El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 11 de septiembre de 2026

El último beso del káiser



Dirección: David Leveaux.

Guion: Simon Burke (Novela: Alan Judd).

Música: Ilan Eshkeri.

Fotografía: Roman Osin.

Reparto: Lily James, Jai Courtney, Christopher Plummer, Janet McTeer, Eddie Marsan, Ben Daniels, Mark Dexter, Kris Cuppens, Anton Lesser. 

El capitán Stefan Brandt (Jai Courtney) es asignado a tomar el mando de la guardia personal del depuesto Káiser Guillermo II (Christopher Plummer), en los Países Bajos. Allí conocerá y se enamorará de la joven Mieke de Jong (Lily James), criada del káiser y espía que trabaja para Inglaterra.

El último beso del káiser (2016) se presenta como una película ambiciosa tanto por el tema abordado, un romance imposible entre dos supuestos enemigos en tiempos de guerra, como por la elegante puesta en escena, donde remarcaría la cuidada fotografía de Roman Osin. Sin embargo, como viene siendo habitual últimamente, la película cojea por un guión blando e inconsistente que no es capaz de trasmitir lo que se adivina que subyace bajo el hermoso envoltorio.

La clave en una historia romántica creo que es la perfecta definición de los personajes, así como construir su relación con unos diálogos sólidos, no solo imágenes más o menos atrevidas. Y en El último beso del káiser no tenemos nada de eso. Para empezar, el primer encuentro a solas de Stefan y Mieke es casi grotesco y, a partir de ahí, el romance se reduce a escenas de sexo no especialmente afortunadas en la manera de ser filmadas, y conversaciones tan superficiales como breves.

Es difícil empatizar con los protagonistas con esa pobre representación de lo que debería ser un amor que nos contagiase pasión. En cambio, casi permanecemos indiferentes.

La figura del káiser, por su parte, parece también de cartón piedra, con reacciones iracundas impropias de lo que se supone una persona de su rango. Y puestos a seguir con el reparto, Himmler (Eddie Marsan) tampoco da la talla: uno imagina un personaje autoritario que impone respeto y en cambio nos encontramos con un hombrecillo insulso que acepta dinero como un necesitado. Solamente encontré interesante a la esposa del káiser (Janet McTeer) y sus desesperados intentos de contentar a los nazis para intentar reponer en el trono a su esposo. Es el único personaje con un comportamiento lógico y que logra transmitirnos algo humanamente comprensible.

Y no nos paremos a analizar con demasiado rigor el argumento, pues sacaremos la conclusión de que parece ser el elemento menos elaborado de la película, repleto de situaciones forzadas, conversaciones sin sustancia y una falta de sensibilidad y profundidad alarmantes.

Una pena, pero la película no da para mucho y nos confirma la crisis de talento en el mundo de los guionistas.

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