Dirección: Rudolph Maté.
Guión: Seton I. Miller.
Música: Frank Skinner.
Fotografía: Irving Glassberg.
Reparto: Tyrone Power, Piper Laurie, Julia Adams, John McIntire, Paul Cavanagh, John Baer, Ron Randell, Ralph Dumke, Robert Warwick, William Reynolds, Guy Williams.
El joven Mark Fallon (Tyrone Power) se traslada desde Nueva York al Mississippi con la idea de hacer fortuna como jugador de póker en los barcos que navegan por el río.
A lo primero que nos recuerda El caballero del Mississippi (1953) es a otro drama de época, el más famoso de la historia, Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood, 1939), pues aquí también asistimos a amores imposibles, cortesía sureña, duelos y aventuras. Puede que inconscientemente, pero el guión de Seton I. Miller escarba en las mismas raíces.
Sin embargo, algunos detalles de la película van dejando la evidencia de que estamos ante una obra menos redonda que la de Clark Gable, a pesar de que Tyrone Power resulta un protagonista perfecto para su papel.
Los decorados y la suntuosidad de los vestidos destacan poderosamente, es cierto, pero también denotan un lujo algo artificial y más llamativo que auténtico. También la fotografía está muy cuidada, aportando un colorido espectacular en algunas secuencias. Técnicamente, la película pone en evidencia el esfuerzo de la productora para ofrecer un vehículo cuidado e impactante.
Sin embargo, las mayores debilidades provienen de un guión que no consigue imprimir a la historia la grandeza y el dramatismo que pretende. Tal vez, por querer abarcar demasiado, desde el amor imposible de Fallon y la altiva y orgullosa Angelique Dureau (Piper Laurie), a la amistad de Mark con el simpático Kansas John Polly (John McIntire) y con el padre de Angelique (Paul Cavanagh), el amor no correspondido de la dulce Ann (Julia Adams), pasando por la imbecilidad de Laurent Dureau (John Baer) y una muestra exhaustiva de las costumbres de las gentes del Sur.
Abarcar tanto hace que se pase por todos estos temas de manera apresurada, de modo que el eje principal de la historia, el amor de Mark y Angelique, se quede en muy poca cosa. O que el hermano de ella, Laurent, tenga una presencia más caprichosa que comprensible. Incluso la figura de Mark resulta demasiado bondadosa y perfecta, por lo que no llegamos a identificarnos demasiado con él, tal vez porque no resulta muy real o consecuente: un jugador de fortuna que se parece más a un santo.
Si al problema de la superficialidad con que se tratan todos los temas abordados le unimos el de los diálogos, que carecen de brillantez, tenemos la receta por la que la cinta no logra la intensidad deseable para un drama de este tipo.
El caballero del Mississippi nos deja la sensación de un quiero y no puedo, donde jamás llegamos a vibrar con los amores cruzados ni a sentir el drama con la muerte de los familiares de Angelique de un modo certero y eficaz.
El resultado se queda en un film vistoso pero frío, algo acartonado y ciertamente pasado de moda. Interesante como ejemplo del cine de la época, pero sin genio.
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