El cine y yo
Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.
Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.
El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.
El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.
No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.
Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.
El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.
El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.
No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.
martes, 19 de noviembre de 2019
Celebrity
Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Música: Varios.
Fotografía: Sven Nykvist (B&W).
Reparto: Kenneth Branagh, Melanie Griffith, Winona Ryder, Leonardo DiCaprio, Judy Davis, Joe Mantegna, Charlize Theron, Famke Janssen, Michael Lerner, Bebe Neuwirth, Hank Azaria.
El periodista Lee Simon (Kenneth Branagh) sufre la crisis de los cuarenta y decide dar un giro a una vida en la que no es feliz. La primera gran decisión será divorciarse.
Toda película de Woody Allen es siempre un placer. Aunque uno sepa más o menos lo que se puede encontrar, pues es casi siempre fiel a unos temas y personajes, este director tiene la rara habilidad de no resultar nunca aburrido ni repetitivo.
En Celebrity (1998), Allen analiza la famosa crisis de los cuarenta, en este caso en la figura de un periodista con aspiraciones de escritor. La verdad, creo que acierta de lleno con las causas, las consecuencias y las, a menudo, fallidas soluciones que muchos hombres, llegados a esta encrucijada de sus vidas, deciden tomar.
En el caso de Lee todo pasa por cambiar radicalmente de vida. Y lo primero es dejar a su mujer Robin (Judy Davis), con quien lleva toda la vida. Y es que Lee siente la llamada de la sexualidad, desea poder probar los objetos de deseo, no tener que envejecer lamentando haber dejado pasar ciertas oportunidades. Por ello, también se compra un bonito deportivo. Es la desesperada lucha por recuperar una juventud y una vitalidad que se va a ir perdiendo irremediablemente.
Pero, como estamos ante una película de Allen, el tono siempre será ligero, sin caer en excesivas culpas ni dramatismos. Y cuando éstos aparecen, la mirada siempre es amable, con cierta comicidad en lo excesivo de algunas reacciones.
Por momentos, Celebrity parece que no cuente nada especial y el director se recrea en múltiples personajes que aparecen brevemente, en un mosaico de gente más o menos famosa, de ahí el título, que se va cruzando en el camino de Lee y de Robin. Es un mundo superficial, de postrero, apariencias y excesos; de gente esencialmente egoísta, vacía y superficial dónde Lee y Robin se verán forzados a buscarse la vida con diferente fortuna.
Curiosamente, o quizá no tanto, es Robin la que sale mejor parada de la situación, a pesar de que es ella la que se lleva la amarga sorpresa cuando Lee le pide el divorcio y le confiesa sus infidelidades, quedando gravemente afectada. Sin embargo, como suele suceder, las mujeres suelen ser más sensatas o al menos más realistas a la hora de analizar su vida y en cuanto Robin se centra un poco, encuentra un futuro más estimulante al lado de otro hombre y otro trabajo. Lee, por el contrario, en busca de una quimera que solo existe en su mente, no deja de tomar decisiones erróneas hasta encontrarse completamente solo.
Celebrity cuenta con una hermosa fotografía en blanco y negro, lo que no es una sorpresa en este director, que aporta un toque especial al relato. He de reconocer, sin embargo, que en esta ocasión me pareció un film que no llega al nivel de otras películas de Woody Allen. Toca, cómo no, los temas de siempre: el amor, las relaciones personales, la crisis de identidad, la religión, con una especial incursión en el catolicismo esta vez, pero el guión no alcanza los niveles de excelencia a que Allen nos tiene acostumbrados. Hay algo de inconsistente, como si algunas piezas del puzzle no encajaran del todo bien. Aún así, siempre es un placer sumergirse en el universo tan peculiar de un director con un talento especial.
domingo, 17 de noviembre de 2019
Acordes y desacuerdos
Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Música: Varios.
Fotografía: Zhao Fei.
Reparto: Sean Penn, Samantha Morton, Uma Thurman, Anthony LaPaglia, James Urbaniak, Daniel Okrent, Kellie Overbey, Woody Allen.
Años veinte. Emmet Ray (Sean Penn) es un genial guitarrista, el segundo mejor del mundo según los entendidos, pero también es una persona llena de temores y heridas de su infancia y con un miedo patológico a comprometerse con una mujer.
Una vez más, y ya he perdido la cuenta, me tengo que rendir ante Woody Allen. Su cine es verdaderamente especial, tanto que incluso sus películas menos logradas tienen algo que te llega como un directo a la mandíbula. Pero hacía tiempo que un film de este cineasta no me divertía y me conmovía tanto como Acordes y desacordes (1999), otra pieza más para añadir a la sublime colección de joyas de Allen.
De un tiempo a esta parte me parecía que Woody Allen era capaz de hacer cine con casi nada: una pequeña anécdota, una idea sin importancia, un par de personajes curiosos...; historias menores que el director ponía en marcha gracias a su talento y a su magia. Y en Acordes y desacuerdos pasa algo así. La película no es más que el relato de unos años en la vida de un músico de jazz inventado y con una más o menos típica historia de amor y desamor.
Pero, sin embargo, lo que parece un film simple, con ese tono ligero y las gotas del humor fresco características del director, va cobrando vida propia lentamente, ganando peso, intensidad, emoción, sinceridad y ternura. Y el tono amable, que está siempre presente, va dejando paso a algunos momentos realmente intensos, profundos, de una sencillez absoluta y, a la vez, cargados de verdad, de silencios que lo explican todo y también de una amargura genuina y conmovedora. Es el talento de un director y guionista para sacar lo mejor de algo sencillo, corriente, que hemos visto en mil películas. Pero Allen es especial, Allen tiene el don de saber adentrarse en el alma humana con respeto, con sinceridad y con unas generosas dosis de muy buen humor.
Acordes y desacuerdos contiene algunos de los momentos cómicos más logrados de la filmografía de Allen, que es mucho decir. Y lo son porque nacen de manera coherente, casi sin querer, no son forzados, no buscan la comicidad solo porque sí, brotan con una naturalidad muy difícil de conseguir y que en Woody Allen parece un don.
Uno de los momentos más originales de la cinta es la secuencia de la gasolinera, con tres interpretaciones distintas de lo sucedido, cada cual más surrealista que la anterior. Tampoco tiene desperdicio la puesta en práctica de la genial idea de Emmet de aparecer en escena sentado sobre una luna dorada. Sin embargo, hay una escena especialmente maravillosa: la primera vez que Hattie y Emmet se acuestan; es una secuencia que comienza de manera cómica, pero cuando Emmet empieza a tocar la guitarra, como le había prometido a Hattie, se convierte de pronto en un instante mágico, cargado de belleza, sensibilidad y poesía.
La película es un claro homenaje al jazz que tanto adora el director, clarinetista aficionado desde su juventud. El buen gusto del Woody Allen a la hora de seleccionar las piezas musicales que jalonan la cinta es maravilloso; lo mismo que la forma en que la música se integra con el relato, de manera que no es algo que se perciba como un añadido, más o menos oportuno, sino que es un elemento más de la historia, como los maravillosos decorados o la espectacular fotografía de Zhao Fei, que dota de gran calidez y de una belleza especial al relato.
Pero lo que hace de Acordes y desacuerdos un film especial son sin duda sus personajes, empezando por Emmet Ray, un guitarrista inventado que es todo un personaje. Egoista, presumido, derrochador, alocado, infantil... y, sin embargo, alguien a quién acabamos comprendiendo y compadeciendo, por su triste infancia, por su soledad crónica, por su vivir bajo la sombra de su rival Django Reinhardt, por su miedo a enamorarse, por su fingida independencia, por sus extrañas aficiones (disparar a ratas en un vertedero y sentarse a ver pasar trenes). Todo ello lo convierte en un personaje especial, arrogante pero inseguro, genial e inmaduro, duro pero débil, que nos conmueve y emociona bajo la fantástica interpretación de Sean Penn, uno de los mayores talentos del cine actual.
Pero al lado de Emmet está Hattie, interpretada por una fascinante y sorprendente Samantha Morton, lo que me lleva a destacar otra de las virtudes de Woody Allen: saca lo mejor de cualquier actor que se ponga a sus órdenes, convirtiendo de la noche a la mañana en estrellas a rostros desconocidos que, a veces, no vuelven a brillar nunca más con esa plenitud. Hattie es otro de esos personajes mágicos que sabe inventarse Allen y que parece un pequeño homenaje a las heroínas dulces y frágiles del cine mudo. Porque Hattie no puede hablar, lo que da pie a algunos momentos maravillosos en su relación con Emmet, donde él lo dice todo con palabras y Hattie con su mirada, en unos exquisitos diálogos llenos de ternura y magia, de una originalidad que parece al alcance solo de tipos como Woody Allen, con una sensibilidad especial para el retrato de los seres humanos.
Sin duda alguna Acordes y desacuerdos merece un lugar de honor en la extensa filmografía de uno de los mayores genios del cine cómico de la historia.
Tanto Sean Penn como Samantha Morton fueron candidatos al Oscar como mejores actores por este trabajo, en las dos únicas nominaciones que obtuvo la película.
miércoles, 13 de noviembre de 2019
Rufufú
Dirección: Mario Monicelli.
Guión: Agenore Incrocci, Furio Scarpelli, Suso Cecchi d'Amico y Mario Monicelli.
Música: Piero Umiliani.
Fotografía: Gianni Di Venanzo (B&W).
Reparto: Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Renato Salvatori, Totò, Gina Rovere, Carla Gravina, Rossana Rory, Claudia Cardinale, Memmo Carotenuto.
Cosimo (Memmo Carotenuto), un ladrón de poca monta, planea en la cárcel un robo a una oficina del Monte de Piedad. Sin embargo, el primo que tenía que sustituirlo en prisión, Peppe (Vittorio Gassman), encarcelado también, se entera de los detalles del plan de Cosimo y decide perpetrar el golpe él mismo.
Rufufú (1958) se inscribe en el período del cine italiano inmediatamente posterior al neorrealismo, del que conserva múltiples elementos, y constituye uno de los mayores éxitos de la comedia italiana. La película es una parodia muy lograda de los films de atracos, muy en boga a la sombra del éxito de la francesa Rififi (Jules Dassin, 1955).
El guión se centra en un grupo de delincuentes de poca monta que sueña con dar un gran golpe que los saque de la miseria. A pesar de plantear el golpe como algo muy sencillo, en seguida el espectador comprende que esa banda no tiene ni los medios ni la inteligencia suficiente como para sacar con éxito la empresa.
Con un tono claramente paródico, aunque sin renunciar a algunos toques más dramáticos, Monicelli, en su película más famosa, retrata con certeza unos bajos fondos sumidos en la miseria pero sin perder una mirada complaciente y amable y un toque humanista que no se permite caer en lo sensiblero. Rufufú hace un interesante repaso de las costumbres y peculiaridades de la sociedad italiana de la época, apegada a ciertas normas de decoro, honor y respetabilidad a las que, sin embargo, con fina ironía, Monicelli se dedica a ridiculizar y sabotear, como es el caso de la defensa a ultranza de la buena reputación de Carmelina (Claudia Cardinale) por parte de su hermano Michele (Tiberio Murgia), un siciliano estricto de aires mafiosos, pero tan inútil como el resto.
Además, otro de los aciertos de la película es que, a pesar de que eje central de la historia gira en torno a la preparación y ejecución del robo, éste no es en absoluto lo único importante del film, que sabe ahondar también en la vida de los ladrones, con un acertado acercamiento a sus aspiraciones, carencias y necesidades, sin cursilerías pero con absoluto respeto y un fino toque de comedia social.
Con una sobria puesta en escena, un guión muy bien trabajado y, especialmente, unos diálogos afinados e incisivos, Rufufú tiene momentos de gran nivel dentro de un tono general que nos lleva a una sonrisa casi permanente. Algunos detalles de la historia quedarían como referentes posteriores para muchas otras películas que bebieron de sus fuentes.
El reparto es, sin duda, otro de los grandes atractivos de la película. A pesar de tratarse de un film coral, es necesario destacar a Vittorio Gassman como el eje de la historia, muy bien acompañado por Totó, en un papel secundario, Marcello Mastroniani o una jovencita Claudia Cardinale como figuras más conocidas, si bien ninguno de sus colegas desentona en absoluto.
En definitiva, un film muy recomendable donde un guión bien trabajado da pie a una comedia que sigue fresca a pesar del paso de los años.
sábado, 26 de octubre de 2019
Rocky Balboa
Dirección: Sylvester Stallone.
Guión: Sylvester Stallone.
Música: Bill Conti.
Fotografía: J. Clark Mathis.
Reparto: Sylvester Stallone, Burt Young, Antonio Tarver, Geraldine Hughes, Milo Ventimiglia, Tony Burton, James Frances Kelly III.
Rocky, antiguo campeón de los pesos pesados, lleva dieciséis años retirado del boxeo. Ahora regenta un restaurante en la zona sur de Filadelfia, donde rememora antiguos combates ante sus clientes.
Todo comenzó en 1976 con Rocky (John G. Avildsen), historia creada por el propio Stallone y cuyo personaje se ha convertido en la figura emblemática del actor, sin duda por la que será recordado en la historia del cine.
La primera película de la saga, ganadora del Oscar, dio lugar a una serie de films que iban poco a poco degradando el impacto y la calidad del original para convertirse en meras caricaturas un tanto repetitivas. Se llegó nada menos que a Rocky V (John G. Avildsen) en 1990 y ahí pareció que se acaba con la saga. Sin embargo, Sylvester Stallone volvió de nuevo a la carga en 2006 con esta Rocky Balboa.
Hay mucho en Rocky Balboa del espíritu de Rocky y eso es de agradecer. La película es todo un ejercicio nostálgico de Rocky hacia sus inicios, con el hilo conductor del recuerdo de su esposa fallecida, el amor de su vida del que no puede ni quiere desprenderse.
Hay que reconocer que Stallone ahonda sin complejos en ese carácter nostálgico, especialmente en el arranque del film, pero sin abusar de melodramático y sin caer en la trampa de rellenar minutos con secuencias de Rocky. Algunos segundos se cuelan en el discurso, pero mínimos y que además se agradecen.
Y es ese tono melancólico, de recuerdo de los viejos tiempos, de la juventud y el amor perdidos, lo que caracteriza a esta sexta entrega de la serie. Stallone abandona el enfoque puramente deportivo y competitivo de los films anteriores y, aunque asistiremos a la típica pelea final, ésta no es ni mucho menos el eje argumental o la justificación de la historia, sino un elemento más en este ejercicio de revisión de una vida en un momento delicado para Rocky, que visita su viejo barrio para comprobar cómo el paso del tiempo resulta implacable.
El tono general de la película es comedido, como apuntaba, y elegante. Evidentemente es un film un tanto triste, sentimental, pero sin cargar en exceso las tintas. Lo que sí que se nota es cierta superficialidad en todo lo que se cuenta. Stallone nunca consigue ahondar realmente en los problemas del protagonista y todo está tratado con muy poca profundidad. El recuerdo de su gran amor se reduce a las escenas sentimentales en el cementerio; la frustración y rabia que dice sentir Rocky se adivinan más que se explican; los problemas con su hijo se resumen en una breve discusión que, por arte de magia, lo resuelve todo en un segundo; la relación con el hijo de Marie es muy esquemática y simple; el necesario idilio no llega nunca a serlo y la bondad de Balboa parece tan edulcorada que resulta a veces increíble. El personaje de Marie (Geraldine Hughes), la niña a la que Rocky reprende por su comportamiento en la primera película, es sin embargo un original y bonito adorno a la historia.
Además, Rocky Balboa cuenta con unos diálogos bastante convincentes y una dirección que, sin ser espectacular, sí que se nota bien pensada y que aporta algunos planos interesantes. Menos convincente me pareció el recurso al blanco y negro con toques de rojo sangre en la pelea, un adorno innecesario y un tanto artificial.
Pero, a pesar de los defectos, Rocky Balboa funciona aceptablemente bien. Me imagino que tiene mucho que ver el haber visto Rocky siendo casi un niño, con lo que el impacto de aquel personaje y su poso en la memoria hacen que uno aborde esta secuela con cierta benévola predisposición. Además, como ejercicio de recuerdo, conecta claramente con todos aquellos que en algún momento repasamos nuestras vidas y hacemos balance de los proyectos pasados y las realidades presentes. Y, como decía, sin abusar de sentimentalismos ni dramatismos.
Imagino que la experiencia será muy diferente para todos aquellos que no hayan disfrutado de Rocky, por lo que me atrevería a recomendar ver esa primera película, mejor antes de ver esta, pero incluso después tampoco vendría mal, para poder ubicar a Rocky Balboa con más precisión y sentido.
domingo, 13 de octubre de 2019
La herencia del viento
Dirección: Stanley Kramer.
Guión: Harold Jacob Smith y Nedrick Young (Teatro: Jerome Lawrence y Robert E. Lee).
Música: Ernest Gold.
Fotografía: Ernest Laszlo (B&W).
Reparto: Spencer Tracy, Fredric March, Gene Kelly, Dick York, Claude Atkins, Florence Eldridge, Donna Anderson, Noah Berry Jr., Harry Morgan.
En Hillsboro, una pequeña localidad del estado de Tennessee, el profesor de ciencias Bertram Cates (Dirk York) es detenido por enseñar en clase las teorías de la evolución de Darwin, en oposición a las leyes locales que prohibían cualquier otra explicación que no fuera la recogida en la Biblia.
La herencia del viento (1960) es una versión un tanto alterada de un juicio real que tuvo lugar en 1925 contra el profesor John Scopes, en Dayton, en el estado de Tennessee, por enseñar las teorías de Darwin sobre la evolución humana. Se cambiaron las fechas, los nombres y otros detalles para hacer del relato algo más atractivo para la pantalla. Sin embargo, lo importante, que se llegara a juzgar y a culpar a un profesor en el siglo XX porque sus enseñanzas no siguieran los preceptos de la Biblia, sigue siendo el nervio y la justificación de la película.
Como es de imaginar, el film de Stanley Kramer toma partido claramente por la lógica, el desarrollo, la libertad del individuo para pensar libremente y en contra de la intolerancia religiosa, el odio y el miedo. Y la verdad, gracias quizá también a la fotografía en blanco y negro, La herencia del tiempo tiene un aire que la acerca más al cine clásico que al moderno. Un cine que cuidaba las formas y, sobre todo, los diálogos, algo sin duda motivado claramente por su origen teatral. Son unos diálogos ricos, inteligentes y profundos; quizá demasiado densos a veces, pero que otorgan sentido y profundidad a un drama entre dos mundos (el de la fe y el de la ciencia) que no se convierte en mero espectáculo, sino que aporta argumentos, sobre todo del lado de la ciencia, y se toma el problema con la seriedad y el rigor que requiere.
Aunque también es verdad que, al decantarse abiertamente por el lado de la razón, el film es un poco partidista y en el desenlace, o en la figura un tanto excesiva del reverendo Brown (Claude Atkins), se cargan quizá un poco de más las tintas. Es, seguramente, el peaje que hay que pagar por un film que es, ante todo, un producto de entretenimiento. De ahí las licencias con respecto a los hechos reales o que el debate entre la ciencia y la fe no sea quizá todo lo rico que hubiera podido ser. El más claro ejemplo del tributo que se ha de pagar al tratarse de una obra de ficción es la teatral y un tanto exagerada caída en el absurdo y el ridículo del Coronel Matthew Harrison Brady (Fredric March), paladín de los partidarios de la Biblia. Su delirio final es una manera un tanto simplista de compensar la sentencia del juicio dejando claro al espectador la sinrazón de los creacionistas.
Puede que fuera con la intención de dar algo más dinamismo al film, para alejarlo de la versión teatral, pero la dirección de Kramer no terminó de convencerme. El abuso de encuadres algo forzados, con unos primeros planos excesivos desde mi punto de vista, le dan a la película un aire algo forzado, artificial, además de entorpecer a veces el seguimiento de los diálogos, verdadero punto central del film, al desviar nuestra atención hacia lo superficial.
En cuanto al reparto, destacar la figura de Spencer Tracy en uno más de esos papeles en los que tanto brilló. Si bien bastante avejentado ya, Tracy vuelve a ser la imagen perfecta del sentido común, la paciencia, la tolerancia y el amor al prójimo. A su lado, otro ilustre veterano, Fredric March, al que le toca el papel menos grato de ser el defensor de la Biblia como única fuente de la verdad. Cierra el trío un reconvertido Gene Kelly en el papel de un cínico periodista, aportando las notas más ácidas y simpáticas al drama.
Por cierto, el título de la película está tomado de unos versículos de los Proverbios: "Aquel que cree disturbios en su casa heredará el viento..."
sábado, 12 de octubre de 2019
Días de trueno
Dirección: Tony Scott.
Guión: Robert Towne.
Música: Hans Zimmer.
Fotografía: Ward Russell.
Reparto: Tom Cruise, Nicole Kidman, Robert Duvall, Randy Quaid, Cary Elwes, J. C. Quinn, Michael Rooker, Fred Dalton Thompson, Don Simpson.
Cole Trickle (Tom Cruise) es un buen piloto, pero sin experiencia en las carreras de la NASCAR. Sin embargo, es el elegido por Tim Daland (Randy Quaid) para el nuevo equipo que está preparando para intentar ganar el título en Daytona.
La primera impresión que tuve al ver Dias de trueno (1990) es que estaba ante una especie de Rocky (John G. Avildsen, 1976) del mundo de las carreras de coches. Los paralelismos en cuanto al sueño de ser campeón partiendo de la nada son bastante evidentes. Pero existen también muchas diferencias entre ambas películas, la más notable: Rocky era un film con un gran contenido humano, sencilla pero con la suficiente entidad como para trascender la épica en favor de un mensaje más íntimo que conectaba con el público. Días de trueno, sin embargo, se queda en la superficie de las cosas y jamás llega a parecer más que un producto de diseño para mayor lucimiento de Tom Cruise.
Precisamente, la idea del film se le ocurrió a Cruise, que se convirtió en el productor de la empresa. El joven actor estaba cimentando su carrera en base a encarnar a diferentes personajes que estaban cortados por el mismo patrón. Basta recordar Top Gun (Tony Scott, 1986) o El color del dinero (Martin Scorsese, 1986).
El productor recurrió de nuevo a Tony Scott, que lo había dirigido en la exitosa Top Gun, y Scott demuestra su oficio para este tipo de películas sacando buena nota en la dirección del film, cuyos mejores momentos son, para mí entender, las escenas de las carreras, filmadas con buen pulso. También es cierto que llegan a ser algo repetitivas, pero junto con la fotografía, sin duda son lo mejor de Días de trueno.
Pero en una película de estas características, centrada en buscar la épica y el drama personal del protagonista, además de la plasticidad de las carreras, de poco sirve una esmerada puesta en escena si el argumento descuida lo fundamental: los personajes. Y esto es precisamente lo que se deja bastante de lado en esta ocasión. Cuesta entender las motivaciones y los problemas de los protagonistas porque, básicamente, el guión los dibuja de una manera demasiado simple, sin profundidad. Por ello, sus problemas incluso nos parecen graciosos en algún momento, con lo que el drama personal de sus miedos, sus aspiraciones o sus traumas se queda en algo borroso, sin entidad.
Lo peor es que cuando llegan los momentos álgidos del drama, como serían el accidente en la carrera de Cole o su discusión con Claire (Nicole Kidman), donde esas escenas deberían apretarnos al sillón, las secuencias pasan sin pena ni gloria, como un momento más en el devenir de los acontecimientos. La culpa es de un guión totalmente plano y banal, donde no se ahorra ningún tópico: el piloto arrogante, el genio de la mecánica con un trauma personal, las penurias económicas, los desencuentros del equipo, el rival sin escrúpulos, el enamoramiento y el consecuente desencuentro... todo tan trillado, tan vacío y tan previsible que uno se pregunta cómo es posible caer tan bajo. La respuesta, sin duda, sería que poco importaban determinados detalles, lo que se perseguía era una cinta para el lucimiento del joven Tom Cruise, decidido a convertirse en el nuevo héroe del cine de aventuras y acción, algo que acabó consiguiendo a base de encasillarse en un tipo de papeles muy bien definidos.
Sin ser el mejor trabajo de Tom Cruise, tampoco es de los peores, si bien cuesta comprender a su personaje en muchas ocasiones. Quizá la nota más destacada del reparto sea la presencia de Robert Duvall, que eleva el nivel del reparto por sí solo. Randy Quaid y Nicole Kidman cumplen sin más.
Lo que no se le puede negar a Cruise es su olfato para los negocios, pues la película tuvo muy buenas recaudaciones. Otro detalle, en este film fue donde se conocieron Tom Cruise y Nicole Kidman, ya que el propio actor pidió que ella fuera su pareja aquí, lo que daría lugar al matrimonio de ambos en 1990.
Días de trueno termina siendo un entretenimiento bastante sencillo, sin ninguna profundidad argumental ni demasiados méritos. Da pena comprobar cómo un equipo así saque tan poco partido de los elementos con que contaba.
domingo, 1 de septiembre de 2019
American Gigolo
Dirección: Paul Schrader.
Guión: Paul Schrader.
Música: Giorgio Moroder.
Fotografía: John Bailey.
Reparto: Richard Gere, Lauren Hutton, Hector Elizondo, Bill Duke, Nina Van Pallandt, Brian Davies, Patricia Carr, Macdonald Carey.
Julian Kay (Ricard Gere) es un elegante y atractivo joven que se gana la vida como gigoló. Todo parece irle sobre ruedas, hasta que un día, una mujer con la que había mantenido relaciones sexuales aparece asesinada.
American Gigolo (1980) es un film extraño. Se adivinan las pretensiones de su director, antiguo crítico primero y guionista después (Taxi Driver, Martin Scorsese, 1976), que un día decidió dar el salto también a la dirección. Schrader le da al film un sello peculiar, muy personal, tanto en la puesta en escena como en las transiciones, los temas abordados y el ritmo. Sin embargo, tanto ensayo termina resultando un tanto superficial y la historia resulta aburrida y predecible.
En la línea del cine de los años ochenta del siglo pasado, Schrader parece sentir la necesidad de aportar algo de morbo a un thriller bastante poco original. Para ello, el protagonista se convierte en un gigoló que vende su cuerpo a mujeres maduras para pagarse su elegante tren de vida. La primera parte del film consiste en la presentación de Julian y, más que nada, se centra en mostrarnos la estupenda buena forma de Richard Gere y su elegante vestuario, firmado por Giorgio Armani, al cuál está película le abrió las puertas de Hollywood y contribuyó a consolidar su fama mundial.
La profesión del protagonista le sirve al director para añadir unas gotas de erotismo suavizado, moralista y muy estudiado, absolutamente impostado y artificial. La osadía de algunas situaciones, con un artístico desnudo de Gere, queda enmarcada en un juego muy calculado donde siempre se insinúa más de lo que se da y que me parece tan superficial como mentiroso. Se adivina de lejos el mero interés recaudatorio, algo que se suele conseguir fácilmente con unas gotas de morbo.
Por cierto, Richard Gere no era la primera elección para el papel de Julian. Se había pensado en Christopher Reeve, que resultaba demasiado caro, o John Travolta, que no aceptó el papel, en una de sus múltiples y cuestionables elecciones. Para Gere, por entonces no muy conocido, supuso un buen espaldarazo para su carrera, que despegó en esa década apoyado, por ejemplo, en Oficial y caballero (Taylor Hackford, 1982), otro papel rechazado también por Travolta.
En cuanto al desarrollo de la trama, sobre todo en la segunda parte de la película, ésta resulta demasiado esquemática como para llegar a interesarnos. Tanto el crimen como las investigaciones o la posible implicación de Kay, sobre la que se siembra la duda de manera un tanto pueril, son meros clichés que no alcanzan en ningún momento una entidad suficiente como para lograr implicarnos realmente en el tema. La sucesión de muchas escenas un tanto vacías unidas a una duración a todas luces excesiva de la película hacen que ésta caiga a menudo en momentos de claro bajón, con el aburrimiento y cierto cansancio campando a sus anchas.
Si la trama del asesinato es muy superficial (y no digamos ya el desenlace, de traca), lo mismo sucede con los personajes, apenas esbozados y reducidos a un esquema de lo más sencillo. Para colmo, los diálogos resultan como mínimo confusos, a veces pretenciosos, y ni acercan a los protagonistas al espectador ni ahondan en su problemática. Se quedan en un juego pretencioso no muy eficaz.
Al final, me da la impresión de que Schrader se dejó llevar por un planteamiento donde primaban las apariencias por encima de todo: un protagonista atractivo, ropas de lujo, coches de alta gama, música de moda, decorados suntuosos, erotismo calculado, un ambiente de alta sociedad tan estudiado como artificioso donde los personajes son un elemento más del ambiente chic y refinado, pero sin que cuenten realmente como personas de carne y hueso, sino como clichés de un enorme montaje más próximo a un video clip de más de dos horas. Todo tan medido y calculado como manipulador y vacío de contenido.
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