El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 29 de noviembre de 2024

Todos los días de mi vida



Dirección: Michael Sucsy.

Guión: Abby Kohn, Marc Silverstein y Jason Katims.

Música: Rachel Portman y Michael Brook.

Fotografía: Rogier Stoffers.

Reparto: Rachel McAdams, Channing Tatum, Sam Neill, Jessica Lange, Scott Speedman, Wendy Crewson, Jessica McNamee, Tatiana Maslany, Joe Cobden, Jeananne Goossen.

Paige (Rachel McAdams) y Leo (Channing Tatum) está profundamente enamorados y son felices con los que tienen. Pero un día, sufren un accidente y Paige se queda en coma. Cuando al fin despierta, no recuerda nada de su pasado más reciente.

El drama romántico es un género eterno con hitos tan memorables como Tú y yo (Leo McCarey, 1957), aquella Love Story de Arthur Hiller (1970) que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo un título imprescindible, y más recientemente, la dramática El diario de Noah (Nick Cassavetes, 2004). Esa mezcla de amor perfecto y drama tiene la virtud de tocar la fibra sensible de todo tipo de espectadores, desde los más jóvenes y apasionados hasta los más mayores, recordando sus batallas de antaño.

Pero como todo género, lo importante es contar una historia interesante, con profundidad, sensibilidad y buen gusto. Y es precisamente todo eso lo que echamos de menos en Todos los días de mi vida (2012), una película bastante mediocre que ni apasiona ni conmueve.

Un sencillo ejemplo del nivel del guión y su buen gusto nos lo proporciona la escena en la que a Leo se le escapa un pedo en el coche y Paige, en un acto de extraño romanticismo vulgar y algo asqueroso, cierra la ventanilla para que no se escape el "aroma" de su hombre. ¡Impresionante!

Ya el principio, donde nos presentan a los protagonistas y cómo se conocen y se enamoran, resulta tan calculado y tan plano que nos pone sobre aviso de lo que vendrá a continuación. Paige y Leo son perfectos y su amor el más puro. El problema es que nada de eso resulta convincente.

Lo que sigue continúa por el mismo camino: un guión torpe que no sabe eludir los tópicos, con unos diálogos infantiles y con unos personajes tan básicos (especialmente los padres de Paige, interpretados por Sam Neill, dibujado toscamente como un malo de libro, y Jessica Lange) que no somos capaces de creérnoslos, por lo que nunca nos sentimos implicados en sus turbios asuntos.

Además, el desarrollo resulta de lo más previsible por lo tramposo y poco sutil como está presentado. No cuesta anticiparse a sus recovecos, realmente torpes, y cuando el guión al fin tira de sorpresa, para impactarnos y reconducir la historia hacia el consabido final feliz, resulta aún más inconcebible, a parte de que dicha sorpresa se desarrolla de un modo muy prosaico. Lejos de producir el impacto emocional que debería causarnos, nos asombra tanto que lo más que llega a conseguir es que nos riamos de la ocurrencia.

Solamente la presencia de Rachel McAdams, una actriz que derrocha encanto con una naturalidad apabullante, logra maquillar un poco el espectáculo. Rachel consigue hacer su personaje cercano y comprensible y eso es al final lo único que le da a la historia algo de calor humano pues, por desgracia, Channing Tatum carece del más mínimo encanto, lo que sumado a un personaje que se mueve entre la torpeza y el empalago hace que no logre contagiarnos su dolor ni su desconcierto. Resulta casi antipático por momentos.

En definitiva, una película para olvidar. No hay drama, no hay pasión, no hay emoción porque no existe nada realmente sincero en el argumento, que busca la trampa, el efectismo y está escrito a base de brochazos sin inspiración ni sensibilidad.

Por cierto, la película está basada en un hecho real.

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