El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 23 de abril de 2017

Malas Influencias



Dirección: Curtis Hanson.
Guión: David Koepp.
Música: Trevor Jones.
Fotografía: Robert Elswit.
Reparto: Rob Lowe, James Spader, Lisa Zane, Marcia Cross, Tony Maggio, Christina Clemenson, Kathleen Wilhoite, Sachi Parker.

Michael Boll (James Spader) es un joven ejecutivo con un carácter débil que hace que no sea capaz de enfrentarse a nada ni a nadie, llevando una vida que no le satisface. Una noche, por casualidad, conocerá a Alex (Rob Lowe), un vividor que le enseñará un mundo completamente nuevo para él, convirtiéndose en su amigo y mentor.

Para aquellos a los que les haya gustado L.A. Confidential (1997), sin duda la mejor película de Curtis Hanson, pueden ver en  Malas influencias (1990) uno de sus primeros thrillers, donde el director parece que aún no le ha cogido el pulso al que fue su género preferido. Y es que Malas influencias es una película bastante floja, en gran parte pro culpa de un guión que demuestra una clara falta de originalidad en todos sus elementos.

La relación entre el apocado Michael y el vividor Alex nos recuerda demasiado, en especial cuando Alex decide echarle una mano a su nuevo amigo para que se cumplan sus deseos, al argumento de Extraños en un tren (1951). Y es que, en efecto, el hilo argumental de Malas influencias parece una copia del clásico de Hitchcock, con una puesta al día que añade ciertas dosis de sexo y drogas, más acorde con la época actual. Sin embargo, Hanson se queda lejos de su modelo y su película resulta un poco desangelada, tanto por unos diálogos sin mucha fuerza como por la impresión general de que a la puesta en escena le falta algo, pues todo, desde los decorados hasta las actuaciones de los protagonistas, resulta un tanto pobre, sin lograr en ningún momento un resultado redondo, convincente.

Y si la puesta en escena no resulta demasiado lograda, el final es lo que termina por desmoronarlo todo, por previsible, por poco original y por la sensación de chapucero, sin que resulte para nada creíble. Es un punto y final un tanto tosco para un film que se queda en un quiero y no puedo y donde la supuesta transgresión de las normas por parte de Michael se queda en casi nada, primando por encima de todo un mensaje final demasiado moralista, tramposo y que huele a componenda.

Así pues, Malas influencias no deja de ser un film menor, mero entretenimiento de serie B, que sin duda no nos dejará un muy buen sabor si somos de los que no nos contentamos con cualquier cosa.

sábado, 15 de abril de 2017

El honor de los Prizzi



Dirección: John Huston.
Guión: Richard Condon y Janet Roach (Novela: Richard Condon).
Música: Alex North.
Fotografía: Andrzej Bartkowiak.
Reparto: Jack Nicholson, Kathleen Turner, Anjelica Huston, Robert Loggia, John Randolph, William Hickey, Lawrence Tierney, Lee Richardson.

Charley Partanna (Jack Nicholson) es el brazo ejecutor de la familia mafiosa Prizzi y ha estado comprometido con la misma nieta del Don (William Hickey), Maerose (Anjelica Huston). Sin embargo, CHarley acabará enamorándose perdidamente de una misteriosa mujer que conoce en una boda. Lo que no sabe es que es una asesina profesional que ha trabajado para la propia familia Prizzi.

Para cualquiera que afronte el proyecto de realizar un film sobre la mafia sabe que la sombra de El padrino es demasiado imponente como para despreciarla. No sé si por eso, un veterano John Huston, rondando los ochenta años, decidió hacer con El honor de los Prizzi (1985) una parodia del cine de gánsters antes de abordarlo de un modo más clásico. El caso es que la película está dominada por un tono cómico y es evidente la parodia de la sublime obra de Coppola, aludida en múltiples referencias. Sea como fuere, el caso es que es ese tono cómico el principal problema con el que me encuentro a la hora de valorar la película. Y es que, aunque es cierto que se puede y se debe reír uno de cualquier cosa, lo cuál es muy sano, no sé si este tono ligero casa muy bien con el argumento de El honor de los Prizzi, o tal vez sea que no he apreciado del todo los guiños humorísticos, algunos de los cuales no me hicieron ni pizca de gracia. El caso es que me cuesta mucho adentrarme en la trama de un modo serio, tomarme la película como una verdadera historia de mafiosos y me quedo algo distante del espectáculo, con media sonrisa en los labios, a veces, pensando que estoy ante algo artificial, una especie de broma que, para algunos, será muy divertida pero a la que me cuesta tomar en serio, valga la paradoja.

Pero más allá de que el tratamiento guste más o menos, creo que la película de Huston flaquea en otros puntos, lo que hace que en conjunto me parezca un mero pasatiempo menor, sin que llegue a entender lo que la hizo meritoria de nada menos que ocho nominaciones a los Oscars.

Por un lado, creo que los personajes están tratados de un modo bastante superficial, tanto Charley como Irene (Kathleen Turner), que sufren un golpe de enamoramiento tan repentino como increíble, como el resto de secundarios. Y con ello, se refuerza el tono casi irreal de la película, pues cuesta involucrarse con unos personajes que no terminan de concretarse. Quizá sea el personaje de Anjelica Huston, ganadora del único Oscar (mejor actriz secundaria) que finalmente se llevó la película, el único que se libra de esa simpleza, pues encarna a una astuta y fría mujer fatal, precisa y calculadora, en la sombra, pero sabiendo mover los hilos necesarios cuando hace falta. Tampoco escapa al tono paródico, algo excesivo y teatral, pero al menos la figura de la actriz dota de fuerza y verdadera entidad a su inquietante personaje, sobreponiéndose a la caricatura.

Y esa sensación de superficialidad me sucede con otros aspectos de la película, como algunas secuencias que se terminan de un modo un tanto brusco, como si las cortaran a propósito, con esa sensación de prisa, de enlazar sin más una secuencia con la siguiente de manera algo precipitada. Es posible que se trate de un problema de montaje, aunque no lo creo, pues incluso algunos diálogos parecen algo abruptos y te quedas con la sensación de que muchos detalles de la película se han quedado a medias.

Con sus defectos a cuestas, El honor de los Prizzi es un film entretenido, un pasatiempo con algunos buenos momentos que te puede gustar más si no te lo tomas demasiado en serio. Puede que ahí está la clave para disfrutarla más plenamente: olvidarse de las nominaciones, del apellido del director y del reparto para verla6 como lo que pienso que realmente es: una pequeña broma sobre el género de la mafia, un pasatiempo inocente, un vehículo para parodiar el cine negro sin demasiadas pretensiones, tan solo entretener.

domingo, 9 de abril de 2017

Café Society



Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Música: Varios.
Fotografía: Vittorio Storaro.
Reparto: Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carrell, Blake Lively, Parker Posey, Corey Stoll, Jeannie Berlin, Ken Stott, Anna Camp.

Los Ángeles en los años treinta: el joven Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg) llega a Hollywood en busca de trabajo y acude a ver a su tío Phill (Steve Carrell), un influyente productor y agente de grandes estrellas del cine, para que le ayude a abrirse paso en la ciudad.

Tal vez sería injusto pedirle a estas alturas a Woody Allen que nos regalara una nueva obra maestra con cada nuevo estreno de una película suya. A su edad y con el ritmo que las produce, es del todo improbable que tal cosa suceda. Y sin embargo... con Café Society (2016) tengo la impresión que roza ese calificativo. Al menos para mí. Tal vez esté siendo generoso con un director al que sigo desde hace muchos, muchos años, hasta el punto que uno le coge cariño, como a todo lo que resulta familiar y amable, entrañable incluso. Conservo algunos recuerdos muy bonitos vinculados a salas a oscuras donde se proyectaba algún estreno de Allen.

Pero etiquetas al margen, Café Society es una de esas comedias ligeras, muy sencillas, que parecen rodadas casi sin esfuerzo. Como si Allen se paseara por la calle con una cámara en mano y nos mostrara un trozo de vida, una parte de la historia de una familia judía cualquiera, casi sin querer. Y es que la primera impresión que me deja esta película es la de sencillez. No se trata de contar nada importante o trascendente (o sí, según se mire); es solo la historia de un joven que se abre paso en la vida, con todo lo que eso conlleva de éxitos y fracasos, esperanzas y realidades, sueños y despertares. Y ese joven, una vez más, parece ser el propio Allen, o su personaje de siempre: ese judío algo patoso, enredado siempre con las mismas obsesiones: la religión, la familia, la muerte y el amor. La vida, en definitiva. Pero Allen es demasiado mayor ya para ciertos papeles. Y escoge a Jesse Eisenberg para que encarne a su personaje. Un Eisenberg sólido y preciso, conmovedor a veces, lo justo, es cierto. Quizá sin el carisma del propio director cuando interpretaba; o tal vez es que resulta imposible establecer comparaciones entre ambos, porque el Woody Allen actor siempre saldrá ganando, por supuesto.

La historia es, como decía, sencilla. Un fragmento de una vida. La del joven Bobby llegando a Hollywood en busca de un porvenir, dispuesto a todo. Hasta a enamorarse. Pero la vida a veces es caprichosa, o injusta. Y el amor llega, pero no para acompañarte en el camino. Porque en la vida no todo es romanticismo y poesía. En la vida hay que elegir. Y ella, Vonnie (Kristen Stewart), elige la seguridad material. Aunque con ello venda su alma al diablo. Aunque no logre olvidar nunca a Bobby. Ni él a ella. Porque lo que nos cuenta Allen es un relato sobre el amor verdadero, irrepetible. Irremplazable. Y entonces, la comedia se vuelve triste, porque cuando los dos enamorados, separados durante años, con sus vidas encauzadas, casi con la necesidad de olvidarse de su pasado, se vuelven a ver cara a cara, comprueban lo terrible de su error, lo irremediable de sus vidas y la certeza de que han dejado escapar la felicidad, casi sin querer.

Y todo narrado con una sencillez maravillosa. Con esa facilidad de los grandes artistas para contar historias. Con ese talento de Woody Allen para llevarnos de la mano, al ritmo de su voz en off, por las vidas de unos personajes normales, para mostrarnos retazos de vidas sin mucho que decir, en apariencia, salvo que él sabe dónde mirar, qué desvelar; y de la mano de una puesta en escena elegante, impecable, con una fotografía que es casi una caricia y al ritmo de ese jazz de siempre, suave y fascinante, que invita a una copa y a un baile. Y todo, casi sin esfuerzo. Con una naturalidad asombrosa. Y con esa genialidad de un director que sigue haciendo su cine, fuera de modas, de tendencias o de necesidades de taquilla. Porque se ha ganado el derecho a no rendir cuentas a nadie. Y si gusta, más o menos, creo que ya le es indiferente. A mí, en todo caso, me sigue pareciendo imprescindible. E irrepetible.

sábado, 25 de marzo de 2017

Red Rock West



Dirección: John Dahl.
Guión: John Dahl y Rick Dahl.
Música: William Olvis.
Fotografía: Marc Reshovsky.
Reparto: Nicolas Cage, Dennis Hopper, Lara Flynn Boyle, J.T. Walsh, Timothy Carhart, Dan Shor, Dwight Yoakam.

Michael Williams (Nicolas Cage) llega a Wyoming desde Texas en busca un trabajo que le ha encontrado un amigo, pero no es contratado por culpa de una lesión de rodilla. Entonces sigue camino hasta Red Rock, un pequeño pueblo donde parece que puede encontrar un trabajo en la construcción. Pero al llegar será confundido con un tal Lyle, de Texas, al que se le espera para ocuparse de un asunto muy diferente.

Red Rock West (1992) es un interesante thriller del poco prolífico, al menos en el cine, director John Dahl, que realiza una trilogía sobre cine negro con este título y La muerte golpea dos veces (1989) y La última seducción (1994).

Quizá el mayor mérito de Red Rock West sea que Dahl consigue engancharnos a la historia prácticamente desde el principio, con una trama que no nos da un respiro. El film parece ir sobre raíles, con un ritmo constante, sin tiempos muertos, siempre con algún giro inesperado, con pequeños detalles de humor y cierta incertidumbre sobre el desenlace de una historia que se va complicando poco a poco pero sin llegar a perder, lo cuál es importante, credibilidad.

Es cierto también que la película va perdiendo fuerza conforme avanza, pues parte de un comienzo bastante potente y al guión a veces le cuesta mantener el pulso, especialmente con el desenlace que, si bien no defrauda, no es todo lo original que nos hubiera gustado.

El personaje de Nicolas Cage es el eje en torno al cuál gira todo. Michael es un perdedor, como mandan los cánones del cine negro. Pero, sobre todo, es una persona honesta que tiene un momento de debilidad y será precisamente por ser honrado, por tener conciencia, por lo que se verá mezclado sin remedio en una trama que amenaza con devorarlo. La lucha de Michael por salir indemne de todo es quizá el elemento más interesante de la historia.

Otro gran acierto de la película es el reparto, donde brillan con luz propia Nicolas Cage, con un trabajo impecable, y el veterano Dennis Hopper, un villano que derrocha personalidad. Lara Flynn Boyle encarna a una hermosa y aterradora mujer fatal, tan seductora como venenosa.

Sorprende que un film tan bien realizado, y además con medios limitados, haya caído en el olvido. Y es que, sin ser una obra de arte, Red Rock West es una de esas películas que, por inesperadas, nos dejan un buen sabor de boca a cine directo, eficaz y bien hecho.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Enamorarse



Dirección: Ulu Grosbard.
Guión: Michael Cristofer.
Música: David Grusin.
Fotografía: Peter Suschitzky.
Reparto: Robert De Niro, Meryl Streep, Harvey Keitel, Jane Kaczmarek, Dianne Wiest, David Clennon, George Martin, Victor Argo.

Molly (Meryl Streep) y Frank (Robert De Niro) no se conocen, aunque cogen el mismo tren para ir a la ciudad. Haciendo las compras de Navidad, la casualidad hace que se tropiecen y, por error, intercambien dos libros, lo que será el comienzo de una serie de encuentros en los que, casi sin darse cuenta, ambos comenzarán a sentirse atraídos mútuamente.

Con el reclamo de dos de los mejores actores de las últimas décadas, Ulu Grosbard , director de origen belga no muy prolífico, nos presenta una sencilla historia de amor entre dos personas casadas, adultas, que, sin embargo, se sienten irremediablemente atraídas por un amor sincero y profundo, lo que les lleva a plantearse seriamente su futuro. No se trata de una película escabrosa. En realidad, no es un film sobre infidelidades, sino más bien sobre el amor, como fuerza redentora, como un sentimiento que, cuando te llega, eres incapaz de domesticar. Ni Molly ni Frank desean hacer daño a sus respectivas parejas, tampoco se sienten a gusto con el sentimiento que ha surgido entre ambos, que les llena de remordimientos, pero no pueden hacer nada por remediarlo. Solo les queda aceptarlo y tomar la decisión que crean más justa, pero que, en todo caso, acarreará dolor, tanto a sus familias como a ellos mismos.

Sin embargo, a pesar de lo interesante del tema y de contar con dos actores excepcionales, Enamorarse (1984) es una película mediocre. Es verdad que Meryl Streep y Robert De Niro hacen un trabajo remarcable, en especial por la naturalidad y autenticidad de sus interpretaciones. Pero su sola presencia no es suficiente para enmendar un film que hace aguas casi por todas partes.

Por un lado, el director no consigue darle a la historia un ritmo interesante. Así, el comienzo de la película se hace un tanto lento, con algunas escenas que parecen no aportar demasiado y hasta da la impresión que algunas son casi de mero relleno. Si a eso le añadimos unos diálogos bastante planos, tenemos una película demasiado fría, inexpresiva.

Y ni siquiera en los momentos más intensos, cuando la pasión de los enamorados debería llenar la pantalla, Grosbard es capaz de trasmitir emoción, tensión, drama. Puede que sea una elección consciente, de querer presentar una historia de amor del modo más natural posible, desprovista de artificios o sentimientos desbordados. No lo sé. en todo caso, el resultado es un film sin demasiado nervio, sin alma, algo que lastra en exceso la intensidad con la que debería vivirse una historia semejante.

Estéticamente, tampoco Grosbard consigue dar en el clavo, con una fotografía del montón, una puesta en escena son grandes aciertos y una música un tanto machacona, muy deudora de los gustos del momento y que denota lo mal que ha envejecido la cinta en este apartado.

Pienso en Breve encuentro (David Lean, 1945), pues Enamorarse recuerda inevitablemente a esa película, tanto por la situación de sus protagonistas como por los encuentros en la estación de un tren, y es evidente la distancia que separa ambas películas, tratándose además de propuestas bastante similares en cuanto a planteamiento y sencillez de la historia. Es la diferencia entre un guión y una dirección geniales y un film mediocre que no logra captar ni trasmitir la esencia de lo que pretende contarnos.

En definitiva, una película cuya bonita historia merecía una puesta en escena mucho mejor. Al final me quedo con el reparto, lo mejor sin duda de un film que no consigue emocionarnos.

martes, 7 de marzo de 2017

El beso del asesino



Dirección: Stanley Kubrick.
Guión: Stanley Kubrick.
Música: Gerald Fried.
Fotografía: Stanley Kubrick.
Reparto: Frank Silvera, Irene Kane, Jamie Smith, Ruth Sobotka, Jerry Jarret, Mike Dana, Felice Orlandi, Ralph Roberts.

Davey (Jamie Smith), boxeador en la cuesta abajo de su carrera, acude en ayuda de Gloria (Irene Kane), su vecina, acosada por su jefe (Frank Silvera), un mafioso que dirige un club de baile y que se ha encaprichado de ella. Davey no tarda en enamorarse de Gloria, que decide acompañarlo cuando le propone que abandonen la ciudad.

El beso del asesino (1955) es la segunda película de Kubrick, un joven cineasta que daba sus primeros y dubitativos pasos en el mundo del cine. Es un film de muy bajo presupuesto donde el director se encarga prácticamente de todo: escribe el guión, se ocupa de la fotografía (recordemos que Kubrick destacó también como fotógrafo), del montaje,  es también el productor y, naturalmente, el director.  El resultado, un fracaso, como su primera película. Sin embargo, el director estaba sentando las bases de su carrera.

La verdad es que la película, que pretende ser un film de cine negro, hace aguas por todos lados. Para empezar, el guión es demasiado básico, planteando una trama muy elemental y cuya puesta en imágenes también peca de poco consistente, con un recurso constante a la voz en off para completar un relato que el director parece que no puede mostrar, tal vez por lo limitado de los recursos. Pero incluso los diálogos tampoco están a un buen nivel, quizá porque el escribir guiones no fuera el punto más fuerte de Kubrick que, a partir de esta película, utilizará adaptaciones de sólidas novelas como base de sus películas.

Fruto de esta debilidad argumental, contamos también con unos personajes sin peso específico, muy elementales en cuanto a sus rasgos característicos, cuando no algo confusos, como en el caso de Gloria, un ensayo de mujer fatal que se mueve entre cierta dulzura y una crueldad asombrosa. Tampoco los actores ayudan mucho al director, pues se trata de artistas de muy limitado talento.

En cambio, ya podemos vislumbrar algunos detalles positivos en la faceta de director que anticipan las ambiciones de Kubrick y que están entre lo poco que se puede salvar de esta película. Por ejemplo, algunos movimientos de cámara y encuadres revelan a un director que busca constantemente expresarse a través de las imágenes, dejando de lado la rutina y buscando puntos de vista expresivos.  La fotografía también me resultó muy convincente, así como la habilidad para crear unos ambientes tristes, claustrofóbicos, que expresan la precaria situación de Davey y de Gloria; al tiempo que algún detalle suelto, como el primer plano de la muñeca en la habitación de Gloria, aporta una nota muy fuerte de nostalgia y ternura. Son recursos expresivos que demuestran el deseo de Kubrick de buscar un lenguaje personal, su intento de crear un universo visual fuerte.

El beso del asesino no deja de ser, por lo tanto, un film fallido del director, que se queda más que nada como una curiosidad para los fans de Kubrick, una curiosidad para conocer sus comienzos, pero que está a mucha distancia de lo que será su obra posterior, en la que ya se aprecia un gran salto de calidad, muy palpable ya en su siguiente película, Atraco perfecto (1956).


domingo, 5 de marzo de 2017

Entre líneas



Dirección: David Hare.
Guión: David Hare.
Música:
Fotografía: Martin Ruhe.
Reparto: Bill Nighy, Rachel Weisz, Ralph Fiennes, Michael Gambon, Felicity Jones, Judy Davis, Tom Hughes, Rakhee Thakrar, Saskia Reeves, Ewen Bremmer, Marthe Keller.

Johnny Worricker (Bill Nighy), un veterano oficial del MI5, recibe un informe secreto de su superior que compromete nada menos que al primer ministro, pero también tendrá importantes repercusiones para su propio futuro en el cuerpo.

Las películas de espías siempre me han fascinado. Es un tema inquietante, oscuro y rodeado de mentiras y engaños que además suele dar lugar a tramas complicadas donde cualquier giro argumental suele encajar bastante bien en los turbulentos ambientes del mundo del espionaje. En resumen, si hay un guión inteligente, es un género que puede dar lugar a historias apasionantes. Sin embargo, a menudo se confunde complicación con enredo y el resultado no es más que un quiero y no puedo que nos puede dejar un gusto muy amargo.

Entre líneas (2011) tiene algunos elementos muy interesantes, como es el tema de la corrupción política, los asuntos turbios del poder, capaz de mentir a sus propios conciudadanos. Nos muestra un mundo donde nada es realmente lo que parece, donde todo se puede comprar o corromper, donde el enemigo está sentado a tu lado y habla tu propio idioma y es más temible que los de fuera.

También tiene esa elegancia propia del buen cine británico, con un relato directo, sobrio, que no se deja llevar por las turbulencias y guarda siempre las formas, exquisitas. Entre líneas tiene el empaque del buen cine, con una puesta en escena cuidada, unos diálogos inteligentes y la sensación de que es un producto que se toma en serio a sí mismo y al espectador. No esperes persecuciones, violencia desatada, ni sexo. No hay mujeres hermosas puestas como decorado ni tampoco una trama sencilla, apta para todos los públicos, digerible y bien intencionada. Es un film complejo, sin concesiones a la taquilla. Y por aquí le vienen también sus defectos.

Y es que Entre líneas resulta, en general, un film demasiado frío. El argumento tiene una intriga tan soterrada que no lo parece, que hasta casi el final no descubrimos qué demonios está pasando, con lo que más de la mitad de la película la pasamos entre tinieblas, buscando sentido a conversaciones un tanto oscuras, propias de los círculos de espías y políticos, pero que no nos llegan de un modo claro, que nos permita ser cómplices de las intrigas. Al contrario, la mayor parte del metraje lo pasaremos esperando a que llegue alguna revelación, algo que nos ponga sobre la pista definitivamente; y eso llega, sí, pero casi al final de la historia. Un poco tarde.

En Entre líneas hay romance, pero no lo parece, porque desconfiamos de todo, de todos, de cada palabra, porque así lo quiere el guionista, pero ello implica que no conocemos a los protagonistas hasta el final. De nuevo un poco tarde. Y hay drama personal, familiar; y soledad, mucha soledad. Pero todo eso no nos llega de manera eficaz. Queda, otra vez, escondido en medio de la confusión que parece envolverlo todo, un juego de engaños, de no desvelar las cartas que provoca momentos de confusión, despiste, de espera excesiva que le resta fuerza e interés al argumento. Y es triste que así sea, porque nos priva de poder disfrutar mejor de la trama que, en realidad, bien mirada, tampoco es deslumbrante. Quizá por ello que el director se recree en el juego de sombras, única manera de mantener cierta tensión, por la intriga, por descubrir un juego que se oculta durante muchos y largos minutos.

Y aún así, a pesar de los defectos, Entre líneas es un film interesante, por ser diferente, por apostar por la seriedad en medio de un cine actual que se mueve más por lo efectista, por la rentabilidad. No es un film redondo, pero tiene el mérito de intentarlo.