El cine y yo
Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.
Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.
El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.
El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.
No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.
Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.
El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.
El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.
No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.
viernes, 29 de octubre de 2010
Tootsie
Dirección: Sydney Pollack
Guión: Larry Gelbart, Murray Schisgal y Don McGuire
Música: Dave Grusin
Fotografía: Owen Roizman
Reparto: Dustin Hoffman, Jessica Lange, Geena Davis, Charles Durning, George Gaynes, Teri Garr, Dabney Coleman, Sydney Pollack, Bill Murray, Doris Belack
Michael Dorsey (Dustin Hoffman) es un actor en paro. Su problema es que es un tipo muy quisquilloso y se ha ganado una reputación de actor problemático, por lo que nadie desea trabajar con él. Ante tal panorama, decide arriesgarse y si no puede trabajar como Michael Dorsey, intentará que lo contraten como Dorothy Michaels.
Tootsie (1982) no arranca demasiado bien. Los primeros minutos parecen repetir el esquema de diálogos rápidos, atropellados y un tanto estereotipados que hemos visto repetidas veces, por ejemplo, en las comedias de Woody Allen. Sin embargo, en cuanto Hoffman se disfraza de Dorothy, la película comienza a ganar puntos y no deja de subir el nivel impecablemente hasta un final soberbio. Y el tema no es sencillo. Hacer una comedia sobre un hombre que se disfraza de mujer es tarea complicada. Primero, hay que conseguir que el espectador se crea el disfraz. En este caso, nos los creemos por completo. Mérito de un maquillaje soberbio y, sobre todo, de una interpretación de Dustin Hoffman más que notable. Encarna a una mujer absolutamente creíble, sin caer en los excesos a los que a veces parece imposible escapar; Hoffman convence dentro de una afectación contenida y llega un punto en que, a pesar de que somos conscientes de que está disfrazado, aceptamos como naturales sus pautas de comportamiento.
Otra dificultad de la historia reside en no caer en lo vulgar y lo evidente. La amenaza del chiste fácil y del camino trillado están al acecho constantemente. Sin embargo, Pollack cuenta con un guión soberbio que evita esos peligros y construye una comedia elegante, inteligente, con algunas buenas reflexiones sobre el papel de la mujer en determinados ámbitos, y sobre todo con algunos chispazos de humor, sorprendentes unos, esperados pero muy bien logrados otros y, por supuesto, un ritmo que no flojea en ningún instante. A medida que la trama se va complicando y Dorothy empieza a luchar en demasiados frentes que la superan, el guión se mantiene siempre en el buen camino y sale airoso en cada una de las situaciones, siempre a base de buen gusto, coherencia y pequeños detalles de un humor eficaz y desenfadado, que nos arrancan las carcajadas de manera natural y maravillosa.
El otro gran acierto de la película es un reparto cuajado de actores increíbles, desde el primero al último. Jessica Lange está perfecta y de ahí el Oscar como mejor actriz secundaria (el único Oscar de las diez nominaciones de la película). Pero es que, además de ella y la ya citada maravillosa interpretación de Hoffman, está el propio Sydney Pollack, en uno de sus pinitos como actor, muy logrado por cierto, está Charles Durning, perfecto como padre de Jessica Lange. Bill Murray, bastante comedido y en uno de los papeles que más me han gustado de él; George Gaynes, como actor mediocre y torpe es uno de los personajes más geniales de la película y, finalmente, una jovencísima Geena Davis en su primer papel en el cine.
Tootsie es una gran comedia. Y hacer una buena comedia es tarea complicada. Se basa en algo utilizado hasta la saciedad: el enredo. Y el gran mérito de la película es no parecerse a ninguna otra, en salir siempre adelante a base de buen humor, fresco, sorprendente y natural. Tootsie sabe jugar sus bazas: la lucha de sexos, el machismo, el mundillo del espectáculo, con los actores fracasados que no se cansan de intentarlo una y otra vez, la fama, el triunfo y el fracaso, el amor, el deseo, las mentiras y las medias verdades, todo está ahí entremezclado con muy buen arte, con un saber hacer envidiable y mucho sentido común.
lunes, 25 de octubre de 2010
Fallen
Dirección: Gregory Hoblit.
Guión: Nicholas Kazan.
Música: Tan Dun.
Fotografía: Newton Thomas Sigel.
Reparto: Denzel Washington, John Goodman, Donald Sutherland, James Gandolfini, Embeth Davidtz, Elias Koteas, Robert Joy, Barry Shabaka Henley, Aida Turturro.
Enganchado a la tendencia en vigor, al film fácil y resultón, Fallen (1998) se une a la moda del thriller de psicópatas y crímenes misteriosos. Pero buscando un algo más, enredando el ovillo hasta límites increíbles, Hoblit se adentra sin sonrojo en el más allá.
El detective John Hobbes (Denzel Washington) ha conseguido detener a un peligroso asesino en serie que es ajusticiado en la cámara de gas. Todo parece haber terminado cuando, de repente, comienzan a aparecer nuevos hombres asesinados con el mismo método que utilizaba el asesino ejecutado. Pronto, Hobbes comprende que no se enfrenta a un caso más, sino que tiene que luchar contra un extraño ser y sobrenatural.
Un poco en la estela de Seven (David Fincher, 1995) o al menos buscando un buen resultado como aquella, Fallen obtuvo un buen respaldo en taquilla, lo que demostró que la fórmula funciona a nivel de gran público. Otra cosa son los méritos reales de la película.
La verdad es la primera parte de Fallen funciona bastante bien. Mientras estamos en ascuas, sin conocer realmente que es lo que esconde el argumento, la intriga nos atrapa y nos mantiene alerta, en busca de pistas y explicaciones. En este sentido, el comienzo con el flash-back de un Hobbes en peligro de muerte, aunque luego entenderemos que no era lo que creíamos, es un punto de partida magnífico para engancharnos desde el primer minuto. Pero el problema en estos casos suele aparecer cuando llega la hora de las explicaciones. Y Fallen no se libra. Los excesivos y nunca convincentes argumentos tendentes a aclararnos quién es el malo de la película, una especie de ángel caído ansioso de venganza, arruinan en parte la buena primera parte de la película. Cuando la clave del misterio es sobrenatural, pura invención artificiosa e irreal, está demás intentar racionalizarla para que nos resulte digerible. Los intentos resultan infantiles y hasta patéticos. Incluso en ese momento, en la parte central del film, el ritmo cae bastante, pasando la película por momentos un poco anodinos.
Nos queda, al menos, pensamos, ver el desenlace. Si éste resulta imaginativo y poderoso, podremos perdonar algunas licencias de la trama. Pero el desenlace, si bien no es una chapuza, no termina tampoco de funcionar y en parte es porque se basa en un engaño que ha estado ahí desde el principio: el citado arranque en flash-back. Y es que el problema de no tener un buen guión hace que el interés se mantenga con alfileres, a base de trampas, ocultaciones y a veces incluso conejos saliendo de la chistera. Es lo malo de fiarlo todo a los efectos, sean visuales o argumentales.
Para que este tipo de propuestas funcionen a nivel general y atraigan al público es necesaria una buena factura, que Fallen la tiene, aunque sin brillantez, y un buen reparto, que también está presente. Tanto Denzel Washington, con su registro habitual, como Donald Sutherland, siempre con ese punto de maldad o cinismo que tan bien le sientan, o el maravilloso John Goodman están convincentes y sostienen el tinglado acertadamente.
En resumen, una película para pasar el rato, pero sin que llegue a alcanzar ninguna cota de buena calidad en ningún apartado. Incluso, hilando un poco fino, podríamos achacarle un cierto tufillo peligroso cuando, al comienzo de la película y sin venir realmente a cuanto, se defiende a los polis corruptos como una especie de mal menor. Un detalle sin duda bastante desafortunado.
domingo, 24 de octubre de 2010
Causa justa
Dirección: Arne Glimcher.
Guión: Jeb Stuart & Peter Stone (Novela: John Katzenbach).
Música: James Newton Howard.
Fotografía: Lajos Koltai.
Reparto: Sean Connery, Laurence Fishburne, Ed Harris, Kate Capshaw, Blair Underwood, Ruby Dee, Kevin McCarthy, George Plimpton, Hope Lange, Chris Sarandon, Ned Beatty, Daniel J. Travanti, Taral Hicks, Scarlett Johansson.
Bobby Earl (Blair Underwood), un joven negro, es acusado de la violación y asesinato de una niña blanca. En un juicio un tanto extraño y con la prueba de una confesión obtenida bajo tortura, Earl es condenado a muerte. Como último recurso, Earl le pide a su abuela que contacte con Paul Armstrong (Sean Connery), un eminente profesor de leyes, para que éste intente demostrar su inocencia.
Causa justa (1995) comienza de manera un tanto prometedora, con lo que parece ser un film contra la pena de muerte y de denuncia del racismo sureño. Al menos, eso es lo que parece en un primer momento. Pero poco a poco la película va sembrando dudas, comienzan a surgir casualidades un tanto curiosas y lentamente nos damos cuenta que no estamos más que ante uno de esos thrillers rebuscados, pretenciosos y tramposos que tan de moda se pusieron en los años noventa. Pocos de estos productos para el consumo fácil se han salvado de la quema, quizá el único que merece mis respetos es Seven (David Fincher, 1995), macabro y tramposo, pero tremendamente original y subyugante; pero Causa justa no se libra, ciertamente.
La historia es mediocre y se construye a base de engaños, mentiras, falsedades y pequeños trucos sin demasiado ingenio, que lo único que consiguen es enredarlo todo, desprestigiar el supuesto talento del flamante abogado y hacer que nos sintamos estafados por un guión que sólo busca el golpe de efecto, sacrificando lo plausible en aras de no sé que supuesta sorpresa, porque el final, además de ser totalmente previsible, resulta de lo más vulgar y trillado, sin pizca de imaginación.
El reparto es, tal vez, de lo poco que se salva de la película. Pero aún así, Sean Connery no resulta del todo creíble como marido de la estupenda Kate Capshaw. Vale que es sin duda el gancho para atraer al público, vale que es el productor ejecutivo, pero no puede seguir haciendo de guaperas con más de sesenta años y aparecer como padre de una niña de diez, interpretada por una jovencita Scarlett Johansson. Es posible, pero no convence. El que sí convence es Ed Harris, tremendo actor que en los pocos minutos que tiene borda realmente su papel de perturbado agresivo. También me ha gustado el trabajo de Laurence Fishburne, un gran actor que me ha convencido siempre que lo he visto actuar.
Definitivamente, Causa justa es una de esas películas pensadas y creadas con mero interés recaudatorio. Carece de un trabajo digno de elaboración y solamente resultará entretenida para aquellos espectadores amantes de los thrillers un tanto morbosos y que se contentan con pasar el rato sin pedir demasiado. Para el resto, mejor huir de cosas semejantes.
Un hombre para la eternidad
Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966) ganó el Oscar a la mejor película en 1966, amén de otros cinco más (mejor director, mejor actor, Paul Scofield, mejor guión adaptado, mejor fotografía y mejor vestuario). Con tales recompensas podríamos pensar que estamos ante una obra maestra y, sin embargo, a pesar de contar con innegables méritos, Un hombre para la eternidad no es la gran obra que podíamos esperar.
Enrique VIII (Robert Shaw), rey de Inglaterra, no tiene descendencia con su actual esposa, Catalina de Aragón. Encaprichado con Ana Bolena (Vanessa Redgrave), desea obtener el divorcio para poder casarse con ella. Pero quiere el apoyo de toda la corte, algo que parece que no tendrá problemas en obtener salvo por una persona, Thomas Moro (Paul Scofield), ferviente católico y hombre de una recta moral que, a pesar de su amistad con el rey, no puede ir contra sus principios.
Un hombre para la eternidad es una buena película. En primer lugar, por la reconstrucción histórica bastante aceptable y alejada de excentricidades, lo que le aporta a la historia un plus de veracidad y seriedad. Es cierto que al tratarse de una obra de ficción, el guión se toma algunas licencias o, más bien, simplifica las cosas en favor de una narración más breve y concisa (no se mencionan los dos matrimonios de Thomas Moro y sólo vemos que tiene una hija, cuando en realidad fue padre de dos hijas más y un varón). También es verdad que con el paso del tiempo vemos que la puesta en escena y la ambientación resultan un tanto teatrales y no del todo perfectas. Pero en conjunto, la aproximación al siglo XVI es más que correcta.
También, en general, el reparto es acertado. Paul Scofield, aclamado actor de teatro inglés, está soberbio y compone un personaje absolutamente creíble y digno hasta el final, sin excesos, convincente y comedido. Lástima de la breve presencia de Orson Welles, al que considero uno de los mejores actores de todos los tiempos y que siempre ofrecía unas interpretaciones colosales. Los pocos minutos que está en escena logra llenar la pantalla, no sólo por su tamaño, con evidente sobrepeso, sino por la fuerza de su rostro y de su mirada. Robert Shaw tampoco tiene mucho papel, pero compone a un Enrique VIII excesivo y colérico perfecto. No todos los actores, sin embargo, están al mismo nivel e incluso algunas escenas resultan un tanto fallidas, no sé si por precipitación o por descuido del director. Pero en general, el reparto saca buena nota y me ha gustado ver especialmente a un joven John Hurt en sus primeros pasos en el cine.
La otra gran baza de la película es un guión excelente, inteligente, brillante en muchos momentos y con algunas de las frases más agudas y oportunas que pueden escucharse. Un trabajo impecable en este aspecto y que dignifica la película y le añade una categoría que raras veces tenemos ocasión de disfrutar en el cine.
Pero, como decía al principio, Un hombre para la eternidad no da de sí todo lo que podríamos esperar. En parte, el problema puede que resida en una alarmante falta de ritmo que lastra la película desde el principio. La primera parte de la historia se me hizo especialmente larga, lenta e insustancial. Tal vez porque la película arranca sin meternos en la historia, sin prepararnos. Se elige un momento en la vida de Moro para el comienzo de la narración pero sin explicaciones ni preámbulos. Luego, la historia no parece avanzar, no se presiente el peligro y hay momentos que hasta parecen superfluos. Afortunadamente, hacia la mitad de la película, la historia comienza a ganar interés, empezamos a comprender las trampas y las amenazas que se ciernen sobre Moro y, además, es ahora cuando el guión empieza a destacar con diálogos prodigiosos que van dando una categoría moral e intelectual a la figura de Thomas Moro hasta convertirlo en un extraño héroe que, a base de utilizar siempre la razón y de defender sus convicciones con firmeza, consigue ridiculizar y humillar a sus enemigos y, por extensión, a todo aquel que, por ambición o avaricia, no duda en venderse al mejor postor. En este caso, Moro no puede ceder a las presiones de un rey caprichoso y autoritario aunque en ello le vaya la vida; y acosado también por los envidiosos y los corruptos de turno que ven en su figura un enemigo y una amenaza. La figura de Moro emerge así como una persona de una excepcional rectitud y una inquebrantable lealtad a sus convicciones.
A pesar del interés de la historia en esa parte final, la película tampoco es un prodigio en cuanto al montaje, con escenas narradas de modo brusco, cambios un tanto repentinos de escena, movimientos de cámara no demasiado afortunados, etc. Creo que Fred Zinnemann no era, tal vez, el director ideal para este proyecto. Recuerdo Solo ante el peligro (1952) y sus problemas de ritmo y de montaje y veo que, en parte, es ahí donde cojea esta cinta.
Un hombre para la eternidad es, en definitiva, una buena película histórica, centrada en un personaje que adivinamos fascinante y del que tenemos un pequeño esbozo en esta obra, pero que vista hoy en día no parece merecer la lluvia de premios que consiguió en su momento. Pero no deja de ser un film muy interesante y, sobre todo, recomendable por su excelente guión.
miércoles, 20 de octubre de 2010
El ángel exterminador
El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962) es, para muchos, la obra maestra de este peculiar cineasta, ejemplo perfecto del surrealismo cinematográfico. No soy un experto en cine, tan sólo un mero aficionado. Pero reivindico mi derecho a opinar en función de si una película me gusta o no, me dice algo, me entretiene o me sacude. Y El ángel exterminador me aburrió bastante, por lo que mi punto de vista será bastante menos complaciente que lo solemos encontrar a propósito de Buñuel y su obra.
Al término de una cena en la mansión de los Nóbile, un grupo de elegantes burgueses descubre que por alguna extraña razón son incapaces de abandonar el salón en donde acaban de escuchar un recital de piano. El tiempo pasa y la tensión comienza a aumentar y la falta de comida y de agua hará que empiecen a aflorar los más primitivos instintos de supervivencia.
El ángel exterminador puede interpretarse como una crítica hacia la burguesía, con su elitismo, su cerrazón a las clases inferiores, su gusto por el lujo y la etiqueta, su refinamiento y sus poses pero que, en el fondo, está sujeta a las mismas pasiones y los mismos instintos que cualquiera. Sin duda, esta la lectura más evidente del film. Sin embargo, Buñuel evitaba racionalizarlo todo. La película sería diferente en función de quién la viera y, de todos modos, nunca podría quedar explicada del todo. La intención del cineasta no era darnos todas las claves, sino más bien sembrar dudas.
Personalmente, me parece un crítica de las clases altas bastante certera pero, a la vez, anticuada. Se nota cierta ingenuidad en el planteamiento que, más de cuarenta años después de su estreno, resulta un tanto desfasado. Cualquier persona, sea burgués o no, perdería seguramente su refinamiento si se viera empujado a una situación límite donde su propia vida corriera peligro. Pero no es este el principal problema de la película.
La limitación de la acción a unos personajes concretos y un espacio único termina por ser un lastre insalvable. Quizá faltó más tensión, más variedad de situaciones o, sencillamente, acortar un poco la historia; quizá el trabajo de los actores, algunos muy poco convincentes, no ayude a que nos impliquemos más en su drama, que queda bastante frío. Así, por momentos la película resulta aburrida y se hace demasiado larga; pierde ritmo y por momentos deseamos que avance hacia el desenlace en busca de algo novedoso que nos sacuda un poco en la butaca. Pero tampoco la solución final resulta del todo brillante; es tan absurda, eso sí, como el origen del problema, lo cuál no es una crítica necesariamente, pero tampoco ayuda a cerrar la historia de manera brillante. Y el epílogo de la iglesia, además de previsible, tampoco aporta nada nuevo.
Es indudable el mérito de la propuesta de Buñuel por un cine diferente y atípico, irracional y surrealista. Ha quedado como un hito en la historia de este arte. Pero ello no implica que, en pleno siglo XXI, no resulte una propuesta un tanto desfasada y de una cierta ingenuidad que, por suerte o por desgracia, el cine actual se ha encargado de poner en evidencia con historias mucho más perturbadoras o impactantes.
El ángel exterminador seguramente fascinará a un nutrido grupo de críticos y estudiosos que valorarán aspectos muy particulares de la película. Pero yo, como mero aficionado, aprecio la propuesta en lo que de novedosa tiene, pero reconozco su caducidad y no puedo dejar de señalar los defectos que a día de hoy me parecen evidentes.
domingo, 17 de octubre de 2010
¿Quién era esa chica?
Dirección: George Sidney.
Guión: Norman Krasna (Obrą: Norman Krasna).
Música: Andre Previn.
Fotografía: Harry Stradling Sr.
Reparto: Tony Curtis, Dean Martin, Janet Leigh, James Whitmore, John McIntire, Barbara Nicols, Larry Keating.
¿Quién era esa chica? (1960) es una comedia bastante mediocre, con muy poquito que ofrecer y que termina haciéndose interminable, si bien la historia no dura más que 115 minutos, pero es que cuando el tema no da más de sí y la supuesta comicidad brilla por su ausencia, los minutos parecen multiplicarse.
Cuando su celosa esposa Ann (Janet Leigh) lo sorprende besándose con una alumna, el catedrático de química David Wilson (Tony Curtis) pide a su amigo Michael Haney (Dean Martin), guionista de televisión, que le ayude a lograr que su mujer le perdone el desliz; para ello, Michael se inventa la pertenencia de David al FBI.
Basada en una obra teatral, la película es el típico ejemplo de ese estilo de comedia americana un tanto disparatada y muy poco creíble, con un humor bastante infantil, donde la base del humor reside en situaciones más bien grotescas donde los actores no paran de hacer el ridículo. En toda la película no recuerdo más que un par de momentos en que me provocó alguna sonrisa, pues ni la historia, absurda y forzada, ni las interpretaciones, un tanto exageradas, ni los diálogos, planos y sin brillantez, logran despertar el más mínimo interés. Los personajes no están más que sugeridos, pero sin que alcancen entidad propia. Y el planteamiento inicial ya de por sí es demasiado rebuscado como para crear complicidad con el espectador. Y todo ello rematado por una puesta en escena carente de inspiración.
Durante la primera parte de la historia me dio la impresión que había tan pocos mimbres que las escenas se alargaban artificialmente, pero sin que fuera posible lograr nada más de ellas. Hacia la parte final, la historia parece recobrarse cuando entran en acción verdaderos agentes del FBI, la CIA y hasta unos agentes comunistas que parecen tomarse en serio la suplantación de Michael y David. Pero no es más que un breve momento que pronto se revela estéril. La comedia vuelve de nuevo al humor fácil, a las situaciones forzadas y, como remate, culmina con una escena acaramelada de un machismo bastante trasnochado y con una especie de moraleja bastante chirriante, en la que se nos dice que cualquier crápula puede encontrar el perdón si es sincero y si su esposa es un tanto tonta.
En cuanto el reparto, decir que no estamos ante unos grandes actores. Tony Curtis, salvo por su físico, no tiene demasiado que ofrecer. Janet Leigh y Dean Martin están correctos sin más. Quizá me quedo con los actores secundarios, como John McIntire o James Whitmore, bastante más creíbles que los protagonistas.
En definitiva, una película demasiado simple, demasiado facilona y con un humor no demasiado elaborado y que a base de situaciones absurdas no logra más que aburrirnos y cansarnos irremediablemente. Es verdad que no es nada sencillo hacer comedia, pero es imposible si se parte de tan flojo material como en este caso.
Cuando su celosa esposa Ann (Janet Leigh) lo sorprende besándose con una alumna, el catedrático de química David Wilson (Tony Curtis) pide a su amigo Michael Haney (Dean Martin), guionista de televisión, que le ayude a lograr que su mujer le perdone el desliz; para ello, Michael se inventa la pertenencia de David al FBI.
Basada en una obra teatral, la película es el típico ejemplo de ese estilo de comedia americana un tanto disparatada y muy poco creíble, con un humor bastante infantil, donde la base del humor reside en situaciones más bien grotescas donde los actores no paran de hacer el ridículo. En toda la película no recuerdo más que un par de momentos en que me provocó alguna sonrisa, pues ni la historia, absurda y forzada, ni las interpretaciones, un tanto exageradas, ni los diálogos, planos y sin brillantez, logran despertar el más mínimo interés. Los personajes no están más que sugeridos, pero sin que alcancen entidad propia. Y el planteamiento inicial ya de por sí es demasiado rebuscado como para crear complicidad con el espectador. Y todo ello rematado por una puesta en escena carente de inspiración.
Durante la primera parte de la historia me dio la impresión que había tan pocos mimbres que las escenas se alargaban artificialmente, pero sin que fuera posible lograr nada más de ellas. Hacia la parte final, la historia parece recobrarse cuando entran en acción verdaderos agentes del FBI, la CIA y hasta unos agentes comunistas que parecen tomarse en serio la suplantación de Michael y David. Pero no es más que un breve momento que pronto se revela estéril. La comedia vuelve de nuevo al humor fácil, a las situaciones forzadas y, como remate, culmina con una escena acaramelada de un machismo bastante trasnochado y con una especie de moraleja bastante chirriante, en la que se nos dice que cualquier crápula puede encontrar el perdón si es sincero y si su esposa es un tanto tonta.
En cuanto el reparto, decir que no estamos ante unos grandes actores. Tony Curtis, salvo por su físico, no tiene demasiado que ofrecer. Janet Leigh y Dean Martin están correctos sin más. Quizá me quedo con los actores secundarios, como John McIntire o James Whitmore, bastante más creíbles que los protagonistas.
En definitiva, una película demasiado simple, demasiado facilona y con un humor no demasiado elaborado y que a base de situaciones absurdas no logra más que aburrirnos y cansarnos irremediablemente. Es verdad que no es nada sencillo hacer comedia, pero es imposible si se parte de tan flojo material como en este caso.
sábado, 16 de octubre de 2010
Atraco a las tres
Atraco a las tres (José María Forqué, 1962) es un título mítico del cine patrio. Es una de esas películas que siempre se citan cuando se repasa lo mejor de nuestro cine. No es una película exenta de fallos y en algunos momentos se roza lo grotesco, pero en conjunto es una buena comedia, muy por encima de la media nacional.
En una sucursal bancaria, el director (José Orjas), un hombre ya mayor y de gran corazón, va a ser relevado de su cargo por su ligereza a la hora de conceder préstamos. Su marcha es la ocasión perfecta para que Galindo (José Luís López Vázquez) decida poner en marcha su plan de robar la sucursal. Y aunque en un primer momento sus compañeros se escandalizan ante semejante idea, poco a poco empiezan a vislumbrar las ventajas de participar en la empresa.
Quizá lo mejor que se puede decir de Atraco a las tres es que, dentro de la línea de humor típicamente española, consigue contenerse bastante bien y sólo en contadas ocasiones de peca un poco por exceso. Es cierto que el argumento no está libre de ciertos tópicos, pero predomina un humor más elaborado, a base de situaciones que, aunque previsibles, están bastante bien llevadas, y con chispazos de humor aquí y allá que nos mantienen despiertos y nos arrancan más de una carcajada por sorpresa.
La película es una parodia, una comedia castiza, un film que nos retrata como chapuceros, machistas, reprimidos, avariciosos y manazas. No hay nada nuevo desde este punto de vista, pero sí un cierto estilo, un guión bastante trabajado y con momentos muy logrados y un reparto sobresaliente en líneas generales.
Es verdad que algunas escenas son realmente malas, como la del baile de Katia Loritz, pésima actriz que no debiera haber formado parte de la película, o algunos momentos en que se roza el ridículo por querer estirar de más la comicidad de una situación. Y tampoco es que Agustín González lo borde. Puede que sea el más flojo del reparto, tras la citada Katia, anunciando ya lo que serán sus actuaciones futuras: un cúmulo de gestos repetidos y sobreactuación casi sistemática. Alfredo Landa, en los comienzos de su carrera, tampoco está brillante. El peso de la película recae en López Vázquez, genial a pesar de sobreactuar un poco, en Gracita Morales, realmente encantadora en su papel de vampiresa, en Manuel Alexandre, un botarate genial, y en Cassen, que me parece de lo mejorcito del reparto, un tipo gracioso por naturaleza y que realiza un estupendo trabajo. Tampoco me gustaría olvidarme de Manuel Díaz González, Prudencio en la película, actor menos conocido pero que está realmente perfecto en el papel de odioso interventor, un personaje que desgraciadamente es bastante habitual entre los empleados de banca e imagino que en otras profesiones.
Sin embargo, a pesar de sus pequeños fallos, Atraco a las tres es una buena comedia. No es un film genial, pero sigue vigente a pesar de los años transcurridos y muy pocas obras nacionales pueden hacerle sombra. Es un film que nos hace pasar un buen rato y sabiendo lo difícil que es hacer una buena comedia, y más con el estilo un tanto chabacano de nuestro humor, el mérito de Atraco a las tres es enorme.
Como curiosidad, decir que el nombre del banco de la película, Banco de los Previsores del Mañana, se inspira ciertamente en el nombre que tenía en su época el Banco Popular Español, originariamente: Banco Popular Español y de los Previsores del Porvenir.
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