
Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992) es uno de esos films que se prenden de uno casi sin querer; es de esas películas que, si sintonizan contigo, se convierten en tu compañera allá por donde vayas.
Peter decide reunir a sus antiguos compañeros con motivo de la fiesta de fin de año diez años después de su último momento juntos. Sus vidas, durante ese período de tiempo, los han llevado por caminos dispares y la reunión, entrañable en un principio, les hará enfrentarse a cada uno con su propio destino. Pero al final de todo espera aún una nueva sorpresa.
El tema de los amigos de juventud que tienen de pronto la ocasión de reencontrarse de nuevo sirve a Kenneth Branagh para hacer una entrañable, y a veces ácida, reflexión sobre lo que la vida nos puede llegar a deparar o sobre en que terminan de convertirse las expectativas de futuro. Cada uno de los amigos tendrá que enfrentarse a sus propios demonios en una cinta con ese maravilloso toque británico en que la comedia ligera se tiñe de repente con un tinte de drama que, sin embargo, no pierde nunca la perspectiva ni la mesura. También es el marco para tratar de otro tema bastante en boga en aquellos años y que es mejor no revelar para poder disfrutar, aquellos que no la hayan visto aún, plenamente de la película.
Apoyándose en una pegadiza banda sonora llena de temas bastante conocidos, el film destaca también por un reparto brillante donde los más conocidos para el gran público serían el propio Kenneth Branagh, Emma Thompson, siempre soberbia, y Hugh Laurie (famoso años después gracias a la serie House).
El resultado es un film elegante, lleno de pequeños instantes para enmarcar, de reflexiones que abren la puerta a espacios a veces olvidados del alma. No es apto para todos los públicos pero, como decía al empezar, si eres de los afortunados que te dejas atrapar por esta película, sin duda te sentirás gratamente recompensado cuando se baje el telón.
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