pasar un muy buen rato, sacándonos un buen puñado de risas y sabiendo ponerse sentimental cuando la situación lo requería, pero siempre desde el equilibrio y la mesura. Un acierto.

Seda



Dirección: François Girard.
Guión: François Girard, Michael Golding (Novela: Alessandro Baricco).
Música: Ryuichi Sakamoto.
Fotografía: Alain Dostie.
Reparto: Michael Pitt, Keira Knightley, Koji Yakusho, Alfred Molina, Kenneth Welsh, Sei Ashina, Miki Nakatani.

Hervé Joncour (Michael Pitt) es un joven militar que dejará el ejército para convertirse en un mercader que se dedica al comercio de la seda. Casado con Helene (Keira Knightley), a la que ama sinceramente, es un hombre feliz al que la vida le sonríe. Pero en uno de sus viajes a Japón, en busca de huevos del gusano de seda, conoce a una hermosa japonesa por la que siente una atracción irresistible.

Algo dentro de mí me previene siempre contra los films preciosistas. Es como un resorte que se activa automáticamente cuando veo que una película busca insistentemente la belleza absoluta en cada plano, en cada nota de la melodía, en cada movimiento de la cámara. La línea que separa una obra sensible y hermosa de un film pedante suele ser muy delgada. A menudo, la separación no depende estrictamente de la obra en sí, sino del momento en que nos llega a nuestra vida. Seda (2007) es una de estas obras donde, a los dos minutos de comenzar, siente uno que debe decidir si ponerla con la selección de obras inolvidables o desterrarla al rincón de las películas fallidas. Sin término medio. Porque lo que está claro es que François Girard buscaba crear una obra de arte. Sus intenciones eran muy evidentes.

La primera conclusión que saqué es que volvemos a encontrarnos con la evidencia de lo complicado que resulta llevar a la pantalla una novela. No he leído el libro de Alessandro Baricco, pero sospecho que se trata de una historia densa, de esas que cuesta sintetizar. De ahí que el film sea largo, de ahí el recurso a la voz en off para explicar algunos pasajes y hacer así que la historia pueda avanzar con cierta agilidad. Pero también de ahí la sensación de que Girard no logró hacer una buena versión cinematográfica del libro. Porque la historia, en el film, se nos queda muy coja. No sé si por un error inicial de planteamiento, pero el centrar la historia en su vertiente estética convierte a Seda en un relato vacío, confuso a veces, sin profundidad y sin alma.

Para empezar, a los personajes les falta lo principal: vida. La película no llega a ahondar en ellos, de manera que los vemos como personajes un tanto acartonados que no terminamos de comprender o de sentir como cercanos. Con ello, la película pierde lo que necesitaba para emocionarnos de veras, para que pudiéramos entender y compartir los sentimientos de los protagonistas. Aquí reside todo el problema de Seda, comprendemos que el director quería crear un film hermoso y emotivo y el resultado final se queda en muy poca cosa porque le falta sangre y nervio.

Es cierto que estéticamente la película está muy cuidada. La fotografía de Alain Dostie es preciosa, con algunos encuandres de una belleza innegable. También la música resulta delicada y suave, quizá algo repetitiva a veces, pero hermosa. El esfuerzo por buscar localizaciones y por crear un film estéticamente irreprochable es evidente. Pero ahí está el problema, que resulta finalmente un esfuerzo pretencioso que hace que algo dentro de mi se rebele. No me gustan estos planteamientos, me parecen pedantes, me parecen frívolos. Es fácil decir de ensayos como éste que están repletos de poesía, en las imágenes, en el ritmo, en la música, ... ¡Pero no es verdad! Esto no es poesía, es pedantería. Porque detrás de tanta imagen preciosista no hay casi nada. Porque la historia está repleta de tópicos, de situaciones forzadas que resultan muy poco creíbles, de personajes absurdos, situaciones ridículas o diálogos que, bien mirados, son tan estúpidos como pretenciosos.

A la media hora de película ya estaba aburrido. Es cierto que queda la intriga de saber qué va a suceder con Hervé, con su atracción por la joven japonesa. Es lo único que nos mantiene frente a la pantalla. Y de nuevo la historia nos decepciona, porque todo se resuelve de nuevo con el vacío: no hay encuentro, no hay amor, aparece el tópico personaje de la prostituta, Madame Blanche (Miki Nakatani), y de nuevo volvemos a los clichés, al mero ejercicio estético sin nada detrás... y la conclusión final es que el verdadero amor lo tenía Hervé en su casa. ¿Qué queda de la joven japonesa?, ¿qué queda de esa pasión que le obligaba a volver al Japón en guerra? La carta en japonés es la gota final en la copa de las situaciones forzadas, de lo imposible, de un intento extraño por forzar las cosas al límite de lo creíble. La búsqueda de una historia sorprendente, de un amor de leyenda que se queda a medias.

Y otro de los problemas de Seda reside en la elección de Michael Pitt para el papel protagonista. La verdad es que es un actor que no transmite gran cosa. Su papel era crucial, pero nos deja más bien fríos, indiferentes. Le falta carisma, si bien es verdad que su personaje carecía realmente de profundidad, lo que ayuda más bien poco. En busca de la belleza a toda costa, Girard nos ofrece un elenco de actrices a cada cuál más hermosa; tanto Keira Knightley como Miki Nakatani y especialmente Sei Ashina son tres hermosos objetos decorativos de una belleza especial, perfectamente resaltada por una fotografía preciosista.

Seda es, definitivamente, un film tan hermoso visualmente como vacío. Un ejercicio de pedantería en letras mayúsculas donde el director se dejó olvidado lo más importante para hacer una buena película: dotarla de vida, de verdaderos personajes, de buenos diálogos. En definitiva, de alma.

viernes, 28 de septiembre de 2012

La semilla del diablo



Dirección: Roman Polanski.
Guión: Roman Polanski (Novela: Ira Levin Rosemary's Baby).
Música: Christopher Komeda (AKA Krysztof T. Komeda).
Fotografía: William A. Fraker.
Reparto: Mia Farrow, John Cassavetes, Ruth Gordon, Ralph Bellamy, Sydney Blackmer, Maurice Evans, Angela Dorian, Patsy Kelly, Elisha Cook, Charles Grodin.

Rosemary Woodhouse (Mia Farrow) y su esposo Guy (John Cassavetes), un matrimonio neoyorquino, se mudan a un edificio situado frente a Central Park, sobre el cual, según un amigo, pesa una maldición. Una vez instalados, se hacen amigos de Minnie (Ruth Gordon) y Roman Castevet (Sydney Blackmer), unos vecinos que los colman de atenciones. Ante la perspectiva de un buen futuro, los Woodhouse deciden tener un hijo; pero, cuando Rosemary se queda embarazada, lo único que recuerda es haber hecho el amor con una extraña criatura que le ha dejado el cuerpo lleno de marcas. Con el paso del tiempo, Rosemary empieza a sospechar que su embarazo no es normal.

La semilla del diablo (1968) sigue siendo para muchos la obra maestra de Polanski y un hito muy importante dentro de la evolución del cine de terror. Es cierto que hoy en día, cuando el cine de terror ha ido evolucionando hacia un espectáculo sangriento y macabro, La semilla del diablo no nos hará estremecernos o cerrar los ojos sobrecogidos. El miedo que desprende la película es mucho más sutil. El gran acierto y mérito de La semilla del diablo es nos atrapa en otro tipo de miedo, que no proviene ya de monstruos, fantasmas o extraterrestres. El miedo ahora se encuentra en lo cotidiano, en los amables vecinos, en la propia casa. He aquí la clave que ha convertido a este film en un clásico y lo que hace que, a pesar de los años que han transcurrido, siga vigente su mensaje.

Polanski arranca la película con un tono relajado y tranquilo. Todo en la vida de Rosemary y Guy parece perfecto: son felices, están enamorados, se han mudado a un precioso apartamento. Solamente hay una pequeña nube en el horizonte: la carrera de actor de Guy no termina de arrancar. Pero, entonces, de pronto parece que la suerte cambia y logra un importante papel. Además, Rosemary se queda embarazada. La felicidad parece completa. Y es aquí, en este mundo familiar, feliz, sencillo, donde Polanski mete la semilla del mal. La verdad es el título castellano no es demasiado afortunado, pues destripa el meollo de la película de buenas a primeras. Y es que uno de los grandes aciertos del film es que Polanski nunca nos desvelará abiertamente la verdadera naturaleza de las cosas; sólo tendremos sospechas, como Rosemary. Incluso la escena de cuando el diablo la posee se puede interpretar como una pesadilla. Por ello es por lo que, hasta el mismo final, no estaremos del todo seguros de las cosas. Polanski nos hace dudar, juega con nosotros. En un momento dado, llegamos a pensar que Rosemary puede haber perdido el juicio. ¿Como dudar de unos vecinos tan encantadores?, ¿y de su atento esposo? Lástima, por lo tanto, el no haber respetado el título original, Rosemary's Baby. Si en algún momento hubiéramos sido partícipes de las maquinaciones de los vecinos o de como convencen a Guy de vender su alma por el éxito profesional, el film hubiera perdido todo su potencial. Polanski se esfuerza en presentarnos a los malos de turno como personas inocentes a lo largo de todo el film. Sólo tendremos pequeños detalles aquí y allá, pero perfectamente explicables de un modo lógico e inocente. Gracias a este planteamiento, el film mantiene su poder de intriga hasta la misma escena final, una escena sorprendente y magnífica. Cualquier otro desenlace hubiera sido inferior. Aquí reside también otro de los puntos fuertes de la historia: tiene un desenlace perfecto que no dinamita el argumento, cosa demasiado habitual por desgracia.

Pero una buena parte del éxito de este film también hay que atribuirlo al excelente reparto del mismo. Mia Farrow me sorprendió muy gratamente. Compone una esposa frágil, bella, extrañamente desvalida que nos conmueve irremediablemente hasta ese final tan sublime donde, sobrecogidos, no podemos menos que comprenderla al tiempo que nos apiadamos de ella y de su amor de madre. Sus cambios físicos durante la película son geniales. También John Cassavetes está muy bien, pero son los maduros Ruth Gordon y Sydney Blackmer quienes destacan especialmente. Ruth Gordon, de hecho, se hizo con el Oscar a la mejor actriz secundaria y es que su composición de la entrometida vecian es sencillamente maravillosa.

Y no debemos olvidarnos del gran trabajo de Polanski detrás de la cámara. El director, en la que era su primera película norteamericana, sabe darle a la historia el ritmo justo, pausado, cotidiano, casi banal; y al tiempo, va creando una sensación de soledad, de aislamiento, de desvalimiento en torno a la figura de Rosemary que es clave para la atmósfera del film. Un ejercicio pleno de inteligencia y talento, clave para que la historia funcione tan perfectamente, lejos de trucos efectistas. He ahí la clave: la elegante contención, la ausencia de guiños o engaños. De hecho, Polanski prefirió no mostrarnos al bebé demoníaco; pensaba, acertadamente, que la imaginación del espectador sería mucho más eficaz que cualquier imagen. La fuerza reside en la historia en sí misma. La intriga está servida con elegancia e inteligencia. Perfecto.

Como curiosidad, señalar que el inmueble donde se desarrolla la película es el tristemente famoso edificio Dakota, a cuyas puertas fue asesinado John Lennon.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Frenético



Dirección: Roman Polanski.
Guión: Roman Polanski & Gérard Brach.
Música: Ennio Morricone.
Fotografía: Witold Sobocinski.
Reparto: Harrison Ford, Emmanuelle Seigner, Betty Buckley, John Mahoney, Alexandra Stewart, Robert Barr, David Huddleston.

El doctor Richard Walken (Harrison Ford) acude a París con su esposa Sondra (Betty Buckley) para dar una conferencia. Pero nada más instalarse en la habitación del hotel, su mujer desaparece misteriosamente. Completamente solo, en un país desconocido cuyo idioma ignora, Walken comienza a buscarla desesperadamente. Un testigo le cuenta que ha visto como la metían a la fuerza en un coche y Richard comienza a sospechar que la causa puede ser una confusión de maletas en el aeropuerto.

Frenético (1988) es un thriller que inevitablemente nos va a recordar a Alfred Hitchcock por su planteamiento. En concreto, se asemeja, demasiado quizá, a Con la muerte en los talones (1959). Evidentemente, sólo se parecen en cuanto a la historia de un inocente metido en un lío de espías e intereses políticos. Querer ahondar más en comparaciones sería injusto para Polanski.

Y es que Frenético parece estar lleno de buenas intenciones, pero lamentablemente sólo se mantiene en pie mientras duran las sombras, la intriga. En cuanto comenzamos a vislumbrar el problema, a conocer a los culpables y sus maquinaciones, la película cae en picado. Es el gran problema y el peligro de este tipo de planteamientos y Roman Polanski no logra evitar que en la segunda parte del film toda la emoción se esfume.

Sin embargo, el comienzo es bastante prometedor. Con un director empeñado en cuidar los detalles, incluso hasta el absurdo (el pinchazo del taxi al comienzo es del todo superficial y fácilmente prescindible), la desaparición de Sondra sin que ni su marido ni nosotros sepamos los motivos nos va a pegar al asiento irremediablemente. Comienzan las sospechas, los nervios del marido, al que acompañamos con cierta congoja, apiadándonos de su desconcierto y su vulnerabilidad, sólo en un país del que ni conoce el idioma.

El problema es que ese comienzo deja el listón muy alto y hay que hilar muy fino si no queremos que el edificio de desmorone. Y es aquí donde Polanski falla. Porque la segunda parte del film, la del desenlace, va perdiendo fuelle e interés poco a poco. Empiezan a aparecer nuevos personajes, se complica la trama, se alarga innecesariamente el desenlace... pero nada de ello resulta del todo convincente. Incluso algunas escenas, como la del espray en la cafetería, rozan el esperpento; si Polanski pretendía suavizar la tensión con algo de humor el intento quedó en una escena ridícula. Choca esta torpe puesta en escena, que es bastante común en la segunda parte de Frenético, con los buenos encuadres y el esmero del que el director hacía gala al comienzo del film. Y la verdad, poco importa que la trama comience a perder credibilidad, el problema es que el film pierde ritmo, fuerza y tensión y se va alargando forzadamente y sin que Polanski logre salvarlo de la mediocridad.

La presencia de Michelle (Emmanuelle Seigner) tampoco terminó de convencerme. Su personaje es un cúmulo de tópicos, no resulta creíble y su colaboración con el doctor en el rescate de su esposa parece metida con calzador. Es cierto que Emmanuelle Seigner nos alegra la vista, al menos al público masculino, pero se le notan sus carencias como actriz. Recordemos que la joven era la pareja de Polanski, con quién se casaría al año siguiente, lo que quizá explique su presencia en el proyecto, aunque no la justifica.

Y si Emmanuelle Seigner no brilla especialmente, tampoco lo hacen los secundarios, lo cuál es otro lastre más para la película. Los malos de turno más que miedo provocan risa. Sólo Harrison Ford da un poco de lustre a un reparto bastante flojo.

Al final, Polanski opta por un desenlace cargado de tensión y dolor; buena solución, al menos sencilla, para dejar al doctor a salvo de posibles tentaciones extramatrimoniales. Sin embargo, tampoco es un final que funcione. Puede que sea porque todo se precipita de un modo demasiado aparatoso o porque no esté bien filmado siquiera. El caso es que supone un triste final que nos va a dejar con un pobre sabor de boca.

martes, 18 de septiembre de 2012

Esa cosa llamada amor



Dirección: Peter Bogdanovich.
Guión: Carol Heikkinen.
Música: Varios (Country).
Fotografía: Peter James.
Reparto: River Phoenix, Samantha Mathis, Sandra Bullock, Dermot Mulroney, Anthony Clark, K. T. Oslin, Webb Wilder. 

Miranda (Samantha Mathis) es una joven neoyorkina que aspira a convertirse en una cantante de country, por lo que deja Nueva York por Nashville. Allí conocerá a James (River Phoenix), Kyle (Dermot Mulroney) y Linda Lue (Sandra Bullock), que también persiguen el mismo sueño y acuden para ello al Bluebird Café en busca de una actuación el sábado por la noche.

Esa cosa llamada amor (1993) se ha hecho tristemente célebre por ser la última película de River Phoenix antes de su muerte por sobredosis. Intentando dejar este dato aparte, la película posee un cierto encanto y, sobre todo, un aire de autenticidad que se pierde un poco con el final, que me pareció poco afortunado. Pero vayamos por partes.

Esa cosa llamada amor toca un tema ya visto en otras ocasiones: la lucha por el éxito, por ver cumplidos los sueños de unos jóvenes compositores y cantantes de música country. Quizá la diferencia con otras propuestas es que Peter Bogdanovich nos ofrece una versión más modesta del sueño americano. Los protagonistas no son grandes figuras y tampoco parece, salvo quizá con la excepción de James, que ninguno de ellos llegue a alcanzar su meta. Y, sin embargo, no se percibe un drama por ello. Porque la búsqueda del sueño se va convirtiendo en un elemento más de sus vidas, tan importante como la amistad o el amor o la madurez personal. No es, por lo tanto, un film sobre ambiciones desmedidas o desilusiones truncadas por la realidad; y por ello es por lo que nos parece tan cercano, tan real. Incluso en el tema amoroso, con los dos amigos enamorados de Miranda, el director vuelve a hacer gala de contención, de buen gusto y de ausencia de dramatismos exagerados. Así que el film transcurre bastante plácidamente, como un río tranquilo, y personalmente agradezco el planteamiento.

Sin embargo, algo no termina de encajar. Y creo que lo que falla es el guión. Así, la película no consigue mantener un tono uniforme y tiene pequeños bajones. Lo mismo pasa con los diálogos, de los que uno espera siempre un poquito más y no termina de verse recompensado. Incluso el dibujo de los personajes tiene pequeñas lagunas que disminuyen un tanto el juego que hubieran podido ofrecernos.

Pero si el argumento tiene esos pequeños defectos, la parte mussical del film es sencillamente espectacular. La banda sonora, para los amantes del country y los que no, es un lujo y algunos temas resultan especialmente hermosos. La pena es que el resto de la película no alcance el nivel de la banda sonora, porque entonces estaríamos hablando de una obra maestra.

Lo que quizá me encajó algo peor fue el final. No se por qué, pero creo que a la historia, al tono general del film, le cuadraba mejor un final no tan feliz. El regreso de Miranda a Nueva York me parecía lo más acertado. El giro de su regreso, con una canción por fin preciosa, y la reconciliación final me pareció algo forzado e innecesario. Y no es que no me gusten los finales felices, que sí que me gustan, es que creo que a esta historia le venía final un pequeño desencanto como colofón.

En cuanto al reparto, me parece que los cuatro protagonistas están más que bien, además de contar con unos buenos secundarios. River Phoenix hace un buen trabajo, bastante personal, por momentos sorprendente. Y Samantha Mathis está deliciosa: es guapa, sin resultar cargante y resulta muy creíble. Lo mismo que Sandra Bullock y Dermot Mulroney. Un cuarteto de actores prometedor al que la fortuna no fue muy favorable. A la muerte de Phoenix, que había iniciado un romance con Samantha durante el rodaje de la película, siguieron unas carreras no muy brillantes para Mathis y Mulroney. Sólo Sandra Bullock tuvo una carrera con éxito, logrando el salto a la fama a partir de su siguiente film, Speed (Jan de Bont, 1994). Como curiosidad, decir que son los propios actores los que cantan en la película; incluso Sandra Bullock compuso el tema  que interpreta, Heaven Knocking on my Door. La pena es que la versión que he visto no ofrecía los subtítulos en españosl de las letras de las canciones, algo que se echaba en falta, pues completaban el argumento del film.

Esa cosa llamada amor fue el film menos taquillero de 1993. Pero que este dato no nos engañe. No es una mala película, en absoluto. Sólo por los temas musicales ya valdría la pena verla. Pero es que además nos ofrece un nuevo punto de vista sobre la persecución del sueño americano, lejos de dramatismos efectistas, y donde se sabe compaginar perfectamente la persecución del sueño por parte de los protagonistas con sus dramas personales, sus desengaños y, en definitiva, su madurez personal a través de sus luchas y fracasos. Me parece un film menor, pero consecuente, serio, con pequeños momentos brillantes y que nos engancha dentro de su sencillez.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Duelo de titanes



Dirección: John Sturges.
Guión: Leon M. Uris (A partir de un artículo de George Scullin).
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Charles Lang Jr.
Reparto: Burt Lancaster, Kirk Douglas, Rhonda Fleming, Kate Fisher, Jo Van Fleet, John Hudson, John Ireland, Lee Van Cleef, Kenneth Tobey, Earl Holliman, DeForest Kelly, Dennis Hopper, Lyle Bettger, Jack Elam, Frank Faylen.

Wyatt Earp (Burt Lancaster), sheriff de Dodge City, persigue a Ike Clanton (Lyle Bettger) y sus hermanos por robar ganado y venderlo en México. Confiando en que su viejo amigo y mentor el sheriff Wilson (Frank Faylen) haya arrestado al cuatrero, se desplaza hasta el distrito de éste para descubrir que su amigo ya no es el que era y se ha convertido en un viejo cobarde. Cuando Wyatt averigua que Clanton ha jugado a las cartas con el pistolero, jugador y ex dentista John Holliday (Kirk Douglas) decide interrogarlo, pero John se niega a decirle hacia donde iban los Clanton. Poco después, Holiday mata a un pistolero en defensa propia, pero detenido por el sheriff local y encerrado en el hotel. Cuando la muchedumbre se dirige a lincharlo, Earp lo salva, con lo que Hilliday se sentirá en deuda con él.  

La verdad es que no era un reto sencillo para John Sturges narrar de nuevo el duelo en OK Corral, tema casi mítico del western. Y no era sencillo porque inevitablemente tendría que competir con la obra maestra de John Ford sobre el mismo suceso Pasión de los fuertes (1946). Así que Sturges plantea el tema desde otro punto de vista, centrándose sobre todo en el origen y la amistad de los dos protagonistas, Wyatt Earp y John Holliday. Pero el problema es que el guión resulta un tanto confuso al intentar abarcar demasiado; la acción transcurre en diferentes ciudades, aparecen también distintos malvados, aunque alguno repite de un modo un tanto forzado, como es el caso de Ringo (John Ireland), y cuando por fin aparece en escena Ike Clanton ya es muy tarde y no adquiere el peso específico que requeriría el duelo final. Todo ello rompe un poco el ritmo, pues no resulta sencillo mantenerlo al mismo nivel a través de tantos avatares; la historia se diversifica en exceso, se pierde densidad y el film se alarga en demasía.

En cambio, la historia gana con el intento del guión de adentrarnos en las relaciones personales de los protagonistas, como por ejemplo en el caso de Holliday y su chica Kate (Jo Van Fleet), lo que me resulta a la larga lo más interesante de la película. Y es que el Duelo de titanes (1957) intenta profundizar en el lado humano de los personajes, en especial con las mujeres, angustiadas por la suerte de sus hijos o esposos. Y aunque Sturges pone todo su empeño en ello, es evidente que no llega a las profundidades y la belleza que le daba a estos momentos dramáticos John Ford. Sturges no consigue conmovernos realmente, sus intentos se quedan en la superficie. Y es que es en estos detalles donde se notan más las carencias del director, que se revela muy bueno a la hora de contarnos la historia y en especial en las escenas de acción. 

Y tampoco termino de entender muy bien al personaje de Wyatt Earp, pues durante todo el film se presenta como un tipo duro, muy seguro, capaz de hacer frente a un grupo de pendencieros desarmado y, de pronto, Sturges lo muestra suplicante y asustado pidiendo ayuda a un enfermo Holliday. Al final, el retrato de Earp, tan noble y tan perfecto, termina por resultarme menos simpático que el de Hollyday, mucho más vivo y más real, con sus demonios y sus defectos.

Estamos por tanto ante un film con elementos psicológicos, típico de la época. Por ello, tal vez, pierda un poco de frescura y sobre todo pierda escenas de acción, que prácticamente se limitan al duelo final. Pero a pesar de estos detalles que no terminaron de convencerme, Duelo de titanes es un western interesante que mantiene el típico conflicto entre el bien y el mal bastante bien definido y añade algunas notas de bienintencionada moralidad, especialmente con la figura de Billy Clanton (Dennis Hopper).

En cuanto al reparto, John Sturges tuvo la suerte de poder contar con dos pesos pesados de la época. Sin embargo, a pesar de su reputación, sigo sin tener a Burt Lancaster entre mis actores favoritos, y menos cuando se pone demasiado serio y trascendente. El problema que tengo con él es que siempre me parece que sobreactua, sus gestos me resultan forzados y su altanería algo artificial. Y encima, comparte protagonismo en esta ocasión con Kirk Douglas, un actor excelente que, desde mi punto de vista, domina en todo momento la escena. Incluso en las situaciones en que exagera, resulta creíble. Un portento. Como también me encanta la actuación de Jo Van Fleet, maravillosa en su rol de enamorada y a la vez dolida novia de Holliday.  

La puesta en escena es muy buena y me gustaron mucho tanto el vestuario (el de las mujeres especialmente) como la ambientación en general, salvando los decorados demasiado evidentes en un par de escenas. Pero lo que no me gustó nada es la canción que escuchamos en los títulos de crédito, Gunfight at the O.K. Corral,  y que se repetirá machaconamente a lo largo del film, con lo que termina por saturarnos.  

Y sin embargo, a pesar de todos los peros expuestos, no dudaría en recomendarla abiertamente. Creo que contiene la esencia de las buenas películas clásicas, está hecha con esmero y yo personalmente la prefiero a la pretenciosa y más empalagosa Los siete magníficos (1960), el film más taquillerode John Sturges.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Lolita



Dirección: Stanley Kubrick.
Guión: Vladimir Nabokov (Novela: Vladimir Nabokov).
Música: Nelson Riddle.
Fotografía: Oswald Morris (B&W).
Reparto: James Mason, Sue Lyon, Shelley Winters, Peter Sellers, Marianne Stone, Diana Decker, Jerry Stovin, Gary Cockrell, Suzanne Gibs, Roberta Shore, Cec Linder, Lois Maxwell, William Greene, Eric Lane, Shirley Douglas, Roland Brand, Colin Maitland, Irvin Allen.


Humbert Humbert (James Mason), un profesor cuarentón, llega a Ramsdale (New Hampshire) en busca de un alojamiento en el que trabajar durante el verano. Visita la casa de la viuda Charlotte Haze (Shelley Winters) pero la actitud de la viuda, extremadamente atenta, le hace dudar si hospedarse ahí. Será cuando conozca a su hija adolescente, Lolita (Sue Lyon), cuando Humbert, que se siente inmediatamente atraído por ella, decida quedarse en la casa.

Llevar a la gran pantalla la polémica novela Lolita de Vladimir Nabokov en 1962 era una empresa decididamente arriesgada. Lógicamente, el director tuvo que modificar ligeramente algunos detalles de la novela, especialmente la edad de Lolita. En el libro es una niña de doce años que pasa a tener catorce en el film, si bien en ningún momento se concreta la edad durante la película. Queda el dato, pues, a la libre elección del espectador. Pero lo que sí se remarca es que se trata de una joven de corta edad y, en especial, en relación a la edad del profesor.

Hemos de señalar que la película trata el tema de la obsesión de Humbert por Lolita de un modo muy indirecto, evitando los detalles que podían ser más problemáticos de cara a la censura o la opinión pública de la época. De todos modos, comprendemos que Humbert y Lolita tienen relaciones sexuales por múltiples alusiones indirectas y el film, a pesar de evitar ser explícito, contiene una carga erótica muy notable, incluso en nuestros días. Para el recuerdo, el pintado de las uñas del pie de Lolita en los títulos de crédito, que se volverá a repetir mediada la película.

Pero no es este aspecto el más importante quizá del relato, estando presente a lo largo de toda la historia. Lo que más me interesó es cómo la obsesión de Humbert por la niña va creciendo hasta la paranoia y, al mismo tiempo, cómo Lolita va tomando conciencia del poder que ejerce sobre su padrastro y se dedica a torturarlo y mentirle con una crueldad que la alejan de la supuesta inocencia que correspondería a su edad. Y es que Humbert es un ser que se va degradando paulatinamente sin remedio, pero Lolita se va revelando como una astuta y fría manipuladora.

Se omite el detalle presente en la novela de que Humbert sufrió un trauma con su primera novia, una niña de doce años que terminó muerta, lo que explica en el libro su obsesión por Lolita. Pero tal vez en este caso sea un acierto no profundizar en el pasado de Humbert. En el cine hay que ser más directos que en una novela y, por otro lado, esa fijación de Humbert por Lolita se explica sola con la primera mirada del profesor hacia ella.

Es el personaje de Quilty (Peter Sellers) el que menos me gustó. Y seguramente porque recibe un tratamiento bastante cómico y, al tiempo, es del que menos cosas conocemos. Creo que el tratamiento tan ligero que se le da al personaje y la sobractuación de Peter Sellers, dominada siempre por su faceta cómica, rompen de alguna manera el tono dramático del resto de la historia, por lo que Quilty llega a parecer a veces fuera de lugar. Sólo al final, cuando comprendemos que lo único que quería de Lolita era acostarse con ella y explotarla económicamente como actriz erótica, llegamos a vislumbrar su verdadera personalidad.

Pero Lolita es también, especialmente durante la primera parte del film, hasta la muerte de Charlotte, un ejercicio brillante del talento de Kubrick como director. El comienzo de Lolita es soberbio, con la escena en que Humbert mata a Quilty. Kubrick decidió alterar la linealidad de la novela y comenzó por el desenlace, de manera que nos crea ya una intriga y una tensión desde el primer momento. Y además, este comienzo contiene una poderosa y reveladora escena: Quilty se refugia detrás del cuadro de una hermosa joven huyendo de Humbert; éste le dispara a través del cuadro, matando en cierto modo a la retratada también.

Y lo que viene a continuación, durante esta primera parte de la historia, sigue al mismo nivel. El modo en que Kubrick nos narra la atracción inmediata de Humbert por Lolita, cómo la espía, cómo escribe sobre ella en contra de un mínimo de prudencia, como elude constantemente las insinuaciones de la madre de Lolita... todo es un prodigio de dominio de la cámara, de sentido del ritmo, de concisión... hasta que llegamos a la maravillosa escena en que Charlotte le anuncia que va a mandar a Lolita a un internado para que puedan estar los dos solos en casa, entonces Humbert, abatido y desolado, se vuelve y ve, en primer plano ante sus ojos, un revólver. Fabuloso.

Luego, una vez que la madre de Lolita es atropellada, entramos en una fase de la cinta en la que el trabajo de Kubrick se vuelve más normalito, aún dentro de un gran nivel. Y también tenemos a veces la sensación que se alarga demasiado la historia, tal vez porque ya no queda más que el desenlace, que esperamos porque la historia ya nos ha dado todo lo bueno que tenía y nos enfrentamos a ciertas situaciones repetidas.

En cuanto a los actores, la verdad es que a Peter Sellers, como decía antes, lo veo un poco sobreactuado, aunque está claro que convenció al director, que le dio un papel en su siguiente film ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964). Sue Lyon era una joven de dieciseis años en ese momento y es una Lolita preciosa que cumple bastante bien en su papel. Luego, su carrera no daría para mucho. James Mason, como no podía ser de otra manera, está colosal en su papel. Atormentado, paranoico, violento o patético, su interpretación es perfecta. Pero ojo, porque Shelley Winters no le va a la zaga. Su trabajo es maravilloso y en muchos momentos parece quedarse ella sola en la pantalla. Era una gran actriz a la que su físico relegó a papeles secundarios, pero su talento era de primera.

Lolita es un film que no habla exactamente de amor o de enamoramiento, al menos yo no lo veo así. El amor es más generoso, nos convierte en mejores personas. Lo que siente Humbert por Lolita lo envilece y lo degrada, al tiempo que aprisiona a la joven en una carcel y no de oro, precisamente. Lolita es, definitivamente, una gran película, una más de ese director también obsesivo como era Stanley Kubrick, obsesivo, perfeccionista y grande también.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Ojos de serpiente



Dirección: Brian De Palma.
Guión: David Koepp (basado en una historia suya y de Brian De Palma).
Música: Ryuichi Sakamoto.
Fotografía: Stephen H. Burum.
Reparto: Nicolas Cage, Gary Sinise, Carla Gugino, John Heard, Stan Shaw, Kevin Dunn, Michael Rispoli, Joel Fabiani.


Ricky Santoro (Nicolas Cage) es un corrupto agente de policía de Atlantic City, adicto a los sobornos y a la buena vida. Durante una velada de boxeo por el campeonato del mundo de los pesos pesados, a la acude el Secretario de Defensa de los Estados Unidos, cuya seguridad corre a cargo de su mejor amigo, el comandante Kevin Dunne (Gary Sinise), el Secretario de Defensa es asesinado. Ricky se pone al mando de la investigación para intentar ayudar a su amigo, que se autoinculpa por no haber podido proteger al secretario, pero pronto descubrirá que hay más de una persona implicada en el atentado.

La verdad es que Ojos de serpiente (1998) es uno de esos thrillers que, la primera vez que lo ves, te engancha a la pantalla desde el primer minuto y te mantiene en vilo hasta el final. Luego, en una segunda visión, cuando la sorpresa inicial ha desaparecido, te vas dando cuenta de sus limitaciones, sus pequeños defectos y su gran simplicidad. Pero aún así, la película se salva gracias, especialmente, a la sabia dirección de Brian De Palma. Es de esos films en que se nota la experiencia y la pericia del director, que es el que le aporta ese algo más que la rescata de la mediocridad.

Y es que la historia que nos cuenta Ojos de serpiente es muy sencilla y no especialmente novedosa. Tenemos al protagonista de la película que, siguiendo la moda actual, es un dechado de defectos; estamos una vez más ante el típico antihéroe. Luego, de fondo, está la conspiración para eliminar al polítco eficiente que pretende echar por tierra un proyecto que podría aportar millones de dólares a sus promotores. Se le añade un malo terrible, capaz de cualquier cosa para salirse con la suya, incluso traicionando a los suyos, protagonista incluido, y una atractiva joven metida en la trama de un modo un tanto forzado. Y con todo ello ya tenemos un argumento bastante plausible, bien engranado y que en manos de De Palma nos da para cien minutos de tensión y acción sin respiro.

Uno de los grandes aciertos de la historia es hacer que los dos personajes principales, Ricky y Kevin, sean amigos íntimos. Gracias a este truco, el sacrificio del policía corrupto adquiere mayores dimensiones y la maldad del villano es aún más patente y más odiosa. Y es que si el héroe ha de serlo venciendo grandes obstáculos, su azaña nos conmoverá más, y si el villano es especialmente malvado, es resultado será mucho mejor. Es evidente que De Palma ha sabido pulsar esta clavija con gran acierto.

Pero lo mejor es que De Palma saca petróleo de una historia muy sencillita que, tal vez, en manos menos expertas hubiera dado lugar a un thriller menos poderoso. Y es que el director, ya desde el plano secuencia inicial, nos da muestras de su capacidad para explotar al máximo las situaciones. Y luego sigue demostrándolo con la hábil manera de narrar la historia, volviendo sobre los acontecimientos para presentarlos desde diferentes puntos de vista, según sea quién cuente lo sucedido. Y además es que consigue engancharnos y mantener la tensión con este estilo tan dinámico y sin que en ningún momento nos resulte ni confuso ni cansino. Es más, disfrutamos de la recreación del atentado y casi nos sentimos Santoro, buscando pistas entre los recuerdos de los testigos y la vigilancia de las cámaras de televisión.

El único pero que le pongo a De Palma es el combate de boxeo. Me cuesta creer que se trata de un campeonato del mundo, tanto por los púgiles como por la burda manera en que está recreado el combate. Salvo este detalle, la labor del director es sobresaliente.

Sin embargo, no todo tiene este gran nivel. Como decía antes, la historia es demasiado simple, aunque resulta verosímil. Sin embargo el personaje de Julia (Carla Gugino) está metido un tanto a presión, si bien termina encajando bastante bien en la historia. Tampoco me gustó el giro final del argumento, cuando el campeón del mundo, Lincoln Tyler (Stan Shaw), se pasa "al lado oscuro". Y es que, lamentablemente, el buen arranque de la película se va deshaciendo poco a poco hasta un final menos brillante de lo esperado. El recurso a la furgoneta de policía chocando con el edificio y descubriendo a Kevin pistola en mano es una solución bastante pobre y chapucera. El colofón a todo ésto es el epílogo del film: el ascenso a los cielos de Ricky y su posterior caída, con la promesa de una bonita historia de amor con la bella Julia incluida. Sinceramente, toda esta parte está de más. Hubiera sido mucho mejor concluir con la escena de la muerte de Kevin y dejar que cada uno de los espectadores se fabricara su propio epílogo. El planteado por De Palma suena a lección de moralidad barata.

Y en cuanto a los actores, decir que Nicolas Cage me gusta bastante, aunque es cierto que al comienzo de la película está un poco sobreactuado. Por suerte, conforme avanza la historia su personaje se va haciendo más creíble y Nicolas se contiene algo más. Gary Sinise resulta también un buen villano, especialmente por esa mirada tan especial, rozando al psicópata, si bien su actuación no es nada especial. Y de Carla Gugino, pues decir que está guapísima; quizá de más, porque uno piensa que disfrazarse de rubia espectacular no es lo más inteligente para pasar desapercibida.

Así pues, Ojos de serpiente es un film que va de más a menos; arranca de un modo brillante y con una intriga muy prometedora pero poco a poco va perdiendo fuerza y va cayendo a terrenos más banales, con un argumento que se vuelve bastante previsible y, especialmente, un final y un epílogo que no eran los que se merecía el comienzo de este film. Pero aún así, creo que se trata de un thriller que funciona bastante bien y que nos hará pasar un muy buen momento de tensión e intriga.