Con Centauros del desierto (John Ford, 1956) estamos ante una de las mayores cotas del western, un film grandioso y complejo como pocos y un ejemplo de todo el inmenso talento de John Ford como narrador de historias.
Tres años después de haber terminado la Guerra de Secesión, Ethan Edwards (John Wayne) regresa a Texas, al rancho de su hermano. Al poco de llegar, los indios atacan el rancho y matan a la familia de Ethan, salvo a sus dos sobrinas, por lo que Ethan comienza una persecución implacable de sus secuestradores.
La historia de una búsqueda sin descanso es, en realidad, el retrato de un hombre marcado por el odio hacia los indios, un odio que no llegamos a comprender del todo, pues se manifiesta anterior a la masacre de los indios a su familia y aquí está una de las claves y las grandezas del film: la historia que se cuenta en la película no se ciñe a la duración de ésta; como es habitual con Ford, sus historias son abiertas, comienzan antes del primer fotograma y no terminan con el The End; lo cuál enriquece a los personajes, de los que intentamos conocer algo más de lo que se nos muestra y no podemos evitar hacer conjeturas sobre su vida anterior. La narración cobra así unas dimensiones nuevas que la hacen más grande que lo que podemos adivinar.
Al frente de todo y como eje central de la historia está John Wayne, en la que algunos consideran su mejor interpretación, un ser solitario que arrastra un pasado lleno de sombras del que apenas adivinamos alguna y da vida a un veterano de guerra amargado, obsesivo y racista que parece luchar contra unos demonios que nacen de lo más profundo de su alma.
La historia avanza de manera firme gracias a ese talento del director para construir historias perfectas, con los inevitables detalles de humor para aligerar el relato; con la exaltación de los valores que tanto amaba el director: el apego a la tierra, a la familia, al valor y la verdad; con esa genialidad para contar o plasmar los sentimientos sin más recurso que el uso de la cámara y que nos regala algunas de las escenas más emotivas y conmovedoras del cine, junto a otras de una intensidad sobrecogedora; con ese amor del director por Monumental Valley que termina haciendo del paisaje un actor más del drama.
El siempre rico y variado elenco de personajes secundarios, con los habituales actores fetiches de Ford, acaba de dar forma a una aventura hermosa y triste a la vez, donde los límites entre lo correcto y lo que no lo es nunca terminan de definirse del todo.
Al final, nos quedamos con la última secuencia, unos de los finales más hermosos y expresivos de la historia del cine, con un Ethan para el que parece no haber sitio dentro del hogar y siempre con esa cámara muda de Ford capaz de crear poesía con una pasmosa naturalidad.
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