El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 6 de junio de 2017

De 5 a 7



Dirección: Victor Levin.
Guión: Victor Levin.
Música: Danny Bensi y Saunder Jurriaans.
Fotografía: Arnaud Potier.
Reparto: Anton Yelchin, Bérénice Marlohe, Olivia Thirlby, Lambert Wilson, Frank Langella, Glenn Close, Eric Stoltz, Dov Tiefenbach, Joe D'Onofrio.

Brian (Anton Yelchin) es un joven escritor al que le han rechazado la publicación de cuanto ha escrito. Un día se encuentra en la calle con una hermosa mujer y la atracción es tal que siente el impulso de cruzar la calle para conocerla. Será el comienzo de una increíble historia de amor.

Lo que más choca al principio en De 5 a 7 (2014) es sin duda el argumento. Cuesta entender que el matrimonio de Arielle (Bérénice Marlowe) y Valéry Pierpont (Lambert Wilson) tengan una concepción tan abierta de su relación, donde se acepta con normalidad absoluta que tu cónyuge tenga un amante, hasta el punto de oficializarse incluso la relación. Pero debemos aclarar que la historia se basa en un caso real que conoció el director en Francia, precisamente. Y el argumento de la película incidirá repetidamente en las diferencias culturales de Estados Unidos y Francia, quizá en un deseo de justificar esa peculiar manera de entender el matrimonio y hacerla más aceptable para el público.

En todo caso, es la premisa básica. Pero la película es mucho más. Es una comedia romántica que nos permite seguir el descubrimiento del amor, en mayúsculas, por parte de Brian, un joven que aspira a ser escritor pero que, como vamos descubriendo poco a poco, aún no ha desembarcado plenamente en el río de la vida. Su contacto permanente con su padres, de quienes parece depender económicamente, mantienen a Brian aún en un estado de juventud casi idílica, sin responsabilidades, dedicado a lo que más le gusta. Sin embargo, su encuentro con Arielle, una mujer mayor que él, mucho más madura, le descubrirá un universo nuevo, lo hará madurar y también lo dejará marcado de por vida.

No sé si uno puede tener varios amores perfectos a lo largo de la vida. Puede que así sea. Pero el mensaje de De 5 a 7 es que solo hay un amor auténtico, arrebatador, poderoso como un ejército invencible. Y ese amor nos llega, a menudo, en nuestra juventud, en los años en que despertamos a la vida, en que somos moldeables, dúctiles y ardemos en deseos de conocer, de experimentar y de saber. Esa etapa única marcará nuestra vida sin remedio, como a Brian, enamorado para siempre de una sirena perfecta, tierna y hermosa como un espejismo.

Puede que el amor verdadero tenga que durar poco y romperse sin remedio. Tal vez por eso es eterno. Lo dice Brian, más o menos, y es que así lo siente y así será.

Sin embargo, el mensaje tan poderoso de la película no siempre se ve acompañado por la misma perfección e intensidad en el relato. Creo que la película, en general, se pierde a veces en pequeñas anécdotas, potenciando la parte de comedia de la historia, y se deja quizá en el camino el adentrarse con más decisión y contundencia en la parte romántica de la historia de amor de Arielle y Brian, dos personajes que me hubiera gustado conocer mejor; pues sus muestras de cariño, sus declaraciones de ese amor único e incombustible se resumen en un par de frases susurradas al oído y poco más. Quizá el gusto por la belleza de la puesta en escena, evidente en todo momento, en marcar los tiempos y las atmósferas, se haya comido parte de la intensidad que se le presupone a un amor tan arrollador como el de los protagonistas. Puede que también la cierta pasividad de Anton Yelchin contribuya a ese tono un tanto frío que trasmite el actor, de igual manera que la rotunda belleza de Bérénice Marlowe es tan perfecta como distante.

Aún así, De 5 a 7 es un film que transmite honestidad. La historia que cuenta es tan cierta como que existe la muerte. A pesar del tono de comedia, la historia impone su rotundidad sin paliativos. Y cuando la vida obliga a aceptar su terrible dictado, es imposible no temblar y sentir la oscuridad invadiéndote el cuerpo.

Puede que algunas cosas, siempre las más importantes, las escriba uno para un único lector.

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