El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

martes, 18 de junio de 2013

Círculo de fuego



Dirección: Henry Hathaway.
Guión: Marguerite Roberts (Novela: Will James).
Música: Dave Grusin.
Fotografía: Earl Rath.
Reparto: Gregory Peck, Patricia Quinn, Robert F. Lyons, Susan Tyrrell, Jeff Corey, James Gregory, Rita Gam, Dawn Lyn, John Davis Chandler, Pepe Serna.

Clay Lomax (Gregory Peck), un antiguo atracador de bancos, sale de prisión tras cumplir una condena de siete años por su último atraco. Precisamente, durante ese trabajo, su socio Sam Foley (James Gregory) lo traicionó disparándole por la espalda y huyendo con el botín. Ahora, una vez libre, Lomax solo piensa en vengarse.

Henry Hathaway fue un director que se movió con soltura por diferentes géneros, entre los que destaca el western. Círculo de fuego (1971), sin embargo, no figurará entre sus westerns más logrados. Es una de sus últimas películas y eso se nota bastante en el film.

Para empezar, el argumento de Círculo de fuego se mueve en terrenos muy vistos ya, como el de la venganza por una traición. A esta falta de originalidad en la historia se une un tratamiento no demasiado brillante, deudor sin duda de un guión que no sabe profundizar en la historia y se limita a plantear un argumento demasiado sencillo y sin sorpresas.

En general, el guión resulta bastante pobre. Para empezar, hace un tratamiento bastante superficial de toda la historia. Por ejemplo, no se adentra en la amistad de los dos atracadores ni los motivos que llevan a Foley a traicionar a Lomax. Intuimos que lo hace por avaricia, pero es un detalle que merecía una explicación. Y en la misma línea, los personajes son tratados de un modo demasiado esquemático. Ésto es notorio en el caso de los tres matones que Sam Foley contrata para vigilar a Lomax, que son dibujados como meros mequetrefes descerebrados. Es tan burda su definición que más que miedo dan lástima. No resultan creíbles en ningún momento. Su crueldad gratuita se hacerca más al mundo del comic o del spaghetti western que a un film mínimamente serio.

Da la sensación de que Marguerite Roberts se limitó a levantar un entramado muy elemental, sin tomarse el tiempo o el interés en elaborarlo con un mínimo de profundidad. En realidad, no hay tensión en ningún instante, por culpa de un planteamiento demasiado básico y esquemático y por lo previsible del desenlace. Y partiendo de un guión tan débil, es muy complicado sacar adelante la película. Hathaway se limita a filmar las sucesivas escenas sin demasiada originalidad ni brillantez. El flash back en que se recrea la traición que sufre Lomax, por ejemplo, no está nada conseguido.

Tampoco los actores hacen un gran trabajo. Gregory Peck cumple sin más, pero está lejos de ofrecernos uno de sus mejores trabajos. En cuanto a Robert F. Lyons, John Davis Chandler y Pepe Serna, los tres matones descerebrados, su trabajo es tan exagerado y caricaturesco como sus personajes. Por destacar a alguien, la frescura de la pequeña Dawn Lyn, que no es mereciera un Oscar, pero al menos resulta bastante creíble con una actuación muy meritoria para su corta edad.

Círculo de fuego se queda en un western menor, fruto quizá de una década en la que este género vivió un período bastante gris que parecía augurar su desaparición, algo que afortunadamente no sucedió. No se pierden nada en absoluto.

lunes, 17 de junio de 2013

La colina



Dirección: Sidney Lumet.
Guión: Ray Rigby.
Música: Varios.
Fotografía: Oswald Morris.
Reparto: Sean Connery, Harry Andrews, Ian Bannen, Alfred Lynch, Ossie Davis, Roy Kinnear, Ian Hendry, Michael Redgrave, Jack Watson.

Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de soldados británicos acusados de diferentes delitos es enviado a un campo de prisioneros donde deberán cumplir condena hasta que estén de nuevo aptos para el servicio. Allí estarán bajo las órdenes del sargento Wilson (Harry Andrews), un sádico que les hará la vida imposible.

La colina (1965) es un film antimilitarista que cuando menos sorprende por su novedoso tratamiento, bastante alejado de los estándares norteamericanos. En este sentido, La colina es un film típicamente británico, con sus ventajas y sus inconvenientes.

La película arranca de un modo un tanto desconcertante. No hay preámbulos ni explicaciones. La primera parte del film, con la llegada de los cinco presos protagonistas, me pareció un tanto fría. Además, se alarga en exceso el momento de la llegada del grupo y su primer contacto con sus guardianes. Para ser sincero, daba la impresión de no haber un gran guión detrás y que era necesario estirar un poco esas secuencias introductorias.

Poco a poco, sin embargo, el drama va ganando intensidad a medida que los castigos de los carceleros se van endureciendo, hasta el desenlace fatal del fallecimiento del soldado Stevens (Alfred Lynch), momento que precipitará los acontecimientos. Es esta parte central del drama la más interesante, sin duda. Es aquí cuanto la crítica al sistema militar, la disciplina, la anulación del individuo, la crueldad camuflada de códigos y reglamentos es mostrada en toda su absurda crudeza.

Sin embargo, la película vuelve a desconcertarnos con el desenlace, donde de nuevo tenemos la sensación de que el guión cojea un tanto. Es un final demasiado brusco, inesperado pero desconcertante que nos deja con la sensación de algo terminado sólo a medias.

En lo que también constatamos el típico tratamiento de un film británico, en contraposición a los enfoques mucho más clásicos del cine de Hollywood, es que en La colina no podemos hablar de héroes propiamente dichos. Dentro de un argumento en el que el protagonismo está bastante repartido, la figura principal es Joe Roberts (Sean Connery), que es precisamente el recluso que ha cometido el delito más grave de entre los cinco reclusos que comparten celda: se ha negado a ir al combate. Por lo tanto, no tenemos un héroe que sirva de modelo o al que podamos agarrarnos. Todos, tanto presos como carceleros, son moralmente reprobables. Todos, cada uno en su medida, cometen o han cometido actos censurables, aunque la crueldad de los carceleros es a todas luces intolerable y los convierte claramente en los malos de la historia.

La colina es también un film bastante deudor de los años en que fue rodado y digo ésto no como una virtud del film precisamente. Y es que las opciones de Sidney Lumet en cuanto a encuadres, contrapicados y movimientos de la cámara resultan, para mi gusto, demasiado forzadas. El resultado son muchas secuencias en las que el contínuo movimiento de la cámara llega a resultar fatigante y confuso y no creo que aporten dramatismo alguno a las secuencias.

Otro de los aspectos que no terminaron de convencerme son algunas escenas marcadamente teatrales y exageradas. Y ello no es achacable al trabajo de los actores, sino a un intento de marcar demasiado algunas aristas, dando como resultado algunos momentos no del todo convincentes.

Y hablando del reparto, creo que no podemos ponerle ningún pero. Sean Connery, que demostró sus inquietudes profesionales saliéndose del papel de James Bond, está perfecto, lo mismo que sus compañeros de celda. Sin embargo, si alguien se lleva la palma en este caso es Harry Andrews, sobresaliente en su papel de militar estricto, cruel e inhumano. Su actuación es impresionante.

Así pues, La colina es un interesante film antibelicista que, por desgracia, resulta demasiado deudor del momento en que fue filmado. Sin embargo, a pesar de no ser un film perfecto ni lo mejor de su director resulta un film honesto y bastante interesante.

domingo, 16 de junio de 2013

El séptimo sello



Dirección: Ingmar Bergman.
Guión: Ingman Bergman.
Música: Erik Nordgren.
Fotografía: Gunnar Fischer (B&W).
Reparto: Max von Sydow, Gunnar Björnstrand, Nils Poppe, Bibi Andersson, Bengt Ekerot, Gunnel Lindblom, Maud Hansson, Ake Fridell.

Siglo XIV, tras diez años en las Cruzadas, el caballero Antonius Block (Max von Sydow) y su leal escudero Jöns (Gunnar Björnstrand) regresan de Tierra Santa a Suecia, su patria. Nada más llegar, la Muerte (Bengt Ekerot) se le presenta a Blovk reclamándolo. Éste, sin embargo, necesita algo de tiempo aún y le propone jugar una partida de ajedrez; si él la gana, la Muerte deberá perdonarle la vida.

El séptimo sello (1957) es uno de los films más conocidos a nivel mundial del cineasta sueco Ingmar Bergman; en parte debido a la famosa escena del caballero y la Muerte jugando al ajedrez, que ha sido parodiada y citada en muchos films. Sin embargo, El séptimo sello es mucho más que esa mítica escena.

En esencia, la película es un vehículo para exponer las dudas existenciales del director y sus reflexiones sobre el significado de la vida o la existencia de Dios. Para ello, Bergman tiene el acierto de ambientar la acción en plena Edad Media, una época dominada por la religión y el miedo al juicio divino. Además, sitúa a los personajes en medio de una epidemia de peste que asolaba Europa. Este escenario sirve de base para las reflexiones de Antonius Block, un hombre que ante la llegada de la muerte siente que ha desperdiciado su vida e intenta encontrar alguna certeza sobre la existencia de algo más allá de la muerte. Su cabeza le dice que existen muchas posibilidades que tras la muerte no exista más que la nada; pero él necesita creer que eso no será así. Desesperado, intenta sonsacarle la verdad a la misma Muerte e incluso a una bruja a la que acusan de hablar con el diablo.

En medio de esta desesperada búsqueda de respuestas del caballero Block, Bergman nos brinda una lúgubre visión de la Edad Media: la precariedad de la vida, la miseria, el miedo de las gentes ignorantes, los lúgubres presagios de los monjes..., pero también, en contraposición a tanto miedo, Bergman nos ofrece una visión menos pesimista a través del escudero Jöns, ateo y pragmático, que prefiere disfrutar de la vida tal y cómo viene. Jöns critica el miedo y a sus valedores, que no hacen sino empujar a las pobres gentes a los brazos de una religión que se nutre de sus miedos. Sus palabras finales, censurando la necedad de su amo por no haber sabido disfrutar de la vida, preocupado como estaba por lo que habría de encontrar tras la muerte, vienen a representar una visión mucho más práctica y optimista de la existencia.

Sin embargo, no todo es tristeza y trascendencia en este film. Bergman no renuncia a la parodia, el chiste y la comedia. En especial con la presencia de los cómicos ambulantes o a la hora de tratar el tema de la infidelidad. La disputa del herrero y el cómico centran y resumen esta visión más alegre que a menudo se olvida.

Además de estas profundas reflexiones, El séptimo sello destaca por una reconstrucción muy cuidada de la Edad Media, asombrosamente alejada de los tópicos y lujos de tantas películas de Hollywood. Gran mérito también hay que atribuirlo a la preciosa fotografía en blanco y negro de Gunnar Fischer.

En cuanto al reparto, destaca por encima de todos la figura de Bengt Ekerot, que con su rostro y su inquietante mirada encarna de un modo perfecto a la muerte, hasta el punto que ha quedado como su imagen más reconocida y lograda. Max von Sydow está perfecto también en su papel de caballero atormentado. Pero también Gunnar Björnstrand y el resto del reparto, ciertamente desconocido del gran público, logran unos trabajos totalmente convincentes.

El séptimo sello logró asentar la figura del director sueco en el cine mundial además de convertirse en un clásico de la cinematografía mundial. Lejos de las temáticas y tratamientos habituales, merece una visión de todos aquellos amantes del otro cine.

Taxi driver



Dirección: Martin Scorsese.
Guión: Paul Schrader.
Música: Bernard Herrmann.
Fotografía: Michael Chapman.
Reparto: Robert De Niro, Cybill Shepherd, Jodie Foster, Albert Brooks, Harvey Keitel, Peter Boyle, Leonard Harris, Martin Scorsese, Joe Spinell.

Travis Bickle (Robert De Niro) es un veterano de Vietnam que padece de insomnio crónico. Para poder sobrellevarlo, decide solicitar trabajo como taxista en el turno de noche. El contacto con los bajos fondos y los maleantes que pueblan las noches de Nueva York van sembrando su mente de ideas radicales para limpiar las calles de esa basura.

Para muchos la obra maestra de Scorsese, Taxi driver (1976) sigue creciendo con los años como un film muy personal y extrañamente fascinante.

Lo primero que nos entra por los ojos es la peculiar y muy lograda estética de Taxi driver merced a una fantástica fotografía de Michael Chapman. En especial, son memorables las secuencias nocturnas, con los primeros planos de Travis y de su taxi, su peculiar universo desde el que contempla asqueado la ciudad en la que vive. Nueva York visto desde el punto de vista de un hombre enfermo, solitario e inadaptado. Y esta atmósfera tan especial, de humedad, humo y suciedad, se nos muestra bajo las notas de la excelente banda sonora de Bernard Herrman, que compone una melodía triste pero muy hermosa que enfatiza la amarga visión que se nos muestra de Nueva York. Por cierto, este será el último trabajo de Herrman, que moría inmediatamente después de terminar de componer la banda sonora.

Martin Scorsese se apoya en un guión excelente de Paul Schrader, en la primera de sus varias colaboraciones, para mostrarnos el viaje a los infiernos del protagonista. Schrader escribió este guión basándose en sus propias vivencias a raiz de una depresión motivada por una crisis sentimental que le llevó al mundo de las drogas, la pornografía y las armas.

Taxi driver es la historia de un ser solitario, incapaz de mantener unas relaciones normales con otras personas, y como esa soledad y sus problemas de adaptación van llevando al protagonista a un aislamiento cada vez mayor. Travis llena su vida con jornadas interminables al volante de su taxi, bebiendo, acudiendo a cines porno y comiendo porquerías. Intenta buscarle un sentido a su existencia vacía, pero sin tener muy claro cómo hacerlo. Será, finalmente, el contacto con dos mujeres lo que acabará por trastornar definitivamente el delicado equilibrio mental de Travis. Primero fracasa en su intento de conquistar a Betsy (Cybill Shepherd), una mujer que le fascina pero a la que no sabe cómo tratar. Perteneciente a un mundo totalmente opuesto al de Travis, éste ingenuamente intenta atraerla a su universo particular llevándola a un cine porno. El resultado no puede ser más que el fracaso total. Betsy ya no querrá saber nada más de él. Después conoce a Iris (Jodie Foster), una prostituta adolescente que le pide ayuda una noche sin que Travis reaccione.

A partir de entonces, Travis entra en una espiral fatal. Compra un pequeño arsenal de armas, cambia su dieta y decide ponerse en forma. En su mente enferma comienza a tomar forma la idea que tiene que limpiar el mundo. Y comienza a concretar su misión en la persona de un candidato a la presidencia. Años después, el individuo que atentó contra el presidente Ronald Reagan confesó que había visto esta película muchas veces y que con su atentado buscaba impresionar a Jodie Foster.

La catársis final de Taxi driver llevó a algunos a atacar la película por fascista y por exaltar la violencia. Es un punto de vista que, desde luego, no comparto. Creo que muy poca gente puede ver el estallido de violencia final de Travis, un hombre visiblemente enfermo, como algo mínimamente justificable. No es más que la reacción extrema de una mente enferma y ésto queda del todo claro en el film. Es más, Scorsese no escatima en detalles desagradables, que no hacen sino enfatizar la crueldad y lo repulsivo de ese ataque de furia. El extraño giro final que convierte a un perturbado en un héroe no deja de ser una advertencia de cómo la sociedad puede terminar deformando la realidad, de la misma manera que la mente enferma de Travis deformaba cuanto veía.

Martin Scorsese eligió para el papel de Travis a Robert De Niro, con quién ya había trabajado en Malas calles (1973). El trabajo de De Niro es sencillamente perfecto. De Niro, que se sacó la licencia de taxista para meterse en su papel, hace una composición soberbia de su personaje. Nos va adentrando en su locura de una manera implacable y algunas escenas ya han quedado como imborrables en la historia del cine. Recuerdo especialmente aquella en que Travis habla con un agresor imaginario frente al espejo (¿Hablas conmigo?) o cuando se apunta con el dedo chorreando sangre en la sién. Pero también debemos destacar el gran trabajo de una jovencísima Jodie Foster, en uno de los papeles que se han quedado ya para la historia del cine. Jodie tenía trece años, la misma edad que su personaje, al que dota de una vitalidad y un encanto especial. Gracias a su actuación recibió una nominación al Oscar como mejor actriz secundaria. También me gustaría destacar el trabajo de Harvey Keitel en el papel del chulo de Iris. Keitel también había trabajado en Malas calles, de ahí que Scorsese recurriera también a él para esta película.

Taxi driver es un film que sigue vigente hoy en día y que seguirá vigente pase el tiempo que pase. Y no sólo por la excelente puesta en escena o la extraña fascinación que puede producir la visión nocturna de Nueva York envuelto en la banda sonora de Bernard Herrmann. Una de las claves de Taxi driver es que la soledad de Travis resulta muy familiar para los espectadores. Lógicamente, sin llegar a sus extremos, todos nos hemos sentido solos, necesitados de afecto, intentando buscar un sentido a nuestra vida, queriendo romper la rutina, persiguiendo a una mujer hermosa que nos rechaza. De ahí que comprendamos a Travis y lleguemos a identificarnos con su dolor.

El tiempo ha ido poniendo las cosas en su sitio. Pero en el año del estreno de la película, el Oscar fue a parar a Rocky (John G. Avildsen, 1976). Tampoco De Niro se llevó el Oscar al mejor actor, que fue para Peter Finch, a título póstumo, por Network (Un mundo implacable) (Sidney Lumet, 1976). Hoy en día, Rocky se ha quedado como un título correcto que dio origen a una saga patética y De Niro es mucho más conocido y reconocido que el malogrado Finch.

Taxi driver también recibió una cuarta nominación, esta vez por la banda sonora. Pero tampoco se vio recompensada en este apartado. Sí que ganó la Palma de Oro en Cannes.

Premios aparte, Taxi driver es uno de los títulos imprescindibles de la historia de cine. Un film enorme sobre la soledad, el vacío existencial, el trauma de una guerra y la locura que sigue conmoviendo porque no deja de ser un relato de cómo la vida puede arrastarnos sin piedad hasta lugares y situaciones imposibles.

domingo, 9 de junio de 2013

Asesinato...1-2-3



Dirección: Barbet Schroeder.
Guión: Tony Gayton.
Música: Clint Mansell.
Fotografía: Luciano Tovoli.
Reparto: Sandra Bullock, Ben Chaplin, Ryan Gosling, Michael Pitt, Chris Penn, R.D. Call, Agnes Bruckner.

Una pareja de adolescentes compañeros de clase, Richard Haywood (Ryan Gosling) y Justin Pendleton (Michael Pitt), ambos de buena familia y con una mente fría y siniestra, tienen sus propias y radicales teorías sobre la libertad personal que llegan a justificar el asesinato. Un día deciden ponerlas en práctica, convencidos que cometerán el crimen perfecto.

Asesinato...1-2-3 (2002) es un intento por parte de Sandra Bullock de ofrecernos un registro diferente al de sus películas románticas. En este caso es una policía atormentada por un pasado traumático que deberá enfrentarse a dos asesinos muy inteligentes y fríos. Un thriller cuya base argumental, la de dos estudiantes que deciden comenter el crimen perfecto apoyándose en una supuesta superioridad intelectual, recuerda inevitablemente al crimen real cometido por los jóvenes Nathan Freudenthal Leopold, Jr. y Richard A. Loeben en 1924 y que sirvió de base, por ejemplo, a La soga (Alfred Hitchcock, 1948).

Sin embargo, en este caso el guión de Tony Gayton no sólo no sabe aprovechar la base argumental con inteligencia, sino que se limita a crear un thriller ramplón, vulgar, lleno de tópicos y tan previsible que termina por aburrir. Y es que desde el principio vemos que la historia comienza a flojear por la pobre definición de los personajes. Los asesinos son meros psicópatas dibujados de una manera elemental, una simple presentación para dar pie al crimen y poco más. En cuanto a Cassie Mayweather, la policía que encarna Sandra Bullock, Gayto se limita a recurrir al tópico de una mujer atormentada por un hecho acaecido en el pasado, del que va dejando detalles al azar para intrigarnos, y que deberá superar al tiempo que resuelve el caso para poder encontrar la paz interior. Lo que sucede es que este añadido argumental secundario tan poco original y está tan mal presentado que no resulta muy creíble y lo percibimos desde el principio como un mero truco para intentar enriquecer la historia principal, pero sin que llegue a funcionar realmente bien.

La historia transcurre sin muchas sorpresas. Es más, cae sin cesar en lugares comunes (inevitable una escena de sexo entre los protagonistas, pero tan casta y banal que resulta sonrojante), en escenas sin demasiado interés y no depara ninguna sorpresa que logre sacar al desarrollo del film del marasmo de la banalidad. Si encima añadimos un final de lo más previsible, con la típica sorpresa de última hora incluida, que de tan manoseada ya no es ni sorpresa, tenemos un thriller que en ningún instante consigue engancharnos ni mucho menos interesarnos.

Sandra Bullock intenta mostrar un registro más ácido, dando vida a una policía un tanto rebelde a la que no soporta ningún compañero. Incluso aborda un rol dominante con su compañero, invirtiendo las pautas: ella es el macho que acosa y él es el lado femenino, que se resiste a sexo sin nada más. Quizá un intento de modernidad, quizá un intento más de Sandra Bullock de romper con su pasado más rosa. Sin embargo, su personaje no llega a calarnos y su trabajo tampoco. Se limita a cumplir pero sin más; ni emociona ni convence. Ben Chaplin, su compañero, sí que resulta más convincente dentro de un papel bastante más secundario. En cuanto a los villanos de turno, la verdad es tanto Ryan Gosling (El diario de Noa) como  Michael Pitt me gustaron bastante. Sin duda son lo mejor del film. El primero borda su papel de chulo suficiente y prepotente mientras que Pitt compone de manera muy brillante a un estudiante tímido pero muy inteligente. Lástima que el guión no permita exprimir mucho más a sus dos personajes.

Es encomiable el intento de Sandra Bullock de afrontar nuevos retos en su carrera. La pena es que no haya sabido escoger la mejor opción, y es que Asesianto...1-2-3 termina siendo un intento fallido se mire por donde se mire. Ni la historia ni los personajes están bien trabajados, el ritmo es flojo y la intriga mínima. Se nos queda en un pobre pasatiempo para días en los que no se ocurra nada mejor que hacer.

Berlín Occidente



Dirección: Billy Wilder.
Guión: Charles Brackett, Billy Wilder, Richard L. Breen (Relato: David Shaw).
Música: Frederick Hollander.
Fotografía: Charles Lang Jr. (B&W).
Reparto: Jean Arthur, Marlene Dietrich, John Lund, Millard Mitchel, Peter von Zerneck, Stanley Prager, Bill Murphy, Raymond Bond.

Tras terminar la Segunda Guerra Mundial, un comité de congresistas de los Estados Unidos es enviado a Berlín para evaluar la moral de las tropas norteamericanas. Entre los congresistas viaja Phoebe Frost (Jean Arthur), una estricta representante del estado de Iowa. Cuando averigua que un oficial norteamericano protege a una exnazi reconvertida en cantante de cabaret, se pondrá como objetivo descubrir quién es.

Berlín Occidente (1948) no es de las comedias más conocidas de Billy Wilder. Tampoco, desde mi punto de vista, es de las mejores. Pero aún así, contiene pequeños momentos excepcionales que justifican su visionado.

Andaba el director trabajando en colaboración con el ejército estadounidense en Europa cuando le surgió la oportunidad de dirigir una película sobre la ocupación aliada en Alemania. Nace de este modo Berlín Occidente a partir de un relato de David Shaw y en cuyo guión trabaja Wilder con la ayuda de su colaborador habitual Charles Brackett y la participación también de Richard L. Breen.

El film se diseña como una amable comedia romántica en torno a un clásico trío amoroso aunque, naciendo de la pluma de Billy Wilder y Brackett, la historia contiene no pocas insinuaciones y críticas más o menos evidentes. El guión no desaprovecha la ocasión para poner en entredicho la labor de las fuerzas de ocupación así como el puritanismo trasnochado de algunas ideas, encarnadas en la figura de la estricta congresista Frost, la cuál se redimirá por amor; un mensaje no demasiado original pero que funciona bastante convincentemente. Sin embargo, Wilder le sabe buscar los tres pies al gato, dándole la vuelta a las situaciones a su antojo y mostrándonos que todo puede ser visto desde otro punto de vista. A las necesidades del pueblo alemán se corresponden también las de los soldados de ocupación. Así que nace una especie de acuerdo de colaboración no muy ortodoxo, pero sí necesario y humano. El caso es que ese juego de lo que es y lo que puede ser la verdadera colaboración entre vencedores y vencidos termina funcionando bastante bien y al final, sin omitir ciertas críticas, la visión que se ofrece de la labor de las tropas de ocupación no es tan demoledora como parecía a primera vista. Como en toda comedia, termina imponiéndose el lado más amable de la situación.

Más comprensivo parece ser el mensaje sobre la actitud de los alemanes en la postguerra. El mensaje que termina llegándonos es que, como dice el personaje de Marlene Dietrich, cuando la necesidad aprieta termina imponiéndose el instinto de conservación.

Lo curioso de Berlín Occidente es que, tratándose de una comedia, es precisamente la parte de comedia la que peor funciona. El comienzo del film cae en banalidades y en un dibujo caricaturesco de los personajes que no termina de convencerme. Tampoco el ritmo es el adecuado y los diálogos parecen metidos a la fuerza. Incluso a la historia parece que le cuesta definirse. Y no es hasta que llegan los momentos más dramáticos de la historia, hacia la mistad de la misma, cuando la película gana de pronto en consistencia. Los personajes cobran vida y se hacen reales y asistimos a los mejores momentos del film, como la escena en los archivos o cuando el capitán John Pringle (John Lund) y  Phoebe Frost van a cenar al cabaret donde trabaja Erika von Schlütow (Marlene Diestrich) y ésta se sienta en su mesa. Es en esta parte de la película cuando la historia gana peso y asistimos a los momentos más conmovedores y convincentes.

Es verdad también que el guión juega un poco al despiste en cuanto a las verdaderas intenciones o sentimientos del capitán Pringle hacia Erika y Phoebe. Mientras nos hace creer en un primer momento que la engañada es la segunda, al final se saca de la chistera la historia del cebo al amante nazi de Erika y nos sorprende con el doble juego de Pringle que, al final, más que un Don Juan resulta ser casi un héroe. No es que resulte demasiado convincente este último giro, pero como estamos ante un film ligero, que pretende divertir, uno acepta el engaño sin demasiados problemas.

La vuelta a la comedia en el momento del desenlace, para dejarnos con el buen sabor de boca de un final feliz, si bien con la amenaza del matrimonio de por medio, hace que se rompa el buen clima dramático anterior, que para mí es lo más acertado del film. El final, por lo tanto, tampoco resulta demasiado brillante, pero imagino que era una premisa necesaria.

En cuanto al trabajo de los actores, en general su actuación es más que correcta. Quizá Jean Arthur, a quién Wilder convenció para que abandonara su retiro para hacer la película, esté algo forzada al comienzo del film, lo que achaco a que es la parte en que los personajes son dibujados con trazos más gruesos. La que destaca por encima del resto es Marlen Dietrich. Se puede pensar que se la encasilla en un papel que recuerda al de Lola-Lola de El ángel azul (Josef von Sternberg, 1930), pero de todos modos esa mujer tenía una mirada única y una voz de terciopelo.

En resumen, si bien Berlín Occidental no es de los mejores films de Billy Wilder, y definitivamente tampoco es de sus mejores comedias, tiene suficientes alicientes para que le echemos un vistazo y disfrutemos de algunos momentos muy logrados y algunas frases para recordar.

La película recibió una nominación por guión y otra por la fotografía.

martes, 4 de junio de 2013

El sabor de la muerte



Dirección: Barbet Schroeder.
Guión: Richard Price (remake).
Música: Trevor Jones.
Fotografía: Luciano Tovoli.
Reparto: David Caruso, Nicolas Cage, Samuel L. Jackson, Michael Rapaport, Stanley Tucci, Helen Hunt, Ving Rhames, Kathryn Erbe, Anthony Heald, Philip Baker Hall.

Jimmy Kilmartin (David Caruso), antiguo ladrón de coches, intenta rehacer su vida tras un tiempo en la cárcel. Sin embargo, por ayudar a un primo suyo en apuros (Michael Rapaport), Jimmy se embarca en una operación de tráfico de coches robados por la que vuelve a prisión.

El sabor de la muerte (1995) es un remake del film de Henry Hathaway El beso de la muerte (1947). No he visto el film de Hathaway, pero esta versión de Barbet Schroeder no pasará desde luego a la historia del cine.

El problema principal de El sabor de la muerte es que no termina de convencerme en ningún momento. Durante todo el film he tenido la sensación de que lo que estaba viendo no era auténtico, es decir, que se trataba de una ficción con muy poco de creíble. Y la verdad es que todo lo que se cuenta en la película es seguramente probable que haya sucedido. Es más, estoy convencido que la realidad seguramente superaría a esta ficción. El problema es que es un film tan endeble que uno nunca termina de creérselo.

Para empezar, el guión es bastante pobre. En realidad es un cúmulo de clichés más o menos vistos en muchos films de este estilo. Y como son clichés, pues suenan a falsos y no resultan convincentes. Empezando por los personajes, que están tan llevados al extremo que resultan un tanto caricaturescos. Por ejemplo, el guión se empeña en mostrarnos a un Jimmy Kilmartin como una pobre víctima del sistema cuando en realidad es un buen hombre con un gran corazón y que ama a su familia. Tantos esfuerzos en idealizarnos al héroe de la película resultan demasiado infantiles. En el otro extremo, Little Junior Brown (Nicolas Cage) es presentado como el típico psicópata cruel y desalmado. Ambos personajes son meros estereotipos.

Y tampoco ayuda a hacerlos más convincentes el trabajo de David Caruso y de Nicolas Cage. El primero es hierático, abusa de su mirada ladeada y apenas logra expresar sentimiento alguno. Tenemos que hacer un gran esfuerzo para adivinar lo que está sintiendo en cada momento. Nicolas Cage es víctima de su personaje. Su actuación es excesiva, llena de tics muy vistos para expresar su lado más violento. Y conste que no hace un mal trabajo. De hecho, el personaje encaja perfectamente con su fisonomía. El problema es que parece un personaje de comic, por lo que la teatralidad de la interpretación es todo menos convincente.

Mucho mejor está Samuel L. Jackson. Tal vez porque su personaje es mucho más normalito. Eso sí, seguimos en un nivel bastante elemental en cuanto a la definición de los personajes, que se quedan todos en un plano muy elemental. Meros bocetos.

La historia, sin renunciar a la violencia, pues la película es básicamente un film de acción, pretende también mostrarnos el peor lado de la política, la justicia y la policía. Jimmy es una víctima de todo el sistema. Cada uno lo intenta utilizar en su propio beneficio y el pobre hombre termina siendo una marioneta en manos del fiscal, los federales y la policía. Eso sí, la cosa termina bien. Jimmy conseguirá solucionar su vida cuando parecía que estaba al borde del precipicio. El final también resulta muy poco convincente y en la línea del resto de la película. Es predecible, bastante traído por los pelos y resulta un tanto precipitado.

Y es que El sabor de la muerte es un claro ejemplo de cómo se puede desaprovechar una historia con cierto interés por culpa de un guión muy poco trabajado, que prefiere ir a lo sencillo y termina brindándonos un mero entretenimiento del montón, sin muchas luces. Un producto correctamente servido, pero de muy escasa calidad.