Dirección: Susanna White.
Guion: Steven Knight.
Música: George Fenton.
Fotografía: Mike Eley.
Reparto: Jessica Chastain, Michael Greyeyes, Sam Rockwell, Ciarán Hinds, Chaske Spencer, Bill Camp.
Al enviudar, Catherine Weldon (Jessica Chastain) decide retomar su afición por la pintura y viaja hasta Dakota con la intención de hacerle un retrato al jefe sioux Toro Sentado (Michael Greyeyes).
La mujer que camina por delante (2017) es de esas películas que, antes de verla, me hacía sospechar de su pretenciosidad desde el mismo título. Y no suelo tener una buena predisposición ante este tipo de historias.
Sin embargo, la primera parte de la película me pareció muy interesante y, además, la belleza plástica (fotografía, paisajes, ambientación) no me resultaba pedante, sino que parecía complementar con acierto lo narrado, dónde se agradecía algún detalle de humor que refrescaba la historia.
El problema viene después, cuando la película avanza sin llegar a alcanzar la profundidad ni la intensidad que necesitaba un relato como este. El hecho de que a mitad de la cinta me sintiera cansado y tuviera que tomarme un respiro delataba las carencias dramáticas de La mujer que camina delante, porque tras el prometedor comienzo, la historia empieza a decaer en secuencias hermosas pero un tanto vacías. No hay nada que te saque del lento sopor en que Susanna White te va metiendo, ni siquiera cuando el relato al fin parece llegar a los momentos críticos.
Puede que la culpa esté en que la relación de Catherine y Toro Sentado no ofrezca más que amagos de llegar a algo más que una admiración mutua. Puede que los personajes no alcancen la profundidad necesaria, tanto la pareja protagonista como los secundarios, que siempre son una pieza fundamental en cualquier drama que se precie y que aquí están muy poco presentes. Puede que falte un malo bien definido, fundamental en cualquier historia.
En todo caso, La mujer que camina delante es tan hermosa por fuera como fría por dentro, fallando precisamente en lo fundamental: contagiarnos de la pasión de Catherine, hacer que nos angustiemos con la situación de los indios, conseguir que lloremos con la muerte de Toro Sentado. En lugar de ello, asistimos a una historia sin emoción, un relato hermoso, pero un tanto insulso y previsible.






