El cine y yo

Me resulta imposible imaginar mi vida sin el cine. De alguna manera me ha ido conformando en salas oscuras, donde el universo por entero brillaba ante mí y la realidad, la otra realidad, desaparecía milagrosamente para dar paso a una vida ilimitada. Al menos, cuando yo era niño era así.


Uno de los primeros recuerdos que tengo es de pánico y fascinación. La película se titulaba "Jerónimo" y yo tenía tres años. En un televisor en blanco y negro, con una imagen seguramente bastante pobre, aquella película me aterraba y me atraía en partes iguales, y yo sentía que estaba ante algo que me superaba. Desde entonces, mi vida y el cine han ido de la mano.


El cine me nutría de imágenes que abrían mi imaginación como quién abre una ventana a las montañas. El cine me proporcionaba una vida nueva infinita en aventuras y en heroicidades. El cine era un baúl, un escondite y una fuente. En el misterio estaba la plenitud.


El cine eran las sesiones de los sábados a las cuatro; eran las películas para adultos a las que accedíamos antes incluso de llegar a pisar la adolescencia, con el atractivo inmenso de todo lo prohibido; eran las fichas en cartulinas y los recortes de fotografías; eran los estrenos con colas interminables; era la conversación con aquella chica que me atrapó hasta hacerme olvidar donde estábamos... e incluso fue una declaración de amor.


No puedo imaginarme mi vida sin el cine. Nada sería lo mismo. Dejemos pues que pasen ante nosotros, en palabras, imágenes de toda una vida.

viernes, 3 de abril de 2020

Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar



Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen (Libro: David Reuben).
Música: Mundell Lowe.
Fotografía: David M. Walsh.
Reparto: Woody Allen, Gene Wilder, Lynn Redgrave, Louise Lasser, John Carradine, Lou Jacobi, Tony Randall, Anthony Quayle, Burt Reynolds.

Película compuesta de siete capítulos que analizan diversos aspectos relacionados con la sexualidad: un bufón que desea a su reina; un médico que se enamora de una oveja; una mujer que solamente se excita en lugares públicos; un maduro hombre casado al que le gusta vestirse de mujer; un programa concurso de televisión sobre fetichismos; un científico de temas sexuales que termina completamente loco y el mecanismo del cuerpo humano ante una relación sexual.

Se trata del cuarto largometraje del director, de 1972, y es evidente que a Woody Allen aún le quedaba mucho que pulir en su cine e incluso en su faceta como actor, en la que aún se muestra un tanto inseguro. Tenemos a un Woody Allen humorista, creador de chistes y sketches, pero aún le falta dar el paso que lo convierta en un director de películas por completo.

Sin embargo, a nivel de temática, empezamos a encontrar todo aquello que se convertirá en una constante en las películas del director: el sexo, la muerte, la religión, la educación, la familia.

Al tratarse de siete pequeños cortometrajes, en los que Allen plasma en imágenes los capítulos del libro homónimo de David Reuben en que se basa la película, no es fácil hacer una valoración global, porque, junto a algunos episodios bastante logrados, otros se quedan por debajo de la media, con situaciones no demasiado originales y acercamientos al problema sexual planteado un tanto simples. Y lo mismo puede decirse del nivel humorístico: junto a verdaderos buenos gags y chistes inteligentes nos encontramos con otros bastante simples.

La impresión general es que se trata de un film al que le falta bastante trabajo de elaboración; parece como una acumulación de primeras ideas sin pulir, sin afinar definitivamente. Incluso, algunos cortos parecen precipitados, sin una estructura bien trabajada. El conjunto se nos queda, hoy en día, como absolutamente ingenuo.

Puestos a escoger, el sketch del concurso de televisión me parece el más irónico y donde se hace una crítica más aguda sobre el medio televisivo y su banalización de todo, convertido en mero producto de consumo de masas, además de lanzar sus dardos contra la religión, un tema recurrente en la filmografía del director. Los tres primeros capítulos son menos originales, con planteamientos y desarrollos previsibles e incluso con finales demasiado abruptos, dando la sensación de estar peor elaborados. El del científico loco me pareció bastante bueno, con la secuencia de la teta gigantesca como todo un hallazgo. Por último, del capítulo final me quedo con el miedo del espermatozoide interpretado por Allen a abandonar el cuerpo hacia un mundo desconocido y lleno de peligros.

En resumen, sin duda estamos ante una película menor dentro de la filmografía de Woody Allen. No deja de ser una simple curiosidad que nos permite ver los inicios del director, pero que está aún muy lejos de lo mejor de su cine.

miércoles, 1 de abril de 2020

Tienes un e-mail



Dirección: Nora Ephron.
Guión: Nora Ephron y Delia Ephron.
Música: George Fenton.
Fotografía: John Lindley.
Reparto: Tom Hanks, Meg Ryan, Greg Kinnear, Parker Posey, Steve Zahn, Jean Stapleton, Dave Chappelle, Dabney Coleman, Heather Burns.

Kathleen Kelly (Meg Ryan) es la propietaria de una pequeña librería de cuentos infantiles que, de pronto, se ve amenazada por la apertura de una gran tienda de libros, propiedad de Joe Fox (Tom Hanks). Lo que ambos ignoran es que son precisamente ellos dos quienes llevan un tiempo manteniendo una relación a través de e-mail.

La primera vez que empecé a ver Tienes un e-mail (1998) desconocía que estaba basada en El bazar de las sorpresas (Ernst Lubitsch, 1940) y, cuando descubrí este hecho, apagué de inmediato el televisor indignado de que alguien pudiera atreverse a ofrecer una nueva versión de un auténtica obra maestra (no le llamo remake porque hay demasiadas variaciones argumentales entre ambas películas como para definirla de esta manera). Imagino que es lo sentirá un músico si alguien hace una versión pop de Mozart, por ejemplo.

Sin embargo, mucho tiempo después, me he decidido a darle una oportunidad y ver qué había cocinado Nora Ephron a partir de la magnífica comedia de Lubitsch. Y, si he de ser sincero, el resultado final no es tan malo como había esperado. A decir verdad, hemos de reconocer el buen oficio de la directora, y co-guionista, para ofrecer una comedia bastante bien construída. Es más, se explica el éxito de la película en su momento y más si el público que la vio desconocía el original.

Gran parte de la culpa de que Tienes un e-mail funcione bien es gracias al acierto con la pareja protagonista. Tom Hanks ha demostrado de sobra su gran talento como actor, empezando su carrera precisamente con comedias como Un, dos, tres... Splash (Ron Howard, 1984) o Esta casa es una ruina (Richard Benjamin, 1986). Y Meg Ryan era un rostro inevitable en el cine de los noventa del siglo pasado. De hecho, ambos actores formaron pareja en varias comedias en aquella época, que sirvieron para revitalizar el género y los convirtieron en una de los duos de moda, como en Joe contra el volcán (John Patrick Stanley, 1990) o Algo para recordar (1993), también dirigida por Nora Ephron, directora que parece tener cierta debilidad por los remakes, pues Algo para recordar era su versión de Tú y yo (Leo McCarey, 1957).

Una hermosa fotografía, un banda sonora preciosa y un argumento que funciona bastante bien, con sus dosis de intriga y romance, que el guión sabe construir a partir de la historia de El bazar de las sorpresas con algunas variaciones bien traídas, hacen de Tienes un e-mail un entretenimiento bastante sólido, pero con inevitables puntos ciertamente criticables también.

Sin cebarme en comparaciones, es evidente la simplificación radical de esta historia comparada a la original. Donde Lubitsch construía un film delicioso, lleno de personajes encantadores y entrañables,  en la película de Nora Ephron se reemplazan por protagonistas mucho menos definidos, más vulgares y que, en realidad, no nos inspiran ni compasión, ni ternura, ni cariño. Es todo mucho más frío, menos sincero. Y los maravillosos diálogos de El bazar de las sorpresas aquí se convierten en algo mucho menos interesante que nunca llegan a sorprendernos ni impactarnos. La película de Lubitsch derrochaba amor hacia los personajes y la historia abarcaba a todos los protagonistas, mientras que ahora solamente cuentan Kathleen y Joe y se solapa la simplificación del relato con los pasajes musicales, muy hermosos, es cierto, pero que rellenan ciertos tiempos muertos de los que carecía el original.

Es un claro ejemplo del cine que tenemos actualmente, que busca la eficacia y pierde calidad por todos lados. Las historias están como prefabricadas, siguiendo unos moldes que, es verdad, funcionan a nivel de público y taquilla, pero que reducen todo a lo más elemental.

Aquellos que no hayan disfrutado de El bazar de las sorpresas y hayan nacido y crecido con este cine moderno, sin haber conocido el clásico, tienen en esta película una elaborada comedia que funciona bastante bien. Sin embargo, para los que disfrutamos de aquel cine clásico, en blanco y negro, Tienes un e-mail nos resulta incompleta, frívola y sin una verdadera alma. Un producto de consumo y nada más.

Por cierto, el nombre de la librería de Kathleen en el film proviene directamente del título original de la película de Lubitsch: The Shop around the Corner.

lunes, 23 de marzo de 2020

Starship Troopers: Las brigadas del espacio



Dirección: Paul Verhoeven.
Guión: Edward Neumeier (Novela: Robert Henlein).
Música: Basil Poledouris.
Fotografía: Jost Vacano.
Reparto: Casper Van Dien, Dina Meyer, Denise Richards, Clancy Brown, Jake Busey, Dean Norris, Neil Patrick Harris, Michael Ironside.

En el siglo XXIII, el servicio militar otorga a la gente el estatus de ciudadano, por lo que muchos jóvenes, tras acabar los estudios, deciden alistarse. Al poco de alistarse Johnny Rico (Casper Van Dien), estalla la guerra contra un planeta hostil habitado por agresivos insectos.

Starship Troopers (1997), una adaptación de la novela de Robert Henlein, acepta diferentes lecturas, básicamente dos: un mero entretenimiento, algo excesivo eso sí, o una crítica a una sociedad militarizada de pensamiento único.

Como entretenimiento, la película peca, por un lado, de exagerada. La violencia resulta demasiado explícita y las escenas de guerra son repetitivas, casi mecánicas. Es cierto que los efectos especiales están bastante logrados para la época, pero con el gigantesco presupuesto con que contaba (más de cien millones de dólares) eso no es algo de lo que presumir. Incluso, creo que las escenas de lucha tampoco están tan conseguidas como se pretende y, en ocasiones, resultan algo artificiales, además de poder predecir con facilidad qué soldado va a morir en cada instante.

En todo caso, esos excesos de los que hablaba, como el adiestramiento de los reclutas, del todo surrealista, terminan por restar autenticidad a lo que vemos, de manera que es imposible darle credibilidad, con lo que se queda en una especie de cómic filmado, mero entretenimiento con altas dosis de sadismo, reminiscencias nazis nada afortunadas y poco más. Se puede argumentar que no deja de ser una ficción, pero he visto muchas absolutamente convincentes.

Y es precisamente ese aire un tanto irreal, excesivo, lo que limita también su vertiente crítica. Si queremos tomarnos la película como una advertencia contra una posible sociedad futura demasiado militarizada, con un adoctrinamiento constante, en escuelas y televisión, se debería haber intentado darle al mensaje algo más de profundidad y realismo a lo narrado. Pero no es así, los diálogos, por ejemplo, son muy elementales y las situaciones, incluidos los romances y sus complicaciones, demasiado poco originales; así, asistimos a las consabidas escenas de demostración de camaradería, patriotismo, superación personal y heroicidad sin límites. Los protagonistas, además, son un cúmulo de virtudes: guapos, brillantes y valientes; todo demasiado perfecto, salvo porque los actores no son muy brillantes y su nivel artístico es un tanto limitado.

Si miramos la vertiente  más crítica de una sociedad excesivamente militarizada, surge la duda si este tipo de películas ayudan verdaderamente a demonizar la violencia porque, vistos los comportamientos heroicos, la unión de los soldados y sus sacrificios, parece que se acaba produciendo el efecto contrario y se podría pensar en cierta exaltación de la violencia.

Para algunos, sin embargo, especialmente el público más joven, la película fue todo un descubrimiento, lo que la convirtió en una película de culto y propició algunas secuelas. Sin embargo, desde mi punto de vista no es más que una película excesivamente cara, sin mucha profundidad, orientada a un efectismo sin maquillajes y que, si la analizamos con cierto rigor, se queda en muy poca cosa.

sábado, 21 de marzo de 2020

El malvado Carabel



Dirección: Fernando Fernán Gómez.
Guión: Fernando Fernán Gómez y Manuel Suárez Caso (Novela: Wenceslao Fernández Flórez).
Música: Salvador Ruiz de Luna.
Fotografía: R. Torres Nuñez (B&W).
Reparto: Fernando Fernán Gómez, María Luz Galicia, Julia Caba Alba, Rafael López Somoza, Manuel Alexandre, Joaquín Roa, Rosario García Ortega, Julio Sanjuán, Xan das Bolas.

A Amaro Carabel (Fernando Fernán Gómez), bondadoso por naturaleza, todo le va mal: en su trabajo le niegan una subida de sueldo para poder casarse y más tarde es despedido, con lo que su novia lo deja ante el incierto futuro que parece tener Amaro. Ante este cúmulo de desgracias, cree que ha sido su honradez la que le ha llevado a esa situación y decide convertirse en un hombre malvado.

Fernando Fernán Gómez es uno de los pilares del cine español del siglo XX, tanto como actor como en su faceta de director. A él le debemos algunas grandes películas de la historia de nuestro cine. Sin embargo, esta nueva adaptación a la pantalla de la novela de W. Fernández Flórez no es una de ellas.

El malvado Carabel (1956) resulta, especialmente en la actualidad, demasiado elemental, con situaciones muy obvias y sin demasiada chispa. La culpa, sin duda, es del guión, en el que también trabajó el propio director, y que desgraciadamente es de una calidad bastante pobre. Falta la comicidad en casi todas las situaciones y se recurre al chiste fácil y a las bromas demasiado burdas. No cuesta intuir que todos los intentos de Carabel de hacer el mal terminarán en fracaso pues, por encima de todo, acaba imponiéndose la naturaleza bondadosa, por encima de los deseos o la necesidad.

Quizá lo que chirría un poco es el final moralizador, con el protagonista recuperando el empleo y el amor; un arreglo demasiado perfecto, como debía ser en aquella España rancia y moralista, aunque en la historia se lancen no pocas cargas de profundidad contra esa bienpensante sociedad, bastante materialista e hipócrita.

Eso sí, la película nos sirve como escaparate de la vida, costumbres y moral de la España de mediados del XX, bajo un prisma algo exagerado, es evidente, pero donde se refleja la mojigatería, la precariedad y el atraso de la sociedad de aquellos años. Es quizá lo más interesante de la película.

En cuanto al reparto, Fernando Fernán Gómez es la figura principal de El malvado Carabel y, aunque aún se le notan ciertos fallos, comienza a dar muestras de su talento, que explotaría en su madurez. Junto a él, algunas de las figuras omnipresentes del cine de la época, como la maravillosa Julia Caba Alba, un jovencito Manuel Alexandre o el siempre habitual Xan das Bolas.

La película se deja ver con cierto agrado, más por la nostalgia de aquellos años y aquel cine, decididamente muy inocente y básico pero, no nos engañemos, es un film sin duda menor y uno tiene la impresión de que el argumento habría podido ser mucho mejor aprovechado.

En 1935, Edgar Neville realizó una primera adaptación de la novela, con el mismo título, y en 1962 llegó una nueva versión, mexicana esta vez, dirigida por Rafael Baledón.

domingo, 8 de marzo de 2020

Sweet Home Alabama



Dirección: Andy Tennant.
Guión: C. Jay Cox y Andy Tennant (Historia: Douglas J. Eboch).
Música: George Fenton.
Fotografía: Andrew Dunn.
Reparto: Reese Witherspoon, Patrick Dempsey, Josh Lucas, Candice Bergen, Rhona Mitra, Mary Kay Place, Fred Ward, Ethan Embry, Jean Smart, Kevin Sussman.

A Melanie Carmichael (Reese Witherspoon) todo parece irle de maravilla: se ha convertido en una exitosa diseñadora de moda y su novio, Andrew Hennings (Patrick Dempsey), es un rico político que la adora. Pero cuando Andrew le pide matrimonio, Melanie debe regresar a su pueblo natal para arreglar un pequeño problema.

Con Sweet Home Alabama (2002) tenemos una nueva comedia romántica con los problemas que acarrea este tipo de cine en la actualidad y que, en general, es un mal que afecta a casi todo el cine contemporáneo: la falta de buenos guiones y de grandes ideas. Pero en el cine romántico quizá sea más grave esta falta de talento, pues es un tipo de cine que depende mucho de una buena historia.

En realidad, el planteamiento inicial de Sweet Home Alabama tiene cierto interés: la chica de pueblo que desea triunfar en la vida y que, una vez que se ha mudado a la gran ciudad y sus sueños empiezan a cumplirse, termina renegando de sus orígenes. Melanie se avergüénza de su familia, de su pueblo y pretende construir una nueva persona libre de las ataduras de su pasado. El problema es que, en el camino, se pierde y se convierte en alguien falso, construido con mentiras. Cuando finalmente, tras siete años de ausencia, debe volver a Alabama, a su casa, chocará con ese mundo que ha querido superar, se enfrentará a él, aunque en realidad se enfrenta a sí misma, a ese pasado que quiso enterrar pero que le vuelve de pronto para demostrarle que la Melanie actual es una persona falsa.

Como se trata de una comedia, es fácil adivinar que todo irá solucionándose y Melanie aprende, de vuelta a su casa y con sus amigos de la infancia, que debe aceptarse por completo y querer a su pequeño mundo rural y a sí misma. A partir de ahí, será sencillo tomar el camino correcto.

Como se ve, la idea de la película no es para nada desdeñable, pero el problema viene a la hora de construir el guión. No sé si es por falta de aspiraciones o de talento, pero el guión no consigue sacar todo el partido de la idea principal. Y no lo hace porque toma el camino más sencillo y simplifica a los personajes en exceso; no cuida los diálogos, salvo en contados momentos, y recurre a un humor grosero, sin sutileza, y a situaciones exageradas que restan credibilidad al personaje de Melanie, haciendo que en algunos momentos parezca grotesco.

Como decía, la mayoría de los personajes están construidos de manera muy simple, esquemática, lo que resta bastante entidad a la historia. Apenas sabemos nada del prometido de Melanie ni se su marido o sus padres; incluso el personaje de Melanie es algo confuso, con una mezcla de ternura y vulgaridad, de buenos sentimientos y de superficialidad y mal carácter que al principio cuesta entender, por lo que su transformación se ve muchas veces con bastante extrañeza.

Pero hay algunos momentos, cuando toca dejar el chiste fácil de lado y ponerse algo serios, en que Sweet Home Alabama parece un film mejor, que deja de buscar la risa fácil y se toma el tiempo de ahondar en los sentimientos de Melanie. En estos momentos, pocos, logra conectar con el espectador, hasta emocionarnos un poco. Pienso, por ejemplo, en la escena de Melanie en el cementerio para perros, sincerándose ante la tumba de su viejo perro muerto. La pena es que son muy pocas las escenas de este nivel, pero al menos podemos disfrutar de alguna.

En definitiva, una película que desaprovecha su potencial y que finalmente se queda en un pasatiempo amable, algo tosco, y para el lucimiento de Reese Witherspoon, por entonces en el mejor momento de su carrera, y que se convirtió en el mayor éxito de taquilla para Reese hasta ese momento.

lunes, 2 de marzo de 2020

Y Dios creó a la mujer



Dirección: Roger Vadim.
Guión: Roger Vadim y Raoul Lévy.
Música: Paul Misraki.
Fotografía: Armand Thirard.
Reparto: Brigitte Bardot, Curd Jurgens, Jean-Louis Trintignant, Christian Marquand, Georges Poujouly.

Juliette Hardy (Brigitte Bardot) es una joven huérfana de extraordinaria belleza y un comportamiento alocado y desnhinibido. Enamorada de Antoine Tardieu (Christian Marquand), éste solo ve en ella un objeto de deseo, mientras que su hermano Michel (Jean-Louis Trintignat) está verdaderamente enamorado de ella.

Y Dios creó a la mujer (1956) fue la película que dio a conocer y encumbró a Brigitte Bardot, una hermosa mujer que el entonces marido suyo Roger Vadim, que se estrenaba en la dirección con esta película, supo convertir en todo un mito erótico de la época y que le reportó a Francia mas dinero que algunos de sus productos más exportados. Solamente Marilyn Monroe logró situarse, en su momento, por delante de Bardot.

Para la época es fácil imaginar que tanto el tema de una mujer demasiado deshinibida y algunas escenas donde la actriz exhibe alguno de sus encantos e insinúa otros supusiera un pequeño escándalo entre un público bastante reprimido y una moral con tendencia al puritanismo. En España, por ejemplo, solo se pudo ver a partir de 1971, y en salas especiales, es decir, proyectada en su versión original. Ahí reside sin duda la fama y, hoy en día, el atractivo de esta cinta, más como elemento histórico que por su verdadero valor intrínseco. Es más, vista en la actualidad, Y Dios creó a la mujer se ve como un producto bastante comedido y que se a visto superado con creces por la creciente tendencia del cine a mostrar cada vez más y rebasar paulatinamente límite tras límite. Aunque es verdad que, en el tema del erotismo, al cine aún le cuesta tratar el asunto con absoluta libertad, algo que, por ejemplo, en lo relacionado con la violencia parece que tiene muchos menos problemas.

Y Dios creó a la mujer es esencialmente un vehículo para el lucimiento de Brigitte Bardot que, con veintidós años, estaba en el máximo esplendor físico. Actriz bastante limitada, suplió sus carencias con su deslumbrante presencia, que bastó para convertir a la cinta en todo un fenómeno internacional. Y si Bardot no destaca precisamente como una buena actriz, sus compañeros de reparto tampoco están demasiado afortunados: ni el rígido y acartonado Curd Jurgens ni el galán Christian Marquand, un tanto inexpresivo. Incluso Jean-Louis Trintignant está lejos de sus mejores trabajos.

La historia gira en torno a Juliette, sus ganas de vivir la vida y su comportamiento un tanto alocado y provocador, lo que desata pasiones y deseos entre sus múltiples admiradores. En cierto sentido, la historia viene a repetir el tema de Lolita, la niña-mujer extremadamente atractiva y que juega sin reparo con los hombres. Sin embargo, en esta ocasión el desarrollo del tema es bastante más somero, sin entrar en demasiadas profundidades. Juliette tiene más sombras que certitudes y su personalidad parece resumirse en un amor imposible y un deseo casi irracional de hacer locuras. El triángulo amoroso que se establece entre los hermanos Tardieu y Juliette se queda en casi nada y el previsible desenlace trágico se diluye como un azucaricarillo en el café. Se pierde así la fuerza del conflicto y el final deja el sabor de algo incomprensiblemente falto de entidad.

Vadim que, como vemos, no destaca especialmente como guionista, tampoco lo hace en su faceta de director, pues propone una puesta en escena bastante banal donde solo es reseñable su intención de poner de relieve el gran atractivo de su mujer, y poco más.

Al final, pasado el revuelo del momento del estreno, nos queda una curiosidad sobre los comienzos de Brigitte Bardot sin ningún otro interés especial.

sábado, 1 de febrero de 2020

21: Blackjack



Dirección: Robert Luketic.
Guión; Peter Steinfeld y Allan Loeb (Libro: Ben Mezrich).
Música: David Sardy.
Fotografía: Russell Carpenter.
Reparto: Jim Sturgess, Kate Bosworth, Kevin Spacey, Laurence Fishburne, Liza Lapira, Josh Gad, Aaron Yoo, Sam Golzari, Jack McGee.

Ben Campbell (Jim Sturgess) es un estudiante brillante, con una inteligencia excepcional, pero no tiene dinero y necesita 300.000 dólares para poder estudiar medicina en Harvard; por ello aceptará formar parte de un grupo de jugadores de Blackjack dirigidos por Micky Rosa (Kevin Spacey), profesor de matemáticas en el instituto donde estudia Ben.

21: Blackjack (2008) tiene sobre el papel muchos elementos que podrían hacer de esta una buena película. Por un lado, trata sobre un estudiante con una inteligencia excepcional; añadamos el tema del juego y Las Vegas como escenario; un profesor avaricioso que lidera con mano firme su peculiar grupo de alumnos; tampoco falta el matón del casino obsesionado con encontrar y eliminar a cualquier tramposo de las mesas de juego y, como guinda, la típica historia de amor con una chica atractiva. Y además, todo ello con el sello de que se trata de una historia verdadera, al menos en su esencia.

Es cierto que nada de lo expuesto es demasiado original, pero crea las bases de lo que podría haber sido un film, por lo menos, interesante. Pero el pobre guión de la película se dedica a estropear sistemáticamente las posibilidades de la historia.

Para empezar, quizá uno de los errores más importantes es no saber profundizar ni hacer interesantes a los protagonistas, que resultan demasiado simples como para preocuparnos por ellos realmente. El guión se limita a una descripción muy superficial y lo mismo sucede con sus relaciones, limitadas a lo básico. Incluso los conflictos inevitables entre el equipo de jugadores y su mentor son tratados de manera poco inteligente y alguno se resuelve tan brevemente que no llega a aportar nada de dramatismo al relato. Ni siquiera la consabida historia de amor del protagonista tiene la suficiente entidad como llamarla así; es un romance que ni parece tener un comienzo consistente y mucho menos un desarrollo como tal, limitándose el guión a esbozar algo que nunca llega a cobrar vida.

Y este es el segundo punto flojo de la historia: carece de tensión dramática y sin ésta, la película se hace aburrida, pesada y excesivamente larga. Por ejemplo, la verdadera emoción no comienza hasta bien pasada una hora de película, lo que es un error clamoroso, pues ya nos hemos pasado la mitad del relato entre bostezos. Y tampoco es que se trate de una tensión demasiado lograda y duradera: se apaga nada más comenzar por la falta de imaginación. El relato recurre a pequeñas trampas y omisiones que ya no sorprenden mucho y, como colofón, un desenlace precipitado y no demasiado convincente, con lo que el sabor que nos deja finalmente en la boca es el de un guión tramposillo bastante flojo.

Sobre los actores, destacar el trabajo de los veteranos: Laurence Fishburne y Kevin Spacey, a los que no les cuesta demasiado destacar entre jóvenes compañeros que no aportan demasiado.

Y como guinda del pastel tenemos esa moral tan estricta de Hollywood que penaliza sin piedad cualquier actitud que no concuerde con sus estrictas normas. De esta manera, las actividades lucrativas del protagonista no pueden tener consecuencias positivas. Así, su mentor sufrirá un severo castigo y Ben, tras reconciliarse con sus amigos y su madre, confesará que le robaron dos veces lo ganado en el juego, con lo que vuelve a estar como al principio: pobre, pero honrado.

A pesar de todo, lo dicho, 21: Blackjack fue un gran éxito de taquilla en el momento de su estreno, lo que nos habla a las claras de lo que vende bien en la actualidad.