El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

lunes, 21 de febrero de 2011

El resplandor



Que Stanley Kubrick tenía un talento especial para la dirección está fuera de toda duda. Que además tenía un gusto esquisito para las puestas en escena es evidente. Pero lo que consigue con El resplandor (1980), sin renunciar a sus brillantes juegos de luces y sus decorados suntuosos, es para quitarse el sombrero.

Jack Torrance (Jack Nicholson) acepta el trabajo de vigilante de un hotel de montaña, el Overlook, en Colorado, que cierra sus puertas durante los duros meses de invierno, para poder dedicarse a escribir un libro con la tranquilidad de no ser molestado. Allí se va con su mujer Wendy (Shelley Duvall) y su hijo de siete años Danny (Danny Lloyd), que tiene la extraña capacidad de ver cosas que sucedieron en el pasado, "el resplandor".

El resplandor se basa en la novela homónima de Stephen King, si bien Kubrick le dió un tratamiento personal al libro que, al parecer, no gustó demasiado al escritor. Sea como fuere, el caso es que esta película supuso una gran publicidad para King al tiempo que lanzó al estrellato de manera definitiva a Jack Nicholson.

Se trata de la primera y única incursión de Kubrick en el género del terror y, como suele suceder cuando hay mucho talento de por medio, El resplandor supuso un hito en la historia del género, creando unas nuevas reglas de juego.

Por un lado, Kubrick no renuncia a su costumbre de una puesta en escena deslumbrante. Algunos decorados resultan especialmente lujosos y siempre con una luz clara, brillante por momentos. Rompe de esta manera con la tendencia al uso de las sombras como elemento para crear miedo y misterio. Aquí, el miedo nace de la paulatina locura de Jack, de la que vamos siendo testigos sin que sepamos claramente hacia dónde puede conducirle. Pero lo que sí consigue Kubrick es ir cercándonos en un ambiente cada vez más opresivo y angustiante a base de unas secuencias perfectas que se han quedado ya como clásicos del género. El travelling siguiendo al niño en el triciclo, con el sonido de las ruedas por el suelo y las alfombras es soberbio; la escena de Jack rompiendo la puerta del baño mientras Wendy grita presa de un ataque de pánico se coloca a la altura de la famosa escena de la ducha de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) como uno de esos momentos para la historia.

Otro de los puntos claves de la película es la excelente banda sonora de Wendy Carlos y Rachel Elkind, que resulta del todo imprescindible para crear un clima siempre inquietante que, al final, se desborda de manera espectacular.

Y todo ello con el talento y la genialidad de Kubrick para crear algunas de las imágenes más inquietantes y poderosas del género a base de contrapicados, primeros planos de la cara desencajada de Jack Nicholson y siempre con un sentido exacto del ritmo, cortando bruscamente en los momentos precisos con las indicaciones de meses, primero, días más adelante y, finalmente, horas. El resplandor es, en última instancia, un ejemplo del gran talento de Kubrick como director y como creador de atmósferas perfectas. Incomprensiblemente, esta soberbia puesta en escena no mereció ni siquiera la nominación de Kubrick.

Tampoco recibió nominación alguna el sobresaliente trabajo de Jack Nicholson. Este viaje a la locura que nos ofrece el director no sería el mismo indudablemente sin la prodigiosa actuación de Nicholson. En este caso, además, la locura del personaje borra cualquier sombra que pudiérmos tener de una sobreactuación por su parte. También Shelley Duvall realiza un trabajo asombroso como la esposa que no acaba de asimilar lo que le está pasando hasta que la evidencia ya no le deja lugar a dudas. Sus caras de asombro primero y su pánico final resultan perfectas. Se ha dicho que el doblaje español estropea algo el original. Puede que así sea, no tengo elementos para comparar. Pero las voces de Nicholson y Shelley Duvall, esta última doblada por Verónica Forqué, me han convencido tras la sorpresa inicial, dando un punto muy especial a sus personajes.

Fiel a su costumbre, como pudimos ver en 2001: una odisea del espacio (1968) o en la póstuma Eyes Wide Shut (1999), Kubrick no da soluciones, sino que va dejando cabos sueltos aquí y allá para que sea el espectador el que intente dar la interpretación final a la historia.

Sin ninguna duda, El resplandor se sitúa entre los títulos claves del cine de terror, marcando un antes y un después en el devenir del género y demostrando de manera diáfana que el buen cine de terror necesita de algo más que sangre y escenas repulsivas y que puede ser mucho más inquietante el ruido de las teclas de una máquina de escribir que muchos de los truquillos al uso de tantas películas de medio pelo tan habituales últimamente. Sin bien en algunas de otras obras Kubrick puede parecer por momentos pedante o pretencioso en exceso, en este caso todo su talento y el dominio que ejercía sobre los elementos cinematográficos están puestos de manera perfecta al servicio de la historia.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Robín de los bosques



Seguramente, Robín de los bosques (Michael Curtiz, William Keighley, 1938) siga siendo a día de hoy la mejor versión de este tema clásico del cine de aventuras. Ni los avances técnicos ni las nuevas versiones del argumento han logrado superar esta joya del cine de espadachines.

En ausencia de Ricardo, Corazón de León, que ha partido al frente de una Cruzada a Tierra Santa, su hermano Juan (Claude Rains) se hace con la regencia del trono de Inglaterra, lo que provoca el sufrimiento para el pueblo sajón, sometido por los normandos a unos terribles impuestos y unos duros castigos. Pero un noble sajón, Robin de Locksey (Errol Flynn) decide plantar cara al usurpador defiendo al pueblo de su tiranía.

Pocas películas de aventuras pueden hacerle sombra a esta maravillosa cinta del año 1937. Con su aparente sencillez argumental, Robín de los bosques reúne todo cuanto es imprescindible y necesario para hacernos pasar un rato de diversión genuina.

Puede argumentarse que la historia resulta un tanto simplista, que muchas escenas rozan lo increíble, que la manera de ir a la lucha de los proscritos bandidos se parece demasiado a un baile de carnaval; todo lo que se quiera, pero el resultado final es prodigioso. La película tiene un ritmo perfecto, ágil y eficaz desde el primer minuto hasta el último; la fotografía en tecnicolor es soberbia, dando realce tanto a los curiosos y coloridos trajes de los bandidos como a los suntuosos vestidos de Marian (Olivia de Havilland); la historia está punteada con detalles de humor que funcionan a la perfección; las escenas de lucha con espada son realmente geniales y aunque adivinemos el desenlace, no dejan de mantenernos con los ojos como platos en nuestros sillones; los buenos son los mejores y los malos no pueden tener más maldad ni ser más cobardes, pero en ello reside el encanto de la película: es la aventura en estado puro, sin complicaciones innecesarias, sin artificios o aspiraciones a convertirse en una pseudo crónica histórica veraz; nada de eso tiene cabida aquí, sólo cuenta el espectáculo, el entretenimiento, la diversión.

¿Y el reparto? Perfecto. De entrada, Errol Flynn, un tipo con un encanto especial y una presencia cautivadora. Su primera aparición en la película te anticipa ya lo que viene detrás: un héroe de los pies a la cabeza, fuerte, caballeroso, valiente, justo y con una sonrisa cautivadora. Para mí, Flynn es el prototipo perfecto del héroe de las películas de aventuras. No veo a ningún otro actor que se le pueda ni comparar. Pero además, la película cuenta con dos villanos de campanillas: Claude Rains, en la piel del usurpador Juan, con un cinismo y un sarcasmo únicos y, sobre todo, Basil Rathbone, como su fiel brazo derecho, sir Guy de Gisbourne, que compone uno de los malvados más despiadados e inquietantes de la historia del cine épico. Más tarde, Basil Rathbone será sobre todo recordado por su encarnación de Sherlock Holmes en la serie de películas que rodará entre 1939 y 1946 para la 20th Century Fox primero y para los Universal Studios después y que harán de este actor el mejor Sherlock Holmes del cine.

El papel de Marian, como dijimos, está interpretado por Olivia de Havilland, que será la pareja ideal de Flynn desde su primera película juntos, El capitán Blood (Michale Curtiz, 1935), rodando hasta ocho films con él, entre ellos la que quizá sea la mejor película de ambos actores juntos, Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh, 1941).

Premiada con tres Oscars (mejor banda sonora, montaje y dirección artística) de cuatro nominaciones (perdió en el apartado a mejor película), con los años Hollywood volverá a retomar el tema de Robin Hood en versiones más modernas, con muchos más medios y también mucho más ambiciosas. Pero ninguna ha sido capaz de captar la esencia del cine de aventuras que anida en Robin de los bosques y que es a la vez ingenuidad y sencillez, gracia y valor sin medida, arrogancia y osadía al lado de una maldad sin disimulo, cruel sin remordimiento alguno; y romanticismo en estado puro, con la novia simpre radiante, el novio trepando a su alcoba y un final de cuento de hadas. ¿Se puede pedir más?

lunes, 14 de febrero de 2011

El tesoro de Sierra Madre



De nuevo estamos ante uno de los temas predilectos de John Huston: el perdedor que está a punto de alcanzar sus sueños y, al final, fracasa cuando parecía haber logrado su meta. Este tema ya aparecía en su primer film como director, El halcón maltés (1941) y se repetirá más tarde en El hombre que pudo reinar (1975).

Tres vagabundos estadounidenses que malviven en México, Fred C. Dobbs (Humphrey Bogart), Bob Curtin (Tim Holt) y el viejo Howard (Walter Huston), unen sus escasos medios y sus fuerzas para buscar oro con el que escapar de su miseria. La empresa no será tan sencilla como alguno de ellos piensa: hay que adentrarse en tierras inóspitas y, lo más importante, vencer la tentación de la avaricia.

Como era habitual en el director, que pasa por ser de los que mejor sabían adaptar textos literarios a la pantalla, Huston parte de una novela, la homónima de B. Traven, para realizar él mismo el guión de esta película, considerada por muchos como una de sus mejores obras.

Lo primero que llama la atención en El tesoro de Sierra Madre (John Huston, 1948) es que la historia no sigue ninguna de las pautas típicas que solemos ver en las películas de aventuras o, en general, en cualquier film clásico de Hollywood. La trama es a menudo imprevisible y nos desconcierta con frecuencia con un guiño extraño o una aparición inesperada, sorprendente y breve. En muchos momentos me llegué a sentir tan perdido en medio de esta historia como sus protagonistas en las áridas sierras mexicanas. El supuesto héroe de la película, Fred C. Dobbs (Humphrey Bogart) no lo es realmente y se va transformando en un personaje paranoico y repulsivo al que terminamos por detestar.

Un gran acierto de Huston fue el imponer su idea de rodar en escenarios naturales de México, a pesar de la oposición inicial del estudio. Pocas veces en el cine se ha consiguido transmitir al espectador de manera tan eficaz la aridez del desierto; el calor, el sudor pegajoso y el polvo parecen salir de la pantalla.

Sin duda, junto a la sobria puesta en escena, lo mejor de El tesoro de Sierra Madre es su gran reparto. Bogart hace quizá el mejor papel de su carrera, prescindiendo de sus habituales gestos y dando vida de manera perfecta a un personaje avaricioso y paranóico que, si bien cree conocerse, rebela que en realidad no sabe nada de sí mismo. Walter Huston, el padre del director, da vida al personaje más inteligente de todos: el viejo que está de vuelta de todo y que solamente busca la manera de vivir lo mejor posible los últimos años de su vida. El tercero del grupo, el noble Curtin, está interpretado con acierto por Tim Holt, habitual del cine del oeste y cuyo papel más recordado sea tal vez el del malcriado George de El cuarto mandamiento (Orson Welles, 1942).

Retrato certero del ser humano sometido a condiciones extremas y, en particular, de como la avaricia puede llegar a trastornar el juicio de cualquiera, a El tesoro de Sierra Madre se le puede poner el único pero que se hace demasiado larga, y no porque sobren partes de la historia, sino porque por momentos el ritmo decae y tenemos la sensación que condensando la historia hubiera quedado una film más redondo.

La película fue nominada en cuatro apartados, logrando los Oscars al mejor director y guión (John Huston) y mejor actor de reparto (Walter Huston), siendo la primera y única vez que un padre y un hijo ganaban un premio de la Academia. En su cuarta nominación, como mejor película, no obtuvo el Oscar. Señalar, como anécdota, la presencia del propio director al principio de la pelícual en la piel del americano que da varias veces seguidas una limosna a Dobbs.

domingo, 13 de febrero de 2011

La jungla de cristal



A estas alturas parece que está de más recordar que el cine es, ante todo, un entretenimiento de masas. Una buena película no tiene que ser, exclusivamente, aquella que nos haga pensar o nos transmita algún mensaje importante. La jungla de cristal (John McTiernan, 1988) nos ofrece solamente 131 minutos de entretenimiento sin más pretensiones, pero también para ésto hay que tener talento.

Precisamente el día en que John McClane (Bruce Willis), un policía de Nueva York, decide visitar a su ex mujer en el edificio donde trabaja, el Nakatomi Plaza de Los Ángeles, un grupo de terroristas asalta el edificio. Sólo McClane, por azar, consigue escapar y a partir de ese momento se las tendrá que ver el solo contra el grupo de asaltantes.

El gran mérito de La jungla de cristal reside en haber sabido relanzar el género de acción a base de saber mezclar acertadamente la tensión, el peligro, unos efectos especiales muy buenos, la acción sin descanso y el humor. El resultado es un film trepidante y muy entretenido, lleno de violencia, claro está, pero sin que resulte especialmente cruel, gracias siempre al sentido del espectáculo y el humor que rodea al personaje de McClane; convertido en un referente de nuestra época del antihéroe o del héroe a la fuerza, componiendo un curioso personaje un tanto chulesco y engreído que, sin embargo, se hace más simpático y está más en consonancia con los tiempos actuales, donde un héroe del corte clásico no sería tan bien aceptado ni resultaría del todo creíble.

Para Bruce Willis, conocido hasta entonces por la exitosa serie de televisión Luz de luna, y que había debutado en el cine con la no muy exitosa Cita a ciegas (Blake Edwards, 1987), este papel le supuso el salto al estrellato, lanzando su carrera en la gran pantalla hasta nuestros días. La verdad es su composición de John McClane es perfecta y sabe dotar a su personaje de un atractivo indiscutible: es un tipo duro como el que más, pero al mismo tiempo resulta un tanto cómico y no es para nada un triunfador al uso, de ahí su cercanía.

Pero no puede haber una película de acción sin unos malos a la altura. Éste es el otro gran punto fuerte de La jungla de cristal. Dos son los elementos que dan categoría a los malos: por un lado, el hecho que sean extranjeros y se comuniquen con frecuencia otro idioma, lo que les otorga un plus de peligrosidad basado en el miedo innato a lo extraño, a lo que no comprendemos. Por otra parte, la presencia de actores de la talla de Alan Rickman en el papel de Hans Gruber, el jefe de los asaltantes, que compone también un personaje que ha quedado como prototipo de asesino cruel y sin escrúpulos, o el bailarín Alexander Godunov, con una presencia física intimidadora.

John McTiernan se consolidaba con esta obra como un magnífico director de películas de acción, tras la soberbia Depredador (1987), confirmando tener un talento especial para crear tensión y mantenerla en lo más alto sin dar un respiro. También demostró su buen ojo a la hora de crear muletillas de éxito, como la repetida Yipee-kiyay, hijo de puta que pasó a convertirse en la tarjeta de presentación de McClane.

La jungla de cristal es trepidante, entretenida, ocurrente y con un ritmo perfecto y creó un modelo que ha sido imitado hasta la saciedad pero sin que ninguna de las secuelas o films que se inspiraron en su fórmula diera jamás con la clave que hace de esta película un clásico del género.

Capitanes intrépidos



¿Qué es lo que hace que una película sea grande? Evidentemente, juegan un papel fundamental tanto el guión como la puesta en escena y el trabajo de los actores. Hay muchas películas que reúnen estos elementos y son grandes títulos de la historia del cine. Pero hay un pequeño puñado de films que, además de todo lo anterior, tienen algo más, llamémosle alma para entendernos, que las convierte en algo más que una gran película para darles esa cualidad más personal que sólo poseen las verdaderas obras de arte. Capitanes intrépidos (Victor Fleming, 1937) pertenece a este selecto grupo de films.

Harvey Cheyne (Freddie Bartholomew) es el hijo de un magnate viudo (Melvyn Douglas) que apenas tiene tiempo para estar con él, por lo que intenta compensar su ausencia a base de cumplir sus caprichos. Por ello, Harvey es un chico consentido, arrogante y prepotente al que casi nadie soporta. Expulsado temporalmente del colegio por su actitud, durante un viaje en barco con su padre Harvey se cae al agua, siendo rescatado por Manuel (Spencer Tracy), un pescador de un bacaladero donde el joven Harvey tendrá que aprender a ser uno más de la tripulación.

Capitanes intrépidos, basada en un relato de Rudyard Kipling, es una de esas películas que, en cuanto entra en tu vida, se instala en tu memoria para siempre. Con un equilibrio perfecto entre aventura y drama personal, la película es una maravillosa historia de aprendizaje, amistad y cariño filmada con elegancia y sobriedad.

Sin duda, el mayor encanto de la película es la relación que se establece entre el honesto y sencillo Manuel y el repelente niño rico. De una manera sencilla, directa y llena de sabiduría y frases para el recuerdo, como cuando Manuel rememora con admiración y cariño la figura de su padre, se muestra el proceso de maduración del pequeño Harvey y cómo va comprendiendo los verdaderos valores de la vida al lado de un personaje entrañable. Pero hay que reconocer que para que ésto funcione como es debido es necesario que los actores que dan vida a los personajes los hagan creíbles. Y tanto Spencer Tracy como Freddie Bartholomew están perfectos en sus papeles. Tracy fue premiado con el Oscar al mejor actor, sin duda una recompensa más que merecida. Su encarnación de Manuel es conmovedora y rebosa autenticidad por los cuatro costados, y siempre desde la sencillez y la naturalidad, la mayor parte de las veces con el simple poder de su mirada. Sencillamente, es imposible pensar en alguien que hubiera podido superar su actuación. Y el caso del joven Bartholomew es también para enmarcar. Por lo general, los niños suelen resultar un tanto forzados y resabidos y sus trabajos rara vez me convencen. Sin embargo, el caso de este muchacho es una gloriosa excepción. Y su papel no era sencillo, pues ha de pasar de resultar repulsivo a conmovedor a lo largo de su proceso de transformación, pero el resultado final es para quitarse el sombrero. Al lado de otro niño prodigio del cine, como fue Mickey Rooney, aquí con un papel muy secundario, Freddy Bartholomew está colosal.

Junto a esta pareja protagonista, el resto del reparto también pasa la prueba con nota, especialmente dos actores que me encantan personalmente: Lionel Barrymore, siempre perfecto, y John Carradine, con una presencia en la pantalla poderosa e inquietante. Melvyn Douglas y el resto de secundarios, con una presencia menor, aportan también su granito de arena para completar un reparto excelente.

Sería complicado quedarse con un solo instante que resumiera todo lo que esta película lleva en las entrañas. Así que me quedaré con dos momentos especiales, salvando la secuencia evidentemente central de la cinta, la de la muerte de Manuel, y sería el momento en el que el paciente Manuel se encara con Jack El Largo (John Carradine) defendiendo al niño: su mirada en ese instante resulta aterradora y lo dice todo sin necesidad de más explicaciones. El otro momento es la escena en que el muchacho le dice a Manuel que quiere quedarse con él; las miradas de los dos te ponen un nudo en la garganta, nudo que además ya no te abandonará durante el resto del film.

Además de la historia de amistad entre "Pescadito" y Manuel, Capitanes intrépidos también es una interesante película acerca de la pesca del bacalao, con algunos momentos que recuerdan casi a un documental. La película fue todo un éxito en su época y le dio el prestigio necesario a Victor Fleming para que pudiera hacer El mago de Oz (1939) y Lo que el viento se llevó (1939), obras más conocidas que ésta, pero en mi recuerdo a años luz de la aventura de Manuel y su "Pescadito".

Por ponerle un pero, menor eso sí, es que tal vez el final de la película resulte un tanto flojo en comparación con el resto de la historia. Puede que porque se alargue demasiado o quizá porque echamos de menos la presencia de Manuel. Pero aún así, ésto no empaña para nada la grandeza y belleza de esta película.

Además del Oscar ganado por Spencer Tracy, Capitanes intrépidos fue nominada también como mejor película, guión y montaje, pero no ganó en ninguno de estos apartados. Como curiosidad, recordar que la ganadora del Oscar a la mejor película fue La vida de Émile Zola de William Dieterle.

sábado, 12 de febrero de 2011

Tarde de perros



Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975) podría haber sido un film más de atraco a un banco con rehenes sino fuera por un guión muy bien trabajado que ha sabido bucear en los personajes y darle a la historia una dimensión mayor.

Sonny Wortzik (Al Pacino), junto a dos compinches, uno de los cuáles abandonará al comenzar el atraco, deciden asaltar un banco. Inexpertos y asustados, pronto descubrirán que la tarea no es nada sencilla. Por un lado, el banco no tiene en ese momento ni dos mil dólares en la caja y, encima, la policía los descubre y rodea el banco. Lo que habían planeado como un atraco sencillo se ha complicado y Sonny no sabe cómo afrontar la situación.

Tarde de perros está basada en un suceso real que tuvo lugar en Brooklyn en el año 1972. El proyecto en principio no parecía sencillo: poco presupuesto y un tema que no permite muchas opciones, al limitarse a las negociaciones de los atracadores con la policía en un espacio cerrado. Sin embargo, y a pesar que Lumet lleva la historia hasta las dos horas de duración, el director sale airoso de la empresa; como decíamos antes, gracias al buen guión de Frank Pierson, que obtuvo la recompensa del Oscar al mejor guión original, y también, como no, al buen trabajo de Lumet en la dirección.

El acierto del guión es que ha sabido trascender el simple relato de un atraco frustrado para adentrarse en la personalidad de Sonny, sobre todo, pero sin descuidar, y eso también es importante, al resto de personajes que intervienen en el drama, como son el compañero de Sonny, Salvatore Naturile (John Cazale) o los rehenes que, aunque con un papel secundario, son retratados con bastante acierto. De esta manera, no nos quedamos en la superficie del personaje de Sonny, sino que nos adentramos en su extraña vida, en sus problemas familiares, con una madre y una esposa agobiantes, y con la curiosa relación con Leon (Chris Sarandon), un homosexual con quién llegó a contraer una especie de matrimonio. De esta manera, terminamos por comprender a Sonny y vivimos de manera mucho más cercana e intensa su fallido atraco.

Pero además, la película sirve también para mostrarnos ciertos problemas de la época, como el paro; la violencia policial, con la mención repetida de los incidentes de Attica, una protesta de los presos de esa prisión norteamericana en la que demandaban un trato más humano y que terminó en una masacre con 39 muertos y una centena de heridos; el problema de los veteranos de Vietnam y su difícil adaptación a la vida civil; o el problema de la homosexualidad, tratado con sumo respeto y comprensión.

En cuanto a la dirección, el acierto de Lumet es evidente, consiguiendo dar dinamismo a una situación que, normalmente, suele decaer y tornarse bastante monótona. Pero la negociación con la policía y la relación de los ladrones y los rehenes no decea jamás. Sidney Lumet sabe mantener la tensión en todo momento y siempre tenemos la impresión que algo importante puede pasar de un momento a otro y, en cierto modo, así es, porque no hay situaciones de relleno ni tiempos muertos. En cada instante sucede algo, más o menos importante, pero somos conscientes que Lumet no ha permitido nunca que la historia se vaya por las ramas.

El otro punto fuerte de la película es, como no, el reparto. Al Pacino lleva el peso, por supuesto, de toda la película. Pacino estaba, en esa época, en lo más dulce de su carrera, cimentando su reputación como un actor con una fuerza y un carisma especiales. Hay que señalar que en general está a un gran nivel, si bien a veces parece rozar la sobreactuación, algo que será habitual en su etapa de madurez. Sin embargo, consigue mantenerse dentro de lo razonable y, en algunas secuencias, está verdaderamente genial. A título de anécdota, comentar que la implicación de Al Pacino en su papel fue tal que necesitó de asistencia médica en un momento del rodaje. A su lado, con un papel mucho más secundario pero con un trabajo soberbio, está John Cazale, un actor excepcional con una carrera lamentablemente muy breve de sólo cinco películas, pero que en cada plano trasmite tensión con una mirada inquietante. Como curiosidad, decir que cuando Sonny le pregunta a qué país le gustaría marcharse, la respuesta que da: A Wyoming, fue improvisada por Cazale, pues en el guión se especificaba que no tenía que decir nada. La respuesta le gustó a Lumet, que dejó la escena tal cuál. El resto del reparto, con unos papeles mucho menos importantes, consigue transmitir la sensación de verosimilitud, algo que sin duda contribuye notablemente a la sensación de autenticidad del film.

La película, además del premio por el excelente guión, también estuvo nominada en otros cinco apartados (mejor película, director, actor principal (Al Pacino), actor de reparto (Chris Sarandon) y montaje), sin ganar en ninguno de ellos.

Tarde de perros es una película sorprendente por su aparente sencillez y escasez de recursos que, sin embargo, consigue superar sus limitaciones a base de saber hacer y de talento para convertirse en la mejor película sobre un atraco que he visto y que, además, sabe adentrarse en el alma humana y sacar a flote gran parte de los problemas que acechan al individuo en la sociedad actual. Muy recomendable, sin duda.

lunes, 7 de febrero de 2011

Un tranvía llamado deseo



Nunca me gustaron mucho las películas basadas en obras de teatro. Y si la obra de teatro era de Tennessee Williams, con sus personajes extraños, con sus deseos reprimidos, sus frustraciones y una verborrea interminable, mucho menos. Pero siempre hay una excepción para toda regla. Y ésta es Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951).

Blanche DuBois (Vivien Leigh), una maestra de escuela solterona, llega a Nueva Orleans para visitar a su hermana Stella (Kim Hunter), a quién no ve desde hace mucho tiempo. Educadas con cierto refinamiento, Blanche se escandaliza al ver cómo vive su hermana y, sobre todo, al conocer a su marido, Stanley Kowalski (Marlon Brando), un hombre rudo y grosero con el que no tardará en chocar.

El propio Tennessee Williams escribió el guión de la película que, más bien, no deja de ser teatro filmado. Elia Kazan, que provenía del mundo del teatro y que había dirigido la versión en Broadway también con Marlon Brando, no se preocupó demasiado en darle a la pieza un tratamiento cinematográfico, limitándose a crear el ambiente opresivo idóneo para que el drama tuviera su espacio perfecto. El mérito de Kazan es pues crear una atmósfera especial, opresiva, claustrofóbica, a base de una espléndida fotografía en blanco y negro donde uno parece respirar ese aire cargado de humo y sudor y colonias de jazmin.

Pero si algo destaca en Un tranvía llamado deseo, por encima de los ricos y punzantes diálogos, algunos relamente poéticos, otros un tanto envejecidos hoy en día, es la soberbia interpretación de Vivien Leigh y, sobre todo, de un Marlon Brando gigantesco. Para Vivien Leigh este trabajo era todo lo opuesto al gran papel de su vida en Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939). Su interpretación de una mujer frágil, insegura, temerosa de envejecer y al borde de la locura es sencillamente enternecedora. Y la tarea no era sencilla, pues en todo momento corría el riesgo de poder parecer patética o, al menos, ridícula. Pero Vivien Leigh consigue hacer que su personaje nos llegue muy adentro y nos conmueva sinceramente, llegando casi a lograr que disculpemos su colección de embustes y sus patéticos intentos por parecer más joven y más hermosa. Su gran trabajo tuvo la recompensa del oscar a la mejor actriz, el segundo de su carrera tras el obtenido en Lo que el viento se llevó.

Pero si una figura se alza con una fuerza especial en este film es sin duda Marlon Brando. Era su segunda película, tras Hombres (Fred Zinnemann, 1950), y lo lanzó al estrellato inmediatamente. Además, logró poner de moda la camiseta, prenda que había caído en desgracia por culpa de Clark Gable en Sucedió una noche (Frank Capra, 1934). La presencia de Brando es tan física, desprende tanto erotismo, es tan salvaje que llena la pantalla de una manera absoluta, como nunca antes y nunca después se volvió a ver. Sus gritos llamando a Stella, su manera de beber cerveza, sus risas groseras o su manera de recoger la mesa desprenden una fuerza que traspasa la pantalla. Su interpretación es el Método en estado puro, esa manera de interpretar que el propio Kazan y Lee Strasberg enseñaban en su famosísimo Actors Studio, contrapuesta a la de Vivien Leigh, ambas soberbias en su diferencia y en su genialidad.

Un tranvía llamado deseo es un retrato distorsionado y complejo del alma humana atormentada, reprimida, frágil y asustada. Suena a exageración por los cuatro costados. Pretende ofrecer una visión del sur de los Estados Unidos, pero somos conscientes que no es más que una imagen deformada, como un reflejo en el agua. Por eso las obras de Tennessee Williams suelen parecerme tan teatrales, en el peor sentido del término. Y sin embargo, en esta ocasión, gracias al trabajo tan portentoso del reparto, en especial, claro está, de Vivien Leigh y Brando, el drama resulta apasionante, cautivador, poderoso y grandioso como una obra clásica.

La película consiguió tres oscars más: uno para Karl Malden como mejor secundario, del que decía Elia Kazan que era su mejor alumno del Método, otro para Kim Hunter como mejor actriz de reparto y un último oscar a la dirección artística en blanco y negro. Sorprendentemente, Brando no se llevó el oscar al mejor actor, al que estaba nominado, premio que recayó en Humphrey Bogart por La reina de África (John Huston, 1951).

domingo, 6 de febrero de 2011

El hombre de MacKintosh



Dirección: John Huston.
Guión: Walter Hill (Novela: Desmond Bagley).
Música: Maurice Jarre.
Fotografía: Oswald Morris.
Reparto: Paul Newman, Dominique Sanda, James Mason, Harry Andrews, Ian Bannen, Michael Hordern, Nigel Patrick, Peter Vaughan, Leo Genn, Jenny Runacre, Donald McCann, Robert Lang.

El hombre de MacKintosh (John Huston, 1973) es una aproximación al cine de intriga que nos recuerda, inevitablemente, a Alfred Hitchcock. La película, en efecto, sigue la estela de los films del maestro del suspense, sin embargo, Huston no consigue dar del todo en la diana, tal vez por un error en el planteamiento inicial bastante evidente.

Joseph Rearden (Paul Newman) es un agente contratado por MacKintosh (Harry Andrews), alto funcionario de los servicios de inteligencia británicos, para que elimine a un espía extranjero encarcelado del que se sabe que intentará fugarse y escapar del país. Rearden robará unso diamantes para conseguir que lo encarcelen en la misma prisión en que se encuentra el espía.

El principal problema del guión de Walter Hill, adaptando la novela "The MacKintosh Tap" (1971) de Desmond Bagley, es que al comienzo resulta del todo confuso. Se opta por dejarnos a ciegas acerca de la verdadera misión de Rearden, al menos hasta la mitad de la trama, con lo que se busca, supongo, mantenernos más intrigados. Sin embargo, el resultado no es del todo ese. Al no saber bien de que va la intriga, nos sentimos algo perdidos. Pienso que hubiera sido mejor el ponernos en antecedentes desde el comienzo. Y es que en cuanto comenzamos a comprender el papel que juega cada personaje en la trama, vivimos con más intensidad el desenlace de la historia. Y es esta parte final la más interesante, no sólo por precipitarse los acontecimientos, sino por lo bien resuelto que está el desenlace, de manera realmente imprevisible.

Además del problema del planteamiento, El hombre de MacKintonsh es un film que deja un regusto extraño. Por una parte, la trama es interesante, pero algo en la dirección no deja que la película alcance un buen nivel. Quizá es que tiene demasiados altibajos, con momentos logrados, como el encierro en la casona irlandesa, junto a otros en que el ritmo baja bastante, como por ejemplo la estancia en la prisión. Además, la película tiene ese toque tan peculiar de los films de los años setenta, difícil de definir, pero que es una mezcla entre un estilo de puesta en escena algo aparatoso y ese gusto generalizado por una banda sonora machacona que, en este caso, termina por resultar algo cansina.

El reparto cuenta con sólidos intérpretes ingleses, encabezados por el siempre sólido James Mason. A su lado, Paul Newman, correcto en líneas generales, parece un poco fuera de lugar. La presencia de Dominique Sanda, en plan belleza deslumbrante y fría, no termina de convencerme. Supongo que era un valor en alza en la época, pero sus dotes interpretativas no eran muy buenas.

En definitiva, una obra un peldaño por debajo de las grandes películas de John Huston, como El halcón maltés (1941), El tesoro de Sierra Madre (1948), La jungla de asfalto (1950), La reina de África (1951) o El hombre que pudo reinar (1975), y que no demuestra en esta ocasión el gran nivel del que era capaz el director y que parece limitarse a poner en imágenes la historia sin muchas complicaciones.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El coleccionista de huesos



Una nueva muestra de ese subgénero de cine policíaco con el psicópata de turno haciendo cafradas, cuanto más asquerosas parece que mejor. Pero hasta para este tipo de films se requiere un poquito de esfuerzo. No vale cualquier cosa.

Un asesino psicópata va dejando pistas en sus crímenes para que la policía intente anticiparse, si puede, a sus movimientos. Pero solamente Lincoln Rhyme (Denzel Washington), un policía que ha quedado paralítico a causa de un accidente, parece capaz de descifrarlas. Con la ayuda de una joven policía con grandes dotes para la investigación, Amelia Donaghy (Angelina Jolie), Lincoln busca la manera de poder detener tantas muertes.

El coleccionista de huesos (Phillip Noyce, 1999) se situa en la estela de Seven (David Fincher, 1995) intentando, seguramente, aprovecharse de la fama de ésta y del morbo que rodea a este tipo de películas. El problema es que Seven tenía un buen argumento, un diseño de los protagonistas completo, una buena puesta en escena y cierta originalidad, además de conseguir ir un paso más allá de la mera trama criminal. Pero El coleccionista de huesos es un film vacío, sin nada nuevo que ofrecer.

La trama es más que previsible, de manera que el único interés, a los cinco minutos de comenzar la película, es saber sencillamente quién será el asesino y el porqué de sus macabros asesinatos. Poca cosa para mantener el interés a lo largo de toda la película. Porque ni el desarrollo ni los personajes ni las tramas secundarias (el capitán de policía idiota que entorpece las investigaciones sin mucho sentido) consiguen captar nuestro interés. Es todo demasiado previsible, demasiado vulgar, todo está muy visto, como la relación de los protagonistas, que comienzan bastante mal para terminar siendo uña y carne. La verdad es que la película es un cúmulo de tópicos mal añadidos y los personajes protagonistas no acaban de convencernos ni de lejos.

Ello hace que, conforme vamos comprendiendo que todo el film no es más que un vulgar montaje sin nada nuevo que ofrecernos, paulatinamente nos vayamos desentendiendo de la trama y sólo nos quede el remoto consuelo de poder tener un final un tanto aceptable. Pero como era de esperar, el final es casi lo peor de todo: el asesino da la impresión que hubiera podido ser cualquiera, pues su elección carece de lógica, de justificación y hasta de interés. Para colmo, al final se comporta como un atolondrado a quién un paralítico le pega una paliza que casi lo mata; ¡increíble! Y por si este final no fuera suficiente, el guión aún nos depara la traca final con reconciliación familiar incluida. Pero como ni sabíamos el motivo del distanciamiento del protagonista con su hermana, el encuentro final de ambos nos deja del todo indiferentes.

En definitiva, un pobre guión para una película previsible, absurda y tópica. Ni el tirón de la pareja protagonista, Denzel Washington y Angelina Jolie, que no transmiten mucha química entre ellos, por cierto, es capaz de salvar tamaña tontería.

martes, 1 de febrero de 2011

Muerte en el Nilo



Nueva adaptación de una novela de Agatha Christie, Muerte en el Nilo (John Guillermin, 1978) responde a aquella tendencia de los años setenta de recurrir a repartos repletos de nombres conocidos como reclamo para llenar las salas. Los resultados de tal política no fueron, en general, todo lo brillantes que hubiera sido deseable.

Una rica heredera, Linnet Ridgeway (Lois Chiles), y su joven esposo Simon Doyle (Simon MacCorkindale) están disfrutando de su luna de miel en Egipto. Hasta allí los ha seguido la anterior novia de Simon, Jacqueline de Bellefort (Mia Farrow), que acusa a Linnet de robarle el novio. La pareja emprende un crucero por el Nilo pensando que han logrado despistar a Jacqueline. Sin embargo, en el barco se encontrarán con otros muchos pasajeros que también parecen tener cuentas pendientes con Linnet.

Sin duda, las películas policíacas tienen un atractivo particular que reside en la intriga, en nuestro esfuerzo por intentar desvelar el misterio al tiempo que el detective que lleva la investigación. Y los films que se basan en las populares novelas de Agatha Christie suelen tener una buena dosis de intriga. Luego, invariablemente, la trama suele dejarnos un sabor agridulce, pues sigue unas pautas de sobra conocidas, suele ser un poco tramposa y, además, la calidad final de las películas no suele ser muy buena.

En este caso, Muerte en el Nilo es una obra bastante digna y no se limita a filmar sin más siguiendo el hilo argumental de la novela, sino que se aprecia un esfuerzo en construir un relato sólido, bien edificado, y no un mero ejercicio rutinario al servicio exclusivo de la intriga. Trabajo que hemos de agradecer al guionista Anthony Shaffer, que supo adaptar la novela a las exigencias cinematográficas y a la época en que se filmaba un relato original de 1937. Además de aligerar la trama de personajes secundarios, Shaffer también tuvo el buen criterio de suavizar el tratamiento que se daba en la novela al personaje del comunista o de evitar el tema colonial, sin duda poco apropiado en 1978.

Junto a este esfuerzo a la hora de trabajar el guión, la película también cuida con cierto esmero el tema de los decorados, la fotografía, la puesta en escena, el vestuario (ganador del oscar) o la presentación de los personajes, tomándose el director su tiempo para que no aparezcan de un modo demasiado mecánico.

Sin embargo, Muerte en el Nilo destaca especialmente en el tema del reparto. En primer lugar, el personaje de Poirot ya no lo interpreta Albert Finney, el anterior detective de Asesinato en el Orient Express (Sidney Lumet, 1974), que no soportaba trabajar con tanto calor, sino Peter Ustinov. La verdad es que salimos ganando con el cambio. Ustinov es un Poirot menos empalagoso y exagerado y su composición es mucho más realista y apropiada. A su lado, destacar la presencia de una anciana Bette Davis, pero aún con una presencia fuerte, y toda una serie de buenos actores como David Niven, Mia Farrow, Angela Lansbury o George Kennedy.

En cuanto a la trama del asesinato en sí, verdadero eje y motor de la historia, hay que señalar, por un lado, que la resolución de los crímenes ocupa menos metraje del esperado y, tal vez, ello supone una pequeña decepción. Quizá el tema no daba mucho más de sí y es verdad que, de esta manera, la película resulta más ágil, sin demasiados tiempos muertos en cuanto tiene lugar el primer asesinato. Por otro lado, la resolución del caso parece producirse de repente, a golpe de genial inspiración de Poirot, sin que necesite acumular demasiados datos. Sin embargo, en favor de la trama hay que decir que resulta muy ingeniosa pero sin que por ello nos defraude o nos sintamos especialmente engañados. La solución es satisfactoria y, además, el final resulta bastante impactante, con lo que supone un digno colofón a la historia, hecho éste fundamental para no tirar por tierra todo el despliegue anterior y para que terminemos razonablemente satisfechos con la película.