El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

lunes, 31 de diciembre de 2012

El buscavidas



Dirección: Robert Rossen.
Guión: Robert Rossen & Sidney Carroll (Novela: Walter Tevis).
Música: Kenyon Hopkins.
Fotografía: Eugene Shuftan (B&W).
Reparto: Paul Newman, Jackie Gleason, George C. Scott, Piper Laurie, Myron McCormick, Murray Hamilton, Vincent Gardenia, Michael Constantine.

Eddie Felson (Paul Newman) es un joven arrogante con un talento excepcional para el billar. En compañía de su socio Charlie Burns (Myron McCormick) se dedica a ir por las salas de billar de tercera categoría desplumando a incautos. Pero su deseo es ser reconocido como el mejor jugador del país, por lo que no duda en retar al Gordo de Minnesota (Jackie Gleason), considerado por todos el número uno.

Lo primero que se viene a la cabeza al escribir sobre El buscavidas (1961) es la palabra sorpresa. La película es un film tremendamente negro, triste, rozando a veces la tragedia, como si un destino implacable rigiera los destinos de los protagonistas. Y ello es cuando menos chocante tratándose de un film de Hollywood, que nos tiene acostumbrados a algún tipo de componenda que permita salvar algo del desastre, aunque tan solo sea al final. Pero en este caso, en El buscavidas no hay ni una pequeña luz de esperanza. Ni siquiera cuando Eddie parece al fin cumplir su sueño. Incluso ahí se tendrá que marchar con un futuro bastante oscuro delante de él.

Pocas películas he visto que describan tan bien un universo concreto, en este caso el mundillo de las salas de billar, como esta. Y también que nos describan a los personajes con tanta precisión y tanta economía de medios. La secuencia inicial ya nos dibuja admirablemente quienes son y cómo viven Eddie y su socio Charlie sin necesidad de discursos, sencillamente viéndoles en acción. Y de nuevo, en el enfrentamiento con el Gordo de Minnesota, Robert Rossen termina de dibujarnos a Eddie Felson con una precisión asombrosa. Comprendemos en un par de secuencias que Eddie es un joven con un talento maravilloso para el billar, un genio, pero a la vez es un fanfarrón, un chulo, un bocazas y un borracho. Un retrato claro y conciso al tiempo que disfrutamos del ambiente de las salas de billar y su universo peculiar de rufianes, lisiados, aprovechados y pequeños mafiosos gracias a una fotografía deslumbrante y una ambientación perfecta. Se puede hasta respirar el humo, oler el sudor y el whisky y sentir la penumbra reinante donde es casi delito abrir una persiana.

Tanto el guión como el trabajo de  Rossen son realmente admirables. El buscavidas posee un guión sobresaliente, eficaz, preciso y sin concesiones y sus personajes se mueven todos en las sombras, en los límites de la sociedad; algunos por necesidad, como Sarah Packard (Piper Laurie), otros por expresa elección, Bert Gordon (George C. Scott), pero todos dejándonos la sensación de que en realidad han sido arrastrados por la vida, más allá de lo que creen.

Robert Rossen además nos sorprende con un trabajo sencillo pero preciso donde las imágenes, más que cualquier discurso, son las que nos van contando la historia y dibujando a sus protagonistas. Algunas escenas están especialmente logradas, dentro de un gran nivel de conjunto. Por ejemplo, esa en que Sarah regresa a la estación en busca de Eddie tras haberlo rechazado con anterioridad. Rossen resuelve la atracción entre ambos de un modo admirable, y consigue describir el comienzo de una extraña relación con una simple botella de whisky y un brazo cruzando la espalda de Sarah. Ambos se han unido por la soledad y el alcohol.

Jack Lemmon iba a encarnar a Eddie Felson en un primer momento, pero prefirió aceptar el proyecto de Días de vino y rosas (1962) de Blake Edwards y el papel fue a parar a Paul Newman. La verdad es que no sabemos lo que habría dado de sí el Eddie de Jack Lemmon, pero el atractivo de Paul Newman le da un plus innegable al personaje. Es verdad que en algunos momentos me parece que Newman sobreactúa un poco de más, pero en líneas generales su trabajo es notable. Además, es el mismo Paul Newman, al igual que Jackie Gleason, quién juega al billar, salvo en alguna carambola especialmente complicada, en la que se recurrió a un campeón de billar, lo que no deja de añadir verosimilitud a una parte fundamental del film como son las partidas de billar.

Si con Newman tenemos un muy buen trabajo, con el resto de actores principales el resultado aún es mejor. Piper Laurie compone un personaje lleno de amargura, de tristeza, con algunas pinceladas de esperanza que se ahogan en alcohol. En cuanto a Jackie Gleason, solo decir que está realmente perfecto. Impecablemente vestido, seguro de sí mismo, es la imagen perfecta de pequeño rey del antro de los billares. Pero, como el resto, tampoco él escapa de la miseria del universo en que se mueve, lo que se refleja admirablemente en la última secuencia, donde comprendemos las servidumbres a las que ha tenido que plegarse. Y llegamos así al cuarto protagonista, Bert Gordon, el adinerado, el aprovechado, el pequeño mafioso del 75%. Y de nuevo hay que sacarse le sombrero ante el gran George C. Scott, un portento capaz de decirlo todo con una simple mirada. Su gran trabajo mereció una nominación al Oscar que, sin embargo, él rechazó.

No hay que buscarle una explicación a la muerte de Sarah. En principio puede parecernos excesiva, absurda, innecesaria. No importa. Su muerte está ahí, es el punto de no retorno hacia el que todos los personajes se encaminan. El futuro de Eddie se presenta lleno de sombras. Ni su triunfo supone siquiera un bálsamo: ha llegado a la meta y está solo, sin recompensa.

Como decía al empezar, El buscavidas es un film triste. No hay esperanza para nadie. Todos, de alguna manera, pierden algo: dinero, ilusiones, metas, dignidad o la vida.

Martin Scorsese dirigió en 1986 El color del dinero, una especie de continuación de El buscavidas, pero infinitamente peor, de nuevo Paul Newman interpretando a Eddie Felson (que ganó el Oscar, mientras que aquí se quedó solo con la candidatura a mejor actor) y un joven Tom Cruise.

Con nueve nominaciones, la película se llevó el premio a la mejor fotografía (ByN) y mejor dirección artística (ByN). Imprescindible.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Sonrisas y lágrimas



Dirección: Robert Wise.
Guión: Ernest Lehman.
Música: Richard Rodgers & Oscar Hammerstein II.
Fotografía:Ted McCord.
Reparto: Julie Andrews, Christopher Plummer, Richard Haydn, Eleanor Parker, Peggy Wood, Heather Menzies, Charmian Carr, Anna Lee, Marni Nixon.

Austria, 1938. María (Julie Andrews) es una novicia que no parece adaptarse bien a las reglas del convento, por lo que su superiora (Peggy Wood) le recomienda que lo abandone durante un tiempo y acepte el trabajo como institutriz de los siete hijos de un militar retirado, el capitán von Trapp (Christopher Plummer), viudo desde hace poco tiempo. La casa de los von Trapp funciona como un cuartel, pero María consigue devolver la alegría a los niños y ganarse su respeto y cariño.

El éxito cosechado por  Robert Wise con West Side Story (1961) llevó a la productora a elegirlo para dirigir Sonrisas y lágrimas (1965), basada en el musical de Broadway "The Sound of Music", que se basa a su vez en la historia de la familia von Trapp, que existió en realidad, aunque alterando algunas fechas y sucesos reales. La película, muy del gusto de Hollywood, cosechó nada menos que cinco Oscars (mejor película, director, sonido, banda sonora y montaje) de diez nominaciones y ha quedado como un clásico del género apto para todos los públicos.

La verdad es que, vista hoy en día, la película no ha envejecido demasiado bien. Sigue siendo un bonito espectáculo muy bien elaborado y con algunos números musicales realmente logrados, como la canción de las notas musicales o la del teatro de marionetas, para mí la mejor secuencia con diferencia. Pero si la despejamos de los adornos musicales nos queda muy poca cosa.

Y es que el argumento de Sonrisas y lágrimas no es que sea muy novedoso y mucho menos probable aún es que pueda llegar a sorprendernos. Desde el principio sabemos que María y el capitán acabarán juntos. Hay una segunda mujer en discordia para darle algo más de incertidumbre al desenlace, pero sinceramente no llega a despistarnos ni un solo segundo. Sin embargo, aún teniendo tan poca base argumental, lo peor del film no es su guión, desde mi punto de vista, pues hay muchos otros musicales con una historia tan endeble o más que la que nos ocupa; el principal problema de Sonrisas y lágrimas es su tono tan blandito, tan empalagoso, tan cursi, que debemos a una puesta en escena demasiado estudiada, con sobredosis de paisajes de ensueño, palacios suntuosos, contraluces idílicos, escenarios de cuento de hadas y encuadres de postal. Todo muy bonito, muy perfecto... pero bastante empalagoso.

He de admitir también que me cuesta ser del todo objetivo con esa película debido a la presencia de Julie Andrews, quizá la actriz que más detesto. Su presencia condiciona en parte mi juicio sobre el film, porque me resulta muy complicado admitir que alguien pueda, por ejemplo, enamorarse de ella. Ya en Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964) me costó "aceptarla", pero la magia de la película conseguía que me olvidara en cierta medida del empalagoso reparto. Pero en este caso, con un guión mucho menos logrado y que recuerda un poco al del film de Stevenson, con la figura también de la institutriz, la importancia de los actores cobraba mayor peso en la valoración final. Y ni ella, que se hizo con el papel gracias a su actuación en Mary Poppins precisamente, ni Christopher Plummer, demasiado hierático e inexpresivo, consiguen convencerme en absoluto en sus papeles. Eleanor Parker, sin embargo, me parece más acorde con su personaje. Incluso los niños resultan demasiado relamidos y un poco repelentes. Pero quizá sea injusto achacarlo a los actores que los encarnan y quizá sería más exacto buscar una explicación en la historia y su puesta en escena tan cursi a la que aludíamos antes.

Además, la película cuenta con un exceso de números musicales que alargan el metraje de un modo innecesario. Al final, la película se estira hasta unos ciento setenta y dos minutos que resultan excesivos. Y lo son porque algunas canciones sobran, pues no son demasiado brillantes y entorpencen el ritmo. Y lo son también porque con un argumento tan previsible la historia parece que se estanca en algunas escenas del todo prescindibles. Es cierto que el tema de los nazis ayuda a dinamizar el desenlace y permite retomar el pulso cuando más falta hacía, pero incluso en esos momentos de tensión se corta el ritmo con la actuación de la familia von Trapp en el festival de música. Y no digo que esa escena debiera suprimirse, pero quizá hubiera bastado con una sola canción para darle más agilidad al desenlace.

Con todos estos defectos, es evidente que la película no alcanza el nivel de los grandes clásicos del género. Aún así, gracias a los tres o cuatro números imprescindibles del film (Climb Every Mountain, Do, Re, Mi, Edelweiss y el maravilloso número de marionetas), Sonrisas y lágrimas se ha ganado un puesto en la historia del género, superando sus limitaciones, y sigue siendo un bonito cuento para disfrutar en familia si logramos minimizar los evidentes defectos y nos dejamos llevar a su pequeño universo de color de rosa.

viernes, 28 de diciembre de 2012

La carrera del siglo



Dirección: Blake Edwards.
Guión: Arthur A. Ross (Historia: Blake Edwards).
Música: Henry Mancini.
Fotografía: Russell Harlan.
Reparto: Tony Curtis, Jack Lemmon, Natalie Wood, Peter Falk, Vivian Vance, Keenan Wynn, Arthur O'Connell, Dorothy Provine, Larry Storch.

El Profesor Fate (Jack Lemmon) siente una envidia enfermiza por el Gran Leslie (Tony Curtis), un aventurero dedicado a batir records en varias disciplinas, lo que le lleva a sabotear sus hazañas y a intentar superarlas. Cuando Leslie propone a un fabricante de automóviles organizar una gran carrera para demostrar las excelencias de un coche americano, Fate no duda en construir su propio vehículo para derrotar a Leslie en la competición.

La carrera del siglo (1965) viene a demostrar una vez más el especial talento de Blake Edwards para la comedia. No es que se trate de una comedia sofisticada, ni mucho menos. Edwards es un director más próximo al humor un tanto bruto que al refinamiento de Howard Hawks o Ernst Lubitsch, por ejemplo. Pero incluso para este tipo de entretenimientos no vale cualquier cosa y Edwards demuestra que conoce los mecanismos para hacernos reir con bromas muy elementales pero muy bien llevadas a la pantalla.

La prueba más evidente de las fuentes en que bebe el director está en la dedicatoria de esta película a Stan Laurel y Oliver Hardy y la verdad es que el estilo del cine cómico mudo del primer Hollywood está bastante claro en muchas de las secuencias del film, aunque especialmente en la de la pastelería, una brillante escena que no por previsible deja de estar maravillosamente resuelta. Y es en esta eficacia del director donde reside en gran parte el éxito del film. Porque, bien mirada, la película no es ni especialmente original ni sus bromas son un prodigio. Se trata de situaciones bastante previsibles en su mayoría pero que, a pesar de ello y su sencilla comicidad, nos sacan un risa incluso contra toda lógica. Y es que Blake Edwards sabe filmarlas con absoluta maestría, como dosificarlas, como mantener el ritmo y como sacar el máximo partido de los elementos con los que dispone.

Además, el guión está perfectamente trabajado, creando una historia muy atractiva y especialmente dibujando unos personajes excesivos, más próximos a la caricatura que a otros registros, y que funcionan de maravilla. Además, tiene el acierto de no limitarse exclusivamente a la carrera que está en la base de la historia, sino que sabe aderezarla con temas y tramas secundarias que ayudan a que la película sea más variada y mucho más entretenida. Así se toca el tema de la lucha de las mujeres por la igualdad con los hombres, siempre en clave de humor, y en el que se deja ver una mentalidad no muy liberal que muestra que el tema de la igualdad se veía como una pequeña utopía. También se enriquece el argumento con una subtrama que nos recuerda a El prisionero de Zenda y que Edwards resuelve con brillantez, encajándola de manera perfecta en la historia y haciendo de este inciso uno de los momentos más brillantes de la película.

Y donde se demuestra sin ninguna duda el gran saber hacer del director es al comprobar que los ciento cincuenta minutos del film se pasan volando. En ningún momento tenemos la impresión que sobre ningún fotograma del mismo. Y ésto no es nada sencillo de conseguir y mucho menos en un film de humor. Pero vuelvo a insistir: la clave es un guión muy bien trabajado y el oficio de Blake Edwards en este tipo de propuestas, donde se mueve como pez en el agua, sacando petróleo de pequeñas situaciones de lo más elementales.

Parte indiscutible de la buena marcha de la película reside en el reparto, que vuelve a reunir a los protagonistas masculinos de Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959). Es cierto que Tony Curtis resulta un tanto relamido y no es un actor que me caiga simpático, pero da el tipo de héroe guaperas y su porte estirado y excesivamente pulcro le van como anillo al dedo. Pero los que lo bordan son Peter Falk, famoso poco después por encarnar al detective televisivo Colombo, y en especial Jack Lemmon porque sus dos papeles (el Prosefor Fate y Príncipe Frederick Hoepnick) parecen estar escritos especialmente para él. Con estos personajes, excesivos e histriónicos, puede sobreactuar todo lo que le apetezca sin miedo, pues es lo que se necesita en este caso. Completa el plantel una hermosa Natalie Wood, radiante como nunca.

No es que estemos tampoco ante una obra maestra. Se trata de un film sencillo pero que logra salir airoso de su principal objetivo: hacernos pasar un buen rato y sacarnos unas cuantas risas, lo cuál es de agradecer. La carrera del siglo no tuvo en taquilla demasiado éxito, a pesar de recibir nada menos que cinco nominaciones, aunque se quedó sólo con el Oscar a los mejores efectos de sonido.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Los diez mandamientos



Dirección: Cecil B. DeMille.
Guión: Aeneas MacKenzie, Jesse L. Lasky Jr., Jack Gariss, Fredric M. Frank.
Música: Elmer Bernstein.
Fotografía:Loyal Griggs.
Reparto: Charlton Heston, Yul Brynner, Anne Baxter, Edward G. Robinson, Yvonne De Carlo, Debra Paget, John Derek, Cedric Hardwicke, Nina Foch, Martha Scott, Judith Anderson, Vincent Price.

Siendo un bebé, Moisés (Charlton Heston) es abandonado en el Nilo por su madre para salvarlo de la ira del faraón ante el aviso del nacimiento de un liberador del pueblo hebreo, siendo recogido del río por la hija del faraón, Bithiah (Nina Foch). Ella lo adopta y lo cría en la corte real. Cuando Moisés ya es mayor, se gana el aprecio del faraón Seti (Cedric Hardwicke), hermano de Bithiah, y de la princesa Nefertari (Anne Baxter), lo que disgusta al hijo heredero del faraón, Ramsés (Yul Brynner). Pero Moisés descubrirá su origen hebreo y conocerá a su verdadera familia, lo cual lo lleva a dejar su vida como príncipe y vivir como esclavo como un hebreo más.

Los diez mandamientos (1956) es un clásico del cine religioso. Un monumento a la grandiosidad, la pompa, la solemnidad y el mensaje lanzado sin disimulo. A pesar del paso de los años, que han dejado su huella inevitablemente en un film tan pretencioso como éste, sigue constituyendo un espéctaculo que, al menos una vez en la vida, debe verse.

La película intenta ser la crónica de la vida de Moisés y cómo se convirtió en el liberador del pueblo de Israel, que vivía bajo la esclavitud en Egipto. La verdad es que es un film demasiado aparatoso en su interpretación de la Biblia y ese puede ser el mayor defecto que se le puede achacar: su tono moralizador, su férrea visión de la historia del pueblo hebreo, la imagen de un Dios vengativo, la radicalidad del mensaje, creando una nítida y un tanto infantíl separación de los malos y los buenos, convierten a esta película en una especie de panfleto bíblico de pesada digestión. Cecil B. DeMille nos brinda su perculiar visión de la historia del pueblo judío y no escatima visiones apocalípticas y divinas para reforzar un mensaje en el que al final se puede llegar a confundir la liberación del pueblo hebreo con los valores de la Constitución de los Estados Unidos.

Al seguir tan literalmente el mensaje bíblico, el argumento se resiente a veces de ciertas incongruencias bastante notables y uno no termina de comprender del todo la benevolencica de los egipcios con Josué (John Derek) y el propio Moisés, merecedores de penas mucho más severas según las normas egipcias y que se libran de la muerte sin una convincente justificación. Tema aparte es el de las apariciones divinas a Moisés, pero ello entra lógicamente dentro del planteamiento tan ortodoxo del guión, aunque a mí no dejen de producirle cierta sonrisa incrédula.

Para reforzar el mensaje, visualmente la película es espectacular y aparatosa como sólo Hollywood podía hacer. La grandiosidad de los decorados, la suntuosidad del vestuario, una fotografía llena de colorido y hasta un reparto plagado de grandes nombres del cine de la época aportan el envoltorio perfecto acorde con la solemnidad del discurso. Solamente los efectos especiales denotan las limitaciones tecnológicas de la época. Curiosamente, de las siete nominaciones que recibió en su día la película, solo se llevó el premio por los efectos especiales, espectaculares en aquel entonces. Debemos imaginarnos lo que supuso para el público de la época presenciar escenas como la de las lenguas de fuego esculpiendo las leyes divinas o la separación de las aguas del Mar Rojo, por ejemplo. Y aún hoy en día son secuencias impresionantes, a pesar de la simplicidad y la evidencia de los trucos.

En lo relativo al reparto, como decía está repleto de grandes nombres pero el problema principal es el tono tan aparatoso y pomposo en que deben moverse. Los discursos empalagosos, los gestos grandilocuentes y teatrales para reforzar el mensaje crean unas actuaciones muy poco naturales y nada convincentes. Charlton Heston, un actor con buena presencia pero algo limitado, me resultó demasiado rígido desde el principio, llegando ya al colmo a partir del momento en que recibe la visita divina. Es verdad que su caracterización es muy convincente, pero no así sus poses de iluminado, de una teatralidad excesiva. Más realista en líneas generales me pareció el trabajo de Yul Brynner, si bien en algunos momentos se vuelve también demasiado exagerado, con unas poses un tanto forzadas. En general, todos las actuaciones están un poco en esa línea aparatosa elegida por Cecil B. DeMille para su película y que le sirve también para expresar la maldad de unos o la bondad de los otros de un modo inequívoco. Sólo el gran Edward G. Robinson consigue componer un personaje más natural gracias a su especial talento y su saber hacer. También Anne Baxter me pareció bastante creíble, si bien el maniqueismo del planteamiento de DeMille se ceba especialmente en su personaje.

En cuanto a la dirección de éste, hemos de reconocer que tenía un gran sentido del espectáculo y logra crear secuencias cargadas de grandiosidad y dramatismo que han quedado ya como hitos en la historia del cine. Sin embargo, su estilo se presenta hoy en día como demasiado anticuado, con abuso de escenas filmadas frontalmente, lo que les da cierto aire rígido. Además, su esfuerzo por ofrecernos un espectáculo en toda la extensión de la palabra le lleva a forzar demasiado la situación y, al igual que pasaba con el trabajo de los actores, la película está repleta de escenas demasiado teatrales, planos que parecen cuadros y un tono en general demasiado pretencioso.

Sin embargo, a pesar de sus evidentes defectos y excesos, Los diez mandamientos es ya una película que forma parte de la historia de Hollywood y, como tal, hemos de entenderla como un producto de una época concreta y una mentalidad también un tanto particular, lo que no debería impedirnos disfrutar de un cine grandioso que es parte ya de la memoria histórica del Séptimo Arte.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Hancock



Dirección: Peter Berg.
Guión: Vince Gilligan, Vincent Ngo.
Música: John Powell.
Fotografía: Tobias A. Schliessler.
Reparto: Will Smith, Charlize Theron, Jason Bateman, Eddie Marsan, Daeg Faerch, Darrel Foster, Lauren Hill, Valerie Azlynn, Ron Fassler, Lily Mariye, Kate Clarke.

Hancock (Will Smith) es una especie de superhéroe en horas bajas. Insatisfecho, solitario, insociable y con problemas con la bebida, la gente no lo soporta porque, aunque con sus acciones heroicas consigue salvar muchas vidas, al mismo tiempo provoca auténticas catástrofes.

Hancock (2008) se puede adscribir a esta moda de los últimos tiempos de explotar el mundo de los comics en el cine y, en especial, los relativos a los superhéroes. Sin embargo, el planteamiento inicial es transgresor y pretender jugar con el tema de los superhéroes desde un punto de vista original y en cierta medida novedoso. Y digo en cierta medida porque no es el primer caso de un superhéroe torpe que vemos en la pantalla. Sin ir más lejos, tenemos el ejemplo del El gran héroe americano, la serie norteamericana de principios de los años ochenta. En este caso, sin embargo, Hancock no es un principiante en esto de los superpoderes, sino más bien un héroe deprimido y desencantado.

Aún así, estaba claro desde el principio que Hancock no pasaba de ser un mero pasatiempo que buscaba, eso sí, descaradamente el éxito taquillero a base de un reparto puntero y una puesta en escena que no escatima esfuerzos ni medios. Y por aquí es por donde el film comienza a perder credibilidad: un guión tan ridículo como el de esta película sólo puede mantenerse en pie a base de no tomarse nada en serio. Y no es este el caso. Peter Berg se debe pensar que tiene una gran historia entre manos y en lugar de potenciar el buen humor y la parodia se pone en plan dramático y es ahí cuando se vuelve insoportable.

Para empezar, nos presenta a un Hancock deprimente, demasiado agresivo y frustado y nos cae mal casi desde el primer minuto. Pero es que, para colmo de males, el guión pega un giro inesperado a mitad de la película sacándose de la manga a una modosita mujer, Mary (Charlize Theron), que también tiene superpoderes y creando una extraña historia sobre el origen y el devenir de una raza de superhéroes a lo largo de la historia y de la que Hancock y Mary son los últimos supervivientes. Es entonces cuando Hancock deriva decididamente hacia el drama con pretensiones de un modo tan descarado como ineficaz. Y es que ya me resultaba muy difícil tomarme en serio el argumento cuando era una especie de cuento chino espectacular a base de golpes y persecuciones, pero cuando se intenta explicar lo inexplicable y darle un toque sentimental al asunto la cosa ya no tiene por donde cogerse.

Para colmo de males, las explicaciones son superficiales y apresuradas, tan simples que suenan a tomadura de pelo. Encima, el director es incapaz de evitar el recurso a las trampas, haciéndonos temer la muerte no sólo de uno, sino de ambos superhéroes para luego, con el típico giro argumental repentino, salvarlos a ambos milagrosamente y ofrecernos el mejor de los finales posibles. Lamentable.

Lo único que se salva de este desastre es el bueno de Will Smith, que demuestra que es un actor que puede con todo y lo hace todo bien, y la hermosa Charlize Theron, maravillosa en cada plano, bella y sexy a más no poder. Peter Berg, conocedor de ese potencial, sabe sacarle partido con un vestuario insinuante que realza la fotogenia de esta mujer.

Sin embargo, a la hora de dirigir este film, Berg sólo demuestra que domina el truco de mover la cámara a lo loco hasta marearnos para dinamizar las escenas de acción y crear un supuesto torbellino que nos deje sin respiración. Más bien nos deja agotados al intentar seguir los movimientos alocados de la cámara, la sobredosis de efectos especiales y las explosiones sin fin.

Definitivamente, Hancock es un film para olvidar en cuanto se acaba. Si se hubiera reído de sí mismo, aún podría haber tenido una justificación, pero tantas pretensiones con un argumento tan raquítico resultan intolerables.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Ascensor para el cadalso



Dirección: Louis Malle.
Guión: Louis Malle & Roger Nimier (Novela: Noël Calef).
Música: Miles Davis.
Fotografía:Henri Decae (B&W).
Reparto: Maurice Ronet, Jeanne Moreau, Georges Poujouly, Lino Ventura, Yori Bertin, Elga Andersen, Ivan Petrovich, Jean Wall.

Julien Tavernier (Maurice Ronet), héroe de la guerra de Indochina, trabaja para el industrial Simon Carala (Jean Wall) y es el amante de su esposa Florence (Jeanne Moreau). Para poder vivir juntos, los amantes deciden matar al marido de modo que parezca un suicidio, pero ocurre algo que no estaba previsto.

Ascensor para el cadalso (1957) es el primer trabajo en solitario como director de Louis Malle y fue un film que influyó mucho en la Nouvelle Vague merced al estilo de Malle, como sacar la cámara a la calle y dotarla de gran movilidad, lo que se aprecia en las escenas de Jeanne Moreau deambulando por París.

El punto de partida de la película resulta muy interesante: dos amantes han planeado el crimen perfecto para poder ser felices juntos al fin. Sin embargo, un pequeño error de Julien va a desencadenar una serie de casualidades que darán al traste con los planes de los amantes. El detalle de Julien preso en el ascensor es tremendamente inteligente y abre, para el espectador, todo un abanico de expectativas. Y es que creo que el guión plantea una intriga muy bien pensada, inteligente y muy impredecible. Sin duda, ese es el punto fuerte de un film en el que el director rendía homenage a Alfred Hitchcock con una historia que muy bien hubiera podido filmar el maestro inglés. El resultado, evidentemente, en cuanto a film de intriga, dista mucho del nivel de Hitchcock.

Sin embargo, un guión que había arrancado de un modo muy prometedor comienza a fallar con la aparición en escena de la pareja Louis (Georges Poujouly) y Véronique (Yori Bertin). El que se lleven el coche de Julien ya resulta un tanto extraño, pero lo que sigue es mucho menos creíble aún. Puede que parte del problema es que son dos personajes que no terminan de estar del todo bien definidos, pero aún así, sus acciones resultan extrañas y más aún su comportamiento tras el asesinato de los alemanes y cómo deciden suicidarse como quién decide tomarse un café. También es posible que estos personajes tengan el comportamiento que quería Malle que tuvieran. Una elección personal para crear dos personajes alocados e irreflexivos dentro de un planteamiento, para mi gusto, excesivamente intelectual. Aún así, y entendiendo la necesidad de estos personajes para poder crear ese juego de casualidades y malos entendidos que domina la película, tengo que reconocer que son la causa de que la historia no sea todo lo buena que yo hubiera deseado y que parecía prometer el comienzo de la película.

Aunque a decir verdad, no es sólo el comportamiento de Louis y Véronique el que resulta extraño. El personaje de Florence también tiene sus curiosidades. Tal vez sea debido al paso de los años, pero tanto el personaje como la interpretación de Jeanne Moreau me resultaron bastante artificiales. Sus monólogos, su deambular solitario siempre con una extraña actitud, sus frases lapidarias, sus poses... todo ello parecía sacado de una pieza de teatro de mala calidad. Y es que en general, me pareció que las actuaciones eran muy poco convincentes, demasiado exageradas en sus gestos y en las reacciones y no solo por parte de Jeanne Moreau, sino de todo el reparto por igual.

Con ello llegamos a otro aspecto de Ascensor para el cadalso y es que es un film que no resulta natural: ni las interpretaciones, ni el desarrollo de la historia, ni los personajes mismos terminan de resultar convincentes. El argumento se complica a base de situaciones un tanto forzadas que no resultan creíbles. Es por aquí que la historia va perdiendo puntos y a pesar de sus virtudes, su hermosa fotografía o la buena banda sonora a cargo de Miles Davis, acabamos teniendo la sensación de que es un film fallido, al menos en lo esencial, en la verosimilitud de lo que se nos cuenta.

Sin embargo, para ser el primer largometraje de Malle, que tenía tan solo veinticinco años cuando lo dirigió, la película resulta bastante entretenida, con una buena dosis de originalidad en cuanto al planteamiento y que consigue engancharnos, porque no sabemos en ningún momento el giro que puden tomar los acontecimientos. Y si quitamos cierta pedantería en la manera de expresar los sentimientos por parte de Florence, el film convina con éxito el thriller con la introspección en su idealización de su amante, con un romanticismo dramático casi marcado por un destino implacable.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Rain Man



Dirección: Barry Levinson.
Guión: Ronald Bass, Barry Morrow.
Música: Hans Zimmer.
Fotografía: John Seale.
Reparto: Dustin Hoffman, Tom Cruise, Valeria Golino, Bonnie Hunt, Gerald R. Molen, Jack Murdock, Michel D. Roberts, Ralph Seymour, Lucinda Jenney, Kim Robillard, Beth Grant.

Charlie Babbitt (Tom Cruise), un joven empresario que está pasando por serios apuros financieros, se entera de pronto que su padre, con quién no mantenía relaciones desde hacía muchos años, ha muerto y ha dejado una herencia de tres millones de dólares que deberá administrar una institución médica. Intrigado, va allí para conocer más detalles sobra la misma y descubre que es el hogar de su hermano mayor Raymond (Dustin Hoffman), un autista del que desconocía su existencia.

El guión de esta película estuvo dando tumbos sin que nadie se atreviera a llevarlo a la gran pantalla. Finalmente, Barry Levinson tomó la decisión de filmar esta tierna historia en contra del parecer de mucha gente, incluidos Hoffman y Cruise, que no tenían demasiada fe en el proyecto. La verdad es que el guión resulta poco menos que simplista y no parece que pueda convertirse en una gran película. Pero este tipo de historias parece que gozan de cierta aceptación en Hollywood y el resultado fue que Rain Man (1988) se hizo nada menos que con cuatro Oscars, y no precisamente de los menores. Logró llevarse el premio a la mejor película, mejor director, mejor actor para Dustin Hoffman y mejor guión original, amén de otras cuatro nominaciones más.

Sinceramente, tal recompensa me parece a todas luces excesiva. Para empezar, Rain Man es un film demasiado simple, tanto por su guión como por su desarrollo. Básicamente se trata del viaje que hacen juntos un joven egoista y sin muchos escrúpulos y su hermano autista,  al que se lleva de la residencia donde vive para intentar hacerse con parte de una suculenta herencia. Durante dicho viaje a través de Estados Unidos, el primero irá conociendo mejor a su hermano y, al tiempo que se encariña con él, aprenderá a ser mejor persona. Un bonito cuento, como se ve, pero carente de demasiado interés y agravado por un desarrollo bastante plano, previsible, algo repetitivo y con muy poca originalidad a la hora de desarrollar los personajes, las situaciones y los diálogos. Si despojáramos a esta película de su hermoso ropaje y de su pareja de estrellas estaríamos hablando de un drama cercano a los folletines y más típico de la Serie B que de los Oscars.

Pero también es verdad que si argumentalmente se trata de una historia menor, Rain Man es una película de una hechura impecable, un trabajo muy bien planificado para que resulte atractivo, vistoso y con esos toques de emoción que tan bien funcionan.

Por una parte, la película cuenta con una fotografía espléndida que nos brinda algunas escenas de postal, como la carretera bordeada de árboles junto a la residencia o los preciosos paisajes que vamos viendo mientras los hermanos cruzan el país en su descapotable. Si a ello sumamos una hermosa banda sonora ya tenemos la envoltura perfecta. Sólo queda un detalle para redondear la faena: los actores principales. Y de nuevo Levinson consigue el pleno. Por un lado, tenemos al gran Dustin Hoffman en uno de esos papeles que te convierten en candidato seguro para el Oscar. Y Hoffman es muy bueno y en esta película está sencillamente espléndido. Logra componer un personaje absolutamente convincente y no cae nunca en la sobreactuación. Su premio me parece absolutamente merecido. Pero la gran sorpresa me llegó con el trabajo de Tom Cruise, un actor que me cae antipático y al que nunca conseguí creerme. Pero en esta ocasión, y no sé el motivo, me parece que hace un gran trabajo, comedido, sereno y muy creíble.

La historia de los Oscars está llena de curiosidades, películas increíbles que se quedaron sin recompensa y otras que, como ésta, se llevan cuatro estatuillas no se sabe bien por qué. No digo que Rain Man sea una mala película, ni mucho menos, pero evidentemente presenta algunas carencias evidentes y solamente por el gran trabajo de los protagonistas o su elegante envoltorio no quedan justificados los premios recibidos. Se deja ver con agrado, aborda un tema delicado con elegancia, pero no deja de ser un producto un tanto banal, muy previsible y sin verdadera inspiración.

El portero de noche



Dirección: Liliana Cavani.
Guión: Liliana Cavani & Italo Moscati.
Música: Danièle Paris.
Fotografía: Alfio Contini.
Reparto: Charlotte Rampling, Dirk Bogarde, Philippe Leroy, Gabriele Ferzetti, Piero Vidal, Nora Ricci, Isa Miranda, Giuseppe Addobbati.

Viena, 1957. Una mujer judía, esposa de un director de orquesta, reconoce en el portero del hotel en el que se aloja al oficial nazi que, en un campo de concentración, la había utilizado como objeto sexual en una tortuosa relación sadomasoquista.

El portero de noche (1973) es la película más conocida y polémica de Liliana Cavani, una directora con una muy breve producción que no hubiera pasado a la historia del cine de no ser por este film. El portero de noche se ganó su sitio en esta historia a raíz del espinoso tema que trata y también por el recurso a un erotismo un tanto cutre pero que en su época resultaba bastante novedoso. El revuelo que provocó en su estreno fue mayúsculo, uniéndose a esa corriente que ve la luz en esos años y que dio lugar a películas como El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972). Sin embargo, reducir El portero de noche a mero film erótico, comparándolo con Emmanuelle (Just Jaeckin, 1974), por ejemplo, creo que es injusto e inexacto. Es verdad que Liliana Cavani recurre a escenas eróticas en su película, pero el mensaje que quiere comunicarnos creo que es otro.

Lo que plantea la película, y donde reside su mayor problemática, es la relación entre un verdugo y su víctima con el telón de fondo del nazismo. Max (Dirk Bogarde), un oficial nazi, se encapricha de una de sus prisioneras, Lucía (Charlotte Rampling), y establece una extraña relación con ella basada en el miedo, la sumisión y el sadomasoquismo. Una vez terminada la guerra, sus destinos se separan hasta el día en que el azar los vuelve a reunir. Cuando lo esperado sería el odio o la repulsa de Lucía hacia él, lo que sucede es que se reanuda la relación entre ambos. Él ama a esa mujer que fue suya por completo cuando era una chiquilla, ella siente una especie de enfermiza atracción hacia su guardián.

Esta relación es el eje de la película. Es complicado entenderla y también aceptarla. Y más cuando la directora tampoco se toma muchas molestias en explicarla. Movida por el efectismo y cierta pendantería, Liliana Cavani construye una historia que escarba en las miserias humanas y que intenta adornar a base de provocación, morbo y una bella banda sonora que no termina de encajar, sin embargo, con el tono algo cutre de la cinta. Pero esta crítica no implicar el negar que la propuesta parece intentar ir más allá de un film erótico al uso. El problema es que hoy en día ya no es una película que pueda escandalizarnos por lo que, desprovista de su carga erótica, nos quedamos solo frente a un argumento que parece muy limitado, una puesta en escena no muy brillante y una duración a todas luces excesiva.

Y también, aunque esto ya es una cuestión más personal, está una estética de dudoso buen gusto, con algunas escenas en que se recurre a clichés eróticos de dudosa eficacia que con el paso de los años muestran toda su vacuidad.

Mención aparte merece el trabajo de Dirk Bogarde y Charlotte Rampling. Sin duda ambos son lo mejor de El portero de noche. Del primero tenemos muchos ejemplos de su especial talento y aunque no es ésta la mejor interpretación de su carrera, sí que aporta a su personaje un extraño magnetismo y una indefinición que nos mantiene alerta siempre. La sorpresa me vino de la mano de la bella Charlotte, mucho más versátil de lo esperado y dándole a su personaje unos matices muy interesantes. Por contra, el resto del reparto resulta bastante gris y deja una muy mala sensación en general.

El portero de noche es una película curiosa: ni es tan simple como para reducirla a un film erótico sin más, ni tampoco es tan profunda como su directora parece pretender hacernos creer. Desde mi punto de vista, es un film oportunista que se aprovecha del aperturismo y permisividad de la época para ofrecer un cóctel pseudointelectual y erótico con más pretensiones que resultados. Es un film que termina haciéndose interminable, demasiado repetitivo, pretencioso y algo cutre. Como decía antes, sin el escándalo de su momento, se nos queda en muy poquita cosa.

Secretos compartidos



Director: Ben Younger.
Guión: Ben Younger.
Música: Ryan Shore.
Fotografía: William Rexer.
Reparto: Meryl Streep, Uma Thurman, Bryan Greenberg, Jon Abrahams, Adriana Biasi, David Younger, Palmer Brown, Zak Orth.

La vida de Rafi (Uma Thurman), una divorciada de 37 años de Manhattan, da un vuelco cuando empieza a salir con un pintor mucho más joven que ella. A pesar de la atracción que siente por él, la diferencia de edad le plantea dudas que la llevan a buscar el consejo de su psicoanalista Lisa Metzger(Meryl Streep). La cosa se complica cuando ésta descubra que el joven con el que sale Rafi es su hijo David (Bryan Greenberg).

Secretos compartidos (2005) es fácil que nos recuerde a Woody Allen: Manhattan, una familia judía, conflictos personales, terapias,... y no comento ésto como un defecto, ni mucho menos. La película es inteligente y tiene su propia personalidad. Pero básicamente, por su temática, nos hará pensar en el gran Allen. Sin embargo, no logra el nivel de Annie Hall (1977) o Manhattan (1979). Y tampoco podemos pedirle eso. Sería injusto. A su nivel, sin embargo, es una buena película. Tiene sus pequeños defectos, pero en general funciona convincentemente.

Para empezar, me ha gustado mucho el guión. No es que sea un derroche de originalidad, pero está bien hilvanado y posee unos diálogos de un tono bastante elevado y por momentos incluso brillantes. Además, se toma en serio su historia y eso resulta crucial en el desarrollo de la película. Es cierto que podemos calificarla de comedia, pero sin que esa orientación sea demasiado descarada. De hecho, el film va ganado en hondura y se va tornando más dramático conforme avanzamos en él. No es que termine siendo tristón o lacrimógeno, pero va dejando las bromas en un segundo plano. A eso me refería cuando decía que se tomaba la historia en serio. Y eso me gustó. Otras comedias románticas se basan en recurrir a constantes salidas de tono, a plantear situaciones normales para después transformalas en ridículas o anómalas. Es un camino tan válido quizá como el de Secretos compartidos, pero a mí me ha llenado más la propuesta de esta última. Y lo ha hecho porque al final nos creemos lo que nos cuenta, y por eso lo vivimos con más hondura. Dentro del tono de comedia, la historia nos habla de un amor imposible por barreras como la edad o la religión; del dilema de una madre entre sus convicciones personales y las profesionales. Y todo ello a través de tres personajes muy bien construidos: nada de excentricidades, son personales corrientes que se deben enfrentar al tema universal que rige nuestras vidas, el amor.

Además, dentro de ese planteamiento serio, el film huye de cualquier extremo. Ni se toma las relaciones personales a broma ni tampoco las convierte en un drama insuperable. Adopta un punto de vista normal, a la altura de unos personajes con sus miedos y sus defectos, pero con un cierto nivel cultural y de maduración personal. Y la verdad es que es enfoque que funciona y me parece muy convincente.

Pero no pensemos que Secretos compartidos está exenta de fallos. Quizá el más evidente es que se trata, en esencia, del típico esquema de las comedias románticas: una pareja que se enamora, que después se distancia y al final termina reconciliándose o rompiendo, pues el final puede terner estas dos variantes principales. Con ello, la historia enseguida se nos hace familiar y bastante predecible. Además, la película en su virtud lleva también su pecado. Me refiero a que el guión es detallista, se toma su tiempo a la hora de contarnos la relación de Rafi y David y de ambos con Lisa y eso hace que el film se alargue quizá un poco más de lo que hubiera sido aconsejable. A mitad del film se nota un pequeño bajón y podemos tener la sensación que sobran algunas escenas. La culpa, si se puede llamar así, resida tal vez en un ritmo pausado y en que no siempre el guión logra sorprendernos con la misma gracia o intensidad de determinados momentos.

Pero eso sí, el desenlace me resultó especialmente elegante. Se evita deliberadamente el tono dramático y la ruptura se nos presenta una vez consumada. Pero no hay reproches ni dolor, sino una complicidad tierna. Estamos ante un hermoso final, moralista en su justa medida, pero elegante y que funciona como estaba previsto, pues no nos deja mal sabor de boca, sólo la constatación de que la vida es así. Punto.

En lo que sí que Secretos compartidos resulta perfecta es en cuanto al reparto. Poder contar con Meryl Streep sin duda no tiene precio. Es maravilloso poder disfrutar de su trabajo, natural, directo, con pequeños matices aquí y allá. Descubrí un deleite especial en ir siguiendo sus gestos, viendo la maravillosa manera que tiene de emocionarse, de llorar, y de contagiarnos al instante toda la ternura del mundo con una mirada. Resulta complicado tener que compartir plano con una actriz así y, sin embargo, Uma Thurman no solo aguanta con clase, sino que consigue también unos registros asombrosos. Interpreta a una mujer madura, pero a la vez la sentimos frágil, tierna y vulnerable y la felicidad que destila su cara cuando se enamora es deslumbrante. Bryan Greenberg es el tercero en discordia y me parece que su trabajo, sin llegar al nivel de sus compañeras, es también muy convincente. Tiene aplomo, tiene una agradable presencia y consiguió meterse en su papel y convencernos de su inexperiencia y sus torpezas. La escena en el ascensor me pareció preciosa.

Así que creo que estamos ante una muy buena comedia, bien planteada, con un enredo creíble y bastante original que da lugar a momentos muy divertidos al comienzo de la relación y donde se mantiene un muy buen equilibrio entre el tono ligero, el romántico y el drama hasta conseguir una hermosa historia bastante conmovedora.

martes, 18 de diciembre de 2012

La extraña pareja



Dirección: Gene Saks.
Guión: Neil Simon.
Música: Neal Hefti.
Fotografía: Robert B. Hauser.
Reparto: Jack Lemmon, Walter Matthau, John Fiedler, Herb Edelman, David Sheiner, Larry Haines, Monica Evans, Carole Shelley, Iris Adrian.

Felix Under (Jack Lemmon) está desesperado después de romper con su mujer tras doce años de matrimonio. Vaga por las calles con la idea de acabar con su vida y, finalmente, acude a casa de su amigo Oscar Madison (Walter Matthau) donde, como todos los viernes, se celebra la partida de poker de sus amigos.

La extraña pareja (1968) supuso la segunda colaboración de Jack Lemmon y Walter Matthau, tras En bandeja de plata (Billy Wilder, 1966), y la consolidó a esta pareja como una de las mejores en el género de la comedia.

La película está basada en la pieza teatral homónima de Neil Simon. Este origen resulta bastante evidente viendo el film, aunque también es cierto que Gene Saks logra darle un tratamiento acertado, con algunas secuencias fuera del apartamento de Oscar que dinamizan la película. Pero es en el excelente guión de Neil Simon donde reside gran parte del éxito de la misma. Cuando hoy en día la tendencia es hacer comedias basadas en el chiste fácil, es gratificante reencontrarse con una historia hecha con seriedad, rigor e inteligencia. La película está repleta de situaciones geniales, muy buenos diálogos que siempre nos sorprenden por donde menos lo esperamos, gags geniales y una astuta interpretación de los problemas de pareja, extrapolándolos a la convivencia de dos amigos que terminan pareciendo un matrimonio. Da gusto poder reirse a carcajadas con chistes inteligentes para variar.

Y, naturalmente, la otra gran baza de La extraña pareja es la presencia de Lemmon y Matthau. Su trabajo es impresionante y la química entre ambos perfecta. Puede que Jack Lemmon exagere un poco las tintas, en especial con sus problemas físicos, como en la secuencia del café donde quizá se exceda un poco, pero es difícil imaginarse a otro actor encarnando tan bien a un cocinitas tan meticuloso como exasperante y que terminará volviendo loco a su mejor amigo Oscar, que no puede ser más opuesto a Felix. Oscar es vago, sucio, derrochador, irresponsable y vividor y en la piel de Walter Matthau resulta terriblemente brillante. Matthau se muestra mucho más contenido que Jack Lemmon en su trabajo, a veces basando su encanto y su eficacia en un cierto hieratismo, pero que funciona perfectamente, más incluso que el trabajo de Lemmon desde mi punto de vista.

Y si bien es cierto que la película recae casi por completo en la pareja Jack Lemmon-Walter Matthau, también es verdad que John Fiedler, Herb Edelman, David Sheiner y Larry Haines aportan su pequeño o gran granito de arena, según se mire, y componen un grupo de amigos bastante divertido, cada uno con una personalidad bien definida a base de un os pequeños detalles muy precisos. Monica Evans y Carole Shelley completan el reparto dando vida de manera muy graciosa a las charlatanas vecinas de Oscar.

El problema de muchas comedias de poco pelo es que carecen de una base sólida y recurren a lo absurdo sistemáticamente renunciando a cierta coherencia siempre necesaria. Pero La extraña pareja funciona porque parte de situaciones reales y cotidianas, pero sabiendo extraer de ellas la vertiente más graciosa; sabe jugar con los problemas de la convivencia humana, ya sea la de un matrimonio o una pareja de amigos. Es lógico que las situaciones se exageren, pues en ello se basa la comicidad pero, bien mirado, se trata de situaciones que son perfectamente identificables y tras la capa de buen humor hay un transfondo serio reconocible por todos: el problema de las relaciones personales, la crisis matrimonial y la convivencia.

Gracias a esta soberbia interpretación, este dúo de actores se consolidó como garantía de éxito y siguieron apareciendo juntos en varias comedias posteriores, incluída una tardía continuación de este film con La extraña pareja, otra vez  (Howard Deutch, 1998), de nuevo con guión de Neil Simon.

Un placer poder disfrutar de comedias tan bien trabajadas y tan divertidas como esta que ya se ha convertido en un clásico del género y que sigue tan fresca y divertida ahora como en el momento de su estreno.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Río sin retorno



Dirección: Otto Preminger.
Guión: Frank Fenton.
Música: Cyril J. Mockridge.
Fotografía: Joseph LaShelle.
Reparto: Robert Mitchum, Marilyn Monroe, Rory Calhoun, Tommy Rettig, Murvyn Vye, Douglas Spencer.

Matt Calder (Robert Mitchum), recién salido de la cárcel, va a un campamento minero en busca de su hijo de nueve años Mark (Tommy Rettig), que se ha hecho amigo de una hermosa mujer, Kay Weston (Marilyn Monroe), cantante de saloon. Matt se marcha con su hijo a explotar una pequeña granja y allí llegan, por casualidad, Kay y su novio Harry Weston (Rory Calhoun), un jugador tramposo que ha ganado una mina a las cartas y desea registrar la propiedad cuanto antes en Council City.

Río sin retorno (1954) fue un proyecto en el que tanto el director como Marilyn se vieron obligados a participar contra su voluntad por imperativos contractuales. Ambos tenían serias dudas acerca del guión y la verdad es que la historia es bastante simple y no da para mucho. También se nota que el western no es el género en que mejor se desenvolvía Otto Preminger. De hecho, éste es el único que filma en toda su carrera y su falta de pericia es más que patente en las escasas escenas de acción. El ataque de los indios a la balsa es bastante pobre y hasta resulta grotesco en algunos momentos concretos.

Pero si como western Río sin retorno es bastante penoso, no lo es tanto en otros aspectos. Para empezar, la película cuenta con una espléndida fotografía de Joseph LaShelle que se recrea en unos paisajes espectaculares de Alberta (Canadá). Y es que el film tenía que servir para difundir y explotar el novedoso CinemaScope y la verdad es visualmente la película contiene escenas muy hermosas.

Y si bien es verdad que Preminger no destaca en absoluto en las escenas típicas de los westerns, sí que lo hace a la hora de mostrarnos la relación entre Matt y Kay. La tensión que existe desde el principio entre ambos, que adivinamos esconde una mutua atracción, está magníficamente llevada por el director. Cuenta, eso sí, con la inestimable ayuda que le proporciona el gran trabajo de Robert Mitchum y de Marilyn Monroe, que deja de lado sus papeles más ligeros de rubia tonta para mostrarnos su talento como actriz dramática. Además, podemos disfrutar de algunas escenas donde el CinemaScope y algunas veladas insinuaciones revelan toda su belleza. Y es que hay que rendirse al tremendo atractivo de esta mujer que llenaba la pantalla y parecía estar iluminada con una luz diferente a la del resto de actores. Marilyn brilla con una sensualidad especial en esta película y algunas escenas resultan bastante sugerentes, como la de los masajes de Matt para que Kay entre en calor o aquella otra en que Matt lucha con ella para lograr besarla y que posee una carga erótica tremenda.

El film también aborda las relaciones entre un padre que apenas conoce a su hijo y debe reconstruir su relación desde cero. Y en ese camino aparece de pronto un tremendo escollo: el hijo descubre una acción desonrosa del padre que agrieta su confianza. Esta relación padre-hijo me parece bastante interesante y que hubiera podido dar mucho juego, pero me temo que el guión tampoco logró sacar todo el provecho a la misma y al final la relación se queda en bastante poca cosa, sin llegar a adquirir un gran peso en la historia salvo en el desenlace final.

Lo que sí que se salva son los diálogos, bastante buenos desde mi punto de vista, y que logran mitigar la falta de emoción y de acción de la cinta. Y es que la historia se limita casi exclusivamente al viaje por el río de los protagonistas, lo que termina pasando factura al ritmo y haciendo que Río sin retorno caiga en una repetición que no logran salvar los intermedios que suponen las paradas en tierra de los protagonistas, utilizadas para aderezar el viaje de algunos pequeños incidentes menores que intentan dar cierta variedad a la película pero que, salvo muy contadas ocasiones, no logran sacar al film de su tono gris. Y es que algunos de estos episodios parecen contados de un modo un tanto precipitado y no terminan de forman un conjunto sólido; se quedan casi como pequeños incisos funcionales para romper la monotonía del viaje por el río.

Para colmo de males, encuentro que el desenlace es bastante cruel, moralista e innecesario. Que para que el hijo perdone a su padre tenga que cometer el mismo error me pareció bastante injusto. Además, resultó un tanto precipitado y casi forzado para que pudiéramos llegar a un final feliz que estaba bastante cantado de antemano.

Río sin retorno no pasa, para mi, de un mero aprobado. Pero eso sí, sin duda hará las delicias de los admiradores de Marilyn, tan sensual, o incluso más, que en sus películas más célebres.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Zabriskie Point



Dirección: Michelangelo Antonioni.
Guión: Michelangelo Antonioni, Tonino Guerra, Clare Peploe, Fred Gardner, Sam Shepard.
Música: Pink Floyd.
Fotografía: Alfio Contini.
Reparto: Mark Frechette, Daria Halprin, Rod Taylor, Paul Fix, GD Spradlin, Kathleen Cleaver.

En medio de los enfrentamientos en un campus universitario entre estudiantes y policías, el joven Mark (Mark Frechette) acude a un edificio universitario donde la policía ha cercado a un grupo de huelguistas. Un policía resulta abatido por un disparo y todo parece apuntar a Mark como el autor del mismo por lo que éste roba una avioneta y huye al desierto de Mojave. Allí se encuentra de un modo fortuito con Daria (Daria Halprin), una muchacha que trabaja para un director de un importante proyecto inmobiliario y que está cruzando el desierto en automóvil para asistir a una reunión de negocios.

Zabriskie Point (1970) es la segunda de las tres películas en inglés del director, tras la exitosa Blow-Up (1966). Sin embargo, en esta ocasión la película no tuvo éxito. Zabriskie Point fue zarandeada por la crítica y supuso un rotundo fracaso en taquilla.

La verdad es que es un film cuando menos extraño y decididamente no es un producto para el público en general. Se trata de un film adscrito a una corriente y a una época muy concretas y no es sencillo de analizar porque se escapa a las normas más clásicas de hacer cine a que estamos acostumbrados.

Para comenzar, choca encontrarnos con una película que necesitó de cuatro guionistas cuando el argumento se puede resumir en un par de líneas. En realidad, más que un film que nos cuente algo concreto, yo terminé enfocándolo como un ejercicio de estilo por parte del director. Y la verdad es que si lo vemos desde esta perspectiva la película cobra otra dimensión. No todo en ella me ha gustado, pues es demasiado deudora, estéticamente, de su momento y el juego de la cámara con primeros planos, desenfoques y encuadres atípicos no termina de encantarme. Soy más partidario de una dirección más discreta y menos efectista. Pero he de reconocer que la parte en que se encuentran los dos protagonistas en el desierto te va cautivando a su manera, gracias a la hermosura de los paisajes, la jovialidad de Daria Halprin y un espacio narrativo menos alocado. No se si era la intención de Antonioni, pero esa parte del film me transmitió un soplo de libertad, de felicidad, de reencuentro del hombre consigo mismo en medio de la soledad del desierto.

El resto de mensajes que pudiera tener Zabriskie Point no han llegado tan claramente. Está claro que la película aborda el tema de la juventud rebolucionaria, pero no deja de ser una mirada bastante breve y superficial. También se toca el tema de la especulación inmobiliaria pero, de la misma manera que antes, se queda en un mero enunciado que tampoco adquiere mucho protagonismo. Hay alusiones de pasada al amor libre, escenificado un tanto toscamente en una de las secuencias más provocativas del film, al desencanto de los jóvenes, a la esperanza de crear un mundo mejor... Sin embargo, todo ello parece quedar un tanto relegado por las formas, de modo que volvemos al punto de partida: el film parece más un ejercicio de estilo que otra cosa, una especie de juego de imágenes y música donde el argumento pasa a tener un valor algo secundario. Las secuencias de la explosión final, repetidas hasta el aburrimiento, parecen ahondar en esta interpretación.

En cuanto a Mark Frechette y Daria Halprin, se trata de dos debutantes en el cine. Antonioni no deseaba a actores profesionales para estos papeles y, aunque el trabajo de ambos resulte correcto, es evidente que se notan sus limitaciones.

Zabriskie Point, que toma el nombre del mirador donde se detienen los protagonistas en el desierto de Mojave, se ha quedado en la historia del cine como un producto muy específico de su época, un intento de hacer un film original pero que no resulta del todo logrado. Y es que la búsqueda de nuevos caminos, siendo loable en sí misma, no justifica ni avala cualquier cosa que nazca de la misma. Aún así, la película tampoco es merecedora de unas críticas tan devastadoras como las que sufrió en su estreno.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Beautiful Girls



Dirección: Ted Demme.
Guión: Scott Rosenberg.
Música: David A. Stewart.
Fotografía:Adam Kimmel.
Reparto: Timothy Hutton, Uma Thurman, Matt Dillon, Natalie Portman, Mira Sorvino, Lauren Holly, Rosie O'Donnell, Michael Rapaport, David Arquette, Martha Plimpton, Noah Emmerich, Annabeth Gish, Max Perlich, Pruitt Taylor Vince.

Para asistir a una reunión de antiguos alumnos del instituto, Willie Conway (Timothy Hutton), un joven de veintinueve años, regresa a su hogar en la pequeña ciudad de Knights Ridge. Allí se reencuentra con sus antiguos amigos y su familia, lo que le lleva a reflexionar sobre su vida, su futuro e incluso sobre su relación con su novia Tracy (Annabeth Gish).

Beautiful Girls (1996) es, de entrada, un film sumamente atractivo, pues aborda los problemas personales de un grupo de amigos que están dejando atrás sus años de juventud. Tiene pues un campo muy extenso delante de sí. El riesgo de este tipo de películas son las expectativas que puede despertar en nosotros y ver si las defrauda o no. Porque los años de juventud, cuando uno está lleno de sueños, dejan una huella muy honda en todos nosotros y a veces queremos que una obra, sea libro o película, sea capaz de recordarnos esa época y emocionarnos de nuevo.

Siendo sinceros, Beautiful Girls cumple con cierta nota el intento. La verdad es que si el guión es un poco inteligente, y el de Scott Rosenberg lo es, el film ya tiene mucho ganado porque, inevitablemente, si los personajes son atractivos, la historia está bien contada y dosifica bien el tono ligero con el drama, nosotros nos vamos a poner de su parte casi inmediatamente. Y en Beautiful Girls se dan esas circunstancias.

Para empezar, Ted Demme se toma en serio su trabajo y se dedica a poner en marcha el film de una manera realmente acertada. Con un ritmo tranquilo, que invita a la reflexión y a disfrutar con los pequeños cuadros que van hilvanado la historia; con unos acertados diálogos que, sin ser brillantes, sí que resultan sinceros; dejando que vayamos conociendo a cada uno de los protagonistas, especialmente a los masculinos, sobre los que gira básicamente la historia; éste es sin duda un gran acierto porque nos muestra diferentes maneras de enfrentar la vida, diferentes grados de felicidad o fracaso y ahí es difícil que el espectador no encuentre una referencia con su propia experiencia, lo que ayuda enormemente a implicarse en la película. También creo que Demme acierta al no enfatizar demasiado las cosas. El riesgo residía en dejarse llevar por la emoción y cargar quizá las tintas en algunos momentos o con algunos personajes. Ese riesgo es evidente con la figura de Paul Kirkwood (Michael Rapaport), el novio celoso de que su chica salga con un carnicero; pero al final la cosa no pasa a mayores. La película se mantiene en el tono correcto, de la moderación y el buen gusto, incluso con la escena de la pelea. No se trata de crear un drama tremendo, sino más bien de llevar la historia al terreno de la nostalgia y dejar las puertas abiertas a la esperanza con un final que deje a todos más o menos satisfechos. Y eso que el desenlace, o los desenlaces de los protagonistas, resulta demasiado perfecto tal vez. Pero, de todos modos, la sensación final que nos deja la película es muy agradable.

Preciosa también la banda sonora, donde de nuevo se muestra el buen gusto y la contención de Ted Demme, pues se limita a utilizarla en los momentos oportunos, sin caer en la tentación de abusar de ella.

A la hora de ponerle algún pero podría decir que eché un poco en falta más momentos especiales. Puede que fuera por mantener el film en ese terreno tranquilo y controlado del que hablaba antes, pero el caso es que noté que faltaba algo de emoción o de profundidad en general. La historia transcurre demasiado tranquila, demasiado comedida, sin nervio. Se puede mantener el buen tono y a la vez resultar algo más profundo, cosa que aquí no llega a suceder salvo en contadas ocasiones. Por ejemplo, la conversación de Willie y Andera (Uma Thurman) en la cabaña me pareció un momento especialmente hermoso, pero fue una pequeña isla en medio de un mar muy calmo.

Mención aparte merece el personaje de Marty, la niña de trece años que enamora a Willie y que encarna de una manera perfecta una hermosa Natalie Portman, que contaba entonces con quince años. Es un personaje que descoloca al principio, pues se la ve demasiado listilla. Sin embargo, una vez aceptado el hecho de que es una niña demasiado madura, resulta un personaje especial por lo que representa para el protagonista y por el mero encanto de Natalie Portman. Imposible no quedarse un tanto apenados, como ella, con la partida de Willie con Tracy.

En cuanto al reparto, la verdad es que está repleto de buenos actores. En general, todos hacen un admirable papel salvo, y esta es una apreciación muy personal, Matt Dillon. Éste es un actor al que nunca consigo creerme del todo, no me transmite autenticidad y me resulta imposible evitar ver que es un actor representando su papel. De Natalie Portman resulta difícil no enamorarse, como le sucede a Timothy Hutton, que nos cae bien casi desde el primer instante. Lo mismo que sucede con Noah Emmerich, Michael Rapaport o Mira Sorvino, todos ellos admirables en su trabajo.

Beautiful Girls es, resumiendo, una buena película: aborda un tema especialmente importante y lo hace de un modo admirable porque sabe mantener el tono e implicarnos en los problemas personales de gente bastante normal, cercana, identificable. Solo le falta un poco más de intensidad, pues se queda en muchos momentos en la superficie de las cosas. Aún así, creo que no defraudará a nadie y es de esas películas que, con el tiempo, uno recuerda con cariño.

Shiner



Dirección: John Irvin.
Guión: Scott Cherry.
Música: Paul Grabowsky.
Fotografía: Mike Molloy.
Reparto: Michael Caine, Martin Landau, Frances Barber, Frank Harper, Andy Serkis, Claire Rushbrook, Danny Webb, Matthew Marsden, Kenneth Cranham.

A Billy "Shiner" Simpson (Michael Caine), un ambicioso e implacable promotor de boxeo, parece que le ha llegado por fin su gran oportunidad. Ha conseguido organizar una velada en la que el combate estrella lo protagonizará su propio hijo que, si gana, pelearía por el título mundial. Billy decide apostar todo su dinero en esa pelea.

Shiner (2000) es uno de esos títulos que me temo que pasan con más pena que gloria por nuestras taquillas al carecer de la promoción y el lustre que suelen acompañar a las producciones norteamericanas. Y sin embargo, es una pena que películas como esta no alcancen la difusión y el reconocimiento que merecen.

Para empezar, Shiner es una película que nos vuelve a llevar al mundo del boxeo, un espacio que da mucho juego si se cuenta con una bueba historia. Y aunque el argumento del film no sea especialmente original, sí que está muy bien construido y con algunas sorpresas interesantes, de modo que la historia nos va atrapando hasta que llegamos al desenlace casi sin darnos cuenta. La verdad es gran parte del mérito de que el film se pase volando se lo debemos a la buena labor de John Irvin, que sabe darle a la película un ritmo perfecto y demuestra que para ser un buen director a veces lo más aconsejable es ser discreto. Agradezco poder disfrutar de una dirección tranquila donde la cámara se limita a seguir a los protagonistas sin convertirse en uno de ellos. Además, Irvin acierta siempre con los planos y los encuadres y dosifica perfectamente los golpes de efecto, que llegan a su debido momento.

Y además, otro de los aciertos del director es que, conocedor de con quién está trabajando, es lo suficientemente inteligente para dejar que el peso de la película recaiga sobre un genial Michael Caine. Este actor puede que carezca del carisma de las grandes estrellas de antaño, pero verlo en el reparto es siempre una garantía de un trabajo bien hecho. En esta ocasión, Caine da vida a un perdedor nato, si bien en los primeros momentos lo vemos disfrazado de triunfador arrogante y un tanto hortera. Michael Caine logra una composición del personaje soberbia, rozando la exageración a veces pero sin rebasar jamás los límites y consiguiendo que al tiempo que detestamos a su "Shiner" Simpson por grosero, chulo, violento y egoista, también logremos ponernos de su parte cuando todo su mundo se viene abajo. Sabemos que en parte se merece lo que le está pasando, pero no podemos tampoco dejar de sentir algo de compasión por un hombre al que todo se vuelve en su contra. Esta caída de Simpson, con ciertos toques de tragedia clásica añadidos, como podemos apreciar en la escena final, está narrada de manera muy acertada y es aquí donde Michael Caine saca a relucir su gran talento y llega a resultar conmovedor en medio de esa furia ciega mezclada con el dolor y la impotencia de un perdedor nato. La búsqueda del asesino de su hijo, con  Billy Simpson confuso, furioso pero impotente, es sin duda la parte más notable del film.

Pero si el trabajo de Caine es admirable, injusto sería olvidarnos del buen hacer del resto de actores, especialmente Frank Harper y Andy Serkis, los esbirros de Simpson, ambos realmente inspirados. La presencia de Martin Landau, a pesar de aparecer entre los primeros en los títulos de crédito, es más bastante secundaria en realidad, aunque se agradece su presencia. Sin su nombre y el de Michael Caine esta película hubiera tenido sin duda muchísima menos difusión.

Así que me gustaría recomendar Shiner porque creo que es una película no se merece pasar desapercibida. Hay muchísimas producciones actuales con cifras de taquilla muy superiores a las de ésta y de calidad bastante inferior. Shiner es, dentro de su modestia, un film muy bien construido, con un argumento interesante y una muy eficaz puesta en escena. Dentro de su aparente sencillez, es una película muy interesante y, aunque solo fuera por disfrutar del trabajo de Michael Caine, ya valdría la pena el detenerse a verla.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Trágica información



Dirección: Phil Karlson.
Guión:Ted Sherdeman, Eugene Ling, James Poe (Novela: Samuel Fuller).
Música: George Duning.
Fotografía: Burnett Guffey (B&W).
Reparto: Broderick Crawford, Donna Reed, John Derek, Rosemary DeCamp, Henry O'Neill, Harry Morgan, James Millican, Griff Barnett, Jonathan Hale. 

El ambicioso Mark Chapman (Broderick Crawford), editor de un periódico sensacionalista, ve su éxito amenazado con la aparición por sorpresa de su ex mujer, a la que abandonó veinte años atrás, y que está dispuesta a hacerle pagar su abandono. En medio de una violenta discusión, Chapman la mata involuntariamente e intenta que la muerte parezca un accidente. Pero su mejor reportero, Steve McCleary (John Derek), sospecha que se trata de un asesinato y decide indagar más para poder tener una exclusiva impactante para el periódico.

Trágica información (1952) está escrita a partir de una novela del cineasta Samuel Fuller, quién no quedó muy contento con el trabajo de Phil Karlson. La verdad es que el film es un thriller que funciona bastante bien en líneas generales, pero sin llegar a pasar de un tono correcto y muy predecible.

Trágica información toma como punto de partida la crítica hacia el periodismo sensacionalista, cuya única justificación es el éxito económico, al que sacrifica cualquier posible reparo ético. Pero este es solamente el punto de partida. El film deriva enseguida hacia derroteros de film policíaco y la crítica hacia un periodismo sucio pasa a un segundo plano. Y el ejemplo más significativo de ese cambio de orientación se puede ver muy claramente en la evolución del joven reportero Steve, que pasa de comportarse de un modo a todas luces inmoral a terminar convirtiéndose en una persona con principios que desea vengar la muerte de un compañero jubilado. Y quizá es este personaje el que menos me gustó y por donde la película muestra más sus puntos débiles. Y es que Steve, que termina siendo el héroe que logra desenmascarar al asesino misterioso gracias a su perseverancia, muestra un rostro bastante antipático al comienzo del film, con lo que es un personaje que nos cae mal desde el primer instante y por el que sentimos lógica antipatía. Por ello, nos va a costar bastante asimilar su cambio de rol conforme avanza la película. Creo que se trata de un planteamiento bastante equivocado que hace también que resulte demasiado evidente el giro bienintencionado del film en busca de un final conveniente que deje más o menos contentos a todos, periodistas incluidos.

Y eso que la trama de Trágica información está bastante bien planteada, a pesar de que resulta un tanto curioso el que todo gire en torno a tres personajes con un cúmulo de casualidades bastante sorprendentes. Sin embargo, la trama encaja con cierta naturalidad y Karlson consiguen mantener la emoción y un ritmo bastante correcto a pesar de que el desenlace se puede intuir con mucha claridad. Y es que otro de los puntos débiles del film es que se trata de una historia que carece de sorpresas y que transcurre con demasiada normalidad.

A pesar de ello, la película cuenta con algunas secuencias interesantes, como la del bar con los borrachos que quiere interrogar Steve. Y esto nos lleva al tema del reparto. La verdad es que la película cuenta con un plantel de secundarios muy bueno; el problema tal vez es que todos los actores, protagonistas incluidos, se pueden catalogar de secundarios. Es decir, echaba de menos un par de rostros de peso que le dieran algo más de empaque a la historia. Y eso que Broderick Crawford creo que está perfecto en su papel, pero no terminaba de verlo como un actor principal. Y mucho menos a John Derek (que luego sería más conocido por coleccionar rubias de un perfil bastante definido, como Ursula Andress, Linda Evans o Bo Derek), bastante inexpresivo y sin mucha fuerza. Donna Reed tampoco destaca especialmente, quizá porque su personaje es el menos definido del trío protagonista, lo que deja su relación con Steve un tanto en el aire de la indefinición.

Así que podemos concluir diciendo que Trágica información resulta un film con cierto interés: posee una historia atractiva, mantiene el interés del espectador hasta el final y supone una pequeña reflexión crítica sobre la ética profesional. Sin embargo, se ve penalizada por un reparto no demasiado brillante y un planteamiento demasiado convencional y previsible que le restan unos cuantos puntos.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Conocimiento carnal


Dirección: Mike Nichols.
Guión: Jules Feiffer (Teatro: Jules Feiffer).
Música: Varios.
Fotografía:Giuseppe Rotunno.
Reparto: Jack Nicholson, Candice Bergen, Ann-Margret, Art Garfunkel, Rita Moreno, Cynthia O'Neal, Carol Kane.

Jonathan (Jack Nicholson) y Sandy (Art Garfunkel) son dos universitarios compañeros de habitación que están aún dando sus primeros pasos en sus relaciones con chicas. En una fiesta, el tímido Sandy, alentado por Jonathan, conoce a Susan (Candice Bergen), una chica guapa e inteligente, y empieza a salir con ella. Lo malo es que también Jonathan se sentirá atraído por Susan.

Dos son los principales problemas de Conocimiento carnal (1971): es una película que se ha quedado bastante anticuada y es excesivamente teatral.

Imagino que en el momento de su estreno, Conocimiento carnal debió resultar bastante atrevida. Afronta los problemas de pareja desde un enfoque sexual muy abierto y además contiene algunos desnudos, masculinos y femeninos, muy atrevidos. Puede que todo ello resultara un aliciente en su época para verla, pero hoy en día la película ha perdido toda su carga transgresora e incluso resultan algo chocantes las conversaciones sobre sexo de los protanistas teniendo en cuenta que se trata de universitarios. Hoy en día, la virginidad y la inocencia se pierden mucho antes.

Sin embargo, el principal defecto que le encuentro al film es que se nota en exceso su origen teatral. Y no sólo eso, sino que Mike Nichols no parece demasiado preocupado por disimularlo. La consecuencia es que nos enfrentamos a un film tremendamente limitado, plagado de principio a fin de diálogos y con una sensación de claustrofobia que me terminó resultando casi insuperable. Puede que a ello contribuyera la manera de filmar de Nichols, demasiado exagerada, buscando un protagonismo evidente, queriendo dejar su huella, tal vez para darle un toque más cinematográfico a esa historia tan teatral. Pero el caso es que esos primeros planos fijos, con las conversaciones o la acción fuera de cámara, terminan quitando el aire a las escenas y resultando también de una teatralidad excesiva.

Es por ello que la película me pareció como coja, le faltaba algo, como una habitación desprovista de muebles, vacía. Y es que al quedar la historia tan circunscrita a unos pocos personajes, sin mostrarnos nada de sus vidas más que las relaciones entre ellos y siempre limitadas a las relaciones de pareja, la historia perdía fuerza, credibilidad y hasta empaque. Los personajes principales, Jonathan y Sandy, acaban reducidos a muy poca cosa y sus vidas a una sucesión de escenas muy similares que terminan resultando cansinas.

Pero lo peor es que un film que comienza de un modo un tanto prometedor y con cierto tono de comedia, termina derivando en un drama bastante triste sobre el fracaso en las relaciones, el hastío y el enfrentamiento de pareja de un modo un tanto extraño. El salto entre la primera parte y la segunda es bastante abrupto y la unidad narrativa se resiente. Además, la película pierde ritmo de forma alarmante y las escenas en el apartamento de Jonathan resultan agobiantes y lúgubres, haciendo que el film de la impresión de alargarse excesivamente, sobre todo en las escenas finales, que parecen anunciar un desenlace que no termina de llegar y, cuando lo hace, vuelve a hacerlo con una escena extraña, inconexa y que no termina de resultar, dando la sensación de que el desenlace es tan poco preciso y acertado como el resto de la historia.

Lo único interesante de la película es el reparto, donde podemos disfrutar de un jovencito Jack Nicholson bastante acertado y, como curiosidad, disfrutamos de los pinitos en el cine del cantante Art Garfunkel, cuyo trabajo resulta muy meritorio. A su lado, dos hermosas mujeres: Candice Bergen, preciosa, y una explosiva Ann-Margret en un gran trabajo que le valió ser nominada al Oscar como mejor secundaria.

Resumiendo, Conocimiento carnal se queda, tristemente, muy lejos de El graduado (1967), donde esa vez sí que supo Nichols sacar petróleo del guión y construir una buena película que funciona a pesar del paso de los años. Aquí, por desgracia y por culpa de un guión muy limitado, nos dejó una pobre historia que no termina de resultar coherente y que, sin la carga provocativa de su momento, se queda en muy poca cosa.

sábado, 1 de diciembre de 2012

El amor y otras cosas imposibles



Dirección: Don Roos.
Guión: Don Roos (Novela: Ayelet Waldman).
Música: John Swihart.
Fotografía: Steve Yedlin.
Reparto: Natalie Portman, Scott Cohen, Lisa Kudrow, Lauren Ambrose, Charlie Tahan, Anthony Rapp, Daisy Tahan.

Emilia (Natalie Portman), una licenciada en Derecho por la Universidad de Harvard, comienza a trabajar para un importante bufete de abogados. Inmediatamente se siente atraída por su jefe Jack (Scott Cohen), que acabará enamorándose también de ella. Tras divorciarse de su esposa, Jack y Emilia contraen matrimonio. Todo parece ir bien hasta que pierden a su hija recién nacida.

El amor y otras cosas imposibles (2009) es un drama que, de entrada, nos desconcierta. La película arranca con una Emilia triste, apática, a la defensiva, amargada y el principal problema es que desconocemos el por qué de ese estado. La primera idea que se nos pasa por la mente es que no soporta a William (Charlie Tahan), el hijo de su marido, un repelente niño de ocho años. El caso es que el guión tarda bastante en aclararnos que la depresión de Emilia tiene su origen en la muerte de su hija a los tres días de nacer. Pero de nuevo Don Ross decide jugar la carta de la sorpresa y no nos da más pistas. Seguimos en medio de las tinieblas, que no terminarán de disiparse hasta el último tramo del film. Ahora sí que Roos nos desvela la cruda realidad: Emilia se culpa de la muerte de su hija, algo que ha ocultado a toda su familia. Está claro que Don Roos ha optado por el drama puro y duro y ha preferido jugar con los espectadores, dando una vuelta de tuerca al guión a cada ocasión que podía para convertir esta historia en un drama de los buenos, de los de antes. Y la verdad es que la jugada no le ha salido demasiado bien.

Para empezar, el riesgo de ocultarnos todos los datos e ir desgranándolos lentamente tiene el inconveniente que nos pasamos más de la mitad de la película sin entender bien de qué va. Podemos pensar que se trata de los problemas de una madrastra con un hijo un tanto problemático; o podemos inclinarnos luego hacia un problema de pareja lastrado por una ex especialmente odiosa (Lisa Kudrow). Finalmente, caemos en la cuenta que se trata de un drama mucho más duro y peligroso: el dolor de una madre por la pérdida de su hijo. Y la cosa tampoco acaba ahí. Pero el caso es que con tanto ir y venir de la historia estamos realmente perdidos durante gran parte de la película. Y ello hace que no sintamos simpatía por ninguno de los protagonistas, pues no sabemos donde encajarlos. Y mucho menos nos sentimos cercanos a Emilia, pues hasta puede llegar a parecernos realmente antipática y muchas de sus salidas de tono nos dejan en fuera de juego. Son los problemas de no tener una historia sólida, bien estructurada y bien contada.

Cuando ya la película se vuelve decididamente lacrimógena, entonces sí que empatizamos algo más con Emilia. Pero así todo, jamás llegamos a sentir que formamos parte de la historia. Es tal la frialdad con que está contada en sus tres primeras partes que no podemos implicarnos en algo que apenas llegamos a entender. Y cuando las tornas se vuelven decididamente negras, caemos en la cuenta que El amor y otras cosas imposibles no es más que un folletín bastante vulgar al que Don Roos ha intentado camuflar a base de muchas escenas de relleno y un metraje a todas luces excesivo que termina por cansarnos.

Y es que otro de los problemas de este film es que se suceden muchos momentos insulsos, situaciones que no aportan gran cosa y otras escenas interesantes pero donde ni los diálogos ni la emoción destacan por su brillantez. Si a ello añadimos que no se ahonda en los personajes principales (Jack es un perfecto desconocido durante casi todo el film, su ex Carolyn es presentada como una completa histérica y a Emily solo la descubrimos del todo en el tramo final) tenemos un film bastante plano y frío en sus tres cuartas partes. Y es que en el desenlace, Roos carga las tintas sin piedad. Pero es demasiado tarde y tampoco resulta muy convincente, la verdad.

Sin duda, lo mejor de esta película es el reparto. La verdad es que Natalie Portman hace un gran trabajo y logra verdaderamente resultar conmovedora cuando el guión lo requiere. Además, se transforma admirablemente de una mujer seductora a otra destrozada con una naturalidad sorprendente. El resto de actores cumplen bastante bien su papel, incluido el pequeño Charlie Tahan, que de verdad resulta un tanto repelente.

Por lo tanto, película completamente prescindible, a menos que les gusten los dramones para llorar a moco tendido, sean buenos o no.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Dos semanas en otra ciudad



Dirección: Vicente Minnelli.
Guión: Charles Schnee (Novela: Irwin Shaw).
Música: David Raksin.
Fotografía: Milton Krasner.
Reparto: Kirk Douglas, Edward G. Robinson, Cyd Charisse, Daliah Lavi, George Hamilton, Claire Trevor, Rosanna Schiaffino, George Macready, James Gregory.

Después de haber pasado tres años en un centro psiquiátrico, Jack Andrus (Kirk Douglas), un actor acabado, vuela a Roma invitado por Maurice Kruger (Edward G. Robinson), un director amigo suyo, que le ofrece cinco mil dólares y un pequeño papel en una película que está rodando en los estudios de Cinecittà. Andrus acepta la oferta con la esperanza de recuperar la fama. Lo malo es que en Roma se encuentra con su ex mujer Carlotta (Cyd Charisse), la responsable de su crisis artística y personal.

Diez años después de Cautivos del mal (1952), Vicente Minnelli vuelve a rodar un film basado en el mundo del cine y otra vez con Kirk Douglas al frente del reparto. Pero Dos semanas en otra ciudad (1962) dista mucho de lograr el nivel de Cautivos del mal, quedándose en un intento un tanto frustrado y algo excesivo.

Puede que gran parte del problema de este film resida en que, según parece, Minnelli no pudo realizar el montaje final como le hubiera gustado y el film sufrió algunas mutilaciones importantes. Y el caso es que, bien mirado, el argumento de Dos semanas en otra ciudad me pareció incompleto, con personajes muy poco definidos, especialmente Carlotta, que se queda bastante en penumbra; un tanto abrupto incluso en algunos momentos, como por ejemplo el desenlace, que me resultó demasiado simplista y muy precipitado. Y es que hay muchos elementos en esta película que no terminaron de convencerme.

La historia de un actor venido a menos y con graves problemas personales es un buen punto de partida, pero creo que la película empieza a contar la historia de Jack donde no debe. Lo conocemos rehabilitado, más o menos preparado para rehacer su vida pero con la amenaza de su encuentro con su viejo amigo Kruger y, aún peor, la presencia de una misteriosa mujer llamada Carlotta. El problema es que no conocemos a ninguno de estos personajes, no hemos vivido su relación pasada y nos sentimos un tanto perdidos en el arranque del film. Ello nos deja un tanto fríos, no podemos más que hacer especulaciones y no llegamos a implicarnos del todo con los problemas de Jack. Pienso que este enfoque no es demasiado acertado y lastra ya el film desde el comienzo. Hubiera sido mucho más efectivo el haber conocido más del pasado de Jack para poder anticiparnos a los hechos, con lo que hubiéramos vivido la historia con más intesidad.

Pero es que además, la visión que se ofrece del mundo del cine me resultó demasiado estereotipada: actores con un ego desorbitado, fracasados egoistas, divas caprichosas, líos amorosos, problemas económicos... todo muy poco original y encima tratado con una evidente falta de profundización. La mayor parte de los personajes me parecían meros clichés con muy poco que ofrecer.

La impresión que saqué de todo ello es que quizá se intentó contar más de lo que se podía o que los cortes impuestos en la sala de montaje fueron demasiados, dejando gran parte del argumento y de los personajes sin terminar del todo.

Aún así, Minnelli nos brinda una puesta en escena elegante y vuelve a recurrir a un uso del color muy expresivo, con abundancia de rojos. Sin embargo, no es capaz de mantener el equilibrio y se deja llevar por lo melodramático de la historia y nos brinda un final especialmente excesivo, con la que parece una recaída en toda regla de Jack a los infiernos de la mano de Carlotta. El momento clave llega, sin embargo, con la secuencia de Jack y Carlotta en el coche, resuelta de un modo tan melodramático que resulta a todas luces excesiva y muy poco convincente. Incluso un gran actor como Kirk Douglas termina dejándose llevar en esta escena y termina sobreactuando de manera clamorosa.

Y sin embargo, lo mejor de Dos semanas en otra cuidad termina siendo el reparto, gracias a la presencia de Kirk Douglas y Edward G. Robinson. También podemos disfrutar de una hermosa Cyd Chasisse convertida en una terrible mujer fatal y asistimos a los comienzos George Hamilton cuando aún no se había convertido en un estirado y acartonado galán de medio pelo.

Dos semanas en otra ciudad es pues un film un tanto fallido, falto de profundidad y sobrado de dramatismo. Tiene el encanto de contarnos una historia del propio mundo del cine, pero creo que se hubiera podido sacar mucho más de lo que finalmente nos ofrece Vicente Minnelli: un dramón excesivo y un tanto vacío.

domingo, 18 de noviembre de 2012

La conspiración del pánico



Dirección: D. J. Caruso.
Guión: Eli Attie, John Glenn, Dan McDermott, Hillary Seitz, Travis Wright (Idea: Steven Spielberg).
Música: Brian Tyler.
Fotografía: Dariusz Wolski.
Reparto: Shia LaBeouf, Michelle Monaghan, Rosario Dawson, Billy Bob Thornton, Ethan Embry, Michael Chiklis, Anthony Mackie, Cameron Boyce, William Sadler, Eric Christian Olsen, Anthony Azizi, Matt DeCaro.

Jerry Shaw (Shia LaBeouf), un joven inteligente pero inadaptado, cuyo hermano gemelo acaba de morir, y Rachel Holloman ( Michelle Monaghan), una joven madre divorciada, son dos desconocidos que se encuentran de repente por culpa de una extraña llamada telefónica que les amenaza con arruinar su vida si no obedecen sus instrucciones.

La conspiración del pánico nace de una idea de Steven Spielberg sobre el control que ejerce la tecnología sobre las personas, pero llevada a sus últimas consecuencias. Y si bien el propio Spielberg iba a dirigir este proyecto, finalmente optó por dejárselo a otro director. No podemos saber qué habría dado de sí esta idea en manos de Spielberg, pero es evidente que D. J. Caruso no ha sabido llevar a buen puerto este complicado barco.

El principal problema de La conspiración del pánico es que creo que traiciona sus propias intenciones de prevenirnos contra el posible riesgo de un control excesivo de la tecnología sobre nuestras vidas porque el guión es tan absurdo, tan exagerado y tan poco creíble que sus intenciones se convierten casi en un chiste. No es que se trate ya de ciencia ficción más o menos plausible, es que el planteamiento es un cúmulo de exageraciones tal que rozan la tomadura de pelo.

La primera parte de la película juega con la intriga para intentar engancharnos a la acción. Sin embargo, comete un error fundamental: como el guión no se ha tomado el tiempo necesario para presentarnos mínimamente a los protagonistas, todo lo que les empieza a suceder nos deja bastante indiferentes; al desconocimiento total de lo que pasa y de porqué pasa se une el que no sabemos tampoco quién es Jerry ni de qué parte está. Así que la intriga y la emoción se transforman en mera curiosidad. Y cuando al fin empezamos a entender algo más sobre la conspiración que está en el origen de todo, algo que llega un poco tarde para mi gusto, pasamos de la curiosidad a la incredulidad.

Pero es que encima, la película es un cúmulo de plagios resueltos del modo más chapucero.Y es que La conspiración del pánico nos recuerda inevitablemente, por un lado, a Enemigo público (Tony Scott, 1998), pero lo que en ésta llegaba a parecernos posible y constituía una trama apasionante, en La conspiración del pánico desemboca en un cúmulo de exageradas chorradas que llevan a la idea original a la categoría de cuento infumable.

Pero las similitudes no se quedan ahí, lamentablemente. El super ordenador capaz de tomar sus propias decisiones y volverse en contra de sus creadores ya lo habíamos visto en 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968). En la película de Kubrick esta situación daba pie a una seria reflexión sobre la posible capacidad de las máquinas a controlar nuestras vidas y tomar sus propias decisiones. Y ello, aún hablando de 1968, nos parecía posible y aterrador. Aquí, en cambio, la idea resulta casi utópica. El ordenador de La conspiración del pánico recuerda mucho a aquel Hal 9000 en su ojo inquisidor, en todo lo demás es una versión discotequera de aquél.

Y tampoco podían faltar las referencias a Alfred Hitchcock. Por un lado, tenemos al pobre inocente metido en un buen lío, lo que nos recuerda claro está a Con la muerte en los talones (1959). Pero la referencia más evidente a Hitchcock es el concierto donde una nota de música será la clave para el atentado mortal, lo que veíamos en El hombre que sabía demasiado (1934 y 1956). Y una vez más la versión que hace D. J. Caruso de esa escena es infinitamente más mala. Y lo es por uno de los defectos más llamativos de esta película: la confusión.

Decíamos que el guión se mostraba confuso al comienzo del film como una manera de intrigarnos para que nos engancháramos a la historia. Recurso fallido, desde mi punto de vista no porque se trate de una mala idea, sino porque está mal llevada a término. Pero la confusión también es el recurso del director a la hora de filmar las escenas de acción, el otro pilar en que se asienta este thriller imposible. El recurso a la cámara nerviosa es una moda que empieza a cansar y más cuando se lleva al extremo y lo único que consigue es levantarnos dolor de cabeza. Es como todo, bien hecho, el recurso a la movilidad de la cámara puede aportar dinamismo y tensión a una escena; abusar de este truco hasta convertirlo en el protagonista absoluto lleva a una locura visual que confunde y marea.

Lo único que salvaría yo de este disparate es a los protagonistas. El reparto de La conspiración del pánico no parece ser, a primera vista, lo más llamativo del film y, sin embargo, al final resulta lo más gratificante del mismo. Tanto Shia LaBeouf como Michelle Monaghan me parecieron bastante convincentes y, sin duda, lo único creíble de la trama. Y también los secundarios están a un muy buen nivel en general.

En cuanto a D. J. Caruso, pues poco que decir. Me parece un director sin personalidad, al servicio de la tecnología puesta a su disposición, que no es poca, pero incapaz de hacer un film coherente, no ya por el guión surrealista con que cuenta, sino porque se centra preferentemente en todo lo más efectivo y llamativo de la puesta en escena, dejando que las formas se impongan sobre el fondo.

Pocas veces he visto un film tan malo. La conspiración del pánico es un cúmulo total de despropósitos y exageraciones. Un mero juego de fuegos artificiales tan absurdo que acaba por enfadarnos. A evitar a toda costa.