El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 27 de mayo de 2012

El último refugio



Tras El halcón maltés (John Huston, 1941), Humphrey Bogart tiene otro de esos grandes papeles que lo consolidaron en la cima de Hollywood. Con guión del mismo John Huston, a partir de la novela High Sierra de W. R. Burnett, que colabora en el mismo, Raoul Walsh firma uno de sus mejores y más personales trabajos.

Roy Earle (Humphrey Bogart), un peligroso delincuente, sale de la cárcel cuando Big Mac (Donald MacBride), su antiguo jefe, paga su fianza. Inmediatamente, Earle se entera que Big Mac tiene un nuevo golpe preparado para él: robar en un hotel para gente adinerada en California y hacerse con las joyas de los clientes, algo que puede suponer un cuantioso botín.

Son muchas las razones que convierten a El último refugio en una pequeña obra maestra del cine clásico, y no sólo del género de gángsters. Quizá lo primero que llama la atención y que constituye un rasgo realmente peculiar de esta película es que nos presenta al protagonista como una buena persona, a pesar de tratarse de un gángster. Es un enfoque original, sin duda, y es lo que confiere a El último refugio ese halo romántico y trágico que emana de la historia de Roy Earle. A pesar del Código de censura, que establecía que los malos debían ser presentados como tales, Walsh hace un retrato amable y lleno de ternura y comprensión hacia la figura de Earle. Roy Earle es un solitario, un hombre un tanto amargado y desengañado que, en realidad, sólo aspira a ser feliz. Esconde, bajo la coraza que su profesión requiere, a una persona compasiva que no dudará en ayudar a una familia humilde que conoce por casualidad, llegando a financiar la operación de la joven Velma (Joan Leslie), coja por una deformación de su pie. Esta subtrama de la historia es la parte más original y la que sirve, además, para ofrecer un preciso retrato del mundo que nos presenta Walsh y donde las personas no son en realidad tal y como creemos. Porque mientras el delincuente Earl muestra su generosidad y su amor por la joven Velma, ésta, una vez operada de su cojera, se muestra como una joven desagradecida, arisca y un tanto necia, prefiriendo a un hombre estúpido y presumido.

Por el contrario, será una mujer maltratada por la vida y excluida de la sociedad honrada, Marie (Ida Lupino), la que comprenda a Earle y termine enamorándose sinceramente de él, a pesar de lo que es, aceptándolo y ayudándolo desinteresadamente.

Raoul Walsh, por lo tanto, se vuelca en el lado más noble de dos excluidos, creando una bella y trágica historia donde los malos no son degenados sin escrúpulos, sino personas a las que la vida pareció dar la espalda y que no tienen más salida que una lucha desesperada por un poco de felicidad. Sin embargo, la moralidad de entonces impedía un final feliz. Sabemos que Earle está condenado y debe pagar por sus crímenes. La figura del perrito que parece traer mala suerte a sus dueños es la encarnación del destino trágico que le espera a un perdedor como Earle. Por culpa del perro, Earle sale de su escondite y es abatido. En un desesperado intento de burlar la censura y endulzar un final tan triste, Walsh nos ofrece el escaso consuelo de que, con su muerte, Earle ha encontrado al fin la libertad. Es el último destello de romanticismo, el último guiño de comprensión y cariño hacia el protagonista.

Y es precisamente este papel de malvado con corazón el que lanzará definitivamente a Bogart al estrellato y creará ese prototipo tan suyo de antihéroe romántico que será su seña de identidad a partir de este momento. Y la verdad es que el trabajo de Bogart es sublime. Sus muecas, su rudeza, su fragilidad también cuando se siente rechazado, su ternura hacia los débiles, incluido el perro, son sin duda una de las cimas de su carrera. Pero el resto del reparto también es perfecto. Ida Lupino está realmente maravillosa como una mujer infeliz que puede al fin entregarse al único hombre de una pieza que ha conocido en su vida. Su trabajo resulta conmovedor y sabe mantenerse al lado de Bogart a un gran nivel. Y además contamos con la hermosa Joan Leslie, que está perfecta en las dos caras de su personaje: la Velma dulce y tímida del principio y la despectiva e ingrata del final. Perfecto también Henry Travers, como el abuelo de Velma, más conocido años más tarde como el ángel que intenta ayudar a James Stewart en ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra, 1946). Y destacar además, a pesar de su breve papel, a Arthur Kennedy, que iniciaba su carrera cinematográfica.

El último refugio cuenta además con unos diálogos perfectos, llenos de fuerza, con frases concisas y directas, en especial entre Roy y Marie; diálogos bien trabajados y que están ahí para definir a los personajes tanto como sus actos. También tenemos algunas hermosas escenas de acción que, a pesar del tiempo transcurrido, se siguen viendo con placer, con el deleite que producen las cosas bien hechas.

Pero la película no es, esencialmente, un film de acción, un film de cine negro al uso. El último refugio tiene más de retrato social y psicológico, de film romántico que de otra cosa. Hay una crítica a la sociedad un tanto hipócrita; al periodismo sensacionalista, que condena fríamente a Earl llamándole "perro rabioso", y que es capaz de todo con tal de vender. Y es por todo ésto por lo que El último refugio es una gran obra, porque Raoul Walsh logró traspasar el marco en que se asienta el film para darle una dimensión mayor, más profunda, más humana, más hermosa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario