El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 12 de marzo de 2010

Los amigos de Peter


Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992) es uno de esos films que se prenden de uno casi sin querer; es de esas películas que, si sintonizan contigo, se convierten en tu compañera allá por donde vayas.

Peter decide reunir a sus antiguos compañeros con motivo de la fiesta de fin de año diez años después de su último momento juntos. Sus vidas, durante ese período de tiempo, los han llevado por caminos dispares y la reunión, entrañable en un principio, les hará enfrentarse a cada uno con su propio destino. Pero al final de todo espera aún una nueva sorpresa.

El tema de los amigos de juventud que tienen de pronto la ocasión de reencontrarse de nuevo sirve a Kenneth Branagh para hacer una entrañable, y a veces ácida, reflexión sobre lo que la vida nos puede llegar a deparar o sobre en que terminan de convertirse las expectativas de futuro. Cada uno de los amigos tendrá que enfrentarse a sus propios demonios en una cinta con ese maravilloso toque británico en que la comedia ligera se tiñe de repente con un tinte de drama que, sin embargo, no pierde nunca la perspectiva ni la mesura. También es el marco para tratar de otro tema bastante en boga en aquellos años y que es mejor no revelar para poder disfrutar, aquellos que no la hayan visto aún, plenamente de la película.

Apoyándose en una pegadiza banda sonora llena de temas bastante conocidos, el film destaca también por un reparto brillante donde los más conocidos para el gran público serían el propio Kenneth Branagh, Emma Thompson, siempre soberbia, y Hugh Laurie (famoso años después gracias a la serie House).

El resultado es un film elegante, lleno de pequeños instantes para enmarcar, de reflexiones que abren la puerta a espacios a veces olvidados del alma. No es apto para todos los públicos pero, como decía al empezar, si eres de los afortunados que te dejas atrapar por esta película, sin duda te sentirás gratamente recompensado cuando se baje el telón.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Philadelphia


Ha habido diferentes maneras de afrontar el tema del sida en el cine. Algunas pecaban por exceso, otras tocaban el tema aunque en realidad trataran de muchas más cosas (Los amigos de Peter), pero el mérito de Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) reside en que se trata de una gran película, por encima del tema que aborda.

Un brillante abogado, Andrew Beckett ( Tom Hanks), es despedido por el bufete de abogados para el que trabaja al descubrir sus jefes que padece el sida. Sin embargo, recurren a un despido por incompetencia profesional para encubrir sus verdaderos motivos. Beckett decide entonces demandarlos pro despido improcedente.

Lo primero que habría que destacar de esta película es el brillante reparto encabezado por un convincente y emotivo Tom Hanks que vio recompensada su asombrosa interpretación con el Oscar al mejor actor. A su lado, Denzel Washington, siempre eficaz, en el papel de su abogado y un Antonio Banderas en el papel de novio de Hanks muy acertado. Jason Robards es el jefe del despacho de abogados que despide a Beckett. El resto del reparto está al nivel de las primeras figuras y consigue unos niveles excelentes de convicción y realismo.

Pero lo más gratificante de la película es la elegancia con que se trata el tema, más en un momento, principios de los noventa, en que el sida era aún una enfermedad mortal en imparable desarrollo. El ritmo es pausado y los diálogos precisos, sin alardes ni excesos, buscando dar una imagen del tema veraz y sin estridencias. Se ofrece una visión muy humana del dolor y la decandencia del enfermo, al tiempo que se hace referencia a otro de los problemas serios al que se enfrentaban los pacientes y sus familias: el rechazo de la sociedad que los convertía en una especie de apestados.

Algunas escenas son estremecedoras y consiguen cotas de gran intensidad, siempre desde una postura respetuosa y contenida logrando mostrarnos al enfermo del sida en toda su conmovedora fragilidad, transformando el miedo natural que se siente hacia esa enfermedad en un sentimiento de compasión y comprensión.

domingo, 31 de enero de 2010

Million Dollar Baby




A estas alturas presentar a Clint Eastwood resulta innecesario y superfluo. Si encima la película que dirige, como es el caso, viene recompensada con cuatro Oscares pues ya podemos ir haciéndonos una idea de por donde van los tiros. Y eso que yo era algo reticente y tenía mis miedos porque, si bien las últimas películas de este director me han gustado, temía que, al amparo de la fama, Eastwood se dejara llevar y se embarcara en una historia que me olía a clichés por todas partes: la historia de un entrenador en la recta final de su vida a quién se le presenta la oportunidad de ayudar a una joven a hacer realidad sus sueños de convertirse en boxeadora profesional. De ahí que tardara tanto en decidirme a verla. ¿El resultado?, pues sorprendido gratamente por un lado, pero sin ocultar ciertas reticencias hacia la segunda parte de esta historia. Pero vayamos por partes.

El cine, como fábrica de historias, consigue a menudo hacernos vivir realidades ajenas a nuestra experiencia diaria, mundos casi perfectos donde todo es posible. Es, bajo este aspecto, cuando se comporta como una fábrica de sueños; en otras ocasiones es simplemente una fuente de evasión que recurre a realidades extremas, ficticias o imaginadas. Suele establecerse, en este caso, una barrera entre el espectador y el espectáculo, de manera que siempre sabemos donde acaba la ficción. Pero el cine de Eastwood como director tiene quizá ese aspecto cercano, humano, que lo acerca al espectador. Y esa humanidad reside sencillamente en hablarnos, con nuestro propio lenguaje, de historias y personajes reales, cercanos y reconocibles, con unos problemas y unas necesidades que no son más que las de cualquier ser humano. Y además, todo ello contado con elegancia, con ternura y con sentido común. Este es el secreto de Clint Eastwood. A veces, ser sencillo resulta mucho más complicado de lo que podamos creer.
Y Million dollar baby (2004), en su primera parte, para mí la más lograda, es precisamente eso, una historia de personajes normales, como tantos, aquejados de los problemas y necesidades de toda persona desde el principio de los tiempos: el amor, la soledad, los remordimientos, la culpa, el perdón, los sueños… Eastwood dijo que lo que le atrajo de la historia en que se basa la película fue que no era una historia sobre el mundo del boxeo, sino una historia de amor. En efecto, la trama podría tener lugar en el cualquier otro ambiente; el mundo del boxeo es un decorado, aunque cargado de un aura que contribuye a dotar a la historia de cierto tinte épico. Pero esa ambientación no está a salvo de estereotipos, lo que venía a confirmar en parte mis reticencias iniciales. Sin embargo, ¿qué es lo que hace que la película, a pesar de no evitar los clichés, consiga agradar y convencer? Pues por un lado el hecho de que los personajes principales (el entrenador, la aspirante a boxeadora y el fiel ex-boxeador), a pesar de no ser precisamente demasiado originales, consigan hacerse entrañables gracias a unos diálogos excelentes donde prima lo conciso, lo directo y que evitan sentimentalismos gratuitos y frases hechas; durante todo el film, los diálogos entre los protagonistas, eje fundamental en el desarrollo del argumento, no dejan de sorprender por lo oportunos, eficaces e inteligentes. En segundo lugar, el trabajo de los actores. Es evidente que el film se apoya básicamente en Eastwood, Hilary Swank y Freeman, pero el resto del reparto no desentona en ningún momento. Eastwood y Freeman (ganador éste del Oscar al mejor secundario) son ya dos veteranos y no es ninguna sorpresa comprobar su buen hacer. Hilary tiene un papel complicado del que sale completamente airosa, con el reconocimiento general en forma del Oscar a la mejor actriz.
Ya antes aludía al gran nivel de los diálogos y ello es fruto de contar con un guión excelente en cuanto a lo que se quiere contar, lo que pretende enseñarnos la película. Y la base de la historia es cómo el azar acaba por juntar a una serie de personajes con algo en común: la necesidad de afecto que de un sentido a su vida. En la tradición del mejor John Ford, Eastwood nos insinúa, sin aclararlo del todo, el problema personal que como un lastre arrastra el entrenador Frankie (interpretado por Eastwood). Este es un aspecto imprescindible que contribuye a darle una dosis de verosimilitud al personaje de Frankie sin la cuál no se lograría hacerlo tan real, tan denso y con el atractivo añadido de cierto misterio. Junto a Frankie, ayudándole en el gimnasio, el leal Scrap (Morgan Freeman), uniendo su destino al de Frankie desde el día en que perdió su último combate. Ambos son dos perdedores, resignados a dejar correr los últimos días de sus vidas sin nada realmente importante por lo que luchar. Hasta que llega a su gimnasio Maggie (Hilary Swank) portando una ilusión capaz de dar un nuevo impulso a sus vidas. Se desarrolla, al compás de los progresos de la joven hasta el combate decisivo, lo mejor de la película, cuando vamos profundizando en sus miedos, frustraciones y esperanzas. Es el retrato de los tres protagonistas lo que le da toda la fuerza y grandeza a la película, lo que le hace elevarse por encima de los tópicos.
Sin embargo, la segunda parte del film ya se desliza por terrenos más peligrosos. Es innegable el buen tino con el que el director evita caer en el melodrama puro y duro, pero creo que esta parte resulta, cuando menos, algo extensa de más. Sin llegar a aportar realmente nada a lo que eran los planteamientos del film (sobre el coraje, la necesidad de amor, la comprensión, el saber perdonar y perdonarse, la lucha por tus metas), parece un giro hacia el drama con cierto sabor a masoquismo. En otras manos, esta parte final del film podía haber arruinado definitivamente la película; afortunadamente, Eastwood es un director que sabe moverse siempre dentro de la contención y la mesura, lo que salva al film de un posible fiasco. Con todo, es un desenlace que no acaba de convencerme del todo.
A pesar de ello, pocos films hoy en día pueden llegar a tocarnos tan hondo, a conmovernos, a sacudirnos en nuestra butaca y siempre desde un planteamiento honrado, sin trampas ni artificios. Nos encontramos enfrentados a nuestros sentimientos, a nuestras carencias y anhelos. Y esto es cine.  

sábado, 30 de enero de 2010

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú



Dirección: Stanley Kubrick
Guión: Stanley Kubrick, Terry Southern y Peter George (Novela: Peter George)
Música: Laurie Johnson
Fotografía: Gilbert Taylor
Reparto: Peter Sellers, George C. Scott, Sterling Hayden, James Earl Jones, Keenan Wynn, Slim Pickens, Peter Bull

La fama le llegó a Stanley Kubrick con sus films más ambiciosos (2001: una osisea del espacio, La naranja mecánica, El resplandor, ...) y, sin embargo, yo prefiero sus películas más modestas (Atraco perfecto, Senderos de gloria o esta misma), alejadas del barroquismo y cierta presunción de su filmografía más elogiada.

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964) está basada en Red Alert de Peter George, centrada en los peligros de la Guerra Fría. Kubrick tuvo la feliz idea de darle al guión un giro radical y ofrecernos una versión humorística y rozando lo absurdo de la trama original, porque pensaba que solo una farsa sería capaz de transmitir con acierto la locura de la situación internacional (recordemos que cuando se rodó la película estaba aún muy reciente la crisis de los misiles de Cuba, que dejó al mundo al borde de una guerra catastrófica).

Cuando el general Jack D. Ripper (Sterling Hayden), obsesionado con las conspiraciones comunistas, se salta las normas de seguridad y decreta el ataque a la URSS desde su puesto de mando en una base de la Fuerza Aérea de USA, se inicia una peligrosa cuanta atrás hacia el fin del mundo. En el Pentágono, el presidente de los Estados Unidos (Peter Sellers) intentará convencer a su colega soviético que todo es un lamentable error mientras ordena detener el ataque. Desgraciadamente, un bombardero americano seguirá adelante con los planes de bombardear territorio soviético, ignorante de las nuevas órdenes de detener la misión.

Si la película merece verse repetidas veces es en parte por la colección genial de personajes absurdos y ridículos que la pueblan, crítica atroz de políticos, militares y científicos en cuyas manos recae el futuro de todo el mundo. Será la locura de un general paranoico la que desencadena un ataque suicida y los supuestos responsables de dirigir los destinos del mundo se presentan como seres idiotas o, aún peor, fanáticos sin pizca de sentido común.

Destaca la triple interpretación de Peter Sellers, que encarna a un asustado militar inglés, al presidente de los EEUU y a un delirante científico de oscuro pasado nazi. A su lado, un genial Sterling Hayden, que trabajara ya con Kubrick en Atraco perfecto (1956), como el general chiflado que desencadena el conflicto o el histriónico George C. Scott, en el papel de un general belicoso y paranoico con un odio visceral hacia los comunistas y de cuya boca salen algunas de las frases más geniales de la película. Como memorables también otras frases: "¡Caballeros, aquí no pueden pelear!¡Están en la Sala de la Guerra!" o la lista de material de supervivencia del bombadero ("Con esto se puede pasar un fin de semana en Las Vegas") o las obsesiones del general de la base aérea (Sterling Hayden) con los fluidos corporales. Tampoco faltan escenas para la historia de iconos del cine, como la del capitán T.J. King Kong (Slim Pickens) cabalgando a lomos de una bomba atómica en una secuencia delirante y grotesca.

La película está repleta de símbolos sexuales, en una especie de denuncia de la extraña excitación que parecen padecer los responsables políticos o militares cuando se trata de una destrucción masiva. El mejor ejemplo lo tenemos en la figura del doctor Strangelove (Peter Sellers), cuyo apellido se podría traducir por extraño amor, y su brazo rebelde, que sufre constantes "erecciones" incontrolables y que culmina, cuando vislumbra el futuro tras la destrucción nuclear, con la milagrosa curación de su parálisis: "¡Mein Führer!.¡Puedo andar!

Kubrick pensó en un final menos dramático, pero finalmente se decidió por el de la destrucción total como un modo de advertirnos, a pesar del tono cómico y absurdo de la historia, que lo que subyace es demasiado terrible como no tomarlo en serio.

Sin duda un film demoledor y al tiempo hilarante, con una puesta en escena soberbia de Kubrick, realzada por la maravillosa fotografía en blanco y negro de Gilbert Taylor.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El graduado





Dirección: Mike Nichols.
Guión: Calder Willingham y Buck Henry (Novela: Charles Webb).
Música: Dave Grusin y Simon & Garfunkel.
Fotografía: Robert Surtees.
Reparto: Dustin Hoffman, Anne Bancroft, Katharine Ross, William Daniels, Murray Hamilton, Elizabeth Wilson, Buck Henry, Brian Avery, Walter Brooke, Norman Fell.

El graduado (1967), de Mike Nichols, fue un film que marcó una época al afrontar directamente el tema de unas relaciones sexuales adúlteras, lo que causó no poco revuelo en el momento de su estreno.

Benjamin Braddock (Dustin Hoffman) regresa a casa tras su brillante graduación sin tener muy claro qué hacer con su vida. Confundido y apocado, caerá en los brazos de la señora Robinson (Anne Bancroft), amiga de la familia, que no duda en seducirlo a pesar de la diferencia de edad.

Basada en la novela de Charles Webb y con un guión lleno de aciertos y frases memorables, Mike Nichols supo hacer una comedia mordaz donde analizaba sin concesiones a la clase media norteamericana, sacando a la luz sus miserias, sus frustraciones ahogadas en alcohol, su materialismo vacío y ridículo y sus escasos valores. Al tiempo, muestra la típica confusión de la juventud, su incomunicación con el mundo de sus padres y el futuro que se abre ante Benjamin, lleno de incertidumbres y con el amenazador ejemplo de la vida de sus padres como terrible destino.

Nichols realiza, en la primera parte del film, un ejercicio de dirección bastante original, con recursos llamativos como primeros planos cerrados o encuadres forzados. Sin embargo, en la segunda mitad de la historia, el director abandona esos planos y su trabajo es más ortodoxo.

El film cuenta con un notable reparto encabezado por un debutante Dustin Hoffman, soberbio en su papel de joven inocente, torpe y confuso, papel que le supuso el salto a la fama inmediato. A su lado, una genial Anne Bancroft en la interpretación de su vida, con una brillante composición de un ama de casa ociosa, alcohólica y amargada. La jovencita Katharine Ross, con su candidez y belleza, completa el triángulo amoroso. Pero también los actores secundarios están a gran altura, en especial Norman Fell, en su papel de casero obsesionado con los alborotadores, está realmente genial.

Y no debemos pasar por alto otro de los grandes aciertos del director, que fue la inclusión en la banda sonora de las canciones de Simon & Garfunkel, dúo de moda en aquella época y que añaden un plus de belleza a muchas de las escenas de la película con sus temas de fondo. Al tiempo, esta elección marcó una tendencia que no tardarían en seguir muchos films posteriores.

El graduado es una de esas películas que quedan en la historia por su oportunidad y su significado concreto, más allá del paso del tiempo y la evolución de las costumbres. Sigue conservando un encanto especial, lo que hoy en día percibimos como tierna ingenuidad, y es retrato y testigo de una década que cambió el mundo definitivamente.

Con hasta siete nominaciones, la película sólo se llevo al final el Oscar para el mejor director.

martes, 22 de diciembre de 2009

Fort Apache


Con Fort Apache (1948) inicia John Ford su conocida trilogía a cerca de la caballería de los Estados Unidos, que completarían La legión invencible (1949) y Río Grande (1950).

La película cuenta la llegada a Fort Apache, un perdido fuerte en el desierto, del coronel Owen Thursday (Henry Fonda), acompañado por su joven hija Philadelphia (Shirley Temple), para hacerse cargo del mando. Para el coronel representa una ofensa que le destinen a tan insignificante puesto después de sus años entregado al ejército, por lo que intentará ganar méritos que lo rehabiliten ante sus superiores.

Partiendo de una referencia a la derrota del general Custer, John Ford intentará darnos una imagen lo más verídica posible sobre la guerra con los indios, desmitificando historias pasadas y mostrando la nobleza del pueblo indio así como sus legítimas reivindicaciones. La crítica hacia el comportamiento vil de los hombres blancos, tanto civiles y militares, con los indios es muy dura y justifica el que los pieles rojas se sublevaran repetidamente ante los abusos y mentiras que tenían que soportar.

A pesar de la crítica, Ford diferencia al individuo de la institución, que queda por encima de comportamientos personales poco honrosos. El discurso final del capitán York (John Wayne) servirá, por una parte, para salvar el honor del ejército como institución al tiempo que explica en parte el origen de algunos mitos poco fiables en la historia de la conquista del oeste ya que, para salvar al ejército de la mancha del comportamiento del coronel Owen, el capitán ocultará a los periodistas la verdadera personalidad del coronel.

Como era habitual en John Ford, en Fort Apache volvemos a ver una historia que excede los límites de la pantalla. Así, conoceremos por algunas insinuaciones, pequeños apuntes del pasado del coronel Owen, pero sin aclarar los motivos concretos por los que sufre esta especie de castigo en su carrera con el destino a Fort Apache. Más adelante conoceremos su vieja amistad con otro capitán destinado en el fuerte y se deja entrever algún detalle de fortuna que le ayudó en su ascenso pasado. Al estilo del director, nada se revela abiertamente, dejando así a nuestra imaginación una parte de la historia que, sin estar expresamente contada, pasa a formar parte también de la película. Esta manera de contar tenía la virtud de dotar a los personajes de una entidad mayor, de darles una vida más allá de lo que vemos: el film es como si nos detuviéramos un instante a contemplar un fragmento de la vida de esas personas, pero la realidad es mucho mayor y esa parte de la vida que no vemos influye y condiciona en todo lo que vemos.

Fort Apache cuenta con los habituales del director (Ward Bond, Victor McLaglen) creando ese universo familiar y tan personal de sus películas. Magnífica la interpretación de Henry Fonda, con su estilo sobrio, así como el siempre correcto John Wayne cuando actuaba a las órdenes de Ford. Shirley Temple, ya con 21 años, al lado de su marido, el debutante John Agar, componen la parte amable y romántica de la película.

De nuevo hay que mencionar la genial sencillez de Ford a la hora de contar una historia y, en particular, esa cualidad tan suya de trasmitir las más genuinas emociones con un solo encuadre. A modo de ejemplo, me parece un momento precioso cuando el teniente interpretado por John Agar llega a casa tras cumplir con sus años de formación y se encuentra con su padre (Ward Bond) y, sin apenas diálogo, queda expresada toda la tensión del encuentro.

Una película llena también de pequeños apuntes de humor, como era también habitual en las obras de Ford, que aportan pequeñas pausas en el desarrollo del drama principal y ofrecen a su vez momentos impagables, como cuando los soldados inspeccionan el almacén del agente del gobierno en la reserva india y descubren el whisky camuflado como biblias ("Escáncieme unos versículos").

Sin duda un film genuinamente de John Ford, con todo cuanto de grande implican esas palabras.

lunes, 21 de diciembre de 2009

El western en carteles



Por ahora, el último gran clásico del western, de nuevo de la mano del genial Clint Eastwood. Sin perdón (1992) es un film profundo que plantea múltiples dilemas morales y en el que un pistolero, como ya hemos visto en Raíces profundas, por ejemplo, ha de volver a tomar las armas por necesidad y termina sobrepasado por los acontecimientos.




En 1990, Bailando con lobos, de Kevin Costner, demostró la vigencia del western bien hecho. Un film con una fotografía hermosísima en la que se hace una alabanza de la cultura de las tribus indias, contrapuesta a la barbarie del hombre blanco. Siete Óscars recompensaron esta bella historia.




Con El jinete pálido (1985) Clint Eastwood vuelve a insuflar vida a un género de capa caída. El film bebe de los clásicos, en especial de Raíces profundas, consiguiendo un film inquietante y hermoso.




Dos hombres y un destino (1969), de George Roy Hill, tiene el tono ligero de comedia y algunos momentos maravillosos, en especial el paseo en bicicleta con la maravillosa "Raindrops Keep Fallin'on my Head" de Burt Bacharach.




Obra maestra del western, El hombre que mató a Liberty Valance (1962) es la última gran aportación de Ford a un género que amó especialmente. Una revisión crítica de los mitos del oeste llena de nostalgia.




El rostro impenetrable (1961) es el único film dirigido por Marlon Brando. Historia de venganza y odio con un Karl Malden soberbio y un Brando siempre poderoso.




Horizontes de grandeza (1958) es uno de los westerns más hermosos que hay. El conflicto entre ganaderos, la oposición entre el este y el oeste, los valores mal entendidos, el amor y la rectitud... todo en este film es maravilloso.




Para muchos Centauros del desierto (1956) es la obra maestra del maestro John Ford. Sin duda, un film denso, grandioso y con algunas de las más tiernas escenas del western.




Con Johnny Guitar (1954) se invierten los roles, siendo las mujeres las verdaderas protagonistas de este film con un uso simbólico y narrativo de los colores.




Raíces profundas (1953) es un film bellísimo y lleno de momentos geniales sobre el pistolero que intenta apartarse del camino trazado, pero que al final se verá empujado de nuevo a la violencia. Y todo ante la mirada cómplice de un niño y el amor prohibido de su madre.




Solo ante el peligro (1952) es un clásico del género que ahonda en los valores típicos del western, como el valor y el deber, a través de un argumento que juega con el paso lento del tiempo para ir incrementado la tensión hacia el desenlace final.




La colaboración de Anthony Mann y James Stewart dio lugar a hermosos films, como Horizontes lejanos (1952), donde se reflexiona sobre la posibilidad del hombre de enmendarse.



Con Fort Apache (1948), John Ford realiza una defensa del honor y el valor, por encima de naciones o egos personales, mostrando la nobleza del pueblo indio.



Howard Hawks filma, con Río Rojo (1948), una película maravillosa sobre el fondo de un traslado de ganado que es, en realidad, el marco en que tiene lugar el conflicto entre un padre autoritario y su hijo, que al final se atreve a plantarle cara.




Pasión de los fuertes (1946), de John Ford, es la mejor versión del famoso duelo en OK Corral y de la figura de Wyatt Earp que se rodó nunca. Una película asombrosa y un reparto sorprendente.




Murieron con las botas puestas (1942), de Raoul Walsh, es la glorificación de la figura del general Custer. A pesar de ello, es un emotivo film épico y un espectáculo grandioso.




La diligencia (1939), de John Ford, le dio al western la categoría de género maduro y marcó el camino a seguir por las obras futuras.




Un film tan legendario como tendencioso ideológicamente de uno de los padres del cine, D. W. Griffith. El nacimiento de una nación (1915) creó nuevas formas de expresión y sentó las bases del lenguaje cinematográfico.