Dirección: Norman Jewison.
Guion: Julius Epstein (Obra: Norman Barasch y Carroll Moore).
Música: Frank De Vol.
Fotografía: Daniel Fapp.
Reparto: Rock Hudson, Doris Day, Tony Randall, Paul Lynde, Clint Walker, Hal March, Edward Andrews, Patricia Barry, Clive Clerk, Dave Willock, Aline Towne, Helene Winston, Christine Nelson.
George Kimball (Rock Hudson) es un hipocondríaco que, pensando que va a morir pronto, intenta asegurar el futuro de su esposa (Doris Day).
Rock Hudson y Doris Day fueron grandes estrellas a mediados del siglo pasado, por lo que no fue raro que Hollywood quisiera aprovecharse de ello juntándolos en tres comedias, Confidencias a medianoche (Michael Gordon, 1959), Pijama para dos (Delbert Mann, 1961) y No me mandes flores de 1964, dando lugar a una de las parejas más populares de aquellos años.
He de reconocer que este tipo de cine no es de mi agrado. En aquella época, estas comedias representaban una manera de entender la vida y el cine muy concretos, ofreciendo una imagen edulcorada de la realidad, difundiendo el estilo de vida americano como algo idílico, mostrando una clase media pudiente y feliz, como si la vida fuera un cuanto de hadas.
Otro defecto de este cine es que el humor del que hace gala es bastante burdo, sin mucha imaginación, por lo que hoy en día resulta bastante desfasado, con bromas demasiado infantiles. Pensemos que son productos enfocados a las familias de entonces y el mundo ha cambiado demasiado.
A pesar de todo, bien como productos típicos para conocer una época o bien por el mero placer cinéfilo, No me mandes flores es una comedia bastante agradable de ver. Como toda comedia romántica, se crea un conflicto que resulta algo simplista e infantil para dar pie al enfrentamiento entre el matrimonio protagonista, sin embargo, también hay que reconocer que en medio de un humor mediocre encontramos algunas pequeñas notas de calidad que, aunque no suponen un crecimiento cualitativo importante, sí que nos deparan algunos buenos momentos, sobre todo en la segunda mirad de la cinta, que la elevan un poco sobre otras películas similares.
Pero el atractivo de No me mandes flores residía entonces en la pareja protagonista: Rock Hudson y Doris Day. Él era un arquetipo del americano sano, fuerte y guapo, aunque acabaría por descubrirse la mentira de Hollywood, que ocultó su homosexualidad hasta que la realidad terminó por salir a la luz. Doris Day era por su parte el modelo de belleza de clase media: dulce, simpática, encantadora y recatada. Y aunque esos modelos hayan pasado de moda, es indudable que desprendían cierto encanto que se ha mantenido hasta el presente. Funcionan muy bien como pareja y, a favor de Hudson, su hombría no es pétrea y se encuentran puntos de debilidad que añaden humanidad a su personaje.
Estamos pues ante una comedia no especialmente brillante, pero es un magnífico ejemplo de su época y no está demás poder disfrutarla en su justa medida sin prejuicios.






