El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Spencer Tracy



Descubrir a Spencer Tracy es descubrir a un actor especial, dotado con un talento único. A primera vista puede que no llame la atención y en eso reside precisamente su gran talento: Spencer Tracy es la naturalidad personificada. Es capaz de permanecer impasible delante de la cámara, en un primer plano de varios segundos y al mismo tiempo nos está expresando algo. ¿Como lo consigue?

Spencer Tracy nació el cinco de abril de 1900 en Milwaukee y era el segundo hijo de un matrimonio católico de origen irlandés. El hecho de ser educado y pertener a la iglesia católica será un elemento fundamental en la vida de Spencer.

Fue un niño travieso al que expulsaron de varios colegios hasta que, decidido a ser sacerdote, comenzó a reconducir su comportamiento. A los diecisiete años, junto a su amigo Pat O'Brien, también de Milwaukee, de origen irlandés y futuro actor, se alista en la Marina con la intención de participar en la Primera Guerra Mundial, aunque la guerra se acabará antes de que puedan entrar en combate.

De regreso a su casa, comienza a hacer sus pinitos como actor teatral mientras estudia en la universidad, hasta que decide marcharse a Nueva York, de nuevo en compañía de O'Brien, para seguir estudios de interpretación en la Academia de Arte Dramático de la ciudad. En Nueva York también, en el año 1923, se casará con Luise Treadwell.

Poco a poco, Tracy se va abriendo camino en Broadway, donde logra triunfar y donde es descubierto por John Ford mientras interpretaba la obra de teatro The last mile. Comienza así a trabajar en el cine, debutando con Ford en 1930 con el film Río arriba. Será en 1935 cuando firme un contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer, compañía en la permanecerá durante casi toda su carrera.

En estos primeros años, Spencer Tracy va cimentando su reputación con participaciones en films dirigidos por los mejores directores de la época, como Mi chica y yo (Raoul Walsh, 1932), Veinte mil años en Sing Sing (Michael Curtiz, 1932) o Furia (Fritz Lang, 1936), donde Tracy de muestra su gran versatilidad interpretando a un hombre que pasa de ser la bondad personificada a convertirse en un hombre lleno de odio que busca desesperadamente vengarse de aquellos que lo quisieron linchar. De 1936 también es la película San Francisco (W.S. Van Dyke), por la que recibirá la primera candidatura como mejor actor.

Pero, a pesar de esa gran interpretación, la cumbre la alcanzará al año siguiente con su papel del entrañable Manuel, un pescador portugués que cuidará y educará a un caprichoso niño rico en Capitanes intrépidos (Victor Fleming), papel por el que se llevó su primer Oscar. Por si quedara alguna duda de su talento, Tracy repitió premio al año siguiente con Forja de hombres (Norman Taurog), donde interpreta al famoso padre Flanagan, el creador de la Ciudad de los Muchachos. Fueron los dos únicos Oscars que ganó durante su larga carrera de un total de nueve nominaciones.

Serán estos papeles los que crearán esa imagen de hombre bueno y sencillo con la que identificamos a Spencer Tracy y por los que ha pasado sin duda a la historia del cine. Pero Tracy era mucho más que eso. Lo demostró, como decíamos antes, en Furia y lo hará en otros muchos papeles, pues en su dilatada carrera llegó a encarnar desde un gánster a un alcalde o un sacerdote.

Si los años treinta fueron vertiginosos en cuanto a trabajo y cimentó en ellos su reputación de gran actor, en los cuarenta Tracy siguió en la cresta de la ola con trabajos como Edison, el hombre (Clarence Brown, 1940), Paso al noroeste (Henry King, 1940) o El extraño caso del Dr. Jeckyll (Victor Fleming, 1941). Pero esta década también marcó su vida y su carrera al conocer en 1942 al gran amor de su vida, la actriz Katharine Hepburn, en el rodaje de La mujer del año (George Stevens, 1942), una comedia centrada en la lucha de sexos. Será la primera de las nueve que películas que ruedan juntos y el comienzo de una larga y un tanto agitada relación. Es célebre el hecho de que ambos jamás llegaron a consolidar su relación por medio del matrimonio a causa de las firmes creencias religiosas de Tracy, que le impieron divorciarse de su esposa a pesar de estar profundamente enamorado de Katharine.

En esta década repitió con la actriz en Llama sagrada (George Cukor, 1942), Sin amor (Harold S. Bucquet, 1945), Mar de hierba (Elia Kazan, 1947), El estado de la Unión (Frank Capra, 1948) y La costilla de Adán (George Cukor, 1949), famosa comedia de tintes feministas en la que se vuelve al tema de la lucha de sexos entre un matrimonio de abogados.

Tracy comienza la nueva década con un gran éxito de crítica y de público: El padre de la novia (Vincente Minnelli, 1950), comedia blandita sobre las tribulaciones de un padre ante la boda de su hija, interpretada por una hermosa Elizabeth Taylor. Spencer Tracy recibió por su interpretación una nominación al Oscar. La buena acogida de la película lleva a filmar al año siguiente El padre es abuelo (Vicente Minnelli), donde repiten los protagonistas esta vez con el nacimiento de un nieto como núcleo de la historia.

Tras rodar en 1954 el western Lanza rota a las órdenes de Edward Dmytryk, Tracy es de nuevo nominado como mejor actor por Conspiración de silencio (John Sturges, 1955), un intenso drama rural donde Tracy vuelve a brillar con luz propia. En 1958, Tracy vuelve a trabajar con John Ford en El último hurra, un buen drama político con el actor en la piel de un veterano y honrado alcalde que ha de hacer frente a los manejos de las fuerzas vivas de la ciudad. También de este año es la adaptación de la novela de Ernest Hemingway El viejo y el mar (John Sturges), por la que vuelve a ser nominado al Oscar.

La década de los años sesenta será la de sus últimos trabajos. Son sus cinco últimas películas, cuatro de las cuales las rueda a las órdenes de Stanley Kramer: La herencia del viento (1960), basada en un caso real sobre el juicio a un profesor por enseñar la teoría de la evolución de las especies, ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg) (1961), por la que volvería a ser nominado al Oscar, El mundo está loco, loco, loco (1963), una alocada comedia, y Adivina quién viene esta noche (1967), sobre los prejuicios raciales y por la que de nuevo el actor sería nominado al Oscar.

En medio de estos trabajos con Kramer, Tracy trabajaría con Mervyn LeRoy en El diablo a las cuatro (1961), film de aventuras que anuncia el subgénero de catástrofes que invadirá las pantallas en los setenta.

Poco después de terminar el rodaje de Adivina quién viene esta noche, Spencer Tracy moriría de un ataque al corazón. Era el diez de junio de 1967 y tenía sesenta y siete años de edad.

Spencer Tracy no tenía un carácter fácil. Además de sus firmes convicciones católicas, que hicieron que permaneciera casado toda su vida con Louise Treadwell, con quién tuvo dos hijos, a pesar de su que estaba profundamente enamorado de Katharine Hepburn, Tracy también era alcohólico. Sin embargo, la imagen que nos ha trasmitido a lo largo de su carrera es la de un hombre honrado y de firmes principios. Siempre le hemos visto defender causas justas, como la de la igualdad de sexos (La mujer del año) o de razas (Adivina quién viene esta noche), o encarnar a personas esencialmente buenas, como su Manuel de Capitanes intrépidos o el alcalde de El último hurra. Spencer Tracy siempre estaba del lado de la verdad y del sentido común (¿Vencedores o vencidos?, La herencia del viento), pero también supo encarnar con absoluta credibilidad al americano medio, fiel esposo y honrado ciudadano, preocupado por los asuntos domésticos de la misma manera que millones de hombres en todo el mundo, como demostró en El padre de la novia o en El padre es abuelo.

Con el paso de los años, conforme se iba haciendo mayor, su pelo blanco y sus arrugas nos daban la imagen de un abuelo cariñoso y comprensivo, o de un luchador que se niega a rendirse a pesar de que sus fuerzas flaqueen.

Spencer Tracy se queda lejos de la imagen de glamour y fuerza que desprendían otros actores del Hollywood clásico, del famoso star system, término que no parece cuadrarle muy bien, a pesar de ser uno de los actores de más talento de la historia del cine. Su fuerza provenía de su interior, de los valores que supo encarnar como nadie y trasmitir con absoluta naturalidad. Su fuerza es la de alguien cercano, pero excepcional, la de un luchador inquebrantable pero con sus flaquezas y sus limitaciones de ciudadano corriente, de persona con sus miedos y sus dudas.

Si tuviera que quedarme con una sola escena de su extensa carrera, algo que resumiera su talento y lo que representó para millones de espectadores, me quedaría con el discurso con el que se cierra Adivina quién viene esta noche, todo una demostración de su talento y su naturalidad, de la fuerza de unas convicciones y del intenso amor de toda una vida; un discurso capaz de emocionarnos desde la sencillez más absoluta. Esa sola escena resume y justifica toda una carrera de un actor excepcional.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Última llamada



Dirección: Joel Schumacher.
Guión: Larry Cohen.
Música: Harry Gregson-Williams.
Fotografía: Matthew Libatique.
Reparto: Colin Farrell, Kiefer Sutherland, Forest Whitaker, Katie Holmes, Radha Mitchell, Paula Jai Parker, Richard T. Jones, Tia Texada, Julio Oscar Mechoso, John Enos III.

Stu Shepard (Colin Farrell) es un ambicioso publicista de Nueva York acostumbrado a mentir y engañar a sus clientes y amigos para salirse con la suya. Entre sus engaños está el coquetear con una cliente suya, Pamela (Katie Holmes), a la que suele llamar desde una cabina para que su esposa Kelly (Radha Mitchell) no pueda descubrir este juego suyo. Sin embargo, un día es Stu el que recibe una llamada en esa misma cabina. Su vida, en cuanto contesta al teléfono, estará en peligro.

Última llamada (2002) es uno de estos thrillers de última generación donde prima el efectismo sobre la solidez argumental, la originalidad visual sobre el análisis, la trampa sobre la honradez. Y es que lo que impera en el cine comercial es la taquilla, por encima de cualquier otra consideración, lo que es más que evidente en el film que nos ocupa.

El argumento de Última llamada se puede resumir en pocas palabras: un psicópata (del que no llegaremos a saber gran cosa de sus motivaciones o paranoias) se dedica a asesinar a sujetos a los que espía en sus llamadas de teléfono y que considera malas personas. Su última víctima es un joven arrogante y mentiroso, Stu Shepard, culpable de ambición, engreimiento y un intento de engaño a su esposa. Como se ve, poca cosa. Es más, no parece en ningún momento justificada la manía persecutoria del psicópata (Kiefer Sutherland), del que por no saber ni sabremos su nombre, hacia Stu que, además, por esa moralidad tan americana que impregna este tipo de films, resulta no ser tan mala persona, sino más bien una pobre víctima, con un arranque muy noble de valentía que le empuja a sacrificarse para proteger a las personas a las que aprecia. Y es que en virtud de esa moralidad made in Hollywood, el protagonista ha de ser alguien con suficientes valores como para que quede justificada su salvación. El mal trago que pasa Stu sirve para redimirlo y convertirlo en el buen ciudadano y mejor esposo que su ambición un día trasnformó en alguien materialista y egoista.

Sin embargo, tras esta pequeña lección moral nos encontramos con un film bastante pobre argumentalmente. Todo se reduce a un juego de amenazas que se prolonga durante la mayor parte del metraje, salvo la presentación inicial del personaje de Stu, un tanto estereotipada y precipitada por cierto. Pero lo que interesa a Schumacher es la acción pura y dura, por lo que el film se va a centrar en la llamada telefónica, situación que se extiende más allá de toda lógica, aún cuando la duración final de la película es de apenas ochenta y dos minutos y, sin embargo, aún así tenemos la sensación de que sobraba algo de metraje. Y es que la situación de Stu en la cabina no da para tanto, pero hay que intentar prolongar la emoción hasta una duración aceptable para el pase en cines.

Además, la historia se sustenta en algo tan retorcido que exige de nuestra parte un acto de fe para tragarnos el control absoluto que parece tener el psicópata sobre la tecnología como para poder espiar tan eficazmente a sus vísctimas y bloquear cualquier intento de ser detectado por la policía. Y es que el argumento no termina de resultar convincente ni creíble. A pesar de ello, si hacemos el esfuerzo y nos volvemos tan crédulos como para tragarnos la hipótesis inicial, aún tendremos que seguir admitiendo un guión un tanto tramposo que juega con nuestra paciencia en no pocas ocasiones, incluido el consabido giro final, el truco de magia por desgracia tan habitual que uno casi se lo huele desde el principio. En este caso, los trucos finales son dos: el disparo que recibe Stu, que resulta no ser del psicópata, y la supuesta muerte de éste que tampoco será verdad.

A pesar de todo lo anterior, hemos de conceder que Joel Schumacher logra dotar a tan poca historia de cierto dinamismo visual, usando con habilidad recursos como la partición de la pantalla en diversas imágenes y logrando que el ritmo de la acción mantenga el interés más allá de un final más o menos previsible. Y es que, salvando la muerte del chulo de putas, pronto adivinamos que las amenazas del francotirador van a quedarse en eso simplemente. Es el típico juego de amagos que nunca llegan a concretarse, un poco en contradicción con la supuesta frialdad y locura del malo de turno.

En cuanto al reparto, el peso de la película cae en manos de Colin Farrell... y de Kiefer Sutherland si vemos el film en la versión original. Y es Sutherland no aparece más que unos breves momentos al final del film, pero su voz es también la otra gran protagonista de la película. En la versión doblada al castellano, la voz del asesino está bastante lograda, consiguiendo un grado de intensidad notable. En cuanto a Farrell, su trabajo es impecable. Gracias a él la película logra salvarse de la mediocridad de su argumento. Farrell termina contagiándonos su angustia con una interpretación muy meritoria. Forest Whitaker, Katie Holmes y Radha Mitchell completan un reparto con vistas a la taquilla aunque su participación es menos decisiva.

Última llamada no deja de ser un entretenimiento menor. Unos de esos productos de usar y tirar que te pueden hacer pasar un rato entretenido si te contentas con un planteamiento muy cortito y sencillo y no te molestan sus carencias argumentales y sus trampas.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Antes del anochecer



Dirección: Richard Linklater.
Guión: Richard Linklater, Julie Delpy, Ethan Hawke.
Música: Graham Reynolds.
Fotografía: Christos Voudouris.
Reparto: Julie Delpy, Ethan Hawke, Seamus Davey-Fitzpatrick, Jennifer Prior, Charlotte Prior, Xenia Kalogeropoulou, Walter Lassally, Ariane Labed, Yannis Papadopoulos, Athina Rachel Tsangari, Panos Koronis.

Celine (Julie Delpy) y Jesse (Ethan Hawke) viven juntos y son padres de dos gemelas. Sin embargo, la convivencia, la rutina y los problemas de Jesse con su ex mujer pesan seriamente sobre la vida de ambos. Las vacaciones en Grecia, lejos de aliviar las tensiones, parecen agravarlas.

Tercera entrega de la trilogía dedicada a Celine y Jesse que completa el ciclo iniciado por Antes de amanecer (1995) y Antes del atardecer (2004). Las tres dirigidas por Richard Linklater e interpretadas por Julie Delpy y Ethan Hawke y con un escalonamiento en el tiempo que se corresponde casi exactamente al tiempo en que tienen lugar las vivencias de los protagonistas en las diferentes entregas, con lo que los vemos envejecer al mismo tiempo que sus personajes. Sólo por este detalle ya podemos valorar esta trilogía como un proyecto más que interesante y original. Quienes hayan seguido la serie desde el principio, incluso quizá con cierta similitud de edad con la pareja protagonista, habrán podido experimentar la evolución de una relación amorosa bastante creíble y verosímil, además de conmovedora. Pero dejemos de lado, por un instante la visión en conjunto de las tres películas para centrarnos en qué nos ofrece Antes del anochecer (2013).

Para empezar, esta entrega es la menos romántica de las tres. Como podía esperarse, la convivencia de Celine y Jesse, el hecho de compartir una vida con las obligaciones cotidianas, la responsabilidad y la rutina les ha llevado a perder la pasión de los primeros encuentros. Son, ahora, una pareja que sufre en sus carnes el desgaste del día a día. Los reproches por los sacrificios pasados, presentes o futuros empiezan a ser constantes. Lo que te fascinaba de la otra persona es ahora algo casi molesto. Es la crisis de la pareja en su expresión más cruda y más directa. Antes del anochecer rompe con la magia de las anteriores entregas. La ilusión, el enamoramiento, el futuro prometedor han dejado de estar ahí. Ahora solo quedan algunos recuerdos, mucho sufrimiento y bastantes reproches.

¿Y cómo nos llega todo ésto a los espectadores? Para empezar, tengo que alabar que Antes del anochecer conserve el estilo de las entregas anteriores. Un planteamiento sencillo donde priman las conversaciones en las que los protagonistas van desnudando su alma ante nosotros. Al menos, eso es lo que sucede desde la mitad de esta película hasta el final. Porque la primera parte rompe un poco la línea de la trilogía, introduciendo personajes secundarios y escenas que no terminaron de convencerme. Esta primera parte me resultó insípida, vulgar y un tanto incongruente. Algunas conversaciones, con las frecuentes e inconsistentes alusiones al sexo, me parecieron fuera de lugar. En realidad no aportaban gran cosa a la historia de Celine y Jesse y me resultaron como un relleno innecesario, cargante, pedante por momentos y sin mucho sentido. Sin duda, creo que todo ello no era realmente necesario.

En cambio, con la segunda parte, cuando Celine y Jesse vuelven a estar solos y se enfrascan en sus conversaciones, la película retoma el buen camino y es cuando asisitimos a los mejores momentos de la historia. Aún así, encuentro que algunas conversaciones me resultan un tanto forzadas. Puede que sea una percepción personal, pero tuve la sensación de que el tono general de esta parte no alcanzaba el grado de autenticidad y naturalidad de las entregas anteriores. Tenía la sensación de que, tal y como estaba planteada la riña de Celine y Jesse, todo se asemejaba más a una puesta en escena bien planeada, perdiendo la frescura que se desprendía de la relación de ambos en las dos anteriores entregas. Incluso la reconciliación final, si bien nos dejaba con una agradable sensación de triunfo del amor y la ilusión, no terminaba de cuadrar del todo con el tono agrio de la película. Es decir, si uno ve la historia como algo real, lo que parece ser que es lo que se pretendió con esta trilogía, el desenlace más plausible y verosímil era la separación de Celine y Jesse.

Aún así, los personajes de Celine y Jesse guardan una gran credibilidad en su evolución personal a lo largo de las tres entregas, por lo que sus problemas de relación son completamente consecuentes con sus personalidades y uno comprende perfectamente el origen de su distanciamiento.

Lo que no ha cambiado en absoluto es el gran trabajo de Julie Delpy y Ethan Hawke a la hora de dar vida a Celine y a Jesse. Su interpretación sigue siendo impecable. Más maduros, continúan desprendiendo encanto y consiguen trasmitirnos perfectamente la sensación de autenticidad, logrando hacernos cómplices de sus problemas como si de alguien conocido se tratara.

Más allá de apreciaciones personales o de valoraciones independientes de cada una de las entregas ( personalmente me quedo con Antes del atardecer), creo que esta trilogía nos regala uno de los romances más bonitos y sinceros del cine moderno. Sería imposible hacer hoy en día películas románticas o dramas sentimentales como en los años cincuenta del siglo pasado, no los tragaríamos. Por eso es de ensalzar el hecho de que Richard Linklater haya sido capaz de crear una historia de amor tan cercana y tan veraz con el mínimo de elementos: un hombre y una mujer y sus sentimientos sobre la mesa. A veces, no hace falta nada más.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Un largo adiós



Dirección: Robert Altman.
Guión: Leigh Brackett (Novela: Raymond Chandler).
Música: John Williams.
Fotografía: Vilmos Zsigmond.
Reparto: Elliott Gould, Sterling Hayden, Nina Van Pallandt, Mark Rydell, Henry Gibson, David Arkin, Warren Berlinger, Jim Bouton.

Terry Lennox (Jim Bouton), tras una discusión con su esposa, acude a casa de su amigo, el detective Philip Marlowe (Elliott Gould), y le pide que lo lleve esa misma noche a México para cambiar de aires por unos días. Al regresar a Los Ángeles, Marlowe recibe la visita de la policía para interrogarle sobre el paradero de su amigo Terry.

Un largo adiós (1973) supone un original y personal intento de Robert Altman de rejuvenecer el género negro, con la adaptación de la última gran novela de uno de los mitos de la novela negra, Raymond Chandler. Para ello, Altman decide llevar la acción, que en la novela transcurre en los años cincuenta, a la época en que se rueda la película. El resultado es un film tan peculiar como esa dichosa década.

Para empezar, advertir que la película es una versión muy libre del relato de Chandler. Puede que ello moleste a los puristas, sin embargo creo que Robert Altman, como creador, tiene derecho a interpretar la novela como mejor le parezca. Y a los espectadores, claro está, aceptar o no ese trabajo.

Un largo adiós tiene, como no, todos los elementos del cine negro clásico: el detective, un tipo marginal y perdedor, cínico y solitario; tiene la típica mujer fatal, si bien aquí en muchos momentos va de víctima, con lo que cuesta descubrirla; están los malos, aunque no parece que asusten tanto como otras veces; y hay alcohol, mucho tabaco, drogas, dinero sucio, una trama que no se aclarará hasta el final... en fin, todo para fabricar un cóctel al uso. Pero como estamos en los años setenta y estamos hablando de Robert Altman, los elementos están ahí, pero el cóctel no sabe igual.

Por un lado, Altman sustituye el clásico blanco y negro por una fotografía en technicolor, más acorde con la época actual y con el ambiente soleado de California. Pero ello es un detalle tal vez menor. Lo realmente novedoso y transgresor es que la intriga deja de ser el elemento primordial de la película. De hecho, durante gran parte de la historia casi nos olvidamos de qué está investigando realmente Marlowe, o nos preguntamos qué rayos hace buscando a un escritor alcóholico en medio de un grupo de chalados. Y es que Altman decide dejar la trama aparcada durante bastantes minutos para recrearse en la figura de Marlowe. Éste no es el detective inteligente y duro al que estábamos acostumbrados; sigue siendo un perdedor, fuma como un descosido (homenaje a Bogart, sin duda), pero se va a comprarle comida a su gato a las tres de la madrugada, para volver con unas latas que el felino detesta. Y no sólo este detalle de la comida del gato nos indica el enfoque que da el director al film, hay muchos más detalles que nos muestran el camino elegido por Altman: las vecinas medio desnudas y colgadas del detective, los matones desnudándose, el guarda de seguridad imitando a las estrellas de cine... y, naturalmente, una cascada de conversaciones entrecortadas, discursos arrojados sin previo aviso y pequeños chistes aquí y allá que van rompiendo el molde clásico para servirnos un film muy peculiar donde, como decía, en algunos momentos llegamos casi a olvidar que se trata de cine negro. Y ello tiene la culpa de que la trama propiamente dicha se quede un tanto desdibujada, sin la fuerza que hubiera sido necesaria para que fuese el motor de toda la película.

Y también la puesta en escena de Robert Altman derrocha originalidad y estilo. El director realiza una labor muy personal que, sin embargo, funciona. Es un estilo a veces extraño, pero que sabe combinar muy bien con los decorados y las secuencias, de manera que no entorpece el desarrollo de la película y, al tiempo, le da un toque muy personal. Altman juega con maestría con las ventanas y con la acción transcurriendo en segundos planos y el resultado es muy bueno, como en la escena del suicidio de Roger Wade (Sterling Hayden).

Sin embargo, también es cierto que en algunos momentos Altman se excede, especialmente con el metraje. El juego de situaciones le lleva a ir demasiado lejos y muchas escenas podían haberse suprimido sin problema.

En cambio, creo que en el reparto Altman vuelve a salirse con la suya. Para el papel de Marlowe, elige a Elliot Gould, con quien había trabajado en M.A.S.H (1970), un actor de segunda fila pero que en los setenta tenía cierto protagonismo. La verdad es que nunca me pareció un grande, pero he de confesar que en este caso su trabajo me resultó perfecto. No es cuestión de compararlo a Bogart o Robert Mitchum, su estilo es otro, y en este caso me resultó de todo convincente. Sterling Hayden, un secundario enorme y no siempre bien valorado, compone una figura que recuerda claramente a Ernest Hemingway y lo hace de una manera absolutamente fascinante. Como curiosidad, mencionar que él mismo se escribió sus escenas. Nina Van Pallandt, actriz y cantante danesa no demasiado conocida, es la mujer fatal de turno, y en belleza sin duda que está perfecta en su papel; si bien, como decía antes, es una mala camuflada que se rebela sólo al final en su verdadera dimensión. Arnold Schwarzenegger, sin acreditar, tiene un breve papel como uno de los matones del mafioso Marty Augustine (Mark Rydell).

Un largo adiós es, pues, un curioso experimento personal de Robert Altman con los rasgos típicos de su época: detalles innovadores y un tanto curiosos al lado de unas señas de identidad del cine negro que se pervierten en busca de un aire nuevo para el género. Sin llegar a ser una obra perfecta, sí que contiene algunos elementos interesantes y, en general, me resultó bastante entretenida. Queda pues como una curiosidad dentro de un género muy claramente delimitado.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La guerra de los mundos



Dirección: Steven Spielberg.
Guión: David Koepp, Josh Friedman (Novela: H.G. Wells).
Música: John Williams.
Fotografía: Janusz Kaminski.
Reparto: Tom Cruise, Dakota Fanning, Justin Chatwin, Tim Robbins, Miranda Otto, David Harbour, Ty Simpkins.

Ray Ferrier (Tom Cruise), divorciado y no muy buen padre, recibe la visita de su ex mujer, que le deja a sus dos hijos para que pasen con él el fin de semana. Poco tiempo después, estalla lo que parece una violenta y extraña tormenta. Una vez que parece haber pasado, Ray es testigo de como una extraña máquina sale del suelo y comienza a destrozar el pueblo y a matar a sus habitantes.

Nueva adaptación de la famosa novela de H.G. Wells, Spielberg afronta en La guerra de los mundos (2005) un reto a la altura de sus ambiciones y de su sentido del espectáculo. Y el reto no viene por demostrar sus habilidades frente a otras adaptaciones cinematográficas de la novela, sino frente a la famosísima adaptación radiofónica de Orson Welles en 1938, que ha pasado a la historia por sus efectos en la confiada y crédula audiencia de la época.

Lo que es evidente es que tenemos que empezar a hablar de La guerra de los mundos centrándonos en la labor de Steven Spielberg. Con otros directores tendríamos que hablar quizá más de la historia o de los personajes o la música. Pero tratándose de Spielberg, el protagonismo es completamente suyo. Y aún reconociendo que su película no es perfecta. Pero el talento del director es tal que, una vez más, nos deja sin palabras.

Y es que más allá de unos efectos especiales apabullantes, lo que sobresale es el gran talento de Spielberg a la hora de filmar un espectáculo colosal como es el de esta película. Su sentido del espectáculo, el saber mover la cámara con una precisión absoluta para lograr el máximo dramatismo posible, el jugar con los encuandres y los travellings con una naturalidad asombrosa, el control del ritmo... todo resulta de una perfección asombrosa, y es que la lección de dirección que nos brinda Spileberg es para quitarse el sombrero. Lo que en manos de otros directores serían planos sin sentido o movimientos taquicárdicos de la cámara en un alarde de nerviosismo absurdo, con Spielberg es una demostración de lo que se puede hacer cuando se lleva en la sangre el sentido del espectáculo y el cómo ponerlo en imágenes. Desde este punto de vista, La guerra de los mundos es perfecta.

Además, Spielberg nos regala algunas escenas memorables, más allá de las meras secuencias de acción, donde borda la perfección, como la del río arrantrasdo los cadáveres, por ejemplo, una escena sin duda que nos deja sin respiración.

Sin embargo, el director no logra la misma excelencia en el resto de apartados. Por ejemplo, a nivel argumental, La guerra de los mundos llega a cansar en cuanto la supuesta introducción, con el primer ataque de los alienígenas, se extiende sin solución de continuidad hasta bien llegados a la mitad del metraje. Hubiera sido agradable una pequeña pausa en la vorágine de acontecimientos que permitiera un mejor desarrollo de los personajes protagonistas. Sinceramente, uno tenía la sensación de que el film se reducía a una aparatosa y espectacular sucesión de explosiones y huídas sin más función aparente que dejarnos pasmados ante el virtuosismo técnico de la película. Muy poco se nos cuenta de los protagonistas y aún menos de los invasores. Y es que Spielberg decidió enfocar la aventura desde el punto de vista de Ray exclusivamente, con lo que no asistimos a las típicas reuniones de los mandos militares donde se busca cómo acabar con los enemigos ni se aclara su origen ni sus intenciones. Es una opción tan válida como otra cualquiera, pero donde prima demasiado la acción pura y dura sobre cualquier otro aspecto del guión.

Y es que si prescindimos de la aparatosidad de las escenas, lo que nos queda es algo bastante elemental: un padre desastroso, irresponsable y al que sus hijos no tienen demasiado afecto ni respeto y que, en el transcurso de su viaje hacia Boston para reunirse con su ex mujer, va adquieriendo el sentido del deber y de protección de su familia, hasta el punto de sufrir una total transformación. Y en un final muy del gusto del director, Ray termina salvando la vida de sus hijos y ganándose su admiración y su cariño. Una bonita historia de superación personal con el telón de fondo de una espantosa invasión alienígena.

Pero, como decía, el director falla un poco en este terreno. Y es que los personajes de Ray y sus hijos, Rachel (Dakota Fanning) y Robbie (Justin Chatwin), no terminan de tener una dimensión al nivel del espectáculo visual. Se quedan un poco esquemáticos, demasiado elementales, si bien se entienden perfectamente sus personalidades. Pero finalmente uno percibe cierto desequilibrio entre el cuidado y perfección de la puesta en escena y el desarrollo de los personajes, mucho menos elaborado.

Si ya me había sorprendido muy gratamente en Collateral (Michael Mann, 2004), de nuevo Tom Cruise me demuestra que la madurez le sienta muy bien. Comedido en sus tics interpretativos, intenso y hasta conmovedor, su trabajo es notable. ¡Y qué decir de la pequeña Dakota Fanning! La verdad es que su interpretación es muy meritoria para una niña de once años, pues su papel dista de ser sencillo. Mencionar también el excelente trabajo de Tim Robbins en los pocos minutos que está en pantalla.

A pesar de que, para mi gusto, a la película le sobra un poco de metraje, a pesar de la falta de una mayor profundización en los personajes o de su final un tanto abrupto, La guerra de los mundos se queda como un espectáculo impactante y arrebatador donde la figura de Spielberg brilla con luz propia, demostrando que en capacidad narrativa y como creador de imágenes espectaculares es de lo mejor que ha dado la historia del cine.

domingo, 1 de diciembre de 2013

No se lo digas a nadie



Dirección: Guillaume Canet.
Guión: Guillaume Canet, Philippe Lefebvre (Novela: Harlan Coben).
Música: Mathieu Chédid.
Fotografía: Christophe Offenstein.
Reparto: François Cluzet, André Dussollier, Marie-Josée Croze, Kristin Scott Thomas, Nathalie Baye, François Berléand, Jean Rochefort, Guillaume Canet, Gilles Lellouche, Olivier Marchal, Florence Thomassin, Marina Hands, Jalil Lespert, Jean-Noël Brouté, Philippe Lefebvre, Anne Marivin, Maxim Nucci.

Ocho años atrás, Margot (Marie-Josée Croze), la esposa del doctor Alexandre Beck (François Cluzet), muere asesinada por un psicópata. A pesar del tiempo transcurrido, Alex no termina de reponerse de tal pérdida. Y un día, de repente, recibe un correo en su ordenador con un video en el que cree ver a su esposa Margot.

No se lo digas a nadie (2006) cuenta, de entrada, con una interesante intriga como es la supuesta aparición de una mujer a la que se daba por muerta. El arranque no puede ser más prometedor y Canet se aferra al indudable interés que siente el espectador por descubrir la verdad para ofrecernos una primera parte bastante interesante, jugando con habilidad al juego de la confusión, las pistas medio desveladas, las insinuaciones, más muertes, personajes intrigantes, persecuciones.... Todo un entramado bastante ingenioso que nos mantiene espectantes.

Sin embargo, llega un momento en que el juego empieza a cansar. Y es que uno de los defectos más evidentes de la película es que alarga demasiado la trama hasta un metraje de nada menos que de ciento veinticinco minutos. Si a ello le unimos algunos pasajes con un ritmo más bien lento y escenas del todo prescindibles, llegamos a la conclusión de que menos hubiera sido mejor.

Además, a mitad de la película me asaltó un duda un tanto peligrosa: ¿tanta confusión en la manera de contar la historia no podía haberse evitado?, es evidente que sí y en un film de intriga siempre es de agradecer que el espectador pueda seguir la trama lo más claramente posible. Entonces, ¿a qué se debía tanto rodeo, tanto misterio? La explicación podía ser que la trama, finalmente, fuese tan banal que sólo el complicarla pudiera serle beneficioso a la película, para conservar el misterio el mayor tiempo posible.

Al final, el primer desenlace parecía darle la razón a mis temores. Un lío de corrupción, sobornos, que incluía hasta el asesinato de un alcalde y el soborno a jueces y policías, abusos a menores, ajustes de cuentas....en fin, una historia tan sórdida y tan enrevesada que me creí en el peor de los folletines posibles. Además, todo parecía cogido con alfileres y la larga y tediosa explicación, si bien hacía encajar las piezas del puzzle, no resultaba muy convincente. Pero he aquí que en un nuevo giro, en un truco de magia, los guionistas se sacan un conejo de la chistera. Y este segundo final sí que resulta mucho más convincente, si bien seguimos sintiendo que en el larguísimo desarrollo de la intriga se han quedado muchas cosas deliberadamente sin aclarar, en un juego un tanto tramposo para mantenernos embobados con la intriga pero que, al final, resta credibilidad a la historia.

Tampoco ayuda demasiado el hecho de que Guillaume Canet se centrara tanto en la trama policíaca y la intriga y no permitiera un mayor y mejor desarrollo de los protagonistas. De Alex sabemos más bien poco, lo mismo que de su amor por Margot, lo que hubiera ayudado a que empatizáramos con él y su pérdida. Y lo que sucede es todo lo contrario, Alexandre se queda como alguien ajeno a nosotros, frío, distante, desconocido casi. De ahí que no nos conmueva, que no suframos con él. Y prácticamente sucede los mismo con los personajes que lo rodean: su hermana, la mujer de ésta, sus suegros... todos están ahí aportando detalles a la intriga, pero quedándose un tanto lejanos de nosotros. Y no digamos nada de los malos de turno, de quienes no sabremos absolutamente nada hasta la parte final del film. Y es que uno de los reproches que podemos ponerle a la película es que en general su tono resulta bastante frío.

En cuanto al reparto, la verdad es que al tratarse de un film francés me esperaba un trabajo de los actores más exagerado, más teatral, en línea con lo que venía siendo la escuela francesa. Sin embargo, en general la mayoría de los actores resultan correctos. No es que destaque especialmente nadie en particular, no tenemos ninguna actuación carismática que nos sorprenda, pero sí que todos aportan credibilidad a su trabajo. El protagonista principal, François Cluzet, cumple con eficacia, si bien, como decía, se queda un tanto frío, sin llegar a conectar eficazmente con nosotros, tal vez por culpa del guión. Podemos destacar también la presencia de Kristin Scott Thomas (Cuatro bodas y un funeral, El paciente inglés), actriz británica afincada en Francia, o del muy conocido Jean Rochefort, una vieja gloria del cine francés.

Sin poder renunciar a algunos tópicos del género y a una puesta en escena muy de autor, Guillaume Canet finalmente nos ofrece un thriller que no llega a defraudar, pero que no logra mantener el listón del comienzo y termina por perderse en un metraje excesivo, unos personajes no del todo bien explicados y una trama un tanto rocambolesca y en exceso llevada a la confusión. Aún así, si uno consigue no perderse mucho en la maraña argumental, es una película entretenida y de la que es casi imposible anticipar el desenlace.

La película ganó cuatro premios Cesar (los Oscars franceses): mejor director, mejor actor principal, mejor banda sonora y mejor montaje.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Novio de alquiler



Dirección: Glenn Gordon Caron.
Guión: Arleen Sorkin, Paul Slansky, Glenn Gordon Caron.
Música: Carter Burwell.
Fotografía: Paul Sarossy.
Reparto: Jennifer Aniston, Kevin Bacon, Olympia Dukakis, Jay Mohr, Kevin Dunn, Illeana Douglas, Anne Twomey.

Kate Mosley (Jennifer Aniston) trabaja en una agencia de publicidad. A pesar de su talento, no ve sus esfuerzos recompensados como se merece porque, como le explica su jefe (Kevin Dunn), es una joven independiente, sin ataduras, que puede dejar la empresa cuando le de la gana. Es por ello que su compañera y amiga de trabajo Darcy (Illeana Douglas) se inventa un novio para Kate.

Jennifer Aniston triunfaba en la serie de televisión Friends, pero es evidente que la gran pantalla atrae mucho, de ahí que, tras varios pinitos, finalmente Aniston tuviera su primer papel protagonista en el cine con Novio de alquiler (1997), totalmente concebida para su lucimiento personal.

El argumento de Novio de alquiler no es que sea un prodigio de genialidad, sencillamente está ideado para sentar las bases de una serie de enredos sentimentales, que es dónde se asientan normalmente las comedias románticas al uso. En este caso, la amiga de la protagonista se inventa un novio ficticio, Nick (Jay Mohr), para que Kate pueda medrar en su empresa. Pero esta invención tendrá curiosas consecuencias: el amor platónico de Kate, su compañero de trabajo Sam (Kevin Bacon), que la ignoraba por completo, sentirá de pronto una atracción morbosa por tener una aventura con ella una vez que conoce su relación con otro hombre. Pero a su vez, Nick se siente realmente atraído por Kate, por lo que lo que para ella es una simple mentirijilla, para él es la oportunidad de pasar unas horas junto a una mujer que le gusta.

Bien mirado, el argumento nos puede recordar remotamente a Pretty Woman (Garry Marshall, 1900), si bien es conveniente dejar las comparaciones en este punto. Y es que si la película de Marshall derrochaba encanto, glamour y gracia, la de Gordon Caron se queda en el intento.

Y es que no basta con plantear el típico enredo amoroso, en este caso con un triángulo curioso basado en las mentiras y las suposiciones, para que la cosa funcione. Lo primero de todo es conseguir hacer creíble la historia y, a continuación, hacer que los protagonistas nos enamoren. Y en Novio de alquiler  fallan esas dos premisas.

Por un lado, no hay ninguna química entre Jennifer Aniston y Jay Mohr como para que nos traguemos que terminen enamorados. Es muy plausible que él se sienta atraído por Jennifer, pero lo contrario cuesta un mundo asimilarlo. Y es que Jennifer está tan guapa, tan sexy y tan elegante (su vestuario es sencillamente espectacular) que hasta Kevin Bacon a su lado parece un gañán. Es más, viendo contornearse a Jennifer Aniston en esos vestidos tan ceñidos cuesta mucho pensar que esté soltera y sin compromiso, y más aún que su compañero de trabajo la ignore como si pesase cien kilos. Al final, la película nos propone que aceptemos que Kate acaba enamorada del buen corazón de Nick, algo que tampoco termina de resultar realmente convincente.

Pero por otro lado, Kate Mosley termina haciéndosenos antipática cuando finge que el bueno de Nick le ha sido infiel, un Nick que vemos que está completamente enamorado de ella, que bajaría la luna del cielo para hacerla feliz y que finalmente acepta resignado tremenda humillación. De pronto, se rompe el encanto. Deberíamos estar del lado de la protagonista, pero ésta se ha vuelto antipática de repente a nuestros ojos. Incluso deseamos que Nick la mande a paseo. Este fallo argumental es monumental.

Por si todo esto no fuera suficiente, Novio a la fuga peca de una mala dirección que no consigue darle el ritmo adecuado a la historia. Las escenas se suceden sin agilidad, como si los actores reaccionaran con medio segundo de retraso. Los diálogos tampoco son muy brillantes, con lo que muchas situaciones pasan sin pena ni gloria, cuando se supone que hubieran debido emocionarnos o sacarnos una sonrisa. Pero nada de eso sucede. La película carece de magia, de encanto, de sentido del humor y encima no resulta creíble. Un ejemplo del dudoso sentido del humor de los guionistas del film sería la extraña secuencia de la boda en la que Kate recibe avergonzada el ramo de flores por estar soltera, como si dicho estado fuese algo bochornoso.

¿Se puede hacer peor? Pues sí. Desde casi la primera aparición de Nick ya podemos anticipar sin mucho esfuerzo el final de la historia. Y un poco más adelante, hasta intuimos de un modo medianamente certero la escena de la cena, núcleo central de la película, y que no funciona en realidad porque convierte a Kate en una mala persona.

Sin embargo, hay que reconocer que Jennifer Aniston consigue brillar con luz propia, sin duda lo que se buscaba con este film. Su presencia es arrebatadora: sexy y muy natural, consigue adueñarse del protagonismo desde la primera aparición. Por contra, como decía antes, ni Kevin Bacon ni Jay Mohr me parecen a su altura. El primero porque me resulta demasiado macarra y un tanto pasota frente a la belleza fresca de Jennifer; Jay Mohr sencillamente se queda pequeño al lado de ella, parece un adolescente saliendo con la ganadora de un concurso de misses.

Los secundarios, sin embargo, me gustaron mucho más. O quizá debería decir las secundarias, pues creo que tanto Olympia Dukakis como Illeana Douglas consiguen destacar con luz propia del resto de acompañantes.

Me gustaría mencionar de pasada la buena sonora de la película, con temas de Texas, Macy Gray o Donna Summer. Y si bien ya no resulta muy novedoso edulcorar una comedia romántica con pegadizos éxitos musicales, la verdad es que en la elección han demostrado tener muy buen gusto.

Resumiendo, Novio de alquiler puede pasar a la historia por ser la primera película en la que Jennifer Aniston es la protagonista, pero por nada más. Ni la historia funciona ni su puesta en escena merece nuestra aprobación. Recomendable sólo para fans de la protagonista o para entusiastas del género.