El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

miércoles, 29 de mayo de 2013

El escritor



Direccion: Roman Polanski.
Guión: Robert Harris, Roman Polanski (Novela: Robert Harris).
Música: Alexandre Desplat.
Fotografía: Pawel Edelman.
Reparto: Ewan McGregor, Pierce Brosnan, Olivia Williams, Kim Cattrall, Tom Wilkinson, Timothy Hutton, James Belushi, Jon Bernthal, Eli Wallach, Robert Pugh.

Un escritor (Ewan McGregor) acepta a regañadientes el encargo de terminar las memorias del antiguo primer ministro británico Adam Lang (Pierce Brosnan), después de que la persona que estaba escribiendo el libro muriera ahogado. Al día siguiente de comenzar el trabajo, un antiguo ministro de Lang acusa a éste de autorizar durante su mandanto la captura ilegal de presuntos terroristas islámicos y de entregarlos a la CIA, hechos que constituirían un crimen de guerra.

Sorprendió Polanski a público y crítica a sus setenta y seis años con un thriller muy bien hilvanado como es El escritor (2010). Premiado tanto él como su cinta en varios festivales europeos, la película demuestra que el que tuvo, retuvo, como dice el dicho.

De entrada, Polanski parece querer jugar un poco al despiste con el espectador. O sencillamente, se recrea en la historia, dejando que la intriga avance a pasos muy lentos. De hecho, la primera hora de la película, que no es corta, parece transcurrir casi de manera anodina. Hay pequeñas pistas de que la historia podía ocultar algo turbio, pero el director no desvela sus cartas. Aún no. Y aquí también puede residir la única crítica seria que se le puede formular a El escritor: tan parco en detalles se muestra el guión que hay momentos en que la intriga no avanza en absoluto. La historia va dando rodeos con pequeños episodios laterales, como la escena de cama del escritor y Ruth (Olivia Williams), la esposa de Lang, que no aportan gran cosa a la trama principal y pueden hacer que el ritmo y el interes pierdan intensidad en determinados momentos. Es el problema de una introducción excesivamente detallada y larga que nos puede llegar a aburrir en algún momento. Aún así, el pulso se mantiene, en parte porque sospechamos que la historia tiene que dar mucho más de sí. Es esa espera la que finalmente nos mantiene alerta. Y lo bueno de El escritor es que la parte final no nos defrauda. Cuando Polanski se mete en harina, la trama cobra vida, la tensión aumenta y como no tenemos coordenadas precisas a donde agarrarnos, nos sentimos como un barco a la deriva, estamos en manos de Polanski y del as que decida sacarse de la manga.

Afortunadamente, el final, si bien con sorpresa incluida, no es demasiado tramposo. Es un final con una lógica sólida que no defrauda ni desilusiona. Y eso es clave para que terminemos con un muy buen sabor de boca, conscientes de los pequeños engaños pero satisfechos de una historia atractiva, con cierto grado de originalidad y que funciona sin grietas ni reproches.

El que tuvo, retuvo decía antes. Y es que Polanski nos demuestra una vez más que es un buen director. Conoce el oficio, sabe como contar una buena historia y logra crear un buen thriller sin tener que llamar la atención con adornos innecesarios. Su puesta en escena es sobria, eficaz y discreta.

En cuanto al reparto, me encantó Ewan McGregor, me parece que su trabajo es impecable de principio a fin. No encarna a un héroe, sino a un escritor por encargo que no termina de sentirse cómodo y al que las pistas le van apareciendo por casualidad. Transmite honestidad con un trabajo realmente natural. En cuanto a Pierce Brosnan, sigue demostrando que hay un buen actor debajo de una fachada de galán impecable. Encarna admirablemente al exprimer ministro y sabe darle un toque antipático a su personaje pero sin excederse demasiado. Los papeles femeninos corren a cargo de Kim Cattrall, conocida sobre todo por su participación en la serie de televisión Sexo en Nueva York, y que aquí da vida a la ayudante personal de Lang, y algo más parece, con mucha clase. El papel de la esposa de Lang corre a cargo de Olivia Williams, algo más discreta en su trabajo, pero igualmente sólida. Como curiosidad, señalar las breves apariciones de un sorprendente James Belushi y del gran Eli Wallach, al que da gusto ver en el que sin duda será uno de últimos trabajos.

En definitiva, un film interesante, con una factura admirable y una puesta en escena que demuestra el gran oficio del director. Sin una primera parte tan larga sería un thriller mucho más redondo pero, aún así, se deja ver con agrado y su sorprendente desenlace no nos dejará indiferentes.

martes, 28 de mayo de 2013

Harper, investigador privado



Dirección: Jack Smight.
Guión: William Goldman (Novela: Ross MacDonald).
Música: Johnny Mandel.
Fotografía: Conrad Hall.
Reparto: Paul Newman, Lauren Bacall, Julie Harris, Shelley Winters, Robert Wagner, Janet Leigh, Arthur Hill, Pamela Tiffin, Robert Webber.

Lew Harper (Paul Newman), un investigador privado de Los Angeles, es contratado por la señora Sampson (Lauren Bacall) para que localice el paradero de su esposo, un multimillonario mujeriego y bebedor que ha desaparecido el día anterior misteriosamente.

Harper, investigador privado (1966) es por un lado un homenaje al cine negro clásico norteamericano, lo que podría explicar la presencia de Lauren Bacall en el reparto, y a la vez un intento de revitalizar el género. Vista hoy en día, la película pierde parte de la frescura que le supone tuvo en su día.

En primer lugar, tenemos una historia tremendamente confusa, imposible de descifrar con un solo visionado. Además hemos de añadir las diferentes subtramas que se añaden a la principal y que alargan en exceso el metraje de la película, que hubiera ganado en intensidad dejando de lado algunos pasajes y algunos personajes secundarios que no aportan gran cosa a la historia. Sin embargo, la verdad es que al final la intriga termina por resultar casi indiferente. Porque tal y como está planteada la película, lo que la define y lo que le da forma son sus personajes junto con el ambiente y el tono que pretende transmitir Jack Smight.

Comenzando por los personajes, el eje principal de la película es, naturalmente, la figura de Harper. Y siendo sinceros, hoy en día no es más que un cúmulo de tópicos en los que ha ido cayendo el género. Harper es un tipo duro, cínico, un tanto pasota y que está devuelta de todo y al que su esposa (Janet Leigh) ha mandado a paseo porque ya no soporta su egoismo y su falta de atenciones. Incluso la interpretación de Paul Newman, como para reforzar esta idea de los tópicos, resulta demasiado afectada y chulesca como para que nos la creamos. Puede que en su día resultase interesante, pero en la actualidad su trabajo me pareció demasiado forzado y muy poco natural.

Al lado de Newman tenemos algunos ilustres nombres, si bien no todos logran brillar a la misma altura. Lauren Bacall, a pesar de sus breves apariciones, aporta un toque de clase innegable a su personaje. Si se le hubiera dado más protagonismo en la historia seguro que la película habría salido ganando. Porque el resto de personajes también me parecieron meros estereotipos interpretados con mayor o menor acierto. Robert Wagner cumple con su papel de guaperas y la verdad es que resulta del todo creíble. Sin embargo, Pamela Tiffin, como Miranda Sampson, la alocada y mimada hija del millonario desaparecido, me parece muy poco convincente y desde luego con muy poquito sex appeal. Shelley Winters, para su desgracia, vuelve a aparecer encasillada en el mismo tipo de personaje alocado e infeliz de siempre. Y Janet Leigh, un poco en la línea de Lauren Bacall, tembién me parece que ha sido desaprovechada. Su personaje es de mero relleno y el juego que hubiera podido proporcionar se queda en mera figuración.

Al menos en su momento Harper, investigador privado tuvo muy buena aceptación por parte del público, lo que contribuyó a relanzar el género. Sin embargo, a mí me resultó un film no demasiado original ni interesante. Es cierto que tiene una atmósfera lograda y resulta entretenido, pero en líneas generales no se puede decir que sea una buena película y su excesiva duración tampoco le ayuda demasiado. Eso sí, el final es sorprendente y realmente estupendo.

lunes, 27 de mayo de 2013

Enemigo mío



Dirección: Wolfgang Petersen.
Guión: Edward Khmara.
Música: Maurice Jarre.
Fotografía: Tony Imi.
Reparto: Dennis Quaid, Louis Gossett Jr., Brion James, Richard Marcus, Bumper Robinson, Carolyn McCormick, Lance Kerwin.

En el siglo XXI, la humanidad ha alcanzado la paz en la tierra y ha comenzado a explorar el espacio exterior para explotar sus recursos. Sin embargo en esa expasión los humanos descubren que no están solos y en una remota galaxia se encuentran con los Dracos, una raza alienígena de reptiles humanoides que también están colonizando el universo. La guerra entre ambas civilizaciones es inevitable.

Enemigo mío (1985) está basado en un relato corto de Barry Brookes Longyear. Sin embargo, las similitudes con Infierno en el Pacífico (John Boorman, 1968) hacen que para muchos sea un remake un tanto original de ese film belíco. En todo caso, Enemigo mío no dejará de sorprender a todo aquel que la vea por primera vez.

El planteamiento de la película es bastante sencillo: dos enemigos se verán obligados a ayudarse mútuamente cuando se encuentren solos en medio de un planeta desértico. Además, en un principio es el piloto humano Willis Davidge (Dennis Quaid) el que se muestra mucho más agresivo, intentando matar al piloto draco al que derribó, Jeriba "Jerry" Shigan (Louis Gossett Jr.), que por el contrario se mostrará más compasivo con Willis una vez que lo ha hecho su prisionero. Pronto, sin embargo, el odio se va transformando en curiosidad y en colaboración a medida que comprenden que se necesitan. El desconocimiento del otro es muchas veces el motor de los recelos y los odios, fruto del miedo y la ignorancia. En cuanto Willis y Jerry comienzan a conocerse empezarán a comprenderse y a respetarse.

Un planteamiento por lo tanto muy humano, antibelicista e incluso antiracista que, sin embargo, no alcanza un nivel demasiado bueno en su puesta en escena. En parte, sin duda, por lo "cutres" que resultan hoy en día los efectos especiales y los decorados. Tampoco ayuda lo extraño que resulta la convivencia entre el humano y ese lagarto con patas. Hay que hacer por lo tanto, de entrada, un gran esfuerzo para tomarse la situación en serio. Y es que además, la película arranca con cierto todo un tanto ligero que parece restar algo de dramatismo a los hechos. Pensé, en ese momento, que le vendría mucho mejor un mayor dramatismo para ayudar a que nos metiéramos más en la situación. Pero cuando el film comienza a ponerse más serio, la cosa no hace sino empeorar, y es que resultan un tanto forzadas algunas situaciones, como el embarazo de Jerry, que uno no sabe muy bien como tomarse.

Tampoco ayudan demasiado unos diálogos en general demasiado banales y muy poco elaborados que se quedan muchas veces a nivel del tópico más manido. A todo ello hemos de añadir un desarrollo un tanto irregular, con momentos bastante intimistas de ritmo pausado, quizá excesivamente pausado, que de pronto dan paso a escenas de acción que resultan excesivamente precipitadas, rodadas de manera un tanto tosca, muy previsibles y que no terminan de convencernos. Y es que Enemigo mío destila un aire de serie B inconfundible. Y tal vez sea parte de su encanto... tal vez.

Lo que sí es verdad es que poco a poco, conforme nos vamos metiendo en el extraño universo del film, vamos saboreando algunos buenos momentos, especialmente aquellos en que los dos amigos se van ayudando y se van contando cosas de su pasado y su familia. Es entonces cuando Enemigo mío alcanza sus mejores minutos y llegamos a olvidar las limitaciones técnicas y visuales de la película. Por desgracia, en cuanto la historia tiene que afrontar el desenlace, la película decae gravemente en una sucesión de escenas mal engarzadas y peor resueltas que dejan en evidencia la capacidad de Wolfgang Petersen, que en principio no era el encargado del proyecto, pero que se hizo con el mismo tras las desavenencias de los productores con el director inicial de la película, Richard Loncraine.

Sin embargo, uno de los punto fuertes de la cinta es el trabajo de sus protagonistas. Dennis Quaid va creciendo poco a poco y, sin hacer un trabajo excepcional, termina por resultar bastante convincente. Por su parte, Louis Gossett Jr. borda su trabajo dando vida al draco Jerry. A pesar de la máscara que oculta su rostro, Louis consigue resultar conmovedor en no pocos pasajes.

Enemigo mío fue un sonoro fracaso en el momento de su estreno. Con el paso del tiempo se ha ido ganando un sitio entre los incondicionales de este cine de ciencia ficción un tanto cutre pero con cierto encanto. Y ahí está hoy en día. No esperen ver un film excepcional, es más bien una pequeña curiosidad con algunos buenos momentos, dentro de un nivel general bastante normalito.

domingo, 26 de mayo de 2013

El nadador



Dirección: Frank Perry.
Guión: Eleanor Perry (Historia: John Cheever).
Música: Marvin Hamlisch.
Fotografía: David Quaid.
Reparto: Burt Lancaster, Janice Rule, Janet Landgard, Tony Bickley, Marge Champion, Bill Fiore, Kim Hunter, Nancy Cushman.

Ned Merrill (Burt Lancaster) vive en una zona residencial de clase alta en las afueras de Connecticut. Una día, Ned se da cuenta de que todo el valle donde vive está lleno de piscinas privadas. Ante el asombro de sus amigos, Ned decide recorrer el valle de piscina en piscina hasta llegar a su casa.

El nadador (1968) es un film realmente curioso que nos descoloca desde su mismo comienzo, con la llegada de Ned a la piscina de unos amigos, descalzo y en bañador. Comienza entonces un curioso viaje del protagonista hacia su hogar a través un "río" de piscinas y pronto comprendemos que en Ned y su viaje a casa se ocultan bastantes cosas. Son precisamente esos interrogantes que van apareciendo los que nos mantendrán pegados a la pantalla en busca de explicaciones.

El nadador es, salvando las distancias, una especie de Odisea. Ned, como Ulises, ha emprendido el camino a casa. Y a través de su paso por diferentes piscinas camino de su casa, Ned se va encontrando con viejos conocidos de un pasado algo distante e incierto. Al comienzo del viaje todo parece ir bien: Ned está en plena forma, los amigos que va encontrando se alegran de verlo y lo reciben con los brazos abiertos. Sin embargo, pronto empiezan a aparecer pequeñas nubes en el horizonte. Y de hecho, una constante del film es como el guión va jugando con los elementos de la naturaleza, desde unos primeros momentos en que el día es radiante, hasta que poco a poco, conforme Ned se acerca a su casa, el tiempo va empeorando como metáfora de la situación personal del protagonista. La verdad es que este desarrollo no es demasiado original y pronto vamos comprendiendo el drama del protagonista y adivinamos que su viaje se irá tornando cada vez más difícil, al tiempo que descubrimos retazos de su pasado y se van aclarando algunos detalles de su situación presente. El Ned querido y respetado del principio se va transformando en un hombre arruinado al que muchos desprecian y se alegran de su caída. Porque Ned fue rico y tuvo una vida llena de lujos. Y también fue un mujeriego al que parecía que no le importaba hacer daño a sus amantes. Sin embargo, hoy en día parece vivir en otro mundo, no se reconoce. Por momentos, pensamos en que Ned, sencillamente, se ha vuelto loco o quizá ha perdido la memoria en algún accidente o enfermedad. Se ve a sí mismo y su familia y sus antiguos amigos en un mundo ideal, tal vez como hubiera deseado que fuera realmente. Pero nada ha sido como él piensa. Y nada le queda ya. Su meta, su hogar, ya no existe. Y volviendo a las metáforas metereológicas, la llegada a su hogar es acompañada de una violenta tormenta de verano.

El nadador se presta a múltiples interpretaciones. Desde el castigo a la arrogancia del protagonista, que termina sin nada y solo, hasta una aguda crítica a la sociedad pudiente norteamericana, a sus miserias, sus mentiras, su falsedad, su egoismo y su existencia vacía y decadente. En todo caso, el guión deja suficientes puntos sin aclarar como para se puedan formular todo tipo de hipótesis.

El principal problema de El nadador viene de su puesta en escena. La película es fiel hija de la década de los sesenta y su extraña concepción estética. La mayor parte de los films de aquellos años no han envejecido muy bien que digamos. El trabajo de Frank Perry tras la cámara no terminó de convencerme. Algunos recursos se me antojan demasiado artificiales, otros, como las ensoñaciones o las metáforas con los caballos, me parecieron sencillamente absurdos. El resultado de estos experimentos son algunos pasajes algo cargantes, con la banda sonora de Marvin Hamlisch, que debutaba en el cine, que termina por resultar pesada por repetitiva, y que llegan a ralentizar en exceso el desarrollo de la película, afectando negativamente al ritmo narrativo. Otras escenas, como la del final, tampoco me parecieron especialmente logradas. Todos comprendemos, por ejemplo, que la casa está abandonada y que Ned no encontrará a su familia allí, pero aún así Perry parece tomarse muy a pecho el que no nos quede ninguna duda al respecto y alarga innecesariamente el final, que con la tormenta citada antes resulta un tanto exagerado y fallido.

Frank Perry, cuya mujer había elaborado el guión, terminó por abandonar el rodaje por discrepancias artísticas y la película fue terminada por Sydney Pollack, al que debemos algunas escenas como la de Ned con la antigua niñera de sus hijas, interpretada por la debutante Janet Landgard.

En cuanto a Burt Lancaster, sobre el recae todo el peso de la película, la verdad es que su interpretación, sin ser excepcional, sí que mejora otros trabajos suyos. Su interpretación es natural, conmovedora y sincera; y consigue que sintamos verdadera lástima por su personaje conforme va hundiéndose lentamente, a medida que las personas con las que se cruza lo van retratando cruelmente.

Así pues, El nadador es un film verdaderamente curioso. Es cierto que visualmente ha envejecido mal, que algunas metáforas resultan poco acertadas y que es demasiado esclavo de su época, pero aún así es una película que engancha por el misterio que encierra y que dará lugar, al menos, a que nos planteemos no pocas preguntas sobre su el mismo.

viernes, 24 de mayo de 2013

Más allá de Rangún



Dirección: John Boorman.
Guión: Alex Lasker & Bill Rubenstein.
Música: Hans Zimmer.
Fotografía: John Seale.
Reparto: Patricia Arquette, U Aung Ko, Frances McDormand, Spalding Gray, Adelle Lutz, Victor Slezak, Tiara Jacquelina.

Birmania, agosto de 1988. Después de la trágica muerte de su marido y su hijo, Laura Bowman (Patricia Arquette) viaja con su hermana (Frances McDormand) a Birmania para intentar mitigar el dolor de la pérdida. En Rangún, asiste conmovida a una manifestación popular contra la dictadura militar que oprime al país.

A veces el principal problema de un film estriba en que no termina de definirse plenamente, quedándose un poco en tierra de nadie. Esto es, expuesto tan brevemente, lo que le sucede a Más allá de Rangún (1995).

El film, basado en hechos reales, según se explica al comienzo del mismo, parte como una historia personal, el drama de una mujer que ha perdido trágicamente a su marido y a su hijo de corta edad, asesinados en un robo en su domicilio. Nos esperamos, pues, una especie de viaje desde el dolor de esta mujer hacia la aceptación y la superación. Y en parte, la película cumple con ello; y podemos ver como Laura Bowman, inmersa en el drama social y político de Birmania, va aceptando su dolor al compartir el de otros muchos inocentes que lo han perdido todo y cuya vida pende de un hilo.

Sin embargo, John Boorman también pretende que su película sirva de denuncia y llamada de atención sobre el drama del pueblo birmano bajo una feroz dictadura militar. Es entonces cuando la película se carga de mensajes de denuncia y adquiere un tono de denuncia política.

Pero también tenemos algunas pequeñas pinceladas de aventura con la huida de la protagonista y su guía, U Aung Ko (U Aung Ko), por la selva birmana.

Por lo tanto, Más allá de Rangún es un proyecto que pretende ser una denuncia política presentada a través de los ojos y el drama personal de una mujer abatida por el dolor. Y es en esta dualidad de propósitos e intenciones que la película de Boorman pierde nitidez y se queda en algo vago que no termina de profundizar en ninguna de sus propuestas. Porque la figura de Laura se queda en un simple boceto. Tras la primera presentación de su situación y el drama que ha tenido que vivir, era de esperar que el film ahondara más en ella, en sus miedos, en su dolor, para que pudiéramos entenderla mejor y compartir su dolor. Sin embargo, es entonces cuando arranca la trama política que, a su vez, también se muestra sólo en sus aspectos más espectaculares y dramáticos, pero sin llegar a profundizar tampoco demasiado en el fondo del asunto.

Al final, lo que sucede es que la película pasa un poco de puntillas por los dos ejes centrales de su argumento, con lo que no terminamos de implicarnos verdaderamente en ninguno de ellos. El drama de Laura no termina de llegarnos y el drama político se ve con cierto distanciamiento, el mismo en que parece que se ha instalado el discurso de Boorman.

El trabajo de Patricia Arquette, sin embargo, es excelente y logra convencernos del dolor y el peligro que tuvo que afrontar su personaje. También U Aung Ko resulta absolutamente convincente. Ambos llevan la mayor parte del peso del film y por aquí la película resulta intachable.

No lo es, desgraciadamente, en lo que toca a la puesta en escena por parte de John Boorman. Encuentro que se decanta demasiado por la teatralidad, buscando impactarnos y conmovernos con recursos demasiado vistos y que tampoco alcanzan aquí niveles notables. Así, desde el comienzo, nos machaca con escenas un tanto empalagosas reforzadas por una música glorificadora que me resultó bastante cargante y manipuladora. En otras partes de la cinta intenta crear imágenes preciosistas, especialmente la parte del viaje en balsa por el río, y tampoco el resultado es demasiado brillante. Se percibe un gusto nada disimulado por las formas pero que no se acompaña adecuadamente por un contenido brillante. En resumen, al igual que el argumento, también visualmente Más allá de Rangún se queda en un quiero y no puedo nada favorecedor.

Aún así, es un film entretenido, con algunos momentos realmente dramáticos y que sirve como denuncia de una dictadura no muy conocida en occidente. Interesante, pero sin llegar a brillar en ningún apartado.

miércoles, 22 de mayo de 2013

El coleccionista



Dirección: William Wyler.
Guión: Stanley Mann, John Kohn (Novela: John Fowles).
Música: Maurice Jarre.
Fotografía: Robert Surtees & Robert Krasker.
Reparto: Terence Stamp, Samantha Eggar, Mona Washbourne, Maurice Dallimore.

Freddie Clegg (Terence Stamp) es un gris empleado de banca solitario y acomplejado cuya gran afición es coleccionar mariposas. Pero su vida da un giro inesperado cunado le toca un gran premio en las quinielas. Se compra una mansión en el campo y decide llevar a cabo su gran deseo, secuestrar a Miranda Grey (Samantha Eggar), una joven estudiante de arte por la que se siente atraído desde hace mucho tiempo, con la esperanza que ella se acabe enamorando de él.

El coleccionista (1965) es una de la últimas películas de este gran director que nos ha dejado joyas como Los mejores años de nuestra vida (1946), Vacaciones en Roma (1953), Horizontes de grandeza (1958) o Ben-Hur (1959). Y si bien en este caso estamos ante un registro y un tono muy diferentes a las obras mencionadas, no deja de ser una muestra más del enorme talento del señor Wyler.

Uno de los grandes méritos del director es que aguanta prácticamente todo el metraje con la sola presencia de Terence Stamp y Samantha Eggar, sobre los cae todo el peso de la trama, encerrados en un solo decorado. Mantener el pulso, la emoción, el interés sin que decaiga el ritmo y sin que el film presente momentos muertos es sin duda un gran logro por parte del director y, como no, también de los guionistas, que han sabido construir una historia cautivadora, por momentos hipnóptica casi, con muy pocos elementos y cuyo trabajo fue premiado con la nominación al mejor guión.

La base de la película es la relación entre el secuestrador y su víctima: desde el instante en el que ella comienza a ser consciente de su situación hasta que comprende, al final del film, que no va a poder salir bien parada de su cautiverio. Entre medias, las negociaciones, los engaños, el juego perverso entre ambos personajes que va desvelando su personalidad y que nos dejará al descubierto a un verdadero psicópata enfermo y miserable que bajo una apariencia amable y comprensiva oculta un ser acomplejado, inseguro y terriblemente egoista. Freddie sufre de un complejo de inferioridad que le lleva al aislamiento y considerar que nunca podrá ser valorado viviendo unas relaciones normales, en medio de la sociedad. Por ello no le queda otro remedio que secuestrar a su amor platónico para que, en la intimidad, lejos de cualquier competencia, pueda intentar enamorarla. Su frustración al ver que no consigue sus propósitos lo hará verdaderamente peligroso para Miranda. Ésta pasará por varias fases durante su secuestro, desde la violenta oposición a la negociación y, finalmente, recurriendo a la seducción. Pero con un psicópata como Freddie nada funciona. Su retorcida y enfermiza mente buscará siempre un motivo para seguir sufriendo, para seguir compadeciéndose y para mostrarse cruel con su víctima. Desde este punto de vista, El coleccionista ofrece un agudo y preciso retrato psicológico de una mente enferma y un dibujo apasionante y terrible de las relaciones entre un secuestrador y su víctima.

Y como el peso de todo este montaje recae sobre los hombros de Terence Stamp y Samantha Eggar es necesario valorar como se merece su trabajo. En principio no se trata de grandes nombres de la industria pero hemos de reconocer que su trabajo es más que notable. Stamp hace una interpretación soberbia y su papel no es sencillo. Pero sin aspavientos innecesarios consigue componer un psicópata realmente convincente y temible. Algunos primeros planos de su mirada son para dejarte sin aliento. En cuanto a la novel Samantha, la verdad es que fue una apuesta algo arriesgada y en un principio Wyler llegó a dudar de su talento. Hasta se planteó sustituirla en pleno rodaje por Natalie Wood, algo que no pudo lograr porque la actriz no estaba disponible. Pero poco a poco Samantha fue afianzándose hasta completar un trabajo excelente que le valió para recibir incluso una nominación al Oscar como mejor actriz.

William Wyler basa su puesta en escena en una sencillez extrema. Su trabajo con la cámara es discreto, elegante y muy certero. Consigue crear una atmósfera claustrofóbica y una tensión incesante a base de silencios, miradas y un control absoluto del tiempo. Todo un alarde de dominio y saber hacer que le valió una nominación como mejor director.

El coleccionista es un film inquietante, denso, rico en diálogos y situaciones que nos atrapa desde el comienzo y no nos suelta ya hasta el sorprendente e inquietante final, donde comprendemos que la locura, una vez desatada, se alimenta sin cesar de su propia miseria, anunciándonos un futuro terrible para la pobre que se cruce con el demente de Freddie.

sábado, 18 de mayo de 2013

Ran



Dirección: Akira Kurosawa.
Guión: Akira Kurosawa, Hideo Oguni, Masato Ide (Obra: William Shakespeare).
Música: Toru Takemitsu.
Fotografía: Takao Saito & Masaharu Ueda.
Reparto: Tatsuya Nakadai, Akira Terao, Jinpachi Nezu, Pîtâ, Mieko Harada, Masayuki Yui, Daisuke Ryû, Yoshiko Miyazaki, Hisashi Igawa, Kazuo Katô, Norio Matsui.

En el Japón medieval, el poderoso señor Hidetora Ichimonji (Tatsuya Nakadai) decide que a sus setenta años ha llegado la hora de abdicar en el mayor de sus tres hijos, Taro (Akira Terao). Sólo su hijo menor, Saburo (Daisuke Ryû), considera que la idea es absurda y sólo traerá las disputas entre ellos. Hidetora, interpretando sus palabras como un desacato a sus deseos, lo deshereda.

Ran (1985) es la última gran película del genial cineasta japonés Akira Kurosawa. El director ya tenía setenta y cinco años cuando se embarca en esta ambiciosa adaptación de El rey Lear de William Shakespeare que se entremezcla también con antiguas leyendas japonesas.

Lo primero que nos sorprende en Ran, que en japonés significa caos, es la fascinante puesta en escena. Por una parte, destacaría la posición de la cámara en muchos momentos al nivel del suelo, lo que otorga una dimensión muy especial a las escenas. Pero Kurosawa también se apoya en una preciosa fotografía para brindarnos una colección de imágenes memorables. En muchas de ellas se aprecia la búsqueda de la belleza basada en el contraste y la intensidad de los colores. En otras es el movimiento el que ofrece secuencias espectaculares, sobre todo en las escenas de batallas, donde la crueldad de la guerra se armoniza con una coreografía que otorga a esas escenas una extraña belleza. Kurosawa nos ofrece una extraña sinfonía de muerte en el asalto al castillo donde los gritos y el estruendo de las armas es reemplazado por el silencio. Pero también destaca la sencillez de algunos decorados donde la belleza reside precisamente en el minimalismo y la economía de elementos puestos en juego. En todo caso, Ran tiene una fuerza visual única y fascinante.

Argumentalmente, como decía, la película se basa en el drama El rey Lear, cambiando aquí las hijas del rey inglés por varones y llevando la acción al Japón medieval. Estamos ante una tragedia en toda su dimensión. Ran se adentra en lo más ruín del alma humana y en cómo el poder y la ambición son capaces de destruirlo absolutamente todo. El poderoso señor feudal, al que su ancianidad podría dulcificar, es en realidad un despiadado guerrero que ha matado sin piedad a cuantos se oponían a su ambición. Cuando decide retirarse al fin y delegar en sus hijos, comprobará como el odio que ha sembrado se vuelve en su contra y como sus hijos mayores terminan sucumbiendo al ansia de poder. La ruina, la traición, la muerte, la venganza se dan cita en esta trajedia despiadada. Ante tanta maldad humana, hasta los dioses lloran impotentes, como dice un personaje de la película.

Sin embargo, es posible que para muchos Ran no sea la película perfecta. Y en parte eso se debe a que es deudora, lógicamente, de la manera de hacer e interpretar del cine japonés. Quizá algunas interpretaciones no terminen de encajar con nuestra cultura cinematográfica y es verdad que pueden parecernos algo forzadas, me refiero en concreto al trabajo de Tatsuya Nakadai y de Pîtâ, un actor del teatro Nō japonés que interpreta al bufón Kyoami. Pero junto a éstas, también es verdad que hay otras que resultan absolutamente geniales. Especialmente fascinante es el trabajo de Mieko Harada como Lady Kaede, la esposa de Taro primero y amante de su hermano Jiro (Jinpachi Nezu), el segundo hijo de Hidetora, después. Quizá es el personaje más interesante de todos, una mujer fría, calculadora, vengativa y cruel que manejará a Jiro como a un pelele. Si hablábamos antes de la belleza de las imágenes de Kurosawa, con ella tenemos un ejemplo más de esa búsqueda de la belleza; verla caminar, escuchar el sonido de las sedas, contemplar la delicadeza de sus gestos son momentos de una belleza especial.

Tampoco parece jugar del todo a favor de la película su excesiva duración que, aunada a un ritmo lento, hacen que por momentos pueda resultar algo pesada. Sin embargo, bien mirada, no hay ninguna escena que sobre. Incuso en aquellas de la demencia de Hidetora, los momentos más difíciles de Ran, se encuentran pequeñas perlas en forma de diálogos y reflexiones que vienen a condensar la esencia de la historia.

En todo caso, Ran es una obra maestra sin ninguna duda. Una película hermosa en lo formal, desgarradora en el fondo, que pone un broche de oro a la carrera de uno de los directores de cine más geniales y más peculiares. Imprescindible.

martes, 7 de mayo de 2013

La casa de Carroll Street



Dirección: Peter Yates.
Guión: Walter Bernstein.
Música: Georges Delerue.
Fotografía: Michael Ballhaus.
Reparto: Kelly McGillis, Jeff Daniels, Jessica Tandy, Mandy Patinkin, Jonathan Hogan, Kenneth Welsh, Christopher Rhode, Remak Ramsay.

Años 50. Durante la época de la caza de brujas del senador McCarthy una periodista de la revista Life, Emily Crane (Kelly McGillis), es citada por una comisión del Senado que le pide que les revele ciertos datos confidenciales. Al negarse a ello, la dirección de la revista decide despedirla.

El principal problema de La casa de Carrol Street (1987) es que resulta un film sin alma, apagado, sin nervio. Y eso, para un thriller, es decididamente malo.

La idea de la que parte el film, sin embargo, es muy interesante: cómo los Estados Unidos dan refugio a criminales de guerra nazis para poder servirse de sus conocimientos médicos, unos hechos con base real. Pero este detalle argumental no será aprovechado del todo, sino que se queda como disculpa o Macguffin sobre el construir un thriller bastante convencional que prefiere centrarse en la mera acción y las relaciones personales entre los protagonistas a adentrarse en terrenos políticos, mucho más ricos en posibilidades.

Pero aún despreciando esa vertiente más escabrosa o polémica, la película podía haber aprovechado la intriga propia del argumento y construir un film intenso y emocionante. Sin embargo, no es así y la culpa creo que se debe al pobre trabajo de Peter Yates al frente de la película.

Porque tanto la ambientación, con una reconstrucción meticulosa y preciosista de los años 50, como la cuidada fotografía ponen de su parte para lograr un envoltorio brillante y atractivo. Pero Yates no es capaz de insuflarle vida. Tras un comienzo interesante, con la secuencia de la comisión del Senado y el despido de Emily, el film comienza a decaer y ello es notable en cuanto la película entra en el terreno de la intriga y cuando se supone que el film debe comenzar a emocionarnos, intrigarnos y sobresaltarnos. Pero, por el contrario, asistimos a una sucesión de escenas sin garra, con diálogos banales, situaciones desaprovechadas y escenas de acción mal filmadas que no logran que nos metamos en la piel de Emily en ningún momento. Ni tememos por su vida ni nos implicamos para nada en sus desgracias, pues en todo momento reina un ambiente frío y un desarrollo plano que no encuentra ni ritmo ni intensidad.

Parte de la culpa radica en la dirección tan poco vibrante de Peter Yates, pero también en que el argumento no termina de dibujar convenientemente a los malos, con lo que no terminamos de comprender su peligrosidad o hasta dónde pueden llegar; es decir, no nos asustan realmente. Y es evidente que una de las claves de un buen thriller es contar con unos villanos de peso, lo que aquí se olvida lamentablemente.

Tampoco es que Kelly McGillis resulte demasiado convincente, no solo por su trabajo, sino por lo incoherente del comportamiento de su personaje. Está muy hermosa en algunos planos, gracias también a un vestuario precioso, pero no termina de enamorarnos con su trabajo. Jeff Daniels, por el contrario, me gusta un poco más, aunque de nuevo volvemos a encontrarnos con que su personaje, como el de Emily, carece de un buen desarrollo, con lo que nos quedamos un poco en el aire al no estar muy bien definido.

En definitiva, un film que tenía muchas posibilidades pero que lamentablemente Peter Yates no ha sabido explotar, quedándose en una dirección anodina y sin interés que hace que no lleguemos a vivir con la mínima emoción necesaria una historia que sentimos desaprovechada. Para ver en una tarde lluviosa como mero pasatiempo.

domingo, 5 de mayo de 2013

Entre dos mujeres



Dirección: Mark Rydell.
Guión: Remake: David Rayfiel & Marshall Brickman.
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Vilmos Zsigmond.
Reparto: Richard Gere, Sharon Stone, Lolita Davidovich, Martin Landau, David Selby, Jennifer Morrison, Ron White.

Vincent Eastman (Richard Gere) es un brillante arquitecto al que su matrimonio no le ha salido como esperaba. Poco a poco se ha ido distanciando de su esposa (Sharon Stone) y cuando conoce a una atractiva periodista, Olivia (Lolita Davidovich), decide dar el paso y abandona a su familia. Sin embargo, pronto comprende que aún no se han roto los lazos que le unen a su mujer.

Entre dos mujeres (1994) es en realidad un remake del film francés Las cosas de la vida (Claude Sautet, 1970) que fue nominada en su momento como candidata al mejor film en el Festival de Cannes de ese año. Desconozco el original, pero lo que me resulta evidente es que Entre dos mujeres no será nunca candidata a premio alguno.

El tema de las relaciones humanas, y más concretamente las amorosas, ha sido llevado miles de veces a la pantalla. Es un tema universal que, bien planteado, puede dar lugar a grandísimos análisis y maravillosas películas. Pero también nos deja a menudo dramones insustanciales como es el caso ahora.

Entre dos mujeres pretende acercarse a los sentimientos y dudas de un arquitecto de éxito que, sin embargo, a nivel personal no encuentra el camino a la felicidad. El relato se articula a base de flash backs a través de los cuáles vamos conociendo detalles del pasado de Vincent y cómo se han desarrollado sus relaciones hasta llevarlo a la situación actual, en la que mantiene una relación sentimental con Olivia pero trabaja con su esposa, por la que parece sentir aún algo más que una simple atracción, descubriendo además que siente celos al saber que su esposa ha conocido a otro hombre. En esta encrucijada, Vincent no termina de saber qué camino tomar.

El planteamiento es interesante y, bien llevado, puede dar mucho juego. El problema es que la película se queda en la superficie de las cosas y de los personajes, sin lograr plantearnos un film inteligente ni auténtico. Mark Rydell no se toma el tiempo para mostrarnos en profundidad los sentimientos de los protagonistas. De Olivia no llegamos a conocer absolutamente nada. De la esposa de Vincent sólo nos muestra unas breves pinceladas que la dibujan como una mujer fría y pragmática que rechazaba entregarse al acto amoroso con pasión, de lo que deducimos que esa debe de ser la causa del fracaso matrimonial de Vincent, lo que no deja de resultar demasiado poco y demasiado tonto, al menos tal y como lo muestra Rydell. Y en cuanto a Vincent, el personaje principal, tampoco tenemos un retrato demasiado preciso de él. El guión se limita a dibujarlo como un brillante profesional pero antipático y colérico por su frustración personal y poco más. Como apuntaba, el guión se queda en lo más superficial, porque el interés parece no estar en profundizar en los personajes o en sus relaciones, sino en los aspectos más elementales y en especial en el drama que nos reservan para el final.

Consecuencia lógica de este enfoque son unos diálogos muy básicos, sin chispa, donde se acude a frases bastante manidas y poco más. Tratándose de un film que pretende emocionarnos por las dudas y fracasos de su protagonista, la verdad es que se cuentan los momentos realmente interesantes. La mayor parte del film transcurre entre el aburrimiento y la monotonía.

Es, sin embargo, para el final que el director se ha reservado la traca emocional con el accidente de Vincent. Es, por desgracia, el broche más negativo que podría haberse pensado para un film tan poco interesante y banal como éste. Porque la desgracia final tiene la misma escasa calidad que el resto de la película y lo único que consigue es llevar a un film mediocre al abismo de los melodramas más burdos, al nivel de los telefilmes baratos. Ni la manera de filmar el accidente es acertada ni las ilusiones de un Vincent agonizante logran resultar emotivas; al contrario, resultan torpes y vulgares. Y por si no bastara con este final lacrimógino forzado, el tema de la carta de ruptura de Vincent con Olivia termina de rematar un final manipulador y grotesco ante el que no podemos que sentir cierta vergüenza ajena.

Imagino que recurrir a Richard Gere y Sharon Stone estaría motivado por el tirón de taquilla de ambos actores. La verdad es que Richard Gere no me gusta nada y en este film no logró hacerme cambiar de opinión acerca de su manera de trabajar. De nuevo tenemos su colección de tics tan cargantes y poquito más. Aunque en su defensa podríamos argumentar que su personaje no daba para gran cosa. En cuanto a Sharon Stone, pues de nuevo un papel de mujer fría en el que parece que les gusta encasillarla. Es una mujer atractiva y explota esa presencia ante las cámaras y poco más. La tercera en discordia, Lolita Davidovich, paga la indefinición de su personaje y también su indefinición como actriz. Ella carece de fuerza como para representar una oposición meramente creíble frente a la Stone. Podría jugar el papel de la edad como elemento que inclinara la balanza a su favor, pero tampoco aparenta ser mucho más joven que Sharon Stone. Y como, para colmo, su personaje es el menos definido de todos, se queda como una amante sin garra que no sabemos en realidad qué tiene que ofrecerle al dubitativo Vincent.

Al final de todo, tenemos una film sin fuerza, cargado de banalidades y situaciones sin mucho interés y que encima elige el peor de los finales posibles, donde el director intenta impactarnos y emocionarnos recurriendo a lo truculento de una muerte de lo más inoportuna que denota sin lugar a dudas la falta de talento del director y la puerilidad de un guión superficial y sensiblero.