El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 7 de enero de 2020

Network, un mundo implacable



Dirección: Sidney Lumet.
Guión: Paddy Chayefsky.
Música: Elliot Lawrence.
Fotografía: Owen Roizman.
Reparto: Faye Dunaway, William Holden, Peter Finch, Robert Duvall, Beatrice Straight, Wesley Addy, Ned Beatty, Arthur Burghardt, Bill Burrows, John Carpenter.

Howard Beale (Peter Finch), en otro tiempo exitoso presentador de noticias, está en sus horas más bajas, tanto profesional como personalmente, por lo que la empresa decide prescindir de sus servicios, ante lo cuál Beale anuncia en medio de su programa que se suicidará en directo.

Network, un mundo implacable (1976) es una dura crítica del mundo de la televisión y,  por extensión, de la alienación del hombre por parte de un sistema cada vez más materialista y simplista que busca la homogeneización de los individuos y la eliminación del pensamiento único y crítico, estableciendo una sociedad de personas adormecidas y conformistas.

En la película, la propia cadena que va a despedir a Beale, al darse cuenta de que se está convirtiendo en un foco de atención del público, decide utilizarlo para reflotar el negocio. No hay compasión, ni pena, solo ven en él una fuente de ingresos que explotar convenientemente. De la misma manera, una vez que ya no sea rentable, cuando los gustos y las audiencias cambien, deberá dejar su sitio a otro nuevo espectáculo.

La visión del mundo de la televisión como un mero mercantilismo sin alma, que crea y destruye sus propios productos con una frialdad inhumana, es el gran mensaje de la cinta que, a pesar del tiempo transcurrido, conserva toda su verdad y resulta terriblemente cierta aún más hoy en día. Los seres humanos nos hemos convertido en números, en objetos que manipular y controlar en beneficio de grandes compañías que solo buscan la rentabilidad económica. La televisión es sólo una parte de un sistema implacable.

Pero no todo en Network me pareció acertado. Quizá la mayor crítica que se le pueda hacer es que, vista en la actualidad,  resulta demasiado evidente en sus planteamientos, casi pueril; lo mismo que la manera de exponerlos, con algunos momentos y personajes un tanto excesivos, rozando lo surrealista, lo que quizá no resulta del todo beneficioso para el propósito de denuncia de la película.

También la duración del film me resultó excesiva. Creo que hay algunas secuencias prescindibles sin perjudicar en absoluto el mensaje. 

Por contra,  la calidad de los diálogos es notable y más si los comparamos con lo que suele verse en películas más recientes. En este sentido parece claro que hoy en día sería casi imposible hacer un film similar. 

A destacar el tono casi documental que Sidney Lumet le imprime al film, con un estilo muy personal que evita un relato excesivamente detallado favoreciendo un clima de confusión, conversaciones que se solapan, ruidos, llamadas de teléfono... logrando así el director un ambiente que resulta muy cercano a lo que imaginamos sería un negocio como el de la televisión.

Sin embargo, en el dibujo de los personajes vuelvo a percibir cierta exageración, como en el Diana (Faye Dunaway), donde se cargan quizá demasiado las tintas en cuanto a su obsesión con el trabajo, que la lleva a no dejar de hablar de sus proyectos ni en cuando está en la cama con su amante.

Por el contrario, las interpretaciones son uno de los puntos fuertes del film. De hecho, la película fue premiada con cuatro Oscars, de los cuales tres fueron para Faye Dunaway como mejor actriz, Peter Finch, actor, y Beatrice Straight, la esposa del personaje de William Holden en el film, como actriz secundaria. El cuatro premio fue para Paddy Chayefsky por el mejor guión original.

sábado, 4 de enero de 2020

La desaparición de Alice Creed



Dirección: J. Blakeson.
Guión: J. Blakeson.
Música: Marc Canham.
Fotografía: Philipp Blaubach.
Reparto: Gemma Arterton, Martin Compston, Eddie Marsan.

Dos ex-convictos, Vic (Eddie Marsan) y Danny (Martin Compston), planean al detalle el secuestro de Alice (Gemma Arterton), hija de un hombre muy rico, del que esperan sacar dos millones de libras. Sin embargo, pronto se producirá un imprevisto que lo complicará todo.

La desaparición de Alice Creed (2009) ha sido una agradable e inesperada sorpresa. J. Blakeson, director y guionista, nos enseña de manera notable todo lo que se puede lograr con una buena idea y, además, con una economía de medios sorprendente. No todo el cine tiene que ser efectos especiales y presupuestos gigantescos.

La película ya nos sorprende con su eficaz y sencillo comienzo: sin recurrir a la palabra, Blakeson nos  pone en situación de manera brillante, con los secuestradores poniendo a punto el apartamento donde llevarán a Alice. A partir de aquí comienza a desplegar una intriga de lo más elaborada dentro de una simplicidad total. Lo mejor de todo es que los acontecimientos que se van sucediendo son absolutamente convincentes, sin necesidad de trampas o situaciones forzadas, a menudo demasiado frecuentes en los thrillers actuales, lo que hace del relato una historia del todo verosímil. Con un guión sumamente inteligente, Blakeson nos lleva por un camino donde todo fluye con naturalidad y lo imprevisible del desarrollo, del que nunca tenemos pistas, hace que estemos en tensión permanentemente en una historia que nos atrapa sin remedio.

Pero el mérito también reside en que J. Blakeson, con un único escenario y solamente tres personajes, y en su debut como director, consigue mantener en todo momento la tensión y el interés sin tiempos muertos, sin escenas de relleno, centrándose siempre en lo fundamental y sin permitir un momento de respiro. De esta manera, el film fluye con una agilidad pasmosa para lo contenido de los medios utilizados y nunca echamos de menos la ausencia de otros personajes o escenarios.

Además, el retrato que hace de las personalidades de Vic y Danny resulta todo un acierto. Ni el primero es finalmente tan duro como parece ni la supuesta debilidad de Danny es tal llegado el momento; y es que la naturaleza humana es así en realidad, compleja y con recursos sorprendentes en situaciones límite.

Sin embargo, parte del mérito en que todo funcione tan bien hay que atribuirlo al excelente trabajo de los tres actores del film, con unas actuaciones que rozan la perfección y que nos permiten disfrutar del argumento llegando a olvidarnos en todo momento que se trata de una mera ficción.

Por ponerle un pero, si bien es sólo una apreciación personal, el desenlace parece algo más forzado que el resto de la historia, sin que por ello pueda afirmar que no es coherente o plausible, pero quizá un poco menos convincente que el resto del argumento. A pesar de ello, Blakeson logra mantener también aquí una tensión y una elegancia en el final acordes con el tono general de la película.

lunes, 9 de diciembre de 2019

El príncipe de Zamunda



Dirección: John Landis.
Guión: David Sheffield y Barry W. Blaustein (Historia: Eddy Murphy).
Música: Nile Rodgers.
Fotografía: Woody Omens.
Reparto: Eddy Murphy, Arsenio Hall, Shari Headley, James Earl Jones, John Amos, Allison Dean, Madge Sinclair, Paul Bates, Vanessa Bell, Eriq La Salle, Don Ameche, Ralph Bellamy, Cuba Gooding Jr., Samuel L. Jackson.

El príncipe Akeem (Eddy Murphy), heredero al trono de Zamunda, no desea un matrimonio impuesto, según la tradición del país y decide marcharse a los Estados Unidos de incógnito y buscar allí a su futura esposa, alguien que lo quiera por cómo es, no por su título.

En los años ochenta del pasado siglo, Eddy Murphy comenzó una carrera como actor que le proporcionó bastante popularidad y algunos éxitos de taquilla, éxitos que le permitieron poder llevar a cabo proyectos personales como precisamente en el caso de El príncipe de Zamunda (1988), basada en una historia creada por el propio actor y para la que eligió al director John Landis, con quién ya había trabajado en Entre pillos anda el juego (1983), y que es más conocido por películas como Desmadre a la americana (1978), The Blues Brothers (1980) o Un hombre lobo americano en Londres (1981).

El príncipe de Zamunda viene a recoger la fórmula de sobra conocida de chica sencilla que encuentra a su príncipe azul, en este caso del imaginario reino de Zamunda. El argumento está bastante visto, pero la originalidad en esta ocasión es que el relato está contado desde el punto de vista del príncipe, que busca una mujer que lo quiera de verdad, no por su dinero, haciéndose pasar por una persona normal.

La película está planteada para el absoluto lucimiento del actor que, en realidad, demuestra sus evidentes limitaciones interpretativas, y donde ya enseña su predilección por interpretar diversos papeles; así Eddy Murphy será también el dueño de una barbería, un cliente de la misma y hasta el cantante de soul Randy Watson. Por su parte, Arsenio Hall se transformará en el reverendo Brown, en el barbero Morris y hasta en una chica de un club.

El argumento de El príncipe de Zamunda no es precisamente un derroche de originalidad y lo previsible de su desarrollo es quizá lo más criticable del film. Tampoco es que los momentos supuestamente graciosos estén realmente logrados, salvo algunos detalles concretos y en especial las caracterizaciones de Eddy Murphy y Arsenio Hall, que figuran entre lo más reseñable de la película. Y, sin embargo, a pesar de estas limitaciones, John Landis consigue crear un film que se disfruta con agrado si, eso sí, nos dejamos llevar por la simplicidad del planteamiento y no le pedimos demasiado a la historia.

La película carga un poco las tintas a la hora de retratar la riqueza y el lujo absurdo en que vive la familia real de Zamunda, en lo que podría tomarse como una crítica a la manera de comportarse de estos nuevos ricos sin gusto ni mesura. Del mismo modo que la visión de pobreza y precariedad del barrio de Queens ofrecen una cara poco amable del sueño americano. Aún así, El príncipe de Zamunda es sobre todo una comedia amable cuyo principal interés es ofrecer un entretenimiento sin demasiadas complicaciones.

La película tuvo un enorme éxito en el momento de su estreno, llegando a figurar como la primera en recaudación durante unas cuantas semanas y consolidando el buen momento del actor en aquella época.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Pulp Fiction



Dirección: Quentin Tarantino.
Guión: Quentin Tarantino y Roger Avary.
Música: Varios.
Fotografía: Andrzej Sekula.
Reparto: John Travolta, Samuel L. Jackson, Uma Thurman, Bruce Willis, Ving Rhames, Harvey Keitel, Tim Roth, Amanda Plummer, María de Medeiros, Eric Stoltz, Rosanna Arquette, Christopher Walken, Quentin Tarantino, Steve Buscemi.

Jules Winnfield  (Samuel L. Jackson) y Vincent Vega (John Travolta), dos pistoleros que trabajan para el mafioso Marsellus Wallace (Ving Rhames), han de recuperar un misterioso maletín que le ha sido robado a su jefe por unos jóvenes delincuentes. Un trabajo sencillo pero que no saldrá como ellos piensan y le cambiará la vida a Jules.

Segundo trabajo como director de Quentin Tarantino, tras el éxito de Reservoir Dogs (1992), que le situó de golpe como uno de los nuevos directores con más seguidores.

El cine de Tarantino tiene unas señas de identidad muy marcadas, lo que constituye indudablemente un estilo único, que lo diferencia de todos sus coetáneos. Tarantino bebe del cine de serie B, del cómic, el manga, la cultura pop, las series de televisión, la música de los cincuenta y sesenta, el pulp (revistas de géneros diversos editadas con pulpa de celulosa, de ahí el nombre, cuya meta era proporcionar entretenimiento sencillo y directo a un público de lo más variado), películas orientales de artes marciales.... y todo ello se mezcla en Pulp Fiction (1994) para crear una de las películas más aclamadas de los últimos años.

Dividida en capítulos, como si de un cómic se tratara, uno de los aspectos más destacados del film es su peculiar estructura narrativa, que no sigue un curso lineal, sino más bien circular. Pulp Fiction comienza en una cafetería, donde Pumpkin (Tim Roth) y su novia Yolanda (Amanda Plummer) van a atracar el local y a los clientes, y termina en el mismo lugar, con Jules enfrentándose a los atracadores y perdonándoles la vida, pues acaba de decidir cambiar de vida, como se ha visto antes en otro de los capítulos del film.

Entre medias, una historia que gira en torno a un mafioso local, su mujer Mia (Uma Thurman) y Butch (Bruce Willis), un boxeador casi acabado que decide no dejarse comprar. También hay sitio para un par de pervertidos, un tal señor Lobo (Harvey Keitel ), solucionador de problemas.... La intención de Tarantino con toda esta fauna, típica del universo de las pulp, es situarla en el mundo real y sacarla de quicio.

Y con todo este entramado, Tarantino crea una historia sin mucha pretensiones, más allá de servir de base o pretexto para desarrollar unos personajes extraños, llevados a situaciones límite. No es un film con un mensaje moralizador ni una filosofía profunda. Es un trozo de extraña realidad expuesto con un humor muy negro y bajo el prisma particular del director, con todas sus influencias, gustos y obsesiones. Un universo tan peculiar que te puede atraer o espantar sin remedio.

Otro de los aspectos más innovadores y destacables de Pulp Fiction es la originalidad de los diálogos. Lo novedoso es que, en contra de lo que suele ser tradicional, que los diálogos acompañen el desarrollo argumental, en este caso las conversaciones tratan de temas banales que nada tienen que ver con la acción. Es un juego que gira siempre sobre temas típicos de la cultura pop, de ahí que el público los reconozca y hasta se identifique con ellos de manera inmediata. Esa es la clave de que funcionen tan bien y es otra de las señas de identidad del director.

La violencia gratuita es el otro gran pilar del cine de Tarantino, que no disimula su gusto por la sangre en abundancia. En Pulp Fiction esa violencia salvaje está presente sin tapujos, incluso en los diálogos, no necesita justificación, como en el caso de los pervertidos, que disfrutan de manera insana con el dolor que provocan en los demás, por mero placer enfermizo. Este abuso de la violencia es, desde mi punto de vista, uno de los mayores reproches que se le puede poner a Tarantino, aunque también es uno de los aspectos que más seguidores aportan a su cine.

Quizá uno de los mayores aciertos de Tarantino fue el lograr reunir a un grupo de actores tan especiales para el film, comenzando por un John Travolta que estaba de capa caída y al que esta película volvió a relanzar. Uma Thurman está sencillamente perfecta, lo mismo que Samuel L. Jackson, que realiza un trabajo absolutamente convincente. Bruce Willis quizá destaque menos, repitiendo sus características muecas sin mucho esfuerzo. Pero además contamos con la presencia de Harvey Keitel, Rosanna Arquette y Christopher Walken. Un lujo de elenco para un director que aún daba sus primeros pasos y que, sin duda, contribuye enormemente al éxito de la película.

Todo el mundo que haya visto la película recuerda un par de escenas que han pasado ya a las páginas de la historia del cine: el chute de adrenalina de Vincent a Mia o la maravillosa escena de baile de ambos, donde Travolta vuelve a demostrar ese talento genuino para crear magia bailando, en esta ocasión al son de You Never Can Tell de Chuck Berry.

No soy un fan del cine de Tarantino, reconozco su originalidad, pero no termina de convencerme. Sin embargo, hay que aceptar el mérito de Pulp Fiction dentro de la reciente historia del cine, cambiando muchos conceptos y abriendo las puertas a otras muchas películas y series que, sin su ejemplo y su éxito, tal vez no hubieran existido o habrían tenido que esperar muchos más años para que las grandes productoras apostaran por ellas.

Pulp Fiction impactó por su originalidad en todos los aspectos y porque resultó un producto muy bien rematado, con todos los elementos clave del cine de su director en armoniosa amalgama. Tarantino no alcanzará después tanta efectividad en ninguna de sus siguientes películas. Pulp Fiction se llevó al Oscar al mejor guión original.

martes, 19 de noviembre de 2019

Celebrity



Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Música: Varios.
Fotografía: Sven Nykvist (B&W).
Reparto: Kenneth Branagh, Melanie Griffith, Winona Ryder, Leonardo DiCaprio, Judy Davis, Joe Mantegna, Charlize Theron, Famke Janssen, Michael Lerner, Bebe Neuwirth, Hank Azaria.

El periodista Lee Simon (Kenneth Branagh) sufre la crisis de los cuarenta y decide dar un giro a una vida en la que no es feliz. La primera gran decisión será divorciarse.

Toda película de Woody Allen es siempre un placer. Aunque uno sepa más o menos lo que se puede encontrar, pues es casi siempre fiel a unos temas y personajes, este director tiene la rara habilidad de no resultar nunca aburrido ni repetitivo.

En Celebrity (1998), Allen analiza la famosa crisis de los cuarenta, en este caso en la figura de un periodista con aspiraciones de escritor. La verdad, creo que acierta de lleno con las causas, las consecuencias y las, a menudo, fallidas soluciones que muchos hombres, llegados a esta encrucijada de sus vidas, deciden tomar.

En el caso de Lee todo pasa por cambiar radicalmente de vida. Y lo primero es dejar a su mujer Robin (Judy Davis), con quien lleva toda la vida. Y es que Lee siente la llamada de la sexualidad, desea poder probar los objetos de deseo, no tener que envejecer lamentando haber dejado pasar ciertas oportunidades. Por ello, también se compra un bonito deportivo. Es la desesperada lucha por recuperar una juventud y una vitalidad que se va a ir perdiendo irremediablemente.

Pero, como estamos ante una película de Allen, el tono siempre será ligero, sin caer en excesivas culpas ni dramatismos. Y cuando éstos aparecen, la mirada siempre es amable, con cierta comicidad en lo excesivo de algunas reacciones.

Por momentos, Celebrity parece que no cuente nada especial y el director se recrea en múltiples personajes que aparecen brevemente, en un mosaico de gente más o menos famosa, de ahí el título, que se va cruzando en el camino de Lee y de Robin. Es un mundo superficial, de postrero, apariencias y excesos; de gente esencialmente egoísta, vacía y superficial dónde Lee y Robin se verán forzados a buscarse la vida con diferente fortuna.

Curiosamente, o quizá no tanto, es Robin la que sale mejor parada de la situación, a pesar de que es ella la que se lleva la amarga sorpresa cuando Lee le pide el divorcio y le confiesa sus infidelidades, quedando gravemente afectada. Sin embargo, como suele suceder, las mujeres suelen ser más sensatas o al menos más realistas a la hora de analizar su vida y en cuanto Robin se centra un poco, encuentra un futuro más estimulante al lado de otro hombre y otro trabajo. Lee, por el contrario, en busca de una quimera que solo existe en su mente, no deja de tomar decisiones erróneas hasta encontrarse completamente solo.

Celebrity cuenta con una hermosa fotografía en blanco y negro, lo que no es una sorpresa en este director, que aporta un toque especial al relato. He de reconocer, sin embargo, que en esta ocasión me pareció un film que no llega al nivel de otras películas de Woody Allen. Toca, cómo no, los temas de siempre: el amor, las relaciones personales, la crisis de identidad, la religión, con una especial incursión en el catolicismo esta vez, pero el guión no alcanza los niveles de excelencia a que Allen nos tiene acostumbrados. Hay algo de inconsistente, como si algunas piezas del puzzle no encajaran del todo bien. Aún así, siempre es un placer sumergirse en el universo tan peculiar de un director con un talento especial.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Acordes y desacuerdos



Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Música: Varios.
Fotografía: Zhao Fei.
Reparto: Sean Penn, Samantha Morton, Uma Thurman, Anthony LaPaglia, James Urbaniak, Daniel Okrent, Kellie Overbey, Woody Allen.

Años veinte. Emmet Ray (Sean Penn) es un genial guitarrista, el segundo mejor del mundo según los entendidos, pero también es una persona llena de temores y heridas de su infancia y con un miedo patológico a comprometerse con una mujer.

Una vez más, y ya he perdido la cuenta, me tengo que rendir ante Woody Allen. Su cine es verdaderamente especial, tanto que incluso sus películas menos logradas tienen algo que te llega como un directo a la mandíbula. Pero hacía tiempo que un film de este cineasta no me divertía y me conmovía tanto como Acordes y desacordes (1999), otra pieza más para añadir a la sublime colección de joyas de Allen.

De un tiempo a esta parte me parecía que Woody Allen era capaz de hacer cine con casi nada: una pequeña anécdota, una idea sin importancia, un par de personajes curiosos...; historias menores que el director ponía en marcha gracias a su talento y a su magia. Y en Acordes y desacuerdos pasa algo así. La película no es más que el relato de unos años en la vida de un músico de jazz inventado y con una más o menos típica historia de amor y desamor.

Pero, sin embargo, lo que parece un film simple, con ese tono ligero y las gotas del humor fresco características del director, va cobrando vida propia lentamente, ganando peso, intensidad, emoción, sinceridad y ternura. Y el tono amable, que está siempre presente, va dejando paso a algunos momentos realmente intensos, profundos, de una sencillez absoluta y, a la vez, cargados de verdad, de silencios que lo explican todo y también de una amargura genuina y conmovedora. Es el talento de un director y guionista para sacar lo mejor de algo sencillo, corriente, que hemos visto en mil películas. Pero Allen es especial, Allen tiene el don de saber adentrarse en el alma humana con respeto, con sinceridad y con unas generosas dosis de muy buen humor.

Acordes y desacuerdos contiene algunos de los momentos cómicos más logrados de la filmografía de Allen, que es mucho decir. Y lo son porque nacen de manera coherente, casi sin querer, no son forzados, no buscan la comicidad solo porque sí, brotan con una naturalidad muy difícil de conseguir y que en Woody Allen parece un don.

Uno de los momentos más originales de la cinta es la secuencia de la gasolinera, con tres interpretaciones distintas de lo sucedido, cada cual más surrealista que la anterior. Tampoco tiene desperdicio la puesta en práctica de la genial idea de Emmet de aparecer en escena sentado sobre una luna dorada. Sin embargo, hay una escena especialmente maravillosa: la primera vez que Hattie y Emmet se acuestan; es una secuencia que comienza de manera cómica, pero cuando Emmet empieza a tocar la guitarra, como le había prometido a Hattie, se convierte de pronto en un instante mágico, cargado de belleza, sensibilidad y poesía. 

La película es un claro homenaje al jazz que tanto adora el director, clarinetista aficionado desde su juventud. El buen gusto del Woody Allen a la hora de seleccionar las piezas musicales que jalonan la cinta es maravilloso; lo mismo que la forma en que la música se integra con el relato, de manera que no es algo que se perciba como un añadido, más o menos oportuno, sino que es un elemento más de la historia, como los maravillosos decorados o la espectacular fotografía de Zhao Fei, que dota de gran calidez y de una belleza especial al relato.

Pero lo que hace de Acordes y desacuerdos un film especial son sin duda sus personajes, empezando por Emmet Ray, un guitarrista inventado que es todo un personaje. Egoista, presumido, derrochador, alocado, infantil... y, sin embargo, alguien a quién acabamos comprendiendo y compadeciendo, por su triste infancia, por su soledad crónica, por su vivir bajo la sombra de su rival Django Reinhardt, por su miedo a enamorarse, por su fingida independencia, por sus extrañas aficiones (disparar a ratas en un vertedero y sentarse a ver pasar trenes). Todo ello lo convierte en un personaje especial, arrogante pero inseguro, genial e inmaduro, duro pero débil, que nos conmueve y emociona bajo la fantástica interpretación de Sean Penn, uno de los mayores talentos del cine actual.

Pero al lado de Emmet está Hattie, interpretada por una fascinante y sorprendente Samantha Morton, lo que me lleva a destacar otra de las virtudes de Woody Allen: saca lo mejor de cualquier actor que se ponga a sus órdenes, convirtiendo de la noche a la mañana en estrellas a rostros desconocidos que, a veces, no vuelven a brillar nunca más con esa plenitud. Hattie es otro de esos personajes mágicos que sabe inventarse Allen y que parece un pequeño homenaje a las heroínas dulces y frágiles del cine mudo. Porque Hattie no puede hablar, lo que da pie a algunos momentos maravillosos en su relación con Emmet, donde él lo dice todo con palabras y Hattie con su mirada, en unos exquisitos diálogos llenos de ternura y magia, de una originalidad que parece al alcance solo de tipos como Woody Allen, con una sensibilidad especial para el retrato de los seres humanos.

Sin duda alguna Acordes y desacuerdos merece un lugar de honor en la extensa filmografía de uno de los mayores genios del cine cómico de la historia.

Tanto Sean Penn como Samantha Morton fueron candidatos al Oscar como mejores actores por este trabajo, en las dos únicas nominaciones que obtuvo la película.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Rufufú



Dirección: Mario Monicelli.
Guión: Agenore Incrocci, Furio Scarpelli, Suso Cecchi d'Amico y Mario Monicelli.
Música: Piero Umiliani.
Fotografía: Gianni Di Venanzo (B&W).
Reparto: Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Renato Salvatori, Totò, Gina Rovere, Carla Gravina, Rossana Rory, Claudia Cardinale, Memmo Carotenuto.

Cosimo (Memmo Carotenuto), un ladrón de poca monta, planea en la cárcel un robo a una oficina del Monte de Piedad. Sin embargo, el primo que tenía que sustituirlo en prisión, Peppe (Vittorio Gassman), encarcelado también, se entera de los detalles del plan de Cosimo y decide perpetrar el golpe él mismo.

Rufufú (1958) se inscribe en el período del cine italiano inmediatamente posterior al neorrealismo, del que conserva múltiples elementos, y constituye uno de los mayores éxitos de la comedia italiana. La película es una parodia muy lograda de los films de atracos, muy en boga a la sombra del éxito de la francesa Rififi (Jules Dassin, 1955).

El guión se centra en un grupo de delincuentes de poca monta que sueña con dar un gran golpe que los saque de la miseria. A pesar de plantear el golpe como algo muy sencillo, en seguida el espectador comprende que esa banda no tiene ni los medios ni la inteligencia suficiente como para sacar con éxito la empresa.

Con un tono claramente paródico, aunque sin renunciar a algunos toques más dramáticos, Monicelli, en su película más famosa, retrata con certeza unos bajos fondos sumidos en la miseria pero sin perder una mirada complaciente y amable y un toque humanista que no se permite caer en lo sensiblero. Rufufú hace un interesante repaso de las costumbres y peculiaridades de la sociedad italiana de la época, apegada a ciertas normas de decoro, honor y respetabilidad a las que, sin embargo, con fina ironía, Monicelli se dedica a ridiculizar y sabotear, como es el caso de la defensa a ultranza de la buena reputación de Carmelina (Claudia Cardinale) por parte de su hermano Michele (Tiberio Murgia), un siciliano estricto de aires mafiosos, pero tan inútil como el resto.

Además, otro de los aciertos de la película es que, a pesar de que eje central de la historia gira en torno a la preparación y ejecución del robo, éste no es en absoluto lo único importante del film, que sabe ahondar también en la vida de los ladrones, con un acertado acercamiento a sus aspiraciones, carencias y necesidades, sin cursilerías pero con absoluto respeto y un fino toque de comedia social.

Con una sobria puesta en escena, un guión muy bien trabajado y, especialmente, unos diálogos afinados e incisivos, Rufufú tiene momentos de gran nivel dentro de un tono general que nos lleva a una sonrisa casi permanente. Algunos detalles de la historia quedarían como referentes posteriores para muchas otras películas que bebieron de sus fuentes.

El reparto es, sin duda, otro de los grandes atractivos de la película. A pesar de tratarse de un film coral, es necesario destacar a Vittorio Gassman como el eje de la historia, muy bien acompañado por Totó, en un papel secundario, Marcello Mastroniani o una jovencita Claudia Cardinale como figuras más conocidas, si bien ninguno de sus colegas desentona en absoluto.

En definitiva, un film muy recomendable donde un guión bien trabajado da pie a una comedia que sigue fresca a pesar del paso de los años.