El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.
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miércoles, 3 de noviembre de 2021

Katharine Hepburn



Si tuviera que hacer un listado con las mejores actrices de todos los tiempos, sin duda Katharine Hepburn estaría en los puestos de honor. No era la más guapa, lo cuál tiene más mérito en un Hollywood donde primaba la belleza, pero era inteligente, culta, adelantada a su tiempo y, sobre todo, una actriz excelente.

Katharine nació en 1907, un doce de mayo, en la localidad de Hartford, en el estado de Connecticut. Era la segunda de seis hermanos y se crió en una familia acomodada y culta, lo que marcaría su personalidad. Sus padres eran muy progresistas e inculcaron en sus hijos el gusto por la libertad de opinión y de pensamiento. De su madre heredó sin duda la lucha por la igualdad de las mujeres, pues abogó por el control de natalidad y el derecho al voto femenino. Esta educación marcaría su devenir profesional y personal.

A parte de su educación avanzada, sus padres también fomentaban el desarrollo físico para sus hijos y Katharine destacó desde niña en la práctica de varios deportes, como la natación, atletismo, el golf, el tenis o montar a caballo. Incluso en su vejez, Katharine seguiría practicando deporte.

Sus primeros contactos con el mundo de la actuación tuvieron lugar en la universidad, donde empezó a participar con regularidad en funciones de teatro. Le gustaron tanto estas experiencias que, una vez obtenida la graduación en 1928, se decidió a labrarse un futuro como actriz. Para ello, se dirigió a Baltimore y pidió trabajo en una compañía que dirigía un tal Edwin H. Knopf. En su primer trabajo, un pequeño papel del reparto, tuvo buenas críticas, pero en el siguiente fue criticada su voz chillona. Mientras intentaba perfeccionar su dicción, un golpe de suerte le permitió ocupar el papel protagonista en una obra de teatro una vez que la actriz principal había sido despedida. Sin embargo, su actuación fue todo menos exitosa, con lo que también ella fue despedida tras una sola representación. 

Pero Katharine no se desalentaba fácilmente y logró actuar en Broadway, en octubre de 1928, aunque una vez más no logró el reconocimiento que deseaba, además de que la obra fue un fracaso. Al final, logró un puesto como suplente en la obra Holiday de Philip Barry, pero abandonó el papel para casarse en el mes de diciembre con Ludlow Ogden Smith, un hombre de negocios. Sin embargo, el gusto por las tablas era demasiado fuerte y al poco tiempo volvió a retomar un papel de suplente.

Desde ese momento, Hepburn ya no dejó de actuar y prepararse como actriz. Su vocación estaba encaminada, aunque seguía teniendo problemas para destacar realmente, limitándose a pequeños trabajos, algunos con cierto éxito, otros menos afortunados, como cuando a Leslie Howard no le gustó su actuación durante los ensayos de The Animal Kingdom y la actriz fue despedida. 

Finalmente, en 1932, Katharine fue elegida para la obra de teatro The Warrior's Husband. Interpretaba a una muchacha atlética y ello le iba como anillo al dedo, de manera que su actuación fue impecable. Al fin lograba destacar y la crítica así lo reconoció. Gracias a ello, llamó la atención de un cazatalentos de Hollywood que le ofrecerá un papel en un film nada menos que de George Cukor. Katharine pasará la prueba con éxito, impresionando al director muy favorablemente. La película se titulará Doble sacrificio (1932) y compartirá protagonismo con John Barrymore. Su trabajo de nuevo fue acogido con grandes elogios por parte de la crítica y ello le abrió las puertas para firmar un contrato con la RKO, productora de ese film. 

Por esa época, la actriz comienza una relación sentimental con su representante, Leland Hayward. Ambos estaban casados y cuando Leland le propuso a Katharine que se divorciaran de sus respectivos cónyuges, ella declinó la proposición. Siguieron algún tiempo juntos, pero estaba claro que la relación no tenía futuro. También estaba claro que esta aventura y su traslado a Hollywood, distanciándose de su marido, llevaron su matrimonio a un callejón sin salida. Así, en 1934 se divorció, si bien su relación con su exmarido fue siempre amistosa.

Al año siguiente rodó Christopher Strong (Dorothy Arzner), un film menor por el siguió recibiendo críticas positivas. Hepburn destacaba por su marcada personalidad, lo que la distinguía entre las actrices de su época. Pero con su tercera película le llegaría su consagración al ganar nada menos que un Oscar por su actuación en Gloria de un día (Lowell Sherman, 1933), premio que no acudió a recoger, algo que será una constante en su carrera.

Su siguiente papel, la joven Jo March de Mujercitas (George Cukor, 1933) le sirve para continuar en la senda del éxito. El film triunfó y para Katharine ese papel se quedará como uno de sus preferidos. Sin embargo, su siguiente película, Mística y rebelde (John Cromwell, 1934), fue una de las peores de su carrera. Y tampoco mejoró la situación su deseo de volver a probar suerte en el teatro. Le ofrecieron participar en una obra titulada The Lake y la experiencia fue desastrosa, con malas recaudaciones y críticas negativas sobre su trabajo.

De vuelta la cine, la RKO intentó repetir el éxito de Mujercitas con la película The Little Minister (Richard Wallace, 1934), pero el film fue un fracaso. Tras un drama romántico sin importancia, Break of Hearts (Philip Moeller, 1935), el éxito vuelve con Sueños de juventud (George Stevens, 1935) y una nueva nominación al Oscar, aunque esta vez no se llevó el premio.

En su siguiente película repite con George Cukor, con quien le une una relación de amistad desde su primer film juntos, y se estrena con Cary Grant como compañero en la comedia Sylvia Scarlett (1935), aunque el film no tuvo demasiado éxito. Con su carrera bien asentada, puede trabajar con los mejores y así, en 1936, se pone a las órdenes de John Ford en Mary of Scotland, donde encarna a María Estuardo. En línea con su mentalidad adelantada a su tiempo, en Una mujer se rebela (Mark Sandrich, 1936) interpreta a una mujer que tiene un hijo fuera del matrimonio. Volverá a la comedia en Calle de abolengo (George Stevens, 1937) y una vez más, la película no tiene demasiado éxito. Esta racha de fracasos junto a una actitud poco dócil con la prensa y con los fans le van granjeando una mala reputación de persona arisca.

De nuevo se siente tentada por el teatro y trabaja en una adaptación de Jean Eyre. Será precisamente  durante la gira de esta obra que comienza una relación con Howard Hughes y de nuevo, pese al deseo de Hughes, Katharine rechaza casarse con él. Fue un pequeño descanso del cine, al que regresa intentando conseguir en 1936 el papel de Scarlett O'Hara en Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), pero el productor David O. Selznick la rechaza al no considerarla lo suficientemente atractiva para ese papel. En cambio, rodará al año siguiente Damas del teatro (Gregory La Cava), con un papel que recuerda su propia experiencia de una joven de buena familia luchando por convertirse en actriz. 

Volverá a trabajar con Cary Grant en La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938), una alocada comedia que se ha convertido en una de las mejores de todos los tiempos y donde se escenifica el derrumbe del universo ordenado y lógico del protagonista masculino bajo la demoledora y surrealista influencia de Susan (Katharine Hepburn). Sin embargo, en el momento de su estreno la película fue un rotundo fracaso, lo que provocó que el director fuera relegado de su siguiente proyecto y que la propia Katharine tuviera que costear parte de su propio salario.

Esta serie de fracasos fueron los que llevaron a pensar que la culpa era de Katharine Hepburn, de ahí que se le aplique la frase "veneno de taquilla". Ante este estado de cosas, la actriz toma una decisión radical: cancela su contrato con la RKO, pagando ella misma la rescisión, con el objetivo de ganar así una independencia que le permitirá ser la dueña absoluta de sus decisiones.

Decide entonces participar en una película para la Columbia, Holiday (1938), donde vuelve a coincidir con George Cukor y Cary Grant en una nueva comedia que tampoco resultó tener mucho éxito en taquilla.

La carrera de la actriz estaba en esos momentos en su punto más bajo. La industria y los espectadores no la tenían en gran estima, pero el carácter luchador de la actriz no iba a permitir que ellos decidieran su destino. Y el camino que tomó fue de nuevo un regreso al teatro, esta vez con la comedia Historias de Filadelfia (1940), que fue, esta vez sí, un gran éxito y provocó los contactos de varias productoras de Hollywood para adaptar la obra al cine. Hepburn, que poseía los derechos de la obra, se decidió por la Metro-Goldwyn-Mayer y pidió para la dirección a su amigo George Cukor. Como compañeros de reparto contará de nuevo con Cary Grant y el tercero en discordia será James Stewart. La película fue un éxito y le sirvió a la actriz además para recomponer su imagen en Hollywood, además de obtener una nueva nominación al Oscar a la mejor actriz, premio que esta vez tampoco se llevó, pero la carrera de Katharine volvía a enderezarse.

Su siguiente película será muy importante a nivel personal. Se trata de la comedia La mujer del año (George Stevens, 1942), que supone su último trabajo a las órdenes de Stevens y el primero con Spencer Tracy, el hombre más importante en su vida. Durante el rodaje, comienza el romance de ambos, que durará toda su vida, si bien nunca formalizaron oficialmente su amor pues Tracy, católico convencido, ya estaba casado y su religión prohibía la posibilidad del divorcio. De nuevo, Katharine encarna a una mujer de éxito, independiente, fuerte. Sin embargo, la modernidad del personaje tendrá que plegarse en cierto modo a las normas de 1942, pero sin dejar de lado el mensaje de equiparación de la mujer con el hombre. Además, la actriz volvió a ser nominada al Oscar aunque de nuevo se quedó sin el premio.

Tras un breve paréntesis teatral con la obra Sin amor, volvió a reunirse con Tracy en la película La llama sagrada (George Cukor, 1942) en un intento de la Metro de repetir el éxito de La mujer del año. La película no funcionó tan bien como la precedente, pero la pareja volvía a estar genial, demostrando la buena sintonía de ambos.

Katharine Hepburn encadenará entonces una serie de films que no logran alcanzar una gran fama, como Stage Door Canteen (Frank Borzage, 1943), un musical donde se interpreta a sí misma en una aparición menor; Dragon Seed (Jack Conway, 1944), en el curioso papel de una campesina china; la versión para el cine de Sin amor (Harold S. Bucquet, 1945), con Spencer Tracy; Undercurrent (Vicente Minnelli, 1946), film negro donde comparte pantalla con Robert Taylor y Robert Mitchum y una nueva película con Spencer Tracy, The Sea of Grass (Elia Kazan, 1947), y encarnará a Clara Schumann en Melodía inmortal (Clarence Brown, 1947).

La actriz empezó a recomponer su carrera gracias a Frank Capra. Fue la protagonista, junto a Spencer Tracy una vez más, en El estado de la Unión (1948), un drama sobre la carrera política de un industrial con el toque idealista del director. La película funciona bien y permite una nueva colaboración de la pareja protagonista en una divertida comedia: La costilla de Adán (George Cukor, 1949), donde asistimos a la lucha del matrimonio de abogados formado por Hepburn y Tracy con el trasfondo de la lucha de la mujer por ser considerada igual al hombre, algo que casaba perfectamente con la mentalidad progresista de la actriz. La película fue un éxito y asentó a la pareja como un duo realmente atractivo para el público.

Tras un breve paso por el teatro, en esta ocasión interpretando a Shakespeare, Katharine Hepburn protagoniza una de sus mejores películas: La reina de África (1951), dirigida por el magnífico John Huston. Se trata de un film romántico de aventuras donde da la réplica a un soberbio Humphrey Bogart apartado de sus papeles más clásicos. La deliciosa historia de amor entre la remilgada hermana de un misionero y el marinero bebedor y vulgar se ha convertido en un clásico por el que no pasa el tiempo. Bogart se llevó el Oscar y Katharine, una vez más, se quedó a las puertas de recibirlo con su quinta nominación.

Al año siguiente repite con George Cukor y Spencer Tracy en La impetuosa, donde se aprovechan sus cualidades atléticas interpretando a una deportista que domina diversos deportes, como el tenis o el golf, pero que se bloquea en presencia de su novio. Se trata de una comedia amable, pero un peldaño por debajo de sus grandes películas.

Tras La impetuosa, Katharine se traslada a Inglaterra e interpretará a Bernard Shaw en The Millionairess, que intentará llevar al cine más adelante, pero sin éxito.

Katharine Hepburn había terminado por entonces su contrato con la Metro y su siguiente film será en 1955, Locuras de verano (David Lean). La actriz encarna a una mujer soltera que vive una apasionada historia de amor y por la que de nuevo recibe trabajo nominación al Oscar a la mejor actriz. Y de nuevo se queda sin el premio. 

En otra de sus habituales incursiones teatrales, Katharine se va a Australia de gira con la compañía del teatro Old Vic, representando El mercader de Venecia, La fierecilla domada y Medida por medida, todas de Shakespeare. La gira fue un éxito y confirmaba de nuevo la versatilidad de la actriz.

Con El farsante (Joseph Anthony, 1956), junto a Burt Lancaster, volverá a ser nominada como mejor actriz por segundo año consecutivo. De nuevo interpreta a una mujer soltera, un rol acorde con su edad y en el que la actriz parecía moverse con eficacia. También en 1956 trabajará en La falda de hierro (Ralph Thomas), una versión de Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939), la gran comedia interpretada por Greta Garbo. Pero el film no está a la altura y es un fracaso. La propia actriz la consideró la peor película de su carrera.

En Cosas de mujeres (Walter Lang, 1957) repite protagonismo con Spencer Tracy, aunque la película no consigue el éxito de las precedentes comedias de ambos. Y de nuevo regresa en el verano de 1957 al teatro y a Shakespeare repitiendo con El mercader de Venecia y Mucho ruido y pocas nueces. 

Y llegamos a 1959 y a la ambiciosa y extraña De repente, el último verano (Joseph L. Mankievicz), basada en una obra de Tennessee Williams y donde comparte pantalla con Montgomery Clift y Elizabeth Taylor. Un drama rebuscado y particularmente polémico que, sin embargo, tuvo buena acogida y le valió una nueva nominación al Oscar para Katharine, que se volvía a ir de vacío.

Hasta 1962 no vuelve al cine, tras un nuevo período de paso por el teatro, y lo hace bajo la dirección de Sidney Lumet en Larga jornada hacia la noche, precisamente una adaptación al cine de un drama teatral de Eugene O'Neill y por la que la actriz se lleva el premio a la mejor interpretación en el Festival de Cannes de ese año.

Su trabajo se había ido espaciando y ahora no regresará a la pantalla hasta 1967, ocupada en su relación con Spencer Tracy, que pasaba un momento de salud delicado. Y su vuelta será al lado de su compañero sentimental cuando protagonice Adivina quien viene esta noche (Stanley Kramer), una película que denuncia el racismo y que es una hermosa declaración de amor entre Tracy y Hepburn en su novena película juntos. Desgraciadamente, también fue la última, pues Spencer Tracy murió de un ataque al corazón tan solo diecisiete días después de terminar el rodaje. Ello hizo que la actriz no fuera capaz de ver nunca el film entero, por el dolor que le causaba. Katharine Hepburn ganó merecidamente al fin el Oscar por su trabajo. 

En 1968 fue Leonor de Aquitania en el drama histórico El león en invierno (Anthony Harvey) junto a Peter O'Toole y volvió a ganar el Oscar. Tras un largo periplo de nominaciones sin premio, Katharine lograba dos consecutivos, lo que demostraba su gran talento y la reconocía como una de las mejores actrices de la historia.

La loca de Chaillot (Bryan Forbes, 1969) fue, sin embargo, un fracaso de público y crítica, tanto del film como de su trabajo.

En el teatro representará a Coco Chanel en un musical de Broadway, todo un reto para ella, pues no tenía dotes especialmente idóneas para el canto.

Las troyanas (Michael Cacoyannis, 1971), una producción europea basada en una obra de Eurípides, supuso un nuevo experimento en su carrera. Katharine parecía dispuesta a aventurarse en proyectos originales en esos últimos años de su carrera, sin miedo al fracaso, algo muy propio de su fuerte temperamento que la hizo siempre una mujer decidida y valiente.

Tampoco acertó con su siguiente película, A Delicate Balance (Tony Richardson, 1973). En 1975 protagoniza el western El rifle y la Biblia (Stuart Millar), una secuela de Valor de ley (Henry Hathaway, 1969), donde trabajó al lado de John Wayne y en el que interpretaba a una misionera solterona, papel que nos recuerda inevitablemente al de La reina de África.

Y en 1976 volvió al teatro en Broadway trabajando en una pieza de Enid Bagnold, A Matter of Gravity.

La gran aventura en globo (Richard A. Colla, 1978) es otro de esos trabajos que la actriz acepta por cuestiones personales, en este caso porque le ofrecía la posibilidad de montar en globo. La comedia fue un rotundo fracaso.

Por estos años, la actriz había empezado también a participar en películas para la televisión. Se estrenó en 1973 con un drama de Tennessee Williams, El zoo de cristal. En 1975 rodó con Laurence Olivier El amor en ruinas, dirigida por George Cukor. Y fue precisamente con otro telefilm con el que filmó su décima y última colaboración con su amigo George Cukor. Se trata de El trigo está verde, de 1979.

Katharine es ya mayor y empieza a ser muy perceptible un temblor incontrolado de su cabeza. Pero ello no es impedimento para la actriz que, además, sabrá utilizar este problema de salud para dar mayor verosimilitud a sus personajes. Es lo que sucede cuando rueda En el estanque dorado (Mark Rydell, 1981), junto a un también anciano Henry Fonda, sobre un matrimonio mayor, los problemas de la vejez y en la relación con los hijos. El trabajo de ambos protagonistas fue perfecto y ambos recibieron sendos Oscars que, en el caso de la actriz, era el cuarto, un récord absoluto.

Lógicamente, el trabajo de la actriz es cada vez más esporádico. Sigue haciendo algún trabajo en teatro, The West Side Waltz en 1981, y en el cine rueda en 1985 La última solución de Grace Quigley (Anthony Harvey), comedia negra en la que interpreta a una anciana deseosa de morir. No es un film muy exitoso, pero demuestra una vez más el arrojo de la actriz incluso bromeando con un tema tan cercano entonces como la muerte.

Hace también pequeños papeles para la televisión, aunque no se trate de nada memorable. Pero al menos sigue activa. Y en 1991 publica sus memorias, Yo: Historias de mi vida que fue un éxito de ventas inmediato.

En 1992 rodó para la televisión The Man Upstairs, junto a Ryan O'Neil y en 1994, con Anthony Quinn, This Can't Be Love, basada en su propia vida.

Su última película para el cine fue Un asunto de amor (Glenn Gordon Caron, 1994), drama romántico que es un remake de Tú y yo, rodada en 1939 y 1957 en dos versiones por Leo McCarey.

Su salud fue deteriorándose irremediablemente a lo largo de la década de los noventa llegando a padecer demencia senil en el tramo final de su vida, que terminó a los 96 años, víctima de un cáncer de garganta, un 29 de junio de 2003.

Nos quedan para siempre sus películas, especialmente aquellas en que sus personajes parecían ser una extensión de sus creencias personales y de su propia personalidad. Porque Katharine Hepburn era diferente a otras actrices de la época, más acordes con el rol de la mujer aceptado generalmente por la sociedad. Pero ella era una mujer moderna, libre, feliz de su independencia, capaz de retar por igual a hombres o mujeres y dueña de su destino. De ahí que no le atrajera nunca la vida social ni el contacto constante con los admiradores. Defensora de su vida privada, permanecía alejada de locales de moda y entrevistas, lo que no la hacía especialmente popular. Tampoco fue una devota esposa, aunque su amor por Spencer Tracy fue incuestionable y eterno, ni madre, papel para el decía no estar preparada. Ella tomaba siempre sus propias decisiones, con una fortaleza y determinación inquebrantables.

Con nada menos que doce nominaciones y cuatro Oscars finalmente ganados, es evidente que estamos ante una actriz excepcional, historia y leyenda del cine.

sábado, 21 de julio de 2018

Alec Guinness



Si hay un actor camaleónico por excelencia este es sin duda Alec Guinness, y el mejor ejemplo de esa cualidad de adoptar y adaptar cualquier papel lo tenemos sin duda en la película Ocho sentencias de muerte (Robert Hamer, 1949), donde el actor interpreta a los ocho personajes del título, incluida una mujer.

Sin embargo, más allá de esa facilidad para cambiar de piel, lo más sorprendente de este actor es su inconmensurable talento. Y eso que no encajaba del todo con el prototipo de galán del star system americano. Por suerte, Alec había nacido en Inglaterra.

Hijo de una madre soltera, nació en Londres el dos de abril de 1914, y jamás supo quién fue su padre. De naturaleza tímida, de pequeño fue un niño solitario que encontraría en la interpretación la manera de expresarse ante los demás.

Si hablamos de vocación, ésta se le puede aplicar sin reservas a Alec Guinness, que ya en la escuela descubriría su gran pasión: actuar. Así que pronto se orientó hacia el mundo del teatro, estudiando en la Fay Compton Studio y debutando en 1934 en Queen Cargo, donde ya interpreta, a modo de premonición, a tres personajes diferentes. En esos años trabajará en algunas adaptaciones de Shakespeare y Chejov, cimentando su talento, al igual que habían hecho otros célebres actores británicos que habían comenzado en el teatro, como Laurence Olivier, Ralph Richardson o John Gielgud. El propio actor reconocía en sus memorias que acudir al teatro, maquillarse y salir a escena era lo que más le gustaba en la vida.

Sería su trabajo en Grandes esperanzas, adaptación teatral de la novela de Charles Dickens, en 1939, lo que despertará la atención del director David Lean y, tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, éste lo llamaría para trabajar en su adaptación al cine de esa misma obra, bajo el título de Cadenas rotas (1946). Aunque había aparecido en un papel muy secundario y sin acreditar en la película La canción del crepúsculo (Victor Saville, 1934), éste trabajo con Lean debe ser considerado el verdadero debut de Alec Guinness en el cine; y el comienzo también de una fructífera relación entre el director y el actor que nos dejará, como veremos más adelante, algunas gloriosas películas que están entre lo mejor de los dos artistas y que forman ya parte de la historia del cine.

En 1948 repite con otra adaptación literaria de Dickens: Oliver Twist, también bajo las órdenes de David Lean, y donde podemos verlo en una de sus caracterizaciones más logradas y recordadas: el ladrón Fagin, donde está casi irreconocible. Lean consigue en este drama retratar con crudeza los bajos fondos de la sociedad inglesa de aquella época.

Sin embargo, será trabajando en los famosos estudios Earling y sus disparatadas comedias donde Guinness irá cimentando su carrera, apoyado en una versatilidad asombrosa, como demuestra en la ya mencionada Ocho sentencias de muerte (Robert Hamer, 1949). Del mismo año es A Run for Your Money (Charles Frend), sobre dos mineros galeses que ganan un premio de 100 libras y entradas para un partido de rugby en Londres.

En 1950, cambiando de registro, rueda el drama Las últimas vacaciones (Henry Cass), sobre un hombre que descubre que le poco tiempo de vida y decide pasarlo disfrutando de sus últimos meses en un lujoso hotel. Ese mismo año rueda El diablillo y la reina (Jean Negulesco), volviendo de nuevo a la comedia. La película narra como un niño, deseando conocer a la reina Victoria, se cuela en el palacio.

Alec Guinness tendrá la suerte de trabajar en algunas de las más míticas comedias de los estudios Earling, como Oro en barras (Charles Crichton, 1951), interpretando a un empleado de banco que, cansado de su triste vida, planea el robo de oro de su empresa. Por este trabajo recibirá su primera nominación al Oscar como mejor actor. 

En 1951 protagoniza también la comedia El hombre del traje blanco (Alexander MacKendrick), en el que da vida a un inventor que crea el traje irrompible y que no se mancha, lo que provocará la oposición de industriales y obreros del textil por miedo a quedarse sin trabajo. El personaje (Ronald Neame, 1952) es otra amable comedia sobre un joven ambicioso con pocos escrúpulos.

Esta década será muy fructífera y el actor no dejará de rodar una película tras otra. Son obras menores, pero con algunos hitos en la historia del cine inglés del momento. Así, en 1953 participa en dos películas más: El paraíso del capitán (Anthony Kimmins), sobre un marino con dos amores en diferentes ciudades, e Historia de Malta (Brian Desmond Hurst), un drama bélico ambientado en la Segunda Guerra Mundial.

En 1954, mientras rodaba El detective (Robert Hamer), en el que Guinness da vida al padre Brown, un párroco con alma de detective, el actor y su esposa de convertirán al catolicismo. También con Robert Hamer trabajará en A París con el amor (1955), de nuevo una comedia romántica ligera. Y ese año, 1955, también dará para un drama como El prisionero (Peter Glenville), donde Alec Guinness será un cardenal acusado de traición dentro del marco de la Segunda Guerra Mundial. Para la televisión, rodará Baker's Dozen (Desmond Davis).

Pero la película más importante de ese año será El quinteto de la muerte, de nuevo a las órdenes de MacKendrick. Se trata de una célebre comedia negra, convertida ya en un clásico del cine inglés, sobre un grupo de ladrones que instalan su cuartel general en casa de una anciana a la que, cuando descubre sus planes, intentarán silenciar. La película tuvo un muy buen remake en 2004 dirigido por los hermanos Coen y donde el personaje de Alec Guinness será interpretado en esta ocasión por Tom Hanks.

Con El cisne (Charles Vidor, 1956), el actor da el salto a Estados Unidos. La película es un melodrama sobre una joven obligada a casarse con un hombre al que no ama. Ambientada en Europa, comparte cartel con Grace Kelly, que ese mismo año se retiraría del cine para convertirse en princesa de Mónaco.

Sin embargo, Alec Guinness seguía siendo a estas alturas básicamente un buen actor inglés. El salto definitivo a la fama mundial y el reconocimiento a su descomunal talento le llegará de la mano de su descubridor para el cine, David Lean, y su soberbia El puente sobre el Río Kwai (1957), con la que ganará el Oscar al mejor actor dando vida al polémico coronel Nicholson, cuyo sentido del deber y fidelidad a las normas le lleva a un acto que se asemeja mucho a la traición. La película, soberbio film que trasciende el género bélico para mostrarnos una reflexión muy profunda sobre el ser humano y conceptos como la obediencia, el deber o la disciplina, ganó siete Oscars y dejó claro que su protagonista era un actor colosal.

De nuevo en los estudios Earling, el actor rodará Barnacle Bill (Charles Frend, 1957), comedia sobre un marino que le tiene miedo al mar. Sigue al año siguiente, en Inglaterra, con otra comedia, Un genio anda suelto (Ronald Neame), donde será un excéntrico pintor londinense y por la que recibió una nueva nominación al Oscar, pero esta vez por el guión de la película, adaptado por el propio actor. Y, de nuevo a las órdenes de Robert Hamer, rodará en 1959 un film de intriga, Donde el círculo termina, en la que un acaudalado conde engaña a un hombre que se le parece muchísimo y le obliga a hacerse pasar por él.

Vuelve a trabajar para la televisión ese mismo año en la serie Startime, en esta ocasión en Estados Unidos. La serie se componía de varios capítulos independientes, como uno de Alfred Hitchcock u otro que hacía un remake de El cantor de Jazz, con Jerry Lewis. El episodio protagonizado por Guinness era The Wicked Scheme of Jebal Deeks, sobre un empleado de banca que en veinte años no ha recibido ningún ascenso, lo que le lleva a intentar cambiar su situación, y le supuso al actor ser nominado a los Emmy como mejor actor.

Esta fructífera década en la carrera de Guinness se cierra con su trabajo en Nuestro hombre en La Habana (Carol Reed, 1959), adaptación de la conocida novela de Graham Greene, donde interpreta a un comerciante inglés que se ve involucrado, contra su voluntad, en el mundo del espionaje.

El broche de oro a esta prodigiosa década lo pondrá su nombramiento como Caballero en 1959 por la Corte británica, por sus méritos como actor. Desde entonces será Sir Alec Guinness.

La década de los 60, crucial en la carrera del actor, comienza con un drama militar inglés en torno a la disciplina que quiere imponer el nuevo oficial al mando de un regimiento, Whisky y gloria, de Ronald Neame. Y siguiendo con esa alternancia de continentes, la siguiente película de Alec Guinness la rueda para la Warner. Se trata de un drama con toques de comedia dirigido por Mervyn LeRoy, A Majotity of One (1961), sobre la relación amorosa de una judía y viudo japonés, papel interpretado por Alec Guinness. Al año siguiente regresa la cine inglés con Motín en el Defiant (Lewis Gilbert), que viene a ser la réplica de la Columbia Pictures a Rebelión a bordo (Lewis Milestone), de la Metro, y que se estrenó también ese mismo año.

Pero la película que marcará ese 1962 será, de nuevo de la mano de David Lean, la espectacular Lawrence de Arabia, donde encarna a un astuto y algo desengañado Príncipe Feysal, con una nueva caracterización más, esta vez de árabe. La película, sobre la vida del polémico y enigmático militar inglés se llevó siete Oscars, demostrando de nuevo la genialidad del director para las grandes super producciones, siempre con mucho más que contar que las meras hazañas militares.

En 1964 participó en el reparto de La caída del Imperio Romano (Anthony Mann) dando vida a Marco Aurelio. Con Situación desesperada, pero menos (Gottfried Reinhardt, 1965), Guinness regresa a la comedia, esta vez en un ambiente militar, donde se cuenta cómo un funcionario alemán mantiene a dos militares americanos prisioneros una vez terminada la Segunda Guerra Mundial.

Y en 1965 también, otra vez con David Lean, Alec Guinness vuelve a crear unos de sus personajes inolvidables al interpretar a Yevgraf, el hermano comunista de Yuri en Doctor Zhivago, la tercera gran super producción de Lean ganadora esta vez de cinco Oscars. De nuevo una obra maestra, un film espectacular, hermoso y cautivador, sobre la naturaleza humana expuesta a situaciones extremas. Será la última gran película de Lean.

A estas alturas, Alec Guinness es una figura reconocida en todo el mundo, actuando tanto como protagonista como gran secundario en muchas películas. Sin embargo, cualquier papel que interpreta lo dota de una profundidad inusual, creando personajes que han pasado a la historia del cine sin ser precisamente las primeras figuras del reparto, como en el caso de Doctor Zhivago, donde comprobamos cómo llena la pantalla en las breves escenas en que es protagonista. Su personaje destila fuerza y autoridad, pero a la vez es capaz de dotarlo de un lado amable, comprensivo y hasta tierno.

Hotel Paradiso (Peter Glenville, 1966), una comedia romántica que había tenido gran éxito en su versión teatral, con Alec Guinness también de protagonista, fue su siguiente película, ambientada en un hotel que sirve de lugar de encuentro para citas románticas. A esta película le siguió, ese mismo año, Conspiración en Berlín (Michael Anderson), un thriller de espionaje no demasiado brillante.

En 1967, con Los comediantes, vuelve a trabajar a las órdenes de Peter Glenville. Con guión de Graham Greene, autor de la novela en que se basa la película, ésta destaca especialmente por el buen reparto, donde Guinness comparte cartel con Richard Burton, Elizabeth Taylor, Peter Ustinov y Lillian Gish en una trama centrada en el Haiti de Duvalier.

En 1969 participó en un capítulo de la serie de televisión Thirty-Minute Theatre, una serie de la BBC de capítulos cortos que servía de entrenamiento para nuevos escritores y que se extendió de 1965 a 1973. Y también intervino en otra serie en la misma época, ITV Saturday Night Theatre, serie de la ITV entre 1969 y 1974, que también era una especie de campo de entrenamiento para escritores y actores que empezaban sus carreras.

En 1970 será el rey Carlos I en Cromwell (Ken Hughes), drama histórico donde nos deja otro más de su impecables trabajos. También en 1970 participará en un proyecto del todo diferente: el musical Muchas gracias, Mr. Scrooge (Ronald Neame), que no es más que una nueva adaptación de Cuento de Navidad de Charles Dickens.

Con un papel secundario, Guinness trabajará en Hermano sol, hermana luna (Franco Zeffirelli, 1972), una producción italiana sobre la vida de Francisco de Asis.

Al año siguiente será el protagonista de Hitler: los diez últimos días (Ennio De Concini), que retrata los últimos días de Hitler en el poder. Para la televisión rodará The Gift of Friendship (Mike Newell, 1974). Y repetirá para la televisión en Caesar and Cleopatra (James Cellan Jones, 1976) interpretando a Júlio César.

Volverá a la comedia en la surrealista y disparatada Un cadáver a los postres (Robert Moore, 1976), donde encarna a un genuino mayordomo... ciego en esta pequeña parodia que se burla de las novelas de detectives.

Y con La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), que más tarde, con la aparición de nuevos episodios de la saga cambiaría su título por La guerra de las galaxias. Episodio IV: Una nueva esperanza, le llegaría uno de sus papeles más conocidos: el de Obi-Wan Kenobi, el maestro Jedi que enseña al joven Luke Skywalker. Por este trabajo volvió a ser nominado al Oscar como mejor actor de reparto.

Sin embargo, a pesar del éxito de la película y la gran aceptación de su papel por los fans de la saga, Alec Guinness no se sentirá muy a gusto en esta producción, que le parecía una solemne tontería. Solamente aceptó el trabajo por las excepcionales condiciones económicas del acuerdo, con una participación en los beneficios que resultó muy beneficiosa para él y que le obligaba a participar también en las continuaciones El imperio contrataca (Irvin Kershner, 1980) y El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983). Incluso la muerte de su personaje en el film se 1977 se dice que fue una petición suya para poder dejar el proyecto.

En esa época, Alec Guinness rodará dos mini series de televisión dando vida a George Smiley, el agente secreto protagonista de las novelas de John Le Carré. Son Calderero, sastre, soldado, espía (John Irving, 1979) y Los hombres de Smiley (Simon Langton, 1982). Una vez visto su trabajo, resulta imposible concebir otro actor más apropiado para encarnar al astuto y discreto agente británico.

En 1980, la academia de Hollywood le otorgaría su segundo y último Oscar, esta vez honorífico, en reconocimiento a su gran contribución a la historia del cine.

No siempre participó en buenas películas y un buen ejemplo de ello es Rescaten el Titanic (Jerry Jameson, 1980), una película ambiciosa pero fallida que intenta mezclar drama con thriller sin mucha convicción.

En 1980 también trabajó en una película para la televisión, medio que, como se ve, nunca despreció, El pequeño Lord (Jack Gold), adaptación de una novela de Frances Hodgson Burnett y que es un remake de la película de 1936 dirigida por John Cromwell, que narra las aventuras de un niño americano que resulta ser el heredero de un noble inglés, por lo que tendrá que ir a vivir a Inglaterra.

En 1983 trabajará en Loco de amor (Marshall Brickman), donde a un psiquiatra enamorado de una paciente se le aparecerá el espíritu de Sigmund Freud, papel interpretado por Alec Guinness.

En 1984 rodará su última película con David Lean, Pasaje a la India, donde será un excéntrico brahmán, en una nueva y divertida caracterización más, sin duda una de sus señas de identidad más reconocida. Y en ese mismo año será el protagonista de una comedia para la televisión, Edwin (Rodney Bennett), sobre un juez retirado que intenta averiguar si su esposa le ha sido infiel. Y sin salir del mundo de la televisión, el actor participó también en la serie Great Performances en 1987.

Su última nominación a los Oscar, también como actor secundario, le llegaría por otra adaptación de una novela de Dickens, La pequeña Dorrit (Christine Edzard, 1988), demostrando que la edad no le había restado ni una gota de talento.

Alec Guinness siguió en activo con pequeños papeles en películas inglesas, como en Un puñado de polvo (Charles Sturridge, 1987), adaptación de una novela de Evelyn Waugh, sobre la aventura extra matrimonial de una joven cansada de su vida, o en Kafka, la verdad oculta (David Soderberg, 1991), drama biográfico en torno a la figura del escritor.

Participará en 1992 en un capítulo de la serie de televisión Performance, sobre textos clásicos y contemporáneos de escritores como Shakespeare o Chejov. Y vuelve a repetir en la serie de la BBC Screen One en 1993.

Finalmente, en 1995, Testigo mudo (Anthony Waller) nos deja su último trabajo en el cine, un thriller modesto sobre una testigo de un asesinato muda. Sin embargo, su último trabajo tras las cámaras tendrá lugar al año siguiente en la comedia para televisión El día del esquimal, de Piers Haggard.

Los últimos años de su vida los pasó retirado en el sur de Inglaterra, llevando una tranquila vida junto a su esposa. Morirá el cinco de agosto del año 2000, con 86 años.

Alec Guinness fue Papa, dictador, príncipe árabe, ladrón, japonés, brahmán hindú, agente secreto, militar, mayordomo, emperador romano, rey y hasta mujer. Y siempre nos dejó un trabajo directo, aparentemente sencillo, sin artificios, pero totalmente convincente, personal e inimitable. Un actor versátil, modesto y muy cercano. Su lugar entre los mejores es indiscutible.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Spencer Tracy



Descubrir a Spencer Tracy es descubrir a un actor especial, dotado con un talento único. A primera vista puede que no llame la atención y en eso reside precisamente su gran talento: Spencer Tracy es la naturalidad personificada. Es capaz de permanecer impasible delante de la cámara, en un primer plano de varios segundos y al mismo tiempo nos está expresando algo. ¿Como lo consigue?

Spencer Tracy nació el cinco de abril de 1900 en Milwaukee y era el segundo hijo de un matrimonio católico de origen irlandés. El hecho de ser educado y pertener a la iglesia católica será un elemento fundamental en la vida de Spencer.

Fue un niño travieso al que expulsaron de varios colegios hasta que, decidido a ser sacerdote, comenzó a reconducir su comportamiento. A los diecisiete años, junto a su amigo Pat O'Brien, también de Milwaukee, de origen irlandés y futuro actor, se alista en la Marina con la intención de participar en la Primera Guerra Mundial, aunque la guerra se acabará antes de que puedan entrar en combate.

De regreso a su casa, comienza a hacer sus pinitos como actor teatral mientras estudia en la universidad, hasta que decide marcharse a Nueva York, de nuevo en compañía de O'Brien, para seguir estudios de interpretación en la Academia de Arte Dramático de la ciudad. En Nueva York también, en el año 1923, se casará con Luise Treadwell.

Poco a poco, Tracy se va abriendo camino en Broadway, donde logra triunfar y donde es descubierto por John Ford mientras interpretaba la obra de teatro The last mile. Comienza así a trabajar en el cine, debutando con Ford en 1930 con el film Río arriba. Será en 1935 cuando firme un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer, compañía en la permanecerá durante casi toda su carrera.

En estos primeros años, Spencer Tracy va cimentando su reputación con participaciones en films dirigidos por los mejores directores de la época, como Mi chica y yo (Raoul Walsh, 1932), Veinte mil años en Sing Sing (Michael Curtiz, 1932) o Furia (Fritz Lang, 1936), donde Tracy de muestra su gran versatilidad interpretando a un hombre que pasa de ser la bondad personificada a convertirse en un hombre lleno de odio que busca desesperadamente vengarse de aquellos que lo quisieron linchar. De 1936 también es la película San Francisco (W.S. Van Dyke), por la que recibirá la primera candidatura como mejor actor.

Pero, a pesar de esa gran interpretación, la cumbre la alcanzará al año siguiente con su papel del entrañable Manuel, un pescador portugués que cuidará y educará a un caprichoso niño rico en Capitanes intrépidos (Victor Fleming), papel por el que se llevó su primer Oscar. Por si quedara alguna duda de su talento, Tracy repitió premio al año siguiente con Forja de hombres (Norman Taurog), donde interpreta al famoso padre Flanagan, el creador de la Ciudad de los Muchachos. Fueron los dos únicos Oscars que ganó durante su larga carrera de un total de nueve nominaciones.

Serán estos papeles los que crearán esa imagen de hombre bueno y sencillo con la que identificamos a Spencer Tracy y por los que ha pasado sin duda a la historia del cine. Pero Tracy era mucho más que eso. Lo demostró, como decíamos antes, en Furia y lo hará en otros muchos papeles, pues en su dilatada carrera llegó a encarnar desde un gánster a un alcalde o un sacerdote.

Si los años treinta fueron vertiginosos en cuanto a trabajo y cimentó en ellos su reputación de gran actor, en los cuarenta Tracy siguió en la cresta de la ola con trabajos como Edison, el hombre (Clarence Brown, 1940), Paso al noroeste (Henry King, 1940) o El extraño caso del Dr. Jeckyll (Victor Fleming, 1941). Pero esta década también marcó su vida y su carrera al conocer en 1942 al gran amor de su vida, la actriz Katharine Hepburn, en el rodaje de La mujer del año (George Stevens, 1942), una comedia centrada en la lucha de sexos. Será la primera de las nueve que películas que ruedan juntos y el comienzo de una larga y un tanto agitada relación. Es célebre el hecho de que ambos jamás llegaron a consolidar su relación por medio del matrimonio a causa de las firmes creencias religiosas de Tracy, que le impieron divorciarse de su esposa a pesar de estar profundamente enamorado de Katharine.

En esta década repitió con la actriz en Llama sagrada (George Cukor, 1942), Sin amor (Harold S. Bucquet, 1945), Mar de hierba (Elia Kazan, 1947), El estado de la Unión (Frank Capra, 1948) y La costilla de Adán (George Cukor, 1949), famosa comedia de tintes feministas en la que se vuelve al tema de la lucha de sexos entre un matrimonio de abogados.

Tracy comienza la nueva década con un gran éxito de crítica y de público: El padre de la novia (Vincente Minnelli, 1950), comedia blandita sobre las tribulaciones de un padre ante la boda de su hija, interpretada por una hermosa Elizabeth Taylor. Spencer Tracy recibió por su interpretación una nominación al Oscar. La buena acogida de la película lleva a filmar al año siguiente El padre es abuelo (Vicente Minnelli), donde repiten los protagonistas esta vez con el nacimiento de un nieto como núcleo de la historia.

Tras rodar en 1954 el western Lanza rota a las órdenes de Edward Dmytryk, Tracy es de nuevo nominado como mejor actor por Conspiración de silencio (John Sturges, 1955), un intenso drama rural donde Tracy vuelve a brillar con luz propia. En 1958, Tracy vuelve a trabajar con John Ford en El último hurra, un buen drama político con el actor en la piel de un veterano y honrado alcalde que ha de hacer frente a los manejos de las fuerzas vivas de la ciudad. También de este año es la adaptación de la novela de Ernest Hemingway El viejo y el mar (John Sturges), por la que vuelve a ser nominado al Oscar.

La década de los años sesenta será la de sus últimos trabajos. Son sus cinco últimas películas, cuatro de las cuales las rueda a las órdenes de Stanley Kramer: La herencia del viento (1960), basada en un caso real sobre el juicio a un profesor por enseñar la teoría de la evolución de las especies, ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg) (1961), por la que volvería a ser nominado al Oscar, El mundo está loco, loco, loco (1963), una alocada comedia, y Adivina quién viene esta noche (1967), sobre los prejuicios raciales y por la que de nuevo el actor sería nominado al Oscar.

En medio de estos trabajos con Kramer, Tracy trabajaría con Mervyn LeRoy en El diablo a las cuatro (1961), film de aventuras que anuncia el subgénero de catástrofes que invadirá las pantallas en los setenta.

Poco después de terminar el rodaje de Adivina quién viene esta noche, Spencer Tracy moriría de un ataque al corazón. Era el diez de junio de 1967 y tenía sesenta y siete años de edad.

Spencer Tracy no tenía un carácter fácil. Además de sus firmes convicciones católicas, que hicieron que permaneciera casado toda su vida con Louise Treadwell, con quién tuvo dos hijos, a pesar de su que estaba profundamente enamorado de Katharine Hepburn, Tracy también era alcohólico. Sin embargo, la imagen que nos ha trasmitido a lo largo de su carrera es la de un hombre honrado y de firmes principios. Siempre le hemos visto defender causas justas, como la de la igualdad de sexos (La mujer del año) o de razas (Adivina quién viene esta noche), o encarnar a personas esencialmente buenas, como su Manuel de Capitanes intrépidos o el alcalde de El último hurra. Spencer Tracy siempre estaba del lado de la verdad y del sentido común (¿Vencedores o vencidos?, La herencia del viento), pero también supo encarnar con absoluta credibilidad al americano medio, fiel esposo y honrado ciudadano, preocupado por los asuntos domésticos de la misma manera que millones de hombres en todo el mundo, como demostró en El padre de la novia o en El padre es abuelo.

Con el paso de los años, conforme se iba haciendo mayor, su pelo blanco y sus arrugas nos daban la imagen de un abuelo cariñoso y comprensivo, o de un luchador que se niega a rendirse a pesar de que sus fuerzas flaqueen.

Spencer Tracy se queda lejos de la imagen de glamour y fuerza que desprendían otros actores del Hollywood clásico, del famoso star system, término que no parece cuadrarle muy bien, a pesar de ser uno de los actores de más talento de la historia del cine. Su fuerza provenía de su interior, de los valores que supo encarnar como nadie y trasmitir con absoluta naturalidad. Su fuerza es la de alguien cercano, pero excepcional, la de un luchador inquebrantable pero con sus flaquezas y sus limitaciones de ciudadano corriente, de persona con sus miedos y sus dudas.

Si tuviera que quedarme con una sola escena de su extensa carrera, algo que resumiera su talento y lo que representó para millones de espectadores, me quedaría con el discurso con el que se cierra Adivina quién viene esta noche, todo una demostración de su talento y su naturalidad, de la fuerza de unas convicciones y del intenso amor de toda una vida; un discurso capaz de emocionarnos desde la sencillez más absoluta. Esa sola escena resume y justifica toda una carrera de un actor excepcional.

viernes, 20 de abril de 2012

John Wayne



Si hay un actor identificado con un género este es sin duda John Wayne. Nombrarlo es evocar el cine del Oeste y algunos de los films más importantes del mismo. Por eso esta faceta oculta o difumina el resto de su extensa filmografía, en la que ha trabajado en todo de tipo de películas y con una gran variedad de directores, aunque hay dos con los que se le vincula de manera más directa y con los que ha logrado sus mejores registros: John Ford y Howard Hawks. Se puede afirmar que son estos dos directores los artífices del John Wayne más popular e icónico y del que James Stewart llegó a decir que Ford y él eran como padre e hijo.

John Wayne vino al mundo el 26 de mayo de 1907 en Winterset (Iowa) con el nombre de Marion Robert Morrison, siendo el primogénito de Clyde, un veterano de Guerra Civil americana, y Mary, de ascendencia irlandesa. Más tarde nacería Robert, el hermano de John. En 1911, la familia se traslada a vivir a Glendale (California), en busca de un clima más benigno para el padre de John, que montará un rancho, donde su hijo empezará a familiarizarse con los caballos. Será esta mudanza la que influirá en su futuro trabajo como actor.

Apodade The Duke (El Duque), el apodo tiene su origen en un perro que tenía de niño, llamado Little Duke, por lo que a John, por contraposición, le empezaron a llamar Big Duke, nombre que Wayne prefería al de Marion, por lo que pronto empezaron a llamarle Duke.

De un físico importante, John Wayne medía más de 1,90, practicó el fútbol americano, primero en la escula secundaria y más tarde en la Universidad de California del Sur, medio para pagarse los estudios, pues su familia no era precisamente adinerada; el rancho familiar había fracasado y Clyde tuvo que volver a su antigua profesión de boticario.

Una lesión le hizo tener que dejar el deporte y, por lo tanto, sus estudios. Pero mientras estudiaba en la universidad, John Wayne comienza a hacer pequeños trabajos en mundo del cine gracias a Tom Mix, el célebre actor del cine mudo, que se fijó en su buena condición física y le ofreció los primeros trabajos en la Fox, donde hacía un poco de todo. Y también es entonces cuando conoce a un joven John Ford que daba sus primeros pasos como director. Desde esos primeros instantes se fue forjando su gran amistad.

Sus primeros trabajos fueron modestos. De hecho, la primera vez que participa en un film ni siquiera aparece en los créditos. Era en una película de Jack Conway titulada Brown of Harvard (1926). Siguió con pequeños papeles, que a menudo le proporcionaba su amigo Ford, destacando su participación en una película, aún como Duke Morrison, titulada Maker of Men (Edward Sedgwick, 1931), donde salía como jugador con parte de su equipo universitario de fútbol americano.

Pero Marion Morrison no le parecía el nombre más adecuado, así que anduvo barajando posibilidades hasta que Ford le sugirió el apellido Wayne, al que el actor añadió definitivamente John. Nació así el nombre con el que será conocido desde entonces y que aparece ya en su primer trabajo como protagonista, a las órdenes de Raoul Walsh en La gran jornada (1930). La película no funcionó, pero Wayne ya tenía el rol de protagonista, que era lo importante.

Siguieron trabajos en películas de escasa importancia, de serie B, para diferentes productoras y géneros diversos, pero no será hasta 1939 y el film La diligencia, de John Ford, cuando Wayne se convertirá en una estrella. La diligencia supuso el primer western serio y adulto del cine, género que a partir de esta película consigue el reconocimiento de la crítica e inicia su período de esplendor. Es significativo que sea John Wayne el que ya entonces le ponga rostro al vaquero de la nueva etapa del western.

A partir de La diligencia, la carrera de John Wayne fue imparable. En 1940 ya protagoniza Mando siniestro (Raoul Walsh), un western, Hombres intrépidos (John Ford), ambientada en la Segunda Guerra Mundial, o Siete pecadores (Tay Garnett), con Marlene Dietrich, con la que se le relacionó sentimentalmente.

La actividad frenética de John Wayne no había hecho más que comenzar. Especialmente en los años 40 y 50, Wayne encadenaba un rodaje tras otro. Así, trabajará como protagonista en diversos films, como el de aventuras Piratas del Mar Caribe (Cecil B. De Mille, 1942),  o en Reunión en Francia (Jules Dassin, 1942), con Joan Crawford. En La patrulla del Coronel Jackson (Edward Dmytryck, 1945), drama bélico, compartía reparto con Anthony Quinn, y en No eran imprescindibles (John Ford, 1945), de nuevo con la Segunda Guerra Mundial de telón de fondo, su compañero era Robert Montgomery.

A finales de los 40, Wayne rueda algunos de los títulos míticos de John Ford, como Tres padrinos (1948), Fort Apache (1948) y La legión invencible (1949). Estas dos últimas, junto a Río Grande (1950), con Maureen O'Hara, forman la famosa trilogía de Ford sobre la caballería. En Río rojo (Howard Hawks, 1948) comparte protagonismo con Montgomery Clift, que debutaba con este trabajo en el cine. Y aún tuvo tiempo para rodar otro film bélico antes del final de la década, Arenas sangrinetas (Allan Dwan, 1949).

Los años 50 serán también muy productivos, con algunos de los mejores trabajos de un John Wayne en plena madurez. En 1951 rueda Infierno en la nubes (Nicholas Ray), de nuevo ambientado en la Segunda Guerra Mundial, para volver a trabajar con Ford en un título imprescindible: El hombre tranquilo (1952), la maravillosa recreación nostálgica de Irlanda y en la que John Wayne compartirá rodaje de nuevo con Maureen O'Hara, que se convertirá en una amiga personal de Wayne el resto de su vida, al tiempo que formará con él una de las parejas más inolvidables de la gran pantalla.

Escrito en el cielo (William A. Wellman, 1954) nos presenta a John Wayne como un piloto de aviones, mientras que en El conquistador de Mongolia (Dick Powell, 1956) será nada menos que Gengis Kahn. Pero sin duda el título más importante de ese año 1956, y puede que de toda su carrera, es Centauros del desierto, de nuevo a las órdenes de John Ford, título mítico del western y donde Wayne da vida a todo un antihéroe sediento de venganza, un rol muy diferente a sus otros trabajos y con el que demostraba su madera de actor versátil. En Escrito bajo el sol (John Ford, 1957) volverá a ejercer de aviador y a compartir protagonismo con Maureen O'Hara. Terminará la década en plena forma con Misión de audaces (John Ford, 1959) y Río Bravo (1959), la respuesta de Howard Hawks a Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952), el cuál pensaba, al igual que John Wayne, que no era muy digno de un sheriff ir pidiendo ayuda para cumplir con su deber.

Pero John Wayne no se limitará a su trabajo de actor. Fundará su propia productora, Wayne-Felowes, y también hará sus pinitos como director, tarea en la que debuta en 1960 con la película El Álamo, que también interpreta, y de la que sale bastante bien parado en su nueva ocupación. Su segundo y último film como director será Boinas verdes (1968), también  protagonizada por él. Ambas son dos propuestas con un contenido altamente patriótico, en la línea personal del actor, famoso por su mentalidad conservadora a ultranza y su republicanismo convencido. De hecho, esa mentalidad le granjeó no pocas antipatías y dio lugar a situaciones un tanto curiosas, como cuando John Wayne le prohibió a Martin Scorsese, admirador incondicional de Ford, que hiciese cualquier referencia a La taberna del irlandés (John Ford, 1963) en un film suyo calificado como no apto para menores sin acompañar. También es famoso el incidente que protagonizó en la ceremonia de entrega de los Oscars de 1972, cuando Marlon Brando envió a una india a recoger su Oscar por El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), la cuál leyó una carta escrita por Brando quejándose del trato dado por Hollywood a los indios. Wayne tuvo que ser retenido a la fuerza entre bastidores cuando intentó salir al escenario para impedir que la mujer india leyera esa carta.

Siguiendo con su carrera de actor, Wayne protagonizará en 1960 Alaska, tierra de oro (Henry Hathaway), Los comancheros (Michael Curtiz, 1961) o la espléndida Hatari! (Howard Hawks, 1962), film de aventuras rodado en África. Pero el año de 1962 dará para mucho más. John Wayne participará en dos superproducciones ese mismo año, La conquista del Oeste (John Ford, Henry Hathaway, George Marshall) y El día más largo (Ken Annakin, Andrew Marton, Bernhard Wicki), en el que se recrea el famoso desembarco de Normandía. Pero si tuviera que recordar el año 1962 por una película, esta sería la magnífica El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford), la desmitificación de la historia de Oeste más conmovedora.

Al año siguiente, Wayne está de nuevo con John Ford y Lee Marvin en la comedia La taberna del irlandés (1963), volviendo al western más adelante con Los cuatro hijos de Katie Elder (Henry Hathaway, 1965) o El dorado (Howard Hawks, 1967), una nueva versión de Río Bravo; y no abandona el universo del westerm porque protaoniza a continuación Ataque al carro blindado (Burt Kennedy, 1967), con Kirk Douglas.

Llegamos así al año 1969, en que trabaja en Valor de ley (Henry Hathaway), donde interpreta a un pistolero tuerto, trabajo con el que ganaría su único Oscar. No exento de sentido del humor, John Wayne afirmó que, de haberlo sabido, hubiera interpretado a un personaje cojo, mudo o con el parche en el ojo mucho antes.

Sería el preludio de su última gran interpretación en Río Lobo (Howard Haks, 1970). Wayne estaba enfermo de cáncer. Ya en 1964 le habían extirpado el pulmón izquierdo, pero de nuevo se reprodujo, esta vez en el estómago. Se creía que podía haber contraído la enfermedad durante el rodaje en Utah de El conquistador de Mongolia, filmada junto a una zona de pruebas nucleares. Fuera como fuese, Wayne estaba ya muy enfermo cuando apareció en El último pistolero (Don Siegel, 1976) en la que, de alguna manera, se interpretaba así mismo al encarnar a un pistolero enfermo de cáncer y donde se despedía, entre otros, de James Stewart, su compañero en El hombre que mató a Liberty Valance.

Moriría finalmente de cáncer de estómago el 11 de junio de 1979 a los 72 años de edad, tras tres matrimonios, algunos romances y siete hijos.

Hay algo curioso en relación a John Wayne y es el hecho de que su gran prestigio popular no fuera secundado oficialmente. Wayne no era considerado como un verdadero actor y se ponían en duda sus capacidades artísticas muy a menudo. De hecho, Douglas Sirk afirmaba que, cuando había llegado a América, descubrió que JohnWayne era considerado el actor más torpe e incompetente del cine. Pocos recibieron un trato peor que él. Y sin embargo, creía Sirk que era en verdad un buen actor, natural y desprovisto de los trucos de interpretación tan habituales en otros actores.

Personalmente, pienso que Wayne no era el tipo de actor que nos emocionase con unos diálogos intensos o unas miradas profundas. Pero encarnaba como nadie una idea, unos principios y una época incluso. Wayne era el hombre de pies a cabeza en quién se puede confiar. Y, a pesar de su economía interpretativa, transmitía su fuerza como nadie con su sola presencia rotunda o su manera de caminar, e incluso sacando el revólver como ningún otro. A las órdenes de John Ford, Wayne nos ha dejado trabajos muy buenos, sin duda sus mejores interpretaciones, como el Ethan de Centauros del desierto, por ejemplo.

Pero lo que es evidente, por encima de cualquier otra consideración, es que John Wayne ha traspasado los límites de su propio trabajo y está en un puesto de honor dentro de la historia de cine. El ícono ha terminado por imponerse a todo y a todos, a modas, ideologías y estilos. Ahí está, en la historia y en la memoria de miles de aficionados, encarnando toda una época y un género. Algo solamente a la altura de unos pocos elegidos.

jueves, 19 de abril de 2012

Montgomery Clift



Montgomery Clift fue reconocido, desde siempre, como uno de los mayores talentos que ha dado el mundo de la interpretación. Sin embargo, a pesar de tenerlo todo para triunfar, talento, belleza e inteligencia, Clift no pudo con él mismo y su espíritu autodestructivo. Murió pronto, tras unos años en que su decadencia física era evidente.

Monty nació, junto a su hermana melliza Ethel, el 17 de octubre de 1920 en Omaha y su infancia estuvo marcada por la figura de su madre Sunny. Ésta era hija ilegítima de una familia aristocrática del sur, que la había dado en adopción. Cuando, ya de adulta, Sunny conoció sus orígenes, intentó reclamar a lo que creía que tenía derecho por nacimiento. No lo logró, pero a cambio quiso darle a sus hijos la educación refinada que según ella correspondía a sus orígenes nobles. Así que Monty, su hermana y su otro hermano Brooks, mayor que él, vivieron una infancia alejados del resto de niños, con una educación refinada y elitista a cargo de su madre.

Dentro de ese plan educativo, Sunny emprendió un viaje a Europa con sus hijos en 1928. En el curso del mismo, acudieron a ver la Comédie Française y fue en ese momento cuando Monty descubrirá su pasión por el mundo de la interpretación. Decía que al ver a los actores en el escenario sentía como se aceleraba su corazón.

De regreso a los Estados Unidos, en 1932, Monty no logró adaptarse a la escuela pública, así que empezó a trabajar como modelo, ayudado por su hermoso físico. Pero pronto tuvo la oportunidad de trabajar en una obra teatral. A pesar que su madre había pensado para él en la carrera diplomática y no aprobaba sus inclinaciones por el teatro, al verlo actuar en As Husbands go (1933), una obra de aficionados, tuvo que reconocer que poseía un talento innato. Y es que ya en esas primeras apariciones, Monty acaparaba la atención del público y recibía constantes alabanzas, incluso cuando las obras eran malas.

Poco a poco fue ascendiendo peldaños hasta llegar a Broadway. Con tan solo quince años ya trabajaba en Jubilee (1935), una comedia musical de Cole Porter. Precisamente en Broadway conoció y trabajó con una celebridad del mundo teatral, Alfred Lunt, que se convertirá en su mentor. Antes de cumplir los veinte años, Montgomery ya había actuado en seis producciones de Broadway.

Premonitoriamente, un médico de la familia advirtió a su madre que lo alejara del mundo del teatro. Según ese médico, ese ambiente terminaría por destrozarlo.

Montgomery Clift despreciaba el cine y no sentía ninguna tentación de dejar el teatro por Hollywood. Sin embargo, su sueldo en el teatro era infinitamente menor del que se pagaba en el cine. Es precisamente por necesidad de dinero que Monty acepta una generosa oferta que le hace la Metro para actuar en Río Rojo (Howard Hawks, 1948), al lado de nada menos que John Wayne. Hawks, que le había visto actuar en Nueva York, pensó en él para el papel de hijo adoptivo de Wayne. Fiel a su estilo, Monty se prepara a conciencia, aprende a montar, a utilizar el lazo, a disparar y termina siendo un verdadero vaquero texano, manteniendo el tipo al lado de un veterano como Wayne.

Pero algo que tuvo claro desde el comienzo fue la importancia de su independencia, con lo que evitará firmar un contrato con ningún estudio, reservándose así la libertad de trabajar en aquellos proyectos que le interesen de verdad.

Sin embargo, el público lo verá primero en la pantalla en su segundo film, Ángeles perdidos (Fred Zinnemann, 1948), que es estrenado antes que Río Rojo y por el que recibe su primera nominación al Oscar como mejor actor. Su interpretación de un soldado americano es tan perfecta que, unida al carácter casi documental de la película y a que era un actor desconocido para el gran público, algunos críticos lo tomaron como un soldado verdadero.

Al finalizar la pelicula, Monty comienza a asistir junto a Marlon Brando a la célebre escuela de interpretación, el Actor's Studio, fundada en 1947.

En 1948, Monty ya empezaba a ser famoso y descubrió que el acoso de los fans y de la prensa, deseosos de conocer más sobre su vida, no era algo agradable. Se sentía agobiado por el peso de la fama.

Durante unas vacaciones en México, Monty enfermó de disentería. Aunque se sometió a tratamiento, nunca llegó a curarse del todo. Empezó entonces a padecer diarreas y fuertes dolores que intentaba combatir a base de pastillas y de alcohol.

En 1949 conocerá a Elizabeth Taylor, que por entonces tenía tan sólo diecisiete años de edad y era una joven y deslumbrante promesa de Hollywood. Elizabeth se quedó prendada de Monty y se enamoró inmediatamente de él. Incluso se cuenta que en una ocasión le llegó a pedir que se casara con ella poniéndose de rodillas. Pero Monty era demasiado celoso de su independencia y no tenía ninguna intención de casarse. Es más, pronto comenzaron a correr rumores sobre la supuesta homosexualidad del actor. Clift era, en realidad, bisexual. Según se cuenta, Monty dijo en una ocasión: "Amo a las mujeres, pero prefiero acostarme con los hombres". Pero el tema de sus inclinaciones sexuales, en aquellos época, no era una carga sencilla de soportar y menos para alguien como Montgomery Clift. En todo caso, su relación con Elizabeth Taylor será, desde ese momento, de una gran amistad que durará el resto de su vida.

Precisamente con Elizabeth Taylor rodará su siguiente película, Un lugar en el sol (George Stevens, 1951) y recibirá de nuevo una nominación como mejor actor. Su siguiente trabajo será a las órdenes de Alfred Hitchcock en Yo confieso (1953). Para preparar su papel de sacerdote, Monty pasará un mes en un monasterio. Su actuación es de nuevo perfecta, aunque la relación con el director no fuera muy buena y Hitchcock no se sintiera especialmente satisfecho con el film.

Por esa época, el actor ya tenía problemas con la bebida, a los que se añadían la adicción a las pastillas para combatir el insomnio, el estress y los dolores. También empieza a acudir regularmente a un psicoanalista, costumbre que no abandonará ya, acudiendo con regularidad a la consulta de un célebre psiquiatra de Nueva York. Su camino hacia la autodestrucción ha comenzado y nada ni nadie podrá deternerlo. Sus adicciones, además, lo alejarán progresivamente de su madre, herida al ver cómo se destruía Moonty. Sunny llegó a afirmar que otras madres habían perdido a sus hijos en la guerra, pero que ella tenía que ver como se iba matando cada día.

Cuatro films en Hollywood con cuatro estudios diferentes y Monty se marcha de pronto a Italia para rodar con Vittorio de Sica Estación Términi (1953), una historia de infidelidad junto a Jennifer Jones y guión de Truman Capote. Pero la cosa no funciona: mientras al director le encantaba improvisar, Clift era riguroso y amaba la exactitud.

En ese mismo año rueda también De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann), una de sus mejores películas y donde interpreta a un soldado atormentado por un accidente de boxeo y por el que vuelve a ser nominado al Oscar como mejor actor, sin que tampoco esta vez se haga con el premio. De nuevo lleva a cabo una preparación rigurosa, aprendiendo incluso a tocar la trompeta, si bien no es él quién la toca realmente en la película, pero quería que los movimientos de su garganta fueran auténticos. En el rodaje del film sus problemas con la bebida eran constantes. Frank Sinatra intentaba mantenerlo lo más sereno posible a base de café. En la secuencia en que Burt Lancaster y él están sentados en la carretera bebiendo, Monty estaba de verdad borracho, llegando a improvisar una frase del diálogo. También se comenta que Lancaster estaba al principio intimidado por la presencia de Monty y el director tuvo que cortar una escena porque a Burt le temblaban las rodillas.

Montgomery Clift seguía fiel a su criterio de absoluta libertad a la hora de aceptar guiones, lo que le llevó a rechazar propuestas tan interesantes como El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950), Solo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1952), Raíces profundas (George Stevens, 1953) o La ley del silencio (Elia Kazan, 1954).

Pasa unos años alejado del cine hasta que regresa a la pantalla, por necesidad de dinero, en el folletón El árbol de la vida (Edward Dmytryk, 1957), de nuevo al lado de Elizabeth Taylor. La película era una especie de intento de la Metro de repetir el éxito de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood, 1939), pero no tuvo una buena acogida por parte de la crítica. En ese instante de su vida, la adicción a las pastillas y a la bebida lo habían superado. Durante el rodaje del film tiene lugar un hecho que marcará un antes y un después definitivo en la vida del actor. Agotado por el rodaje, Monty decide retirarse a descansar al final de un día de trabajo. Pero Elizabeth Taylor insiste en invitarlo a una fiesta. Monty, a pesar del cansancio, no quiere negarse y termina por ir. De regreso en su coche tiene el accidente. Le precede en otro automóvil su amigo el actor Kevin McCarthy, que ve como se desvían los faros del coche de Monty. Kevin acude a casa de Elizabeth Taylor para avisar a un médico y regresa con ella al lugar del accidente. Elizabeth evitará que su amigo muera ahogado por su propia sangre. Fruto del accidente, pierde casi todos los dientes, se rompe la nariz y desde entonces la mitad izquierda de su cara le queda paralizada, aunque sin cicatrices externas. Pero este accidente es un golpe del que no se repondrá. Teme haber perdido su gran atractivo y el recurso a los calmantes y al alcohol se acrecienta. Tras unos meses de convalecencia, Monty termina el rodaje de El árbol de la vida visiblemente cambiado y evitando los primeros planos.

Clift quitará entonces los espejos de su domicilio. Su declive será ya imparable y las huellas de sus problemas con el alcohol y las drogas se irán haciendo cada vez más evidentes. A pesar de ello, Monty sigue trabajando. Rueda de nuevo con Dmytryck El baile de los malditos (1958), Lonelyhearts de Vincent J. Donehue (1959) y De repente, el último verano (Joseph L. Mankiewicz, 1959). Son rodajes complicados, en especial los dos últimos, con un Monty que bebe en exceso. Sólo la tenacidad de Elizabeth Taylor hace que Mankiewicz no cancele el rodaje.

Comienza la década de los 60 a las órdenes de Elia Kazan en Río salvaje (1960), donde el director consigue que se mantenga sereno. A continuación rueda Vidas rebeldes (John Huston, 1961) con Clack Gable y Marilyn Monroe. Monty tiene hepatitis, sufre pérdidas de memoria y su estado es tan lamentable que la propia Marilyn llega a afirmar que Monty es la única persona que ha visto a la que le va peor que a ella.

Rueda a continuación ¿Vencedores o vencidos? (Stanley Kramer, 1961), donde Clift también tendrá problemas durante el rodaje. Según el director, Monty era incapaz de recordar la breve frase que debía decir, por lo que finalmente le pidió que dijese algo, cualquier cosa, para poder terminar la escena. A pesar de estos problemas y de que su trabajo en la película sólo dura siete minutos, Montgomery Clift fue nominado por cuarta vez como mejor actor, en este caso secundario. Pero volvió a quedarse sin el Oscar.

Tras esta breve interpretación, el actor se embarca en un proyecto que le atraía especialmente, rodar la vida de Freud. A las ódenes de John Huston, interpreta Freud, pasión secreta (1962). Monty disfruta conociendo la figura de Freud, que le apasiona, pero físicamente es un desastre. A sus problemas habituales se unen ahora unas cataratas que le impiden hasta ver a sus compañeros de rodaje. Sin embargo, Montgomery cree que con este trabajo puede al fin ganar el Oscar y pone toda su energía en busca de ese fin. Pero no será ni nominado esta vez. Al final, la película excede en mucho el presupuesto y los estudios demandarán al director y al propio Monty. El largo proceso que se inicia será una nueva carga sobre la maltrecha salud de Monty. Finalmente, tras varios años de proceso, Clift saldrá vistorioso. También lo operan del problema de cataratas, pero su estado físico es penoso. A pesar de tener cuarenta años, el actor parece mucho mayor, minado por el alcohol y su fragilidad mental.

Cuando surge el proyecto de Reflejos en un ojo dorado, que debería rodarse a mediados de 1966, es de nuevo Elizabeth Taylor quién aboga en su favor. Monty está encantado con la idea de trabajar en la película. Antes de iniciar ese rodaje participa en El desertor (Raoul Lévy, 1966), un film francés mediocre sobre la Guerra Fría, para demostrar que puede trabajar de nuevo. Esta será su última película, porque el día 23 de julio de 1966, Monty moría en su habitación de su casa de Nueva York víctima de un infarto. Sería Marlon Brando, con Elizabeth Taylor, quién protagonizaría finalmente Reflejos en un ojo dorado (John Huston, 1967).

Terminaba una vida marcada por el sufrimiento y la autodestrucción que se llegó a conocer como el suicidio más largo de Hollywood. Y es que Montgomery Clift era tan frágil y tan vulnerable como mostraban algunos de sus personajes en la pantalla. Porque él y sus personajes, al final, se fundían en una sola persona.

Clift era una mirada intensa que en realidad estaba volcada sobre su alma atormentada, de manera que nos mostraba su dolor y su fragilidad. Por ello era tan intensa, tan conmovedora, tan profunda. Monty resultaba siempre auténtico. Había nacido para ser actor y aunque su carrera tiene numerosos altibajos, cada vez que aparecía en pantalla se convertía en el centro de atención y dignificaba cualquier trabajo, cualquier personaje, con ese aire triste y, a la vez, con una fuerza extraña, pero viva; una fuerza que adivinábamos que procedía de un mundo interior tan grandioso como insondable.

sábado, 30 de julio de 2011

Marlon Brando




Marlon Brando (Omaha, 3 de abril de 1924; Los Ángeles, 1 de julio de 2004) es quizá el actor que encarnó mejor que nadie el espíritu del Actor's Studio y representa por lo tanto la cima de un estilo de interpretación intensa y profunda. Para muchos, entre los que me incluyo, es el mejor actor de la historia, excesivo como muchos genios y con un carisma y una personalidad arrolladoras.

Hijo de un fabricante de productos químicos de fuerte carácter y de una mujer un tanto inestable, que actuaba en el teatro local y terminó adicta al alcohol, y de la que tanto Marlon como sus dos hermanas Joselyn y Frances heredaron su amor por los escenarios, Marlon Brando fue un joven rebelde que chocaba constantemente con la disciplina de los colegios, de varios de los cuales fue expulsado, y con la de su propio padre.

Expulsado, a los 17 años, de la Academia Militar de Shattuck (Minnesota), Marlon Brando comenzó a trabajar como albañil o conductor de excavadoras hasta que convenció a su padre para que le dejara marcharse a Nueva York, como hiciera antes su hermana Joselyn. Logró ser admitido en el Dramatic Workshop de la escuela de actores New School for Social Research (origen del famoso Actor's Studio), donde recibió clases de Stella Alder, quién debía su gran reputación por haber sido alumna de Konstantin Stanislawski en Moscú, célebre teórico del arte de la interpretación.

Tras su etapa de aprendizaje comienza a trabajar en el teatro y en 1944 da el salto a Broadway. Tras algunas obras con buena acogida de la crítica y donde interpreta a Molière, Bernard Shaw, Shakespeare, etc., Brando se presenta ante Tennessee Williams y le convence para que le de el papel de Stanley Kovalski en Un tranvía llamado deseo que, con la dirección de Elia Kazan, va a estrenarse en Broadway. Con una interpretación sobresaliente, Marlon Brando consigue al fin hacerse con un nombre en el mundo del teatro.

En 1950 debuta en el cine con la película Hombres (Fred Zinnemann), sobre veteranos de guerra y donde, de acuerdo con lo aprendido en su etapa de formación, Brando decidió pasar seis meses en un hospital militar para poder representar con mayor realismo al soldado inválido que interpreta en la cinta.

Pero el momento clave tiene lugar al año siguiente cuando encarna de nuevo a Kovalski en la versión filmada de Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951). Brando no sólo consigue una interpretación soberbia, llena de fuerza y de ese atractivo casi salvaje que le confería un físico sorprendente, sino que crea un ícono, un prototipo imitado y deseado por miles de personas. Brando encarna aquí el sexo salvaje, el deseo primario, la bruta sensualidad de un animal. A la vez, sienta las bases de lo que va a representar su figura en los films que vendrán luego: no exactamente un rebelde, pero sí un hombre enfrentado a la norma, a lo habitual, un ser grosero y tosco, pero terriblemente atractivo y con una personalidad desbordante. Con este film había nacido el mito, apoyado en un torso ceñido por una camiseta que se convirtió en la prenda más demandada. Por este trabajo recibió la nominación al Oscar como mejor actor.

Y volvería a ser nominado en sus siguientes trabajos: ¡Viva Zapata! (Elia Kazan, 1952), en la que encarna al revolucionario mexicano Emiliano Zapata; Julio César (Joseph L. Mankiewicz, 1953), donde interpreta al joven Marco Antonio, y donde asistimos a otro de esos momentos únicos que han pasado a la historia del cine: el prodigioso monólogo de Marco Antonio (Marlon Brando) ante el cadáver de César, donde el actor muestra de nuevo toda la fuerza y todo el talento que atesoraba. Con La ley del silencio (Elia Kazan, 1954), en la que es un joven ex-boxeador al servicio de la mafia que controla el trabajo en los muelles, finalmente ganó el Oscar al mejor actor; su papel de un muchacho algo torpe, despreciado por su jefe, está lleno de ternura, una nueva faceta de Brando en la que se muestra tan convincente como en sus explosiones de furia. En este mismo año de 1954 rodaría dos películas más, Salvaje (Laszlo Benedek), donde se pone en la piel de un motorista con cazadora de cuero, reafirmando su imagen de rebelde e ídolo de su época, y Desireé (Henry Koster), en la que encarna al mismísimo Napoleón.

Al año siguiente se atreve con un musical al lado de Frank Sinatra, Ellas y ellos (Bart Freundlich) y sigue con obras dispares, como la comedia La casa de té de la luna de agosto (Daniel Mann, 1956), donde interpreta a un japonés, o el drama Sayonara (Joshua Logan, 1957), de nuevo ambientado en Japón y por el que recibió una nominación como mejor actor.

Terminará la década con El baile de los malditos (Edward Dmytryk, 1958), en la que es un muy humano oficial nazi, y Piel de serpiente (Sidney Lumet, 1959).

La década de los sesenta comienza con la única película dirigida por el propio actor, El rostro impenetrable (1961), un personal western que cuenta con la presencia de otro gran actor, Karl Malden.

Pero Marlon Brando había entrado en una actitud no muy positiva. Un poco cansado del trabajo de actor, afirmaba que lo más interesante del mismo era el dinero que ganaba. Su presencia seguía siendo poderosa, pero su trabajo no tenía la genialidad de los primeros años. Al tiempo, su fama como actor difícil no le hacía tampoco ningún favor.

Pero siguió trabajando con regularidad, con una película por año. Así, en 1962 rodó una nueva versión del motín de la Bounty en Rebelión a bordo (Lewis Milestone); el rodaje fue un infierno y Brando recibiría numerosas críticas por su actitud. Su contrato le pagaba por día de rodaje y se comentaba que él lo alargaba intencionadamente. A su compañero de reparto, el inglés Trevor Howard, le hizo perder los nervios en alguna ocasión. Sin embargo, no toda la culpa era de Brando, el guión de Rebelión a bordo estaba sin terminar cuando comenzaron a filmar y el actor se quejaba que le entregaban su texto para cada día con ninguna antelación, con lo que no había manera de prepararlo a conciencia. Sea como fuere, esta película encabeza la lista de las que enarbolan los detractores de Brando para criticarlo. Durante el rodaje de la película, Brando conoció y se enamoró de su compañera de rodaje, la tahitiana Tarita, que se convirtió en su tercera y última esposa y con la que tuvo dos hijos. También se enamoró el actor de Tahití y la vida sencilla de sus habitantes, adquiriendo más adelante una isla en el archipiélago. Pero este matrimonio, como los anteriores, no funcionó.

En 1963 trabaja en Su excelencia el embajador (George Englund), en Dos seductores (Ralph Levy) en 1964, comedia junto a Davin Niven, y en Morituri (Bernhard Wicki) al año siguiente.

En 1966, Marlon Brando vuelve con fuerza en La jauría humana (Arthur Penn), y realiza uno de sus trabajos más recordados. También en ese año trabaja en el western Sierra prohibida (Sidney J. Furie). Al año siguiente interviene en dos nuevos films, La condesa de Hong Kong (Charles Chaplin, 1967), comedia no muy brillante que supone la última película dirigida por Chaplin y donde comparte protagonismo con Sofía Loren, y Reflejos en un ojo dorado (John Huston, 1967), donde interpreta a un atormentado militar homosexual casado con Elizabeth Taylor.

Los años siguientes suponen una menor presencia de Brando, con films no muy recordados, como Candy (Christian Marquand, 1968), La noche del día siguiente (Hubert Cornfield, 1969) o Queimada (Gillo Pontecorvo, 1969).

Parecía que la carrera iba a agotarse en trabajos de segunda fila y actuaciones sin brillantez cuando de pronto aparece una obra que va a poner de nuevo a Marlon Brando en la cima y donde demostrará que su gran talento no se había perdido para siempre. Estamos en 1972 y Brando consigue el papel de Vito Corleone en El padrino de Francis Ford Coppola. El propio Brando solicitó el papel y consiguió una prueba para la que él mismo se encargó del maquillaje y la caracterización. La prueba fue un éxito e impresionó tanto a Coppla que éste logró convencer al estudio para que le diera el papel. Su encarnación de un poderoso jefe de la mafia es tan asombrosa que su Don Corleone ha quedado ya como uno de los íconos más importantes de la historia del cine. Brando se hizo con su segundo Oscar, aunque no fue a recogerlo y envió en su lugar a una actriz de origen indio que leyó la protesta que había escrito Brando sobre el trato que daba Hollywood al pueblo indio. Mientras la mujer leía el texto, varios guardaspaldas de la ceremonia tuvieron que retener por la fuerza entre bastidores a John Wayne, que quería entrar en el escenario y llevarse a la india de allí.

Sin embargo, la carrera de Brando no llegó a despegar del todo. Entrado ya en la madurez, el actor iba dejando de lado su trabajo y se limitaba a escasas apariciones cada vez más espaciadas en el tiempo y de menor protagonismo.

A El padrino siguió la excelente El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972), donde Brando recibió una nominación al Oscar como mejor actor principal, y a partir de ahí, poca cosa. Del mismo año es Los últimos juegos prohibidos (Michael Winner). Hasta cuatro años después, con Missouri  (Arthur Penn, 1976), al lado de Jack Nicholson, no vuelve a la pantalla. En 1978 trabaja en Raoni (Jean-Pierre Dutilleux) y hace una breve aparición en Superman (Richard Donner) por la que recibe nada menos que 14 millones de dólares. Brando deja así claro que lo que le interesa ahora es el dinero más que su carrera y se inicia un período, el último, en que sus apariciones son muy escasas pero bastante bien remuneradas. Y si bien sus interpretaciones a partir de ahora no dejan de estar motivadas por las necesidades económicas, la figura de Brando seguía tan poderosa que añadía siempre un interés especial a aquellos films en los que aparecía. Cierra la década de los setenta con otra breve, pero impactante, aparición en Apocalypse Now de Coppola (1979).

En 1980 trabaja en La fórmula, de John G. Avildsen, y no vuelve a actuar hasta 1989, en Una árida estación blanca (Euzhan Palcy), donde fue nominado como mejor actor de reparto. La década de los noventa no aporta nada nuevo: apariciones escasas y la mayoría sin mucho por lo que ser recordadas: El novato (Andrew Bergman, 1990), Cristóbal Colón: el descubrimiento (John Glen, 1992), donde interpreta a Torquemada, Don Juan DeMarco (Jeremy Leven, 1994), La isla del doctor Moreau (John Frankenheimer, 1996), The Brave (Johnny Depp, 1997) y Free Money (Yves Simoneau, 1998).

La última aparición de Brando fue en 2001 en la película The score (Un golpe maestro) de Frank Oz.

Los últimos años de Brando no fueron fáciles a nivel familiar. En 1990, el novio de Cheyenne, hija de Brando, fue asesinado por el primogénito del actor, Christian, que fue condenado a seis años de cárcel. Como triste colofón a este asunto, Cheyenne terminaría suicidándose cinco años más tarde.

Marlon Brando murió de fibrosis pulmonar a los ochenta años, el primer día de julio del año 2004.

Tal vez se pueda explicar de alguna manera la irregular y, en parte, desaprovechada carrera de Marlon Brando, en relación al tremendo talento del actor, si explicamos que él, según sus propias palabras, detestaba actuar. No deja de ser curioso que lo mejor hacía, y lo que le acarreó la admiración de público y compañeros de profesión, en realidad no le satisfaciera en absoluto. Fuera como fuese, lo que es incuestionable es el gran talento del actor, capaz de hacer escuela y crear íconos en la pantalla que, pasados muchos años, siguen teniendo la fuerza y el impacto del primer día. Este actor enfrentado al sistema, rebelde por naturaleza, fue, paradójicamente, uno de los intérpretes que más contribuyeron a la gloria de Hollywood, asentando y dando un brillo especial a los años dorados del cine norteamericano.

La deuda de la industria del cine y de nosotros, simples espectadores, con este grandísimo actor es eterna. Larga vida al talento. Por suerte, su legado está ahí, para deleite de los amantes del cine, actuales y futuros. Irrepetible Brando.  

domingo, 20 de diciembre de 2009

James Stewart


Actor norteamericano nacido el 20 de mayo de 1908 en Indiana (Pennsylvania) y fallecido a los 89 años de edad, el 2 de julio de 1997, en su domicilio de Beverly Hills, James Stewart encarnó al perfecto americano medio, convirtiéndose en el prototipo del hombre sencillo y honesto.

Su vida parecía destinada a ser la de un brillante arquitecto, estudios en los que se graduó en 1932 en la Universidad de Princeton. Ya en sus años de estudiante había participado en algunas obras de teatro como actor. Según sus propias palabras, se convirtió en actor debido en parte a su temprana vocación y en parte debido a la casualidad. Finalmente entró a formar parte del grupo teatral University Players que dirigía Joshua Logan (que llegaría a ser director de cine en Hollywood) y donde estaba su amigo Henry Fonda y Margaret Sullavan entre otros.

Más adelante, decidido a convertirse en actor, se instala en New York, compartiendo alojamiento con Henry Fonda, donde comienza a aparecer como actor de reparto en algunas representaciones de Broadway. Empieza a recibir buenas críticas aunque los efectos de la depresión económica hacían que las representaciones escasearan.

En 1935, con la ayuda de su amigo Henry Fonda, que ya estaba en Hollywood, Stewart firmó un contrato con la Metro Goldwyn Mayer. Su primer trabajo importante fue al lado de Spencer Tracy en la película La voz que acusa (1935). En 1936 ya participó en 8 películas más, como Nacida para la danza, un musical protagonizado por Elenor Powell y canciones de Cole Porter ("tan bonitas que ni siquiera yo fui capaz de estropearlas"), o como Entre esposa y secretaria, junto a la explosiva Jean Harlow, en el que sería uno de sus primeros papeles como protagonista. Con su amiga de los años del teatro, Margaret Sullavan, casada con Henry Fonda, protagonizaría ese mismo año Cuando volvamos a amarnos.

Pero será a partir de su colaboración con Frank Capra cuando James Stewart alcanzará al fin el estrellato y se convertirá en un prototipo y modelo para el público: será el joven tímido, algo torpe y de fuertes convicciones; la encarnación ideal de un ciudadano medio con el que se sentirá identificado el público norteamericano. La colaboración entre ambos comienza con Vive como quieras (1938), una alocada comedia con Jean Arthur, siguiendo con Caballero sin espada (1939), que consagra la imagen de Stewart como un soñador honesto e íntegro capaz de vencer todos los ostáculos a base de bondad y honradez. Pero sería 1940 un año especialmente fructífero en la carrera del actor, pues rodaría también la deliciosa comedia El bazar de las sorpresas a las órdenes de Ernst Lubitsch y donde volvería a tener de compañera a Margaret Sullavan, e Historias de Filadelfia, otra delirante comedia dirigida por George Cukor, con Katharine Hepburn y Cary Grant como compañeros de reparto, y por la que obtuvo el único Óscar de su carrera como mejor actor.

Entonces se produce un parón en su actividad motivado por la Segunda Guerra Mundial, conflicto en el que participó en las fuerzas aéreas. Tras cinco años sin trabajar en el cine, vuelve a ponerse a las órdenes de Capra rodando uno de los films legendarios del cine: ¡Qué bello es vivir! (1946), ganándose al público con un papel rebosante de emotividad y por el que fue de nuevo nominado al Óscar, que ganó Fredic March por su papel en Los mejores años de nuestra vida, de William Wyler.

Con unos años más y una presencia no tan ingenua e inocente, James Stewart dará un giro a su carrera y comienza a interpretar personajes diferentes, más acordes con los nuevos tiempos; personajes que no siempre están a gusto consigo mismos, en lucha con lo que los rodea y en muchos casos vengativos y solitarios. Comienza con una incursión en el cine negro, Yo creo en ti (1948), de Henry Hathaway, y continúa con La soga (1948), que sería su primer trabajo con Alfred Hitchcock, director con el seguiría trabajando posteriormente y con el que afrontaría papeles mucho más complicados que supondrán un paso más en la ruptura definitiva con la imagen juvenil del actor.

El invisible Harvey (1950), de Henry Koster, le supone otra nueva nominación al Óscar, que tampoco ganará. También es en esta época cuando el actor se adentra en el género cinematográfico por excelencia, el western, de la mano de Anthony Mann. Winchester 73 (1950) será la primera de las ocho películas que rodarán juntos: Horizontes lejanos (1952), Colorado Jim (1953), Bahía negra (1953), Música y lágrimas (1954), donde interpreta a Glenn Miller, Tierras lejanas (1955), El hombre de Laramie (1955) y Strategic Air Command (1955). Su participación en Winchester 73 fue del todo casual, pero a partir de esa película decidió rodar más westerns y fue, sin duda, ese hecho lo que lo relanzó definitivamente tras el parón de la guerra. El western, según Stewart, "fue un verdadero golpe de suerte" en su carrera.

El 9 de agosto de 1949, a la edad de 41 años, James Stewart contrae matrimonio con Gloria Hatrick MacLean, que será su mujer el resto de su vida.

La década de los 50 será sin duda una etapa especialmente rica en la carrera del actor. Si en 1952 había trabajado con Cecil B. De Mille, El mayor espectáculo del mundo, en 1954 retoma la colaboración con Hitchcock en La ventana indiscreta. Repite con el director inglés con El hombre que sabía demasiado (1956) y Vértigo (De entre los muertos) (1958). Entre ambas, hace una nueva incursión en el western, esta vez de la mano de James Neilson con La última bala (1957).

Termina la década con una nueva nominación a los Óscars por su papel en Anatomía de un asesinato (1959), de Otto Preminger, premio que se llevaría Charlton Heston por Ben-Hur.

Con los 60 llegará la colaboración con otro de los grandes directores de la historia del cine, John Ford: en 1961 ruedan Dos cabalgan juntos y al año siguiente la espléndida El hombre que mató a Liberty Valance. Y ese mismo año participó en la ambiciosa La conquista del Oeste, dirigida por John Ford, Henry hathaway y George Marshall. También hace un intento de recuperar los papeles de su juventud volviendo a la comedia en Un optimista de vacaciones (1962), de nuevo en la piel del americano medio. La última colaboración con John Ford tuvo lugar en El gran combate (1964), interpretando brevemente a Wyatt Earp.

A partir de ahí, las apariciones del actor se fueron espaciando y desde mediados de los 60 se dedicó al cuidado de animales en África.

En los 70 protagonizó dos films con cierto aire de despedida: El club social de Cheyenne (1970), de Gene Kelly, junto a su viejo amigo Henry Fonda, y El último pistolero (1976), de Don Siegel, la despedida del cine de un John Wayne ya muy enfermo.

Desde entonces, apariciones meramente figurativas en films menores, como Aeropuerto 77 (1977), hasta que Steven Spielberg le ofreció el último trabajo para el cine: poner voz a uno de los personajes del film de animación Fievel va al Oeste (1991).

En 1985 recibió un Óscar honorífico por el conjunto de su carrera.

James Stewart fue un actor capaz de hacer cualquier trabajo de manera eficaz y convincente, sin ninguna clase de artificio, sin que se notara que estaba actuando. Quizá esa fuera su mayor virtud: la de trasmitir una completa naturalidad, estuviese en la piel de un vaquero o en el de un congresista. Y es esa naturalidad la que lo acercaba tan extraordinariamente al público, que no llegaba a percibirlo como una gran estrella distante, sino más bien como el individuo que puede tranquilamente vivir en la casa de al lado.