El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 30 de diciembre de 2011

El estrangulador de Rillington Place



El polifacético Richard Fleischer, autor de obras tan dispares como Los vikingos (1958) o Tora! Tora! Tora! (1970), quizá sus dos películas más conocidas, nos presenta aquí un film diferente, mucho más modesto en cuanto a medios, más intimista y también más inquietante. El tema, desde luego, no le resultaba desconocido, pues unos años antes había dirigido a Tony Curtis en El estrangulador de Boston (1968). En El estrangulador de Rillington Place (1971), Fleischer adapta a la pantalla una novela de Ludovic Kennedy, basada en hechos reales, lo que otorga más interés y más dramatismo a los sucesos narrados.

En el número diez de Rillington Place vive el señor John Reginald Christie (Richard Attenborough), un apocado individuo de mediana edad dominado por un incontrolable impulso de estrangular. Embauca a sus víctimas asegurando tener conocimientos de medicina para poder tenerlas a su merced. Un día, un joven matrimonio con su bebé llegan a su domicilio para visitar las dos habitaciones que el señor Christie alquila en el último piso.

Quizá el aspecto más destacable de la película que nos ocupa sea que está narrada desde la más aparente normalidad. Este es un rasgo típico de los films ingleses y en esta ocasión la puesta en escena se ciñe drásticamente a esta característica del cine británico. Y es, precisamente, esta aparente normalidad lo que resulta especialmente inquietante. El asesino psicópata es un hombrecillo tranquilo, con cierto nivel cultural y hasta refinado en sus ademanes y en su manera de hablar.

Por otra parte, Fleischer no busca dramatizar ni adornar el argumento artificialmente. La película arranca ya con un asesinato, que después sabremos que no es el primero gracias a un inteligente recurso narrativo (al enterrar a su víctima, Christie tropieza con el cadáver de otra anterior) y nos mete de este modo de lleno en la historia, sin preámbulos. A partir de aquí, el relato nos presenta los acontecimientos de manera bastante fría y hasta impersonal, sin que el director tome partido ni se implique; de hecho, no existe una condena explícita de los crímenes. Tampoco se nos ofrece nunca una explicación de la obsesión del asesino; asistimos a sus impulsos irrefrenables sin que sepamos qué los motiva. Este puede ser el único pero que se le podría hacer al film: tanta frialdad en la manera de contar la historia se traspasa finalmente al espectador. Sin embargo, para muchos este será precisamente uno de los puntos fuertes de la película.

El trabajo de Fleischer es, por tanto, el de un mero narrador imparcial aunque, eso sí, con un estilo elegante en el que combina una atmósfera agobiante, merced a una fotografía de tonos pardos donde abundan las sombras y la sensación de miseria, con una inteligente manera de contar los hechos, evitado los detalles más macabros o morbosos y utilizando sabiamente las elípsis en los momentos justos, con lo que añade agilidad y elegancia al relato, que no pierde nunca interés y mantiene, dentro de esa frialdad narrativa, un ritmo constante.

Pero la película es, sobre todo, el trabajo de Richard Attenborough, un gran actor que también ejerció como director y cuya película más reconocida es Gandhi (1982). El trabajo de Attenborough aquí es espectacular. La película no sería la misma desde luego sin su inquietante mirada, su aspecto inofensivo, sus dotes persuasivas y su enfermiza atracción por las mujeres. Lo más destacable es que logra transmitirnos sus graves problemas mentales desde una interpretación contenida y parca en gestos. A su lado, un jovencito John Hurt, un actor que me gusta de manera particular, le da la réplica admirablemente. Resulta especialmente convincente y conmovedor en su derrumbe al conocer la muerte de su esposa y luego la de su hija, con una actuación sobresaliente en un papel con mucha dificultad. El resto de actores, Judy Geeson (la esposa de Hurt) o Pat Heywood (como la señora Christie), con menos trabajo que estos dos, realizan también una labor convincente, dotando al film de esa necesaria credibilidad.

Alejada de cualquier artificiosidad, muy diferente al enfoque del propio Fleischer en El estrangulador de Boston, la película tiene un buen nivel y resulta verdaderamente inquietante, y más con el dramático desenlace de muertes y condena de un inocente. Sin embargo, precisamente fue esa frialdad la causante de que no tuviera una buena acogida por parte del público y pasara por las pantallas de manera bastante discreta.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

El salario del miedo



El salario del miedo (1953) es, junto con Las diabólicas (1955), una de las obras más conocidas del director francés Henri-Georges Clouzot, un cineasta francés situado entre los pioneros del país y la nouvelle vague. El salario del miedo fue premiada con la Palma de Oro en Cannes y con el Oso de Oro en Berlín en el año 1953.

En una pequeña cuidad de un país sudamericano malviven un grupo de europeos sin recursos ni trabajo que sueñan en cada momento con conseguir el dinero suficiente para poder regresar a su patria. La ocasión se presenta cuando, al estallar un pozo petrolífero, la compañía norteamericana que lo explota ofrece dos mil dólares a aquellos que se atrevan a transportar, en un par de camiones, una peligrosa carga de nitroglicerina para apagar el incendio del pozo.

Vaya por delante que El salario del miedo, basada en la novela de Georges Arnaud, es un film muy interesante, pero también que, al tratarse de un film francés, tiene ciertas peculiaridades propias del país y que no terminan de convencerme.

En cuanto a la historia en sí, la película tiene dos partes perfectamente diferenciadas:  durante la primera mitad asistimos a la presentación de los protagonistas, su malvivir en un pueblacho miserable achicharrado por el calor y los insectos; precisamente, la primera escena de la película nos hace pensar en el comienzo de Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969), con los niños torturando a unos bichos. Esta primera parte es, desde mi punto de vista, la menos lograda. Por un lado, se hace un tanto larga. Por otro lado, es aquí donde aflora con mayor intensidad esa idisincrasia especial del cine francés, con unas reacciones de los personajes un tanto peculiares que muchas veces me resultan o excesivas o casi incomprensibles. Además, esta parte sirve para presentarnos a los protagonistas, pero el guión se muestra un tanto esquivo con los detalles y deja demasiados elementos del pasado de los protagonistas y de su personalidad sin definir claramente. Una opción interesante, pues permite al espectador jugar un poco a las adivinanzas y las suposiciones, pero con el reverso de sentir a esos protagonistas como seres más distantes.

Otro de los elementos que no terminaron de convencerme y que podríamos achacar en parte al paso del tiempo y en parte a ese carácter especial del cine galo, es que algunas reacciones de los personajes me resultaban casi infantiles; como los celos de Luigi (Folco Lulli) hacia la amistad de su amigo Mario (Yves Montand) con el recién llegado Jo (Charles Vanel) o las reacciones de pánico de este último transportando los explosivos, que parecían más propias de un niño pequeño que de un supuesto hombre de mundo de pasado un tanto turbio. Precisamente, el inicio de la amistad entre Mario y Jo tampoco queda explicada de una manera precisa. Y todo esto en una primera parte bastante larga, con lo que no podemos achacar a un intento de síntesis estos detalles del guión.

La segunda parte, que es la que se ocupa de narrar el viaje de los cuatro protagonistas llevando la nitroglicerina es sin duda la más lograda. En primer lugar, por la tensión del viaje en sí, con el riesgo de transportar un explosivo tan inestable por unos caminos repletos de dificultades; pero es que además este viaje está muy bien narrado por Clouzot, que sabe dosificar la tensión y mantener el ritmo a lo largo de cerca de hora y media que dura esta parte de la película. Y eso que en gran medida, el viaje o, mejor dicho, el desenlace del mismo, es bastante previsible; a pesar de lo cuál, Clouzot va desgranando poco a poco las dificultades, dosificando la tensión, dando bastante verosimilitud a los escollos que van surgiendo y logrando una tensión que por momentos parece traspasar la pantalla.

Aquí asistimos también a las reacciones de los cuatro conductores durante el accidentado viaje, en un inteserante estudio de la naturaleza humana puesta en situaciones límite. De nuevo, como apuntaba anteriormente, tengo que citar las peculiaridades del cine francés a la hora de narrar este tipo de situaciones; y es que lo hace a base de exageraciones y de dramatizaciones siempre un tanto excesivas; y en este caso, ciertamente por el paso del tiempo, asistimos a algunas reacciones y conversaciones un tanto oxidadas, casi pueriles, que chirrían un poco, si bien no alteran la esencia del relato en su épica y en la tensión reinante.

El colmo de esa dramatización excesiva, ese sentimiento trágico, ese enfoque que nos remite casi a la fatalidad del teatro clásico griego, lo tenemos en un final terrible pero un tanto absurdo que parece como una especie de imposición o de macabra elección del director con la finalidad de rematar el relato del modo más impactante posible. La puesta en imágenes de este final me resultó excesivamente teatral, excesivamente larga y un tanto forzada. Es un final tan válido como otro cualquiera, una elección que subraya un sino de los protagonistas, pero pienso que no está del todo conseguido.

En cuanto al reparto, en general creo que el trabajo de los actores es bastante correcto, siempre teniendo en cuenta que se trata de actuaciones un tanto forzadas, pensadas para dejar huella en el espectador, creando íconos; algo muy evidente con el personaje de Mario, donde vemos a un Yves Montand en la piel del tipo duro, cruel incluso con sus amigos y más aún con la mujer que lo ama, pero es que se trata de crear un prototipo, al estilo de algunos trabajos de Humphrey Bogart, al que me recordó en muchos momentos. Como curiosidad, mencionar que el papel de Jo estaba reservado para Jean Gabin, el otro gran actor clásico francés, pero éste rechazó el trabajo porque no quería hacer de cobarde.

El salario del miedo es, en definitiva, una película interesante, tal vez la mejor obra de su director que, a pesar de los defectos evidentes que tiene, desde mi punto de vista, y del tiempo transcurrido, contiene suficientes alicientes para poder recomendarla como una buena película de aventuras.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Río rojo



Río rojo (1948) es una de las mejores películas del genial Howard Hawks, el primero de los cinco westerns que dirigió, y un título imprescindible dentro de la historia del género. Supuso, además, el debut de Montgomery Clift en la gran pantalla, un aliciente más para ver esta obra de arte.

Tom Dunson (John Wayne) ha logrado, tras catorce años de duro trabajo, al fin hacer realidad su sueño: tener el mayor rancho ganadero de Texas. Sin embargo, tras la Guerra de Secesión, el Sur está arruinado y Dunson necesita llevar su ganado hacia el norte para poder venderlo. Así que decide emprender un peligroso y duro viaje hasta Missouri para poder salvar su rancho de la ruina.

Lo mejor de Río rojo, además de ese viaje épico que Hawks narra con maestría, es sin duda la profundidad con que retrata a los personajes, especialmente la figura de Dunson, el eje sobre el que giran todos los demás personajes de la película. Con un arranque directo e intenso, en el que Dunson pierde a la mujer que ama por su testarudez, lo que marcará sin duda su carácter para siempre, Hawks nos presenta con unas breves pero firmes pinceladas a un protagonista fuerte, tozudo, inflexible y decidido que parece hacerse las leyes en función de sus intereses. A partir de ahí y al compás de un viaje que amenaza con acabar con los vaqueros y sus esperanzas, Río rojo sigue profundizando en la tortuosa personalidad de Dunson, que va transformándose de héroe a villano a medida que las dificultades lo van convirtiendo en una persona de una crueldad inhumana; ello provocará el enfrentamiento directo con su hijo adoptivo Matt (Montgomery Clift) y su viejo compañero de aventuras Nadine Groot (Walter Brennan). En este sentido, este personaje se parece mucho al Ethan de Centauros del desierto (John Ford, 1956), también interpretado por Wayne: un héroe atípico, lleno de sombras que lo acercan mucho al "lado oscuro".

Sin duda, este retrato psicológico del personaje central y sus relaciones personales son lo más notable de un western denso y épico cuyos méritos no terminan ahí. Río rojo cuenta, por ejemplo, con un reparto excelente encabezado, claro está, por un John Wayne que realiza uno de los mejores trabajos de su carrera, junto al mencionado Ethan de Centauros del desierto. Su interpretación es poderosa, firme, rotunda y logra transmitirnos todo el odio, la frustración y la tiranía de un personaje muy complejo y muy rico en matices. Se dice que al ver esta película John Ford llegó a decir de Wayne: "Nunca pensé que este hijo de puta supiera actuar". Queda claro que sí que sabía. A su lado, el grandísimo Walter Brennan, un secundario de lujo, quizá el mejor en la historia del cine, que enriquece cualquier personaje que encarne. Y, claro, tenemos también a Montgomery Clift, aquí debutando en el cine, un actor especialmente poderoso dentro de una austeridad y una economía de gestos prodigiosa. No es el Montgomery Clift atormentado que veremos más adelante, pero ya da muestras de su personalidad ante las cámaras dando la talla frente a sus veteranos compañeros de reparto. Me gustaría destacar también a otro estupendo secundario, John Ireland como el inquietante y amenazador Cherry Valance, el pistolero que desea enfrentarse a Matt por encima de todo.

Apoyándose en una hermosa fotografía, obra de Russel Harlan, responsable también de la de Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), Howard Hawks muestra todo su saber hacer tras las cámaras con un ritmo prodigioso que va creciendo lenta e implacablemente en intensidad hasta un final con una tensión que se podría tocar y una maestría absoluta en las escenas de acción, especialmente en la notable secuencia de la estampida.

Si tuviera que ponerle un mínimo pero a la película sería el pequeño discurso final de Tess (Joanne Dru), la novia de Matt, que a mi juicio resulta algo ridículo hoy en día.

En definitiva, una de esas joyas que engrandecen el western y lo enriquecen, desbaratando por completo la idea de que el western es un género simple donde domina la acción y poco más. Río rojo encierra mucho de drama clásico, de lucha generacional, de odisea y sin perder nunca la emoción y la intensidad de los mejores westerns de la historia. Y es que un film, cuando es bueno, se sitúa por encima de etiquetas, géneros y modas.

Catwoman



En la línea de películas inspiradas en personajes del mundo del cómic nace Catwoman (Pitof, 2004), film del que podemos decir, en un radical resumen, que solo tiene un aspecto interesante: Halle Berry.

Patience Philips (Halle Berry) es una mujer apocada que intenta estar a bien con todo el mundo, en especial con su despótico jefe, George Hedare (Lambert Wilson), el director de una poderosa compañía de cosméticos que prepara el lanzamiento de un producto revolucionario. Sin embargo, Patience descubre accidentalmente que ese producto tiene peligrosos efectos secundarios para la salud, a pesar de lo cuál va a salir al mercado.

Catwoman es, originalmente, un personaje aparecido en los cómics de Batman, siendo una rival o enemiga del superhéroe. A lo largo del tiempo, el personaje irá evolucionando hasta llegar a nuestros días con una atrevida vestimenta felina, como habíamos visto en Michelle Pfeiffer en Batman vuelve (Tim Burton, 1992). En el caso que nos ocupa, Catwoman no guarda relación alguna con Batman y se presenta como un personaje independiente del universo del murciélago.

El principal problema de Catwoman es su simplicidad. Todo en esta film aparece reducido a la más elemental expresión: trama, personajes, diálogos y acción. El resultado es una película sin entidad ni identidad que pasa sin pena ni gloria.

En primer lugar, la historia es de lo más sencilla: una mujer tímida descubre un fraude peligroso, es asesinada y revivida por un gato. Dotada entonces de superpoderes felinos, busca vengarse de quién intentó matarla. Añadimos un romance sencillo y muy ortodoxo por el medio y punto. El problema es que tanta sencillez hace del film algo plano, previsible, sin gracia ni interés y, lo que es peor en un film de estas características, aburrido por momentos. La historia transcurre de manera lineal y sin nada que varie el previsible discurrir de los acontecimientos, de manera que el interés se va diluyendo en una sucesión de secuencias más que adivinadas y que no tienen el mínimo de originalidad o pasión o garra. Incluso algunos momentos resultan hasta absurdas y el colmo está en el enfrentamiento fianl de Halle Berry y la todavía hermosa, a pesar de la edad, Sharon Stone: es tal la fuerza y agilidad de Catwoman que esa lucha final resulta inverosímil, absurda y casi inútil. La fuerza excepcional que da al rostro de Sharon Stone la crema antiedad que utiliza se parece más a una chapuza de última hora que a algo realmente serio.

Y la misma simplicidad la encontramos en los personajes, esquemáticos, planos, sin interés alguno. El policía enamorado de Patience y que persigue a Catwoman, Tom Lone (Benjamin Bratt), está reducido a lo mínimo: sin pasado alguno, es un personaje sin personalidad, y sin futuro tampoco, pues Catwoman lo despacha, renunciando a su amor, en otra escena resuelta con lo mínimo y tan vacía de sentido como el resto de su relación. Lo mismo pasa con los malvados, interpretados con ciertas tablas por Sharon Stone y Lambert Wilson, pero con una presencia tan concreta y sin matices que tampoco es que puedan hacer más que aportar su presencia, fría y atractiva en el caso de Sharon Stone y muy vociferante en el caso de su marido en la pantalla. La única que deslumbra es Halle Berry, embutida en un traje de cuero muy sexy y contoneándose por la pantalla. No es que su interpretación sea excepcional, pero su belleza es lo único que se puede salvar de su personaje. Personaje que, por otra parte, es el único que tiene un mínimo de interés, si bien tampoco se le saca todo el partido que encierra. La mujer tímida, apocada y miedosa que se transforma en una felina de armas tomar que, por momentos, parece no poder dominar su lado salvaje, daba mucho más juego que el que supo sacar un guión tan elemental y tan poco elaborado como este.

El director, el francés Pitof, parece querer echar el resto con los efectos especiales, centrados especialmente en dotar al personaje de Catwoman de una agilidad bestial. Para mi gusto, el resultado no es del todo convincente. Técnicamente, los efectos especiales están bien hechos, pero son tan exagerados que no convencen y hay momentos en que los movimientos de la protagonista, unidos a una cámara nerviosa, parecen acercarnos demasiado al mundo de los dibujos animados. Algo menos de espectacularidad pienso que le habría ido mejor a la película. Dejar que nos recreáramos más con la figura de Halle Berry y no basarlo todo en los ordenadores hubiera sido más eficaz.

La película tuvo una acogida muy mala por parte de la crítica y tampoco a nivel de taquilla resultó un éxito, no llegando a recuperar los más de cien millones de dólares que costó. Incluso el film tuvo el dudoso honor de recibir cuatro premios Golden Raspberry, más conocidos como Razzies o Anti-Oscar, entre ellos a la peor película y a la peor actriz (Halle Berry).

lunes, 12 de diciembre de 2011

Alien, el octavo pasajero



Dirección: Ridley Scott.
Guión: Dan O'Bannon.
Música: Jerry Goldsmith.
Fotografía: Dereck Vanlint y Denys Ayling.
Reparto: Sigourney Weaver, John Hurt, Yaphet Kotto, Tom Skerritt, Veronica Cartwright, Harry Dean Stanton, Ian Holm.

Vaya por delante que el del terror es uno de los géneros que menos me gustan, junto al musical; y sin embargo, Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) forma parte del club de mis películas favoritas siendo como es uno de los mejores films del cine de terror de todos los tiempos. Estamos delante de una obra de arte de principio a fin que no podemos perdernos por nada del mundo.

En su viaje de regreso a la Tierra, la nave comercial USCSS Nostromo recibe un mensaje de origen desconocido proveniente de un planeta cercano. El ordenador central de la nave, "Madre", varía el rumbo y despierta a los siete tripulantes para que investiguen lo que parece ser una especie de SOS.

Alien, el octavo pasajero podría verse como la respuesta adulta a la saga de La Guerra de las galaxias, que tan de moda había puesto el tema de los universos lejanos. Ridley Scott se mete en ese universo, pero para rodar una historia que mezcla el terror y la ciencia ficción de manera prodigiosa, creando un relato absolutamente soberbio.

Muchos son los aciertos de este film. De hecho, es una obra perfecta a la que es imposible encontrarle un pero. Lo mejor será ir por partes.

La historia en sí es muy sencilla y se ha visto en muchas obras anteriores, como por ejemplo en la novela Los diez negritos de Agatha Christie. Unas personas encerradas en un sitio concreto, sin escapatoria posible, son atacadas por un enemigo superior. El gran mérito del guión de Dan O´Bannon es potenciar el dramatismo de la situación enfrentando a seres humanos contra una máquina de matar perfecta, indestructible e impacable, sin sentimientos, sin dudas y sin miedos. La contraposición entre la tripulación y esa bestia está perfectamente tratada y crea en los espectadores una angustiosa sensación de impotencia y pánico.

Para que esta sencilla pero terrorífica historia funcione hace falta una puesta en escena eficaz y aquí es donde Alien, el octavo pasajero lo borda. En primer lugar, con una ambientación sobresaliente, jugando con los espacios cerrados, con las luces y sombras amenazadoras, con esa mezcla de texturas: el metal del alien y de los pasillos de la nave en alternancia con la viscosidad que desprende el monstruo y el sudor y la sangre. Ridley Scott consigue una atmósfera realmente opresiva, claustrofóbica, y tremendamente eficaz. No es fácil lograr tal grado de realismo partiendo de maquetas, estudios y tramoyas que recrean algo inexistente y hacer que en ningún momento nos sintamos extraños "paseando" por las entrañas de esa nave. Y otro de los aciertos plenos de la película es que apenas se muestra al alien, con lo que nuestra espectación sigue siempre intacta, esperando poder ver en algún momento a la bestia. Sin duda, este pequeño detalle es uno de los mayores aciertos de la película, al estilo de las primeras películas en las que se sugería más que se mostraba. Una tendencia que se fue dejando de lado con el paso del tiempo al pensarse, equivocadamente, que es mejor enseñarlo siempre todo.

La estética general de la película debe mucho al mundo del arte. De hecho, el alien fue diseñado por el pintor surrealista suizo H.R. Giger, que también diseñó aspectos visuales de las naves. La película cuenta con una ambientación perfecta y algunos decorados son realmente obras de arte en sí mismos, como el set del piloto alienígena muerto donde aparecen los huevos de los aliens. Para la nave Nostromo se creó un decorado claustrofóbico de pequeños pasillos dándole un acertado aire de viejo, de usado. Si a todo ésto le añadimos una fotografía espectacular, tenemos una de las películas con mejor ambientación de la historia y que, por cierto, me recuerda en este aspecto a otra maravilla de Ridley Scott como es Blade Runner (1982), con una atmósfera igualmente perfecta.

Si visualmente y técnicamente la película es sencillamente perfecta, el reparto está al mismo nivel. No se trata de grandes estrellas, pero su trabajo es impecable, y para Sigourney Weaver (Ripley) este papel le supuso el salto directo a la fama, convirtiéndose en una estrella de la noche a la mañana. A su lado tenemos actores tan buenos como John Hurt (Kane), un portento, o Yaphet Kotto (Parker), veterano secundario con una presencia notable. Menos conocidos eran Veronica Cartwright (Lambert), si bien trabajó siendo una niña en la mítica Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963), o el genial Ian Holm (Ash), componiendo un inquietante y flemático científico. Completan el reducido y selecto reparto Tom Skerritt (Dallas) y Harry Dean Stanton (Brett), el inolvidable Travis de Paris, Texas (Win Wenders, 1984).

Además, el hecho de que los actores no fueran estrellas de primer nivel juega a favor de la historia. Si en el reparto tuviéramos a una estrella, ello nos crearía unas espectativas en relación a su protagonismo, pensaríamos que no iba a morir, que vencería al enemigo... Todo eso desaparece con este reparto. Nos encontramos sin referencias, sin ideas preconcebidas y el resultado es una historia que nos engancha por completo y ante la que no sabemos anticiparnos. Al hilo de todo ésto, recordar que uno de los grandes aciertos de Hitchcock en Psicosis (1960) fue el "matar" a la protagonista. Janet Leigh, a las primeras de cambio, con el consiguiente desconcierto de los espectadores.

El film ganó merecidamente un Oscar por los efectos visuales y fue nominada también en el apartado de mejor dirección artística. Gran éxito de crítica y taquilla, Alien, el octavo pasajero dio pie a toda una legión de secuelas, y no sólo en el mundo del cine. Surgieron videojuegos, juguetes y comics inspirados en ella, además de algunas películas más: Aliens (James Cameron, 1986), Alien 3 (David Fincher, 1992), Alien resurrection (Jean-Pierre Jeunet, 1997), Alien vs. Predator (Paul W.S. Anderson, 2004) o Alien vs. Predator: Requiem (Colin y Greg Strause, 2007). Ni que decir tiene que ninguna se acercó de lejos al nivel de la original, llegando a caer a niveles de interés mínimos en las últimas secuelas o precuelas, como son conocidas las dos películas con el Predator.

A título anecdótico, señalar que en la escena en que aparece el alien por primera vez los actores desconocían lo que iba a suceder. Fue un truco del director para conseguir unas expresiones de sorpresa totalmente auténticas. Hay un personaje más en la película, pero no se le ve: se trata de Bolaji Badejo, el estudiande nigeriano de dos metros de altura que se metía dentro del alien adulto para moverlo. Dentro de las muchas escenas y planos legendarios de la película, como podría ser la ya citada primera aparición del monstruo, una imagen que ha pasado a la historia es la de Sigourney Weaver en camiseta y bragas, la imagen misma de la indefensión, enfrentándose como última superviviente al alien.

Sin duda, esta es una de las mejores películas del género. Una obra maestra que me atrevería a incluir en ese reducido club de películas imprescindibles en la historia del cine.

viernes, 9 de diciembre de 2011

El fugitivo



El fugitivo fue una famosa serie norteamericana de los años sesenta, tremendamente popular en todo el mundo. Treinta años después, Andrew Davis nos sirve este sencillo film de acción que al menos cumple con una de las premisas del género: entretener.

El doctor Richard Kimble (Harrison Ford), un prestigioso médico, es acusado del brutal asesinato de su esposa. Aunque en todo momento niega su culpabilidad, finalmente es condenado a la pena de muerte. Camino de la prisión, el autobús en el que viajaba junto a otros presos sufre un accidente probocado por los reclusos y Kimble consigue huir.

El fugitivo (Andrew Davis, 1993), como decía, es un film sencillito al que no debemos pedirle demasiado ni mirarlo con lupa, porque lo estropearíamos. La historia es bastante simple (un inocente, que además es una gran persona, acusado injustamente y condenado además a la pena capital), si bien al final termina liándose un tanto la trama en busca de respuestas que desde mi punto de vista sobraban y, casi, diría que ni se esperaban; el desarrollo camina por cauces muy previsibles y los diálogos son de una sencillez escalofriante. Pero al final, nada de todo ésto cuenta. Lo importante está en las palomitas. Porque este es uno de esos films que hay que disfrutar con una mentalidad infantíl, dejándose llevar uno por las escenas de acción, bien resueltas por Andrew Davis, y sin preocuparse de nada más.

Porque como nos detengamos un poco en profundizar un poco en el asunto, la historia chirría por bastantes costuras. Además, la escena de la presa resulta del todo increíble y muy improbable, salvo para Superman. Y el desenlace, con el doctor Kimble resolviendo en un santiamén el crimen y dándose de mamporros con otro reputado médico, como si de dos macarras se tratase, resulta cuando menos esperpéntico.

En cuanto a los diálogos, salpicados de frasecillas macarras y chulescas, es mejor no comentar demasiado.

Pero al final de todo hemos de reconocer que la película entretiene y se pasa volando. Será por la ágil dirección de Davis, que no permite que la cosa decaiga y mantiene el ritmo a base de persecuciones, sufrimientos y alguna que otra escena engañosa por aquí y por allá. También el tema del inocente falsamente acusado, muy recurrido y siempre resultón, nos engancha al rebelarnos contra la injusticia. Y aún encima la película cuenta con un reparto solvente encabezado por Harrison Ford, un actor de tirón que además, sin bordar el papel, resulta bastante creíble como sufrido perseguido. Sin embargo, dejando de lado a los villanos de turno, muy bien encarnados por dos tipos de rostro inquietante, como son Jeroen Krabbé y Andreas Katsulas, el verdadero triunfador es Tommy Lee Jones, muy bueno en su papel de perro de presa implacable y, finalmente, noble y justo, que fue recompensado con el Oscar al mejor secundario.

Poco más queda que añadir, salvo que la película fue nominada, sorprendentemente, a siete estatuillas, entre ellas la de mejor película. Por suerte para todos, solamente se llevó el premio el bueno de Lee Jones.

El éxito en taquilla de la película y el carisma del personaje de Tommy Lee Jones llevaron a la especie de secuela titulada U.S. Marshals (Stuart Baird, 1998).

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Harry el sucio



Harry el sucio (Don Siegel, 1971) es una de las películas policíacas más influyentes en el género de cuantas se han filmado. Hoy en día, sigue sorprendiendo el impacto y la huella dejada por un film formalmente muy simple.

Harry Callahan (Clint Eastwood) es un duro inspector de policía de San Francisco al que sus compañeros apodan "El sucio" por sus particulares y expeditivos métodos. Será él el encargado de intentar atrapar a un francotirador que, tras matar a una mujer, amenaza con seguir asesinando a más inocentes si no le entregan cien mil dólares.

Lo primero que habría que decir de esta película es que Harry el sucio es un film de una simplicidad absoluta. El guión y los personajes quedan reducidos a la mínima expresión, los diálogos son someros, directos y sencillos. Del personaje principal no conocemos casi nada, salvo que es un solitario, un tipo duro y con una honda amargura de la que, más tarde, comprendemos el origen. Del asesino tampoco conoceremos apenas nada y, por supuesto, tampoco de sus motivaciones o psicopatías.

También la dirección de Siegel es bastante sencilla y se limita, primordialmente, a potenciar las escenas de acción a la vez que exprime el potencial físico de Clint Eastwood cuyo trabajo recuerda, por la pose y la brevedad de sus discursos, a sus papeles en los spaghetti westerns. En realidad, Harry el sucio tiene muchos elementos en común con ese cine, llevando su simplicidad y contundencia al mundo contemporáneo.

Por ello no deja de sorprender que un film tan simple haya tenido tanta repercusión y tanta influencia en el cine policíaco posterior. Y el motivo no es otro que el personaje de Harry y las posibilidades que ofrece.

Harry es un tipo duro, parco en explicaciones pero eficaz en sus acciones. Harry, en su simplicidad, ofrece un mundo de posibilidades y crea, he aquí lo importante, un modelo de policía que le vendrá como anillo al dedo a la secuela de films sin demasiadas pretensiones que pretendan explotar la vertiente violenta que Harry encierra. La película, a través del personaje de Harry, plantea el dilema de qué hacer cuando las exigencias formales de la ley permiten a los criminales salirse con la suya. Y propone una solución sencilla: la acción directa del policía decidido a saltarse la ley para imponer la justicia. Peligroso camino que en este caso se justifica de un modo tan simple como el resto de la película: cargando las tintas en la maldad absoluta del criminal, haciéndolo aún más odioso al convertir a inocentes niños en sus víctimas predilectas, y contraponiéndole a un policía íntegro que no soporta la injusticia.

El papel de Harry estaba destinado en principio a John Wayne, que se negó a rodar la película pensando que el papel dañaría su imagen; luego, viendo el éxito de la misma, intentó remendar el error encarnado a otro duro policía en Brannigan (Douglas Hickox, 1975). Para Clint Eastwood este papel supuso su salto a la fama definitivo en los Estados Unidos, tras su periplo por los spaghetti westerns, y que tendría continuación con Harry el fuerte (Ted Post, 1973) y Harry el ejecutor (James Fargo, 1976).

Ni que decir tiene que estas dos secuelas, y otras posteriores en la misma línea, no llegaron a rozar siquiera la eficacia de esta obra. Además de esas secuelas más o menos directas, Harry el sucio creó las premisas por las que evolucionaría el cine policíaco de los setenta en adelante.

martes, 6 de diciembre de 2011

Encadenados



Encadenados (Alferd Hitchcock, 1946) es uno de los films más famosos del director británico, considerado por la crítica como una de sus películas más logradas. Siendo, es verdad, una buena película, creo que no es sin embargo de lo mejor de Hitchcock, si bien contiene algunas escenas memorables.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el padre de Alicia Huberman (Ingrid Bergman), un espía nazi, es condenado en los Estados Unidos por traición. Aprovechando esta circunstancia y sabiendo el rechazo de Alicia por la ideología de su padre, los servicios secretos norteamericanos le proponen a la joven inflirtarse en las filas de los nazis afincados en Brasil para conocer sus planes y poder detenerlos.

El principal problema de Encadenados reside en su desafortunado comienzo; imagino que buscando la simplicidad de la trama y el no demorarse demasiado con los prolegómenos, el principio de la historia me resulta un tanto precipitado y no del todo convincente. En unas breves escenas, Hitchcock nos presenta al agente Devlin (Cary Grant) reclutando y enamorando a Alicia. Y es esta precipitación, esta excesiva simplificación lo que no termina de convencerme. Por un lado, no sabemos nada de los protagonistas y ya se nos presenta el conflicto entre ambos con unas rápidas alusiones al pasado de ella que resultan cuando menos que forzadas. Incluso los diálogos parecen torpes y poco naturales y hasta Cary Grant parece en exceso acartonado en su papel.

Afortunadamente, una vez pasado este momento, en cuanto entra en acción Claude Rains y su grupo de nazis, la película se mueve ya por terrenos más firmes. Se diría que Hitchock se ha desembarazado de la parte que menos le interesaba para poder centrarse ya en la intriga, que es donde se muestra más seguro y más convincente. En este sentido no podemos dejar de ensalzar el dominio que tenía el director del lenguaje cinematográfico, lo que se demuestra en cómo nos presenta las situaciones con el sólo uso de las imágenes y cómo sabe potenciar los elementos clave en cada preciso momento. Un ejemplo de ello serían las escenas con la famosa llave de la bodega: como desaparece del llavero, como la retiene nerviosa en su mano Alicia, la entrega a Devlin y como sirve para confirmar las sospechas de Alex al volver a aparecer en su llavero. Otro magnífico ejemplo de lo mismo lo tenemos con las tazas de café; sin necesidad de ninguna explicación añadida, a base de primeros planos, Hitchcock nos cuenta cómo está siendo envenenada Alicia y, con los mismos recursos, cómo descubre ella a sus asesinos. Sin duda, este inteligente uso de la capacidad narrativa de las imágenes es lo mejor de toda la cinta.

También Encadenados contiene uno de los "Mac Guffin" más famosos del director y del que se sentía más orgulloso. Un "Mac Guffin", recordémoslo, no es más que la disculpa que utilizaba el director británico para sostener la intriga de sus películas y era algo a lo que no daba demasiada importancia, pero que sabía que el público necesitaba para poder dar sentido a la historia. En este caso se le ocurrió utilizar el uranio como el elemento clave de la historia. Lo curioso del caso es que aún no se había fabricado la bomba atómica, por lo que el verdadero significado y utilidad del uranio era aún desconocido; motivo por el que el productor rechazará la película al considerar que una historia basada en uranio para fabricar una bomba atómica era sencillamente absurdo. Así que esa fue la causa de que el proyecto llegará finalmente a la RKO.

Encadenados también cuenta con otro elemento a su favor de primera importancia: el reparto. Hitchcock se lamentará a menudo de no haber podido contar con los actores que hubiera deseado para sus películas. En este caso, el reparto es de lujo. Cary Grant e Ingrid Bergman son una pareja de muchos quilates y su romance es de una plasticidad perfecta. Pero la presencia de Claude Rains es también impagable: da vida al malo de un modo perfecto y con una característica añadida muy interesante, es un malo que despierta compasión porque está realmente enamorado de Alicia y la cree sin reservas y resulta engañado por ella, no sólo por espiarlo, sino también en su amor. Su pequeña estatura, que obligó tener que recurrir a unas calzas y a falsos suelos que se elevaban en los planos junto a Ingrid Bergman, añade un plus de fragilidad a su personaje. Junto a Rains, destacar al personaje de su madre, magníficamente interpretado por Leopoldine Constantin, una mujer inquietante y dominante que llena la pantalla con su presencia y que es, desde mi punto de vista, la verdadera mala de la película, por encima incluso del grupo de nazis, donde destacan Reinhold Schünzel, encarnado al doctor Anderson, e Ivan Triesault, como el frío ejecutor.

Pienso que Encadenados es en cierto modo, y por encima de cualquier otra cosa, una gran película romántica a la que se le ha puesto un decorado de film de espionaje. Desde el comienzo sentimos que lo que mueve a los personajes, tanto a los buenos como a los malos, es el amor: el de Alicia por Devlin; el de éste por ella, aunque ensombrecido por el amor al deber; el de Alex, pobre Alex, por una Alicia inalcanzable y el de la madre de éste por su hijo, más fuerte que las conspiraciones y las lealtades. Pienso que a Hitchcock se le fue la mano sin querer, o tal vez queriendo, y la intriga no sólo pasó a un segundo plano en muchos momentos, dejando paso a un triángulo amoroso donde el más débil siempre es quién más ama.

Preciosa la fotografía en blanco y negro. Simpáticas las transparencias, donde se aprecia el paso irremediable del tiempo.

Encadenados obtuvo dos nominaciones: al mejor secundario (Claude Rains) y al guión, si bien no se llevó ninguna recompensa de la Academia.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La jungla de asfalto



La jungla de asfalto (John Huston, 1950) es una de las mejores obras del director, partícipe también en el guión, basado en la novela de W. R. Burnett, y un clásico del subgénero de atracos que creó un modelo imitado después por otras muchas películas.

Nada más salir de la cárcel, Doc Erwin Riedenschneider (Sam Jaffe) contacta con un rufián de poca monta, Bookie Cobb (Marc Lawrence) en busca de financiación para el que piensa ser su último y exitoso golpe. Éste lo pone en contacto con un abogado corrupto, Alonzo D. Emmerich (Louis Calhern), que acepta financiar la empresa.

Sin duda alguna estamos ante una de las obras maestras del cine negro. La jungla de asfalto ha marcado un antes y un después en el subgénero de atracos gracias a su originalidad, enfocando la historia de una manera novedosa y muy eficaz.

Por un lado, se presenta todo el proceso de puesta a punto del atraco, desde la financiación a la selección del personal. Ello será después imitado hasta la saciedad. Pero el elemento verdaderamente diferenciador e innovador es el acercamiento y descripción de los personajes. Hasta este film, las películas del género presentaban a delincuentes más o menos sanguinarios, desalmados e incluso algo desequilibrados. Pero ahora, Huston nos da una nueva visión de este mundo soterrado, esta jungla que habita en las grandes ciudades.

Y lo maravilloso del film es la manera en que se va individualizando a cada uno de los personajes con breves y precisas pinceladas que, en un instante, nos descubren sus deseos más íntimos, sus anhelos, sus ambiciones y sus debilidades. Y a pesar de tratarse de un retrato crudo, remarcado por una puesta en escena sobria, triste, miserable, de calles vacías y sonidos inquietantes, se trata a la vez de una visión no exenta de lirismo, de ternura y de comprensión. La figura del matón, Dix (Sterling Hayden), resulta conmovedora en su amor por su tierra y por los caballos; lo mismo que el experto en cajas fuertes, Louis Ciavelli (Anthony Caruso), preocupado por su bebé enfermo; o Gus Minissi (James Whitmore), un amante de los gatos solitario a causa de su joroba; o el propio Doc y su enfermiza pasión por las mujeres hermosas y, como no, el abogado Emmerich, tonteando con la hermosa Angela (Marilyn Monroe) sin dejar de atender con resignación y cariño a su mujer enferma. Hay en el retrato de cada personaje una cierta dulzura, un cariño y mucha humanidad, lo que los convierte en entrañables y tremendamente auténticos y hasta cercanos al espectador. En resumen, Huston consigue dibujarnos con maestría a cada uno de los actores de esta triste historia de manera impecable y hermosa; personajes muy en la línea de la filmografía del director: perdedores, sin futuro y marcados por la fatalidad, ante la que no queda más que resignarse.

Además de la magistral puesta en escena, con una fotografía en blanco y negro soberbia, John Huston cuenta con dos elementos clave para que la película roce la perfección. Por un lado, un guión soberbio que sabe ir a lo fundamental sin perder profundidad y detalle y que se apoya además en unos diálogos brillantes, rotundos, certeros y llenos de frases hermosas. Entre las muchas que pueblan la película me quedo con esta de Emmerich: "El crimen es la consecuencia de un concepto equivocado de la vida".

El segundo as en la manga es el excelente reparto. Sterling Hayden compone uno de los tipos duros más auténticos del cine, alejado de cualquier esquematismo, que anhela ardientemente poder volver a la vida en el campo de su infancia, que se rebela como la única etapa feliz de su existencia. A su lado, la desgraciada Doll (Jean Hagen), conmovedora en su amor no correspondido y que nos descubre sus penas simplemente a través de sus intensas miradas. Louis Calhern está sencillamente perfecto, componiendo un personaje que sólo es fachada, excelente en su refinamiento y sus mentiras. Pero es que ni uno solo del resto del reparto desentona lo más mínimo y consiguen llegarnos con unos trabajos de una calidad notable. Hasta Marilyn Monroe, en uno de sus primeros papeles, está radiante y totalmente convincente en su papel.

Soberbia también la puesta en escena de Huston, con una dirección perfecta que mantiene la tensión y el ritmo en todo momento y que sabe extraer todo el jugo no sólo a los maravillosos diálogos, sino incluso a los silencios, como en la secuencia del robo, donde mantiene la tensión en todo momento con una dirección plena de intensidad y acierto. Y sin olvidarme de los primeros planos, perfectos y expresivos, nunca gratuitos, y unas transiciones de una elegancia maravillosa, de las mejores que he disfrutado y en las que merece la pena recrearse y disfrutarlas plenamente.

Si hemos de ponerle un pero al film, ese sería el discurso del comisario de policía Hardy (John McIntire), parece ser que impuesto por la productora para salvar el honor de la policía, maltrecha por la figura del poli corrupto Ditrich (Barry Kelley); discurso que no encaja muy bien con el resto de la historia y que suena un tanto forzado y no demasiado convincente. Pero es que la moral de Hollywood imponía ciertos peajes. Aún así, apenas deja una mínima huella negativa en de esta maravillosa película. También el final responde a este principio ineludible en aquellos años de que el crimen debía pagarse, de ahí el triste final del plan y sus actores, si bien este final cuadra bastante bien con el tono fatalista del film y con esos personajes perdedores y miserables.

Detrás vendrán otros muchos films, como Atraco perfecto (Stanley Kubrick, 1956), también con Sterling Hayden, rindiendo homenaje e inspirándose en esta obra de arte del cine, para muchos la mejor película de John Huston, y uno de esos títulos imprescindibles y eternos.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Estrella del destino



Western de corte histórico que pretende plasmar los acontecimientos que llevaron a Texas a integrarse en los Estados Unidos, la película no fue muy bien acogida por la crítica, a pesar de resultar un entretenimiento bastante aceptable.

Andrew Jackson (Lionel Barrymore) decide recurrir a los servicios de Deveraux Burke (Clarke Gable), un ambicioso ganadero, para que contacte con Sam Houston (Moroni Olsen) y consiga su apoyo a la anexión de Texas a los Estados Unidos, apoyo fundamental para la causa y que parece estar en peligro.

Estrella del destino (Vincent Sherman, 1952) no es un mal western; de hecho, contiene un buen número de elementos para hacer de ella un buen film. Por una lado, y quizá sea su principal atractivo, cuenta con un magnífico reparto, encabezado por la pareja Clark Gable-Ava Gardner, que repetirían un año después en Mogambo (John Ford); a su lado, nombres como el mítico Lionel Barrymore, si bien hay que lamentar que su participación sea demasiado breve, o Broderick Crawford, en la piel de Thomas Garden, el enemigo de Gable. Aparece también, como secundario, William Conrad, famoso en su momento por encarnar al detective Cannon, de la serie del mismo nombre de los años setenta.

Además, la dirección de Sherman es directa y eficaz, buscando en todo momento la agilidad narrativa y potenciando las escenas de acción, que se resuelven acertadamente aún cuando es cierto que resultan un tanto aceleradas, recordándonos en algún momento la época del cine mudo. Los efectos especiales, eso sí, delatan la época en que está rodada la película.

El film cuenta también con unos buenos diálogos, especialmente entre los dos protagonistas, Gable y Ava, pues en cuanto se mete en temas históricos la cosa se enreda un poco más. Pero en general, es otro de los elementos en los que la película se defiende honrosamente.

Entonces, ¿dónde está el problema de Estrella del destino? Para mí el principal incoveniente reside en intentar casar los hechos históricos en que está basado el argumento y la acción principal de la historia, que no es otra que el enfrentamiento de Burke y Thomas Garden, abanderados de las causas enfrentadas. Es evidente que la película pretende ser una crónica histórica, pero también lo es que se toma cualquier licencia que le resulte útil. El intento, al comienzo del film, de ponernos en situación resulta un poco confuso y dificulta el arranque de la aventura en sí; además, a pesar de las explicaciones, seguiremos un tanto perdidos y con la sensación de una simplicación excesiva de los hechos históricos, lo que restará credibilidad a la trama. Al final, pienso que hubiera sido mejor tirar abiertamente por la libertad creativa en beneficio de la historia, pues una película de estas características jamás terminaremos de tomarla en serio.

Por otro lado, el personaje de Clark Gable resulta poco novedoso, recordando terriblemente al cínico Rhett Butler de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood, 1939), lo que no resulta nada beneficioso al personaje y remite a un cierto encasillamiento y falta de originalidad por parte del guión.

El desenlace también es otro de los puntos flojos de la cinta. En parte predecible, esa explosión de patriotismo que borra afrentas y une a enemigos acérrimos en un segundo no deja de resultar muy poco convincente. Pero es que estos temas de enfrentamientos entre hermanos parece que Hollywood necesita cerrarlos de manera tajante, con la unidad de la nación y la victoria del bien común. Como digo, ejemplarizante y un tanto fantasioso desenlace.

A pesar de ello, Estrella del destino es un film ameno, con ritmo, con una historia de amor entretenida, quizá de lo mejorcito de la cinta. Es verdad que todo resulta bastante predecible, pero a pesar de ello el film entretiene; y hemos de convenir que hay películas a las que no se le puede pedir mucho más que entretenimiento y ésta pertenece a esa categoría.

martes, 8 de noviembre de 2011

La reina Cristina de Suecia



Desde siempre el cine se ha sentido atraido por las historias sobre reyes y cortesanos y La reina Cristina de Suecia (Rouben Mamoulian, 1933) es una prueba más de esta corriente, que tiene en su contra las enormes libertades que se toman los guionistas en relación a la fidelidad histórica, siempre en aras de la creatividad y el espectáculo. Y aquí se repite el escenario.

A la muerte de su padre, el rey Gustavo Adolfo en la batalla de Lutzen, la niña Cristina (Greta Garbo) hereda el trono de Suecia con seis años de edad. Desde entonces, dedica su vida a servir a su país. Pero Cristina también es  una mujer celosa de su independencia y se resiste a aceptar un matrimonio de estado que no le agrada. Un día que escapa de palacio para disfrutar de un poco de tranquilidad conoce por casualidad al embajador de España Don Antonio, conde de Pimentel (John Gilbert) y se enamorará perdidamente de él.

La reina Cristina de Suecia es, primeramente, un monumento erigido a la gloria de Greta Garbo, que por entonces estaba en la cima de su carrera. Hoy en día puede que nos cueste entender la popularidad y el atractivo de la actriz, una de las reinas de Hollywood, no sólo de su época, sino de la historia del cine. El tiempo, los cambios en las modas y los gustos y hasta las nuevas maneras de entender la interpretación hacen de la figura de la Garbo algo extraño y un tanto arcaico a día de hoy. Sin embargo, su interpretación tiene escenas memorables, en especial en aquellos momentos más íntimos, junto a otras algo menos creíbles, en especial cuando hace de reina y sus gestos parecen poco naturales. En todo caso, la película es un cúmulo de planos y primerísimos planos que resaltaban la belleza de esta extraña mujer, que se retiró del cine, y del mundo, con tan solo treinta y seis años. En este sentido, no cabe más que alabar el buen trabajo en la fotografía de William H. Daniels.

En cuanto al argumento, como decía al comienzo, se permite muchas licencias históricas en beneficio de lo que interesa: crear una hermosa y triste historia de amores reales, un drama palaciego que, sin embargo, destaca por la modernidad de los planteamientos: la figura de la reina se dibuja como la de una mujer culta, sensible, celosa de su independencia, decidida, defensora de su libertad para decidir con quién casarse, anteponiendo la felicidad del pueblo llano a las glorias militares de su país... que dignifica a la mujer y la pone a nivel de igualdad, cuando no de superioridad, con los hombres. De hecho, en la película se invierten los papeles en muchos momentos, siendo los hombres los que se enredan en disputas motivadas por los celos, se muestran menos brillantes, etc. Pero además, la película es moderna por otro elemento: la ambigüedad sexual de Cristina, que se viste como un hombre, habla de sí misma en masculino ("Creo que moriré siendo lo que llaman un soltero") y no duda en besar en los labios a su ayudante de cámara Ebba Squarre (Elisabeth Young); ambigüedad que casaba muy bien con la bisexualidad de Greta Garbo y que no deja de admirarnos en un film de 1933.

Fue Greta Garbo además la que impuso a John Gilbert como su pareja en el reparto, en detrimento de Lawrence Olivier, el actor elegido para el papel de Antonio en un primer momento. Gilbert, cuya época gloriosa (el cine mudo) ya había pasado y que no sobrevivió artísticamente a la llegada del cine sonoro, era entonces la pareja sentimental de Garbo en la vida real y componen una de las historias de amor más hermosas de la pantalla grande. Algunas escenas entre ambos han quedado para la historia. Pero yo me quedo con la de la alcoba, cuando ella recorre la habitación, abraza los muebles y mira a su amor embelesada; sobraban las palabras, que incluso parecen romper el encanto de las imágenes. La otra escena famosa de la película es el travelling final sobre el rostro de Cristina en el barco. Ella preguntó al director que expresión debía adoptar y éste le contestó que ninguna, que no pensara en nada; de esta manera, su rostro frío e inexpresivo deja a cada espectador la posibilidad de dotarlo de un sentimiento propio.

Junto a unos esquisitos decorados y a la ya citada excelente fotografía, La reina Cristina de Suecia cuenta además con unos diálogos sobresalientes, con algunas frases para el recuerdo ("Nuestra vida es lo único que tenemos", "Estoy cansada de ser un mito, solo quiero ser una mujer") que demuestran cómo se debe hacer una buena película: con talento y cuidando siempre cada uno de los elementos que componen.

No nos olvidemos de la magnífica dirección de Mamoulian, pausada, elegante, solemne por momentos, resaltando por un lado el lujo de la corte y, por el otro, sabiendo filmar con delicadeza y un aire romántico las escenas más íntimas. Y siempre sin perder el ritmo, sin dejar que la historia se pierda en escenas vacías.

Es verdad que los años pesan, en especial en lo que hoy se ven como torpes efectos especiales. Pero hasta estos defectos encuentran acomodo perfecto en una película cuyo aire antiguo, casi caduco, no es más que otro punto a su favor, un elemento más de su encanto.

La reina Cristina de Suecia es una gran película, una triste historia de amor contada con elegancia y buen gusto, y aquí reside también gran parte de su belleza, lejos de dramatismos forzados, y que nos reconcilia con la mejor tradición del Hollywood inmortal.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Eloisa está debajo de un almendro



"Eloisa está debajo de un almendro" es el título de una de las piezas teatrales más conocidas de su autor, Enrique Jardiel Poncela. Llevada múltiples veces al teatro, desde su estreno en 1940, y con un par de versiones para la televisión, la película de Rafael Gil es la única adaptación que se hizo para el cine.

Cuando Fernando Ojeda (Rafael Durán) regresa a su casa de Madrid, tras terminar sus estudios en Bruselas, descubre una carta escrita por su padre diez años antes, donde le explica la razón que le ha llevado a suicidarse: el asesinato de una mujer de la que estaba secretamente enamorado. Intentado aclarar lo sucedido, Fernando descubre un retrato de una hermosa mujer que, por casualidades de la vida, es idéntico al rostro de Mariana Briones (Amparo Rivelles), joven vecina de la que se enamora.

Eloisa está debajo de un almendro (1943) es uno de los primeros trabajos en cine de Rafael Gil, que por entonces contaba tan solo con treinta años. Se trata de una comedia de humor negro que recurre al absurdo y al disparate como fuente de humor y, a la vez, de enredo. El mérito del texto hay que atribuirlo, por supuesto, al autor Jardiel Poncela, si bien Rafael Gil elabora un guión que recoge con fidelidad la esencia de la obra de teatro.

Lo primero que habría que reseñar es que se trata de humor novedoso en España, alejado de las obras costumbristas. Es una nueva vía que se adentra en el mundo del absurdo, el surrealismo y el humor negro. La base de la comicidad no reside tanto en la historia, sino en los personajes extraños que la pueblan, las situaciones absurdas y la explotación del lenguaje como fuente de confusión y comicidad. Y Rafael Gil sabe utilizar estos elementos para dotar a la película de un ritmo disparatado desde el comienzo, motivado también por el hecho de tener que condensar las tres horas de la obra teatral en la hora y media de la cinta, apoyándose también en la intriga que está en la base de la historia para mantener la intriga y exprimir la curiosidad del espectador, si bien se comprende desde el principio que el argumento no deja de ser una excusa para el desarrollo de la comedia en sí. De hecho, el desenlace se precipita bruscamente en un par de minutos y casi resulta decepcionante por su banalidad dentro del cúmulo de despropósitos de la historia, que parecía prometer un final menos ortodoxo.

Gil no oculta el origen teatral de la obra, que se revela en la secuencia de las escenas y las entradas y salidas de los actores de cada uno de los tres escenarios principales. No es un defecto en sí, más bien un intento de respetar el modelo original y no afecta a lo esencial del film, que se basa sobre todo en los diálogos y el enredo como base de la historia. Hay que destacar especialmente tanto los decorados como la fotografía de la cinta, que no dejan de recordarnos títulos expresionistas y ambientes del cine de terror clásico. Incluso el laboratorio del tío de Fernando nos remite lejanamente al doctor Frankenstein.

Es en el reparto donde quizá se le pueda poner un pero a esta película. En la tradición de la escuela española de interpretación, ciertamente deudora para mal del mundo del teatro, los actores principales resultan demasiado sobreactuados, en especial el protagonista, Rafael Durán, si bien casi todos los actores pecan de teatralidad. Como curiosidad, señalar que en los títulos de crédito ponen Amparito Rivelles, que no Amparo, lo que se explica porque por entonces la actriz contaba con tan sólo dieciocho años.

A pesar de los años transcurridos, y de la época en que fue hecha, Eloisa está debajo de un almendro es una buena película, esclava de su época y de nuestra idiosincrasia particular, pero con cierta frescura y descaro propios de una obra de teatro de un autor imaginativo, atrevido y original, algo sin duda a valorar como se merece.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Estación polar Cebra



Estamos ante uno de esos típicos films ambientado en la Guerra Fría que tanto juego dio en su momento, tanto a nivel literario como cinematográfico. Con el atractivo de una tensa realidad política, se recurre al fascinante mundo del espinonaje como base de la intriga.

Un submarino estadounidense en enviado al Polo Norte para socorrer a los científicos de una estación metereológica británica que han enviado un mensaje de socorro. Pero la verdadera misión es otra y sólo la conoce un agente secreto británico que también embarca en el submarino.

Lo primero que podría decirse de Estación polar Cebra (John Sturges, 1968) es que es una película típica de su época: el cine de los años sesenta tiene ciertas señas de identidad bastante inconfundibles. También es bastante evidente el origen literario de la película, basada en una novela de Alistair MacLean, escritor de títulos de éxito como "Los cañones de Navarone" o "El desafío de las águilas", lo que se refleja en un argumento algo más complejo de lo habitual, con una trama densa pero que el guión no es capaz de plasmar con la eficacia que hubiera sido necesaria. Tenemos la sensación que el film no ha sabido plasmar con acierto la intriga y la emoción que debía contener la novela. Puede que por no alargar en exceso un film de por sí ya largo, el caso es que se percibe que la historia daba mucho más de sí.

Quizá uno de los fallos de la película es que le cuesta arrancar. La primera parte se hace lenta, está contada de manera muy fría y no logra que nos enganchemos realmente a la intriga. Y eso que hasta casi el final no descubrimos la trama por completo. La misión del británico (Patrick McGooham) que embarca en el submarino permanece secreta durante casi toda la cinta. Ello ayuda, en parte, a mantener cierto interés por descubrir los detalles de la intriga hasta el desenlace final, pero ello no basta para hacer que la película nos enganche realmente. Y parte de la culpa también está en que no se ahonda lo suficiente en la descripción y definición de los personajes principales, de los que casi no sabemos nada hasta el mismo momento final. Las vagas sospechas que se van sembrando no son lo suficientemente sólidas como para elevar el nivel general del film.

Es cierto que tampoco ayudan a que nos metamos dentro de la película los efectos especiales, que se revelan hoy en día como muy pobres. Rodada en estudio, este hecho es demasiado evidente en todo momento, con lo que no se consigue una ambientación adecuada. Curiosamente, la película fue nominada en el apartado de efectos especiales, la ganadora fue 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), además de por la fotografía.

En cuanto al reparto, la película cuenta con Rock Hudson como principal atractivo, pero yo no termino de verlo en ese papel. Quizá el recuerdo de sus papeles en dramas y comedias, junto con su hieratismo, haga que no termine de convencerme su interpretación. Ernest Borgnine, por el contrario, resulta bastante más creíble. Con Patrick McGooham me pasa algo parecido a lo de Rock Hudson, es un actor bastante inexpresivo y sin demasiado carisma.

En cuanto a la labor de John Sturges no termina de convencerme. Bien por defecto del guión, que no es nada brillante, bien por limitaciones propias, el caso es que se muestra bastante frío y nos presenta una historia con cierto interés pero filmada sin brío. En ningún momento consigue que me sienta inmerso en la trama, salvo en la parte en que el submarino navega bajo las aguas intentando emerger rompiendo el hielo; son los únicos momentos de la película en que he sentido cierta emoción.

Y para colmo de males, el desenlace tampoco está a la altura que sería de desear: es largo en exceso, confuso en algunos momentos, sin garra e incluso predecible. Si habíamos esperado hasta ese momento con alguna ilusión para que la historia terminara con cierta brillantez, comprobamos que se mantiene en la línea de toda la película.

Así pues, Estación polar Cebra no pasa de ser un film entretenido, pero sin garra, al que el paso del tiempo no le ha sentado muy bien ciertamente, y que nos deja con cierto regusto amargo en la boca, pensando en las posibilidades reales de la historia y cómo no se ha podido o sabido darles mejor salida.

lunes, 24 de octubre de 2011

La lista de Schindler



Estamos ante una de esas películas que entran en la historia del cine por la puerta grande, La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) es una película amarga, cruda, emotiva y con pretensiones. Una obra con el sello de Spielberg.

Durante la Segunda Guerra Mundial, con los alemanes ocupando Polonia, Oskar Schindler (Liam Neeson), un empresario alemán sin dinero, llega a Cracovia en busca de su oportunidad para hacer dinero aprovechando las ventajas que le brinda la guerra. Gracias a su astucia y a su don de gentes, amén de algunos sobornos, consigue hacerse con una fábrica, operarios judíos y un contrato de proveedor del ejército alemán.

La lista de Schindler está basada en la novela El arca de Schindler de Thomas Keneally y narra unos hechos históricos: como el empresario alemán Oskar Schindler salvó la vida de más de mil cien judíos polacos durante la Segunda Guerra Mundial. Es evidente que el film de Spielberg se toma bastantes licencias y cuenta una historia muy emotiva, remarcando los momentos más intensos y creando un aura de santidad en torno a la figura de Schindler e incluso hacia el pueblo judío, lo que delata un tanto al director, judío también y un tanto obsesionado con el Holocausto, del que le hablaban a menudo sus abuelos. Ello es más patente hacia el final de la historia y aquí es donde se le puede poner el único pero al film. Quizá Spielberg hubiera debido terminar antes el relato, pues el final me parece un poco extenso de más, se cargan las tintas en exceso hacia el lado sensiblero y se rompe un tanto la buena línea general de la historia hasta esos momentos. La escena en que Schindler rompe a llorar, lamentando no haber intentado salvar a más judíos, me resulta un tanto excesiva y no demasiado creíble, por ejemplo.

Pero lo que no cabe duda es del talento del director para contar historias. La lista de Schindler no es un film sencillo y más teniendo en cuenta su gran duración y la temática que abarca. Pero Spielberg logra un equilibrio perfecto entre la denuncia cruda y directa y una narración ágil, amena, no exenta de un inteligente sentido del humor, pero no debemos pensar por ello en comicidad. Pero todo ello viene a remarcar el sentido del espectáculo, el dominio del medio por parte de un director que parece llevar el cine en las venas. La secuencia de la masacre en el gueto es un ejemplo de cine con mayúsculas, de como se debe filmar, de la manera de crear tensión y dramatismo en cada fotograma; y para colofóncon, el broche de oro de la niña con el abrigo rojo, un detalle del que Spielberg saca petróleo y que termina por convertirse en la seña de identidad de la historia, resumida y condensada en ese pequeño detalle.

La película cuenta, es cierto, con un guión excelente, obra de Steven Zaillian, y una fotografía en blanco y negro realmente espectacular, pero lo realmente impactante es el retrato que se hace del Holocausto y la barbarie de la guerra. Esos son los momentos más genuinos de la película, donde se va produciendo la "conversión" de Schindler desde su ambición inicial hasta su apasionada defensa de los judíos a su cargo. Pocas veces en el cine se ha hecho una aproximación más sentida, directa e intensa al drama vivido por los judíos polacos a manos de unos verdugos especialmente sanguinarios y crueles. La figura de Amon Goeth (Ralph Fiennes), el jefe del campo de trabajo, es especialmente repulsiva, el personaje más impactante de la película, encarnación de la locura y el odio, la sinrazón y la barbarie.

Pero La lista de Schindler cuenta además con un grandísimo reparto, encabezado por Liam Neeson, que está sobresaliente, con una interpretación memorable, y secundado por el maravilloso Ben Kingsley, un actor que desde siempre me ha resultado muy convincente, y el mencionado anteriormente Ralph Fiennes, que borda el papel de militar sanguinario y demente. Tanto Neeson como Fiennes darán, gracias a esta película, el salto definitivo en sus carreras. Pero es que todos los actores, y hay innumerables secundarios, muchos con muy breves apariciones, consiguen dar tal aire de autenticidad a la película que a veces casi nos parece estar viendo un documental. Tal es el dominio de Spielberg de cada faceta de la película.

La lista de Schindler fue un éxito inmediato. La película no solo encantó al público en general y dejó a más de uno sin palabras, sino que se hizo con siete Oscar, de doce nominaciones: mejor película, director, guión, montaje, música, dirección artística y fotografía. La película supuso para el Spielberg, además, el dejar de ser considerado un mero director comercial para ganarse el respeto de todos como un director capaz de abarcar cualquier tipo de trabajo.

Puede que sea la obra más personal del director, un proyecto en el que se implicó por entero y del que salió con una obra colosal, emotiva e impactante. Si no fuera por la parte final, como dije antes, creo que podríamos hablar de una maestra indiscutible. Pero es lo que tiene Spielberg, cuando intenta ser demasiado trascendente acaba por pasarse un poco de la raya. En todo caso, una película sobresaliente.

jueves, 20 de octubre de 2011

La naranja mecánica



Controvertida adaptación al cine de la polémica novela de Anthony Burgess, del año 1959, La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) sigue impactando hoy en día, a pesar de los años transcurridos desde su estreno y mantiene, en algunos aspectos, una inusitada actualidad.

Alex de Large (Malcom McDowell) es un joven ocioso y consentido por unos padres sin autoridad moral alguna que en su tiempo libre, por las noches preferentemente, ejerce de jefe de una pandilla de drugos que disfruta dando riendo suelta a sus peores instintos: robos, peleas sangrientas, violencia gratuita y violaciones. Una noche, a Alex se le va la mano y asesina brutalmente a una mujer. Sus drugos, que habían cuestionado su autoridad y sufrido la reacción violenta de Alex, aprovechan la ocasión para golpearlo y dejarlo a merced de la policía. Condenado por asesinato, Alex es enviado a prisión.

Es evidente que todos los films futuristas, en mayor o menor medida, sufren el juicio de la realidad una vez llegada la época que auguraban. La naranja mecánica no escapa a este juicio, si bien en líneas generales no sale del todo mal parada. Quizá a nivel estético y visual es donde la cinta se muestra más envejecida, con unos decorados y vestuario que pueden hasta resultar cómicos. El manierismo de Kubrick, su obsesión por la puesta en escena, en este caso le juegan una pequeña mala pasada.

Sin embargo, a nivel más profundo, La naranja mecánica sigue siendo una fábula bastante atinada. En primer lugar, la violencia gratuita, la ociosidad peligrosa de la juventud es, por desgracia, una realidad hoy en día en muchos casos peor que lo que se presenta en la película. La pérdida de principios morales, la degradación y el culto al sexo y la violencia se han ido propagando sin remedio, y lo que parecía una visión un tanto exagerada o deforme de la realidad futura que se dibujaba en la película no es hoy en día algo inusual en nuestra sociedad.

Sigue llamándome la atención, sin embargo, el diferente tratamiento que se da en la película al tema del sexo en comparación a la violencia. Si ésta se muestra de un modo bastante directo, el sexo sigue mostrándose con mucho más pudor. Es verdad que se trata de una película de 1971 y algunas escenas son bastante atrevidas para el momento; pero me sigue pareciendo que el director se muestra más pudoroso con el sexo, como si la violencia en la pantalla fuera algo menos ofensivo o muchoa más aceptado en general por la sociedad.

Pero La naranja mecánica, además del tema de la violencia y el sexo, encierra otras denuncias también muy interesantes. Por un lado, la crítica hacia la clase política es evidente, con su manipulación de las personas, su obsesión por los resultados, su demagogia y sus mentiras. Tampoco se salvan la educación, la familia, el sistema penitenciario, la religión y hasta la psicología. En resumen, en La naranja mecánica se cuestiona por entero la sociedad, pretendidamente la sociedad futura, pero en realidad es todo el sistema: el presente, con sus errores y fallos, y el que está por llegar, fruto inevitable de la semilla actual.

Y centrándose en el individuo, el film es una crítica de alienación, de la manipulación de las personas por el sistema, ejemplificado en la terapia que sufre Alex y que, como afirma el personaje del sacerdote, lo único que hace es destruir a la persona al eliminar su libertad de elección. Parece incluso, llevando el argumento a sus últimas consecuencias, que casi sería mejor un individuo violento, pero libre, que uno dócil pero cercenado en su libertad de opciones.

A nivel visual, como decía antes, la película presentaba una estética muy rompedora, con decorados y vestimentas pretendidamente futuristas que son los que peor han soportado el paso del tiempo. También, en la línea del director, se cuida mucho el tema sonoro recurriendo, como es habitual en Kubrick, a conocidas piezas de música clásica, en este caso con predominio claro de la Novena Sinfonía de Beethoven, junto a piezas de Henry Purcell o Rimsky-Korsakov y otros temas actuales como la canción "Singin' in the rain", del musical Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, 1952).

Más acertado parece el novedoso lenguaje ideado para la película, con palabras y expresiones que no siempre se comprenden, pero que sí que nos introducen de lleno en un mundo extraño y ciertamente futurista, que es lo que se persigue. Parece ser que este lenguaje es una mezcla de términos basados en el ruso y otros de la jerga Cockney (término que se refiere a los habitantes del East End de Londres y la peculiar manera de hablar de las clases populares de esta zona).

La película lanzó a la fama a su protagonista, un acertado y carismático Malcom McDowell, cuya carrera fue después bastante irregular. Junto a él, un conjunto de actores muy acertados, como Michael Bates, Patrick Magee, Warren Clark o John Clive.

La naranja mecánica fue nominada como mejor película, director, montaje y guión adaptado. A pesar de no haber logrado ningún Oscar, sigue siendo un título fundamental en la filmografía de Kubrick y no ha perdido del todo su carácter perturbador, conservando la validez de sus lúgubres previsiones y atinadas críticas.

domingo, 16 de octubre de 2011

Enemigo público

 

Dirección: Tony Scott.
Guión: David Marconi.
Música: Trevor Rabin & Harry Gregson-Williams.
Fotografía: Dan Mindel.
Reparto: Will Smith, Gene Hackman, Jon Voight, Lisa Bonet, Jason Lee, Ian Hart, Tom Sizemore, Regina King, Loren Dean, Jake Busey, Barry Pepper, Gabriel Byrne, Stuart Wilson, Jason Robards, Philip Baker Hall, Laura Cayouette, Seth Green, Scott Caan, Jack Black, Jamie Kennedy, Grant Heslov, Ivana Milicevic.

Robert Clayton Dean (Will Smith) es un abogado de éxito al que todo en la vida parece salirle bien. Sin embargo, un día se verá implicado accidentalmente en una oscura conspiración política cuando, sin saberlo, llega a su poder una cinta de video que recoge el asesinato de un congresista y que implica a un alto cargo de una agencia gubernamental. A partir de ese momento, el mundo de Dean saltará por los aires, tanto a nivel profesional como familiar, y su vida empezará a estar en peligro.

Enemigo público (Tony Scott, 1998) pretende ser una denuncia del control cada vez mayor de la privacidad por parte de los poderes públicos y los riesgos que ello conlleva. Al mismo tiempo aprovecha para denunciar el excesivo poder de determinandas agencias gubernamentales o, lo que es lo mismo, el problema de controlar a aquellos que tienen la misión de protegernos. Esta es la base, la justificación. Pero en realidad, se trata de un film de acción pura y dura, cuya trama y desarrollo, bien mirados, no resisten un análisis serio y resultan, cuando menos, bastante inverosímiles.

Pero con ello no estamos afirmando que Enemigo público sea una mala película. De hecho, creo que es una cinta sobresaliente al menos si la enfocamos desde el punto de vista para el que fue creada: entretenernos durante los 132 minutos de metraje. Y de verdad que cumple con su cometido de manera perfecta. Tony Scott, hermano del conocido director Ridley Scott, sabe lo que tiene en sus manos y como sacarle partido. A falta de un guión realmente sólido en cuanto a credibilidad se refiere, Scott se centra en la acción desde el primer momento y va dejando que la intriga, las persecuciones y los problemas familiares del inocente protagonista (algo que desde Hitchcock es garantía de éxito y empatía con el público) nos atrapen, de manera que dejemos de lado cualquier crítica o duda seria y nos concentremos en disfrutar de una historia que no nos da respiro. Su sentido del espectáculo, su dominio de los tiempos y su manera de dosificar la intriga, alternando momentos de máxima tensión con otros más relajados e incluso con cierta comicidad, hacen de Enemigo público un film que se pasa volando y nos mantiene pegados a la butaca.

Es verdad que hay situaciones muy vistas ya, que sabemos de antemano que el abogado va a lograr salir airoso, pero no importa, porque la película es vibrante y además, dentro de su alto grado de inverosimilitud, el guión está lo suficientemente bien hilvanado para que nos cuadre a primera vista. Tony Scott demuestra su talento para filmar historias de este tipo y consigue un resultado brillante.

Además, el director cuenta con otro as en la manga: el reparto. Will Smith es un actor que cae bien, quizá porque no parece el típico galán que va mirando por encima del hombro a todo el mundo. Es un tipo con cierto encanto pero sin perder un aire de normalidad que lo hace cercano y creíble. A su lado tenemos a Gene Hackman, un valor seguro interprete lo que interprete. Y, para grata sorpresa, Jon Voight, actor no muy habitual en las pantallas, borda su papel de malo con una presencia poderosa de hombre frío, autoritario y sin escrúpulos. Completan el reparto Jason Robards, aunque con un muy breve papel, o Lisa Bonet, después de un tiempo desaparecida y que tan buena impresión había causado con su trabajo en El corazón del ángel (Alan Parker, 1987).

Con ciertas semejanzas, salvando las distancias, con la magnífica Los tres días del Cóndor (Sydney Pollack, 1975), Enemigo público reivindica con gran acierto el thriller político bien hecho, con una buena intriga y sin renunciar, de paso, a cierto nivel de crítica o de denuncia. Es de esas películas que tienen la virtud de resultar muy entretenidas y que permiten incluso nuevas revisiones, lo cuál es quizá el mayor halago que puede hacérsele.

jueves, 13 de octubre de 2011

La leyenda del indomable



Film para el lucimiento de Paul Newman, en un momento de su vida pletórico, La leyenda del indomable (Stuart Rosenberg, 1967) sigue siendo una de las películas más recordadas del actor.

Luke Jackson (Paul Newman) es condenado a dos años de trabajos forzados por decapitar parquímetros en una noche de borrachera. Con un carácter fuerte, Luke comienza enfrentándose a otros presidiarios, hasta que su testarudez y su valentía terminan por convertirlo en el líder de la cárcel, el modelo y el héroe de sus compañeros de condena.

La leyenda del indomable es un título mítico dentro del género de films carcelarios. Y es cierto que tiene su encanto, principalmente gracias a la poderosa presencia de Newman. Y además, la película cuenta con un par de escenas legendarias: la pelea entre Luke y Dragline (George Kennedy) y la famosísima escena de los huevos duros. También tiene una excelente fotografía, obra de Conrad L. Hall, que consigue captar a la perfección el sofocante calor y el sudor de los presos en plena faena limpiando los arcenes de la carretera.

Otro de los puntos fuerte de la película es el soberbio reparto. Quitando a Newman y al oscarizado George Kennedy, La leyenda del indomable cuenta con muy buenos secundarios, como Dennis Hopper, Harry Dean Stanton, Clifton James o Jo Van Fleet, por ejemplo.

Sin embargo, aquí se terminan los puntos fuertes de la película. Puede que el paso del tiempo no le haya sentado muy bien, pero el caso es que La leyenda del indomable no termina de cuajar. Por un lado, le cuesta arrancar, con un ritmo algo lento al comienzo y cierta repetición de situaciones. Puede que en parte la culpa resida en un guión que parece que no consigue profundizar en los personajes; empezando por el propio Luke, cuya personalidad termina en una mezcla de luces y sombras. Tampoco sus compañeros de prisión acaban por adquirir una personalidad bien definida, salvo el personaje de Dragline. El colmo de esta indefinición lo tendríamos en el jefe Godfrey (Morgan Woodward), que no abre la boca en toda la cinta y cuya personalidad queda más a nuestra libre interpretación que a otra cosa. También puede verse este personaje como un ejemplo de la crueldad sin rostro, siempre oculto por las gafas de sol. En todo caso, en la línea con el resto del film, se trata de un ejemplo más de esa falta de concreción que envuelve a personajes e historia.

La historia tampoco acaba de definirse del todo. En principio, la película puede interpretarse como un film anticarcelario, como una denuncia del autoritarismo y los abusos del sistema penitenciario. Sin embargo, la crítica tampoco es demasiado clara ni contundente y, en todo caso, se limitaría a ese centro de reclusión y a sus carceleros en concreto.

Tampoco se ahonda especialmente en las relaciones y conflictos entre los presos, salvo a esa pelea entre Luke y Dragline que termina por hacer de Luke el líder de los presidiarios. Las relaciones entre los reos, a diferencia de otras películas del género, es bastante civilizada, sin verdaderos conflictos y exenta en todo caso de dureza.

Incluso se puede atisbar cierta inconsistencia en la mentalidad de Luke, pues al principio se nos presenta como un ateo e inconformista y al final le escuchamos hablando con un Dios en el que pensábamos que no creía. Fruto de esta superficialidad del guión o esta indefinición de los personajes, la figura de Luke parece no aclararse del todo. Puede ser un espíritu libre que acaba rebelándose contra el sistema que lo mantiene encerrado, lo cuál no termina de cuadrarme del todo, o puede ser un inadaptado al que todo parece importarle muy poco, hasta que una injusticia manifiesta, su encierro en la caseta de castigos al morir su madre, le empuja a intentar vengarse de sus carceleros; hipótesis que parece convencerme más.

En todo caso, el film se sostiene principalmente gracias a la presencia de Paul Newman y su innegable atractivo. La película obtuvo cuatro nominaciones pero solamente George Kennedy se hizo con uno de los Oscars, al mejor actor secundario.

Para incondicionales de Paul Newman.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Golpe en la pequeña China



Golpe en la pequeña China (John Carpenter, 1986) es una comedia disparatada, una especie de broma en la que se embarcó Carpenter por mero placer; sin embargo, la película fue un sonoro fracaso de taquilla en los Estados Unidos y su director recibió duras críticas por este trabajo. Desde mi punto vista, un error por parte de la crítica y del público, que no supieron valorar como se merece esta divertida y original película.

Jack Burton (Kurt Russell) es un camionero un tanto fanfarrón que, para cobrar un dinero que le ha ganado a su amigo Wang Chi (Dennis Dun), accede a acompañarlo al aeropuerto a recoger a su novia, Miao Yin (Suzee Pai). Sin embargo, una banda de gángsteres de Chinatown secuestra a Miao Yin ante los mismos ojos de los dos amigos, que se embarcan en la peligrosa aventura de rescatarla.

Golpe en la pequeña China es una comedia que se viene a reir de manera muy sana e inteligente de esos films de aventuras en los que se mezcla lo sobrenatural y lo antinatural con la más absoluta naturalidad; como esas películas de lucha orientales en que los protagonistas realizan proezas físicas imposibles, como saltos de varios metros o luchas en el aire interminables y donde se incluyen sin sonrojo mitos y leyendas extraños. Carpenter recoge todos esos elementos, los potencia hasta casi lo absurdo y los sirve con naturalidad y mucho sentido del humor.

En cierto sentido, esta película podría relacionarse con la serie de Indiana Jones de Spielberg, más que nada para establecer diferencias. Mientras Spielberg crea el personaje de Indiana Jones y su saga de aventuras como un homenage a los films clásicos del género y dándo a la serie abundantes toques de humor pero dentro de una línea más o menos seria; Carpenter se decanta por la parodia, al más fiel estilo de Cervantes con los libros de caballería; no se toma en serio el género ni mucho menos al personaje del héroe y nos presenta a un Jack Burton fanfarrón, tan torpe, tan vulgar, tan chulo que no es realmente modelo de nada. Y en este sentido tenemos que destacar como se merece el gran trabajo de Kurt Russell dando vida magistralmente a tan peculiar personaje y convirtiendo sus defectos en parte de su encanto gracias a su asombrosa presencia y una interpretación en la que consigue potenciar al máximo su vena cómica sin caer en la exageración o la vulgaridad. No me resisto a poner un ejemplo que ilustra a la perfección cómo es nuestro héroe. y cómo Carpenter utiliza cualquier recurso para burlarse de él y de todo el tinglado de la película, y es el momento en que Jack Burton, en la escena culminante, parte serio y amenazante al duelo final... con los labios manchados de carmín.

Siguiendo con el reparto, debemos mencionar el estupendo trabajo de una jovencita Kim Cattrall, más conocida hoy en día por su papel en la serie Sexo en Nueva York, que debe torear las embestidas del engreído Jack. El resto del reparto, con masiva presencia de actores de origen oriental, está también perfecto, empezando por el malo de turno, Lo Pan, interpretado a la perfección por James Hong, y sus secuaces, encarnados por Carter Wong (Thunder) y su poderosa presencia física, y por Peter Kwong (Rain) y James Pax (Lightning), los tres con unas actuaciones de lo más convincentes. Del lado de los buenos, buen trabajo de Dennis Dun y la maravillosa presencia de Víctor Wong como el estrafalario Egg Shen.

Además, Golpe en la pequeña China cuenta con una acertada ambientación. El hecho que se note que se trata de decorados no resta un ápice de emoción a la historia. Es más, la ambientación, junto a la fotografía, logran dar un aspecto original a la película, creando una atmósfera tan especial que queda como una seña de identidad más de la película.

Tenemos que añadir, además, un buen ritmo desde el comienzo mismo, sin tiempos muertos, donde la acción es casi constante, sin darnos respiro. Si a ello le unimos una trama llena de sorpresas, misterios y cargada de sentido del humor (el personaje de Jack Burton, repito, es impagable), tenemos un film que se pasa volando y que nos deja una gran sonrisa como premio.

Golpe en la pequeña China es de esas películas que van ganando puntos con el paso del tiempo, porque están muy bien hechas y porque cumplen a la perfección con la tarea que se habían impuesto, que es divertir, sorprender y entretener de manera inteligente. Se trata de una de esas obras menores que, sin embargo, se hacen un hueco en nuestra memoria para siempre. Creo que puedo afirmar que Golpe en la pequeña China es uno de mis films de aventuras preferido. La recomiendo sin reservas.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Los Goonies



Mickey (Sean Astin) es un chico de trece años que vive en el barrio del puerto en Astoria (Oregón), una zona donde unos inversores quieren construir un campo de golf, derribando la casa de Mickey y las de sus amigos, que se hacen llamar Los Goonies. La víspera de su marcha, Los Goonies suben al desván de la casa de Mickey en busca de algún recuerdo que llevarse consigo. Es entonces cuando encontrarán un viejo mapa que Mickey cree esconde la ubicación del tesoro de Willy el Tuerto, famoso pirata del siglo XVII, cuya historia ha escuchado repetidas veces de labios de su padre.

Los Goonies (Richard Donner, 1985) es, para muchos, un film maravilloso. En concreto, para aquellos que pudieron verla siendo niños. Porque es una película especialmente dirigida al público infantíl. Basada en una historia original del mismísimo Steven Spielberg, que participa también en la producción, se trata de una historia de aventuras donde un grupo de muchachos se embarca en la búsqueda de un tesoro que pueda salvar su barrio de la demolición. Es un film cargado de buenas intenciones, donde los malos son, además de malísimos, bastante tontos. El argumento no derrocha originalidad, no pasa de ser una historia bastante simple. Pero creo que tampoco pretendía ser otra cosa. Simplemente está ahí para servir de pretexto para que se sucedan un sinfín de aventuras.

Como buena hija de su padre, Spielberg, Los Goonies es un canto a la amistad, a los sueños, a la fantasía; un intento de no permitir que la realidad apague la sed de aventuras de la infancia. En algún momento me hizo pensar en la historia de Peter Pan, no sólo por la presencia del barco pirata y el capitán tuerto, sino por ese mensaje constante que encierra la historia: no dejes de soñar, de creer en otros mundos, de luchar por tus sueños.

En cuanto al trabajo de Richar Donner, la verdad es que consigue engancharte a la historia. No hablo sólo del público infantíl, menos exigente y más fácil de entretener de antemano; sino que consigue un ritmo bastante bueno desde el comienzo que logra que sigas con interés la historia. Sabe dosificar muy bien la intriga, creando situaciones al límite y desvelando las diferentes sorpresas de la película a su debido momento. Lo mejor es que, aún sabiendo desde el principio el final feliz de la aventura, Donner consigue mantener nuestro interés hasta el final. Teniendo en cuenta, claro, que se trata de una historia predecible, muy simple, una historia para niños; lo cuál no hemos de perder de vista, porque podríamos esperar más de la película de lo que pretende y para lo que está hecha.

Rodada para niños, los papeles principales los interpretan también niños. Salvando las lógicas limitaciones de los actores por su edad, en general logran convencernos con un trabajo bastante correcto. Destacar a Sean Astin, bastante bien en general, salvo en pequeños detalles donde se nota que está actuando, y que alcanzaría notoriedad por su papel de Sam en la trilogía de El Señor de los Anillos; a Robert Davi, uno de los malos de la película, papel que le va como anillo al dedo y que repetirá frecuentemente; a Josh Brolin, como Brand, el hermano mayor de Mickey; a Kerry Green, como la adolescente enamorada de Brand y a Jeff Cohen (Gordi) y Jonathan Ke Quan (Data), que acababa de trabajar en Indiana Jones y el Templo Maldito (Steven Spielberg, 1984). Señalar como curiosidad que Martha Plimpton (Stef en el film) es hija de Keith Carradine.

Los Goonies es una de esas películas para disfrutar en familia, una de esas tardes de fin de semana grises, con un niño cerca, y muchas palomitas. Ni más, ni menos.