Dirección: Peter Yates.
Guión: William Goldman (Novela: Donald E. Westlake).
Música: Quincy Jones.
Fotografía: Edward R. Brown.
Reparto: Robert Redford, George Segal, Ron Leibman, Paul Sand, Moses Gunn, Zero Mostel, William Redfield, Topo Swope.
En cuanto John Dortmunder (Robert Redford) sale en libertad de una de sus frecuentes visitas a la cárcel, su cuñado Kelp (George Segal) lo está esperando para proponerle un nuevo trabajo: robar un valioso diamante.
Viendo la carrera de Robert Redford y sabiendo que antes de Un diamante al rojo vivo (1972) había protagonizado películas como La jauría humana (Arthur Penn, 1966), Descalzos por el parque (Gene Sacks, 1967) o Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969), cuesta verlo interpretando esta obra menor.
La verdad es que la comedia norteamericana sufrió un bajón tremendo una vez que fueron desapareciendo los grandes maestros, como Ernst Lubitsch o Billy Wilder, por citar a dos de los clásicos más reconocibles, y las décadas de 1960 y 1970 no se libraron de la crisis.
Los principales problemas de Un diamante al rojo vivo son dos: el guión y la dirección.
El primero me pareció demasiado infantil y muy blando, de manera que las bromas no resultan especialmente ingeniosas y tampoco hay suficiente mala leche como para proporcionar un film con toques trasgresores, de manera que todo transcurre con cierta inocente superficialidad, alargando el tema de hacerse con el diamante objeto del deseo de los ladrones sin aportar nada reseñable en el intento.
Otro defecto del guión es el tratamiento bastante superficial de los personajes, que no pasan de meros esbozos sin mucha profundidad, lo que termina perjudicando tanto el desarrollo como las posibilidades cómicas, pues los protagonistas resultan demasiado básicos como para poder empatizar con ellos u ofrecer posibilidades más allá de las bromas superficiales que pueblan el guión.
Pero si el guión no presenta demasiadas posibilidades, el trabajo de Peter Yates tampoco aporta gran cosa. Procedente de la televisión, en el cine logró sus mejores trabajos con Bullitt (1968) y La sombra del actor (1983), donde incluso fue nominado al Oscar. Pero en esta comedia parece como si Yates no supiera agilizar el desarrollo de la historia, cayendo en múltiples momentos en que se alargan las secuencias de una manera poco natural, como si se intentara estirar la duración de la cinta que, yendo directamente a lo esencial, no parece que tuviera mucho recorrido. Así, la secuencia del robo o el vuelo en helicóptero, por ejemplo, se alargan hasta el punto de que pierden frescura y terminan resultando pesadas.
Sin un reparto sólido, salvo el propio Robert Redford o el original Zero Mostel, cuyo personaje es el más interesante y simpático de la película, Un diamante al rojo vivo desprende un aire de serie B muy marcado, lo que tampoco obra a su favor en cuanto al aspecto meramente visual y técnico. Eso sí, cuenta con Quincy Jones en el apartado musical, lo que no es para nada despreciable. Pero en conjunto, la película resulta una comedia no muy inspirada que es cierto que se deja ver con agrado, pero cuyas carencias son tan evidentes que se queda muy lejos de resultar recomendable.
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