El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 13 de febrero de 2011

La jungla de cristal



A estas alturas parece que está de más recordar que el cine es, ante todo, un entretenimiento de masas. Una buena película no tiene que ser, exclusivamente, aquella que nos haga pensar o nos transmita algún mensaje importante. La jungla de cristal (John McTiernan, 1988) nos ofrece solamente 131 minutos de entretenimiento sin más pretensiones, pero también para ésto hay que tener talento.

Precisamente el día en que John McClane (Bruce Willis), un policía de Nueva York, decide visitar a su ex mujer en el edificio donde trabaja, el Nakatomi Plaza de Los Ángeles, un grupo de terroristas asalta el edificio. Sólo McClane, por azar, consigue escapar y a partir de ese momento se las tendrá que ver el solo contra el grupo de asaltantes.

El gran mérito de La jungla de cristal reside en haber sabido relanzar el género de acción a base de saber mezclar acertadamente la tensión, el peligro, unos efectos especiales muy buenos, la acción sin descanso y el humor. El resultado es un film trepidante y muy entretenido, lleno de violencia, claro está, pero sin que resulte especialmente cruel, gracias siempre al sentido del espectáculo y el humor que rodea al personaje de McClane; convertido en un referente de nuestra época del antihéroe o del héroe a la fuerza, componiendo un curioso personaje un tanto chulesco y engreído que, sin embargo, se hace más simpático y está más en consonancia con los tiempos actuales, donde un héroe del corte clásico no sería tan bien aceptado ni resultaría del todo creíble.

Para Bruce Willis, conocido hasta entonces por la exitosa serie de televisión Luz de luna, y que había debutado en el cine con la no muy exitosa Cita a ciegas (Blake Edwards, 1987), este papel le supuso el salto al estrellato, lanzando su carrera en la gran pantalla hasta nuestros días. La verdad es su composición de John McClane es perfecta y sabe dotar a su personaje de un atractivo indiscutible: es un tipo duro como el que más, pero al mismo tiempo resulta un tanto cómico y no es para nada un triunfador al uso, de ahí su cercanía.

Pero no puede haber una película de acción sin unos malos a la altura. Éste es el otro gran punto fuerte de La jungla de cristal. Dos son los elementos que dan categoría a los malos: por un lado, el hecho que sean extranjeros y se comuniquen con frecuencia otro idioma, lo que les otorga un plus de peligrosidad basado en el miedo innato a lo extraño, a lo que no comprendemos. Por otra parte, la presencia de actores de la talla de Alan Rickman en el papel de Hans Gruber, el jefe de los asaltantes, que compone también un personaje que ha quedado como prototipo de asesino cruel y sin escrúpulos, o el bailarín Alexander Godunov, con una presencia física intimidadora.

John McTiernan se consolidaba con esta obra como un magnífico director de películas de acción, tras la soberbia Depredador (1987), confirmando tener un talento especial para crear tensión y mantenerla en lo más alto sin dar un respiro. También demostró su buen ojo a la hora de crear muletillas de éxito, como la repetida Yipee-kiyay, hijo de puta que pasó a convertirse en la tarjeta de presentación de McClane.

La jungla de cristal es trepidante, entretenida, ocurrente y con un ritmo perfecto y creó un modelo que ha sido imitado hasta la saciedad pero sin que ninguna de las secuelas o films que se inspiraron en su fórmula diera jamás con la clave que hace de esta película un clásico del género.

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