El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 20 de junio de 2010

Vive como quieras



Dirección: Frank Capra.
Guión: Robert Riskin (Obra: George S. Kaufman & Moss Hart).
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Joseph Walker (B&W).
Reparto: James Stewart, Jean Arthur, Lionel Barrymore, Edward Arnold, Mischa Auer, Ann Miller, Spring Byington, Samuel S. Hinds, Donald Meek, H.B. Warner.

Vive como quieras (1938) es una más de esas entrañables fábulas de Frank Capra que cuando terminas de verlas lo haces con el corazón rebosando felicidad. Sin embargo, en esta ocasión, Capra aparca un poco el discurso político y hace una comedia un tanto excéntrica, en la línea por la seguirá luego con Arsénico por compasión (1944).

Alice Sycamore trabaja como secretaria del joven Tony Kirby, hijo de un acaudalado y ambicioso banquero (Edward Arnold) que, precisamente, intenta comprar la casa del abuelo de Alice, novia de Tony. Ella concierta una cita en la que ambas familias deben conocerse, pero Tony decide adelantar dicha velada para que sus padres vean a la familia de Alice tal y como son realmente: un grupo de personas extravagantes que se dedican a hacer aquello que les gusta más, libres de formalismos y convenciones sociales. La rigidez de los padres de Tony chocará frontalmente con la espontaneidad de la familia de Alice y las cosas se tuercen aún más con la irrupción por sorpresa de la policía.

Vive como quieras es una película hermosa, tan hermosa como seria y tan seria como divertida. Ese es el talento de Capra, aunar de manera casi mágica la reflexión y la comedia sin que nada chirríe ni desentone. El mensaje es claro: la gente debería intentar ser feliz en esta vida haciendo lo que verdaderamente desea. Por el contrario, aquellos cuya ambición y el deseo de éxito y dinero son los motores de su vida corren el riesgo de perder lo que en verdad importa: el cariño y la amistad de cuantos los rodean. Y si bien la manera en que Capra nos cuenta este hermoso cuento no deja de ser un tanto ingenua y simple, lo hace con tal maestría y tan sinceramente que no puede dejar de resultar conmovedor.

Para ello cuenta con un reparto impresionante, con el genial Lionel Barrymore y Edward Arnold (villano también en Caballero sin espada y Juan Nadie) al frente, secundados por el maravilloso James Stewart, un fijo para Capra, y una encantadora Jean Arthur junto a un elenco de secundarios que componen un maravilloso grupo de seres alegres y entrañables de los que desearíamos poder formar parte.

Además Capra domina los resortes de la narración como nadie y sabe tocar la fibra sensible en los momentos claves a base de pequeños detalles, como el cuadro de "Hogar dulce hogar", aparentemente inofensivo pero que al final cobra un protagonismo sencillo y muy eficaz. La parte seria de la película contiene también escenas muy hermosas, como la conversación de Barrymore con su nieta en la que le habla de su abuela, realmente emotiva, o aquella en que vemos la soledad de Edward Arnold, sumido en un mar de dudas y con el pequeño detalle de una armónica que juega un papel también bastante importante como instrumento para que sigamos el hilo de sus pensamientos. Sin embargo, Vive como quieras no deja de ser, esencialmente, una comedia y aquí vemos el talento de Capra para desarrollar las situaciones cómicas de manera brillante y siempre encajando perfectamente en la historia. Algunas secuencias están realmente logradas, como la visita de los padres de Tony a la casa de Alice y en especial aquellas escenas en las que interviene el personaje del ruso Kolenkhov, interpretado de manera genial por Mischa Auer, que aporta alguno de los mejores momentos cómicos de la película.

En definitiva, Vive como quieras es una grandísima película, de esas que te hacen ver el mundo de manera más amable, que abren una ventana a la esperanza, un film optimista y alegre que nos sacude un poco la conciencia recordándonos algunas cosas que de tan elementales solemos olvidar fácilmente, hasta que a veces es demasiado tarde.

El film ganó el Oscar a la mejor película y al mejor director.

sábado, 19 de junio de 2010

Master and Commander: Al otro lado del mundo


Napoleón domina Europa. Solamente Inglaterra resiste y su fuerza reside en el dominio del mar. En el océano Atlántico, el navío de guerra "Surprise", capitaneado por "Lucky" Jack Aubrey (Russell Crowe), es atacado por un buque francés muy superior, el "Acheron". A pesar de los daños recibidos, el capitán Aubrey decide plantarle cara al barco enemigo.

Master and Commander: Al otro lado del mundo (Peter Weir, 2003) es uno de los mejores films de aventuras que he visto en mi vida. En parte, si recordamos algunos de los films de Weir, como Único testigo (1985) o El club de los poetas muertos (1989), podemos entenderlo mejor.

Alejándose de la tendencia tan manoseada de hacer de este tipo de películas un espectáculo casi circense y completamente alejado de lo verosímil y lo posible, Weir se dedica a hacer lo más sensato: procurar realizar un film creíble a base de una perfecta ambientación, una puesta en escena realista pero eficaz y espectacular y ponerlo todo al servicio de un argumento bien elaborado y cargado de emociones y acciones heroicas. Se parte de una buena base, como son las novelas de Patrick O'Brian, a partir de dos de las cuales el propio Weir y John Collee firman el guión de la película. En este sentido, el realismo con el que se nos muestra la vida en el barco, que hasta puede recordarnos por momentos un documental, es una de las claves para que la película llegue a implicarnos y disfrutemos tanto con ella. Y en verdad que nos creemos uno más de la tripulación por momentos y sentimos el balanceo del barco y el viento y la sal, tal es la maestría del director para filmar las espectaculares escenas de acción y para recrear el día a día de la vida a bordo.

Junto a esta cuidada y soberbia puesta en escena, otro de los puntos fuertes de la película es el detalle con que se van describiendo y definiendo los múltiples personajes del film. En especial, naturalmente, la figura del capitán, riguroso en el cumplimiento del deber y un tanto obsesivo en su lucha con el enemigo, y la de su amigo Stephen Maturin (Paul Bettany), el cirujano, con su hermosa y a veces tensa relación de amistad. Pero el resto de la tripulación también aparece bastante bien definida, con sus roles, sus miedos, sus miserias y sus supersticiones. No hay otra manera de hacer una historia profunda e interesante sino es cuidando especialmente a los personajes y Weir lo hace admirablemente.

Junto a todos estos aciertos, Weir no descuida la parte de acción, eje central de la película. El director sabe dosificar la tensión y mantener el ritmo con bastante buen pulso. Es cierto que la excesiva duración de la película, 139 minutos, da lugar a pequeñas caídas en la intensidad del argumento, pero son mínimas. En su conjunto, la película tiene un gran nivel y engancha con facilidad y el enfrentamiento desigual entre los dos barcos, el duelo de estratagemas, la amenaza constante, el riesgo siempre presente con el miedo de la tripulación, está tratado de manera sobresaliente. Ya el arranque de la película, con el "Acheron" saliendo de la niebla y el espectacular combate que sigue, filmado a la perfección y logrando Peter Weir trasmitir toda la tensión y dramatismo de un combate naval, nos pone en guardia acerca de lo que nos espera.

Cuidadoso del mínimo detalle, también la música es otro acierto más, con un trabajo sobresaliente de Christopher Gordon e Iva Davis.

No debemos olvidar el excelente trabajo de todo el reparto. Russell Crowe es un actor que siempre me ha convencido y vuelve a tener un papel destacado, dando vida al capitán Aubrey de manera totalmente convincente. A su lado, Bettany está también perfecto. Y luego, un reparto de secundarios sorprendente, en especial los niños, con Max Benitz a la cabeza, que consiguen que los veamos en todo momento como verdaderos marinos.

Una película, por tanto, que merece ser vista y que alcanza unos niveles de calidad que yo no he visto en el género de aventuras más que en muy contadas ocasiones. Merecidamente nominada en diez apartados, Master and Commander: Al otro lado del mundo solamente se llevó dos Oscars: a la mejor fotografía y edición de sonido.

viernes, 18 de junio de 2010

Cara de ángel



Dirección: Otto Preminger.
Guión: Frank Nugent y Oscar Millard (Argumentos: Chester Erskine).
Música: Dimitri Tiomkin.
Fotografía: Harry Stradling (B&N).
Reparto: Robert Mitchum, Jean Simmons, Mona Freeman, Herbert Marshall, Leon Ames, Barbara O'Neil.

Frank Jessup (Robert Mitchum) trabaja como conductor de ambulancias y una noche tiene que salir a atender a una mujer que, según parece, ha intentado suicidarse. Allí conoce a la hijastra de la mujer, Diane (Jean Simmons), que decide ir tras él. Al poco tiempo, Frank entra a trabajar como chófer de la familia de Diana.

Cara de ángel (Otto Preminger, 1952) es un inquietante film de cine negro que tiene muchos elementos en común con lo habitual en el género, como es la presencia de una mujer fatal y de un destino terrible que parece cernirse sobre los personajes sin que nada pueda evitarlo. Pero al tiempo resulta un film novedoso e inquietante por la personalidad del personaje interpretado por Jean Simmons, que no termina de definirse y no se corresponde con el arquetipo de mujer fatal clásica, y del que Preminger nos permite entrever cosas, pero siempre dejándonos a nosotros la última palabra acerca de cómo es ella realmente. Tal vez aquí resida el gran acierto de la película, recogiendo aquella costumbre de las películas clásicas de insinuar más que mostrar; y esas sugerencias siempre son mucho más enriquecedoras.

Cara de ángel es, ante todo, el magnífico retrato de Diane, una muchacha que aún no ha cumplido veinte años y, sin embargo, su dulzura, su belleza y sus modales no logran ocultar del todo una personalidad compleja y retorcida. A pesar de ello, Frank sucumbirá a su belleza, tal vez cegado en parte por su ambición. Sin embargo, Preminger evita llevar el relato al terreno más previsible del enamorado que no puede librarse de la nefasta influencia de su amada. Frank adivinará el juego de Diane, al igual que lo intuye perfectamente su novia Mary (Mona Freeman), e intentará escapar de sus maquinaciones. Con ello se plantea que Diane no es capaz de engañar realmente a los que la conocen un poco. No es más que una chica caprichosa y mimada. O eso parece, porque la maldad a la que es capaz de llegar, sin motivo aparente, pues en la película se demuestra que el odio hacia su madrastra no está verdaderamente justificado por nada concreto, es tremenda e imprevisible. Y el acierto de la película es que no sabemos nada en concreto de ella, de su pasado. Solamente tenemos sus miradas perdidas, sus silencios o sus solos al piano, momentos realmente fascinantes, llenos de tensión (recordemos por ejemplo cuando ella arroja al vacío una cajetilla de tabaco) y en donde vamos adivinando algo más sobre ella, intuiciones, presunciones y terribles premoniciones. Esta es la fuerza y la belleza de Cara de ángel. Lo que nos lleva a hablar de la soberbia interpretación de Jean Simmons, sin la cuál el relato no podría convencernos ni cautivarnos como lo hace. Robert Mitchum está en su papel más o menos conocido: tipo duro y algo despistado por momentos, pero convincente. El resto del reparto está correcto, pero sin mucho brillo, lo que quizá perjudica un poco la película, que pierde algo de fuerza cuando no se centra en Jean Simmons o Robert Mitchum.

También merece la pena destacar la maravillosa música de Dimitri Tiomkin, excelente y muy sugestiva, uno de los puntos fuertes de la película.

Sin ser una obra maestra, Cara de ángel resulta una muy buena película, inquietante, siempre con una dosis de incertidumbre (no tanto sobre lo que puede pasar, sino en cómo va a suceder) y, por encima de todo, con una apuesta realmente interesante y acertada por ahondar en el perfil psicológico de la protagonista, eje central de la película.

miércoles, 16 de junio de 2010

Una noche en la ópera



Dirección: Sam Wood.
Guion:George S. Kaurman & Morrie Rysking.
Música: Herbert Stothart.
Fotografía: Merrit B. Gerstad (B&W).
Reparto: Groucho Marx, Harpo Marx, Chico Marx, Margaret Dumont, Kitty Carlisle, Allan Jones, Sig Ruman, Walter Woolf King, Edward Keane, Robert Emmet O'Connor, Lorraine Bridges.

Una noche en la ópera (Sam Wood, 1935) sigue siendo hoy en día una gran película cómica. Para muchos la mejor de los Hermanos Marx. Es indudable que está dentro de las más celebradas y que posee momentos únicos. A mí me costaría decidirme por una sola como la mejor. Me sucede a menudo que ese puesto de honor pasa a ocuparlo la última película de los Marx que acabo de ver.

En el cine de los Hermanos Marx el argumento es un simple detalle sin demasiada importancia, un marco que suele contener muchos elementos comunes en toda su obra, como la historia de amor entre una pareja que debe vencer diversos obstáculos para poder disfrutar plenamente de su amor y, a menudo, se complementa con el cortejo de Groucho a la habitual y simpática Margaret Dumont. En Una noche en la ópera, la pareja de enamorados, Rosa Cristaldi (Kitty Carlisle), reconocida soprano, y Riccardo Baroni (Allan Jones), a pesar de su talento un oscuro miembro del coro, lucha por que el talento de Riccardo sea reconocido al fin, mientras ella resiste los galanteos del engreído tenor Lasparri. Otis B. Driftwood (Groucho), un caradura sin oficio claro, por su parte, se dedica a un extraño y poco eficaz galanteo con una adinerada viuda, la señora Claypool (Margaret Dumont), que intenta entrar en sociedad.

Se trata de la primera película de los Marx para la Metro, tras finalizar su etapa con la Paramount y donde por primera vez no aparece Zeppo, el hermano serio de la familia y que decide dedicarse a otra cosa. Una de las preocupaciones del nuevo estudio era elaborar más el guión de la película. Por ello, colaboran en su construcción James Kevin McGuinness, George S. Kaufman e incluso Buster Keaton. La Metro quería historias más sólidas y poner algo de orden en las alocadas comedias de estos cómicos.

Pero lo fuerte de los Hermanos Marx eran ellos mismos, por encima de argumentos más o menos rigurosos, que pueden, como en este caso, complementar de maravilla el caudal de bromas y chistes de los Marx, que atacan sin piedad la avaricia, el intento de lograr prestigio a base de dinero, la burocracia, la fama y el mundo empresarial, entre otras muchas cosas.

Algunas escenas son ya míticas y han sido homenajeadas e imitadas posteriormente en bastantes películas. Todos recordarán el absurdo diálogo de Groucho y Chico mientras destripan el contrato de Riccardo para la ópera de Nueva York o la absurda y genial escena del camarote, que ya figura por méritos propios en la iconografía del siglo XX. Pero en esta película también brillan con luz propia los números musicales, presentes en casi toda la filmografía de los Marx, pero aquí quizá más logrados que nunca, con canciones preciosas como "Alone" o "Cosí, cosá"; la primera con el mérito de situarse como la canción del año y cuya música es de Nacio Herb Brown, autor años después de la genial "Singin'in the rain". Y además, también podemos escuchar hermosos fragmentos de óperas como "Il Trovatore" y de "I Plagliacci".

Pero por encima de todo, la película es grande por la inteligente sátira que los Marx hacen de cualquier convención, de cualquier cosa que intente parecer seria o lógica. Groucho dispara sus frases con una acidez sorprendente y de él son las mejores ocurrencias de la película. Harpo, en su línea, es un tanto bobalicón y con un apetito atroz y Chico intenta ganarse el pan trabajando lo menos posible y gorroneando allí donde se presenta la ocasión. En realidad, nada nuevo, pero siempre sorprendentes a base de un humor absurdo e irreverente que aún hoy en día sigue siendo inimitable.

lunes, 14 de junio de 2010

El golpe



Dirección: George Roy Hill.
Guión: David S. Ward.
Música: Marvin Hamlisch.
Fotografía: Robert Surtees.
Reparto: Robert Redford, Paul Newman, Robert Shaw, Charles Durning, Ray Walston, Eileen Brennan, Harold Gould, Dana Elcar, John Heffernan, Charles Dierkop, Dimitra Arliss, Robert Earl Jones.

Tras el éxito de Dos hombres y un destino (1969), en el que gran parte del mérito fue de Paul Newman y Robert Redford, la pareja protagonista, Geoge Roy Hill vuelve a reunirlos para esta película, donde de nuevo recurre a la fórmula de un tratamiento ligero, con abundantes toques de comedia, que tan buen resultado le había dado en Dos hombres y un destino.

Pero aquí no hay drama final, El golpe (1973) es un film más amable. El único drama es el que da origen a la estafa en que se centra el argumento. Johnny Hooker (Robert Redfor) es un timador de poca monta que, por error, estafa con su socio Luther Coleman (Robert Earl Jones) a un correo de un peligroso ganster, Doyle Lonnegan (Robert Shaw). Lonnegan, implacable, localiza a Luther y lo mata. Hooker quiere vengarse y para ello entra en contacto con otro estafador medio retirado, Henry Gondorff (Paul Newman), que planea una complicada y arriesgada operación contra Lonnegan.

Sin duda, El golpe basa su éxito en una serie de detalles pulidos y cuidados al máximo por su director, conocedor de las claves del éxito. Reúne a dos atractivos actores en la cima de su carrera y que ofrecen una interpretación sobresaliente, en especial Paul Newman, y en ellos se apoya un guión colosal, donde la historia está perfectamente hilvanada en su más mínimos detalles, controlando el ritmo, la alternancia de momentos relajados con otros mucho más intensos y guiando hábilmente la trama hacia un final portentoso donde todo termina de encajar como la maquinaria de un reloj. Y lo adorna además con dos elementos que resultan claves: el precioso ragtime  de Scott Joplin y una brillante ambientación en el Chicago de los años treinta, con un vestuario y una fotografía muy logrados. Otro elemento clave es el reparto de secundarios de la película, unos treinta, con un genial Robert Shaw a la cabeza, impresionante en su papel de malvado, donde todos cumplen con sus papeles de manera envidiable.

La película tiene una duración nada menos que de 129 minutos y sin embargo, se pasan a una velocidad de vértigo, mérito indiscutible de un guión soberbio escrito por David S. Ward, inspirado en hechos reales narrados en la novela "The Big Con: The Story of the Confidence Man" (1940) de David W. Maurer. El film tuvo un enorme éxito y cualquiera que lo vea por primera vez se quedará maravillado por lo bien que funciona. Nominada en diez apartados, la película ganó siete Oscars: mejor película, director, guión, dirección artística, vestuario, montaje y banda sonora. Aunque nominado, Robert Redford se quedó sin premio.

Conspiración en la sombra



Dirección: George Pan Cosmatos.
Guión: Adi Hasak y Ric Gibbs.
Música: Bruce Broughton.
Fotografía: Buzz Feitshans IV.
Reparto: Charlie Sheen, Donald Sutherland, Linda Hamilton, Ben Gazzara, Stephen Lang, Nicholas Turturro, Gore Vidal.

Robert Bishop (Charlie Sheen), asistente especial del presidente, descubre una conspiración al más alto nivel en la Casa Blanca. Lo que no sabe es quienes están detrás ni lo que pretenden y, mientras intenta averiguar algo más, tendrá que escapar de un asesino que pretende acabar con su vida.

El comienzo de Conspiración en la sombra (George Pan Cosmatos, 1997) nos recuerda inevitablemente a Los tres días del Condor (Sydney Pollack, 1975), con el asesinato de los científicos y la presencia de un asesino implacable en pos de su víctima. Sin embargo, ahí terminan las similitudes y mientras el de Sydney Pollack es un film brillante, esta película es un cúmulo de despropósitos que van a más hasta una desenlace que roza el ridículo.

Para empezar, Cosmatos parece contentarse con hacer un producto resultón, pero sin nervio y sin estrujarse demasiado la cabeza. Así, recurre sin más a todos los tópicos posibles y los adereza con unos diálogos banales, torpones y sin pizca de ingenio. Tampoco el reparto ayuda lo más mínimo y hasta el habitualmente eficaz Donald Sutherland está bastante ramplón. Los protagonistas, Charlie Sheen y Linda Hamilton, resultan tremendamente limitados en su interpretación. Pero lo peor de todo es que con un material como el que tenían entre manos, que es cierto que no derrocha originalidad, pero al menos bien llevado asegura un film inquietante y con cierta intriga, se han dedicado a filmar sin muchas ideas una serie de huidas, disparos y conspiraciones que al final no tienen el mínimo nervio.

Al comienzo, mientras todo son posibilidades abiertas, la película parece prometer bastante, pero desgraciadamente cuanto más avanza se va volviendo más vulgar y previsible. Incluso me sucedió algo curioso: desde el comienzo se van sembrando ciertas insinuaciones que parecen señalar como culpables bien a Donald Sutherland o a Ben Gazzara. Intuimos que alguno de ellos puede ser el cerebro en la sombra de la conspiración, pero sospechamos a su vez que puede que el guión esté simplemente jugando al despiste para sorprendernos al final con un as en la manga. Pues no, los guionistas se complicaron tan poco la vida que resulta que ambos sospechosos, con un tercero en discordia más, resultarán ser los malos de la historia.

Y si todo el film resultó bastante pobre, el desenlace, con el avión teledirigido, resulta ya el colmo del absurdo.

Una película, por tanto, para olvidar y que ejemplifica ese cine meramente comercial hecho a base de tópicos que afortunadamente se olvida con bastante facilidad.

domingo, 13 de junio de 2010

Easy Rider (Buscando mi destino)



Easy Rider (Buscando mi destino) (Dennis Hopper, 1969) es un film que no ha envejecido demasiado bien. Apegado a su momento y a una cultura ya desaparecidas, el film vale más por su significado cultural y su incidencia en el momento de su estreno que como obra de arte, que no lo es.

El argumento es bastante sencillo. Dos amigos, Wyatt, al que llaman Capitán América (Peter Fonda) y Billy (Dennis Hopper), ganan bastante dinero con unas drogas y deciden cumplir un antiguo sueño, visitar Nueva Orleans durante el Mardi Gras, lo que les lleva a recorrer el país a lomos de sus choppers. En su camino encuentran a diferentes personajes curiosos, como un granjero y su familia, los miembros de una comuna hippie, o un abogado (Jack Nicholson) cuando son encarcelados en un pequeño pueblo.

El film, como apuntaba antes, debe su fama por plasmar el modo de vida y las ideas de la generación hippie de los sesenta y su nueva visión del mundo, en contraposición a los valores tradicionales en boga. Easy Rider es una obra hecha por jóvenes de esa generación, el guión (nominado al Oscar) es obra de Hopper, Peter Fonda y Terry Southern, novelista de la llamada generación beat, que no hace sin mostrar sus ideales de vida, ejemplificados en ese viaje a lomos de las motos, ejemplo máximo de libertad. Hay en el film, en este sentido, un homenaje al viejo Oeste y a la vida libre de los vaqueros. De hecho, Billy y el Capitán América son una especie de cowboys modernos que cambiaron los caballos por sus relucientes motos y sus nombres nos remiten inevitablemente a Wyatt Earp y Billy el Niño.

En la película, y en el equipo del rodaje, se consumen abundantes drogas y la escena del cementerio vendría a ser el ejemplo de como se percibiría la realidad estando colocados. También posee una maravillosa banda sonora, encabezada por el magnético "Born to be wild" de Steppenwolf, con temas de Dylan, The Byrds o Jimi Hendrix y además cuenta con una muy buena fotografía de László Kovács.

Sin embargo, de este film de escaso presupuesto y reparto de actores jóvenes y no muy conocidos, es el primer trabajo de cierto peso de Nicholson (que le valió una nominación al Oscar), no debemos esperar más de lo que hay: un intento de mostrar una manera de pensar y de vivir alternativa y que hizo de este trabajo un film mítico, por romper moldes y por ser fuente de inspiración para la juventud de la época, identificada con esa oposición al mundo de sus mayores, a la familia tradicional, la sociedad de consumo y su defensa del amor libre, la vida sencilla y la evasión de la realidad; intento meritorio pero sin una gran calidad en su conjunto.

Al final, estos sueños de libertad y de amor se verán truncados, al igual que el viaje de los dos protagonistas en un final muy amargo, a manos de una sociedad anclada en viejas normas y que no veía con buenos ojos ni comprendía las nuevas propuestas de esos jóvenes que ponían en jaque los valores de toda la vida.

sábado, 12 de junio de 2010

Adivina quién viene esta noche



Dirección: Stanley Kramer.
Guión: William Rose.
Música:Frank DeVol (AKA Frank De Vol).
Fotografía: Sam Leavitt.
Reparto: Spencer Tracy, Sidney Poitier, Katharine Hepburn, Katharine Houghton, Cecil Kellaway, Beah Richards, Roy Glenn, Isabel Sanford, Virginia Christine, Alexandra Hay, Barbara Randolph.
 
Una joven de buena familia, Joana (Katharine Houghton), se presenta en casa de sus padres con su novio, el doctor Prentice (Sidney Poitier) y les anuncia su inminente boda. El problema es que él es negro. Tras la sorpresa inicial, llega el momento de reflexionar sobre los problemas que plantea dicha noticia y aunque Cris (Katharine Hepburn), la madre de Joana, acepta pronto la situación y apoya a su hija, el padre de la joven, Matt (Spencer Tracy), será quién se muestre más convencido de que una boda como esa sólo traerá la infelicidad de su hija.

Adivina quién viene esta noche (Stanley Kramer, 1967) viene a tratar el problema del racismo desde un punto de vista novedoso, como es el de plantear un matrimonio interracial en los Estados Unidos. Como se dice en el film, dicho matrimonio estaba prohibido por la ley en gran parte del país. Incluso hoy en día, más de cuarenta años después, el tema seguiría causando problemas en medio mundo, o más.

Pero el caso es que también se plantea una situación bastante idílica en la película. La familia de ella es rica, liberal y culta. El novio, además, no es un cualquiera, sino que es un brillante médico con un curriculum que dejaría mudo a cualquiera. ¿Qué pasaría si el negro fuera un mecánico, por ejemplo? Dudas aparte, el mérito de Stanley Kramer es enfrentarse al problema del racismo de frente y ofrecer un discurso final rotundo en el que acertadamente afirma que el verdadero problema lo tienen aquellos que, por prejuicios absurdos, se opondrían a algo tan hermoso como que una pareja se ame por encima de razas y miedos.

Pero lo mejor de la película se encuentra en la pareja Spencer Tracy y Katharine Hupburn. El trabajo de ambos es colosal y puedo confesar que pocas veces me ha conmovido tanto una interpretación como la estos dos actores. Tracy es más sobrio que ella, pero su rostro es tremendamente expresivo y trasmite una fuerza increíble. Katharine Hepburn está espléndida, con esa maravillosa fragilidad que lo trasmite todo y esas lágrimas apenas aflorando a sus ojos absolutamente conmovedoras. Por contra, Sidney Poitier, al lado de estos dos geniales actores, me ha parecido excesivamente estudiado, acartonado y un tanto forzado.

Dentro de un nivel muy alto en los diálogos y de una tensión muy bien graduada hasta el final, es evidente que me quedo con la escena final, con el fabuloso discurso de Spencer Tracy y, en especial, con esa escena en que vemos el rostro extasiado y emocionado de Katharine Hepburn al escucharlo decir: "si ellos se quieren solamente la mitad de lo que nosotros nos quisimos, será suficiente". Sólo por este momento vale la pena ver la película.

Katharine Hepburn ganó su segundo Oscar por este trabajo y la película obtuvo otro más por el guión original. Spencer Tracy falleció de un ataque al corazón, solamente trece días después de terminar el rodaje de esta película, en brazos de Katherine Hepburn, su gran amor.

El caso Bourne


Un hombre es encontrado flotando a la deriva por un barco de pesca. Está herido en la espalda por dos disparos y carece de cualquier documentación. Cuando se recupera, descubre que también ha perdido la memoria y no sabe ni su nombre. Un número de una caja de seguridad de un banco de Suiza, grabado en su cadera, es la única pista que tiene para poder intentar descubrir algo de su personalidad o de su pasado.

La verdad es que el arranque de El caso Bourne (Doug Liman, 2002), primera película de una trilogía, no puede ser mejor. De entrada se plantean ya múltiples interrogantes y nos situamos al mismo nivel que el protagonista, ansiosos por conocer algo más sobre su persona y más cuando, poco a poco, descubrimos sus fantásticas habilidades para la lucha o su dominio de varios idiomas, lo cuál aumenta más nuestro interés por saber algo más de este personaje. A partir de aquí, la película entra en una dinámica que no da respiro, en una de las películas de espionaje más logradas de los últimos años. Basada en el libro "Identidad desconocida", de Robert Ludlum, Doug Liman ha sabido darle a la historia un ritmo frenético que nos atrapa y no nos suelta durante la totalidad de la película. Porque el mérito del guión reside también en que, a pesar de contar con elementos comunes muy vistos ya, como el encuentro y posterior relación sentimental del protagonista con la chica de turno o las persecuciones en coche a ritmo frenético, presenta una historia que resulta en todo momento bastante impredecible y consigue hacerse creíble, cosa que no sucede a menudo con este tipo de argumentos. Con ésto, la intriga y la emoción están garantizadas. Además, Liman hace un trabajo excelente, en especial en las escenas de acción, perfectamente filmadas y cargadas de adrenalina, además de narrar con sencillez la historia, de manera comprensible y cautivadora.

Otro de los aciertos de la película es el eficaz trabajo de Matt Damon, perfecto en su papel. Su presencia ya resulta muy convincente, con un físico atractivo y fuerte, y sabe trasmitir la angustia y cierto miedo de su situación. A parte, las escenas de acción están resueltas de maravilla, con un estilo de lucha muy convincente y además espectacular. El resto del reparto funciona también de maravilla: Franka Potente nos trasmite admirablemente sus miedos y su fascinación por un hombre a todas luces excepcional y los malos de turno también son de lo más convincente, como un inquietante Clive Owen, Brian Cox o Chris Cooper.

El resultado final es una película que se pasa volando, que tiene el acierto de no caer en lo ridículo o lo exagerado; que, a pesar de centrarse en la acción y la intriga, logra un acercamiento bastante humano a los personajes, con lo que consigue nuestra implicación más allá del mero pasatiempo intrascendente.

Un film que, en definitiva, reivindica el buen cine de acción, el que se hace cuidando todos los detalles y respetando las más elementales reglas del juego.

viernes, 11 de junio de 2010

Uno, dos, tres


Que Billy Wilder es uno de los grandes está fuera de toda. Que dirigió alguna de las mejores comedias de todos los tiempos también. Basta recordar Con faldas y a lo loco o El apartamento para confirmarlo. Pero el film que nos ocupa en esta ocasión, Uno, dos, tres (1961), si bien puede que no tenga la reputación de los anteriores, se puede afirmar que está a su altura y es una de las comedias más alocadas y divertidas de la historia.

C. R. MacNamara (James Cagney) es el director de la Coca-Cola en Berlín Occidental. Su sueño siempre ha sido ocupar un alto cargo en Europa que le permita regresar a Estados Unidos con una buena posición en la empresa, pero por unos motivos u otros no termina de conseguirlo. Ahora parece que se presenta una buena ocasión de cimentar su carrera, al tener como invitada a la hija del gran jefe, de visita por Europa. Lo que no sabe MacNamara es que la joven Scarlett (Pamela Tiffin) es una muchacha bastante problemática y enamoradiza.

Con su colaborador habitual para el guión, I. A. L. Diamond, Billy Wilder construye una comedia tremendamente divertida, ingeniosa y sin un minuto de respiro, donde vuelve a dejar claro su talento para hacer comedias prácticamente perfectas. Wilder se basa en una obra del mismo título del húngaro Ferenc Molnar, pero la adapta a la época de la Guerra Fría, con lo que le sirve para hacer una inteligente crítica de la lucha entre los dos bloques, ridiculizándolos sin piedad.

Pero la clave del éxito de la película reside en su ritmo trepidante que no deja ni un segundo de pausa, con gags visuales soberbios pero, especialmente, unos diálogos precisos, rápidos y agudos y una crítica de todo cuanto pasa en la película: el capitalismo, las ansias de poder, la familia, la política, la religión y hasta la aristocracia. Para ello, Wilder llena la película de personajes impagables: la secretaria imponente que se vende al mejor postor; los comunistas descreídos que loquean con las curvas de la secretaria; los empleados alemanes, con un pasado nazi que sale por todas partes; el idealista Otto (Horst Buchholz), con la cabeza llena de pájaros o la cínica e incisiva señora MacNamara (Arlene Francis), uno de los personajes más cómicos de la película.

Al ritmo alocado de "La danza del sable" (Khachaturian), la película es también un momento de gloria para James Cagney, en su penúltima película (la última será Ragtime, veinte años después), soberbio en un papel alejado de sus comienzos, pero en que demuestra el enorme potencial de un actor excepcional que borda su papel y lleva sobre sus espaldas todo el peso de la película.

Wilder no se complica mucho y con un humor elemental, directo, con el recurso a las carreras locas, a personajes que son en realidad absurdos prototipos o colosales caricaturas, logra hacer un film genial, una comedia disparatada que puede provocar más de un dolor de barriga a base de tantas carcajadas sin tregua.

jueves, 10 de junio de 2010

Anatomía de un asesinato



Dirección: Otto Preminger.
Guión: Wendell Mayes (Novela: Robert Traver).
Música: Duke Ellington.
Fotografía: Sam Leavitt (B&N).
Reparto: James Stewart, Lee Remick, Ben Gazzara, Arthur O'Connell, George C. Scott, Eve Arden, Kathryn Grant, Joseph N. Welch.

Basada en una novela de un miembro del Tribunal Supremo de Michigan, John D. Voelker, aunque publicada bajo el seudónimo de Robert Traver, Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959) es uno de los más brillantes films sobre juicios de la historia del cine. Hoy en día no sorprende su tono ni el tema que trata, pero en su época causó cierto revuelo al emplear palabras como bragas, violación, putón o espermatogénesis. Hasta el padre de James Stewart la consideraba una película sucia.

Frederick Manion (Ben Gazzara), teniente del ejército, ha asesinado a un hombre que supuestamente había violado esa noche a su mujer Laura (Lee Remick). El acierto del guión es que en ningún momento vemos lo que ha sucedido, tan sólo tenemos las versiones de los implicados, lo que siembra la duda sobre la veracidad de lo que cuentan los implicados. Así pues, nos encontramos en la misma situación que el jurado: escuchamos a los testigos y tendremos que decidir nosotros sobre si creer la teoría de que el teniente Manion sufrión un impulso irresistible en el momento de disparar.

Pero además de este inteligente planteamiento, Anatomía de un asesinato es un film notable por otros aspectos. En primer lugar, se suele resaltar los innovadores títulos de crédito o la música de jazz que acompaña la película, con una breve aparición del mismísimo Duke Ellington, de quién es la banda sonora de la película.  Anécdotas aparte, la película cuenta sobre todo con un detallado y preciso análisis de los protagonistas. Por ejemplo, la figura de Paul Biegler (James Stewart), un antiguo fiscal que parece encontrarse en horas bajas pero que conserva intactas sus grandes pasiones: la pesca y el jazz y que es el único apoyo de un viejo borracho (Arthur O'Connell) que ha desperdiciado su talento y su vida, pero por el que Biegler siente un afecto especial. Ambos, junto a la secretaria (Eve Arden) resignada a no cobrar su salario, componen un trío realmente conmovedor. Sin embargo, la sensación de la película es la explosiva Lee Remick, cuya belleza y su coquetería desbordan la pantalla. Su difícil relación con su marido celoso añade una más que profunda sospecha acerca de lo que pudo haber sucedido la noche del crimen. Lástima que Ben Gazzara no termine de convencerme. Es un actor que no me dice nada bueno. Pero en cambio me encanta la actuación de George C. Scott, arrogante y duro fiscal que, sin embargo, cometerá un fallo garrafal que decantará el juicio en su contra.

Anatomía de un asesinato es un film inteligente y apasionante y cuenta con unos diálogos brillantes y con abundantes detalles de humor de muy alto nivel, como el comentario de James Stewart cuando el policía de la prisión lo invita a comer: "- ¿Sigue tu hermana de cocinera?. - Sí, claro. - Bien, pues salúdala de mi parte, Sulo". Si añadimos la sencilla y eficaz dirección de Preminger, tenemos claro que estamos ante un film genial, merecedor de siete nominaciones aunque al final se quedó sin ninguna recompensa.

Días sin huella


Lo primero que se debe destacar de Días sin huella (Billy Wilder, 1945), cuyo título original me resulta mucho más apropiado, es que es la primera película que trata el tema del alcoholismo. Todas las que vienen después, y es imposible no citar Días de vino y rosas (Blake Edwards, 1962), le deben algo a esta película. De hecho, no pocos problemas tuvo el estudio antes del estreno, presionado por la industria del alcohol, que le ofreció cinco millones de dólares a la Paramount para que no la estrenara; o los partidarios de la prohibición de consumo de alcohol, que temían que la película fuese causa de un aumento del consumo; está claro que esta gente seguía sin entender nada, pues como se afirma en la película con toda razón "la Ley Seca incitó a la mayoría de los que hoy son alcohólicos", a parte de mostrar abiertamente  los devastadores efectos del alcohol sobre el ser humano.

Ray Millan interpreta a Don Birman, un escritor que en realidad no ha llegado a escribir aún nada importante, pero a quién el miedo a no conseguir hacerlo le ha llevado al alcoholismo. Con la ayuda de su hermano y su novia, intenta sin éxito superar su dependencia de la bebida, hasta que en un fatídico fin de semana en que se queda sólo en casa caerá sin remedio en lo más profundo de su adicción.

El retrato que nos presentan Wilder y el guionista Charles Brackett de Birman es del todo desolador. Al comienzo, muy acertadamente, conocemos a Birman sereno y aparentemente en el buen camino, tras diez días sin beber, según declara. A partir de ahí, el desmoronamiento es escalofriante. Su apariencia se va descomponiendo progresivamente hasta terminar en un estado lamentable, en pijama, con un abrigo robado y  sin afeitar. Pero la degradación moral es aún más terrible, mintiendo, suplicando, mendigando, robando, amenazando, ... en pos de un trago más, de otra botella, en una caída que, cuando parece que ha tocado fondo, da un nuevo giro para arrastrarlo aún más abajo. Al final, Birman termina en un hospital público para alcohólicos, del que escapa para sufrir de delirium tremens en un apartamento puesto patas arriba en busca de una botella y, finalmente, consiguiendo un revolver para quitarse de en medio.

Hay algunas escenas magistrales, como cuando relata al barman los efectos beneficiosos del alcohol en su mente, liberándolo y convirtiéndolo en un artista genial mientras la Tercera Avenida se transforma en El Nilo. En general, los diálogos de la película son magníficos ("una copa es demasiado y cien no bastan"), pero en esta escena alcanzan el punto más alto. También me gustaría recordar aquella otra en que roba el bolso a la chica de la mesa de al lado para poder pagarse la bebida o cuando deambula por las calles en busca de una casa de empeños abierta y, por fin, el momento del delirio en la soledad del apartamento.

Y hay que reconocer el magnífico trabajo de Ray Milland, impresionante en su progresivo deterioro hasta el punto final en que, de pronto, recupera el aplomo cuando ha decidido suicidarse. Ganó merecidamente el Oscar al mejor actor. Junto a éste, el film se alzó con otros tres Oscars: mejor película, mejor director y guión adaptado.

El Código Hays obligó a un final feliz que tal vez resulte un consuelo a tanto dolor como se vio a lo largo de la película. Pero, a pesar de que Billy Wilder se pliega a las normas, la crudeza de lo que acaba de mostrarnos es tal que el efecto de su discurso no queda empañado por ese final esperanzador y siempre, lo más pesimistas, podrán pensar que el pobre de Don Birman se está engañando una vez más.

miércoles, 9 de junio de 2010

La soga


En 1948, Hitchcock rueda su primera película en color, que al tiempo produce él mismo, La soga. Basada en una pieza teatral de Patrick Hamilton que se basa a su vez en unos hechos reales acaecidos en 1923, cuando dos muchachos asesinan a otro sin motivo alguno y que también inspirará otro film, Impulso criminal, de Richard Fleischer, en 1959, con Orson Welles de protagonista.  

El principal interés del director a la hora de enfrentarse a este proyecto era meramente técnico: poder rodar toda la película en un solo plano, de ahí el aspecto tan teatral de la película. Como era inevitable efectuar los cortes necesarios para el cambio de cada rollo, Hitchcock utiliza el recurso de enfocar de cerca a un personaje para tener un plano negro con el que comenzar el siguiente rollo. Sin embargo, una vez realizado el film, el director no se mostró muy contento con el resultado, pues iba, según el propio Hitchcock, contra todo lo que el creía: la fragmentación del film y las posibilidades del montaje para contar una historia.

Si se piensa bien, La soga no es una mala película, pero es verdad que la manera de filmarla no ayuda demasiado. Algunas escenas pierden dinamismo y algunos encuadres, al necesitar reunir a los actores en un breve espacio, resultan un tanto artificiales. Hitchcock siempre experimentó, desde sus comienzos, pero el problema aquí es que la experimentación abarca todo el film, no solamente un instante o una secuencia.

A pesar de todo, la película funciona bastante bien. Hubiera resultado increíble sino fuera cierta y así adquiere además todo el dramatismo del mundo, pues es algo que tuvo lugar realmente. Al tener un tratamiento tan teatral, toda la fuerza de la película recae en los diálogos y los actores y en este sentido me gustaría destacar la presencia de James Stewart, prodigioso y poderoso, en especial en algunos primeros planos en que solamente con su mirada nos trasmite todo un repertorio de sentimientos y miedos. Decía que la película se apoyaba en los diálogos, que resultan bastante buenos en general y, sin embargo, me quedo con la escena en que la cámara nos muestra cómo se produjo verdaderamente el crimen, siguiendo los movimientos al ritmo de las suposiciones de James Stewart, lo que sin duda es un magnífico recurso narrativo.

Así pues, La soga no es tan mala como el propio director parecía dar a entender y plantea unos dilemas y unas reflexiones interesantes a cerca de la condición humana y el respeto de la vida y como una mente enferma puede llegar a conclusiones y actos terribles. Y lo peor es que fue cierto.

La mujer pantera



Dirección: Jacques Tourneur.
Guión: DeWitt Bodeen.
Música: Roy Webb.
Fotografía: Nicholas Musuraca (B&W).
Reparto: Simone Simon, Kent Smith, Tom Conway, Jane Randolph, Jack Holt, Alan Napier, Elizabeth Dunne, Mary Halsey.

Había algo encantador en las películas de terror antiguas. Quizá fuese por su ingenuidad que, hoy en día, no llega a asustar a nadie; o tal vez era que bajo la forma de filmes de terror se ocultaban maravillosas y trágicas historias de amores imposibles y seres desgraciados. Y es eso lo que encontramos en La mujer pantera (Jacques Tourneur, 1942), típica obra de serie B de la RKO de apenas 73 minutos pero con el encanto de las cosas bien hechas.

Ollie Reed (Kent Smith) se enamora de una joven, Irena Dubrovna (Simone Simon), que está pintando en el zoo a una pantera negra. El romance termina en matrimonio pero pronto las cosas comienzan a ir mal. Irena no deja que su marido la bese ni duerma con ella, presa del miedo de que viejas leyendas de su Serbia natal sean verdad y ella pueda transformarse en un felino y lo ataque.

Uno de los aciertos de la película, que tal vez hubiera sido mejor que se titulase de otra manera, es que va dejando insinuaciones sobre lo que le sucede a Irena sin concretarlas abiertamente, de manera que siembra ciertas dudas sobre la veracidad de sus temores y si no son sólo fruto de una arraigada superstición, como parece creer el médico que la examina. Junto a ello, tal vez debido a las limitaciones técnicas del momento, pero también a una manera de entender el terror muy distinta a la actual, la película solamente insinúa las situaciones de peligro a base de sonidos y sombras amenazadoras, como en la escena en que la amiga de Ollie, Alice (Jane Randolph) es perseguida junto al parque o acosada en la piscina. Se deja a la imaginación del espectador el completar la escena y el resultado es siempre sorprendente y muy rico.

Tal vez la mayor debilidad de la película resida en los actores, algo inexpresivos, en especial Kent Smith. Pero es un defecto menor al lado de una historia hermosa de un amor imposible entre personas que en todo momento intentan luchar contra los obstáculos que les acechan, aún sin saber realmente cuáles son ni cómo hacerlo, y en la que la compasión y la ternura son aún más intensos que el terror que se pretende producir.

Con faldas y a lo loco


Joe (Tony Curtis) y Jerry (Jack Lemmon), dos músicos de orquesta, son testigos accidentales de la masacre del día de San Valentín de 1929, a causa de lo cuál deben huir y no se les ocurre nada mejor que disfrazarse de mujeres y enrolarse en una orquesta de mujeres que parte rumbo a Florida.

Con un guión escrito por el propio director e I.A.L. Diamond, en la que era su segunda colaboración juntos, y que se inspira en una comedia alemana de 1951, Fanfaren der Liebe (Fanfarria de amor), Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959) ha quedado como una de las mejores comedias de la historia y eso que no partía con muy buenos augurios. Por un lado, la comedia comienza con una masacre, algo del todo inusual en el género; por otra parte, el guión no estaba terminado cuando comenzaba el rodaje y además se rodaba en blanco y negro. Sin embargo, el film fue un éxito que no paró de consolidarse con el paso del tiempo. Y ello se debe a varias y diversas causas.

Por una parte, la presencia de un genio como Billy Wilder, sabedor de lo que necesitaba para hacer una buena comedia y como conseguirlo. Por un lado, la elección del blanco y negro fue cosa suya, sabedor que el color ayudaría a disimular los maquillajes de Curtis y Lemmon, haciendo su transformación más verosímil. También sabía que los dos hombres tenían que ser completamente heterosexuales, para que su presencia en medio de tantas mujeres resultara un tormento absoluto y fuente, por tanto, de una constante tensión cómica. Del director también es el acierto de saber mantener el ritmo perfecto y alocado en todo instante.

El segundo pilar de la película, o quizá el primero, según se mire, es un guión realmente perfecto que reúne crimen, música, romances, equívocos, crítica social y un toque finísimo de surrealismo y que contiene unos de los diálogos más logrados del género ("Yo jugaba antes al waterpolo, pero mi caballo se ahogó" o la mítica y genial frase final, "Nadie es perfecto", que se le ocurrió a I.A.L. Diamond la víspera de terminarse el rodaje).

Por último, tenemos un reparto que funciona de maravilla, en especial los tres protagonistas: Tony Curtis, perfecto en su doble papel de señorita y Don Juan impenitente; Jack Lemmon, en su primera colaboración con Wilder, es quizá el mejor de todos, con su alocado comportamiento inicial y la posterior asunción de su rol de mujer, y Marilyn Monroe, impresionante en su papel de mujer espectacular (sus andares por el andén aún hoy son de un erotismo altísimo) e ingenua y que tal vez haga el papel de su vida.

Repleta de escenas memorables, como la de las literas, en que se rinde homenaje a los hermanos Marx y el camarote de Una noche en la ópera, o el baile entre Lemmon y su novio, Joe E. Brown, con flor incluida, Con faldas y a lo loco es sin duda, una obra de arte perfecta, de esas pequeñas o grandes películas tocadas por la perfección y que no dejarán nunca de maravillarnos. Un clásico inmortal.

martes, 8 de junio de 2010

Instinto básico


Paul Verhoeven había saltado a la fama con su segunda película, Delicias turcas (1973), considerada el mejor film holandés de la historia, donde el director muestra ya su gusto por las escenas subidas de tono. A partir de ahí, Verhoeven sigue cosechando algunos éxitos hasta que logra dar el salto a Estados Unidos. Su carrera entonces se vuelve convencional y realiza obras de gran presupuesto, como Robocop (1987) o Total Recall (1990), con buenos resultados. Pero será Instinto básico (1992) la película que le de sin duda más fama, a base de la polémica suscitada por las escenas violentas pero, sobre todo, por las eróticas, con lo que Verhoeven volvía a sus comienzos.

Y es que hay algo que aún nos escandaliza cuando se trata de sexo y en especial a un sector bastante puritano de norteamérica. El caso es que tanto ruido generado no hizo sino aumentar la expectación y los números de taquilla de este intenso thriller.

Un antigua estrella de rock retirada muere asesinada en su cama acuchillada por un punzón de picar hielo. En seguida las sospechas recaen en su novia, Catherine Tramell (Sharon Stone), última persona con quién se le vio en vida. Inteligente, fría y manipuladora, Catherine no le pondrá las cosas fáciles a la policía y en especial al agente Nick Curran (Michael Douglas), recién rehabilitado de su adicción al alcohol y las drogas.

Siendo sinceros, Instinto básico cuenta con un guión bastante tramposo que se enreda un poco al final, liando la cosa en exceso y con un abuso de nombres en diálogos algo precipitados que confunden un tanto al espectador despistado. Pero el mérito de Verhoeven es que, a pesar de todos los defectos y de que nos sentimos un tanto engañados, logra hacer una thriller que funciona de maravilla y no sólo por el dominio del medio asombroso que demuestra tener, ni por la música soberbia de Jerry Goldsmith, ni por ese ritmo firme que apenas da un minuto de respiro. Instinto básico funciona tan bien porque Paul Verhoeven sabe reunir los elementos clave para tenernos enganchados a la pantalla: sexo morboso, toques lésbicos, un poco de sangre, un objeto cotidiano convertido en un arma que nos sobrecoge en cuanto la vemos, y una actriz, Sharon Stone, que derrocha sensualidad por los cuatro costados. Y al final, la intriga, que era en apariencia el motor de toda la historia, descubrimos que nos importa un bledo y que cada uno se imagine el final que quiera o el que más le excite, que es lo parece ofrecernos el director en un guiño un tanto manoseado pero muy eficaz.

Porque con el paso del tiempo, lo que todo el mundo recuerda de Instinto básico es a una rubia despampanante quedándose con todos los presentes en el interrogatorio con un cruce de piernas legendario, a la altura de la famosa escena de Marilyn Monroe en la rejilla del metro.

lunes, 7 de junio de 2010

Collateral



Dirección: Michael Mann.
Guión: Stuart Beattie.
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Dion Beebe y Paul Cameron.
Reparto: Tom Cruise, Jamie Foxx, Jada Pinkett Smith, Mark Ruffalo, Peter Berg, Javier Bardem, Barry Shabaka Henley, Bruce McGill, Irma P. Hall, Richard T. Jones, Debi Mazar, Jason Statham.

Max (Jamie Foxx) lleva doce años de taxista, aunque su sueño es tener su propio negocio de limusinas, cuando una noche sube a su taxi Vincent (Tom Cruise), un cliente aparentemente normal que le propone que sea su chófer a lo largo de la noche en una serie de visitas que debe realizar. En realidad, Vincent es un asesino a sueldo contratado por un cartel de narcotraficantes que meterá a Max en una espiral de violencia que parece no tener fin.

Así podría resumirse este thriller que presentaba como novedad que Tom Cruise encarne en este caso al malo de la película. Sin embargo, detalles de marketing al margen, Collateral (Michael Mann, 2004) posee el acierto de construirse sobre la base de un acertado guión que eleva el tono por encima de lo que viene siendo habitual en este tipo de films para consumo fácil y recaudación más o menos segura.

Porque, si bien la película no se libra de algunos de los defectos típicos del género, como algunos clichés bastante sobados (el policía más listo que nadie que en seguida sospecha que hay gato encerrado, o la secuencia en que por casualidad la policía detiene el taxi y pide que abran el maletero donde hay un cadáver, o el giro final, que va bien para cerrar la película con unos instantes de tensión, pero que no resulta del todo convincente) y que no aportan nada realmente novedoso al conjunto y sí que pueden resultar molestos por cuanto están demasiado vistos, tiene el acierto de preocuparse por adentrarnos en la piel de los protagonistas, se toma su tiempo para mostrar sus miserias y sus esperanzas y presenta unos cuantos diálogos realmente meritorios, que destacan poderosamente entre la banalidad de las conversaciones que estamos acostumbrados a sufrir en este tipo de productos.

También es necesario reconocer la buena interpretación, al fin, de Tom Cruise, un actor que me repele especialmente pero que parece que con los años va ganando aplomo y sobriedad, y la de Jamie Foxx, que compone un personaje realmente humano, capaz de conmovernos y de involucrarnos en su desgracia.

Gracias a todo ello y a un buen ritmo y una tensión muy bien dosificada que, en el tercio final se va acrecentando sin pausa, la película resulta no solamente muy entretenida, sino que nos agarra al sillón y nos implica en la suerte final de los protagonistas, que adivinamos, naturalmente, pero sin que ello nos permita respirar del todo tranquilos hasta el final que, además, posee una pequeña dosis de ternura y romanticismo y nos deja, a pesar de ser el esperado, un poso de tristeza por inevitable soledad del hombre frente a su destino.

Cantando bajo la lluvia


Dentro del género musical, Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952) es sin duda el referente, la cima del género, una cita ineludible que ha quedado como paradigma del trabajo bien hecho, de números musicales brillantes y de optimismo para parar un tren.

El argumento, además, gira en torno al cine mudo y su transición al sonoro, algo que va como anillo al dedo al musical y que suele encandilar a los críticos, y como ese complicado paso cambió de raíz no sólo la manera de interpretar de los actores, sino que para muchas estrellas de la época muda la llegada del sonoro supuso el fin de su carrera, como le sucede en la película a Lina Lamont (Jean Hagen), cuya voz chillona y su mala dicción supondrán su retirada precipitada del cine.

Pero no es el argumento, bastante sencillo, lo que hizo que Cantando bajo la lluvia se convirtiera en un film mítico, sino un puñado de brillantes canciones con una coreografía sobresaliente, entre las que podemos destacar la preciosa "Make' em Laugh", que en realidad copia el tema "Be a clown" de Cole Porter, interpretada por el eléctrico Donald O'Connor; la vitalista "Goog Morning" y, por encima de todo, el número que da título al film, con una fantástica actuación de Gene Kelly en un baile que ha quedado como el mejor de toda la historia del género. Pero tampoco podemos despreciar el número "Broadway Melody" de Kelly con Cyd Charisse, hermosa y escultural, que casi representa un film dentro de Cantando bajo la lluvia y que derrocha sensualidad.

Las fantásticas interpretaciones, tanto de Kelly, la estrella del film, como de sus compañeros de reparto (O'Connor, la maravillosa Debbie Reynolds, no era su voz la que se escuchaba realmente, e incluso la antipática Jean Hagen), ponen la guinda a un pastel que, curiosamente, no causó sensación en el momento de su estreno y, de hecho, no ganó ni un sólo Oscar en su día, pero que ha ido creciendo a lo largo de los años hasta situarse como el rey del género.

sábado, 5 de junio de 2010

Historias de Filadelfia



Historias de Filadelfia (George Cukor, 1940) es sin duda el ejemplo perfecto de comedia norteamericana clásica, sofisticada, mordaz, elegante y romántica. La película se basa en la obra teatral de Philip Barry "The Philadelphia Story", interpretada en Broadway por la misma Katharine Hepburn, que se hizo con los derechos para el cine. Ella deseaba contar con Spencer Tracy para el papel de C. K. Dexter Haven pero Tracy necesitaba descansar en ese momento e intentar superar su alcoholismo, por lo que la elección de la MGM recayó en Cary Grant y James Stewart firmó encantado para el papel del periodista Macaulay Connor (con el consiguiente disgusto de Van Heflin, que interpretaba ese papel en la versión teatral), lo que supone un acierto también indudable, pues sin duda la fuerza de esta película reside especialmente en el reparto. Fue también ella la que escogió a su amigo George Cukor para dirigir la película.

El papel de Katharine Hepburn, dando vida a una mujer perfeccionista, exigente y fría, no era muy sencillo. Pero esta actriz consigue una interpretación memorable, con algunos instantes realmente conmovedores simplemente con una mirada turbada o un rostro tembloroso. También Cary Grant, en su línea siempre impecable y algo burlón, es el perfecto caballero de alta sociedad, algo golfo pero lleno de encanto. Pero es James Stewart quién destaca con fuerza entre el reparto masculino. La verdad es que su personaje es el más atractivo de todos y de donde parten las réplicas más divertidas y James Stewart le da su característica sencillez dubitativa, sorprendida y entrañable que le valió la recompensa de un Oscar. Si bien el peso del film recae en estros tres actores, el resto del reparto está también a un muy buen nivel, como la sorprendente Virginia Weidler, la hermana pequeña de Tracy Lord (K. Hepburn) o el padre de ella, interpretado a la perfección por John Halliday, y que nos ofrece, en su diálogo-reproche con su hija, una de las más emotivas y sinceras escenas de la película.

Porque, si bien se trata de una comedia, bajo el tono ligero general, Historias de Filadelfia aporta mucho más que enredos y glamour. Lo más interesante, tal vez, sea todo lo que no es comedia, como las críticas hacia la indiscreción y falta de escrúpulos de la prensa de temas sociales (anticipando una voracidad elevada a la enésima potencia en nuestros días); o la exaltación de la bondad y la compasión, por encima de cualquier otra virtud; la defensa del amor verdadero y, en general, todo aquello que pretende arrojar algo de luz sobre las relaciones humanas, bien sean familiares, profesionales o amorosas. El film no es ajeno al desgaste del paso del tiempo, como se puede ver en cierta imagen que se da de la mujer ideal, como una persona sumisa y obediente al marido, si bien no deja de ser algo justificado por la época de la película y que queda, sencillamente, como una muestra de ciertas ideas de antaño.

Historias de Filadelfia se alzó con otro Oscar más al mejor guión adaptado.

Posada Jamaica



Posada Jamaica (1939) es la última película de la etapa inglesa de Alfred Hitchcock y está coproducida por el propio Charles Laughton. Basada en una obra de Daphne du Maurier, curiosamente como la siguiente película de Hitchcock, Rebeca (1940), su primer film americano, el film cuenta la llegada de una joven huérfana desde Irlanda a Cornouailles, Mary (Maureen O'Hara), para reunirse con su tía Patience (Marie Ney), su único pariente vivo. Ella está casada con Joss (Leslie Banks), que regenta la "Posada Jamaica". Pero en realidad, Joss es el jefe de una banda de rufianes que se dedican a hacer naufragar barcos, matando a los supervivientes, para hacerse con el cargamento.

El director inglés no se mostraba muy satisfecho con este film. Tal vez porque no tuvo todo el control que quería sobre el argumento. Charles Laughton, deseoso de contar con más minutos, hizo modificar el guión y el resultado desagradaba a Hitchcock ya que, decía el director, no era lógico que el juez de paz y cerebro de la banda de Joss se pusiera en peligro apareciendo por la posada. Lo coherente hubiera sido que no apareciera por allí hasta el final; por eso Hitchcock lamentaba la presencia de Laughton en el papel de Humphrey Pengaltan, al que achacaba también un comportamiento no fue muy profesional durante el rodaje. Me llama un tanto la atención esta queja por parte de Hitchcock, pues si algo criticaba con frecuencia era a esos críticos que solían menoscabar sus películas en base a la poca rigurosidad de sus argumentos.

Sea como fuere, la presencia de Laughton no cabe duda que enriquece la película. Su interpretación, a pesar de una caracterización un tanto excesiva, es poderosa y como siempre compone un personaje con gran fuerza que acapara la pantalla. Lo mismo que la hermosa Maureen O'Hara, en el debut de su carrera en el cine. De hecho, su belleza cautivó de tal modo a Charles Laughton que la recomendó a la RKO, comenzando con Esmeralda la zíngara (1939) su carrera en Hollywood. También fue Laughton el que le propuso cambiar su apellido, Fritzsimons, por el de O'Hara.

Posada Jamaica, a pesar de la opinión de su director, es un film que funciona bien: mantiene la intriga y la emoción en todo momento, no tiene ni un instante de transición, ningún tiempo muerto y, aunque técnicamente se nota mucho la precariedad de los medios de la época, está muy bien filmada, tanto por el ambiente tenebroso general como en las escenas de tormenta y naufragio. La película, además, tuvo una muy buena acogida por parte del público en su momento.

Pasión de los fuertes


Ha habido muchas películas en la historia que han tratado el legendario duelo de OK Corral, pero sin duda Pasión de los fuertes (John Ford, 1946) es la más romántica y la más profunda de todas ellas. La sencilla puesta en escena y el desarrollo pausado no ocultan la genialidad de un director que consigue hacer una obra maestra con los mínimos elementos y sin alardes de ningún tipo.

Wyatt Earp (Henry Fonda) ha dejado su puesto de sheriff en Dodge City y se dedica a transportar ganado cuando llega a Tombstone, una ciudad presa de la violencia. Allí le ofrecen el puesto de sheriff, que rechaza, tras desarmar a un peligroso indio borracho; pero cuando su hermano pequeño es asesinado, decide aceptar el cargo para averiguar quién lo mató.

Como es habitual en las películas de John Ford, lo importante de Pasión de los fuertes no es el duelo final, que se resuelve de manera brillante pero breve. Lo que de verdad importa, y en lo que la película consigue enamorarnos, es el desarrollo de los personajes, de las relaciones que se van tejiendo entre ellos, en especial entre Earp y Doc Holliday, un sorprendente e inspirado Victor Mature, actor tenido por inexpresivo y que de la mano de Ford compone un malvado entrañable, angustiado por lo que podía haber llegado a ser y su estado actual. Pocos directores demostraron tanto talento y sensibilidad a la hora de construir sus personajes y Ford lo consigue a base de escenas sencillas, pero que de alguna manera se quedan gravadas en la retina: el monólogo de Earp ante la tumba de su hermano; el primer encuentro entre Wyatt y Doc; la escena en que actor borracho recita a Shakespeare y es ayudado por Doc a completar el monólogo de "Hamlet"; o esa otra en la barbería, cuando perfuman a Wyatt Earp; la llegada de la hermosa Clementine o la genial escena de Wyatt haciendo equilibrios en la silla. También se va sembrando la película de frases memorables ("¡Cuando se saca un arma es para matar!", "-¿Has estado enamorado alguna vez?, -No, he sido camarero toda mi vida") y escenas que aligeran el drama y donde de nuevo Ford nos muestra su gran talento para saber llevar con firmeza una historia sin descuidar ningún detalle, por mínimo que parezca.

Es difícil de entender, o tal vez no, pero John Ford va construyendo un western prodigioso a base de elementos que no son genuinamente del western. Pero es que el cine, cualquiera que sea el género que trate, es y debe ser una manera de comunicación y Ford lo sabe mejor que nadie y, al contrario que en muchas películas actuales, el director se centra más en las personas que en los hechos. Así, Pasión de los fuertes es ante todo un recorrido por el alma humana, atormentada en el caso del doctor, cruel y primitiva en el caso de los Clanton, refinada y sensible en el caso de Wyatt.

El reparto, de nuevo, es otro de los ases del director. En esta ocasión recurre a Henry Fonda, magnífico como siempre, creando un Earp tranquilo, seguro de sí mismo pero sin exagerar, con un aplomo y una dignidad que sólo Henry Fonda podía conseguir. Victor Mature a su vez logra una interpretación sobresaliente de un hombre arruinado físicamente, amargado y en permanente lucha interior a la que sus rasgos duros aportan mucha fuerza. De Walter Brennan poco hay que decir; genial siempre, tanto en sus papeles amables como ahora aquí, de villano realmente despreciable, borda su papel. Linda Darnell está perfecta en la piel de una apasionada mexicana, loca por el doctor y Cathy Downs, con su angelical rostro y su porte distinguido, justifica con su sola presencia la fascinación que siente Wyatt por ella. No falta Ward Bond, habitual de Ford, que aunque tiene un papel menor resulta siempre convincente y acertado.

Pasión de los fuertes se convierte, de la mano de Ford, gracias a la sabia mezcla de todos estos elementos apuntados (romanticismo, drama, amistad, venganza, remordimientos, comedia, ...) en un espectáculo maravilloso, lleno de encanto y hasta de poesía y que trasciende con mucho la mera historia de una venganza para crear un pequeño universo tratado con aparente sencillez y llevado a su máxima belleza.

viernes, 4 de junio de 2010

El agente secreto



El agente secreto (Alfred Hitchcock, 1936) está basada en dos relatos de Somerset Maugham sacados de su libro "Ashenden" y también de una comedia de Campbell Dixon basada también en la misma obra de Maugham.  La trama está ambientada en la I Guerra Mundial: los servicios secretos británicos envían a Suiza a un espía, Richard Ashenden (John Gielgud), para que localice y elimine a un espía alemán cuya identidad desconoce.

La trama es, de entrada, sumamente atractiva: hay que neutralizar a un espía del que apenas se sabe nada. Es una situación que puede dar mucho juego pero, desgraciadamente, Hitchcock se queda en tierra de nadie y no sabe extraer todas las posibilidades del argumento. La película oscila por un lado entre la comedia, el drama y la trama amorosa y en ninguna de ellas se muestra convincente. La parte cómica nos descentra frecuentemente de lo fundamental y no ayuda a crear el clima que hubiera requerido la historia de espías; además el papel de Peter Lorre me parece algo excesivo y tópico e incluso el comportamiento en algunas escenas de Robert Marvin (Robert Young) resulta irrisorio. Llegamos pues a la parte romántica donde tampoco se definen del todo los papeles, en especial resulta algo chocante la actitud de Elsa (Madeleine Carroll) cuando, tras la noche en que se declaran ella y Richard, decide abandonarlo y escapar con Marvin.

Pero donde la película falla más es en la trama principal. Hitchcock reconocía su equivocación: el público no se identificaba con Ashenden porque la misión que se le encomendaba le repudiaba al mismo espía, con lo que trataba de evitar cumplir con la misión, lo que frenaba el desarrollo de la película. Además, otro fallo del argumento que se sumaba al anterior: en un primer momento, Ashenden y el general (Peter Lorre) se equivocan de hombre y el segundo mata a un inocente, lo que lastra aún más la identificación del público con la misión del protagonista.

Con todo, la película resulta interesante y mantiene un nivel de intriga e incertidumbre que mantienen el interés hasta el final. Éste no es del todo brillante (la muerte del general resulta bastante tonta) y tal vez algo precipitado y, sobre todo, es una especie de compromiso para evitar que Ashenden cometa otro asesinato que repudiaría a Elsa y lo mancharía definitivamente, ya que en el primero tenía la excusa de haber intentado impedirlo y no haber participado.

Posee algunas escenas interesantes, como la del telescopio, que sí que llevan el sello del estilo del director, así como un ritmo que va ganando intensidad conforme nos acercamos al desenlace. Así que si bien la película contiene algunos errores evitables, el conjunto en general resulta bastante entretenido.

Cortina rasgada


Michael Armstrong (Paul Newman) es un reputado científico estadounidense que decide pasarse al bando comunista y toma un avión con destino al Berlin oriental, aparentemente para compartir sus conocimientos con el  bloque comunista. Su novia y secretaria, Sarah Sherman (Julie Andrews), sorprendida por su actitud, decide embarcarse también para Berlín.

Cortina rasgada (Alfred Hitchcock, 1966) entra de lleno en el terreno de la guerra fría y aquí la clave está en la necesidad de conocer un importante descubrimiento militar por parte de un científico de la Alemania de Este que podría decantar la lucha en favor del bando comunista. Sin embargo, la película, si bien con algunos momentos interesantes, no termina de cuajar. Parte del problema reside en la pareja protagonista. Paul Newman no resulta muy creíble en su papel y no porque actúe mal, sino porque su apariencia no da del todo la imagen del científico que debe encarnar. A su lado, Julie Andrews es menos convincente todavía, tal vez porque es una mujer que no me gusta en absoluto y su presencia es para mí un lastre del que me cuesta desprenderme.

Por otro lado, no nos engañemos, en ningún momento nos sentimos inquietos por la suerte de los protagonistas. En nuestro fuero interno, y a pesar de que Hitchcock había sorprendido a todos en Psicosis con la temprana muerte de la protagonista, sabemos que el científico y su novia van a salir del paso, con lo que los supuestos peligros que los acechan no nos quitan el sueño. Y además, esos peligros tampoco son tantos ni tan inquietantes; algo falla y no terminamos de ver a los malos como una amenaza concreta y poderosa.

Se echan de menos, por otra parte, los típicos tonos de humor socarrón del director, en este caso más sobrio y sin muchas libertades a la hora de contar la historia, que transcurre de manera lineal y sin sorpresas. Incluso la duración de la cinta, 128 minutos y con recortes ya sobre el material rodado, parece excesiva para lo que hay que contar y en algunos momentos la intensidad baja, con lo que aumenta la sensación de duración excesiva de la película.

El mejor momento de la película es el del asesinato de Gromek en la granja, prolongado a propósito por el director para demostrar lo difícil que resulta matar a un hombre, en respuesta a otras películas en que un asesinato se resuelve sin más, en un instante. La escena resulta escalofriante y está muy bien filmada. No así otras, como la del autobús, donde las transparencias resultan muy poco logradas (Hitchcock, para ahorrar costes, decidió filmarla en Alemania y no en Estados Unidos, lo que explica el bajo nivel de la misma).

Tampoco me gustó la escena de los cestos que van a ser descargados del barco. Hitchcock recurre aquí a un simple engaño al espectador al hacernos creer que el profesor y su novia van en unos cestos que son ametrallados cuando en realidad no iban allí. Tanto ese engaño como la forzada explicación posterior resultan impropias de Hitchcock.

Así pues, Cortina rasgada no es de las películas del director que recomendaría, salvo para quienes quieran conocer la filmografía menos destacada de Hitchcock.

martes, 1 de junio de 2010

Erin Brockovich


Basada en hechos reales, Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000) nos cuenta la vida de una madre divorciada y sin trabajo que tiene que hacer frente a la dura tarea de sacar adelante a sus hijos. A base de determinación, y a pesar de no tener estudios, consigue trabajo con un abogado. Al principio, las cosas no son sencillas y su fuerte carácter la hará enfrentarse a sus compañeras de despacho y a su jefe. Hasta que un día comienza a investigar el caso de unos residentes en un determinado lugar afectados todos de graves enfermedades por lo que cree es la culpa de una gran compañía que está contaminando el agua de la zona.

Película de corte social creada para el lucimiento de Julia Roberts. Ella es la auténtica estrella de la cinta y la verdad es que su trabajo es notable y obtuvo un Oscar por él. Pero no sería justo olvidarnos de Albert Finney, en el papel de jefe de Erin, que está realmente espléndido, a la altura y quizá algo más de Julia Roberts, y que llena la pantalla cada vez que aparece.

Sobre el film en sí, pues no es que sea una gran película. Incluso en algunos momentos puede resultar algo floja de ritmo, tal vez por el deseo de ser lo más exacta en cuanto a la reconstrucción de los hechos. También cae en algunos tópicos, sobre todo a la hora de retratar a los "malos" de la historia. Pero en general resulta una historia edificante y amena, muy del estilo del "hazte a ti mismo" de los americanos.

Quizá yo me quedaría con la extraña y entrañable historia de amor que nace entre Erin y el motorista (Aaron Eckhart), que no deja de ser algo anexo a la trama principal, pero que me resulta más emotiva y más sorprendente que la lucha contra la compañía contaminadora, que no deja de ser bastante predecible.

Como detalle simpático, decir que la verdadera Erin Brockovich hace una breve aparición como la camarera que atiende a Julia y sus hijos.

Algunos hombres buenos


Tienen algo las películas de juicios que gusta a casi todo el mundo. El duelo entre abogado y fiscal, que el cine ha sabido utilizar como un duelo entre el bueno y el malo, suele dar mucho juego. Algunos hombres buenos (Rob Reiner, 1992) reúne la trama judicial con la militar para construir una historia interesante dentro de un envoltorio impecable.

En la base norteamericana en Guantánamo (Cuba) un marine sufre un castigo disciplinario, conocido como "código rojo", y que está terminantemente prohibido, a causa del cuál muere. Los dos compañeros que se lo aplicaron son acusados de asesinato y se les asigna como abogado defensor a un joven teniente, Daniel Kaffee (Tom Cruise), muy brillante pero que no parece tomarse su trabajo muy en serio.

Todo en esta película está pensado y ejecutado para triunfar. Tenemos, por un lado, un buen argumento, con una trama lo suficientemente atractiva para mantenernos interesados y expectantes ante lo que puede suceder y más cuando poco a poco se van cerrando las puertas y parece que la defensa se queda sin bazas justo en el peor momento. Reiner, hábilmente, dedica la primera parte a presentarnos a los contendientes, con unas caracterizaciones bien definidas para dejar para el final el meollo del asunto y el enfrentamiento cara a cara entre los dos pesos pesados del film: Tom Cruise y Jack Nicholson. Si el primero no termina de convencerme, hay que reconocer que en este caso está bastante más correcto de lo que en él suele ser habitual. En cuanto a Nicholson, también está más convincente y menos exagerado que otras veces. Demi Moore, sin embargo, no pasa de ser una bonita presencia que no termina de convencerme. El resto del reparto, bastante bien, tanto Kiefer Sutherland, magistral en su papel de marine radical, como Kevin Pollak y Kevin Bacon, así como los marines acusados, James Marshall y Wolfgang Bodison, que hacen una buena interpretación.

Reiner, además, sabe mantener el ritmo sin problemas, dosificando la tensión hasta el final, en que echa el resto para el momento clave que todos estábamos esperando y que no defrauda, pues a parte de estar correctamente preparado y resuelto, la presencia de Nicholson, imponente y rotundo, le da un dramatismo muy eficaz a la escena.

El problema de Algunos hombre buenos es que es un film tan bien realizado como frío. Todo está construido de manera precisa, pero muy vista ya. Los personajes son como prototipos y no resultan ni convincentes ni demasiado creíbles. Tom Cruise y Demi Moore son demasiado listos, demasiado guapos y demasiado pijos para emocionarnos hasta el punto que nos impliquemos en sus problemas. Si a ello añadimos que desde el comienzo se adivina un final feliz para los protagonistas, completamos el cuadro de un film sin sorpresas y sin genialidad.

Tampoco el mensaje de este tipo de films, que aunque critiquen algunos aspectos del estamento militar (o más bien, algunas manzanas podridas dentro de una institución gloriosa), terminan siempre por constituir una alabanza en toda regla del ejército como reducto de hombres valientes, entregados y honorables, resulta muy novedoso ni muy convincente y tiene un tufillo que no va demasiado bien con los tiempos que corren. El mensaje final, en boca del soldado Dawson, es un tanto excesivo.

Aún así, si no le pedimos demasiado y pasamos por alto estos detalles paramilitaristas, Algunos hombres buenos resulta un film correcto, bien realizado y con una trama interesante que nos mantendrá entretenidos.

Nominada para cuatro Oscars, incluido uno para Jack Nicholson como mejor secundario, la película no se llevó ninguno.