Dirección: Clint Eastwood.
Guion: Peter Morgan.)
Música: Clint Eastwood.
Fotografía: Tom Stern.
Reparto: Matt Damon, Cécile de France, George McLaren, Frankie McLaren, Lyndsey Marshall, Bryce Dallas Howard, Jay Mohr, Thierry Neuvic, Richard Kind, Rebekah Staton, Declan Conlon, Stéphane Freiss, Marthe Keller, Derek Jacobi, Steve Schirripa.
George Lonegan (Matt Damon) puede hablar con los muertos. La periodista francesa Marie LeLay (Cécile de France) tiene una experiencia cercana a la muerte. El pequeño Marcus (George/Frankie McLaren) pierde a su hermano gemelo (Frankie/George McLaren). El destino hará que acaben encontrándose los tres en Londres.
Lleva años sucediendo: cada nueva película de Clint Eastwood despierta mi interés (y el de medio mundo) y siempre termino en gran medida rindiéndome al saber hacer de este cineasta. Puede gustarte más o menos la temática abordada (Gran Torino (2008) no me enamoró) o el tono (Million Dollar Baby (2004) me pareció demasiado lacrimógena), pero es innegable que estamos ante cine del bueno, de ese que no te deja indiferente.
En esta ocasión trata un tema que imagino que le preocuparía de manera especial: la vida después de la muerte o llámesele como se quiera. Y aborda el tema no preguntándose si hay algo más allá cuando nos morimos, pues eso lo da por supuesto, sino mostrando las diferentes maneras en las que la muerte afecta a los tres protagonistas.
Porque Eastwood nos cuenta tres relatos diferentes que acaban convergiendo. Un niño que pierde a su gemelo y busca desesperadamente la manera de contactar con él, lo que le sirve al director para criticar el infame negocio que existe alrededor del tema, con falsos videntes y espiritistas. Una mujer que está al borde de la muerte y cómo esa experiencia le cambia la vida y, finalmente, George, que tiene el don de poder contactar con los muertos, esta vez de manera real, sin trucos, y que precisamente esa facultad se ha convertido en una maldición de la que intenta huir a toda costa.
Pero por encima de estas historias, más o menos interesantes, según nuestra sensibilidad o gusto, está la manera en que Clint Eastwood las construye, siempre con esa delicadeza y ese saber hacer que convierten las pequeñas cosas, las historias simples, en algo grande. Porque esa es la magia del director: saber llegar hasta el espectador sin demasiados artificios, con elegancia y mucha sensibilidad.
Hay momentos en que la película puede hacerse pesada, sobre todo al principio, pero Eastwood sabe ir ganando terreno hasta que logra conmovernos haciéndonos partícipes del dolor, las dudas y los miedos de los protagonistas. Y es aquí cuando muestra su veteranía y su saber hacer, convirtiendo unas historias sencillas en algo profundo y muy humano.
No voy a negar, sin embargo, que el director repite fórmula: un tema llevado a niveles de emotividad muy altos apoyándose en una banda sonora que nos recuerda a la de Sin perdón (1992), lo que demuestra que no duda en aferrarse a lo que funciona, aunque ello implique repetirse. Pero, al final, me he quedado con la sensación de haber visto un ejemplo de buen cine, de ese que nos hizo amar este arte.






