El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 14 de agosto de 2012

La vida privada de Sherlock Holmes



Dirección: Billy Wilder.
Guión: Billy Wilder, I.A.L. Diamond (Personaje: Arthur Conan Doyle).
Música: Miklós Rózsa.
Fotografía: Christopher Challis.
Reparto: Robert Stephens, Colin Blakely, Geneviéve Page, Irene Handl, Christopher Lee, Tamara Toumanova, Catherine Lacey, Stanley Holloway, Clive Revill.

Sherlock Holmes (Robert Stephens) y el doctor Watson (Colin Blakely) reciben una inesperada visita en su apartamento de Baker Street: un cochero llega con una mujer que sufre de amnesia, a la que ha rescatado del río y que lleva un papel con la dirección de Holmes. Una vez recuperada la memoria, la mujer, belga y de nombre Gabrielle Valladon (Geneviève Page), les cuenta que está buscando a su esposo desaparecido.

Lo primero que cabría aclarar de La vida privada de Sherlock Holmes (1970) es que la película que nos ha llegado a los espectadores no es la que Billy Wilder había pensado. Wilder era mucho más ambicioso y su obra iba a tener una duración superior a las tres horas. Sin embargo, los productores no parecían compartir los criterios del director y éste, al regresar de la localización de exteriores de su siguiente película, ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (1972), se encontró que su film había sido mutilado y las cinco historias o episodios que había preparado se habían quedado reducidas a dos: la de la bailarina rusa y la del submarino.

La idea de hacer un film sobre Sherlock Holmes era un buen desafío para Wilder. Y desde el comienzo del film nos vamos a encontrar con que el acercamiento del director y su fiel guionista I.A.L. Diamond a la figura del detective inglés dista mucho de lo que había sido habitual hasta entonces. Wilder no quiere ofrecernos de nuevo la imagen clásica de Holmes, sino que nos mostrará a un detective mucho más humano y, por lo tanto, falible; de ahí sin duda el título, de ahí que la voz en off del comienzo nos aclare que no vamos a presenciar el típico caso de Holmes, sino algo muy diferente.

Para dejar las cosas bien asentadas, Billy Wilder hace una primera desmitificación por boca del propio Sherlock Holmes, cuando éste achaca a la imaginación y a las licencias literarias de Watson la imagen que el público tiene de él y que considera falsa.

Puestas las bases, Wilder prosigue la desmitificación de Holmes en clave de humor, tono que domina por completo el primer episodio del film, cuando la famosa bailarina rusa le pide a Holmes que sea el padre del hijo que quiere engendrar. Aprovecha Wilder el tono jocoso para pasar revista a ciertas ideas que no pocos se habían formulado a propósito de Holmes, Watson y la soltería. El detective se hace pasar por homosexual con una alegría que le sirve al director para mofarse de los estériles rumores hacia la orientación sexual del personaje y, al tiempo, para romper una lanza en defensa de la libertad sexual de todo el mundo. Wilder también toca el tema de las adicciones de Holmes, siempre en un tono distendido, rompiendo moldes, humanizando al mito hasta dejarlo a nuestra altura.

Pero en poca cosa se hubiera quedado La vida privada de Sherlock Holmes sin la grandiosa segunda parte del film. Si en el primer episodio, Billy Wilder parece querer simplemente una declaración de intenciones, es en este segundo episodio donde nos sorprende verdaderamente con una historia hermosa donde expone con rotundidad y mucha ternura su visión personal del detective. El humor tan dominante en el primer episodio va dejando paso progresivamente a una mirada mucho más tierna, más íntima y hasta dolorida.

Si ya en El secreto de la pirámide (1985), Barry Levinson aprovechaba el situar la acción en los años juveniles del detective para dar su particular explicación a la soltería del Holmes adulto, Wilder aquí incide de nuevo en el tema de la relación de Holmes con las mujeres. Y es entonces cuando Sherlock Holmes se humaniza definitivamente, cuando deja de ser esa mente infalible y privilegiada y comente un error capital al colaborar, involuntariamente, con el enemigo. Y todo ello fruto del amor, de la atracción por una mujer hermosa que parece nublar su intelecto. Además, Sherlock reconocerá sin problema su fracaso, dejando al descubierto una vez más su lado más humano. Sin duda, es la parte más hermosa y fascinante del film y la que justifica y explica el porqué de este proyecto de Billy Wilder y de su ambición fatalmente truncada.

Si se había pensado en un primer momento en un reparto de actores famosos, fue el propio director el que prefirió recurrir a actores práctimente desconocidos. Y la verdad es que el resultado parece darle la razón. Tanto Robert Stephens como Geneviéve Page hacen un trabajo excelente, aunque del trío protagonista yo me quedo con la genial interpretación de Colin Blakely en la piel de Watson, está relamente espléndido. Y tampoco quiero olvidarme del gran Christopher Lee, en la piel de Mycroft Holmes, el hermano del detective, y que había encarnado con anterioridad a Sherlock, trabajando también en El perro de los Baskerville (Terence Fisher, 1959) junto a Peter Cushing, que era en esa ocasión Sherlock Holmes.

La vida secreta de Sherlock Holmes es un film  muy personal y muy hermoso. Con un comienzo ligero y casi insustancial, la película va ganando peso lentamente hasta ese final tan delicado y rotundo, logrando Billy Wilder una extraña mezcla entre comedia y drama romántico con una buena dosis de intriga. Aunque lo más importante es cómo logra desmontar la imagen tópica de Sherlock Holmes desde el respeto y la admiración, convirtiéndolo en una persona mucho más interesante que el frío detective perfecto al que estábamos acostumbrados.

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