Dirección: Patrice Leconte.
Guión: Jérôme Tonnerre y Patrice Leconte (Novela: George Simenon).
Música: Bruno Coulais.
Fotografía: Yves Angelo.
Reparto: Gérard Depardieu, Jade Labeste, Mélanie Bernier, Aurore Clément, André Wilms, Hervé Pierre, Clara Antoons, Pierre Moure, Bertrand Poncet.
París, años cincuenta, una joven (Clara Antoons) aparece muerta en una plaza de París. No hay nada que permita identificarla y el comisario Maigret (Gérard Depardieu) no tiene tampoco ninguna pista.
El personaje de Maigret ha sido llevado muchas veces al cine y en esta ocasión es Gérard Depardieu el encargado de representarlo. No es disparatado decir que este Maigret (2022) es fundamentalmente Gérard Depardieu. El actor se apodera del relato con su poderosa presencia que en realidad contrasta con su salud, delicada, y sobre todo con su tristeza. Porque la película utiliza el crimen como punto de partida para adentrarse en terrenos más íntimos, no solo del detective, sino también del resto de personajes, perdidos, extraños, víctimas de sus extrañas fantasías... Patrice Leconte nos sumerge en un universo cargado de nostalgia, de dolor, del peso del pasado.
Sorprende pues que un film policíaco se aleje tanto de nuestras expectativas. Puede que para algunos sea un detalle que ensombrece la película, pero creo que en realidad es su acierto, su originalidad es la que convierte a Maigret en un film diferente a lo que vemos cotidianamente, en especial en la filmografía que viene de Estados Unidos, mucho más superficial y concreta.
La película de Leconte busca más que pistas, busca el alma de los personajes. Y lo hace con un ritmo pausado y una ambientación muy detallista. Pero lo esencial es la manera de contar la historia, dejando más insinuaciones que certezas, sembrando pistas que el espectador deberá seguir para adivinar el drama que entristece al comisario, un dolor que no se puede expresar ni se puede reprimir.
Pero Jules Maigret no es el único que sufre. También está la señora Clermont-Valois (Aurora Clément), sacrificada esposa, engañada, que desea mantener su estatus social. Estatus que su enfermo hijo Laurent (Pierre Moure) podría echar por tierra sin poder evitarlo.
O Betty (Jade Labeste), que escapa de un futuro poco esperanzador para lanzarse a una aventura realmente incierta.
Incluso París, la mágica ciudad alabada y mitificada tantas veces, es ahora presentada como un espejismo que devora los sueños, un lugar inhóspito, frío y sin entrañas donde nadie importa a nadie. Salvo quizá al comisario, tal vez para revivir un presente que había perdido mucho tiempo atrás.
A pesar de todo, de la meticulosa puesta en escena y la presencia de Depardieu, le falta algo a Patrice Leconte para redondear su propuesta. Se percibe el esfuerzo por ofrecernos algo de calidad y tal vez sea eso mismo lo que termine delatándole, haciendo que su intento resulte a veces algo artificial, como forzado, como en esos cortes entre secuencias o esas frases que parecen demasiado perfectas.
Aún así, Maigret me parece un film diferente, elegante, triste, con algo en sus entrañas que le da cierto valor: tiene personalidad.
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