El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

miércoles, 29 de enero de 2014

La fuerza de la sangre



Dirección: Frank A. Cappello.
Guión: Frank A. Cappello.
Música: David C. Williams.
Fotografía: Richard Clabaugh.
Reparto: Russell Crowe, Helen Slater, Etsushi Toyokawa, Michael Lerner, Kyûsaku Shimada, Kristopher Logan, Kelly Hu, Andrew J. Ferchland, Ian Ziering, Monty Bane.

Durante una operación contra la mafia, Seiko Kobayashi (Kelly Hu), una agente novata del FBI, liquida al hijo de un conocido mafioso y, acto seguido, se suicida. Su compañero Zack Grant (Russell Crowe) descubrirá entonces que Seiko tenía contactos con la Yakuza, la mafia japonesa.

Cuando Russell Crowe comenzaba a hacerse un hueco en el cine norteamericano, y antes de la genial L.A. Confidential (Curtis Hanson, 1997), tuvo la "suerte" de ser el protagonista de La fuerza de la sangre (1995), escrita y dirigida por un tal Frank A. Cappello, guionista y director de muy corta trayectoria, por lo cuál que le damos las gracias.

La fuerza de la sangre es de esas películas que cuesta un poco catalogar o definir y mucho más digerir. Y eso que el arranque no parece del todo malo: hay tensión, acción, intriga y sorpresa. Todo apunta, tras los primeros cinco o diez minutos, que vamos a presenciar una película de acción más o menos convencional pero quizá entretenida, y más al contar con la presencia de Russell Crowe, un actor con oficio, presencia y buenas artes.

Sin embargo, pronto Frank A. Cappello comienza a sorprendernos. La historia empieza a dar saltos argumentales extraños, con un bastante dudoso y aparatoso flash back en el que se nos informa de la muerte de la esposa de Zack al dar a luz a su hijo. Tras este terrible drama, la película toma un giro hacia la comedia, con la presencia de Mary (Helen Slater), una azafata un tanto cargante y tonta, que nos vuelve a desconcertar. A partir de aquí, el cúmulo de simplicidades se sucede sin solución de continuidad. El argumento se convierte en un juego de situaciones absurdas, diálogos que rozan la estupidez, escenas de acción chapuceras, acumulación de tópicos y un desarrollo en general sin ninguna originalidad y completamente predecible.

Y es que el cúmulo de despropósitos de la película es interminable: el temible cabecilla de la mafia japonesa es un panoli, los pistoleros son torpes a más no poder, la guapa de turno es un mero cliché burdo y simplón, las escenas de acción están filmadas con torpeza y huelen a trampa a un kilómetro... sólo la figura de Zack mantiene cierta entidad, si bien es verdad que es un personaje que roza el folletín más básico: pierde a su esposa en el parto de su hijo, que después es secuestrado por la mafia, que amenaza matarlo sino le entrega al rival japonés.

El padre de este guión decide además dirigirlo él mismo. Y si Frank A. Cappello demuestra como guionista una preocupante falta de imaginación y de talento, su labor en la dirección es también torpe y hasta chapucera. Muchas escenas, sobre todo las de acción, están bastante mal resueltas, son confusas e incluso a veces absurdas.

En cuanto al reparto, tan solo puedo salvar a Russell Crowe, que defiende como puede su papel dentro de un film de tan bajo nivel. El resto del reparto no destaca especialmente, se trata de actores de segunda fila que hacen lo que buenamente saben o pueden; incluso algunos, los que encarnan a los pistoleros de la mafia en especial, están rematadamente mal, dejando patente el nivel en que se mueve esta película.

Así que no vale la pena seguir desgranando las bondades de La fuerza de la sangre. Lo mejor es no dejarse engañar por la presencia de Crowe al frente del reparto y pasar de la película; salvo, eso sí, que te quieras reír de todo este tinglado tomándote esta película como un completo absurdo y le busques la gracia a tan pobre espectáculo. Si logras darle ese enfoque ridículo, te echarás alguna que otra carcajada.

martes, 28 de enero de 2014

The Italian Job



Dirección: F. Gary Gray.
Guión: Wayne Powers & Donna Powers (Remake: Troy Kennedy-Martin).
Música: John Powell.
Fotografía: Wally Pfister.
Reparto: Mark Wahlberg, Edward Norton, Charlize Theron, Seth Green, Jason Statham, Donald Sutherland, Mos Def, Christina Cabot, Franky G.

Tras un golpe perfecto, en el que una banda de ladrones se hace con más de treinta millones de dólares en lingotes de oro, Steve (Edward Norton), un miembro de la banda, traiciona a sus compañeros y se hace con todo el botín, dando a sus socios por muertos.

Antes de ver The Italian Job (2003), uno ya puede hacerse una idea bastante precisa de lo que le espera. Y sin embargo, al final te decides a verla. En mi caso, solo había un motivo que me impulsó a ello: la presencia de Charlize Theron. La carne es débil.

Remake de Un trabajo en Italia (Peter Collinson, 1969), la película de F. Gary Gray tiene esa factura impecable y ese sentido del espectáculo que parece ser el sello de marca de ciertas propuestas made in Hollywood que nos hacen pensar inevitablemente en aquellas gloriosas superproducciones que dieron tanto lustre a la industria en sus años de gloria. Lógicamente, no se pueden establecer comparaciones demasiado precisas, pues a pesar de su brillante factura, The Italian Job no deja de ser un film menor, un pasatiempo divertido y muy ameno pero poco más.

Lo que resulta muy gratificante es que parece ser que el director sabía lo que tenía entre manos y lo que valía realmente. La película por tanto tan solo pretende ser un atractivo entretenimiento y Gray se aplica a ello con solvencia y sentido común. Su trabajo es serio, al servicio del espectáculo pero sin caer en esa moda mareante de cámaras alocadas que no hacen sino aturdirnos. Por el contrario, su exposición es sencilla, directa y muy eficaz. No se pierde en rodeos o alardes inútiles y se centra en mantener la tensión y un ritmo constante, con una explosión final de acción como broche de oro.

Lo que sí que es necesario por nuestra parte es colaborar con el espectáculo dando por buenos algunos detalles que parecen un tanto improbables. Son las típicas fantasmadas que cuesta creer. Debemos ser capaces de mantener cierto distanciemiento y, sobre todo, tomarnos la cinta como una simpática broma.

En consonancia con esa tendencia que ya habíamos visto con Ocean's Eleven (Steven Soderbergh, 2001), film en la misma línea que éste, contamos en The Italian Job con un reparto bastante completo y atractivo. Es verdad que Donald Sutherland tiene un papel muy corto, pero Charlize Theron, con una belleza deslumbrante, Mark Wahlberg, bastante convincente, y Edward Norton, un actor colosal, compensan su ausencia.

En lo que quizá flojea más la película es cuanto al guión, bastante previsible y que no ofrece en realidad la más mínima sorpresa. Desde el comienzo ya adivinamos por dónde van a ir los tiros y no resulta complicado saber el destino final del malo y el éxito de los buenos. Desde este punto de vista, la película pierde fuerza, por lo que nos queda como consuelo la buena puesta en escena. De ahí que cobre una gran importancia el buen hacer del director a la hora de crear un buen entretenimiento basado en la espectacularidad de muchas escenas (las carreras de los minis están perfectas) y un ritmo sostenido y ágil. En lo que sí que acierta el guión es a la hora de puntear la historia con algunos momentos de humor que aportan un plus muy interesante, a demás de que algunos de esos detalles están muy logrados.

También en el debe del guión hemos de señalar que el final resulta un tanto precipitado, demasiado previsible y sin mucha tensión ni emoción, dejándonos al final un tanto decepcionados. No es que tuvieran que recurrir a uno de esos finales tramposos o retorcidos, pero sí que echa de menos algo con un poco más de fuerza.

Al final, The Italian Job funciona correctamente como lo que es en realidad: un film ligero, ingenioso y trepidante, con buenas dosis de humor y sin caer en excesos o tomaduras de pelo. La película se respeta y nos respeta y así logra hacernos pasar un buen rato, sin más pretensiones que divertirnos.

domingo, 19 de enero de 2014

La comedia en carteles

La comedia es, sin duda, uno de los géneros más universales y más aceptados. Como suele pasar en este tipo de clasificaciones, dentro de este género caben cantidad de apartados: comedia romántica, comedia disparatada, comedia dramática, sofisticada...

Vamos a hacer un breve recorrido por algunos de los títulos claves del género, desde sus primeros años hasta el presente, a través de sus carteles. Sin duda, faltarán muchos títulos, pero los que están creo que se lo ha  ganado.

Si pensamos en un nombre propio de cine cómico en los primeros años del cine, sin duda hemos de coincidir en la figura de Charles Chaplin, un genio que dirigía, escribía, componía la música y actuaba en sus películas. El artista total. De entre su innumerable producción, traigo aquí La quimera del oro (1925), una de sus muchas obras maestras.





La screwball comedy nació en los años treinta a la sombra de la Gran Depresión y fue un subgénero muy popular. Eran comedias alocadas donde había una buena dosis de crítica social bajo su apariencia ligera. Se considera que fue la fantástica película de Frank Capra Sucedió una noche (1934) la que inauguró este subgénero.





Los Hermanos Marx brillaron con luz propia con una serie de comedias surrealistas, absurdas e irreverentes que pudieron ver la luz gracias a la invención del cine sonoro, pues la comicidad de sus films se basa principalmente en la fuerza de los diálogos. Una noche en la ópera (1935) es para muchos su mejor película.





La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938) está considerada la cima de la screwball comedy. Un argumento disparatado, dos actores geniales y una locura de principio a fin.





La década de los cuarenta fue especialmente fructífera en Hollywood y en este género también nos dejó verdaderas obras maestras, como Historias de Filadelfia (1940), de George Cukor, con Cary Grant, Katharine Hepburn y James Stewart. Un lujo.





También de 1940 es El bazar de las sorpresas, del maestro de la comedia Ernst Lubitsch. Una comedia romántica sencilla, tierna y con unos personajes entrañables. Una obra maestra.





Y el mismo Ernst Lubitsch nos dejó en 1942 otra obra cumbre de la comedia, Ser o no ser, donde hacía una crítica muy inteligente sobre el nazismo en plena Segunda Guerra Mundial. Carole Lombard, la protagonista y esposa de Clark Gable, no llegó a ver la película, al fallecer antes del estreno en accidente de avión.





Una de las cumbres de la comedia negra es, sin lugar a dudas, Arsénico por compasión (1944), que nos muestra una faceta menos amable de Frank Capra. Cary Grant confesaba que fue la película en la que mejor se lo pasó. Irrepetible.





Uno de los nombres propios de la comedia fue Billy Wilder, autor de algunos títulos míticos como, por ejemplo, Con faldas y a lo loco (1959), una de las películas más divertidas de la historia.





En un tono más reflexivo, Billy Wilder nos dejó al año siguiente otra gran comedia, El apartamento (1960), con un excelente reparto encabezado por Jack Lemmon, un actor habitual en los films de Billy Wilder, y una maravillosa Shirley MacLaine.





1977 es el año de Woody Allen y su genial Annie Hall. Allen cuenta, en clave de comedia, una muy personal historia de amor, haciéndose un nombre en mayúsculas en la historia del cine al ganar el Oscar a la mejor película del año.





Tootsie (1982) supone una simpática visión del complicado mundo de los actores a cargo de un inspirado Sydney Pollack y con una memorable actuación de Dustin Hoffman.






Algunos miembros de los famosos Monty Python lograron realizar una comedia verdaderamente redonda a finales de los ochenta: Un pez llamado Wanda (Charles Crichton, 1988).





Tim Burton nos ofreció una peculiar mezcla de comedia y ciencia-ficción con su estupenda Mars Attacks! (1996), con un reparto realmente espectacular y un humor muy, muy negro.





El cine británico consiguió un gran éxito en 1997 con Full Monty (Peter Cattaneo), una comedia dramática con un original argumento que caló muy bien entre los espectadores.





De Joel Coen nos llegó en 1998 El gran Lebowski, una genial comedia que se ha convertido ya en todo un clásico con una buena cantidad de seguidores y admiradores incondicionales.





Love Actually (Richard Curtis, 2003) tuvo el acierto de contar una historia coral que terminó convenciendo tanto al público masculino como al femenino, un logro que las comedias románticas no siempre consiguen alcanzar. Una película que va camino de convertirse en un clásico y donde todos los elementos encajan a la perfección.





Joel y Ethan Coen lograron hacer un excelente remake de El quinteto de la muerte (Alexander MacKendrick, 1955) con Ladykillers (2004), un film genial con una brillante actuación de Tom Hanks dando vida a un personaje absolutamente delirante.





Y no todo el buen cine sale de las grandes producciones. Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris, 2006) supuso una gran sorpresa por parte del cine independiente. Una genial comedia dramática llena de sencillez y de encanto. Conmovedora.



sábado, 18 de enero de 2014

Training day (Día de entrenamiento)



Dirección: Antoine Fuqua.
Guión: David Ayer.
Música: Mark Mancina.
Fotografía: Mauro Fiore.
Reparto: Denzel Washington, Ethan Hawke, Scott Glenn, Tom Berenger, Harris Yulin, Raymond J. Barry, Cliff Curtis, Dr. Dre, Snoop Dogg, Macy Gray, Charlotte Ayanna, Eva Mendes, Nick Chinlund, Jaime Gomez, Raymond Cruz, Noel Gugliemi, Samantha Esteban.

Jake Hoyt (Ethan Hawke) quiere hacer carrera en el cuerpo de policía, por eso escoge la división de narcóticos, con la esperanza de llegar pronto al cargo de inspector. En su primer día en narcóticos, Jake deberá pasar la prueba de fuego a la que le someterá su jefe Alonzo Harris (Denzel Washington), un veterano de dudosa moralidad.

Denzel Washington quiso que fuera Antoine Fuqua quién dirigiera Training Day (2001) y la verdad, aunque los antecedentes del director no fueran demasiado prometedores, es que la apuesta le salió redonda. Y es que gran mérito de que la película funcione tan bien se debe al trabajo de Fuqua, con una dirección elegante y sobre todo eficaz, puesta siempre al servicio de lo que está contanto, dejando a un lado las florituras o los alardes de presunción. Se agradece un trabajo como éste, al servicio de la película.

Training day sorprende por ser un film policíaco con un punto de originalidad interesante, al no basarse en la acción pura y dura, que suele ser la norma más socorrida. En su lugar, la película nos plantea el dilema al que se ve sometido el novato Jake: ¿es legítimo saltarse la ley para combatir el crimen? o, dicho de otra manera, ¿el fin justifica los medios? Ese es el dilema que le plantea Alonzo a su joven aprendiz. Y Jake tendrá que tomar un camino u otro, según de fuerte sea su ambición en contrapartida con sus convicciones morales. Y en medio de este juego pasa Jake su primer día en narcóticos, su peculiar día de entrenamiento. Aunque pronto comprendemos que el sentido práctico que esgrime Alonzo para poder hacer bien su trabajo no es más que la manera de justificarse; Alonzo es un policía corrupto hasta las entrañas. Ahora bien, el acierto del guión de Training day es que hasta bien entrada la película siempre deja un pequeño resquicio de duda sobre los métodos y la moralidad de Alonzo, de manera que logra mantener un punto de incertidumbre o intriga sobre la clase de policía que es realmente. Y esa duda la compartimos con Jake, que no terminará de descubrir al verdadero Alonzo hasta que casi es demasiado tarde para él. Este juego de engaños, de medias verdades sobre la verdadera naturaleza de Alonzo es sin duda el mayor acierto de un guión muy bien elaborado, donde destacamos unos diálogos muy bien trabajados, y que logra darnos una imagen bastante convincente del mundo de la delincuencia de los bajos fondos de Los Ángeles.

En cuanto al reparto, la película se asienta en el trabajo de Denzel Washington y de Ethan Hawke, sobre los que recae todo el peso de la historia. El primero no deja lugar a dudas sobre su calidad y hace una interpretación excelente, recompensada merecidamente con un Oscar. Hawke, por su parte, logra mantener el nivel al lado de Washington, lo cuál dice mucho de un actor que hasta el momento no había destacado especialmente. Hawke fue también candidato al Oscar al mejor secundario. El resto del reparto, enel que figuran Dr. Dre, Snoop Dogg y Macy Gray, cantantes de cierto renombre en Estados Unidos (algo que parece estar convirtiéndose en una moda), tiene un peso bastante limitado en la película, aunque cumple sin problemas.

Quizá sea el desenlace lo menos original e interesante de Training day. Es lo que tiene el cine comercial, y más si éste viene de Hollywood, donde parece ser que cuesta bastante salirse de los finales correctos y edificantes. Con todo, no se trata tampoco de un desenlace que decepcione especialmente, si bien es del todo previsible, lo que le resta lógicamente el impacto de otro tipo de final más inesperado.

Training day es una buena película policíaca donde prima la reflexión a cerca de los límites morales del trabajo de la policía sobre las típicas escenas de exaltación de la violencia y los efectos especiales. Sin duda, algo que agradecemos enormemente.

El cine negro en carteles

El cine negro es un género nacido y desarrollado en la década de los años cuarenta en Estados Unidos y caracterizado por su temática de delincuentes y perdedores donde las líneas entre lo bueno y lo malo se difuminan; la mujer deja de ser un elemento decorativo y surge la mujer fatal, con un protagonismo fundamental en el argumento; el héroe suele tener tantas luces como sombras y con frecuencia es un perdedor; en muchas películas, la historia se enfonca desde el punto de vista de los delincuentes; estéticamente se recurre a fórmulas próximas al expresionismo y los desenlaces suelen estar alejados del happy end clásico.

El cine negro es un género muy rico, tanto en temáticas como visualmente y ha dejado verdaderas obras maestras que resumimos a través de sus carteles.


El halcón maltés (John Huston, 1941) está considerada como la película que inaugura el género. Se trata de una obra magnífica, llena de humor negro, cinismo y mentiras y en la que podemos disfrutar con la presencia de un ícono de este tipo de películas: Humphrey Bogart.




Perdición (Billy Wilder, 1944) es una de las joyas del género, gracias al excelente guión de Raymond Chandler y a una de las mujeres fatales más poderosas de la historia, interpretada por una genial Barbara Stanwyck.





Laura (1944) es la aportación de Otto Preminger al género. Tal vez, la mejor película del director y una de las mejores obras del cine negro, con una enigmática Laura encarnada por la maravillosa Gene Tierney, de una belleza hipnotizadora. Un film extrañamente romántico y cautivador.





Y seguimos en 1944, decididamente un gran año para el cine negro. Fritz Lang realiza La mujer del cuadro, interpretada por uno de los grandes actores de la época dorada de Hollywood: Edward G. Robinson.





Un título que se ha ganado un lugar en la historia del cine gracias a su espectacular mujer fatal es Gilda (Charles Vidor, 1946). Rita Hayworth marcó a toda una generación con el baile en que un guante era muchísimo más que un guante.




El cine negro tuvo también sus ramificaciones lejos de Hollywood. Y sin duda, una de las grandes películas del género fue la británica El tercer hombre (1949), de Carol Reed, con un impresionante Orson Welles y su oscura encarnación de Harry Lime. Inovidable también es la partitura de Anton Karas.





En este breve repaso de los grandes nombres del cine negro no podía faltar James Cagney, todo un tipo duro y un actor arrollador. En Al rojo vivo (Raoul Walsh, 1949) compone uno de sus personajes más impactantes en un film realmente extraordinario.





El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950) es sin duda otro título imprescindible, donde Wilder retrata el lado menos agradable de Hollywood y con el añadido de recuperar a dos grandes de Hollywood: Gloria Swanson y Erich von Stroheim.





La jungla de asfalto (John Huston, 1950) es otro título imprescindible. Una obra maestra incuestionable, con un retrato maravilloso de los personajes, donde podemos disfrutar además de una jovencísima Marilyn Monroe.





Los sobornados (1953), otra aportación más de Fritz Lang al género, es una lúcida denuncia de la corrupción y un nuevo ejemplo del estilo directo del género, plagado de personajes ambiguos marcados por el drama.





Atraco perfecto (Stanley Kubrick, 1956) es para muchos la mejor película de su director. En todo caso, es ya un clásico del cine de atracos, una película perfectamente planificada y ejecutada y con uno de los mejores actores del género: Sterling Hayden.




Y, claro, no podía faltar en esta lista un genio como Orson Welles, que nos dejó una obra tan perfecta y tan estremecedora como Sed de mal (1958), donde él mismo interpreta además al personaje central de la historia, un policía corrupto y con métodos un tanto peculiares. Un título imprescindible que cuenta, además, con el que muchos consideran el mejor travelling de la historia.




El cine negro no murió con el fin de la época clásica de Hollywood. Siguió vigente, renovándose y actualizándose con títulos como Chinatown (1974), de Roman Polanski.





Una de las  últimas grandes películas del género es L.A. Confidential (Curtis Hanson, 1997). Con una producción impecable y un guión sobrio, es un film que ha puesto de nuevo al género en un lugar destacado, convirtiéndose en una referencia para nuevos realizadores.




martes, 14 de enero de 2014

Una habitación con vistas



Dirección: James Ivory.
Guión: Ruth Prawer Jhabvala (Novela: E.M. Forster).
Música: Richard Robbins.
Fotografía: Tony Pierce-Roberts.
Reparto: Helena Bonham Carter, Julian Sands, Maggie Smith, Denholm Elliott, Simon Callow, Daniel Day-Lewis, Patrick Godfrey, Judi Dench, Rupert Graves, Fabia Drake, Joan Henley, Amanda Walker, Maria Britneva, Rosemary Leach, Peter Cellier, Mia Fothergill.

Lucy Honey Church (Helena Bonham Carter) es una joven inglesa de buena familia. Ella y su prima Charlotte Barlett (Maggie Smith), que viaja con ella como su dama de compañía, se van a Florencia en viaje de placer. Al llegar a la pensión donde se alojarán, descubren que no les han dado las habitaciones que esperaban; sin embargo, el señor Emerson (Denholm Elliott) y a su hijo George (Julian Sands) se ofrecen a cederles sus habitaciones, con vistas a la ciudad.

Si algo caracteriza al cine inglés de época es esa elegancia y buen gusto de sus puestas en escena. Si alguien podía dudar de ello, Una habitación con vistas (1985) es una nueva prueba más de esa especial habilidad de la cinematografía inglesa.

Una habitación con vistas es la primera de las varias adaptaciones que realizará Ivory de una novela de E.M. Foster. De hecho, el cine de Ivory se caracteriza por las habituales adaptaciones de obras literarias, ya sea de Henry James (Las bostonianas), Kazuo Ishiguro (Lo que queda del día) o Evan S. Connell (Esperando a Mr. Bridge). Ésto y el gusto por los films de época son las señas de identidad más reconocibles del director.

La película nos cuenta el despertar a la vida de la joven Lucy, una mujer educada en las encorsetadas y estrictas normas inglesas pero que, en su interior, siente una fuerza que la impulsan a desear algo más, sin limitarse a lo que las convenciones sociales esperan de una mujer de su posición. Y será en Florencia, en contacto con el arte del Renacimiento y otra cultura (atención a la secuencia en la Piazza della Signoria), donde Lucy descubra el amor en los brazos del excéntrico George.

Con un  presupuesto ajustado, James Ivory logra una puesta en escena preciosista y muy cuidada, donde destaca la hermosa fotografía de Tony Pierce-Roberts y una banda sonora exquisita culminada con O mio babbino caro de la ópera Gianni Schicchi de Puccini. Además, a pesar de ser un film pausado y plagado de diálogos un tanto elaborados, Ivory logra hacer que la historia transcurra con agilidad, evitando las caídas de intensidad o los pasajes aburridos.

Sin embargo, Una habitación con vistas no logra llegar a la excelencia que podría anticipar esa cuidada presentación. Y el problema estriba en que tanto la historia como los personajes no terminan de parecernos reales. Los personajes parece que se han quedado a medias, que el guión no terminó de diseñarlos por completo. Conocemos sus rasgos principales, pero da la sensación de que nos quedamos ahí, en la superficie, sin poder penetrar del todo en su alma. Por eso algunas reacciones nos sorprenden o en algunos momentos tenemos la sensación de que falta algo. Es más, creo que la excesiva caricaturización de algún personaje, como es el caso de Cecil (Daniel Day-Lewis), me parece un error inexplicable. Ivory se queda a un par de metros; lo que cuenta no nos llega con la fuerza necesaria, es todo demasiado frío, como si la formalidad de las costumbres que retrata hubiera atrapado también al director en su manera de contarnos la historia. Y tratándose de una historia de amor, del deseo de dos jóvenes enamorados, aún es más preocupante esa falta de energía. Incluso, lo confieso, no llegué a entender por completo al personaje de George.

Helena Bonham Carter, que comenzaba su carrera cinematográfica, tiene una actuación notable, como también lo es la de Julian Sands, que resulta muy natural y compone con acierto a un apuesto y atrevido galán. Sin embargo, es Maggie Smith la que termina destacando especialmente con un trabajo pletórico. Daniel Day-Lewis está demasiado encorsetado en un papel que lo fuerza a rozar el ridículo y la caricatura y, aunque hay que valorar su actuación como buena, uno termina por considerar que su trabajo dista mucho de la naturalidad.

Una habitación con vistas es pues un film con dos caras: su ambientación y puesta en escena son muy buenas, al igual que el ritmo y los diálogos; pero los personajes y la historia resultan fríos y extraños. A pesar de ello, se trata de una película recomendable para los amantes del cine hecho con esmero.

Una habitación con vistas recibió nada menos que ocho nominaciones a los Oscars, ganando finalmente en los apartados de mejor guión adaptado, mejor dirección artística y mejor vestuario, suponiendo el salto a la fama para James Ivory.

lunes, 13 de enero de 2014

Deuda de sangre

 

Dirección: Clint Eastwood.
Guión: Brian Helgeland (Novela: Michael Connelly).
Música: Lennie Niehaus.
Fotografía: Tom Stern.
Reparto: Clint Eastwood, Jeff Daniels, Wanda De Jesús, Anjelica Huston, Tina Lifford, Alix Koromzay, Beverly Leech, Mason Lucero.

Cuando perseguía a un asesino en serie, el agente del FBI Terry McCaleb (Clint Eastwood) sufre un infarto. Dos años después, ya retirado y mientras se recupera del transplante de corazón al que fue sometido, Terry recibe la visita de una mujer (Wanda de Jesús), que le cuenta que su corazón pertenecía a su hermana asesinada, y le pide que investigue ese crimen.

Nueva película del gran Clint Eastwood en la piel de un policía un tanto especial. Casi podríamos llegar a ver a Terry McCaleb como una especie de Harry Callahan maduro, más inteligente pero igualmente rebelde. Aunque Deuda de sangre (2002) solo tenga en común con Harry el sucio (Don Siegel, 1971) la presencia también de un psicópata obsesionado con el policía protagonista.

Normalmente, cuando se estrena una nueva película de Eastwood las expectativas suelen ser muy elevadas. Pero no siempre este magnífico director puede ser capaz de filmar una obra maestra. Por ello, cuando realiza un film menor, como es el caso de éste, parece que uno se queda algo decepcionado.

El defecto principal de Deuda de sangre es esa especie de costumbre o manía de muchos thrillers de tener que rematarlo todo perfectamente, sin olvidar ningún detalle, sin dejar ningún cabo suelto. Puede que los guionistas o los productores tengan miedo de que, de no ser así, se enfrenten a una avalancha de críticas de los puristas de la coherencia argumental, que hincan el diente en todo lo que no quede cristalino. Y precisamente es por ese afán de cerrar la película, de dejar el argumento perfectamente sellado por donde uno siente que las cosas no encajan del todo bien. Y es que el argumento resulta, al final, tan rebuscado, tan absurdo incluso en ciertos detalles, que arruina en parte el buen thriller que habíamos visto hasta ese fatídico cuarto final aclaratorio y resolutorio.

Porque, aunque Deuda de sangre no sea la película de la década ni el mejor thriller que se haya filmado, la verdad es que la historia tiene su encanto y su interés. El personaje de McCaleb tiene fuerza y las constantes referencias a su precaria salud añaden un punto de inquietud a sus indagaciones. Además, la investigación de los dos asesinatos (el hombre del cajero y la mujer que le donó el corazón) está llevada con inteligencia y mantiene el interés del espectador en todo momento. Es cierto también que hay algunos elementos que no llegan a engañarnos y nos adelantamos a veces a las conclusiones de McCaleb, pero en general esta parte de la historia funciona correctamente y resulta muy gratificante ver cómo el protagonista va avanzando en su investigación.

Lástima que al final todo se eche por la borda con ese final absurdo que, además, resulta también bastante predecible a poco que uno conozca cómo funciona este mundillo. La presencia, por ejemplo, de Jeff Daniels, actor de cierto prestigio que adivinamos que está en el reparto por algo, ya es una señal de por dónde pueden ir los tiros. Los productores deberían darse cuenta de estos detalles para no dar demasiadas pistas desde el minuto uno.

En cuanto al reparto, decir que salvo Clint Eastwood y el citado Daniels, el resto de actores me defraudó bastante. Eastwood es de sobra conocido y nos depara otro de esos trabajos convincentes y eficaces. Jeff Daniels está correcto durante toda la película, pero en la parte final saca a relucir su mejor cara y nos regala una interpretación muy lograda, con algunos toques muy sutiles, no exentos de un humor muy negro, y que dan consistencia a un personaje que era fácil que cayera en los tópicos. Del resto del reparto, ninguno daba realmente el nivel al lado de los dos mencionados, y especialmente decepcionante me pareció el trabajo de Wanda De Jesús, puede que porque tampoco su romance con McCaleb me pareciera demasiado convincente. Y de nuevo nos topamos en este punto que el tema del que hablaba anteriormente, el guión parece querer ajustarse a toda costa a los canones clásicos, con lo que hay meter una pequeña historia de amor en la trama como sea, aunque nadie se la crea ni tenga mucho sentido. Y lo más curioso es que el guión está firmado por Brian Helgeland, que nos había deslumbrado con el de L.A. Confidential (Curtis Hanson, 1997). Aquí, sin embargo, su trabajo es bastante menos original.

Deuda de sangre no es, está claro, de los trabajos más importantes del director. Aún así, la película tiene cierto interés, la intriga está bien planteada y, si somos capaces de pasar por alto el final y algún que otro detalle, nos permitirá pasar un rato entretenido.

domingo, 12 de enero de 2014

Identidad



Dirección: James Mangold.
Guión: Michael Cooney (Historia: Michael Cooney).
Música: Alan Silvestri.
Fotografía: Phedon Papamichael.
Reparto: John Cusack, Ray Liotta, Amanda Peet, Alfred Molina, Jake Busey, Clea DuVall, Rebecca De Mornay, John C. McGinley, John Hawkes, William Lee Scott, Pruitt Taylor Vince.

Durante una intensa tormenta en Nevada, diversas personas acaban buscando refugio en un viejo motel de carretera. Al poco de llegar, los huéspedes empiezan a morir de modo violento, uno tras otro.

Las historias de asesinatos, donde el espectador no conoce la identidad del asesino y ha de jugar a policías y ladrones desde la butaca, siempre han funcionado bien. Y sino que se lo pregunten a Agatha Christie, por ejemplo, en cuya novela "Diez negritos" (1939) parece inspirarse Michael Cooney. Pero Identidad (2003) también bebe de otra poderosa fuente: la película Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock, de donde recupera el motel como escenario y el desdoblamiento de personalidad como eje de los crímenes.

Partiendo pues de la base de que este tipo de propuestas tienen un público bastante fiel y suelen funcionar en taquilla, la clave está en analizar si lo que James Mangold nos ofrece es lo suficientemente bueno como para que merezca la pena ver la película para aquellos que no son especialmente fans de estas películas. Y es que en este tipo de films lo que suele suceder con demasiada frecuencia es que el espectador termina de ver la película con la sensación de que le han estafado, por culpa de unos guiones habitualmente mal trabajados y tremendamende tramposos.

Identidad no está libre de las trampas habituales del género y, sin embargo, cuando terminas de ver la película no te sientes especialmente frustrado. Veamos por qué.

Para empezar, la película cuenta con una buena introducción que nos va presentando a los personajes de un modo bastante original y lleno de tensión, de manera que ya desde el comienzo estamos metidos de lleno en la película, casi sin saber cómo. A este buen arranque le sucede la parte central de la película, donde comienzan a tener lugar los asesinatos en el motel. Y de nuevo James Mangold demuestra que sabe lo que se trae entre manos y no permite un momento de respiro. Las acciones se suceden con un ritmo preciso, la tensión es constante y no hay apenas tiempos muertos. Además, Mangold evita el recurso fácil de los sustos constantes sin que llegue a suceder nada, algo que desde mi punto de vista suele ser el recurso de los malos guiones para estirar una historia que no da más de sí. Son, sin duda, los mejores momentos de la película: reina el miedo entre los huéspedes del motel y ese miedo se contagia bastante bien al espectador. La atmósfera es sombría, acentuada por una lluvia constante que preludia más y más asesinatos; el destartalado hotel juega un papel siniestro perfectamente explotado por el director. Todo en estos minutos funciona de maravilla y, además, con la deferencia de Mangold de no ensañarse con los detalles truculentos más de lo mínimo necesario para un film de estas características.

Pero cuando aparece la segunda trama, la del juez que ha de determinar la salud mental de un asesino múltiple, ya adivinamos sin mucha complicación que lo bueno se acaba. Aún sospechando desde el principio que el argumento iba a jugarnos una mala pasada, durante una hora el director había logrado que nos olvidáramos de ese detalle y disfrutáramos de un buen thriller inquietante. Pero al acercarse el momento de poner las cartas boca arriba, ya empezamos a intuir la trampa. Y al final, todo se reduce a una lucha interna de una mente enferma. Aún así, la explicación no es del todo mala. Es cierto que el argumento podía haber jugado con nosotros como le diera la gana, que es lo que suelen hacer los films del género rematadamente malos; en su lugar, la historia toma la forma de un psicópata en lucha contra sus múltiples personalidades. No es muy verosímil y encuentro el recurso tramposo y un tanto facilón. Pero dentro de lo que cabe, al haber vivido antes un buen rato de tensión, intriga y miedo, nos es más fácil asimilar el inevitable truquillo final. Encajamos las piezas, entendemos lo sucedido en el motel y aceptamos que los grandes guiones se cuentan con los dedos de la mano.

El reparto de Identidad también ayuda en la sensación final de cierto gusto por lo visto. Y es que los actores elegidos están todos francamente bien; en especial John Cusack, que vuelve a dejar claro su talento y cómo con casi nada es capaz de componer un personaje completo y creíble. Ray Liotta no es santo de mi devoción, pero en este caso me parece que su trabajo es igualmente irreprochable. Y de Amanda Peet ¿qué puedo decir?, además de aportar su hermosa presencia, está más que convincente como asustada prostituta. Incluso el pequeño Bret Loehr está realmente bien.

Así que podemos afirmar que Identidad, sin librarse de los defectos de este tipo de propuestas, tiene al menos un nivel bastante aceptable que termina por imponerse a las trampas del guión, con lo que cumple con cierta honestidad con lo que se proponen este tipo de películas: hacernos pasar un buen mal rato.

Las vueltas de la vida



Dirección: Susannah Grant.
Guión: Susannah Grant.
Música: BT, Tommy Stinson.
Fotografía: John Lindley.
Reparto: Jennifer Garner, Timothy Olyphant, Juliette Lewis, Kevin Smith, Sam Jaeger, Joshua Friesen, Fiona Shaw, Tina Lifford, Georgia Craig.

Tras la súbita muerte de su prometido justo antes de la boda, Gray Wheeler (Jennifer Garner) se da cuenta de que no puede afrontar sola los gastos de alquiler de la que iba a ser su casa. Por ello compartirá vivienda con Sam (Kevin Smith) y Dennis (Sam Jaeger), dos buenos amigos de su prometido, de quién Gray irá descubriendo algunas cosas de su vida que ignoraba. 

Las vueltas de la vida (2006) es el debut en la dirección de la guionista Susannah Grant, a quién debemos, por ejemplo, el guión de Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000). La película funciona más o menos correctamente, a pesar de lo cuál creo que Susannah Grant se pierde en el camino y no termina de aprovechar del todo las oportunidades de la historia.

Las vueltas de la vida comienza de una manera bastante prometedora: tras perder a su novio, Gray comienza a descubrir algunos secretos suyos que le muestran a una persona completamente desconocida para ella. Este arranque es realmente interesante y podría haber dado pie a un film realmente original y atractivo. Sin embargo, Grant termina decantándose por la comedia romántica convencional y es por aquí por donde comienza a fallar la película.

Por ejemplo, no comprendo la necesidad de transformar un comienzo dramático muy interesante en una comedia banal, donde los chistes no funcionan y las supuestas situaciones graciosas son muy predecibles, no tienen chispa ninguna y se basan en una repetición de situaciones que no funciona nunca. De esta manera, Grant destroza el potencial dramático de la historia y lo sustituye por una supuesta comicidad simplona y vulgar.

Pero, por desgracia, no es éste el único error de bulto de la directora. Cediendo a la tentación, Susannah Grant se rinde a los supuestos encantos del toque romántico y transforma las relaciones de amistad de los protagonistas en idilios forzados que, además, resultan del todo artificiales y contradicen en gran medida el dibujo de los personajes que nos había ofrecido al comienzo del film. La historia de amor de Gray y Fritz (Timothy Olyphant) es todo menos convincente.

Hubiera sido mucho más interesante el haber profundizado en la personalidad oculta del novio difunto, camino por el que se abrían muchas posibilidades, que hubieran alejado a la película de los caminos trillados y las historias de amor previsibles y un tanto ramplonas.

Pero además, Grant decide que todo ha de encajar en un final feliz, por la buenas o por las malas. Así que empieza a forzar las situaciones sin mucho sentido hasta que todos los protagonistas terminan llevándose bien, encontrando la felicidad, el amor y hasta haciendo generosos donativos con cualquier justificación, aunque suene a cuento chino. En resumen, que la directora termina por cargarse su propia historia a base de querer brindarnos la típica comedia romántica que deja a todo el mundo feliz, como en el mejor de los cuentos de hadas.

Y la verdad es que entre tanto fallo tonto, la directora demuestra que sabe contar una historia y la película, a pesar de todo, tiene unos personajes interesantes y algunos momentos originales que nos sorprenden y terminan por mantener un cierto equilibrio que impide que la película se arruine del todo.

Menos mal también que contamos con la presencia de Jennifer Garner, una muy buena actriz que logra dar vida a su personaje de un modo muy convincente, logrando expresar con naturalidad los conflictos interiores de Gray. También me gustaría destacar el trabajo de Juliette Lewis, rebosante de naturalidad. Menos impactantes resultan los actores masculinos. Meritorio es el trabajo del director Kevin Smith, metido a actor cómico, si bien su personaje es un tanto plano y repetitivo, ganando algo de interés hacia el final de la película, cuando le sale la vena paternal y deja de parecer un cúmulo de clichés sobre la obesidad. Timothy Olyphant da la talla como galán gracias a su atractivo personal, si bien su trabajo no llega a maravillarnos. En cuanto a Sam Jaeger, tiene el papel menos agradecido y su participación es un tanto gris, como su personaje.

Las vueltas de la vida es una película que se deja ver. Es de esos productos amenos y agradables que no disgustan a nadie. La pena es que con los elementos que tenía en el punto de partida, la directora hubiera podido hacer muchísimo más de lo que hizo. Y sobre todo, algo menos convencional y previsible. Una pena.

sábado, 11 de enero de 2014

Río Grande



Dirección: John Ford.
Guión: James K. McGuinness (Historia: James Warner Bellah).
Música: Victor Young.
Fotografía: Bert Glennon (B&N).
Reparto: John Wayne, Maureen O'Hara, Ben Johnson, Claude Jarman Jr., Harry Carey Jr., Chill Wills, J. Carrol Naish, Victor McLaglen, Ken Curtis, Patrick Wayne.

El teniente coronel Kirby York (John Wayne) está al mando de un fuerte fronterizo con México desde donde combate a los apaches. Tras haber suspendido en West Point, su hijo Jeff (Claude Jarman Jr.) se alista en la caballería y es destinado al regimiento de su padre, que no lo ha visto desde hace quince años. Poco después, se presenta en el fuerte la señora York (Maureen O'Hara), que lleva separada de Kirby desde la Guerra Civil, con la intención de llevarse a casa a su hijo Jeff.

Río Grande (1950) cierra la trilogía sobre la caballería iniciada por Ford con Fort Apache (1948) y continuada con La legión invencible (1949). En principio, Ford no tenía previsto seguir con el tema de la caballería, pero el estudio le sugirió rodar esta tercera película dado el éxito de las dos anteriores. Ford aceptó el encargo y firmó, según muchos críticos, uno de los mejores títulos de su carrera.

Siguiendo la línea de La legión invencible, Río Grande tiene la lucha contra los indios como un simple marco en el que desarrollar el verdadero núcleo argumental de la película: las relaciones personales; más concretamente, las relaciones familiares y cómo se ven afectadas por las obligaciones profesionales de un militar. Río Grande analiza el conflicto de intereses entre el oficial Yorke, de la caballería yankee, y su esposa, miembro de una familia acomodada del Sur, durante la Guerra Civil, que lleva a la separación del matrimonio. Quince años después, ambos tienen la ocasión de volver a reunirse gracias a otro conflicto: el hijo de ambos se ha alistado en la caballería contra la voluntad de su madre, mientras que su padre, su superior, ha de anteponer su deber como soldado a su instinto paternal de proteger a su único hijo.

Como vemos, de nuevo el tema familiar y el del honor se dan cita en una cinta de John Ford. La solución a tantos conflictos de intereses no es fácil, pero sólo se puede avanzar, según el director, a través del respeto a las convicciones personales, al sentido del deber y el honor y al triunfo del verdadero amor, capaz de tender puentes entre dos personas tan distintas como el matrimonio York.

Ford decide volver al blanco y negro, que prefería frente al color, y que le permitía unas imágenes mucho más vigorosas donde se refuerzan las luces y las sombras. Ford repite ciertos elementos ya utilizados en Fort Apache, por ejemplo, como es el del adiestramiento de los nuevos reclutas o las baladas nocturnas. Sin embargo, el tono aquí es más triste, más melancólico, y las habitules escenas de humor son más escasas y menos alegres también. Y es que Río Grande es un film cargado de nostalgia, de tristeza, de rupturas familiares que cuesta digerir y cicatrizar. Y aún cuando el final parece ofrecernos un nuevo comienzo para el matrimonio Yorke, ello no logra despejar el tono tristón de la película.

En cuanto al reparto, de nuevo John Ford cuenta con la colaboración de sus habituales secundarios, siempre eficaces, y añade la participación del joven Claude Jarman Jr., quizá el más flojo del reparto. Pero lo compensa con la pareja formada por John Wayne y Maureen O'Hara, una de las más hermosas del cine, y que anticipan la magnífica química que veremos entre ambos actores poco después en El hombre tranquilo (1952). Wayne vuelve a demostrar que, bien dirigido, tenía tablas más que suficientes para traspasar su rol de duro vaquero o soldado. Maureen O'Hara está especialmente hermosa, con un par de escenas memorables en que es imposible no sentirse conmovidos con su interpretación. La escena en que encuentra en un baúl una caja de música y su expresión al oír la melodía es de una belleza estremecedora.

Río Grande vuelve a demostrarnos la facilidad del director para trasmitirnos todo un repertorio de sentimientos y dudas de sus personajes. Y siempre con una economía de medios y una eficacia sorprendentes. Más allá de la imagen del Ford como rey del western, debemos rendirnos al director sensible capaz de mostrar como nadie las honduras y las sombras del alma humana.

Sin ser la película de la trilogía que más me gusta personalmente, como todo film de Ford, Río Grande es una obra densa, compleja y con una riqueza que merece la pena descubrir.

viernes, 10 de enero de 2014

La legión invencible



Dirección: John Ford.
Guión: Frank S. Nugent y Laurence Stallings (Historia: James Warner Bellah).
Música: Richard Hageman.
Fotografía: Winton C. Hoch.
Reparto: John Wayne, Joanne Dru, John Agar, Ben Johnson, Harry Carey Jr., Victor McLaglen, Arthur Shields, George O'Brien, Mildred Natwick.

Después de derrotar al general Custer, las tribus indias se sienten poderosas y comienzan a unirse en Dakota para declarar la guerra al hombre blanco. En un pequeño fuerte fronterizo, el capitán Nathan Brittles (John Wayne) está a unos pocos días de jubilarse pero, ante el cariz que están tomando las cosas, decide salir para hacer una batida e intentar alejar a los indios hacia el norte.

Si alguien tenía dudas acerca del talento de John Ford a la hora de retratar a las personas y adentrarse en su alma deberían ver detenidamente La legión invencible (1949) y comprobarían la maestría de Ford a la hora de definir con dos detalles a cualquier personaje y de traspasar la pantalla logrando que nos conmuevan sus vidas profundamente.

Y es que La legión invencible es una película mucho más intimista y reflexiva de lo que podría esperarse de un western. Algunos críticos la llegaron a considerar como una antítesis de Fort Apache (1948). Y aunque es cierto que Fort Apache es un film donde la guerra contra los indios toma más protagonismo, en realidad ambos films están abordando una misma realidad: la vida dentro de la caballería, con todo lo que lleva parejo. Junto a Río Grande (1950), estas películas forman la llamada trilogía de John Ford sobre la caballería.

En La legión invencible, como en Fort Apache, también nos encontramos con los indios en pie de guerra, lo que constituye la base argumental del film. Sin embargo, la guerra en sí no tiene realmente lugar. Asistimos a pequeñas escaramuzas o vemos las consecuencias de alguna de ellas, pero la guerra no llega a cobrar protagonismo en el relato, se queda como telón de fondo. Y es que lo que le interesa a Ford en esta ocasión es adentrarse en las relaciones entre los personajes y hacer un retrato de la figura del capitán Brittles a unos días de la jubilación y su relación con sus compañeros de regimiento. Este detalle, la jubilación del protagonista, le permite a Ford hacercarse al capitán Brittles con una mirada cargada de ternura y nostalgia, como si el capitán fuera la imagen de toda una época que se termina. Las penurias pasadas, el amor al cuerpo de la caballería, la camaradería, el respeto al valor y al enemigo, todo se junta en la figura de un capitán que ha servido toda su vida en el ejército, que lo ha educado y modelado como persona de honor.

A lo largo de todo el film, el director no deja de ensalzar el valor de los soldados. Toda la película está repleta de actos valerosos y nobles gestos que no dejan lugar a dudas sobre la calidad humana de los soldados, que forman una pequeña comunidad idealizada donde reina la camadería, la comprensión y la amistad.

Sin embargo, quizá los mejores momentos de La legión invencible no estén ahí. Al menos para mí. Personalmente me quedo con las visitas del capitán al cementerio para hablar con su esposa muerta o la entrañable relación que mantiene con el sargento Quincannon (Victor McLaglen) y en donde Ford hace gala de su dominio de las escenas cómicas, que utiliza hábilmente para aligerar el tono dramático del relato. Y sin embargo, a pesar de las risas que nos producen esas escenas, también adivinamos un trasfondo mucho más profundo en ellas. Solo dos personas que se respetan y se admiran pueden llegar a tener una relación como la del capitán y su sargento.

Tal vez esta visión tan perfecta y ausente de críticas que nos brinda Ford de los militares pueda ser el único pero que se le puede hacer a La legión invencible, al menos ideológicamente. Sin embargo, no debemos olvidar que Ford lo que ensalza en realidad es el valor, la camadería y el honor, rasgos que en sí mismos no son negativos. Además, esos valores no los contrapone, por ejemplo, a otros negativos en el pueblo indio, lo que sería realmente tendencioso. Los indios son tratados con respeto. Hay una guerra y los blancos lamentan las pérdidas de sus amigos y compañeros, pero ello no implica menospreciar u odiar a los enemigos. La escena entre Brittles y el jefe indio Caballo Andante (Chief Big Tree) demuestra el respeto y hasta la admiración entre dos viejos rivales.

Como no podía ser de otra manera, el reparto de La Legión invencible vuelve a poblarse de rostros muy habituales del director, como McLaglen, Ben Johnson, Harry Carey Jr., etc. Un elenco que funciona simpre de maravilla. Y de nuevo tengo que hacer incapié en el gran trabajo de John Wayne a las órdenes de Ford. Su interpretación del capitán Brittles es impecable, natural, cercana y con una sutil mezcla de autoridad y fragilidad que hacen de su personaje un ser entrañable. El propio Wayne consideraba éste su mejor trabajo. Pero también debemos citar a Victor McLaglen, ¡cómo no!, un secundario de lujo que tiene aquí un papel muy en su línea pero también con una calidad humana enorme. Por último, no quiero dejar de mencionar el gran trabajo de Mildred Natwick, una excelente actriz.

La legión invencible vuelve a demostrarnos la gran calidad de la obra de Ford, un director que sabía dar una profundidad a sus historias, incluso las más sencillas, que las convertía en mucho más de lo que se apreciaría con una mirada superficial o simplista. Las película, los personajes de Ford, están llenos de vida, de pasado, de significados. Cada uno los interpretará como quiera, para mí son unas obras de arte inmensas.

La película ganó el Oscar a la mejor fotografía en color.

miércoles, 8 de enero de 2014

V de Vendetta

 


Dirección: James McTeigue.
Guión: Andy Wachowski & Larry Wachowski (Cómic: Alan Moore).
Música: Dario Marianelli.
Fotografía: Adrian Biddle.
Reparto: Natalie Portman, Hugo Weaving, Stephen Rea, John Hurt, Stephen Fry, Rupert Graves, Tim Pigott-Smith, Roger Allam, Ben Miles, Sinead Cusack, Natasha Wightman, Eddie Marsan, Billie Cook.

En un futuro próximo. Gran Bretaña es un país sin libertad, gobernado por Adam Sutler (John Hurt), un dictador que basa su régimen en el miedo y la violencia. Sin embargo, un misterioso enmascarado que se hace llamar V (Hugo Weaving) ha decidido plantarle cara a Sutler y su imperio de terror y planea provocar una sublevación del pueblo contra la tiranía del tirano.

V de Vendetta (2006) es una nueva adaptación de un cómic a la gran pantalla, una especie de moda o de filón que ha encontrado el mundo del cine, pues las historias que cuentan los cómics se prestan muy bien a ese cine de espectáculo, acción y palomitas que suele tener unos resultados más que positivos en las taquillas.

En este caso, se adapta un cómic de Alan Moore, cuya obra ya se había llevado al cine con La liga de los hombres extraordinarios (Stephen Norrington, 2003). Como no he leído el cómic que inspira V de Vendetta, no puedo establecer comparaciones entre éste y el film, aunque el propio Alan Moore mostró su descontento con el guión y se negó a verse asociado con la película.

Lo que parece que es evidente al ver la película es que la historia es bastante compleja y extensa, con lo que se adivina un esfuerzo para adaptarla a una duración más o menos aceptable. Aún así, considero que el film se hace por momentos demasiado largo, puede que porque James McTeigue no haya sido capaz de mantener el ritmo narrativo en un mismo nivel. Y es que la película arranca de manera ágil y es capaz, en esos primeros instantes, de interesarnos. Sin embargo, el juego de viajes al pasado, las excesivas explicaciones argumentales, la aparición de personajes y secuencias anexas a la trama principal y cierta frialdad en el tratamiento de la película, además de lo previsible del desenlace, comienzan a pasar factura a mitad de la película y hacen que por momentos uno pierda un poco de interés. Y eso que el mensaje de la película resulta interesante y puede entenderse como mucho más actual de lo que podría parecer. Sin llegar a los extremos del film, ¿alguien duda de lo eficaz que es el miedo para contener a la población y mantenerla sumisa? Por ello, creo que el mensaje de lucha, de oponerse a la tiranía, de vencer el miedo y de pelear por lo que uno cree está realmente de actualidad y confiere al film una dimensión que lo aleja definitivamente del mero pasatiempo al que suelen ceñirse muchos de los cómics que han sido adaptados al cine.

Pero el problema principal de V de Vendetta es que tenía constantemente la sensación de estar viendo una historia de ficción. Puede que sea por su deuda con el mundo del cómic, que dota de cierta irrealidad a todo el film. Puede que se debiera a que la historia futurista que nos cuentan se me hiciera demasiado irreal o artificiosa. Puede que se debiera también a unos personajes demasiado simples, sin una verdadera profundidad que los hiciera más reales. O puede que fuera por la frialdad con la que está contada la película; de hecho, ni en la escena final de Evey (Natalie Portman) con un V agonizante llegué a sentirme conmovido por los personajes. No sé si es algo que me sucedió solo a mí, pero durante toda la película me sentí extrañamente distante, casi como cuando vemos una película de dibujos animados.

Y eso que el trabajo de los actores es impecable. Natalie Portman hace una interpretación fantástica, más en la segunda parte quizá, donde tiene momentos excelentes; pero en todo caso, su Evey resulta cercana e intensa. Además, la evolución que sufre su personaje es del todo acertada y muy verosímil. En cuanto a Hugo Weaving, al haber visto una versión doblada, no puedo juzgar su trabajo correctamente, pues sólo se le puede evaluar por su voz, algo imposible en esta ocasión. John Hurt es un actor que me gusta mucho y da vida a un tirano absolutamente convincente. Pero quizá la sorpresa fuera Stephen Rea, en la piel del inspector Finch, uno de los personajes más interesantes de la película y que él encarna de un modo perfecto. Para redondear este excelente reparto contamos con la presencia de Stephen Fry, otro actor que me gusta especialmente.

Puede que V de Vendetta llegue a desilusionar a aquellos que acudan a verla pensando en un espectáculo de acción y efectos especiales impactantes. No va de eso. Es cierto que hay luchas, algunas con una cuidada coreografía de ballet, muy espectacular aunque un tanto risible, explosiones y hasta fuegos artificiales, pero la película termina siendo una narración más intimista, conceptual y hasta romántica, lo que me parece bien personalmente. El mundo del cómic es más rico que el de los super héroes de turno.

El desenlace es, como era de esperar, esperanzador y feliz, con la salvedad que el héroe, de un modo muy conveniente y muy romántico también, ha de perecer pues, desgraciadamente, pertenece al mundo de odio que ha ayudado a eliminar y su lugar no está en la nueva sociedad que emerge de la destrucción y las llamas.

V de vendetta es un film original y aporta una difusión de un tipo de cómics más profundos y comprometidos que los que solemos ver adaptados al cine habitualmente. Tiene en su mensaje su principal atractivo, si bien no logra mantener la intensidad y el ritmo que hubieran sido deseables. En todo caso, es una propuesta interesante.

martes, 7 de enero de 2014

Babylon A.D.



Dirección: Mathieu Kassovitz.
Guión: Eric Besnard, Mathieu Kassovitz, Joseph Simas (Novela: Maurice G. Dantec).
Música: Atli Örvarsson.
Fotografía: Thierry Arbogast.
Reparto: Vin Diesel, Mélanie Thierry, Michelle Yeoh, Charlotte Rampling, Lambert Wilson, Gérard Depardieu, Mark Strong, Jérôme Le Banner, Chris Petoyan (AKA Chris Astoyan), Radek Bruna, Abraham Belaga.

En el futuro, el mundo vive en medio de un caos total, donde el orden y la mayor parte de las instituciones mundiales han desaparecido. La violencia impera en todas partes y la gente ha de buscarse la vida como sea. En medio de este caos, Hugo Cornelius Toorop (Vin Diesel), un mercenario solitario y peligroso, recibe el encargo de llevar desde una remota región de Rusia hasta Nueva York a una misteriosa joven, Aurora (Mélanie Thierry).

El cine francés lleva mucho tiempo criticando el cine comercial norteamericano pero, a pesar de ello, no pierden ocasión de subirse al carro del mercantilismo y no dudan en sacar obras como esta Babylon A.D. (2008), dispuestas a pelear por un trozo de la tarta de las taquillas, amén de reivindicar el predominio del cine galo en el panorama europeo.

Babylon A.D. se apunta a este tipo de films de ciencia ficción apocalípticos donde el futuro es una gran charca donde todo se soluciona a base de mamporros. El decorado, como se ve, no es demasiado original. Pero lo que sí que permite es dar rienda suelta a una especie de culto a la violencia y a la fuerza física donde Vin Diesel se mueve como pez en el agua. Las muertes violentas, los asesinatos, las peleas, las armas más cañeras, la chulería más teatral y el despliegue de explosiones están asegurados gracias a este ambiente tan recurrente en este tipo de films.

Sin embargo, no todo han de ser disparos, peleas y exhibiciones de armas. Por ello es por lo que el argumento busca una trama que nos motive, una historia con cierta intriga y atractivo que nos mantenga interesados. Y es aquí donde entra en juego el personaje de Aurora, una joven misteriosa de la que no conocemos nada, pero cuyo viaje hasta Nueva York, envuelto en el misterio, será el nudo argumental que nos retenga frente al televisor.

A partir de aquí, un desarrollo más o menos previsible, con un sin fín de peligros que los protagonistas van a ir superando y el evidente acercamiento entre el mercenario y la joven, desde la indiferencia inicial de Toorop hasta su inevitable y previsible implicación para ayudar y proteger a Aurora. Todo demasiado evidente y sin la más mínima sorpresa, salvo quizá que el director decide pasar por alto el tema puramente romántico y entre Toorop y Aurora no llegará a surgir el amor.

Queda por resolver el misterio de quién es Aurora realmente y por qué hay tanta gente detrás de ella. Es decir, justificar todo el monataje con una explicación más o menos convincente. Y aquí de nuevo el guión vuelve a patinar, aunque en verdad que uno se lo llega a esperar, porque en realidad en este tipo de propuestas los que importa es el cómo, nunca el porqué. La explicación final es un tanto confusa y hasta ridícula, aunque sinceramente me importaba demasiado poco ya. Ni una más plausible e inteligente conclusión hubiera salvado la película de ser lo que es realmente: un mero pasatiempo que se asienta en los alardes técnicos de los efectos especiales y una especie de exaltación de la violencia. No hay lugar para grandes problemas personales, ni para diálogos profundos, ni tampoco para desarrollar mínimamente a los personajes. Todo gira en torno en la acción y el espectáculo visual, una feria de efectos especiales y cámaras nerviosas que no quieren darnos ni un minuto de respiro, salvo los meramente necesarios e imprescindibles.

El problema principal es que, tratándose de un film de acción, las escenas de lucha, disparos y persecuciones deberían ser lo mejor de todo. Pues no. Mathieu Kassovitz se deja llevar por lo fácil, que es mover la cámara como un poseso, y el resultado son escenas confusas y un tanto toscas, que desaprovechan precisamente lo que debería ser el palto fuerte de la película: la acción espectacular.

En cuanto al reparto, creo que la elección de Vin Diesel para el papel protagonista es muy acertada, por la presencia física del actor y su tirón a nivel internacional. Sin embargo, el resto del reparto no está a la altura. Mélanie Thierry se limita a prestar su bonito rostro y punto; su interpretación es fría y sin fuerza. Michelle Yeoh tampoco es que resulte especialmente convincente y el resto de secundarios están ahí para aportar su granito en las escenas de acción y poco más. Habría que citar la presencia más o menos decorativa de Charlotte Rampling, Lambert Wilson o Gérard Depardieu, en trabajos más bien breves pero que aportan algo de caché a un reparto un tanto gris.

En definitiva, Babylon A.D. no ofrece nada novedoso. Se trata de una película de acción futurista con sus tópicos y una historia bantante predecible que puede gustar a los fanáticos del cine de acción pura y dura. Para el resto de mortales, un film sin demasiado interés.

domingo, 5 de enero de 2014

Juegos secretos



Dirección: Todd Field.
Guión: Todd Field, Tom Perrotta (Novela: Tom Perrotta).
Música: Thomas Newman.
Fotografía: Antonio Calvache.
Reparto: Kate Winslet, Patrick Wilson, Jackie Earle Haley, Jennifer Connelly, Ty Simpkins, Tom Perrotta, Noah Emmerich, Sadie Goldstein, Bruce Kirkpatrick, Phyllis Somerville.

Sarah Pierce (Kate Winslet) vive en un barrio acomodado y tiene una vida también acomodada, cuidando de su hija Lucy (Sadie Goldstein), a la que lleva al parque todos los días. Allí conoce por casualidad a Brad Adamson (Patrick Wilson) que al no trabajar se ocupa de cuidar a su hijo pequeño Aaron (Ty Simpkins). Al mismo tiempo, la vida tranquila en el barrio se ve alterada por el regreso a la vecindad de un pedófilo (Jackie Earle Haley) al que acaban de poner en libertad.

Juego secretos viene a ser, salvando las distancias, como una versión seria y más ambiciosa de Mujeres desesperadas, o al menos a mí me recordó vagamente a esa serie de televisión. Y es que también aquí tenemos la vida en un barrio acomodado donde todo parece ser perfecto: bonitas casas, cuidados parques, gente sonriente de clase acomodada... Sin embargo, bajo esa plácida superficie se agita la verdadera realidad y Todd Field se dedica a desmenuzar las miserias, los miedos, las rutinas y las frustraciones de esos vecinos tan perfectos y tan moralistas para los que el mayor drama de sus existencias parece ser la presencia de un pedófilo entre ellos.

La intención es buena. De nuevo estamos frente a la trastienda del sueño americano y lo que vemos dista mucho del paraíso que pretende ser. El problema es que a Field se le va mano y al final, un film realmente prometedor, termina resultando un pequeño fiasco.

Por un lado, creo que la duración es excesiva para lo que, finalmente, termina siendo la película. Y es que, básicamente, Juegos secretos nos cuenta la historia de una infidelidad, el romance entre Sarah y Brad, y secundariamente la llegada de un pervertido al barrio, lo que desata la obsesión de Larry (Noah Emmerich), un ex policía de turbio pasado, con el pedófilo, al que quiere hacerle la vida imposible como válvula de escape a sus problemas personales. Demasiado metraje para lo que en realidad termina contándonos la película. Y es que el ansia de hacer algo importante lleva al director a rellenar la historia con muchas escenas que no aportan nada al argumento y que alargan el film innecesariamente, con lo que llega un momento en que empieza a resultar aburrido. Y es una pena que Todd Field no fuera más modesto y contenido, porque algunos momentos de la película están muy logrados, con un par escenas de un elevado nivel. Recuerdo especialmente la conversación de la madre del pedófilo (Phyllis Somerville) con su hijo para que se busque novia o el debate del grupo literario sobre "Madame Bovary" y su paralelismo con la aventura que está viviendo Sarah. Son secuencias que demuestran que Field es capaz de ofrecernos momentos de buen cine, pero por desgracia no son la nota predominante. Y es que el comienzo de la película prometía mucho más de lo que finalmente cumple.

Encima, para terminar de estropearlo más, Field decide regalarnos un final absurdo que uno solo termina de explicarse debido a un extraño sentido de la moral que lleva al director a un desenlace en el que parece querer arreglarlo todo precipitadamente: Brad se comporta como un idiota, Sarah es presa del pánico y Larry se redime de sus pecados con un acto que parece un tanto forzado. Sinceramente, creo que este final no termina de encajar con el discurso de la película, con la exaltación del amor, la libertad y el valor para cambiar la rutina que parecía ser el mensaje principal hasta ese instante.

En lo que debemos aplaudir al director es por el excelente reparto de la película. Empezando por Kate Winslet, una actriz maravillosa que está perfecta en su papel, lo que le valió estar nominada al Oscar. También recibió una merecida nominación a mejor secundario Jackie Earle Haley, con un papel complicado pero que resuelve de un modo genial. El resto de actores también cumplen admirablemente, incluso aunque su participación sea muy breve, como es el caso de Jennifer Connelly, perfecta en sus escasas escenas, o Phyllis Somerville, impecable como la madre del pedófilo.

No cabe ninguna duda de que Juegos secretos (2006) es de esas películas ambiciosas, cuidadas y diseñadas para sorprender y ser recordadas. Y sin embargo, como a menudo suele suceder, las intenciones, o las ambiciones iniciales, se quedan a medias, dejándonos el extraño regusto en la boca de ser un film que no alcanza el nivel que hubiéramos deseado.

sábado, 4 de enero de 2014

Ejecutivo ejecutor



Dirección: Jan Egleson.
Guión: Andrew Klavan (Novela: Simon Brett).
Música: Gary Chang.
Fotografía: Paul Goldsmith.
Reparto: Michael Caine, Elizabeth McGovern, Peter Riegert, Swoosie Kurtz, Will Patton, Jenny Wright, John McMartin, Barbara Baxley, Philip Moon.

Graham Marshall (Michale Caine) está a punto de lograr el merecido y ansiado ascenso en su empresa de publicidad. Será la culminación de su trabajo y el premio que tanto desea. Sin embargo, en el último momento, los jefes deciden darle el puesto a otro. Camino de su casa, enojado y frustrado, es molestado por un mendigo; en la discusión, Graham lo empuja y el mendigo cae a las vías, siendo arroyado por el metro.

Ejecutivo ejecutor (1990), a pesar de su triste título en castellano, es un film con algunos elementos interesantes que, sin embargo, su director no termina de explotar convenientemente.

La clave del film es la figura de su protagonista, Graham Marshall, un ejecutivo que, a raíz de la muerte accidental de un mendigo, parece sufrir una especie de revelación. Todo lo que tiene que hacer para enderezar su vida y librarse de lo que le molesta es suprimir a todo aquél a quién detesta. Y nada mejor que empezar librándose de su esposa (Swoosie Kurtz), una insufrible egoista y amante de los lujos que lo exprime y vive de su esfuerzo como un parásito. La facilidad con la que prepara y ejecuta la muerte de su esposa da a Graham la confianza necesaria para seguir con su peculiar trabajo de limpieza. Graham no siente remordimientos por lo que hace; es más, siente una especie de liberación, aumenta su autoestima y se siente poderoso. Graham justifica sus crímenes porque las víctimas se lo merecían por hacerle la vida más difícil. Lo curioso es que para nosotros, Graham no es un asesino, no terminamos de repudiar sus asesinatos, tal vez porque las personas de quién se libra eran aún peores que él.

La clave del film es que, en contra de las normas éticas del cine norteamericano, según las cuales el crimen ha de ser catigado y un asesino jamás puede salirse con la suya, Graham Marshall sale indenme de todo lo que hace. Hasta la única persona que podría comprometerlo, su amante Stella (Elizabeth McGovern), finalmente se echa atrás; el poder de Graham es tal que no tiene ni que matarla para asegurarse de su silencio (moralmente, la muerte de Stella no estaría justificada como lo están las otras muertes, pues ella es una buena persona).

Sin embargo, pesar de este argumento tan interesante, lleno de posibilidades, Jan Egleson, un director de series de televisión, no logra darle la fuerza ni la intensidad necesarias a la película.

Para empezar, la puesta en escena es demasiado vulgar, sin nada destacable. La fotografía es realmente mala y el ritmo tampoco es demasiado bueno, con algunos bajones preocupantes. Además, tampoco los personajes están del todo bien retratados. Es cierto que el principal es Graham y de éste llegamos a conocer bastante bien sus motivaciones, pero aún así se echa de menos una mayor profundización en él, además de esa voz en off un tanto tosca y que no termina de resultar del todo convincente. El resto de personajes se quedan bastante difuminados, sin cobrar una auténtica identidad.

Ejecutivo ejecutor da la sensación, en general, de ser un film pobre, de una serie B sin mucho brillo. Lo único que desentona dentro de la mediocridad general parece ser la presencia de Michael Caine. Pero aún así, tampoco es que su trabajo sea memorable. Es más, en algunas secuencias su hieratismo e inexpresividad son preocupantes. Aún así, hay que admitir que su presencia es la que mantiene en pie el film, que difícilmente resultaría la mitad de interesante sin un actor de la talla de Caine. El resto del reparto resulta bastante anodino, sin nadie que destaque especialmente, salvo quizá la hermosa Elizabeth McGovern, aunque el director tampoco termina de sacarle todo el partido posible ni a su belleza ni a su personaje.

Ejecutivo ejecutor es un ejemplo de cómo una buena idea de base se desaprovecha por culpa de una producción muy pobre, incapaz de tallar el diamante que tenían entre manos. A pesar de ello, la originalidad del planteamiento y especialmente su carácter subversivo, saltándose las normas morales al uso, hacen que resulte interesante y que merezca la pena analizarla en lo que tiene de amoral y transgresora. 

viernes, 3 de enero de 2014

Los vividores



Dirección: Robert Altman.
Guión: Robert Altman, Brian McKay (Novela: Edmund Naughton).
Música: Leonard Cohen.
Fotografía: Vilmos Zsigmond.
Reparto: Warren Beatty, Julie Christie, Rene Auberjonois, William Devane, Keith Carradine, Michael Murphy, Shelley Duvall, John Schuck.

En 1902, John McCabe (Warren Beatty), un jugador de cartas, llega a un remoto poblado minero en el Noroeste de los Estados Unidos; al ver que no hay mujeres en el pueblo, decide montar un prostíbulo.

Robert Altman es un director bastante peculiar. Sus films suelen tener algo especial, gusten más o menos. Y Los vividores (1971) no deja de ser una película bastante peculiar.

Tras el éxito de M*A*S*H* (1970), con el que por fin Robert Altman recibía el reconocimiento general, el director se embarca en este personal e intimista western, que supone un novedoso acercamiento a un género en franco declive en aquellos años.

Los vividores es un film lento, pesimista, sombrío. Recrea la lucha de un hombre por abrirse camino en la vida como sea y aunque parezca, al comienzo de la película, un hombre decidido e inteligente, poco a poco vamos descubriendo que no es más que un perdedor sin suerte. Todo lo que emprende termina por salirle mal. Y cuando finalmente da con un socio, la prostituta Constance Miller (Julie Christie), mucho más avispada y decidida, termina por no hacerle caso y actúa según su erróneo criterio, con lo que de nuevo vuelve a perder.

Pero más allá de los personajes protagonistas, quizá lo que más destaca en esta película sea la maravillosa fotografía de Vilmos Zsigmond, sin duda el principal atractivo de Los vividores. Zsigmond explota los tonos oscuros, las sombras, la nieve y el frío para crear una atmósfera absolutamente perfecta, triste pero de una belleza muy especial. Si a estas imágenes tan personales le unimos la constante presencia de las canciones de Leonard Cohen, tenemos un film visualmente poderoso, triste y melancólico al que Altman dota de un ritmo pausado realmente logrado.

Robert Altman también nos muestra un oeste muy diferente de la imagen que nos ofrecían los westerns clásicos. La vestimenta, así como la recreación de las casas, los caminos o las carencias materiales resultan mucho más creíbles que lo que solíamos ver anteriormente.

Sin embargo, también debemos reconocer que la película no está exenta de fallos. Así por ejemplo, el ritmo no es siempre el adecuado y la excesiva duración del film termina por pasarle factura. También se echa de menos un mayor cuidado a la hora de retratar a los personajes, especialmente a John y Constance, cuya relación no está tan bien contada como hubiera sido necesario para que cobraran más vida. Finalmente, tanta frialdad termina por pasarle factura a la historia.

Aún así, tanto el comienzo de la película, con la llegada de John al poblado minero, como los minutos finales del duelo de John con los matones de la compañía minera, están realmente logrados.

Tanto Warren Beatty como Julie Christie tienen unas muy convincentes interpretaciones; de hecho, la de Julie le valió una nominación al Oscar. Y a destacar también el resto del reparto, de rostros desconocidos pero que componen un elenco muy eficaz, que resultan absolutamente perfectos para los personajes que encarnan: rudos mineros o prostitutas de lo más vulgares.

Sin duda, una película muy original y con ese sello de un cine más personal que las típicas producciones comerciales. Merece la pena.

The Mummy (La momia)



Dirección: Stephen Sommers.
Guión: Stephen Sommers.
Música: Jerry Goldsmith.
Fotografía: Adrian Biddle.
Reparto: Brendan Fraser, Rachel Weisz, John Hannah, Arnold Vosloo, Jonathan Hyde, Kevin J. O'Connor, Oded Fehr, Erick Avari, Bernard Fox, Stephen Dunham, Corey Johnson, Tuc Watkins, Omid Djalili, Aharon Ipalé, Patricia Velasquez, Carl Chase, Mohammed Afifi.

Año 1290 a.C., en Egipto. A pesar de la prohibición del Faraón Seti I (Aharon Ipalé), el sumo sacerdote Imhotep (Arnold Vosloo) mantiene una relación amorosa con la comcubina Anck-su-Namun (Patricia Velasquez). Cuando los amantes son descubiertos, Anck-su-Namun e Imhotep asesinan a Seti. Pero la guardia del faraón ajustará cuentas con los asesinos: Anck-su-Namun se suicida antes de que la maten e Imhotep es enterrado vivo según una terrible maldición que lo condena a sufrir eternamente.

El tema de la momia que resucita ya fue tratado en el cine en el año 1932, en el film La momia de Karl Freund interpretada por el legendario Boris Karloff. Sin embargo, ese en un film de terror. La versión actual de Stephen Sommers es una película de aventuras, acercándose más al estilo de los films de Indiana Jones. Es decir, cine de palomitas a ritmo trepidante.

The Mummy (1999) no es que resulte una película especialmente original. Quizá lo que llama más la atención puede ser el tema de la mitología egípcia, base del argumento. Pero por el resto, el film se ciñe con bastante precisión a los conceptos y pautas del cine de aventuras. Tenemos por un lado a un héroe diestro con las armas, cínico, valiente y algo chulo; la chica guapa y decidida, para el inevitable romance; hay un personaje gracioso, para aligerar la tensión y servir de contrapunto a la pareja protagonista, y finalmente tenemos al malvado, en este caso la momia resucitada. Nada que no se haya repetido en múltiples películas del género con anterioridad.

Sin embargo, la clave de una buena película de aventuras no reside, a mi entender, en tener que reinventar el género, que sigue unas pautas bastante definidas, como en general la mayoría de los géneros. Así, básicamente, sabemos que vamos a tener a los protagonistas enfrentados a peligros si fin de los que saldrán triunfadores gracias a su valor. La clave para tener éxito es contar con un argumento que nos cautive y que, a pesar de adivinar el desenlace, nos haga pasar por momentos de tensión, dentro de un desarrollo que se mantenga en unos límites razonablemente plausibles y sea honesto. También es necesario contar con un buen ritmo, sin tiempos muertos ni escenas secundarias que roben protagonismo a la aventura y la acción. Y, quizá lo primordial, es contar con unos personajes creibles y sobre todo que nos caigan bien. Este punto es indispensable para que disfrutemos y suframos con sus aventuras, llegando incluso a cierto grado de identificación con ellos.

Pues bien, a pesar de los que critican The Mummy como un film sin imaginación, creo que reúne todos esos elementos reseñados, lo que lo convierte en un film de aventuras honesto y sumamente entretenido.

La historia es exótica, intrigante y con un punto de cine de terror que a más de uno le hará cerrar los ojos en determinados momentos. Cuenta también con unos magníficos efectos especiales (los escarabajos, las tormentas de arena, la momia...); aunque es verdad que el mérito de los efectos reside en un buen presupuesto, pero no cabe duda que visualmente el film es espectacular y, a pesar de lo aparatoso de algunas secuencias, ninguna se sale de lo que podríamos aceptar como posible, aunque resulten improbables.

La dirección de Stephen Sommers es perfecta. Sabe elegir el mejor encuadre, logra un ritmo endiablado sin resultar mareante y mantiene ese toque de aventura en el que siempre está pasando algo y que nos envuelve desde el primer instante. Sin ser un trabajo que llegue a deslumbrarnos, su trabajo está al servicio de la narración y logra hacer un film ágil, ameno y visualmente de un gran nivel.

En cuanto a los protagonistas, la verdad es que todos ellos me resultaron perfectos. Brendan Fraser da la talla como el apuesto y valiente aventurero curtido y cínico. Tiene una presencia con cierta arrogancia y aplomo y cae bien por su naturalidad. Rachel Weisz, sin ser una mujer deslumbrante, sí que resulta muy atractiva, componiendo a una heroína simpática y con mucho encanto; además, el guión tiene el gran acierto de definirla perfectamente en una sola secuencia (la de la biblioteca), en un ejemplo de lo que debe ser un buen film de aventuras, condensando en breves minutos lo secundario para centrarse de lleno en la aventura en sí. En el papel cómico tenemos a John Hannah, que cumple con entusiasmo con su labor perfectamente. Y en el papel de la monia tenemos a Arnold Vosloo, también perfecto para el papel, con un físico que encaja perfectamente. El resto de secundarios terminan de componer un reparto que funciona de maravilla.

Decididamente, creo que The Mummy es un muy digno film de aventuras. Sin dejar de ser moderno, entronca con el cine clásico y nos hace pasar un buen rato, donde no hay un solo instante para el aburrimiento. Creo que es cuánto podemos pedir de una película de estas características.

El éxito de taquilla de esta entrega dio lugar a la consabida saga de secuelas más o menos afortunadas.