El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

miércoles, 15 de mayo de 2024

Un diamante al rojo vivo



Dirección: Peter Yates.

Guión: William Goldman (Novela: Donald E. Westlake).

Música: Quincy Jones.

Fotografía: Edward R. Brown.

Reparto: Robert Redford, George Segal, Ron Leibman, Paul Sand, Moses Gunn, Zero Mostel, William Redfield, Topo Swope.

En cuanto John Dortmunder (Robert Redford) sale en libertad de una de sus frecuentes visitas a la cárcel, su cuñado Kelp (George Segal) lo está esperando para proponerle un nuevo trabajo: robar un valioso diamante.

Viendo la carrera de Robert Redford y sabiendo que antes de Un diamante al rojo vivo (1972) había protagonizado películas como La jauría humana (Arthur Penn, 1966), Descalzos por el parque (Gene Sacks, 1967) o Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969), cuesta verlo interpretando esta obra menor.

La verdad es que la comedia norteamericana sufrió un bajón tremendo una vez que fueron desapareciendo los grandes maestros, como Ernst Lubitsch o Billy Wilder, por citar a dos de los clásicos más reconocibles, y las décadas de 1960 y 1970 no se libraron de la crisis.

Los principales problemas de Un diamante al rojo vivo son dos: el guión y la dirección.

El primero me pareció demasiado infantil y muy blando, de manera que las bromas no resultan especialmente ingeniosas y tampoco hay suficiente mala leche como para proporcionar un film con toques trasgresores, de manera que todo transcurre con cierta inocente superficialidad, alargando el tema de hacerse con el diamante objeto del deseo de los ladrones sin aportar nada reseñable en el intento.

Otro defecto del guión es el tratamiento bastante superficial de los personajes, que no pasan de meros esbozos sin mucha profundidad, lo que termina perjudicando tanto el desarrollo como las posibilidades cómicas, pues los protagonistas resultan demasiado básicos como para poder empatizar con ellos u ofrecer posibilidades más allá de las bromas superficiales que pueblan el guión.

Pero si el guión no presenta demasiadas posibilidades, el trabajo de Peter Yates tampoco aporta gran cosa. Procedente de la televisión, en el cine logró sus mejores trabajos con Bullitt (1968) y La sombra del actor (1983), donde incluso fue nominado al Oscar. Pero en esta comedia parece como si Yates no supiera agilizar el desarrollo de la historia, cayendo en múltiples momentos en que se alargan las secuencias de una manera poco natural, como si se intentara estirar la duración de la cinta que, yendo directamente a lo esencial, no parece que tuviera mucho recorrido. Así, la secuencia del robo o el vuelo en helicóptero, por ejemplo, se alargan hasta el punto de que pierden frescura y terminan resultando pesadas.

Sin un reparto sólido, salvo el propio Robert Redford o el original Zero Mostel, cuyo personaje es el más interesante y simpático de la película, Un diamante al rojo vivo desprende un aire de serie B muy marcado, lo que tampoco obra a su favor en cuanto al aspecto meramente visual y técnico. Eso sí, cuenta con Quincy Jones en el apartado musical, lo que no es para nada despreciable. Pero en conjunto, la película resulta una comedia no muy inspirada que es cierto que se deja ver con agrado, pero cuyas carencias son tan evidentes que se queda muy lejos de resultar recomendable.

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