Dirección: Billy Wilder.
Guión: Billy Wilder, Samuel Taylor y Ernest Lehman (Obra: Samuel Taylor).
Música: Frederick Hollander.
Fotografía: Charles Lang Jr. (B&W).
Reparto: Humphrey Bogart, Audrey Hepburn, William Holden, Walter Hampden, John Williams, Martha Hyer, Joan Vohs, Marcel Dalio, Marcel Hillaire, Nella Walker, Francis X. Bushman, Ellen Corby.
La joven Sabrina (Audrey Hepburn) lleva casi toda su vida enamorada de David (William Holden), el mujeriego hijo menor de los Larrabee, una familia que ha amasado una gran fortuna con los más variados negocios y para la que su padre (John Williams) trabaja como chófer.
Billy Wilder fue uno de los directores más versátiles de la historia, rodando tanto una película bélica (Cinco tumbas al Cairo, 1943), como un drama (Días sin huella, 1945) o un film de cine negro (Perdición, 1944) con total maestría. Pero creo que no me equivoco al afirmar que es en el género de la comedia donde parecía moverse más a gusto, dejándonos algunos de los títulos más reconocidos del género, como La tentación vive arriba (1955), Con faldas y a lo loco (1959) y El apartamento (1960).
Con Sabrina (1954) nos ofrece un encantador cuento romántico donde brilla especialmente el maravilloso encanto de Audrey Hepburn, que había debutado en Hollywood a lo grande con Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953), ganando nada menos que el Oscar a mejor actriz.
En Sabrina sigue luciendo ese encanto natural, esa frescura que convierte a la protagonista en el centro de atención cada vez que está en pantalla. Incluso un veterano como Humphrey Bogart palidece a su lado. En realidad, la elección de Bogart para el papel de Linus vino motivada por la renuncia de Cary Grant, para quien estaba pensada la historia, y la verdad es que la diferencia de edad entre Bogart y Audrey Hepburn, además del aspecto envejecido del actor, son uno de los defectos más notorios de la película, pues se hace casi inconcebible un romance entre la dulce Sabrina y el áspero Linus.
Pero más allá de ese detalle o de los conocidos problemas durante el rodaje con el guión o el mal carácter de Bogart, el caso es que Billy Wilder logró sacar adelante una de esas comedias amables, simpáticas y llenas de encanto que nos dejan con una sonrisa en los labios hasta mucho tiempo después de terminar de ver la película.
Sabrina nos cuenta una historia muy sencilla: cómo una joven soñadora e inexperta termina encontrando el amor donde menos lo espera. No deja de ser un film sin demasiado interés en cuanto a argumento, incluso podríamos decir que la historia es algo cursi, pero en manos de Billy Wilder, el resultado es maravilloso. Porque el director nos da una lección de elegancia, de fluidez, de saber marcar los tiempos, buscar el encuadre perfecto y contar la historia yendo siempre a lo esencial, sin rodeos, sin trampas, sin perder como meta la esencia de la historia: hacer un film encantador, romántico sin excesos, tierno sin caer en lo empalagoso y divertido sin buscar nunca la risa forzada. La naturalidad y el buen gusto son la clave.
Pero si Wilder es el maestro que pone orden y buen gusto en la historia, es la presencia de Audrey Hepburn la que aporta ese aire inocente, dulce y con una belleza incuestionable que convierte la cinta en algo delicioso. Por eso comprendemos que tanto el alocado David como el seco Linus puedan caer rendidos ante ella al instante. Pocas veces una actriz ha tenido tanto peso en una historia como ella aquí.
Sabrina es una de esas cintas donde podemos disfrutar de ese estilo genuino del Hollywood clásico, de un saber hacer que ya no se puede ni imitar, porque aquellos años han pasado a la historia y aquellas estrellas y directores nos han dejado, desgraciadamente, para siempre.
La película ganó el Oscar al mejor vestuario en blanco y negro.
En 1995, Sydney Pollack hizo una nueva versión del film titulado Sabrina (y sus amores) que el propio Billy Wilder no encontraba muy conseguida.
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