El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Mi año en Oxford



Dirección: Iain Morris.

Guion: Allison Burnett y Melissa Osborne (Novela: Julia Whelan).

Música: Isabella Summers.

Fotografía: Remi Adefarasin.

Reparto: Sofía Carson, Corey Mylchreest, Dougray Scott, Catherine McCormack, Harry Trevaldwyn, Esmé Kingdom, Nikhil Parmar, Poppy Gilbert. 

Anna de la Vega (Sofía Carson), tras graduarse y antes de comenzar su carrera profesional en Wall Street, acude a la Universidad de Oxford para cumplir su sueño de estudiar la poesía victoriana.  

Mi año en Oxford (2025) es la típica película romántica con protagonistas guapos que nos vende una historia de amor tan perfecta como dramática. Esto queda muy bien sobre el papel, otra cosa es llevarlo a la práctica.

Para empezar, la historia arranca en tono más bien ligero, con una presentación de los personajes algo simple, sin rodeos. Da la sensación de que las guionistas tenían prisa para meternos de lleno en el romance, que acapara todo el resto del metraje, bastante extenso, por cierto. El inconveniente de esas prisas es que no nos permiten conocer a fondo a la pareja protagonista. Es más, la imagen que obtenemos de Anna es un tanto pobre, como de alguien inmaduro, pero peor es la primera impresión que nos ofrecen de Jamie (Corey Mylchreest): un playboy infantil, cobarde y algo tonto que, para lograr que encaje en la vida de Anna, lo convierten en su improbable profesor.

Con este comienzo no es de extrañar que cueste empatizar con los protagonistas, sobre todo porque tampoco hay ninguna tensión previa a su enamoramiento, transcurriendo sus primeros encuentros de manera superficial, sin nada que aporte emoción o incertidumbre. Su encuentro y su enamoramiento están telegrafiados con absoluta falta de elaboración.

Y como todo va como de prisa y corriendo, tampoco los personajes secundarios, que suelen jugar siempre un rol más cómico que aligere la historia, son desarrollados con sentido común, sino que se meten en la trama de una manera que puede resultar precipitada. Ellos tampoco tienen la profundidad necesaria para adquirir un peso dramático y quedan como meros decorados necesarios, pero muy secundarios en todo.

Pero la clave de la historia se desvela a mirad de la misma, cuando descubrimos que Jamie padece cáncer y que Cecelia (Poppy Gilbert), la que presumíamos que era su novia, en realidad lo era de su difunto hermano, también víctima del cáncer.

Es el giro sorpresa que pretende conducirnos sin tregua de ahí hasta el final por un drama lacrimógeno de libro. Y de nuevo aquí se manifiestan las limitaciones de la película, pues lo que debería provocarnos un mar de lágrimas se queda en casi nada, pues tampoco en el drama el guión consigue llegar a convencernos de la seriedad y profundidad de sus intenciones.

Y ese es el defecto clave de Mi año en Oxford, que se queda en la superficie de las personas y de sus sentimientos, con unos protagonistas muy guapos, pero con una historia tan mal abordada que no consigue llegarnos y mucho menos emocionarnos. 

De lo poco reseñable serían algunas citas de bonitos poemas, lo único en realidad que aporta algo de profundidad y calidad a una película bonita en las formas, pero sin calidad en lo importante y que cae en todo lo menos original que puede ofrecer el género.

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