El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

domingo, 14 de marzo de 2010

Centauros del desierto


Con Centauros del desierto (John Ford, 1956) estamos ante una de las mayores cotas del western, un film grandioso y complejo como pocos y un ejemplo de todo el inmenso talento de John Ford como narrador de historias.

Tres años después de haber terminado la Guerra de Secesión, Ethan Edwards (John Wayne) regresa a Texas, al rancho de su hermano. Al poco de llegar, los indios atacan el rancho y matan a la familia de Ethan, salvo a sus dos sobrinas, por lo que Ethan comienza una persecución implacable de sus secuestradores.

La historia de una búsqueda sin descanso es, en realidad, el retrato de un hombre marcado por el odio hacia los indios, un odio que no llegamos a comprender del todo, pues se manifiesta anterior a la masacre de los indios a su familia y aquí está una de las claves y las grandezas del film: la historia que se cuenta en la película no se ciñe a la duración de ésta; como es habitual con Ford, sus historias son abiertas, comienzan antes del primer fotograma y no terminan con el The End; lo cuál enriquece a los personajes, de los que intentamos conocer algo más de lo que se nos muestra y no podemos evitar hacer conjeturas sobre su vida anterior. La narración cobra así unas dimensiones nuevas que la hacen más grande que lo que podemos adivinar.

Al frente de todo y como eje central de la historia está John Wayne, en la que algunos consideran su mejor interpretación, un ser solitario que arrastra un pasado lleno de sombras del que apenas adivinamos alguna y da vida a un veterano de guerra amargado, obsesivo y racista que parece luchar contra unos demonios que nacen de lo más profundo de su alma.

La historia avanza de manera firme gracias a ese talento del director para construir historias perfectas, con los inevitables detalles de humor para aligerar el relato; con la exaltación de los valores que tanto amaba el director: el apego a la tierra, a la familia, al valor y la verdad; con esa genialidad para contar o plasmar los sentimientos sin más recurso que el uso de la cámara y que nos regala algunas de las escenas más emotivas y conmovedoras del cine, junto a otras de una intensidad sobrecogedora; con ese amor del director por Monumental Valley que termina haciendo del paisaje un actor más del drama.

El siempre rico y variado elenco de personajes secundarios, con los habituales actores fetiches de Ford, acaba de dar forma a una aventura hermosa y triste a la vez, donde los límites entre lo correcto y lo que no lo es nunca terminan de definirse del todo.

Al final, nos quedamos con la última secuencia, unos de los finales más hermosos y expresivos de la historia del cine, con un Ethan para el que parece no haber sitio dentro del hogar y siempre con esa cámara muda de Ford capaz de crear poesía con una pasmosa naturalidad.

El turista accidental


El turista accidental (Lawrence Kasdan, 1988) es un film único y especial por muchos detalles. Impone un ritmo pausado desde el principio que nos va envolviendo disimuladamente sin remedio, como si degustásemos un buen licor, sin prisas.

Macon Leary (William Hurt), escritor de guías de viajes para hombres de negocios, sufre la pérdida de su único hijo de manera dramática. Fruto de lo cuál, su matrimonio se viene abajo y él se ve sumido en una profunda apatía y tristeza. Un día, por casualidad, conocerá a Muriel (Geena Davis, que obtuvo el Oscar por su interpretación), adiestradora de perros, que poco a poco se irá colando en su vida.

Es muy difícil no cogerle cariño a esta película. Aunque solo sea por disfrutar de la presencia de un genial William Hurt, ya merecería la pena ver este hermoso film. Lo primero que engancha es la voz en off del protagonista, que va dando consejos a la hora de preparar el viaje a los lectores de sus guías. Esos consejos, se verá más adelante, van señalando la pauta por donde trascurre la historia, a modo de breves resúmenes del capítulo que comienza. Es una manera sumamente original de ir punteando el relato, y la cálida y lenta voz tiene un efecto acogedor que ayuda a que nos adentremos con cierta solemnidad en la película.

Es este ritmo parsimonioso el que mejor le cuadra a este relato sobre el abandono absoluto de un hombre acabado. Macon no tiene ningún motivo para vivir o, al menos, porque no se trata de un dramón sobre alguien autodestructivo ni mucho menos, no tiene nada que le ilumine el camino. Se deja arrastrar por la cotidianidad casi sin voluntad propia, con la inercia de alguien que se ha apeado de toda lucha.

Será gracias a su perro, último vínculo vivo que le queda a Macon con su hijo, que conocerá a Muriel, alguien decididamente opuesta a él y que, no sabemos bien el porqué, se sentirá atraída por este hombre gris y sin fuerza.

Quizá la parte menos interesante del film, al menos desde mi punto de vista, sean los personajes que secundan a Macon: su extrafalaria familia y su editor, que componen un grupo que roza lo absurdo y que no acabo de comprender del todo su utilidad o conveniencia.

Sin duda, El turista accidental es una maravillosa película perfectamente narrada y que se aleja gratificantemente de los registros más extremos para llevarnos en un viaje íntimo y discreto a esos rincones más tristes del alma humana para los que, a pesar de todo, se puede encontrar cura.

sábado, 13 de marzo de 2010

Casablanca




Dirección: Michael Curtiz.
Guión: Howard Koch, Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Casey Robinson.
Música: Max Steiner.
Fotografía: Arthur Edeson.
Reparto: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid, Claude Rains, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, Peter Lorre.

Si hay un título mítico en la historia del cine, una película que resume por si sola el glamour y la magia del Hollywood clásico, esta es sin duda Casablanca (Michael Curtiz, 1942).

Durante la II Guerra Mundial, llega a Casablanca el líder de la resistencia checa frente a los nazis, Victor Laszlo (Paul Henreid) acompañado de su esposa Ilsa Lund (Ingrid Bergman), en busca de dos salvoconductos que les permitan huir hacia Estados Unidos. Por una extraña coincidencia, los pases se encuentran en manos de Rick (Humphrey Bogart), dueño del café más famoso de la ciudad y antiguo amor en París de Ilsa, que lo abandonó sin explicaciones rompiéndole el corazón.

A estas alturas se hace difícil hablar de este film del que se han escrito miles de crónicas. Sin embargo, sería inconcebible escribir de cine y no citar una obra tan grandiosa. Es un clásico que jamás envejece, un film intenso e inmenso que, por encima de gustos personales u otras valoraciones, está en lo más alto de la historia del cine. Un film de difícil gestación y guión titubeante que logró sin embargo una extraña y fascinante perfección en todos los aspectos.

En la base de todo está el brillante reparto encabezado por un Bogart insuperable. Imposible pensar en otro actor para el papel del desencantado Rick, capaz a pesar de todo del gesto más altruista posible. Junto a él, una Ingrid Bergman radiante, hermosa y frágil, conmovedora como nunca. La química entre ambos es asombrosa. El resto de actores, comenzando por Claude Rains en el papel del cínico y pragmático jefe de la policía francesa, y pasando por la práctica totalidad de unos secundarios de lujo (Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, Peter Lorre,...), componen un universo irrepetible y rotundo.

Pero al lado tenemos algunas de las frases más acertadas de la historia del cine, míticas muchísimas de ellas, geniales la mayoría, componiendo un guión con una fuerza y un dramatismo soberbios. La clave de dicha historia es la acertada combinación de intriga política e historia de amor imposible de los protagonistas; una mezcla perfectamente dosificada y entrelazada que nos engancha sin remedio. Añadamos la música de Max Steiner y especialmente la ya célebre canción "As time goes by" que se dan la mano con una fotografía en claroscuros que crea una atmósfera irrepetible y perfecta.

Pocos films han logrado aunar tantos aciertos hasta lograr una historia tan conmovedora como esta. Se sufre con los protagonistas, se comparten sus miedos y sus recuerdos, se desea con todo el alma la reconciliación de los amantes y, finalmente, terminamos viendo partir el avión como si cada uno de nosotros fuera el noble Rick, que hace un más difícil todavía que ennoblece a la raza humana. Aquí reside gran parte de la fuerza de Casablanca, en ese final no feliz que, sin embargo, se antoja el mejor de los finales posibles, en esa carga dramática, dolorosa pero de una generosidad que nos conmueve. Toda la historia es conmovedora y el desenlace no hace más que culminar un guión especialmente logrado.

Casablanca tuvo una muy buena acogida en el momento de su estreno, pero no fue más que con el paso de los años cuando pasó a convertirse en un film legendario. Con ocho nominaciones, la película logró imponerse en tres apartados: mejor película, mejor director y mejor guión adaptado. Con Casablanca estamos ante una obra de arte irrepetible y fascinante.

viernes, 12 de marzo de 2010

Los amigos de Peter


Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992) es uno de esos films que se prenden de uno casi sin querer; es de esas películas que, si sintonizan contigo, se convierten en tu compañera allá por donde vayas.

Peter decide reunir a sus antiguos compañeros con motivo de la fiesta de fin de año diez años después de su último momento juntos. Sus vidas, durante ese período de tiempo, los han llevado por caminos dispares y la reunión, entrañable en un principio, les hará enfrentarse a cada uno con su propio destino. Pero al final de todo espera aún una nueva sorpresa.

El tema de los amigos de juventud que tienen de pronto la ocasión de reencontrarse de nuevo sirve a Kenneth Branagh para hacer una entrañable, y a veces ácida, reflexión sobre lo que la vida nos puede llegar a deparar o sobre en que terminan de convertirse las expectativas de futuro. Cada uno de los amigos tendrá que enfrentarse a sus propios demonios en una cinta con ese maravilloso toque británico en que la comedia ligera se tiñe de repente con un tinte de drama que, sin embargo, no pierde nunca la perspectiva ni la mesura. También es el marco para tratar de otro tema bastante en boga en aquellos años y que es mejor no revelar para poder disfrutar, aquellos que no la hayan visto aún, plenamente de la película.

Apoyándose en una pegadiza banda sonora llena de temas bastante conocidos, el film destaca también por un reparto brillante donde los más conocidos para el gran público serían el propio Kenneth Branagh, Emma Thompson, siempre soberbia, y Hugh Laurie (famoso años después gracias a la serie House).

El resultado es un film elegante, lleno de pequeños instantes para enmarcar, de reflexiones que abren la puerta a espacios a veces olvidados del alma. No es apto para todos los públicos pero, como decía al empezar, si eres de los afortunados que te dejas atrapar por esta película, sin duda te sentirás gratamente recompensado cuando se baje el telón.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Philadelphia


Ha habido diferentes maneras de afrontar el tema del sida en el cine. Algunas pecaban por exceso, otras tocaban el tema aunque en realidad trataran de muchas más cosas (Los amigos de Peter), pero el mérito de Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) reside en que se trata de una gran película, por encima del tema que aborda.

Un brillante abogado, Andrew Beckett ( Tom Hanks), es despedido por el bufete de abogados para el que trabaja al descubrir sus jefes que padece el sida. Sin embargo, recurren a un despido por incompetencia profesional para encubrir sus verdaderos motivos. Beckett decide entonces demandarlos pro despido improcedente.

Lo primero que habría que destacar de esta película es el brillante reparto encabezado por un convincente y emotivo Tom Hanks que vio recompensada su asombrosa interpretación con el Oscar al mejor actor. A su lado, Denzel Washington, siempre eficaz, en el papel de su abogado y un Antonio Banderas en el papel de novio de Hanks muy acertado. Jason Robards es el jefe del despacho de abogados que despide a Beckett. El resto del reparto está al nivel de las primeras figuras y consigue unos niveles excelentes de convicción y realismo.

Pero lo más gratificante de la película es la elegancia con que se trata el tema, más en un momento, principios de los noventa, en que el sida era aún una enfermedad mortal en imparable desarrollo. El ritmo es pausado y los diálogos precisos, sin alardes ni excesos, buscando dar una imagen del tema veraz y sin estridencias. Se ofrece una visión muy humana del dolor y la decandencia del enfermo, al tiempo que se hace referencia a otro de los problemas serios al que se enfrentaban los pacientes y sus familias: el rechazo de la sociedad que los convertía en una especie de apestados.

Algunas escenas son estremecedoras y consiguen cotas de gran intensidad, siempre desde una postura respetuosa y contenida logrando mostrarnos al enfermo del sida en toda su conmovedora fragilidad, transformando el miedo natural que se siente hacia esa enfermedad en un sentimiento de compasión y comprensión.

domingo, 31 de enero de 2010

Million Dollar Baby




A estas alturas presentar a Clint Eastwood resulta innecesario y superfluo. Si encima la película que dirige, como es el caso, viene recompensada con cuatro Oscares pues ya podemos ir haciéndonos una idea de por donde van los tiros. Y eso que yo era algo reticente y tenía mis miedos porque, si bien las últimas películas de este director me han gustado, temía que, al amparo de la fama, Eastwood se dejara llevar y se embarcara en una historia que me olía a clichés por todas partes: la historia de un entrenador en la recta final de su vida a quién se le presenta la oportunidad de ayudar a una joven a hacer realidad sus sueños de convertirse en boxeadora profesional. De ahí que tardara tanto en decidirme a verla. ¿El resultado?, pues sorprendido gratamente por un lado, pero sin ocultar ciertas reticencias hacia la segunda parte de esta historia. Pero vayamos por partes.

El cine, como fábrica de historias, consigue a menudo hacernos vivir realidades ajenas a nuestra experiencia diaria, mundos casi perfectos donde todo es posible. Es, bajo este aspecto, cuando se comporta como una fábrica de sueños; en otras ocasiones es simplemente una fuente de evasión que recurre a realidades extremas, ficticias o imaginadas. Suele establecerse, en este caso, una barrera entre el espectador y el espectáculo, de manera que siempre sabemos donde acaba la ficción. Pero el cine de Eastwood como director tiene quizá ese aspecto cercano, humano, que lo acerca al espectador. Y esa humanidad reside sencillamente en hablarnos, con nuestro propio lenguaje, de historias y personajes reales, cercanos y reconocibles, con unos problemas y unas necesidades que no son más que las de cualquier ser humano. Y además, todo ello contado con elegancia, con ternura y con sentido común. Este es el secreto de Clint Eastwood. A veces, ser sencillo resulta mucho más complicado de lo que podamos creer.
Y Million dollar baby (2004), en su primera parte, para mí la más lograda, es precisamente eso, una historia de personajes normales, como tantos, aquejados de los problemas y necesidades de toda persona desde el principio de los tiempos: el amor, la soledad, los remordimientos, la culpa, el perdón, los sueños… Eastwood dijo que lo que le atrajo de la historia en que se basa la película fue que no era una historia sobre el mundo del boxeo, sino una historia de amor. En efecto, la trama podría tener lugar en el cualquier otro ambiente; el mundo del boxeo es un decorado, aunque cargado de un aura que contribuye a dotar a la historia de cierto tinte épico. Pero esa ambientación no está a salvo de estereotipos, lo que venía a confirmar en parte mis reticencias iniciales. Sin embargo, ¿qué es lo que hace que la película, a pesar de no evitar los clichés, consiga agradar y convencer? Pues por un lado el hecho de que los personajes principales (el entrenador, la aspirante a boxeadora y el fiel ex-boxeador), a pesar de no ser precisamente demasiado originales, consigan hacerse entrañables gracias a unos diálogos excelentes donde prima lo conciso, lo directo y que evitan sentimentalismos gratuitos y frases hechas; durante todo el film, los diálogos entre los protagonistas, eje fundamental en el desarrollo del argumento, no dejan de sorprender por lo oportunos, eficaces e inteligentes. En segundo lugar, el trabajo de los actores. Es evidente que el film se apoya básicamente en Eastwood, Hilary Swank y Freeman, pero el resto del reparto no desentona en ningún momento. Eastwood y Freeman (ganador éste del Oscar al mejor secundario) son ya dos veteranos y no es ninguna sorpresa comprobar su buen hacer. Hilary tiene un papel complicado del que sale completamente airosa, con el reconocimiento general en forma del Oscar a la mejor actriz.
Ya antes aludía al gran nivel de los diálogos y ello es fruto de contar con un guión excelente en cuanto a lo que se quiere contar, lo que pretende enseñarnos la película. Y la base de la historia es cómo el azar acaba por juntar a una serie de personajes con algo en común: la necesidad de afecto que de un sentido a su vida. En la tradición del mejor John Ford, Eastwood nos insinúa, sin aclararlo del todo, el problema personal que como un lastre arrastra el entrenador Frankie (interpretado por Eastwood). Este es un aspecto imprescindible que contribuye a darle una dosis de verosimilitud al personaje de Frankie sin la cuál no se lograría hacerlo tan real, tan denso y con el atractivo añadido de cierto misterio. Junto a Frankie, ayudándole en el gimnasio, el leal Scrap (Morgan Freeman), uniendo su destino al de Frankie desde el día en que perdió su último combate. Ambos son dos perdedores, resignados a dejar correr los últimos días de sus vidas sin nada realmente importante por lo que luchar. Hasta que llega a su gimnasio Maggie (Hilary Swank) portando una ilusión capaz de dar un nuevo impulso a sus vidas. Se desarrolla, al compás de los progresos de la joven hasta el combate decisivo, lo mejor de la película, cuando vamos profundizando en sus miedos, frustraciones y esperanzas. Es el retrato de los tres protagonistas lo que le da toda la fuerza y grandeza a la película, lo que le hace elevarse por encima de los tópicos.
Sin embargo, la segunda parte del film ya se desliza por terrenos más peligrosos. Es innegable el buen tino con el que el director evita caer en el melodrama puro y duro, pero creo que esta parte resulta, cuando menos, algo extensa de más. Sin llegar a aportar realmente nada a lo que eran los planteamientos del film (sobre el coraje, la necesidad de amor, la comprensión, el saber perdonar y perdonarse, la lucha por tus metas), parece un giro hacia el drama con cierto sabor a masoquismo. En otras manos, esta parte final del film podía haber arruinado definitivamente la película; afortunadamente, Eastwood es un director que sabe moverse siempre dentro de la contención y la mesura, lo que salva al film de un posible fiasco. Con todo, es un desenlace que no acaba de convencerme del todo.
A pesar de ello, pocos films hoy en día pueden llegar a tocarnos tan hondo, a conmovernos, a sacudirnos en nuestra butaca y siempre desde un planteamiento honrado, sin trampas ni artificios. Nos encontramos enfrentados a nuestros sentimientos, a nuestras carencias y anhelos. Y esto es cine.  

sábado, 30 de enero de 2010

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú



Dirección: Stanley Kubrick
Guión: Stanley Kubrick, Terry Southern y Peter George (Novela: Peter George)
Música: Laurie Johnson
Fotografía: Gilbert Taylor
Reparto: Peter Sellers, George C. Scott, Sterling Hayden, James Earl Jones, Keenan Wynn, Slim Pickens, Peter Bull

La fama le llegó a Stanley Kubrick con sus films más ambiciosos (2001: una osisea del espacio, La naranja mecánica, El resplandor, ...) y, sin embargo, yo prefiero sus películas más modestas (Atraco perfecto, Senderos de gloria o esta misma), alejadas del barroquismo y cierta presunción de su filmografía más elogiada.

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964) está basada en Red Alert de Peter George, centrada en los peligros de la Guerra Fría. Kubrick tuvo la feliz idea de darle al guión un giro radical y ofrecernos una versión humorística y rozando lo absurdo de la trama original, porque pensaba que solo una farsa sería capaz de transmitir con acierto la locura de la situación internacional (recordemos que cuando se rodó la película estaba aún muy reciente la crisis de los misiles de Cuba, que dejó al mundo al borde de una guerra catastrófica).

Cuando el general Jack D. Ripper (Sterling Hayden), obsesionado con las conspiraciones comunistas, se salta las normas de seguridad y decreta el ataque a la URSS desde su puesto de mando en una base de la Fuerza Aérea de USA, se inicia una peligrosa cuanta atrás hacia el fin del mundo. En el Pentágono, el presidente de los Estados Unidos (Peter Sellers) intentará convencer a su colega soviético que todo es un lamentable error mientras ordena detener el ataque. Desgraciadamente, un bombardero americano seguirá adelante con los planes de bombardear territorio soviético, ignorante de las nuevas órdenes de detener la misión.

Si la película merece verse repetidas veces es en parte por la colección genial de personajes absurdos y ridículos que la pueblan, crítica atroz de políticos, militares y científicos en cuyas manos recae el futuro de todo el mundo. Será la locura de un general paranoico la que desencadena un ataque suicida y los supuestos responsables de dirigir los destinos del mundo se presentan como seres idiotas o, aún peor, fanáticos sin pizca de sentido común.

Destaca la triple interpretación de Peter Sellers, que encarna a un asustado militar inglés, al presidente de los EEUU y a un delirante científico de oscuro pasado nazi. A su lado, un genial Sterling Hayden, que trabajara ya con Kubrick en Atraco perfecto (1956), como el general chiflado que desencadena el conflicto o el histriónico George C. Scott, en el papel de un general belicoso y paranoico con un odio visceral hacia los comunistas y de cuya boca salen algunas de las frases más geniales de la película. Como memorables también otras frases: "¡Caballeros, aquí no pueden pelear!¡Están en la Sala de la Guerra!" o la lista de material de supervivencia del bombadero ("Con esto se puede pasar un fin de semana en Las Vegas") o las obsesiones del general de la base aérea (Sterling Hayden) con los fluidos corporales. Tampoco faltan escenas para la historia de iconos del cine, como la del capitán T.J. King Kong (Slim Pickens) cabalgando a lomos de una bomba atómica en una secuencia delirante y grotesca.

La película está repleta de símbolos sexuales, en una especie de denuncia de la extraña excitación que parecen padecer los responsables políticos o militares cuando se trata de una destrucción masiva. El mejor ejemplo lo tenemos en la figura del doctor Strangelove (Peter Sellers), cuyo apellido se podría traducir por extraño amor, y su brazo rebelde, que sufre constantes "erecciones" incontrolables y que culmina, cuando vislumbra el futuro tras la destrucción nuclear, con la milagrosa curación de su parálisis: "¡Mein Führer!.¡Puedo andar!

Kubrick pensó en un final menos dramático, pero finalmente se decidió por el de la destrucción total como un modo de advertirnos, a pesar del tono cómico y absurdo de la historia, que lo que subyace es demasiado terrible como no tomarlo en serio.

Sin duda un film demoledor y al tiempo hilarante, con una puesta en escena soberbia de Kubrick, realzada por la maravillosa fotografía en blanco y negro de Gilbert Taylor.