El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

jueves, 14 de septiembre de 2017

El increíble hombre menguante



Dirección: Jack Arnold.
Guión: Richard Matheson (Novela : Richard Matheson).
Música: Joseph Gershenson.
Fotografía: Ellis W. Carter.
Reparto: Grant Williams, Randy Stuart, April Kent, Paul Langton, Raymond Bailey, William Schallert, Billy Curtis.

Durante unas vacaciones, Scott Carey (Grant Williams) se ve envuelto por una extraña nube. Seis meses después empieza a notar que su cuerpo pierde tamaño progresivamente.

Lo maravilloso del cine es que siempre puede sorprenderte. Se asemeja a un baúl enorme donde nunca llegas a ver todo lo que encierra y, de repente, un día encuentras una pequeña joya, una rareza o algo entrañable. El increíble hombre menguante (1957) entraría en esa categoría de films imperfectos, demasiado simples y anticuados que, sin embargo, tienen un cierto poder de seducción indeterminado.

Es cierto que es un film de serie B que denota su modesto nacimiento y sus limitadas pretensiones desde el primer minuto, pero quizá por su ingenuidad, por el paso del tiempo y por lo limitado de sus recursos, uno tiende a valorar más sus virtudes, dejando de lado sus carencias, que las hay.

Quizá lo que más llama la atención es un guión que se queda un poco en la superficie de las cosas y que no termina de resultar homogéneo. En un primer momento, la película parece que se va a centrar en el matrimonio protagonista y cómo van a tener que hacer frente al drama de Scott. Pero, de pronto, la historia toma un giro inesperado, cuando Carey sale de casa y conoce a gente de su tamaño. Empieza una relación de amistad con una mujer enana y el argumento parece insinuar un giro bastante prometedor. Sin embargo, de nuevo el guión cambia de manera radical para presentarnos en el tramo final un film más de acción, con el protagonista teniendo que hacer frente en solitario a los numerosos y nuevos peligros a los que su tamaño cada vez más diminuto le enfrenta. Son tres historias que se superponen y que no terminan de desarrollarse del todo, sino que se suceden de una manera un tanto extraña, quedando las anteriores con cortadas antes de ofrecer todo su potencial. Esto hace que la película resulte un tanto desigual y que nos quedemos con la sensación de que, de haber tenido una mayor duración, podría habernos ofrecido mucho más.

Aún así, el argumento esboza algunos temas interesantes, como son la importancia de la normalidad en la sociedad, los problemas de adaptación de las personas diferentes, los peligros  de lo cotidiano, cómo nuestra personalidad está muy influida por nuestra condición y circunstancias... Es decir, estamos ante una historia fantástica pero que no se limita a lo evidente, sino que podemos sacar muchas reflexiones sobre la naturaleza humana, además del mero pasatiempo inocente. De todos modos, son unos apuntes muy superficiales, pues la modestia de la producción no da tampoco para mucho más.

Señalar que el director, Jack Arnold, fue uno de esos artesanos que se especializó, en los años cincuenta, en el cine fantástico de serie B y que entre sus películas más destacadas están Llegó del más allá (1953), La mujer y el monstruo (1954) o Tarántula (1955). Su trabajo es sencillo, al servicio de la historia, sin demasiados alardes, pero con cierto oficio, como se demuestra con los efectos especiales de la película que, si bien son modestos y muy evidentes hoy en día, revelan una cierta maestría y aún ahora resultan bastante convenientes.

Choca un poco el final, con el discurso del protagonista sobre Dios y la eternidad. Suena a componenda, a forzado final feliz estilo Hollywood y parece no casar demasiado bien con el resto de la trama. Y, efectivamente, es un añadido al relato original de Richard Matheson. Aún así, no enturbia en exceso.

En definitiva, una película curiosa, simpática, bastante bien hecha para su época y con el encanto de sus carencias. Una pequeña y agradable sorpresa.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

El vuelo



Dirección: Robert Zemeckis.
Guión: John Gatins.
Música: Alan Silvestri.
Fotografía: Don Burgess.
Reparto: Denzel Washington, Kelly Reilly, Don Cheadle, Bruce Greenwood, John Goodman, James Badge Dale, Melissa Leo, Nadine Velázquez.

Durante un vuelo comercial, un avión sufre una avería que provoca una caída en picado del avión. El comandante del mismo, Whip Whitaker (Denzel Washington), consigue realizar un aterrizaje forzoso que logra salvar la vida de casi todos los pasajeros. Sin embargo, el comandante pilotaba bajo los efectos del alcohol y las drogas, por lo que corre el peligro de ser considerado responsable del accidente.

A veces sucede que leo una sinopsis de una película y decido al instante que no quiero verla. Algo me dice que me va a defraudar. Esto mismo me pasó con El vuelo (2012), título que no me trasmitía buenas sensaciones, a pesar de contar con Denzel Washington al frente del mismo, un actor del que me gusta casi todo lo que ha hecho.

Pero al final me he decidido a darle una oportunidad y, sinceramente, me ha sorprendido gratamente, al menos porque no es el tipo de historia que me esperaba: un relato de un héroe puesto en la picota que al final sale airoso. El vuelo no es eso, lo cuál es de agradecer. O al menos, no es exactamente cómo me la imaginaba, porque de alguna manera, el personaje del comandante en cierto sentido sale airoso a fin de cuentas.

El vuelo no es un relato más sobre el conocido héroe americano. Incluso el argumento deja de lado todo el tema de la investigación sobre el accidente, el juicio, etc, etc... es decir, lo que uno podría imaginar que sería el tema principal de la película. El vuelo es, al contrario, un film sobre la naturaleza humana, un relato de un hombre en caída libre. No el avión, sino él. Porque el comandante Whitaker es un hombre divorciado, sin una buena relación con su ex mujer y su hijo, un tipo que vive solo, sin arraigo, y que ha encontrado en la bebida y las drogas un aliado para seguir tirando, un medio para no mirar de frente la realidad. Así que El vuelo es, en realidad, una película sobre el alcoholismo, sobre la autodestrucción, sobre las mentiras que se pueden levantar para no huir de una situación que no nos gusta. El accidente es en realidad el decorado, que ayuda a dar cierto dramatismo a la historia, ayuda a comprender mejor al protagonista y nos brinda algunos momentos de acción. Pero el eje de la la historia son las personas débiles que han sucumbido a sus pesadillas, perdedores a los que la realidad se les ha hecho insoportable, solitarios sin refugio. Y por eso, El vuelo me ha sorprendido gratamente, como una propuesta diferente a lo que imaginaba, una reflexión más o menos sincera sobre la condición humana.

Quizá el final pueda resultar algo teatral, algo forzado. Habrá quien piense que es una especie de arreglo un tanto peliculero para ofrecer un bonito desenlace donde se ponen en valor la decencia, la honradez y la sinceridad cuando alguien ha tocado fondo. Y es verdad que suena un poco a final "made in Hollywood". Ahora bien, tampoco es un desenlace descabellado y además, Denzel Washington, nominado al Oscar como mejor actor, consigue hacerlo creíble. Y es que este actor sigue siendo toda una garantía para cualquier historia en la que se embarque.

Sin embargo, El vuelo no me pareció una gran película. Le noto algunas carencias. Creo que le falta fuerza, le falta convicción. Hay un cierto equilibrio entre lo comercial y la reflexión sobre el protagonista que no termina de funcionar del todo. No es un film comercial al cien por cien, pero tampoco tiene la fuerza de otras historias sobre el alcoholismo. Zemeckis huye de lo melodramático, intenta hacer un film personal pero sin renunciar a lo correcto, a un tono que resulte "para todos los públicos". En resumen, es un film correcto intentando hablar de temas nada correctos.

domingo, 27 de agosto de 2017

Un puente lejano



Dirección: Richard Attenborough.
Guión: William Goldman (Novela: Cornelius Ryan).
Música: John Addison.
Fotografía: Geoffrey Unsworth.
Reparto: Sean Connery, Edward Fox, James Caan, Dirk Bogarde, Michael Caine, Robert Redford, Anthony Hopkins, Liv Ullmann, Maximilian Schell, Gene Hackman, Ryan O'Neal, Lawrence Olivier, Elliott Gould, Hardy Krüger.

En septiembre de 1944, los aliados planean una invasión de Alemania a través de Holanda que, de tener éxito, podría acortar la guerra un año. Denominan a esa operación "Market Garden".

Dentro de los films sobre la Segunda Guerra Mundial, que son muy abundantes, casi siempre nos encontramos con actos heroicos que dan lugar a gloriosas victorias de los aliados contra los nazis o los japoneses. La historia, como es bien sabido, la escriben los vencedores. Por eso, la primera sorpresa de Un puente lejano (1977) es que cuenta una derrota aliada, una de las más sonadas de aquel conflicto. Sin embargo, a pesar de la derrota, los verdaderos héroes de esta historia son los derrotados, pues la película está vista desde su punto de vista y, a pesar de reconocer los numerosos errores cometidos en la operación "Market Garden", el esfuerzo y el valor de los aliados queda fuera de toda duda. Si no lograron culminar con éxito la misión, fue por causas ajenas a su voluntad, un cúmulo de desgracias y errores que no pudieron subsanar. Eso sí, otro detalle que hay que agradecer es que los alemanes no son presentados como uno despiadados sin corazón. Salvo algún alto mando un tanto inútil, el resto son soldados que defienden su causa, pero también saben ser magnánimos y compasivos con los vencidos.

Quizá lo más destacable de la película, a parte de ese reparto plagado de estrellas, recurso muy al uso en la época para garantizar un buen tirón en taquilla, sea lo fiel que sigue el guión el magnífico libro de Cornelius Ryan, con lo que la película refleja con bastante exactitud y una magnífica puesta en escena, cuidada en cada pequeño detalle, los hechos históricos que describe. Y si eso es una de las virtudes de la película, también es la causa de uno de sus mayores defectos: el film intenta abarcar demasiado y además con la máxima fidelidad posible, por lo que resulta demasiado largo y se pierde dramatismo. La búsqueda de fidelidad hace que la película sea un tanto fría, no da tiempo de profundizar en los personajes ni los detalles y a veces incluso puede resultar algo confusa. Incluso se perciben algunos saltos en el montaje, buscando concentrar la acción a los hechos fundamentales y teniendo que despreciar sin duda mucho metraje.

Sin embargo, hay que reconocer que algunas escenas de lucha están filmadas con gran acierto por Richard Attenborough, un director muy correcto, amante del cine espectáculo, pero un tanto frío, que aceptó el encargo de dirigir esta historia a cambio de garantizarse el dinero necesario para rodar Gandhi (1982). A pesar de su encomiable trabajo, buscando un cierto equilibrio entre la fidelidad histórica y el dramatismo necesario, Attenborough no es David Lean, y su grandiosidad es muy ortodoxa pero sin la genialidad del segundo.

En cuanto al reparto, creo que sobra aclarar que muchas de las estrellas tienen apariciones bastante breves, lo que viene a reforzar la idea de que un reparto así está justificado solamente a efectos de taquilla.

En definitiva, un intento bastante serio de contar un momento crucial de la Segunda Guerra Mundial, con algunos momentos muy logrados, pero que no alcanza a ser un film redondo. Se deja ver, pero no emociona.

jueves, 17 de agosto de 2017

Caminando entre las tumbas



Dirección: Scott Frank.
Guión: Scott Frank (Novela: Lawrence Block).
Música: Carlos Rafael Rivera.
Fotografía: Mihai Malaimare Jr.
Reparto: Liam Neeson, Brian "Astro" Bradley, Dan Stevens, Boyd Holbrook, David Harbour, Adam David Thompson, Sebastian Roché, Laura Birn.

Matt Scudder (Liam Neeson), un ex policía que trabaja por su cuenta como detective privado, sin licencia, acepta investigar el secuestro y asesinato de la esposa de un traficante de drogas. Pronto descubre que los culpables ya han cometido antes crímenes parecidos.

Parece que la carrera de Liam Neeson se va orientando hacia los papeles de tipo duro. Tras el éxito de Venganza (Pierre Morel, 2008), ahora encarna al detective Matt Scudder, personaje creado por Lawrence Block y protagonista de unas cuantas novelas de detectives, al estilo del famoso Sam Spade.

Sin embargo, Caminando entre las tumbas (2014) está más orientada hacia las investigaciones del protagonista que en convertirse en un film de acción pura y dura, como era el caso de Venganza. Por lo tanto, tenemos un film más pausado, donde Scott Frank se recrea más en los tiempos, en dotar a la historia del ritmo adecuado y, sobre todo, en adentrarse en la personalidad de los protagonistas, lo que le confiere una dimensión más humana a la película, con lo que es mucho más interesante.

Así, al tiempo que acompañamos a Scudder en sus investigaciones, vamos conociéndolo mejor y descubrimos a un hombre con una pesada carga que le llevó a abandonar la policía y a intentar reconducir su vida, dejando la bebida. Scudder es un hombre atormentado que de alguna manera intenta sobrevivir y redimirse de su pasado. Por eso su interés por ayudar a TJ (Brian "Astro" Bradley), el niño sin hogar que encuentra en la biblioteca.

La primera parte de la película, centrada en las investigaciones del detective, es sin duda la más lograda, tanto por la tensión y la intriga como por la carga emocional que acompaña a Strudder y a TJ, pero sin caer en lo sensiblero, siempre con una cierta distancia. Sin embargo, el desenlace, que es cuando la película se vuelve más violenta, aunque sin caer nunca en lo morboso o el mal gusto, resulta en comparación mucho más rutinario, sin demasiada imaginación, con detalles incluso un poco estereotipados. Es el punto menos convincente de la película y nos deja con un pequeño aire de desencanto.

En cuanto al reparto, parece que la elección de Liam Neeson para el papel del atormentado detective es todo un acierto. A la solvencia del actor se suma un físico que le va al pelo a su personaje. También hay que destacar el buen trabajo del joven "Astro", sin duda muy convincente en todo momento.

Caminando entre las tumbas, sin ser una película especialmente interesante, sí que tiene algunos detalles que elevan el nivel de lo que habitualmente suelen ofrecer este tipo de historias, más centradas en la acción y la violencia y menos proclives a ahondar en la psicología de los personajes.


miércoles, 16 de agosto de 2017

M, el vampiro de Düsseldorf



Dirección: Fritz Lang.
Guión: Thea von Harbou y Fritz Lang.
Música: Edvard Grieg.
Fotografía: Fritz Arno Wagner.
Reparto: Peter Lorre, Otto Wernicke, Gustav Gründgens, Theo Lingen, Theodor Loos, Georg John, Ellen Widman, Inge Landgut.

Un asesino de niñas tiene atemorizada a toda la ciudad de Düsseldorf. La policía está desesperada, pues no tiene ninguna pista sobre su identidad. Hasta el crimen organizado, agobiado por la presión policial, decide intentar capturarlo.

M, el asesino de Düsseldorf (1931) es la primera película sonora de Fritz Lang, que buscaba resarcirse de sus anteriores fracasos comerciales con Metrópolis (1927) y La mujer en la luna (1928). Lang escribió el guión junto a su esposa Thea y, a pesar de que se suele interpretar que la película es una especie de recreación de los crímenes de un famoso asesino en serie de la época, Peter Kürten, conocido como el vampiro de Düsseldorf, el propio director afirmó que se había inspirado en varios asesinos, entre ellos el propio Kürten, que no sólo asesinaba a niñas, como es el caso del protagonista del film. También se ha afirmado que el cambio del título inicialmente previsto para la película, M. Asesino entre nosotros, por el definitivo fue motivado para evitar que se interpretara como alusivo al partido nazi, algo que no parece del todo cierto.

Dejando de lado estas suposiciones, lo que es evidente es que con este film Fritz Lang consigue uno de sus mayores logros en su etapa europea, consiguiendo que la película haya pasado a formar parte de cualquier historia del cine como uno de sus hitos.

Técnicamente, Lang se muestra deudor del expresionismo alemán, con una importancia crucial de la fotografía en toda la película, jugando con las luces y las sombras, de manera que se crea un clima claustrofóbico y peligroso, además de servir el uso de las sombras como un elemento narrativo más, como cuando aparece la sombra del asesino sobre el cartel que anuncia la recompensa ofrecida por capturarle, antes de asesinar a una nueva niña.

Paralelamente al uso expresivo de la iluminación, Lang juega con los ángulos forzados de la cámara, con picados y contrapicados extremos, algunos más eficaces que otros, y un montaje que utiliza las imágenes como apoyo narrativo, recurso claramente proveniente del cine mudo, del cuál la película es claramente deudora, como no podía ser de otra manera.

Pero si el uso de la fotografía no era en sí una novedad, sí que lo era el uso del sonido y aquí Lang vuelve a tener un toque de genialidad cuando asocia la figura del asesino con la melodía que silba obsesivamente y por la que además será identificado por el ciego, lo que provocará su detención. Por cierto, la melodía es "En el salón del rey de la montaña" de la obra de Grieg Peer Gynt. No solo este recurso resulta tremendamente eficaz y con una gran carga dramática, sino que es la única pieza musical que se escucha en toda la película, lo que resalta aún más su trascendencia.

Eso sí, fiel al estilo elíptico de la época, amén de responder también a criterios morales, el director utiliza las señales indirectas en los momentos claves. Así, nunca vemos ningún asesinato de una niña, sino que en su lugar vemos rodar una pelota o perderse en el aire un globo sin dueño. Es sin duda un estilo mucho más expresivo, rico y respetuoso que la tendencia actual de mostrarlo todo, recreándose incluso muchas veces en los detalles más escabrosos.

Sin embargo, el interés de M, el vampiro de Düsseldorf no se limita a estos aspectos técnicos. La fuerza de la película reside también en la denuncia social evidente, con la policía y el crimen organizado compartiendo un mismo objetivo, en una secuencia realmente lograda, con el montaje paralelo de las deliberaciones policiales y las del hampa; o las presiones políticas sobre la labor policial o también el peligro del clima de histeria colectiva que se genera, capaz de comprometer a cualquier ciudadano inocente por culpa de la paranoia de sus vecinos.

Y por último, está el momento final, cuando los delincuentes que han apresado a Hans Beckert (Peter Lorre) lo juzgan. En realidad, está condenado de antemano y aquello no es ni un simulacro de juicio, sino un linchamiento en toda regla. En vano, el defensor asignado a Beckert intenta convencer a sus camaradas que tiene que ser el Estado el que se ocupe de él, un perturbado mental. En una escena desgarradora, un genial Peter Lorre clama clemencia y explica el tormento que sufre en su interior, con una voz que le grita constantemente y que solo logra aplacar asesinando a niñas. Se plantea así un intenso dilema: ¿qué se debe hacer para proteger la vida de niños inocentes?, ¿es lícito matar al enfermo para impedir que reincida?, ¿debe el Estado cuidar a un asesino así?. Más allá de interpretaciones políticas, debido a la situación de Alemania en esa época, de dudosa credibilidad, el dilema planteado en sí mismo en torno a la figura de enfermos peligrosos es ya de por sí suficientemente interesante.

La película tampoco nos ofrecerá respuestas, más allá de la inquietante advertencia de una de las madres que han pedido a su hija: debemos vigilar a nuestros hijos. Cada cuál interpretará este final según sus convicciones.

Queda para la historia la soberbia interpretación de todo el reparto, deudor también de la expresividad gesticulante del cine mudo, naturalmente. Pero por encima de todos, destacar a un espectacular Peter Lorre, quizá en el papel de su vida, realmente soberbio y hasta conmovedor en su papel de enfermo mental, atormentado y frágil, desesperado, que termina por resultar hasta digno de lástima. a pesar de la repulsión que producen sus actos.

Sin duda, un film clave en la historia del cine, ejemplo y modelo para muchos directores y donde Fritz Lang consigue crear una pequeña obra de arte que sigue vigente después de más de ochenta años.

martes, 15 de agosto de 2017

La mujer del cuadro



Dirección: Fritz Lang.
Guión: Nunnally Johnson (Novela: J.H. Wallis).
Música: Arthur Lange.
Fotografía: Milton Krasner.
Reparto: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Raymond Massey, Edmund Breon, Dan Duryea, Thomas E. Jackson, Dorothy Peterson, Arthur Loft, Frank Dawson.

El profesor Wanley (Edward G. Robinson) regresa a casa tras una cena con sus amigos. Pero antes se detiene a admirar una vez más el cuadro de una hermosa mujer que le ha fascinado. En ese momento, la modelo se detiene junto a él. Comienza así una noche que traerá nefastas consecuencias para el profesor.

La década de los años cuarenta de Hollywood del siglo pasado nos ha dejado algunas de las mejores películas de cine negro de la historia. Y La mujer del cuadro (1944) es un magnífico ejemplo de la calidad de las películas de entonces.

La historia nos cuenta como una persona honrada, de clase media, con una vida tranquila y sencilla, se va a ver envuelto, quizá por un capricho del destino, en una terrible pesadilla que le arruinará la vida. Y todo por culpa de una mujer, una mujer hermosa; pero también por una vida aburrida que, de repente, parece ofrecerle la oportunidad de pasar una noche diferente. Como vaticinaba el fiscal Calor (Raymond Massey), el amigo del profesor: una tragedia puede estar originada por cualquier descuido, como una aventurilla o una copa de más, pero también por una tendencia latente. Esta es la advertencia de La mujer del cuadro: todo puede pasar cuando menos se espera, no solo por el destino, sino porque queremos que algo suceda, porque forzamos de alguna manera ese destino.

Y la tragedia en que se ve envuelto el profesor parece prevenirnos de cualquier intento de buscar alguna emoción nueva en nuestra vida, sobre todo si somos respetables miembros de la sociedad, casados y de mediana edad. La moraleja del film es un tanto conservadora y mojigata, es cierto, pero estamos ante una película de 1944 y encima norteamericana.

Sin embargo, el principal problema de La mujer del cuadro es el final, un desenlace que resulta un tanto forzado, una especie de arreglo un tanto tramposo para resolver el drama del profesor y ofrecernos el típico final feliz. Y es que según la moral de Hollywood, alguien que cometa un crimen debe pagar por ello y así sería imposible salvar al profesor, cuyos actos lo condenan de inmediato, a pesar de que la muerte del magnate Mazard (Arthur Loft) fuera en defensa propia. La única solución posible para la moral de la época parece ser esa componenda final que, más que otra cosa, estropea un tanto la película.

Hay que señalar que, desde el principio, el espectador se solidariza con Wanley, a pesar de su crimen, pues comprendemos que fue un acto instintivo para salvar su vida pero que, por encima de todo, es una buena persona, víctima de la mala suerte. Quizá por eso, el guión busca una salida para él, consciente de que no merece un desenlace fatal.

A pesar de ello, lo importante de La mujer del cuadro es el clima de intriga que desarrolla, como nos vamos contagiando del miedo del profesor, sintiendo su angustia al ver como las cosas se van torciendo poco a poco. Es importante destacar como Fritz Lang consigue crear ese clima de tensión con unos pocos elementos: jugando con los tiempos, la noche, las luces de un coche o una pequeña herida en la muñeca. Pequeños detalles que el director y el magnífico guión de Nunnally Johnson saben explotar al máximo para contagiarnos la tensión que padece el profesor, interpretado con maestría por el genial E. G. Robinson, todo un gigante del cine negro.

El reparto, uno de los grandes aciertos del film, lo completan Joan Bennett, Raymond Massey o el inquietante Dan Duryea. Como curiosidad, señalar que al año siguiente, Lang dirige otro film negro, Perversidad, contando de nuevo con Edward G. Robinson, Joan Bennett y Dan Duryea.

La mujer del cuadro puede que no sea la película perfecta, pero aún así reúne cualidades más que suficientes para poder considerarla todo un clásico del género. Un film con un poderoso encanto que crece con el paso del tiempo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Laura



Dirección: Otto Preminger.
Guión: Jay Dratler, Samuel Hoffenstein y Betty Reinhardt (Novela: Vera Caspary).
Música: David Raksin.
Fotografía: Joseph LaShelle.
Reparto: Gene Tierney, Dana Andrews, Clifton Webb, Judith Anderson, Vincent Price, Dorothy Adams.

Laura Hunt (Gene Tierney), una exitosa publicista, es asesinada en su apartamento. El detective Mark McPherson (Dana Andrews) es el encargado de dirigir la investigación, para lo cuál contacta con los amigos más íntimos de la difunta.

Laura (1944) es una de las grandes cimas del cine negro americano, lo que equivale a decir del cine negro, a secas. Y, sin embargo, es un film un tanto atípico, de ahí quizá su grandeza y su belleza.

Para empezar, Laura nos habla de un crimen que no se cometió. Ha habido una víctima, una mujer joven, pero no es quién todos piensan. A pesar de esta argucia, el espectador no se siente engañado. No es un mero juego argumental, sino la base de una historia fascinante por la que vamos conociendo a Laura Hunt a través del relato de Waldo Lydecker (Clifton Webb), su más ferviente admirador, enamorado incondicional de Laura, su descubridor, el gran escritor y periodista que vio en ella algo único que despierta en este hombre pagado de sí mismo un fervor casi impropio de su edad y su condición.

Y Laura va tomando cuerpo ante nuestros ojos y ante los de McPherson, que poco a poco se va enamorando de ella, de una muerta, embelesado por su personalidad y cegado por la belleza de su retrato.

Y así tenemos la clave última de Laura que, con la disculpa de una investigación criminal, se va transformando en una historia de amores, de pasiones irrefrenables, de deseos, de celos... en definitiva, un relato sobre el amor, la pasión y la obsesión. Esta es la belleza de Laura, lo que hace de esta historia algo mucho más grande y más profundo que el mero film negro típico, que el relato policíaco. Y es que la película se convierte en un estudio del alma humana, de lo que puede provocar un amor desenfrenado y donde no hay malos, sino ejemplos de la debilidad de la condición humana y, por lo tanto, personajes dignos de compasión. Y tampoco Laura es una mujer fatal, sino alguien tan encantador que provoca la admiración y el enamoramiento de cuantos se acercan a ella.

Y como no es un film negro al uso, tampoco la puesta en escena es la típica del género. No estamos en los típicos ambientes lúgubres, entre los desheredados y perdedores del mundo. Al contrario, los personajes pertenecen a la alta sociedad, viven en hermosos apartamentos, rodeados de arte y de lujo. Y la fotografía, ganadora de un Oscar, es diáfana, clara, sin recurrir a los grandes contrastes del género. Lo mismo que la dirección de Preminger, que afortunadamente consiguió que despidieran a Rouben Mamoulian, primer director del film, cuyas ideas sobre la película no eran las mejores. Dirección elegante, clara y fluida, recreándose en la belleza fascinante de Gene Tierney, una Laura delicada y fuerte a la vez, lejos de la mera belleza decorativa.

Sin embargo, a pesar del título, creo que quizá el personaje clave de la historia es Waldo, interpretado con maestría por Clifton Webb. El personaje que lleva las riendas del relato, a través de cuya mirada descubrimos un dibujo subjetivo y fascinante de Laura, que es en parte culpable del enamoramiento de McPherson, y cuya personalidad resulta tan fascinante o más que la de la propia Laura.

Laura es un film prodigioso, complejo, cautivador y hermoso. Sin duda, una de las obras claves del cine clásico. Imprescindible.