El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 6 de julio de 2021

Hoosiers: Más que ídolos



Dirección: David Anspaugh.

Guión: Angelo Pizzo.

Música: Jerry Goldsmith.

Fotografía: Fred Murphy.

Reparto: Gene Hackman, Barbara Hershey, Dennis Hopper, Sheb Wooley, Chelcie Ross, Fern Persons.

Después de más de diez años sin ejercer de entrenador, Norman Dale (Gene Hackman) es contratado por un viejo amigo suyo para entrenar al equipo de baloncesto de un pequeño pueblo de Indiana. Dale no será precisamente muy bien recibido por la comunidad.

Una proeza lograda por el equipo de baloncesto de Milan, una pequeña población rural de Indiana, en 1954 es la base de Hoosiers: Más que ídolos (1986), que recoge el sueño americano aplicado en esta ocasión al mundo del baloncesto. Sin embargo, el que se inspire en algo que realmente sucedió sólo ayuda a hacer creíble la difícil victoria del equipo local, pero no es suficiente para conseguir un film interesante.

Las carencias de Hoosiers: Más que ídolos vienen de varios apartados. Quizá la más importante tenga que ver con el guión. Se trata de un trabajo bastante plano, sin verdadero nervio. Sigue los acontecimientos originales con algún añadido extra para aportar cierto envoltorio dramático, como por ejemplo la figura de Wilbur Flatch (Dennis Hopper), el padre alcohólico de un jugador del equipo. Pero aún así, el guión es muy flojo, sin tensión dramática y, además, demasiado previsible, con todos los elementos que cabría esperar pero sin ningún tipo de originalidad. 

Angelo Pizzo no consigue dar vida a ninguna de las tramas de la historia; ni la progresión del equipo de baloncesto está bien narrada, sino que tampoco los partidos cruciales logran que sintamos auténtico interés por el equipo, quizá también porque es muy fácil predecir su éxito. Tampoco la vida personal del entrenador Dale, con su pasado tormentoso o su romance con la profesora Myra (Barbara Hershey) tienen la intensidad necesaria para que lleguen a emocionarnos lo suficiente. El resto de pequeñas historias secundarias que jalonan el film (el padre borracho, el devoto jugador, el amigo de Dale) se quedan también en meras anécdotas sin desarrollar.

Tampoco los diálogos ayudan en absoluto. Se trata la mayor parte de las veces de frases repetidas, especialmente en los partidos, y que de nuevo aportan muy poco dramatismo a la historia. A menudo me esperaba una frase inteligente o una réplica aguda en alguna escena y me quedaba tristemente con las ganas.

Pero además, tendríamos que añadir el trabajo del director, que se limita a una puesta en escena sin imaginación, lo que nos da como resultado un trabajo rutinario.

Lo único interesante del film está los actores principales, como el siempre eficaz Gene Hackman, bien acompañado por Barbara Hershey. Mención especial merece Dennis Hopper, un actor que no siempre me ha fascinado, pero que en esta ocasión hace un muy buen trabajo, perdonando, es verdad, su conocida tendencia a ciertos excesos, y por el que fue nominado al Oscar como mejor secundario. Pero ahí también acaban las virtudes del reparto, con un elenco de secundarios sin brillo.

Hoosiers: Más que ídolos nos deja una sensación final de película sin pulir, con fallos en todos los terrenos posibles y que desperdicia las posibilidades reales de la historia.

jueves, 1 de julio de 2021

E.T. el extraterrestre



Dirección: Steven Spielberg.

Guión: Melissa Mathison.

Música: John Williams.

Fotografía: Allen Daviau.

Reparto: Henry Thomas, Dee Wallace, Robert MacNaughton, Drew Barrymore, Peter Coyote, C. Thomas Howell, K. C. Martel, Sean Frye, Erika Eleniak.

Un pequeño extraterrestre se queda en la tierra cuando la nave en que viaja debe abandonar el planeta precipitadamente. Asustado, encuentra en el joven Elliott (Henry Thomas) un amigo que lo protegerá.

Hablar de E.T. el extraterrestre (1982) es hablar de una de esas películas que se han ganado un puesto de honor en la historia del cine. Vista por millones de personas, premiada, con algunas escenas mágicas que se han quedado para siempre en nuestras retinas, el film es un ejemplo perfecto del genio de su director para hacer del cine algo mágico y conmovedor.

Steven Spielberg se había inventado un amigo extraterrestre imaginario con el que sobrellevar el divorcio de sus padres. De aquí nació el germen de la película, a la que había ido dando forma con el tiempo hasta decidirse finalmente a realizarla.

La historia de la amistad entre dos almas puras, el niño terrestre y el niño extraterrestre, es tan sencilla como eficaz. Spielberg desmonta de un plumazo el mito de los extraterrestres invasores y sanguinarios y nos ofrece una alternativa mucho más amable y enternecedora. Además, el film se puede ver también como un canto a la tolerancia hacia lo diferente, un invitación a ser generosos y con un espíritu abierto, algo que Spielberg, acertadamente, sitúa en el corazón de los niños, aún puro y sin prejuicios.

De hecho, Elliott percibe en seguida que las personas mayores no deben conocer la existencia de E.T. y lo oculta incluso a su madre. Cuando finalmente las autoridades localizan al extraterrestre, los peores temores de Elliott se concretan y los doctores y científicos no son capaces de comprender los sentimientos del niño y su amigo, que se va apagando sin remedio. Será la amistad, el cariño y la complicidad con Elliott lo que devolverá la vida a E.T., lo que redunda en la romántica idea de que las cosas esenciales son invisibles a los ojos.

Filmada con un ritmo perfecto, apoyándose en una fotografía mágica que hace un uso muy inteligente de las luces y sombras, Spielberg va construyendo un relato soberbio, desde el medido misterio inicial, donde no se nos permite ver con claridad al extraterrestre, manteniéndonos en vilo durante un buen rato, continuando el relato con el perfecto dominio de la narración, con acertados y maravillosos momentos llenos de humor y ternura, con el aprendizaje de E.T. y su complicidad con Elliott, hasta llegar al tramo final, donde Spielberg demuestra de nuevo su absoluto control de las emociones y la tensión, llevándonos en volandas hasta un desenlace épico, lleno de belleza y sentimientos que a más de un espectador le habrá desatado las lágrimas.

En cuanto al reparto, destacar que el film reposa casi por entero en tres actores infantiles, lo que sin duda es también un gran mérito del director a la hora de dirigir a estos jóvenes. Henry Thomas nos emociona siempre desde una actuación sencilla, Robert MacNaughton es su hermano mayor y, aunque carece del encanto de los menores, su trabajo no tiene fallos; y Drew Barrymore, que contaba con siete años, es fascinante, plena de ternura e inocencia y unas tablas sorprendentes para su edad.

Pero el otro gran protagonista es el propio E.T., un muñeco feúcho pero que en seguida se hace entrañable y que, con los recursos de la época, logra emocionarnos y divertirnos a partes iguales desde una simplicidad casi total en cuanto a gestos y lenguaje en la que reside, precisamente, su eficacia a la hora de trasmitir sentimientos y emociones.

No podemos olvidar tampoco la maravillosa música de John Williams, que se ha convertido en un clásico y que acompaña algunas de las escenas más memorables del film de manera que no se entienden las unas sin la otra.

No me resisto a mencionar el homenaje que le rinde Spielberg a su admirado John Ford con la escena en que John Wayne besa apasionadamente a Maureen O'Hara en El hombre tranquilo (1952) y que recrea Elliott con su compañera de clase, una joven Erika Eleniak, famosa años después por su participación en la serie Los vigilantes de la playa

Con nueve nominaciones, la película ganó cuatro Oscars: mejor banda sonora original, mejor sonido, mejores efectos visuales y mejor edición de sonido. Curiosamente, el premio a la mejor película fue para Gandhi, de Richard Attenborough.

Mágica, tierna, divertida y entrañable, E.T. el extraterrestre sigue proporcionando una experiencia única. La película más personal del director es ya un clásico eterno.

domingo, 27 de junio de 2021

Un traidor como los nuestros



Dirección: Susanna White.

Guión: Hossein Amini (Novela: John le Carré).

Música: Marcelo Zarvos.

Fotografía: Anthony Dod Mantie.

Reparto: Ewan McGregor, Stellan Skarsgård, Damian Lewis, Naomie Harris, Alicia von Rittberg, Grigoriy Dobrygin, Jeremy Notham, Mark Gatiss.

De vacaciones en Marruecos con su esposa Gail (Naomie Harris), Perry MacKendrick (Ewan McGregor) conoce a un adinerado ruso, Dilma (Stellan Skarsgård), que resulta que trabaja para un capo de la mafia de su país. Temiendo por su vida y la de su familia, Dilma le pide a Perry que le ayude a huir a Inglaterra. 

John le Carré ha destacado especialmente por sus primeras novelas sobre la Guerra Fría y el mundo del espionaje, que conocía de primera mano. Luego, con el paso del tiempo, se ha ido reciclando hacia otro tipo de temas, como los turbios negocios de farmacéuticas (El jardinero fiel) o el integrísimo islámico (El hombre más buscado). En Un traidor como los nuestros (2016) se centra en la mafia rusa, un tema que parece bastante interesante y capaz de aportar muchas posibilidades, como por ejemplo la acertada crítica a los políticos corruptos y el poder absoluto del dinero, aunque la adaptación de Susanna White me ha parecido un tanto floja.

Quizá el principal problema del film es que la directora no es capaz de crear tensión ni sensación de peligro en ningún momento. Esto, en un thriller, se comprenderá que es un pecado capital que lastra definitivamente la película. En parte se puede deber a que el argumento es bastante previsible y el desarrollo del mismo no aporta ninguna sorpresa, con lo que siempre vamos un paso por delante de lo que vemos en pantalla. Pero la mayor parte de culpa la tiene el hecho de que White no consigue dotar de fuerza al relato. Por un lado, los personajes de los malos se quedan siempre en un segundo plano, con lo que no llegan a cobrar auténtica entidad y si los malos no son un elemento primordial la emoción y la sensación de peligro se ven rebajas sustancialmente; la directora tampoco sabe filmar convenientemente las escenas más cruciales, donde prefiere centrarse en lo secundario dejando que imaginemos lo esencial, como en el asalto a la cabaña en los Alpes franceses, donde vemos a la familia de Dilma en el refugio en vez de asistir a la lucha fuera. El colmo de la frialdad viene en el desenlace, cuando Dilma (Stellan Skarsgård) sube al helicóptero; es el momento fundamental de la película y Susanna White sigue con ese distanciamiento que nos deja del todo fríos, casi indiferentes a todo.

Tampoco el estilo de White a la hora de filmar me resulto del todo convincente. El juego con los desenfoques me resultó del todo superfluo y, de nuevo, pienso que no aporta nada realmente interesante al film, más allá de un toque estético que puede gustar más o menos, pero creo que en un thriller lo esencial es poner en valor la trama y por aquí la directora falla sin remedio.

Comprendo que no siempre es sencillo adaptar una novela al cine y más teniendo en cuenta que le Carré es un escritor que no prima la acción en sus obras, que suelen tener mucho de reflexivas y críticas, pero ha habido adaptaciones de su trabajo muy logradas, lo que vuelve a incidir en el deficiente trabajo de Susanna White.

Lo mejor con diferencia es el reparto. Stellan Skarsgård siempre me ha gustado mucho y creo que aquí da vida de manera perfecta a Dilma, con ese aire rudo, vulgar, peligroso. Ewan McGregor, por su parte, está correcto, aunque un tanto más gris frente a la contundencia de Skarsgård, tal vez porque su personaje también está peor definido. El que sí que también me convenció fue Damian Lewis, siempre inquietante, dejando ciertas dudas en torno a las lealtades de su personaje.

Definitivamente, Un traidor como los nuestros se queda en un quiero y no puedo y nos vamos con la sensación de que se han desaprovechado las muchas posibilidades que ofrecía el material de partida, quedando una película sin nervio y muy previsible.

martes, 1 de junio de 2021

Cometieron dos errores



Dirección: Ted Post.

Guión: Leonard Freeman y Mel Goldberg.

Música: Dominic Frontiere.

Fotografía: Richard H. Kline y Leonard South.

Reparto: Clint Eastwood, Inger Stevens, Ed Begley, Arlene Golonka, James MacArthur, Pat Hingle, Ben Johnson, Ruth White, Bruce Dern, L. Q. Jones, Dennis Hopper.

Pensando que es un cuatrero y un asesino, un grupo de hombres decide linchar a Jed Cooper (Clint Eastwood), un vaquero que transporta reses y que es salvado in extremis por un shérif que pasaba por el lugar. 

Tras su exitosa experiencia italiana, Eastwood regresa a u país y decide fundar su propia productora, Malpaso, que se estrena precisamente con Cometieron dos errores (1968).

La película sigue la tendencia de moda del spaghetti western, aunque logra una mayor profundidad en el guión y un mejor diseño de los personajes, que ya no son meras caricaturas o figuras de cartón piedra. Así, por ejemplo, Cometieron dos errores se presenta como un alegato contra la pena de muerte, por los riesgos que entraña y su indudable crueldad; el linchamiento de Cooper habría sido un error irreversible de haberse consumado; pero incluso cuando la sentencia de muerte es dictada tras un juicio, sigue presentándose como algo terrible, convertido en un espectáculo bochornoso. El film aboga claramente por la compasión y el perdón, lo que nos aleja claramente de la simplicidad absoluta de los argumentos del spaghetti western.

Y los personajes también son más profundos. Jed Cooper, por ejemplo, se mueve por la venganza, pero no de manera ciega, sino amparándose en la ley, y tampoco duda en perdonar al anciano que participó en su linchamiento pero se ha arrepentido, e incluso intercede por los jóvenes hermanos cuatreros ya que considera que su ahorcamiento es excesivo y merecen una oportunidad. Tampoco el juez Fenton (Pat Hingle) es un personaje de una sola cara; a su implacable aplicación de la ley también opone cierto remordimiento y el deseo de no tener que llevar el solo esa carga, aunque termine por ceder a su sentido del bien último, como es imponer la ley en una región plagada de delincuentes. Incluso los malos de turno ofrecen un lado humano y no son meras bestias despiadadas. 

Donde, sin embargo, la influencia del spaghetti western es más evidente es en el uso reiterado y machacón de la banda sonora, que termina por resultar tremendamente cansina. 

Clint Eastwood deseaba que Sergio Leone dirigiera esta película pero al estar dirigiendo Hasta que llegó su hora, no pudo aceptar el ofrecimiento y el actor tuvo que recurrir a Ted Post, un director de la televisión sin demasiado talento, lo que repercute en el resultado final. Post, seguidor no muy aplicado de Sergio Leone, imita sin mucha inspiración el estilo del director italiano, pero fracasa a la hora de filmar con emoción las escenas de acción y convierte el interludio amoroso de Cooper y la viuda Rachel Warren (Inger Stevens) en algo empalagoso y sin interés.

En cuanto al reparto, Cometieron dos errores cuenta con buenos secundarios, como Pat Hingle o Ed Begley, por ejemplo. Sin embargo, a su lado parecen otros actores muy poco convincentes, como es el caso de la hierática Inger Stevens. Sorprende además que se cuente con actores del nivel de Ben Johnson, Bruce Dern o Dennis Hopper y que su presencia sea casi testimonial. 

Cometieron dos errores fue muy poco valorada por la crítica en su momento, si bien el público la recibió con entusiasmo en una época en que el western empezaba a declinar sin remedio. Vista en la actualidad, la película no deja de ser un western menor, con más carencias que aciertos. Sirve para seguir la evolución de Clint Eastwood como actor, pero objetivamente me parece un film mediocre en su conjunto.

martes, 18 de mayo de 2021

La tragedia de la Bounty



Dirección: Frank Lloyd.

Guión: Talbot Jennings, Jules Futhman y Carey Wilson (Libro: Charles Nordhoff y James Norman Hall).

Música: Herbert Stothart.

Fotografía: Arthur Edeson.

Reparto: Charles Laughton, Clark Gable, Franchot Tone, Herbert Mundin, Eddie Quillan, Dudley Digges, Donald Crisp, Henry Stephenson, Francis Lister, Spring Byington, Movita, Mamo.

Durante un viaje a Tahití en busca del árbol del pan, la crueldad y tiranía del capitán Bligh (Charles Laughton) va socavando la lealtad de gran parte de la tripulación y del segundo de abordo, Fletcher Christian (Clark Gable), que terminará amotinándose contra su capitán.

La tragedia de la Bounty (1935) es, a pesar del tiempo transcurrido desde su estreno, un clásico del género de aventuras, con toda la épica y el perfecto estilo que regía el género en aquellos años.

Se trata de la primera adaptación al cine del libro de Charles Nordhoff y James Norman Hall y, sin duda, es la mejor versión. Rebelión a bordo (Lewis Milestone, 1962) y Motín a bordo (Roger Donaldson, 1984) son adaptaciones posteriores del mismo libro.

El argumento gira en torno al trato que recibían los marineros en los buques británicos a finales del siglo XVIII. Muchos eran enrolados a la fuerza o como pago de su condena por ciertos delitos, con lo que eran tratados sin ninguna consideración. En el caso del capitán Blight, la crueldad era constante y desmedida. El miedo y el castigo extremo eran las armas de Blight para asegurarse una disciplina fuera de cualquier vacilación.

No deja de sorprender la maestría de la puesta en escena para los limitados medios con que contaba el cine por aquellos años. Las secuencias de tormentas, por ejemplo, siguen siendo hoy perfectamente válidas y, más allá de los detalles técnicos, son un ejemplo de tensión dramática, contención narrativa y eficacia. Considero que en la actualidad, con más y mejores medios, el cine ha perdido el efecto que se lograba entonces; la técnica ha terminado por imponerse a la expresividad, ganando el sitio de honor en detrimento de la finalidad última de su utilización.

Frank Lloyd, para algunos en su mejor película, logra mantener un ritmo constante y una tensión que solo sufre pequeños altibajos en el tramo final, donde quizá no se saca todo el partido a la parte del juicio. Pero es admirable cómo sabe manejar los tiempos y, a pesar de la larga duración del relato, no permite tiempos muertos.

El otro gran soporte de La tragedia de la Bounty es el excelente reparto, con un cuidado elenco de secundarios pero, sobre todo, con la presencia de Charles Laughton, un actor soberbio que dota de absoluta credibilidad a su personaje, convirtiendo al capitán Blight en un ser odioso sin ningún tipo de excesos. A su lado, el maravilloso Clark Gable, con su poderosa presencia; a pesar de ser un fan de Marlon Brando, el Fletcher Christian de Gable me parece mejor que el de Brando.

Ejemplo de buen cine, donde se consigue un perfecto equilibrio entre el mensaje y el espectáculo, La tragedia de la Bounty conserva sin arrugas todas las virtudes de su estreno, convirtiéndose en una referencia del género.

Ganó un solo Oscar, a la mejor película en 1936, de sus ocho nominaciones. 

lunes, 3 de mayo de 2021

Premonición



Dirección: Sam Raimi.

Guión: Billy Bob Thornton y Tom Epperson.

Música: Christopher Young.

Fotografía: Jamie Anderson.

Reparto: Cate Blanchett, Giovanni Ribisi, Keanu Reeves, Katie Holmes, Greg Kinnear, Hilary Swank, Kim Dickens, Michael Jeter, Gary Cole, Rosemary Harris, J. K. Simmons.

Annie Wilson (Cate Blanchett), viuda y madre de tres niños pequeños, se gana la vida gracias a un don que le permite predecir acontecimientos futuros echando las cartas. Cuando la joven Jessica King (Katie Holmes) desaparece, su padre acude a ella en busca de algún indicio que pueda ayudar a encontrarla.

Vaya por delante mi escepticismo en todo lo referente a la videncia o cualquier otra forma de adivinación. No creo en espíritus, ni siquiera en el más allá. Esto viene a cuento porque Premonición (2000) gira en torno a los poderes premonitorios de la protagonista. No se trata de una impostora, sino de una mujer con el don de predecir el futuro. 

Sin embargo, creamos o no en estos dones especiales, el mérito de Premonición es que construye un relato bastante coherente, sin adornos ni florituras, lo que ayuda innegablemente a que podamos sumergirnos en la trama sin problemas, aún siendo escépticos. En realidad, la película no es más que un thriller, pero con ese giro original de la videncia que es, claro, el eje sobre que se construye la historia; pero ésta tiene una entidad propia, gracias al cuidadoso guión, co-firmado por el actor Billy Bob Thornton, que no se limita a lo esencial, sino que sabe arropar el nudo del crimen con una serie de elementos muy bien diseñados.

Por ejemplo, la vida de Annie no se limita a sus dotes de vidente. El guión tiene el sentido común de crear un personaje completo, con su pasado, sus problemas cotidianos, así como conceder tiempo para mostrarnos a algunos de sus clientes, que tendrán un peso específico no solo en la parte de la historia del asesinato, sino que contribuyen a dotar de entidad a todo lo que sucede en pantalla.

Sam Raimi, además, sabe dosificar con inteligencia los momentos cruciales, manteniendo una tensión que va ganando enteros paulatinamente hasta el desenlace final que, lejos de ser original, al menos es consecuente y creíble, sin caer en la tentación de giros demasiado rebuscados que a veces echan por tierra todo lo visto hasta ese instante.

Puede que Raimi alargue algo artificialmente la duración de la película. Soy de los que consideran que la moderación es una gran virtud y que la tendencia actual a hacer películas de dos horas o más no siempre está justificada. Aún así, en general, Premonición mantiene el interés a lo largo de la mayor parte del relato.

Mención especial merece el reparto. Cate Blanchett está sobresaliente. Hacía tiempo que una interpretación no me emocionaba tanto como la de esta mujer. A su lado, el genial Giovanni Ribisi, en un papel que se presta al exceso pero que es sus manos resulta del todo convincente. El resto del elenco tampoco desentona en absoluto, incluido Keanu Reeves, quizá el más flojo, pero mucho más entonado que en otros trabajos.

Premoción resulta al final un film mucho mayor que el simple thriller. Sabe arropar lo esencial de manera más que convincente y, junto al tema del asesinato, nos ofrece una reflexión sobre los celos, la dependencia, la soledad, la intolerancia, las dificultades de vivir en pequeñas poblaciones... Buen trabajo.

El sueño de Casandra



Dirección: Woody Allen.

Guión: Woody Allen.

Música: Philip Glass.

Fotografía: Vilmos Zsigmond.

Reparto: Ewan McGregor, Colin Farrell, Tom Wilkinson, Hayley Atwell, Sally Hawkins, Peter-Hugo Daly, John Benfield, Clare Higgins, Ashley Madekwe, Andrew Howard.

Ian Blaine (Ewan McGregor) y su hermano Terry (Colin Farrell) llevan una vida que no les gusta. Ambos sueñan con tener dinero para poder realizar sus sueños y mientras Ian prefiere las inversiones de riesgo, Terry se decanta por las apuestas y el juego. 

El sueño de Cassandra (2007) nos lleva a un Woody Allen diferente, alejado de su faceta más conocida, y que nos remite directamente a Delitos y faltas (1989) o a Match Point (2005), con una nueva reflexión sobre el crimen, la moral, la ambición, la religión, el castigo, la penitencia, los remordimientos... 

Personalmente, prefiero al Woody Allen cómico, con sus recurrentes dilemas y obsesiones y, además, en esos films no suele faltar en su faceta de actor. Pero en El sueño de Casandra se retira tras la cámara y esta ausencia fue un lastre para mí. Y no por el trabajo de McGregor y Farrell, impecables, lo mismo que el siempre estupendo Tom Wilkinson, toda una garantía. Pero una película de Allen sin él en el reparto no deja de parecerme que le falta algo.

El sueño de Casandra es una historia de ambiciones y culpa y Woody Allen demuestra de nuevo su facilidad para elaborar y contar una historia, sea cómica o dramática. En este sentido, El sueño de Casandra nos atrapa desde el inicio aún cuando el núcleo fuerte del relato no se presente hasta bien entrado en metraje. Pero esa es la demostración del oficio de un director que sabe crear un ritmo que te atrapa y hace que participes de la historia casi como un personaje más.

Y en cuanto llega el conflicto, ya no puedes despegar los ojos de la pantalla. Se intuye ya antes de que se plantee, pero en ningún momento podemos anticiparnos a su desenlace, de manera que el interés nunca decae. Es cierto que el tramo final, con los remordimientos de Terry, podría haberse acortado algo, pero aún así la narración mantiene el listón bien alto y, personalmente, el desenlace me resultó inesperado. Se puede achacar cierta inclinación trágica, como una mano del destino implacable que impone su ley, pero no deja de ser plausible el desenlace que nos propone Allen y, en todo caso, en consonancia con el dilema de los hermanos cuando se plantean el encargo de su tío Howard (Tom Wilkinson).

La idea clave que subyace en El sueño de Casandra es hasta dónde puede llegar una persona llevada por su ambición. El tío Howard, un modelo de éxito para la familia Blaine, es en realidad un tramposo que puede acabar en la cárcel y, fiel a su nula moral, no duda en proponer a sus sobrinos un trato diabólico. Cualquier persona rechazaría la oferta, ¿o no? Para Ian, y en menor medida para Terry, los sueños que espera cumplir con ayuda de tío Howard merecen cruzar la línea. 

Pero en Match Point, el mal no sufría castigo, ni humano ni divino. Sin embargo, ahora, al menos para Terry, la única solución es expiar la culpa entregándose al dictamen de la justicia. El remordimiento es más fuerte. Para Ian, no hay vuelta atrás: lo hecho, hecho está. Pero Allen hará intervenir aquí una especie de justicia divina o el karma, llamémosle como se quiera. No hay inmunidad. Puede ser menos convincente que el desenlace de Match Point, pues está claro que la vida no siempre es justa y el bien no siempre se impone, pero el mensaje que nos deja la historia es que el que la hace, la paga. Todo tiene un precio en esta vida.

En todo caso, El sueño de Casandra nos ofrece a un Woody Allen más moralista y más negro. Nos advierte del peligro de la ambición desmesurada y que el juez más severo está a veces en nosotros mismos. 

Un film, en definitiva, que se sale de lo habitual en el director. Se trata de una historia interesante, bien contada, aunque yo me sigo quedando con el Woody Allen cómico, donde ese genio especial y su universo personal resultan incomparables.